Sama (#475)

Sama

 

Héctor Alves

 

 

Aparentemente son cinco los Sama mencionados en el Antiguo Testamento, algunos sólo en listas de cronología:

el hijo de Reul, Génesis 36.13

el hijo de Isaí y hermano de David, 1 Samuel 16.9

el hijo de Age,
2 Samuel 23.11,    12

el harodita, 2 Samuel 23.25

el ararita, 2 Samuel 23.33

Es llamativo que tres de los valientes de David hayan tenido el mismo nombre. Dos eran araritas, hombres de la montaña; tres figuran en el mismo capítulo.

 

Es el hijo de Age que nos interesa aquí. Su historia ocupa dos versículos: “Los filisteos se habían reunido en Lehi, donde había un pequeño terreno lleno de lentejas, y el pueblo había huido delante de los filisteos. El entonces se paró en medio de aquel terreno y lo defendió, y mató a los filisteos; y Jehová dio una gran victoria”.

 

Esta pequeña narrativa es parte de las cosas escritas antes para nuestra enseñanza, a fin de que por la paciencia de las Escrituras tengamos esperanza, Romanos 15.4. No es difícil ver la lección. Tal vez no parezca gran cosa defender una parcela de granos, pero hay más en el relato que el ojo ve a primera vista. Para Sama fue una cuestión de principios. Él no buscaba provecho propio, sino la gloria de David. Los filisteos eran enemigos del pueblo de Dios; el terreno contenía alimento para los seguidores de David; así que, tenía que ser defendido, cualquiera el costo.

 

Sama no había recibido ningún encargo especial a defender esta parcela y su cosecha. El pueblo huyó, pero él se paró. Nos trae a la mente Efesios 6.13, 14: “habiendo acabado todo, estad firmes”. Es lo que hizo Sama. El terreno con sus lentejas quizás no eran de mucho valor en la opinión de algunos, pero para él sí. Era terreno de David, y con esto bastaba; los filisteos no iban a tenerlo. Este era un Daniel – se paró solo.

 

No son pocos los hombres que se han dado por vencidos porque nadie les apoyaba, pero tenemos que tener presente que “el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará”, Daniel 11.32. Pablo le instó a Timoteo a pelear la buena batalla de la fe y sufrir penalidades como buen soldado de Jesucristo. Que nosotros defendamos la verdad divina.

 

 

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