Nuestro incomparable Señor; J B Watson (#749)

Nuestro incomparable Señor

J.B. Watson, 1884-1955, Londres
El libro Our matchless Lord
Publicado por Pickering & Inglis Ltd.

 

I                       Dios fue manifestado en carne

II                      La deidad y humanidad de nuestro Señor

III                     El nacimiento virginal de Cristo

IV                     Hijo de David y Señor de David

V                      Más que Salomón en este lugar

VI                     La lengua obediente

VII        Tiempos y sazones en la vida de nuestro Señor

VIII       El Varón del Calvario

IX                     Allí, pues, pusieron a Jesús

X                      El ensalzamiento de Cristo

 

I — Dios fue manifestado en carne

El fundamento cristiano conocido por la expresión teológica de la Encarnación es un concepto por demás sorprendente; es la verdad más asombrosa jamás anunciada a la humanidad. Este concepto expone que el Creador ha visitado este rincón de la Creación en el hábito externo de su propia criatura, el hombre; Dios ha entrado en este mundo en humanidad con la finalidad de redimir.

Esta entrada en los asuntos humanos no fue una visita protocolar atendida por la majestad y pompa que son las prendas legítimas del Eterno. Al contrario fue, por decirlo así, “incógnita”. Dios moró entre los hombres en la forma de hombre con la insignia de su divinidad tan velada que la humanidad en general desconocía la identidad de su augusto visitante. “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él; pero el mundo no le conoció”.

Este acontecimiento estupendo acaeció en medio de una nación a la cual Dios se había revelado con anticipación, un poco allá y un poco acá, en preparación para esta revelación más amplia. Pero la verdad de la Persona, el mensaje y la misión del divino Visitante no fueron comprendidos por aquel pueblo. “A lo suyo —sus cosas propias— vino, y los suyos —su pueblo propio— no le recibieron”.

No obstante, hizo saber su mensaje y misión, y la verdadera naturaleza de su Persona fue revelada a aquellos que recibieron sus palabras. A esas personas visitadas de gracia se les concedió capacidades nuevas que les habilitaron a penetrar el disfraz humilde con que Él se vistió. Vieron abrirse por un momento, en un lugar y otro, el manto gris de su humanidad humilde, revelando los símbolos brillantes de la deidad que adornan su pecho. “Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. Y aquellos a quienes este conocimiento fue dado descubrieron que Él había traído todo lo que sus almas anhelaban, ya que estaba “lleno de gracia y de verdad”.

Él era verdadero Hombre en su entrada a la humanidad por la vía de haber “nacido de mujer”. Parece ser sólo un hombre, pero aun en esto difiere de los demás hombres por cuanto no tuvo padre humano. La modalidad de su concepción fue única. El ángel anunció a la virgen María, su madre, que “el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”.

Él era verdadero Hombre en su trayectoria humana. Pasó por la niñez, juventud y virilidad; trabajó con las manos; era pobre en sus circunstancias; realizó su itinerario cual predicador sin fondos ni comodidades. Pero aun en esto se distingue de todos los demás. Cual muchacho de doce años, manifestó un sentido de misión. Enriqueció a muchos, siendo pobre. Sin instrucción, era más sabio que sus maestros. Cual Maestro, único. Afirmó que sus palabras eran imperecederas, diciendo: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”. Eran palabras de vida eterna. Al cabo de diecinueve siglos, su afirmación queda intacta.

Era verdadero Hombre en su sujeción a la ley de Dios. Fue hecho bajo la ley; un judío entrando en el pacto legal por circuncisión, presenciando los actos de la religión nacional, cumplido en asistir a la sinagoga, versado en el Antiguo Testamento; hombre de veras.

Pero aquí también se distingue de los demás. No hubo defecto en su obediencia. Él ofrece el ejemplo único en toda la historia de un hombre bueno, carente de toda conciencia de falta personal. “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” fue el reto que lanzó. “Hago siempre aquellas cosas que agradan al Padre”, afirmó.

Él murió, la suerte común del hombre. Su muerte fue una que en su forma exterior había sido el fin de muchos otros. En ésta conoció dolor físico, debilidad, cansancio, hasta que por fin bajó la cabeza y entregó el espíritu. Nada ha podido anunciar mejor la realidad de su humanidad: Él murió.

Pero en su muerte se distinguió de los demás hombres. Fue único en la declaración que hizo en cuanto a la influencia futura de su muerte. “Yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. Tampoco tenía paralelo su propia interpretación del significado de esto. “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. De manera que aquella muerte por crucifixión, vergonzosa e ignominiosa, manifestó ser distinta a todas las demás muertes jamás padecidas. El comportamiento del universo físico en esa hora anunció la singularidad del acontecimiento, ya que la naturaleza entera estaba envuelta en tinieblas sobrenaturales y rasgada de convulsiones espantosas. Más sorprendente de todo, su muerte fue seguida asombrosamente por resurrección el día tercero después de acaecida.

Verdadero Hombre pero más que hombre. De que era divino en el sentido absoluto, Él mismo lo afirmó: “Yo y el Padre uno somos”. Esto mismo fue el convencimiento de aquellos que más contacto gozaron con él, como Juan el Evangelista por ejemplo, cuyas últimas palabras son: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna”.

La verdad de la encarnación no es que en alguna ocasión en su carrera terrenal Jesucristo haya llegado a ser Dios. Siempre era Dios y nunca dejó de ser Dios, ni pudo, al llegar a ser Hombre. Él asumió humanidad en su deidad y, sin cesar de ser lo que siempre había sido, en humillación llegó a ser lo que nunca era antes.

Hay un eslabón vital y necesario entre la deidad de nuestro Señor y su obra de propiciación. No que un hombre haya sido hecho único, sino que Dios haya entrado en el mundo en forma de siervo en beneficio de nosotros los hombres. Bien se ha dicho que un Salvador que no es del todo Dios sería un puente caído al extremo lejano. La grandeza divina de la Persona se comunica con la obra que Él llevó a conclusión, y en particular con la muerte que murió. Esa obra queda para siempre; su valor nunca mengua. Prevalece de un todo por cuanto el que la realizó, siendo Dios en humanidad, Creador y Sustentador de todas las cosas y todos los seres, es mayor que la suma entera de sus criaturas.

Verdadero Dios, perfecto Hombre, un Cristo. En él la deidad y la humanidad se unen sin admitir división pero son distintas sin admitir confusión. Que su nombre sea alabado para siempre.

II — La deidad y humanidad de nuestro Señor

¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Mateo 22.41

Darás a luz un hijo. El Santo Ser que nacerá,
será llamado Hijo de Dios. Lucas 1.31,35

El tema es tan grande y el espacio reducido, así que será mejor limitarnos mayormente a lo que está escrito en los Evangelios acerca de la deidad y humanidad de nuestro Señor.

El Mesías

No podemos comenzar mejor que reflexionando sobre lo que nuestro Señor y Cristo enseñó acerca de su propia persona. El Antiguo Testamento había predicho la venida de uno, el Mesías, la esperanza del mundo, y el pueblo judío aguardaba ansiosamente su llegada. Bien sabían que vendría de la casa de David, por cuanto muchas de sus escrituras ponían a descubierto que este sería su linaje humano.

Pero nuestro Señor hace saber que esta creencia, siendo correcta, era sólo una parte de la verdad. “¿Qué pensáis del Cristo?” preguntó a los líderes; “¿De quién es hijo?” Su propósito era mostrarles que el Mesías no sería meramente hombre, sino que también Dios. Y esto, estoy seguro, era una idea que jamás había entrado en los pensamientos de aquellos señores.

Miqueas el profeta había predicho el nacimiento del Señor: “Tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”, 5.2.

Claro era, entonces, que aquel que nacería en Belén no iba a comenzar allí su historia. Ciertamente, su llegada a Belén sería sólo una etapa en una secuencia eterna, ya que el Antiguo Testamento manifiesta que sería más que hombre el Mesías al cual los hombres fueron instruidos a esperar. Él uniría en su propia persona verdadera humanidad y verdadera deidad.

Renuevo y raíz

El capítulo 11 de Isaías habla de un vástago que retoñará de las raíces de Isaí (padre de David), pero más adelante el mismo capítulo habla de la misma persona como la raíz de Isaí (versículos 1 y 10) y antes que cierra la Biblia encontramos el problema presentado una vez más, por cuanto Cristo afirma en el último capítulo del Libro: “Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana”.

Nuestro Señor afirmaba a menudo su preexistencia, haciendo saber que su historia no comenzó aquí en el tiempo. Todos nos acordamos que en esa oración sacerdotal antes de ir a la cruz, una de sus primeras peticiones fue ésta: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. Él estaba refiriéndose a que volvería al lugar de gloria al lado de Dios, donde estaba aun antes de la creación.

La deidad ha sido y es suya, y sin interrupción. Hay muchos que piensan que su descenso al asumir humanidad acarreó la renuncia de su divinidad, pero en ninguna parte toleran las Escrituras semejante idea. Es mucho más acorde con el testimonio bíblico decir que lo que sucedió en la Encarnación fue que nuestro Señor incorporó humanidad en su deidad.

El Eterno

La deidad no admite cambio. Un hiato, una interrupción, en deidad es inconcebible; durante todo el período de la humanidad del Señor aquí sobre la tierra, siguió siendo verdadero Dios.

Él se atribuye a sí cualidades y capacidades que son concebibles sólo en relación con Dios. Al parecer humano era un hombre de la clase obrera, un artesano criado en un pequeño pueblo de fama dudosa, pero hablaba de un día cuando todas las naciones de la tierra se presentarán delante de él para ser divididas al estilo que un pastor separa sus ovejas de las cabras. Sólo Dios, únicamente la deidad, podría afirmar legítima y seriamente que juzgará a la humanidad entera, discerniendo los secretos de todo hombre. Para semejante tarea se precisa de la omnisciencia, y la omnisciencia la tiene sólo Dios. Efectivamente, todo juicio ha sido dado al Hijo, Juan 5.22.

Si hay una cosa clara en el Nuevo Testamento, es que nuestro Señor, estando aquí en humillación, hizo saber que era divino. Así fue que le entendieron aquellos que escucharon sus palabras. En una ocasión algunos de ellos tomaron piedras para lanzárseles porque afirmó ser igual a Dios. Ningún intento hizo para corregir la impresión que había dado.

Ningún pasaje comunica mejor esta verdad que aquel de Juan 1.18: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”. El sentido de la frase en el seno del Padre es que ése era su ambiente. No habla de tiempo. Él es el unigénito Hijo que tiene su existencia en el seno del Padre; allí, en la más absoluta comunión con Dios y en una condición de coigualdad eterna, nuestro Señor, el Hijo siempre ha estado. Y aun aquí sobre la tierra, Él se consideraba como habitando en el seno del Padre.

¡Hondo misterio! ¡El Inmortal hacerse hombre y sucumbir!
En vano intenta sondear tanto prodigio el querubín.
Mentes excelsas: ¡No inquirid! y al Dios y Hombre bendecid.
Nada retiene al descender sino su amor y deidad;
Todo lo entrega: gloria, prez, corona, trono y majestad.
Ver redimidos es su afán los tristes hijos de Adán.
Charles Wesley, 1707-1788; traducido por Mariano San León

Natural y sobrenatural

Con todo, su condición de hombre es tan real como su condición de Dios. El Libro manifiesta en el primer capítulo de Lucas que el nacimiento suyo fue una nacencia de un todo natural. No vamos a entender mal: el alumbramiento fue natural, pero la concepción había sido sobrenatural. Su entrada en el mundo fue una como toda la humanidad ha realizado. Su desarrollo fue normal: “Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”, Lucas 2.52.

Él no era un niño prodigio; su pase de infancia a virilidad no fue inoportuno. Quedan explotadas todas las fantasías que cuentan los evangelios falsos acerca de milagros efectuados por el niño Jesús, por cuanto Juan declara en el segundo capítulo de su evangelio, hablando de las bodas en Caná: “Este principio de señales hizo Jesús …”

Hombre de un todo

En sus experiencias le tocó todo lo que es típico de la verdadera humanidad. Pecado exceptuado, Él conoció los sucesos típicos de los hombres. La indignación entró en su alma: “… mirándolos alrededor con enojo”, Marcos 3.5. Sabía qué era lamentar una pérdida. Cansancio, sed, hambre: todo esto también. Sabía qué era obtener información por los procesos ordinarios que los hombres emplean para estar al tanto. También examinó una higuera para ver si tendría fruto. Preguntó una vez: “¿Dónde le pusisteis?” Sus experiencias eran las que evidencian una humanidad legítima.

A la vez, había una diferencia enorme entre la humanidad suya y la de otros hombres, por cuanto la dé él era sin pecado. Sobre ella no había mancha alguna, ni la menor nota infamante.

El pecado no es propio de la naturaleza humana; es un intruso, y un objetivo de la redención que es en Cristo Jesús es el de echar afuera ese intruso, llevando así a Dios una raza redimida; una raza de la cual ha sido proscrita para siempre toda consecuencia de mal. Por consiguiente, el Señor pudo enfrentar a aquellos que le perseguían paso tras paso, examinando con sentido crítico todas y cada una de las palabras de su boca, y retarles: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?”

Yo sé que me oyes

Es más: su humanidad no sólo era legítima, real, sino que encerraba una actitud de dependencia, y aquella es la actitud que todo humano debe tener para con Dios. Se nos dice que la palabra adán —hombre— tiene como sentido subyacente la idea de mirar hacia arriba. El hombre fue hecho para recibir todo su bien de Dios y andar en el reconocimiento de que toda bendición le viene de la mano de un Hacedor benéfico. El hombre fue hecho para depender de ese Dios.

En todo momento nuestro Señor mantuvo esa actitud. Le escuchamos relatar que las palabras que Él hablaba eran las palabras que el Padre le había dado para que las hablara, y que las obras que Él hacía eran las que el Padre le había dado para que las hiciese. Él esperaba la dirección del Padre, sin tolerar estorbo alguno en su senda. Paso a paso andaba en conformidad con todas las directrices que Dios le dio, y ésta es la actitud acertada que el hombre debería asumir siempre ante su Creador.

Un hombre en la gloria

Y, su humanidad permanece. El ser humano fue hecho para la eternidad. Cuando Dios dio el soplo de vida en las narices de su criatura, la humanidad recibió en el acto la calidad de existencia eterna. Nuestro Señor, habiendo asumido humanidad, será hombre para siempre jamás; aún ahora, allá sobre el trono, glorificado, Él es hombre.

En el primer versículo del Salmo 110 se enseña esta verdad: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. David fue trasladado, como si fuera, al momento cuando Cristo regresaría de sus triunfos terrenales para asumir su puesto a la derecha del Padre, y a David le es dado escuchar el saludo que recibe el Triunfante: “Siéntate”. La humanidad, sepamos, está levantada y exaltada en la persona de Cristo, allá en el pináculo del poder, sobre el trono de Dios.

Dios, pues, le ha dicho: “Entrónate”. Prudente es el hombre que está de acuerdo con Dios en esto. Sabio el hombre que, en lo que se refiere a su propia vida, ha dicho al Cristo que se hizo hombre, que vivió en dependencia de Dios, que obedeció hasta la muerte y muerte de cruz, que está tan sublimemente exaltado a la diestra de Dios. Sabio, repetimos, el que le ha dicho a éste: “Entrónate en mí; sé Tú el soberano de la humanidad mía”.

 

¡Oh qué triunfo más brillante! En el cielo un hombre entró,
Y es allá representante de su pueblo a quien salvó.
Santo amor fue revelado por el hecho de la cruz,
Y Jesús ha demostrado su justicia en plena luz.
Sí, descansan los creyentes viendo en gloria a su Señor.
Paz y gozo permanentes tienen por su fiel amor.
Y los fuertes eslabones —simpatía y comunión—
Unen ya sus corazones con los que de Cristo son.                      Escrito por “R.D.E”.

Señor, creo

¿Cómo moran la humanidad y la deidad en una misma Persona a una misma vez? ¿Cómo puede Cristo ser Dios y todavía hombre de veras? ¿Cómo moran los atributos divinos con aquellos que son propios de los humanos? ¿Cómo es que aprende, siendo Dios omnisciente?

No sé.

Es una revelación para la fe; no es tema a ser indagado. Es uno ante el cual está establecido que nos paremos con corazones latiendo en adoración, sin que sea permitido que averigüemos con nuestro microscopio tan inadecuado. No; es revelación: el perfecto Dios es el perfecto Hombre, es el Cristo.

La personalidad es profunda, honda, en todos nosotros. “Hombre, conócete”, dijo el filósofo antiguo, y no hemos logrado mayor cosa siquiera en este estudio. Si es así en cuanto a nuestra propia personalidad, consideremos el misterio infinitamente mayor: el misterio de Uno que abarca en su propia y sola persona la deidad y la humanidad. ¡Hondo misterio! ¡Dios manifestado en carne!

Es un reto a la fe. La Biblia está llena de verdades que no pueden ser reconciliadas por capacidades intelectuales. En nuestro Señor Jesucristo mora deidad; en él mora humanidad a la vez. Cómo pueden morar juntas y en armonía, no comprendemos. Pero baste que la fe se arrodille a sus pies y magnifique la gracia que trajo Aquel a rescatarnos, adorando a la vez nuestra fe la santidad de Dios que le ha dado el puesto de honor y poder a su derecha.

Él era coigual con Dios, el centro de la adoración,
Pero, en su incomparable amor, al miserable pecador,
Para buscar y rescatar —dejando su celeste hogar—
Buscóme. ¡Al Señor load!
Fue solo Él en su senda aquí, sin simpatía en derredor,
Y sólo el Padre en gloria allí del Hijo supo el amargor.
Mas no cedió ni vaciló. Y estando yo sumido en mal,
Hallóme. ¡Al Señor load!                                                 G. M. J. Lear; Argentina

Que seamos guardados en la viva creencia de estos fundamentos de la fe. Nuestro Señor Jesucristo no es sólo Hijo de David; Él es también Señor de David.

 

III — El nacimiento virginal de Cristo

La distintiva del cristianismo es su doctrina de la encarnación de Dios con miras a la redención. Es un concepto asombroso que escapa de un todo los poderes de descubrimiento del hombre, y mucho menos puede él encontrarlo por coincidencia.

De que el Creador eterno entre al mundo de su propia hechura, en forma y naturaleza de su criatura, el hombre, todo con el fin de redimir a éste, es divinamente maravilloso, aun si uno lo considera sólo como un planteamiento. De que en el hombre Cristo Jesús la naturaleza divina fuera encarnada, es un elemento esencial y fundamental de la fe cristiana. Así afirma la gran frase del apóstol Juan, “Aquel Verbo fue hecho carne”.

Si se lograra excluir este hecho vital del esquema cristiano, quedaría poco que amerite ser retenido. William Ramsay dijo acertadamente: “El resultado demuestra claramente que en los muchos intentos que se han hecho de suprimir lo supra humanó y divino de la vida de Jesucristo como está expuesta en los Evangelios, en la medida en que uno piensa hacerlo, en esta misma medida la sustancia desaparece”.

La venida a nuestro mundo de una persona divina en humanidad exige que su entrada esté acorde con semejante maravilla sobrenatural, y cumple con esta demanda la historia en el Nuevo Testamento del nacimiento singular de Jesús de una dama virgen. La venida de Cristo es dominante en la historia bíblica. Juan el Bautista, el último de los profetas de la Ley, sintetizó el mensaje del Antiguo Testamento cuando exclamó al lado del Jordán: “Viene uno”.

El linaje

Las genealogías del Antiguo Testamento señalan de manera significativa el advenimiento de éste que había de venir. Al abrir el Nuevo Testamento nos encontramos leyendo una genealogía no muy diferente a las del Antiguo, salvo que sigue hasta su meta y termina en Jesucristo. Él es el cumplimiento de las esperanzas despertadas por las promesas proféticas. Le tenían a él en vista todas las generaciones que se extienden desde Abraham a través de David y hasta la apertura de nuestra era. Cristo es la meta de la historia.

Otra genealogía nos espera en las primeras páginas del Evangelio según Lucas (3.23 al 38). Es única entre las genealogías bíblicas por las características de no moverse con la corriente del tiempo, sino proceder hacia atrás, pasando por David y Abraham, llegando hasta Adán y a Dios, con la finalidad de demostrar que aun en la creación los propósitos de Dios miraban hacia Jesucristo.

La genealogía dada por Mateo precede la historia del nacimiento, conforme al propósito del escritor de manifestar que Jesús es el cumplimiento de la promesa profética. La genealogía dada por Lucas, en cambio, sigue la historia del nacimiento, conforme con el pensamiento que Jesús es la clave a los propósitos de Dios en la creación del hombre.

Los relatos

Estos dos evangelistas, Mateo y Lucas, son los testigos principales de la verdad del nacimiento virgíneo. Por cierto, no se cita a otro, de manera que es sólo por su testimonio que tenemos información sobre cómo Jesús entró al mundo. La ley bíblica sobre la suficiencia de un testimonio es que el de dos hombres es verdadero (Juan 8.17). Para el que objeta, preguntando por qué sólo dos testimonios sobre la entrada de Jesús en el mundo, la respuesta es: ¿Y cuántas veces hay que decir algo para que llegue a ser cierto? Dos testigos ampliamente confiables ofrecen relatos que concuerdan en todo detalle esencial. “En boca de dos o tres testigos conste toda palabra”. (Mateo 18.16)

El lector de los dos relatos (Mateo 1.18 al 25 y Lucas 1.26 al 35) notará de una vez que son independientes, corroborantes y complementarios. Difieren de tantas maneras que es obvio que son obra de testigos diferentes. Conforme han fracasado todos los esfuerzos para compilar una armonía completamente satisfactoria entre el texto de los cuatro Evangelios, aquí también con estas dos historias hay características divergentes que indican fuentes independientes y ponen de manifiesto que cada evangelista contaba con su propio punto de vista. Pero aun así, es verdad que los dos relatos coinciden en todo detalle de una importancia relativa.

El uno, dijimos, corrobora al otro. Tanto Mateo 1 como Lucas 1 y 2 testifican que el nacimiento se produjo en los postreros días de Herodes el Grande, que la concepción fue obra del Espíritu Santo, que la madre era virgen, que José su comprometido era de la línea de David, que fue avisado de Dios que las circunstancias relacionadas con la condición de María eran únicas, y que por consiguiente asumió custodia del niño. Ambos dicen que éste fue nombrado Jesús y declarado ser Salvador, que el alumbramiento fue acompañado de revelaciones y visiones, que sucedió en Belén, y que posteriormente José y María moraron en Nazaret.

Además, los dos relatos complementan el uno al otro. Mateo narra la historia desde el punto de vista de José. Él cuenta del susto que experimentó éste al tener conocimiento de la condición en que estaba María, de la acción que resolvió tomar, la revelación que Dios le dio por sueños de la maravillosa causa del evento que estaba por consumarse, que él tomó a María como esposa y luego asumió su deber de protector del niño. María no tiene lugar en la historia excepto en su relación con José y como madre del niño que estaba bajo la custodia de este. En Mateo los mensajes angelicales están dirigidos a José y él asume el papel predominante en la huida a Egipto y el regreso a Nazaret.

Con igual claridad Lucas cuenta la historia desde el punto de vista de María. José entra en la narración sólo como la persona con quien ella tenía compromiso de casarse. La narración gira en torno de ella. La historia de Zacarías y Élisabet introduce la Anunciación, que resulta ser dirigida a María. Se registra la respuesta inspirada que dio, el Magníficat. De las circunstancias del nacimiento y la visita de los pastores se dice que ella las “guardaba, meditándolas en su corazón”. Él anciano Simeón le dirige a ella sus palabras. Es la historia como María la podía contar.

Sólo José y María conocían los detalles íntimos. Si las historias evangélicas fueron escritas con base en información recogida (y los primeros versículos del libro de Lucas dan a entender que así fue) uno de estos dos ha tenido que suministrarla. Este hecho explica el enfoque circunstancial y la casta delicadeza con que se expone la historia.

Silencios y alusiones

¿Por qué guardan silencio sobre el nacimiento virginal los demás escritores del Nuevo Testamento? Aun cuando el testimonio de los dos evangelistas satisfizo el requerimiento en cuanto a testigos, es digno de consideración el hecho de que los demás evangelistas hayan guardado silencio sobre una cuestión de tanta importancia.

¿Por qué no dice nada Marcos? Porque le ocupan sólo aquellos hechos que caen dentro del testimonio apostólico. Su tarea es la de presentar a Jesús como el perfecto Siervo de Jehová. ¿Qué siervo se destaca por su genealogía? ¿Quién se interesa por las circunstancias del nacimiento de un sirviente? La pregunta que viene al caso de un siervo es que si es capaz de trabajar, y por esto Marcos se dirige de una vez a la historia de Jesús en su bautismo por Juan, el comienzo de servicio público.

En todo su Evangelio Marcos está mostrando al Señor como el trabajador incansable, y su última palabra es que aún ahora Él está a la derecha de Dios obrando por intermedio de sus siervos mientras ellos predican aquí, y confirmando esto con señales, Marcos 16.20. Nada dice Marcos acerca del nacimiento virgíneo porque ese testimonio está fuera del propósito suyo al escribir.

¿Y qué del otro evangelista, Juan? Es la divinidad del Señor, que le interesa a Juan, quien declara en el 20.31 que su propósito es presentar a Jesús como el Hijo y el Mesías. Al escribir de la Encarnación, dice, “y aquel Verbo fue hecho carne”, sin explicar cómo.

Hay acuerdo general en que él escribió unos cuantos años después que sus tres colegas y que evitó en lo posible repetir lo que ellos habían registrado. Es muy probable que haya conocido bien el contenido de los Evangelios de Mateo y Lucas. ¿Y contradice sus testimonios sobre el nacimiento de Jesús? María había sido puesta bajo la custodia de Juan por nuestro Señor cuando le habló desde el árbol de la cruz. ¿Ella ha podido guardar silencio si había algo que negar en lo que Mateo y Lucas habían escrito?

¿Y Pablo? Él confía en la muerte y resurrección del Señor, ya no en su nacimiento y vida, como pruebas de que Cristo era Dios y el Mesías. Pero aun así se nota un cuidado deliberado y una elección cuidadosa de las palabras que emplea en sus epístolas al hacer referencia al nacimiento de Jesús. Por ejemplo, en Gálatas 4.4 al decir, “nacido de mujer”, el apóstol no emplea la palabra común, gennao, para “nacer”, como se ha podido esperar. No; él emplea ginomai – “semejante a los hombres”.

Aseguradamente hay un eco de Lucas 1.35 (“El Espíritu Santo vendrá sobre ti”) en Romanos 1.4, donde Pablo habla de la ausencia del pecado en Jesús: “… declarado Hijo de Dios … según el Espíritu de santidad”, como también por su resurrección. Y cuando Romanos 5 pone en contraste a Adán y Cristo, reinando la muerte por el uno y la vida por el otro, ¿no se nos dice algo de un nacimiento distinto a aquel de la prole de Adán?

Se puede afirmar confiadamente que el nacimiento virgíneo de nuestro Señor no es cuestionado por ningún escritor del Nuevo Testamento, y que, al contrario, hay diversas evidencias de que estos autores tenían conocimiento de los hechos atestiguados y los aceptaban.

Profecías

Por cuanto Cristo es el centro de la historia bíblica, es razonable buscar confiadamente en las escrituras proféticas algún indicio de la manera en que Él nacería.

Mateo encuentra una referencia en Isaías 7.14 y la cita en su relato del nacimiento, 1.23: “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo”. Él retrocede en el tiempo y con su tea de conocimiento de Cristo emplea el Antiguo Testamento para leer el intento del Espíritu inspirador de mostrar la perpetuidad de la línea de David asegurada a través de la virgen. Se ha protestado que el vocablo almah no encierra plenamente el sentido de nuestra palabra “virgen” sino que significa una persona joven de una edad de casamiento. Es verdad.

Es igualmente cierto, sin embargo, que en la Versión de los Setenta, una traducción de las escrituras hebraicas de la cual nuestro Señor citaba a menudo y que el Nuevo Testamento emplea con frecuencia, la palabra es traducida “virgen”. Martín Lucero retó a judío y a cristiano probar que en cualquier pasaje de la Biblia almah quería decir una mujer casada, prometiendo al descubridor un premio de cien florines, y añadiendo en su manera tosca de hablar: “Sólo Dios sabe dónde voy a encontrar el dinero”.

Lo esencial no es qué quería decir Isaías cuando escribió sino qué señalaba el Espíritu de Cristo que estaba en él al dirigirle a decir: “He aquí, que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. Cualquiera que haya sido el cumplimiento parcial y contemporáneo de las palabras, su sentido y cumplimiento a la postre se vieron en Belén.

También es escogido cuidadosamente el lenguaje de otros escritores proféticos en vista del nacimiento singular del Salvador. No es por nada que la palabra que está puesta a la cabeza de la profecía hablara de “la simiente de la mujer”, Génesis 3.15; que Isaías haya predicho un niño nacido además de un hijo dado, 9.6; y, que Miqueas, al especificar a Belén como el lugar designado para la Natividad, se expresara de esta manera: “De ti me saldrá el que será Señor en Israel, y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”, 5.2. Estas últimas palabras muestran que al estar involucrado una cosa tan estupenda como “Dios manifestado en carne”, era de esperarse un procedimiento singular para llevarlo a cabo.

Salida y entrada

Y, por cierto, era maravilla única, por cuanto este nacimiento no era, como en los nacimientos ordinarios, la creación de una nueva personalidad, sino la entrada en una nueva modalidad de existencia de parte de una Persona divina. Era nueva, sin precedente, la “salida” de Uno cuyas salidas databan desde siempre, desde la eternidad. Esta “salida” exigió el milagro expresado en el lenguaje tan cuidadoso de Lucas 1.35. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”.

IV — Hijo de David y Señor de David

El primer título con que nuestro Señor se reviste en el Nuevo Testamento, en el primer versículo de Mateo, es el de Hijo de David: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Y el primer título dado a David es el de rey: “Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón”.

David como rey

El Espíritu Santo nota cuidadosamente que David está vinculado con Cristo según la carne, que es ascendiente del Señor. Nuestro Señor viene de la línea y familia de David, y como tal todas las glorias pertenecientes al reino, tema de la profecía del Antiguo Testamento, le corresponden a él.

Al proseguir en la lectura de este capítulo al comienzo de Mateo, siguiendo las pisadas de las generaciones, nuestros ojos se centran en el nombre Jesús, el que viene no para salvar a Israel de los filisteos sino salvar a su pueblo de sus pecados. Antes de haber continuado mucho, aprendemos de hombres sabios del Oriente, preguntando en las calles de la ciudad capitalina de David dónde está aquel que ha nacido Rey de los judíos. Nuestro Señor es hijo de David. Está en la línea clara y directa de la sucesión de aquél, y por lo tanto nace Rey. El trono de David es suyo por derecho, y con ese trono el imperio mundano que le corresponde.

David Baron, el conocido escritor judío y evangélico, ha señalado que nuestro Señor es el último cuya descendencia de David ha podido ser probada adecuadamente. Una vez destruidos Jerusalén y el templo en el año 70, y con ellos los registros genealógicos de la nación, hubiera sido humanamente imposible restablecer la secuencia ya conocida.

Es claro en las Escrituras que el Mesías tendría que establecer que era en realidad el hijo de David. Este título se concedía por lo regular a nuestro Señor. En el Evangelio según Mateo hay hombres ciegos que le solicitan una bendición, empleando este lenguaje: “Jesús, hijo de David, ten misericordia de nosotros”. Hay una mujer de los gentiles, de Sirofenecia, que busca también la benevolencia suya y emplea el mismo lenguaje. En el capítulo 12 la población se pregunta a una: “ ¿Será éste aquel Hijo de David?”

En el capítulo 21 nuestro Señor reclama formalmente el trono de David. Deliberadamente cumple de una manera literal las palabras del Antiguo Testamento bien conocidas al pueblo judío. “Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna”, Zacarías 9.9.

Mientras Él procedía, el pueblo le aclamaba, diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David!” Aun los niños le cantaban sus alabanzas en estas palabras, y cuando algunos les mandaron a guardar silencio, nuestro Señor respondió en las palabras de David: “De la boca de niños y los que maman perfeccionaste la alabanza”. Perfeccionamos la alabanza cuando damos a Cristo lo que le corresponde. Uno no precisa de cabeza llena de conocimiento bíblico, o un corazón desbordándose de visión misionera, para dar alabanza perfecta; cuando rendimos a Cristo lo suyo con la sencillez de un niño, perfeccionamos la alabanza.

Sus enemigos han podido cuestionar su afirmación de ser el Hijo de David; no dudamos de que hayan querido hacerlo, pero aparentemente nadie se atrevió. Más adelante los apóstoles fueron acusados y encarcelados por predicar el evangelio, pero ninguno fue llevado ante un juez y acusado de haber mentido al proclamar que Jesús de Nazaret era el Hijo de David.

Acordémonos: Esto era importante, una verdad a ser confesada en el evangelio. El evangelio de Dios difiere de las filosofías y los sistemas vaporosos, místicos y vagos que hombres han ideado y encajado sobre la raza humana. De ninguna manera pueden ser definidos en términos de realidad y certitud. Precisar su sentido es como intentar recoger vapor con tenedor.

Pero el evangelio de Dios tiene sus raíces en la historia humana. “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio”, 2 Timoteo 2.8, fue el instructivo que Pablo dio. Cristo, quien es la suma del mensaje que predicamos, es en verdad Hombre. Él cuenta con un linaje legítimo, humano, y la historia sobre la cual el evangelio se basa es una de la realidad humana.

Así, cuando Pablo se sentó a escribir el tratado más profundo que existe, la explicación inspirada del evangelio como es la Epístola a los Romanos, él definió su evangelio en este mismo lenguaje: “Él evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”.

Allí en la gloria nuestro Señor no rehúsa llevar ese mismo título. Cuando Juan miró y vio al Cordero en medio del trono, él sabía que contaba con la mayor autoridad para creer que aquel Cordero era idéntico a Uno cuyo título es El León de la Tribu de Judá. En el último de los mensajes que la Biblia tiene para su Iglesia, dice: “Yo soy la raíz y el linaje de David”.

David como profeta

No sólo está David delante de nosotros como un Rey en el Nuevo Testamento, sino como profeta también. Al recordar cuán ocupada y accidentada era la vida de David, nos sorprende lo poco que habla el Nuevo Testamento sobre lo que él hizo. Mucho más leemos allí de lo que dijo y escribió. Él es importante para nosotros como profeta porque, como recalcó Pedro en el Día de Pentecostés, “el patriarca David … siendo profeta”, y “David … mismo dice …”

David está vinculado con Cristo por cuanto es uno de los profetas que testificó anticipadamente de su sufrimiento y gloria. Las palabras que el Espíritu le mandó a escribir en sus salmos son palabras que fueron empleadas a menudo por los primeros predicadores cuando hacían saber a sus oyentes las demandas de Dios sobre ellos.

David testifica acerca de la senda de Cristo. Pedro escribe citando lo que dice el Salmo 16 acerca de las palabras que se referían proféticamente a Cristo: “Veía al Señor siempre delante de mí”. Aquí hay un testimonio en cuanto al andar intachable de nuestro Señor. Adán fue colocado aquí en una hermosa escena de inocencia, pero él no veía al Señor siempre delante. Él cayó y nos involucró a todos en ruina. El Señor Jesús entró en una escena desfigurada por el pecado, pero veía siempre al Señor Jehová delante de él. Nada hizo sin referirse a Dios, y por consiguiente contaba con él siempre a su diestra y nunca fue conmovido. El andar de nuestro Señor fue uno de comunión continua y placentera, paso a paso en armonía con Dios. Las olas de tentación caían en vano sobre él; el gran Hijo de David no sería conmovido.

En esa senda Él encontró profundo gozo. “Mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua”, Hechos 2.26, citando Salmo 16.9. No hay gozo tan pleno ni paz tan tranquila como el gozo y la paz de aquel que anda en comunión con Dios. Así, cuando nuestro Señor se encontró cara a cara con la oscuridad de la muerte, ésta fue su confianza “No dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción”. Pedro nos hace saber que David, al hablar así, no se refería a sí mismo. Las palabras del Salmo van mucho más allá de cualquier experiencia que David conoció. Hay un sepulcro no muy lejos de Jerusalén donde yacen aún ahora el polvo y los huesos de David, pero hay otro sepulcro, allá en un huerto, que está vacío. “Aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción”, Hechos 13.37.

David testificó acerca de la senda de Cristo, su andar perfecto, su muerte y resurrección. En el Salmo 110 testifica de la exaltación de Cristo. “Jehová”, escribe David, “dijo a mi Señor. “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. Pedro razona de la misma manera que David no ha podido decir esto acerca de sí mismo por cuanto él llama “mi Señor” a la persona acerca de quien escribe.

Nuestro Señor mismo cita a David y señala que era profeta y que dio testimonio a la persona de Cristo. Hubo un día cuando nuestro Señor, habiendo contestado muchas preguntas, preguntó: “¿Qué pensáis del Mesías? ¿De quién es hijo?” Todo muchacho judío sabía eso. Era fácil, y contestaron enseguida: “De David”. “Pero”, prosiguió nuestro Señor, “David en el Espíritu le llama Señor; en una conversación celestial había oído a Jehová decir a su Señor: «Siéntate a mi derecha.» Ustedes dicen que es Hijo de David. David le llama Señor. ¿Cómo resuelven este enigma?”

Hijo de David, con todas las ideas de subordinación que la palabra hijo comunica. Señor de David, con todas las ideas de superioridad que la palabra señor comunica. ¿Cómo pueden ser ciertas ambas cosas a la vez? Eso iba más allá de toda la teología de aquella gente de Mateo capítulo 22. David había escrito de Uno que vendría por su propia línea de descendencia según la carne, pero que era su Señor. No sólo hombre, sino Dios.

Como profeta, David dio testimonio al poder de Cristo. Esa fue una gran reunión de predicación al aire libre de la cual se habla en Hechos capítulo 4. Tiene que haber sido al aire libre porque uno no concibe de una apertura como ésa si aquellos predicadores tuviesen un techo sobre la cabeza: “Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra …” Pedro y Juan apenas habían sido sueltos de la cárcel y, llegando a los suyos, van a la oración. Las primeras palabras que salen de sus bocas son: “Soberano Señor”.

Y ellos prosiguen, manifestando su fe al citar las palabras del segundo salmo. Las naciones se agitan, los potentados se oponen, los gobiernos persiguen, pero todos pueden hacer tan sólo lo que Dios ha dispuesto de antemano que hiciesen. El Señor que ellos servían era el Soberano, y con el desenvolvimiento de la historia del universo en sus manos. Por lo tanto, ellos dos y sus hermanos oraban con calma, no rogando ser liberados de sus perseguidores, o que sus enemigos fuesen desmenuzados como vasija de alfarero, Salmo 2:9, sino que les fuese concedida a ellos mismos gracia para hablar con denuedo la Palabra de Dios.

David como hombre

Contemplamos al Rey David con admiración, y guardamos una distancia respetuosa. Pensamos en David el profeta con alga de temor reverencial, teniendo presente la dignidad de ese oficio. Pero David era hombre también, un hombre de verdad, un hombre con pasiones como las nuestras; un hombre que conocía de cerca a Dios. En el Nuevo Testamento se habla no poco acerca de David como hombre de carne y hueso, y de su trato con Dios.

En términos amplios, el Nuevo Testamento se divide en dos: los cuatro Evangelios y Hechos son históricos; las epístolas y el Apocalipsis son doctrinales. En cada una de estas dos divisiones, los primeros dos hombres del Antiguo Testamento que se mencionan son Abraham y David. No sólo Mateo, sino también la Epístola a los Romanos, nos presentan estos hombres; en el tercer versículo de esa epístola leemos de “nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne”. Sin embargo, el propósito en Romanos no es establecer genealogía sino de destacar las relaciones íntimas que los dos hombres gozaban con Dios.

La primera palabra dicha en la Biblia acerca de David trata de esto mismo. Samuel habló a Saúl en el momento en que éste fue desechado, mucho antes de que figure el nombre de David; el profeta dice: “Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón”, 1 Samuel 13.14, y Pablo agrega, “… quien hará todo lo que yo quiero”, Hechos 13.22. Los capítulos vienen y van, y por fin aparece el joven David. Y luego el relato largo de su historia.

Ahora, sabemos bien que la vida de David no estaba libre de mancha, y que los relatos del Antiguo Testamento narran fielmente sus fracasos tristes. Hay casi cincuenta referencias a David en el Nuevo Testamento, pero ni una de ellas hace mención de su comportamiento en Gat ante Aquis, cuando fingió locura y cambió su conducta por miedo de los filisteos, y la ocasión cuando dijo: “Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl”. El Nuevo Testamento pasa por encima de aquello. Ni una palabra se repite en el Nuevo Testamento sobre aquel horrible asunto de Urías el heteo y Betsabé su esposa. La debilidad suya en el hogar a causa de la cual dejó de atender primero a Amnón y luego a Absalón: nada hay sobre estos asuntos en el Nuevo Testamento. Ni su orgullo al censar el pueblo, ni esas palabras de venganza que pronunció contra Simei y Joab desde su lecho de muerte. Se guarda silencio.

En cambio, el Nuevo Testamento dice de nuevo lo que Dios había dicho antes que sucedieran estas cosas: “Varón conforme a mi corazón”. Es que David era un hombre perdonado, y el perdón que Dios da lleva consigo el olvido de toda transgresión. Y cuando David había cumplido plenamente toda la medida del servicio que le fue asignado, el “durmió”, como dice Hechos 13.36. Lenguaje tierno es éste, figura del trabajador que, su faena del día realizada, se acuesta y entra en el reposo merecido.

V — Más que Salomón en este lugar

Nuestro Señor Jesús hablaba de Salomón: de su magnificencia externa, el brillo de su mucho oro labrado, la blancura pulida de sus palacios de marfil, la vestimenta rica de sus servidores, sus torres que brillaban en el sol, los regalos traídos de lejos para los que le hacían homenaje, sus cámaras perfumadas por especias de la India, sus escuadrones de carros y caballos y toda la pompa y resplandor de su corte; Él lo incluyó todo en la frase de Mateo 6.29: “Salomón con toda su gloria”.

Habiendo contemplado toda esta gloria, nuestro Señor dirigió la mirada de sus oyentes al lirio silvestre que bordaba aquel camino palestino, para aprender así de su gloria que sobrepasaba la de Salomón. “Os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos”. Ya que, a diferencia de la gloria de Salomón impuesta de afuera, la hermosura y fragancia del lirio del campo son parte de la flor; son la expresión de su vida y natu­raleza; se desarrollan y exhalan desde adentro.

Para manifestar esta hermosura y belleza, la mata, libre de todo cuidado, sólo deja que sus raíces chupen la fuerza húmeda de la tierra en la cual Dios la puso, extiende sus hojas para respirar el aire dulce que la rodea siempre, bebe de la luz del sol de día y confiadamente cierra sus pétalos de noche. Parece que dice al hombre con oídos para oir: No podemos vestirnos de gentileza ni fuerza para la alabanza de Dios, salvo en la medida de la sencillez de nuestra fe en él.

De nuevo, en una ocasión posterior, el nombre de Salomón fue escuchado en los labios del Señor Jesús. Esta vez fue la sabiduría de Salomón que estaba por delante. El propósito celoso, la deci­sión veloz, el viaje arduo que constituyeron la respuesta de la Reina del Sur al informe sobre su sabiduría y grandeza: es esto que el Señor aprueba. “Ella vino de los fines de la tierra para oir”, Mateo 12.42.

Él contrasta la incredulidad egoísta de aquella generación, que ponía ‘peros’ a sus palabras, y advierte que la reina de Sabá testifi­caría contra ese pueblo en el día del arreglo de cuentas. Luego se compara a sí mismo con Salomón: He aquí más que Salomón en este lugar.

Apenas en el capítulo anterior el Señor estaba diciendo: “Soy manso y humilde de corazón”, 11.29, y ahora tres veces en el capítulo 12 alude a su grandeza. La maravilla es que en la boca suya no hay incongruencia entre estas afirmaciones tan deseme­jantes. ¡Así es el que habla de su grandeza sin despreciar su humildad, y de su humildad sin restar de su grandeza!

 

Nuestro Señor Jesucristo era:

mayor que el templo, 12:6
mayor que Jonás, 12.41
mayor que Salomón, 12.42

Mayor que el templo por cuanto Él era el santuario de la Deidad en un sentido más profundo que jamás podría ser un edificio tan­gible. Era el verdadero lugar de reunión entre Dios y hombre, el lugar del sacrificio, la morada de la gloria velada. Definitiva­mente, “Uno mayor que el templo está aquí”.

También, más que Jonás. Este, Jesús, era el profeta de miseri­cordia por excelencia; era el Místico que en sentido pleno moró tres días y tres noches en el corazón de la tierra; el que no pudo ser guardado por los poderes de las tinieblas y entró triunfante en paz y victoria; el portador del mensaje de Dios a los gentiles. He aquí: “Más que Jonás en este lugar”.

Pero más que Salomón también. Él sobrepasa a Salomón en sabiduría porque es la sabiduría encarnada; Él es el Rey en gloria prosperado, Príncipe de paz, Hacedor del templo que es su pueblo redimido. Veamos, ya que Uno mayor que Salomón está en este lugar.

I — Mayor que Salomón en sabiduría

Salomón, se nos informa, compuso tres mil proverbios. Ahora, un proverbio es sabiduría oculta; es una verdad expresada en pala­bras pocas pero apropiadas. Es una “manzana de oro con figuras de plata”. La gente extranjera acudía desde los remotos rincones del mundo para escuchar a este hombre pronunciar sus proverbios: “Toda la tierra procuraba ver la cara de Salomón, para oir la sabi­duría que Dios había puesto en su corazón”, 1 Reyes 10.24.

En nuestra torpeza recibimos el crecimiento por cuotas, y muchos no lo consiguen nunca, pero Salomón contaba con una asignación especial y divina. En los días puros de su juventud le fue dada por la gracia de Dios una medida plena de sabiduría. “Pida lo que quieres que yo te dé”, la voz de Dios le dijo una noche cuando se quedó despierto en Gabaón. Y, por cuanto con­taba ya con el temor que es en sí el principio de la sabiduría, Salomón no pidió para sí ni días, ni riquezas, ni victoria sobre sus opositores. Pidió la sabiduría.

¿Qué es la sabiduría? Es aquel poder de mente y corazón que penetra en el alma de un asunto, que traspasa la cáscara para llegar a la materia, que escala el mar y alcanza la fortaleza, y que no se ocupa de la mera apariencia externa de un tema sino de su realidad interior. Es la percepción moral.

Pero es más. La sabiduría es la capacidad de actuar sobre la evaluación acertada de la mente. Es la capacidad de discernir la verdad y aplicarla a la situación por delante. Es en esta habilidad — la de coordinar juicio, decisión, discernimiento y dirección, comprensión y aplicación— es allí donde se halla la sabiduría.

“La sabiduría es mejor que las piedras preciosas”, Job 28.18, así que, no obstante toda la riqueza fabulosa que Salomón poseía, su tesoro mayor fue este don de Dios. Sin embargo, está a la vista para que todos lo vean, que ningún don, por espléndido que sea, ningún dote, por abundante que sea, es de por sí un resguardo contra el naufragio moral ni es una garantía de la excelencia espi­ritual. Tres mil proverbios en los cuales las excelencias de la sabiduría son descritas con lujo de detalle y la fealdad de la necedad es pro­yectada con igual destreza y fuerza— ¡y el hombre sabio que los compuso llegó al final a ser un necio!

Nada que es simplemente nuestro pero no lo es, nada dada a, o impuesto sobre, nosotros, ningún talento por excepcional que sea, ninguna cualidad mental por brillante que luzca: ninguna de estos es protección adecuada contra la presión moral en el mundo donde vivimos. Ni los dones de Dios mismo nos pueden guardar si no asumimos una actitud mansa de dependencia de él. Esta es la sola seguridad; solamente ésta guarda al hombre o la mujer dentro del lugar ordenado para su bendición, el lugar de la con­fianza en el Dios vivo. Es únicamente en la medida en que uno se quede refugiado allí, hora tras hora, que empiezan a ser suyos pro­pios los dones que uno ha recibido. Morando el cristiano en Dios, los dones de Dios se entretejan en la sustancia de su alma y llegan a ser parte de su persona.

Bien. Nuestro Señor Jesucristo no sólo decía las cosas sabias sino era la sabiduría encarnada, la misma sabiduría de Dios. Lo que Él decía, hacía. Él no sólo predicaba, sino practicaba sus lecciones antes de enseñarlas. Entre sus hechos y sus dichos, nadie encontraba discrepancia. Entre Cristo y Salomón no hay compara­ción en cuanto a la sabiduría; lo que hay es un gran contraste.

Salomón enseñaba la verdad pero no la vivía. Cristo hablaba la verdad, hacía la verdad y es la verdad. En él hay una entera corres­pondencia moral a Dios, el Dios de verdad. Salomón poseía sabiduría pero se rebajó a la necedad; el mayor que Salomón dio un solo mensaje, tanto por obras como por dichos.

II — Mayor que Salomón como rey

El reinado de Salomón era de gloria y paz. En este sentido él es una figura de aquella Persona gloriosa cuyo nombre es desde la antigüedad el Príncipe de Paz, y la época de Salomón, con su opulencia y magnificencia terrenal, es una sombra anticipada del esplendor y prosperidad del reino milenario del Mesías que está todavía por venir.

El oro en abundancia, plata tan común como piedras en la calle, la subyugación de los enemigos en derredor, el homenaje de los reyes de la tierra y la seguridad para todos sus súbditos: éstas son algunas de las maneras en que el reino de Salomón proyectó proféticamente aquel Reino mayor cuya venida y dominio los discípulos del Señor fueron instruidos a pedir en oración.

Pero en otras maneras ese reino fracasó como ilustración del reino de Cristo. La misma magnificencia de su palacio, el carácter de su corte, la exageración en hospitalidad y el derroche en la administración pública constituyeron una carga muy pesada para los ciudadanos. Hablando Rehoboam del gravamen severo sobre el pueblo, necesario para sostener ese vasto despliegue, ese hijo y sucesor de Salomón dijo: “Mi padre os castigó con azotes …” En aquel magnífico salmo sobre la gloria mesiánica que se dice ser obra de Salomón, el número 72, se presenta al Rey ideal como el recurso para el pueblo común: “Él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra”. Las masas no serán para aquel Rey lo que han sido durante demasiado tiempo en los ojos de potentados ambiciosos en su afán por dominio mundial; lejos de ser carne de cañón, su sangre será preciosa ante los ojos de ese Rey, 72.14.

¡Pero cuán corto de días fue el reinado de Salomón! Aun antes que la vida de ése cumpliera sus años asignados, su reino había empezado a menguar. La unidad se acabó en manos de su hijo necio, y las porciones divididas se debilitaron progresivamente hasta que no hubiera reino, trono ni gobierno. Pocos años tenía Salomón en el sepulcro cuando el mando pasó a manos extranjeras.

De aquel que es mayor que Salomón, está escrito en Isaías 9.7: “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrá límite;” y de nuevo en Daniel 2.44: “El Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo”.

Fundado su imperio en justicia, abundante en extremo, lleno de paz, gobernado en equidad, continuo en fuerza, bendición a todo pueblo, en aquel día habrá un Señor y su nombre uno, por cuanto el Señor será Rey sobre toda la tierra. Que la triste tierra salude pronto su jubileo, y que las naciones felices proclamen sin titubeo y sin temor: “Mayor que Salomón está en este lugar”.

III — Mayor que Salomón como edificador

Salomón fue el constructor del templo. David, el guerrero-rey, reunió por conquista los materiales, pero el construir no le fue permitido de Dios. La construcción no pudo comenzar hasta que la paz prevaleciera en todo lugar, fruto de la lucha, y sólo a un hombre de paz podría ser encomendada la obra de levantar la Casa de Dios.

David fue informado del plano pero Salomón fue autorizado a ejecutarlo. La procuración fue encomendada a David y a Salomón la incorporación de los materiales en la Casa. David, podemos afirmar, encontró el precio; Salomón reunió la sustancia conforme al hermoso diseño decretado por Dios. No habría templo sin haber victoria antes; tampoco habría templo sin labores pacientes y sabias.

Nuestro Señor Jesucristo reúne las partes típicas de David y de Salomón. Es el Jehová fuerte y valiente, el Jehová poderoso en batalla, al decir del Salmo 24, y ante él alzan la cabeza las puertas eternas de los más altos cielos cuando regresa triunfante de su conquista en el Calvario. Sentado sobre el trono del Padre, Rey de justicia y Rey de paz, Él envió a su Espíritu Santo, cual Viceregente en la tierra, y por medio de él está construyendo su verdadero Templo: la Iglesia. Desde Pentecostés en adelante la obra está en progreso; regio el edificio, sabio el plan, costosísimos los materiales.

Salomón obró con piedra buena, oro, plata y cedro labrado. Cristo obra con almas sin precio, en el material imperecedero de personalidades humanas. Salomón preparó su obra comenzando afuera y luego incorporándola a la estructura interna; véase proverbios 24.27. Las piedras fueron sacadas y labradas por obreros que hacían cada cual lo suyo en lugares lejanos de Moríah.

Así, a lo largo de muchas generaciones los obreros de Cristo se han afanado en los dispersos rincones del mundo, buscando en las canteras de la humanidad las almas de sus semejantes. Estas “piedras vivas”, preparadas de antemano por las operaciones soberanas del Santo Espíritu de Dios, han sido puestas cada una en su lugar correspondiente en el Templo divino. En los días de Salomón las piedras ya acabadas fueron traídas desde lejos y ubicadas silenciosamente en sus posiciones respectivas. “Ni martillo ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro”, 1 Reyes 6.7. Así también las piedras vivas de la casa espiritual, sin demostración ni clamor público, pero con el poder silencioso que caracteriza la obra de Dios, se están colocando de tal suerte que “todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor”, Efesios 2.21.

Se han caído los pináculos resplandecientes de Salomón y han sido derrumbados sus muros masivos. Llegó el día triste cuando su “casa magnífica por excelencia” se sumó a las conquistas babilónicas, y el lamento de Isaías 64.11 fue: “La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria, en la cual te alabaron nuestros padres, fue consumida al fuego …” Desde hace siglos, ni una piedra se ha quedado sobre otra, pero el templo de Cristo no se caerá jamás ni prevalecerán contra él las puertas del Hades. Salomón construyó para el tiempo, Cristo para la eternidad. Salomón para la tierra, Cristo para los cielos.

¡He aquí Uno mayor que Salomón en este lugar!

IV — Mayor que Salomón en fama

Fue el informe de la fama de Salomón que trajo la Reina del Sur desde su imperio lejano,
ya que aquella fama corrió a las naciones como el fuego en paja. Los puntos sobresalientes de ese renombre eran su sabiduría, riqueza y poder. Para oir la expresión de su sabiduría y contemplar la hermosura de su riqueza, aquella dama fue impulsada a viajar a Jerusalén, y no dudamos de que haya sido sólo una entre muchas.

El eco de aquella fama aún suena tenuemente en los oídos, y sigue siendo proverbio entre los hombres. Pero su grandeza ha menguado y su lustro ha desaparecido. La fama de Salomón es cosa del pasado; es un susurro sobre cosas de la antigüedad; es un mojón casi destruido por los siglos.

La fama de Jesús aumenta y se extiende. Los años la dan auge. Millones son las lenguas que la alaban a diario. No hay hora del día o la noche terrenal en que Él no sea exaltado. No ha llegado todavía el tiempo de su aceptación universal, pero aun así hay millones que le sirven a él de tal manera que nunca servirían a otro; le aman a él como no aman a ningún otro; se afanan por hacerle conocido a sus semejantes que viven en sombra de muerte.

Ningún guerrero conquistador cuenta con una victoria para ser comparada con el triunfo del Calvario. A ningún sabio se adscriben palabras tan ensalzadas y tan atesoradas como las suyas. Ningún rey cuenta con la lealtad de tan vasta hueste de súbditos, y éstos por amor. De cierto, de cierto las palabras de aquella reina se revisten de muchísimo más razón cuando dichas en cuanto a Jesucristo que jamás tenían respecto a Salomón: “Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; pero … ni aun se me dijo la mitad”, 1 Reyes 10.6.

De gloria en gloria, de poder en poder, de fuerza en fuerza: adelante, arriba, mayor y más profunda la fama de Este. Viene día cuando se celebrará el Nombre suyo por y en el universo entero. Para la gloria del Padre, toda rodilla se doblará y toda lengua le confesará el solo y supremo Señor, mayor Él que el mayor de los hombres que jamás ha vivido.

VI — La lengua obediente

De los cuatro trozos que vamos a considerar en la profecía de Isaías, dos comienzan con las palabras, “he aquí mi Siervo”. La voz de Dios llama la atención del hombre a la persona de Cristo, queriendo quitar nuestros pensamientos de todo otro tema. Nos dice, en efecto: “Observen el siervo ideal. Consideren a uno que ha actuado a la perfección. Contémplenle, el ejemplo del servicio intachable. Y, limpiados por su sangre expiatoria, revivificados con vida nueva, hechos hijos míos, vayan a su vez a servirme a mí según el mismo patrón”.

Los otros dos trozos que veremos —el segundo y el tercero— están escritos en la primera persona. Es nuestro Señor Jesucristo quien habla de sí mismo. Él dirige la atención a ciertas verdades acerca de su persona, comenzando con, “Oíd, costas, y escuchad, pueblos lejanos”, y, “El Señor me dio lengua de sabios”.

Cada uno de estos textos nos dice algo de la manera de hablar de nuestro Señor. Nuestra habla como cristianos es una parte tan importante de nuestra vida, y de ella depende en tan gran medida la influencia que tenemos, que debe ser de ayuda un examen de la conversación de Aquel que hablaba como jamás hombre alguno.

He aquí mi siervo …
No gritará, ni alzará su voz,
ni la hará oir en la calle. Isaías 42.2.

El capítulo 12 de Mateo explica el cumplimiento de esta profecía. Mateo reconoció a su Señor al haberle observado un día en su labor para Dios. A su Maestro le había visto realizar muchos milagros maravillosos y le había escuchado encargar rigurosamente a la gente que no le descubriesen. Inmediatamente pensó en este versículo en Isaías y vio en las actividades de su Señor aquel día un cumplimiento de aquella profecía antigua; a saber, cuando el perfecto Siervo de Jehová andaría entre hombres y su lenguaje se caracterizaría por gracia, ternura, ausencia de promoción propia, y por el hecho que su manera de hablar llamaría la atención más bien a su gran misión en el mundo.

Él no iba a gritar, contender o reñir. No alzaría su voz ni habría nada estridente en su proceder. Más bien, este Siervo manifestaría una ternura y decoro que proclamarían de una vez su afán de hacer la voluntad de Otro y no la suya propia.

Ahora, ¿no es esto algo que nosotros mismos haríamos bien en imitar? Cuán grande la necesidad, hermanos, de delicadeza entre el pueblo de Dios. Una de las primerísimas calificaciones del pastor modelo es que sea tierno entre los jóvenes en la fe, como una nodriza cuida a los suyos. Me acuerdo de cuando estuve hospitalizado unos pocos años atrás, y como una de las enfermeras me llenaba de temor cada vez que se acercaba a la cama. Hubiera sido excelente peón en la construcción de carreteras, si no fuera por un accidente de sexo, pero nunca supo cuidar a ningún enfermo que yo vi.

Qué necesidad hay, al tratar el uno con el otro, de acordarnos de la gracia de la docilidad. El fruto del Espíritu es mansedumbre. “No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare”, dice el 42.3. Con incomparable ternura Él atendería a las cosas que son propensas a caer o perder su luz. Así fue que nuestro Señor, el perfecto Siervo de Jehová, andaba entre los hombres. Por lo tanto, cuando se presentó en su propia ciudad, en el último lugar donde los hombres estaban dispuestos a tomarle en serio, ellos se maravillaban ante las palabras fascinantes que cayeron de sus labios.

Muerte y vida están en el poder de la lengua. Es tan fácil, valiéndose de una palabra severa y carente de consideración, dañar una vida de tal manera que varios años no repararán. Hubo un árbol con tronco torcido en cierto jardín, y el muchacho dijo: “Papá, seguramente alguien lo pisó cuando era sólo un tallo”.

¡Oh! que tuviésemos la lengua que es enseñado de Dios, como fue la de nuestro Señor: una lengua que no era chillona ni áspera. No la lengua que riñe ni disputa, sino de uno manso y humilde de corazón.

Jehová puso mi boca como espada aguda,
me cubrió con la sombra de su mano;
y me puso por saeta bruñida,
me guardó en su aljaba. Isaías 49.2

Encontramos en esta declaración una característica marcadamente diferente en el modo de hablar de nuestro Señor. Se emplea las figuras de la saeta bruñida y la aljaba que la esconde, expresiones de completa sumisión a la voluntad del Padre. No nos viene a la mente mejor ilustración de una cosa tan pasiva como es la saeta guardada en la aljaba hasta el momento preciso en que el que la porta pone su mano sobre aquella flecha y la saca para enviarla en vuelo veloz al destino que quiere.

Esta fue precisamente la actitud de nuestro Señor. Por cuanto sus palabras le fueron dadas desde arriba, fueron revestidas de poder. “Puso mi boca como espada aguda:” o sea, mis palabras son impactantes, penetrantes y cortantes. La Palabra del Señor es viva y eficaz,
y más cortante que toda espada de dos filos. Las palabras de Cristo se caracterizaban por aquella calidad divina que llega a la conciencia del hombre y arrastra a la luz de la presencia de Dios los pecados secretos de uno. Y, resonando a lo largo de las edades, desde el momento en que cayeron de sus labios hasta la hora presente, no hay palabras que pueden igualar el poder de las que pronunció nuestro Señor Jesucristo.

Hubo un jovenzuelo llamado Samuel que vivió en la antigüedad, de quien se hace afirmación por demás llamativa: “Jehová estaba con él, y él no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras”. Por estar el Señor con él, los dichos de ese joven tenían poder; “todo Israel … conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová”. Sus palabras no eran como agua derramada en el suelo sino como saeta bruñida en vuelo seguro.

¡Hermanos! en tiempo como éste, cuando por poco nos inunde un diluvio de palabras, cuánto debemos anhelar la palabra que es eficaz por ser dicha de conformidad con la voluntad de Dios. Que nos encontremos, pues, tan enteramente sumisos en su mano como fue nuestro bendito Ejemplo, de manera que los dichos de nuestra boca efectúen realidades para la gloria de Dios.

Jehová el Señor me dio lengua de sabios,
para saber hablar palabras al cansado;
despertará mañana tras mañana, despertará mi oído
para que oiga como los sabios. Isaías 50.11

Esta tercera escritura nos introduce un poco más adentro en los secretos íntimos de la vida del Señor. No hay escrituras tan encantadoras en interés como aquellas en que nuestro Señor habla de sí; ningún tema capta el corazón y la mente del cristiano como aquellas que le permiten contemplar por unos momentos las fuentes que surtían su vida.

Así es la que hemos leído ahora: “El Señor me dio lengua de sabios —lengua de uno que ha aprendido— para hablar palabras al cansado”, ayudando así al que esté harto de palabras. Es la definición de la lengua instruida. Es una que ha sido entrenado de Dios para socorrer al que ha oído palabras en exceso. Nuestro Señor tenía esa cualidad como ningún otro la ha conocido. La gracia se derramó en sus labios.

¿Cómo fue esto? La misma escritura me dice que la escuela que otorga la lengua de sabios es la del oído despierto. “El Señor … despertará mi oído”, y el oído receptivo precede siempre a la lengua instruida. Ninguna lengua podrá socorrer al cansado si su dueño no ha abierto su oído a la voz de Dios.

Mañana tras mañana Él se dispuso a escuchar, y cada día trajo su dirección y lección. Cada hora trajo consigo se enseñanza hasta que, transcurridos diez mil de éstas, contando con unos treinta años aquí, Él abrió su boca. Supo dónde abrir la Palabra de Dios por cuanto se encontraba en estos mismos pasajes de Isaías; leyendo de un capítulo que queda un poco más adelante, pudo decir: “Hoy se ha cumplido estas Escrituras delante de vosotros”. [“en vuestros oídos”, Versión de Pratt]

¿Cómo es, apreciados amigos, que nuestras lenguas son tan torpes para auxiliar al que está hastiado de palabras? ¿Será porque poco abrimos nuestro oído a la voz de Dios? ¿O que somos alumnos inquietos y distraídos en la escuela suya?

Si no escuchamos, no vamos a aprender. Sin aprender, nunca tendremos lengua de sabios. Por ser nuestro Señor Jesucristo el de la obediencia perfecta; por ser que toda avenida a su corazón y mente, a su alma y voluntad, estaba entregada enteramente a Dios; por esto, su lengua era fuente de vida.

Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero,
y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Isaías 53.7

Este último pasaje sobre la lengua obediente es la tercera de cinco estrofas. Dios habla en la primera, la cual consiste en los versículos 13 al 15 del capítulo 52. Un pueblo salvado habla en la segunda estrofa, que compone los primeros seis versículos del capítulo 53. Dios habla de nuevo, ahora en el versículo 7, y dice esto de su Siervo perfecto: Él estuvo angustiado y afligido, pero no abrió su boca.

Querido pueblo de Dios, esta es la última lección que una lengua aprende: la de quedarse callada ante el abuso.

A mi modo de entender, la virtud expuesta aquí sube aun más que las otras que hemos considerado. El Señor mismo, en medio de la mayor y más descarada injusticia que las edades jamás han contemplado, siendo Él la víctima, guardó silencio.

Cuatro veces en el Nuevo Testamento se emplea cierto vocablo, traducido generalmente como “respuesta”, para indicar que Jesús no se defendió ante Pilato. Él guardó silencio. Su lengua había sido enseñada de Dios de tal manera que, en aquella hora de sufrimiento supremo, la tenía bajo control absoluto. Santiago dice que le varón perfecto es aquel que es capaz de refrenar su lengua, y nuestro Señor cumple; la descripción le corresponde.

A lo largo del Antiguo Testamento encontramos que cuando los hombres sufren, ellos vuelven locuaces; al sufrir abuso, a veces se ponen clamorosos. Se observa que los hombres, al sufrir, se expresan con una de dos voces: o como conscientes de culpa propia, o como dudosos y perplejos.

En el Salmo 51 encontramos un hombre que está sufriendo pero consciente todo el tiempo de su culpabilidad. David sabe por qué está sufriendo, y rompe el silencio para derramar profusas expresiones de arrepentimiento. Pero cuando Job habla, sufriendo bajo la mano de Dios, y Jeremías también, ¿qué es el trasfondo de su llanto? Es perplejidad en cuanto al propósito que tiene Dios y el sentido detrás de las circunstancias. Ellos no pueden interpretar el proceder divino; casi dudan de Dios.

Pero nuestro Señor no tenía culpa que confesar, ni duda alguna de Dios. Angustiado Él, y afligido, no abrió su boca. Llevado al matadero como un cordero, enmudeció. Aquí hay uno que sabe que es la voluntad de Dios que sufra, y su alma está perfectamente en acorde con esa voluntad. Es el silencio de la obediencia al propósito de Dios.

Al someter nuestra lengua a esta prueba, tenemos que agacharnos la cabeza. Considerando estas cuatro descripciones de la manera de hablar de nuestro Señor, mirando mientras su obediencia asciende de altura en altura, viéndola alcanzar su cúspide en un hermoso y manso silencio a la sombra del Calvario, nos quedamos reprendidos por el mucho hablar con qué llenamos el aire.

En las muchas palabras no falta pecado, y toda palabra ociosa que hablan los hombres, de ella darán cuenta en el día de juicio; Proverbios 10.19, Mateo 12.36. Si nuestro deseo es servir al Señor Cristo a la manera que hizo el Maestro, entonces nuestra lengua tendrá que ser enseñada de Dios. Tendrá que ser lengua de sabios, producto de haber prestado nuestro oído a la voz de Dios. Sólo así traerá gracia a quienes nos escuchan y sólo así podremos hablar palabras al cansado. Tan sólo con la lengua obediente podremos encomendar a Jehová nuestro camino en vez de resistir y defendernos.

Es un gran privilegio el poder de la lengua en un cristiano. Es a la vez una tremenda responsabilidad, y nos incumbe seguir el patrón que nos está puesto en escrituras como las que hemos leído. Qué bendición es mirar atrás sin tener que lamentar haber herido a uno con palabras que quisiéramos retraer.

Prosigamos, hermanos, siguiendo a Uno de quien está escrito: “Cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”.

VII — Tiempos y sazones en la vida de nuestro Señor

Cosas que son pequeñas en sí pueden señalar grandes asuntos. En los días de David el susurro del viento en las copas de las balsameras fue el presagio de una victoria por realizarse. En la experiencia de Élías una pequeña nube del tamaño de la mano humana guardó la promesa de abundancia de lluvia al cabo de años de sequía.

Un charco de agua al lado del camino puede reflejar la gloria del sol. Una circunstancia insignificante puede ser indicio del carácter de un momento de destino. Él que cuenta con facultad de vidente puede detector tras la sombra de algún acontecimiento ordinario la sustancia de inmensas realidades espirituales.

Juan el apóstol contaba con este poder de penetración espiritual. Era vidente. Juan discernía un significado en circunstancias pasajeras que otros no captaban, y captaba la sustancia espiritual de las cosas de una manera que sus condiscípulos no hacían. Su Evangelio contiene numerosos toques que revelan esta percepción aguda, y sólo el lector que pesa cada palabra puede captar el significado detrás de algunas alusiones que el apóstol hace. Nada en las Sagradas Escrituras carece de propósito.

Hay, por ejemplo, algunas frasecitas descriptivas en el Evangelio según Juan que parecen ser simples detalles acerca del estado del tiempo cuando ocurrieron algunos eventos, pero que admiten mucho más sentido al ser escrudiñadas. Más que decir la hora del día, hacen saber el carácter del momento.

Era invierno

En el 10.22 Juan escribe: “Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno”.

Él está por relatarnos la cuarta ocasión en que Jesús se presentó en la ciudad capital en días de una convocación espiritual o “fiesta”. Se endurecía la oposición de parte de los líderes del pueblo y ésta se haría más evidente que en cualquier momento anterior, hasta el extremo de una amenaza de muerte. La respuesta a la presencia del Señor fue más fría, distante y contraria. La perspectiva parecía árida y nada prometedora, sin un solo retoño verde de esperanza.

En fin, lo espiritual se reflejaba en lo físico: era invierno.

Era de noche

Al llegar al 13.30, encontramos que Juan está hablando de cuando el traidor se marchó del aposento alto. El escritor lo hace en palabras gráficas pero sin adorno: “Cuando él, pues, hubo tomado el bocado, luego salió; y era ya de noche”.

Es casi posible ver cómo Juan, observando aquella figura que se alejaba, notó en un instante, cuando Judas abrió la puerta, que ese hombre salió a ser envuelto en una densa oscuridad. Se había ido para no volver nunca. Por fin Judas había dado su espalda a la Luz; le había recibido la noche, las tinieblas de afuera, símbolo de la espantosa oscuridad a la cual consigna su alma aquel que adrede vende al Cristo.

De veras, era de noche.

Hacía frío

En el Capítulo 18 Juan relata los acontecimientos de la noche más trascendental de la historia del universo. Nos esboza la escena detrás del portón del palacio del sumo sacerdote mientras el Señor está sometido a interrogación: “Estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”.

Frente a esos carbones, en la hora temblorosa que sigue a la medianoche, Pedro busca calentarse al mismo fuego que alivia a los enemigos de su Maestro. El lugar donde se encuentra revela más que su deseo de color para el cuerpo. La temperatura de su alma se acercaba a cero en ese momento. Ya profirió mentira a la criada que cuida la puerta, y dentro de pocos minutos habrá enfatizado su negación con el mismo lenguaje grosero que está escuchando en este instante en torno de la fogata de sus compañeros recién conocidos.

¡Oh discípulo! cuán rápidamente es vencido el calor de la jactancia y confianza propia ante la cobardía fría que producen el amor propio y el temor del hombre. ¿Y quién siente más frialdad hacia Cristo que uno cuya alma está presa en estos pecados? De veras para Pedro hacía frío.

Era temprano

Otro toque similar lo hay en el mismo capítulo, en el 18.28: “Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era de mañana”. La palabra usada indica que ya había cantado el gallo pero no se había levantado el sol. (Véase la lista en Marcos 13.35). O sea, estaba entre las 3:00 y las 6:00.

¡Qué de noche había sido aquélla! ¡Noche de actividad incesante de parte de los enemigos! Hasta avanzadas horas de aquella noche Jesús mantenía conversación tierna con los suyos, y luego el grupito caminó al huerto de Getsemaní donde Él fue envuelto en agonía y sudor como sangre; donde recibió de la mano del Padre la copa de padecimientos y de los labios del traidor el beso del engaño como preludio a la vergüenza de ser atado. De allí el pelotón armado le condujo en marcha forzada por las calles de la ciudad para presentarse ante el máximo sacerdote; hubo un prejuicio ante Anás, una sentencia de parte de Caifás y luego una ratificación de parte del consejo en conjunto.

Todo este procedimiento fue ilegal, ya que la ley permitía juzgar a un preso sólo de día. Pero el odio de esa gente echaba al suelo cualquier decencia de procedimiento legal; convenía que este Hombre muriera, y no que toda la nación perezca. Así había dicho Caifás, y ahora ellos manifiestan el descarado afán de su apetito por una matanza. ¡No queremos a éste! Que sea llevado a Pilato; que el asunto sea resuelto antes de que terminemos nuestro ayuno; nada de perder tiempo en espera del amanecer.

Así fue que la Bondad Perfecta evocó de las turgentes profundidades del corazón del hombre tan sólo un odio vil cuya energía estimulada por el infierno, no toleró demora alguna. Por lo tanto, Pilato dio comienzo a sus labores temprano aquel día, y cuando le lanzaron a Jesús en su presencia, la luz no había amanecido. Era de mañana; mejor traducido, era temprano.

¿Tenemos, tengo, hermanos míos, un Pilato y un Judas? ¿El corazón abriga un amor propio y un egoísmo vil? Que sea partido el corazón endurecido: ¡Jesús mi Señor ha sido crucificado!

Siendo aún oscuro

Ya pasó el Calvario. El sábado más oscuro que el mundo jamás haya conocido había visto pasar sus pesadas horas de vergüenza. En el huerto del sepulcro al lado del Calvario, yacen en la tumba nueva de José los restos mortales del Crucificado. Muere ahora la fe de sus discípulos, sus corazones abrumados. Su amado Maestro les había sido quitado y ellos estaban pasmados, quebrantados, derrotados y abatidos.

Esos discípulos tendrían que enfrentar pronto la realidad, volviendo lenta pero inexorablemente a sus hogares y el quehacer diario, llevando sobre sí el estigma de una causa perdida y llevando por dentro los recuerdos tan impactantes de Uno cuyos hechos y palabras habían infundido gran esperanza, pero quien, lamentablemente, les había engañado.

Fue en este estado de ánimo que la Magdalena se levantó de una camilla que no le había concedido sueño mientras aquel lúgubre sábado dejaba pasar sus horas de oscuridad. Ella buscó rumbo al huerto donde una tumba guardaba a su Señor, y Juan describe su diligencia así: “El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro”, 20.1.

Sí, aún oscuro, porque todavía no habían entendido la Escritura, que era necesario que Él resucitase de los muertos. Pues, poco sorprende que una tenebrosidad tan pesada como la penumbra de una noche egipcia había envuelto los espíritus de aquel grupo de afligidos, porque un Señor vivo es la fuente de toda nuestra confianza y alegría. Una tumba vacía es la fuente de todo gozo cristiano.

Juan, entonces, registra el acontecer de ese triunfante primer día de la semana, el día que les devolvió su Señor y Maestro a esos discípulos, vuelto Él del sepulcro para ser de ellos para siempre jamás. Aun con el triunfo en mente, él echa una mirada atrás a la lobreguez que lo precedió, y ésta pone en relieve más destacada el resplandor que esa mañana estaba por traerles después de la noche triste, noche de dolor.

Ya iba amaneciendo

Con corazones carentes de ánimo los siete condujeron sus barcos a la playa después de aquella noche en el Tiberias, justamente cuando se apuntaban los rayos del sol en una de esas cuarenta mañanas que siguieron a la resurrección. Largas fueron las horas de aquella noche de faena infructuosa. Una y otra echada había dejado sus redes siempre vacías, y por fin la noche huyó sin dejar atrás ni un solo pez en su embarcación.

Pocas experiencias son tan deprimentes como las de trabajo sin recompensa, pocas estocadas más agudas que la de darse cuenta del fracaso de un esfuerzo bien intencionado. Podemos estar seguros que los siete estaban deprimidos mientras se dirigían a tierra aquella madrugada.

Les esperaba una sorpresa grata. “Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa”, 21.4. La noche les había proporcionado tan sólo pérdida; la mañana les favoreció con Jesús. Le trajo a él al socorro de aquellos hombres en todo el poder de su resurrección. Su dirección, su conocimiento, su poder y su provisión de amor les hicieron regocijarse. En la hermosa calma del amanecer ellos se sentaron en su presencia, satisfechos y confiados en él, y se alimentaron de la bondad que las manos de su Señor les había preparado.

Vivimos en la misma expectativa feliz de “la mañana”. Es para nosotros saber (ahora por fe y pronto por vista) que el Cristo victorioso nos guarda vigilia, guiando y proveyendo. La dirección suya hace fructífero el servicio nuestro; el cuidado suyo suple la necesidad nuestra; la presencia suya llena de paz al alma nuestra.

Él día amanece. Que sus intereses sean los nuestros, y Él tomará como responsabilidad suya toda necesidad nuestra.

VIII — El Varón del Calvario

La encarnación fue una renuncia, un descenso y una aceptación. Reflexionar sobre la venida del Salvador es para nosotros ir atrás a considerar su estado antiguo de gloria celestial, a su renuncio de todo cuando dijo, “He aquí vengo”, y al estado humilde al cual bajó al venir a Belén.

Qué momento en la historia del cielo habrá sido aquél cuando por vez primera se hizo saber la disposición del Hijo a venir a esta tierra: “este sentir que hubo en Cristo Jesús”. Qué momento, decimos, cuando Él se levantó de aquella altura central de gloria increada que había sido suya desde siempre. ¡Qué de asombro hubo en la orden superior de huestes angélicas! ¡Él se dispuso a deshacerse de la insignia brillante de Soberano para sumir la vestimenta grisácea de esclavo en un mundo como el nuestro!

Con todo, lo hizo; verdad preciosa. Él no descartó como imposible el renunciar su lugar de gloria en igualdad con el Padre. Su mente que le hizo no mirar por lo suyo propio sino por lo de otros, al decir de Filipenses 2, le movía a vernos en nuestra ruina. ¡Hondo misterio! El Inmortal se hizo hombre y sucumbió al socorro de su criatura indigna.

Dios procedió su llegada aquí con la operativa misteriosa de prepararle cuerpo, Hebreos 10.5. El Espíritu Santo, obrando en el vaso honrado de la persona de María, realizó este milagro divino, de tal manera que el Santo Ser que nació sería llamado Hijo de Dios. Y, en un día atestado del venir e ir de hombres y mujeres en sus quehaceres, en la humilde posada en Belén de Judá, bajo el techo que abrigaba las bestias de carga, para ser acostado en el pesebre crudo donde esos animales solían recibir su forraje, ¡Él vino!

¿Quién de nosotros se atreve a medir la distancia entre la gloria antigua y este estado de humillación? Él viajó todo ese camino para que fuese nuestro Salvador. Sus delicias desde las edades eternas —las cuales habían sido son los hijos de los hombres, Proverbios 8.31— le bajaron del esplendor celestial a los pañales en el pesebre. Pero este paso no completó su empresa, sino la comenzó. No bastó; Él tenía que proseguir.

Belén convenía para que el Calvario fuese. Él nació para morir.

Los grandes de la tierra han temido a la muerte, por cuanto ella interrumpe sus logros. Él esperaba la muerte como un paso esencial a sus logros. “Si muere, mucho fruto lleva”, Juan 12.24. Los héroes de este mundo, todos aquellos que han hecho historia, han guardado la muerte a raya todo el tiempo posible, pero Jesús se apresuró hacia la hora señalada. La muerte de aquéllos escribió finis a su obra, aun cuando en cada caso la obra estaba inconclusa, pero la muerte de éste fue su gran realización.

Los suyos hablaban de su partida como algo que Jesús iba a cumplir en Jerusalén, y por esto su alma se apresuraba hacia el Calvario. “De un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” Lucas 9.31, 12.50. Nacer no era suficiente; los milagros no bastaban; el ministerio tampoco. Sólo con dar su vida en rescate por muchos se cumplía la meta, y por lo tanto, en su última marcha hacia la ciudad, Él “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” Lucas 9.51.

Una vez llegada la hora para la cual vino a este mundo, se dirigió al huerto de Getsemaní. Allí, su alma muy triste, “aun hasta la muerte”, se arrodilló bajo el reflejo que la luna creó entre olivares benignos y oró con gran clamor y lágrimas; Hebreos 5.7. Oró hasta que era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Tres veces oró, diciendo las mismas palabras; fortalecido ya para la lucha final, Él se levantó, diciendo: “Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega”, Mateo 2.26.

¡Qué noche aquella! “La noche que fue entregado”. Le trajo la traición de Judas, el oprobio del arresto, la vergüenza de ser atado, la humillación de ser conducido a la casa de Caifás. ¡Y qué mañana aquella! Fue el amanecer del día de la tragedia del Calvario. Fue la ocasión del dolor de escuchar el testimonio falso en contra suya, la ribaldería de soldados encallecidos, las bofetadas suyas, los escupidos en la mejilla, las puntadas al sentirse el pelo arrancado de su barba, la burla ante Herodes, la farsa del juicio ante Pilato, la desnudez, la túnica de púrpura, el “cetro” de caña, la corona de espinos, los latigazos ante la mirada del populacho, la gritería de “Fuera, fuera”, la preferencia dada a Barrabás, la terrible procesión por las calles burlonas, la cruz pesada que llevó a cuestas. Y al fin, cual cordero Él ante sus trasquiladores, la llegada a la Calavera.

¿En alguna otra ocasión se ha perpetrado actos tan malvados a cambio de amor y servicio tan abnegado? Con todo, éstos sirvieron para desplegar la hermosura santa del carácter suyo. Él llevó todo sin murmuración, en silencio, sin protesta, dando testimonio a la verdad. Nuestros corazones asombrados se derriten mientras le contemplamos entre sus adversarios aquel día.

Pero toda la ignominia de la cruz no constituyó la cruz en sí. Llevar el bochorno no basta; Él tendría que llevar nuestros pecados.

Levantaron el madero en el lugar llamada la Calavera. Le clavaron allí, le ridiculizaron en su agonía, le escarnecieron en su angustia. Pasaron por el otro lado meneando la cabeza, insultándole con palabras envenenadas. Cuando le maldecían, Él no respondía con maldición, sino levantaba la voz, diciendo, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, Lucas 23.34.

En aquella hora de dolor intenso, Él se acordó de lo que le había traído a este mundo. No aceptó estupefaciente. Fue flagelado por sed. Se encontró entre los “perros” y los “toros” del Salmo 22. Aun los ladrones, uno a cada lado, se burlaron de él. Pero, con porte de rey, ¡Él recibió a uno de estos mismos y le prometió reposo en el paraíso ese mismo día!

¡Grande la humildad! ¿Qué corazón no se conmueve al meditar sobre el Varón del Calvario? Con todo, este ejemplo de perfecto sumisión, paciencia y devoción fue de por sí insuficiente como para consumar la obra. Él debe proseguir.

Era hombre de veras; anhelaba la comunión con otros. La primera razón dada por su selección de los doce fue para que estuviesen con él, Marcos 3.14. En sus momentos más sublimes Él deseaba la presencia de aquellos que más le entenderían y más le amarían. El momento de gloria en el monte santo encontró a los tres —Pedro, Jacobo y Juan— con él. El momento de profunda lobreguez y perturbación en el Getsemaní le encontró con este mismo afán de comunión. “Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo”, Mateo 26.38. La contradicción de pecadores contra sí no le dolió más que la falta de comprensión de parte de sus discípulos. “Esperé quién se compadeciese de mí, y no lo hubo”, Salmo 69.20.

Bien sabe Dios cuánta fuerza se añade a sus siervos al contar ellos con un ayudante humano que sea firme y leal en la fuerte presión. Le dio a Moisés un Josué, a Gedeón un Pura, a David un Jonatán, a Jeremías un Baruc, a Pedro un Marcos, a Pablo un Lucas. Pero en la hora mayor de toda la historia, el Varón del Calvario se encontró solo. “Todos los discípulos, dejándole, huyeron”, Mateo 26.56.

“Es sumamente solitario en el pináculo”, dijo un gran Primer Ministro del Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial. “No hay sobre quien apoyarse; más bien, cada cual quiere apoyarse en uno”. Comoquiera que sea la veracidad de esta afirmación en la esfera de gobierno humano, es enteramente aplicable a Aquel cuya misión le llevó al lugar de la soledad suprema. Él no contaba con ningún apoyo humano; todo dependía de él solamente.

Hubo tres horas asombrosas cuando los labios del Crucificado guardaron el más absoluto silencio. Horas tan tenebrosas como la noche densa, tanto por fuera como por dentro. A lo largo de este lapso unas tinieblas inoportunas envolvieron esta creación en sus dobleces negras. Fueron horas cuando el sufrido se encontró postrado bajo la mano de Dios, bajo el látigo del azote divino.

Fue en las horas aquellas que Jehová juntó los pecados de su pueblo en una misma carga espantosa y abominable, y la colocó sobre el Varón del Calvario. Fueron horas cuando el alma de nuestro Sustituto se requemó bajo el castigo que Dios le administró por ser la ofrenda por el pecado. Dios hizo que Cristo, quien no conoció pecado, fuese hecho pecado por nosotros. Aceptando todo este padecimiento, Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, 1 Pedro 2.24.

El ingrediente más amargo en toda aquella copa de aflicción, el tormento más agudo entre todas aquellas heridas, fue ésta: ¡Él no pudo encontrar a Dios! El Dios en quien siempre se apoyaba, a quien Él siempre complacía, cuyo rostro siempre le sonría en gesto de amor, cuya presencia era siempre el regocijo de su corazón: ¡Él se había alejado!

No hubo mano alguna que se extendiera en ayuda suya. Se encontró solo, sin Dios. Le rodearon ligaduras de muerte y Él se encontró en las angustias de las profundidades; las aguas entraron hasta el alma; se hundió en cieno profundo. No pudo hacer pie. La corriente le anegó.

Los rayos grises empezaron a filtrar en medio de las tinieblas. El Hijo de Dios clamó con una muy grande y muy amarga exclamación. Su clamor palideció los rostros de los que temblaban al pie del madero. Los cielos quedaron perplejos y el infierno atónito. Escuchémosle: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Mateo 27.46

Posterior a esto, sólo el anuncio potente de un Conquistador consciente: “Consumado es”.
Y, la confirmación que Él había aceptado todo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Dicho aquello, el Varón del Calvario reposó la cabeza sobre el pecho del Padre y murió.

Nada menos hubiera sido suficiente. Nada más quedó por hacerse.

Ya pasó la noche triste, noche de dolor. Cristo ha muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, y fue sepultado. El amanecer del tercer día le encuentra resucitado de los muertos por cuanto Dios ha aceptado el sacrificio único que sólo Este ha podido ofrecer. El altar está satisfecho por la sangre que la baña. La víctima del Calvario adorna ya el trono de Dios.

El Varón del Calvario es el Señor de gloria, y esta es la prueba contundente de la suficiencia de la cruz.

IX — Allí, pues, pusieron a Jesús

Un componente esencial de la fundamento histórico del evangelio apostólico se expresa en las palabras, “y que fue sepultado”, 1 Corintios 15.4. La realidad de la sepultura de Jesús yace cual valle profundo entre la de su muerte y su resurrección. Su sepultura demuestra que esa muerte fue real y es a su vez la necesaria condición previa a la resurrección corporal. Él murió de veras, y por tanto fue sepultado. Fue sepultado de veras, y por tanto su resurrección es real, literal y corporal.

El sepulcro en el cual aquellas manos reverentes colocaron el cuerpo de Jesús era un sepulcro nuevo. De que fuese nuevo concuerda de un todo con el carácter de los acontecimientos que tuvieron lugar allí. Aquel cuyo cuerpo yació un tiempito en ese sepulcro nuevo había realizado una obra que es la base de una creación nueva.

Dentro de ese sepulcro nuevo se realizaría un acto de poder divino que demostraría que Cristo era las primicias de una cosecha gloriosa. Una época nueva estaba por amanecer. El que se levantó del sepulcro dirá un día, desde el mismo trono de Dios, “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”, Apocalipsis 21.5.

Era, como dicen los evangelistas, un sepulcro labrado, Mateo 27.60. “Un sepulcro cavado en una peña”, es el lenguaje de Marcos 15.16. Este detalle es otro que lleva la marca divina de estar acorde con aquellos eventos tan significativos. Aquí se consumará una obra de veracidad incuestionable; de su firmeza dependerán los propósitos de Dios mismo, y de la inmovilidad suya dependerán también las almas de los elegidos.

La misma construcción de este sepulcro fue ordenada de Dios: “labrada en la peña”. Este hecho imposibilita cualquier intento a sugerir que el milagro estupendo a suceder en él fuese algo menos que una resurrección realizada por manifestación del poderío del Omnipotente. Todos los reparos de la incredulidad han sido infructuosos como para astillar en la más mínima la peña de la veracidad de la resurrección corporal de Jesucristo.

Proseguimos. Era un sepulcro virgen. “… en el cual no se había puesto a nadie”, Lucas 23.53; “no se había puesto ninguno”, Juan 19.41.

He aquí otro dato esencial en la historia de Cristo. Él nació como ningún otro nació, vivió como ningún otro vivió, habló palabras que ningún otro habló, sufrió como ningún otro sufrió, y murió como ningún otro murió. En toda su carrera Él no tenía otro que le pareciera, y ahora de este sepulcro se resucitará como hombre alguno se ha resucitado. Muy acorde con todo esto fue la orden de Dios que su cuerpo reposara por unos días en un sepulcro donde otro jamás había sido puesto.

Y, era un sepulcro acrecentante. Sabemos por Mateo 27 que José de Arimatea puso el cuerpo en el sepulcro que era suyo propio.

Los José de las Escrituras eran hombres de virtud, y este obsequio oportuno le concedió a este José un puesto de honor en el grupo. Cuando el nombre José aparece por vez primera en las páginas de las Escrituras el Espíritu Santo anota cuidadosamente su sentido. Es “añadir”, según Génesis 30.24.

Hasta el día en que Jesús resucitó de la tumba de José, la muerte había sido para la humanidad un terminal oscuro de pavor. A lo largo del Antiguo Testamento los hombres temían la muerte; “estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”. A Abraham, José, Ezequías, Daniel y algunos otros les fueron dados vislumbrar momentáneamente la vida más allá de la muerte, pero ahora del sepulcro de este José se añade a las certezas futuras de la bienaventuranza. De este sepulcro se sabrá indiscutiblemente que la muerte no escribe finis a la historia humana. El Cristo resucitado acrecienta las palabras sobre nuestro corazón: ¡Resurrección! ¡Vida!

Era un sepulcro hortelano. “Había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo”, Juan 19.41. Era primavera y la tierra misma estaba repitiendo su parábola de la resurrección. Después de la muerte del invierno, las flores aparecen sobre la tierra.

Cuando nos acordamos que nuestro Señor fue sepultado en un huerto, no podemos sino reflexionar sobre el huerto del Edén. En la creación del hombre había un huerto en el escenario de la vida pero por un acto de desobediencia el hombre lo convirtió en lugar de muerte. La transformación viene por un acto de obediencia: la muerte de la cruz.

Cuando se nos presenta el paraíso al final de la Biblia no se alude al árbol de la ciencia del bien y del mal. Al contrario, se nos invita contemplar el árbol de la vida que está en medio del paraíso de Dios. No hay querubín que guarde el acceso, por cuanto se convida a todo cuanto haya lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Del sepulcro en un huerto se abre camino al huerto de Dios.

Este era un sepulcro fragante. “Un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras”, Juan 19.39. Esta abundancia fragante fue un regalo de parte de Nicodemo; nos contentamos al ver semejante evidencia de su fe. Pero por lo demás fue superfluo; aquel cuerpo precioso no requería especias para compensar los olores de la corrupción. “Aquel que Dios levantó, no vio corrupción”, Hechos 13.37.

Nunca antes, nunca después ha habido cuerpo muerto que no haya sido invadido por el proceso de la corrupción. La muerte de Cristo fue un milagro. Él murió, aun cuando la muerte no tenía derecho alguno sobre él ni base para detenerle. “Era imposible que fuese retenido por ella”, Hechos 2.24. ¡Señor triunfante! Su lugar de reposo durante tres días fue tan incorrupto como lo fue todo otro trecho en su senda de gloria en gloria.

Además, era un sepulcro sellado. “Fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia”, Mateo 27.66.

Un sepulcro cavado de la peña, un cuerpo reposando en él, su pórtico cerrado por una gran piedra, sellado con el sello de la mayor potencia terrenal de la época como era el Imperio Romano. Con todo esto, no habría posibilidad de sustitución, intervención o exhumación ilícita. El sepulcro se encontraba tan seguro como la vigilancia humana podría lograr.

Pero la mañana del primer día de la semana la guardia se encontró disperso, el sello roto, la piedra quitada, el sepulcro desocupado ¡y el cuerpo ausente!

De manera que acompañamos a las mujeres y atisbamos un sepulcro vacío. “No está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron”, Marcos 16.6.

Hacía falta por sólo un poco de tiempo el regalo de José de Arimatea. Las especias de Nicodemo también, y los lienzos envueltos. Es que en aquella mañana feliz la vista del interior de aquel sepulcro vacío fue motivo de asombro a los discípulos que amaban a su Señor, y pronto su perplejidad cedió lugar al gozo y adoración.

Manos humanas habían desprendido un cuerpo de la cruz para llenar el sepulcro: “Habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro”, Hechos 13.29. Pero fue Dios que vació el sepulcro; y, con el que lo había ocupado, llenó el trono en las alturas.

El Cristo entronado es el garante vivo que la fe en él es válido para salvación, que resucitarán los que han muerto en él, que el evangelio es veraz, que sus predicadores son testigos fieles, que los creyentes son los más bienaventurados de todos los hombres y que la redención eterna ha sido provista para todo ser humano.

X — El ensalzamiento de Cristo

Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra,
hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
Salmo 110.1

Indiscutiblemente David es el autor de este pronunciamiento profético. Indiscutiblemente, decimos, para todo aquel que se somete a la autoridad de Cristo. El no sólo especificó que David fue el escritor y el Espíritu Santo el inspirador, sino que basó su pregunta a sus opositores sobre esta premisa doble y les confundió con el argumento que dedujo de la misma; Mateo 22.41 al 45.

El texto en el Salmo consiste en tres miembros o divisiones:

el señalamiento por David de Cristo como Señor: Jehová dijo a mi Señor
el ensalzamiento por Dios de Cristo: Siéntate a mi diestra
el propósito divino para el futuro: tus enemigos por estrado de tus pies

En el Nuevo Testamento se emplea esta profecía de maneras diversas y llamativas, y proponemos verlas ahora.

Como señalado por David

Jehová dijo a mi Señor …

Es Cristo mismo quien expone el pasaje. Habiendo respondido al interrogatorio de sus opositores, les plantea una pregunta que a primera vista parece elemental: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?” Mateo 22.42. Todo muchacho judío tenía la respuesta; parecía casi un insulto pedir a esos fariseos sabios que contestaran una pregunta tan sencilla. Pero ellos respondieron: “De David”.

El Señor vuelve a preguntar: “¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor?” Haciéndolo en Espíritu, no habría posibilidad de equivocación. David había dicho: “Dijo el Señor a mi Señor ”.

Ahora, “Si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?”

Aquí sí había un dilema para los doctores: el Mesías sería hijo de David y Señor de David a la vez. Hijo es un título que conlleva ideas de sucesión y subordinación; Señor es un título que se reserva generalmente en las escrituras sagradas para Dios mismo, y siempre comunica pensamientos elevados de prioridad y superioridad.

¿Cómo podrían aplicarse simultáneamente ambos títulos a Aquel que vendría? Un descendente de David pero anterior a David; un vástago del linaje de David pero con el nombre de Señor, ¡muy por encima de la cabeza de aquella genealogía! Aquellos hombres no tenían respuesta para ese acertijo. Se quedaron quietos y nunca más le preguntaban al profeta de Nazaret.

Es que, con todo su orgullo por el conocimiento que tenían, ellos no conocían a Jesús el Mesías, ni las palabras de los profetas que se leían todos los días de reposo; Hechos 13.27. Estaban tan satisfechos consigo mismo que nunca entró en sus pensamientos la posibilidad de esperar humildemente un alumbramiento de Dios sobre escrituras tan misteriosas como, por ejemplo, los capítulos 18 y 32 del Génesis. En el primero de éstos un visitante es llamado un varón en el versículo 2 y Jehová en el 13: en el otro capítulo es “un varón” en el 24 y “Dios” en el 30.

Tampoco indagaron aquellos hombres sobre el sentido de las palabras de Isaías: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado”, 9.6; ni las de Miqueas, “Saldrá el que será Señor en Israel, y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”, 5.2.

Si ellos hubieran asumido una actitud diferente, para andar humildemente con su Dios, quizás les hubiera sido revelado que el Mesías que esperaban se vestiría de legítima humanidad cual hijo de David y a la vez tendría derecho a sentarse donde sólo la Deidad puede estar, sobre el trono de aquel que ha dicho: “Yo Jehová … a otro no daré mi gloria”, Isaías 42.8.

Cristo ensalzado por Dios

Siéntate a mi diestra …

Son ricas aquellas citas y referencias a estas palabras que encontramos en el Nuevo Testamento. Veamos siete.

(a) Se usan como prueba de la deidad de Cristo. Él pregunta a los hebreos: “¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estado de tus pies?” 1.13. Es la piedra angular del argumento del primer capítulo de la Epístola.

En Hebreos 1 se cita dos versículos de Salmos, el 2.7 y el 89.26, para mostrar que Dios se dirige a Cristo como Hijo. Se cita Salmo 97.7 (o quizás es más bien Deuteronomio 32.43) para mostrar que Dios manda a los ángeles que adoren a Cristo. Se cita Salmo 45.6 para mostrar que Dios mismo se dirige al Hijo como Dios. Se cita Salmo 102.25 para mostrar que los poderes y atributos de Cristo incluyen la creación y la inmutabilidad. Y finalmente se corona la serie con la profecía ya citada como testimonio de que Cristo es Dios porque ocupa un lugar al cual la criatura jamás podrá ser ascendida.

(b) El descenso del Espíritu Santo es un indicio seguro del ensalzamiento de Cristo. “Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor, Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”.

El dador del Espíritu Santo es el Cristo sentado sobre el trono, según consta su propia palabra: “Si me fuere, os lo enviaré”, refiriéndose al Consolador, el Espíritu; Juan 16.7. El Espíritu no pudo ser dado hasta que un Cristo glorificado hubiese ocupado su puesto en las alturas, Juan 16.7, 7.39, pero desde ese momento en adelante, toda iniciativa de gracia y poder que se ve en la vida y el servicio de los creyentes en Cristo sobre la tierra es prueba de un Señor que reina sentado en el puesto de poder supremo.

Él “ha derramado esto que vosotros veis y oís”, Hechos 2.33.

(c) Este ensalzamiento da testimonio a que el sacrificio por el pecado es definitivo, suficiente y eficaz.

“Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, [el Hijo] se sentó a la diestra de la Majestad de Dios en las alturas”, Hebreos 1.3. “Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios”, Hebreos 10.12.

La ofrenda del Calvario ha realizado gloriosamente su objetivo, ha tratado el pecado de una manera que trae gloria a Dios, ha respondido a todo aquel que confía en esa ofrenda. La declaración jurada de todo esto existe en el hecho que el que se ofreció ha recibido a su vez el lugar del más exaltado favor y del esplendor de la presencia divina.

(d) El ensalzamiento de Cristo es la garantía que su pueblo será defendido y guardado a salvo.

“Tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra de la Majestad en los cielos”, Hebreos 8.1. “Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”, Romanos 8.34.

Es maravillosa que los intereses de su pueblo sean el interés suyo en el alto lugar de su ensalzamiento. Si Él ocupa un trono de poder real, es también un sacerdote, uniendo estos dos oficios en sí por el bien de los que todavía está acosados por debilidad en su andar de fe en este mundo aquí abajo. Él está allí por ellos, y siempre está allí. Las fuerzas y habilidades suyas no disminuyen; para todas las generaciones sucesivas que se acercan a Dios por medio de él, hay disponible el poder de Uno que es el mismo ayer, y hoy, y por la eternidad.

Allá en la gloria, delante del gran trono, Jesús mi abogado intercede por mí.
Mi causa en sus manos siempre prevalece; también abogado será Él para ti.

(e) El ensalzamiento de Cristo es la revelación de la posición del creyente ante Dios.

“… para que sepáis … la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales”, Efesios 1.19,20.

La suprema manifestación de la aplicación de la fuerza infinita de Dios fue la resurrección de Cristo y su ascensión a la diestra del centro de poder. El trozo citado pone de manifiesto que al hacerle esto a Cristo, Dios lo hizo también a nosotros que estamos “en Cristo”. Yacíamos en delitos y pecados, pero Dios nos dio vida en un Cristo revivificado, levantándonos en asociación con él en resurrección y colocándonos al lado suyo en su exaltación en gloria. Este modo de ver divino es verídico, no obstante las apariencias del momento. Está destinado a quedar manifiesto históricamente una vez que se realice el consejo eterno de Aquel que invoque la aplicación de lo que es pero no parecía ser.

Cristo, en la magnífica altura asentado, esperas el día glorioso, anhelado,
en el que seráte este mundo sujeto, y el plan de tu Padre hallaráse completo.          G.M.J. Lear

Ven pronto para conducir tu Iglesia de este suelo,
para ocupar su eterno hogar contigo allí en el cielo.                                                   A. Jenkins

(f) El Cristo entronado constituye un magnífico imán para los afectos del creyente.

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”, Colosenses 3.1.

Todos nuestros más legítimos intereses y anhelos están en el cielo, ya que están allí neutras posesiones ni corrompen ni deterioran. Son nuestros debido a él y porque Él se los dio. ¡Súrsum corda! [“Elevad vuestros corazones”]. ¡Oh creyente! no deje que sus afectos corran por las sendas a mero nivel terrenal, ni que busquen lo que perece con el uso.

¡Cristiano mira arriba! Cerca del cabo estás
de tu terreno viaje con todo su pesar.
En casa de tu Padre con Cristo morarás.
No hay noche allí ni penas, do el mal no puede entrar.                                        A.L. Hunt

(g) El Cristo entronado es un fuerte consuelo para el peregrino pueblo de Dios.

“… puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”, Hebreos 12.2.

Sus pies han caminado la senda de fe antes de nosotros. Toda oposición que tal vez encontremos, todo contratiempo y tentación, Él ya lo experimentó, y en una medida que nosotros nunca tendremos que experimentar. En dependencia de su Dios, persiguió con propósito firme, dejando atrás el oprobio y dedicándose a la enorme tarea que era su razón de estar acá. Era necesario que padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria; Lucas 24.26.

 

En la gloria levantado , puedes hoy salvar
por tu obra consumada, y guardar …
Porque entonces la riqueza toda se verá,
que la cruz con su tristeza te dará.                                                                    James Clifford

Cuando parece que estamos por fallar, o perder el ánimo, o querer renunciar la carga, se nos anima a “poner los ojos en Jesús” y considerar a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo. Él prometió: “Al que venciere, el daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”, Apocalipsis 3.21.

(h) El ensalzamiento de Cristo asegura un eficaz apoyo a nuestro testimonio en el mundo.

“El Señor … fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían”, Marcos 16.19,20.

Él está allá, pero está acá con sus heraldos. El asiento de la Majestad es suyo, pero Él cumple a la vez con su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Los suyos no testifican por su propia cuenta, sin soporte. Él obra aún en el mundo, pero empleando nuestros labios, manos y pies. Tome aliento, humilde obrero: al lado suyo está nadie menos que el Todopoderoso, revistiendo su débil testimonio de la unción divina y confirmándola con fruto espiritual.

El propósito es un imperio universal

tus enemigos por estrado de tus pies

Veamos brevemente la tercera parte de nuestra profecía. El propósito de Dios es que el Cristo ensalzado gobierne un imperio universal.

Aun ahora las jerarquías celestiales reconocen su autoridad: “… a él están sujetos ángeles autoridades y potestades”, 1 Pedro 3.22. Se acerca el día cuando Dios le dirá: Levántate, toma tu poder para dominar gloriosamente de mar a mar, del río hasta los confines de la tierra. Véase Salmo 72.8. Su reino a la postre está avalado por la sujeción que le ha sido encomendada en cielo y tierra: “Es preciso que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies”, 1 Corintios 15.25. Es inconcebible que puede tener éxito duradero una rebelión contra la autoridad suya en este mundo.

De manera que aceptamos el tiempo establecido en los consejos de Dios hasta que sea cumpla la última profecía del Salmo 110; cuando Cristo, en un despliegue estrépito de fuerza  irresistible y de gloria, aplastará toda oposición y toda otra autoridad. Los enemigos al estrado de sus pies, Él dará inicio a su reinado de esplendor y paz; el mundo habrá entrado en la Edad de Oro por la cual gime actualmente.

Mientras tanto, estemos de acuerdo con David en reconocerle como Señor. Acordémosle en nuestros corazones el lugar que Dios le ha dado: el trono.

Exaltadle, exaltadle, ricos triunfos trae Jesús,
en los cielos entronado en la refulgente luz.
Coronadle, coronadle, corondale Rey de reyes.
Homenaje tributadle, tributad al Salvador.

 

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