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685. ¿Por qué dejé la religión de mis padres?

#685

 Escrito en 1920 empleando la traducción Reina-Valera de 1909.

Habéis sido rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual vuestros padres os legaron, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, 1 Pedro 1.18,19

Los muchos que me preguntan, “¿Por qué dejó usted la religión de sus padres?”, parecen haberse inspirado en la perniciosa regla de J.J. Rousseau de que uno ha “de abrazar la religión del país donde nace, pues que un hijo nunca mal hace en seguir la religión de sus padres”. Este es el dicho de un gran filósofo, pero no obstante es notoriamente falso y perjudicial, pues acorta la libertad del hombre, esclavizando la conciencia y encadenando el pensamiento.

Las religiones falsas, por estar compuestas de prácticas rutinarias, de formas puramente exteriores, pueden ser fácilmente heredadas de padres a hijos: pero el auténtico cristianismo, por ser la verdad divina, prescindiendo de las formas exteriores, va directamente al alma del individuo, efectuando una unión vital e indisoluble entre el Cristo de Dios y su criatura. Esta unión tiene lugar, una vez para siempre, en el momento que el hombre, reconociéndose pecador, se vuelve a Dios, acepta al Señor Jesús como único Salvador, efectuándose así lo que llaman las Escrituras el nuevo nacimiento o la conversión.

Si aceptamos el principio de que el hombre ha de seguir la “religión de sus padres” por la sola razón de ser esa en la que nació, contradiríamos a la historia. La nación hebrea nunca hubiera existido, porque Abraham, su fundador, ateniéndose a dicho principio, no hubiera abandonado a su idolatría parentela, y junto con los suyos hubiera quedado adorando a sus ídolos “de esta parte del río”, Josué 24.1-13.

De la misma manera el cristianismo habría fracasado desde su principio, pues, Pedro, Andrés, Juan, etc., aferrados a “su religión” hubieran contestado al llamamiento del Señor Jesús con la fútil excusa que tan a menudo oímos ahora: “Nosotros no podemos dejar la religión de nuestros padres”. Y Pablo desoyendo, por la misma razón, el llamamiento del Señor, no tendría otra fama que la de haber sido un intolerante y fanático defensor de la “religión de sus mayores”, y el cristianismo hubiera perdido uno de sus más grandes apóstoles.

Pero, no, estos hombres oyeron el llamamiento de Dios, y obedecieron, haciendo poco caso del “qué dirán” de las gentes.

Abraham, “siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir por heredad: y salió sin saber donde iba”, Hebreos 11.28. Dejó “la religión de sus padres”, su casa y su parentela en obediencia a Dios, por cuya obediencia y fe es llamado “el padre de los creyentes”. Véase Génesis 12.1-4.

Pedro, Andrés, Jacobo y Juan eran judíos por nacimiento, y estando ocupados en la pesca, a orillas del mar de Galilea, oyeron al Señor Jesús que les llamó diciendo, “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”, y “ellos, dejando al instante las redes, le siguieron”. Abandonaron las tradiciones de sus padres, y siguieron en pos de Aquel que era el cumplimiento de los símbolos y profecías del Antiguo Testamento. Como es sabido, vinieron a ser el núcleo de su Iglesia. Mateo 4.17-22.

Pablo, el incansable perseguidor de los cristianos, ocupado en su obra de destrucción, iba a Damasco. En el camino el Señor habló a su alma, y “él temblando y temeroso dijo: Señor, ¿qué quieres que te haga?” y desde ese momento, el joven perseguidor, que según su propia confesión, era “muy más celador que todos de las tradiciones de sus padres”, fue transformado en el más fiel y abnegado discípulo del Maestro a quien perseguía. Hechos 9.1-3, Gálatas 1.11-14

Los Tesalonicenses seguían la religión que habían heredado de sus padres —sus ídolos y prácticas paganas— pero al oír el Evangelio, creyeron y fueron convertidos. Y esto llamó tanto la atención que la noticia pronto se extendió por todos los pueblos, siendo notorio que los Tesalonicenses se habían “convertido de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero y esperar a su Hijo de los cielos”. Hechos 17.1-14, 1 Tesalonicenses 1.5-10

El abandonar el camino trillado, por donde van las multitudes, para seguir una senda de reparación a Dios y obediencia a sus santos mandamientos, trae consigo grandes pruebas y no pocas dificultades. Así sucedió con estos siervos de Dios, especialmente con el apóstol Pablo, el cual fue aborrecido y perseguido hasta la muerte por los de su propia nación, y tildado de apóstata, hereje y pestilencial. Pero la convicción profunda que él tenía de estar cumpliendo con su deber, le sostuvo en todo tiempo, y así pudo escribir en vísperas de su muerte: “Padezco esto: mas no me avergüenzo: por que yo sé a quien he creído”, 2 Timoteo 1.12. Y ante sus enfurecidos enemigos hizo esta valerosa confesión: “Esto empero te confieso, que conforme a aquel Camino que llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas”, Hechos 24.14.

La fe exclusivamente en el Señor Jesucristo no es algo que se puede heredar o dejar como patrimonio a los nuestros, puesto que cada persona que la acepte tiene que pasar por la misma experiencia: ser convertido. Juan nos enseña esto con toda claridad cuando dice: “Jesús, a lo suyo vino: y los que eran suyos no le recibieron. Mas a todos cuantos le recibieron, es a saber, a los que creen en su nombre, les ha dado el alto privilegio de ser hijos de Dios: los cuales fueron engendrados, no de sangre, (esto es por herencia natural), ni de voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios”, Juan 1.11-13.

¿No será eso que Pedro tenía en mente cuando escribió a las líneas en su primera epístola apostólica: “Habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata y oro corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo”, 1 Pedro 1.18?

Sigamos, pues, el noble ejemplo que nos dá Pablo. Prescindamos de las absurdas imposiciones religiosas basadas en tradiciones humanas, y aceptemos la fe divina, aquella que está de acuerdo con la perfecta voluntad de Dios revelada en su Santa Palabra. Es “la religión” de Aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, más tendrá la lumbre de la vida”.

Uno no deja una religión por dejarla, ni abraza otra por tenerla. Y en realidad no es cuestión de religión en el sentido popular del término, ni de iglesia ni nada por el estilo. Se trata del encuentro con una Persona.