¿Por gracia o por obra? (#9936)

9936

¿Por gracia o por obra?

 

D R A

 

El compañero de dormitorio me contó su experiencia cuando él estaba recluido en la Clínica Mayo en los Estados Unidos. Sus padres manifestaban toda la pretensión que caracteriza a muchos de los llamados “nuevos ricos” y querían que la cirugía para su hijo fuese de la mejor. Más que un conjunto de hospitales, aquello es un renombrado centro de investigación que recibe a dos clases de pacientes: los enfermos comunes que costean los servicios, y los que están porque son objeto de estudio.

El padre hizo alarde de su propósito de contribuir algo a la obra que allí se realiza. ¡Pero qué de susto cuando recibió la cuenta! Tuvo que pedir plazo para obtener más fondos: ¡no para ofrecer un donativo, sino para cancelar la deuda por encima de lo que el seguro reconocía!

Ah —dices tú— es ilustración de la primera parte del trozo citado de la Biblia: «Si alguno trabaja, el pago no se le da como un regalo sino como algo merecido.» Exactamente. Ese hombre no pedía gracia, y la Clínica le dijo, en efecto: Pues, si cree que la mano de su hijo merece nuestros servicios de cirugía, ¡pague según nuestra tarifa!

Y así es que millones pretenden hacer negocio con Dios. Piensan que ponen algo de religión (a su propio gusto, desde luego) y los «donativos» que creen tener a su alcance. Otros, ni esto. Hablan de sus «derechos.» La criatura le dice al Creador, ¿Por qué me hiciste así? Su orgullo —o su extrema ignorancia de qué es el pecado— no les permite recibir por gracia; ellos creen que pueden costear la vida eterna.

Bien, pero más de una vez cierto amigo en Maracaibo contó en el trabajo del cáncer que padecía cuando muchacho. No era común encontrar esa condición en uno de su edad, y en aquel entonces poco se sabía de ella. Por eso se logró que fuese admitido a esa misma Clínica Mayo. Le admitieron una vez averiguado lo singular de su enfermedad y la pobreza de sus padres. Durante casi un año recibió toda suerte de atención. La única obligación fue que les escribiera una vez al año, de por vida, contestando una serie de preguntas. «Señor Abraham,» le dijeron al papá cuando el hijo fue dado de baja, «bien supimos que usted jamás hubiera podido enfrentar ese problema.»

Puedes ver de una vez que es una ilustración de la segunda parte del trozo de la Biblia que hemos citado. A este amigo le trataron por gracia y no por precio. Él no tenía con qué pagar pero tenía gran necesidad. Y, si alguno cree a Dios, quien libra de culpa del pecador, Dios lo acepta como justo, aunque no haya hecho nada que merezca su favor. Cuando aún éramos débiles, dice a la vuelta de la página, Cristo murió por los impíos.

Jesús contó de dos hombres que fueron al templo. Uno oraba así: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás … y porque tampoco soy como éste”. Mas el otro ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino se golpeaba el pecho y decía: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador”.

Este, contó Jesús, volvió a su casa ya perdonado por Dios, pero el primero no.

Dios es fiel y justo para perdonar. El regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, pero el pago del pecado es muerte. Si piensas en plan de pago, estás eternamente perdido. Si deseas recibir la salvación como regalo, bien puedes, porque en la cruz en el Lugar de la Calavera, Cristo el Salvador pagó todo el precio.

«Bien supimos que usted jamás hubiera podido enfrentar ese problema,» le dijeron al papá de Felipe. Pero Felipe vive porque estuvo dispuesto a recibir sin tener nada que dar. ¿Dirás tú: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador?»

 

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