Leyendo día a día en Mateo (#155)

Leyendo día a día en Mateo 

Martin Horlock
 Day by Day through the New Testament

Precious Seed Publications, Reino Unido

 

Introducción

Antes de su conversión, Mateo el hijo de Alfeo cobraba impuestos en Capernaum por cuenta de los romanos. En ese entonces su nombre era Levi, Marcos 2.14. El Señor le mandó a seguirle, y lo hizo. Es probable que haya cambiado su nombre después de esto; Mateo quiere decir “don de Dios”. Él había sido un servidor del mayor reino terrenal conocido hasta ese entonces, el imperio romano. Es apropiado, pues, que su Evangelio tenga mucho que decirnos de un imperio mucho mayor, el reino de Dios.

El primer Evangelio registra un alto porcentaje de las enseñanzas de Jesús. Más de la mitad consiste en sus parábolas y dichos. El pueblo se maravillaba continuamente de su doctrina; 7.28, 13.54, 22.33. Aparte de su introducción y conclusión, el Evangelio puede ser dividido en cinco secciones, y cada una de ellas termina con palabras tales como, “cuando hubo acabado Jesús todas estas palabras”, Véanse 7.28, 11.1, 13.53, 19.1 y 26.1.

Es casi seguro que Mateo haya escrito su Evangelio para los judíos. A los tales, la humillación, el rechazo y la muerte de Jesús eran un verdadero tropiezo. Ellos habían esperado a uno que les librara militar y políticamente, Lucas 24.21. Mateo se propuso mostrar que Jesús era su Mesías de veras. El capítulo 1 muestra que su genealogía era acertada; Él tenía derecho a las promesas de Abraham y al trono de David. El capítulo 2 muestra que su infancia estaba en completo acuerdo con el Antiguo Testamento.

El capítulo 3 muestra que ya había venido el precursor profetizado. El capítulo 4 muestra que su tentación probó que era capaz de reinar. Los capítulos 5 al 7 detallan los principios bajo los cuales Él gobernaría. Los capítulos 8 y 9 registran el cumplimiento de las señales mesiánicas de Isaías 35 y 61. Todos los eventos importantes de la vida de Jesús acontecieron para cumplir las profecías del Antiguo Testamento. Diez veces Mateo emplea palabras como “para que se cumpliese lo dicho por los profetas”.

Fíjese en la expresión, “Desde entonces comenzó Jesús” en 4.17 y 16.21. A grandes rasgos, pues, el Evangelio se compone de tres partes: una introducción desde 1.1 hasta 4.16; el ministerio de Jesús desde 4.17 hasta 16.20; y, su senda de padecimiento y gloria, desde 16.21 hasta 28.20.

capítulo 1
El nacimiento de Jesucristo

Tres veces se hace referencia a que María iba a dar a luz un hijo, 1.21,23,25. Una mujer había jugado un papel en hacer al hombre pecador, Génesis 3; una mujer jugó un papel en traerle un Salvador. El niño, 2.11, era hijo de María, 1.25, el fruto de su vientre, Lucas 1.25. Pero dos veces se enfatiza que ese niño era del Espíritu Santo, 1.18,20, cosa que tenía que ser, porque era Dios, 1 23. No comprendemos cómo la legítima y santa humanidad fue unida en una solo persona con la eterna Deidad, 11.27, 1 Timoteo 3.16. Pero gustosamente creemos aquello que no explicamos, ya que Dios lo ha revelado “para nosotros y para nuestros hijos para siempre”, Deuteronomio 29.29.

Al hacerse carne, Juan 1.14, la Palabra eterna continuó siendo lo que siempre había sido, pero a la vez llegó a ser lo que nunca era. Melquisidec, un tipo de Cristo, era “sin padre, sin madre”, Hebreos 7.3. El Señor Jesús fue hecho hombre y como tal no tenía padre, 1.18; era Dios y como tal no tenía madre.

La santidad del niño fue asegurada por el Espíritu Santo. Jesús vino en carne,
1 Juan 4.2, pero fue enviado sólo en semejanza de carne de pecado, Romanos 8.3. Él participó de nuestra naturaleza humana pero no de nuestra naturaleza pecaminosa. María era imperfecta y necesitaba de un Salvador, Lucas 1.47, pero el Espíritu Santo pudo “sacar cosa limpia de inmunda”, Job 14.4 (en la Versión Moderna, etc.).

“De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas”, Proverbios 22.1. El Señor sería conocido por dos nombres buenos, 1.21,23, y Lucas nos cuenta de un tercero.

Sería llamado el Hijo de Dios, Lucas 1.35,
por lo que siempre había sido.

Sería llamado Emanuel, 1.23, por lo que llegó a ser.

Sería llamado Jesús, 1.21, por lo que iba a hacer.

Isaac, “risa”, fue nombrado antes de su nacimiento a causa de algo que su padre había hecho, Génesis 17.17 al 19, pero Jesús recibió su nombre antes de nacer a causa de algo que Él mismo iba a hacer. Iba a salvar, 1.21.

“Los días de su carne”, Hebreos 5.7, comenzaron con el enorme paso desde el alto trono de Dios abajo a la vientre de una mujer, y terminarían con aun otro paso abajo hasta las profundidades insondables del sufrimiento de la cruz, Mateo 26.38,39, 27.46.

capítulo 2
Nacido rey

El niñito Jesús es el centro de interés en todo el capítulo. Cada vez que se hace mención del niño y su madre juntos, se le da a Él el primer lugar, 2.11,13,20,21. Una vez presentado Jesús como el guiador o caudillo en el 2.6, no se vuelve a hablar de Herodes como el rey; compare 2.13 con 2.7,12,13, 15,16,19,22. ¡El legítimo “rey de los judíos” había llegado!

El niñito era a la vez el objeto de interés de Satanás. El Apocalipsis corre la cortina a un lado y muestra que el diablo fue el verdadero instigador del intento de Herodes de matar a la criatura. El “dragón” estaba a la expectativa a devorar al niño “tan pronto como naciese”, Apocalipsis 12.4. Desde el principio Satanás se ha dedicado a frustrar los propósitos de Dios en Cristo. Dios reveló originalmente que el Libertador por venir sería de la simiente de la mujer, y por lo tanto el diablo se propuso corromper y destruir a la simiente suya. Satanás utilizó al primogénito de Eva para matar a su segundo hijo, pero Dios respondió con Set, Génesis 3.15, 4.1 al 8,25. Luego el diablo fue el cerebro detrás de un ataque contra “las hijas de los hombres”, con el fin de corromper su simiente, Génesis 6.1,2, Judas 6, pero Dios respondió con el diluvio.

Dios reveló más tarde que el Libertador sería de la simiente de Abraham. La serpiente trató de corromper ésta por las maquinaciones de la carne, Génesis 16, pero Dios respondió con Isaac. Los faraones fueron las próximas herramientas desapercibidas que atacaron la simiente de Abraham, pero Dios respondió con Moisés, Éxodo 1 al 14. Dios también había dada a entender que el Libertador sería de la tribu de Judá, Génesis 49.10, y más adelante, cuando se destacó uno de esa tribu real, el diablo utilizó al envidioso Saúl para realizar varios intentos contra la vida del joven David, “pero Dios no lo entregó en sus manos”, 1 Samuel 23.14.

Entonces se dio a conocer que el Libertador sería de la simiente de David,
2 Samuel 7.12,13. De entre sus muchos hijos, David escogió a Salomón, 1 Reyes 1.17. Satanás atacó por medio de Adonías pero sin efecto, 1 Reyes 1. El diablo realizó otro intento contra la simiente de David 150 años después por intermedio de Atalía, pero Dios presentó al nene Joás, 2 Reyes 11.1 al 3, 12.1. Como tantos antes de él, Herodes jugó el papel de la simiente de la serpiente, pero el hijo de María estaba destinado irrevocablemente para el trono de Dios, Apocalipsis 12.5.

capítulo 3
El bautismo de Cristo

El mensaje de Juan era tan sencillo como su vestimenta y su dieta, 3.2,4. Tomó como órdenes las palabras de Isaías el profeta, y así anunció sin miedo la exigencia de arrepentirse, Mateo 3.3, Isaías 40.3, Juan 1.23,

Se presentaron para bautismo tres clases diferentes. Hubo la vasta multitud de 3.5,6. Gran número de gente acudió en tropel desde la ciudad de Jerusalén, la provincia de Judea y las riberas del Jordán. Entre la muchedumbre había publicanos y rameras que creyeron la predicación de Juan el Bautista, 21.32. Ellos vinieron con arrepentimiento genuino, y la confesión de sus pecados acompañó su bautismo.

Hubo un grupo considerable en 3.7 al 12, compuesto de fariseos y saduceos. Entre ellos figuraron muchos hipócritas que se refugiaban en sus privilegios nacionales y no veían la necesidad del arrepentimiento personal. Juan tenía algunas cosas severas para decirles sin reserve alguna.

Hubo la persona solitaria, 3.13 al 17. “Entonces Jesús vino”. A diferencia de la multitud, Él no manifestó señales de arrepentimiento. No confesó nada porque no había acciones que tuviera que lamentar, ni palabras suyas a retractarse, ni pensamientos por los cuales avergonzarse. Poco nos sorprende, pues, que Juan dudara de que debía bautizarle. No obstante, era procedente que Cristo se identificara con su pueblo, 3.15.

El Espíritu descendió y vino sobre Él. Como la oblación cocida en sartén se amasaba con aceite, Levítico 2.5, así el comienzo y carácter de la naturaleza humana de Cristo dependieron del Espíritu Santo, 1.18,20, de quien se reconoce al aceite como símbolo. Como el aceite se derramaba luego sobre la ofrenda, Levítico 2.6, así el Señor fue ungido en esta ocasión con el Espíritu Santo, Hechos 10.38.

Con palabras que resonaban de profecías mesiánicas —Salmo 27 e Isaías 42.1— Dios testificó que tenía contentamiento en su Hijo amado. Las mismas palabras se oirían de nuevo en el Monte de la Transfiguración, 17.5. En la segunda ocasión, el Padre va a declarar su satisfacción con el ministerio público del Salvador; en el Jordán, Él declaró su entero agrado con los años de privacidad en Nazaret.

Bendito Salvador el nuestro: en público y en privado, ¡siempre perfecto!

4.1 al 18
La tentación del Mesías

El propósito del diablo era disuadir a Jesús de su misión mesiánica como había sido establecida para Él por la voluntad de Dios. La imagen popular del Mesías venidero era una de un libertador militar que pondría Israel a salvo y establecería un gran imperio terrenal con Israel como su centro. El programa de Dios para el Mesías terminaba también en un trono, pero pasando por una cruz, Lucas 24.26. Las tentaciones del desierto dejarían en claro qué clase de Mesías era Jesús.

Satanás intentó introducir primeramente la punta de su cuña. Sin hacer referencia alguna a la misión de Cristo, dio curso a su ataque con el tema del alimento, que aparentemente no guardaba relación con el asunto, 4.3. No era admisible, insinuó Satanás, que el Rey de Israel pasara hambre en el desierto; ¡seguramente podría valerse de sus poderes mesiánicos para satisfacer sus necesidades modestas! La cuestión, sin embargo, se extendía mucho más allá de piedras y pan. Si el diablo podría persuadir a Jesús a actuar independientemente de la voluntad de Dios en un asunto pequeño, era probable que lograra hacerlo luego en asuntos mayores, como la cruz por ejemplo.

Era más obvia la relevancia de la segunda tentación. Si Jesús, en respuesta al uso hábil que Satanás hizo del Salmo 91.11,12, se hubiera lanzado del pináculo del templo, la muchedumbre de feligreses en el patio abajo hubiera servido de testigos seguros. Al ver su descenso en medio de escolta angelical, reconocerían al Señor quien habría venido “súbitamente a su templo”, Malaquías 3.1. Él ha podido lograr seguidores inmediatos si sólo se hubiera conformado al concepto popular del Mesías, ofreciendo algún espectáculo impactante.

Finalmente el diablo dejó a un lado todo disfraz y se manifestó abiertamente. Le ofreció a Jesús descaradamente todos los reinos de la tierra a cambio de su homenaje. Comprometerse con Él, razonaba Satanás, era un precio reducido para quitarse de por delante el Gólgota. ¡El Hijo del Hombre podría entrar en su gloria sin sufrimiento! Pero la senda futura de Jesús ya había sido escogida. La vía establecida por Dios era más costosa pero era la que Él iba a tomar.

Jesús derrotó al diablo con tres citas del último de los cinco libros de Moisés. Como David, cargaba cinco “piedras” pero necesitó una sola, 1 Samuel 17.40,49.

4.11 al 25
Dejando

El pasaje relata cuatro casos de dejar algo. Satanás dejó al Señor, 4.11; Jesús dejó a Nazaret, 4.13; Pedro y Andrés dejaron sus redes, 4 20; Jacobo y Juan dejaron su barca, 4.22.

Satanás dejó al Señor porque había sido derrotado. Se le acabaron sus municiones. Había realizado toda forma de tentación, Lucas 4 13, ¡pero ninguno de sus dardos encendidos había logrado descubrir material combustible en el Señor Jesús! En el Jordán Jesús había cumplido toda justicia, 3.15, y en el desierto había resistido toda tentación. Habiendo atado al hombre fuerte, Jesús procedió a saquear sus bienes, 12.29, por su ministerio de sanar y echar fuera los demonios.

Posiblemente el retiro de Jesús siguió los sucesos narrados en Lucas 4.16 al 30. Al ser así, dejó a Nazaret porque había sido rechazado, 4.13. A causa de su incredulidad, los hombres de Nazaret perdieron tanto su presencia como sus bendiciones. Capernaum, y no Nazaret, sería por tanto la escena de la mayoría de sus obras poderosas; ella sería “levantada hasta el cielo”, 11.23, tanto en privilegios como en su orgullo propio.

Capernaum quiere decir “aldea de Nahum”, y una tradición en Galilea afirma que era el lugar del entierro del profeta Nahum. Fue apropiado, ciertamente, que las calles de Capernaum fuesen caminadas por Uno que trajo las buenas nuevas y anunció la paz que Nahum había expresado en el 1.15 de su profecía casi 700 años antes. Ahora Zabulón podría valerse de “los tesoros escondidos” y Neftalí estaba de veras “lleno de la bendición de Jehová”, Deuteronomio 33.19,23.

Los cuatro pescadores dejaron la barca porque habían sido reclutados. Él les exigió dejar su oficio y acompañarle constantemente como sus alumnos y discípulos. Pedro y Andrés fueron llamados a una pesca más elevada, tal como David una vez fue llamado a una forma más sublime de pastorear, Salmo 78.70 al 72. No eran como los “pescadores” caldeos que pescaron la tierra de Judá para llevar cautivo el pueblo, Jeremías 16.16. Iban a ser más bien pescadores de la salvación. Es emocionante reconocer que el Señor llamó a unos humildes pescadores en vez de los ángeles, 4.11, para que fuesen sus evangelistas,
2 Corintios 4.7.

5.1 al 16
Verdadera bienaventuranza

El contenido de los capítulos 5 al 7 se llama a menudo el Sermón del Monte. Es la carta magna del reino de los cielos. Jesús comenzó su mensaje de la misma manera que comienza el libro de los Salmos, a saber, con una descripción del hombre verdaderamente bienaventurado.

La medición de la bienaventuranza es muy diferente a la del mundo. El mundo felicita y cuenta como dichosos a aquellos que logran riquezas, fama o vida fácil. La felicidad para el inconverso suele encontrarse en honores, bienes materiales o placer sensual. Cristo mide la bendición de una manera muy distinta. Su descripción del ciudadano ideal de su reino iba en contra de las ideas sobre qué involucraba pertenecer a ese reino.

Por lo general los judíos esperaban que la bienaventuranza del reino consistiera en autoridad, comodidad y abundancia. El manifiesto del Señor dio un rudo golpe a esta expectativa, 5.3 al 12. Los ciudadanos del reino tendrían opiniones humildes de sí mismos; llorarían por el pecado; serían mansos y pacíficos; tendrían gran afán por agradar a Dios; mostrarían simpatía y generosidad para con los demás en necesidad; se ocuparían de una pureza interna (en vez de la limpieza externa, como los fariseos) y serían amantes de la paz, buscándola. Lejos de ganarles respeto, estas características atraerían oposición.

Jesús había vivido su sermón por treinta años antes de predicarlo. Hasta cierto punto estas bienaventuranzas constituyen su autorretrato. Él era humilde de corazón, 11.29. Lamentó el efecto del pecado sobre otros, 23.37,38. Era manso, 11.29, 21.5. Su comida era el hacer la voluntad de su Padre, Juan 4.34. Manifestaba misericordia y compasión, Mateo 9.27 al 30. Era, y es, puro, 1 Juan 3.3 al 5. Él ha hecho la paz, Colosenses 1.20. Fue cruelmente perseguido y le maldecían, 1 Pedro 2.23. Por lo tanto, la descripción del ciudadano ideal del reino era la de su Rey.

Los discípulos que ponen por obra estas bienaventuranzas son la sal y la luz en medio de un mundo corrupto que está rodeado de la oscuridad espiritual, 5.13 al 16. Quien espera influenciar el mundo con conformarse a sus normas y prácticas está olvidándose de la lección de la sal. Quien se aleja de la realidad en derredor para recluirse al estilo del monje está olvidándose de la lección de la luz.

5.17 al 48
El cumplimiento de la ley

El Señor no había venido con el fin de desplazar la ley, sino para cumplirla. Es decir, Él explicaría su pleno sentido y lo que implicaba, penetrando por debajo de sus palabras hasta el espíritu de la ley y los principios que la sustentaban. Su disputa no era con la ley en sí sino con los escribas y fariseos. Nos conviene meditar sobre tres reglas —en efecto, tres “si no”— que el Señor estableció para la entrada a su reino: arrepentimiento, 18.3; nuevo nacimiento, Juan 3.5; conducta correcta, 5.20.

El 5.20 expone todo el tema del sermón. Los escribas eran maestros de teología y habían recibido años de preparación. Los fariseos eran grupos de seglares piadosos de todo sector de la sociedad; sólo sus líderes eran teólogos. Jesús habló de tres tipos de piedad: la de los teólogos, la de los seglares religiosos, y la de sus discípulos. Él trató primeramente con la falsa interpretación de la justicia espiritual, dada por los teólogos, 5.21 al 48. Siguió su controversia con la justicia de los fariseos; las limosnas, oraciones y ayunas eran las características sobresalientes de su piedad, 6.1 al 18. Finalmente, desarrolló la nueva justicia que debería identificar los discípulos suyos, 6.19 al 7.27.

En 5.21 al 48 el Señor dio una exposición espiritual de la ley. Su autoridad para hacer esto se destaca enfáticamente seis veces: “Pero yo os digo”. Reveló algo de las grandes exigencias de la ley, aun cuando el legalismo la había limitado a una mera conformidad exterior. Habló también de la actitud del discípulo hacia su hermano, 5.21 al 26; a las mujeres, 5.27 al 30; al matrimonio, 5.31,32; la conversación veraz, 5.33 al 37; la violencia, 5.38 al 42; y a su enemigo, 5.43 al 48.

Él advirtió a sus seguidores no aborrecer el uno al otro, 5.22, 1 Juan 3.15, y les dio consejo sobre cómo comportarse si otros les dieran motivo a aborrecerles. Obsérvense los primero en cuanto a la reconciliación de un hermano ofendido, 5.24; al interés en el reino de Dios, 6.33; y del juicio propio, 7.5. Jesús requirió una severidad sin tregua para cualquier cosa que resultaba ser una tentación a la carnalidad, 5.28 al 30. Los juramentos secretos, que habían resultado ser un subterfugio para engañar, fueron prohibidos. Uno no debía resistir en caso de ser tratado injustamente; ¡el discípulo ganaría al perder! No había nada digno de alabanza en simplemente amar a los propios, 5.45 al 47.

6.1 al 18
La oración

El Señor habló referente a la limosna, vv 1 al 4; la oración, vv 5 al 15; y el ayuno, vv 16 al 18. La primera es una acción dirigida a nuestros semejantes, la segunda a Dios, y la tercera a uno mismo. Cristo condenó al hombre que daba limosna con toque de trompeta, al hombre que se ubicaba en sitios de mayor visibilidad para orar, y al hombre que desfiguraba su rostro para dar a saber que estaba en ayuna.

El primer personaje deseaba ser alabado por los hombres; el segundo ser visto de los hombres; y el tercero mostrar a los hombres que ayunaba. De cada uno, el Señor dijo que ya tenía su recompensa. Sus palabras querían decir que los tales ya habían acusado recibo de su pago. ¡No quedaba saldo para llevar adelante para la aprobación celestial! Los gestos religiosos que uno hace para ganar aplausos carecen de valor en la estima del Padre.

En cuanto a la oración, el Señor tenía algo que decir acerca del lugar, la manera, y el contenido. Es decir, dio instrucciones sobre dónde, cómo y qué orar. Jesús no tenía lugar para la pantomima, ni para el rezo hueco o vana repetición, vv 5 al 8. La oración del 9 al 13 es impresionante por su brevedad, sencillez y alcance. Contiene sólo setenta y una palabras y puede ser repetida en treinta segundos. Sin embargo, es un verdadero compendio de oración, con peticiones que van desde la necesidad común del desayuno hasta los eternos propósitos de Dios. Pone a la gloria de Dios en primer lugar y las necesidades nuestras en el segundo puesto. Si bien los asuntos rutinarios no son demasiado insignificantes como para ser mencionados, la oración reconoce la supremacía de lo espiritual.

La oración comienza con un acercamiento íntimo, filial, pero a la vez mantiene la debida reverencia santa. El discípulo en oración pide luego el absoluto mando de Dios entre los hombres, cuando la tierra corresponderá con un justo reflejo de su voluntad aun como el cielo hace actualmente. Dejando el plan cósmico de las edades, él se concentra en las necesidades presentes, diarias y físicas. Finalmente, pide perdón por cualesquier faltas pasadas y que sea librado de las que podrían presentarse. Tomando muy en cuenta su propia debilidad y el engaño y destreza del diablo, el discípulo exhibe un sentido de completa desconfianza en sí mismo.

6.19 al 34
Cielo o tierra

La sección anterior plantea la pregunta de que si en las actividades religiosas buscamos la aprobación de Dios o de los hombres, si del cielo o de la tierra; 6.1 al 18. La elección entre cielo y tierra ocupa el resto del capítulo también. Las riquezas se pueden acumular para la una o la otra, 6.19 al 21. El tesoro en el cielo representa la mejor inversión y ofrece la mayor seguridad. El mundo dice de su riqueza que uno no puede llevarla consigo. Es cierto, 1 Timoteo 6.7, ¡pero dice el Señor que podemos enviarla por adelantado!

El discípulo debe tener como propósito dominante en su vida el de buscar el “reino de Dios”, 6.33. Sus ojos deben estar fijos en la aprobación celestial y su tesoro. El egoísmo, como una película, oscurece la visión e impide que la luz verdadera entre al alma. El creyente debe escoger quién o qué va a gobernar su vida. No puede servir a Dios y al dinero. Por cuanto el discípulo no puede fijar su afecto sobre los valores celestiales y terrenales a la vez (Nótese cómo el 6.25 comienza con por tanto), debe dedicar toda energía a los primeros y renunciar todo anhelo en cuanto a los postreros. Él sabe que Dios proveerá todas sus necesidades, 6.25 al 34.

Las preocupaciones sobre el quehacer diario pueden ser tan dañinas en lo espiritual como es el amor al dinero, 13.22. La ansiedad no sólo es estéril, sino innecesaria. No debemos afanarnos sobre lo que ponemos delante de o sobre nuestros cuerpos. Dios dio tanto la vida como el cuerpo, y proveerá también cosas menores como la comida y ropa. Valemos “mucho más” que las aves, y el Padre hará por nosotros “mucho más” que hará por las flores.

Lo que vale para el inconverso son las cosas de este mundo; él busca “todas estas cosas”. El creyente busca primeramente el reino de Dios. Para él, son las cosas espirituales que tienen mayor valor, y lo demás es de poca importancia. Dios cuida de sus necesidades terrenales. El hombre mundano persigue activamente las “cosas” de este mundo; el discípulo las recibe de su Padre. Él se interesa por los intereses de Dios y Dios se interesa por los suyos. Debemos estar libres de la ansiedad terrenal porque Él sabe qué necesitamos, 6.32; porque oye nuestras oraciones, Filipenses 4.6; y porque nos cuida, 1 Pedro 5.7. Con semejante cordón de tres dobleces, Eclesiastés 4.12, podemos enfrentar “el día de mañana” sin miedo ni ansiedad, 6.34.

capítulo 7
Oir y hacer

Los comentarios del Señor sobre el juicio de los demás no se refieren a los tribunales civiles como en Romanos 13, ni a la disciplina en la iglesia, 1 Corintios 5. Se refieren al juicio privado y despreciable de otros, el cual surge de la antipatía, un espíritu partidario y la envidia. Esta crítica innecesaria no encuentra lugar en la vida de un discípulo que humildemente reconoce sus faltas propias. A medida que uno crece en la gracia, se vuelve más severo en el juicio de sí mismo y más tolerante en su juicio de los demás.

La oración confiada y persistente es el recurso del discípulo en toda necesidad. Dios da “buenas cosas a los que le piden”, 7.11, Santiago 1.17. A menudo nos equivocamos en solicitudes y pedimos incorrectamente en el deseo de lograr algo correcto; en efecto, ¡pedimos una serpiente! Dios, sin embargo, toma en cuenta nuestra visión defectuosa, y en su sabiduría amorosa provee algo mejor, Efesios 3.20. Él nunca nos deja en peores condiciones ni se burla de nosotros.

El Señor cierra su sermón con un llamado al discipulado, hablando de dos caminos, dos árboles y dos cimientos. No se requiere esfuerzo alguno para transitar por el camino espacioso. Uno lo entra por una puerta que da cabida a las ambiciones mundanas, lujuria y voracidad. En cambio, se requieren propósito y firmeza para entrar y proseguir por el camino angosto que conduce a la única vida que vale.

El hombre en el camino espacioso dice que la vida consiste en acumular, abusar, vengar. El hombre en el camino angosto acepta la enseñanza de Cristo de que la vida consiste en dar, humillarse y dar la mejilla. La primera serie es “frutos malos” y la segunda “buenos frutos”. Los frutos determinan la naturaleza del árbol. Una gran profesión y las hazañas vistosas no aseguran la entrada en el reino de Dios; se logra sólo por sumisión a la voluntad del Padre.

Esta voluntad se da a conocer en “palabras” del Señor, 7.24 a 27. El hombre insensato vive según las normas del mundo. El hombre prudente practica los dichos de Cristo y se ajusta a la regla de oro en el 7.12, donde el Señor resume toda la ley y los profetas en una sencilla afirmación; “el que ama al prójimo, ha cumplido la ley”, Romanos 13.8. Es amor puesto por obra. Jesús no exige que apenas le escuchemos y que comprendamos sus dichos, y menos que simplemente los aplaudimos. Ezequiel 33.31,32.habla de los que “oirán tus palabras, y no las pondrán por obra; antes hacen halagos con sus bocas, y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia. Y he aquí que tú eres a ellos como cantor de amores, hermoso de voz y que canta bien; y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra”. ¡Pero el Señor exige que  pongamos por práctica sus dichos!

capítulo 8
Su palabra y su mano

Se narran aquí varias sucesos que ilustran la verdad de que “la palabra del rey es con potestad”, Eclesiastés 8.4. La autoridad de la palabra del Rey se impuso sobre los estragos de la enfermedad en 8.5 al 13. Un siervo estaba paralizado y gravemente atormentado, pero su maestro tenía fe en Cristo sin límite. “Solamente dí la palabra”, rogó. Grande fue la compasión del centurión y grande su humildad, 8.5 al 8 con Lucas 7.4, y grande su fe también. El Señor se maravilló ante tanta fe, algo como sus discípulos iban a maravillarse ante tanto poder en el versículo 27. La fe del centurión excedió la del leproso, 8.2, y dejó muy atrás la de los discípulos, 8.25,26.

La palabra del Señor tenía poder también sobre los representantes de Satanás. “Con la palabra echó fuera a los demonios”. En los versículos 28 al 34 se da un ejemplo de su dominio sobre las fuerzas y el reino de Satanás. Los demonios podían presentar su solicitud, pero en última instancia dependían de su mandato. Bastó una palabra del Rey: “Id”, y ellos se fueron.

Finalmente, su palabra controló la violencia del mar. En la tempestad Él durmió “sobre un cabezal”, Marcos 4.38. Observamos que un poco antes había dicho que no tenía dónde recostar su cabeza, 8.20. Posiblemente algún oído consagrado había escuchado, algún corazón devoto había sido tocado, y alguna mano tierna había provisto donde podría descansar. Él se levantó y puso bozal a la tempestad. Fue un caso del Salmo 148.8: “El viento de tempestad que ejecuta su palabra”.

Su palabra tenía poder; Él no precisaba de más. Por lo tanto, es grato notar las dos ocasiones cuando extendió la mano: 8.3, 15. ¡Cuán tierno su toque, y cuánto fue agradecido! Hasta donde sepamos, Jesús no había sanado un leproso antes de esta ocasión, y se ve que el hombre del 8.2 estaba inseguro de que se lo haría. No obstante, confió en el poder de Jesús. El leproso aquí dijo, “puedes”, en contraste con el hombre de Marcos 9.22 que dijo, “si puedes hacer algo”. Hoy el Señor dice “quiero” a los que padecen la lepra del pecado. Ellos gozan de la limpieza, 8.3, de su presencia, Hebreos 13.5, y de la esperanza de su regreso, Juan 14.3.

capítulo 9
El médico

Nos llaman la atención los efectos que los milagros del Señor tuvieron sobre aquellos que le vieron y oyeron, 9.8, 26,31,33. Grande habrá sido el regocijo de los que experimentaron su poder en sí mismos. Si hubieran optado por expresar su gozo en forma de cántico (“¿Está alguno alegre? Cante alabanzas”, Santiago 5.13), no hubieran encontrado palabras mejores que las de Salmo 103.3 al 5, donde David dio cinco descripciones del Señor. (“El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila)”.

Para el hombre paralítico, era el Dios “quien perdona todas sus iniquidades”,
9:1 al 7. El hombre debía mucho a la fe de sus amigos, quienes vencieron todo obstáculo y obtuvieron una bendición aun mayor de la que él esperaba. La cama que había sido símbolo de su enfermedad se convirtió en símbolo de salud y salvación. Para la mujer con el flujo de sangre, era el Dios “que sana todas tus dolencias”, 9.20 al 22. Tal fue la desbordante compasión del Señor que realizó una obra de gracia mientras estaba en el camino para hacer otra.

Para la hija de Jairo Él era “el que rescata del hoyo tu vida”, 9.18,19, 23 al 26. Jesús se refirió a su muerte como sueño. Su promesa fue de despertarla, y ella se levantó. Para los dos varones que clamaban por misericordia, era el Dios que “corona de favores y misericordias”, 9.27 al 31. Los ojos del ciego fueron abiertos por el Hijo de David, quien vino a salvar, 20.30, Isaías 35.4,5. Finalmente, para el endemoniado mudo, era el Dios que “sacia de bien tu boca”, 9.32,33. ¡El hombre podía hablar!

En el medio de la sección que registra estas hazañas, el Gran Médico asemeja los rechazados pecaminosos en derredor suyo a un hombre enfermo, viendo la enfermedad como un cuadro apto de los efectos del pecado. Se nos dan varias representaciones del pecador. Carece de fuerzas para caminar correctamente, 9.2, pero el evangelio es el poder de Dios, Romanos 1.16, 5.6. Está contaminado, 9.20, azotado, Marcos 5.29, inmundo, Levítico 15.25 al 30, pero el evangelio limpia, 1 Juan 1.7. El pecador está muerto en sus pecados, 9.18, pero el evangelio da vida, Efesios 2.1 al 5. Está cegado por el dios de este mundo, 9.27, pero el evangelio alumbra, 2 Corintios 4.4 al 6. No puede decir nada para confesar su estado, 9.32, ni puede alabar, pero el evangelio suelta la lengua trabada, Romanos 10.9, 1 Pedro 2.5.

¡Bendice, alma mía, a Jehová! Salmo 103:2.

capítulo 10
Toda necesidad satisfecha

El Señor comisionó a sus apóstoles. “Id”, dijo en el 10.6. Pero antes de ser enviados, “les dio autoridad”. El Señor siempre proporciona de nuevo la fuerza en relación con la tarea que asigna. Desde el día en que David fue ungido como rey, el Espíritu de Jehová vino sobre él, 1 Samuel 16.13. Si Eliseo iba a ser profeta en lugar de Elías, 1 Samuel 19.16, entonces él recibiría una doble porción de su espíritu, 2 Reyes 2.9 al 15.

Cuando el Señor llama, siempre capacita a uno y suple su necesidad. Jesús instruyó a los discípulos a quiénes deberían ir, qué hacer y decir, vv 5 al 8, y explicó cómo recibirían su sostén, vv 9 al 13. Les explicó cómo deberían actuar en caso que la gente les rechazara a ellos y su mensaje. Más adelante hablaría de los galardones eternos que esperan a aquellos que reciben de buena voluntad a sus embajadores, 10.40 al 42. Pero antes de esto, en los versículos 16 al 39, toma tiempo para advertir a sus discípulos de la oposición severa que encontrarían y a darles palabras de estímulo.

Los apóstoles han debido ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas, porque estarían expuestos a muerte como ovejas, incapaces de protegerse. Podrían esperar problemas de las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas, de judíos tanto como de gentiles, 10.17,18, pero el Señor les aseguró que no tenían por qué estar excesivamente preocupados. Aun cuando eran hombres “sin letras”, Hechos 4.13, ellos podrían resistir a sus superiores en autoridad y conocimiento, contando con la dirección del Espíritu.

Tampoco tenían que estar temerosos. ¿Por qué temer el sufrimiento cuando esto les hacía conformes a su Maestro? Ellos podrían mirar adelante a un tiempo cuando su integridad y triunfo serían reconocidos abiertamente. No tenían por qué amedrentarse ante opositores cuyo poder estaba limitado, ya que los tales podrían dañar tan sólo el cuerpo. El temor no tiene lugar en el corazón que reconoce que los incidentes más insignificantes de la vida obran sólo para bien. Dios se interesa por los detalles; Él cuida también al pájaro común, y cuánto más a sus hijos. Sin ansiedad acerca de su palabras o temor por su seguridad, los discípulos deben confesar a Cristo y amarle por encima de los demás,
10.32 al 39.

capítulo 11
Un alma reposada

El pasaje enfatiza la ocasión y los antecedentes de la oración de Jesús, vv 25, 26. “En aquel tiempo”, nos dirige al escenario sombrío descrito en la primera parte del capítulo. Juan el Bautista había vacilado en su fe, recluido en la cárcel de Marcaerus desde hace buen tiempo ya. Le fueron llevadas las noticias de las obras de Jesús, especialmente la restauración a vida del hijo de la viuda de Naín, Lucas 7.18. Él no dudaba de que Jesús fuera gran profeta pero ahora estaba menos seguro de que fuera el Cristo. El Mesías iba a “publicar libertad a los cautivos,
y a los presos apertura de la cárcel”, Isaías 61.1.

Juan había anunciado que el reino de Dios estaba cerca, 3.2. Si Jesús era el Rey, ¿dónde estaba la libertad y dónde el aventador y el fuego? 3.11,12. Jesús invitó a Juan reconsiderar sus obras, 11.4 al 6 con Isaías 35.3 al 6, 61.1,2. La generación a la cual Jesús atendió criticaba y se burlaba del ministerio suyo como al de Juan, 11.16 al 19. Juan no era de su agrado porque rehusaba participar en sus placeres de indulgencia propia;  “no bailaba”, 11.17. Ellos le descartaron como un fanático poseído de demonio. Jesús tampoco les agradó. Rehusó ceñirse a las reglas de su tradición oral con sus lavamientos y ayunos hipócritas; “no lamentaba”, 11.17. Le descartaron como un comilón. Las ciudades, donde Jesús había efectuado la mayoría de sus señales, se negaron a responder con arrepentimiento, 11.20 al 24. El área más favorecida de la tierra se quedó en incredulidad. Todas estas circunstancias se conjugaban a desanimar. Parecía que Él había gastado sus fuerzas “en vano y sin provecho”, Isaías 49.4. Pero no se cansaría ni desmayaría, Isaías 42.4.

“En aquel tiempo”, Mateo 11.25, se dirigió a Dios en alabanza. Cuando Jacob había cruzado sus manos al bendecir a los hijos de José, éste había exclamado, “No así, padre mío”, Génesis 48.17,18. El Señor veía que de la misma manera su Padre había cruzado las manos, revelando sus secretos a los niños pero escondiéndolos de los sabios. Sin embargo, respondió, “Sí, Padre, porque así te agradó”. Frente a sus pruebas y rechazamiento, el Señor manifestó una sumisión absoluta a la voluntad y yugo de su Padre. En eso encontró descanso para su alma. En medio de todo aquello, se quedó sereno y en paz, y hoy nos brinda el mismo reposo.

12.1 al 21
Lícito

Los fariseos se cuidaban en salvaguardar los intereses de su día de reposo. Jesús, sin embargo, ya había ofrecido a los hombres un reposo mucho mayor: “Yo os haré descansar” “Hallaréis descanso para vuestras almas”, 11.28, 29.

Los fariseos criticaban a los discípulos por satisfacer su hambre al arrancar y comer espigas de los sembrados en un día de reposo; no era “lícito” hacerlo. Jesús citó dos casos como respuesta: aquel de David, para quien técnicamente no era “lícito” comer los panes de la proposición, Levítico 24.9 y 1 Samuel 21.6, y, de igual relevancia, aquel del sacerdocio en el templo en los días sábado, Números 28.9. En ambos casos la letra de la ley judaica contradecía leyes y principios mayores. La acción de David se justificó por la prioridad del servicio de Dios.

Los fariseos tenían sus valores completamente distorsionados. Si hubieran captado la esencia de la religión pura, hubieran tenido lástima de los discípulos en vez de condenarlos. La responsabilidad de los sacerdotes en el templo les libraba de culpa. ¡Cuánto más entonces estaban los discípulos libres de culpa a causa de su asociación con Uno mucho mayor que el templo! El ángel había dicho de Jesús, “Este será grande”, Lucas 1.32. En su función sacerdotal, era mayor que el templo, 12.6; en su función profética, era mayor que Salomón, 12.42. El Mesías tenía plena autoridad para dirigir el estilo del cumplimiento con el sábado y sancionar los hechos de necesidad en aquel día, 12.8.

Cuando los fariseos preguntaron si era lícito sanar en el día de reposo, Jesús respondió que era lícito hacer el bien. Ellos vieron la sanidad de los enfermos como una obra que se podría evitar; Él la veía como una obligación. Uno hace mal al dejar sin hacer un buen ministerio que está dentro de su alcance. Estando, pues, en la obligación de “hacer” algo, ¡Jesús hacía el bien! A diferencia de la expectativa popular de un Mesías conquistador, el Siervo de Jehová tuvo en desdén la ostentación y el autobombo. Aun cuando era severo con los fariseos hipócritas, manifestaba extrema ternura a los débiles y enfermos, 12.16 al 20.

12.22 al 50
¿Poder de Satanás o de Dios?

Los fariseos estaban atónitos porque la gente sacó la conclusión apropiada de las grandes obras de sanidad del Señor, 12.23. Ciertamente su poder no podía ser explicado en términos meramente humanos. Imposibilitados de atribuirlo al poder de Dios, los fariseos afirmaron que Jesús estaba en liga con el diablo. El Señor con calma se enfrentó a la acusación y la dejó en pedazos, señalando la presunción absurda que estaba involucrada en la acusación, a saber que Satanás estaba operando en contra de sí mismo.

Ninguna sociedad organizada —sea reino, ciudad u hogar— puede quedarse en pie cuando está dividida. El poder de Satanás estaba fallando, afirmó Cristo, no a causa de guerra civil adentro sino por una invasión desde afuera. Satanás se había encontrado con una fuerza mayor que la suya propia. El poder del Espíritu de Dios había intervenido; el reino de Dios había brillado repentinamente sobre la humanidad.

“El que no es contra nosotros, por nosotros es”, Lucas 9.50, es la norma de medición que el discípulo emplea en cuanto a los demás. Al examinarse a sí mismo, en cambio, la prueba que aplica es: “El que no es conmigo, contra mí es”, Mateo 12.30. ¡No hay terreno neutral!

En vez de aceptar el milagro de Cristo como evidencia de que era el Mesías, los fariseos optaron por presentar el bien como mal y asignar al diablo el poder del Espíritu. Los tales hombres estaban resueltos a rechazar a Jesús y cerrar sus ojos a toda prueba. Para ellos no había esperanza. Nada más se podía hacer para convencerles o conducirles al arrepentimiento, y sin esto no habría perdón, 12.31,32, Marcos 3.28 al 30. Jesús destacó que el árbol y su fruto tenían que ser del mismo carácter.

Si el sacar demonios (el fruto) era una obra buena, el poder para hacerlo (el árbol) tenía que ser bueno también, 12.33. La acusación de los fariseos revelaba la verdadera condición de sus corazones. Las palabras eran un indicio de carácter y, como tal, serían tomadas como evidencia “en el día del juicio”. El Señor rehusó realizar un milagro con el fin de deslumbrar al pueblo para que le aceptaran. Los hombres han debido leer por fe las señales mesiánicas que ya les habían sido dadas y haber respondido con arrepentimiento.

13.1 al 23
Sembrador, semilla y tierra

Las siete parábolas contadas por Balaam tenían que ver con la nación de Israel, Números capítulos 23 y 24; las siete parábolas contadas por Jesús en Mateo 13 tienen que ver con el reino de los cielos.

La primera de las parábolas del Señor es la del Sembrador. Su importancia puede ser estimada por el hecho de que es una de dos parábolas comunes a todos los evangelios sinópticos. La parábola reta a los hombres en cuanto a si están recibiendo la “semilla”, que es “la palabra del reino”, con resultados positivos y duraderos. Con tal que el sembrador haga bien su tarea y la semilla sea buena, los resultados de la siembra dependen del tipo de lugar donde cae la semilla.

Jesús describe cuatro tipos de tierra: el lado del camino, los sitios pedregosos, entre espinos, y la buena. En el primer caso la semilla cayó sobre pero no en; en el segundo, cayó en pero no abajo; en el tercero, cayó abajo pero no subió de nuevo. Sólo en el cuarto caso cayó la semilla sobre la tierra, entró en allá, penetró abajo, y luego creció hacia arriba en cosecha abundante. No fue comida, quemada ni ahogada.

El primero representa el caso donde “la palabra” se queda sobre la superficie de la memoria de uno. La mente no abarca su real sentido, y por lo tanto es fácil para el diablo quitar su impacto. El segundo es el caso donde la persona oye la palabra con entusiasmo pero realmente no la toma a pecho. Por consiguiente, no está preparado el oyente para enfrentar las pruebas que vienen en forma de oposición. El tercero es el caso donde alguien recibe “la palabra” y da toda apariencia y promesa de poseer vida. Pero, a medida que pasan los días, el efecto de aquella palabra está bloqueado y frustrado por las preocupaciones de la vida misma; por ansiedad, bienestar material y mundanalidad, Lucas 8.14. El cuarto representa el caso donde “la palabra” no sólo es oída y comprendida sino que permanece y rinde resultados en la vida de uno. La persona es “salva;” véase Lucas 8.12.

Un punto práctico: Jesús dijo que el sembrador salió a sembrar. El sembrador no meramente publicó un aviso para decir que en tal y tal sitio el evangelio sería predicado a cierta hora, y que por lo tanto los inconversos deberán acudir para “ser sembrados”. ¡Ni Jesús ni sus apóstoles operaron de esa manera!

13.24 al 58
El reino de los cielos

La lectura contiene seis parábolas. Las primeras tres fueron dirigidas a la multitud y dichas fuera de la casa, como fue la del Sembrador también, 13:1 al 3. Las últimas tres fueron dirigidas a los discípulos, dentro de la casa, 13.36. Las primeras tres parábolas tienen que ver con la apariencia y el carácter de lo que es el reino de Dios por fuera. Las últimas tres revelan los pensamientos de Dios acerca del reino, y manifiestan que tiene una respuesta a toda la perversidad y fracaso asociados con la profesión falsa que se describe en las primeras tres. El que relató las parábolas poseía gran autoridad, afirmando que eran suyos el mundo, los ángeles y el reino, 13.24, 37 al 41.

Cada una de las últimas tres parábolas corresponde estrechamente a una de las primeras tres. Hay una pronunciada semejanza entre la interpretación de la primera y la última, 13.40 al 42, 49, 50. La de la cizaña enseña que el diablo introduce sus agentes entremezclados con “los hijos del reino”, 13.38, 39. La de la red enseña que el Señor separará, a su tiempo y a su manera, lo bueno y lo malo, 13.48 al 50. La parábola de la semilla de mostaza describe cómo el movimiento que profesa el nombre de Cristo se convertirá de un comienzo humilde a una organización mundial impresionante, 13.31, 32.

Para el simbolismo del árbol, las aves y las ramas, véanse Ezequiel 31 y Daniel 4. Posiblemente las aves del cielo representan la influencia satánica, Lucas 8.5, 12. La perla solitaria en los versículos 45 y 46 es la iglesia verdadera (el cuerpo de Efesios 4.4 al 16) la cual, quedándose relativamente pequeña, es sumamente valiosa en los ojos del Señor. En el lenguaje de la parábola, Él “vendió todo lo que tenía, y la compró”. Véanse 2 Corintios 8.9 y Efesios 5.25.

Un día la perla le será presentada a Él “una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”, Efesios 5.27. La levadura, 13.33, habla de la corrupción que obra sutilmente; es tanto la doctrina mala, 16.6, 12, como la maldad, 1 Corintios 5.8. Si la semilla de mostaza describe el crecimiento externo de la iglesia profesante, entonces la levadura escondida describe su corrupción interior. Pero el Señor tiene algo escondido también, 13.44. Israel es su tesoro, y por ahora está escondido en el campo del mundo pero precioso a Él.

capítulo 14
Alimento para la multitud

Había sido tapada violentamente la voz que en un tiempo clamaba en el desierto. Cuando Herodes oyó de Jesús, su mala conciencia concluyó que Juan había vuelto de entre los muertos y estaba realizando milagros en resurrección; algo que nunca hacía en vida, Juan 10.41.

Al oir del martirio del Bautista, Jesús buscó un lugar de soledad. Sin embargo, no le sería concedida la tranquilidad. La multitud le siguió y rudamente interrumpió su meditación. Es agradable observar la manera en que Jesús les recibió. No había nada de irritación, ni señal de sentirse molesto. Él fue movido, no por resentimiento, sino “tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos”, 14.14.

Más adelante, dio de comer a toda la multitud, que era de más de cinco mil personas, con sólo cinco panes y dos peces. Debemos observar la manera en que el Señor obró. Primeramente, exigió a los discípulos llevarle sus recursos limitados; luego multiplicó maravillosamente esta provisión; finalmente, la devolvió a ellos para que la distribuyeran a la multitud. Hoy día Él desea emplear todavía a sus discípulos en atender a las necesidades de la humanidad. Pide que le llevemos lo poco que tenemos; lo bendice a su manera propia, y nos encarga a nosotros a distribuirlo a otros. Es un privilegio inefable poder ser usado así de parte del Señor, pero a la vez es una responsabilidad nuestra.

Aquella noche los discípulos estaban remando duramente en las aguas turbulentas del mar de Galilea cuando Jesús se acercó, caminando sobre esas aguas. Para calmar sus temores, dijo simplemente: “¡Tened ánimo! Yo soy”. Sus palabras, “Consumado es” en Juan 19.30 nos dirigen a la Cruz y una salvación que es completa; sus palabras en Mateo 4.4, “Escrito está”, nos dirigen a su Palabra y un arma que nos capacita para vencer al maligno; y, sus palabras aquí, “”Yo soy”, nos dirigen a su Persona y su presencia continua en medio de todas nuestras luchas y ansiedades.

15.1 al 31
Gran fe

Claramente la mujer de Canaán estaba en gran necesidad; su hija era gravemente atormentada por un demonio. Pero parecía al principio que su petición sería negada. En la primera instancia el Señor guardó silencio ante su rogativa, y cuando habló, nada de lo que dijo era causa de aliento. A sus discípulos, quienes se interesaron por el caso, dijo: “No soy enviado”, y ante la insistencia de la mujer dijo: “No está bien”. No era que le faltaba compasión para la mujer ni para la hija. El impedimento estaba más bien en la manera en que ella se dirigió a Él al comienzo. Le llamó Hijo de David, un título netamente judaico. Otros que lo hicieron fueron bendecidos en seguida, 9.27, 20.30. Pero ellos eran judíos y ésta era gentil. Ella no tenía la facilidad de acercarse a Él cual Hijo de David; su base de acercamiento era inapropiada.

El Señor le hace ver el lugar de afuera que le corresponde, comparando su posición a la del animal doméstico en contraste con los privilegios de los hijos de la casa (que representan al pueblo de Israel). Su fe se impuso magníficamente en la respuesta que dio. No le contradijo; más bien, dio vuelta a las palabras del Señor para apoyar lo que ella pedía. Tomó el mismo tema que Él había empleado, y con la certidumbre de la fe lo envió de vuelta. Reconociendo ahora su verdadera posición, afirmó que aun el perrillo de la casa podía esperar cierta porción suya.

Ella no intentaba negar a Israel lo suyo, ni buscaba para sí la parte que corresponde a “los hijos”. Pero seguramente habría “migajas” que ella podría solicitar. Su fe en Él fue tal que asemejó a meras migajas el poder necesario para que Él tratara a su hija. Grande fue su fe y, como Jacob, ella luchó y prevaleció. “Hágase contigo como quieres”, dijo. Al principio parecía que le sería negado el favor más insignificante, pero ahora Él le abre los vastos tesoros y recursos suyos, invitándola a tomar todo cuanto necesite. Que Dios nos dé la fe para “orar sin cesar”, 1 Tesalonicenses 5.17. ¡Acordémonos de que sus demoras no son necesariamente sus rechazos!

15.32 al 16.12
Consagración plena

Esta fue la segunda vez que Jesús había alimentado una multitud grande con apenas unos pocos panes y peces. Las canastas que se llenaron de sobrantes en esta segunda ocasión eran mucho mayores que las cestas en el milagro del capítulo 14. No obstante, el número de portaobjetos involucrados nos enseña una lección sencilla pero valiosa. Cuando el Señor alimentó a más de cinco mil con cinco panes y dos peces, se llenaron de pedazos las doce canastas pequeñas. Ahora emplea siete panes y pocos peces para dar de comer a un número menor de personas. Bien pudiéramos haber esperado encontrar más de doce canastas llenas después del evento, pero resulta que eran sólo siete.

¿Por qué no parecen ser los resultados de este milagro tan sobresalientes que en el otro caso? La explicación está en Marcos 8.10,14, donde se nos informa que inmediatamente después del incidente los discípulos se quedan con “un pan” en su barco. Jesús les había preguntado claramente, “¿Cuántos panes tenéis?” Parece que se olvidaron, o dejaron adrede, uno en la barca. La bendición disminuyó porque, al ser probados, dejaron de entregar y consagrar a Él todo cuanto tenían. Si nosotros vamos a experimentar plena bendición en el servicio del Señor,
Él debe disponer de todo lo nuestro. ¿Lo tiene?

Más adelante advirtió a sus discípulos a guardarse de la levadura de los fariseos y de los saduceos, 16.6. Se refería a la doctrina pero los discípulos equivocadamente entendieron que se refería al hecho de que no habían traído alimento. Él les recordó de las dos ocasiones recientes cuando había alimentado grandes multitudes. Por lo tanto, hubiera sido relativamente poca cosa para Él dar de comer para sí y para los discípulos. A la luz de los acontecimientos anteriores, ellos no deberían haberse imaginado nunca que la provisión de comida le sería problemático para Jesús.

Cuando necesidades nuevas nos confrontan, debemos considerar cómo el Señor se ha probado a favor nuestro en el pasado, y confiar que lo hará de nuevo. David nos proporciona un ejemplo del razonamiento de la fe cuando dijo: “Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, Él también me librará de la mano de este filisteo”, 1 Samuel 17.37. Pablo razonaba de la misma manera; 2 Corintios 1 10: “nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará”. ¿Y nosotros?

16.13 al 28
Los sufrimientos de Cristo

Es claro que la personalidad de Jesús dejó una impresión profunda en el pueblo de su día. Sin duda discernieron cualidades en el Señor que les condujeron a identificarle con uno y otro como en 16.14. Él compartió con el Bautista un rechazamiento sin tregua del pecado y la hipocresía; se caracterizó por el mismo coraje y valentía que los hombres asociaron con Elías y a la vez por una compasión parecida a la del profeta de las lamentaciones, Jeremías.

Pero Pedro sabía que ya habían pasado a la historia aquellos personajes y sus tiempos. Ahora estaba presente nadie menos que el Cristo, el Hijo de Dios. Gracias a todo lo que él había oído y vista del Señor, Pedro había sido permitido por el Padre a penetrar el secreto de la persona del Señor, 16.16. Con todo,
a Pedro le faltaba gran trecho.

Él no guardaba la idea popular de la identidad de Jesús pero definitivamente sí tenía el concepto popular de qué involucraba ser el Mesías. Su noción mesiánica quedaba muy corta frente a la verdad del caso; por consiguiente, cuando Jesús habló de morir en Jerusalén, Pedro se opuso.

Pedro tenía razón en cuanto a los títulos del Señor pero estaba errado en cuanto a su misión. La cruz le era un tropiezo, y esto puso de manifiesto que sus ideas del Mesías habían sido moldeadas por hombres y no por Dios. En el propósito divino, los sufrimientos de Cristo eran una parte integral de su misión, 20.28. Más adelante Pedro llegó a comprender todo esto. En su primera Epístola habla en cada capítulo de los sufrimientos, y en cada mención los asocia con el título Cristo.

En las palabras que Pedro habló en Cesarea de Filipo, Jesús oyó dos ecos diferentes del pasado. Conoció el primero como la voz de su Padre, quien había declarado en su bautismo que era su Hijo divino y único, 16.16,17. Conoció también la voz del diablo, quien le había aconsejado en la tentación en el desierto a dejar la cruz a un lado y proceder directamente al trono, 16.22,23. Aquel día una misma fuente —los labios de Pedro— echó agua dulce y amarga, Santiago 3.11. Pero Jesús no fue engañado; no pudo ser desviado de su misión de la salvación. Él tuvo una Iglesia que construir, 16.16 18. Tal fue su amor para con esta Iglesia que Cristo estaba dispuesto a entregarse a sí mismo por ella, Efesios 5.25.

capítulo 17
Jesús sólo

Tanto en su bautismo como en la montaña de la transfiguración, Dios señaló al Señor Jesús como su Hijo amado en quien tenía complacencia, 3.17, 17.5. En el Jordán el Padre le destacó como encima de los peores de los hombres. En la montaña le destacó como encima de los mejores. En todo sentido el Señor es mayor que Moisés o Elías. Ambos eran profetas que habían hablado la palabra del Señor, pero Dios estaba hablando ahora “por su Hijo”, Hebreos 1.1,2. “A él oíd”, dijo, 17.5.

Tanto Moisés como Elías eran hombres de montaña (Sinaí y Carmelo) pero en esta montaña ellos no deben figurar sino dejarnos ver a “Jesús solo”. Tanto Moisés como Elías controlaron grandes aguas. Moisés tenía que usar una vara, Éxodo 14.16, y Elías un manta, 2 Reyes 2.8. Cuando Jesús controló las aguas, su palabra bastó, 8.26.

Las maneras en que Moisés y Elías se retiraron de este mundo eran del todo inusitadas. Moisés murió en una montaña a causa de un pecado que había cometido, y Dios mismo le enterró. Elías fue trasladado directamente a la gloria. La manera en que el Señor se retiró fue la suma de estos dos casos. Como Moisés, murió en una montaña (pero por los pecados nuestros) y las circunstancias de su entierro fueron establecidas por Dios, Isaías 53 9. Como Elías, fue “llevado arriba al cielo”, Lucas 24.51.

En vista de las circunstancias que le enfrentaron, hubo un momento en que Moisés estaba decidido a renunciar. Dijo que su responsabilidad era excesiva, Números 11.14. En 1 Reyes 19.4 Elías también encontró la senda demasiado difícil, y clamó, “¡Baste ya!” El Señor se enfrentó a oleadas de oposición que los otros dos nunca conocieron, pero prosiguió hasta que pudo anunciar que “Consumado es”.

Moisés y Elías podían influenciar sólo el comportamiento exterior del pueblo. No eran capaces de cambiar los corazones y, por consiguiente, no llegaron a nada las promesas más sobresalientes del pueblo, Éxodo 19.8 (“Todo lo que Jehová ha dicho, haremos”), ni sus confesiones, 1 Reyes 18.39 (“¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios!”). Jesús inauguró un nuevo pacto en su sangre. Una de sus condiciones está escrita en nuestros corazones. Pedro fue reprendido porque puso el Señor al mismo nivel con Moisés y Elías, 17.4,5. Él aprendió su lección. Al relatar la transfiguración, tiene lugar para “Jesús sólo”, 2 Pedro 1.16 al 18.

18.1 al 14
Un niño como éste

Cuando los discípulos preguntaron quién sería el mayor en el reino de los cielos, el Señor se valió de un pequeño niño como ilustración idónea para su respuesta. Un niño desconoce el orgullo, la altanería y la ambición egoísta. El Señor advirtió a los discípulos que, al no revertir el rumbo de sus pensamientos y aprender la confianza y humildad de un niño, nunca podrían comenzar a comprender qué significa el ser gobernado por Dios. Al no abandonar su egoísmo, no entrarían en el reino de Dios, y mucho menos serían el mayor en él.

La verdadera humildad no consiste en pensar cosas malas acerca de nosotros mismos, sino en no pensar nada acerca de nosotros mismos. Un discípulo necesita esta clase de humildad si va a lograr la grandeza en el reino de los cielos, 18.4. Pero no es sólo que el discípulo debe ser humilde y sin pretensiones en cuanto a sí mismo, sino que debe asumir una actitud sana para con otros que creen en Jesús. Para la tal persona, recibir a uno de ellos es recibir al Señor mismo. Está cometiendo el peor de los pecados el que hace más difícil la senda del hermano humilde. Es mejor no vivir que no amar, 18.6. Hay que tratar de la manera más severa —sea cual fuere el costo a uno mismo— cualquier tendencia en el discípulo que dé lugar a tentación o tropiezo a otro.

El pasaje enfatiza que los creyentes humildes no son, por regla general, de gran estima en los ojos del mundo; repetidas veces se refiere a ellos como “niños” y “pequeños”, 18.3,5,6,10,14. El pecado que asediaba a muchos fariseos y maestros de la ley era el desdén para los indoctos y aquellos que a su juicio eran indignos de atención. El discípulo, sin embargo, debe tener cuidado a no menospreciar a cualquiera de los “pequeños” del Señor.

El Señor da tres razones. Ellos son atendidos por seres altos y nobles que gozan de la presencia y favor de Dios, 18.10. Fueron buscados y salvados por el Hijo de Hombre, para quien son de inexplicable estima, 18.11 al 13. Y, tercera, son objeto del cuidado y la gracia del Padre, 18.14. Puede que los “pequeños” sean vistos con desdén por los mundanales, pero su bienestar es de suprema importancia a los santos ángeles, al divino Pastor y al Padre, quien no permitirá que uno de ellos se pierda. Que el Señor nos libre de pisotear a aquellos que describe como “la niña de su ojo”, Zacarías 2.8.

18.15 al 35
El perdón

Pedro interrumpió al Señor para pedir la clarificación de un punto. El Señor había venido esbozando el procedimiento a seguir en el caso que un cristiano hiciera algo malo contra otro, vv 15 al 17, y había dada a entender que el hermano arrepentido debe ser perdonado. Bien, pero Pedro quería saber cómo sería el caso si ese otro cometiere una segunda ofensa … ¿o una tercera? ¿Cuántas veces debe el cristiano perdonar a otro antes de decir que basta de eso? Pedro sugirió que tal vez siete veces sería un límite razonable.

El Señor le contestó con una parábola, 18.23 al 34. El siervo de cierto rey le debía una fabulosa suma de dinero y le rogó plaza para cancelar. Resulta que el rey concedió más de lo que el siervo pidió. En vez de establecer un límite de tiempo para la cancelación de la deuda, la condonó enteramente. El siervo estaba libre. Poco después, este mismo hombre encontró a otro siervo quien le debía una suma sin importancia. El colega le pidió un plazo para cancelar la deuda, pero el mismo fue negado, y más bien él fue tratado muy mal.

Cuando el rey conoció el caso, con toda razón trató sin misericordia al primer siervo. Comoquiera que nuestros hermanos y hermanas pequen contra nosotros, su deber hacia nosotros siempre será una cosa sin importancia en comparación con el número de pecados que Dios en su gracia nos ha perdonado. Generalmente bastan los dedos de una solo mano para contar las ocasiones cuando otros nos han hecho mal. ¡Pero un computador electrónico no podría mantener la cuenta de las veces en nosotros hemos ofendido a nuestro Señor! Aun así, en gracia nos ha perdonado todo.

Tenemos que recordarnos constantemente del costo e importancia de nuestro perdón. No sólo nos hará amar más al Señor, Lucas 7.41 al 43, sino también nos hará más dispuestos a perdonar a aquellos que nos ofenden. No se puede fijar límites numéricos al perdón en el reino de los cielos, ya que la única manera de entrar en él es el perdón irrestricto. Si siempre perdonamos a nuestro hermano de corazón, 18.35, ni siquiera sabremos cuántas fueron las veces, ¡porque no vamos a guardar la cuenta! Cuídese de guardar Efesios 4.32: “Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

.19.1 al 15
No los impidáis

Una pregunta formulada por los fariseos dio lugar a la explicación de parte del Señor de su doctrina sobre el matrimonio. Él puso a un lado la ley, la cual había sido dada a causa de la dureza de corazón de ellos, Deuteronomio 24.1 al 4. Se refirió al propósito original de Dios según el cual un varón y una mujer se unían y se hacían uno en los ojos de Dios.

El Señor por lo tanto estableció de nuevo el verdadero carácter del lazo matrimonial. Esta unión no admitió ruptura salvo por la circunstancia excepcional de la fornicación. Los discípulos expresaron la opinión de si el matrimonio era tan comprometedor así, ¡entonces mejor sería no casarse nunca! Algunos hombres, explicó el Señor, ciertamente no llegarían a casarse ni participar en la venida al mundo de hijos suyos. El motivo más elevado en este sentido correspondía a aquellos que renunciaran la vida familiar para el bien del reino de los cielos.

Es evidente que los apóstoles entendieron esto en el sentido de que el matrimonio y la familia constituyen una segunda opción poco deseable para un discípulo. Fue “entonces” que le fueron presentados unos niños. No nos dice quiénes los presentaron, 19.13, Marcos 10.13, Lucas 18.15, pero sin duda algunos padres estaban involucrados. De todos modos, ¡los guardianes autonombrados se apresuraron a vedar el acceso al Señor! Les parecía obvio que Él, habiendo hablado así del matrimonio, no vería con agrado ser molestado por un grupo de niños con sus padres y madres.

Por lo tanto, “los discípulos les reprendieron”. Estaba seguros de que Él no tendría interés en niños. ¡Cuán equivocados estaban! Jesús se indignó, Marcos 10.14. Llamándoles a sí los niños, reprendió a los discípulos, Lucas 18.16. Para evitar cualquier mal entendido, expresó su interés en los niños por medio de un mandamiento positivo y uno negativo: a los tales se debe dejar venir y no prohibirlo.

Luego no sólo les puso las manos encima, 19.15, sino que los tomó en sus brazos y los bendecía, Marcos 10.16. Podemos asociar esto con el interés que Él tomó en los juegos de los niños en las plazas, 11.16,17. Por cierto, su último mensaje antes de ser crucificado incluyó una referencia a los niños, Lucas 23.3 8. Que se animen todos aquellos que trabajan entre niños y jóvenes, sea en escuela dominical, reuniones para jóvenes, escuela diaria, u hogar. El Señor se interesó por los niños.

19.16 al 20.16
Mi motivo en servicio

El Señor relató la parábola de los jornaleros, 20.1 al 15, para ilustrar y explicar su dicho: “Los primeros serán postreros, y los postreros primeros”. El mensaje de la parábola está en la manera cómo se distribuye el jornal al final del día. Fueron pagados primeramente aquellos que menos tiempo trabajaron. Cuando les tocó a los que trabajaron dos veces más tiempo, ellos recibieron la misma paga, y no les gustó. Los hombres que comenzaron primero fueron colocados en el último lugar, y para colmo fueron remunerados menos en proporción a la labor que realizaron. Pero habían convenido antes en cuanto a su jornal, 20.2, y todo se realizó ordenadamente.

Estos habían deseado saber qué iban a recibir por su esfuerzo. En cambio, los obreros que se incorporaron de último no insistieron en negociar una tasa de antemano; ellos estaban dispuestos a confiar en la honestidad y generosidad del dueño del viñedo. ¡Esta segunda actitud pagó dividendos elevados! Él fue justo con los primeros, y generoso con los postreros. Los negociadores, “los primeros”, se encontraron en la última posición en la fila para recibir la recompensa.

La parábola fue para el provecho de los discípulos, quienes habían escuchado cuando el Señor exigió al joven rico que dejara todo para seguir a Jesús. La promesa fue que él tendría “tesoro en el cielo”, 19.21. El joven no estaba dispuesto a pagar el precio, pero ellos sí lo habían pagado. Habiendo cumplido con las condiciones del Señor, querían conocer más detalles acerca del “tesoro” que consideraban suyo para recibir, 19.27. El Señor con gran gracia les prometió puestos de autoridad en su reino y una recompensa cien veces más por todos los lazos terrenales que habían sacrificado.

Luego les contó la parábola. En efecto les advirtió a no ocuparse indebidamente con los detalles de su galardón. Un poco hecho aquí en el espíritu de amor y devoción valió más que mucho realizado en el espíritu de un asalariado. El galardón celestial nos está prometido como estímulo en nuestro servicio para Cristo, pero no debe ser el motivo de tal servicio. “El amor de Cristo nos constriñe”, 2 Corintios 5.14. Con toda seguridad podemos confiar en que el Señor premiará justamente. Él no es injusto para olvidar, Hebreos 6.10.

20.17 al 34
La verdadera grandeza

Como tantos otros, Salomé esperaba que el Señor redimiera a Israel de la odiada opresión de Roma para establecer un reino terrenal y político. Ella codiciaba un puesto de prominencia y poder para sus hijos en aquel reino, y ellos guardaban el mismo anhelo. Jesús cuestionaba su capacidad para participar en su copa y su bautismo. Se refería al sufrimiento que le quedaba por delante, pero ellos le entendieron mal de un todo.

En el Antiguo Testamento el beber de una copa podría entenderse para bien o para mal, y Jacobo y Juan interpretaban sus palabras como una referencia a las bendiciones en el reino. Por lo tanto, afirmaron que sí podrían participar de su reino. Con tristeza Jesús confirmó que ellos dos experimentarían “la participación de sus sufrimientos”, Filipenses 3.10. La posición de eminencia, sin embargo, no era suya para dar. Los demás apóstoles estaban molestos a causa de esta petición egoísta, y resintieron profundamente el intento a asegurarse puestos principales.

Con todo, el resentimiento de los diez varones tenía sus raíces en precisamente el mismo suelo que la solicitud de los dos. Claramente todos los doce conceptuaban el reino de Cristo como parecido al imperio romano con sus procuradores, demireyes y emperador. Este afán para el bien propio de parte de los dos hermanos, y el mal agrado de los otros discípulos, procedían del mismo concepto mundano de la grandeza. El hombre con autoridad se considera como el mayor. ¡Estaban del todo errados! Las reglas del reino de Jesús iban en sentido contrario. El mayor de todos era el siervo de todos. Jacobo y Juan no han debido buscar una posición donde serían servidos, y los demás no han debido molestarse tanto ante la posibilidad de servirles.

El Señor citó su propio ejemplo en vida y en muerte. Él había venido para servir y a dar su vida por otros. Sus palabras encuentran comentario adecuado hoy en la lectura. Su disposición a servir se ve en 20.29 al 34. Otros pensaban que los ciegos no ameritaban su atención, pero Él se detuvo y les dio la vista. “¿Qué queréis que os haga?” son palabras de uno que sirve. Su disposición a dar su vida se afirma explícitamente en 20.17 al 19. Nosotros tenemos que enfrentar la pregunta: ¿Prefiero ser un siervo o un gobernante entre el pueblo de Dios?

21.1 al 16
El Rey viene

La entrada del Señor en Jerusalén fue acompañada de mucho entusiasmo y emoción. Que Dios nos permita experimentar un poco de la sensación tan grata que siempre viene al ver al Rey en su hermosura, Isaías 33. 17. Debemos observar cuatro cualidades de este Rey.

Pobreza: El Señor tenía una genuina “necesidad”, 21.3. Él se montó sobre una asna prestada por la razón obvia que no tenía bestia propia. No nos sorprende. Predicó desde la barca de otro, ilustró su mensaje usando la moneda de otro, tomó la Pascua en el aposento de otro, y, después de muerto, sería acostado en el sepulcro de otro. Los mantos de sus discípulos serían su sillón. El que cabalgó sobre asna ajena ha podido crear una carroza de diamantes y oro. Ciertamente, ¡el que era rico se hizo pobre!

Ternura: El profeta había predicho que el Cristo emplearía dos animales. Jesús se montó sobre el menor de los dos, Juan 12.14, pero exigió que trajesen el mayor también. A lo mejor el asna y su pollina jamás habían sido separadas y Él se interesó por cómo reaccionaría cada cual. Pocos hombres hubieran dado cabida al detalle, pero esa consideración de lo ajeno era característica de aquel que sacó el agua de la peña para dar de beber a las bestias, Números 20.11, y que tuvo piedad de Nínive por sus muchos animales, Jonás 4.1.

Humildad: El Rey estaba entrando en su ciudad real. Él poseía la autoridad de rey, una autoridad reconocida no sólo por hombres, sino por bestias, 21.6, 7. En cuanto a esto, es significativo que el animal nunca haya sido domado, Lucas 19.30. No obstante, la conducta del Rey fue caracterizada por una ausencia total de cualquier ostentación o ceremonia. Para el Señor, la grandeza iba mano en mano con la mansedumbre.

Valor: Él no andaba con espada resplandeciente en mano; no había yelmo sobre su frente, ni feroz caballo hacienda cabriolas. Cabalgó sobre un pollino, como hacían monarcas antiguos que salían en misiones de paz. Con todo, su rostro era de guerrero. Había venido a la ciudad santa para luchar por un reino, bien sea no un reino de este mundo. En cinco días debe morir. Una cruz sería el carro de triunfo del cual aplastaría nuestros muchos enemigos. Sabiendo muy bien cómo sería la batalla por delante, Juan 18.4, el León de Judá no volvió atrás por nada, Proverbios 30.30.

21.17 al 22.14
Hojas solamente

Jesús y sus discípulos salieron de Betania temprano una mañana, y en el aire fresco de primavera Él sintió hambre. Una higuera solitaria crecía de entre los pedregales al lado del camino. No era el tiempo de higos, pero la mata, cubierta de hojas, le llamó la atención. Es bien sabido que el fruto se desarrolla primeramente en una higuera, y después las hojas.

Fuera de época, esta mata había brotado hojas con precocidad, dando a pensar que habría higos debajo. El Señor, sin embargo, encontró “hojas solamente”, 21.19. El follaje mintió; ¡no había fruto! Jesús pronunció una orden y en seguida la mata comenzó a secarse. Los discípulos no se dieron cuenta de nada anormal. Fue la mañana siguiente que observaron el efecto de las palabras del Señor, Marcos 11 20.

La higuera había sido utilizada como símbolo de la nación de Israel, Joel 1.7.
El Señor por lo tanto escogió la germinación prematura y estéril de esta higuera como emblema de un pueblo que, con toda su gran profesión y rito formal, estaba destituida de los frutos de la justicia, sin los cuales las meras formas externas eran peores que inútiles. Las hojas de higuera de Israel constituían un esfuerzo por cubrir su verdadera desnudez delante de Dios, tal como se habían usado hojas de higuera para cubrir la desnudez del hombre y la mujer en el huerto de Edén, Génesis 3.7. La mata, entonces, tiene que ser destruida.

Nosotros en un tiempo teníamos hojas solamente, pero es emocionante recordar que Dios nos ha revelado a Jesús solamente, 17.8. Él exigió a creer solamente, Lucas 8.50. Pero, ¿somos solamente hablar, o se está produciendo de veras en nuestras vidas el fruto del Espíritu? Gálatas 5.22,23. Entonces el Señor habló de los fracasos de su pueblo que se consideraba justo, y de sus dirigentes en particular, 21.45. En la parábola de los dos hijos, 21.28 al 32, hizo contraste entre ellos con su ruidosa profesión de obediencia y la multitud de rechazados que se arrepintió y encontró salvación bajo el ministerio de Juan.

En la parábola de la viña, 11.33 al 46, Él habló de su responsabilidad y su incumplimiento ante ella. En la parábola de las bodas, 22.1 al 14, describió sus privilegios en el evangelio. Ellos eran los convidados que rehusaron asistir. Tengamos cuidado que nuestra profesión sea real, que cumplamos con nuestras responsabilidades y agradezcamos nuestros privilegios.

22.15 al 46
¿Imagen de quién?

Varios herodianos y discípulos de los fariseos retaron al Señor. La pregunta que le lanzaron, sin embargo, no fue suya propia, sino la inspiración de los dirigentes religiosos de la nación los fariseos, 22.15, con los principales sacerdotes y los escribas, Lucas 20.19,20. La pregunta que habían seleccionado fue una sobre la cual la nación estaba dividida. Ellos arreglaron para que estuviesen presentes representantes de ambas partes. Los herodianos representaron el partido leal al gobierno romano, mientras que los fariseos se opusieron fuertemente a ése y tenían gran simpatía para las muchas rebeliones que había contra el emperador. El propósito era poner trampa para Jesús y enredarle en sus palabras. Desde el 6 d.C. Palestina había sido gobernada por los romanos por medio de procuradores. El pago del tributo era uno de los símbolos más tangibles y odiados de ese gobierno.

La delegación judaica vino con palabras dulces de lisonja, 22.16, y con el intento de desarmar cualquier sospecha que tuviese Jesús. ¡Él percibió todo! Pensaban dejar al Señor en un gran dilema, y hubiera sido fatal asumir una u otra posición. Decir que sí hubiera sido reconocer la autoridad real de César y renunciar a cualquier afirmación de Jesús de ser el Mesías. Los fariseos estaban más que dispuestos a acusarle ante el pueblo como enemigo de sus aspiraciones nacionalistas. Los dirigentes esperaban, sin embargo, que dijera que no. En este caso los herodianos estaban preparados para acusarle ante Pilato como enemigo del Estado romano, Lucas 20.20, 23.2. ¡Sus planes habían sido formulados astutamente y ejecutados hábilmente!

El Señor les respondió con sabiduría perfecta, como haría al ser interrogado posteriormente, 22.23 al 40. Les señaló la imagen, el nombre y los títulos que llevaba su propia moneda, los cuales dieron amplia evidencia del dominio romano. El Señor afirmó que el hecho de pagar impuesto a César era simplemente devolverle a él lo suyo propio. Pero fue más allá de esto. El hombre lleva una imagen también, aunque desfigurada y gastada, 22.21, Génesis 1.26,27. Jesús les recordó a aquellos señores de los derechos que Dios tenía sobre ellos. Le dejaron; su propósito había sido frustrado. Nosotros también debemos rendir “a César” lo suyo y a Dios las cosas que son de Él, Romanos 13.1 al 7, 12.1,2.

capítulo 23
Bendito Él

Los últimos versículos nos dan las últimas palabras que el Señor Jesús dirigió a su nación. Es muy conmovedor ver revelada su compasión para con Israel, ahora que considera su ministerio entre su pueblo. Cuán triste es que haya tenido que hablar también de su rechazamiento adrede de parte de aquellos que escogieron no ser salvos. Una gallina y sus polluelos le proveen con un cuadro exquisito de la protección y cuidado que Él había ofrecido, 23.37. Pero, ¡de qué resistencia pavorosa fue capaz la voluntad humana!

Israel no quiso. Cuánto más felices son aquellos de quienes se puede decir: “Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro”, Salmo 91.4. Jesús había hablado de un mosquito y un camello, para resaltar las acciones incongruentes de un pueblo que se concentraba en los asuntos relevantemente triviales a expensas de lo importante de la vida espiritual.

Había mencionado también las serpientes y víboras, como descripción del carácter impío de aquellos que eran como su padre el diablo, Juan 8.44 con Apocalipsis 12.9. La nación no le veía más como un Salvador misericordioso que ofrecía la redención; pero un día le reconocería como su Libertador y le recibiría como tal, ¡Entonces se oiría de nuevo la aclamación de la multitud! 23.39.

La lamentación triste del Señor siguió de inmediato a un denuncio demoledor. Las obras de los que aborrecían la verdad y rechazaban a Dios fueron hechas sólo para ganar el aplauso de hombres. Los ayes que Jesús pronunció contra ellos nos suministran un retrato de cuerpo entero del hipócrita con toda su falsa profesión e vergonzosa falta de coherencia.

Hubo ocho ayes por todo*, y nos hacen recorrer los ocho ayes que pronunció Isaías el profeta contra sus contemporáneos**.

* 23.14,15,16,23,25,27,29,  ** Isaías 3.9,11, 5.8,11,18,20,21,22.

Había, sin embargo, una diferencia importante entre Isaías y Jesús. Enfrentado con la majestad y santidad de Jehová de los ejércitos, el profeta estaba obligado a pronunciar un “ay” más: ¡contra sí mismo! 6:5. ¡Pero no así el Señor! Él cerró su discurso, no con una lamentación sino con una bendición: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Isaías agregó, “¡Ay de mí!” Jesús, considerándose a sí mismo, agregó, “Bendito Él”.

capítulo 24
La venida del Hijo del Hombre

Las páginas de la historia mundial van pasando velozmente y a menudo están cubiertas de sangre. Nuestra civilización está penetrada por la barbaridad y el salvajismo; en muchos lugares están temblando los cimientos del gobierno humano y de la sociedad; es horrorosa la capacidad humana para destruir. No es extraño, entonces, que la gente exclame con el profeta de Dios, “Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas?” Daniel 12.8. La descripción que el Señor dio del fin de la época provee parte de la respuesta.

Los discípulos habían formulado dos preguntas. Primera: “¿Cuándo serán estas cosas?” refiriéndose a la caída de Jerusalén y la destrucción del templo del cual Él había hablado en esos momentos. Aquellos acontecimientos iban a suceder unos cuarenta años más tarde. Segunda: “¿Qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?” (o sea, de la época). Este es un acontecimiento doble que no ha tenido lugar todavía. Por lo tanto, su respuesta abarcó acontecimientos que tendrán lugar a lo largo de muchos siglos.

Él contestó la primera pregunta con una descripción de las señales generales de la época en curso, 24.4 al 14, y la segunda con una mención de las señales especiales al final de la época, 24.15 al 51. Debemos distinguir claramente entre las características de la época entera y aquellas que preceden su regreso para reinar. Las “guerras y rumores de guerra” no son indicios del regreso del Señor. De las tales cosas el Señor dijo específicamente: “pero aún no es el fin”. Las señales que advierten su venida para reinar como el Hijo del Hombre son “la abominación desoladora” y “gran tribulación”.

Aun cuando el pasaje se refiere a Israel en primera instancia, hay varias aplicaciones prácticas para nosotros. Se hace gran énfasis en la ignorancia humana en cuanto a cuándo volverá el Hijo del Hombre, 24.36, 42,44, 25.13. No aprendemos aquí cuándo será el rapto. Por lo tanto, debemos guardar una condición de expectativa constante para no encontrarnos desprevenidos, 25.43.

La convicción de que el Señor podrá venir de un momento a otro afecta la actitud de uno hacia los demás, 24.45 al 51. El siervo perverso sospechaba que su señor se había demorado en su regreso. Cuando Israel dudaba de que Moisés volviera, ellos también comenzaron a comportarse mal, Éxodo 32.1 al 6. Si no vivimos a la luz del regreso del Señor, estamos expuestos a querer alejarnos de Él avergonzados cuando vuelva, 1 Juan 2.28.

25.1 al 30
Oportunidades aprovechadas

La parábola de las vírgenes nos enseña a estar a la expectativa y preparados para la venida del Señor. La parábola de los talentos nos enseña la importancia de servirle bien mientras esperamos su venida.

Los “talentos” (monedas de plata) representan las oportunidades para ser útil y prestar el servicio que el Señor nos asigne. No representan nuestra habilidad ni capacidad. Ellos son figura del alcance que Él nos proporciona para servirle, el cual, por cierto, se fija según nuestra habilidad, 25.15. Ni exige ni espera que hagamos más de lo que podamos.

Dentro de sus esferas limitadas, los primeros dos siervos actuaron con empuje y rectitud. Su señor les alabó y decidió hacer mayor uso de ellos, asignándoles puestos de mayor confianza y responsabilidad.

El tercer siervo no tenía ganancia para ofrecer al maestro. Alegaba que no había hecho nada con su moneda por no querer perturbar a su maestro, pero éste dejó a la luz lo falso e inadecuado de esta mera excusa. La verdad era que el hombre había huido del esfuerzo involucrado en el empleo de su talento. Era “malo y negligente”. La moneda ociosa fue quitada del siervo vago y dada a aquel que había servido bien.

El uso apropiado y energético de nuestras oportunidades y posibilidades en este mundo nos ganará un premio que consistirá parcialmente en oportunidades mayores y permanentes para servir a nuestro Señor en su glorioso reino. El pleno y fiel empleo de nuestra capacidad actual nos garantizará mayores y más amplias oportunidades para complacerle en el futuro. Nuestro galardón por una labor bien hecha será labores en una escala que queda más allá de lo que imaginamos, en aquel día cuando “sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes”, Apocalipsis 22.3,4. ¡En esta vida podemos ampliar las oportunidades de servicio en los cielos!

Por otro lado, las oportunidades no aprovechadas y capacidades no desarrolladas serán perdidas y anuladas para siempre. La ley divina es que pasa a otro lo que un siervo renuncia por descuido e imprudencia. El individuo sufrirá pérdida, pero la obra de Dios no. El trono de Saúl pasa a David y el oficio de Judas a Matías. El obrero aplicado puede asumir el servicio celestial que el ocioso está renunciando. Nuestro lugar en el reino no se asignará de una manera arbitraria sino en función de valor del cual nos prueba ahora.

25.31 al 46
En cuanto …

El Señor terminó su discurso sobre el monte de los Olivos con una descripción del día de examen y revisión. Hay poca duda de que el pasaje contemple el juicio de los gentiles por el Mesías con respecto de su actitud hacia los judíos en el período de la gran tribulación, Joel 3.1 al 8.

Sin embargo, debemos tener cuidado a no emplear su acertada aplicación dispensacional como razón para evadir la fuerza de aplicación como examen de nuestras propias conciencias. El principio enunciado en los versículos 40 y 45 sigue vigente para el pueblo del Señor en la actualidad; ¡por cierto, se aplica a “los más pequeños” entre ellos! El Señor considera que todo lo que hacemos a favor de sus “hermanos” está hecho a favor de Él. Esta verdad está por detrás de su reto lanzado a Saulo de Tarso, “¿Por qué me persigues?” Hechos 26.14.

Podemos consolarnos en el hecho de que el Señor Jesús sabe quiénes entre su pueblo tienen hambre, sed, están desnudos, etc. Él toma en cuenta todas las circunstancias de la vida diaria de todos los santos, y puede decir, “Yo conozco … tu tribulación, y tu pobreza”, Apocalipsis 2.3.

La bendición de Cristo está reservada para aquellos que tienen compasión, son bondadosos y se ocupan de las necesidades de los demás. Sus servicios no son prestados para percibir recompensa o porque saben que el Señor contará sus obras como hechas a favor suyo. Ellos más bien se sorprenden por tales hechos, 25.37 al 39.

El Señor Jesús procede a condenar rotundamente el pecado del descuido, 25.41 al 46. Aquí no se tratan de aquellos que dejan de preparase a sí mismos, como en 25.1 al 13, ni de aquellos que resueltamente dejan de emplear sus oportunidades de servicio para Él, como en 25.14 al 30, sino de aquellos que no hacen caso de la necesidad que tienen otros. Es el pecado de no hacer nada.

Él no acusa a aquellos a su mano izquierda de robar la comida de los pobres, sino de no darles de comer. No les acusa de envenenar a los demás, sino de no darles de beber. No les acusa de quitar la ropa del cuerpo del ajeno, sino de no arropar al desnudo. No les acusa de herir a los hermanos del Señor mismo, sino de no visitarles cuando enfermos. No les acusa de perseguir a sus semejantes, sino de no visitarles cuando presos.

“Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”, Santiago 4.17.

26.1 al 35
La unción en Betania

Jesús fue ungido en la casa de un leproso. Convenía que el que estaba a punto de ser rechazado por su nación y los gobernantes fuese recibido en la casa de un hombre que sabía algo en carne propia de ser “despreciado y desechado entre los hombres”.

Voluntaria y profusamente, María derramó sobre el Señor el precioso ungüento que valía unos trescientos denarios, Juan 12.3,5. Fue un regalo costoso; ¡una jarra de ungüento similar fue presentada una vez como obsequio del emperador de Persa al rey de Etiopía! María enfrentó una tempestad de crítica de parte de los discípulos, encabezados por Judas; compárese el 26.8 con Juan 12.4,5. Judas pretendía velar por el bien de los pobres pero en realidad estaba molesto porque no le fue dada la oportunidad de apropiar fondos para sus propios fines, Juan 12.6.

Su concepto del valor de Jesús fue muy diferente al que tenía María. Ella gustosamente le dio al Señor lo que tenía, pero para Judas esto fue un derroche, por cuanto él tasaba al Señor en nada más que el precio de un esclavo, o sea, treinta piezas de plata. Judas se interesaba en qué podría conseguir él por Jesús pero María se ocupó con qué podría dar a ella a Jesús.

Pero aun el alabastro de perfume que ella dio en sacrificio fue como nada en comparación con lo que Él iba a dar por ella, 26.26 al 28. Su cuerpo y sangre serían derramados también. ¡Qué significado debe tener esto para nosotros! María derramó el ungüento sobre el cuerpo del Señor en preparación para su entierro. Es llamativo el hecho de que aparentemente ella no estaba entre las mujeres que fueron días después a embalsamar su cuerpo, Lucas 24.10.

María ungió su cabeza, Mateo 26.7, y sus pies, Juan 12.3. Ellos fueron dignos de esto. Isaías describió la nación de Israel como corrupta “desde la planta del pie hasta la cabeza”, 1.6. En el sueño de Nabucodonosor, la figura del imperio mundial incluyó una cabeza de oro fino y pies de hierro y barro, Daniel 2.31 al 33. Pero si Judá estaba enfermo de pie a cabeza, y si el pobre gentil iba en decadencia desde la cabeza hasta los pies, las cosas son muy diferentes con nuestro “amado”, Cantares 5.10 al 16. Su cabeza es como el oro más fino y sus piernas como fundadas sobre basas de oro fino. En el Señor Jesucristo no hay corrupción ni deterioro, sino es “todo él codiciable”.

26.36 al 75
La oración no orada

Pedro era mejor pescador que lancero. Cuando se arremetió contra Malco con su lanza, logró quitar sólo una oreja y no una cabeza.

El Señor reprendió a su discípulo fiel pero errado. Primeramente enunció el principio amplio que aquellos que viven por la espada morirán por la misma, 26.52. Luego le explicó a Pedro una oración que Él ha podido hacer. Si el Señor hubiera orado así, no hubiera sufrido la agonía recién en el hurto; no hubiera tenido que tomar la copa de tanto amargor; se hubiera escapado de la ignominia, los insultos y la violencia vulgar ante Caifás.

¿Qué hubiera podido pedir el Señor? ¡Ángeles! El Salvador estaba en el huerto de Getsemaní, en el área descrita por el profeta Joel como el valle de Josafat, acerca del cual dice: “Haz venir allí, oh Jehová, a tus fuertes”, Joel 3.9 al 13. Posiblemente Miguel y sus ángeles, Apocalipsis 12.7, estaban en pie en ese mismo momento para arrasar a la eternidad a Judas y su “mucha gente”. Pero no sería así.

¿Qué hubiera podido pedir el Señor? ¡Legiones! No estaban cerca tan sólo la guardia del templo y los siervos de los sumos sacerdotes y escribas, sino que había ante Jesús un capitán romano con su compañía, Juan 18.12. Esta compañía constituía apenas una cohorte, cuanto más, que era la sexta parte de una legión. El Señor estaba diciendo a Pedro que Él podía exigir un apoyo que superaría con creces cualquier número de fuerzas que sus enemigos podrían reunir.

¿Y cuántas legiones? Doce. Once de sus discípulos le acompañan también. ¡Cada uno de ellos podría contar con una legión entera de huestes angelicales! En una sola noche, un solo ángel destruyó a 185.000 sirios, 2 Reyes 19.35. Sobre esta base, doce legiones, o 72.000, podrían eliminar una población de tres veces y medio la que el mundo tiene hoy día. Semejante despliegue de fuerza estaba a la disposición de Cristo con sólo pedirlo en oración, pero jamás se valdría de ella. Su hora había llegado. La voluntad de Dios debe ser ejecutada, Mateo 26.42. Las Escrituras deben ser cumplidas.

27.1 al 32
En lugar de Barrabás

Pedro afirmó que los varones de Israel negaron al Santo y al Justo, y pidieron que les diese un homicida, que ellos mataron al Autor de la Vida; Hechos 3.14,15. Él estaba diciendo que dieron la vida a quien tomó vida, y quitaron la vida a Uno que dio vida. Sin embargo, la ironía de la situación fue más allá de esto.

El concilio judaico había condenado a Jesús como blasfemo; 26.65,66. Sabiendo que semejante acusación no tendría importancia para Pilato, prepararon acusaciones políticas. Pilato no podía hacer caso omiso del cargo de que Jesús se decía ser “Cristo, un rey”, Lucas 23.2. Los líderes de Israel imputaron falsamente a Jesús las expectativas políticas acerca del Mesías que ellos mismos abrigaban.

El Señor había evitado escrupulosamente dar cualquier apoyo a una sublevación contra Roma, Juan 6.15, pero ahora pesa en su contra el cargo de ser precisamente el tipo de Mesías que había rehusado ser, 4.1 al 10, 16.21 al 23. Para Pilato era increíble que este pobre, atado predicador galileo pudiese haber pretendido ser un rey, y así le examina en cuanto a la naturaleza de su monarquía, 27.3, Juan 18.33 al 38.

Satisfecho en cuanto a la inocencia de Jesús y confiado en cuanto al desenlace del proceso, Pilato ofrece soltar al pueblo o a Jesús o a Barrabás. El pueblo escoge a Barrabás, debido mayormente a la influencia sutil de los principales sacerdotes y los ancianos. Un aventurero patriótico, quien no reconocía ningún mesías sino el de la espada, resultó ser más atractivo al pueblo y a sus líderes que el Hombre que poquito antes había sufrido sin ofrecer resistencia alguna; 1 Pedro 2.23.

Los gobernantes habían profesado que Él era una amenaza para Roma, pero le abandonaron porque sabían que no lo era. Dijeron que querían crucificarlo porque decía que su reino no era de este mundo, pero les agrada verle morir porque sabían que de veras no lo era.

La ira culminante estaba en el hecho de que el gobernador fue obligado a poner en libertad a un hombre culpable de precisamente el mismo tipo de crimen que los líderes habían intentado asignar a Jesús. El Señor fue sacado a ser crucificado en lugar de uno que representaba el tipo de esperanza mesiánica que Él resueltamente se negó a ofrecer.

Barrabás ha debido saber que Jesús murió en su lugar. Nosotros también sabemos que se entregó por nosotros; Efesios 5.2.

27.33 al 66
Aperturas

La muerte de Cristo tuvo cuatro efectos inmediatos.

Primero, su muerte sirvió para abrir una vía al lugar más santo del templo. El velo roto demostró que el sacrificio que Jesús había ofrecido era suficiente para “llevarnos a Dios”, 1 Pedro 3.18. El velo intacto, junto con muchos otros detalles del sistema judaico, había indicado que “aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo”, Hebreos 9.3 al 8. Ahora todo había cambiado. Antes de la cruz de Cristo, el entrar en ese lugar resultaba en muerte, Levítico 16.2; ¡pero de la cruz en adelante la muerte es para quien se queda afuera! Cuando Dios partió los cielos, 3.16,17, fue para declarar su complacencia en la persona de su Hijo; cuando partió el velo, fue para declarar su complacencia en la obra de su Hijo.

Segundo, su muerte sirvió para abrir las tumbas de los santos. Aunque los sepulcros fueron abiertos en este momento, es claro que los cuerpos de aquéllos resucitaron y salieron de los sepulcros solamente cuando el Señor ya había resucitado. Entonces Jesús se manifestó personalmente, “no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano”, Hechos 10.41. La presencia en Jerusalén de creyentes resucitados constituyó un testimonio de su resurrección ante aquellos que le habían rechazado.

Tercero, su muerte y las circunstancias de la misma sirvieron para abrir el corazón del centurión romano. Tal vez había escuchado cuando los judíos declararon a Pilato que Jesús decía ser el Hijo de Dios, Juan 19.7. Sin duda, llegó a creer que sí era, aunque los judíos rehusaron aceptar esa verdad, 27.40,43,54. Para Pablo, fue la resurrección que le declaró que Jesús era el Hijo de Dios, Romanos 1.4; para el centurión, su muerte dio la prueba.

Cuarto, su muerte dio lugar a una abierta confesión de parte de José de Arimatea. Ese rico ya era discípulo secreto, Juan 19.38, pero la cruz dio valor a un espíritu cobarde. El Señor reposó en la tumba de José el séptimo día de la semana. Previamente, había reposado al consumar su creación del mundo, Génesis 2.1 a 3, pero ahora reposa porque ha consumado su obra de redención, Juan 19.30.
Al crear a Adán, el Señor le dio vida, Génesis 2.1 al 7, pero al redimir al hombre, dio su propia vida, 20.28.

capítulo 28
La gran comisión

La piedra fue quitada para revelar a la humanidad lo que los ángeles ya sabían: que Jesús tenía tanto poder para tomar de nuevo su propia vida como tenía para ponerla, Juan 10.18. El ángel se sentó sobre la piedra. Observemos el contraste entre las muchas precauciones que los hombres tomaron respecto a la puerta del sepulcro y la facilidad con que fueron anuladas. ¡Así el valor de César, su guardia y su sello! Cuando el ángel intervino los guardas temblaron al igual que la tierra.

El ángel se dirigió a las mujeres del “lugar donde fue puesto el Señor”, 28.6. Para nosotros, ese lugar guarda el recuerdo de su triunfo sobre la muerte; el sepulcro se quedó, pero vacío. Mateo ha hecho mención de otras escenas. En el 26.36 hay “un lugar que se llama Getsemaní”, donde Jesús agonizó en anticipación de la cruz. “Un lugar llamado Gólgota”, 27.33, nos recuerda de su sufrimiento por el pecado. Las apuraciones angelicales condujeron a iniciativas similares por parte de los soldados romanos y por las mujeres.

Los acontecimientos pasmosos fueron notificados a los principales sacerdotes por algunos de la guardia, y a los discípulos por boca de las mujeres. Lamen-tablemente, el anuncio por la guardia fue recibida con mayor credulidad que el de las damas, Lucas 24.11.

Este Evangelio termina con la Gran Comisión, así llamada, 28.18 al 20. En ella leemos de un recurso infinito: “todo poder”. Satanás había afirmado que “toda esta potestad … me ha sido entregada”, Lucas 4.6, pero el Señor acertadamente la reconoce como suya propia. Él había dicho que todas las cosas le fueron entregadas por su Padre, Mateo 11.27 al 29, y por lo tanto invitó a todos a venir a Él. Aquí dice que todo es suyo, e invita a los hombres a ir por Él. Quien va a servir a Cristo eficazmente tiene que “venir y ver” antes de “ir y decir”.

Lucas también habla de una misión universal: “todas las naciones”. La parroquia de los discípulos no estaba restringida ahora a Israel, como en 10.5,6; es el mundo entero. Ellos confrontaron a todo pueblo con el reto del discipulado y el bautismo.

Leemos de una obediencia incondicional: “todas las cosas”. No estamos libres para escoger cuáles mandamientos obedeceremos: “Estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas”, Salmo 119.128. El Nuevo Testamento no da cabida a un cristianismo al gusto de cada cual.

Leemos también de una presencia continua: “todos los días”. Jesús da su palabra: Yo, que tengo el poder, estoy siempre con ustedes que tiene la tarea. Basta.

 

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