La iglesia cristiana (#707)

La asamblea cristiana

¿Qué es una asamblea cristiana según las Escrituras?

J. R. Littleproud

Publicado originalmente  por Gospel Folio Press, Grand Rapids, Estados Unidos.
Traducida por Srta. Ruth W. Scott y otros.
Publicado en español en 1971 por Publicaciones Palabras de Vida, San Felipe, Chile.

Prefacio

Ver
“Tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él … ” (Isaías 30:21).

La dirección de Dios en la vida del creyente es indispensable para que éste agrade a su Señor. Dios no sólo salva al hombre, sino también le indica el camino en que debe andar. La dirección divina ha de afectar todo nuestro proceder, incluyendo la vida en la asamblea local.

Las Sagradas Escrituras enseñan los principios que deben aplicarse en el desarrollo de las diversas acti­vidades en la asamblea local. Pero estos principios están esparcidos a través de la Biblia, y algunos tienen su base en el Antiguo Testamento, lo cual dificulta la tarea para el creyente nuevo de encontrar la enseñanza específica. Este libro fue escrito para hacer más fácil la tarea. Trata la enseñanza de la Biblia en cuanto a la iglesia local, tocando muchos puntos en que pueda haber confusión o ignorancia.

En las congregaciones de los santos, se precisa siempre ministerio respecto a la iglesia. Necesitamos saber cómo actuar en las reuniones; que todo sea para la gloria de Dios, y la edificación de su pueblo. Por eso, escribió el apóstol Pablo a Timoteo: “Esto te escribo aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. (1 Timoteo 3:14,15)

Hay dos formas de ministerio, a saber, hablado y escrito. Sin restar importancia al ministerio hablado, a veces resulta más provechoso leer ministerio, dete­niéndose en la lectura a fin de repasar lo que no quedó claro, y buscar las referencias bíblicas para com­probar que de veras, “así dice el Señor”.

Por muchos años, centenares de creyentes de habla inglesa han aprovechado la sana enseñanza del señor Littleproud en su libro La asamblea cristiana. Al ver la gran necesidad entre los creyentes del mundo hispano de un libro que diera ministerio sobre la iglesia, nació el deseo de verlo en castellano. Ahora tal deseo se realiza y con mucho placer lo enviamos al mundo hispano, rogando a Dios fervientemente para que Él lo bendiga a todo creyente de toda edad. Sabemos que hay muchos que anhelan oir la voz divina diciéndoles, “Este es el camino, andad por él”. Esperamos que encuentren mucha ayuda en ¿Que es una asamblea cristiana según las Escrituras?

David A. Jones
San Felipe, Chile; 1971

Prólogo del autor

Ver
Dios se ha dignado darnos en su Palabra instrucción clara sobre la iglesia, o la asamblea local. Esa instrucción traza el camino en que el cristiano debe andar para agradar al Señor en su vida espiritual.

En cada generación hay un buen número de cre­yentes que desconocen los principios relacionados con la iglesia local, por la sencilla razón que nunca han recibido enseñanza al respecto. Muchos se hallan en la comunión de una asamblea cristiana, participando en los privilegios y compartiendo las responsabilida­des, sin saber los principios fundamentales que la gobiernan. Algunos están en una asamblea porque, como dicen, “mis padres están allí y así me enseñaron”. Es una gran bendición tener el ejemplo de padres cristianos como guía para nuestra vida, y el escritor agradece a Dios por la influencia santa que sus fieles padres ejercieron sobre él. Pero si el creyente va a soportar las tempestades que se levantan en su derredor, tanto en su vida personal como en la asamblea, se precisa más que un buen ejemplo paternal. A fin de “poder resistir en el día malo”, es imprescindible en­tender los principios que sirven de fundamento para la asamblea cristiana, principios claramente delineados en las Sagradas Escrituras.

Consciente de esta necesidad, el escritor tuvo el privilegio de enseñar una clase bíblica para varones en la ciudad de Toronto. Durante los meses de invierno, nos reunimos por cuatro años y medio para aprender estos principios bíblicos.

A fin de facilitar el uso de los apuntes en una clase bíblica, sin ninguna presunción, el autor quisiera sugerir que cuan­do sea posible reunir a los jóvenes para estudiar estas grandes verdades, que los hermanos anoten sus respuestas a mano escrita. Si no se puede encontrar a un hermano capacitado para enseñar, uno a solas puede estudiar y meditar en las verdades presentadas, leyendo las referencias bíblicas que abundan en esta obra.

El autor sería el primero en admitir que todo el consejo de Dios referente a la asamblea no está en este libro, pero cree que un estudio concienzudo de su contenido dará un fundamento sólido en la verdad tocante a la iglesia.

El autor se da perfecta cuenta de que algunos esti­mados y apreciables hermanos en el Señor pueden discrepar en cuanto a la interpretación de ciertos pa­sajes, pero de todos modos, encomienda esta obra al Señor con el ferviente deseo de que Dios la bendiga para la instrucción y bendición de todo el pueblo de Dios para quien lo escribió, y sobre todo, para los jóvenes en Cristo.

El autor reconoce la ayuda de hermanos ancianos, entre los cuales está su propio padre, quienes en sus primeros años de cristiano le enseñaron y le influencia­ron, dándole buenos consejos y guía en estas verdades relacionadas con la iglesia local. Estos hermanos están ahora con el Señor, pero su obra les sigue.

J. R. Littleproud
Toronto, Canadá, 1938

Contenido

Ver
                                                                                                                               

                                      A—La asamblea cristiana en profecía

Presentación

La profecía de Siloh

01 El lugar

02  La Persona

Cuestionario

                                      B—La asamblea cristiana en figura

El lugar de su nombre

03 Un lugar de congregación

04 Un lugar de separación

05 Un lugar de conmemoración

Cuestionario

06 Un lugar de adoración

Cuestionario

El lugar de ministerio

07  La esfera del ministerio

08  La preparación para el ministerio

09  La autoridad para el ministerio

10 El mantenimiento del ministerio

11 Una falsificación del ministerio

Cuestionario

                                      C—La asamblea cristiana en principio

Presentación

Juntados a Él (Antiguo Testamento)

12 La autoridad de la reunión

13 Los miembros de la reunión

14 El centro de la reunión

15 La separación de la reunión

16 La unidad de la reunión

17 El propósito de la reunión

Cuestionario

Congregados a Él (Nuevo Testamento)

18 La Iglesia, o ekklesía                                                                   

19 Una iglesia local

Cuestionario

                                      D—La asamblea cristiana en modelo

Distintivos de una asamblea cristiana

20 Es limitada a miembros cristianos

21 Se congrega en el nombre del Señor Jesucristo

22 La presencia del Señor en medio

Cuestionario

23 Sujeción al señorío de Cristo

Cuestionario

|                                          24 Guiada por ancianos

25 Cualidades de un anciano

26 La obra del anciano

Cuestionario

27 Reuniones de ancianos

28 El nombramiento de ancianos

29 El reconocimiento de ancianos

30 La recompensa de ancianos

Cuestionario

31 Instruida por ministros

32 Cualidades para el ministerio

33 La obra del ministerio

Cuestionario

34 El sacerdocio de los creyentes

35 El sacerdocio del Antiguo Testamento

36 El sacerdocio del Nuevo Testamento

37 La adoración del Nuevo Testamento

Cuestionario

                                      E—La asamblea cristiana en práctica

Presentación

La iglesia cristiana

38 El bautismo en el Espíritu

Cuestionario

Señas distintivas

39 Un vigoroso testimonio evangélico

Cuestionario

40 La práctica del bautismo de los creyentes

Cuestionario

41 Recepción a la asamblea

42 Comunión en la asamblea

Cuestionario

43 Sana doctrina

Cuestionario

44 Ciertas doctrinas fundamentales

Cuestionario

45 La cena del Señor

46 Las oraciones

Cuestionario

                                      F—El desarrollo de la asamblea cristiana

Presentación

La expansión de la Iglesia

47 La institución de la Iglesia

48 La expansión de la Iglesia

49 La asamblea en Antioquia

Cuestionario

La edificación de una iglesia

50 La asamblea en Corinto

51 Poner el fundamento

52 Edificar sobre el fundamento

53 Los principios de la asamblea

54 Personas en la asamblea

55 Prácticas en la asamblea

56 Premio o pérdida

Cuestionario

El servicio de la mujer

57 Su posición en relación al marido

58 Su posición en la asamblea cristiana

59 La esfera de servicio de la mujer

Cuestionario

                                      G—La pureza de la asamblea cristiana

Presentación

Disciplina en la casa de Dios

60  La casa de Dios

61 La provisión disciplinaria

62 Los propósitos de la disciplina

Cuestionario

Separación del mundo

63 La ilustración

64 El principio

65 El privilegio

Cuestionario

Fuera del real (campamento)

66 El argumento hebraico

67 La respuesta cristiana

68 Una definida posición cristiana

Cuestionario

                                      H—La perspectiva de la Iglesia cristiana

Presentación

69 La venida del Señor

70 La casa del Padre

71 La recepción de Esposa

72 La presentación de la Esposa

73 Una ciudad hermosa

74 Una ciudad de magnitud

75 Una ciudad de bendiciones

Cuestionario

                                      Apéndices

76 Cartas de recomendación

77 Reuniones especiales de una asamblea

78 La cabeza cubierta de la mujer

A—La asamblea cristiana en profecía

Ver

Presentación

No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies hasta que venga Siloh;
y a él se congregarán los pueblos
, Génesis 49:10.

 

El lugar en donde debe congregarse el Pueblo de Dios ‑ “Siloh”

predicho por Jacob, Génesis 49:10

prometido por Dios, Deuteronomio 12:5

cumplido por Israel, Josué 18:1, Jeremías 7:12

desechado de Dios por causa del pecado, 1 Samuel 4:1‑11, Salmo 78:60

reemplazado por Jerusalén, 2 Crónicas 6:6

La Persona a quien debe congregarse el Pueblo de Dios ‑ “a él”, Isaías 9:6, Colosenses 1:20

su venida predicha por Jacob, Génesis 49:10

la Persona (Siloh), identificada como el Prín­cipe de Paz, el cual hizo la paz, Isaías 9:6, Colosenses 1:20

señalada cual centro de la asamblea cristiana, Mateo 18:20

lista a cumplir la profecía cuando el gobierno pasó a las manos de los romanos, Marcos 14:64, Juan 19:7, 18:31

La profecía de Siloh

No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies hasta que venga Siloh;  y a él se congregarán los pueblos. (Génesis 49:10).

Muriéndose el anciano Jacob en Egipto, llamó a sí a sus doce hijos para otorgarles su bendición. Con extraordinaria presciencia espiritual, le fue permitido de Dios prever lo futuro y predecir lo que sucedería a cada una de las tribus de las cuales ellos serían cabeza. Respecto a la tribu de Judá, dijo: “No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh;  y a él se congregarán los pueblos”. Debe notarse dos cosas principales en esta Escritura: el lugar y la persona.

01                    El lugar

Se señala un lugar en donde el pueblo de Dios habría de congregarse ‑ Siloh. Pasados doscientos años, cuando el pueblo estaba para entrar en la tierra que Dios había prometido darles, Jehová determinó que su pueblo se mantuviera separado de los lugares en la tierra en donde las naciones adoraban a sus ídolos, y que también los destruyera. “Destruiréis enteramente todos los lugares donde las naciones que vosotros heredaréis sirvieron a sus dioses sobre los montes altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol frondoso. Derribaréis sus altares, y quebraréis sus estatuas, y sus imágenes de Asera consumiréis con fuego;  y destruiréis las esculturas de sus dioses, y raeréis su nombre de aquel lugar … El lugar que vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése bus­caréis y allá iréis.” (Deuteronomio 12:2, 3.5).

Así pues, Dios prometió:

que escogería un lugar en la tierra

dónde pondría su nombre

en dónde moraría

adónde debería acudir su pueblo

En consecuencia leemos que, siete años después, cuando el pueblo estaba ya en la tierra, “Toda la con­gregación de los hijos de Israel se reunieron en Siloh, y erigieron allí el tabernáculo de reunión” (Josué 18:1). Hasta aquí se había cumplido la profecía del anciano Jacob ‑ el pueblo se había reunido en Siloh. Pero, ¿era éste el lugar que había escogido Jehová para poner allí su nombre? Leamos en Jeremías 7:12: “Andad ahora a mi lugar en Siloh, donde hice morar mi nombre al principio, y ved lo que hice por la maldad de mi pueblo Israel”. Aquí tenemos dos verdades:

Siloh era el lugar en donde Dios puso su nom­bre

más tarde Dios juzgó a este lugar a causa de la maldad que fue tolerada allí

Al  empezar el primer libro de Samuel, Siloh era todavía el lugar en donde permanecía el nombre de Dios y en donde se congregaba su pueblo. (Véase 1 Samuel 1:3,24) En aquellos días, los dos hijos de Elí ejercían el sacerdocio, pero eran hombres impíos, “y no tenían conocimiento de Jehová” (2:12). No se podía esperar que Dios tolerase tales cosas por mucho tiempo, ni que se presenciara en tal lugar, porque “la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmo 93:5). Dios permitió que los filisteos atacaran y aun vencieran a Israel en batalla.

En su derrota el pueblo de Israel envió a Siloh para traer de allí el arca del pacto de Jehová de los ejércitos, que moraba entre los querubines” (1 Samuel 4:4). Pero este recurso no salvó a Israel. Nuevamente los filisteos los hirieron, y “el arca de Dios fue tomada, y muertos los dos hijos de Elí, Ofni y Finees” (v. 11). Cuando nació el hijo de Finees poco después, la madre le llamó Icabod: (“¿Dónde está la gloria?”), diciendo, “¡Traspasada es la gloria de Israel!” por haber sido tomada el arca de Dios (vv. 21, 22).

La ausencia del arca significó la ausencia de la presencia de Jehová, pues Él había morado en la nube de gloria entre los queru­bines encima del propiciatorio que estaba sobre el arca. Es así que leemos que Dios “dejó, por tanto, el taber­náculo de Siloh, la tienda en que habitó entre los hombres” (Salmo 78:60). Ni tampoco se puede esperar hoy en día que Dios manifieste su presencia en lugares donde hijos de Belial actúan como sacerdotes, y en donde prevalecen prácticas impías.

Con todo, Dios no iba a quedar sin testimonio en la tierra. Pronto los filisteos desearon desembarazarse del arca que habían capturado. (Léase 1 Samuel 5). Hicieron un carro nuevo, y sobre él colocaron el arca de Dios. Uncieron al carro dos vacas que criaban, y devolvieron el arca a Israel.

Durante el reinado de David el arca fue llevada a Jerusalén (2 Samuel 6), pasando a ser esta ciudad el lugar que Dios escogió para poner su nombre y morar entre su pueblo (2 Crónicas 6:6, 7:12‑16). Desgraciada­mente, al traer el arca, David se valió del mismo expe­diente que los filisteos—un carro nuevo— con conse­cuencias desastrosas (2 Samuel 6:3‑7), pues Dios había ordenado que el arca fuese llevada por los coatitas (Números 3:29‑31). Solamente cuando obedecieron el man­dato de Jehová, y buscaron al Señor “según su orde­nanza”
(1 Crónicas 15:5, 11‑15), había gozo y bendición en Jerusalén.

 

02                    La Persona

Pero la profecía de Jacob iba más allá de congregar al pueblo en un lugar llamado Siloh, pues especificaba que habría de salir de la tribu de Judá una Persona a la cual se congregaría el pueblo. “A él se congre­garán los pueblos.” ¿Quién sería Él, proveniente de la tribu de Judá, llamado Siloh, a quien se congregarían los pueblos? Entendemos que Siloh quiere decir, “pacificador”, o “portador de paz”;  y de inmediato tenemos la contestación a nuestra pregunta. Hay uno solo quien es, de veras, portador de paz, cuyo nombre es “Príncipe de Paz” (Isaías 9:6), quien hizo la paz “mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20).

El anciano Jacob miró a través del correr de los siglos, y vio el día cuando los pueblos serían juntados a Él;  cuando el dechado para la asamblea cristiana sería: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Además, el discernimiento profético del anciano Jacob era tan pene­trante que pudo indicar el tiempo cuando vendría el Siloh prometido, proveniente de la tribu de Judá. El gobierno no sería quitado de Judá hasta que viniera Siloh. “No será quitado el cetro (símbolo del ejercicio del gobierno) de Judá, ni el legislador de entre sus pies hasta que venga Siloh.” Después de que el Sanedrín judío condenó a Jesús de ser digno de muerte, (Marcos 14:64), le llevaron a Pilato, a quien dijeron: “Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios (Juan 19:7).

Sin embargo, no tenían poder para llevar a cabo la sentencia de muerte que habían pronunciado, pues confesaron a Pilato, “A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie” (Juan 18:31). ¿Por qué? El poder del gobierno civil había pasado a manos de los roma­nos;  por eso esta apelación a Pilato. El cetro se había quitado de Judá y el legislador de entre sus pies. Siloh había llegado. El día estaba cerca cuando la profecía del anciano Jacob iba a tener su pleno cumplimiento: “A él se congregarán los pueblos”. El tiempo había llegado para la institución de la asamblea cristiana, esto es, la congregación de los santos en su nombre, teniéndole a Él mismo en su medio.

Cuestionario

  1. Citar la profecía hecha por Jacob respecto al centro de reunión del pueblo de Dios.
  2. Citar cuatro características importantes del centro de reunión como es simbolizado en Deuteronomio 12:5.
  3. Citar de las Escrituras para comprobar que Siloh era el lugar que Dios escogió para poner su nom­bre.
  4. ¿Por qué desechó Dios a Siloh?
  5. Indicar cómo la profecía habría de tener un cum­plimiento doble.
  6. (a) ¿Qué quiere decir “Siloh”?

(b) Citar dos porciones de las Escrituras que iden­tifican al Señor Jesucristo como el verdadero Siloh.

  1. Citar un versículo del Nuevo Testamento que sir­va de guía para una congregación de santos con­forme a la profecía de Jacob.
  2. ¿Por qué no podía la nación judaica dar muerte al Señor Jesús?
  3. A la luz de la profecía de Jacob, ¿qué comprueba la admisión del Sanedrín, según Juan 18:31?

B—La asamblea cristiana en figura

Ver

Presentación

Un lugar de congregación ‑ Deuteronomio 12:5

autorizado por su Palabra

distinguido por su nombre

Honrado por su presencia

Un lugar de separación ‑ Deuteronomio 12:10‑14, 29‑32

Ordenado para ofrecer sacrificios allí

Prohibido el ofrecer sacrificios en otro lugar

Prefigurado cual verdadera separación del mundo y sus asociaciones ‑ Gálatas 1:4,
2 Corintios 6:14‑18

Un lugar de conmemoración ‑ Deuteronomio 16:1‑6

Selección del lugar para la fiesta memorial (compárese Hechos 20:7)

Indicación del día designado para la Fiesta (compárese Hechos 20:7)

Determinación del modo de efectuarla (compárese 1 Corintios 11:23‑30)

Un lugar de adoración ‑ Deuteronomio 26:1‑11

La ley de las primicias: el tipo y el antitipo

La ofrenda de las primicias:

Confesión de ruina: nacido de parentesco arruinado, a punto de perecer

Reconocimiento de redención: clamando a Jehová, redimido con mano fuerte

Profesión de separación: sacado de Egipto, llevado a una tierra buena

Presentación de las primicias: ofreciendo a Dios las primicias, regocijándose en su presencia

Un lugar de ministerio ‑ Deuteronomio 18:6‑8

Esfera del ministerio: “El lugar que escogerá Jehová”

Preparación para el ministerio: ejercicio del alma;

Conocimiento completo del tema

Aplicación personal de la verdad

Ministerio público

Autoridad para el ministerio: “en el nombre de Jehová su Dios”

Sostenimiento del ministerio: “quienes dan al Señor”:

hospitalidad en nuestros hogares

ayuda en sus viajes

el aporte de donativos

falsificación del ministerio: Jueces 17, 18

un levita consagrado como sacerdote

aceptando un salario fijo

ministrando en un sistema de origen hu­mano

introduciendo entre el pueblo de Dios de prácticas no autorizadas por la Palabra de Dios

El lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ese buscaréis, y allá iréis. Deuteronomio 12:5.

03                    Un lugar de congregación

Casi dos siglos y medio después de cuando Jacob pronunció su memorable profecía, prediciendo que el pueblo se congregaría a Siloh, sus descendientes lle­garon a los límites de la tierra de Canaán adonde Dios habla prometido llevarlos. Dios instruyó a su pueblo por medio de su siervo Moisés con respecto a su culto en aquella tierra. No deberían adorar en aquellos lu­gares donde los cananeos idólatras adoraban a sus dioses, sino más bien destruirlos por completo. Enton­ces Dios prometió que habría un lugar que Él mismo escogería, en donde Él iba a morar (“su habitación”), al cual debería juntarse Israel. Hay que notar cuatro características de este lugar:

el lugar fue escogido por Dios

el lugar sería el centro de reunión de Israel

el nombre de Jehová fue puesto allí

la presencia del Señor estaba allí. (Compárese 2 Crónicas 20:9)

Ya hemos visto que este lugar era Siloh (Josué 18:1, Jeremías 7:12) y que simboliza para nosotros la asamblea cristiana del Nuevo Testamento. Su seme­janza a lo que tenemos en Mateo 18:20 es muy suges­tivo.

Nótese:

el lugar;  donde están dos o tres

el centro de reunión;  congregados

el nombre;  en mi nombre

la presencia del Señor;  “allí estoy yo en medio de ellos”

Más adelante veremos estos rasgos como cuatro de las siete características que distinguen a la asamblea neotestamentaria. Debe notarse siempre la prominen­cia del lugar y la persona. El lugar donde el Señor eligió para poner su nombre era para el pueblo de Israel, lo cual constituye para nosotros un símbolo.

Aunque los cananeos incircuncisos realizaban culto en otras partes, el centro de congregación para Israel siempre tenía que ser el lugar que el Señor había esco­gido, en el cual había puesto su nombre, y en donde se hallaba su presencia. ¡Cuán vacíos serían todos aquellos otros lugares! pues faltaba la autoridad de Dios;  no eran señalados por su nombre ni eran honra­dos por su presencia. El pueblo de Israel, atraído por la autoridad de su Palabra, por la distinción de su nom­bre y por el encanto de su presencia, se congregaba en Siloh. Fue un día triste en la historia de la nación cuando Jeroboam edificó lugares altos en Bet-el y en Dan para impedir que el pueblo de Dios le adorara en el lugar en donde Él había puesto su nombre, y para impedir que el reino volviera a la casa de David. (Véase 1 Reyes 12:26‑33).

 

04                    Un lugar de separación

Dios mandó a Israel que se separara de la religión del mundo y de sus lugares de culto (Deuteronomio 10:14). Sus ofrendas, sus sacrificios y sus diezmos tenían que lle­varlos al lugar que el Señor su Dios había escogido, y les era prohibido presentarlos en otro lugar. (Véase Apocalipsis 18:1‑4). También les mandó separarse de las costumbres del mundo, costumbres viles que les rodeaban, pues al ir en pos de ellas, les serían de lazo para caer en abominación. (Véase vv. 29‑32). Una causa por la cual Cristo murió en la cruz era “para librarnos del presente siglo malo” (Gálatas 1:4). Así li­brados, somos exhortados a presentar nuestros cuer­pos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios (Romanos 12:1);  a separarnos de los incrédulos, de los injustos, de las obras de tinieblas, de hombres perversos, y de toda cosa inmunda, para que Dios sea para con nosotros todo lo que su corazón de Padre quiere ser;  y que entonces seamos para con Él todo lo que un hijo o hija debe ser. (2 Corintios 6:14‑18).

05                    Un lugar de conmemoración

Israel era un pueblo redimido por la sangre del cordero pascual (Éxodo 12:1‑14). Dios les mandó conmemorar su redención por medio de una fiesta anual, una “fiesta solemne para Jehová durante vues­tras generaciones”. Ahora, acercándose ellos a la tierra que Jehová les había prometido, Él mismo escoge el lugar donde deben celebrar la pascua. “Y sacrificarás la pascua a Jehová tu Dios, de las ovejas y de las vacas, en el lugar que Jehová escogiere para que habite allí su nombre” (Deuteronomio 16:2). La práctica de las asambleas primitivas estaba en perfecta armonía con este cuadro divino, como dice: “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir el día siguiente” (Hechos 20:7).

Tal reunión de los santos es el “congregarse de los santos”, los dos o tres de Mateo 18:20, quienes se congregaban en su nombre. En este lugar —la con­gregación de los discípulos— se debe celebrar la fiesta memorial del Nuevo Testamento, el partimiento del pan.

También dispuso Dios el tiempo cuando Israel de­bía celebrar la pascua. “Guardarás el mes de Abib” (Deuteronomio 16:1). Este tiempo fue más precisamente de­signado en Levítico 23:5: “… en el mes primero, a los catorce del mes, entre las dos tardes, pascua es de Jehová”. El designar este día tenía un significado pe­culiar, pues era la noche del 14 de Abib, allá en Egipto, cuando Dios había pasado “por encima de las casas de los hijos de Israel”, como Dios‑Salvador, y los habla preservado de la mano del heridor.

Armonizando con este cuadro del Antiguo Testamento es la práctica del Nuevo Testamento: “El primer día de la semana, reu­nidos los discípulos para partir el pan.” Otras referencias indican que el primer día de la semana era el día de reunión para los santos del Nuevo Tes­tamento, (véase 1 Corintios 16:2, Juan 20:19), de la manera como el día de sábado fue el día especial para los del Antiguo Testamento. ¡Qué apropiado, pues, que la asamblea cristiana honre el primer día de la semana, porque en un día similar Cristo se levantó de entre los muertos! Cuán significativas son las primeras pala­bras de Mateo 21:1: “Pasado el día de reposo, al amanecer el primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro.” Era la mañana de su resurrección;  era el fin del sábado;  era el amanecer de un nuevo día para el pueblo de Dios. ¡Cuán apropiado que el partimiento del pan ‑ la fiesta memorial, que conmemora su muerte por nosotros, se celebre en este día!

El Señor no sólo seleccionó el lugar en que se debía guardar la pascua, sino que también ordenó la manera de hacerlo. Esto se encuentra en Números 28:16‑25. Mientras que se guardaba la fiesta según el orden de Dios, era considerada como una fiesta de Jehová (Levítico 23:4‑5);  mas cuando llegó a corromperse por intervención humana, no era más que una fiesta de los judíos. (Véase Juan 6:4). A tal corrupción hace mención 1 Reyes 12:25‑32. La fiesta de Jeroboam se celebró en un lugar errado (v. 29), en una fecha inco­rrecta (vs. 33), oficiando un sacerdocio hecho por hombre (vs. 31), y celebrada con móviles pecaminosos (vs. 26). Becerros de oro sustituyeron la presencia de Jehová (v. 28), con lo cual Jeroboam desechó el señorío de Jehová (vv. 25, 26, 33). La fiesta suya no era sino una imitación de la fiesta de Jehová. Era “conforme a la fiesta solemne que se celebraba en Judá” (v. 32), pero no es de extrañarse que Dios declarase de todo aquello que fue “causa de pecado” (vs. 30).

Dios en su Palabra ha dado órdenes explícitas acerca de la manera en que la asamblea cristiana debe guardar la cena del Señor. (Véase 1 Corintios 11:23‑30). Aferrémonos con celo a las Escrituras en nuestra con­memoración de Él para rendir gloria a su santo nombre. No participemos de la cena del Señor en una manera indigna, atrayendo juicio sobre nosotros;  y no dejemos que la cena del Señor se degenere en nuestras manos hasta que llegue a ser una ordenanza meramente hu­mana, como se degeneró la pascua en manos de los judíos.

Cuestionario

  1. Nombrar cuatro características del lugar que el Señor escogió para poner allí su nombre. (Deuteronomio 12:5)
  2. Dividir Mateo 18:20 en cuatro secciones correspon­dientes a las cuatro características nombradas arriba.
  3. ¿Cuáles eran las tres cosas que atraían a Israel a Siloh?
  4. ¿De qué cosas mandó Dios que Israel se separase? (Deuteronomio 12:10‑14)
  5. Citar un pasaje en el Nuevo Testamento que in­dique que un propósito de la muerte
    de Cristo en la cruz era nuestra separación del mundo.
  6. Citar otro pasaje que promete bendición como re­sultado de esta separación.
  7. Mencionar tres cosas que debían hacer para guardar la pascua.
  8. Citar versículos del Nuevo Testamento que demues­tren el orden definido y similar
    para la celebración de la cena del Señor.

06                    Un lugar de adoración

Tomarás de las primicias de todos los frutos que sacares de la tierra que Jehová tu Dios te da, y las pondrás en una canasta, e irás al lugar que Jehová tu Dios escogiere para hacer habitar allí su nombre. Deuteronomio 26:2.

A lo largo de los años de peregrinación en el desierto, Israel ni sembraba ni cosechaba. Habría sido inútil sembrar semilla en la primavera, porque antes del tiempo de la siega habrían viajado muy lejos de los sembrados. Sin embargo, no sufrieron hambre. Dios les alimentó con el maná, el pan del cielo, nuevo cada mañana. Pero cuando el pueblo de Israel entró en la tierra de Canaán, volvieron a comer del “fruto de la tierra”. Ahora podían sembrar la semilla, y a su debido tiempo cosechar los frutos.

Pero sería preciso tener mucha fe de parte de ellos para sembrar aquella semilla preciosa en la tierra. ¿Acaso crecería? La generación que había conocido la siembra y la siega había muerto en el desierto. El pueblo de ahora, nacido en el desierto, nunca había visto una cosecha. Sin embargo, sembraron la semilla y esperaron que brotara. ¡Con qué interés mirarían ellos los primeros tiernos brotes salir de la tierra, luego crecer paulatinamente, y, por fin, espigar! Entonces, bajo el calor del sol sobre los campos sembrados, algunas espigas madurarían antes que otras, exhibiendo su do­rado promisor. ¡Con qué esperanza pasaría el labrador a través de su campo recogiendo esas espigas, y, res­tregándolas en sus manos, las desgranarían! ¡Allí en su mano, a la vista, tenía los preciados frutos de la siembra! Conforme a su fe, alcanza plena recompensa. No en vano cayó la semilla en la tierra y “murió”, por lo cual había llevado frutos.

Ese puñadito de granos dorados, las primicias de su siembra, era una promesa de la cosecha que había de venir, y también una mues­tra de cómo sería. Dios requería que su pueblo le trajera las primicias. “Entonces tomarás las primicias de todos los frutos que sacares de la tierra que Jehová tu Dios te da, y los pondrás en una canasta, e irás al lugar que Jehová tu Dios escogiere para hacer habitar allí su nombre” (Deuteronomio 26:2).

En 1 Corintios 15:22,23 tenemos la interpreta­ción del Espíritu Santo en cuanto a las primicias: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias;  luego los que son de Cristo en su venida”. ¡Cristo en su resurrección es las primicias!

Cristo en su muerte era el grano de trigo que cayó en la tierra y murió (Juan 12:24). Murió por nuestros pecados. Hemos puesto fe en aquella muerte. ¿Ha sido justificada nuestra fe? Ciertamente que sí, pues leemos: “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25);  “Habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos” (Hechos 1:9); “Tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Hebreos 8:1).

El Cristo que murió por nosotros ha sido acredi­tado en el cielo y su sacrificio aceptado. “Dios … le resucitó de los muertos y le ha dado gloria” (1 Pedro 1:21). ¡Nuestra fe no es en vano!

En su resurrección Él es las primicias —una mues­tra y una promesa de la cosecha que ha de venir— la resurrección de los “muertos en Cristo” (1 Tesalonicenses 4:16); “Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida” (1 Corintios 15:23).

En el caso del israelita, al presentar su cesta de primicias al Señor y adorar delante de Él, tenía que cumplir tres condiciones. El sacerdote tomaba la cesta, y colocándolo delante del altar, esperaba que el hombre  procediera así: primeramente con una confesión de ruina; después con el reconocimiento de redención; y finalmente con una profesión de separación.

 

(i)                                                                                                         L a confesión de ruina (Deuteronomio 26:5)

La primera condición era que el hombre confesara lo que era antes de ser redimido. Reconoció ser descendiente de un padre indigno; por nacimiento, no tenía dere­chos delante de Dios. “Un arameo a punto de perecer fue mi padre” (Deuteronomio 26:5). Esto se refiere a la oca­sión cuando Jacob huyó de Esaú su hermano, a quien había agraviado, y descendió a morar con su tío Labán en Padán‑aram en Siria. Allí permaneció des­terrado durante veinte años a lo menos. Era un anciano de noventa y siete años, más o menos, cuando volvió a su propia tierra. ¡Qué exacta resulta la descripción que sus descendientes hicieron de él cuando llegaban al sacerdote para presentar sus primicias a Jehová: “un arameo (sirio) a punto de perecer”! (Véase Génesis 28:5, Oseas 12:12).

¡Qué parecida a esto es la confesión de un alma redimida en la actualidad cuando entre en la presencia de Dios para adorar! Él también ha nacido de una raza perdida; ¡cuánto se regocija en el evangelio que declara que no perecerá! (Juan 3:16). Recuerda la dura servidumbre y la aflicción que sufría cuando estaba en sus pecados (Deuteronomio 26:6); pues el pecado y Satanás son capataces crudelísimos. ¡Cuántas veces derrama en la presencia de Dios la historia de su ruina completa antes de que la gracia le alcanzara y le salvara!

(ii.)                                                                                                       El reconocimiento de redención (Deuteronomio 26:7, 8)

“Clamamos a Jehová”. ¡Qué bueno cuando los hom­bres y las mujeres pueden incorporar tal expresión en la historia de sus vidas! Porque “todo aquel que invo­care el nombre del Señor será salvo” (Romanos 10:13).

Israel clamó a Jehová y “Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte”. ¡Qué maravillosa la historia contada en estas pocas palabras!—Escogiendo un cordero sin mancha ni defecto, probándolo hasta el catorce del mes, matándolo al atardecer, recogiendo la sangre en una jofaina, rociando los postes y el dintel de la puerta, refugiándose tras ella. Dios pasando por sobre la casa y protegiéndoles a los primogénitos del destructor, comiendo el cordero asado, abandonando a Egipto, atravesando el Mar Rojo, contemplando la destrucción de Faraón y sus huestes, terminando su experiencia con cantar en el desierto ­verdaderamente podían decir: “Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte”.

También esto se parece a la experiencia de todos los que son “rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18,19). ¡Cuánto se deleitan en reconocer a Aquél “en quién tenemos redención, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7)! Clamaron al Señor; los oyó y los libró. ¡Bendito sea el nombre del Señor!

(iii.)       La profesión de separación (Deuteronomio 26:9)

No solamente los sacó de Egipto, sino, “nos trajo a este lugar”—a una tierra donde había bendiciones materiales, donde “fluye leche y miel”; también un lugar donde había bendiciones espirituales, el lugar en donde “Jehová vuestro Dios escogiere para poner allí su nombre”.

La tierra de Canaán es tipo de los lugares celestiales, como se expone en la epístola a los Efesios—bendiciones espirituales que pertenecen a toda la familia de la fe. En esa tierra había un lugar que el Señor había escogido para poner su nombre, adonde se debía congregar su pueblo. Este, el único lugar de reunión en aquella tierra deseable, es un tipo hermoso de una asamblea cristiana.

¡Cuán afortunado es aquel joven creyente que ha sido, no solamente librado de la servidumbre de Egipto, sino que también ha sido atraído a una asamblea cristiana, lugar donde está puesto el nombre del Señor, donde Él se reúne con sus santos congregados! (Mateo 18:20). He aquí el lugar donde la leche y la miel de los deleites espirituales pueden hallarse siempre.

(iv)        La presentación de primicias (Deuteronomio 26:10)

“He aquí, he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, oh Jehová. Y lo dejarás, delante de Jehová tu Dios, y adorarás delante de Jehová tu Dios.”

Ahora, habiendo confesado que su procedencia era de una raíz arruinada e indigna, habiendo reconocido su redención de Egipto por medio de la sangre, habiendo testificado su separación de todo lugar que no fuera lo que Dios había elegido y al cual le había conducido, el israelita presentaba su cesta de primicias al Señor, y adoraba con gozo en su presencia.

Y así sucede ahora con el creyente en Cristo. Acude al lugar donde el Señor se reúne con sus santos con­gregados. Hace confesión de su ruina; reconoce su redención por sangre; testifica una separación de todo lo que sea del mundo. Entonces con gozo presenta a Dios a Cristo que murió pero que ahora vive, la verdadera primicia de la futura cosecha de resurrección. Partiendo el pan y tomando la copa, conmemora con gratitud la muerte del Señor, simbolizada para él en la pascua de Israel; pero también se regocija en un Cristo que resucitó, representado para él en las primicias—¡un Cristo que vive para siempre jamás!

 

Cuestionario

  1. ¿Por qué era necesario que Israel tuviera mu­cha fe para sembrar su semilla por primera vez en Canaán?
  2. ¿Cómo alimentó Dios a su pueblo en el de­sierto?
  3. ¿Qué representa para nosotros las primicias de la cosecha?
  4. Nombrar tres cosas que hacía un israelita an­tes de presentar su cesta de primicias al Señor.
  5. Citar una referencia en el Nuevo Testamento para probar su respuesta.
  6. ¿Qué hace el cristiano ahora, que corresponda a la fiesta israelita de la pascua?
  7. ¿De qué manera procede el cristiano ahora, que asemeje a Israel presentando las primicias a Jehová?
  8. ¿Cuál es el lugar hoy día adonde el cristiano acude para guardar la fiesta memorial, y presentar a Cristo resucitado a Dios en adoración?

 

El lugar de ministerio

Cuando saliere un levita de alguna de sus ciu­dades de entre todo Israel, de donde hubiere vivido, y viniere con todo el deseo de su alma al lugar que Jehová escogiere, ministrará en el nombre de Jehová su Dios como todos sus hermanos los levitas que estuvieren allí delan­te de Jehová. Igual ración de la de los otros comerá, además de sus patrimonios. Deuteronomio 18:6‑8.

07                    La esfera del ministerio

Dios ordenó a los hijos de Leví un ministerio es­pecial con respecto al tabernáculo. Cuando se mudaba el campamento ellos llevaban el arca, el altar, la mesa del pan de la proposición, y todos los muebles y vasos del tabernáculo. También tenían a su cargo las cortinas, las cubiertas, las columnas y sus bases. (Véase Números capítulos. 3 y 4) El ministerio suyo fue dado por Dios, y debía cumplirse en el lugar que Él había escogido para poner su nombre.

El ministerio del levita al transportar los enseres sagrados de un lugar a otro, (que a la vez permitía que Israel tuviera constantemente el santo servicio del tabernáculo en su medio, el cual representa a Cristo en las múltiples glorias de su Persona y su obra), prefigura la obra de aquellos a quienes el Señor ha puesto en su iglesia a fin de ministrar a Cristo a su pueblo redimido. Aprendemos de 1 Corintios 12 que el Espíritu Santo ha dado dones a ciertos hombres para determinadas obras. Leemos en Efesios 4 que el Señor ha constituido en la iglesia a estos hombres así dotados —evangelistas, pastores, maestros, etc.— a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. La habilidad de ministrar es el don del Espíritu Santo, entregado al hombre. (1 Corintios 12:11) El hombre dotado del don del Señor ascendido, cual provisión a su iglesia. (Efesios 4:8‑12)

08                    La preparación para el ministerio

Tales hombres dotados necesitan ejercicio de alma antes de ministrar las cosas santas al pueblo. De manera que leemos en el pasaje que nos sirve de ilustración, (Deuteronomio 18:6), que el levita vino “con todo el deseo de su alma” —esto es, con ejercicio de corazón— “al lugar que Jehová escogiere”. Es un principio enseñado por toda la Palabra de Dios que ejercicio de alma y prepa­ración para ministerio tienen que preceder la predica­ción del mensaje a los hombres.

Pablo el Apóstol, escribiendo al joven predicador Timoteo, dio la siguiente definición de un buen ministerio: “Si esto enseñas a los hermanos, serás buen minis­tro de Jesucristo, nutrido en las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido” (1 Timoteo 4:6). Aquí se mencionan tres cosas esenciales para un minis­terio provechoso:

(i)           conocimiento completo del tema

Según una traducción, la expresión “has seguido” es vertido como “has perseguido con ahínco”. La verdad de Dios no se presenta a manera de un texto de geografía, con toda la información sobre tal o cual tema en un solo lugar y bajo un solo título; sino que Dios se ha reve­lado a sí mismo y su verdad dando un poquito aquí, otro poquito allá, a través de toda la Biblia. Es muy importante, pues, que “persigamos con ahínco” un tema antes de procurar ministrarlo en público.

(ii)          aplicación personal de la verdad

“Nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina”. Esto implica que el hombre que enseña la verdad la haya experimentado primero en su propia vida, que haya sido nutrido por las palabras que ministra. ¡Es desalentador oir a un hombre ministrar la verdad que él mismo no practica! En el desierto el maná que los israelitas recogieron pero no comieron “crió gusanos y hedió” (Éxodo 16:20) Debemos, pues, aplicar primero la verdad a nosotros mismos antes de enseñarla a otros.

Con tal ejercicio de alma, conocimiento cabal y aplicación personal de la verdad, el ministro ya está preparado para dar el tercer paso:

(iii)        ministerio público

Con su tema así prepa­rado, el que enseña puede levantarse en la asamblea de los santos y ministrar la Palabra de Dios para la edificación y el provecho de todos. Parecido es esto a lo que leemos en el Antiguo Testamento: “Cuan­do saliere levita … y viniere con todo el deseo de su alma al lugar que Jehová escogiere, ministrará en el nombre de Jehová su Dios.” (Deuteronomio 18:6,7) (Compárese también Ezequiel 3:1‑4, Eclesiastés 12:9‑11)

09                    La autoridad para el ministerio

Así ejercitado, llegaría el levita al lugar que Jehová habrá escogido. Entonces, “ministrará en el nombre de Jehová su Dios como todos sus hermanos los levitas”. La frase, “en el nombre de Jehová” (o, en el nombre del Señor) se usa mucho en las Escrituras, y signi­fica, “con su autoridad”. La importancia dé esto re­quiere algunas referencias para corroborarlo. En Deuteronomio 18:20, leemos que el profeta que “tuviere la presun­ción de hablar palabra en mi Nombre, a quien yo no le haya mandado hablar, … el tal profeta morirá”. Hablar sin su autoridad no es sino presumir hablar en su nombre; así como lo contrario, hablar verdaderamente en su nombre, es hablar con su autoridad. (Compárese también vs. 22)

En Hechos 9:15 Dios describe a Pablo como un “instrumento escogido me es éste para llevar mi nom­bre en presencia de los gentiles y de reyes y de los hijos de Israel”. Por lo tanto, cuando hablaba este instrumento escogido, dice que hablaba “denodadamente en el nombre del Señor”. Hablaba con la autoridad del Señor. También en Hechos 10, Pedro mandó que Cornelio y los de su casa que habían creído fuesen “bautizados en el nombre del Señor Jesús”. Él desafía a cualquiera otra autoridad de “impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espí­ritu Santo como también nosotros”.

Por lo tanto, la autoridad del levita para ministrar en el lugar que el Señor había escogido era del mismo Señor; él ministraba “en el nombre del Señor”. En el Nuevo Testamento el Señor vuelve a facultar el ministerio para la edificación de sus santos. Véase con cuidado Efesios 4:7‑13, 1 Corintios 12:4‑11, 14:3, 29, 1 Pedro 4:10, 11.

 

10                    El sostén del ministerio

El levita no tenía heredad en Israel. No ganaba su sustento por la labranza ni por ningún otro oficio secular. Su heredad era el Señor (Deuteronomio 18:2). Serbia al Señor y el Señor le sostenía. Pero el Señor disponía que se sostuviera de aquello que sus hermanos presen­taban a Él. Había de comer de las ofrendas quemadas a Jehová (vs. 1). Cuando el pueblo daba liberalmente al Señor, entonces él levita compartía la abundancia; pero cuando el pueblo se descuidaba de dar al Señor, el levita sufría a causa de esta negligencia. Aun es así en nuestros días con el ministerio escriturario del Nuevo Testamento. Juan, en su tercera epístola, da instrucciones acerca de nuestro cuidado para con aque­llos hermanos que trabajan para el Señor. Dice de ellos que “salieron por amor del nombre de Él, sin acep­tar nada de los gentiles” (3 Juan 7). El servicio de ellos es un servicio de fe, pues confían en el Dios viviente. Cuando nosotros que somos del pueblo de Dios damos generosamente al Señor, sus siervos reciben beneficio por medio de nuestra liberalidad; pero cuando des­cuidamos nuestra responsabilidad, ellos sufren por causa de nuestra negligencia.

Parece que nuestra responsabilidad es triple en este asunto:

Hospitalidad en nuestros hogares: 3 Juan 5,6,8, Hechos 18:1‑3, 18:24‑26, Romanos 16:2, 16:6, 23.

Ayuda en sus viajes: 3 Juan 6, Hechos 15:2,3, 21:5, Romanos 15:24, 1 Corintios 16:6,
2 Corintios 1:16.

El envío de donativos después de su partida: Filipenses 4:14‑16, 1:5, 4:10.

De estas tres maneras nos hacemos cooperadores de la verdad (3 Juan 8). Sin embargo, hay una palabra de precaución en 2 Juan 9:11. Se prohíbe ayudar a aque­llos que enseñan falsas doctrinas, para que no seamos partícipes en su pecado.

11                    Una falsificación del ministerio

En el libro de Jueces leemos de una triste desviación de este modelo ordenado por Dios para el ministerio y el sustento del levita. Hubo un hombre que se llamaba Micaza que tuvo “casa de dioses e hizo efod y terafines, y consagró a uno de sus hijos para que fuera su sacerdote” (Jueces 17:5). La casa de Micaía era una casa idólatra, y su sacerdocio de institución humana y de marcado con­traste con el sacerdocio aarónico que Dios había orde­nado. La causa de esta triste desviación de las cosas de Dios se ve en el versículo 6: “En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”.

Hubo en Belén de Judá en aquellos días un joven levita, quien, en vez de ministrar en la casa de Dios que todavía estaba en Silo (Jueces 18:31), partió para encontrar un lugar para sí mismo (17:7, 8). Buscaba un “oficio”. Siguiendo su viaje, llegó a casa de Micaía, a quien hizo saber que era levita y dispuesto a aceptar un “oficio”. La idea agradó a Micaía. ¡Qué bueno sería tener un hombre de Dios para ministrar en su sistema! Le ofreció un salario fijo: diez siclos de plata por año, con vestidos y comida. “Y el levita se quedó.” Había aceptado el “llamamiento”. Entonces “Micaía consagró al levita, y aquel joven le servía de sacerdote” (17:12). ¡Un servicio de consagración para el nuevo ministerio! Recuerden que, aun cuando era un verdadero levita, este hombre era un falso sacerdote, a pesar de la ceremo­nia de consagración que le hizo Micaía. Pero eso no le importó nada. Él esperaba un gran aviva­miento, ya que tenía un hombre de Dios por ministro. Dijo: “Ahora sé que Jehová me prosperará, porque tengo un levita por sacerdote”. (Jueces 17:13)

Sin embargo, el ministerio asalariado de Micaía no iba a traer la bendición que esperaba, pues en el próximo capítulo leemos que los danitas invadieron la tierra. Cuando llegaron al Monte de Efraín, y encon­traron a este levita en el empleo de Micaía, le dijeron: “Vente con nosotros para que seas nuestro padre y sacerdote. ¿Es mejor que seas tú sacerdote en casa de un solo hombre, que de una tribu y familia de Israel?” (Jueces 18:19) Esto le parecía un llamamiento mejor. Iba a servir a una congregación más grande, y ella del mismo pueblo de Dios. ¡Una tribu en Israel! “Y se alegró el corazón del sacerdote”, y aceptó este “lla­mamiento mejor”. Y luego “tomó el efod y los terafines y la imagen, y se fue en medio del pueblo”. En vez de traer bendición a la casa de Micaía, el levita se había contaminado con la idolatría de aquel sistema, y ahora iba a introducirlo en la tribu de Dan.

Los dos últimos versículos relatan una historia triste. La imagen fue alzada en Dan, y Jonatán, nieto de Moisés, se hizo sacerdote en este sistema idólatra, aun cuando el orden correcto de congregarse y de ministerio se practicaba en Silo. Tengamos cuidado hoy día de no apartarnos del orden del Dios viviente, ni de introducir aquellas cosas de los sistemas del hombre que desagradan y deshonran a Dios.

Cuestionario

  1. ¿Dónde estaba el lugar autorizado de Dios en que el levita había que ministrar?
  2. ¿De qué función del Nuevo Testamento era tipo el ministerio del levita?
  3. ¿Qué preparación era necesaria de parte del levita antes de presentarse para ministrar?
  4. ¿Qué quiere decir la frase “en el nombre del Señor”?
  5. ¿Cómo eran sostenidos los levitas en su obra para el Señor?
  6. Dar tres razones por que el levita en Jueces 17 debería haber rechazado la proposición de Micaía.
  7. ¿En qué manera afectó al pueblo de Dios la des­obediencia del levita?

C—La asamblea cristiana en principio

Ver

Presentación

Juntadme mis santos, los que hicieron conmi­go pacto con sacrificio, Salmo 50:5.

Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Mateo 18:20.

En el Antiguo Testamento:

la autoridad para reunirse: “juntadme mis santos”.

los miembros de la reunión: “mis santos”

el centro de la reunión: “a mí”

la separación de la reunión: “salgamos a él”

la unidad de la reunión: “juntadme mis santos”

el propósito de la reunión: adoración, ora­ción, disciplina, ministerio.

En el Nuevo Testamento:

La Iglesia: ekklesía

Una verdad exclusiva al Nuevo Testamento. La primera mención está en Mateo 16:18

Una asamblea llamada afuera, un pueblo para su Nombre: Hechos 15:14

Una iglesia local, miniatura de la Iglesia en su totalidad, una ekklesía

Juntados a Él (Antiguo Testamento)

Juntadme mis santos, los que hicieron conmi­go pacto con sacrificio, Salmo 50:5.

Nos adelantamos unos cuatro siglos desde los días cuando Dios dio instrucciones acerca de la reunión de su pueblo en un lugar que Él había escogido para poner su nombre, y encontramos que Dios todavía se interesa en la reunión de sus santos. En Salmo 50:5 Él establece los principios de esta reunión. Seis deta­lles merecen nuestra consideración.

12                    La autoridad para la reunión

Es Dios quien habla. No hay autoridad más alta para cualquier acción que el hombre pueda aprender, que el mandamiento del Señor. Nunca estamos en terreno más seguro que cuando tenemos el “así dice el Señor” para nuestro proceder. La reunión de los santos en los días del Antiguo Testamento se apoyaba sobre este fundamento firme: “Juntadme mis santos, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio”.

En el día de hoy también, al alma ejercitada le da verdadera satisfacción tener la autoridad divina, como en Mateo 18:20: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”. Es igualmente instructivo estudiar la historia de aquellas asambleas primitivas donde este modelo divino era puesto por obra; por ejemplo, en Jerusalén (Hechos 2:41‑42), en Antioquía (Hechos 11:19‑30, 13:2‑4, 14:26,27, 15:22‑32), y en Filipos (Filipenses 1:1).

13                    Los miembros de la reunión

Aquellos que Dios quiere juntar a sí mismo son sus santos, sus santificados; esto es, los apartados para Él. Además, son designados como “los que hicie­ron conmigo pacto con sacrificio”. Tales personas, y únicamente ellas, son comprendidas en la orden divina, “Juntadme mis santos”.

Esta misma verdad se encuentra en todo el Nuevo Testamento. Los miembros de la iglesia de Dios en Corinto están calificados como: “Los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Corintios 1:2). Los de la asamblea en Roma eran “amados de Dios, llamados a ser santos” (Romanos 1:7). ¿Qué son santos?

Al contestar esta pregunta, se debe indicar que las palabras “santo” y “santificados” se derivan de la misma raíz y expresan la misma idea:  ser apartado. Los santos de Dios son sus santificados, sus apartados. El término “santos” se aplica a todo cristiano, a to­dos los que son santificados (apartados) “mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10).

Como era en los días del Antiguo Testamento, así también ahora los santos de Dios son los que han entrado en relación con Él por medio de su pacto. Este pacto se basa en la obra de la cruz, del Señor Jesucristo. Al instituir la cena del Señor, Él mismo dijo: “Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). Cristo se constituyó Mediador de este acto por medio de su muerte (Hebreos 9:15), ratificándolo con su propia sangre (Hebreos 9:18, 22‑26), y garantiza sus términos por su vida a la diestra de Dios (Hebreos 7:25).

14                    El centro de la reunión

El propósito del Señor, al juntar a sus santos, es que sean reunidos alrededor de Él mismo. En el desierto, dando instrucciones para construir el taber­náculo, usó estas palabras para explicar su propósito: “Harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8). Antes de la redención de los israelitas de Egipto, Dios nunca moró en medio de ellos. En ciertas ocasiones apareció a algunos de los patriarcas; pero nunca moraba entre ellos hasta que fueron redimidos con sangre.

Cuando estalló el pecado de la idolatría en el campamento de Israel, adorando el pueblo al becerro de oro que Aarón había hecho, “Moisés tomó el taber­náculo y lo levantó lejos, fuera del campamento” (Éxodo 33:7). Esa posición fuera del campamento hizo sepa­ración entre aquellos que eran de la parte del Señor y del mal que había dentro del campamento, identifi­cándolos consigo mismo. A la luz de este aconteci­miento, muy a propósito es la exhortación a los santos del Nuevo Testamento, “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13). Habiendo salido a Él, nuestra posición será la de santos reunidos, con Jesús en medio de nosotros, lo cual es el cumplimiento de aquella hermosa prefiguración de una asamblea cristiana: “juntadme mis santos”.

15                    La separación de la reunión

El propósito de Dios era que sus santos fuesen separados a Él. En las Escrituras la separación siempre tiene dos aspectos: “de” y “a”; de lo que desagrada a Dios y a su persona. Cuando Dios prometió separar a Israel de Egipto, dijo: “He descendido para liberarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel” (Éxodo 3:8). Los separó de Egipto y a Canaán. De modo que, cuando reunió a sus santos en la tierra prometida, era para que se juntaran a Él, un pueblo verdaderamente separado.

El Nuevo Testamento sigue dando énfasis sobre esta verdad. “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13). Cuando tomamos esta posición fuera del campamento, es para identificarnos con el Señor Jesucristo. Asimismo, leemos en 2 Corintios í:17, 18: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis el inmundo; y seré para vosotros por padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Todopoderoso”. Lo inmundo de lo cual tenemos que separarnos se describe claramente en el texto inmediato: el incrédulo, el injusto, Belial, el infiel, el ídolo … en una palabra, todo lo inmundo. ¿Cómo pueden juntarse el limpio y el inmundo? ¿Qué comunión puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿Entre el que es salvo y el que no es salvo? Dios quiere que sus santos sean separados de todo esto y reunidos a Él. Entonces Él será para con ellos todo lo que su corazón de Padre quiere ser, y nosotros seremos para con Él lo que Él desea que sea un hijo a una hija.

16                    La unidad de la reunión

Si Dios quiere que haya separación entre sus santos y todo lo inmundo, todo lo inmoral, todo lo impuro, todo lo que sea contaminado, tampoco quiere que haya divi­siones entre sus santos. “Juntadme mis santos” dice el Señor. El plan de Dios es que haya unidad entre su pueblo.

Mirando Dios desde el cielo a la tierra, encuentra pocas cosas que Él puede llamar buenas. Mira a los hombres y dice, “No hay buenos”. Pero cuando mira a esos mismos hombres redimidos y reunidos en comu­nión con Él y con otros, dice: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en ar­monía!” (Salmo 133:1). La iglesia recién formada en Jerusalén era un hermoso ejemplo de esta verdad. “Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas … perseverando unánimes cada día en el templo … con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo” (Hechos 2:44‑47).

Tal reunión de santos tiene asegurada la bendición del Espíritu Santo. Se la compara con el buen óleo (tipo del Espíritu Santo) derramado sobre la cabeza de Aarón cuando fue ungido sacerdote (Éxodo 30:25­-30), “el cual bajó hasta el borde de sus vestiduras”. El vestido exterior representa el testimonio; pues es lo que el mundo ve de nosotros. ¡Qué bendito es cuando el Espíritu Santo es derramado sobre los santos de tal manera que los bordes de sus vestiduras son ungidos, y que el testimonio de ellos es fragante con el olor de su presencia! Esto puede ser cuando los hermanos habitan juntos en armonía; cuando los santos son reu­nidos a Él; cuando todos los que creen están juntos.

Salmo 133:3 tiene otro símbolo del Espíritu Santo, a saber, el rocío. Lo que representa el rocío es el efecto fructífero del Espíritu Santo en nuestras vidas. El rocío abundante que descendió sobre el Monte Hermón en el norte, descendía también sobre el Monte Sion en el sur, uniendo toda la tierra en fertilidad. Esto es el ideal que Dios quiere para sus santos. “Allí envía Jehová bendición y vida eter­na” ¿Queremos ver la bendición del Señor en el don de vida eterna para los pecadores que nos rodean? Entonces habitemos juntos en armonía, y que nosotros los santos permanezcamos reunidos al Señor mismo.

17                    El propósito de la reunión

Al reunir a sus santos a Él mismo, Dios tiene sus propios designios. Uno de éstos es para que le adoren. “Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo” (Salmo 50:14). Una de las responsabilidades que acom­paña el hecho de salir a Él fuera del campamento es la de ofrecer “siempre a Dios por medio de él, sacrifi­cio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesen su nombre” (Hebreos 13:15).

Una de las características de la iglesia primitiva era su perseverancia en la oración (Hechos 2:42). Cuan­do prendieron a Pedro y a Juan y les prohibieron pre­dicar y enseñar en el nombre de Jesús, los santos se reunieron para orar. Presentaron sus peticiones al Señor y buscaron su dirección y su bendición. “Cuando hu­bieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.” (Hechos 4:31) Además de la práctica de la iglesia primitiva, tene­mos para nuestro estímulo tales promesas como, “Todo lo que pidieres al Padre en mi nombre, lo haré” (Juan 14:13).

En inmediata antelación al mandamiento de Dios, “Juntadme mis santos”, se encuentra a estas palabras solemnes: “Convocará a los cielos de arriba y a la tierra para juzgar a su pueblo” (Salmo 50:4). Él junta a sus santos para gobernarlos y disciplinarlos según la inte­gridad de su propio corazón. “La santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmo 93:5). Dios mora en medio de sus santos redi­midos para conservar el carácter santo de su propia casa. Por esto, es “Dios temible en la gran congrega­ción de los santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él” (Salmo 89:7).

Hemos visto reflejos de la luz de la asamblea cristiana y de los principios de la asamblea en el Antiguo Testamento; pero la iglesia misma no se encuentra allí.

Cuestionario

  1. ¿Qué autoridad tienen los santos del Antiguo Testamento para reunirse al Señor?
  2. ¿Qué autoridad tenemos nosotros los santos del Nuevo Testamento para reunirnos
    al Señor?
  3. ¿Quiénes deben ser incluidos en una reunión al Señor?
  4. (a) ¿Qué quiere decir el término “santo”?

(b)             ¿A quiénes se aplica?

(c)             ¿Cómo son santificados o hechos santos aque­llos que han creído?

  1. (a) ¿Cuál es el centro de reunión para los santos de Dios?

(b)             Citar una Escritura del Antiguo Testamento para respaldar su contestación.

(c)             Citar una Escritura del Nuevo Testamento para respaldar su contestación.

  1. (a) ¿De qué cosa quiere Dios separar a su pueblo hoy?

(b)             Citar una Escritura del Nuevo Testamento para apoyar su contestación.

  1. (a) ¿A qué quiere Dios separar a su pueblo hoy?

(b)             Citar una Escritura del Nuevo Testamento para probar su contestación.

  1. (a) Citar una Escritura para comprobar que Dios quiere que su pueblo se reúna en armonía.

(b)             Citar un ejemplo de ello del Nuevo Testa­mento.

(c)             ¿Qué bendición divina promete Dios sobre tal reunión?

  1. Nombrar tres propósitos para los cuales Dios quie­re reunir a su pueblo en unidad.

 

 

 

Congregados a Él (Nuevo Testamento)

Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Mateo 18:20.

18                    La Iglesia, o ekklesía

Al buscar el sentido de cualquier palabra en las Sagradas Escrituras, hay tres reglas que nos pueden ayudar: la derivación de la palabra; su uso general, sea escrita o en conversación; y su uso específico en las Sagradas Escrituras. La palabra traducida “iglesia” es ekklesía, del griego. Se deriva de la preposición ele (fuera de) y kaleo (llamar), sugiriendo así “lla­mar afuera”. En su uso común la palabra significa cual­quiera asamblea o reunión de personas. En Hechos 19:32, por ejemplo, se refiere al motín, o reunión albo­rotada, de los ciudadanos de Éfeso. “Unos, pues, gri­taban una cosa y otros otra; porque la concurrencia (ekklesía) estaba confusa”. En el versículo 39 se refiere al tribunal legalmente constituido. “Y si deman­dáis en legítima asamblea (ekklesía), se puede de­cidir”. Estas dos fuentes de información —el origen y el uso común—  nos enseñan que una iglesia ekklesía ‑ es una asamblea llamada afuera.

Muchas veces el Señor aparta palabras de su uso común, y las usa con una significación relacionada con lo divino. “Las palabras de Jehová son palabras lim­pias, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces” (Salmo 12:6). La palabra ekklesía es una de aquellas purificadas por el Señor. Ocurre por primera vez en Mateo 16:18. Simón Pedro acaba de confesar que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. El Señor responde: “Y yo también te digo que tú eres Pedro; y sobre esta roca edificaré mi iglesia (ekklesía), y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. En aquel entonces, esta iglesia, o ekklesía era todavía en lo futuro,  pues dice “edificaré”. En Hechos 2 ya existía, pues leemos: “El Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. (Hechos 2:47) Empezó el día de Pentecostés con el descenso del Espíritu Santo para morar en los cre­yentes de aquel tiempo. Sin embargo, incluye a todos los hijos de Dios desde el día de Pentecostés hasta la venida del Señor. El Señor llama a este gran número de santos, sacados de entre los gentiles (Hechos 15:14) a este pueblo tomado para su nombre, “mi iglesia”.

En Mateo 18 encontramos la palabra otra vez. Se han dado instrucciones para arreglar una dificultad entre dos hermanos. Si no se consigue la conciliación deseada siguiendo estas instrucciones, entonces hay otro man­dato más. “Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia (ekklesía), tenle por gentil o publicano” (Mateo 18:17). Es evidente que la palabra ekklesía tiene aquí una significación distinta a la consignada en Mateo 16; porque sería físicamente im­posible contar el asunto a la iglesia entera, esto es, a todos los salvados. Pero el versículo 20 nos lo explica: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. La ekklesía aquí es la reunión de un grupo local de los salvados de Dios, una asamblea de santos.

19                    Una iglesia local

Es muy instructivo advertir que Dios emplea la misma palabra ekklesía para definir a una asamblea local como cuando define a toda la compañía de redimidos en este día de la gracia. Una asamblea local ha de ser una miniatura o facsímile de la iglesia en su totalidad. Otro escritor ha usado esta ilustración. El Océano Atlántico es aquella extensión de agua que se extiende desde el Continente Americano del Norte hasta Europa, y desde el Continente Americano del Sur hasta África. Ese es todo el Atlántico. Pero un hombre parado en la playa cerca de Nueva York, contemplando unos pocos kilómetros de agua que su vista puede abarcar, dice, “Este es el Atlántico”. Otro hombre, parado en la costa de España o de Brasil, podría decir lo mismo. Cada uno de estos hombres ve el Océano Atlán­tico como se capta localmente. El aspecto fraccionario o local es solamente una miniatura del entero. La iglesia reunida en cualquiera localidad debe ser un facsímile de toda la congregación de los santos redimi­dos, una ekklesía,  una asamblea apartada de en­tre los gentiles.

Semejante uso de otras expresiones para designar la iglesia entera y la iglesia reunida localmente, con­firma la conclusión que la iglesia local debe manifestar en miniatura lo que es la iglesia entera. Véase:

La iglesia entera                              Una iglesia local

un edificio                             Efesios 2:21                                       Efesios 2:22

un cuerpo                              1 Corintios 12:12                            1 Corintios 12:27

un rebaño                              Juan 10:16                                          Hechos 20:28

 

Cuestionario

 

  1. Mencionar tres maneras de hallar el sentido de un término escriturario.
  2. ¿Cuál es el origen o la derivación de la expresión ekklesía?
  3. ¿Cuál es el uso “purificado”, o especial, de ekklesía?
  4. ¿Cuál es la diferencia entre el uso de ekklesía en Mateo 16 y en Mateo 18?
  5. ¿Cuál es el uso común de ekklesía?
  6. Dar una razón que justifique la afirmación que una asamblea ha de ser una miniatura
    o un facsímile de la iglesia entera.

D—La asamblea cristiana en modelo

Ver

Presentación

Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Mateo 18:20.

Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús
que están en Filipos, con los obispos y diáconos …
Filipenses 1:1.

Mirad por vosotros y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre, Hechos 20:28.

Limitada a miembros cristianos

salvados, Hechos 2:47

creyentes, Hechos 5:14

discípulos, Hechos 20:7

cristianos, Hechos 11:26

santos, 1 Corintios 1:2

hermanos, Colosenses 1:2, Hebreos 3:1, 1 Tesalonicenses 1:4,

Congregados en el nombre del Señor Jesucristo: “mi nombre”

su nombre en relación con la asamblea: “el Señor Jesucristo”, 1 Corintios 1:10

“habiendo sido congregados” por el Espíritu Santo.

habiendo sido congregados “en el nombre del Señor Jesucristo”

nombres distintivos son prohibidos: 1 Corintios 12:3, 3:3,4

La presencia del Señor en medio de ellos: “Allí estoy yo en medio de ellos”.

las condiciones de su presencia: dos o tres salvados, reunidos en su nombre.

la certeza de su presencia: “Allí estoy yo”

la profecía:            Génesis 49:10

el dechado:            Éxodo 25:8

el principio:          Salmo 50:8

la naturaleza de su presencia: presente per­sonalmente

su presencia da carácter a la asamblea:  la cons­tituye “casa de Dios” (1 Timoteo 3:15)

La iglesia sujeta al señorío de Cristo: “Allí es­toy yo en medio de ellos”

“Señor” (griego: kurios) quiere decir, “su­premo en autoridad”

Dios ha reconocido a Jesucristo como Señor, Hechos 2:36

Dios nos manda dar al Señor Jesucristo el lu­gar de Señor en nuestros corazones.
1 Pedro 3:15

cuando Cristo es santificado como Señor en nuestros corazones, será reconocido como Señor en la asamblea también, Hebreos 3:6

el Espíritu Santo nos enseña a reconocer a Cristo como Señor en la asamblea,
1 Corintios 12:3

cuando se le da a Cristo su lugar como Señor en la asamblea, entonces su Palabra será nues­tra única autoridad (2 Timoteo 3:16,17) en todo asunto de doctrina, gobierno y disciplina, y de práctica de la asamblea

La asamblea guiada por obispos, es decir, ancianos o sobreveedores

los términos

obispo, o sobreveedor, Filipenses 1:1, Hechos 20:28, 1 Pedro 5:2

ancianos, Hechos 20:7, Tito 1:5, 1 Pedro 5:1

identificación, Hechos 20:17,28, Tito 1:5,7, 1 Pedro 5:1,2

distinción, anciano describe la persona; sobreveedor  indica su obra.

las cualidades

personales, 1 Timoteo 3:2,3, Tito 1:7,8

sociales, 1 Timoteo 3:4, 5, 7, Tito 1:6,8

espirituales, 1 Timoteo 3:2,6, Tito 1:8,9

disposición, 1 Pedro 5:2, 1 Timoteo 3:1

la obra

alimentar, Hechos 20:28, 1 Pedro 5:2

guiar, Hebreos 13:7,17,24

conducir (“siendo ejemplos de la grey”), 1 Pedro 5:3

cuidar, 1 Timoteo 3:5

las reuniones de los ancianos

consultar acerca del bien espiritual de la asamblea, Hechos 20:17‑28

consultar con respecto a las doctrinas enseñadas, Hechos 15:4‑29

aconsejar personalmente a los creyentes, Hechos 21:18‑25

administrar los fondos pertenecientes a la asamblea, Hechos 11:28‑30

el nombramiento de ancianos

ancianos son constituidos sobreveedores por el Espíritu Santo, Hechos 20:28

ancianos fueron constituidos por Pablo y Bernabé en las asambleas de Antioquia, Iconio y Listra, Hechos 14:23

ancianos fueron establecidos en Creta por medio del ministerio de Tito, Tito 1:5, 9

el reconocimiento de los ancianos

conocidos por sus labores, 1 Tesalonicenses 5:12

estimados por sus obras, 1 Tesalonicenses 5:13, 1 Timoteo 5:17

recordados por su enseñanza, Hebreos 13:7

obedecidos por su fidelidad, Hebreos 13:17

saludados como pastores, Hebreos 13:24

la recompensa de los ancianos

una corona de gloria, 1 Pedro 5:4

La asamblea instruida por ministros

el ministro o siervo, a veces traducido “diácono”, como en Filipenses 1:1,
1 Timoteo 3:8‑12

las cualidades del ministro

personales, 1 Timoteo 3:8‑10

sociales, 1 Timoteo 3:11, 12

espirituales, 1 Timoteo 3:9, Efesios 4:8‑11

la obra del ministerio

el ministerio del evangelio, 1 Tesalonicenses 4:12

ministerio pastoral, 1 Pedro 5:2, Juan 21:15,17, Hechos 20:28

ministerio de enseñanza, Hechos 15:35, 18:11

¿cuándo debe ministrar un hermano? 1 Pedro 4:10, 11

al tener don

al tener mensaje de Dios

al tener habilidad dada de Dios

al ministrar para la gloria de Dios

las características de un ministerio dado por Dios, 1 Corintios 14:3.

edificación

exhortación

consolación

las limitaciones sobre el ministerio, 1 Corintios 14:29

El ejercicio del sacerdocio de los creyentes, Mateo 18:20, 1 Pedro 2:5,9

el sacerdocio del Antiguo Testamento

el sacerdocio patriarcal ‑ cabeza de familia, Génesis 8:20, 26:25, 31:54

el sacerdocio bajo la ley

ofrecido a toda la nación, Éxodo 19:5,6

limitado a una familia, Éxodo 28:1

el acceso al lugar santísimo impe­dido (Hebreos 9:8)
a causa de la perma­nencia del pecado, Hebreos 10:4

el sacerdocio del Nuevo Testamento

el sacerdote del Nuevo Testamento,1 Pedro 2:5,9

un sacerdocio santo … un sacerdocio real, compuesto de:

los que pertenecen a la casa espiritual de Dios

“niños recién nacidos”

aquellos que “han gustado la benigni­dad del Señor”

todos “los que creen”

Apocalipsis 1:5, 6, reyes y sacerdotes‑ “los que han sido lavados de sus pecados en la sangre de Jesús”.

el velo rasgado

el pecado quitado de en medio, Hebreos 10:10, 9:11, 12:26

abierto ahora el camino a la presen­cia de Dios, Mateo 27:51, Hebreos 10:20

la adoración y los sacrificios del Nuevo Tes­tamento, Hebreos 13:15, Filipenses 3:3

nuestra alabanza, Hebreos 13:15, 1 Pedro 2:5, 9

nuestras personas, Romanos 12:1

nuestros bienes, Hebreos 13:16

 

20                    Es limitada a miembros cristianos

“El Señor añadía cada día a la iglesia los que ha­bían de ser salvos” (Hechos 2:47). “Los que habían de ser salvos” se puede traducir con dos palabras: “los salvados”. El Señor añadía diariamente a la iglesia los salvados. ¡Qué hermoso nombre, “los salvados” ‑ los trofeos de la gracia de Dios! En Hechos 5:14, los salvados se llaman creyentes ‑ creyentes porque han puesto su fe en Cristo. “Y en mayor número fueron añadidos al Señor creyentes, multitudes de hombres y de mujeres” (Hechos 5:14, Versión Moderna) Otra escritura los califica de discípulos: “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba” (Hechos 20:7). El vocablo “discípulo” quiere decir escolar o estudiante. Los salvados se llaman cre­yentes porque han creído en Cristo; son discípulos porque son alumnos en la escuela de Él.

Fue en la ciudad de Antioquía donde por primera vez a los discípulos se les llamó cristianos (Hechos 11:41 26). ¡Qué título es éste: cristianos, o “los de Cristo”! Somos de Cristo porque los salvados, los cristianos, he­mos sido santificados o apartados para Dios. “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hechos 10:10). Asimismo, los que son de Cristo se llaman hermanos, porque son miembros de la misma familia —la familia de Dios— “fieles hermanos” (Colosenses 1:2); “hermanos santos” (Hebreos 3:1); “hermanos ama­dos” (1 Tesalonicenses 1:4).

La asamblea congregada bíblicamente, pues, está limitada a:

“los salvados”, trofeos de la gracia de Dios;

“creyentes”, quienes están unidos a Cristo por fe;

“discípulos”, que son enseñados en la escuela de Cristo;

“los que son de Cristo”, apartados para Dios por la muerte de Él;

“hermanos”, fieles, santos y amados, miembros de la casa de fe.

Puede haber no más de dos o tres (Mateo 18:20), pero con Jesús en medio de ellos, constituyen una asamblea o iglesia escrituraria, un oasis en un mundo estéril, un dulce anticipo del cielo mismo.

En la construcción de la Iglesia entera —o la iglesia universal, como se llama a veces— Cristo es el edificador (Mateo 16:18), y por consiguiente, “todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor (Efesios 2:21). En este edificio no hay materiales falsos. Todas las piedras con que se edifica esta casa son “piedras vivas” (1 Pedro 2:5). Solamente los que son de Cristo, “los salvados”, son materiales para su edificio. Igualmente, puesto que la iglesia local ha de ser una réplica de la iglesia entera, solamente los sal­vados, los que son de Cristo, los creyentes, los santos, deben ser incluidos en ella. Pero Dios ha encargado a los hombres la edificación de la asamblea local. Pablo, como perito arquitecto, puso el fundamento de la asamblea en Corinto. Después otros edificaron encima. Si edificaban sabiamente, su trabajo sería aprobado en el tribunal de Cristo; pero si su edificación consistía en madera, heno u hojarasca, sería quemada y los edifi­cadores sufrirían pérdidas. Léase 1 Corintios 3:10‑16.

Debido a que el hombre es el que edifica la iglesia local, la asamblea, algunas veces se introducen a quie­nes no deben estar en ella. La iglesia en Jerusalén en el principio estaba compuesta únicamente de “los sal­vados”, pues “el Señor añadía diariamente a la iglesia los salvados de día en día” (Hechos 2:47, V.M.). Más tarde, hasta en Jerusalén, había falsos hermanos intro­ducidos a escondidas” (Gálatas 2:4). Pero las Escrituras califican a tales hombres que “entran encubiertamente” como “hombres impíos” (Judas 4). Mientras su pre­sencia en la asamblea causa mucha tristeza, nunca de­bemos olvidar que Dios espera que mantengamos las normas establecidas por Él. Procuremos estar entre los salvados que se congregan en su nombre, con Él en medio de ellos.

21                    Se congrega en el nombre del Señor Jesucristo

En las Sagradas Escrituras el Señor Jesucristo po­see muchos títulos que expresan la gran diversidad de su gracia y de su obra. Es:

Salvador, Tito 2:13

Señor, Hechos 2:36

Maestro, Lucas 22:11

Abogado, 1 Juan 2:1

Sumo Sacerdote, Hebreos 8:1

Príncipe de los Pastores, 1 Pedro 5:4

Cada uno de estos títulos denota un oficio especí­fico del Señor Jesucristo. Asimismo, el título “Señor Jesucristo” se usa generalmente cuando se habla de la relación de El con la asamblea de su pueblo. Podríamos llamarlo su título oficial. En primera Corintios, epís­tola que trata mayormente de las prácticas de la asamblea y el orden de ella, este título se encuentra repetidas veces. Véase 1 Corintios 1:2, 3, 7, 8, 9, 10, etc. Este título “el Señor Jesucristo” equivale a “mi nombre” de Mateo 18:20—el nombre con el cual Dios quiere que su pue­blo se identifique en su asamblea, su iglesia local.

En el idioma griego el término en Mateo 18:20 que se ha traducido “congregados” es un participio per­fecto en la voz pasiva: “habiendo sido congregados”, dando a entender que Otro, a saber, el mismo Espíritu Santo, es quien los ha congregado. Es la prerrogativa de Él congregar o juntar a los santos de Dios, con el Señor Jesucristo en medio de su propio pueblo. Léase Hechos 9:27, Hechos 10:47, Gálatas 3:27, Mateo 18:20. Saulo “hablaba en el nombre de Jesús”. Pedro “mandó bautizarles en el nombre de Jesús”. La preposición “en” que se usa en la frase “en mi nombre”, es la palabra griega eis. Ocurre unas 910 veces en el Nuevo Tes­tamento, y se traduce con variados significados. Indica entrar en un estado o una esfera, y también expresa rela­ción e identificación. Aparece en Gálatas 3:27: “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo  … “. Dice esto porque el bautismo expresa nuestra relación e identificación con Cristo. “En mi nombre” sugiere autoridad (Deuteronomio 18:20,22, compárese Hechos 9:27,29, con 9:15,16, 10:47, 48, Mateo 7:22). “En mi nombre” su­giere relación e identificación.

Hace unos años el autor de este libro se hizo cargo del negocio de su padre por unas semanas. Se le dio poder de firmar, en nombre de su padre, los documentos, etc. pertenecientes al negocio. Administró el negocio en nombre de su padre, eso es, con su autoridad. Unos pocos años después el hijo entró en el negocio como socio. Siendo el padre bien conocido con muy buena reputación en la comarca, resolvieron que el negocio conservara su nombre, y el hijo volvió a firmar cheques y documentos con el nombre del padre. Ya no lo hacía autorizado por un poder, sino más bien en calidad de socio, y por así decirlo, el nombre del padre le incluía, pues estaba plenamente identificado con él. Dios no sólo quiere juntar a su pueblo en el nombre del Señor Jesucristo, según su propia Palabra o por su autoridad, sino que también quiere identificarlos con ese nombre‑que el nombre de Cristo los incluya.

Tal vez algún lector preguntará, “Pero, ¿no deben los distintos grupos de cristianos tener algún nombre especial para distinguirlos de otros grupos reunidos en otras partes?” La respuesta es no. Tales nombres se prohíben estrictamente en las Sagradas Escrituras. “Quiero decir que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo” (1 Corintios 1:12). “Aún sois carnales; pues, habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales y andáis como hombres? Porque diciendo el uno:  Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?” (1 Corintios 3:3, 4).

Si no se nos permite usar nombres tan honrosos como los de Pablo, Apolos y Cefas, ni siquiera el nombre que es sobre todos los nombres, para distinguir entre los distintos grupos del pueblo de Dios, ¡cuánto menos debemos usar tales apodos modernos como Presbiteriano, Bautista, Pentecostal, Hermanos Libres, etc.? Los que defienden estos y semejantes nombres pueden ofrecer argumentos plausibles para su uso; pero las escrituras citadas arriba los prohíben. ¿Para qué necesitamos otro nombre fuera de aquel “buen nombre que fue invocado sobre vosotros” ‑ el nombre del Señor Jesucristo?

22                    La presencia del Señor en medio

La tercera marca de la asamblea cristiana es la presencia del Señor Jesucristo en medio de sus santos congregados en su nombre. ¡Qué seguridad tenemos en su promesa, “Allí estoy Yo en medio de ellos”! Era su propósito desde el principio estar entre su pueblo reunido. La profecía del anciano Jacob dice: “A él se congregarán los pueblos” (Génesis 49:10). El propósito de la reunión en Siloh era: “Harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8). El principio expuesto en Salmo 50:5 es: “Juntadme mis santos”.

Él está personalmente en la reunión de sus santos. Su presencia personal no está restringida a su pre­sencia corporal. Hablando a Nicodemo en Palestina dijo: “Nadie subió al cielo sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre que está en el cielo” (Juan 3:13). Por lo tanto, su presencia personal no depende de su presencia corporal. Corporalmente, Jesús está en el cielo, sentado a la diestra de Dios (Hebreos 1:3,13, 8:1); pero personalmente, siempre está presente en me­dio de sus santos reunidos. Es su presencia la que da carácter a la asamblea. Es su presencia allí lo que constituye la atracción para sus santos. A causa de su presencia en medio de ellos, la iglesia local se llama “casa de Dios” (1 Timoteo 3:15)

Cuestionario

  1. ¿Cuál es la marca distintiva de una iglesia local o una asamblea?
  2. Hacer una lista de seis expresiones que se usan para describir o designar los miembros de una asamblea cristiana. Con cada expresión escribe la referencia escrituraria.
  3. ¿Por qué no se incluye material falso en la iglesia universal, “mi iglesia” de Mateo 16:18?
  4. ¿Cuál es la segunda marca mencionada en las Escri­turas de una asamblea cristiana?
  5. ¿Qué sugiere la frase, “Habiendo sido congrega­dos”?
  6. (a) En Hechos 9:27, “… Había hablado en el nombre de Jesús”, ¿qué significa la frase, “en el nombre”?

(b) En Mateo 18:20, ¿qué significa “en mi nombre”?

  1. ¿Cuál es el tercer distintivo de una asamblea congregada bíblicamente?
  2. ¿Por qué se llama una iglesia local o asamblea, “casa de Dios”?

 

 

 

23                    Sujeción al señorío de Cristo

Sepa, pues, ciertísimamente to­da la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo, Hechos 2:36.

En un estudio anterior vimos el título oficial con­ferido a Cristo cuando se le considera en relación con la asamblea, es “el Señor Jesucristo”. (compárese 1 Corintios 1:3). Cuando nació le dieron el nombre Jesús que significa “Salvador”, (Mateo 1:21), porque había venido a efectuar la obra salvadora. Por su muerte en la cruz, llevando nuestros pecados (Isaías 53:5,6, 1 Pedro 2:24), acreditó su derecho a ese nombre, el “nombre que es so­bre todo nombre” (Filipenses 2:9,10). Pero Dios le levantó de entre los muertos y le exaltó a un puesto de honor a su diestra (Hechos 2:32,33). Hablando por medio del apóstol Pedro, el Espíritu Santo dice esto acerca de su crucifixión: “A este Jesús a quien vosotros crucificas­teis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36). El nombre griego Cristo, en hebreo es Mesías, título que significa “El Ungido” (Juan 1:41). El Señor Jesu­cristo es el a quien Dios ha aprobado, señalándole como Ungido.

El título Señor es la traducción del vocablo grie­go kurios, que significa “supremo en autoridad”. Una marca vital de una asamblea congregada bíblicamente y funcionando de acuerdo con las instrucciones de las Sagradas Escrituras, es que reconoce el señorío del Señor Jesucristo como su autoridad suprema en medio de sus santos.

El complemento escriturario a la acción de Dios en hacerle Señor (Hechos 2:36) es darle también nos­otros el mismo puesto en nuestros corazones. “Santifi­cad a Dios el Señor en vuestros corazones” (1 Pedro 3:15). Esto tiene que realizarse antes de que se le dé su sitial de Señor en la asamblea, porque una asamblea no es más santa de lo que sean los miembros que la componen. Esto exige sumisión completa a la voluntad del Señor, y que la pasión dominante de la vida del creyente sea el deseo de agradarle. Se lo ha expresado así: “El primer paso para ser discípulo de Cristo es someterse a su voluntad”. Saulo de Tarso aprendió esta lección cuando clamó: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6). Aquí tenemos un ejemplo vivo de sumisión a su señorío. ¡Cómo contrasta esto con las palabras impetuosas de Pedro! Cuando el Señor le dijo: “Levántate, Pedro; mata y come”, le respondió: “¡Señor, no!” (Hechos 10:14). Sería difícil encontrar contradicción más chocante que la de llamarle “Señor”, y en seguida decirle “No” a su mandamiento. Esto es disputar su señorío. Es inútil llamarle “Señor” si no hacemos caso de lo que nos manda. “¿Por qué me llamáis ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46). Esto equivale a una negación de su señorío.

En resumen, en Hechos 8:6 tenemos el seño­río definido; en Hechos 10:14, el señorío disputado; y en Lucas 6:46, su señorío disi­mulado.

Cuando se le da a Cristo el puesto de Señor en la vida de cada creyente, fácilmente se le concederá este lugar en la asamblea de los santos. En un tiempo pasado, Dios tenía su casa, “Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios como siervo” (Hebreos 3:5). To­davía Dios tiene una casa entre los hombres, un lugar en donde mora. No es una casa material, “hecha por manos humanas” (Hechos 17:24), sino una casa espiri­tual compuesta de piedras vivas (1 Pedro 2:5). La asamblea es una expresión local de esta casa. (Véase 1 Timoteo 3:15, Efesios 2:22, 1 Corintios 3:16). Sobre esta casa Cristo es el Señor. En su día Moisés era “siervo en” la casa de Dios, pero hoy Dios ha puesto a Cristo “como Hijo sobre su casa” (Hebreos 3:6).

El Espíritu Santo quiere enseñarnos a reconocer el señorío de Cristo en la asamblea. “Nadie puede llamar a Jesús Señor sino por el Espíritu Santo” (1 Corintios 12:3). Se debe notar que este capítulo trata de dones en la Iglesia y de su uso. La distribución de dones es la obra del Espíritu Santo (1 Corintios 12:4); pero su uso­ es decir su administración o ministerio, está sujeto a la voluntad del Señor (v. 5). Si el Espíritu Santo nos ha enseñado a tener a Cristo por Señor en la adminis­tración de dones en la asamblea, nunca podemos reco­nocer a autoridades nombradas por hombres para regir en la iglesia, sean “presidentes”, “moderadores”, “arzobispos” o “papas”. Demos al Señor Jesucristo el puesto que Dios le ha dado, el de Hijo sobre su propia casa.

Reconocer la autoridad de Cristo implica sumisión a su Palabra como única autoridad en la asamblea en todo asunto de doctrina, de disciplina y de práctica. “Toda Escritura es inspirada de Dios, y útil para ense­ñar, para redargüir, para corregir, para instruir en jus­ticia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16,17).

Las Sagradas Escrituras forman una crónica ins­pirada por Dios mismo. “Santos hombres de Dios ha­blaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21). Esta revelación de Dios es la revelación termi­nante para la asamblea cristiana en todo asunto de doctrina, de disciplina y de práctica.

Una vez un niñito de tres años escribía una carta a su abuelo. “Querido Abuelo”, empezó. ¡Pero eso es imposible! ¿Así piensa usted? Sí, era posible. Su papá, teniendo la mano del niño, la movía de tal manera que el niño escribió, guiado por la mano del padre. Al terminar la carta, el muchachito, mirando a su papá, le preguntó, “¿Qué he escrito, papaíto?” De igual ma­nera escribían los profetas de la antigüedad, movidos por el Espíritu Santo. Después de escribir, en muchas ocasiones querían entender el significado de lo que habían escrito, pues leemos: “Los profetas que profetizaron, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación …” (1 Pedro 1:10). Lo que escribieron constituye una parte de nuestra Biblia; y la Biblia entera contiene la revelación cabal para guiar las asambleas en “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad” (2 Pedro 1:3)—

(i)           Doctrina: “Toda la Escritura es útil para enseñar…” Dios nos ha enseñado muchas verdades en su Palabra; por ejemplo:

la deidad de Cristo

su nacimiento de una virgen

su muerte expiatoria

el nuevo nacimiento (la regeneración)

la vida eterna

la justificación por fe

la segunda venida de Cristo, etc.

A este gran conjunto de verdades reveladas a veces se le llama “la fe” (Judas 3); es lo que Dios nos manda creer. Siendo ésta la verdad enseñada por los apóstoles, se le llama también, “la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2:42). Estas son “las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas” (Lucas 1:1). Son dadas a conocer cla­ramente en las Sagradas Escrituras, a las cuales tene­mos que atender para nuestra instrucción. Los sermones de los predicadores más célebres no se pueden aceptar como reglas de doctrina, ni adoptar tampoco credos formulados por hombres como declaraciones de doctrina cristiana, aunque sean formulados por los concilios eclesiásticos más eminentes. Si tales credos son acep­tados como declaraciones autorizadas, entonces se enseñan los mandamientos de hombres en vez de la Palabra de Dios. Todos cuantos reconocen el señorío de Cristo se someterán a la Palabra de Dios como la suprema autoridad.

(ii)         Gobierno y disciplina:  “Toda la Escritu­ra …. es útil para … redargüir, para corregir, para instruir ….”

La corrección y la instrucción a que se refiere aquí son como las que un padre da a sus hijos. Se debe mantener limpia la casa de Dios. “La santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmo 93:5). Escribiendo a Timoteo, Pablo dijo: “… para que si tardo, sepas cómo conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15).

Fíjese en estas palabras importantes: “cómo debes conducirte en la casa de Dios”. Dios ha dado en su palabra reglas definitivas para el comportamiento de sus santos y también para su disciplina cuando incurren en alguna falta. Estas instrucciones bastan para que el hombre de Dios sea “enteramente preparado para toda buena obra”. No hacen falta más reglas o disciplina que no están en las Escrituras, aunque provengan con la autoridad de algún concilio o sínodo o dignatario eclesiástico. Si permitimos que aquéllas reemplacen a las Escrituras, negamos el señorío de Cristo, y más cuando muchas de ellas son contrarias a la Palabra de Dios. La disciplina, para ser “en justicia”, tiene que ser conforme a la Palabra de Dios.

(iii)        La práctica: Hay muchas cosas en la asamblea que son o deben ser regulados por la Palabra de Dios; por ejemplo:

el día y la manera de celebrar la cena del Señor

el bautismo: la forma, y los que son aptos para bautizarse

el sostén de los siervos del Señor

la recepción en la asamblea de creyentes

el gobierno en la asamblea

la posición de las mujeres en la asamblea

el ministerio de la Palabra de Dios

Estas y otras prácticas son definidamente regula­das por la Palabra de Dios. Reconocer a Cristo como Señor en medio de sus santos congregados hará que haya interés para que nuestras prácticas conformen a su Palabra.

Cuestionario

  1. Nombrar cuatro características de una asamblea.
  2. ¿Qué es la significación del término “Señor”, apli­cado al Señor Jesucristo?
  3. ¿Qué significa “Santificad a Dios el Señor en vues­tros corazones”?
  4. Citar una Escritura que refiere a una asamblea local como una casa de Dios.
  5. Citar un versículo que indica la posición de Cristo como Señor sobre la casa de Dios.
  6. ¿Dónde hemos de buscar una declaración autorizada de doctrina cristiana?
  7. ¿Dónde encontrará una asamblea las instrucciones para gobernar y disciplinar a sus miembros?

24                    Guiada por ancianos

La palabra griega episkopos, traducida “obispos” en Filipenses 1:1, quiere decir “superintendente” o “sobre­veedor”. La forma verbal de esta palabra es episcopeo, y se encuentra en 1 Pedro 5:2, donde se traduce “cuidar de”—“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, …” “Cuidar de” abarca la obra de vigilar y apacentar (Efesios 4:11).

Pablo, “enviando desde Mileto a Éfeso, hizo venir a los ancianos a la iglesia” (Hechos 20:17). Cuando lle­garon estos ancianos, se dirigió a ellos como obispos: “El Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apa­centar la iglesia” (v. 28). Es evidente que las dos pala­bras se refieren a las mismas personas: ancianos u obispos. La misma identificación de términos se ve en Tito 1, donde el “anciano” del versículo 5 se llama “obispo” en el versículo 7. ¿Cuál, pues, es la diferencia entre los dos títulos? El nombre “anciano” indica una calificación esencial de la persona —tiene que ser una persona de cierta edad— que sea uno de los mayores de la asamblea, no un “neófito” (1 Timoteo 3:6). El tér­mino “obispo” indica la obra que realiza—el cuidado para el bienestar de la asamblea.

25                    Cualidades de un anciano

Las Sagradas Escrituras exponen con detalles ex­plícitos las cualidades necesarias para que un hombre sea reconocido como anciano en la asamblea de Dios. Lea con mucha atención
1 Timoteo 3:1‑7, Tito 1:5‑9. Estas porciones presentan no solamente ideales para la aspiración del hombre, sino la pauta que tiene que seguirse, y la meta adonde se debe llegar. Estas cua­lidades se pueden poner bajo cuatro encabezamientos:

Cualidades personales—seis positivas y morales:

irreprensible, 1 Timoteo 3:2,  Tito 1:6

sobrio, 1 Timoteo 3:2, Tito 1:8

prudente, 1 Timoteo 3:2, Tito 1:8

decoroso, 1 Timoteo 3:2

amable, 1 Timoteo 3:3

apacible,1 Timoteo 3:3

Seis negativas morales:

no dado al vino, 1 Timoteo 3:3, Tito 1:7

no iracundo, Tito 1:7

no avaro, 1 Timoteo 3:3, Tito 1:7

no pendenciero, 1 Timoteo 3:3

no codicioso, 1 Timoteo 3:3

no soberbio, Tito 1:7

Cualidades sociales:

que sea marido de una sola mujer, 1 Timoteo 3:2, Tito 1:6

que gobierne bien su casa, 1 Timoteo 3:4, 5

que tenga sus hijos en sujeción, 1 Timoteo 3:4, Tito 1:6

que sea hospedador, 1 Timoteo 3:2, Tito 1:8

que tenga buen testimonio de los de afuera, 1 Timoteo 3:7

Cualidades espirituales:

que sea amador de lo bueno, Tito 1:8 (de hombres buenos y cosas buenas)

que tenga madurez ‑ “no un neófito”, 1 Timoteo 3:6 (no recién convertido)

que sea santo, justo, disciplinado, Tito 1:8

con buen conocimiento de las Sagradas Es­crituras, “retenedor de la Palabra”, Tito 1:9

que sea apto para enseñar, 1 Timoteo 3:2. (“que pueda exhortar con sana enseñanza y conven­cer a los que contradicen”, Tito 1:9)

Cualidad de disposición:

cuidando de la grey … voluntariamente

con ánimo pronto; 1 Pedro 5:2; anhelando el obis­pado; 1 Timoteo 3:1

En 1 Timoteo 3, parece que el énfasis está sobre las cualidades personales y sociales. Estos son requisitos que deben aplicarse a todo cristiano. El cristianismo del anciano debe ser sano y normal, y él mismo un buen representante de la vida cristiana y de la práctica que quisiera inculcar en todos los creyentes. El apóstol Pablo exigía a los ancianos de Éfeso que fueran una personificación visible de lo que debía ser la iglesia. ¡Qué inapropiado si los ancianos fuesen peores ejem­plos del cristianismo que los cristianos que tratan de guiar!

No es necesario comentar mucho sobre las cuali­dades personales y morales, porque su importancia debe ser evidente a todos. La palabra “irreprensible” en 1 Timoteo 3:2 en el idioma original encierra el sentido de que no se puede probar nada en contra de la per­sona. En Tito 1:6,7, la palabra original significa que la persona no puede ser acusada de nada malo. Ninguna cosa facilita tanto el descrédito o la deshonra de una asamblea que cuando los ancianos que la guían pueden ser acusados de mala reputación por aquellos que los observan de afuera. ¡Con cuánto cuidado defiende Dios la buena fama de sus asambleas!

Las instrucciones para los ancianos de Éfeso fueron escritas en 65, d.C. y atañen a una institución ya establecida, porque hacía unos cinco años que Pablo llamó a los ancianos de Éfeso a una reunión con él en Mileto (Hechos 20:17). Pero las instrucciones para la asamblea de Creta (Tito 1:5) tenían por objeto el nombramiento de ancianos en esa asamblea, lo que no se había hecho hasta aquel tiempo. Para esos an­cianos se pone énfasis sobre cualidades espirituales. Es necesario que el anciano sea más que un buen ejem­plo de la vida y de la práctica cristiana; debe ser más que una personificación conspicua de lo que la iglesia debiera ser. Es preciso que tenga la habilidad de guiar a la asamblea y a sus miembros en las mismas virtudes cristianas.

Para ser encargado de tal responsabilidad, el hom­bre debe ser un cristiano mayor y juicioso; no un neófito —uno recién llegado a la fe— en otras palabras, un anciano. Si un hombre joven tuviera responsa­bilidad, habría grave peligro de que, “envaneciéndose, (cayese) en la condenación del diablo” (1 Timoteo 1:3). Además, necesita buena comprensión de las doctrinas y los principios de la fe cristiana para que pueda apa­centar la grey de Dios (1 Pedro 5:2); también, “para exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:9);  para refutar “cuanto se opon­ga a la sana doctrina” (1 Timoteo 1:10). A veces es muy difícil convencer a tales hombres, pero se les puede refutar por medio de las Sagradas Escrituras. Para ha­cer estas cosas no basta conocer las Escrituras; el anciano tiene que ser “hábil para enseñar”. Aptitud en la enseñanza de las Sagradas Escrituras es una marca de un pastor aparejado de Dios para cuidar y apacentar a su pueblo.

Por último, una cualidad indispensable para ser anciano es la de tener buena voluntad para servir al pueblo de Dios. El que guía a una asamblea debe hacerlo, “no por fuerza, sino voluntariamente” (1 Pedro 5:2). Hay que “desear esta buena obra” (1 Timoteo 3:1). Entre los ancianos de Dios no caben reclutados ni los que buscan honores.

26                    La obra del anciano

Tenemos instrucciones precisas en las Sagradas Es­crituras relativas a la obra de los ancianos.

(i)           Apacentar: “Mirad … para apacentar la iglesia del Señor” (Hechos 20:28), era la exhortación de Pablo a los ancianos de Éfeso.

Pedro asimismo los exhorta que apacienten “la grey de Dios” (1 Pedro 5:2). Cuán necesario es que los creyentes recién convertidos —sobre todo los más jóvenes— sean alimentados por la “leche espiritual, no adulterada, para que por ella crezcan” (1 Pedro 2:2); también que se les dé a los cristianos maduros “alimento sólido” a fin de que no se debiliten, haciéndose “inexpertos en la palabra de justicia” (Hebreos 5:13, 14). Es, pues, la responsabilidad de los ancianos de alimentar así al pueblo de Dios.

(ii)         Guiar: En Hebreos 13:7,17,24 se habla de los ancianos como pastores o guías a quienes debemos sujetarnos, “porque velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta”.

¡Cuántas veces el pueblo de Dios necesita ser guiado y pastoreado a fin de que anden en sendas de justicia! Es la obra de quienes tienen madurez, que conocen las Sagradas Escrituras y poseen aptitud en la enseñanza de ellas, la guía de los santos en estas sendas de justicia.

(iii)        Conducir: “No como teniendo señorío sobre los que están a nuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3).

No basta que el pastor señale al pueblo de Dios las sendas de justicia; él mismo tiene que andar en ellas. No se conduce a los santos enseñoreándose de ellos, sino por la persuasión de un ejemplo piadoso.

(iv)        Cuidar: “Pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1 Timoteo 3:5)

La palabra traducida “cuidar de” se encuentra solamente aquí y en Lucas 10:34. Léase Lucas 10:33‑35. Leemos que el samaritano se acercó al hombre herido en el camino a Jericó, y “le vendó sus heridas, echándoles aceite y vino, y poniéndole en su cabalgadura, le llevó al mesón y cuidó de él”. El samaritano es un tipo del Señor Jesucristo en su gracia salvadora demostrada a, hombres a punto de perecer.

Después de salvar al pecador, “vendando sus heridas y echándole aceite y vino”, quiere ponerle en una asamblea, representada por el mesón o posada, donde Él mismo cuidará de él y de su bien espiritual. Pero además de cuidar del hombre, el samaritano le dejó al cuidado del mesonero (posadero) y le dijo: “Cuída­melo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese”. De manera que el mesonero es una representación de un anciano, un pastor del pueblo de Dios a quien se le ha confiado el cuidado de la grey. El Señor mismo cuida de sus ovejas, y también encomienda a los ancianos el cuidado de ellas; “cuidan de la casa de Dios”. La aptitud de gobernar su propia casa es una credencial de su capacidad para cuidar de la casa de Dios. Ya que el anciano ha recibido esta comisión, se le designa como “administrador de Dios” (Tito 1:7). Que todos los hermanos así encargados recuerden esta exhortación: “Se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:2).

Cuestionario

  1. ¿Cuál es la quinta señal o marca distintiva de una asamblea cristiana?
  2. ¿Cuál es la diferencia entre los términos “obispo” y “anciano”? Citar una escritura que prueba que se refieren al mismo hombre.
  3. Hacer una lista de las cualidades de un anciano, con una referencia de las Escrituras para cada caso.
  4. ¿Por qué debe ser un anciano un cristiano maduro y no un neófito?
  5. Dar dos razones porque un anciano debe conocer bien las Sagradas Escrituras.
  6. Nombrar cuatro funciones de un anciano, con una diferencia escrituraria con cada una.
  7. ¿Por qué se llama “administrador” a un anciano? (Tito 1:7).

27                    Reuniones de ancianos

Hemos aprendido que la asamblea cristiana es guiada por hermanos maduros que son capacitados per­sonal, social y espiritualmente. Estos, deseando el bien­estar de la asamblea, se han dedicado al servicio de ella, a guiar, apacentar, conducir y cuidar al pueblo de Dios. Es necesario que estos hermanos se reúnan de vez en cuando para tratar asuntos tocantes a la asamblea. Para nuestra dirección el Espíritu Santo ha consignado detalles acerca de algunas de aquellas reuniones. Aprendamos qué son algunos de los pro­pósitos para los que los hermanos han de reunirse.

(i)                           Para deliberar acerca del bien espiritual de la asamblea.

Léase Hechos 20:17‑38. El Apóstol iba en su úl­timo viaje a Jerusalén, y deseaba aconsejar a los an­cianos de Éfeso relativo al bienestar de la asamblea en esta ciudad. Quería llegar a Jerusalén para el día de Pentecostés; de modo que, para no perder tiempo, hizo llamar a los ancianos de Éfeso a reunirse con él en Mileto, un puerto a unos 58 kilómetros de Éfeso.
Tra­taron las cosas siguientes:

la predicación del evangelio (Hechos 20:20, 21)

la aplicación de la Palabra de Dios a la vida diaria. (vv 26,27)

el ministerio de la Palabra ‑ apacentar la iglesia de Dios. (v. 28)

el peligro de que hombres no regenerados trataran de introducirse en la asamblea (v. 29)

el peligro de que hombres dentro de la asamblea procurasen establecer partidos y divisio­nes (v. 30)

el remedio para todos los males en la asamblea‑la comunión con Dios y la dirección de la Palabra de Dios. (v. 32) “Os encomien­do a Dios y a la Palabra de su gracia.”

la ayuda a los necesitados (v. 35)

¡Qué útil resulta una reunión tal en donde los ancianos se juntan de esta manera, buscando mutuo consejo a fin de poder guiar bien al pueblo de Dios! ¡Qué bendita es la asamblea cuyos ancianos están ejer­citados para el bien de los santos!

(ii)         Para consultar lo relativo a las doctrinas en­señadas en la asamblea.

Léase Hechos 15:4‑29. Habían surgido cuestiones difíciles como resultado de la conversión de gentiles en Antioquía; pues ciertos líderes enseñaban que los cristianos tenían que guardar la ley de Moisés, porque si no, no podrían ser salvos. La contienda se extendía desde Antioquía hasta Jerusalén. De modo que, “se reu­nieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto”.

La reunión empezó como han empezado muchos desde aquel día, “con mucha controversia”. Pero había allí hombres sabios quienes podían acon­sejarles bien. Pedro les contó cómo Dios le había esco­gido para llevar el evangelio a los gentiles, y cómo fueron convertidos éstos, afirmando que la gracia salva al judío y al gentil sobre la misma base. ¿Por qué, pues, someter a los gentiles bajo el yugo de la ley en vista de que ni aun los judíos lo habían podido llevar? (vv 7‑12). También Pablo y Bernabé añadieron su testimo­nio de lo que Dios estaba haciendo en su gracia entre los gentiles (v. 12). Entonces Santiago tomó la palabra, analizando a fondo el problema. El cristianismo, dijo, era una cosa nueva; no era el judaísmo revivificado. Dios estaba sacando de entre los gentiles a un pueblo para su nombre. ¿Por qué volver a ponerse bajo la ley? Su exposición de la verdad era tan clara que la acepta­ron los apóstoles, los ancianos y toda la iglesia (v. 22). Es una gran bendición cuando haya hombres aptos y piadosos en la asamblea, hombres como Pablo, Pedro, Bernabé y Santiago, que pueden apaciguar disputas y conseguir paz entre los hermanos, enseñándoles la Palabra de Dios.

(iii)        Para enseñar a los creyentes personalmente.

Léase Hechos 21:18‑25. ¡Cuánta necesidad hay en nuestros días de que hombres de Dios enseñen y acon­sejen a los creyentes en cuanto a su conducta personal y el camino que deben seguir!

(iv)        Para administrar los fondos de la asamblea.

Léase Hechos 11:28‑30. Además de los problemas es­pirituales que hemos tratado, hay muchos asuntos tem­porales o domésticos a los cuales se debe atender, para que se haga “todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40). Uno de tales asuntos es la administración de los fondos de la asamblea. Hay cuentas que pagar, san­tos que socorrer, donativos que enviar a los siervos del Señor, etc.

 

28                    El nombramiento de ancianos

“… el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”, Hechos 20:28.

Los ancianos reciben del Espíritu Santo su aptitud para esta obra, y Él les da también el deseo para “la buena obra” (1 Timoteo 3 :1). Los hombres no pueden hacer ancianos, creando para ello capacidad espiritual, ni implantar deseos piadosos. Sin embargo, es la responsa­bilidad de hombres devotos vigilar que el orden esta­blecido por Dios se comprenda y se obedezca en la asamblea de los santos.

Por consiguiente, cuando Pablo y Bernabé llega­ron a Antioquía (en Pisidia), “confirmando el ánimo de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, constituyeron ancianos en cada iglesia” (Hechos 14:23).

Cuando los apóstoles volvieron a estas asambleas, encontraron a hombres, capacitados espiritualmente, ocupados en apacentar y guiar la grey. Eran hombres a quienes el Espíritu Santo había constituido pastores. Los apóstoles señalaron a estos hombres para que la asamblea los reconociese como ancianos, puesto que su actuación era según las instrucciones dadas en las Sagradas Escrituras.

Parece que la situación en Creta era distinta; no había allí tales hombres. Eso era una de las cosas “deficientes”, y Pablo amonestó a Tito que estableciese “ancianos en cada ciudad” (Tito 1:5). Es el Espíritu Santo el que hace ancianos, pero era la responsabilidad de Tito el determinar quiénes eran los hombres que en las asambleas actuaban conforme a la verdad reve­lada; y para guiarle en eso Pablo enumeró los requi­sitos en Tito 1:7‑9; y a continuación, Tito debía señalarlos a la asamblea. Así es hoy día; hermanos que han sido usados por el Señor para establecer una asamblea, al volver para confirmar en la fe las almas que han ganado, han de indicar a estas asambleas que el Espí­ritu de Dios ha preparado a ciertos hombres para pas­torear la grey, y que éstos demuestran solicitud para con el pueblo de Dios.

Se debe observar que en cada asamblea había varios ancianos. Pedro se dirigió “a los santos que están en Filipos, con los obispos (sobreveedores) y diáconos” (Filipenses 1:1). Enviando desde Mileto a Éfeso, “hizo lla­mar a los ancianos de la iglesia” (Hechos 20:17). Com­párese Hechos 14:23, 15:6, Tito 1:15, etc. Es una falsificación del buen orden dado por Dios que un solo hombre —sea “obispo”, “ministro”, “presidente”— ejerza la guía y gobierne sobre el pueblo de Dios.

29                    El reconocimiento de ancianos

“Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y que os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por su causa de su obra”, 1 Tesalonicenses 5:12, 13.

Nos exhorta a reconocer y a estimar a los que presiden en el Señor. ¿Cómo hemos de reconocerles? Tomemos el ejemplo de un muchacho jugando en la calle. ¿Cómo reconoce al cartero? ¿No es el hombre que entrega las cartas? De la misma manera reconocemos a los pastores verdaderos entre el pueblo de Dios‑ por la obra que hacen. Debemos amarles mucho en amor por causa de su obra; y cuánto mejor que sirvan, de más estima­ción son dignos. “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1 Timoteo 5:17).

Acordaos de vuestros pastores que os hablaron la Palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resul­tado de su conducta, e imitad su fe. Jesucristo es el mismo hoy, ayer y por los siglos” (Hebreos 13:7, 8). De­bemos acordarnos siempre de nuestros pastores, por su enseñanza de la Palabra de Dios, y por su buena conducta.

“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría y no quejándose, porque esto no es provechoso” (Hebreos 13:17). Hay cierto conocimiento de Dios y de su Pala­bra, cierta plenitud de experiencia, cierta madurez de juicio, que se consiguen solamente con años de expe­riencia. Por esto, si hermanos de mayor edad a veces dan consejo que es contrario a la opinión de hermanos jóvenes, ¿cuál consejo se debe seguir? Las Escrituras contestan: `Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos”. Estos hombres son solicitas por las almas de los cristianos jóvenes, y tienen que dar cuenta de su pastoreo al Príncipe de los pastores cuando aparezca Él.

“Saludad a todos vuestros Pastores”: (Hechos 13:24). Debemos saludarles como ancianos, como líderes entre el pueblo de Dios.

30                    La recompensa de los ancianos

Pedro exhorta a los ancianos a que apacienten la grey de Dios, y que sean ejemplos a ella; “y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros reci­biréis la corona incorruptible de gloria” (1 Pedro 5:1‑4). Puede haber muchas cosas para desilusionar y des­alentar a aquellos que procuran cuidar de la iglesia de Dios, hasta crítica y aun injuria; pero el Príncipe de los pastores lo observa todo. Él nota cada cosa hecha para el bien de su pueblo, y en el tribunal de Cristo les recompensará todo servicio fiel. ¡Qué gozo oír de sus propios labios: “Bien, buen siervo y fiel; … entra en el gozo de tu Señor!” (Mateo 25:21). Entonces recibirá de su Señor un galardón especial por su pas­toreo fiel, “una corona incorruptible de gloria”. Perderá toda importancia la crítica, la injuria, las desilusiones, el desaliento, al entrar en el gozo de su Señor.

Esto es una de las características más importantes de una asamblea cristiana: que es guiada por ancianos.

Cuestionario

  1. ¿Con qué propósito hizo llamar Pablo a los an­cianos de Éfeso a reunirse con él en Mileto?
  2. ¿Cuál era el objeto de la reunión de los apóstoles y los ancianos en Jerusalén? (Hechos 15)
  3. Mencionar otros dos asuntos que, según las Escri­turas, se deben tratar en una reunión de ancianos.
  4. ¿Cómo es hecho anciano un hermano?
  5. ¿Qué hicieron Pablo y Bernabé en Antioquía para que ciertos hermanos allí fuesen reconocidos como ancianos?
  6. ¿Cuáles eran las razones porque Pablo exhortó a Tito para que estableciera ancianos en Creta?
  7. Citar un pasaje bíblico que dispone que debe haber más que un anciano en cada asamblea.
  8. Citar cinco palabras usadas en las Escrituras para indicar cómo se manifiesta el reconocimiento de los ancianos.
  9. ¿Qué recompensa promete el Señor a un anciano por su fiel servicio?

31                    Instruida por ministros

Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Fili­pos, con los obispos y diáconos … Filipenses 1:1.

La palabra griega diakonos, traducida “diácono” en Filipenses 1:1, quiere decir “ministro” o “siervo”. Se la traduce “ministro” en 1 Timoteo 4:6, en Efesios 3:7, y en varios pasajes más. El sustantivo diakonia se tra­duce por “ministerio” en Efesios 4:12, Hechos 6:4, y en otros pasajes también. Se traduce la forma verbal diakoneo por “ministrar” en Romanos 15:25,27, 1 Pedro 4:11 y en otras porciones. Se puede ver que “diácono” no es una traducción de diakonos, sino una transliteración, o sea la misma palabra con algunas le­tras cambiadas.

La palabra diakonia se usa en las Escrituras con referencia a:

los que servían en cosas materiales en conexión con la asamblea (Hechos 6:l‑3); el trabajo de servir a las mesas, siendo llamada “la distribución diaria”, diakonia;

los que servían en el minis­terio, diakonia, de la Palabra (Hechos 6:4).

El segundo es el aspecto del que queremos tratar en el estudio presente, aunque podemos notar también algunas cosas acerca del ministerio material.

Notemos—

la asamblea tiene autoridad de nombrar a ciertos hombres para tal obra

estos serán hombres que tienen ciertas cuali­dades para el servicio:

una buena reputación, “de buen testi­monio” (v. 3)

que sean llenos del Espíritu Santo (v. 3)

que tengan juicio sano y sabiduría (v. 3)

que sean aceptables a la asamblea: “agradó la propuesta a toda la asamblea” (v. 5), y “les pusieron las manos en­cima” (v. 6)

Los hombres que desean dedicarse a este servicio práctico han de tener las cualidades mencionadas y ser nombradas para ello por la asamblea.

32                    Cualidades para el ministerio de la Palabra de Dios

En cuanto a la obra de ministrar la Palabra de Dios, no es trabajo autorizado por la iglesia, sino son dones dados por el Señor resucitado y glorificado. Es preciso que los hombres que ministran la Palabra de Dios en la asamblea tengan ciertas cualidades. Damos un sumario de ellas según la enseñanza de 1 Timoteo 3:8‑13 y Efesios 4:8‑11.

Cualidades personales:

honestos, 1 Timoteo 3:8

sin doblez, 1 Timoteo 3:8

no dados a mucho vino, 1 Timoteo 3:8

no codiciosos de ganancias deshonestas, 1 Timoteo 3:8

sometidos a prueba de que son irrepren­sibles, 1 Timoteo 3:10

Cualidades sociales:

que sus mujeres sean honestas, no ca­lumniadoras, sino sobrias, fieles en todo,
1 Timoteo 3:11

que sean esposos de una sola mujer, 1 Timoteo 3:12. (Como en el caso de los ancianos, no deben tener más de una esposa, pero no es preciso que sean hom­bres casados), que gobiernen bien a sus hijos y a sus casas, 1 Timoteo 3:12

Cualidades espirituales:

“que guarden el ministerio de la fe con limpia conciencia”; 1 Timoteo 3:9. Esto requiere dos cosas:

que sepan lo que enseñan las Es­crituras, y que “guarden el minis­terio de la fe”. (¿Cómo puede uno enseñar lo que no sabe?)

que practiquen lo que enseñan las Escrituras “con buena concien­cia”. (¿Qué vale su ministerio si el ministro no practica lo que predi­ca?)

que posea el don de ministerio (Efesios 4:8‑11)

El Espíritu Santo da dones a los hom­bres, y el don de ministerio es la capa­cidad de ministrar; es una capacidad espi­ritual. (Véase 1 Corintios 12:4‑11) El Señor resucitado ha dado dones a la Iglesia­ hombres dotados “para la obra del mi­nisterio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12).

Se debe notar que la palabra “ministros” es en el plural, lo mismo como “ancianos” (Filipenses 1:11). No es la intención de Dios que un solo hombre se encargue de todo el ministerio de un asamblea. Algunos tienen el don de evangelista, otros el de pastor, otros el de maestro. Tampoco dispone Dios que todo hombre mi­nistre en su iglesia. “Constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros” (Efesios 4:11). “De manera que, teniendo dife­rentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en enseñanza …” (Romanos 12:6, 7).

33                    La obra del ministerio

Hay diferentes dones que capacitan a los hom­bres para los distintos ministerios.

(i)           el ministerio del evangelio, 1 Tesalonicenses 3:2

Se llama a Timoteo “siervo de Dios”. Su ser­vicio era el de ser “colaborador en el evangelio”.

 

 

(ii)         el ministerio del pastoreo

Pedro exhorta a los ancianos: “Apacentad (pastoread) la grey de Dios” (1 Pedro 5:2). Pedro mismo había recibido del Señor Jesucristo la comisión de hacer esta obra. Léase Juan 21:15‑17. Cuando Pedro confesó su amor hacia Cristo, el Señor le dijo: “Apa­cienta mis corderos” (v. 15). Cuando dijo por segunda vez que le amaba, el Señor le dijo: “Pastorea mis ove­jas” (v. 16);  y la tercera vez que Pedro afirmó su amor, le dijo: “Apacienta mis ovejas” (v. 17). ¡Qué grandí­sima importancia pone el Señor Jesucristo sobre amor hacia Él como requisito imprescindible de la persona que apacienta y pastorea su grey! Era su amor para Él y para su pueblo redimido que impulsó el gran apóstol Pablo a llamar desde Mileto a los ancianos de Éfeso para exhortarles así: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual Él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28).

(iii)        el ministerio de instrucción

Leemos que, después de entregar la carta de los ancianos de Jerusalén (arreglando la controversia acer­ca de los gentiles y la ley de Moisés), “Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la Pa­labra del Señor” (Hechos 15:35). Bueno es que una asamblea tiene hombres capaces de enseñar al pueblo de Dios como lo hacían los de Antioquia (Hechos 13:1); o cuando hermanos con este don de enseñar nos visitan y nos traen un mensaje del Señor. Leemos que Pablo “se detuvo allí (en Corinto) un año y seis meses, enseñándoles la Palabra de Dios” (Hechos 18:11).

¿Cuándo debe ministrar un hombre?

La respuesta a esta pregunta se halla en 1 Pedro 4:10‑11. Léanse con cuidado estos versículos. “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.” Ahora nótense las cuatro con­diciones que debe haber cuando alguno ministra la Palabra de Dios:

(i)                           Debe tener don de ministrar (v. 10). “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo ….” Cuan­do Dios llama a un hombre para alguna obra, le capa­cita para esta obra; le da un don especial.

(ii)         Debe tener un mensaje de Dios (v.11). “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios.” Esta Escritura debe impedir al que enseña de dar cual­quiera cosa que no esté de acuerdo con la Palabra de Dios.

(iii)        Debe enseñar confiando sólo en el poder del Señor: “Si alguno ministra, ministre conforme al po­der que Dios da” (v. 11). En el mundo de negocios, el patrón espera que sus empleados le sirvan lo mejor que puedan. ¡Qué lástima si intentamos expresar los pensamientos de Dios sobre algún tema sin buscar el “poder que Dios da”! Seguramente, servir al mejor de los maestros requiere lo mejor que podemos hacer.

Tal como soy, te doy mi amor;
doy de mi vida lo mejor
por la verdad, por ti, Señor.
Ahora, Cristo, vengo a ti.

(iv) Debe tener la habilidad de ministrar para la gloria de Dios:

“Para que en todo sea Dios glorificado por Jesu­cristo” (v. 11). Aunque un hombre tenga don, y un mensaje de Dios, y la habilidad de expresarlo, si no es oportuno, no redundará para la gloria de Dios; por lo cual sería mejor esperar hasta que Dios le indique el momento oportuno.

¿Cuáles son las pruebas de que un ministerio sea dado de Dios?

Las pruebas del ministerio de un profeta —de un maestro— son tres: “El que profetiza habla a los hom­bres para edificación, para exhortación y consolación” (1 Corintios 14:3).

edificación: enseñar ‑ instrucción para el alma

exhortación: avisar ‑ estímulo para lo con­ciencia

consolación: reanimar ‑ animación para el co­razón

Variedad en el ministerio

“Que los profetas hablen y los demás juzguen”. Léase 1 Corintios 14:14‑29. Aquí tenemos dos limitaciones puestas sobre el ministerio:

el juicio sobre el ministerio: si es provechoso o no, otros juzgan, y los que ministran deben sujetarse a ese juicio

no más de dos o tres deben ministrar sobre el mismo tópico

La capacidad del pueblo para recibir un mensaje tiene su límite. El Señor ministraba al pueblo “confor­me a lo que podían oír” (Marcos 4:33). Los que mi­nistran la Palabra ahora deben seguir el ejemplo del Señor en esto.

Es muy grato escuchar el ministerio de hermanos que predican conforme a las instrucciones de la Palabra de Dios. Tienen un mensaje de Dios. Lo tienen bien preparado. Pueden hablar como el oráculo de Dios. Su vida respalda su ministerio. Su enseñanza vigoriza al pueblo de Dios en los caminos del Señor; los estimu­la a andar más cerca de Él, a un servicio más fiel en su viña. Consuela y anima a los santos desanimados y desolados, los que están por desmayarse. Tal minis­terio es una de las señas distintivas de una asamblea cristiana, según el modelo del Nuevo Testamento.

Cuestionario

  1. ¿A qué dos tipos de ministerio se aplica la palabra diakonos?
  2. ¿Cuáles son las cuatro cualidades necesarias para uno a quien la asamblea nombra para un servicio?
  3. ¿Cuáles son las cualidades espirituales que se re­quiere para ser ministro de la Palabra de Dios?
  4. ¿Cuáles son las cuatro condiciones que debe haber cuando un hombre ministre la Palabra de Dios?
  5. Dar tres pruebas que se pueden aplicar a un minis­terio para determinar si es provechoso o no.
  6. Citar las escrituras que determinan estas pruebas.

34                    El sacerdocio de los creyentes

Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo … sois linaje escogido, real sacer­docio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquél que os llamó de las tinieblas a su luz admirable, 1 Pedro 2:5,9.

La séptima marca de una asamblea cristiana es el reconocimiento y el ejercicio del sacerdocio de los creyentes. En ésta como en otras características esen­ciales, la asamblea escrituraria demuestra un contraste bien definido a muchos de los sistemas de los hombres. En estos sistemas hay un clérigo o sacerdote nombrado por los hombres para actuar en vez de los demás de la congregación, en orar, predicar, etc. Estudiemos las Escrituras para probar si esta práctica es escrituraria.

35                    El sacerdocio del Antiguo Testamento

En los días de los patriarcas, la cabeza de la familia era a la vez el sacerdote de la familia. Noé erigió un altar después de salir del arca y ofreció holocausto sobre el altar (Génesis 8:20). Abraham edificó un altar en Beer‑seba e invocó el nombre de Jehová allí. (Génesis 26:25). Jacob ofreció un sacrificio en Mizpa cuando él y Labán pasaron la noche allí. (Génesis 31:54). El dere­cho de funcionar como sacerdote por la familia cons­tituía parte de la primogenitura que Esaú despreció, trocándolo por un guisado de lentejas.

Cuando se instituyó la ley, Dios ofreció un sacer­docio mayor a los hijos de Israel. “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; por­que mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa” (Éxodo 19:5,6). Dios proponía que toda la nación fuese un reino de sacer­dotes; pero, como todas las bendiciones de la ley, esta bendición era condicional—“si diereis oído a mi voz y guardareis mi pacto”. Pero Israel nunca guardó la ley de Jehová, y la nación nunca llegó a ser un reino de sacerdotes. El sacerdocio era limitado a la familia de Aarón. (Éxodo 28:1)

El tabernáculo en Israel estaba dividido en dos aposentos por una gran cortina que se llamaba el velo. Se les permitía a los sacerdotes ministrar cada día en el primer aposento, donde estaban el candelero, la mesa del pan de la proposición y el altar de oro. Pero no les era permitido entrar más allá del velo, donde Dios moraba en una nube de gloria, entre los querubines, sobre el propiciatorio. A este aposento in­terior sólo tenía acceso el sumo sacerdote, y éste sola­mente el día de la expiación, llevando la sangre de expia­ción para rociarle encima del propiciatorio y delante de él.

La interpretación de estos hechos la tenemos en Hebreos 9:8: “… dando el Espíritu Santo a entender con esto que aun no se había manifestado el camino al lugar santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie”. Dios no per­mitió a los hombres la entrada a su presencia porque los sacrificios de aquellos días nunca pudieron arreglar la cuestión del pecado, “porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4). El velo que impedía a los sacer­dotes entrar en la presencia de Dios era un objeto que Dios usó para enseñar que la entrada a su presencia todavía no estaba abierta.

36                    El sacerdocio del Nuevo Testamento

Lo que la ley no pudo efectuar, la gracia lo ha realizado. La ley nunca hizo al pueblo de Dios un reino de sacerdotes y una nación santa; pero como resultado de la gracia de Dios, leemos: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, na­ción santa, pueblo adquirido por Dios”
(1 Pedro 2:5, 9).

¿Quiénes, pues, están comprendidos en este sacer­docio santo y real? En los versículos 2 y 3, Pedro habla de los creyentes como “niños recién nacidos”, quienes han “gustado la benignidad del Señor”. Tam­bién habla de los que creen (v. 7). Es evidente que el sacerdocio santo y real incluye a todos los creyentes, esto es, a todos los que han “gustado la benignidad del Señor”, y aun hasta “los niños recién nacidos”. Juan en el libro del Apocalipsis nos enseña la misma verdad. “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a Él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (Apocalipsis 1:5, 6) El reino de sacer­dotes de que Juan habla comprende a aquellos que han sido lavados de sus pecados en la sangre de Cristo.

Los sacrificios del Antiguo Testamento nunca pusieron término a la cuestión del pecado. “En estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:3,4). Pero el Señor Jesús por su muerte solucionó para siempre el problema del pecado. Leemos: “En esa vo­luntad somos santificados mediante la ofrenda del cuer­po de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). “Pero estando ya presente Cristo, sumo sacer­dote … por su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santísimo, habiendo obtenido eterna redención.” (Hebreos 9:11,12). Cristo “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26). “Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos” (Hebreos 9:28). Este sacrificio es eficaz para quitar definitivamente los pecados.

Mateo relata un incidente muy instructivo que tuvo lugar inmediatamente después de que el Señor clamó a gran voz y entregó su espíritu: “He aquí el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, y la tierra tembló, y las rocas se partieron” (Mateo 27:51). ¿Qué fue lo que Dios quiso enseñar con esto? Enseñaba en forma objetiva, que ya estaba abierto a todo sacerdote el camino a la presencia de Dios. “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacer­dote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:19‑22).

De esto aprendemos que Dios ha conferido la ben­dición de sacerdocio sobre todos sus hijos, y que el privilegio de ser sacerdote es el mismo privilegio de entrar dentro del velo hasta la misma presencia de Dios, para adorarle allí.

37                    La adoración en el Nuevo Testamento

¿Qué es la adoración? La adoración es la emanación de alabanza y agradecimiento a Dios desde los corazones de su propio pueblo, “sacrificio de alabanza, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15). Adoración es lo que sube del corazón del hombre a Dios por medio del Espíritu Santo. En espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús. (Filipenses 3:3). En contraste, el ministerio es lo que desciende de Dios a los hombres por medio del Espíritu Santo.

Hay tres aspectos de la adoración, tres ofrendas que podemos dar a Dios:

(i) Nuestras alabanzas, dando gracias en su nombre, “Así que, ofrezcamos a Dios por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15). Pedro habla de sacrificios espirituales, “aceptables a Dios por medio de Jesucristo”; y “de anunciar las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable”
(1 Pedro 2:5,9). ¡Cuánto nos conviene a nosotros, que hemos sido amados y lavados en su sangre, entonar nuestras alabanzas al Redentor! Cómo debe enardecer nuestros corazones la memoria del Calvario, hasta que digamos, como el salmista, “Re­bosa mi corazón palabra buena; dirijo mi canto al Rey” (Salmo 45:1). “De tales sacrificios se agrade Dios” (Hebreos 13:16). María expresó su amor para el Señor Jesús ungiéndole los pies con perfume de gran precio, enjugándolos con los cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume” (Juan 12:3). El Señor apreció tanto el homenaje rendido del corazón de ella que dijo: “De cierto os digo que dondequiera que se pre­dique este evangelio en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella” (Mateo 26:13).

(ii) Nuestras personas: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1). Estos cuerpos que han sido quitados del servicio del pecado, ahora han de emplearse en el servicio de Dios. La palabra aquí dice que esto no es más que “culto racional”. Pero recordamos que nuestro cuerpo debe caracterizarse por la santidad para que tal sacrificio sea agradable.

(iii) Nuestros bienes: “Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada a Dios” (Hebreos 13:16). Dios ha entregado en nuestro poder porciones de los bienes de este mundo. Esto es una mayordomía. Él espera que usemos sabiamente estos bienes terrenales, en su servicio, para cuidar a su pueblo y a sus siervos, lo cual agrada a Dios.

Cuestionario

  1. ¿Cuál es la séptima marca de una asamblea cris­tiana?
  2. (a) ¿Cómo era el sacerdocio que Dios ofreció a Israel bajo la ley?

(b)             ¿Por qué se limitó el sacerdocio a una fami­lia?

  1. ¿Cuál era la significación del velo entre el lugar santo y el lugar santísimo?
  2. ¿Por qué no permitió Dios que los hombres entra­ran en su presencia en el tiempo de los sacrificios del Antiguo Testamento?
  3. De 1 Pedro 2:1‑9, citar dos expresiones breves que indican que el sacerdocio del Nuevo Testamento incluye a todos los creyentes.
  4. (a) ¿Qué significado tiene el rompimiento del velo cuando Cristo murió?

(b)             ¿Cuál es el propósito de Dios al franquear el camino a su presencia a todos los creyentes?

  1. Indicar tres maneras en que podemos adorar a Dios, con sus respectivas citas bíblicas.

E—La asamblea cristiana en práctica

Ver

Presentación

Los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas … y perseveraban en la doctrina de los após­toles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones … y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos, Hechos 2:41, 42, 47.

La Iglesia cristiana

predicha por Cristo, Mateo 16:18

establecida el día de Pentecostés, Hechos 2:1‑4

compuesta de discípulos (Hechos 1:4,15, 2:1) mediante el bautismo del Espíritu Santo (Hechos 1:4,5,8, 2:1‑4), cuya venida fue manifestada por:

un estruendo como de un viento recio que soplaba; compárese Juan 3:7,8, Ezequiel 37:1‑14

lenguas repartidas como de fuego; compá­rese 1 Corintios 12:13, Romanos 8:9.

hablar en otras lenguas, Hechos 1:8.

Las marcas —señas— de una asamblea sana y espiritual

un vigoroso testimonio evangelístico, He­chos 2:36‑38:

la predicación de la cruz: v. 38; 1 Corintios 15:1‑4

la convicción de pecado: v. 38; 1 Corintios 15:1‑4

el arrepentimiento para con Dios: v. 38, Hechos 20:21

la remisión de pecados: v. 38b; 1 Juan 2:12, Efesios 1:7

el don del Espíritu Santo: v. 38: Efesios 1:13

la práctica del bautismo del creyente, He­chos 2:41:

la autoridad para el bautismo:

el mandato del Señor Jesús: Mateo 28:19, Marcos 16:15, 16.

la práctica de la iglesia primitiva: He­chos 2:41, 8:36‑38, 10:44‑48, 16:31‑33, 18:8

los candidatos para el bautismo:

discípulos: Mateo 28:19

creyentes: Marcos 16:16, Hechos 2:41, 8:36‑38, 16:33‑34

los que han recibido al Espíritu Santo: Hechos 10:44‑48

el significado del bautismo:

la identificación del creyente con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección: Romanos 6:3,4

una confesión que han muerto el viejo hombre con sus costumbres, y una pro­fesión de andar en novedad de vida se­gún el nuevo hombre: Romanos 6:4,6

la forma del bautismo

baptizo (bautizar) quiere decir “su­mergir”

la significación de la ordenanza requie­re inmersión

los ejemplos en las Escrituras infieren inmersión: Mateo 3:16, Juan 3:23, Hechos        8:38

Recepción a la asamblea

¿quiénes deben ser recibidos? Hechos 2:47,

5:14, 20:7, 11:26, 1 Corintios 1:2, Colosenses 1:2

principios para guiar en la recepción a la asamblea:

Romanos 14:1‑3, 15:7, 1 Corintios 5:11, Tito 3:10

dirección para la recepción en casos difí­ciles: Hechos 9:26‑29

Comunión en la asamblea

Sana doctrina

koinonia: asociación, comunión, de koi­nonos ‑ un socio, un participante (Lucas 5:10, 2 Corintios 8:23); una participación en todos los privilegios y las responsabilidades de la asamblea—predicación del evangelio, culto de oración, gastos, problemas, etc.

unanimidad de voluntad: Hechos 2:46, Filemón 14, Filipenses 1:27,
1 Tesalonicenses 1:2, Juan 13:34, Gálatas 5:13, Hebreos 3:13, 1 Tesalonicenses 4:18, Romanos 14:19

“la doctrina de los apóstoles”: Hechos 2:42; la inspiración de las Sagradas Escrituras:
2 Timoteo 3:16, Hebreos 1:1, 2 Pedro 1:21

la deidad de Cristo: Juan 1:1, 14, Hebreos 1:8, 1 Juan 5:20

el nacimiento virginal: Isaías 7:14, Mateo 1:20, Lucas 1:13; compárese con Mateo 1:20 21

la expiación por la muerte de Cristo:

propiciación: Romanos 3:24,25, Hebreos 9:26, 1 Juan 2:2

redención: Romanos 3:24, Mateo 20:28, 1 Pedro 1:18,19, Efesios 1:7

sustitución: Isaías 53:5,6, 1 Pedro 2:24, Romanos 5:8, 1 Pedro 3:18

la resurrección de Cristo:

su importancia: 1 Corintios 15:17

su valor: Romanos 4:25, 1 Corintios 15:20, 23, Romanos 1:4

sus pruebas: muchas pruebas indubita­bles: Hechos 1:3

la segunda venida de Cristo: Juan 14:1,3, Hechos 1:11, 1 Tesalonicenses 4:16, 17

la ruina del hombre: Romanos 3:10,  20 al 2, 5:12

el nuevo nacimiento: Juan 3:3, 1 Pedro 1:23, Juan 1:12,13

la vida eterna de los creyentes; Juan 3:16, 10:27, 28, 1 Juan 5:13.

el castigo eterno de los incrédulos: Mateo 25:41,46, Apocalipsis 20:15, 19:20, 20:10

la trinidad de la Deidad: 1 Timoteo 2:25, Deuteronomio 4:35, Isaías 44:6, 2 Timoteo 1:2, 1 Juan 5:20, Hechos 5:3, 4, Mateo 28:19.

la personalidad de Satanás:

nombres personales: Lucas 10:18, Mateo 4:1, 2 Corintios 6:15 , Mateo 12:24.

actos personales: Génesis 3:1‑5, Mateo 4:1. 11, Zacarías 3:1‑5, Judas 6,
Apocalipsis 12:10.

su destino: Apocalipsis 20:10.

El partimiento del pan

su institución: Lucas 22:19‑20

el tiempo: Lucas 22:7‑15, 1 Corintios 11:23

el significado: Lucas 22:19‑20

el objeto: “En memoria de mí” ‑ (Lu­cas 22:19)

su celebración: Hechos 2:42, 20:7

¿cuándo? “el primer día de la semana”

¿quiénes? “los discípulos”

¿para qué? “para partir el pan”

la predicación: para adoración, para enseñanza

su significación: 1 Corintios 10:16‑21, 11:20‑34

una expresión de comunión: 1 Corintios 10:16, 17

una fiesta de conmemoración: 1 Corintios 11:26

una declaración de la muerte de Cristo: 1 Corintios 11:26

una anticipación de su venida: 1 Corintios 11:26

Las oraciones

La iglesia cristiana

Los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas, Hechos 2:41.

En un estudio anterior, notemos la palabra “igle­sia”, ekklesia, donde ocurre por primera vez en las Santas Escrituras. Simón Pedro acababa de con­fesar que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:13‑16). Respondiendo a Pedro, el Señor dijo: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas de hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). Las palabras del Señor fueron profé­ticas; Él edificaría su iglesia, la cual no existía toda­vía, pero se lo cumpliría en lo futuro.

Pero en Hechos 2:47 leemos: “El Señor aña­día cada día a la iglesia los que habían de ser salvos [­literalmente, “los salvados”]. Evidentemente la iglesia ya había comenzado a existir, y el Señor le añadía miembros. ¿Cuándo empezó? El día de Pentecostés, como se relata en Hechos capítulo 2.

 

38                    El bautismo en el Espíritu

Antes de subir desde Betania a la gloria, el Señor Jesús mandó a sus discípulos que permaneciesen en Jerusalén hasta que recibieran “la promesa del Pa­dre”. Esta promesa era: “Seréis bautizados con el Espíritu Santo” (literalmente, “en el Espíritu Santo”). Dijo también: “recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:4‑8).

El cumplimiento de esta profecía sucedió pocos días después, estando los discípulos (unos ciento veinte) reunidos en un lugar. “De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asen­tándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” Hechos 2:2‑4.

Esto era sin duda la promesa del Padre: el don del Espíritu Santo, el poder de testificar de Él desde Jerusalén hasta los fines de la tierra. Había tres mani­festaciones del Espíritu Santo aquel día, que se deben notar—

(i) Un estruendo como de un viento recio

En las Escrituras se usa el viento como símbolo del Espíritu Santo en su poder regenerador y vivificante. El Señor le dijo a Nicodemo: “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” (Juan 3:7,8).

Semejante uso del viento para indicar el poder vivificador del Espíritu Santo se ve en Ezequiel 37:1‑14. Nótese especialmente los versículos 9 y 14: “Y me dijo: Profetiza al Espíritu, profetiza, hijo del hombre, y di al Espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron …” Dios usó el viento recio el día de Pentecostés para enseñar gráficamente que la entrada del Espíritu Santo en la vida de los hombres y las mujeres es su regene­ración, su nuevo nacimiento.

(ii) Lenguas repartidas, como de fuego

Qué fenómeno sorprendente sería esto: ¡sendas lenguas de fuego posadas sobre la cabeza de los creyentes! No cabía duda en la mente de ninguna que cada creyente en aquel aposento hubiera recibido al Espíritu Santo. Eso fue precisamente el motivo de las lenguas de fuego: demostrar visiblemente lo que más tarde se afirmó por doctrina: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu” (1 Corintios 12:13).

La enseñanza en esté versículo es clarísima. Todo creyente en Cristo Jesús ha sido juntado en un haz de vida por el bau­tismo del Espíritu Santo, “bautizados en un cuerpo”, el cual es la iglesia (1 Corintios 12:27, Efesios 1:22, 23, Colosenses 1:18). Así sucedió con aquel núcleo de discípulos el día de Pentecostés; fueron unidos en un haz de vida por el Espíritu Santo. Ellos constituyeron la iglesia. Así ha sido con todos desde el día de Pente­costés;  “Por un sólo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres”.

Esto es cierto en cuanto a todo creyente, de tal manera que se dice: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él” (Romanos 8:9). Por lo tanto, la posesión del Espíritu de Cristo le constituye miembro de su iglesia. Esto era la enseñanza inequívoca de las lenguas de fuego asentadas sobre todos los creyentes el día de Pentecostés.

(iii) Hablar en lenguas

Este fenómeno tenía un doble valor:

su empleo el día de Pentecostés fue un testi­monio evangélico a los muchos grupos de extranjeros que estaban entonces en la ciudad de Jerusalén. “Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos hablar cada uno en nuestra lengua en que hemos nacido?”

simbolizó el poder dado por el Espíritu Santo para el testimonio universal del Evangelio, empezando en Jerusalén, y extendiéndose hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8).

Hace algunos años, siendo yo un joven maestro en una escuela rural, tenía que enseñar a los niños del primer grado la suma “4 y 3 son 7”. Di a cada niño cuatro castañas, diciéndoles que las contaran y las colocasen sobre la mesa. Luego les di tres castañas a cada uno, mismas que pusieron en otro montoncito sobre la mesa. Cada niñito contó sus castañas y verificó que en los dos montones sumaban siete. Repetimos la operación varias veces, usando palillos, bolitas, y otros objetos pequeños, hasta que toda la clase sabía que cua­tro más tres son siete.

Esto es enseñanza objetiva. Pero yo quería que se escribiera la verdad. Un niñito se ofreció para escribir 4 en la pizarra, y otro escribió 3. Otro dijo que sabía escribir 7. Así que, teníamos 4, 3, y 7 en la pizarra. Luego una niñita se ofreció para intercalar el signo “más” (+) entre 4 y 3, mientras otra quiso poner el signo “igual” (=) antes del 7. Ahora teníamos: 4 + 3 = 7. La verdad quedaba consignada en la forma escrita, cosa que antes no existía para ellos. De esta manera la operación aritmética no precisaba de objetos tales como castañas, palillos o bolitas, porque la verdad quedaba estampada en lo escrito.

Lo anterior ejemplifica lo relatado en el capítulo 2 de los Hechos. Ahora no necesitamos un viento recio para enseñarnos que el Espíritu Santo es quien re­genera, porque tenemos la verdad escrita en Juan capítulo 3. Las lenguas repartidas de fuego eran objetos que les enseñaron que el Espíritu Santo había sido dado a cada creyente, lo que ahora tampoco necesitamos, pues lo tenemos escrito en 1 Corintios 12:13. Asimismo, no tenemos que hablar en lenguas por lo que tenemos en Hechos 1:8, y 1 Corintios 13:8‑11. La sencilla ilus­tración de la escuela se presta para explicar el uso que Dios hizo del método objetivo en el día de Pentecostés, y también para explicar por qué no necesitamos otro día de Pentecostés, pues estas verdades están escritas claramente en las Sagradas Escrituras.

Esto era el cumplimiento de la promesa del Señor: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia”.

 

 

Cuestionario

  1. ¿Cuál es la enseñanza obtenida por “el estruendo como de un viento recio” en el día de Pentecostés?
  2. ¿Qué simbolizan las “lenguas repartidas como de fuego” que se asentaron sobre cada creyente?
  3. Citar un versículo para probar que cada creyente tiene el Espíritu Santo.
  4. ¿Qué representó el “hablar en lenguas” en el día de Pentecostés?
  5. ¿Por qué no tenemos esos fenómenos en el día de hoy?

 

Señas distintivas

Perseveraban en la doctrina de los após­toles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones … y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos, Hechos 2:42,47.

Al morir, Jacob profetizó la reunión del pueblo de Dios a Siloh: “A él se congregarán los pueblos. Esta reunión del pueblo a sí mismo se había designado como “el lugar que vuestro Dios escogiera de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre”. Aun el principio para la congregación de los santos había sido establecido claramente: “Juntadme mis santos, los que han hecho conmigo pacto con sacrificio” (Salmo 50:5). La pauta para esta reunión la dio el mismo Señor, al decir: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Ya hemos aprendido en este estudio del segundo capítulo de Hechos que la verdad de Mateo 18:20 tuvo plena realización el día de Pentecostés, mediante el bautismo del Espíritu Santo. Al principio había unos ciento veinte discípulos;  pero como resultado del testi­monio de aquel primer día, se añadieron como tres mil personas. Más abajo leemos: “El Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”, o, “los salvados” (Hechos 2:47). No solamente empezó a existir la iglesia, sino también era una iglesia vigorosa, sana y espiritual.

En Hechos 2:41,42,47 vemos siete marcas de una asamblea, o una iglesia, sana. ¿Cuál es la primera marca de una asamblea espiritual?

39                    Un vigoroso testimonio evangélico

“Recibieron su palabra”.

(i)           El sermón de Pedro el día de Pentecostés era una presentación enérgica de la cruz de Cristo. “Sepa, pues, ciertísimamente, toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios Le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36). Toda pre­dicación del Evangelio debe presentar claramente la muerte de Cristo, su sepultura y su resurrección. Estos tres elementos constituyen el mensaje del Evangelio como Pablo lo predicó en Corinto (1 Corintios 15:1‑4). Tam­bién forman la mayor parte del mensaje de Pedro el día de Pentecostés.

(ii)         La predicación de Pedro era efectiva;  de ella resultó convicción de pecado. “Al oír esto se compun­gieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37). Es una señal de que el Espíritu Santo está obran­do en el alma de un hombre cuando éste se convence de pecado. “Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio;  de pecado, por cuanto no creen en Mí … “ (Juan 16:8, 9).

(iii)        Pedro dio una respuesta noble a su pregunta, “¿Qué haremos?” “Arrepentíos y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;  y recibiréis el don del Espíritu Santo”. El arrepenti­miento sigue a la convicción. Significa cambiar de acti­tud; cambiar de actitud para con Dios, (a) en relación con nuestro pecado;  (b) en cuanto a su Hijo;  y (c) respecto a su salvación. El arrepentimiento debe ir acompañado de fe en el Señor Jesucristo. (Véase He­chos 20:21)

(iv)        El resultado del arrepentimiento para con Dios y fe en el Señor Jesucristo es la remisión de pecados. ¡Qué tema tan encantador para un alma ago­biada por el pecado! Juan escribió a un grupo de creyentes: “Os escribo a vosotros, porque vuestros pe­cados han sido perdonados por su nombre” (1 Juan 2:12). El perdón de pecados es la esencia misma del evangelio. Es posible, debido al derramamiento de la sangre de Cristo, “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7). El arrepentimiento y el perdón de pecados son experiencias íntimas y espirituales que no pueden ver. Es necesario confesarlas exterior y públicamente por el bautismo, como predicó Pedro. Se tratará esto más detalladamente en el próximo capítulo.

(v)          “Recibiréis el don del Espíritu Santo.” Esta era la promesa a todos los que creían. Todavía es el hecho fundamental de la vida y la experiencia cris­tianas. “En él también vosotros, habiendo oído la pala­bra de verdad, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).

La primera marca, pues, de una asamblea espiritual y sana es un testimonio evangélico vigoroso: una pre­dicación de la cruz que resulta en convicción del pecado, la cual obra arrepentimiento para con Dios, así consiguiendo para el pecador el perdón de sus pecados. Tal bendición es ratificada por el don del Espíritu Santo. La predicación de Pedro era tan efec­tiva que tres mil personas recibieron con gozo el mensaje y se bautizaron. El evangelio siguió siendo predicado efectivamente en Jerusalén, y el Señor aña­día cada día a los salvados.

Cuestionario

  1. ¿Cuál es la primera señal de una asamblea sana y espiritual?
  2. ¿Cuáles son las tres verdades fundamentales del evangelio?
  3. ¿Cómo sabemos que la predicación de Pedro fue efectiva? Hay que dar dos razones, con referencias de las Escrituras.
  4. ¿Qué significa la palabra “arrepentimiento”?
  5. ¿Cuál es el resultado de arrepentimiento y fe en el Señor Jesucristo?

 

Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados;  y se añadieron aquel día como tres mil personas, Hechos 2:41.

40                    La práctica del bautismo de los creyentes

No hay más de dos ordenanzas en la Iglesia cris­tiana ‑ el bautismo y la cena del Señor. Ambas orde­nanzas están instituidas en los Evangelios, celebradas en Hechos de los Apóstoles y explicadas en las Epístolas. Habiendo sido instituidas en los Evangelios por el Señor mismo, podemos deducir que forman una parte importante del evangelio. Puesto que los creyentes las celebraban según Hechos, se ve que pertenecen a la práctica de la Iglesia cristiana. Por ser explicadas en las Epístolas, sabemos que están destinadas a continuar hasta el fin de la dispensación actual.

(i)                          ¿Por qué bautizar?

El Señor mandó: “Por tanto, id, y haced discí­pulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). También dijo: “Id por todo el mundo y pre­dicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado será salvo;  mas el que no creyere será condenado” (Marcos 16:15, 16). La cita de Mateo es el mandamiento del Señor al evangelista ‑ que haga discípulos y luego que los bautice. En la cita de Marcos, el versículo 16 da el mandamiento del Señor al pecador: que crea y sea bautizado. Este es el evangelio que se ha de predicar. Estos dos mandamientos del Señor dan suficiente autorización para la práctica del bau­tismo del creyente‑ no se necesita más.

Sin embargo, podemos notar que era la práctica de la Iglesia Primitiva la inter­pretación que dieron a las palabras del Señor los que Le oyeron hablar. Leemos acerca de los convertidos el día de Pentecostés: “Los que recibieron su palabra fueron bautizados” (Hechos 2:41). Leemos en el ca­pítulo 8 que Felipe predicaba al Eunuco acerca de Isaías 53: “Y, yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua;  ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes.” Al confesar el eunuco su fe en Cristo, Felipe mandó parar el carro, “y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó”. Se puede encontrar más ejemplos de esta práctica apos­tólica en Hechos 10:44‑48, 16:31‑33, 18:8.

(ii)                         ¿A quiénes bautizar?

Al contestar tal pregunta, acerca de la cual hay mucha variedad de opinión, se debe dejar a un lado todas las prácticas del día actual, y aun las tradiciones aceptadas generalmente, y acudir directamente a las Sagradas Escrituras. Solamente entonces estaremos sobre tierra firme. ¿Qué dicen las Escrituras?

Discípulos: “Haced discípulos de todas las naciones, bautizándoles” (Mateo 28:19)

Creyentes: Solamente los que creen deben ser bautizados. “El que creyere y fuere bautizado ….” (Marcos 16:16). “Los que recibieron la palabra fueron bautizados” (Hechos 2:41). El eunuco confesó su fe en Jesucristo como Hijo de Dios, y entonces Felipe le bautizó. (Hechos 8:36‑38). El carcelero de Filipos creyó, y luego se bautizó. (Hechos 16:33‑34)

Los que han recibido al Espíritu Santo: Pe­dro tuvo el privilegio de predicar el evangelio en la casa de Cornelio a los gentiles por primera vez en la historia del mundo. Mientras que predicaba, “el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso”. En­tonces Pedro preguntó: “¿Puede acaso alguno impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido al Espíritu Santo también como nosotros? Y les mandó bautizar en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 10:44‑48).

Concluimos, pues, que el bautismo se limita a discípulos, creyentes, o sea los que han recibido el Espíritu Santo.

(iii)                        ¿Qué quiere decir “bautizar”?

La contestación a esta pregunta importante se halla en Romanos 6:3‑4: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que, como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en nueva vida.”

El bautismo, pues, es una declaración de nuestra identificación con Cristo en su muerte y su resurrección. El apóstol podía decir: “Con Cristo es­toy juntamente crucificado” (Gálatas 2:20). La muerte de Cristo es también la muerte del pecador salvado. La identificación del creyente con su muerte se expresa por el acta de bajar al agua: “bautizados en su muerte”. Así hemos de identificarnos también con Él en su sepultura, lo que se simboliza por sumergirse en el agua: “Sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo”. Pero el apóstol habla también de ser resucitado con Cristo (Colosenses 3:1). Nuestra identificación con Él en vida de resurrección es simbolizado por levantarnos del agua a fin de que, como Cristo re­sucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:4).

Pero el bautismo es más que una declaración de identificación del creyente con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección. Es su reconocimiento que el hombre viejo y sus hábitos están muertos­ “nuestro viejo hombre está crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido”, y una profesión por el bautismo que en adelante vivire­mos una vida nueva “a fin de que no sirvamos más el pecado” (Romanos 6:6).

(iv)        ¿De qué manera se debe bautizar?

Referencia a un léxico o a una concordancia griega nos enseña que la palabra “bautizar” no es una traducción de la palabra griega baptizo, sino una transliteración;  es decir, una palabra de un idioma incorporada a otro idioma sin traducirla. El sentido de baptizo es “sumergir”. Como la orde­nanza significa muerte, sepultura y resurrección, ¡qué necesaria es que la forma sea inmersión! Bajar al agua significa muerte;  sumergirse en el agua significa sepul­tura;  y subir del agua es la figura de resurrección. Pero, cuando se rocían unas cuantas gotas de agua sobre la cabeza de uno, pierde este simbolismo, con lo cual desaparece la misma significación del bautismo.

Además, los ejemplos del bautismo relatados en las Escrituras infieren la inmersión. “Jesús, después de que fue bautizado, subió luego del agua” (Mateo 3:16). No había necesidad de entrar en el agua si Juan hubiera bautizado rociando. “Juan bautizaba en Enón porque había allí muchas aguas”. ¿Por qué buscar muchas aguas si el bautismo fuese por rociar? Juan 3:23. Basta un ejemplo más en Hechos 8:36‑39. ¿Qué necesidad había de pararse a “cierta agua”, “descender ambos al agua” y subir del agua, si Felipe no iba a hacer más que rociar unas gotas sobre la cabeza del eunuco?

Todo eso le parecerá concluyente a uno que quiere obedecer la Palabra de Dios. El Señor mandó que el creyente se bautizara para confesar públicamente su identificación con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección. Haciendo esto, profesa que en adelante su andar será en novedad de vida;  que los miembros que una vez servían al pecado y a Satanás, ahora se emplearán en las sendas de justicia y en el servicio de Cristo. Una acción tan simbólica puede efectuarse sólo por inmersión. Si lee estas palabras alguien que ha confiado en Cristo, pero que todavía no le ha con­fesado por bautismo, quiero rogarle que se someta a Dios en este acto de obediencia. En 1 Pedro 3:21 es llamada la obediencia en el asunto del bautismo, “la aspiración de una buena conciencia hacia Dios”. ¿Cómo puede un creyente tener una buena conciencia, si, conociendo la voluntad de Dios, no la obedece?

Cuestionario

  1. ¿Cuál es la segunda marca de una asamblea sana y espiritual?
  2. Dar dos razones por qué los creyentes deben ser bautizados, con dos referencias escriturarias para apoyar cada razón.
  3. Dar tres palabras o frases para indicar quiénes deben ser bautizados, con una referencia de las Escrituras para cada una.
  4. ¿Cuál es el significado de la ordenanza del bau­tismo?
  5. Dar tres razones para creer que el bautismo debe ser por inmersión.

41                    Recepción a la asamblea

Es evidente a cualquiera que lee el Nuevo Testa­mento que Cristo es el punto focal en todas las reu­niones de la asamblea y es el centro de todas sus actividades y la autoridad de toda su administración. El lugar de preeminencia dado por Dios al Señor Jesu­cristo, haciéndole Centro de su pueblo, siempre ha de gobernar todos los asuntos de la iglesia. Esto es, en verdad, el tercer distintivo de una asamblea sana y espiritual.

La predicación del apóstol Pedro el día de Pente­costés no sólo era enérgica, sino también efectiva. Los que recibieron su mensaje del evangelio fueron con­vertidos a Dios, y, bautizándose, así dieron testimonio público de su conversión. Entonces dieron un paso más‑ se identificaron con los santos. “Se añadieron aquel día como tres mil personas.” La recepción a una asamblea, para disfrutar de su comunión, es una gran bendición, a la cual debe aspirar todo hijo de Dios.

(i)                           ¿Quiénes deben ser recibidos?

¿Quiénes son los aptos para ser recibidos en, o incorporados en, la asamblea? En el caso que estamos considerando, eran los que habían recibido la Palabra (v. 41), y que se habían bautizado, quienes fueron añadidos a la asamblea.

Tales personas se describen en el versículo 47 como “los que habían de ser salvos”, o, literalmente, “los salvados”. En el 2:47 dice: “el Señor añadía cada día a la iglesia” a los salvados. Eso de ser añadidos a la iglesia es obra del Señor, y siempre tiene que preceder la recepción a la asamblea local.

Se ha llamado la atención a distintos términos que se usan para describir a los hijos de Dios, los cuales son sujetos aptos para participar de los privi­legios de la asamblea. Son salvados (Hechos 2:47), cre­yentes (Hechos 5:14), discípulos (Hechos 20:7), cristia­nos (Hechos 11:26), santos (1 Corintios 1:2) y hermanos (Colosenses 1:2). ¡Qué hermosos títulos ha conferido Dios a su pueblo!

(ii)                                     Dos principios en cuanto a la recepción

Hay dos principios en las Escrituras para guiar a las asambleas en la cuestión de la recepción:

El uno es el de recibir a quienes el Señor ha recibido. Léase Romanos 14:1‑3.

Aquí tenemos instrucciones acerca de la recepción de un hermano que es “débil en la fe”;  es decir, uno que no entiende las Escrituras, ni las bendiciones ni las libertades que están en Cristo Jesús. “Recibid al débil en la fe …. porque Dios le ha reci­bido.” En la porción del pasaje anteriormente citado, el apóstol nos instruye a que no pretendamos a decidir sobre los escrúpulos del hombre, ni dilucidar sus dudas tocantes a comer ciertos alimentos y desechar otros. Antes bien, hemos de recibirle a pesar de la debilidad dé su fe, porque Dios le ha recibido. ¿En dónde en­contrará un ambiente más sano y espiritual, o ense­ñanza mejor para fortalecer su fe, que en la asamblea en la cual le han recibido?

De acuerdo con esta instrucción, tenemos una amo­nestación semejante en Romanos 15:7: “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios”.

El otro es de negar de recibir a aquellos que son in­mundos moral o doctrinalmente.

Hay seis inmoralidades nombradas en 1 Corintios 5:11, que son: la fornicación, la avaricia, la idolatría, la maledicencia, la borrachera y el robo. La práctica de éstas excluye a un hombre o a una mujer de ser recibido en una asamblea, y por cierto, de la comunión en ella. Aunque la persona se llame cristiana, queda excluida de toda participación en una asamblea si es culpable de practicar los pecados nombrados. La asamblea es una casa de Dios (1 Timoteo 3:15), un lugar donde Dios escoge morar, “una morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:22). Siendo ésta la morada de Dios, ha de mantenerse limpia. (Comp. Salmo 93:5).

La mala doctrina es también obstáculo para la recepción y la comunión. “Al hombre que cause divi­siones, después de una y otra amonestación, deséchalo” (Tito 3:10). Parece que la primera amonestación de parte de los ancianos es para convencerle por las Escri­turas de que está en error. Véase Tito 1:9. Si se empeña en seguir enseñando el error, entonces debe impedírsele toda participación en la enseñanza. “Es preciso taparle la boca” (Tito 1:11). Esta sería la se­gunda amonestación. Pero si con todo esto persiste en esparcirla mala doctrina, sería preciso desecharle. Como hemos visto, debilidad de fe no constituye ningún obstáculo para la recepción. (Véase Romanos 14:1‑3). Pero, en cambio, la fe pervertida, manifestada en la reten­ción y la propagación de errores en doctrinas funda­mentales‑ esto, sí, excluye a uno de comunión en las asambleas de Dios.

Principios para guiar en la recepción

Algunas veces resulta difícil saber si un postulante para la recepción a la asamblea es o no verdaderamente nacido de Dios. Así era en el caso de Saulo de Tarso. Él tenía fama de ser enconado perseguidor de los cristianos antes de ser salvo. Cuando procuró tener comunión en la asamblea en Jerusalén, “todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo”. En este caso era preciso averiguar y considerar con mucho cuidado antes de recibirle. Bernabé podía contarles cómo era el proceder de Saulo después de ser salvo, y cómo había predicado “denodadamente” en el nombre de Jesús. A base de este testimonio le recibieron;  “y estaba con ellos en Jerusalén, y entraba y salía” (Hechos 9:26­-29).

42                    Comunión en la asamblea

Vamos a considerar ahora el cuarto distintivo: comunión en la asamblea. “Y perseveraban en la doc­trina de los apóstoles, y en la comunión unos con otros” (Hechos 2:42).

La palabra “comunión” es koinonia, deri­vada de koinonos, que quiere decir socio, o colaborador, compañero. Leemos que Jacobo y Juan eran socios, koinonos, con Simón Pedro en las labores de pescar (Lucas 5:10). ¿Qué quiere decir esto? Santiago, Juan y Simón compartían la propiedad. Las responsa­bilidades y las ganancias de la empresa de la pesca en la cual eran participantes. Leemos que Tito, de manera semejante, era compañero y colaborador de Pa­blo en su obra de enseñar y predicar. (Véase 2 Corintios 8:23) Tito compartía con Pablo las responsabilidades, los goces y las tristezas de su servicio por el Señor.

Apliquemos estos principios a la vida de la asamblea, como se la ve en Hechos capítulo 2. Los que habían recibido el evangelio y cumplido con la ordenanza de bautismo, testificando así de su con­versión, fueron afiliados a la asamblea, y perseveraban en la comunión. Compartieron los privilegios y las res­ponsabilidades de la vida y el bienestar de la asamblea. Asistían a la reunión de oración, asimismo al partimiento del pan. Incluso, vendían sus propiedades y sus bienes y repartían el producto a todos según la necesidad de cada uno. Se visitaban de casa en casa comiendo juntos. Todo esto producía alegría y sencillez de corazón. Esto es verdadera comunión.

Hoy en día en las asambleas de los santos, hay gran necesidad de enseñanza sobre este tema. Se debe considerar la asamblea como una compañía de la cual cada miembro es un accionista, teniendo un interés definitivo y una responsabilidad en todas las actividades de ella. Siendo que la asamblea mantiene un testimonio evangélico, por consiguiente yo tengo mi parte en este testimonio. Eso a lo menos exige mi asistencia al culto de la predicación. Puedo invitar a una o más personas a la reunión, y mejor todavía, traerlos conmigo. ¿No puedo orar por los hermanos responsables por el culto, por el que predica, por el pecador que escucha el mensaje? Así participo en el culto del evangelio. Esto es comunión.

Luego tenemos el culto de oración. Cada miembro de la asamblea tiene su parte en esta actividad, asis­tiendo a las reuniones y participando en el ejercicio de la oración. Algunos orarán en voz alta;  otros lo harán en silencio. Pero todos debemos ser participantes en el culto de oración, perseverando en ello.

De la misma manera, todos los miembros de la asamblea han de interesarse por los problemas que se presentan dentro de ella. Habrá ciertos hermanos mejor calificados para resolver estos problemas, pero todos nosotros podemos orar acerca de ellos. También hay asuntos como el de los gastos de la asamblea, y el de comunicarse materialmente con los siervos del Señor. Sin duda cada miembro debe tener ejercicio en cuanto a tomar parte en estas responsabilidades “según haya prosperado” (1 Corintios 16:2), y conforme al propósito de su propio corazón, (2 Corintios 9:7).

Pero la comunión incluye más que eso de tener una parte en la asamblea. Había unanimidad de sentir y sencillez en la asamblea en Jerusalén. Todos estaban de acuerdo. Véase Hechos 2:46, 47. ¿Cómo se puede obtener esta unidad de ánimo?

(i)                           consultando el uno con el otro. Onésimo, el esclavo fugitivo había sido convertido en Roma y sirvió fielmente a Pablo el Apóstol. Este, al saber que era esclavo de Filemón, cristiano que vivía en Colosas, hubiera querido retener consigo a Onésimo, pues le hacía falta;  pero esto podría haber causado ruptura de la comunión entre los dos;  de modo que Pablo le escribió una carta devolviéndole a Onésimo, diciendo: “Yo quisiera retenerle conmigo … pero nada quise hacer sin tu consentimiento, para que tu favor no fuese como de necesidad, sino voluntario” (Filemón 13,14). ¡Qué bien promueve comunión tal espíritu de consideración! “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:24).

(ii)                         trabajando uno con otro: El apóstol escribió a los cristianos de Filipos, exhortándoles que “os comportéis como es digno del evangelio de Cristo”; y les aprobó, diciéndoles, “para que  oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, comba tiendo unánimes por la fe del evangelio” (Filipenses 1:27). La unidad de propósito —compárese, por ejemplo, el interés en el evangelio— y la unidad de acción, como es el “combatir unánimes por la fe del evangelio”, atan los corazones y promueven la comunión.

(iii)        orando el uno por el otro (1 Tesalonicenses 1:2), y amándonos el uno al otro (Juan 13:34). ¿Cómo puede haber ruptura seria entre dos hermanos quienes se aman el uno el otro y oran el uno por el otro?

(v)          sirviendo el uno al otro (Gálatas 5:13)

(v)          exhortando el uno al otro (Hebreos 3:13)

(vi)        consolando el uno al otro (1 Tesalonicenses 4:18) ¡Qué ministerio tan útil es   este!

(vii)       edificando el uno al otro (Romanos 14:19)

Se puede ver, al tratar de estas siete maneras de promover comunión, que se refiere más bien a la comunión entre individuos que a la comunión de la asamblea. Pero se debe recordar siempre que la asamblea es formada por el total de sus miembros. Si hay feliz comunión entre los miembros, habrá feliz comunión en la asamblea.

Cuestionario

  1. ¿Cuál es la tercera seña de la sana práctica en una asamblea?
  2. ¿Quiénes son aptos de ser recibidos a la comunión de una asamblea? Dar tres referencias que apoyen su contestación.
  3. Mencionar dos principios que guían en el asunto de comunión en la asamblea.
  4. ¿Cuál es la cuarta seña de sana práctica en una asamblea?
  5. ¿Qué quiere decir la palabra “comunión”, koinonia?
  6. Indicar cuatro actividades de la asamblea en las cuales se puede practicar la comunión.
  7. Indicar cuatro maneras de promover comunión dentro de la asamblea.

43                    Sana doctrina

La quinta característica de sana práctica en la asamblea, ejemplificada por la asamblea en Jerusalén, es la pureza de doctrina. La verdad cristiana se conoce en las Escrituras como “sana doctrina”. (Tito 1:9, 1 Timoteo 1:10), y “la fe”, Colosenses 1:23, Judas 3)

Es el cuerpo entero de la verdad revelada, con­tenida en las Sagradas Escrituras. Por esto se dice que cada Escritura es “útil para enseñar” (2 Timoteo 3:16). La palabra “doctrina” se usa en las Escrituras en el sentido de enseñanza o instrucción. En los días de la formación de la Iglesia, el Nuevo Testamento no se había escrito todavía, y la enseñanza era transmitida oralmente por los apóstoles. Por eso se llama “la doctrina de los apóstoles”, es decir, la verdad que los apóstoles enseñaban.

Se puede comprender la importancia de sana doc­trina por las siguientes consideraciones:

Nos exhortan de que contendamos “ardiente­mente por la fe” (Judas 3)

No es cristiano de ninguna manera el que niega la “doctrina de Cristo”, ­su deidad, que era Hijo de Dios, su nacimiento virgi­nal, su muerte expiatoria, su resurrección. (2 Juan 9,
1 Juan 2:23)

Cualquiera que niega las doctrinas fundamen­tales es excluido de la comunión de la asamblea. (Tito 3:10; 1 Timoteo 1:19, 20; 2 Timoteo 2:17, 18; 4:14, 15)

Vamos a considerar brevemente ciertas doctrinas fundamentales.

(i)           la inspiración de las Sagradas Escrituras

“Toda Escritura es inspirada de Dios” (2 Timoteo 3:16), expresa exactamente lo que Dios ha dicho. Es la Pala­bra de Dios. Véase también Hebreos 1:1; 2 Pedro 1:21.

(ii)         la deidad de Cristo

Las Escrituras ense­ñan enfáticamente que Jesucristo es el Hijo de Dios, y es Dios Hijo. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1) Leemos en el versículo 14, “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre noso­tros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. El primer ver­sículo afirma su deidad; el otro le identifica como Jesucristo cual Dios. En Hebreos 1:8 lee­mos: “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo”. El Padre le reconoce como Dios el Hijo. En 1 Juan 5:20 está escrito: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna”. Este versículo habla del Hijo de Dios, y para que no haya equivocación acerca de quién se trata está individualizado como Jesucristo.

Luego viene la afirmación enfática, “Este es el verdadero Dios.” Esta doctrina fundamental era parte de la enseñanza de los apóstoles, y necesita ser reiterada con énfasis en estos días de infidelidad moderna, siempre recordando que “todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre” (1 Juan 2:23).

(iii)        su nacimiento de una virgen

En el huerto de Edén Dios predijo el advenimiento del Salvador quien había de herir la cabeza de la serpiente, calificándole como la simiente de la mujer (Génesis 3:15).

Esta palabra “simiente” se encuentra con frecuencia en las Escrituras, y siempre se usa con referencia al padre y no a la madre, con excepción de este solo caso. (Véase Génesis 12:7; Juan 7:42; Juan 8:33; Romanos 1:3) Habría de ser algo insólito acerca del nacimiento del Salvador: Sería la simiente de la mujer. El profeta Isaías explica este acontecimiento así: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14). Al acercarse el tiem­po cuando había de nacer, un ángel del Señor aseguró a José, esposo de María, que “lo que en ella es en­gendrado, del Espíritu Santo es” (Mateo 1:20). En el registro de su genealogía, el Espíritu Santo afirma expresamente: “El nacimiento de Cristo fue así: …” (Mateo 1:18). “Así” implica que había algo distinto a los otros nacimientos mencionados que eran de gene­ración natural.

El ángel, anunciando el nacimiento de Juan, le dijo a Zacarías: “Tu mujer, Elisabet, te dará a luz un hijo”. (Lucas 1:13), porque Juan era el hijo de Zacarías; pero cuando el ángel le habló a José, le dijo: “María tu mujer … dará a luz un hijo …” Este era el Hijo de Dios. Esta doctrina es de suma impor­tancia, porque los hechos sobre los cuales se basa nos provee de un Salvador sin pecado, lo que jamás puede ser ningún hombre nacido de padre humano. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

(iv)        expiación por la muerte de Cristo

El após­tol afirma que el evangelio que él predicaba en Corinto contenía tres grandes verdades:

la muerte de Cris­to, interpretada según las Escrituras

su sepultura

su resurrección, interpretada según las Escritu­ras. (Véase 1 Corintios 15:3,4)

Notemos tres cosas que las Escrituras enseñan con respecto a su muerte:

(a) Su muerte era propiciatoria: “Siendo justi­ficados gratuitamente por su gracia, mediante la reden­ción que es en Cristo Jesús, a quien Dios propuso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:24, 25). La propiciación satisface los reclamos de la santidad de Dios a causa del pecado del hombre, y hace posible que Dios despliegue misericordia, perdonando los pecados. El pecado del hombre es una ofensa contra Dios y su santidad. La muerte de Cristo satisfizo todas las demandas de la santidad de Dios. Tan perfecta y cabalmente arregló el Señor Jesucristo la cuestión del pecado, que está escrito: “Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26). “El es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mun­do” (1 Juan 2:2).

(b) Su muerte era redentora: “Siendo justifica­do gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24). “Redimir” quiere decir volver a comprar, pagando el precio de rescate, y así libertar. Se usa el término para expresar el volver a comprar y librar terrenos enajenados, o a una persona que ha sido vendida a esclavitud. La muerte de Cristo era el precio de rescate pagado para redimir al pecador y librarle. “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino a servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28), rescatados con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18,19). “En quien tenemos reden­ción por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7). La propiciación es el aspecto de la muerte de Cristo que satisface las demandas de Dios. La redención es el aspecto de su muerte en que ésta satisface las necesidades del pe­cador.

(c) Su muerte era sustitutiva: El vocablo sustitución no se encuentra en las Escrituras; pero la doctrina de sustitución es una de las principales verdades de las Escrituras. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). “El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Aquí te­nemos tres verdades:

El cargó el pecado: El Señor “cargó en él el pecado de todos nosotros”. Compárese con “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24).

Sacrificio sustitutivo: “El herido fue por nuestras rebeliones …” Compárese: “Siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Salvación como resultado de este sacrificio: “Por su llaga fuimos nosotros curados.” Compárese: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).

Concluimos, pues, que la expiación es por la muerte de Cristo, y solamente por ella. Por su muerte Dios ha sido propiciado, y por ella el hombre puede ser redimido. Pero esta propiciación y esta redención fue­ron efectuadas por un sacrificio sustitutivo.

(v)          la resurrección de Cristo.

La gran doctrina que ocupaba tan prominente lugar en los primeros días de la predicación del Evangelio, y que era tan íntima­mente asociada con la predicación de su muerte, era la proclamación de su resurrección. Pues, ¿qué se­guridad podríamos tener de que Dios había acepta­do su muerte propiciatoria por nuestros pecados, si no le hubiera resucitado de entre los muertos? ¿Qué prueba podríamos tener nosotros de que tenemos re­dención como resultado de su muerte, si no se hubie­ra levantado del sepulcro? “Si Cristo no resucitó vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15:17). Pero, “Ha resucitado el Señor verdaderamente” (Lucas 24:34). En esto estriba la evi­dencia de nuestra redención: Él “fue entregado por justificación” (Romanos 4:25). Aquí tenemos la prue­ba de que los muertos en Cristo resucitarán: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, los primicias; luego los que son de Cristo en su venida” (1 Corintios 15:20,23).

He aquí una declaración innegable de su deidad: “declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Romanos 1:4).

Esta verdad fundamental, tan esencial al evan­gelio (véase 1 Corintios 15:4; Romanos 10:9), ha sido atacada con tesón por los enemigos de la cruz. Sin embargo, es acreditada en las Escrituras por “muchas pruebas indubitables” (Hechos 1:3). Durante los cuarenta días después de su resu­rrección, fue visto por sus discípulos; les mostró sus manos y sus pies; cenó en una casa en Emaús; preparó pescado asado en la playa de Galilea y lo dio a sus discípulos. Dio instrucciones a sus discí­pulos respecto a propagar el evangelio. Los condujo fuera de Jerusalén hasta Betania, donde los ben­dijo antes de ascender a la gloria. Está sentado allí ahora cual Príncipe y Salvador nuestro.

Probablemente la expresión “la doctrina de los apóstoles” se refiere en primer lugar a la resurrec­ción; pues predicaban ésta constantemente en los pri­meros días de la historia de la iglesia. Véase Hechos 2:24,32; 3:15; 4:10; etc.

Cuestionario

  1. ¿A qué se refiere la expresión, “la doctrina de los apóstoles?
  2. Citar dos pasajes que prueban que la Biblia es inspirada de Dios.
  3. Citar una escritura del Antiguo Testamento y una del Nuevo Testamento, probando que el Señor Je­sús nació de una virgen.
  4. Citar dos pasajes probando que Jesús es el Hijo de Dios.
  5. ¿Cuáles son las grandes verdades que constitu­yen la base del Evangelio?
  6. (a) ¿Qué quiere decir propiciación?

(b)      Citar un texto que prueba que la muerte de Cristo tiene valor propiciatorio.

  1. (a) ¿Qué quiere decir redención?

(b)      Citar una prueba escrituraria qué la muerte de Cristo tiene valor redentor.

  1. ¿Cuáles son las tres grandes verdades que son pro­badas por la resurrección de Cristo?

44                    Ciertas doctrinas fundamentales

Perseveraban en la doctrina de los após­toles, Hechos 2:42

Leemos en 2 Timoteo 3:16: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redar­güir, para corregir, para instruir en justicia.” La doc­trina o instrucción es una parte esencial del cristia­nismo: se la propaga por medio de enseñanza y predi­cación; se la recibe creyéndola. La única declaración autorizada sobre lo que hemos de creer se encuentra en las Escrituras mismas. Credos y declaraciones doc­trinales son peligrosos cuando son aceptados como normas de creencia. Sin embargo, exposiciones de las doctrinas de las Escrituras son provechosas si conducen al lector a escudriñar las Escrituras para ver si las cosas afirmadas son así. El bosquejo de doctrinas en este estudio y en el anterior no ofrece una sinopsis completa de las verdades enseñadas en la Biblia. Tam­poco pretendemos que este tratado sea exhaustivo; pero esperamos que la exposición breve que hemos dado y las referencias citadas ayuden al creyente a aferrarse a estas verdades fundamentales.

 

(vi)        la segunda venida de Cristo

Los discípulos se entristecieron cuando el Señor les dijo: Hijitos, aun estaré con vosotros un poco” (Juan 16:33). Para consolar sus corazones tristes les dijo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios; creed también en mí … Voy, pues, a preparar lugar para vosotros; y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1‑3). Cuando ascendió al cielo, mientras sus discípulos asombrados le seguían con la mirada, Él “fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos” (Hechos 1:9). Entonces dos varones del cielo les tra­jeron este mensaje: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como Le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11).

El apóstol, escribiendo bajo la inspiración del Es­píritu Santo, amplía este tema en
1 Tesalonicenses 4:16,17: “El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos que­dado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”.

No puede haber palabras más claras que éstas: “Vendré otra vez”. “Este mismo Jesús vendrá; … el mismo Señor descenderá del cielo.” Jesús viene. Viene personalmente. Viene a recibir a los suyos a sí mismo. “Vendré otra vez y os tomaré a mí mismo.” “Nosotros, los que quedamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire.” ¡Alabado sea su siempre bendito nombre!

(vii)       la ruina del hombre

A pesar del progreso del hombre en cosas mate­riales, como la ciencia, la medicina, las artes, los negocios, y ­a pesar de sus teorías de la evolución y del mejora­miento, la Biblia enseña que el hombre es un ser caído; que no hay justo; que por sus propias obras ningún hombre puede ser justificado ante Dios; que todos han pecado; que el castigo del pecado es muerte. Léase con cuidado el párrafo entero: Romanos 3:10‑20. Sería difícil encontrar un resumen más conciso de la doc­trina bíblica sobre la caída y la ruina del hombre que el de Romanos 5:12: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”

(viii)      el nuevo nacimiento

Complementaria a la verdad de la ruina del hombre es la de la regeneración, o sea el nuevo nacimiento. Esta verdad la enunció el mismo Señor, hablando a Nicodemo: “El que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). También le explicó la necesidad de este nuevo nacimiento: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (v. 6). Esto quiere decir que el que ha nacido de un linaje arruinado, él mismo está arruinado. Está muerto en delitos y pecados, como leemos en Efesios 2:1. El nuevo nacimiento es traído al pecador por la Palabra de Dios: “Siendo renacidos, no por si­miente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23). Se recibe por medio de la fe: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, las cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12,13). Todos los que creen en su nombre son engendrados de Dios, y así pasan a ser hijos de Dios.

(ix)        la vida eterna de los creyentes

El texto evangélico más resaltante dice: “De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El Señor dijo también: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie les arrebatará de mi mano” (Juan 10:27, 28). Juan epiloga el propósito de escribir su primera epístola así: “Estas cosas he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:13). No es presunción, como dicen algunos, que el creyente diga que tiene vida eterna, y que sepa que la tiene. Son las Escrituras las que declaran que esto es verdad.

(x)          el castigo eterno de los incré­dulos

En contraste a la verdad de la vida eterna del creyente es el hecho del castigo eterno del incrédulo. Se dice de éstos que serán puestos a la mano izquierda de Cristo en el juicio de las naciones. “Irán éstos al castigo eterno.” (Marcos 25:46) A estos mismos les dirá: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno pre­parado para el diablo y sus ángeles” (Marcos 25:41). Terminado el juicio final de los muertos impíos, ha­biendo sido juzgados ellos por las cosas escritas en los libros abiertos, el que no se hallare inscrito en el libro de la vida será lanzado al lago de fuego. (Véase Apocalipsis 20:15) Una descripción de ese lugar terrible, que nos es dada referente al castigo de la bestia y del falso profeta, contiene estas palabras solemnes: “un lago de fuego que arde con azufre” (Apocalipsis 19:20); y, “serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 20:10). Esta es una verdad sumamente solemne ¡Que tema el que lee si no es salvo!

(xi)        la trinidad de Dios

Las Escrituras enseñan que hay un solo Dios (1 Timoteo 2:5), cuyo nombre es Jehová, o El Señor (Deuteronomio 4:35); y que, fuera de Él no hay Dios verdadero (Isaías 44:6). Pero en el Dios único hay tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pablo escribe en
2 Timoteo 1:2 de “Dios Padre”. Juan, en su primera epístola, hablando del Hijo de Dios, le nombra claramente, “su Hijo Jesucristo”; y entonces agrega: “Este es el verdadero Dios y vida eterna” (1 Juan 5:20). En Hechos 5:3, leemos que Ananías mintió al Espíritu Santo; pero en el siguiente versículo leemos que había mentido a Dios, porque el Espíritu Santo es Dios. En atención a que un solo Dios existe en tres personas, no es extraño que se encuentre el nombre de Dios escrito así: “el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19)—un solo nombre, aunque hay tres personas.

(xii)       la personalidad de Satanás

Muchos niegan la personalidad de Satanás, el diablo, declarando que no hay tal ser. Enseñan que Satanás no es más que un principio malo, o que es la ausencia de Dios. Pero las Escrituras enseñan de otra manera. Le dan nombres personales:

 

Satanás (Lucas 10:18)

el Diablo (Mateo 4:1)

Belial (2 Corintios 6:15)

Beelzebú (Mateo 12:24)

Él realiza actos personales: Tentó a Eva (Génesis 3:1‑5). Tentó a Cristo (Mateo 4:1‑11). Se opone a Dios (Zacarías 3:1‑5). Contendió con un arcángel (Judas 9). Él acusa a los hermanos delante de Dios (Apocalipsis 12:10). Su fin será ser lanzado al lago de fuego y azufre donde será atormentado día y noche por los siglos de los siglos (Apocalipsis 20:10).

(xiii)      la creación del universo: Génesis 1:1; Juan 1:1‑3; Hebreos 11:3

(xiv)      la justificación del creyente: Romanos 3:24; 5:1; 5:9; 2 Corintios 5:21

(xv)       las dos naturalezas del creyente: Romanos 7:14‑25, Gálatas 5:16,17

(xvi)      la sujeción del creyente al Espíritu de Dios: Romanos 7:1-39; Gálatas   5:22‑25

(xvii)     que el cristiano dará cuenta de sí en el tribunal de Cristo: Romanos 14:10‑12;                  2 Corintios 5:10; 1 Corintios 3:11‑15

(xviii)   la comunión del creyente con Dios: 1 Juan 1:3‑10; 2:1‑2

(xix)      el señorío de Cristo: 1 Pedro 3:15; Hebreos 3:1‑6; 1 Corintios 1:2

Cuestionario

  1. Citar tres pasajes para probar que el Señor Jesu­cristo vuelve
  2. Citar un versículo que da brevemente la enseñanza de la Biblia con respecto a la caída y la ruina del hombre
  3. ¿Por qué es necesario que un hombre nazca de nuevo?
  4. Citar un versículo que enseña que se recibe el nuevo nacimiento por medio de la fe en Cristo
  5. Citar un versículo probando que el creyente tiene vida eterna
  6. Probar por las Escrituras que los muertos impíos serán castigados eternamente
  7. Probar por las Escrituras que hay tres personas en la Deidad
  8. Dar tres pruebas de que existe el diablo cual un ser personal
  9. ¿Cómo puede ser justificado un pecador delante de Dios?

10       ¿Cómo puede ser perdonado un creyente que ha pecado?

 

45                    La cena del Señor

Perseveraban en la doctrina de los após­toles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan, y en las oraciones, Hechos 2:42

 

(i)           la institución de la cena del Señor: Lucas 22:19‑20

La cena del Señor fue instituida por el Señor mismo la noche que fue entregado (1 Corintios 11:23). Era la noche en que se celebraba la pascua, la última ce­lebración aceptable a Dios de esta fiesta significativa, porque al día siguiente Cristo murió. “Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7). Aquella noche memorable se celebró la pascua por última vez, según la consideración de Dios, y la cena del Señor fue instituida. Esto señala el fin de una dispensación y el principio de otra: terminó la dispensación de la ley y empezó la de la gracia. Alguien ha dicho que ni por una hora dejó Dios a su pueblo sin hito —a saber, un poste para señalar el camino— de esperanza. De la pascua se miró atrás a la noche de Éxodo 12, y adelante a la cruz de Cristo (1 Corintios 5:7). Pero después de la cruz no habría más necesidad de la fiesta de la pascua. Por esto el Señor, al terminar la pascua, inauguró la cena que es de Él, la cual mira atrás hacia la cruz y adelante hacia su venida
(1 Corintios 11:26).

Está enunciado muy claramente el significado del partimiento del pan: “Habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí” (1 Corintios 11:24). El acto de partir el pan significa el quebrantamiento de su cuerpo cuando se dio a sí mismo por nosotros en la cruz. De igual manera explica acerca de la copa: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:20). ¡Qué palabras tan significativas son éstas! (Conviene, para una mejor comprensión, separar por medio de una raya los versículos 18 y 19 en Lucas 20. La copa del ver­sículo 17 pertenece a la fiesta pascual; la copa del vs. 20 corresponde a la cena del Señor.)

El propósito de la celebración de la cena del Señor está también claramente enseñado: “Haced esto en memoria de mí” (v. 19). ¡Qué preciso es tener auto­ridad escrituraria para guardar esta sencilla fiesta con­memorativa en afectuosa memoria del Señor mismo! Sentado a su mesa, en su misma presencia, ¡qué memo­rias sagradas inundan el alma, delante de los emblemas de su cuerpo quebrantado y su sangre derramada, las cuales dan a la fiesta el ambiente del Calvario!

(ii)         la celebración de la cena del Señor: Hechos 2:42; 20:7

En aquellos días primitivos, se fijó un día definido para celebrar esta fiesta conmemorativa. “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba …” (Hechos 20:7) La ob­servancia de los sábados terminó cuando Cristo yació en la tumba; se acabó la dispensación de la ley. Esta idea se insinúa en Mateo 28:1, donde dice: “Pa­sado el día de reposo, al amanecer el primer día de la semana …” En el idioma original la palabra es en plural: “los sábados”. Seguramente era el amanecer de una nueva era, la dispensación de la gracia, aquel primer día de la semana, cuando el Señor se levantó de entre los muertos; y desde entonces es el primer día que se ha de celebrar en memoria de Él. Era éste el día, el día del Señor, el primer día de la semana, cuando los discípulos se reunían para partir el pan.

¿Quiénes eran los que se reunieron con este sa­grado objeto? “Reunidos los discípulos para partir el pan”, Solamente los cristianos —los salvados— pueden recordarle y con-memorarle. Los que no han sido rege­nerados nunca le han conocido. ¿Cómo, pues, podían conmemorar su muerte? En estos días se aducen argu­mentos especiosos para justificar la participación de la mesa del Señor de cualquier persona que tenga tan solo el deseo para ello, pero las Escrituras no permiten la participación de la cena a nadie sino a los discípulos.

Había también un lugar definido en donde los israe­litas habrían de celebrar la fiesta memorial de la pascua por mandato de Jehová: “No podrás sacrificar la pas­cua en cualquiera de las ciudades que Jehová tu Dios te da; sino en el lugar que Jehová tu Dios escogiere para que habite allí su nombre, sacrificarás la pascua” (Deuteronomio 16:5,6). Igualmente definida era la práctica de la iglesia primitiva. El partimiento del pan se efectuaba cuando los discípulos se reunían con este propósito el primer día de la semana.

¡Cuán específicamente está afirmado el propósito de esa reunión el primer día de la semana! “Reunidos los discípulos para partir el pan”. Esto era el propósito principal de la reunión. El Señor mismo les había mandado “haced esto en memoria de mí”. Los cora­zones fieles se complacían en obedecer este mandato.

Pablo aprovechó la oportunidad que le dio la reunión de los discípulos para predicarles la Palabra. Muchas veces esta reunión es la más represen­tativa de la asamblea, y por eso ofrece una oportunidad excelente para el ministerio. Por el contexto, parece que el partimiento del pan sucedió primero, seguido de la predicación de Pablo. Seguramente el ministerio de enseñanza debe seguir, y no preceder, el partimiento del pan para que no interrumpa el orden de adoración que tanto conviene al partimiento del pan. Pero, cuán­tas veces ha refrescado las almas y ha estimulado la adoración un breve mensaje devocional antes de partir el pan, un mensaje que introduce al Señor directamente en las meditaciones del alma.

(iii)        la significación de la cena del Señor: 1 Corintios 10:16‑21; 11:20‑34

Como el bautismo, la otra ordenanza dada a la Iglesia cristiana, la cena del Señor fue instituida en los evangelios, practicada en Hechos de los Apóstoles y explicada en las Epístolas. Notemos que:

(a) La cena del Señor es una expresión de co­munión.

“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (1 Corintios 10:16). La cena del Señor es una expresión de comunión, una comunión establecida por el derra­mamiento de la sangre de Cristo, por la ofrenda de su cuerpo como sacrificio propiciatorio. Esta comunión abarca a los muchos, quienes son un pan, un cuerpo, los que han participado de Cristo. “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo porque todos participamos de aquel mismo pan” (1 Corintios 10:17). La comunión del cuerpo de Cristo se expresa participando de la cena del Señor. Participar de la cena significa participación del valor de su sangre derramada y de su muerte expiatoria; así como el participar del altar (vs. 18) significa participación del ritual del Antiguo Testamento de sus sacrificios y de la observancia de la ley. De la misma manera, el comer cosas ofrecidas a ídolos significa participación de la mesa de los demonios. Los ídolos nada son, pero los demonios detrás de la idolatría existen verdadera­mente. (Véase 10:19,20)

 

(b) La cena del Señor es una fiesta memorial.

“Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11:26). ¡Qué deleitoso es sen­tarnos con sus santos reunidos, teniendo la promesa asegurada de su presencia en medio (Mateo 18:20), a contemplar la cruz de Cristo! ¡Qué recuerdos inun­dan nuestras almas, recuerdos acerca de sus sufrimientos, de la ignorancia acumulada sobre Él, de su mansa paciencia, del amor que le constriñó morir así, del valor expiatorio y redentor de su sacrificio! De veras, es una fiesta de recuerdos benditos que estimulan a nuestras almas a maravillarnos, a agradecerle y a adorar al Señor, cada vez que participamos de ella.

(c) La cena del Señor es una declaración de su muerte.

“Así, pues, todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.” El comer del pan y el beber de la copa constituye un acto de testimonio al mundo en derredor, de que somos salvados por la muerte de Cristo. Participando de la fiesta, proclamamos esta verdad gloriosa. Pero el comer del pan y beber de la copa es también un acto de adoración—una declara­ción delante de Dios del valor expiatorio del sacrificio que fue realizado en la cruz.

(d) La cena del Señor es una anticipación de su venida.

“Todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anun­ciáis hasta que él venga”. La fiesta es un hito que señala hacia adelante a su segunda venida, fiesta que, habiendo comenzado cuando fue a la cruz, continuará hasta que Él venga a recibir a los suyos para que estén siempre con Él. Si miramos hacia la cruz desde la mesa del Señor, nos recuerda que hemos sido redimidos por su sangre preciosa. Si miramos adelante, nos recuerda que Él ha prometido venir pronto.

46                    Las oraciones

Una de las marcas distintivas de un cristiano es que ora. Cuando Saulo de Tarso fue convertido, Dios encargó a un tal Ananías que le ministrara a Saulo. Le dio a Ananías una señal por la cual le conocería: “He aquí él ora”. Es una de las actividades caracterís­ticas del cristiano. La oración es un distintivo de una asamblea sana y espiritual. “Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan, y en las oraciones” (Hechos 2:42).

La oración da al creyente audiencia en el cielo. Puede acudir hasta allí con plena libertad, no con temor y temblor como Ester cuando entró en la presencia del rey sin que él la llamara (Ester 4:11; 5:1‑3); pues el cetro siempre está extendido hacia nosotros. Véase Hebreos 4:16. En este ejercicio santo de la oración el cristiano renueva sus fuerzas después de bregar en la batalla. Es por la oración que levanta con alas, como si fuera, de la atmósfera sórdida de la tierra hasta respirar el aire del mismo cielo. Es por la oración que obtiene la gracia para correr la carrera sin cansarse; para andar en las sendas de jus­ticia sin desmayar (Isaías 40:31). Es el descuido de este ejercicio santo que produce cansancio en la carrera, desmayo en el camino, y que debilita cuando necesi­tamos fuerza.

Siendo así las cosas, bien se ha dicho que la oración es el termómetro que indica la temperatura espiritual de la asamblea. ¡Qué triste es cuando el termómetro indica una temperatura de poco más de cero grados!

Cuestionario

  1. ¿Qué significa la celebración de la cena del Señor?
  2. ¿En qué día de la semana se ha de celebrar la cena del Señor?
  3. ¿Quiénes pueden participar de la cena del Señor?
  4. Citar Escrituras para probar que la cena del Señor es:

(a) una expresión de comunión

(b) una fiesta de recordación

(c) una declaración de la muerte del Señor

(d) una anticipación de su venida

  1. ¿Cuál es el séptimo distintivo de una sana asamblea cristiana?
  2. Citar una Escritura para demostrar el valor de la oración.
  3. Nombrar los siete distintivos de una asamblea sana y espiritual.

F—El desarrollo de la asamblea cristiana

Ver

Presentación

El desarrollo de la Iglesia: Hechos 21:26

la institución de la Iglesia: Hechos 2

la expansión de la Iglesia:

el evangelio ofrecido a Samaria: Hechos 8

la conversión de Saulo de Tarso: Hechos 9

la asamblea en Antioquia: Hechos 11:19,30

la asamblea en Antioquía: Hechos 11:19‑30; 13:1‑3

compuesta de judíos y gentiles: 11:19‑20

el primer uso del término “cristianos”: 11:26

guiada por el Espíritu Santo: 13:2

variedad de dones de ministerio: 13:1

independiente; sin embargo, en comunión con la asamblea en Jerusalén: 13:1‑3; 15: 1‑32

encomendó evangelistas y pastores: 13:2‑4

interesada en la obra misionera del evan­gelio en países extranjeros: 14:26‑27

La edificación de una asamblea cristiana ‑1 Corintios 3:10‑17

la asamblea en Corinto: 1 Corintios 1:2; 3:16

poniendo el fundamento: 1 Corintios 3:10

edificando sobre el fundamento: 1 Corintios 3:12

oro, la gloria de Dios: Éxodo 25:18; Hebreos 9:5

plata, redención: Éxodo 30:12, 13; 38:25

piedras preciosas, Cristo: 1 Pedro 2:6; Apo­calipsis 4:3

los principios escriturarios de la asamblea, y los que no son escriturarios

las personas en la asamblea ‑ las salvadas y las que no son salvadas

las prácticas en la asamblea: son escriturarias, ¿o no lo son?

premio o pérdida

El servicio de las mujeres en la asamblea cristiana‑ Efesios 5:24, 25, 32

el papel de la mujer en relación a su marido:

que sea ayuda idónea para él: Génesis 2:18­24; y que le esté sujeta a él, siendo él la cabeza del hogar: 1 Timoteo 5:14; Tito 2:4, 5

para simbolizar la iglesia en sumisión a Cristo: Efesios 5:22, 23

el papel de la mujer en la asamblea cristiana:

ha de callarse en la iglesia: 1 Corintios 14:34, 35

no se le permite enseñar: 1 Timoteo 2:12

no ha de ejercer dominio sobre el hombre: 1 Timoteo 2:12

ha de llevar el cabello largo, y orar con la cabeza cubierta: 1 Corintios 11:3‑15

la esfera de servicio de la mujer:

el gobierno de la casa: 1 Timoteo 5:14; Tito 2 :3‑5

la benevolencia y las buenas obras: 1 Timoteo 5:10; Romanos 16:1, 2; Hechos 18:1‑3

la instrucción particular: Hechos 18:26

el testimonio personal: Filipenses 4:3

 

El desarrollo de la Iglesia

Se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquia, Hechos 11:26.

47                    La institución de la Iglesia

Ya hemos aprendido la maravillosa historia contada en Hechos de los Apóstoles capítulo 2 de la venida del Espí­ritu Santo el día de Pentecostés, viniendo como “un viento recio que soplaba”, en poder regenerador, vinien­do con “lenguas repartidas como de fuego”, asentán­dose sobre cada uno de los discípulos, para enseñar que todos los regenerados son participantes del Espí­ritu Santo, trayendo el don de las lenguas para indicar el testimonio universal que fue entregado al pueblo de Dios. Este fenómeno extraordinario se llama el bautismo en el Espíritu Santo (Hechos 1:5), opera­ción por la cual todos aquellos ciento y veinte creyentes fueron constituidos un cuerpo (1 Corintios 12:13). Este cuerpo se llamaba “la iglesia”, ekklesia, o sea, la asamblea; y porque estaba situada en Jerusalén, se le llamaba “la iglesia (o asamblea) que estaba en Jerusalén” (Hechos 8:1). Su crecimiento en esta ciu­dad era asombroso. El primer día de su existencia se le añadieron a ella como tres mil almas, número que pronto se aumentó hasta unos cinco mil (Hechos 2:41, 4:4). Pero, durante algunos años la actividad de la asamblea cristiana se limitaba mayormente a Jerusalén.

48                    La expansión de la Iglesia

Pero después de la muerte de Esteban, “hubo gran persecución contra la iglesia que estaba en Jeru­salén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el Evangelio” (Hechos 8:1,4). De modo que la persecución descargada sobre la iglesia se volvió en una gran bendición. La persecución esparció a los santos; pero éstos a su vez promulgaron el evangelio donde quiera que iban los cristianos. Felipe llevó el evangelio a Samaria, y muchos creyeron y fueron bautizados (Hechos 8:5, 12). Un estadista africano, canciller de la reina de Etiopia, también oyó el evangelio de los labios de Felipe, lo creyó y se bautizó. De esta manera llegó el evangelio hasta África. (Hechos 8:26‑40).

En el capítulo 9, tenemos la conversión de Saulo de Tarso, instrumento escogido, a quien el Señor es­taba preparando para llevar el evangelio a los gentiles, a los reyes y a los hijos de Israel (v. 15). El capítulo 10 narra la conversión de Cornelio, el primer gentil convertido al cristianismo. Dios no sólo estaba enviando el evangelio más allá de los confines de Jerusalén, sino que lo hacia llegar hasta los gentiles.

49                    La asamblea en Antioquía

En la misericordia de Dios, el evangelio llegó hasta la ciudad de Antioquía en Siria del norte. Los primeros misioneros que fueron a esta ciudad eran de Jerusalén directamente, y predicaron a los judíos úni­camente (Hechos 11:19). Mas Dios tenía aun mayores propósitos de gracia para Antioquía. Dentro de poco llegaron otros predicadores, hombres de la isla de Chipre en el mar Mediterráneo, y de Cirene, ciudad en el norte de África. Estos hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús” (v. 20). Entonces leemos estas gloriosas palabras: “Gran número creyó y se convirtió al Señor. ¡En verdad, Dios había dado arrepentimiento a los gentiles!

Noticias de esta obra evangélica pronto llegaron hasta Jerusalén, y la iglesia de allí envió a Bernabé a Antioquía para que indagara e informara acerca de la obra allí. Cuando llegó Bernabé, se le conmovió el alma al ver la obra de la gracia de Dios en Antioquía. Como verdadero “hijo de consolación” (pues esto es lo que quiere decir el nombre “Bernabé”), los “exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor” (v. 23). Bajo el ministerio de Bernabé, “una gran multitud fue agregada al Señor”.

Parece que Bernabé era un buen predicador del evangelio y un buen exhortador, teniendo dos dones muy provechosos para cualquiera asamblea. Pero todo recién convertido necesita enseñanza además de exhor­tación. Así que Bernabé salió de Antioquía en busca de Saulo, a quien más tarde conocemos como Pablo el apóstol. Este acompañó a Bernabé para Antioquía, donde por todo un año ambos “se congregaron allí con la iglesia y enseñaron a mucha gente”.

Hay siete características de la asamblea en Antio­quía que merecen nuestra atención:

(i)                           Era compuesta de judíos y gentiles: “un gran número que creyó y se convirtió al Señor (Hechos 11:19‑21).

En esto era muy distinta de la asamblea en Jerusalén, que, según parece, era compuesta de judíos solamente. Este nuevo orden de las cosas, introducido en Antioquía, representa la voluntad de Dios para su iglesia durante la dispensación actual. Bajo el antiguo pacto había una gran pared separando a los judíos de los gentiles. Los judíos tenían pactos y promesas, sacrificios y ofrendas, un santuario, y una nube de gloria en la cual moraba Dios en medio de ellos. Pero los gentiles no tenían nada de esto. Moraba al lado de afuera de la pared. Estaban “sin Cristo” (¿puede haber peor calamidad que eso?) “alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Pero bajo el nuevo pacto todo esto es cambiado. Judío y gentil igualmente están reconciliados a Dios en un cuerpo por medio de la cruz. Está derribada la pared de separación entre ellos. Léase con cuidado Efesios 2:11­18. Este nuevo ideal del judío y  el gentil salvados y reunidos en un solo cuerpo se efectuó por primera vez en la asamblea de Antioquia.

(ii)                         “A los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26)

Se ha supuesto que el nombre de “cristiano” fue dado como apodo a estos discípulos por la gente de Antioquia, pero un estudio de la palabra en el griego desaprueba esto. La palabra traducida aquí “llamar” tiene el sentido de ser llamado divinamente, declarar como por un oráculo. Los usos en los pasajes siguientes indicarán su significación:

“Le había sido revelado por el Espíritu Santo” (Lucas 2:26)

“Se le advirtió (Dios) a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo …” (Hebreos 8:5)

“Por fe Noé, cuando fue advertido por Dios de cosas que aun no se veían …” (Hebreos 11:7)

Es evidente que la palabra traducida “llamarse” lleva la idea de revelación divina. Los discípulos fueron llamados cristianos por la voluntad divina por primera vez en Antioquía. ¿Por qué en Antioquía? ¿Por qué no les dio Dios este nombre hermoso a los santos de Jerusalén? Ciertamente eran cristianos, aun­que no se llamaban así. ¿No sería porque fue en Antio­quía que por primera vez el judío y el gentil se en­contraron en un plano común, y por eso Dios les confirió en Antioquía el nombre de cristianos?

(iii)        Eran sujetos a la dirección del Espíritu Santo (Hechos 13:2).

Era la voluntad del Espíritu Santo que Bernabé y Saulo ahora salieran de Antioquía, una asamblea bien establecida por entonces, y que llevasen el evangelio a otras partes Los santos en Antioquía estaban tan enteramente en contacto con el Espíritu Santo de Dios que supieron interpretar sus deseos, por lo que enca­minaron a Bernabé y a Saulo. ¡Qué bendito es cuando una asamblea está en contacto tan estrecho con Dios que el Espíritu Santo puede hablar a la asamblea, y ella oír y obedecer!

(iv)        Recibían ministerio de hombres dotados por Dios (Hechos 13:1)

Había ciertos profetas y maestros en Antioquia que, ministrando al Señor, enseñaban y predicaban en la asamblea. Se debe notar que había varios de estos pro­fetas y ministros. No es saludable que el ministerio se limite a un solo hombre. Tampoco es edificante cuando una asamblea esté expuesta al ministerio de cualquier hermano. “El Señor mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros” (Efesios 4:11). Además, se debe notar que esta diversidad de dones de ministerio resultó en diversidad del mismo ministerio dentro de la asamblea: predicación del evangelio (Hechos 11:20); exhortación (11:23); enseñanza (11:26).

(v)          Aunque la asamblea de Antioquia era indepen­diente de la asamblea de Jerusalén, se mantenía comunión entre las dos asambleas

La asamblea en Antioquía se llamaba “la iglesia, ekklesia, que está en Antioquía”. Era una iglesia lo mismo como la iglesia en Jerusalén. Tenía sus propios profetas y maestros. El Espíritu de Dios trataba direc­tamente con esta asamblea y no por medio de la asam­blea en Jerusalén. (Hechos 13:1-4) Pero, aunque las dos asambleas eran independien­tes, eran también interdependientes. Probablemente po­drían presentarse problemas que harían necesario un mutuo entendimiento entre ambas asambleas para que la comunión se mantuviera.

Tal problema surgió en rela­ción con la recepción de creyentes gentiles en la iglesia de Antioquia. ¿No tenían que ser circuncidados antes de que pudieran ser recibidos? Ciertos hermanos fueron de Antioquía a Jerusalén para tratar el asunto (Hechos 15:1, 2). Felizmente se arregló el problema cuando lo consideraron en un espíritu de comunión. (Véase Hechos 15:4‑32) Otra expresión hermosa de comunión entre asambleas se ve en el donativo enviado por la asamblea en Antioquía para sus hermanos en Judea. (Hechos 11:27‑30)

(vi)        Encomendaron evangelistas y maestros (Hechos 13:2‑4)

Los dones son en primer lugar para la edificación de la asamblea; pero, después de ser usados y probados allí, Dios a veces quiere que sean usados en los lugares de más allá. ¡Qué bueno es cuando una asamblea sea tan prosperada espiritualmente que puede compartir sus dones de ministerio con otros lugares menos afor­tunados!

Aquí parece haber instrucción definida para guiar­nos en encomendar a hermanos para la obra del Señor más allá de los confines de la asamblea en la cual están en comunión. Según vemos, el orden es así:

(a) La posesión de un don definido (v. 1). Hemos visto que había en la asamblea en Antioquía profetas y maestros dotados por el Espíritu Santo para su obra
(1 Corintios 12:4‑11).

(b) Una llamada personal para la obra (v. 2). Es­tos hombres ministraron al Señor en su propia asamblea, probando su don y su habilidad de ministrar con pro­vecho.

(c) Los santos fueron dirigidos para separar a algunos de estos hombres dotados, a la obra del Señor (v. 2). Aquí tenemos dos puntos que se debe notar:

No había de enviar a todos los hombres do­tados a la obra en otras partes. Se necesitaban algunos de estos en la asamblea misma.

Fue el Espíritu de Dios el que manifestó a los santos que Bernabé y Saulo habían de salir. No los enviaron porque ellos deseaban la encomienda, sino porque el Espíritu Santo dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo”.

(d) Como resultado de lo anterior, tuvieron la comunión y la encomienda de la asamblea (v. 3). Había ejercicio espiritual de parte de la asamblea en este asunto, porque oraron y ayunaron. Expresaron su co­munión con estos dos hermanos, imponiéndoles las manos. Compárese 1 Timoteo 5:22. Esta manera de enco­mendar a hermanos se llama, “enviados por el Espíritu Santo” (v. 4). Alguien ha dicho, “Salir sin ser enviado, ­volver sin ser bendecido”.

(vii)       Se interesaron por la obra misionera en otros países (Hechos 14:26, 27)

Encomendados por sus hermanos, Pablo y Bernabé salieron de Antioquía y viajaron hacia el occidente, visitando la isla de Chipre, y a muchas ciudades en las partes del sur de Asia Menor. Parece que varias asambleas fueron plantadas por estos dos hermanos; y establecían a los santos en las cosas de Dios por medio de su ministerio (14:21‑25). Al volver ellos a Antioquia, la asamblea se reunió para oír el relato de la obra del Señor en lugares lejanos. “Refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles” (14:27).

Cuestionario

  1. ¿Cómo son hechos miembros del cuerpo de Cristo los que creen?
  2. ¿Qué acontecimiento influyó en la propagación del evangelio más allá de Jerusalén?
  3. ¿En qué forma se diferenciaba la asamblea de An­tioquia con la asamblea en Jerusalén?
  4. ¿Por qué razón se les llamó a los discípulos cris­tianos por primera vez en Antioquía?
  5. ¿Por qué dejaron Antioquía Pablo y Bernabé, para ir a los lugares de más allá?
  6. Nombrar tres géneros de ministerio que se hallaban en Antioquía.
  7. ¿Cuáles fueron las dos maneras en que demostró la asamblea de Antioquía su interés en los lugares de más allá?

 

La edificación de una iglesia

Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edificará encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica, 1 Corintios 3:10

50                    La asamblea en Corinto

La asamblea en Corinto se describe en 1 Corintios 1:2 como “la iglesia de Dios que está en Corinto, … los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” Tal es la composición de una asamblea escrituraria. Se compone de los santificados, o santos, los separados para Dios por la muerte de su Hijo. Juntos, se llamaba “la iglesia de Dios”.

Le ha agradado a Dios morar en medio de sus santos reunidos por el Espíritu Santo. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (3:16). Por esta razón una asamblea se llama un “templo de Dios”, y “una casa de Dios”. Com­párese Efesios 2:21,22 con
1 Timoteo 3:15: “… la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”.

Dios ha entregado a los hombres la edificación de esta casa. Pablo dice que él puso el fundamento de la iglesia en Corinto, y que otros hombres edificaron encima de este fundamento. Les amonesta que edifiquen sabiamente, porque tal construcción buena aguantará la prueba al tribunal de Cristo y recibirá una recom­pensa. Les advierte que una edificación defectuosa no resistirá esta prueba, sino que los edificadores sufrirán pérdida cuando Cristo recompense a sus siervos por su obra.

51                    Poner el fundamento

El apóstol puso el fundamento de la asamblea en Corinto por la predicación del evangelio en esta ciudad. Leemos que: “Pablo estaba entregado por entero a la predicación de la Palabra; testificando a los judíos que Jesús es el Cristo” (Hechos 18:5). “Mu­chos de los corintios, oyendo, creían y eran bauti­zados” (Hechos 18:8). El apóstol perseveró con estos nuevos convertidos por un año y medio, “enseñándoles la Palabra de Dios”. Él denomina a esta obra como la acción de poner el fundamento de la asamblea. En­tonces añade la advertencia significativa: “Na­die puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (v. 11). A lo largo de los años siguientes hombres han entrado en nuevos luga­res, predicando el evangelio. Han bautizado a los cre­yentes; los han reunido en asambleas, y les han ense­ñado la Palabra de Dios. Ellos también han puesto fundamentos. Otros los han seguido y han edificado sobre el fundamento.

52                    Edificar sobre el fundamento

“Si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno será manifiesta: porque el día la de­clarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno, cual sea, el fuego la probará” (1 Corintios 3:12).

Así hay dos tipos de construcción:

oro, plata, piedras preciosas

madera, heno, hojarasca

El pri­mer tipo de construcción es de gran valor, mientras que el segundo es casi sin valor. El primer tipo aguan­tará la prueba de fuego, y será purificado por ella; pero el segundo tipo será consumido por el fuego.

¿Qué significan los materiales oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca?

Dios instruyó a los israelitas que hicieran dos que­rubines de oro para ponerlos sobre el propiciatorio, el cual fue puesto sobre el arca de oro. (Éxodo 25:18) En Hebreos 9:5 se llaman, “los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio”, lo cual nos enseña que en el simbolismo de las Escrituras, el oro significa la gloria de Dios.

En las instrucciones para tomar el número de los hijos de Israel, leemos que cada hombre tenía que traer medio siclo como “rescate de su persona” (Éxodo 30:12,13). Por Éxodo 38:25 entendemos que este siclo para rescate era de plata. Por eso aprendemos que en el simbolismo de las Escrituras la plata repre­senta rescate, esto es, redención. En 1 Pedro 2:6, se describe al Señor Jesucristo como “la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa”. De esto aprendemos que en las Escrituras, la piedra preciosa es símbolo de Cristo. En armonía con esta interpretación, tenemos la descripción de Cristo como Juan le vio sobre el trono en la gloria: “Y el aspecto del que estaba sentado era semejante de piedra de jaspe y de cordelina” (Apocalipsis 4:3).

La madera, el heno y la hojarasca no son sino productos de la tierra. El primero tiene valor comer­cial. El segundo sirve para alimentar apetitos naturales. El último no es más que basura. ¿Es posible que móviles mercenarios entren en la edificación de una asamblea? ¿Es posible que alguno edifique para gratificar sus propios deseos carnales? ¿Es posible que se introduzca basura en la construcción de una asamblea de Dios? Entremos a considerar acerca de este edificio.

53                    Los principios de la asamblea

Hay tres cosas incorporadas en la edificación de una asamblea: principios, personas y prácticas. Ya hemos estudiado los principios distintivos de una asamblea cristiana; las cosas que la distinguen de las organizaciones del hombre. (Véase los estudios sobre Mateo 18:20) A saber:

limitada a miembros cristianos

congregados en el nombre del Señor Jesu­cristo

la presencia del Señor en medio de ellos

sujeta al señorío de Cristo

guiada por ancianos

instruida por ministros

el ejercicio del sacerdocio de creyentes

Cuando tales principios son incluidos en la edifi­cación de una asamblea, cuando enseñamos a los cre­yentes que éstos son los mandamientos de Dios, cuando la asamblea que edificamos se caracteriza por estos principios, entonces nuestra edificación será para la gloria de Dios, y será evaluada como oro en aquel día. Aguantará la prueba de fuego (el santo juicio de Dios) y será recompensada. ¡Ay de los que enseñen principios contrarios, y hasta por ganancia! Su construcción es de materia terrenal, y por lo tanto no aguantará la prueba de la presencia escudriñadora de Dios, ni me­recerá ninguna recompensa en aquel día.

54                    Personas en la asamblea

Puede haber dos peligros en la edificación de una asamblea: el de incluir personas no salvadas y el de excluir personas moral o doctrinalmente habilitadas. La composición de la asamblea en Corinto incluía a los “santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos”. Cuando se edifica así, sobre la base de redención, lo edificado será de plata en aquel día. Soportará la prueba del santo juicio, y el que edificó recibirá su recom­pensa. Es muy triste cuando los hombres introducen en una asamblea a los que no son salvos, ya sea para aumentar numéricamente la asamblea, o para agradar a personas que, estando en la asamblea, verán con satisfacción que sus parientes o amigos son admitidos a ella. Esta manera de edificar es sólo para gratificar deseos carnales, y será calificado de heno en aquel día. Que recuerden los tales que la obra de cada uno, cual sea, el fuego la probará, y no por su tamaño, sino por el valor de su material.

55                    Prácticas en la asamblea

Además de los principios que caracterizan una asamblea y las personas que la componen, hay las prácticas propias de ella. Ya hemos aprendido siete prác­ticas importantes de la iglesia en Jerusalén, en nuestros estudios en el capítulo 2 de Hechos de los Apóstoles; a saber:

la sana predicación del evangelio

el bautismo de los creyentes

la recepción a la asamblea

la sana doctrina

la comunión de la asamblea

el partimiento del pan

las oraciones

Estas prácticas, motivadas por el amor de Cristo, se verán como piedras preciosas en aquel día. Aguan­tarán la prueba del fuego y recibirán recompensa. Pero, ¿qué diremos de prácticas no escriturarias, como baza­res en las “iglesias”, pidiendo dinero a los inconversos para “adelantar la buena causa”? Dejando la buena doc­trina, predican en su lugar filosofías y la política. Todo esto es hojarasca, a saber, basura, y en aquel día será consu­mido en el fuego.

56                    Premio o pérdida

“Si permaneciere la obra de alguno que sobre­edificó, recibirá recompensa.” ¡Qué gracia de nuestro Señor, que nos recompensa la obra de edificar! ¡Qué gozo para aquellos que han edificado con plata y piedras preciosas, oir de sus propios labios, “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel; sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”!

Pero si uno edifica con madera, heno u hojarasca, “por el fuego será revelada, y la obra de cada uno cual sea, el fuego la probará si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”.

Es una tragedia para un agricultor cuando tiene el infortunio de ver su casa, su granero, todo el pro­ducto de su vida de trabajo, consumiéndose en llamas, y él incapaz de detener la conflagración.

Mayor tragedia será para nosotros si tenemos que mirar el edificio de nuestras obras consumido por “el fuego” ante el tribunal de Cristo; consumido porque se caracterizó por la enseñanza de principios contrarios a las normas de las Sagradas Escrituras, y para ganancia personal—madera; consumido porque permitimos la introducción de personas no convertidas en la asamblea para satisfacer caprichos personales—heno; o con­sumido porque introdujimos prácticas no escriturarias en la asamblea—hojarasca. Pero, aunque el hombre por eso sufra pérdida, “él mismo será salvo, aunque así como por fuego.”

Cuestionario

  1. ¿Por qué se llama a una asamblea cristiana “una casa de Dios”?
  2. ¿Qué fundamento se ha de poner antes de edificar una asamblea de Dios? Citar de     las Escrituras para probar su contestación.
  3. (a) ¿De qué es símbolo el oro en las Escrituras? Dar dos referencias.

(b)      ¿Qué representa la plata? Dardos referencias.

(c)       ¿De qué son símbolo las piedras preciosas? Dar dos referencias.

  1. Nombrar siete principios de la asamblea cristiana que serán consideradas en el tribunal de Cristo.
  2. ¿Por qué habrá pérdida de recompensa por introdu­cir inconversos a una asamblea?
  3. Nombrar siete prácticas de la asamblea cristiana que traerán recompensa en el tribunal de Cristo.

 

El servicio de la mujer

Así que, como la iglesia está sujeta a Cris­to, así también las casadas estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella. Grande es este misterio; mas yo digo esto con respecto de Cristo y la iglesia, Efesios 5:24, 25, 32.

La posición que las Escrituras dan a la mujer en la iglesia es de gran interés, además de ser muy instructiva. El apóstol enseña en el capítulo 5 de Efesios que la relación del marido con la esposa repre­senta la relación de Cristo y la iglesia. ¡Qué privilegio bendito se ha dado al marido y a la esposa de ordenar su estado conyugal de tal manera que el mundo pueda ver un cuadro de la unión de Cristo con la iglesia! La posición de sujeción prescrita para la mujer en su relación con su marido en la casa, se extiende a su posición en la iglesia, donde también se requiere que ella sea sujeta al hombre, reflejando así la sujeción de la iglesia a Cristo. Todo esto no quiere decir que la mujer personalmente sea inferior a su esposo; pero sí quiere decir que en su posición ha de ser sujeta a él.

57                    Su posición en relación al marido

(i)                           como ayuda idónea a él

En la creación el hombre fue formado primero, luego la mujer. La historia de la creación de ella es muy instructiva. Léase Génesis 2:18‑24. “Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas                 y de la costilla   hizo una mujer.” Se destacan dos verdades en esta relación de la creación de la mujer:

(a) La mujer no es independiente del hombre, sino que es parte de él, hecha de su misma costilla ­“hueso de mi hueso y carne de mi carne”, dijo Adán. Alguien ha dicho que la esposa fue sacada de su cos­tado cerca de su corazón para que él la amara. No fue tomada de su cabeza, para que ella no se enseño­rease sobre él; ni tampoco de sus pies, para que no estuviese bajo sus pies en sumisión servil.

(b) El propósito por el cual Dios hizo la mujer fue para que fuese “ayuda idónea para él”; esto es, ni su ama ni su esclava. Es una parte de su marido, añadida a él para su complementación. “Le da ella bien y no mal todos los días de su vida” (Proverbios 31:12)

La vida conyugal tiene su centro en la casa. La esposa preeminente es la que hace de la casa un hogar. Su deber es de gobernar la casa (1 Timoteo 5:14); de amar a su esposo y a sus hijos, haciendo del hogar el centro de su vida. Todo esto es necesario para pre­servar el tipo divino de la sujeción de la iglesia a su Señor. Insistimos en que se recuerde que esta posi­ción de sujeción no infiere inferioridad personal. Cuan­do hay dos maestros en una escuela e igualmente capacitados entre sí, ello no impedirá que el uno esté sujeto al otro, siendo éste director de la escuela.

(ii)                         la mujer representa la Iglesia en sujeción al Señor Jesucristo: Efesios 5:22‑33

Leyendo este pasaje maravilloso, pensamos que el Espíritu de Dios está usando el estado del Matrimonio para ilustrar esa intimidad santa que existe entre Cristo y la iglesia, la que será plenamente consumada en las bodas del Cordero. Quiere que la sumisión de la es­posa a su marido sea un fiel reflejo de la Iglesia en sumisión a su Señor. Quiere que haya ese amor y esa solicitud de parte del marido para con su esposa que refleja el amor y la solicitud que Cristo tiene para con su iglesia.

Pero otras veces pensamos que el Espíritu de Dios usa el símbolo al revés, demostrando que la santa intimidad que existe entre Cristo y la iglesia se refleja en el estado matrimonial. El marido ha de ser para su esposa lo que Cristo es para la iglesia; y la esposa ha de ser para su marido lo que la Iglesia es para Cristo. Si es así, vivimos una vida terrenal según el modelo celestial. ¡Que el Señor nos dé gracia para vivir así!

58                    Su posición en la asamblea cristiana

Tal como esposo y esposa conviven en su casa para la vida conyugal en la esfera hogareña, así los hermanos y las hermanas están juntos en la asamblea para llevar a cabo la voluntad del Señor en la vida espiritual. La posición sumisa requerida de la esposa a su marido en el hogar por el Espíritu Santo, se pro­yecta también en la asamblea en la convivencia entre hermanos y hermanas.

(i)           la mujer ha de callarse en la iglesia

En el capítulo 14 de 1 Corintios hay mucha instrucción con respecto a los dones de ministerio y su uso en la iglesia. Pero todo eso afecta a los varones en la asamblea. “Vuestras mujeres callen en las con­gregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus mari­dos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación.” (1 Corintios 14:34‑35)

 

(ii)         la mujer no ha de enseñar

El mandamiento complementario a lo de aprender en silencio es que la mujer no enseñe aun después de haber aprendido. “Porque no permito a la mujer enseñar sino estar en silencio”
(1 Timoteo 2:12). Esto no le será difícil, aunque ella conozca las Escrituras mejor que algunos hombres, si recuerda que Dios le ha con­fiado a ella el privilegio de reflejar la sumisión de la iglesia a su Señor. Ella no querrá nunca echar a perder esa ilustración sagrada.

(iii)        la mujer no ha de ejercer auto­ridad sobre el hombre

Muchas veces diferencias de juicio surgen en la asamblea con respecto a la administración de los asuntos domésticos, lo mismo como en el bienestar espiritual de la asamblea. Aun en estas cuestiones, la mujer ha de estar sujeta al hombre. “No permito a la mujer … ejercer dominio sobre el hombre …” Esto no será difícil para la mujer si piensa que es su prerrogativa especial de representar la sumisión de la Iglesia al Señor.

(iv)        las señales de la sujeción de la mujer  (1 Corintios 11:3‑15)

Las Escrituras exigen dos cosas de la mujer como señales de su sujeción al marido, como asimismo de la Iglesia al Señor:

que ore con la cabeza cubierta: 1 Corintios 11:5,13

que conserve su pelo largo, esto es, no cor­tado: 1 Corintios 11:5, 6, 10

A causa de que el hombre representa a Cristo, lleva su cabello cortado y ora con la cabeza descubierta. No tiene que haber señales de sujeción aquí; eso echaría a perder la ilustración por completo. En vista de que la mujer es figura de la iglesia, ella lo expresa llevando su cabello largo y cubriendo su cabeza cuando ora. Así como el anillo de oro llevado sobre el tercer dedo de la mano es un símbolo de matrimonio, así el cabello largo y la cabeza cubierta son símbolos de sujeción a Cristo. Eso le dará gozo a la mujer, acor­dándose que es su privilegio particular de enseñar así la sumisión de la iglesia al Señor Jesucristo.

59                    La esfera de servicio de la mujer

Aunque la mujer está en silencio en la iglesia, y no se le permite enseñar, nunca se debe pensar que su esfera de servicio sea sin importancia. A continuación, tiene cuatro funciones que puede desempeñar:

(i)           gobernar el hogar: 1 Timoteo 5:14; Tito 2:3‑5

Dios ha ordenado que el hogar sea cual centro de la vida familiar. La esposa es la que hace de la casa un verdadero hogar. Las mujeres mayores han de enseñar a las mujeres jóvenes los deberes y las artes de cons­tituir el hogar; ser prudentes; amar a sus maridos, amar a sus hijos, ser templadas, castas, cuidadosas de la casa, bondadosas, sujetas a sus maridos. Por cierto ésta es una tarea grande y noble. ¡Cuánto debe la iglesia a las esposas y las madres piadosas quienes han vivido según este modelo escriturario!

 

(ii)         benignidad y buenas obras: 1 Timoteo 5:10; Romanos 16:1, 2; Hechos 18:3

Además de su deber a su familia, una mujer cristiana tiene muchas oportunida­des de servir a otros, aliviando a los afligidos, haciendo obras caritativas, ministrando o atendiendo a los siervos del Señor, etc.

(iii)        instrucción particular: Hechos 18:26

Aun­que no se le permitía a Priscila enseñar en la asamblea, ella podía brindar hospitalidad a Apolos cuando visitaba a Éfeso, y junto con su esposo Aquila, “le tomaron aparte” en su propia casa, “y le expusieron más exac­tamente el camino de Dios”.

(iv)        testimonio personal: Filipenses 4:3

Pablo men­ciona a aquellas mujeres que “combatieron juntamente” con él en el evangelio. Aunque no se les permite pre­dicar en la iglesia, a las mujeres les está permitido decir en otras maneras lo que Dios ha hecho para ellas, y así, muchas veces ganar un alma para el Señor. Que ni los hombres ni las mujeres nunca se descuiden de las oportunidades que se les presenten para testi­ficar personalmente de Cristo.

Cuestionario

  1. ¿Cuáles dos verdades enseña el acto de Dios al crear a la mujer de la costilla del hombre?
  2. ¿Por qué se requiere que la mujer esté en sujeción a su marido?
  3. Nombrar cuatro maneras en que la sujeción de la mujer está demostrada en la asamblea.
  4. ¿Cuáles son las dos cosas simbolizadas por el hecho de que la mujer lleva el pelo largo?
  5. ¿Cuáles son las cuatro esferas de servicio al alcance de la mujer, según las Escrituras?

G—La pureza de la asamblea cristiana

Ver

Presentación

Disciplina en la casa de Dios ‑ Salmo 93:5; 89:7; 1 Timoteo 3:14, 15

la casa de Dios: Éxodo 25:8; 1 Reyes 8:11; 1 Pedro 2:5;
Efesios 2:21; 1 Corintios 3:9, 16; 1 Timoteo 3:15

la provisión disciplinaria:

el hermano sorprendido en una falta: Gálatas 6:1

el hermano que “peca contra ti”; Mateo 18:15‑20

el hermano que anda desordenadamente: 2 Tesalonicenses 3:6‑15

los contumaces, habladores de vanidades: Tito 1:9‑14

los hermanos que causan divisiones: Romanos 16:17, 18

los culpables de serias ofensas morales: 1 Corintios 5:1‑13

la mala doctrina: 1 Timoteo 1:19, 20

los propósitos de la disciplina: Salmo 93:5; Gálatas 6:1

Separación del mundo: 2 Corintios 6:14‑18

el ejemplo de la separación: el ayuntamiento del buey y el asno: Deuteronomio 22:10

el principio de la separación: 2 Corintios 6:14‑16

definición del yugo desigual

ejemplos del yugo desigual

el privilegio de la separación; la expresión del corazón del Padre para con sus hijos, y el placer del corazón del Padre en sus hijos: 2 Corintios 6:17‑18

Fuera del real

el argumento hebraico: Ningún pacto; ningún sacrificio; ningún lugar santo; ningún altar

la respuesta cristiana al argumento hebraico:

un nuevo pacto: Hebreos 8:6‑8; 7:22

un mejor sacrificio: Hebreos 10:1‑4; 9:26; 9:12; 10:10

un sumo sacerdote en los cielos: Hebreos 8:1; 9:7; capítulo 12

un lugar santo, el cielo mismo: Hebreos 9:24

un altar al cual no tienen derecho los que sirven al tabernáculo: Hebreos 13:10

la exhortación a una definida posición cristiana: Hebreos 13:13

identificación con Él como sacrificio por el pecado: Hebreos 13:11; Levítico 16:27

identificación con Él en la separación del mal: Hebreos 13:12; Éxodo 32:1‑7; 32:26; 33:7

identificación con Él en su rechazamien­to: Hebreos 13:13; 1 Samuel 22:1,2; 1 Samuel 18:1; 19:2; 23:16‑18; 31:1,2,6

identificación con Él en su gloria: Hebreos 13:14; 2 Samuel 2:3; 1 Crónicas 12:1; 2 Timoteo 2:12; Lucas 19:17

Disciplina en la casa de Dios

La santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre. Salmo 93:5 Dios temible en la gran congregación de los santos, y formidable sobre todos cuan­tos están alrededor de él, Salmo 89:7

Esto te escribo … para que sepas … cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad, 1 Timoteo 3:14,15

60                    La casa de Dios

La casa de un hombre es el lugar donde vive; por tanto ella lleva la marca de la presencia del hombre allí. Parece reflejar su mismo carácter. Pinturas her­mosas adornan la casa del artista. La práctica de ora­ción y la lectura de la Biblia caracterizan el hogar del cristiano. Leemos de la casa de Dios : “La santidad conviene a tu casa, oh Dios, … para siempre” porque nuestro Dios es un Dios santo. En los días en el de­sierto, Dios moraba entre los querubines encima del propiciatorio, dentro del tabernáculo. Ese era el san­tuario donde moraba entonces (Éxodo 25:8). Terminado el templo, leemos que, cuando fue dedicado al Señor, “La gloria de Jehová llenó la casa de Jehová” (1 Reyes 8:11), y el templo pasó a ser su morada.

Pero hoy en día “el Altísimo no habita en templos hechos de mano” (Hechos 7:48). Véase también Hechos 17:24. Su casa es una casa espiritual, compuesta de piedras vivas. (Véase
1 Pedro 2:5) Es un templo santo en el Señor (Efesios 2:21). La asamblea de los santos es una expresión local de esta casa. Se llamaba la asamblea en Corinto edificio de Dios, un templo de Dios en que moraba el Espíritu de Dios. Léase 1 Corintios 3:9, 16. Referente a esto tenemos la exhortación solemne de cómo debemos conducirnos en la casa de Dios. Véase
1 Timoteo 3:15. Todavía es verdad que “Dios es temible en la gran congregación de los santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él”.

La iglesia es depositaria de la doctrina cristiana. Es la columna para sostener la verdad
(1 Timoteo 3:15). Siempre tiene el deber de enseñar; pero tiene que hacer más que esto. Debe vivir el cristianismo además de ense­ñarlo. El vivir piadoso es el baluarte de la verdad, la base sobre la cual se erige la columna.

61                    La provisión disciplinaria

Las Escrituras fueron dadas por inspiración de Dios. Contienen toda la instrucción que necesita el hombre de Dios para ser “enteramente preparado para toda buena obra. (Véase
2 Timoteo 3:16, 17) También hay provisión en estas mismas Escrituras para “corrección, para instrucción” (literalmente, disciplina) “en jus­ticia”. Las Escrituras proveen dirección para nuestra conducta y corrección para nuestro mal comportamien­to. Es el último tema que tenemos delante nosotros en este estudio.

(i)                           el hermano sorprendido en una falta

“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” (Gálatas 6:1) Nótese que esta Escritura presenta a un hombre que ha sido sorprendido, y no se trata de un pecado deliberado o de práctica habitual de pecado. Más bien se presenta el pecado como un enemigo persi­guiendo y alcanzando al hombre, quien cae víctima a un ataque sorpresivo. Estaba desprevenido cuando debió estar alerta. Esto es la significación de la palabra griega paraptoma, que se traduce “falta”.

La restauración de tal hombre es la obra de los espirituales, hombres que pueden condenar la mala conducta de este hermano a la luz de la Palabra de Dios; hombres de conducta intachable, quienes por lo tanto pueden usar la Palabra de Dios en correc­ción de la conducta de otro. Además han de hacer esto en el espíritu de mansedumbre, porque la mansedumbre es uno de los frutos del Espíritu (Gálatas 5:23); es una señal del amor fraternal (1 Corintios 13:4). ¡Cuánta necesidad hay de la dirección del Espíritu Santo y del amor fraternal cuando uno trata de restaurar a un hermano sorprendido en una falta! También la obra de restauración se debe hacer de una manera benigna, misericordiosa, con compasión, “considerándote a ti mismo, no sea que tú mismo seas tentado”. En Juan 13 vemos cómo el Señor lavó los pies a los discípulos, una ilustración hermosa de cómo se restaura a un hermano según Gálatas 6:1.

(ii)                         la ofensa personal: el hermano que peca contra ti

Acontece algunas veces que un hermano ofende a otro. El hermano ofendido no ha de buscar reparación en los tribunales del mundo. Léase con atención 1 Corintios 6:1‑8. Instrucciones acerca del debido proceder se ha­llan en Mateo 18:15‑20.

(a) el arreglo personal: (v. 15). Se le manda al hermano ofendido que se vaya al hermano ofensor para buscar un arreglo privado, “estando tú y él solos”, indicándole su falta.” “Si se arrepintiere, perdónale” (Lucas 17:3). “Si te oyere, has ganado a tu hermano.”

(b) el arreglo con dos o tres testigos: (v. 16). Si el hermano ofensor se niega a arreglar el asunto per­sonalmente, entonces el hermano agraviado ha de llevar consigo a uno o dos más, volviendo a visitar a su hermano. Estos hombres se llaman testigos. Primero ellos testifican al hermano ofensor con respecto a su error; y más tarde, si es necesario, declararán como testigos delante de la asamblea acerca de su mala acción y su actitud en cuanto al arrepentimiento. En vista de su responsabilidad, se debe encargar tal servicio únicamente a hombres buenos e intachables, hombres cuyo juicio será imparcial, cuyo carácter inspirará con­fianza.

                (c) el juicio de la asamblea: (v. 17). Si el her­mano que ha ofendido se niega a oir a estos hombres, entonces ha de llevarse el asunto ante la asamblea para que sea juzgado. Aquí los testigos han de dar su testi­monio. Cuando se hayan presentado los dos lados del asunto, la asamblea juzgará. Si el hermano ofensor rehúsa a oir la asamblea, la Palabra de Dios instruye: “Tenle por gentil y publicano”. Bajo este concepto quedará el ofensor ante el hermano agraviado, y no así ante la asamblea, pues el pasaje dice “tenle”, y no “tenedle” (vs. 15‑17). El pasaje trata del arreglo de una ofensa personal, pues la instrucción es para el individuo que ha sido agraviado y no para la asamblea. En consecuencia, aquí no se refiere a excomunión. El hermano ofendido ahora trata con el ofensor, ya no como hermano, sino como si fuere un gentil y publi­cano.

Es muy posible que entre en el asunto maledicencia, avaricia o extorsión, de manera que la asamblea tendrá que proceder en tal caso contra el ofensor. Pero la responsabilidad de eso se basa sobre las instrucciones dadas en 1 Corintios 5, y no sobre el pasaje que estamos considerando.

(iii)        el hermano que anda desordenadamente: 2 Tesalonicenses 3:6‑15; 1 Tesa-lonicenses 5:14

El apóstol escribe de “todo hermano que ande desordenadamente” (2 Tesalonicenses 3:6) “… no según la ense­ñanza que recibisteis de nosotros”; esto es, no según la enseñanza de las Escrituras. Del tal hemos de apar­tarnos (v. 6), y no juntarnos con él “para que se aver­güence” (v. 14). Sin embargo, no hemos de tenerlo por enemigo, sino amonestarle como hermano
(v. 15). El apóstol habla también de “los ociosos”, o, como dice en algunas versiones, “los indóciles” (1 Tesalonicenses 5:14). A éstos hemos de amonestarlos, pero si la amonestación al hermano desordenado y la advertencia al hermano indócil no tiene resultado, ¿qué, pues, vamos a hacer? “A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman” (1 Timoteo 5:20). Si no da resultado la admonición, será necesaria la reprensión pública.

(iv)        los contumaces, habladores de vanidades: Tito 1:9‑14.

En este pasaje el apóstol trata de “los que con­tradicen”, hombres quienes se oponen a la verdad, hombres que enseñan error en la asamblea ‑ “con­tumaces, habladores de vanidades y engañadores”, que “enseñan lo que no conviene.” Tales hombres pue­den hacer mucho daño en una asamblea, sobre todo entre los jóvenes y los cristianos de menos experiencia. Es preciso disciplinar a estos hombres.

(a) Por restricción: vv 9 y 11. Los ancianos han de hacer callar a éstos. No es difícil condenar a tales hombres, pero es mucho más difícil convencerlos. Esta acción de callarles es precautoria.

(b) Por reprensión: v. 13. Si el hombre sigue enseñando “lo que no conviene” después de que se le ha indicado de las Escrituras acerca de su error, en­tonces hay que “taparle la boca” (v. 11,) y reprenderle duramente (v. 13). Esta acción es disciplinaria.

(c) Por rechazo: Tito 3:10. “Al hombre que cau­se divisiones, después de una y otra amonestación, deséchalo.” La primera amonestación es para restringir y la segunda para reprender. Cuando éstas fracasen, se le desecha al faccioso, o sea, al rebelde. Tal acción es punitiva.

(v)          los hermanos que causan divisiones: Romanos 16:17, 18

Son los que promueven partidos, divisiones y enaje­nación dentro de la asamblea. Los hombres que “con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos” han de ser señalados y evitados (v. 17). A tales hombres no se les debe permitir ministrar en una asamblea, porque “no sirven a nuestro Señor Jesu­cristo”.

(vi)        los hombres que cometen graves ofensas morales: 1 Corintios 5:1‑13

En esta porción se trata de un hermano que vivía en pecado, y pecado tan ofensivo “cual ni aun se nombra entre los gentiles” (v. 1). Era necesario que el tal “fuese quitado de en medio de vosotros” (v. 13), y que fuera “entregado a Satanás” (v. 5); esto es, expul­sado de la asamblea al mundo, donde reina Satanás. En el versículo 11 tenemos una lista de pecados que han de ser sancionados por la excomunión.

(vii)       los que enseñan mala doctrina: 1 Timoteo 1:19, 20

La mala doctrina, lo mismo como la inmoralidad, demanda excomulgación. Leemos de Himeneo y Alejandro, que “naufragaron en cuanto a la fe”. Himeneo enseñó que la resurrección ya había pa­sado, perturbando así la fe de algunos del pueblo de Dios (2 Timoteo 2:17,18). Alejandro el calderero abier­tamente se oponía a la enseñanza del Apóstol
(2 Timoteo 4:14). La disciplina de tales personas es que sean “entregados a Satanás para que aprendan a no blasfemar”. (1 Timoteo 1:20)

 

62                    Los propósitos de la disciplina

Siempre recordemos que la disciplina tiene un objeto doble:

el de mantener santidad en la casa de Dios (Salmo 93:5)

el de promover la restauración del hermano o de la hermana que haya pecado (Gálatas 6:1)

Cuestionario

  1. ¿Por qué deben los cristianos conducirse digna­mente en la casa de Dios?
  2. ¿En qué manera es una asamblea:

(a) una columna de la verdad;      (b) el baluarte de la verdad?

  1. ¿Cómo se debe actuar con un hermano que ha sido sorprendido en una falta?
  2. Indicar brevemente los tres pasos que deben darse cuando un hermano ha cometido una ofensa per­sonal contra otro.
  3. (a) ¿Cuáles son las dos formas de disciplina prescritas en las Escrituras para el       hermano que anda desor­denadamente?

(b) Dar dos referencias de las Escrituras.

  1. ¿Cómo se ha de actuar con los hombres que alteran la paz de la asamblea, enseñando cosas que no convienen? Dar tres referencias.
  2. ¿Qué actitud se debe tomar respecto a los que fomentan divisiones?
  3. ¿Qué se ha de hacer con personas culpables de serias ofensas en lo moral?
  4. ¿Qué hay que hacer con hombres que sostienen y enseñan doctrinas erróneas?
  5. ¿Cuáles son los dos objetivos de la disciplina en la asamblea? Dar dos referencias.

 

Separación del mundo

No os unáis en yugo desigual con los in­crédulos; porque ¿qué compañerismo tiene ­la justicia con la injusticia? ¿y qué comu­nión la luz con las tinieblas? ¿y qué con­cordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis el inmundo; y Yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso, 2 Corintios 6:14‑18

63                    La ilustración

La enseñanza acerca del yugo desigual pertene­ce al Antiguo Testamento y también al Nuevo. En el Antiguo Testamento tenemos la ilustración; en el Nue­vo, el principio. “No aráras con buey y con asno jun­tamente” (Deuteronomio 22:10). Este versículo forma parte de un párrafo muy interesante (vs. 9‑12), por el cual aprendemos cuánto aborrece Dios cosas o prácticas mezcladas. “No sembrarás tu viña con semillas diver­sas” (v.9). La semilla simboliza la doctrina La semi­lla buena es la Palabra de Dios (Mateo 13:23). Dios no quiere que se mezcle nada con su Palabra; por lo tanto la enseñanza mezclada está prohibida. Véase Gá­latas 1:6‑9.

A continuación leemos: “No vestirás lo externo”, lo que todo el mundo ve, y esto habla de testimonio. Se prohíbe testimonio mezclado en todo lo que hacemos o decimos, lo cual debe ser para la gloria de Dios.

Entre estas dos prohibiciones está la que estamos estudiando: “No ararás con buey y con asno juntamen­te”. Aquí se prohíbe servicio mezclado. Se debe no­tar que la prohibición no afecta al arar, lo cual es bue­no. Lo que se prohíbe es hacerlo con buey y asno juntamente. Mediante el yugo se juntan dos anima­les para el trabajo en una tarea común. Cooperar en trabajo no es malo, pues la obra hecha de esta mane­ra es buena. Es que no se permite el yugo desigual en el trabajo.

Encontramos por lo menos tres motivos para es­to:

(a)  el motivo humanitario. El buey y el asno tienen un andar diferente, lo que produce distintos movimientos cuando caminan. Por lo tanto, enyugados juntos, les produciría roce y heridas. Además, ca­minando a pasos distintos, el yugo molestaría a am­bos.

(b)  el motivo ceremonial. El buey es un ani­mal limpio (Levítico 11:3). Rumia y tiene la pezuña hen­dida, siendo así una ilustración del cristiano. La pe­zuña hendida se saca fácilmente del barro, indican­do el andar limpia. Rumiar —volver a comer lo que se ha comido— habla de meditar sobre la Palabra de Dios­ alimento espiritual meditado y saboreado. El asno es un animal inmundo. No tiene la pezuña hendida ni rumia. Representa el hombre no salvo. Por lo tanto Dios prohibió que se fuesen unidos en yugo.

                (c)  el motivo espiritual: Las experiencias del Antiguo Testamento a menudo tienen valor típico para nosotros. “Estas cosas acontecieron como ejemplo” (1 Corintios 10:11). La prohibición del yugo desigual del buey y el asno previó la prohibición dada más tarde del servicio mezclado que estamos considerando: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos”.

64                    El principio

El yugo desigual es una atadura que une a salvos y no salvos para un objetivo común. Esto se puede ver fácilmente por los contrastes que usa el Espíritu Santo:

la injusticia                        la justicia

las tinieblas                        la luz

Belial                                    Cristo

el incrédulo                       el creyente

el templo de ídolos                         el templo de Dios

Los cinco términos en la primera columna se pueden usar para describir a todo creyente en Cristo. Ni uno solo de los términos en la segunda columna se puede aplicar a un creyente; se aplican solamente a los in­conversos. Por lo tanto, la separación ordenada en este texto es certeramente la separación del cre­yente del incrédulo, del hijo de Dios del mundo. Consideremos cinco esferas en las cuales a veces está tentado el cristiano a enyugarse desigualmente, lo cual siempre le causará tristeza y pérdidas.

 

(i)           el yugo comercial: la sociedad en los negocios

Jacobo y Juan eran compañeros con Simón en el negocio de pesca, Véase Lucas 5:10. Muchas veces les conviene a los hombres mancomunar sus intereses, formando una sociedad comercial. Pero tal asociación no puede prosperar por mucho tiempo cuando uno de los socios es salvo y el otro no. “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué com­pañerismo tiene la justicia con la injusticia?” ¿Cómo puede el cristiano y el incrédulo estar de acuerdo en cuanto a los métodos y la ética de los negocios? “An­darán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3). El hombre no convertido no puede elevarse hasta el nivel espiritual del cristiano. Los dos no estarán de acuerdo sino solamente cuando el cristiano se acomo­de a la ética y a los métodos del inconverso. Alguien ha dicho: “No puede haber comunión sino por el des­censo del justo al nivel del injusto, pues ha de re­nunciar a todo lo que es característica de su llamado a ser santo”.

(ii)         el yugo matrimonial; la sociedad conyugal

Dios ha ordenado el matrimonio como la condi­ción ideal para la vida familiar. Es el propósito de Dios que el hombre y la mujer vivan juntos como marido y esposo. Pero está prohibido que los salvos se casen con los inconversos. “¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas?” ¿Qué comunión puede tener quien ha sido iluminado por la gracia de Dios con aquel que todavía está sentado en tinieblas, re­chazando al Cristo de Dios? ¿Cómo puede tal unión simbolizar la de Cristo y la iglesia? Léase con cui­dado Efesios 5:22,23. ¿Cómo puede Dios bendecir una alianza no santificada? ¿De qué manera puede Dios ser “por Padre” a los que se casan contrariando su palabra?

(iii)        el yugo fraternal: la participación social

El mundo está lleno de agrupaciones sociales: clubes, sociedades, centros comunitarios y organizacio­nes para promover felicidad para lograr un mutuo bienestar. Los mo­tivos de algunas de estas organizaciones son laudables. Pero cuando los cristianos se unen con los inconversos en movimientos para el placer o el mejoramiento social, o cualquiera cosa que sea el motivo de la sociedad, esto es arar con buey y asno en yugo desigual. Es un esfuerzo de establecer concordia, o armonía, entre Cristo y Belial. ¿Cómo podrían estos dos tocar juntos una melodía en armonía? ¿Qué concordia podría exis­tir jamás, aun en funciones sociales, entre uno que pertenece a Cristo y un hijo de Belial? ¿Cuál modelo de conducta prevalecerá—el del cristiano, o el del inconverso? Pueden los que no son salvos conversar acerca de cosas espirituales; o tendrán los salvos que hablar de cosas mundanas? ¿Qué ideales han de preva­lecer—los del cristiano o los del mundano? ¿Cómo podría Dios ser “por Padre” a los que participan de tal asociación? “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor; y no toquéis lo in­mundo.”

(iv)        el yugo eclesiástico: la asociación religiosa

Ya hemos visto que la comunión de la iglesia se debe limitar a los que han sido salvados por la gracia de Dios. Pero nos rodean sistemas, inventados por la sabiduría de los hombres, donde los salvos y los que no son salvos se reúnen para “el culto público de Dios”. Pero, “¿qué parte tiene el creyente con el incrédulo?” ¿Cómo pueden estos dos adorar juntos, o testificar juntos, u orar juntos, o servir juntos? ¿Qué parte puede tener un incrédulo en la predicación d® Cristo como el Salvador del pecador? ¿Cómo podría Dios ser “por Padre” en tal amalgamación?

(v)          el yugo filantrópico: la asociación en servicio

Hay una esfera que presenta al creyente una fuerte tentación para afiliarse con los inconversos ‑ la de hacer bien a nuestros semejantes “Ayudar en hacer bien”‑ ¿cómo es posible que eso sea malo?” se pre­gunta. No es malo arar; eso es bueno; y no es malo hacer bien. Pero el mandato divino que prohibió la unión del buey y el asno bajo el mismo yugo, prohíbe la obra cooperativa del creyente y el incrédulo. ¿Qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” ¿Qué acuerdo puede tener el que adora a Dios con el que adora a Mamón en clubes de servicio, en grupos para mejoramiento social, en asociaciones filantrópicas?

65                    El privilegio

Dios describe estas asociaciones como “lo inmun­do”, y nos manda salir de ellas. “Por lo cual, salid de en medio de ellos; y apartaos, dice el Señor.” ¿Salid de entre qué? De entre la injusticia las tinieblas, Belial, el infiel, el idólatra o adorador de Mamón. “No toquéis lo inmundo.” Tales términos se pueden aplicar sólo al incrédulo, al mundano. Dios no permite que se llame inmundo lo que Él ha limpiado (Hechos 10:14,15); mucho menos lo llamará así Él mismo. Cuando se trata de los hijos de Dios, leemos: “Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía” (Salmo 133:1). Pero cuando se trata de los que no son salvos, leemos: “Salid de en medio de ellos, y apartaos … y no toquéis lo inmundo”.

Tal separación trae una recompensa incalculable: “Yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y voso­tros me seréis hijos e hijas, dice el Todopoderoso”. Esto no puede referirse al hecho de ser hechos hijos de Dios, como que ello no se realiza por nuestras obras y obediencia sino que lo somos por creer el evangelio y aceptar a Cristo; como dice: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Si bien el parentesco de hijos al Padre y del Padre a sus hijos no depende de nuestra obediencia, sin embargo el disfrute de tal parentesco sí depende de nuestra obediencia. “Salid de en medio de ellos y apartaos” “Yo seré para vosotros todo lo que un padre quisiera ser para sus hijos; y vosotros me seréis a mí todo lo que debiere ser hijos e hijas. Yo seré para vosotros un Padre ideal; y vosotros me seréis hijos ideales.” Así se puede parafrasear esta promesa.

¿Quién de nosotros no quisiera que así fuera en nuestra vida?

Cuestionario

  1. ¿Cuáles son las tres cosas prohibidas en Deuteronomio 22:1‑11?
  2. Dar tres razones por qué Dios prohibió arar con buey bajo el mismo yugo.
  3. ¿Qué es la significación del yugo desigual? 2 Corintios 6:14.
  4. Citar de 2 Corintios 6:14‑18 dos porciones breves para probar que la separación exigida aquí es separación del mundo.
  5. Nombrar cinco esferas en las cuales hay peligro que el cristiano se enreda
    en yugo desigual.
  6. Si el creyente se mete en yugo desigual, ¿a base de qué puede haber acuerdo
    entre  el cristiano y el inconverso?
  7. ¿Cuáles son las dos bendiciones prometidas a los que se apartan del mundo
    y mantienen una posi­ción de separación de él?

 

Fuera del real (o el campamento)

Salgamos, pues, a él, fuera del campa­mento, llevando su vituperio, Hebreos 13:13

66                    El argumento hebraico

Siempre es bueno acordarnos de que la Epístola a los Hebreos fue escrita para los hebreos; es decir, a judíos convertidos, a gente instruida en la religión judaica; y muchos de ellos de edad madura fueron convertidos a Cristo y al cristianismo. Les era muy difícil romper por completo con las cosas que habían aprendido y practicado; difícil dejar el templo, la sina­goga, y las enseñanzas del judaísmo. Además, los judíos ortodoxos presentaban argumentos fuertes para per­suadirlos a permanecer en el judaísmo y renunciar por completo el cristianismo. Decían que la religión cris­tiana no tenía pacto, ni sacrificio, ni sumo sacerdote, ni lugar santo, ni altar.

67                    La respuesta cristiana

La Epístola a los Hebreos se ocupa mayormente en refutar estos argumentos.

¿Que no tenemos pacto? El apóstol escribe de un “mejor pacto”, “un nuevo pacto” (Hebreos 8:6, 8). Este nuevo pacto era establecido sobre “mejores promesas”. De este pacto Jesucristo es hecho fiador (Hebreos 7:22), además de ser mediador (Hebreos 8:6).

¿Que no hay sacrificio? Los sacrificios del Anti­guo Testamento nunca hicieron perfectos a los que se acercaban. Antes bien se hacían memoria de los pe­cados cada año, pero nunca pudieron quitar los pecados. (Véase Hebreos 10:1‑4) ¡Cuán seria acusación es ésta! Pero en la muerte de Cristo, el cristiano tiene un sacrificio que “quitó de en medio el pecado” (9:26). Por su valor expiatorio el cristiano tiene eterna reden­ción (9:12); por su valor permanente; “la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (10:10).

¿Que no tenemos sumo sacerdote? “Tenemos tal sacerdote, el cual se sentó a la diestra de la Majestad en los cielos” (Hebreos 8:1). No se podía reclamar tal cosa para el sumo sacerdote de Israel, quien entraba en la presencia del Señor una vez al año (9:7). Su obra no se terminó nunca. Pero Cristo, “por su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9:12).

¿Que no hay lugar santo? “No entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Hebreos 9:24). ¡Cuán convincente debió ser para el judío convertido este argumento de la superioridad del cristianismo sobre el judaísmo!

¿Que no hay altar? Sí, hay altar. Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven el tabernáculo” (Hebreos 13:10). Se nos ha identificado el altar en el versículo 13 de Hebreos 13: “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento”. Él es el altar (v. 10), y también el sacrificio de este altar (v. 12). El judío que todavía trae sus sacrificios según el Antiguo Testamento no tiene derecho de participar de este altar (v. 10). ¿Qué quiere decir esto? Que los que buscan salvación por guardar la ley no tienen partici­pación en Cristo.

68                    Una definida posición cristiana

El escritor ha probado la superioridad inde­cible del cristianismo sobre el judaísmo, y que Jesucristo está fuera del judaísmo por completo, como que murió “fuera de la puerta” (v. 13). “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento”, escribe el apóstol. Aquí tenemos dos principios correlacionados:

separación de los sistemas de los hombres, pues Él está fuera de ellos: “Salgamos, pues, … fuera del campamento”

identificación con Él mismo en ese lugar de afuera: Salgamos, pues, a él …”

El escritor usa ilustraciones del Antigua Testa­mento para indicar lo que implica la posición que llama “fuera del campamento”. Estas enseñan cuatro maneras en que hemos de estar identificados con el Señor Jesucristo, y estas ilustraciones juntas forman un argumento acumulativo que es irrefutable.

(i)           identificación con Él como sacrificio por el pecado

“Los cuerpos de aquellos animales, cuya sangre, a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento” (Hebreos 13:11). Este versículo del Antiguo Testamento se refiere al Día de Expiación, y la ofrenda por el pecado fuera del campamento. (Véase Levítico 16:27). Dos grandes principios son encerrados en la exhortación de salir a Él fuera del campamento. Son la identificación con Cristo y su sacrificio expiatorio, y la separación del pecado y de los pecadores fuera del campamento.

(ii)         identificación con Cristo en separación del mal

“Por lo cual también Jesús, para santificar al pue­blo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (Hebreos 13:12). La referencia es a Éxodo 33:7 y el episodio del becerro de oro. Estando Moisés en la montaña recibiendo comunicaciones de Dios, el pueblo clamó a Aarón, “Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a este Moisés, varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le ha acontecido” (Éxodo 32:1). Aarón prestó oído a su clamor, haciéndoles un becerro de oro. Entonces di­jeron: “Israel, éstos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto” (v. 4).1 ¡Con qué elaboradas preten­siones sagradas rodeó Aarón a esta terrible idolatría! Edificó un altar y pregonó una fiesta a Jehová. Ofre­cieron holocaustos y ofrendas de paz. (Véase el 32:5,6) Pero, nótese bien: en el sistema ideado por Aarón, no había ofrenda por el pecado.

Si hubiéramos de emplear lenguaje modernista por describir la ac­ción de Aarón, habría que decir que él usó un sistema que habla de la cruz, celebra la cena del Señor, ensalza la belleza de Cristo, proclama paz por Él, pero carece del sacrificio expiatorio por el pecado. Muchos hoy en día se engañan por la chapa religiosa que cubre tal sistema, lo mismo cuando se engañaron en el tiempo de Aarón; pero Dios no fue engañado. Dijo a Moisés: “Tu pueblo … se ha corrompido” (Éxodo 32:7). Tampoco fue engañado Moisés. Estando él en la puerta del campamento, mandaron acudir a él a todos los que eran de parte de Jehová. “¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo.” (Éxodo 32:26). Esto era se­pararse del mal de la idolatría y de las pretensiones religiosas asociadas con ella. Entonces, “Moisés tomó el tabernáculo y lo levantó lejos, fuera del campamento; y lo llamó el tabernáculo de reunión. Y cualquiera que buscase a Jehová salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento” (Éxodo 33:6, 7). Esto es identificación con Él mismo; es ponerse de la parte del Señor. El mensaje para nosotros hoy es que debe­mos separarnos de todo mal religioso, no obstante sus pretensiones piadosas, e identificarse con Él fuera del campamento, saliendo definitivamente “al Señor”.

(iii)        identificación con Él en su rechazamiento

“Salgamos, pues, a él, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13). El argumento es acumulativo. En el versículo 11, el énfasis se pone sobre nuestra identificación con Él como el sacrificio por el pecado en el lugar de afuera. En el versículo 12, estamos en el lugar de afuera con el énfasis puesto sobre nuestra identificación con Él en separación del mal y de malas preten­siones. Pero en este versículo tenemos añadido el pensamiento de compartir su rechazamiento, llevando su vituperio. Se refiere a la ocasión cuando David se escondió de Saúl en la cueva de Adulam (1 Samuel 22:1, 2). Se juntaron a él cuatrocientos hombres, “’todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que estaban en amargura de espíritu: y David fue hecho jefe de ellos”.

Es una ilustración des­criptiva de la formación de una asamblea. Ahí está un rey ungido de Dios pero rechazado, eran hombres desesperados, endeudados, descontentos, los que vinie­ron a David. ¿Se ha leído jamás una descripción más concisa y exacta del pecador? ¡Afligido, endeudado, amargado! Como tales acudimos a Él para salvación. Pero estos hombres hicieron más. Se juntaron a él, “y él fue hecho capitán sobre ellos.” ¡Qué bella pre­figuración de una asamblea: los que en un tiempo eran afligidos, endeudados y en amargura de espíritu, ya juntados a Él, reconociéndole como Señor en medio de ellos!

Pero David tenía un amigo que le amaba, el cual no compartió con su rechazamiento en Adulam. Se llamaba Jonatán. El alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo” (1 Samuel 18:1). “Jonatán, hijo de Saúl, amaba a David en gran manera” (1 Samuel 19:1). Jonatán fue a David. Le reconoció como el ungido de Dios; hizo pacto con él; pero no llegó a compartir su rechazamiento en Adulam (1 Samuel 23:16‑18). Pereció en la desastrosa batalla sobre el Monte Gilboa (1 Samuel 31:1-6). Po­dría haber escapado de esta triste muerte si hubiera estado en Adulam. No se puede leer esta historia su­mamente conmovedora sin observar el paralelo con la vida de muchos cristianos hoy en día. Seguramente ellos sufrirán pérdida, no solamente en este tiempo pero también en el tribunal de Cristo. “Salgamos, pues, a él, llevando su vituperio.”

(iv)        identificación con Él en su gloria

¡Esta identificación tiene porvenir venturoso! Tiene sus tristezas y sufrimientos ahora, pero tendrá recompensa más tarde. “No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir” (Hebreos 13:14). El argumento es todavía acumulativo. Aquellos que compartieron con David su rechazamiento en Adu­lam estaban sin ciudad permanente. Pero cuando el rey llegó al trono, “llevó también David consigo a los hombres que con él habían estado, cada uno con su familia; los cuales moraron en las ciudades de Hebrón” (2 Samuel 2:3), Además, recibieron honra en el reino de David. Estos son los que vinieron a David en Siclag, estando él aún encerrado por causa de Saúl hijo de Cis, y eran de los valientes que le ayudaron en la guerra” (1 Crónicas 12:1). Los que participaron del rechazamiento de David fueron traídos a las ciudades de Hebrón, y eran en el reino los valientes de David. ¿No tiene todo esto una lección para nosotros? “Si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Timoteo 2:12). Encanto será para nosotros si oímos decir al Señor en aquel día: “Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades” (Lucas 19:17).

Salgamos, pues, a Él, fuera del campamento, lle­vando su vituperio, identificándonos con Él como el único sacrificio para siempre por los pecados, sepa­rándonos de todo lo malo, y compartiendo su rechaza­miento. ¡Entonces compartiremos su gloria!

Al Salvador rechaza el mundo pecador,
la sorda muchedumbre ajena de su amor.
Más Él vendrá glorioso, el día se cerca está,
aquel día majestuoso llega ya.

Cuestionario

  1. De la Epístola a los Hebreos citar los versículos refutando los cinco argumentos hebraicos, un ver­sículo para cada argumento: que el cristiano no tiene:

(a) ningún pacto

(b) ningún sacrificio por el pecado

(c) ningún sumo sacerdote

(d) ningún lugar santo

(e) ningún altar

  1. ¿Cuál es el significado de: “Tenemos un altar del cual no tienen derecho de comer los que sirven el tabernáculo”?
  2. ¿Cuáles son los dos mandamientos (principios) da­dos a nosotros en Hebreos 12:13?
  3. ¿Qué se requiere del cristiano en Hebreos 13:11? ¿Qué ilustración se usa?
  4. ¿Qué es lo que se requiere del cristiano en Hebreos 13:12? ¿Cuál es la ilustración de esto?
  5. ¿Qué se requiere del cristiano en Hebreos 13:13? ¿Cómo se ilustra esto?
  6. ¿Qué recompensa se promete a los que comparten del rechazamiento del Señor ahora? ¿Qué ejem­plo se emplea?

 

 

 

H—La perspectiva de la Iglesia cristiana

Ver

Presentación

Juan 14:3; 1 Tesalonicenses 4:16, 17; Apocalipsis 21:10; 22:6

el cielo: un verdadero lugar

la casa del Padre

la recepción de la Esposa por el Señor Jesucristo

la presentación de la Esposa en su nuevo hogar

una ciudad de hermosura sin par

una ciudad de magnitud sin igual

una ciudad de bendiciones incom­parables

69                    La venida del Señor

Si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a Mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también es­téis, Juan 14:3

El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nos­otros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor,           1 Tesalonicenses 4:16, 17

La segunda venida de Cristo era la esperanza y la perspectiva de la Iglesia primitiva. Leemos de los cris­tianos tesalonicenses: “Os convertisteis de los ído­los a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y espe­rar de los cielos a su Hijo” (1 Tesalonicenses 1:9,10). Leemos palabras semejantes en la Epístola a los Filipenses: “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20). Hasta en la asamblea carnal de Corinto, donde había mucho que causaba vergüenza y tristeza, leemos que estaban “esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:7). Tal fue la esperanza bienaventurada de la Iglesia primitiva.

Fue un día triste en la historia de la Iglesia cuando la venida del Señor dejó de llenar sus pensamientos. Poco a poco iban perdiendo esa esperanza. La historia se refiere a los siglos durante los cuales se oscureció la esperanza de la vida del Señor como El Oscurantismo. Dios, en su misericordia y gracia, avivó esta verdad en los corazones de su pueblo hace poco más de ciento cincuenta años, junto con un resurgimiento de otras verdades benditas, tales como el sacerdocio de todos los creyentes y la reunión de los santos en el nombre del Señor Jesucristo.

En estos tiempos de materialismo hay una ten­dencia de mirar la promesa de la venida del Señor con cierto escepticismo. Este espíritu ya se había ma­nifestado en los días del apóstol Pedro, quien defendió su fe declarando: “No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nues­tros propios ojos su majestad” (2 Pedro 1:16). Dice también: “En los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación” (2 Pedro 3:3,4). Con gozo volvemos de estas opiniones de la sabiduría mundana a la certeza con que las Escrituras declaran la venida del Señor.

Los discípulos en el aposento alto, entristecidos cuando el Señor les anunció su muerte cercana, fueron consolados por Él con estas palabras: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios; creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho: voy, pues, para preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1‑3).

Con estas palabras el Señor Jesucristo llenó el al­ma de sus discípulos con visión celestial. Las palabras servían para alejar su corazón de lo terrenal y fijarlo sobre lo celestial. Pongamos la mirada en la casa de los redimidos en la gloria, en aquel lugar de magnificencia celestial, adonde entraremos con nuestro Señor en su venida.

70                    La casa del Padre

Siendo el cielo la morada de Dios el Padre, el Señor Jesucristo lo llamó “La casa de mi Padre”. Es el hogar adonde Él volvió de esta tierra. “Voy a pre­parar lugar para vosotros”. A este lugar fue recibido con bienvenida cuando la nube (la shekinah, ­símbolo de la presencia del Padre) le recibió, ocul­tándole de sus ojos (Hechos 1:9). En este hogar Él está sentado ahora, “a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Hebreos 8:1). Es en este lugar donde los redimidos del Señor dentro de poco recibirán la bienvenida: “Voy a preparar lugar para vosotros.” Es un lugar amplio, pues tiene muchas moradas para los redimidos. Es una ciudad que “tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). Ahora el Señor Jesucristo está preparando aquel hogar para la llegada de la esposa comprada por su sangre.

71        La recepción de Esposa

Es costumbre tener una recepción para una novia. El mismo Señor Jesucristo hará esto con su propia esposa. “Si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo.” ¡Qué gozo habrá en la gloria cuando la esposa llegue y sea recibida por su Señor!

72        La presentación de la Esposa

(i)           presentada en su casa: “A aquél que es pode­roso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria …” (Judas 24). La esposa está presentada en semejanza corporal al Señor Jesucristo “sin mancha”, “semejanza a la gloria suya” (Filipenses 3:21). Esto sucederá después del arrebatamiento.

(ii)         presentada a su Padre: “… para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Colosenses 1:22). Será presentada en perfección después del tribunal de Cristo, cuando toda mancha e imperfección le habrá sido quitada. Entonces, de veras seremos “se­mejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).

(iii)        presentada a su Esposo celestial: “A fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:27). Esta presentación será en las bodas del Cordero, cuando la Esposa, en la perfección espiritual de su semejanza familiar, sea presentada a su Esposo Celestial. “A los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29).

73                    Una ciudad hermosa

A Juan el apóstol se le dio de antemano una visión de la ciudad de los redimidos. Para nuestro conocimiento y para animarnos, él ha contado lo que vio. Léase Apocalipsis 21:10 hasta 22:6. La ciudad tiene doce fundamentos compuestos de piedras preciosas, simbólicamente las glorias de Cristo; pues Él es el verdadero fundamento sobre el cual está edificada la iglesia. Pero en aquellos días, cuando se ponían los fundamentos, había doce hombres que dejaron su im­presión sobre la Iglesia primitiva. En señal de esto, los nombres de los apóstoles del Cordero estaban gra­bados sobre los fundamentos de la ciudad (Apocalipsis 21:14).

El muro de la ciudad es de jaspe, piedra diáfana como el diamante. Este muro tiene como sesenta y seis metros de altura (21:17,18). Hay doce puertas, cada puerta una sola perla (v. 21). Los nombres de las doce tribus de Israel, están escritos sobre estas doce puertas, indicando que habrá intercomunicación entre el cielo y la tierra en estos días. “La ciudad es de oro puro, semejante al vidrio limpio” (v. 18). La calle también es de oro puro, transparente como vidrio (v 21). En medio de la calle fluye el río del agua de la vida, claro como cristal, del trono de Dios y del Cordero; y a uno y otro lado del río, el árbol de la vida con doce clases de frutos (22:1‑2).

74                    Una ciudad de magnitud

“La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud está igual a su anchura, y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios” (2,400 kilómetros, en cada dirección) “la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales.” (v. 16). ¡Una ciudad de tales di­mensiones necesita de veras buenos fundamentos!

75                    Una ciudad de bendiciones

No habrá gastos para mantener las calles en aquella ciudad, porque la calle está empedrada de oro puro (v. 21). No habrá cuentas de agua ni de luz. El río del agua de vida fluye claro como cristal; y el Cordero es la luz de ella (v. 23). No habrá escasez de comida, porque el árbol de la vida da sus frutos cada mes (22:2). Nunca habrá depresión en aquella ciudad donde el oro es tan abundante que lo usan para empedrar las calles. Hay perlas tan grandes que sirven para las puertas; y piedras preciosas tan abundantes que las ponen por fundamentos. No habrá falta de empleo, porque “sus siervos le servirán” (22:3). Lágrimas no habrá, porque “enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos” (21:4); ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas pasaron” (21:4). “Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella; y sus siervos le servirán” (22:3).

 

Cuestionario

  1. ¿Cuál era la esperanza de la Iglesia primitiva?
  2. Según el apóstol Pedro, ¿qué actitud respecto a la venida del Señor había de prevalecer en los últi­mos tiempos?
  3. ¿Cuáles son las tres presentaciones que habrá para la Iglesia en el cielo?

 

                                     

Apéndices

Ver

76                    Cartas de recomendación

Cuando los cristianos se mudan de casa o van de visita a un lugar donde no son conocidos, es importante que lleven consigo cartas de recomendación de la asamblea en donde están en comunión. Cuando Febe fue desde Cencrea a Roma, Pablo escribió a la asamblea en Roma, encomendándola a su cuidado y comunión (Romanos 16:1,2). Llegando ella con esa recomendación, ¡con cuánto gozo los santos en Roma le darían una cordial bienvenida!

Al salir Apolos de Éfeso para ir a Acaya, los her­manos de Éfeso escribieron a los hermanos de Acaya, exhortándoles que le recibieran (Hechos 18:27). Acre­ditado así, no sólo fue recibido, sino que los santos le tenían confianza, con el resultado de que “fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído”.

Además, Pablo escribió a la asamblea en Corinto: “¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros?” (2 Corintios 3:1). Aquí afirma dos cosas:

cuando determinadas personas ya son bien conoci­das en una asamblea adonde van, no es necesario volver a presentar carta de recomendación.

con esta excepción, todo cristiano debe pre­sentar carta de recomendación.

La práctica de llevar carta de recomendación debe reconocerse como de gran utilidad por todo cristiano. Evita dificultades y desconfianza en la asamblea en donde se espera ser recibido, y asegura confianza y bienvenida. Si una persona encuentra dificultad en con­seguir recepción donde no le conocen porque se des­cuidó de observar este principio escriturario, él mismo tiene la culpa.

77                    Reuniones especiales de una asamblea

El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir el día siguiente, Hechos 20:7

Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Há­gase todo para edificación, 1 Corintios 14:26

 

 

(i)           la reunión abierta

Nos parece claro que las reuniones de la iglesia primitiva se conducían según el orden de
1 Corintios 14, o lo que se ha llamado, “el culto abierto”. Se ha contado que las reuniones, en tiempos antiguos, de los que se congregaban solamente en el nombre del Señor Jesús, eran cultos abiertos para la oración, la adoración y la profecía. Se ha dicho que según se disminuía el poder del Señor con ellos, tales cultos se dejaban de celebrar. Es de lamentar que en muchos lugares, tal índole de reunión se limita a la de partir el pan, dicha reunión por necesidad siendo de carácter limitado.

“Resolver y no participar en el culto carece tanto del Espíritu como asistir resuelto a anunciar nuestro himno favorito o leer nuestro capítulo predilecto de todas maneras. Esto no edifica, mientras que aquello da lugar a que los ‘hablantines’ participen sin provecho. Al mismo tiempo creo que el mal clericalismo se ha levan­tado tanto de la negligencia de la mayoría como de la precocidad de la minoría. Si no hay más energía de fe y más preparación de corazón, haremos naufragio sobre el arrecife de ministerialismo.” William Hoste

Tales “cultos abiertos”, no asociados con el de partir el pan, la “fiesta conmemorativa”, pueden tomar un carácter distinto de acuerdo con el ejercicio de los santos y la dirección del Espíritu Santo. A veces en tiempo de prueba, una carga de oración ha de mani­festarse; empero no se llamaría “culto de oración”; y otras veces mucho lugar se dedicaría al ministerio de la Palabra, pero no por eso se constituye “culto de ministerio”.

 

 (ii)                              variedad

Algunos creen que el ministerio de la Palabra en tal reunión debe limitarse a dos o tres que participen, según 1 Corintios 14:17‑29. Otros creen, sin embargo, que la limitación aquí mencionada se refiere más bien al carácter del ministerio y que debe haber variedad en el ministerio y que no sea de una sola índole. Así el apóstol dice, referente a lo de hablar en lenguas: “Sí hablare alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más, tres, y por turno” (1 Corintios 14:27), dejando lugar a que un cuarto interprete. Sin embargo, cuando habla de la profecía, omite las palabras, “o a lo más”, y así leemos “los profetas hablen dos o tres”
(1 Corintios 14:29). Posiblemente sea de gusto que un hilo de tema siga por todo el culto cuando los himnos, la oración y el ministerio concuerden en uno; pero a veces quizás sea de más provecho que haya variedad en tal culto.

(iii)                              el estudio bíblico conversacional

Mucho se ha dicho en favor y en contra del estudio bíblico conversacional como reunión esencial de la asamblea. Uno escribió: “Estos cultos de estudio bíblico de conversación del último siglo no conocen cosa paralela en toda la historia de la Iglesia desde los tiempos apostólicos. El resultado práctico de ellos fue que un gran número del pueblo del Señor se interesara profundamente referente a su andar y aso­ciación individual, y sentían la necesidad de ser más conformados a la verdad que habían acabado de apren­der mediante estas lecturas de la Palabra de Dios.”

Probablemente, debido al impedimento del analfabetismo, el estudio bíblico de conversación como lo conocemos no es incluido en la lista de reuniones de la Iglesia primitiva, descritas en el Nuevo Testamento. Únicamente ha sido en los últimos dos siglos que los cristianos han podido lle­varse su propia copia de las Sagradas Escrituras, y así aprovechar a lo sumo una discusión general sobre una porción de ellas. Casi seguro, hay reuniones de los hijos de Dios en tiempos modernos donde muchos no disfrutan de tener copias individuales de las Escrituras. Donde las hay, nos parece un modo sumamente prove­choso de estudiar la Palabra del Señor.

78                    La cabeza cubierta de la mujer

¿Qué dice la Palabra de Dios acerca de esto? Lea­mos 1 Corintios 11:1‑16. ¿Enseña este pasaje que las mu­jeres han de usar velo o sombrero, o basta el cabello para cubrirse? En los días de Pablo las mujeres usaban velo. Algunos creen que el velo es el cabello. Conside­remos el versículo 4: “Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta afrenta su cabeza”. Si el velo es el cabello, entonces cualquier hombre que tiene cabello, cuando ora o predica, afrenta su cabeza, la cual es Cristo. Por lo tanto, ¡sólo los calvos podrían orar o ministrar! El pasaje dice que el hombre se descubre; eso es, se quita lo que tiene sobre la cabeza, cosa que sería imposible si el cubrimiento fuera el pelo. Tal vez algunos pregunten, “¿Qué quiere decir el versículo 15, “en lugar de velo, le es dado el cabello”? El ver­sículo 14 dice: “La naturaleza misma, ¿no le enseña?”

La naturaleza no le da al hombre pelo muy largo, pero sí lo da a la mujer, enseñando que ella debe estar con velo o cubierta. Ella debe complementar por acto voluntario (cubrirse la cabeza), lo que la naturaleza le ha hecho sin su voluntad, dándole un ejemplo.

¿Cuál es la significación del velo o cubrimiento? Primero, sujeción. La mujer es sujeta al hombre, (v. 3); el hombre es sujeto a Cristo; y Cristo es sujeto a su Padre Dios. La mujer demuestra su sujeción en la iglesia por su silencio y el velo. Véase 1 Corintios 11:1.15; 14:14; 1 Timoteo 2:9‑12. El hombre demuestra su sujeción descubriéndose y hablando según la voluntad de Cristo cuando toma parte en los cultos.

El apóstol dice en el versículo 6, “Porque, si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello: y si es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra”. Citemos este versículo como si fuese el cabello el único velo: “Si la mujer no tiene cabello, que sea rapada”. Esto es absurdo. Lo que quiere decir el versículo es que si la mujer quiere tener la cabeza descubierta en los cultos como el hom­bre, que se corte el cabello como el hombre; pero si esto es “vergonzoso”, que se cubra la cabeza con velo o sombrero.

Es difícil entender por qué algunas cristianas de­votas e instruidas se cortan su cabello. Lo consideramos como una señal que estamos en los postreros tiempos. Si la mujer tiene belleza y su lugar en la creación y cierta gracia netamente suya, ¿por qué, preguntamos, quiere imitar al hombre?

¡Qué bueno es cuando las mujeres demuestran su sujeción a Cristo y su separación del mundo por estas señales exteriores! La cabeza descubierta en la iglesia y el cabello cortado son prácticas de mujeres mundanas en estos últimos tiempos. Siendo que las Escrituras enseñan tan claramente esta lección de sujeción, nos extraña que algunas cristianas se excusan de obedecer la Palabra. Quieren hacer grandes cosas para Dios, pero no quieren agradarle en esto que parece tan pequeño. “El (o ella) que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel.” El Señor guiará, enseñará y usará a las que obedecen y se sujetan en lo que puede parecer poco.

 

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