La iglesia en Antioquía; Jack Hay (#108)

La Iglesia en Antioquía

Jack Hay

A  ─            Comienzo

persecución, evangelización, relación interasamblea

B   ─           Consolidación

gracia, exhortación, Bernabé

C   ─           Comunión

enseñanza, visitas, profecía, ofrenda

D   ─           Comisión

maestros, llamamiento, recomendación

E  ─            Controversia

                                                     gracia, reuniones, conferencia en Jerusalén

F ─              Contrariedades

                                          hipocresía, desacuerdo

 

A  ─  Comienzo

Los primeros capítulos del libro de Hechos registran el comienzo y progreso de la Iglesia. Generalmente, los convertidos eran judíos, el personaje central era Pedro y la base de operaciones era Jerusalén. A medida que la narración avanza, algunos gentiles fueron alcanzados por el evangelio, Pablo figuró mucho y Antioquía llegó a ser el punto de despegue para la evangelización. La transición de Jerusalén a Antioquía comenzó en Hechos capítulo 11. Por esto Antioquía era estratégica y la historia de la asamblea allí encierra lecciones y principios valiosos para la conducción de asambleas hoy en día.

La iglesia local comenzó de una manera por demás interesante, Hechos 11.19 a 21. Como en otras ocasiones, Satanás se pasó en sus iniciativas malvadas y ellas fueron contraproducentes. El asalto final contra Esteban y la oleada de persecución que desató tenían el propósito de impedir la difusión del evangelio, pero más y más refugiados llevaron las noticias de salvación adondequiera que llegaron, inclusive a la ciudad de Antioquía. Es lo que Pablo hubiera llamado “las cosas … han redundado más bien para el progreso del evangelio”, Filipenses 1.12.

¿Usted ve en esta luz las circunstancias desagradables de su vida? ¿Ellas ofrecen una oportunidad para promover los intereses de Cristo? A nadie le agrada tener que ser hospitalizado u obligado a buscar otro empleo, pero Dios puede usar estas circunstancias indeseables para realizar el propósito suyo, cuando contactamos personas que posiblemente nunca serían alcanzadas de otra manera.

En realidad Dios estaba detrás de las circunstancias de aquella migración. A un nivel humano, ellos estaban huyendo al norte para evitar abuso y encarcelamiento, pero la palabra “esparcidos” denota una siembra. Deliberadamente, Dios les estaba sembrando en lugares de su elección para realizar su plan soberano. Veamos todas nuestras circunstancias por esta óptica. Estamos donde estamos por decreto divino y para sus fines, y corresponde a cada uno de nosotros realizar el pleno potencial del propósito de Dios.

Ahora, ¡su método para ganar a otros era de comunicar el evangelio! No había planes sofisticados, ni reuniones prolongadas para discutir qué clase de literatura usar, ni ningún debate sobre cuánto costaría el proyecto. Ellos simplemente echaron adelante con la tarea de conversar con otros sobre la palabra. (El vocablo hablando en v. 19, “hablando la palabra”, es el término normal para “conversar”, mientras que anunciando el evangelio en v. 20 traduce un término que significa “anunciar las buenas nuevas”). Conversar, o platicar, la palabra de una manera personal o informal es algo puede hacer todo hermano y hermana.

¿Hemos perdido el arte del evangelismo personal? ¿Por qué sólo una pequeña minoría de creyentes procura testificar a sus vecinos, parientes y colegas? En Hechos 11 no se involucraron predicadores “reconocidos”, ni en el 8.1 tampoco, sino que todos respondieron al reto y cumplieron su papel de promover el Nombre de Cristo. Comunicar el mensaje públicamente requiere un don para hacerlo, pero cada uno de nosotros tiene una responsabilidad de testificar personalmente.

Nuestro versículo dice que conversaron “la palabra”. Sea en la predicación pública o en el testimonio personal, todo lo dicho debe ser basado en la Escritura. Las ilustraciones y las anécdotas pueden ayudar, pero deben ser relevantes y pocas en relación con las citas bíblicas y la declaración de verdades. “Ha sido divulgada la palabra del Señor”, expresa 1 Tesalonicenses 1.8. Es la palabra que alumbra la mente entenebrecida; es la palabra que engendra la fe; es la palabra que efectúa la regeneración. Salmo 119.130, Romanos 10.17, 1 Pedro 1.23. Con razón Pablo le manda a Timoteo: “Predica la palabra”, 2 Timoteo 4.2.

 

Hemos visto el método de esta gente y el contenido de su mensaje, y nos resta hablar de su auditorio y la bendición.

En las primeras etapas de la obra, la meta era llevar el evangelio a los judíos solamente, y tal vez esto nos parezca extraño. Sin embargo, Pablo explica el principio; el evangelio es “al judío primeramente, y también al griego”, y se ve esto a lo largo de Hechos de los Apóstoles. Romanos 1.16. El Señor Jesús comisionó a sus apóstoles a ser testigos “hasta lo último de la tierra”, 1.8, pero su labor tenía que comenzar en Jerusalén; era para el judío primeramente. Dondequiera que fuera, Pablo siempre predicaba en la sinagoga antes de dirigirse a los gentiles. Nunca debemos aprovecharnos de este hecho para involucrarnos en organizaciones eclesiásticas antibíblicas en la defensa del evangelio. Pablo iba a la sinagoga porque el evangelio era “al judío primeramente”.

La red fue echada más adentro con la llegada de una nueva oleada de creyentes. Dependiendo de cuál traducción del 11.20 que uno lea, judíos helénicos o gentiles puros tuvieron la oportunidad de oír el mensaje. Esta vez se emplea una palabra más formal para la predicación. De esta palabra se deriva nuestro término para evangelizar; quiere decir predicar las buenas nuevas.

Que los predicadores nunca se olviden de que el mensaje es básicamente uno de buenas nuevas. La realidad del pecado, la necesidad del arrepentimiento y la certeza del juicio venidero − todo esto debe ser enfatizado, pero la esencia del mensaje, el tema principal, debe ser las buenas noticias de la muerte de Cristo y el triunfo de su resurrección. Dejar de visitar el Calvario quiere decir que usted no ha cumplido con sus oyentes. Y, si le deja a Él muerto en el sepulcro, no ha presentado las nuevas en su plenitud. ¿Será posible, tal vez, que es hora de revisar el contenido de nuestra propia predicación?

En Antioquía, la predicación estaba centrada en Cristo con énfasis en su señorío. Estaban anunciando “el evangelio del Señor Jesús”, y es significativo que la escritura registre que “gran número … se convirtió al Señor”. Muchas veces instamos al pueblo a aceptar al Señor Jesús como Salvador y Señor. Invariablemente, Pedro revierte la secuencia y habla de “nuestro Señor y Salvador Jesucristo”; p.ej. 2 Pedro 1.11. El énfasis está en su señorío, porque aquellos que tomaron en serio la salvación deben saber que por ser salvos ellos están sujetándose a una nueva autoridad con Cristo a cargo de sus vidas. Esta gente estaba reconociendo que “Jesús es Señor”, Romanos 10.9.

Respetamos, entonces, aquellos evangelistas. Fueron diligentes en sus esfuerzos y precisos en su mensaje, pero su ejercicio hubiera sido en vano y su evangelización inútil si no fuera por otro factor: “la mano del Señor estaba con ellos”, v. 21. El poder y la presencia de Dios es un prerrequisito indispensable de una obra eficaz para Dios.

Fue así en Tesalónica también, 1 Tesalonicenses 1.5. El evangelio fue predicado “en palabras”; fue necesario predicar. Se lo hizo en certeza, convicción y plenitud; la palabra griega expresa estos conceptos, así que no había nada defectuoso en la predicación. La integridad de los evangelistas no admitía cuestionamiento; “bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros”. Ética y moralmente ellos estaban sin reproche, 2.1 a 12.

Pero en sí estos elementos esenciales nunca hubieran sido eficaces si no hubiera sido por un ingrediente adicional: el evangelio “en poder, en el Espíritu Santo”, 1 Tesalonicenses 1.5. La mano del Señor, en ese contexto el poder del Espíritu, es en realidad lo esencial para que la gente sea salva y el pueblo bendecido. Los lectores lo saben en teoría y nunca serían tentados a involucrarse en convenciones modernas que están enfocadas a generar números. Sabemos que el concierto con su banda de alabanza, el drama, los títeres y “las payasadas cristianas” nunca sustituirán la clara presentación del evangelio, enfocada sobre Cristo y entregada en el poder del Espíritu.

¿Pero cómo se puede traducir la teoría a la práctica en nuestra experiencia propia? Uno tiene que presumir que al Espíritu le place infundir poder en nuestras vidas solamente si estamos actuando con dependencia de Él, sin contristarle.

 

Entonces, noticias de bendición llegaron “a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén”, v. 22, y Bernabé fue despachado. Hay dos cuestiones relevantes.

Primeramente, aquí la asamblea tiene “oídos”, un indicio que es antibíblico el concepto humano de una iglesia como un edificio religioso. ¡Los edificios no tienen oídos! “La iglesia” era un conjunto de creyentes en Jerusalén; eran gente, las personas que enviaron a Bernabé hasta Antioquía.

Segundo, no hay ninguna insinuación que el viaje de Bernabé bajo los auspicios de Jerusalén quería decir que ésta era “la iglesia madre” a la cual Antioquía respondía. El Nuevo Testamento nunca permite una sede terrenal, una estructura denominacional, una jerarquía como las que abundan en nuestros tiempos. Cada asamblea novotestamentaria era responsable al Señor solamente, autónoma, y esta realidad es muy evidente al que lee los primeros tres capítulos de Apocalipsis. Las asambleas de Asia no respondían de ninguna manera la una a la otra, sino al Señor que andaba en medio de los candeleros. La intervención de Bernabé hace ver que puede haber una provechosa comunión espiritual entre asambleas que no choca con la doctrina de la autonomía de la iglesia local.

 

B   ─   Consolidación

La llegada de Bernabé consolidó la obra en Antioquía. Todo lo de él era sano, y a parir del día que entró en la ciudad su enfoque y actividad fueron loables. Él vio “la gracia de Dios”, Hechos 11.23. La gracia de Dios a los pecadores en Antioquía fue evidente en las vidas y personalidades renovadas. Más adelante, en Éfeso, gente que había andado “siguiendo la corriente de este mundo” se caracterizaba ahora por “buenas obras” al cumplir el plan de Dios para sus vidas, Efesios 2.2,10.

¿Por qué el cambio? Respuesta: “Por gracia ya habéis sido salvos”  [sic]. A veces nos referimos a ciertas personas como “trofeos de la gracia”. La verdad es que todos somos “monumentos de gracia”, porque todos estábamos muertos en delitos y pecados, sin esperanza. Pero si hemos experimentado la gracia de Dios en verdad, inevitablemente hay una transformación. Dicho sin rodeos, si no ha habido un cambio, no ha habido una obra de gracia para salvación.

Bernabé se alegró al ver la gracia de Dios. Este hombre tenía un corazón grande. Él no tuvo ninguna parte en aquella poderosa obra de gracia, pero su alma no abrigaba celos. Los creyentes en Fenecia y Samaria tenían la misma actitud. Ellos escucharon los informes misioneros de Pablo y Bernabé y esto causaba gran gozo a todos los hermanos, 15.3. Solamente los de espíritu mezquina son prestos a analizar y criticar las noticias de una genuina obra de Dios. Moisés tenía simpatizantes que pensaban que su posición era precaria porque Dios estaba usando a otros. Su respuesta fue: “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuera profeta”, Números 11.29. En circunstancias similares, el mismo espíritu caracterizó a Juan Bautista: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengue”, Juan 3.30. Los hombres engreídos nunca se alegran al ver a Dios trabajando por medio de otros.

En Antioquía, Bernabé hizo lo que siempre había hecho; él “exhortó a todos”, v. 23. Los apóstoles habían añadido el nombre de Bernabé (“hijo de exhortación”, 4.36) a su nombre original, Joses, y en Antioquía él hizo honra a sus expectativas. Ciertamente en estos tiempos necesitamos estimuladores como Bernabé en vez de los pesimistas que protestan cada iniciativa, pronosticando que fracasará. Esta gente es como los diez espías que “desalentaron a los hijos de Israel”; ellos ven solamente las dificultades, sin incorporar a Dios en la ecuación. En Israel el guerrero medroso era despachado a casa, para que “no apoque el corazón de sus hermanos”, Números 32.9, Deuteronomio 20.8. El pesimismo es contagioso, pero en cambio hay entusiastas como Bernabé que pueden estimular al pueblo de Dios, y estos hermanos son de valor incalculable.

La exhortación en Antioquía fue “a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor”. En su aprendizaje en Babilonia Daniel estaba resuelto a distinguirse y mantener su identidad judía. Esto comenzó en su corazón, y con propósito de corazón y aplicación de su convicción él influenció a otros, Daniel 1.8. Nunca permita usted que esas buenas intenciones sean sofocadas. Resuelva subyugar las amenazas y los halagos.

La exhortación fue a permanecer fiel. Esto quiere decir que uno no mira atrás, habiendo resistido la tentación a volver la espalda en el día de la batalla, cuando cuenta con todos los recursos que necesita, Salmo 78.9. Sea como Caleb, que “había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel”, Josué 14.14. Es sólo al permanecer en Cristo que la vida puede ser fructífera, Juan 15.5. A un nivel práctico, esto quiere decir constancia en la lectura de la Biblia, disciplina propia en la oración y continuidad en reunirse con el pueblo del Señor. Permanecer en este contexto es mantener comunión con su Dios en vez de tratar las cosas suyas esporádica y descuidadamente.

Firmes y adelante, huestes de la fe,
sin temor alguno que Jesús nos ve.
Jefe soberano, Cristo al frente va,
y la regia enseña remolando está.

 

Pasamos ahora a considerar el carácter de Bernabé.

Su celo y compromiso tienen una explicación clara: “Era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe”, v. 24. José de Arimatea tam-bién era “varón bueno”. En la reunión del consejo él hizo saber osadamente su opo-sición a la decisión de crucificar al Señor Jesús y se distanció de “los hechos de ellos”, Lucas 23.50,51. Asumiendo esta postura y sin mirar por lo suyo propio, asumió la responsabilidad de sepultar el cuerpo. Los hombres buenos dan prioridad a los intereses de Cristo. Por cuanto Bernabé era hombre bueno, él velaba por el bienestar de los santos en Antioquía, y anhelaba su desarrollo espiritual.

Estar “lleno del Espíritu Santo” denota el control del Espíritu en la vida. Por esto fue bajo la dirección del Espíritu que él había venido a Antioquía; fue bajo su influencia que estaba tan contento con lo que encontró; y fue por su impulso que expresó su exhortación de la manera que hizo. Que Dios nos ayude a todos nosotros a ser tan sensibles a su dirección y tan sumisos a su autoridad.

También se menciona la fe de Bernabé. Así como los hermanos de 1 Tesalonicenses 1.3, su obra de amor fue también una de fe. Él creía de veras que Dios podía seguir actuando en Antioquía y por esto gastó  su energía en el proyecto. Lleno de fe, Bernabé estaba resuelto a ser un participante entusiasta y activo en el desarrollo de la obra. Su compromiso fue recompensado, porque además del progreso entre los que eran creyentes, otros fueron alcanzados. “Gran multitud fue agregada al Señor”, v. 24. Nótese otra vez el énfasis sobre su señorío, como en el comienzo del testimonio, vv 20,21.

 

La exhortación no basta. ¡Y mucho menos una dieta de animados cantos puede mantener la vida espiritual! Bernabé reconoció que la enseñanza sistemática de las Sagradas Escrituras era necesaria para el crecimiento entre el pueblo de Dios. No debemos pensar que este hombre era incapaz de enseñar la palabra de Dios, porque lo hizo, v. 26, pero la experiencia le había enseñado que había otro que podía enseñar estos nuevos creyentes acertadamente, y por esto emprendió viaje a Tarso. El lenguaje empleado señala que actuó con mucho ejercicio y algo de dificultad: “para buscar a Saulo”, y “hallándole”. ¡Distaba mucho de un encuentro casual con alguien y una invitación a tomar parte en un culto! Con una convicción profunda que Saulo sería una ayuda en Antioquía, Bernabé le animó ir con él en el regreso.

Parece que en el período inicial de instrucción se involucraron solamente estos dos. Ya para el 13.1, se mencionan cinco hermanos que lo hacían, y para los tiempos de 15.35 “otros muchos” enseñaban la palabra del Señor y anunciaban el evangelio. La lección es que en la etapa pionera de una obra posiblemente la instrucción congregacional sea limitada, pero el correr del tiempo trae el desarrollo del don que debe ser usado localmente. En ninguna etapa un solo individuo querrá asumir toda la responsabilidad para predicar y enseñar. Que un mismo hombre lo haga todo es una distorsión del patrón de la Escritura.

El programa intensivo de instrucción se extendió por un año, cosa que parece poco realista en nuestra sociedad moderna. ¡Tampoco nos parecen factibles los dos años de reuniones de predicación diaria en la escuela de Éfeso, Hechos 19.9,10! A veces las presiones del empleo demandan trabajar hasta tarde, o en la noche, y también viajes frecuentes. Enfrentando dificultad para conseguir empleo además de bocas que necesitan comer cada día, algunos de nuestros queridos hermanos tienen que conformarse con situaciones que son menos que ideales desde el punto de vista espiritual.

No obstante estos problemas modernos, cada asamblea debe asegurarse de contar con un flujo constante de enseñanza, y cada creyente debe resolver que se aprovechará al máximo lo que hay disponible. Una serie que se extiende por un año no es viable ahora, pero con todo tengamos cuidado a ofrecer más instrucción en la palabra que la acostumbrada reunión semanal de ministerio. En estos tiempos los predicadores tienen que conformarse con no ver una concurrencia de “mucha gente” como la que escuchó a Bernabé y Saulo, pero no queremos perder de vista que la grey tiene que ser alimentada. Los que asisten no deben recibir menos de lo mejor simplemente porque otros no asisten.

 

El efecto de este ministerio fue que por primera vez los discípulos eran conocidos como “cristianos”. Muchos eruditos opinan que fue Dios quien empleó esta descripción. La enseñanza había producido rasgos de Cristo en los convertidos a tal punto que ellos llevaban un nombre que les identificaba públicamente con Él.

 

C   ─   Comunión

El desarrollo en la asamblea en Antioquía generó comunicación con otros creyentes en dos situaciones: los visitantes que llegaron y la ofrenda que enviaron.

Visitantes llegaron de Jerusalén, Hechos 11.27, porque parece que los viajes entre las dos ciudades eran frecuentes. Algunas visitas fueron beneficiosas, como la de Bernabé y las de nuestro versículo, y otras dañinas, como las de los legalistas de 15.1. Un tercer grupo fue de “algunos de parte de Jacobo”, Gálatas 2.12. Sin duda ellos no querían perjudicar, pero su estilo creó intranquilidad y perturbó la congregación.

No debemos ser antipáticos en las relaciones con aquellos que llegan de otras asambleas, dejando pensar que no queremos que nos visiten, pero sí debemos ser apercibidos y vigilantes. Algunos visitantes hacen un aporte positivo pero otros requieren cautela de nuestra parte.

Varias cosas estaban sucediendo a la vez en Antioquía. La enseñanza constructiva estaba en curso y “en aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén”. Entonces, “en aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarlos”, 12.1, pero la mano de un Dios soberano estaba detrás de las circunstancias. La interrupción en la enseñanza resultó en bien para los santos en Judea, y un resultado del ataque herodiano fue que “la palabra del Señor crecía y se multiplicaba”, 12.24. Tengamos confianza, sabiendo que la mano de Dios está sobre el timón aun si contratiempos se interponen.

 

Los visitantes eran profetas. Los profetas en el Nuevo Testamento eran personas que Dios usaba para comunicar su verdad antes de que fuera encomendada a la Iglesia en escritos inspirados. Dios impartió revelaciones a aquellos profetas, verdades que hasta la ocasión eran desconocidas a los santos. A diferencia de lo que sería documentado, eran profecías “en parte”; eran fragmentarias y nunca presentaban el cuadro completo, 1 Corintios 14.29 a 33, 13.9,10.

El ministerio profético era temporal y por esto no hay profetas hoy en día, “las profecías se acabarán”, 13.8. Contando con apóstoles presentes, la función de los profetas era la de echar el fundamento de la Iglesia por el ministerio cristiano, pero una vez puesta esa base, ellos ya eran redundantes como profetas, Efesios 2.20. Hoy, las supuestas profecías deben ser tratadas con escepticismo y en incredulidad.

A menudo se ha dicho que los profetas no solamente pronosticaban sino también proclamaban. Grosso modo, esto es correcto, pero en este caso el profeta Agabo hizo un pronóstico. Fue “por el Espíritu”, de manera que fue auténtico, y Lucas menciona la ocasión de su cumplimiento. En la época del Antiguo Testamento se evaluaba la credibilidad de un profeta por la certeza de su predicción, Deuteronomio 18.20 a 22. Las credenciales de Agabo eran intactas, porque a su debido tiempo llegó la hambruna prometida, v. 28.

 

“Toda la tierra habitada” sería afectada, pero los creyentes en Antioquía concluyeron que tendría un impacto sobre los santos en Judea en particular, y respondieron inmediatamente, vv 29,30. La descripción de aquella respuesta delinea principios vigentes aún que gobiernan las cuestiones monetarias en la conducción de una asamblea.

La primera observación es que solamente los discípulos estaban involucrados. No se realizó un evento para recoger fondos de todo el mundo, inconversos incluidos. En su obra, Pablo quería presentar gratuitamente el evangelio de Cristo, 1 Corintios 9.18. Los bárbaros de Malta le trataron con no poca bondad, Hechos 28.2, pero él no era grosero y sin duda no pidió dinero de ninguno, creyente o no creyente. Como aquellos de quienes Juan habló, él no tomaba nada de los gentiles, 3 Juan 7. Los ministerios que solicitan de, y dependen de, sus radioescuchas violan ese código. Para nosotros, a un nivel práctico, “el primer día de la semana”, 1 Corintios 16.2, conviene colocar un cepillo en un lugar que hace evidente a los extraños que no esperamos nada de ellos.

Participar en la ofrenda de la asamblea es la responsabilidad de todo creyente. La “profunda pobreza” entre los creyentes de Macedonia abundó “en riquezas de su generosidad”. Nadie está tan empobrecido como para estar exento de dar a Dios, 2 Corintios 8.2. Todavía hay Uno “sentado delante del arca de la ofrenda” que valora inmensamente las monedas de la viuda, Marcos 12.41 a 44.

Se espera que todos participen en la ofrenda, pero no con la misma cantidad. Se demandaba un diezmo de todos en el Antiguo Testamento, pero en el Nuevo el principio es “según haya pros-perado”, 1 Corintios 16.2. En Filipos, el aporte del carcelero difícilmente ha podido igualar el de Lidia, y no creemos que en Colosas el patrón Filemón y el esclavo Onésimo ofrendaban montos iguales. Así en Corinto también, donde había “los que no tienen nada”, 1 Corintios 11.22, y los que sí tenían.

“Los pobres de este mundo” no tienen los mismos recursos que tienen “los ricos de este siglo”, Santiago 2.5, 1 Timoteo 6.17. Pero cualesquiera las circunstancias, la historia de la viuda es relevante. Demuestra que el sacrificio no se valora por lo que uno da, sino por lo que retenemos, bien por indulgencia propia o para estar en paz ante la posibilidad de un improvisto.

Los creyentes en Judea pasaban por una gran necesidad y los de Antioquía consideraban que tenían con qué ayudar, y lo hicieron. No eran como el sacerdote y el levita que de paso echaron un vistazo a uno en necesidad humana y siguieron sin tener misericordia de él, Lucas 10.31,32. No eran como aquellos que están al tanto de la pobreza de otros pero se conforman con tan sólo decir: “Id en paz, calentaos y saciaos”, Santiago 2.16. Los creyentes en Antioquía tenían “bienes de este mundo” y no intentaron “cerrar contra él − los de Judea − su corazón”. Proveyeron socorro. Nosotros en este moderno mundo occidental posiblemente vemos todo esto como algo ajeno, distante, pero en la redondez del globo hay santos sumamente necesitados, y en muchos casos es factible que actuemos, Juan 3.17.

Los discípulos “determinaron” ayudar. Tuvieron ejercicio premeditado; no actuaron por un impulso a última hora. Lo que le dieron a Dios para su pueblo había sido calculado en su presencia a y su vista. Por supuesto, esto no descarta la generosidad como respuesta a una situación puntual, así como José mandó que a sus hermanos “les diesen comida para el camino”, o como Booz, quien mandó dar un suministro de cebada a Rut y Noemí. Génesis 42.25, Rut 3.15. “Sed benigno unos con otros”, Efesios 4.32.

Nótese que el primer objetivo de su cuidado fue “a los hermanos”. Esto no nos prohíbe preocuparnos por la necesidad de los inconversos, pero el principio bíblico es: “Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, mayormente a los de la familia de la fe”, Gálatas 6.10. Por el bien del testimonio, no hacemos mal al ser generosos cuando los vecinos vienen recogiendo para una obra benéfica, pero lo que podemos llamar “el dinero de peso” debe ser canalizado a nuestros concreyentes que lo necesitan.

 

Ahora, ¿qué hicieron los antioqueños?

La asamblea puso por obra sus buenas intenciones. Realizaron una colecta y despacharon “socorro”. En una fecha posterior los corintios tuvieron un deseo similar de involucrarse en “ministrar a los santos” y Pablo, queriendo estimular a otros, les elogió como ejemplares. Sin embargo, el progreso en Corinto fue flojo y él se sentía apenado. ¡Era hora de dar curso a las buenas intenciones del año pasado! 2 Corintios 9.1 a 5. Seamos como el pueblo de Dios en Antioquía en vez de aquellos de Corinto. No sea usted indolente ante las oportunidades de hacer bien.

Nuestra historia contiene la primera referencia en el Nuevo Testamento a ancianos en el contexto de una iglesia local. Sus tareas son diversas, pero esta primera mención hace ver que, aun cuando su responsabilidad principal es el bienestar espiritual del rebaño, ellos tienen también el deber de supervisar las finanzas. Una percepción común es que esta función corresponde a los diáconos, pero nuestro versículo sugiere otra cosa. Desembolsar esta bondad antioqueña habrá exigido sabiduría, porque hay una tendencia a la envidia y la amargura cuando uno piensa que no ha recibido lo que le corresponde. Ejemplo tenemos en el caso de las viudas griegas en Hechos 6.1 a 6.

Es muy significativo que dos varones hayan sido elegidos para llevar los fondos a Judea. Nunca conviene que uno solo tenga la responsabilidad de administrar las finanzas. Esto queda claro en lo que Pablo escribió a los corintios, aclarando que varios hermanos estuvieron involucrados en transmitir “esta ofrenda abundante”. Fue para que “nadie os censure … procurando hacer las cosas honradamente no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres”, 2 Corintios 8.20,21. Esta política no es solamente para proceder rectamente, sino también para que parezca que haya sido así. Un procedimiento apropiado es que dos personas cuenten la ofrenda y que sea fácil revisar los desembolsos.

Hemos visto que en dos versículos hay principios escriturarles vigentes todavía que, si bien no son exhaustivos, regulan los aportes que hacemos en la asamblea en nuestros propios tiempos.

 

D   ─   Comisión

El final de Hechos 11 presenta a Bernabé y Saúl enfados a llevar socorro a los creyentes necesitados, y el incidente termina al final del capítulo 12. Cumplieron su servicio, v. 25, en este caso servicio práctico y material. Pablo tenía una ambición a realizar otro ministerio, uno espiritual, que era de dar testimonio de la gracia de Dios, 20.24.

Sea práctico o sea espiritual, el servicio de Dios debe ser tratado seriamente y con la resolución de llevarlo a término, como encontramos en la experiencia de Salomón. Él “determinó edificar casa al nombre de Jehová”. Leemos que “comenzó Salomón a edificar la casa”, y “Así, pues, Salomón labró la casa y la terminó”. Hizo planes con el firme propósito de ver el proyecto completado. 2 Crónicas 2.1, 3.1, 1 Reyes 6.14. En cambio, el temor y desánimo le desvió a Elías. La oposición y el interés propio perjudicaron la reconstrucción del templo: “Entonces cesó la obra”. El atractivo del mundo fue demasiado para Demas y él tiró la toalla. 1 Reyes 19.3, Esdras 4.24, Hageo 1.4, 2 Timoteo 4.10. Tengamos la determi-nación que vence los problemas y nos incentiva a cumplir nuestros ministerios, comoquiera que sean.

 

La entrega “C” explicó la función de los profetas del Nuevo Testamento y la naturaleza temporal de su don. En contraste, el don del maestro es permanente, así que en el versículo 13.1 hay principios bíblicos que aplican a la conducción de asambleas aún hasta ahora.

Primeramente, no se había introducido ningún sistema de clero. La responsabilidad de predicar no estaba en las manos de un solo hombre. Cinco varones son especificados como los predicadores y dos de ellos fueron removidos, dejando sólo tres. Sin embargo, en la ausencia de aquellos dos, otros fueron levantados: los “muchos otros” de 15.35.

Segundo, es significativo que se nombren aquellos cinco. La gente sabía quiénes eran los predicadores, dejándonos ver que, si es antibíblico restringir el ministerio a uno solo, también lo es considerar que está abierto para todos. En las asambleas del Nuevo Testamento no se suponía que cualquier hermano fuera un predicador del evangelio, ni un exhortador, ni un maestro. Al menospreciar el concepto de una clerecía, nos exponemos al peligro de ir al otro extremo y dejar nuestras plataformas abiertas a queridos hermanos que no tienen el don de comunicar públicamente. ¿El resultado? Sermones insípidos, frus-trantes, carentes de instrucción y hasta irritantes. Se ha dicho a veces que al determinar cuál sea el don que uno tiene, conviene preguntar: “¿Estoy a gusto con lo que estoy haciendo?” Otra pregunta relevante sería: “¿Otros están a gusto con lo que estoy haciendo?”

Es la responsabilidad de los ancianos asegurarse de que la manada pequeña sea alimentada por aquellos que tienen el don idóneo para hacerlo. Un conocimiento de la Escritura de por sí no califica a un hermano para enseñar; hace falta la capacidad dada por Dios para comunicar aquel conocimiento de una manera comprensible y lucida. Un maestro bueno se identifica por su capacidad de hacer que las cosas sean entendidas por todos.

Es instructivo que todos los nombrados hayan sido varones. En aquel momento en la historia, la doctrina no había sido consagrada en la Escritura, pero lo sería: “No permito a la mujer enseñar”, y “Vuestras mujeres callen en las congregaciones”, 1 Timoteo 2.12, 1 Corintios 14.34. Las hermanas hacen un aporte gigantesco a la vida de una asamblea, pero la Palabra de Dios no las asigna el privilegio de exponer la Escritura en público.

Una última mirada a los predicadores en Antioquía revela diversidad. Sus nombres indican que eran de diversas razas. Diferían entre sí socialmente, porque uno había sido criado entre la élite, posiblemente un hermano acogido de Herodes. Indudablemente diferían entre sí académicamente, porque Saulo era un gigante en lo intelectual, instruido “a los pies de Gamaliel”, 22.3.

Los siervos de Dios no son clones. No pueden ser esteriotipados y nunca debemos esperar uniformidad de estilo y de presentación en la predicación. Los “hombres sin letras y del vulgo” del 4.13 eran tan eficaces para Dios como lo era el elocuente orador Apolos del 18.24.

La gran cosa es que, no obstante la diversidad, ellos tenían una meta común y era la de instruir a los santos. Este ministerio ante los hombres estaba aliado a un ministerio ante Dios. En el v. 2 se llama ministerio al Señor, y estaba carac-terizado por una estricta disciplina propia. Nunca debemos estar tan preocupados con el servicio de Dios como para negarle su propia porción, sea en la adoración pública en la asamblea o en la devoción personal. Es importante regular nuestras vidas como ellos hacían, para evitar la indulgencia que atenta contra nuestra utilidad para Él.

 

Su llamamiento fue de Dios. Ocupados todos ellos ante Él, vino la convicción de parte del Espíritu Santo que Bernabé y Saulo debían ser puestos aparte para alguna actividad especial. “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado”, v. 2. Aquí también hay principios, vigentes aún, que aplican a la encomienda de hermanos a la obra de Dios.

En primer lugar vale notar qué clase de hombres fueron llamados. Eran hombres de integridad aun en una cuestión tan prosaica que las finanzas. Los santos les habían considerado confiables como portadores de la ofrenda del 11.30. El Señor Jesús dijo algo muy relevante en este sentido: “Si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará la verdadera?” Lucas 16.11. No es de esperar que sea candidato para una encomienda de parte de la asamblea una persona que ha sido imprudente o deshonesta en la administración de cosas materiales.

Siguiendo, es evidente que los que fueron llamados eran hombres debidamente dotados de dones para la obra por delante, ya que estaban entre los “profetas y maestros” del v. 1. Las habilidades para comunicar de por sí no califican a uno para la obra de Dios, pero tampoco vamos a suponer que un querido hermano perpetuamente mudo sea idóneo para la tarea de proclamar en público “las inescrutables riquezas de Cristo”, Efesios 3.8.

Se trata aquí de hombres que se habían probado localmente. Iban a recibir el respaldo de la asamblea porque los santos habían observado a lo largo de tiempo que estaban plenamente comprometidos con la obra en el vecindario. Nadie ha podido acusarles de malgastar su energía, ni hubiera pensado que su deseo de penetrar territorio nuevo era cosa muy inapropiada para ellos. Noticias de esta novedad no tomaron a los hermanos enteramente por sorpresa. Lo que iban a hacer era una extensión de lo que venían haciendo; sólo la localidad era diferente. ¡Debe ser muy desconcertante para una asamblea tener que considerar una solicitud para recomendación de alguien que realmente nunca se ha probado donde ya está! En lo que se refiere a Bernabé y Saulo, su currículum vitae era tal que nadie se asustaría ante esa nueva posibilidad.

Antioquía devino en una plataforma de lanzamiento de donde proyectar el evangelio a otras tierras. No se formó ninguna junta misionera para encabezar la operación, sino que el Espíritu Santo tomó la iniciativa
y presidió su realización. Él convenció los hermanos en Antioquía que Bernabé y Saulo eran los hombres indicados para el proyecto. Les llamó y los lanzó, vv 2,4.

Nosotros queremos continuar dejándole a Él dirigir la actividad de sus siervos en vez de verlos atados por planes y programas de hombres. El Espíritu es soberano en el reparto de dones espirituales, 1 Corintios 12.11, y aquí le vemos soberano en la utilización de aquellos dones. Hemos hablado en párrafos anteriores de las credenciales de los hombres mismos, pero muchos han poseído estas mismas cualidades sin ser escogidos por el Espíritu para una obra en particular. Sin el llamamiento suyo, conviene que uno se quede donde está. Salir sin ser llamado puede ser desastroso.

Es significativo que todos los cinco profetas y maestros hayan sido alertados a las intenciones del Espíritu, y no solamente los individuos que fueron llamados. La aplicación práctica de esto es que no debe ser una sorpresa oír de “un ejercicio” de otra parte para ocuparse a tiempo completo en la obra del Señor.

Fue “a la obra” que el Espíritu llamó a estos hombres, sin especificar la naturaleza precisa de aquella obra ni su localidad. Es cierto que Dios puede ejercitar individuos acerca de determinadas localidades y algún aspecto en particular de su servicio, pero esto no establece un compromiso a aquella localidad de por vida, ¡ni justifica crítica si el siervo se reubica más adelante! Al poner las manos sobre ellos, la asamblea en Antioquía estaba señalando solidaridad con los dos que estaban por marcharse. ¡Fuera de vista no iba a traducirse en fuera de mente!

 

“Los despidieron”, v. 3. Los soltaron, sin intentar retener a los hombres que posiblemente consideraban indispensables. Los celos o un sentir que no podemos prescindir de cierto individuo pueden ser un obstáculo para aquella persona, pero en Antioquía la iglesia respondió gozosamente al mandamiento del Señor. “Los despidieron”.

 

E  ─  Controversia

Surgieron problemas graves.

Realizado el primer viaje misionero, Pablo y Bernabé volvieron a Antioquía, “de donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido”, Hechos 14.26. La gracia de Dios les había permitido predicar fervorosamente, viajar incansablemente y sufrir osadamente. Esta no es la gracia para salvación, sino para servicio. “A cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”, Efesios 4.7. La capacitación divina es crucial en el servicio del Señor; por la gracia suya podemos trabajar abundantemente, 1 Corintios 15.10. De por sí, la diligencia, la resolución y el coraje nunca bastarán; necesitamos el suministro diario de la ayuda celestial que está encerrada en esta palabra “gracia”. Vivamos y trabajemos en dependencia de nuestro Dios.

Pablo y Bernabé no habían defraudado a aquellos que habían expresado confianza en ellos por la imposición de manos, 13.3, porque se reconoce que cumplieron su cometido. Sea usted tan diligente en su servicio para Dios como fueron ellos, sin decepcionar nunca a las personas que le han apoyado. Aparentemente Arquipo había estado reacio a asumir y llevar a término el ministerio (de diácono) que había recibido “en el Señor”. Fue necesario exhortarle a cumplirlo, Colosenses 4.17. No dudo de que la pena causada por esta mención pública de su negligencia le pusiera a actuar. ¿La misma cosa hace falta para motivarnos a nosotros? Timoteo fue otro que requería un empujón, de manera que Pablo le exhorta: “cumple tu ministerio”, 2 Timoteo 4.5. Que todos seamos guardados de no responder a las responsabilidades de servicio al Señor y a comprometernos con la asamblea.

 

La iglesia se reunió cuando ellos llegaron a Antioquía, 14.27. En el contexto bíblico el vocablo iglesia siempre se refiere a una congregación y nunca a un edificio. ¡No fue cuestión de amontonar adobes sino de juntar gente!

El uso amplio del verbo traducido reunir en nuestro versículo nos da una percepción bíblica de las varias reuniones de una asamblea, o iglesia local. Se lo usa también en el conocido Mateo 18.20, una Escritura fundamental para nuestro modo de reunirnos, pero se lo usa también en el contexto de las reuniones en sí. Hay la de oración en 4.31, la de enseñanza en 11.26, la del presbítero en 15.6, el estudio bíblico en 15.30,31, el partimiento del pan en 20.7, y la reunión de disciplina en 1 Corintios 15.4.

¿Por qué convocamos estas diferentes reuniones? Porque los creyentes del siglo 1 se reunían de esta manera. Están arraigadas en las Sagradas Escrituras. Aquí, el uso de la palabra nos da autoridad bíblica para reuniones a oír informes misioneros. ¿Nos cuidamos a celebrar esta gama de reuniones, y de asistir a ellas? La repetición en el Nuevo Testamento de reunirse es una evidencia clara de que la asistencia a las reuniones sigue siendo una muy grande parte de nuestras vidas cristianas. Aun los corintios sabían el valor de congregarse, y Pablo preveía que “toda la iglesia” estaría reunida en un solo lugar, 1 Corintios 14.23. El ausentismo injustificado es una clara violación de la Escritura, “no dejando de congregarnos”, Hebreos 10.25.

 

Contamos con dirección acerca del contenido de los informes misioneros. “Refirieron cuántas grandes cosas había hecho Dios con ellos”. Sin duda mencionaron lugares y nombres, como dice sucintamente el 15.3 en cuanto a Fenecia y Samaria: “la conversión de los gentiles”. Inevitablemente, repasaron su propia participación, como sugieren las palabras, “con ellos” en 14.27 y 15.4, y “por medio de ellos” en 15.12. Pero por encima de todo enfatizaron que Dios estaba obrando. No hubo ningún intento de promoverse a sí mismos, tomar para sí el crédito o endosar determinados métodos. Cualquier cosa lograda fue para la gloria de Dios y por su operación. Él lo hizo, 14.27, 15.12. La felicitación propia estaba fuera de orden.

Dios ha abierto la puerta de la fe a los gentiles, 14.27. Las puertas abiertas de las Escrituras admiten un estudio interesante. Dependemos del Señor para abrir las puertas, y cuando Él lo hace, ningún poder en tierra o infierno las puede cerrar, Apocalipsis 3.7. Que esto nos dé confianza, pero tengamos claro también que cuando Él abre puertas podemos esperar oposición, “muchos adversarios”, 1 Corintios 16.9.

Las puertas abiertas tienen que ser accedidas. Tal fue la preocupación de Pablo acerca de los corintios cuando él estaba en Troas que se sintió inquietud, abandonó una oportunidad en el evangelio  y continuó su viaje, 2 Corintios 2.13. Que Dios nos guarde de generar tanta preocupación para los siervos del Señor que impidamos sus actividades sus actividades en el evangelio.

Aquí, “la puerta de la fe” es un término interesante para sub-rayar el hecho de que la salvación es por fe solamente. Pedro confirmó esto en el capítulo siguiente al decir de tanto judíos como gentiles, “purificando por la fe sus corazones”, 15.9. Es una expresión significante, considerando que casi de inmediato el concepto de salvación sólo por fe fue el blanco de ataque de parte de los legalistas que habían venido de Judea, 15.1.

 

Hasta este punto, aquellos que habían venido a Antioquía desde Jerusalén habían sido una ayuda, especialmente Bernabé y Agabo. La nueva tanda de visitantes fue diferente.  Ellos embistieron el evangelio adrede al insistir que la circuncisión fuera añadida a la fe en Cristo para salvación, v. 1. La sana tranquilidad de la asamblea fue lanzada a la turbulencia, o “discusión y contienda”. El apaciguamiento no era la solución; una política de “la paz a cualquier precio” no convenía; el error tenía que ser enfrentado directamente. En la bondad de Dios, la crisis se presentó cuando Pablo y Bernabé estaban domiciliados en Antioquía por “mucho tiempo”, 14.28. Su presencia fue un factor crucial en el combate contra el mal.

Con otros, Pablo y Bernabé fueron designados para referir el asunto a los apóstoles y ancianos en Jerusalén, v. 2. Nunca debemos incorporar en esta iniciativa una supuesta autoridad bíblica para abandonar la doctrina de la autonomía de la iglesia local. Guardemos en mente que este problema afectaba ambas asambleas; los falsos maestros habían venido de Jerusalén y su error había sido propagado en Antioquía. Además, en esos tiempos había todavía apóstoles con autoridad apostólica, y se consideraba prudente un dictamen de ellos sobre un asunto tan trascendental. Esto no se puede duplicar hoy día.

La asamblea costeó la visita a Jerusalén, v. 3, otro principio bíblico, 3 Juan 6. Nuestros hermanos nunca deben ser obligados a sufragar los gastos de su servicio a la asamblea. Posiblemente en nuestro mundo occidental no parezca necesario, ni a la asamblea ni a los viajeros, remesar fondos para el viaje, pero los que se incurren en el gasto debe tener la oportunidad, como mínimo, de decir que no es necesario hacerlo.

Al llegar a Jerusalén, la delegación de Antioquía fue recibida por la asamblea allí. A menudo decimos que es la asamblea, y no los ancianos, que recibe. Aquí en v. 4 hay autoridad escrituraria para decirlo: “fueron recibidos por la iglesia”. Compárelo con 21.17, “los hermanos los recibieron con gozo”. Aquí la recepción fue a los que resultó ser una reunión de informe misionero, enseñándonos que la recepción formal de individuos no tiene que ser limitada a la reunión para el partimiento del pan.

La llegada de Pablo y Bernabé en Jerusalén sacó a otros errados de quién sabe dónde, v. 5, y la conferencia resultante ventiló todo el asunto. Una vez aplicado el barullo de debate, Pedro se dirigió a la concurrencia y relató que gentiles habían sido bendecidos porque creyeron, v. 7. Él enfatizó que fue “por la fe” y “por la gracia del Señor Jesús”, vv 9,11. ¡Ni una alusión a la circuncisión, la ley o las obras!

Entonces Pablo y Bernabé tomaron la batuta y contaron que Dios ratificó su labor entre los gentiles por “grandes señales y maravillas”. El último en hablar fue Jacobo, un exponente de su propia enseñanza en Santiago 1.19: “todo hombre sea … tardo para hablar”. Resumiendo, mostró que la experiencia de Pedro concordaba con Amós 9.11,12. Nótese, no estaba diciendo solamente que estos versículos habían sido cumplidos; ellos esperan su realización todavía. Estaba diciendo solamente que expresaban un principio: los gentiles serán bendecidos. ¡La evidencia anecdótica de Pedro, Pablo y Bernabé estaba de acuerdo con la Escritura!  Cuando discrepan la experiencia y la Escritura, es la experiencia que es deficiente. La Escritura siempre tiene precedencia. Pedro asignó más peso a “la palabra profética más segura” que a su propia experiencia en “el monte santo”, por sana que era, 2 Pedro 1.16 a 21.

Llegaron a una conclusión que endosaba plenamente la gloriosa verdad evangélica que la salvación es por fe en Cristo sin añadiduras. Sin embargo, apelaron a los creyentes gentiles a no hacer nada para ahuyentar a sus vecinos judíos, vv 19 a 21. Estas resoluciones y órdenes fueron incorporadas en una carta que fue llevada a Antioquía y otras partes.

Cuando fue leída la carta, los creyentes “se regocijaron por la consolación”, v. 30. ¡Y con razón! Sujetarse a la circuncisión con su compromiso a guardar toda la ley, Gálatas 5.3, hubiera perturbado el más sano de corazones. Se había preservado la pureza del evangelio.

 

F  ─  Contrariedades

Incidentes infelices

Dos incidentes muy desagradables cierran lo que la Biblia registra de la historia de la asamblea en Antioquía. Cronológicamente, el primero está narrado en Gálatas 2.11 a 21 y el segundo en Hechos15.36 a 41.

La narración de Gálatas 2 es una de las más tristes que involucran héroes del Nuevo Testamento. No obstante aportes excelentes a la obra de Dios, en esta ocasión Pedro y Bernabé están presentados desfavorablemente. Eran hombres buenos que tomaron decisiones malas sin siquiera anticipar las repercusiones magnas. La moral es que se requiere vigilancia constante. Nunca podemos bajar la guardia ni transigir con la verdad. Nunca podemos permitir que las presiones externas influyan para hacernos llegar a conclusiones erradas. Un buen historial no asegura una probidad futura.

Hipocresía

Pablo y Bernabé habían sido tratados cortésmente en Jerusalén no obstante su larga asociación con convertidos gentiles, vv 1 a 10. “Las columnas” de la iglesia les habían dado “la diestra en señal de compañerismo”, un indicio de solidaridad al realizar su misión a evangelizar los gentiles. Por esto nos sorprende lo que sucedió en Antioquía. Con razón, Pedro había disfrutado de comunión doméstica con los creyentes gentiles, hasta que llegaron algunos “de Jacob”. ¿Jacob estaba investigando la conducta de Pedro? Éste había sido cuestionado antes acerca de su relación con los gentiles, Hechos 11.2,3, ¿será que estaba en peligro de ser censurado otra vez? Temor de sus hermanos judíos se apoderó de Pedro y le condujo a apartarse.

Pablo, inspirado por el Espíritu, lo llama simulación, o hipocresía. Ser un camaleón espiritual y comportarse al gusto de la gente presente es hipocresía. La coherencia es vital. Pablo les dijo a los ancianos en Éfeso: “Sabéis cómo me he comportado … desde el primer día”; Hechos 20.18. Estar vigilando a los demás por temor de su desagrado deja a uno expuesto al peligro de desagradar a Dios, Gálatas 1.10.

Desacuerdo

La conducta de Pedro fue una negación de la doctrina de la unidad del cuerpo de Cristo. “El cuerpo es uno”, no un cuerpo de creyentes judíos y otro cuerpo de creyentes gentiles, Efesios 4.4. Como efecto de su conducta, se distanciaron los dos grupos en Antioquía, lo que influenció a “los otros judíos”, Gálatas 2.13. También ponía en tela de juicio la doctrina de salvación por fe sin “la obra de la ley”. Esto fue grave y tenía que ser enfrentado vigorosamente; “la verdad del evangelio” estaba bajo ataque. Esta situación desagradable y evidente falta de armonía entre los líderes sería estresante para todos los presentes. Los nervios estarían a punta, pero el asunto tenía que ser ventilado.

En situaciones modernas, siempre precisamos de sabiduría sobre si se debe intentar resolver los problemas a puerta cerrada, o si por su naturaleza requieren ser tratados en público. Comoquiera que sean las circunstancias, hace falta mantener la calma y controlar la lengua, “porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios”, Santiago 1.20.

Bernabé

Lo que le hirió a Pablo en lo más vivo fue la deserción de Bernabé: “aun Bernabé también fue arrastrado”, v. 13. Ellos habían marchado penosamente lado a lado por los caminos del mundo antiguo; habían pasado juntos muchas privaciones y persecuciones; se habían opuesto unánimemente a los falsos maestros, Hechos 15.

Ahora para todos fines prácticos la mala conducta de Pedro había metido una cuña entre ellos y muy probablemente fue el catalizador de su separación. Póngase en alerta, acaso nuestra mala conducta tenga grandes consecuencias. Puede impactar sobre nuestra familia, la asamblea y nuestros consiervos. Que Dios nos guarde de ser la causa de sembrar discordia; es desagradable a Dios y es la causa las cosas que aborrecen a Jehová, Proverbios 6.16 a 19.

Una iniciativa nueva

Cierto tiempo había transcurrido desde el final del primer viaje. Parece que los dos habían regresado a Antioquía con un sentido de responsabilidad a la asamblea que les recomendó y habían presentado un informe, Hechos 14.27. Se había concluido satisfactoriamente la cuestión de la circuncisión, y Pablo y Bernabé continuaron en su ministerio de instrucción en Antioquía, “con otros muchos”, 15.35. Como se ha observado ya por el capítulo 13, claramente la responsabilidad para la predicación en cualquier asamblea corres-ponde a varios hombres y no a un solo individuo.

El incidente con Pedro había resultado ser una distrac-ción seria, pero ahora Pablo siente que la hora ha llegado para visitar de nuevo las escenas de labores anteriores. “Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están”, 15.36. Tenía un corazón de pastor. “Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado por tus rebaños”, Proverbios 27.23.

Que los ancianos tomen nota. Sin duda fue Dios quien había puesto el deseo en su corazón cuando Jacob comisionó a José: “Vé ahora, mira cómo están tus hermanos y cómo están las ovejas”, Génesis 37.14. La tarea asignada a José fue la de Pablo en un sentido espiritual. “El cuidado de todas las iglesias” fue lo que pesaba sobre él “cada día”, 2 Corintios 11.28. La gente tenía que ser fortalecida y la obra consolidada. Una falta de atención quiere decir que, en un sentido espiritual, la techumbre deteriora y la casa se derrumbe, Eclesiastés 10.18. Por esto Pablo dice. “Vámonos”. Pronto comenzó el segundo viaje misionero.

La brecha

La secuela de esta sugerencia ofrece lectura que parte el corazón. Quizás Bernabé se sentía apenado por el altercado que involucró a Pedro, Gálatas capítulo 2, pero, sea así o no, los hombres que antes estaban unidos en oposición al error estaban divididos ahora. No era cuestión doctrinal sino una que tenía que ver con un compañero de viaje en estas visitas a las escenas de labores ya realizadas. La ambición era de ir sanos y espiritualmente. Tenía que ver con “nuestros hermanos” y fue para conocer su estado, Hechos 15.36. Cómo hacerlo fue un punto de contención, y Juan Marcos estaba en la raíz de la dificultad.

Juan Marcos

Juan “no había ido con ellos a la obra”, 15.38. Se han hecho varias sugerencias sobre por qué. ¿Estaba descontento por ser el ayudante, 13.5? ¿Le molestaba que el grupo era conocido como “Pablo y sus compañeros”, 13.13, cuando al principio su tío/primo Bernabé había sido más prominente: “Bernabé y Saulo”, v. 2. ¿Las incomodidades de la vida misionera le estaban pesando más? ¿Le atraían más las comodidades del hogar amplio en Jerusalén? ¿O fue que, cuando se hizo evidente que ellos estaban resueltos a penetrar territorio verdaderamente gentil, fue demasiado para sus sensibilidades judías? Sí parece importante que Lucas nombre el lugar preciso donde se separó de sus colegas: Panfilia.

Cualquiera la razón para su defección, Pablo sentía que no estaba listo para rehabilitación. Posiblemente fue por la última de nuestras sugerencias, considerando la contienda reciente en Antioquía. Juan Marcos sería reincorporado en el momento oportuno, con una recomendación del apóstol en Colosenses 4.10 y una expresión de aprecio por su ministerio en 2 Timoteo 4.11. Pero Pablo consideraba que el tiempo no había llegado en Hechos 15.

Posiblemente la perspectiva de Bernabé  era sesgada por el nexo familiar, Colosenses 4.10. El conocido máxime, “la familia siempre tira”, nunca debe figurar en las cosas de Dios. En toda situación los asuntos deben ser tratados imparcialmente, quienquiera esté involucrado. Elí trató sus hijos con indulgencia en contraste con su juicio precipitado de Ana. Samuel fue culpable de errar en juicio al instalar a sus hijos como jueces, 1 Samuel 8.1 a 3. El nepotismo nunca debe figurar en lo espiritual.

Una nueva asociación

Pablo y Bernabé intercambiaron palabras ásperas y cada cual se marchó por su camino. Los creyentes de la localidad endosaron a Pablo y Silas en una nueva asociación para una obra pionera con el evangelio en un segundo viaje. Fueron “encomendados por los hermanos a la gracia del Señor”, 15.40. Sin duda los creyentes en Derbe, Listra, Iconio y las demás partes se contentaron al dar la bienvenida a Silas, pero a la vez preguntarían entre sí: “¿Qué de Bernabé? ¿Dónde está Bernabé?” Aun para Pablo, el recuerdo de la brecha no podía ser borrado. Cada vez que iba a la cubierta en sus viajes frente de Chipre, él exploraría el horizonte, preguntándose por Bernabé. Aun para nosotros a esta distancia y en estos tiempos, todo el episodio es deprimente. ¡Una amistad manchada no es un fenómeno moderno!

Con esto, el talón cae sobre Bernabé en lo que las Escrituras revelan. Las referencias en las Epístolas no nos alumbran en cuanto a sus viajes y servicio. Es motivo de mucha tristeza que uno tan noble y respetado desaparezca inexorablemente con la puesta del sol.

Epílogo

Antioquía figura fugazmente después de estos eventos infelices. Al final del segundo viaje, Pablo visitó de nuevo y estuvo allí “algún tiempo” antes de emprender otra jornada, 18.23. Parece que en esta ocasión la visita fue relativamente breve con nada registrado, ni bueno ni malo.

Uno se siente un poco inquieto al leer narraciones como esta, cuando una cortina de silencio cubre los últimos trece años del buen rey Josías. Se pregunta: ¿Cayó en mediocridad? Por cierto, nada malo figura en su historia, pero nada positivo tampoco.

Entonces, como cualquier otra asamblea, Antioquía tuvo sus altibajos, pero su historia espiritual está repleta de lecciones para la conducción de una iglesia local hoy en día.

 

 

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