El Señor estará allí

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Juan Campos tomaba desayuno mientras su mamá se afanaba en preparar su merienda que luego él llevaría al astillero donde trabajaba. Todas las mañanas se repetía la rutina de que mientras Juan tomaba desayuno, su mamá preparaba su merienda. Pero hoy día ella tenía una preocupación.

"Juan, ten cuidado en el trabajo hoy," dijo la mamá mientras el joven se levantaba de la mesa. "Ha habido tantos accidentes últimamente en el astillero y me tienen preocupada."

"Sí, sí, mamá," replicó Juan, "pero la Biblia dice que el ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen." Juan recién había confiado en el Salvador y ya sabía unos textos de memoria, y luego agregó, "Yo sé que el Señor estará allí para cuidarme mamá." Besó a su mamá y se fue.

Mientras trabajaba, algo pasó a la caldera de gas. Juan fue a inspeccionar y mientras hacía unos ajustes un líquido negro salió como un chorro. Parte del líquido salpicó el banco de trabajo y por unos segundos ardió intensamente. Pero otra parte del líquido alcanzó la ropa de Juan y de repente el joven estaba envuelto en llamas. Inmediatamente, retrocedió, comenzando a sofocar las llamas con sus manos, sin lograrlo. Ya las llamas pasaban por encima de su cabeza, cuando de repente se apagaron como si alguien le hubiera duchado con un extinguidor.

Sus compañeros le miraban con asombro, y uno exclamó, "¿cómo apagaste el fuego?"

"¿Te quemaste?" preguntó otro.

Vino corriendo el jefe gritando, "Llamen la ambulancia."

Todos quedaron asombrados cuando se dieron cuenta que no pasó nada a Juan. Lo examinaron sin encontrar ni una sola ampolla. No hubo ninguna explicación cómo se había extinguido el fuego, ni por qué no estaba quemado Juan.

Con sencillez Juan dijo: "El ángel de Jehová apagó aquellas llamas para que no me hicieran daño."

Juan Campos experimentó algo similar a lo que pasó a tres hombres, llamados Sadrac, Mesac y Abednego muchos años atrás, cuando éstos fueron echados a un horno recalentado. En aquel entonces Dios los protegió de morir quemados cuando se negaron a adorar la imagen de oro representando al rey Nabucodonosor. Sabían que no era la voluntad de Dios dar culto a un hombre y su imagen.

Sadrac, Mesac y Abednego, fueron puestos a prueba en cuanto a su fe y salieron airosos. Estaban dispuestos a morir si fuera necesario, pero el Señor utilizó la maravilla de su protección para convencer al rey y sus consejeros que el Dios de los tres era el único verdadero. De hecho el Hijo de Dios les acompañó en su trance.

Juan Campos dio buen testimonio acerca del poder del Señor para proteger a los suyos y liberarlos según su voluntad. Cuando Dios salva a un alma, le promete "No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre," Hebreos 13:5,6.


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Creado el 26/10/02

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