Dos murieron por mí

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La furiosa tempestad que azotó la costa durante la noche se había calmado, y el sol matutino prometía un día espléndido. El horror de la noche pasada sólo se veía en los restos de un barco que había naufragado.

Una señora estaba parada en la playa contemplando los desechos, inconsciente de la presencia de un marinero cerca de ella. Al levantar la vista, lo vio, y le preguntó acerca del evidente naufragio. El le contó de cómo salieron en lanchas salvavidas, logrando rescatar a algunos, pero otros se ahogaron.

Entonces con mucha seriedad el marinero dijo a la señora: "Perdóneme usted, ¿me permite una pregunta sencilla pero muy sincera? ¿Es usted salvada o perdida? Quiero decir, ¿acaso conoce usted a Jesús?"

La pregunta no molestó a la señora en lo más mínimo. En cambio su corazón se llenó de gozo porque ella era salvada, conocía a Jesús como a su Salvador. Mientras los dos conversaban, la señora dijo: "¿Cuánto tiempo hace que usted tiene el perdón de sus pecados?"

"Hace cinco años que el Señor me salvó de perecer ahogado, y también salvó mi alma del infierno," contestó. "No lo olvidaré jamás, porque dos murieron por mí."

"¿Dos?" preguntó asombrada.

"Sí, señora, dos," le dijo. "Mi Salvador murió por mí hace casi 2000 años en la cruz, allí en las afueras de Jerusalén, y mi compañero murió por mí hace sólo cinco años. Eso fue lo que me llevó al Salvador."

Viendo mucho interés de parte de la señora, él continuó: "Fue una tempestad muy parecida a la de anoche, cuando nuestro barco naufragó en las rocas. Disparamos los cohetes pidiendo auxilio, y los guardacostas salieron en su bote salvavidas."

"Con mucha dificultad el pequeño barco alcanzó a hacer dos viajes, sacando a las mujeres y los niños. Las olas nos azotaban fuertemente, y nuestro barco ya se deshacía. Sabiendo que el tercer viaje sería el último, y que todos no cabíamos, echamos suertes. A mí me salió para quedarme en el barco. Yo sabía que estaba condenado a morir. Parado a mi lado estaba mi compañero que muchas veces me había hablado del Señor Jesús a quien él amaba, pero yo me había reído, y siempre le decía que iba a gozarme de la vida. Al volverme hacia él, vi que se reflejaban en su cara una paz y calma completa."

"Por última vez el bote se acercaba. Le tocaba a mi compañero. Jaime, ir a bordo, pero en vez de adelantarse, él me empujó a mí diciendo: "Anda tú en lugar mío, Tomás; yo te espero en el cielo."

"Dentro de segundos yo me encontraba seguro en el bote. Apenas nos habíamos alejado, el barco se hundió y Jaime se ahogó en lugar mío. Entretanto remábamos hacia la playa, yo oraba, "Oh Dios, si yo llego salvo a la playa, Jaime no habrá muerto en vano."

"¿Pasó mucho tiempo antes que usted aceptara al Salvador?" preguntó la señora.

"No, no mucho, pero al principio no sabía cómo empezar. Sin embargo no podía estar tranquilo porque siempre veía a Jaime con esa expresión de paz en su cara. Despierto o durmiendo, siempre lo veía.

"Me acordé que Jaime leía la Biblia, así que compré una. Dije a Dios que yo era muy ignorante y no sabía cómo llegar al cielo, pero quería encontrarme con Jaime allí. Le pedí que me mostrara el camino. Todo lo que leía me condenaba más, y me sentía tan pecador que dije, "No hay esperanza; yo soy demasiado malo. No hay salvación para mí" y cerré el libro."

"Pero no podía dejar de leerlo, y por fin llegué a la parte donde habla del ladrón que el Señor salvó. Yo pensaba que él sería tan malo como yo, no obstante el Señor le recibió, así que con todos mis pecados, acudí a Jesús, y El me los perdonó. Como usted ve, dos hombres murieron por mí."

Ya que el marinero era salvo, él quería saber si otros también conocían al Salvador. Ahora te pregunta a ti, "¿Eres tú salvo?" Para poder ir al cielo tú tienes que ser salvo, y la única manera de salvarse es por aceptar a Jesús. Como leemos en Hechos 16:31: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo."


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Creado el 24/08/02

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