Timothy McVeigh (#9927)

9927
Timothy McVeigh

 

Jorge Luis Perera

 

Timothy McVeigh fue un héroe en la Guerra del Golfo en 1991, y fue condecorado por su actuación en aquella campaña. Pero luego su vida sin Cristo, sin esperanza y sin Dios ¾en el lenguaje bíblico de Efesios 2.12¾ lo arrastró a un odio hacia el gobierno de los Estados Unidos, especialmente a causa de la masacre que tuvo lugar dos años antes en la ciudad de Waco. Timothy estaba “siguiendo la corriente de este mundo”, que nunca siembra paz sino rencor y guerra, muy conforme al príncipe de la potestad del aire, Satanás, Efesios 2.2. Éste “ha sido homicida desde el principio”, Juan 8.44.

Esto lo llevó a cometer la atrocidad más grande de su vida. Con un camión bomba provocó la muerte de 168 personas ¾entre ellos 19 niños¾ el 19 de abril de 1995 en Oklahoma City. La justicia lo halló culpable del hecho, pero él nunca mostró remordimiento por el mayor atentado hasta ese momento en la historia de su país.

Preso en Terre Haute, Indiana hasta que fuese aplicada la pena de muerte por una inyección letal, él no hizo declaración alguna. Pero dejó como mensaje un poema de William Ernest Henley (1849-1903) titulado Invictus, o “invencible”. Lo había escrito aquél cuando se recuperaba de la amputación de una pierna, y se expresa como dueño de su destino ¾ o sin culpa ante nadie. Henley afirmó: “No importa cuán estrecho sea el camino, cuán cargada de castigo la sentencia, soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”. Sin reserva, él aceptaba ser el único responsable de su destino.

Ahora, pensando en el destino eterno de su alma, querido amigo que lee este folleto, usted no puede culpar a nadie. Si llega al infierno, será por haber querido. Uno a veces ha escuchado a personas decir que van “a donde Dios les mande”. Bueno, “Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” Hechos 17.30. No nos olvidemos nunca que nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo habló del “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”, Mateo 25.41.

Fácilmente entendemos que Él no lo desea para nosotros, y así leemos en 2 Pedro 3.9: “… no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. Esto nos recuerda de Poncio Pilato, quien acostumbraba “soltar al pueblo un preso, el que quisiesen”, pero a la vez “tomó agua, y se lavó las manos delante del pueblo”, Mateo 27.15,24. No había uno más responsable que él al haber rechazado y condenado al Autor de la Vida.

En cuanto al destino eterno de cada ser humano, bien se canta que, “Según el hombre escoja aquí tendrá su eternidad”. La responsabilidad en cuanto a la salvación es, entonces, netamente de cada uno de nosotros. Querido amigo que no es salvo aún, nunca se olvide que usted, al igual que McVeigh, es amo de su destino. Es capitán de su alma. Que Dios le ayude a aceptar a su Hijo, Jesucristo, y su obra en el Calvario, para su salvación eterna.

 

 

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