Lidia (#438)

Lidia

 

Héctor Alves

 

 

Lidia de Tiatira y Filipos es una mujer de quien oímos poco, pero hay mucho debajo de la superficie en Hechos 16.14, 15. Todo lo que sabemos de ella está en esos dos versículos. Uno de los sentidos asignados a su nombre es el de imán, y de veras lo era. A lo largo de siglos su nombre ha sido respetado, y ella tiene muchas tocayas.

Lucas incluye el detalle que ella vendía tintes, y su ciudad en Asia era conocida por la calidad de ese producto. Los ricos se vestían de púrpura, y Lucas 16.19 es un ejemplo. Sería una mujer de ciertos recursos, pero su negocio no la impedía asistir al lugar de oración.

No  leemos que haya sido viuda; posiblemente sí, y por esto atendía al negocio. Su casa era suficientemente grande como para acomodar a Pablo, Lucas y Timoteo. Posiblemente Lidia     asumía cierto liderazgo entre las mujeres que se reunían a la orilla del río.

El Espíritu Santo lo prohibió a Pablo predicar en la provincia de Asia, pero su primer convertido en Europa era oriundo de Asia. Parece que Lidia era prosélito al judaísmo. Es otro caso de una mujer que se diferencia de entre lo común. Era gentil por nacimiento, habiendo nacido en Tiatira.

Es breve pero llamativa la historia de su conversión. “Entonces una mujer … que adoraba a Dios … el Señor abrió el corazón de ella …” Sin duda al asistir a aquellas reuniones de oración adquirió cierto conocimiento de las Escrituras. Filipos era colonia militar romana con judíos residentes, y posiblemente con sinagoga.

No sabemos qué predicó Pablo aquel sábado, pero sabemos que tenía un solo tema, la gracia salvadora de Dios que se encuentra en el v. 31 que su colega y él iban a proclamar un poco después: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. El Señor abrió el corazón de Lidia – nadie más podía – y ella reconoció la verdad. Es así en toda conversión auténtica.

La salvación de esta mujer ha debido dar gozo a Pablo, quien había venido a Macedonia cuando tenía ejercicio acerca de otros campos. Fue bautizada, “y su casa”. Como en el caso del etíope en el capítulo 8, de Saulo en el 9 y del carcelero en este capítulo, ella obedeció de una vez. El bautismo está vinculado con la salvación, pero no es parte de ella. Es un gesto de obediencia a la Palabra de Dios.

Hay algo singular en este caso; se bautizó “la casa” de una mujer, y no de un varón como en las historias de Cornelio, el carcelero y Estéfano. No se trata del así llamado bautismo colectivo de una familia, sino del bautismo de cada uno en un hogar donde todos habían creído en el Señor Jesucristo como Salvador. El grupo bien ha podido incluir a los domésticos, así probablemente hubo una verdadera visitación en el hogar de Lidia.

Una vez abierto su corazón, ella abrió su casa a Pablo y sus consiervos. Aunque aparente-mente acomodada, ella no se consideraba exenta de hospedar a visitantes. Ciertamente, hospedó ángeles (por decirlo así) sin saberlo. Cuán hermosas sus palabras: “Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad”. Lo dijo una vez bautizada. “Y nos obligó”, dice el historiador.

Entendemos que sí la juzgaban fiel al Señor, porque la casa de Lidia llegó a ser la base de esos varones nobles al proseguir en la obra del Señor en Filipos. Más adelante, cuando Pablo y Silas fueron librados de la cárcel, procedieron a la casa de ella, “y habiendo visto a los hermanos, los consolaron y se fueron”.

Es evidente que no se marcharon de la ciudad de una vez, aunque eso es lo que las autoridades querían. Lucas se quedó cuando los otros dejaron la ciudad. El hecho de que hayan “consolado” a los creyentes hace ver que la obra del evangelio en Filipos había sido mucho más extensa que se capta por los detalles narrados en Hechos.

Sin duda Lidia tuvo mucho que ver con esa obra, y posiblemente su casa fue el salón de reunión una vez formada la asamblea, la primera iglesia local en Europa. Desde ese entonces muchas mujeres han ejercido una gracia como la de ella.

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