Preguntas que hacen los jóvenes (#740)

Preguntas  que  hacen  los  jóvenes

David Newell

Este escrito forma la segunda mitad del librito Going on with God, publicado por John Ritchie Ltd, Kilamarnock, Reino Unido.
(La primera mitad es Etapas cruciales en la vida cristiana).

Contenido

1         ¿Puedo fiarme en la Biblia?

2         ¿Cómo puedo estudiar la Biblia?

3         ¿Por qué necesito la comunión de los hermanos?

4         ¿Cómo puedo aprender a orar?

5         ¿Y qué del Espíritu Santo?

6         ¿Cómo debo ver el movimiento carismático?

7         ¿Qué significa la separación?

8         ¿Puede el creyente caído ser restaurado?

9         ¿Cómo puedo testificar a otros?

10         ¿Cómo puedo testificar a otros?— continuado

11         ¿Cómo puedo evitar el desaliento?

12         ¿Cómo he de prepararme para la cena del Señor?

1— ¿Puedo fiarme en la Biblia?

“Desde luego que he confiado en el Señor Jesucristo como mi Salvador, pero no puedo aceptar todo lo que leo en la Biblia”,

A menudo esta es la opinión de jóvenes cristianos influidos por un punto de vista mundano que califica mucho, si no todo, de lo concerniente a Dios como no científico, mímico y anticuado. A pesar del aparente alto concepto que se dice tener del Señor Jesús, este tipo de observaciones encierra en su base una mentira, a saber, que se puede confiar en el Salvador pero no en las Escrituras.

Permítanme sugerir dos razones por las que esto es totalmente erróneo. Primero, Cristo y Biblia son inseparables en esencia, ya que ambos disfrutan del mismo gran título de “la Palabra” (Juan 1:1, 1 Pedro 1:25). Dan testimonio el uno del otro, y el Salvador es en sí mismo el clímax del mensaje de Dios para los hombres (Hebreos 1:1,2).

Segundo, para el creyente la evidencia sobresaliente de la fiabilidad de las Escrituras es las enseñanzas de Cristo. Al fin y al cabo un cristiano es aquel que se ha sometido, por su propia voluntad y sin reserva, a un Salvador que reclama y proclama categóricamente ser “la Verdad” (Juan 14:6), e insiste en que aquellos que aceptan su señorío lo demuestren con una obediencia absoluta (Lucas 6:46). Además, para honrar al Señor Jesús, tenemos que aceptar su declaración acerca de las Escrituras. No hay otra alternativa para el cristiano consecuente.

¿Qué, pues, nos enseñó el Maestro? Podemos resumirlo en tres palabras: bautoridad binfalibilidad bsuficiencia.

 

En Juan 10:34 al 36 el Señor utiliza referencias del Antiguo Testamento para apoyar sus demandas de divinidad, juntando en una estas tres verdades importantes para nuestra edificación: “¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?”

  1. Autoridad Al llamar el Antiguo Testamento “la palabra de Dios” (v. 35), el Señor Jesús está subrayando su origen sobrenatural. Desde luego, Dios usó instrumentos humanos para escribir sus palabras, pero de cualquier modo es su voz la que nos habla. La persistencia de los profetas, “Así dijo Jehová,” no es una fórmula sin sentido; es un constante y necesario recordatorio de que estamos escuchando no un razonamiento humano sino una revelación divina.

En Pentecostés Pedro cuidadosamente diferencia entre el mensaje y el portavoz: “Era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David” (Hechos 1:16). ¡Cuán reverentemente hemos de acercarnos a Libro que es en su totalidad el consejo del Dios vivo! El salmista escribe: “Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutan su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto” (Salmo 103:20).

En nuestra lectura bíblica diaria, ¿estamos persuadidos de que esta es la voz de Dios, tan real, poderoso y llena de autoridad tal como si Él estuviese hablando audiblemente desde el cielo? Seamos como los tesalonicenses que recibieron el evangelio “no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios” (1 Tesalonicenses 2:13).

  1. Infalibilidad Si la autoridad enfatiza el poder de la Palabra, la infalibilidad nos revela su pureza, “libre de toda falsedad o error … totalmente cierta y fiable en todas sus afirmaciones”. Esto es lo que el Señor Jesús está enseñando cuando sostiene que “la escritura no puede ser quebrantada” (v. 35). Él cita unas sesenta veces del Antiguo Testamento (y de ninguna otra fuente), nunca para censurar sino siempre para confirmar su exactitud.

Piensa en alguno de los sucesos históricos específicos que Él corrobora: el relato de la creación (Mateo 19:4,5), el primer asesinato (Lucas 11:51), el diluvio universal (Mateo 24:37 al 39), la destrucción de Sodoma (Lucas 17:29). No podemos escapar al hecho de que el Salvador dio su sello de aprobación al Antiguo Testamento como inspirado por Dios y Palabra sin tacha. De hecho, fue todavía más lejos al preguntar cómo la gente puede creer en Él si rechazan las palabras de Moisés (Juan 5:46,47). Es lógicamente imposible para aquel que acepta la autoridad de Cristo, dudar de cualquier parte del Antiguo Testamento.

  1. Suficiencia La autoritaria e infalible Biblia no es un libro de texto estéril y polvoriento; por el contrario, es gloriosamente suficiente para satisfacer todas las necesidades del creyente. El Señor Jesús utilizó el Antiguo Testamento como su última corte de apelación cuando contestó a los judíos: ¿No está escrito en vuestra ley …?” (v. 34). Por lo tanto, cuando los problemas, preguntas y situaciones difíciles se ciernan sobre nosotros, debemos volvernos al Libro.

La suficiencia de las Escrituras se ejemplifica magistralmente en el modo en que el Señor Jesús derrotó a Satanás en el desierto. La serpiente antigua es ahuyentada simplemente por la efectiva y apropiada mención de las Escrituras (Mateo 4:4,7,10). El Hijo de Dios requiere de nosotros no una educación universitaria sino un conocimiento profundo de la Biblia para disipar las dudas y temores con que Satanás busca corromper nuestra mente. Pero, recuerda que para usar esta espada de dos filos debemos conocerla bien. Sólo el estudiante consagrado de la Palabra probará verdaderamente su suficiencia cuando la oportunidad lo requiera.

 

Por si exista alguna objeción en cuanto a que el Señor Jesús está evaluando solamente el Antiguo Testamento, podemos demostrar que Él también autoriza el Nuevo por adelantado: “el Espíritu Santo … os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). Estas palabras anticipan y autorizan los Evangelios. “Él os guiará a toda la verdad” y “os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13), cubre las Epístolas y el Apocalipsis. Esto escritos también son autoritarias, infalibles y suficientes porque nacen del Espíritu que revela toda la verdad necesaria.

Los mismos escritores del Nuevo Testamento reconocían que estaban transcribiendo la Palabra de Dios (1 Corintios 14:37), y así podían situar sus escritos en el mismo nivel con aquellos de Antiguo Testamento (2 Pedro 3:2,16).

La conclusión es bien simple. Si confiamos en el Señor Jesús, debemos confiar en la Biblia entera, porque ésta cuenta con su sello de aprobación. Volvámonos, pues, del error que sustentaba nuestra cita al principio de este capítulo, hacia el glorioso ejemplo de Handley Moule cuando dijo, “Voy, no de una manera ciega sino reverente, a confiar en el Libro por causa de Él”,

2— ¿Cómo puedo estudiar la Biblia?

Nuestro Dios es parco en lo que a milagros se refiere. Habiendo Él hecho al hombre a su imagen (Génesis 1:27), habiendo provisto un perfecto manual de instrucción por medio de la inspiración sobrenatural (2 Pedro 1:21) y habiéndonos dotado con el mejor de los maestros en la persona del Espíritu Santo (Juan 16:13), no esperemos un cuarto milagro para transmitir la verdad de las Escrituras a nuestras mentes. En otras palabras, ¡no hay atajo hacia la espiritualidad! Sólo por el estudio serio y sistemático de la Palabra crecerá el creyente joven en el conocimiento de Dios, y así será capaz de permanecer firme frente a las tormentas de este mundo, la carne y el diablo. Y esto significa trabajo arduo.

La gente de Berea (Hechos 17:11,12) nos proporciona un modelo a seguir. Ellos estudiaban las Escrituras con propósito (“escudriñaban”), ardientemente (“con toda solicitud”), regularmente (“cada día”) y fructíferamente (“creyeron muchos de ellos”). ¡No se sugiere aquí que encontraron tedioso o malgastado el tiempo dedicado a la Palabra! Si nos acercamos al Libro de Dios en expectativa humilde, nunca seremos desilusionados. Al contrario, diremos que, como el salmista, “He regocijado en tu palabra como el que halla muchos despojos” (Salmo 119:162).

Desde luego, si estamos decididos y predispuestos a aburrirnos, seremos aburridos. “Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él [una persona]” Proverbios 23:7. Pero no es necesario. ¿Qué puede ser más apasionante que ocupar nuestras mentes con la verdad infalible del Dios vivo? ¿Qué puede ser más importante y trascendente? Para vivir con gozo en el mundo de Dios, hemos de vivir por la Palabra de Dios.

¿Cómo, entonces, puede el cristiano joven estudiar la Biblia? Ofrecemos sugerencias:

 

Ayudas al estudio

Las ayudas más sencillas son las mejores. En vez de recomendar un sinfín de comentarios, déjenos enumerar aquellas herramientas con las cuales cualquier creyente puede desentrañar los tesoros de la Palabra de Dios. Primero, se requiere una buena versión de la Biblia. La Reina-Valera Revisión de 1960 es tan buena como cualquiera [y considerablemente mejor que la mayoría]. De todos modos consulta otras, pero asegúrate siempre que su texto básico sea una traducción confiable. Segundo, cuenta con cuaderno y bolígrafo, porque es importante tomar nota de lo que el Señor te enseñe para tu estímulo en el futuro. Moisés en Éxodo 17:14 es un ejemplo de esto, interesante por ser la primera mención de trascripción de las Escrituras.

Tercero, una concordancia es esencial, y la de Editorial Caribe es probablemente la más fácil de usar.* Nos referimos a la obra original y no a la condensación de la misma, o de otras, que viene encuadernadas en muchas ediciones de la Biblia. Y, no desdeñes las referencias marginales de tu Biblia; te conducirán a pasajes paralelos y versículos relacionados con la porción que te interesa.

[* A medida que vas avanzando, querrás disponer de una concordancia que emplee el código numérico de Strong. De estas maneras podrás darte cuenta de que una misma palabra traducida al español puede venir de dos o más en el idioma original, o viceversa].

 

Todo esto, naturalmente, lleva su tiempo, pero es tiempo bien empleado (Efesios 5:16). Sabes, el estudio auténtico de la Biblia es costoso. Al joven que dijo, “Yo daría el mundo por entender la Biblia como usted la conoce,” Harold St. John respondió, “Es exactamente lo que a mí me ha costado”,

 

Acceso al estudio   

El descubrimiento del sepulcro vacío en Juan 20 ilustra el acceso ideal a las Escrituras. En los versículos 5 al 8 el verbo “ver” figura tres veces en la Versión de 1960 pero en realidad expresa tres vocablos diferentes en el griego original. Esto nos sugiere pasos clave a dar en el estudio de la Biblia.

  1. Confrontación La palabra “vio” en v. 5 significa simplemente darse cuenta, o notar. Juan tuvo que agacharse y entrar a la tumba para darse cuenta de lo acontecido. Y nosotros debemos abrir la Palabra de Dios sumisamente si queremos que su verdad, capaz de transformarse en vida, nos impacte. Haz tuya la oración de Salmo 119:18: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley”, La lectura consecutiva desde Génesis a Apocalipsis es indispensable, ¡y sin pasar por alto los pasajes difíciles!

Para llegar a dominar un libro en particular, léelo una y otra vez hasta que tu mente esté saturada de él. No puede haber sustituto para la Biblia misma. La facilidad con que disponemos de tanta literatura cristiana hoy en día nos tienta a leer libros en vez de la fuente y origen de ellos, las Sagradas Escrituras. Deuteronomio 11:18 al 21 es un desafiante recordatorio del lugar que la Palabra de Dios en su entereza debe ocupar en nuestras vidas.

  1. Observación “Vio” en vv. 6,7 quiere decir ver, reparando en los detalles. Pedro observa la disposición de las vendas dentro del sepulcro, cosa que de demanda más que una mirada pasiva. Para aprovechar las Escrituras al máximo, debemos leerlas seria y concienzudamente, y lentamente a la vez. Dios no revela su voluntad a aquellos que tratan su Palabra con prisa y poca atención. El estudio concienzudo significa “que usa bien la palabra de verdad”
    (2 Timoteo 2:15), lo que incluye entre otras cosas la debida atención respecto al contexto (por ejemplo, el contexto de esos célebres y predilectos versículos en Filipenses 4:7,19), el sentido común (identificando el lenguaje figurativo en, vamos a decir, Mateo 23:14) y comparación (muchas veces un versículo difícil se explica en un pasaje paralelo o relacionado al tema). Observa cuidadosamente— este Libro demanda una concentración total.
  2. Interpretación “Vio” en v. 8 equivale a discernir. Esto es, descifrar el significado de aquello que se ve. Juan interpreta correctamente la colocación ordenada de aquellas vendas como una evidencia de la resurrección del Señor. Y cuando leemos la Palabra, hemos de estar alerta para obtener el significado correcto. Una comprensión del propósito global y la estructura de cada libro nos protegerán de un buen número de errores de interpretación.
  3. Aplicación       En v. 8 Juan cree lo que ve. Todas las Escrituras han de ser creídas y, en lo que a nosotros se refiere, obedecidas. De hecho, la sola lectura de ellas fortalecerá nuestra fe (Romanos 10:17). Bengel dice, “Aplícate tú mismo enteramente a las Escrituras y aplica las Escrituras completamente a ti mismo”. En última instancia la meta del estudio de la Biblia no es el saciar nuestra curiosidad, sino el modelar nuestras vidas para Dios. Como la profecía en el Nuevo Testamento, es para edificación (doctrina, para la mente), exhortación (obligación, para las manos) y consolación (devoción, para el corazón” (1 Corintios 16:3). ¿El estudio de la Palabra está surtiendo una influencia real en mi vida? Si no, algo está mal en el fondo.

 

El tiempo es poco. Repasemos y recordemos nuestras prioridades para invertir nuestro tiempo, talento y energía en el estudio de la Palabra de Dios. Al fin y al cabo, sólo esto contará para la eternidad.

3— ¿Por qué necesito la comunión de los hermanos?

A veces los cristianos jóvenes preguntan por qué se da tanta importancia a la comunión con los hermanos en la asamblea. Puntualicemos: es bueno preguntar siempre que reconozcamos que solamente el Dios que nos creó y nos salvó conoce lo que es mejor para nosotros. En otras palabras, nuestras preguntas sólo podrán ser contestadas cuando nos sujetamos a las Escrituras de Verdad.

La necesidad básica de compañerismo para el hombre nace con su creación. Dios dijo de Adán, “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18). Somos hechos de tal manera que ansiamos los beneficios del compañerismo (Eclesiastés 4:9 al 12), y cuando somos salvos por su gracia, la nueva criatura siente la necesidad de una nueva compañía que atañe al pueblo de Dios. Es importante notar que los discípulos fueron llamados en grupo (Marcos 3:13,14), y a éste el Señor lo preparó, protegió y comisionó para llevar su mensaje (Mateo 28:18 al 20). También es significativa la cantidad de cartas en el Nuevo Testamento que mayoritariamente van dirigidas a asambleas y no a particulares. Como ves, la congregación de individuos es peculiaridad de Dios. Tras haber rescatado a los pecadores por la sangre preciosa de su Hijo, Él los colocó en la gloriosa compañía de los redimidos, el Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). Es un hecho.

Pero Él también espera, y de hecho manda, que se reúnan juntos en grupos conocidos comúnmente como iglesias locales o asambleas. Mateo 18:17 al 20, Hechos 2:41 al 42 y Hebreos 10:25 confirman la existencia de un grupo reconocible de creyentes que se congregaban regularmente para bendición recíproca en obediencia a la Palabra.

Estamos enfatizando que el concepto bíblico de comunión con los hermanos, llámese una confraternidad, no puede separase de la realidad de la asamblea local. En un mundo donde nuevas organizaciones, sociedades y misiones “cristianas” surgen del día a la noche, ha de ser repetido y firmemente establecido que el asentamiento escrituraria para toda actividad y crecimiento espiritual es la iglesia local. La Palabra de Dios no reconoce otro. Además, a pesar de lo que ha sido afirmado a favor de cualquier organización paraeclesial, como por ejemplo la Unión Bíblica de Estudiantes y los Gedeones, nuestra prioridad ha de ser la asamblea, mientras alabamos a Dios por sus bendiciones a través de aquéllas.

 

Pero, ¿qué significa eso de la comunión con los hermanos? Es de sospechar que muchos de nosotros utilizamos términos bíblicos sin comprenderlos adecuadamente, así que vamos a definir nuestra expresión. Significa el comportamiento o participación. “Asociación” la define particularmente bien, trasladando el énfasis del privilegio deleitable (que la mayoría asocia acertadamente con la comunión de los hermanos) a una responsabilidad solemne (un aspecto desdeñado con demasiada frecuencia). Ser cristiano implica deberes y respon-sabilidades serios, tanto hacia el Señor (1 Corintios 1:9) como hacia su pueblo (2 Corintios 8:4).

Levando en mente que este término da a entender una asociación que es esencial para todos los creyentes, y que está ineludiblemente ligado a la asamblea local, ¿qué conlleva?

  1. Trabajo Si formo parte de una asociación, no puedo sentarme cómodamente para no hacer nada. ¡Debo trabajar!

En Filipenses 4:3 Pablo subraya el esfuerzo implícito en una entrega genuina hacia una asamblea. Habla agradecido de un compañero fiel y de dos damas que combatieron juntamente con él en el evangelio, llamándolos colaboradores suyos. Son palabras dinámicas. Tanto hombres como mujeres fueron llamados a tomar parte de manera abnegada, llenos de fe y constancia en las labores de la asamblea del Señor. Quizá haríamos bien en preguntarnos cuán valiosa es nuestra contribución en la iglesia en que el Señor nos ha colocado. ¿Estamos construyendo o destruyendo? ¿Puede decirse de nosotros, “El pueblo tuvo ánimo para trabajar?” (Nehemías 4:6)

  1. Cordialidad ¡Cuán reconfortante es el calor del fuego en un día frío! La comunión con los hermanos es igualmente alentadora y consoladora, porque ¿de qué manera podríamos seguir adelante sin el ánimo amoroso de nuestros hermanos y hermanas? Muchos de nosotros podemos dar testimonio del valor de una comunión firme con los hermanos como un tónico para nuestra debilidad y un correctivo para nuestros errores. La marca que distinguía a los primeros cristianos era el amor mutuo (Juan 13:35) y esto ciertamente era patente en las primeras asambleas (Filipenses 1:9, Colosenses 1:4). Desde luego, para disfrutar de esta reconfortante experiencia, hemos de reunirnos frecuentemente con nuestros hermanos. ¿Estás manteniendo este calor en ti?
  2. Adoración El Padre busca adoradores (Juan 4:23), y uno de los grandes privilegios de ser salvo es nuestra facultad de alabar y dar gracias al Dios que tanto ha hecho por nosotros. Aunque podemos y debemos dedicar tiempo a solas a la adoración a nuestro Señor, tanto el Antiguo Testamento como en el Nuevo indican el valor sobresaliente de la adoración colectiva. De ahí las reuniones de los discípulos de Troas el primer día de la semana, principalmente para “partir el pan” en memoria del Salvador, y no para oir a Pablo (Hechos 20:7). Sin apoyar la costumbre de referirse a esa reunión como “el culto de adoración” (ya que todos los cultos cristianos incluyen la adoración), hemos de reconocer que este sencillo recordatorio del Maestro es la más sublime ocupación del creyente.
  3. Testimonio El evangelismo en el Nuevo Testamento iba siempre encaminado a establecer o fortalecer a una asamblea. Es una de las razones por la cual algunos de nosotros somos un tanto escépticos ante las grandes “cruzadas”. Su historia es un triste testimonio de nuestro fracaso en la evangelización. La iglesia local debe ser siempre un centro de avance evangelístico. Algunos encuentran muy difícil decir algo, o mucho, a favor de nuestro Señor, pero como una compañía hemos a apoyarnos los unos a los otros y disfrutar de la “comunión del evangelio” (Filipenses 1:5). Perdida ella, perdido todo.
  4. Lucha El joven cristiano pronto descubre que no está envuelto en un juego casual, sino en un arduo conflicto contra enemigos espirituales (Efesios 6:12). Para luchar contra Satanás, cada soldado cristiano necesita el máximo apoyo. Después de haber sido amenazados por las autoridades judías, los apóstoles regresaron “a los suyos” (Hechos 4:23) para unirse en ferviente oración, pidiendo valentía para perseverar en la verdad. Como ves, el mejor remedio para el miedo o la derrota es la reunión de oración, donde el pueblo del Señor cierra sus filas para protegerse y alejar al enemigo.

Todos tenemos gran necesidad de nuestra asamblea local, y ella nos necesita a nosotros. Alguien ha dicho, refiriéndose a Mateo 18:20, que el más fiel asistente a las reuniones de la asamblea es el Señor Jesús. ¿No sería juicioso por nuestra parte estar presente también?

4— ¿Cómo puedo aprender a orar?

No hace mucho que una joven cristiana me confesó que estaba pasando por problemas para orar. No recuerdo ahora exactamente cómo respondí, pero de seguro dije algo de, “¡Yo también!” Algo que el creyente aprende al crecer en la gracia es que los ejercicios realmente arduos de la vida cristiana son los básicos: la oración, el estudio de la Biblia, la comunión con los hermanos y el testimonio. Todos son problemáticos, y las Escrituras dan a entender convencido que nunca serán fáciles, pero con la ayuda de Espíritu Santo, y a pesar de todo, proseguiremos firmemente.

 

Uno de los grandes hombres del Antiguo Testamento nos da un ejemplo desafiante de las condiciones sencillas para que la oración sea eficaz. En Génesis 18 leemos acerca de la intercesión de Abraham a favor de Sodoma (vv. 23 al 32) y podemos deducir cuatro lecciones de esa narración.

 

  1. Abraham creyó al Señor (vv. 9 al 21).

Frecuentemente se olvida que la oración de Abraham al final del capítulo no es un estallido espontáneo. Por el contrario, es considerada como el resultado de lo que había aprendido escuchando al Señor. Si compruebes todo lo que el Génesis cuenta acerca de su vida, encontrarás, quizá para tu sorpresa, que Dios habla a Abraham unas tres veces más de lo que Abraham habla a Dios. La moraleja es evidente; si queremos hablar al Señor debemos escucharle antes. La oración y la lectura de la Biblia son inseparables. Muchas de nuestras irreflexivas expresiones (“si es tu voluntad”) podrían convertirse en oraciones completas y llenas de fe, solamente con buscar la voluntad de Dios tal y como se nos revela en las Escrituras.

¿Qué aprendió Abraham de Dios en la primera parte del capítulo?

  1. Aprendió que Dios ansía bendecir a su pueblo (vv. 10 al 14), y nuestro Dios es siempre el mismo. El Señor Jesús ascendió a la gloria en actitud de bendecir (Lucas 24:31) y esto es lo que ha caracterizado siempre su trato con los santos (Efesios 1:3). Tal conocimiento debe animarnos a estar más tiempo con un Dios cuyo deseo es nuestro bien.
  2. Aprendió que Dios es el Dios de juicio (vv. 17 al 21). Mucho de la predicación del evangelio en estos tiempos ha diluido el mensaje claro de salvación en Cristo que encontramos en el Nuevo Testamento al omitir o suavizar la realidad del juicio. Pero podemos estar seguros de que Él juzgará (ver especialmente Romanos 2:1 al 16) y así como esta certidumbre le condujo a Abraham a interceder por su descarriado sobrino Lot, así debe forzarnos a nosotros a caer sobre nuestras rodillas e interceder por los amigos y familiares que no son salvos.
  3. A Abraham se le recordó la omnipotencia divina (v. 14). Esta gloriosa verdad, repetida en Lucas 1:37, es la espina dorsal de la oración porque el Dios de la Biblia es omnipotente y por tanto “poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de los que pedimos o entendemos” (Efesios 3:20).
  4. El fue testigo de una pasmosa demostración de la omnisciencia de Dios, ya que Él conocía los pensamientos de Sara (vv. 10 al 13). Hay veces cuando le cuesta al creyente poner palabras a su oración, pero—y aquí el consuelo—nuestro Padre celestial conoce todo acerca de nosotros (Mateo 6:8) y el Espíritu que mora en nosotros habla en nuestro lugar (Romanos 8:26 al 27).

Encontrarás en Génesis capítulo 18 que Abraham aprendió también acerca del gran deseo que Dios tiene para confiar en sus amigos (v. 17), sus planes para los descendientes del patriarca (v. 18) y su lealtad hacia su Palabra (v. 19). ¿Puedo sugerir que nuestras oraciones sólo serán llenas y efectivas en la medida que sea nuestra percepción de las Escrituras? Si oramos con la Biblia como base, estamos orando de acuerdo con la voluntad divina; como alguien dijo, “La oración es un instrumento poderoso, no para conseguir que se haga la voluntad del hombre en el cielo, sino para hacer posible la voluntad de Dios sobre la tierra”,

  1. Abraham se acercó al Señor (v. 23).

Es posible tener un buen conocimiento de las Escrituras y no orar. Pero Abraham era un creyente practicante; aquello que el Señor le enseñó lo puso en práctica inmediatamente, y “se acercó”.

Te darás cuenta de que los dos ángeles se habían marchado (v. 22); Dios y su hijo estaban solos. El Señor Jesús subrayó el valor de esto en Mateo 6:6: “Cuando ores, entre en tu aposento, y cerrada la puerta, ora…” No lo olvides; ¡cierra esa puerta! El mundo y el diablo no se tardan en valerse de cualquier distracción para impedir o estorbar nuestra comunión con el Señor. Además, es vital hacer un deliberado esfuerzo para estar, como lo expresa cierto himno, “cerrado contigo, lejos, alto y alejado del mundo inquieto que lucha abajo”. Es maravilloso constatar que cuanto más nos acercamos a Dios, más se acerca Él a nosotros (Santiago 4:8).

  1. Abraham pidió al Señor

Esta es la esencia de la oración: hablar con Dios. Abraham no tuvo tiempo para ir a un lugar especial (después de todo, el Señor estaba allí), o preparase y asumir una postura de rigor o esperar hasta que se sintiera movido a orar. ¡Simplemente oró! ¿No dijo el Maestro, “Pedid, y se os dará” (Lucas 11:9)? ¡Cuán necios somos, entonces, si estamos preocupados, impacientes o torpes en vez de hablarle humildemente!

La oración en sí misma es sencilla, sincera y corta. La Biblia no da premios a los de “largo fuelle”, ¡aunque así pareciera a algunos de nuestros hermanos! La oración de Abraham fue razonada, de acuerdo con el conocimiento de Dios que él tenía, y específica. Llegó al grano. Nosotros hemos recibido una revelación mucho más amplia, porque tenemos al Señor Jesús, la última palabra de Dios al hombre (Hebreos 1:1,2). Por tanto podemos acompañar nuestras oraciones con el precioso nombre de Cristo (Juan 16:23).

Cuando pequeño aprendí de mi madre a terminar mis oraciones “en el nombre del Señor Jesús. Amén”. Cuando le pregunté por qué tenía que decir esto, me respondió ella, “Porque a Dios le agrada oírlo”, y a mí no se me ocurre una respuesta teológica que mejore esa expresión. El nombre del amado Hijo de Dios significa tanto en el cielo que el Padre está gozoso al recibir y contestar las oraciones de aquellos que lo ponen reverentemente sobre sus labios.

  1. Abraham anticipó una respuesta (19:27 al 29)

Este es la evidencia de que oró con fe (Mateo 21:22). El se levantó temprano y volvió al lugar donde había hablado con el Señor. Ahora bien, Dios no garantizó su respuesta a la petición específica, porque no había diez justos en Sodoma (Génesis 19:15); sin embargo, sí satisfizo el deseo del corazón de Abraham, que su sobrino Lot fuese eximido del castigo, y al efecto éste fue sacado de la ciudad antes que cayera el castigo (19:16). La respuesta fue perfecta, si bien no fue exactamente lo que Abraham esperaba. Es evidente que Dios se reserva el derecho de darnos lo que más conviene.

“Dios se acordó de Abraham” (Génesis 19:29; compárese con 19:22). ¡Qué testimonio al valor de sus oraciones! Hoy en día estamos tan necesitados como pudo estarlo Abraham, y nuestro Dios es igual de bondadoso. Así que, no te pierdes el privilegio de hablar regularmente con el Padre celestial. ¿Te ocupas en la oración?

5— ¿Y qué del Espíritu Santo?

Es trágico que el Espíritu Santo sea incomprendido y tergiversado. A la vez, probablemente Él es la persona de la Santa Trinidad de quien más se habla. Su nombre se asocia irreflexivamente con un sin numero de prácticas y enseñanzas dudosas, muchas de las cuales parecen no corresponder a la santidad que le caracteriza.

En el capítulo siguiente intentaremos llegar a algunas conclusiones bíblicas acerca de la naturaleza del moderno movimiento carismático, pero primeramente debemos dejar sentada una sólida base escrituraria para comprender la misión que tiene el Espíritu hoy en día. El propio Señor Jesús establece esta base en Juan capítulo 16, donde encontramos cuatro principios que gobiernan el ministerio del Espíritu.

  1. El principio de glorificación

Dice el Salvador, “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os la hará saber” (Juan 16:14). Observamos la gran meta de la obra del Espíritu no es la de exaltarse a sí mismo sino al Hijo de Dios. El suyo es un ministerio honesto, porque quita la atención de sí y la dirige hacia el Salvador. Lo encontramos haciendo justamente esto en Hechos 5:29 al 32, cuando Pedro se refiere a sí mismo como un testigo de la exaltación del Señor: “y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo.”

Por otro lado, Pablo afirma en 1 Corintios 12:3 que es imposible para los hombres reconocer genuinamente el señorío de Cristo en sus vidas y lenguaje, salvo que sea por mediación del Espíritu. Entonces, cuando observamos que las alusiones específicas al Espíritu Santo disminuyen a medida que Hechos de los Apóstoles avanza, estamos ante una evidencia del indecible éxito de la tarea del Espíritu de presentar al Señor Jesús como el objeto de nuestra fe (Hechos 4:12, 28:31). Más aun, el principio de glorificación provee una piedra de toque para toda la enseñanza que oímos, porque cualquier sistema de doctrina que no exalte al Señor Jesús no procede del Espíritu Santo. Esto debería preservarnos frente a la inquietud moderna por el Espíritu mismo, o por los dones, más que por el Dador de ellos. Tengamos presente que el Espíritu Santo siempre se deleita en unirse al Padre para dirigir nuestra mirada hacia el Hijo (Mateo 3:16,17).

  1. El principio de armonía

Te habrás dado cuenta que el Señor Jesús subrayó la absoluta fidelidad del testimonio del Espíritu por tres veces al llamarle el Espíritu de Verdad (Juan 16:17, 15:26, 16:13). Como Él es verdad, así es en toda su extensión la Palabra que Él inspira (2 Pedro 1:21, Juan 17:17).

Lógicamente de esto se desprende que el Espíritu de Dios, tan íntimamente ligado a la inspiración de las Escrituras, se caracterizará en sus actuaciones por un total y completa armonía con las Escrituras. No puede contradecirse a sí mismo. Aquí tenemos otra valiosa prueba para el creyente; el Espíritu nunca nos conducirá contrariamente a lo que dice la Palabra. Pedir simplemente guía en lo espiritual es demasiado fácil. Aun verdaderos cristianos pueden, por sus propias inclinaciones, tergiversar el impulso divino, porque todavía poseemos una vieja naturaleza y un corazón que es “engañoso … más que todas las cosas” (Jeremías 17:9).

Pero también poseemos un modelo perfecto de verdad para contrastar nuestros sentimientos y experiencias, y éste es la Palabra inspirada por el Espíritu, infalible y objetiva. Partiendo de esto, podemos decir por ejemplo que el Espíritu Santo nunca llevará a un creyente a enamorarse a una incrédula (2 Corintios 6:14), ni impulsará a una mujer cristiana a orar en viva voz en una reunión (1 Corintios 14:3). Tales cosas pueden suceder, pero decimos categóricamente que no son obras del Espíritu.

Cuán imperiosamente necesitamos, pues, ser dirigidos y gobernados por la Palabra, porque solamente así seremos conducidos conscientemente por el Espíritu en la medida que conozcamos nuestra Biblia. ¡He aquí que no hay atajo para llegar a la santidad! Los hombres que Dios usa son hombres inmersos en las Escrituras, y esto exige dedicación. Para ser gente del Espíritu, hemos de ser gente del Libro.

 

 

  1. El principio de la educación

“El os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13) no es meramente la preautenticación que el Señor nos da del Nuevo Testamento, sino anticipa a la actividad del Espíritu como instructor en las cosas divinas. Como enseña Pablo, las verdades divinas se pueden apreciar solamente por medio del Espíritu de Dios (1 Corintios 2:11 al 14). Mientras que la inspiración se refiere a su superintendencia en cuanto a la estructura de la Biblia, la iluminación describe su continuo ministerio para exponerla. La importancia de esto queda expuesta en la observación del Salvador: “Os conviene que yo me vaya” (Juan 16:7). ¿Convenía que el Maestro, Guía y Consejero los dejara? Sí, porque mandaría “otro Consolador” exactamente como Él mismo para estar con ellos para siempre (Juan 14:16) y completar su educación espiritual.

En Pentecostés aquel Consolador descendió y desde entonces reside permanentemente en el corazón del creyente a partir del momento de su conversión. Así que, en ese mismo instante somos nacidos, bautizados, habitados y sellados por el Espíritu (Juan 3:5, 1 Corintios 12:13, 6:19, Efesios 1:13). Tengamos claro que todo cristiano posee el Espíritu de Dios como residente, porque “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Romanos 8:9). Y, su deseo es llevarnos a hacer “morir las obras de la carne” (Romanos 8:13) y a mostrar notoriamente en nuestras vidas los frutos cristianos (Gálatas 5:22 al 24).

¡Estas manifestaciones del Espíritu son más reveladoras y elocuentes que todos los dones milagrosos y espectaculares como lenguas, interpretaciones y sanidades que existen en el mundo!

  1. El principio de la aplicación

“Tomará de lo mío y lo hará saber” (Juan 16:15). La historia del fiel siervo de Abraham al buscar esposa para Isaac es una imagen deliciosa en este aspecto de la obra del Espíritu. Del mismo modo que él se presentó a Rebeca con pruebas de la riqueza y gloria de su futuro marido (Génesis 24:53), así el Espíritu Santo toma las riquezas de Cristo Jesús y las hace reales para nosotros. No nos maravillemos que Pablo lo llame “las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14).

 

¿Por qué al reunirnos para recordar al Señor, como Él nos pidió, nuestros corazones son conducidos hacia la grandeza de su persona y obra? ¿Por qué todos los creyentes añoran y esperan ansiosamente el regreso del Salvador? ¿Por qué es la Biblia un depósito inagotable de pasmosas verdades divinas? ¡Porque el Espíritu de Dios está haciendo su obra! Como uno escribió, “el gran objetivo de todos sus ministerios combinados es el de mantener al creyente satisfecho con Cristo”. Si guardamos este pensamiento en la médula de nuestra doctrina acerca del Espíritu Santo, no nos extraviaremos.

6— ¿Cómo debo ver el movimiento carismático?

El siglo 20 contempló el sorprendente desarrollo de un movimiento entre los cristianos que ha desbordado las barreras tradicionales de las denominaciones y promete convertirse pronto en puntual del ecumenismo. ¿Cómo debe el creyente responder a las asombrosas demandas  y la indiscutiblemente atractiva llamada del movimiento carismático, con sus ofertas de instantáneo éxito espiritual, experiencias sobrenaturales y el resurgimiento de los milagros del Nuevo Testamento?

Primero vamos a explicar el significado de esa palabra usada tan a menudo, “carismático”. Se deriva de una palabra griega que significa un regalo que implica gracia (carisma) de parte de Dios como el dador. En el sentido escriturario, entonces, todo creyente es carismático en cuanto es, primero, un recipiente del don de la salvación que Dios da por gracia (Romanos 5:15, 16, 6:23); y segundo, el poseedor de por lo menos un don de servicio para beneficio de la asamblea (Romanos 12:6).

 

Veamos cuatro razones por las cuales rechazo las demandas y prácticas distintivas del movimiento carismático moderno.

  1. Interpreta mal el propósito de los milagros en la Biblia

Una de las primeras cosas que hay que decir acerca de los milagros en la Biblia es que son poco frecuentes. Ocurren agrupados en determinados momentos cruciales en la historia de la Redención, normalmente para señalar alguna etapa nueva en la relación de la Divinidad con los hombres; a saber, (i) en el éxodo de Egipto, (ii) en la época de Elías y Eliseo, (iii) durante el ministerio terrenal del Salvador y (iv) durante el de sus apóstoles.

Pero grandes extensiones en la historia bíblica carecen de milagros en el sentido específico de sensacionales maravillas divinas. Reflexionemos en varones de Dios que no realizaron milagro alguno: Abraham, David, Jeremías, Daniel y el más grande que nació de mujer (Mateo 11:11), cual era Juan en Bautista.

Nuestra conclusión debe ser que los milagros dependen en última instancia en los propósitos de Dios y no en la fe o espiritualidad del siervo. Ningún creyente niega que nuestro Dios sea capaz de hacer hoy lo mismo que hizo en el pasado, porque Él no cambia (Malaquías 3:6). La pregunta pertinente es qué es esa voluntad hoy por hoy. El Nuevo Testamento nos muestra
(i) que los milagros son señales que identifican a un mensajero enviado por Dios (Lucas 11:20, Juan 5:36, 10:24 al 26); (ii) que los judíos particularmente pedían señales (1 Corintios 1:22); (iii) que las señales identificaban al Señor Jesús y a sus apóstoles (Hechos 2:22, 5:12, 2 Corintios 12:12, Hebreos 2:2 al 4).

Desde que los apóstoles establecieron los fundamentos de la Iglesia (Efesios 2:20) y como no hay más apóstoles hoy en día (Apocalipsis 21:14), esas credenciales de identificación han dejado de existir. El creyente ahora descansa en la completa Palabra de Dios por medio de los apóstoles (2 Pedro 3:2), y no en señales milagrosas. ¡Cuán infinitamente más gloria lo es para Dios que su pueblo confíe sencillamente en Él, sin buscar lo sensacional!

  1. Resta valor a los milagros

Esto puede parecer una crítica sorprendente de un movimiento que alardea de curaciones sobrenaturales, visiones, sueños y lenguas. Pero mi razonamiento es muy sencillo. Los milagros de la Biblia son invariablemente espectáculo-lares, innegables y obvios para todos. La curación del hombre cojo en Hechos 3 causó extenso asombro (v. 10), no pudo ser negado (4:16) y se realizó a la vista de todos (3:16, 4:14). Esta incuestionable demostración del poder divino hace contraste con los “milagros” modernos con su trivialidad, incertidumbre y falta de transparencia. ¡Cuán radicalmente diferente de las maravillas de las Escrituras que honran a Dios y fueron hechas a la vista de todos!

Los mismos que enseñan la necesidad de experiencias pentecostales fracasan estrepitosamente en su intento de producir el original divino. Hechos 2 recoge un poderoso y recio viento del cielo (v. 2), un despliegue visible de lenguas de fuego (v. 3) y una facultad sobrenatural dada a los discípulos galileos para hablar con soltura en lenguas extrañas (v. 4). Los carismáticos no sólo son incapaces de reproducir los dos primeros fenómenos, sino también carecen del tercero.

Sepamos bien que en Pentecostés Dios congregó a una multitud de judíos no palestinos (v. 5) que podían identificar las lenguas habladas en forma sobrenatural por los discípulos, certificando así tan extraordinario milagro. El moderno “hablar en lenguas” consiste en un balbuceo extático, sin significado, sin propósito y ciertamente sin ser un glorioso despliegue del poder divino.

A la hora de someterse al examen de las Escrituras los carismáticos fracasan en la misma materia de la que alardean. Sus “milagros” no tienen que ver en absoluto con aquellas que figuran en la Palabra.

 

  1. Eleva la experiencia por encima de las Escrituras

La obsesión carismática por los dones, experiencias y sensaciones especiales es altamente peligrosa porque desvía la atención del creyente lejos de la sólida e inmutable Verdad de la palabra. Una vida cristiana construida sobre la supremacía de los sentimientos sólo será tan fuerte y duradera como lo sean esos sentimientos. Pero tenemos como fundamento algo mucho mejor que eso: la inalterable roca de las Escrituras (Mateo 7:24).

Vemos como Pedro evoluciona desde su gozo por la experiencia única de la transfiguración hacia una poderosa afirmación de la suficiencia de la Palabra de Dios: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos” (2 Pedro 1:16 al 19). Citando a Samuel Cox: “Pedro conocía una base más sólida para la fe que aquella de las señales y milagros; más segura, más cierta incluso que su propia y tremenda experiencia; era la autoridad de la Palabra de Dios escrita”.

En Lucas 24 el Señor Jesús preparó a los discípulos para su ausencia física, no orientándolos hacia a la perpetuación de los milagros, sino hacia la Palabra de Verdad. A las mujeres en el sepulcro se les recordaron sus palabras (vv. 6 al 8); en el camino el Señor mismo les recordó parte de las Escrituras (vv. 25 al 27); y en el aposento alto llevó a sus seguidores al Antiguo Testamento como explicación de su propio ministerio y a la autoridad de ellos (vv. 44 al 48). El Salvador no se da a conocer hoy a través de señales y milagros, sino por la Palabra de Dios y tan sólo ésta preservará al creyente del error (Salmo 119:104).

 

 

  1. Invalida el orden de Dios

El hablar en lenguas es el rasgo carismático más característico, el signo de una bendición especial. Sin embargo, incluso una lectura superficial del único juicio doctrinal que tenemos en la Biblia al respecto (1 Corintios 12 al 14) muestra cómo Pablo repetidamente pone de manifiesto su relativa insignificancia. Aparece de último en las dos listas o enumeraciones de dones (1 Corintios 12:10 al 28) y es muy inferior al de profecía (14:4). Aun más, es significativo que la única asamblea en el Nuevo Testamento que hablaba en lenguas era pobre en santidad. Fijémonos bien en que los dones espirituales no garantizan la espiritualidad (1 Corintios 3:3).

En otra ocasión Pablo deja claro que las lenguas son una señal para los judíos incrédulos (1 Corintios 14:21,22), no un don para el crecimiento de la asamblea (14:19). Cuando el régimen de la relación gubernativa de Dios con Israel acabó con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. ese don desapareció de inmediato, como lo evidencia la historia eclesiástica.

El movimiento carismático ha relegado casi por completo las enseñanzas de Pablo, situando en primer lugar lo que Dios colocó de último. En el último análisis los milagros y emociones son una decepción porque no cuadran con la verdad objetiva de la Palabra de Dios. El creyente joven ha de tomar el sabio consejo de Pedro, quien nos exhorta a n buscar las experiencias sino crecer “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18).

7— ¿Qué significa la separación?

El Señor Jesús dejó claro en su oración sumosacerdotal que, si bien su pueblo estaba en el mundo, no era del mundo (Juan 17:11,16). La primera de estas relaciones la podemos entender muy bien; todos vivimos en una sociedad que ha rechazado a Dios y nos relacionamos a diario con personas que no conocen al Salvador. Esto no sólo es inevitable (1 Corintios 5:10) sino es necesario si queremos alcanzarlos para Cristo (Juan 17:18). Sin embargo, el cristiano no pertenece a este orden de cosas; su ciudadanía celestial determina que no es sino un extranjero y transeúnte aquí. Nuestro hogar está en el cielo y esperamos el pronto regreso del Maestro para que nos lleve allí (Filipenses 3:20,21).

De acuerdo con esto, lo que dice el Señor a su pueblo es que deben estar separados (2 Corintios 6:17) y ser distintos (Filipenses 2:15,16) en medio de la oscuridad que les rodea. Uno de los más graves problemas que enfrenta nuestra generación es que se hace cada vez más difícil distinguir a los cristianos de quienes no lo son. ¡Y uno duda que esto se deba a que los incrédulos están imitando nuestro estilo de vida!

 

Vamos a fijarnos en un hombre que fue preparado para levantarse por la causa de Dios y mantenerse separado. El capítulo 1 de Daniel puede dividirse perfectamente en tres secciones para nuestro análisis.

 

  1. La posición de Daniel (vv. 1 al 7)

Sacado repentinamente de Jerusalén en el año 605 a.C., el joven Daniel (probablemente no tenía más de 17 años) se encontró en un ambiente completamente extraño e impío. Más aun, la sociedad que lo rodeaba hizo todo lo posible para convertirlo en una babilonia. Observa con atención los métodos que usó para corromper la mente de Daniel y destruir su testimonio al Dios de Israel. Cuatro áreas de su vida fueron cambiadas: (i) su hogar (vv. 1,2), (ii) su educación (vv. 3,4), (iii) su dieta alimenticia, (v. 5) y (iv) su nombre (vv. 6,7). ¡Que de presiones sobre un joven para conformarlo a un nuevo estilo de vida!

El mundo de hoy quiere presionar a todo creyente joven para que adapte sus modalidades pecaminosas, frívolas e impúdicas (Romanos 12:2). El mundo no puede soportar a los cristianos auténticos, como tampoco pudo tolerar al Señor Jesús (Juan 15:18). ¡Cuidado! Algunos que profesan conocer a Dios ocasionalmente capitulan ante sus demandas incesantes; Demas es un aviso solemne en este sentido (2 Timoteo 4:10).

Pero Daniel estaba dispuesto a ser diferente. El beneplácito de Dios significó más para él que el enojo de los hombres. Aunque su nuevo hogar estaba en Babilonia, su corazón estaba en Jerusalén (Daniel 6:10); aunque le obligaron a cursar estudios universitarios por tres años para lavar su cerebro y dirigirlo hacia la filosofía de una nación idólatra, su mente estaba saturada con las Escrituras (Daniel 9:2); aunque cambiaron su nombre de Daniel (“Dios es mi juez”) por el de Belsasar (“príncipe de Bel”), él constantemente se refiera a sí mismo como “yo Daniel” (8:15).

¡Cuidado, joven! El mundo te cortejará con promesas de abundancia, intentando que abandones tu vida de peregrino y te asientes en una complacencia materialista, pero Mateo 6:19,20 manda: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo”. El mundo te bombardeará con su humanismo ateo y evolucionista, burlándose de tu fe llana e ingenua en la absoluta integridad e infalibilidad de la Palabra de Dios, pero mantente asido y llévalos a Génesis 1:1, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

  1. El propósito de Daniel (vv. 8 al 16)

Este es uno de los grandes ejemplos en la Biblia de un hombre con propósito de corazón. Leemos, “Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía” (v. 8). Llama la atención que nada se dice de lo que estaba mal en cuanto a la comida del rey. Quizás había sido ofrecido a los ídolos (Éxodo 34:15); quizás contenía sangre (Levítico 11); no se dice claramente. Con todo, Daniel la rehusó, como si pensara, “hay un riesgo potencial de desobedecer la ley de mi Dios si como estos alimentos, y yo quiero estar seguro; por tanto, no tocaré nada de ella”.

¿Puedes ser tan intransigente? ¡Segu-ramente tal fana-tismo es imposible! Pero observamos primeramente que Dios honra el deseo de Daniel de per-manecer separado (vv. 9,15) y en segundo lugar que su postura inflexible in-fluyó sobre otros, apoyándolos para permanecer firmes en la verdad de Dios (1:11,12, 3:16 al 18). Como ves, la historia de Daniel es un contundente rechazo a la vieja mentira de que la “estrechez” (si podemos emplear este término para referirnos a un deseo genuino de obedecer la Palabra de Dios) necesariamente conlleva una falta de misericordia) los versículos 9, 12 y 13 nos presentan a Daniel como un joven agradable y simpático); o el aislamiento (¡El encontró tres amigos de su mismo sentir!); o al fracaso evangelístico (vv. 14 al 16). Por el contrario, Dios manifiesta su aprobación absoluta a la separación de Daniel.

¿Aprenderemos que solamente con esta intransigencia evitaremos la influencia para apartarnos de los mandamientos del Señor? Spurgeon escribe: “Daniel decidió ir ‘demasiado lejos’ antes de ‘no lo suficientemente lejos’ … Es siempre más seguro, si estás en guerra con un enemigo mortal, tener una pared bien alta entre él y tú. Nunca será demasiado alta si sus intenciones son las de destruirte”. Aplica esto a cualquiera de esas preguntas impertinentes acerca del comportamiento cristiano: ¿Debo apoyar esta actividad, o unirme a aquel movimiento? Respuesta: Voy a situarme en el lado seguro y evitar cualquier cosa que pudiese poner en peligro mi testimonio cristiano.

La actitud de Daniel podría ayudar incluso a las jóvenes que encuentran costoso o molesto cubrir sus cabezas en las reuniones. ¡Sitúate en el lado seguro! En ninguna manera puedes equivocarte al cubrir la cabeza, pero puedes estar realmente equivocada al no hacerlo (1 Corintios 11:1 al 16). Aquellas que realmente aman al Señor preferirán estar seguros antes de lamentar.

  1. La prosperidad de Daniel (vv. 17 al 21)

Como ya hemos visto, Dios bendice al siervo fiel, porque “ha dicho Jehová: … Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenido en poco” (1 Samuel 2:30). La postura que Daniel adoptó en su juventud constituyó un fundamento firme para el resto de su vida. Por esto el capítulo termina con una breve referencia a su largo período de servicio en Babilonia (v. 21). Incluso el mundo tuvo que reconocer el poder de Dios en la vida de este varón (1:19, 2:28).

Daniel es testigo de que la verdad de Dios no se puede sostener basándose en un compromiso, y que no se puede evitar los compromisos si no hay separación. ¿Estas dispuesto a ser diferente para honrar a Dios?

8— ¿Puede el creyente caído ser restaurado?

¡Sí! es la respuesta sencilla. La mayoría de nosotros sabe lo fácil que es desviarse del Señor Jesús y deslizarse en los caminos de un mundo sin Dios. Sin embargo nuestro Dios es tan misericordioso que anhela recibir de nuevo a todos aquellos que se descarriaron de sus caminos. Esta, sin duda, es la enseñanza principal de la parábola del hijo pródigo: el arrepentimiento del que cayó, su regreso y recepción.

Pero mejor que la restauración es la prevención. Como adolescente yo ocasionalmente suspiraba por unas de esas dramáticas experiencias de conversión que tendían (erróneamente, sospecho) a ser tan ampliamente difundidas. Oportunamente alguien me sugirió sabiamente que era marcadamente mejor construir una defensa sólida en la cima del precipicio que un hospital en el fondo del mismo, y comencé a reconocer el valor del desarrollo cristiano. Lo mismo puede aplicarse a la caída del creyente. Aunque Dios puede restaurar al pródigo arrepentido, y lo hará, esa no es excusa para un comportamiento negligente entre los jóvenes cristianos. Vamos a desear, como Pablo, proseguir por Dios: “Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13,14).

¿Cómo, entonces, puede el joven guardarse de caer? Hemos de aprender que la caída no es nunca un desastre que viene de la noche a la mañana, sino más bien el fruto de un extenso y gradual período de alejamiento. Sus síntomas son muchos y variados, pero la enfermedad es siempre la misma: “has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4). Hace poco, un estudiante cristiano me expresaba su inquietud acerca del conflicto entre la creación bíblica y la teoría de la evolución. Sintiendo que esto no era sino una indicación de un malestar más profundo, investigué a fondo hasta descubrir que él había dejado de orar y leer la Palabra. En su caso, el problema creación / evolución puede esperar hasta que él esté en comunión con el Señor de nuevo; de esta manera él estará en la única posición espiritual segura para considerarlo adecuadamente.

 

El fracaso de Pedro, como se nos cuenta en Lucas 22, es a la vez un testimonio histórico (¡y cuánto nos ayuda saber que tales hombres también tuvieron sus dificultades!) y un aviso divino para todos nosotros. Veamos siete pasos por los que atravesó Pedro:

  1. Confianza en sí mismo (v. 33)

“Señor, dispuesto estoy”. ¡Pobre Pedro! Esa admirable afirmación de su perdurable amor por el Maestro, expresada con tanta sinceridad, era el principio de su caída. En el mismo momento en que anteponemos nuestro amor por Cristo a su amor por nosotros, estamos en peligro. ¡Cuidado joven! Al Diablo le encanta dar ánimos a tu confianza y complacencia en ti mismo, produciendo un sentimiento de que estás realmente avanzando espiritualmente. O, por lo menos, ¡que estás mejor que muchos de tus amigos! Juan, por el contrario, se llama a sí mismo, no el discípulo que amaba a Jesús, sino el a quien Jesús amaba (Juan 21:20). El único recurso del creyente es no confiar en la carne (Filipenses 3:3), ni en nuestros hermanos (Salmo 118:8,9), sino en Cristo solamente.

Obviamente esto es doctrina básica, pero necesita ser cultivada. Somos débiles, pero tenemos un Salvador omnipotente.

  1. Ausencia de oración (vv. 45,46)

Si puedo arreglármelas yo solo, no necesito orar. Pedro, consecuente a un falso concepto de sí mismo, se durmió cuando ha debido estar orando (Mateo 26:40).

La oración es la expresión más preciosa y enriquecedora de nuestra relación con Dios, y cuando es restringida, toda nuestra vida espiritual lo sufre. Cuando el Señor Jesús refirió una parábola sobre “la necesidad de orar siempre y no desmayar” (Lucas 18:1), estaba afirmando que si no oramos siempre, desmayaremos. Contamos con el ejemplo de Daniel, quien, con todas sus responsabilidades en el gobierno, puso aparte tiempo para la oración regular y continuada (Daniel 6:10). Ese hábito no se adquiere de forma repentina, sino es la disciplina arraigada de muchos años. Es hora de que la cultivemos.

  1. Impetuosidad (vv. 49 al 51)

Intenta imaginar la escena y ambiente en el huerto. Los soldados avanzan para arrestar el Señor; entre los discípulos empieza a cundir el pánico; preguntan si deben oponer resistencia … ¡y Pedro prende la mecha! La pregunta figura en el versículo 49, la respuesta en el 51 y la reacción errónea de Pedro en el 50; compárese con Juan 18:10.

Confiado en sí mismo, fuera de contacto con el Señor, Pedro hace lo que no debiera. Aunque esta reacción puede ser comprensible, nos marca la diferencia entre la mente suya y la del Señor. ¡Cuánto daño se causa a las asambleas debido a las iniciativas apresuradas!

  1. Distancia (v. 54)

Las Escrituras reflejan el alejamiento espiritual de Pedro con una descripción física; él “le seguía de lejos”. Pedro todavía está allí pero no desea que se le asocie con el despreciado nazareno. Todavía la gente desprecia al Salvador, y aquellos que están con Él deben esperar enfrentarse con el desdén del mundo. ¡Ojo abierto! no sea que el miedo o la opinión de otros te hagan volver atrás, a la penumbra.

  1. Compañeros indebidos (v. 55)

Ahora leemos de un ejemplo grave y a la vez esclarecedor de la enseñanza de Pablo en 2 Corintios 6:14 al 18. Es probablemente la mayor causa de las caídas de los creyentes jóvenes en nuestros días. Si persistimos en juntarnos con el mundo, seremos cambiados a su modo de ser. Lejos de elevar a los inconversos a nuestro nivel, ellos nos arrastrarán insensiblemente abajo al suyo. Le sucedió a Lot (Génesis 19), a Sansón (Jueces 16:4 al 21), a Salomón (1 Reyes 11:1 al 4) … y a Pedro.

Así que, seamos positivos, manten-gámonos entre amigos sanos. Como los cristianos primitivos, deberíamos estar unidos a una asamblea a la cual pueden referirse cuando hablan de nosotros como “los suyos” (Hechos 4:23). Asiste a todas las reuniones y, si te queda tiempo libre, busca otras actividades con base bíblica en asambleas cercanas. Todos necesitamos decididamente la comunión de los santos.

  1. Olvido de la Palabra (vv. 57 al 60)

¿No hubieras pensado que la primera negación (v. 57) le haría a Pedro recordar las palabras del Señor en el versículo 34? Pero no fue así. Solamente cuando el Señor lo miró fue sacudida su memoria torpe (v. 61). Cuando nos deslizamos en el mundo, tendemos a olvidar todos los consejos de la preciosa Palabra de Dios.

Quizás ha llegado la hora de una comprobación personal o un reconocimiento general de tu vida. ¿Puedes decir como el salmista, “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:11)?

  1. Negación absoluta (vv. 57 al 60)

Una caída tras otra puede llevar a la larga al abandono de una profesión siquiera superficial de la fe cristiana. Como el Salvador enseñó, es imposible servir a dos señores (Mateo 6:24). La posición de Pedro es el resultado lógico de esa confianza en sí mismo mostrada en el versículo 33. “Aprendemos”, escribe C. H. Mackintosh, “que no podemos confiar en nosotros mismos ni siquiera un momento; porque, si no somos sostenidos por gracia, no hay profundidad de pecado en la que no seamos capaces de caer”.

 

¿La respuesta? Un voto de no confianza en sí mismo y un acercamiento de todo corazón al Señor, como Bernabé recomienda en Hechos 11:23. ¡Ojalá que el ejemplo de Pedro nos anime a andar humildemente con nuestro Dios! Es evidente que uno no tiene que sufrir una caída.

9— ¿Cómo puedo testificar a otros?

El otro día, mientras leía de nuevo un conocido relato triste de los acontecimientos en cierto lugar cristiano, narrados por un hijo que rechazó al Salvador, fui sacudido por el trozo que describe el celo incansable que caracterizaba a su madre: “Apenas entraba en un vagón de tren o en un autobús, ella ofrecía tratados gratuitos a todas las personas a su alcance, o anhelaba entrar en conversación con alguien acerca de la suficiencia de la sangre de Jesús para limpiar de pecado al corazón humano”,

¡Ojalá nosotros fuéramos tan fervientes! No solamente algunos sino todos los pecadores salvados son comisionados para difundir la más vital e importante de las noticias que el mundo jamás ha oído y puede oir. Somos “embajadores en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:20), “carta de Cristo” (3:3), “real sacerdocio … para que anunciáis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). Sí, el evangelismo ataña a todos (Marcos 5:19).

Así que, si bien la mayoría de los creyentes reconocen hasta cierto punto su responsabilidad personal como testigos del Salvador, no todos parecen darse cuenta de lo que las Escrituras dicen acerca de la naturaleza de nuestro mensaje o la forma de presentarlo. Es necesario, pues, trazar primeramente las líneas de los fundamentos del evangelio. La importancia de presentar el evangelio en forma absolutamente correcta se evidencia no meramente en la imagen que Pablo nos presenta del embajador (porque ningún diplomático tiene autoridad para alterar las instrucciones de su gobierno) sino también en el lenguaje macizo de Gálatas 1:8, “Si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”.

Nada que ver con el nuevo vocabulario de la componenda ecuménica o de la tolerancia pacifista. Pues, entonces, si la salvación está solamente en los términos de Dios, ¿Pablo no hace bien al insistir en que esos términos sean presentados correctamente? No nos equivoquemos, es asunto de vida o muerte. La más mínima alteración en una sustancia química puede convertir una medicina salvadora en un veneno mortal, y cualquier alteración en los fundamentos del “evangelio de Dios” (Romanos 1:1) neutralizará su poder divino.

Sir Robert Anderson cuenta del ministro de guerra francés que justificó el despido de un oficial con estas palabras: “Cometió una ofensa y lo destituí; él parafraseó una orden cuando su deber era únicamente leerla”. Dios ha confiado a su pueblo un mensaje específico—su oferta de paz a un mundo rebelde—y somos responsables de su correcta y segura difusión. El reto de Ezequiel 33:2 al 9 es un memorable ejemplo de esto; y, habido cuenta que es el mensaje del Señor, las mismas palabras que se usan son cruciales
(2 Corintios 2:17, 1 Corintios 15:1,2).

 

Hoy nos enfrentamos al error en sus dos extremos. Unos predican lo que podríamos llamar el evangelio de Dios “con algo más”. O sea, añaden al evangelio, afirmando que el Calvario no es suficiente y tiene que ser complementado con sacramentos, obras, rituales, experiencias carismáticas o lo que sea. Sólo así, dicen, se puede garantizar la salvación. Pero Efesios 2:8, 9 contradice esto e insiste en que la salvación es por gracia, por medio de la fe, sin añadidura alguna.

Todo celo vano es, vanas son mis lágrimas.

Tú, oh Jesús, mi Salvador, sólo puedes perdonar.

En tu cruz está el perdón, sólo en ti hay salvación.

En el otro extremo de la balanza está el evangelista condescendiente que proclama el evangelio de Dios “con algo menos”. O sea, resta del evangelio, caracterizándose por la ausencia de ciertas verdades que podrían resultar incómodas, tal como la indecible santidad de Dios, la entera pecaminosidad del hombre y la realidad del infierno. Tal clase de evangelio acomodaticio, a menudo acompañado de entretenimiento que tiene más del mundo que de la Iglesia de Dios, resulta muy superficial cuando la comparamos con la regia exposición de la verdad de la salvación que Pablo nos dejó registrada en la Epístola a los Romanos. La Palabra de Dios es tan preciosa que, al proclamarla, el creyente debe asegurarse de que está entregando “la verdad, todo la verdad y nada más que la verdad”.

¿Cuál, pues, es el evangelio que debemos predicar si nos encontramos en una plataforma o sencillamente conversando con amigos? Encontramos cuatro elementos básicos en Romanos 5:1 al 11:

  1. Pecado; a saber, ruina (v. 8)

Pablo deja sentado que sin Cristo nuestra condición es desesperada. Observa la terminología que emplea: “débiles” (v. 6), es decir, sin fuerza; “impíos” (v. 6), categóricamente contrarios a todo lo que es de Dios y deliberadamente opuestos en desobediencia; “pecadores” (v. 8), disparando de un todo el blanco divino de la perfección que se podría considerarnos absolutamente descarriados; y, finalmente, “enemigos” (v. 10), contrarios al Dios vivos y en pie de guerra con nuestro Creador.

Todo esto significa la ruina absoluta. No es una falta menor, o un problema de poca consecuencia, sino un desastre total. Debemos exponerlo clara, fiel y amorosamente, porque sólo un pecador necesita un Salvador, y Romanos capítulos 1 al 3 nos sacuden instantáneamente con la desagradable verdad de que todos, no importa cuán respetables seamos, estamos “bajo pecado” (3:9).

  1. Ira; a saber, retribución (v. 9)

Esta palabra importante se refiere a la justa cólera de un Dios santo contra todo aquello que contamina su universo; esto es parte indispensable del evangelio. Cuán trágico es cuando los evangelistas permanezcan delicti-vamente silenciosos acerca de la realidad del infierno o, todavía peor, trivialicen el asunto. Compara esta actitud con el ejemplo que se nos da del más grande de los predicadores, quien, antes de hablar acerca de la certeza del juicio, lloró sobre aquellos a quienes se dirigía cariñosamente (Lucas 19:41 al 44).

El “no se pierde” de Juan 3:16 nos recuerda que el evangelio no puede ser predicado sin mencionar el juicio. No entendamos mal; creemos firmemente en el amor de Dios, tan gloriosamente puesto de manifiesto en el Calvario. Pero nunca se puede apreciar cabalmente ese amor si no entendemos que Dios es a la vez el santo y recto Juez, y que nosotros no merecemos sino el infierno eterno. Pablo nos muestra la ira de Dios (Romanos 1:16 al 18, 2:5,6) antes de proclamar su amor (Romanos 5:8).

  1. Sangre; a saber, remedio (v. 9)

El remedio de Dios para el pecado—el único remedio—es la preciosa sangre de Cristo. “Infierno” y “sangre” son palabras impopulares pero ambas están en el Libro. Por supuesto, para entender qué significa la sangre en las Escrituras, hemos de estudiar el Antiguo Testamento y llegaremos a esta conclusión de que en el contexto de Romanos esto significa un sacrificio cruenta que permite a Dios perdonar en justicia a los pecadores (Hebreos 9:22).

Predicar tan sólo que Jesús murió no es suficiente; debemos explicar por qué murió y qué significa esa muerte para Dios. Se ha notado ya que el mensaje de Pablo es que “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3). Sin la explicación doctrinal no tenemos evangelio. No temes predicar que el perdón sólo se consigue por la sangre vertida de Cristo. Después de todo, ese será nuestro cántico por la eternidad (Apocalipsis 5:1).

  1. Fe; a saber, responsabilidad (v. 1)

Toda religión humana desde Caín se anula con esta única palabra “fe”. Ella no da oportunidad al esfuerzo humano para “obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho” (Tito 3:5), para reformas, lágrimas o el cumplimiento con rituales. Dios sólo quiere que mi confianza para la eternidad se base en el sacrificio del Señor Jesucristo por mí. Dios lo dice, yo creo y esto lo resuelve.

 

Cristiano, repasa tu mensaje cuidadosamente; asegúrate que es “el evangelio de Dios”, nada más y nada menos. Entonces, como Pablo, tan abnegadamente dedicado a la verdad, estarás en condiciones de llamarlo “mi evangelio” (2 Timoteo 2:8).

10— ¿Cómo puedo testificar a otros?— continuado

Habiendo considerado la parte esencial del mensaje del evangelio en sí, vamos a concentrarnos ahora en lo que la Biblia dice respecto a su modo de presentación. El principio básico, al que debemos aferrarnos, es que la obra de Dios siempre se hace mejor en la manera de Dios.

 

El discurso del Maestro 

El Señor Jesucristo es nuestro ejemplo perfecto en toda actividad cristiana
(1 Corintios 11:1) y por lo tanto será útil considerar cómo hablaba Él a la gente. Se destacan cuatro características:

  1. Autoridad “Cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mateo 7:28,29). El Señor tenía en sus palabras un poder personal que asombraba a los judíos. Su repetido “Yo os digo” indicaba una autoridad única. Aunque nosotros no poseemos ese atributo distintivo del Hijo de Dios, sí llevamos un mensaje divino que debe ser proclamado con confianza y convicción. “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11). Así, cuando Pablo evangelizó Tesalónica su evangelio fue recibido “no como palabra de hombres sino según es en verdad, la palabra de Dios” (1 Tesalonicenses 2:13).

Pero la autoridad no debe ser confundida con la arrogancia. Nuestro mensaje se ajusta y asienta enteramente en la infalible Palabra pero nosotros somos solamente pecadores salvados por gracia. Alguien dijo que la evangelización es sencillamente diciéndole a otro mendigo dónde encontrar pan. ¡No tenemos en nosotros mismos de qué estar orgullosos, pero sabemos dónde está ese pan de vida! Digámoslo con convicción (Salmo 107:2).

  1. Sencillez Este es otro rasgo del método didáctico del Señor, probando más allá de toda duda que la “profunda verdad” (o cómo queremos llamarla) no tiene por qué ser ininteligible. El uso que el Maestro hizo de parábolas, objetos y actividades comunes para arrojar luz sobre las realidades espirituales es una lección para todo predicador. ¿No podemos deducir que si la fe como la de un niño es el requisito para la entrada en el reino de los cielos (Mateo 18:3), el evangelio por sí solo debe ser suficientemente claro como para que un niño lo pueda asimilar? “Escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños” (Mateo 11:25). Mantengamos nuestro mensaje sencillo de manera que el oyente menos instruido puede entenderlo. Bien cantamos:

Claro hacedlo resonar:

Cristo salva al pecador.

  1. Sinceridad Se sentía una evidente autenticidad dimanante del Señor Jesús. La profunda realidad de su amor y compasión por las almas brillaba en todo cuanto Él decía y hacía. “Al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36). Nosotros podríamos haber visto aquella enorme multitud como una fastidiosa masa de humanidad sin personalidad propia, quizá incluso como una amenaza. El Señor los vio como ovejas perdidas, y el corazón del Buen Pastor respondió a sus necesidades. No había nada en su ministerio a los hombres y mujeres que era insensible o rutinario.

Aunque nuestro mensaje del evangelio debe ser tan claro y práctico como las noticias difundidas por la radio (en realidad, ¡más aun!), la forma de transmitirlo debe ser muy diferente. La historia del amor de Dios por un mundo perdido no puede ser presentada con la fría indiferencia de un conferencista académico. Debe conmover el corazón del que habla, como sucedió con el del Señor (Mateo 23:37) y el de Pablo (Hechos 29:31).

  1. Urgencia Toda la actividad del Salvador puso de manifiesto un reconocimiento de la brevedad del tiempo (Juan 4:35, 9:4). El evangelio no es una palabra confortable para ser guardada hasta que aparezca una mejor “oportunidad” (Hechos 24:25) al no tener otra cosa que hacer. Es un reto directo e inmediato al corazón. Es por esto que el Señor habló solemne y repetidamente acerca del juicio eterno que espera a los que le rechazan.

Nuestro evangelismo ha de estar marcado por la urgencia, “porque es el tiempo de buscar a Jehová” (Oseas 10:12). Una vez que el Señor nos haya llevado a estar con Él, no habrá más oportunidad para alcanzar a los perdidos. Nos gozaremos grandemente en la eternidad, pero al menos una bendición no será nuestra, y es la de llevar un pecador a Cristo. Es una labor que debemos realizar ahora.

 

La estrategia del Maestro 

El Señor Jesús nos facilita no sólo un ejemplo ideal del testimonio evangelístico sino también un detallado plan de campaña a seguir por sus servidores mientras Él esté ausente personalmente. Esta estrategia se esboza en Mateo 28:18 al 20:

  1. El plan divino “Por tanto id”. Todo hijo de Dios está comisionado para ser un testigo del evangelio por su comportamiento (Filipenses 1:27) y por sus palabras (Colosenses 4:6).
  2. El diseño divino “Haced discípulos,” bautizándolos e instruyéndolos en todas las enseñanzas del Señor Jesucristo. A veces oímos a cristianos decir que lo principal es ver la gente salvada. Esto puede parecer razonable, pero no es toda la estrategia del evangelio de Dios. El diseño de Dios es ver hombres y mujeres salvados, bautizados, añadidos a un grupo de creyentes que se reúnen de acuerdo con los principios del Nuevo Testamento y edificados constantemente en la verdad divina. Aquello que no tenga todo esto por meta es desobediencia a la Gran Comisión. De manera que debemos evaluar nuestro servicio a la luz de este modelo.

¿Tu actividad evangelística está diseñada para conducir a los convertidos a formar parte de la asamblea local? Conozco un matrimonio cristiano que trabaja concienzudamente entre la juventud pero, pesa decirlo, su esfuerza no está vinculado a ninguna asamblea. La importancia de aquella iniciativa, por tanto, es cuestionable, porque no es hacer la obra de Dios a la manera de Dios.

  1. El poder divino “Yo estoy con vosotros todos los días”. La fe del creyente no descansa en el carisma de un predicador entusiasta, o en argumentos inteligentes, o en distracciones apasionantes o en un ambiente emocional. Descansa exclusivamente en el poder de Dios. Al leer 1 Corintios 2:1 al 5 uno conoce el método evangelístico de Pablo. El evangelista de Dios no necesita habilidades de ilusionista ni emplea espectacularidades. En realidad las tales cosas (sean interpretaciones dramáticas o interludios musicales) en el mejor de los casos son innecesarias y en el peor de ellos son perjudiciales, porque restan de la gloria que le pertenece sólo a Él.

Salgamos, pues, decididamente con el evangelio de la gracia de Dios, pero asegurémonos que lo hacemos de tal manera que le honre al Dios de nuestra salvación.

 11— ¿Cómo puedo evitar el desaliento?

Últimamente varios jóvenes me han expresado una sensación de fracaso en sus vidas de creyentes e incluso han preguntado si vale la pena seguir adelante. No puedo transcribir exactamente sus palabras, pero equivaldrían prácticamente decir: “Me parece que he caído con tanta frecuencia que no vale la pena continuar luchando más. Y a veces me pregunto si tiene sentido ser cristiano”.

¡Palabras tristes! Me traen a la mente los israelitas recién redimidos que, al tropezar con el primer obstáculo en su peregrinación en la forma de egipcios que les perseguían, dieron lugar de una vez al desaliento: “¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? … Porque mejor nos fuera servir a los egipcios” (Éxodo 14:11,18).

En la aflicción y duda, el remedio para nosotros es el mismo que sirvió para Israel en aquellos tiempos. Ellos necesitaron volver la mirada al cordero pascual, aquella manifestación maravillosa de la gracia redentora de Dios con la cual Él los había comprado para sí. ¿No había dicho, “conságrame todo primogénito …  mío es” (Éxodo 13:2)? ¿Quién podría creer que después de tal portentosa liberación, Dios abandonaría o fallaría a su pueblo?

Del mismo modo Pablo nos conduce al Calvario como garantía del amor de Dios para los suyos: “Él que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?” (Romanos 8:32, 5:9,10). En tiempos difíciles, manténganos absorta la mirada en la cruz donde nuestro Cordero Pascual fue sacrificado. El Calvario garantiza la bondad infinita y tierna de nuestro Dios.

Israel también debía haber mirado hacia arriba. La presencia divina manifestada en la nube orientadora se cernía majestuosamente sobre el campamento; una nube que les había conducido hacia lo que ahora parecía una insalvable calle sin salida que presagiaba el desastre (Éxodo 13:21,22). Humanamente hablando, su situación era insostenible, pero la columna de fuego les había llevado allí. La persecución y presión en el trabajo, escuela y hogar, tentaciones para volver a los caminos de antes sin Cristo, son experiencias ingratas, pero son usadas por Dios para nuestra formación cabal, convirtiéndonos en hombres y mujeres que pueden resistir las tempestades de la vida.

Así que, ¡miremos hacia arriba! Nuestra columna de fuego (la Palabra de Dios) dirige nuestros pasos diariamente (Salmo 119:105), y aunque puede llevarnos por los senderos de “Colina Dificultad” (al decir de El Progreso del Peregrino), también nos garantiza la presencia permanente del Salvador (Hebreos 13:5). Suceda lo que suceda, sigamos a la Biblia tan fielmente (aunque menos veleidoso) como Israel marchó tras la nube.

Sólo un punto más. Si Israel hubiese reflexionado acerca de las palabras del Señor, habría encontrado el aliento necesario. “Cuando Jehová te hubiere metido en la tierra …,” (Éxodo 13:5). ¡Qué precioso! Dios no sólo los sacó de Egipto (12:51) sino prometió introducirlos en Canaán. Tomando como base estas palabras, el israelita que meditase sobre ellas podría gozar confiadamente y por anticipado en la Tierra Prometida. Nosotros también podemos contemplar confiadamente el cumplimiento de la promesa del Señor en Juan 14:3.

 

Uno de mis versículos favoritos es Filipenses 1:6, que dice, “estado persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. A menudo nos hacemos cargo de alguna tarea (quizá una responsabilidad en la asamblea local) y más tarde, cuando nuestro entusiasmo decae ante los problemas, la abandonamos. Pero nuestro Dios no es así; lo que Él empieza, siempre lo termina. Todos aquellos redimidos por la preciosa sangre serán presentados “sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 24).

El primer paso para el creyente desanimado es situarse ante una perspectiva correcta desde donde puede mirar atrás, arriba y adelante.

¿Qué hacer entonces? Decididamente, hemos de proseguir al blanco, avanzando con Dios. 1 Pedro 2:1 al 5 nos describe cuatro principios ele-mentales para en crecimiento cristiano:

  1. Desechar (v. 1) El creyente, nacido de nuevo por la Palabra no adulterada de Dios, no puede continuar en prácticas corrompidas. Expuestas éstas una por una por el reflector de las Escrituras, deben ser confesadas y renunciadas (Salmo 139:23,24).

Por supuesto, una perspectiva tan estrecha es enteramente ajena a la amplitud de criterio indulgente de un mundo que tolera cualquier impiedad. Pero el cristiano debe tener un criterio suficientemente amplio como para recibir toda la Palabra de Dios (por cierto, mucha de la enseñanza “liberal” entre las asambleas en nuestros días es, paradójicamente, excesivamente estrecha, porque resiste todo la plenitud de la revelación divina), y a la vez suficientemente estrecho como para rechazar toda suerte de error. El más noble de los hombres es aquel que puede decir No aun cuando todos los demás dicen .

Si me parece que estoy atrapado en un patrón de fracaso, posiblemente es consecuencia de no haber dicho todavía No a lo que Dios condena.

  1. Crecer (v. 2) La única evidencia de vida es el crecimiento. Cuando D.L. Moody dijo que los convertidos debían ser pesados, no contados, estaba distinguiendo sabiamente entre “decisiones” y “discípulos”. Pedro considera la Palabra como el medio de crecimiento. Sin embargo tengamos presente que una descripción cuidadosa de un vaso de leche nunca producirá por sí mismo el crecimiento. ¡Tenemos que beber la leche! Dicho de otro modo, la Palabra ha de ser asimilada más que meramente analizada; y es algo muy personal. Es tristemente posible que conozcas la verdad sin practicarla.

Dejemos que Jeremías sea nuestro modelo: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jeremías 15:16). Experimentaremos un crecimiento solamente al alimentarnos a diario con “la leche espiritual no adulterada” de nuestro Dios.

  1. Edificar (v. 5) Aunque Pedro escribe aquí acerca de la Iglesia universal, no estará fuera de lugar tomar estas palabras como acicate, o estímulo, para la edificación de las asamblea local. Ciertamente todos nosotros estamos colaborando y edificando algo en nuestra asamblea, ya sea bueno o malo
    (1 Corintios 3:12), y seremos juzgados de acuerdo ala calidad de nuestro trabajo.

Gran parte de la tristeza y descontento entre la juventud cristiana hoy en día es el resultado de la pereza eclesial; ellos no están participando de todo corazón en las actividades de su congregación. Ya que cada uno de nosotros tiene un papel vital que desempeñar, hagámoslo bien. Joven: ¿estás sintiendo la responsabilidad de aquel a quien han sido encomendadas la oración y la alabanza en público (1 Timoteo 2:8)? Señorita o esposa joven: ¿estás siguiendo el ejemplo de mujeres de Dios tales como Febe, Priscila y Dorcas, cuyo servicio para el pueblo del Señor propició el que sus nombres fuesen perpetuadas?

Si he de mantenerme firme en el Señor, debo aportar a mi asamblea.

  1. Ofrecer (v. 5) Cada uno de los santos es un sacerdote con el privilegio de ofrecer a Dios aquellos sacrificios que le agradan a Él: nuestras personas (Romanos 12:1), posesiones (Hebreos 13:16), y alabanza (Hebreos 13:15). Pero un sacrificio es costoso por definición. ¿No será que una de las razones por la que algunos creyentes parecen tan inquietos es que nunca han tenido que pagar un precio por su fe? ¿Qué te cuesta ser cristiano? ¿La burla de los amigos por asistir a las reuniones, el tiempo requerido para estudiar la Biblia, el dinero ofrendado para la obra del Señor? Tales sacrificios brindan placer a Dios porque se asocian con el Calvario (compara Filipenses 4:18 y Efesios 5:2). El Maestro dijo: “todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25) porque nunca nadie ha resultado perjudicado por rendir todo a Cristo.

 

¿Estás avanzando con Dios? Si has resbalado y caído, no te quedes allí postrado en autocompasión. Haz como el niño que, cuando le preguntaba cómo había aprendido a patinar tan bien, contestó: “Me levanté cada vez que me caí”.

¡Levántate! ¡Adelante!

12— ¿Cómo he de prepararme para la cena del Señor?

No cabe duda que la reunión más importante de los creyentes en Cristo es cuando nos juntamos para recordar al Señor Jesús de la manera en la que Él lo solicitó específicamente. Realmente, aunque el Nuevo Testamento hace referencia a reuniones de oración (Hechos 12:12), enseñanza de la Biblia (19:9,10), informe misionero (14:26,27) y evangelismo (18:4), la única reunión para la que se dan instrucciones precisas es la cena del Señor
(1 Corintios 11:2 al 14:40).

Si esta sencilla conmemoración del Señor Jesús es tan importante que merece instrucciones precisas, y tan preciosa para el Señor mismo que Él deliberadamente la instituyó la noche antes de su muerte expiatoria, ¡cuán concienzuda y solemne ha de ser nuestra preparación para ella! Un principio general en la vida es que cuanto más aportamos a alguna empresa, más obtendremos de ella. Quizá una de las razones por la que no valuamos las reuniones sea que no asistimos con la debida disposición de corazón.

¿Cómo puede un joven prepararse para la fiesta de conmemoración? Podemos obtener algunas ideas de la enseñanza que Pedro nos da en su primera carta acerca del sacerdocio cristiano, llevando muy en mente que cada creyente es un sacerdote con todos los preciosos privilegios y responsabilidades que esto conlleva.

 

En el Antiguo Testamento una sola familia fue encargada del servicio a Dios en el tabernáculo. Hoy, aun el más nuevo o sencillo de los creyentes tiene acceso directo a la presencia de Dios por la obra perfecta del Calvario (Hebreos 10:19 al 25) porque todos nosotros somos sacerdotes merced al nuevo nacimiento (1 Pedro 1:23). Aunque el ejercicio de este sacerdocio en ninguna manera está restringido a los cultos de la asamblea, es cierto que como sacerdotes “ofrecemos sacrificios espirituales” a nuestro Dios. ¿Cuáles son los requisitos para un eficaz servicio sacerdotal?

  1. El sacerdote debe estar preparado (1 Pedro 2:1)

“Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones”. Esta es una receta divina para la salud espiritual. Uno no puede llegar apresuradamente a la presencia de Dios sin tener en cuenta su condición pero confiando que Él aceptará su alabanza.

El Antiguo Testamento nos muestra en forma muy gráfica cuán importante es para el sacerdote estar debidamente preparado para sus obligaciones santas. En Levítico 8 él es lavado primeramente (v. 6), lo que nos habla de aquel “lavamiento de la regeneración” inicial (Tito 3:5) que recibimos con la conversión; seguidamente es vestido (v. 13), ilustración de que el creyente es hecho acepto para Dios en Cristo (Efesios 1:14); y finalmente es consagrado (v. 24). ¡No olvidemos el significado de la sangre! Cual evidencia de que un sacrificio había sido ofrendado, la sangre era puesta sobre la oreja, el pulgar de la mano y el pulgar del pie del sacerdote, enseñando que “nada debe entrar en su mente, ninguna acción llevada a cabo, nada encontrado en su mente por este mundo que no tenga como base la preciosa sangre de Jesús”.

No nos extraña, pues, que Pablo enfatice la importancia del examen propio antes de participar en la cena del Señor. “Sin discernir el cuerpo del Señor” (1 Corintios 11:29) evidencia un fallo a la hora de comprender el profundo significado de la cruz y sus demandas con respecto a la vida del creyente en todas sus facetas. El castigo por tal falta puede ser el más imponente: “por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (a saber, han muerto) (1 Corintios 11:30). Esto, por supuesto, es disciplina paterna y no condenación eterna. Nuestro Dios es tan inexpresablemente santo que Él no puede permitir a sus redimidos que se le acerquen sin haber juzgado el pecado.

Por su gracia Él nos proveyó el tabernáculo como una ayuda visual de esta necesidad del auto examen y limpieza. Cada vez que los sacerdotes entraban en el lugar santo para ministrar al Señor, tenían que lavarse en el lavacro, “para que no mueran” (Éxodo 30:20). Dediquemos tiempo con regularidad al lavacro de la Palabra de Dios para juzgarnos a nosotros mismos y atender a lo que esté fuera de orden antes que busquemos recordar al Señor en su cena (Mateo 5:23,24).

  1. El sacerdote debe estar alimentado (1 Pedro 2:2)

Si el versículo anterior habla de nuestra condición espiritual, éste habla de la comprensión escrituraria. Si nos alimentamos diariamente con la Palabra, estaremos preparados para recordar al Señor de forma aceptable.

Aquella reiterada frase sobre la completa obediencia, “como Jehová había mandado a Moisés” (Levítico 8:9,13,17, etc.) sufre un cambio trágico en el 10:1, “que él nunca les mandó”. Desde el principio del sacerdocio judío el fracaso está presente, ya que dos sacerdotes desobedecieron las instrucciones divinas. Nuestro ministerio sacerdotal está ineludiblemente unido a la obediencia a la Palabra, porque la adoración ha de ser “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24).

Como se dice a menudo, 1 Corintios 11 dirige nuestra atención en cinco direcciones. Hemos de mirar atrás a la muerte del Señor (v. 26), arriba hacia su exaltación ahora (v. 23) (porque Pablo recibió su instrucción directamente del Cristo resucitado), adelante hacia su venida (v. 26), adentro para comprobar nuestro estado espiritual (v. 28) y alrededor para persuadirnos de nuestra unidad con los santos que participan con nosotros en la conmemoración (v. 33).

Además, tenemos que dirigir la mirada a las Escrituras para alimentar la mente y corazón con verdades divinas. Cuando se trata de la adoración, o de cualquier actividad cristiana afín, sólo podemos ofrecer a Dios aquello que ya hemos recibido de Él (1 Crónicas 29:14). Esto conlleva estudio acompañado de oración. Nuestra apreciación de la cena del Señor está en función directa con nuestra atención a la Palabra durante la semana que precede. Joven, ¿qué haces los sábados por la noche? Ten por seguro que aquello con lo que llenemos la mente el sábado influirá en la adoración el domingo.

  1. El sacerdote debe tener las manos llenas (1 Pedro 2:3 al 5)

Pedro deja claro que nuestro centro de atención es el Señor Jesús, porque nuestra alabanza indica nuestra satisfacción con Cristo. Él es el Señor cuya benignidad gustamos (v. 3), la piedra preciosa del templo de Dios (v. 4) y el mediador que hace nuestra obra aceptable al Padre (v. 5). Al venir a partir el pan, nuestro objeto principal no es, ni ha de ser, el encontrarnos con los santos ni orar por los perdidos, ni siquiera sentarnos para escuchar el ministerio de la Palabra. Ante todo venimos a dar al Salvador su lugar de absoluta preeminencia.

Los sacerdotes del Antiguo Testamento se acercaban a Dios con sus manos llenas de aquello que hablaba de su amado Hijo (Levítico 8:25 al 27). Esto ilustra nuestra responsabilidad. Aunque Dios ha encomendado a los hombres la tarea de una alabanza audible (1 Timoteo 2:8), la dama cristiana es igualmente valiosa para el Señor en su adoración silenciosa y de hecho muchas apreciadas hermanas han alcanzado un nivel de adoración muy por encima de aquel conseguido por los hermanos (Juan 12:1 al 7). Así, no nos olvidemos, seamos hombres o mujeres, la condición de nuestro corazón y nuestro conocimiento bíblico influyen inestimablemente en el nivel espiritual del culto.

Al prepararnos, asegurémonos que estemos concentrados en Cristo, porque es a Él que anhelamos recordar. Los himnos adecuados pueden ser útiles para expresar la alabanza, si llevan nuestros pensamientos hacia las excelencias del Hijo de Dios, pero deben ser elegidos cuidadosamente. Recuerdo a un hermano en la asamblea donde me congrego que siempre tenía el himno apropiado para la ocasión, y era sí porque se había dedicado a estudiar y conocer el himnario.

Ahora, una palabra para los varones jóvenes. El levantarse por vez primera en su propia asamblea es algo que intimida, y todo anciano solícito lo aprecia. Sin embargo, algunos jóvenes que permanecen en silencio durante largo tiempo corren el peligro de engrosar las filas de los varones maduros y mudos. Un estudiante asistió fielmente a nuestra asamblea en Glasgow durante cinco años sin pronunciar palabra alguna en la cena del Señor, y con el tiempo le sugerí que (contrariamente a los hermanos que padecen del extremo opuesto) él venía al culto resuelto a no tomar parte. Un proceder mejor es éste: venir dispuesto pero no resuelto a participar.

La adoración no es fácil, precisamente por ser la ocupación más sublime del creyente y exige de uno lo máximo en su preparación.

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