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915. Un crimen perfecto

#915

Una bella mañana en una linda ciudad del Caribe, un hombre se presentó al tribunal declarando ser el asesino de cierto señor, un hecho que había ocurrido hacia un año y medio. A este individuo le habían pagado para que matara a esa persona, y por asegurarse ese dinero, de la manera más cobarde y alevosa le había quitado la vida. El crimen, desde el punto de vista de la criminología, había sido perfecto, pues no había dejado huellas, de tal manera que las autoridades nada habían podido hacer para esclarecerlo, y así había quedado envuelto en misterio e impune.

Al preguntársele al hombre qué le había impulsado a delatarse a sí mismo y entregarse a las autoridades, declaró que durante todo ese tiempo la conciencia lo había atormentado día y noche al extremo que a veces no podía ni dormir. Sentía como si el mismo infierno ardiera dentro de su pecho, y creyó que vivir así, era preferible morir; por eso se había entregado a la justicia.

La conciencia, ese testigo de Dios, es fiscal y juez que todos llevamos dentro de nuestro pecho. La conciencia puede adormecerse y aun hasta cauterizarse por algún tiempo, pero llega el momento en que se despierta —lo que generalmente sucede a la hora de la muerte— y, ¡ay de aquel que no tenga un refugio seguro!

También hay una justicia ultraterrena y un Tribunal supremo y divino ante el cual comparecerán todos los seres humanos sin distingo alguno; por eso leemos: “Si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones, de oscuridad, para ser reservados al juicio … sabe el Señor librar de tentación a los piadosos, y reservar a los injustos para ser castigados en el día de juicio” (2 Pedro 2)

Se manifestará “el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder (2 Tesalonicenses 1) “ … el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche”. (Apocalipsis 14).

Pero hay uno que satisface la conciencia y trae paz al corazón; hay uno que puede librarnos de ese “juicio” por venir, de esa “muerte segunda” y de ese “lago de fuego”, y es Cristo, glorioso Salvador. Él con su sacrificio expiatorio en la cruz del Calvario satisfizo las demandas del trono de Dios y abrió el camino de la salvación. Así para el pecador que en Él se refugia, no hay infierno ni condenación, “pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8).

Lector, ríndete a Cristo; por fe recíbelo como tu único y personal Salvador. La con­ciencia nunca te atormentará porque el Se­ñor habrá remitido tu pecado. Tú vivirás seguro y feliz, y al partir de este mundo irás a estar con Él en gloria por la eterni­dad sin fin.