Moisés (#413)

Moisés

 

 E.W. Rogers

 

 

“Murió allí Moisés siervo de Jehová”, Deuteronomio 34.5. Siervo de Jehová, pero no de hombres. Moisés nunca había sido esclavo en Egipto, aun cuando pertenecía a una nación cuyo pueblo estaba en un estado lamentable cuando él nació. Era el profeta que dijo: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis”, y ese segundo profeta era el Señor Jesucristo, quien de carne participó pero nunca era siervo del pecado; Deuteronomio 18.15, Hechos 7.37, 3.20 al 22.

Moisés era siervo de Jehová por nombramiento divino, como Éxodo capítulo 3 hace saber. No se autonombró, no obstante las insinuaciones de María y Aarón en Números capítulo 12. Era siervo de Jehová por elección propia en el sentido que renunció el reconocimiento de la casa real y optó por identificarse con el oprimido pueblo de Dios, habiendo pesado los valores respectivos de las riquezas de Egipto y el reproche de Cristo. Estimó este oprobio como de mayor valor para él que el prestigio, Hebreos 11.24 et seq. Moisés era un siervo fiel en toda la casa de Dios; a saber, la casa de Israel, Hebreos 3.25. Dios podía confiar en él.

Era siervo perseverante. No obstante las circunstancias tan variadas de la travesía del desierto y el pueblo obstinado que estaba a cargo suyo (“los guió por la diestra de Moisés”, dice Isaías 63.12), él prosiguió con propósito firme aquellos cuarenta años largos. Dice Hebreos 11.27 que “se sostuvo”.

Moisés era siervo humilde, sabiendo más que cualquier otro que no era indispensable para Dios. Bien podría Él levantar a otro para tomar el lugar suyo, y cuando Moisés recibió órdenes de hacer precisamente esto, nombró a Josué, Deuteronomio 31.14.

Era sin igual. “Nunca se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara”, 34.10. Era el más fuerte de hombres, vigoroso a los 120 años, y el más manso a la vez, 34.7 y Números 12.3. Son dos cualidades que rara vez se encuentran juntas.

 

La historia de este hombre se divide en tres períodos de cuarenta años cada uno; véanse Hechos 7.23, 30 y 36. Por cuarenta años estaba en Egipto, enseñado en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras. Esta característica se manifestaría más adelante en su vida, pero tuvo su origen en la niñez y mocedad.

Dios en su soberanía, con autoridad sobre toda carne, ordenó que su siervo en formación fuese educado de una manera tal que le prepararía a ser “rey en Jesurún”, como lo expresa Deuteronomio 33.4,5. (Jesurún es un nombre simbólico para Israel y significa la rectitud: “Tú, Jesurún, a quien yo escogí”, Isaías 44.2). Moisés era quien daría al pueblo de Dios una ley para regir la conducta de las personas y de la nación.

Consecuencia de su celo inoportuno a favor de su propia raza, él huyó de Egipto y llegó a Madián donde pasaría otros cuarenta años. Allí, habiéndose casado con Séfora, engendró a dos hijos, Gersón y Eliezer. Su peregrinación comenzó con una manifestación de interés en los rebaños por los cuales sacó agua, una faceta de su carácter que se manifestaría al conducir él al rebaño de Dios por el desierto.

Por cuarenta años fue probado por Dios. Moisés había abandonado el palacio egipcio, deseoso de ayudar a los israelitas oprimidos, pero ahora ¾extraño le parecería¾ se encontraba muy lejos del palacio que conocía y el pueblo que quería. Al primero había renunciado; al postrero no podía.

Pero Dios, todavía ordenando todo según el consejo de su voluntad, se reveló a su siervo en la zarza, y le dirigió al palacio de nuevo. Moisés fue enviado al palacio para jugar un papel que nunca esperaba, y de allí a su pueblo, y de éste al desierto de nuevo, esta vez para cuarenta años y en circunstancias muy distintas. Su nombre está vinculado con el primer cántico en la Biblia, el del Éxodo capítulo 15, y con él postrero, el del Apocalipsis capítulo 15. Su vida fue una de fe, y hacemos bien al meditar sobre todos los puntos señalados en el resumen en Hebreos 11.24 al 28.

 

Pero¾y es triste tener que usar aquí este pero¾hubo una falta grave al final, cosa que sucede con muchos de los siervos de Dios. Cuánta necesidad hay de cuidarnos de un fracaso en la vejez.

David ganó una excelente hoja de servicio en sus primeros años y luego la manchó con el asunto de Betsabé y Urías; los efectos de un desliz iban a perjudicar a David por el resto de su vida.

El corazón de Salomón fue desviado del Dios verdadero por mujeres de mal carácter, no obstante la excelencia de los primeros tiempos cuando pidió sabiduría, construyó un espléndido templo y oró de la manera más impresionante.

Asa, uno de los mejores reyes en Judá, estaba gravemente enfermo de los pies en su vejez, pero ni así buscó a Jehová sino a los médicos con sus prácticas dudosas; 1 Cró-nicas 16.12.

Después de todo lo que se cuenta a favor de Josías y sus maravillosas reformas, él se metió en un asunto que no le correspondía, y, “tomando el perro por las orejas”, fue mordido severamente, al decir de Proverbios 26.17; 2 Crónicas 35.20.

No nos sorprende, entonces, que Pablo se haya resuelto terminar su carrera con gozo, cuidadoso de no dejar que nada le entorpezca en el camino. Por la gracia de Dios, fue así; Hechos 20.24, 2 Timoteo 4.7.

Infelizmente, Moisés manchó su hoja, y confiesa en Deuteronomio 1.37: “Contra mí se airó Jehová por vosotros”. Lo dice de nuevo en el 4.21, y en 32.48 al 52 aprendemos detalles. Parecía una cosa de poco significado, aun algo excusable. Fue hecha bajo el la presión del estado desobediente del pueblo de Dios. Su pecado consistió en hablar precipitadamente con los labios, Salmo 106.33. La cosa fue que Moisés desobedeció a Dios al golpear la peña, exclamando: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” Números 20.1 al 13.

El mandamiento de Jehová en esta ocasión (a diferencia de la ocasión anterior, relatada en Éxodo 17.6) fue: “Hablad a la peña”. Dios quería dar aquí una ilustración de Cristo, la Roca herida una vez para siempre, a quien hemos podido hablar para recibir la bendición. Nuestro Salvador no precisa de un segundo golpe, ni tercero tampoco. Pobre Moisés; se excedió. Puede que digamos que fue un pecado pequeño, pero fue grande porque Moisés lo cometió; las faltas pequeñas tienen grandes consecuencias cuando son de hombres grandes. Mientras más da Dios a uno, más espera de uno. ¡Cuánto cuidado debemos tener!

Fácilmente salieron las palabras de su boca: “¡Oíd ahora, rebeldes!” Así no es que se habla del pueblo de Dios. Con razón escribiría el hombre sabio, siglos después: “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustia”, Proverbios 21.23. Ese poco de apresuramiento lució tan grande porque Moisés solía ser tan manso. El castigo ¾morir en Pisga en vez de entrar en Canaán¾ pareció excesivo en proporción a la falta cometida, ¿pero quién jamás puede medir la gravedad de una ofensa contra Dios? Jehová estableció una figura en esa roca en Números 20, y Moisés no la respetó; el Dios ofendido es quien establece la seriedad del incidente.

A Moisés no le fue permitido, entonces, entrar en la tierra prometida, sino murió con Canaán a la vista. Su oración había sido que entrara; “Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena que está más allá del Jordán”, Deu-teronomio 3.25. La respuesta positiva no sería dada hasta que pasaran unos cuantos siglos de historia humana, cuando Moisés sería visto con Elías sobre el monte santo, en la tierra prometida ya, y con el Señor Jesús en medio de los dos.

Había, por supuesto, una razón dispensacional para todo esto. Moisés representaba la Ley que él dio al pueblo, y la Ley sólo puede condenar y poner el hombre debajo del juicio de Dios. Hace falta un Josué ¾un Salvador de la pena de la Ley¾ para llevarnos a las bendiciones celestiales.

 

Así, murió Moisés, pero no por las consecuencias de la vejez, ya que sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor. Dios le llevó por medio de la muerte. Sepultó su cuerpo en un lugar no revelado, para impedir que los hombres hiciesen santuario de su sepulcro, adorando la criatura en vez del Creador y el siervo en vez del Maestro.

El arcángel Miguel disputó con el diablo el cuerpo de Moisés; Judas 9. No sabemos qué era la con-tienda, y tal vez sea imprudente especular. ¿El diablo reclamaba como suyos por derecho esos restos, hasta que el Señor Jesús estableciera, por muerte en el Calvario y resurrección al tercer día, su reclamo sobre el cuerpo de uno de los suyos? La Biblia guarda silencio y por lo tanto hacemos bien en hacer lo mismo.

El caso es que el molde fue partido y no se ha levantado desde Moisés un hombre como él, quien tenía el privilegio inefable de hablar con Dios cara a cara. En muchas cosas él era único. Fue el único que conocía a Dios de rostro, el único a quien Jehová se manifestó, el que dio a Israel la Ley. Tanto en Egipto como a la vista de todo Israel, era hombre sin igual. Conforme supervisó Dios los detalles de su nacimiento, así de su muerte. Fue sepultado en el valle de Moab: el más manso de los hombres enterrado en la tierra de un pueblo renombrado por su arrogancia; Jeremías 48.29.

 

Moisés había dejado una herencia para el pueblo de Dios y había dejado su huella sobre Josué. Este estaba “lleno de espíritu de sabiduría”, ya que Moisés le había impuesto las manos. El pase de mando se realizó sin trauma porque el siervo mayor había previsto qué vendría en los años por delante y había hecho las provisiones del caso.

Moisés no murió por debilidad ni por desespero. Su labor se había realizado y, por raro que nos parezca, fue dirigido por Dios a subir la cuesta del Abarim a contemplar el paisaje de la tierra prometida. Dijo Jehová: “… muere en el monte al cual subes, y sé unido a tu pueblo”, Deuteronomio 32.50. En esto fue único; ningún otro recibió órdenes de esta naturaleza. Dios tenía más que hacer con su pueblo terrenal, pero dispuso usar a otro. El sucesor, Josué, no sería un duplicado, sino tendría otro ministerio. Él llevaría el pueblo a la tierra y velaría, en lo posible, por el cumplimiento de la Ley ya dada. Moisés tendría que retirarse, y de buena voluntad.

Cuando le llegó a Josué el tiempo de su muerte, dijo: “Yo estoy para entrar hoy por el camino de toda la tierra; reconoced, pues, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, que no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros”, Josué 23.14. Estas buenas palabras fueron dichas por intermedio de Moisés. Las promesas son ciertas, y las advertencias también. El que cree a Moisés, cree a Cristo, porque el menor escribió del mayor; Juan 5.46.

 

 

 

 

 Héctor Alves

 

El título del Salmo 90 designa a Moisés como varón de Dios; en Deuteronomio 34.5, al cierre de su vida, es el siervo de Jehová; en Josué 1.2 Dios se refiere a él como “mi siervo”. Se ha dicho que es el personaje sobresaliente de la historia, sagrada o profana. Por lo menos podemos decir que posiblemente no hubo otro mayor desde Adán hasta Cristo. Hasta el sol de hoy los judíos hablan reverentemente de él, y algunos se quitan el sombrero a la mención de su nombre.

Nacido bajo la sentencia de muerte, Moisés era hijo de esclavos en Egipto, pero con todo llegó a ser hijo de una princesa. Heredó pobreza, luego riqueza y posición. Vivió en gran lujo y después fue pastor por cuarenta años al lado de un desierto. Más adelante fue el salvador de su pueblo y su líder en adversidad. A la edad de 120 años subió al Nebo a pie en plena energía de espíritu para morir en soledad conforme al placer de Dios. Moisés fue escogido de Dios para una gran obra.

Era muy manso, más que todos, pero un líder sin temor. Era un mediador, intercesor y legislador. La fe gobernaba su corazón y controlaba su vida. Moisés es uno de pocos en la Escritura cuya vida se traza desde el nacimiento hasta la muerte, y más allá de la muerte, porque le vemos en el Monte de Transfiguración con el Señor Jesús y su nombre figura en el libro de Apocalipsis.

“Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey”, Hebreos 11.23. Amram y Jocabed manifestaron su fe al no tener temor, y también al ver a su hijo como “niño hermoso”. Esteban nos informa que era agradable a Dios, Hechos 7.20.

Esta fe les guió a esconder al niñito por tres meses y luego dejarlo en un carrizal junto al río, que en realidad fue encomendarlo en la mano de Dios. Esta madre no era sólo una mujer de fe sino un diplomático también. Lo vemos en haber puesto el arca donde sería detectada por alguien del hogar de Faraón, y en haber enviado a su hija a ver qué iba a suceder.

Esteban, citado ya, divide la vida de este hombre en tres lapsos de cuarenta años; vv 2, 30 y 36: cuarenta en el corte de Faraón, cuarenta en Madián y cuarenta en el desierto al frente del pueblo de Dios. Sabiamente se ha dicho que pasó cuarenta años aprendiendo ser alguien, cuarenta aprendiendo no ser nadie y cuarenta mostrando qué podía hacer Dios con un nadie. Estudiaremos la vida de este hombre en estos tres períodos.

 

Moisés en la corte de Faraón

No sabemos por cuánto tiempo Jocabed cuidó al niño en el palacio de Faraón, ni a qué edad lo entregó a la hija de aquél. Éxodo 2.10 relata que el niño creció y aquella princesa lo prohijó y le puso por nombre Moisés, diciendo: “porque de las aguas lo saqué”. Sin duda su madre le habrá contado acerca de Dios y sus promesas a Abraham, Isaac y Jacob. (En aquel entonces no había una Palabra de Dios documentada). Le habrá contado al chiquillo cómo ella y su padre lo habían puesto en el arquilla, y su vida fue salvada al ser descubierto. Sin duda relataría la opresión de los israelitas, y el pequeño meditaría todo esto en su corazón. Estamos sugiriendo estos detalles, porque no contamos con un “escrito está” acerca de esa experiencia.

Criado en la corte, en la nación más avanzada de la época, “fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras”. Este comentario de Esteban quiere decir que el joven adquirió conocimientos de los artes de aquel entonces, tales como la geometría, literatura, música y medicina. En cuanto a la religión egipcia, es probable que la aborreciera. El corazón de Moisés no estaba en estos grandes logros, sino en algo que estimaba ser mucho mayor que la corte de Faraón.

Hebreos presenta esa realidad de una manera hermosa, apuntando siete cosas que Moisés hizo por fe. Aquí encontramos el primer gran punto crucial en su vida. “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible”.

Estos hechos han sido seleccionados y registrados en el Nuevo Testamento para nuestra instrucción; son cualidades sobresalientes en este hombre
de fe.

Primeramente, rehusó ser llamado hijo de la hija del rey. No todos los que tienen fe la tienen para rechazar lo que les beneficia en esta vida, pero para Moisés no era cuestión de agradarse a sí mismo; no le interesaba una buena posición social en el mundo. Rehusó ser llamado su hijo simplemente porque no lo era. Algunos dirían que el nombre de uno no es significativo, pero Moisés asignó mucha importancia a su apellido, y no quería mantener una relación con la hija de Faraón. Le costó los tesoros de Egipto.

Rechazar las atracciones del mundo requiere tanto fe como coraje; es más fácil acomodarse al ritmo de la época. Moisés no quería una identificación que no correspondía a la realidad, y nosotros, por nuestra parte, queremos llevar en mente que Dios nos ha dado tan sólo el nombre de cristianos, los que son de Cristo.

Moisés no solo rehusó; él escogió también; las dos posturas van juntas. Uno puede rechazar algo sin necesariamente optar seguir al Señor, pero este hombre escogió identificarse con un pueblo perseguido. El complemento de esto en el Nuevo Testamento es 2 Corintios 6.17: “salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré”. Moisés pagó un precio por su elección, y así será también con todos los que obedecen el llamado que hemos citado.

El próximo punto es que estimaba este reproche de Cristo como de mayor valor que los tesoros egipcios. Él midió el presente a la luz del futuro, y encontró que el reproche era la mayor ganancia aunque por el momento arrojaba pérdida. “Tenía puesta la mirada en el galardón”, y asignaba poca importancia a lo demás. Así era Pablo también; él siempre tenía por delante la venida del Señor y el tribunal de Cristo. Creemos que se ajusta a la Palabra de Dios llevar en mente el galardón celestial, pero que no debe ser el motivo de nuestro servicio y separación del mundo.

 

Moisés en Madián

Cumplidos los cuarenta años, le vino al corazón visitar a los israelitas, Hechos 7.23, y así la segunda parte de la vida de Moisés comenzó con el hombre de fe actuando según los impulsos de la carne. Es cierto que escogió sufrir reproche con el pueblo de Dios, pero arrancó de mal pie. Los cuarenta años en casa de Faraón no le habían preparado para la obra que Dios le iba a dar. Si uno de nosotros hubiera escrito una biografía de Moisés, hubiéramos incluido un par de capítulos sobre aquellos años, pero el Espíritu de Dios los asigna sólo unos pocos versículos.

“Salió a sus hermanos, y los vio en sus tareas”, 2.11. Asumió por su cuenta la necesidad de hacer algo, y fracasó. Sin duda sus intenciones eran buenas al matar al egipcio, pero actuó en la carne. Sin duda fue fe que lo sacó de la corte para conocer a los suyos, pero el tiempo no había llegado todavía para que Dios los librara de la servidumbre en Egipto. Moisés fue prematuro en su primera iniciativa con su propio pueblo; todavía faltaban cuarenta años.

Había cursado cuarenta años en la escuela egipcia, y ahora tenía que cursar cuarenta en la divina, y esa escuela estaba al lado lejano del desierto. Así como con la primera fase, la información acerca de la segunda es escasa.

Moisés huyó, y habitó en Madián. Fue un punto crucial en su carrera, pero no sabemos por qué escogió Madián. Sea como fuera, su primer paso allí fue un acto de caballerosidad. Él ayudó a siete hijas del sacerdote del lugar a sacar agua para sus rebaños cuando una compañía de pastores nómadas las hubiera repulsado. Vemos en esto algo del carácter del hombre que Dios iba a llamar muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra. Su cortesía le fue recompensada; el padre de estas mujeres preguntó: “¿Por qué habéis dejado a ese hombre? Llamadle para que coma”. Así que convino en morar con aquel señor, y se casó con su hija Séfora. Hecho esto, apacentaba las ovejas de su suegro Jetro y las sacó a través del desierto.

Desde los cuarenta años hasta los ochenta, en el lapso cuando la mayoría de los hombres están madurándose en su carrera, Moisés estaba cuidando ovejas en un lugar lejos de la civilización que conocía. Sería una vida solitaria, quizás con tienda por vivienda – un gran contraste con un palacio. En la Escritura cuarenta es el número de prueba, y para Moisés aquellos años eran de prueba de parte de Dios, y de Moisés en efecto probando a Dios. Nada se nos cuenta de sus experiencias. Si quería volver a Egipto, entonces aprendió la paciencia. Sin duda maduró, aprendió a no confiar en sí y a fortalecerse en Dios.

Entonces él tuvo la experiencia de la zarza encendida años antes, a lo mejor pensaba, “Yo soy el hombre”, pero en el 3.11 exclamó, “¿Quién soy yo?” Ahora era precisamente el hombre que Dios podía usar en la misma obra que Moisés no logró hacer en su propia fuerza. Ahora estaba equipado de lo que Dios le había enseñado en el desierto. Ante la zarza aprendió reverencia, porque allí el Señor le dijo: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”. Aprendió una lección que muchos necesitan hoy en día: la santidad de Dios. Con esto recibió su comisión: “Ven … te enviaré a Faraón”.

La hora de Dios había llegado, y él estimuló a su siervo con la promesa: “Yo estaré contigo”. Moisés no estaba listo todavía, así que Dios le dio tres señales. Las objeciones que puso han sido en principio las de muchos siervos del Señor. El yo fue un estorbo, el temor fue otro y la incredulidad el tercero. Otro, decía Moisés, pero yo no. Pero finalmente estaba dispuesto a volver el hombre que se había marchado de Egipto por fe, y había decidido partir su lanza en bien de sus hermanos perseguidos. Moisés, Séfora y sus dos hijos salieron de Madián rumbo a Egipto. El encuentro con su hermano Aarón tuvo lugar en el monte de Dios – un buen sitio de reunión.

 

La tercera fase

En el Libro de Éxodo los primeros ochenta años ocupan tres capítulos. El resto, los capítulos 5 al 40, y los Libros de Números y Deuteronomio, tratan de los cuarenta años restantes. Aprendemos en Éxodo 7.7 que Moisés era de ochenta años cuando habló a Faraón, y en Deuteronomio 34.7 que era de ciento veinte años cuando murió.

“Jehová respondió a Moisés: Ahora verás lo que yo haré a Faraón”. No es nuestro propósito abundar sobre estos milagros; todos conocemos la historia de la resolución de Moisés, el compromiso del egipcio y la insistencia de Moisés. A lo largo de estos cuarenta años vemos a este hombre como el salvador, líder, mediador, intercesor y legislador. Hubo momentos de triunfo como también de fracaso. Aprendemos de lo sucedido en Mara, Elim, Horeb y en la guerra con Amalec, etc. Así como fue dicho de Elías, se ha podido decir de Moisés que era hombre de pasiones semejantes a las nuestras. Es acertado el adagio que uno no debe ser evaluado por los accidentes de su vida sino por el tenor de su vida. Moisés ganó el título de ser varón de Dios.

Números capítulo 20 narra un mancha, cuando él falló de dos maneras. Dios le mandó hablar a la roca, pero la golpeó, y eso dos veces. También, al hablar al pueblo, no lo hizo respetuosamente y con autoridad, sino que les llamó rebeldes. Faltó en obediencia y reverencia. Dios no pasó por alto este pecado en su siervo, y Moisés pagó caro por lo que hizo. Dijo Dios: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado”, 20.12. Dios lo humilló delante del pueblo.

El lado positivo del carácter de Moisés está a la vista en Números 12, donde leemos que María y Aarón hablaron en contra de él. Fue asunto de celos familiares prevaleciendo sobre el afecto natural. María poseía don y gracia, y también era profetisa. No estaba contenta con su posición, y resulta que no dominaba su lengua. Moisés dio un ejemplo sobresaliente de mansedumbre, sin decir una sola palabra de reproche cuando tenía porqué hacerlo. Un detalle importante en la narración es que el Señor estaba oyendo, y esto contaba por mucho más que Moisés haya podido decir. Él sufrió la contradicción de pecadores contra sí mismo, y Dios lo vindicó enteramente. María sufrió por su necedad; el juicio divino le cayó como rayo.

 

Muerte

Es conmovedor leer de la muerte de Moisés. Bien podemos preguntarnos qué eran sus pensamientos al subir las laderas del Nebo a la edad de ciento veinte años y en el vigor de la vida. Después de cuarenta años de servicio fiel a Dios, y habiendo conducido su pueblo hasta la entrada de la tierra prometida, sus esperanzas habían sido truncadas. Había suplicado: “Pase yo … y vea aquella tierra buena que está más allá del Jordán”, pero Jehová respondió: “Basta, no me hables más de este asunto”.

Este es el Moisés que había rehusado llamarse hijo de la hija de Faraón, sufrido reproche con el pueblo de Dios, rechazado quedarse en Egipto, conducido al pueblo de Dios por el desierto y tolerado la conducta de ellos. Le animaba la perspectiva de entrar en una tierra que fluía leche y miel, pero más bien tiene que morir por mandamiento de Dios. El golpe ha debido ser duro, y por cierto el castigo parece severo, pero él había desobedecido la Palabra de Dios y manchado un tipo precioso.

Una vez más vemos las cualidades del más manso de hombres. Al haber conocido el himno, ha podido cantar: “Todo cuanto Dios permita obra para bien, y deseo solamente responderle: Amén”. Desde ese entonces hasta ahora muchos han tenido una experiencia similar, quitados en medio de una obra en progreso. Algunos han inclinado la cabeza y dicho: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Podemos estar seguros de que en muchos casos la compensación será completa aun cuando la obra en mano quedó incompleta.

Moisés es el único que Dios sepultó. Su servicio funerario fue conducido en silencio y su sepulcro quedó sin lápida. Así terminó la vida de uno de los hombres más grandes de la tierra.

Pero Dios le tenía todavía más honra para Moisés. Quince siglos más tarde, aparecieron él y Elías hablando con Cristo, Mateo 17.3. El anhelo de Moisés fue satisfecho: estaba parado sobre otro monte, en la tierra en la cual deseaba entrar cuando aquí en el mundo. Y también, antes de que se quede inmóvil la pluma de la inspiración, leemos en Apocalipsis 15.3 de aquellos que cantaron el cántico de Moisés. Este hombre disciplinado fue honrado en su muerte, entierro, presencia con el Señor Jesús y en el cielo.

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