La enfermedad en la Biblia (#792)

La enfermedad en la Biblia

 “¿No que toda enfermedad es producida por el Chamuco?  ¿Ustedes no creen eso?”

(El Chamuco es un nombre jocoso, extra bíblico, que se le da al diablo en México).

 

Respuesta dada por David R. Alves
a una pregunta lanzada en Hermosillo, México
el 13 de febrero de 2006

 

Los encabezamientos de este escrito son

La herencia en Adán

Cristo y la enfermedad

La salvación ofrecida

Causas de la enfermedad

Muchos casos de enfermedad en la Biblia
fueron causados o permitidos por Dios

La enfermedad puede ser causada
por el mal comportamiento
o el pecado en general

Hay enfermedades que son
directamente atribuibles a Satanás

 

 

La presencia de enfermedad en el mundo es consecuencia del pecado de Adán. Dios le dijo: “maldita será la tierra por tu causa” (Génesis 3:17). El pecado no entró porque el Maligno haya hecho presencia en este planeta. Estrictamente hablando, “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (Romanos 5:12). Veremos más adelante las reacciones de Dios y del diablo a esta circunstancia.

La herencia en Adán

Adán, cabeza de la raza humana (Salmo 8:6), pecó contra Dios y por lo tanto rompió la unión que debería haber existido entre la humanidad y su Creador. Si se hubiera mantenido la creación en perfecta armonía con su Creador, esto habría sido de bendición perpetua, o sea, perfecta salud e inmortalidad, entre otras cosas. Este fue el propósito original de Dios para con la humanidad. La enfermedad es una de las consecuencias de la maldición que vino por la separación causada por el pecado. “Vuestros pecados han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios” (Isaías 59:2).

La enfermedad es evidencia de la corrupción física que afecta a todo ser humano, con la clara excepción del Señor Jesucristo. “Toda la creación gime a una”, por estar sujetada a la esclavitud de corrupción (Romanos 8:18-23). Los terremotos, los huracanes y las enfermedades son ejemplos de los gemidos de un planeta enfermo que, lejos de gozar de lo que su Creador tenía en mente, está convulsionado debido al pecado.

Cuando Adán y Eva pecaron contra Dios en el huerto, en ese momento sucedieron, por lo menos, dos cosas: espiritualmente quedaron separados de Dios (Génesis 3:7, 8) y físicamente empezaron a morir. Dios le había hablado a Adán acerca del árbol de la ciencia del bien y del mal, diciéndole: “el día que de él comieres ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Jerónimo, en su versión Vulgata Latina de la Biblia, traduce “morirás” del hebreo al latín de esta manera: “morte morieris”. Nos hace entender que realmente lo que Dios le dijo a Adán fue: “muerto, morirás”.

Así fue, una vez muerto espiritualmente, moriría físicamente años después de haber comido del árbol prohibido. El mismo día en que Adán comió, él murió “en delitos y pecados” (Efesios 2:1); y también se convirtió en un ser mortal, o sea, empezó a morir por quedar sujeto a corrupción y enfermedad. Dios decretó: “al polvo volverás” (Génesis 3:19).

Aunque se nos haga extraño, la muerte física es una evidencia más de la benevolencia de Dios para con una raza caída. Dios impidió que Adán, ya sujeto a corrupción y enfermedad, comiera también del árbol de la vida y así viviera para siempre (Génesis 3:22). De haber sido así, el hombre habría vivido en corrupción inmortal. ¿Se imagina una persona padeciendo de cáncer por millones de años? ¡No! “La creación fue sujetada a vanidad (hecho temporal, o transitorio), no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza” (Romanos 8:20). ¡Dios acortó esta vida pero ofrece la esperanza de una mejor vida!

 

He aprendido aquí en Hermosillo que algunos predicadores ofrecen a sus feligreses la posibilidad de vivir hasta los ciento veinte años, como premio de buen comportamiento. (O sea, ¡si diezman lo suficiente!) Si se van a remontar a tiempos antediluvianos, por qué no mejor ofrecer el “paquete matusalénico”, que es de novecientos sesenta y nueve años. O, de perdida, el enóico, que es de trescientos sesenta y cinco años para el que camine con Dios por trescientos años. ¿Vivir hoy ciento veinte años? ¡Qué absurdo! Necesitan aprender lo que dijo Moisés, catorce siglos antes de Cristo, en Salmo 90: “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia trabajo, porque pronto pasan, y volamos”. Basta con buscar en un Almanaque Mundial la edad promedio de habitantes alrededor del mundo y se dará cuenta de cuán acertada es la Biblia, y cuán errados están algunos “lobos evangélicos” que creen que todos nos chupamos el dedo.

 

Debido al pecado, Dios limitó la estancia del hombre sobre esta tierra maldita, ofreciéndole la salvación del pecado por medio de Cristo para que, al acabarse la vida aquí (o al suceder el Rapto) uno goce, después de la resurrección de vida, de incorrupción e inmortalidad en un cuerpo glorificado junto con Cristo por toda la eternidad. Hay que tener claro que cuando Pablo escribió que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), no se refería a la muerte física; así como la segunda parte del versículo tampoco se refiere a la vida física. La paga del pecado será la muerte eterna en el lago de fuego. Pablo predicó en Atenas que Dios a los  hombres “les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación; para que busquen a Dios” (Hechos 17:26). La brevedad de la vida pone en “calidad de urgencia” el asunto de la salvación.

Los que hemos recibido a Cristo como Salvador personal sabemos que “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:20, 21). En este pasaje vemos que seremos semejantes a Cristo físicamente, mientras que en 1 Juan 3:2 aprendemos que seremos moralmente semejantes a Él también.

 

Al considerar eventos futuros, quiero insertar aquí una nota en cuanto al Milenio. En su venida en gloria, Cristo apresará a la Bestia y al Falso Profeta y los lanzará, directamente desde la tierra, vivos al lago de fuego (Apocalipsis 19:20). Parece ser que los demonios activos sobre la tierra al final de la tribulación serán apresados y enjaulados por mil años en las ruinas de la Babilonia destruida, Apocalipsis 18:2. La palabra “guarida” en este versículo es una jaula, o prisión. Apocalipsis 20:1-10 sí nos enseña claramente que mientras el reino milenario de Cristo se lleva a cabo sobre esta tierra, el diablo estará todo ese tiempo atado en el abismo.

Por mil años no habrá ninguna influencia satánica ni demoníaca sobre la tierra. Sin embargo, todavía habrá enfermedad y muerte. Cristo juzgará con vara de hierro y “matará al impío” (Isaías 11:4). “El niño morirá de cien años” (Isaías 65:20). Es muy cierto también que para casos de enfermedad habrá “sanidad para las naciones” (Apocalipsis 22:2) y, por lo tanto, “la lengua de los tartamudos hablará rápida y claramente” (Isaías 32:4), “los ojos de los ciegos serán abiertos”, y “los oídos de los sordos se abrirán y el cojo saltará como ciervo” (Isaías 35:5, 6).

Una de las distinciones entre el Milenio y el Estado Eterno es que en el Milenio aún habrá pecado sobre la tierra, mientras que en el Estado Eterno no. Cuando el diablo suba a la tierra una vez más, al final del Milenio, va a reunir a un enorme número de personas que, aunque fingieron obediencia al Rey Justo, mostrarán la rebelión que siempre había existido en sus corazones al apoyar un último ataque contra Dios (Apocalipsis 20:9, 10). El Mileno comprueba que el problema principal del hombre no es el ambiente en que vive, ni es el diablo tampoco, sino que es la perversidad de su propio corazón. Bien dijo el profeta: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9).

Sin embargo, debo aclarar que el diablo, en su imperio de la muerte (Hebreos 2:14,15) se ha valido de la enfermedad y de la muerte como armas para amedrentar a la raza humana. En un momento veremos más acerca de su actividad en relación con la enfermedad.

Cristo y la enfermedad

En Génesis 3:15 Dios profetizó que Cristo sería “simiente de la mujer”. Isaías profetizo también: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emmanuel” (Isaías 7:14). En cuanto a la venida de Cristo al mundo, el milagro no fue el de su nacimiento sino el de su concepción. El ángel Gabriel le dijo a María: “el Espíritu Santo vendrá sobré ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). En el vientre de María, Dios preparó un cuerpo para Cristo (Hebreos 10:5).

Mateo, en su genealogía del Señor, toma extrema precaución para mostrarnos que José no tuvo nada que ver con la concepción de Cristo. Después de haber repetido de otros que engendraron a sus hijos, llega al caso de Cristo y dice: “Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació el Cristo” (Mateo 1:16). José no tuvo nada que ver con el engendramiento del bebé que dio a luz su mujer. Dios se encargó por completo de la concepción milagrosa en el vientre de María. “Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mateo 1:20).

Dios también vigiló el embarazo de María. Era imposible que naciera con algún problema congénito. En el vientre de la virgen Cristo gozó de la protección divina, pues Él mismo dijo: “sobré Ti fui echado desde antes de nacer, desde el vientre de mi madre Tú eres mi Dios”, desde la cruz (Salmo 22:10). José, por su parte, “no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito” (Mateo 1:25).

Es más, Dios mismo se encargó del parto, otra etapa crítica en su venida al mundo. También desde la cruz, Cristo dijo: “Tú eres el que me sacó del vientre” (Salmo 22:9). Juan describe en Apocalipsis 12:4 las intenciones que tenía Satanás de devorar al niño Jesús tanto pronto como naciese, pero no le fue posible.

Cristo nunca tuvo un accidente o una caída que pusiera en riesgo su salud. “A sus ángeles mandará acerca de Ti, que te guarden en todos tus caminos, en las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra” (Salmo 91:11,12). Escenas de Cristo cayéndose, ya sea en su niñez, ya sea rumbo a la cruz, son inventos de las películas y de las tradiciones religiosas pero no están en la Biblia. En la tentación, el diablo citó mal el Salmo 91 para tratar de hacer que Cristo se saliera de la voluntad de Dios y tuviera un accidente, con las ramificaciones que esto podría producir. El diablo no pudo hacer que Cristo se desviara de la voluntad de Dios y que en consecuencia se lastimara o, incluso, muriera.

No leemos que Cristo se haya enfermado aquí sobre la tierra; en todo momento Él fue el Cordero “sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19) y “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14). Ambos pasajes fueron escritos con judíos en mente y ellos entenderían perfectamente la figura. Cristo vivió perfectamente sano, físicamente hablando, y espiritualmente fue perfectamente santo también.

Cristo tocó al hombre lleno de lepra (Lucas 5:13).El evangelio de Lucas enfatiza la perfección humana de Cristo. Aquí el “médico amado” parece subrayar el hecho de que no había por donde tocar a este leproso sin exponerse a la enfermedad. Cristo lo tocó  pero no se enfermó. Cristo era inmune a la enfermedad porque era inmune al pecado, no porque era inmune al ataque de Satanás. Satanás sí atacó a Cristo, pero no pudo hacer que Cristo pecara, ni, mucho menos, que se enfermara.

 

Es muy importante saber lo que significan las palabras de Isaías 53:4, 5 ya que hay muchos que, desafortunadamente, enseñan que Cristo murió en la cruz para darnos sanidad física y que, en consecuencia, el creyente en Cristo no debería enfermarse. El pasaje dice: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. 5 Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.

Este gran pasaje de la Biblia profetiza con muchísima exactitud, con siete siglos de anticipación, la grandiosa obra que Cristo realizaría en la cruz. Pero realmente mira también más allá de la cruz y describe la confesión que harán los judíos, cuando al final de la tribulación verán a Cristo viniendo en gloria y creerán en Él como el Mesías Redentor, cosa que rehusaron creer cuando vino la primera vez. En su primera venida lo vieron como un impostor, y por eso pensaban que su muerte fue un castigo divino. Por eso dirán, “le tuvimos por herido de Dios y abatido”. Descubrirán que estaban equivocados en cuanto a Cristo.

Cuando Cristo venga en gloria, un remanente de la nación de Israel se dará cuenta de que este Mesías glorioso es el mismo humilde Jesús de Nazaret que una vez se identificó tan plenamente con las enfermedades y dolencias de los judíos entre quienes vivió. Cristo no solo sintió simpatía hacia los enfermos, sino que con perfecta empatía sintió los estragos del dolor y de la enfermedad como si Él lo estuviese padeciendo en sí mismo también, aunque nunca había sufrido estas enfermedades. El versículo más corto del Nuevo Testamento, “Jesús lloró” (Juan 11:35), demuestra la gran empatía que mostró el bendito Varón de Dolores que vivió aquí “experimentado en quebranto” (Isaías 53:3).

El significado del pasaje se comprueba al ver cómo se citan estas palabras de Isaías en Mateo 8:14, Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre. 15 Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía. 16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; 17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias”. Cristo no limitó su sanidad de enfermos a horarios específicos, edificios particulares, eventos en estadios, feligreses agremiados, multitudes presentes, oportunidad económica, o a casos más fáciles, como es el caso de tantos charlatanes en nuestros días.

Cuando Isaías 53:4 dice que Cristo llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores se refiere a la vida de Cristo en relación a la enfermedad física existente en Israel en los tiempos de su primera venida al mundo.

Por contraste, Isaías 53:5 tiene que ver con la muerte de Cristo y la enfermedad espiritual de la nación en los tiempos de su segunda venida al mundo. Más allá de todos las heridas que Cristo sufrió de manos de los soldados, el versículo 5 es más bien una descripción de los sufrimientos vicarios de Cristo, o sea, lo que sufrió por otros de parte de Dios al tomar el lugar de sustituto. Al decir “por su llaga fuimos nosotros curados”, quiere decir que viene el día cuando un remanente judío será salvado, o curado, de su herida espiritual, o sea, del problema del pecado, por apropiarse personalmente de la obra de Cristo.

La salvación ofrecida

La historia del etíope que fue salvo escuchando a Felipe explicar el evangelio de Jesús con base en las palabras de Isaías capítulo 53, demuestra que la obra de Cristo, en este tiempo de la gracia, es efectiva para la sanidad espiritual, o la salvación, de los gentiles también.

Aprovecho este momento para recalcar un punto aquí: “Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4), pero no esto quiere decir que todos serán sanos. La salvación del alma y la sanidad del cuerpo son dos cosas diferentes, aunque es obvio de Cristo podía efectuar ambas cosas casi simultáneamente.”

El apóstol Pedro demostró esto al decir de creyentes en su día que “habían vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas”. ¿Cómo fueron reconciliados? Dice el versículo anterior: “por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2:24, 25). O sea, Pedro interpretó la palabra “curados” en un sentido espiritual: la muerte vicaria de Cristo resuelve el problema espiritual (distancia debido al pecado) pero no quiere decir que también quita los problemas físicos del hombre en esta vida.

El que escribe fue salvo hace treinta años mientras leía la gran verdad de Isaías 53:5. Entendí que el castigo que me trae la paz fue puesto sobre Cristo cuando él murió por mí en la cruz. La salvación del alma no tiene nada que ver con la salud del cuerpo. Claro, como veremos en un momento, hay enfermedades y problemas físicos que son consecuencia de la vida desordenada que han llevado personas antes de ser salvos y que por el solo hecho de vivir más ordenadamente gozan de mejor salud. Pero el ser salvo no significa que uno no puede enfermarse. Veremos que personas muy espirituales pueden enfermarse como parte de una tremenda prueba que Dios trae a sus vidas con un propósito muy especial.

La salvación que Dios ofrece tiene tres aspectos: (1) Dios salvó (pasado) a la persona del la paga del pecado en el momento que confió en Cristo como Salvador personal (Tito 3:4, Romanos 6:23). (2) Dios está salvando (presente) al creyente día tras día del poder del pecado (1 Corintios 1:18; Romanos 5:10), y (3) Dios salvará (futuro) al creyente de la presencia del pecado en “el día de la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:23; Efesios 1:14, 4:30).

Antes del día de la redención de nuestros cuerpos, los creyentes aún somos criaturas mortales. Mientras seamos mortales tendremos cuerpos corruptibles,  y seremos susceptibles a la enfermedad y a la muerte. Cuando venga Cristo por nosotros seremos resucitados y/o transformados, y dice Pablo que “es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1Corintios 15:53). Ya vestidos de incorrupción e inmortalidad jamás volveremos a enfermarnos. A esto se refiere el mismo apóstol al escribir a los romanos que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera”. Es entonces, y sólo entonces, que gozaremos de “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:16-23).

Cristo no conoció corrupción en su cuerpo durante su vida, ni en su muerte tampoco. Después de tres días de muerto su cuerpo no hedía, como en el caso de Lázaro (contrastar Juan 11:39 con Hechos 2:31). Juan y Lucas mencionan que nadie había sido puesto antes en la tumba en que estuvo el cuerpo del Señor. Cristo resucitó por el poder de Dios, no por haber tocado los huesos de alguien más sepultado allí, como fue con el caso del hombre en 2 Reyes 13:21, que resucitó cuando su cuerpo tocó los huesos del profeta Eliseo. La tumba de Cristo, por ser nueva, también eliminó la posibilidad de que “olor a muerto” se atribuyera al hecho de que el cuerpo de Cristo había estado allí. Sólo el cuerpo de Cristo podría yacer tres días en una tumba sin causar mal olor. El cuerpo de toda otra persona, aunque haya logrado vivir sin enfermedad, empezaría a oler mal poco después de morir.

Causas de la enfermedad

La enfermedad en una persona, creyente o incrédula, puede darse como consecuencia general de la presencia del pecado en la raza humana, pero también puede darse en la vida de una persona por razones específicas.

Es un error pensar que toda enfermedad es por influencia satánica, aunque a veces sí lo es. Permítanme unas referencias bíblicas para tratar de catalogar casos de enfermedad en la Biblia. Para efectos de este estudio, “enferme-dad” incluye también toda discapacidad, e incapacidad relacionados con el cuerpo. Seleccionaremos algunos casos, por amor al tiempo.

Veremos que cada caso es un caso. Algunos padecen enfermedades por pecados específicos, otros padecen enfermedades como consecuencia de los estragos del pecado que ha arruinado a la raza humana, pero que dentro de la santa y soberana voluntad de Dios, puede ser que logren discernir que su sufrimiento es con un propósito divino, sin que el diablo tenga absolutamente nada que ver.

Muchos casos de enfermedad en la Biblia
fueron causados o permitidos por Dios

No toda enfermedad es un castigo. No pocas veces es usada por Dios para ayudar la espiritualidad de un creyente, o a manera de prueba del creyente espiritual. Satanás no tiene nada que ver.

  • La experiencia de Jacob se cuenta en Génesis 32:31, 32. Y cuando había pasado Peniel, le salió el sol; y cojeaba de su cadera. Por esto no comen los hijos de Israel, del tendón que se contrajo, el cual está en el encaje del muslo; porque tocó a Jacob este sitio de su muslo en el tendón que se contrajo.
  • Job es un caso sobresaliente donde Dios permitió que Satanás interviniera a este fin; Job 2:4. Respondiendo Satanás, dijo a Jehová: Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. 5Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia. 6 Y Jehová dijo a Satanás: He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida. 7 Entonces salió Satanás de la presencia de Jehová, e hirió a Job con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. 8 Y tomaba Job un tiesto para rascarse con él, y estaba sentado en medio de ceniza. 9 Entonces le dijo su mujer: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete. 10 Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios.

Hay enfermedades que, como consecuencia general del pecado en el mundo, Dios permite en la vida de un creyente espiritual, a manera de prueba.

  • Timoteo, siervo de Dios, era un hombre enfermizo;
    1 Timoteo 5.23. Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades. Epafrodito, siervo de Dios, enfermó de gravedad; Filipenses 2:27. Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir.
  • Elisabet era una mujer espiritual, pero no podía concebir; Lucas 1.6,7. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril.
  • Pablo sufría una enfermedad que afectó su vista; Gálatas 4:13,15, 6:11. Pues vosotros sabéis que a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio … Si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos … Mirad con cuán grandes letras os escribo. Es muy posible que a esto se refirió el apóstol en 2 Corintios 12:7 cuando escribió de “un aguijón en mi carne”, el cual el Señor no le quiso quitar.

Aun la muerte es permitida dentro de la voluntad de Dios, sin referencia a pecado específico ni intervención satánica. Por ejemplo, ●  Lázaro  era buen creyente, amigo personal de Jesús. Cristo sabía que estaba enfermo y ha podido sanarlo a larga distancia, pero no interrumpió el curso de la enfermedad; Juan 11:1 al 16. Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro … Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Cuando oyó, pues,  [Jesús] que estaba enfermo se quedó dos días en el lugar donde estaba. … Lázaro ha muerto.

 

También hay las enfermedades en la vida de un creyente carnal que sí es disciplina de Dios para que el creyente corrija su andar.

  • 1 Corintios 11:30 habla de los creyentes carnales en la iglesia en Corinto. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros.
  • Santiago 5:14,15 trata de un creyente enfermo por un problema espiritual. Por eso se llaman a los ancianos, no a los doctores. ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados le serán perdonados.

 

Dios también puede causar la muerte directamente sobre creyentes o incrédulos, como juicio, por algún pecado específico en sus vidas, sin que se mencione intervención satánica.

  • El hijo de David era un bebé inocente; 2 Samuel 12:14, 15, 18. Mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá. Y Natán se volvió a su casa. Y Jehová hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y enfermó gravemente. … y al séptimo día murió el niño.
  • El rey Herodes era hombre inconverso y soberbio; Hechos 12:23. Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos.
  • Éxodo 9:8 habla de los egipcios. Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Tomad puñados de ceniza de un horno, y la esparcirá Moisés hacia el cielo delante de Faraón; 9 y vendrá a ser polvo sobre toda la tierra de Egipto, y producirá sarpullido con úlceras en los hombres y en las bestias, por todo el país de Egipto. 10 Y tomaron ceniza del horno, y se pusieron delante de Faraón, y la esparció Moisés hacia el cielo; y hubo sarpullido que produjo úlceras tanto en los hombres como en las bestias. 11 Y los hechiceros no podían estar delante de Moisés a causa del sarpullido, porque hubo sarpullido en los hechiceros y en todos los egipcios. 12 Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y no los oyó, como Jehová lo había dicho a Moisés.
  • Ya hemos mencionado que algunos creyentes carnales en Corinto murieron por disciplina divina; 1 Corintios 11:29, 30. El que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí, por lo cual … muchos duermen.

La nación de Israel, el pueblo terrenal de Dios, fue castigada por enfermedad:

  • (a) Deuteronomio 28:58 al 63. Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: JEHOVÁ TU DIOS, 59entonces Jehová aumentará maravillosamente tus plagas y las plagas de tu descendencia, plagas grandes y permanentes, y enfermedades malignas y duraderas; 60y traerá sobre ti todos los males de Egipto, delante de los cuales temiste, y no te dejarán. 61Asimismo toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta ley, Jehová la enviará sobre ti, hasta que seas destruido. 62Y quedaréis pocos en número, en lugar de haber sido como las estrellas del cielo en multitud, por cuanto no obedecisteis a la voz de Jehová tu Dios. 63Así como Jehová se gozaba en haceros bien y en multiplicaros, así se gozará Jehová en arruinaros y en destruiros; y seréis arrancados de sobre la tierra a la cual entráis para tomar posesión de ella.
  • (b) Deuteronomio 32:39. Ved ahora que yo, yo soy, no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano; y no hay quien pueda librar de mi mano.

La enfermedad puede ser causada
por el mal comportamiento
o el pecado en general

Leemos de casos sin referencia que la enfermedad venga directamente de Dios ni de Satanás.

  • Oseas 7:5, un rey: En el día de nuestro rey los príncipes lo hicieron enfermar con copas de vino.

Juan 5.14, el paralítico de Betesda: Por el versículo que aparece a continuación acerca del paralítico de Betesda, parece que su parálisis se produjo a raíz de algún tipo de mal comportamiento en su pasado.  ●  Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.

 

Hay enfermedades en personas inconversas que son una consecuencia general del pecado, y no son atribuibles a maldad en ellos mismos, o a maldad en su padres. No se menciona intervención Satánica tampoco. A veces una enfermedad motiva a algunos a buscar a Dios.

  • Juan 9:1-3 habla del ciego de nacimiento. Al pasar Jesús vio a un ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? No es que pecó, éste ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.
  • Lucas 8:43 es parte de la historia de la mujer que tocó el borde del manto del Señor. Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y había gastado en médicos todo cuanto tenía … se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto.

 

Hay enfermedades que son
directamente atribuibles a Satanás

 

  • Leemos en Lucas capítulo 13 acerca de la mujer encorvada. Obsérvese que trata de una persona inconversa y poseída de demonios. Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo; 11y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar. 12 Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre de tu enfermedad. 13 Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios. 14 Pero el principal de la sinagoga, enojado de que Jesús hubiese sanado en el día de reposo, dijo a la gente: Seis días hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed sanados, y no en día de reposo. 15 Entonces el Señor le respondió y dijo: Hipócrita, cada uno de vosotros ¿no desata en el día de reposo su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? 16 Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo? 17 Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él.

 

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