Yo estoy contigo (#9920)

9920

 

Yo estoy contigo

 

EL SEMBRADOR

 

Lloraba sin consuelo un pequeño, a la puerta de un almacén en una ciudad muy grande. Estaba perdido. Un hombre se le acercó y, al darse cuenta del problema, le preguntó dónde vivía.

Afortunadamente el niño sabía el nombre de la calle y el número de su casa.– No tengas cuidado, dijo el buen hombre, — es fácil llegar a tu casa. Sigue por esta calle y camina tres cuadras. Da vuelta a la derecha y camina dos cuadras más hasta llegar a una escuela, y al llegar allí da vuelta a la izquierda … Pero el hombre no pudo terminar: los sollozos del niño aumentaban en intensidad.

— ¿Qué pasa? — preguntó.

— Yo no puedo recordar todo eso, — dijo el niño — y nunca llegaré a mi casa.

El hombre con todo cariño tomó la, mano del niño y te dijo: — No temas, yo te llevaré. No es necesario que conozcas el camino. Yo lo conozco y te acompañaré. Pon tu mano en la mía y pronto llegarás. Esto es lo que hace por nosotros el Señor Jesús. No nos pide que entendamos y recordemos difíciles conceptos teológicos; nos pide que confiemos en Él.

El futuro nos es desconocido: tinieblas e incertidumbre nos rodean; pero habrá luz en nuestro camino si nos ponemos en sus manos y le seguimos con confianza.

Podemos ignorar el camino, pero debemos confiar en quien nos conduce. Más aun si ha demostrado que nos ama. Él dice: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).

El que le dice: “No temas”, es el mismo Dios. Seguir teniendo temor es dudar de su poder para protegerle; es poner en tela de juicio la veracidad de su palabra; es desconfiar de su amor que buscará siempre lo mejor y que ha dado hasta su propia vida por librar la suya.

Este es el mensaje de la cruz: SUSTITUCIÓN. La sangre de Cristo fue vertida para pagar toda la culpa del pecador arrepentido que confiesa su insuficiencia y falta de poder frente al pecado y ante el enemigo de su alma, Satanás, que busca separarlo eternamente de Dios.

La oferta de Dios, de guiarlo por sendas de justicia y de victoria, está respaldada por un pacto de amor. No pide más que una mano extendida para ser puesta en la suya.

Pero aun así, conociendo el poder, la verdad y el amor de Dios, muchos temen. ¿Por qué? Falta un ingrediente principal: la fe. Como humanos estamos acostumbrados a participar en todo lo que hacemos, pero aquí es distinto. Por esto Dios pide la fe de un niño: la fe que extiende la mano y toma la suya, y confía en que su Padre hará lo demás. Amado lector: como compromiso de por vida, tome la mano horadada de Cristo en la suya y comience una vida feliz.

¿Puede usted decir las siguientes palabras?

Su mano horadada me da protección, su voz tranquiliza mi ser.

Si Él va a mi lado no tengo temor, pues Cristo, mi Amigo, es fiel

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