La disciplina colectiva (#112)

 

La Disciplina Colectiva

 

Donald R. Alves padre

 

              Presentación

   I          Quiénes disciplinan

                          II          A puerta cerrada

                         III          Delante de la congregación

                         IV          Fuera

                          V          Por qué

                         VI          Para qué

 

Presentación

Joven aún, yo tenía poco tiempo en la asamblea cuando pidieron a los que no eran miembros de ella retirarse del salón por unos minutos. Esto me perturbó, pero más cuando uno de los líderes, un hombre que conocía a Dios, anunció que nuestra condición tibia había permitido un pecado mayor. “Refleja negativamente en mí y en todos nosotros”, dijo. Me asusté. Él explicó que una hermana de largos años en la asamblea tenía una relación ilícita con un vecino y por esto tenía que ser separada de la comunión. Procedió a dar la base bíblica para este acto.

“Si habríamos tenido más interés en nuestra hermana en Cristo, habríamos sabido que Satanás la estaba zarandeando, y tal vez se habría evitado lo que ha sucedido”. Espero haber aprendido.

Mi segundo encuentro con la forma más radical de la disciplina colectiva se presentó apenas un año más tarde, cuando varias asambleas fueron sacudidas por la noticia de cierto escándalo. Un anciano en el lugar donde ocurrió el problema hizo uno de los comentarios más ridículos que ha podido expresar. “Pues”, dijo, “¡este caso es tan feo y claro que no necesitamos la Palabra de Dios para tratarlo!”

De un todo falso. Siempre precisamos de la Palabra de Dios para decirnos qué hacer, y a ella tenemos que sujetarnos. Es fácil errar en un sentido u otro en esta materia si dejamos que el instinto, los sentimientos o la costumbre nos guíen. Que el Espíritu nos dirija en la elaboración y uso de este librito, para que sirva simplemente de orientación sobre cuáles son los pasajes bíblicos que nos instruyen.

La disciplina no es un tema agradable pero es uno esencial para nuestra instrucción como creyentes en Cristo. No es de un todo negativa, ya que da fruto apacible de justicia a los que en él han sido ejercitados. Es un tema antiguo. Eliú dijo en Job 36 acerca del trato de Dios con los de su tiempo, que Él despierta su oído para la corrección, y les dice que se conviertan de la iniquidad. Si oyeren, dijo, y le sirvieren, acabarán sus días en bienestar, y sus años en dicha. Pero si no oyeren, serán pasados a espada, y perecerán sin sabiduría.

Vamos a estudiar:

La conversación privada
La reprensión privada
La amonestación pública
El aislamiento, posiblemente en silencio obligatorio
La excomunión

Ojalá que la  simple lista sirva para recordarnos que “poner a alguien fuera de comunión” es solamente una de las formas de la disciplina colectiva. Como escuché aquella mañana cuando joven, “Si hubiéramos tenido más interés en nuestra hermana … tal vez se hubiera evitado lo que ha sucedido”.

Pero no queremos aprender solamente los actos de disciplina. Veamos primeramente quiénes nos disciplinan, y después por qué lo hacen (las causas) y para qué (los objetivos).

D R A

I – Quiénes disciplinan

En el sentido más amplio, toda disciplina se origina con Dios mismo. Sin embargo, las Sagradas Escrituras distinguen entre por lo menos tres fuentes. El Nuevo Testamento habla de la disciplina propia, la disciplina divina y la disciplina colectiva. (colectivo = “Que pertenece a un grupo de personas o a una colectividad y es compartido por cada uno de sus miembros”).

La disciplina propia

Esta es la sumisión a la voluntad de Dios, dirigida por el Espíritu Santo. Es el control que el hombre nuevo ejerce sobre su actitud y sus actividades, ejercido a expensas de la vieja naturaleza. Es la cuarta fase del desarrollo espiritual definido en 2 Pedro 1,
y sigue la fe, la virtud y el conocimiento. La salvación nos libró de la cobardía ante el dominio de Satanás, y nos dio el espíritu de poder, amor y dominio propio, 2 Timoteo 1.7. El hijo de Dios debe tener el propósito firme de limpiarse si va a ser instrumento para honra, santificado, útil al Señor y dispuesto para toda buena obra, 2 Timoteo 2.21.

Pablo reconoció que todo es lícito en un sentido, pero no todas las cosas convienen y no todas edifican. Él resolvió no dejarse dominar por ninguna. Había sido comprado por precio, y estaba resuelto a glorificar a Dios en cuerpo y espíritu, por ser ellos de Dios, 1 Corintios 6.12,20, 10.23. No sólo su cuerpo estaba golpeado en servidumbre; aun sus pensamientos estaban cautivos a la obediencia de Cristo; 1 Corintios 9.27, 2 Corintios 10.5.

Si uno ejerce de veras la disciplina propia, es poco probable que llegue a ser objeto de la disciplina colectiva. O sea, si nos discernimos a nosotros mismos, no seremos juzgados, 1 Corintios 11.31.

La disciplina del Padre

Al escribir, “no seremos juzgados”, es probable que el apóstol se refiriera a la disciplina de nuestro Padre. La disciplina suya puede ser castigo, pero también se administra para impedir que hagamos lo que Él no desea, como también preparación para una mayor devoción y servicio.

Desde luego, Hebreos 12 viene a la mente. El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si la soportamos, Él nos trata como a hijos, pero si nos deja sin disciplina, somos bastardos y no hijos suyos. Al ver que otro creyente está pasando por aguas profundas, jamás debemos suponer que el tal está siendo castigado de Dios; tal vez la prueba sea preparación para mayores profundidades de devoción o alturas de servicio que el resto de nosotros desconocemos.

Job perdió su salud y sus bienes, pero Dios bendijo su postrer estado más que el primero, 42.12. ¡Él aprendió que mejor es el fin del negocio que su principio! Eclesiastés 7.8. Pablo, por su parte, contaba con su aguijón en la carne, cual mensajero de Satanás permitido por Dios, todo con el fin de que no se enalteciera indebidamente, 2 Corintios 12.7. Los “expatriados elegidos” a quienes escribió Pedro se encontraron afligidos en diversas pruebas, pero para alabanza, gloria y honra en la manifestación de Cristo, 1 Pedro 1.7.

Ninguno como nuestro Señor sufrió la contradicción de pecadores contra sí. Con todo que era Hijo de Dios, en su humanidad Él llegó a conocer la obediencia por lo que padeció, Hebreos 12.3, 5.8. Jamás había sido, o sería, desobediente, pero las experiencias de su humillación revelaron una faceta de su carácter que no era evidente en su eterna existencia antes de humanarse.

Y nosotros, cuales hijos, estamos sujetos a la disciplina divina. No la aplicamos, ni necesariamente otros son empleados para administrarla. Así fue que el Señor explicó a los santos en Laodicea, que a todos los que ama, Él castiga. Lo hace directamente por medio de experiencias en nuestras vidas.

En el caso de algunos creyentes carnales, esto había tomado la forma de una debilidad corporal o aun la muerte, 1 Corintios 11.30. Otro apóstol escribió en un sentido similar a los creyentes que estaban al comienzo de una persecución feroz a manos de impíos. Si el juicio comienza por la casa de Dios, preguntó retóricamente, ¿cuál será el fin de aquellos que ni siquiera obedecen al Evangelio? 1 Pedro 4.17.

Ananías y Safira fueron derrumbados por la acción directa de Dios, aunque un apóstol fue usado para enunciar la naturaleza de su pecado. Un ejemplo en el Antiguo Testamento lo tenemos en Nadab y Abiú. Ellos ofrecieron fuego extraño — o sea, no de origen divino — sobre el altar de Dios, y Él los mató; Levítico 10.

Con todo, repetimos lo dicho: la disciplina del Señor puede ser para castigar, pero bien puede ser para limpiar o aun perfeccionar. Es para que participemos de su santidad, Hebreos 12.10.

La disciplina colectiva

Hablemos ahora de la disciplina del Señor que otros creyentes nos administran cuando faltamos. Es el tema de todo lo que sigue. Básicamente, es la disciplina de la asamblea. En sus formas comunes y menos severas debe ser un asunto con muy pocos, y no siempre en el contexto de la iglesia local. La disciplina del Padre, administrada tal vez por el Hijo, nos trata como miembros de la familia suya.
La disciplina administrada por una asamblea nos trata como componentes de aquella congregación específica.

Hemos mencionado que en Corinto algunos estaban muy enfermos cuando Pablo escribió, y otros ya habían fallecido prematuramente. Adicionalmente, una cierta persona — el hombre del capítulo 5 de la primera epístola — tenía que ser excomulgado. El Señor ejerció la disciplina al primer grupo; sus concreyentes no los enfermaron o mataron.  Pero el segundo caso tenía que ser atendido por la asamblea como tal, actuando bajo la autoridad del Señor, que en ese entonces estaba investida en su apóstol. Fue lo que estamos llamando la disciplina colectiva.

Quizás parezca extraño para algunos que la conversación privada y la reprensión privada se incluyan en este estudio sobre cómo conducirnos en la casa de Dios que es la iglesia local. Es cierto que los capítulos siguientes incluyen ciertos pasajes bíblicos que aplican a consejos y conversaciones que no necesariamente se deben llevar a cabo dentro del marco de la asamblea, existiendo la posibilidad de que versen sobre la comunión entre apenas dos o tres personas.

No obstante, debemos notar los cuatro pasos en el caso de Mateo 18 (“Si tu hermano peca contra ti …”) Aquello comienza como un asunto entre dos personas, pero lamentablemente se extendió hasta afectar a toda la congregación. Así también, por ejemplo, en 1 Timoteo 6, donde Pablo instruye a Timoteo a apartarse de ciertos hombres carnales. Puede que se refiera a la comunión personal de Timoteo (aunque es dudoso), pero ciertamente no lo hace al exigir, unos versículos antes, que éste reprenda “delante de todos”. Tito, por su parte, tenía que amonestar al manipulador político y tapar la boca del hablador de vanidades. En algunos casos él ha podido cumplir con el primer caso en privado, pero no podría cumplir con el segundo sin poner el asunto delante de la congregación que era objeto del abuso.

Además, estas formas menos severas de disciplina son un medio para evitar la necesidad de una disciplina drástica ante la asamblea entera. Es mucho mejor ayudar a un creyente errante por medio de la exhortación personal, aun en la esfera de la comunión de la iglesia, que dejar de atender una falta hasta que resulte en un pecado más grave y exija atención ante toda la congregación.

II ─  A puerta cerrada

Hay las conversaciones que son más que todo para exhortar, animar o consolar. También hay las reprensiones; ellas son para señalar una mala conducta y ofrecer el consejo que corresponde a la necesidad.

A  Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo, Gálatas 6.1,2

Un hermano o una hermana espiritual conversa humildemente con el afectado, sin publicar la cosa, sin formar un escándalo, todo con miras a comprender la condición debilitada del que ha faltado y ayudarlo en su restauración al Señor.

Si quiere, usted puede decir que esto casi no puede considerarse como una disciplina en el sentido que usamos la palabra. Por cierto, no es colectiva, pero si esta conversación privada fuera practicada más por los espirituales entre nosotros, reconociendo que ellos también pueden ser “atacados por detrás”, las disciplinas que vamos a ver a continuación serían menos frecuentes.

En esta coyuntura tenemos que ver los primeros dos de cuatro pasos en Mateo 18.15
a 17. Encontraremos los otros dos, (c) y (d), más adelante. Ellos aplican cuando (a) y (b) fallan. Llama la atención que la primera mención de la iglesia local − la asamblea − en la Biblia sea un instructivo sobre las relaciones interpersonales.

A  (a)  Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano, Mateo 18.15

No nos interesa debatir aquí si “contra ti” debe o no debe figurar en el texto. La belleza del trozo está en “tú y él solos” y “ganar a tu hermano”. Otra vez, nada de escándalo, ni chisme; nada de vencer al otro, nada de lesionar intencionalmente la dignidad propia del ofendido.

A  (b)  Si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra, Mateo 18.16. Otra traducción es: “… por boca de dos o tres testigos sea arreglado todo asunto”.

La cosa se está poniendo complicada porque el supuesto ofensor no aceptó el reclamo del otro. Pero todavía requiere solamente la conversación privada. Una norma fundamental cuando hay problemas entre hermanos es: “Siempre guarde el problema en el círculo más reducido posible”.

Temiendo la posibilidad de que este segundo paso no termine bien, el ofendido se acuerda de Deuteronomio 19.15: “Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación”.

A   Os rogamos, hermanos, (a) que amonestéis a los ociosos, (b) que alentéis a los de poco ánimo, (c) que sostengáis a los débiles, (d) que seáis pacientes para con todos,
1 Tesalonicenses 5.14

Este versículo parece un poco extraño por la secuencia en que menciona cuatro grupos de personas, comenzando con los más problemáticos. Hay los ociosos, los desanimados, los flacos espiritualmente, ¡y finalmente todos nosotros!

La responsabilidad de otros − aparentemente los pastores − es de amonestar, alentar, sostener y ser paciente. Es un trozo clásico para hacernos ver que nuestro trato con otros debe ajustarse a la condición de cada cual. En toda esta cuestión de la disciplina, no aplica la modalidad de “una talla única”.

Los “ociosos” no son los flojos como tales, sino los turbulentos o desordenados. Son los contrariados que no quieren guardar el paso. Para ellos es el verbo más severo en el pasaje: “amonestar”; mejor, “advertir”. Los de poco ánimo carecen de suficiente confianza, cosa que sobra en los turbulentos. Los débiles también son salvos pero quizás poco instruidos, sugestionables, o incapaces de enfrentar la crítica o la persecución.

El apóstol acaba de hablar, v. 12, de aquellos que nos presiden o ameritan nuestra estima. Estas cuatro acciones a puerta cerrada son iniciativas que ellos deben tomar con nosotros, pero parece que no son hombres perfectos, ¡porque cada cual debe tener paciencia con todos!

Judas 22,23 es otro pasaje que contempla condiciones que deben ser distinguidas:

A  (a) A algunos que dudan, convencedlos, (b) a otros salvad, arrebatándolos del fuego; (c) y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne. En cuanto a la primera, otra traducción es: “A unos reprendedlos cuando sean contenciosos”.

Judas ha venido hablando de los apóstatas, gente en peores condiciones que, por ejemplo, los creyentes que hemos visto en Tesalónica. Pero aun así, él distingue entre aquellos que propagan ideas perniciosas y aquellos que las profesan porque han sido engañados.

“Salvar” no es la salvación eterna, ni “fuego” es la condenación eterna. Es lenguaje figurado que sigue a un pasaje muy fuerte acerca de gente que “blasfeman de cuantas cosas no conocen”. Las lecciones para la disciplina colectiva son dos: distinguir entre una actitud y otra; y, ayudar al errado, no destruirlo.

III ─ Delante de la congregación

Algunos yerros requieren más que una conversación o reprensión en privado. Algunos versículos que citamos a continuación contemplan que se hará “delante de todos”, o palabras similares. Un maestro en doctrina ha escrito: “La norma es: ofensa privada, reprensión privada; ofensa pública, reprensión pública”.

Ninguna de estas citas hace mención de excluir de la membresía al que ha faltado. Una u otra habla de “tapar la boca”, dando a entender que en algunos casos la reprensión conllevará la exigencia de no intervenir verbalmente mientras la disciplina esté en efecto.

Pero la cosa va más allá de esto. A veces una reprensión no es suficiente; el ofensor tiene que sufrir una cuarentena. Nos adelantamos aquí para enfatizar que uno de los trozos listados aclara que este aislamiento es “después de una y otra amonestación”.

Requieren comentario ese título, Delante de la congregación, y el trozo delante de todos, que vamos a encontrar en un momento. Es decir, delante de todos los miembros de la asamblea, y solamente delante de ellos. Una tragedia en la asamblea donde yo me congrego no debe tomarse como una noticia para ser divulgada en la asamblea donde usted se congrega, y mucho menos entre familiares y vecinos del pueblo del Señor. En reuniones privadas de la asamblea, convocadas para anunciar un triste acto de disciplina, he oído leer 2 Samuel 1.20: “No lo anunciéis en Gat, ni deis las nuevas en las plazas de Ascalón; para que no se alegren las hijas de los filisteos, para que no salten de gozo las hijas de los incircuncisos”. Saúl y Jonatán habían muerto en circunstancias sumamente lamentables, pero eso no era para anunciarse fuera del pueblo de Israel − ni en una de las ciudades de los filisteos al norte del país, ni en una de las ciudades de los filisteos al sur del país.

La reprensión

Los verbos en las cartas a Timoteo y Tito son todo un tema en sí, y especialmente los verbos imperativos de tomar acción. Los hay como mandar, gobernar, leer (en público), enseñar, exhortar y predicar. Pero encontramos también desechar, reprender y redargüir. No nos sorprende, porque estas cartas tratan del comportamiento en la casa de Dios y de la corrección de lo deficiente, 1 Timoteo 3.15, Tito 1.9,11.

Veamos por el momento pasajes que usan estos verbos fuertes de manera específica.

A   Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia, Mateo 18.17.

Este mandamiento que contempla la reprensión pública se basa en el tercer paso en Mateo 18. Vimos los primeros dos: hablar a solas con el ofensor, y hablar con él en presencia de dos testigos. “Dilo a la iglesia” no es celebrar un cabildo abierto para debatir la cuestión. Los testigos están informados; algunos ancianos han conocido la triste historia; el presbítero ha luchado ante el Señor en oración. Hebreos 13.17 está en plena operación ante este penoso aviso a la congregación.

A  El anciano en una asamblea debe ser retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda (a) exhortar con sana enseñanza y (b) convencer a los que contradicen … (c) es preciso tapar la boca … (d) repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe, Tito 1.9 a 13.

Este versículo no es un mandamiento para actuar, sino un requisito que el anciano esté en condiciones de enseñar, convencer, silenciar y reprender cuando la ocasión lo amerite. Si no conoce su Biblia, no sabrá hacerlo.

A   A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman, 1 Timoteo 5.20. La Reina-Valera reza: “los que persisten en pecar”, pero otras versiones hablan sólo de “los que han pecado”. La diferencia textual ha sido tema de mucho estudio.

Los pecadores a ser reprendidos en este versículo son, cuando menos, los ancianos en la asamblea que deshonran al Señor. Se ha venido hablando en el capítulo de los ancianos, y ellos no están exentos de esta posible disciplina. Parece decir que su conducta puede requerir mención pública cuando a veces la de otro cristiano no requeriría este paso.

Pero no todos los eruditos en la Palabra ven que la orden aplique a ellos más que a todos nosotros. Por ejemplo, William Kelly escribe: “No guarda relación específica con los ancianos, sino entra en el campo mayor de los santos en general. El apóstol reconoce que los ancianos están en una obra que los expone a las críticas malintencionadas de los desordenados, pero con todo él no los protege de ser reprendidos ante un testimonio adecuado de una mala conducta, pero insiste aquí que tampoco se debe exonerar a cualquier otro que sea culpable de pecado”.

El aislamiento

Vamos a listar pasajes que requieren alguna suspensión de privilegios, aun cuando uno continúe como miembro de la asamblea. Directa o indirectamente, hacen mención de inconformidad con la doctrina.

La doctrina es todo el cuerpo de fe una vez dado a los santos. Para hombres como Timoteo y Tito, la orden fue: “Esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”. La doctrina no trata solamente de temas como el pecado, la salvación, la profecía, Israel, la iglesia universal y la iglesia local. La doctrina ordena nuestro modo de vivir como creyentes. Cuando Pablo le exhorta a Timoteo a hablar “lo que está de acuerdo con la sana doctrina”, él procede a ilustrar: “que los ancianos sean sobrios”, “las ancianas asimismo sean reverentes”, “las mujeres jóvenes a que sean prudentes” y “los jóvenes … a ser prudentes”.

Es evidente, entonces, que se requiere mucha dirección divina y sabiduría para discernir cuáles ideas son falsa doctrina. ¡Todos fallamos en actos de comisión y omisión! Discrepar en opinión no le hace a uno un maestro falso, pero insistir en teorías perversas, sí. Y aquellas teorías no tienen que ser esotéricas; hemos visto que “la sana doctrina” gobierna el estilo de vida diaria.

A  Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. Mas no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano, 2 Tesalonicenses 3:14,15. Otra traducción es: “… notad al tal, para que no os acompañéis con él”.

La ofensa ha sido que el candidato no prestaba atención a la doctrina apostólica.
La acción requerida es hacerlo saber a la congregación y alejarse de él (no alejarlo a él de la comunión de la asamblea). Sin embargo, la actitud de los creyentes hacia este hermano es de no verlo como enemigo, sino como hermano errante en la asamblea. La razón por esta disciplina es “para que se avergüence”.

A   Os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros, 2 Tesalonicenses 3.6.

A   Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras, 2 Juan 1.10,11. Otra traducción es: “… quien le saluda amistosamente participa en sus malas obras”. Juan no está escribiendo a una asamblea, pero está escribiendo acerca de una asamblea, y dice que no debemos recibir al visitante errado en nuestras casas. ¿Qué aplicación tiene esta prohibición a los otros casos, donde uno debe estar marginado en las reuniones de la congregación?

A  Si alguno no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales, 1 Timoteo 6.3 a 5.

Y ahora los que promueven división:

A   Os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos, Romanos 16.17,18.

La Versión Moderna es útil: “Que reparéis a los que están causando divisiones y escándalos … y que os apartéis de ellos … Con palabras mellosas y adulaciones, engañan …”

Por dieciséis versículos Pablo ha venido elogiando a determinados hermanos y hermanas que había conocido, y ahora cambia de dirección abruptamente. Va a decir en v. 19: “Quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal”. No ingenuos ante las corrientes subversivas en la congregación, sino “simples” en su propia conducta, dejando a los vociferadores sin caja de resonancia.

A  Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo, sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio, Tito 3.10,11. Otras traducciones son un poco más precisas: “después de la primera y segunda amonestación”. Si está causando divisiones, obviamente cree que otros están errados, pero Pablo dice que “el tal se ha pervertido, y peca”.

Un ambiente de división impregnaba la asamblea de Corinto cuando Pablo escribió su primera carta. Había cuatro grupos bien definidos. Él no recomendó excomunicar a ninguno. El remedio estaba en “más de Cristo”, si se puede expresarlo así, 1 Corintios 1.13. Laodicea estaba mal, bien mal, Apocalipsis 3.17, aun cuando Filadelfia estaba relativamente bien. El llamado para Laodicea fue que aquellos que estaban dispuestos a oír la voz del Señor deberían proseguir.

El Señor Jesús reconoció que Éfeso no podía soportar a los malos, Apocalipsis 2.2. Años antes, Pablo había advertido a sus ancianos que ellos mismos podían llegar a hablar perversidades para arrastrar adeptos tras sí, Hechos 20.30. Adicionalmente, “lobos rapaces” intentarían penetrar la congregación.

Pero el Señor protestó que Pérgamo “tenía” a los que retenían la doctrina de Balaam y a la de los nicolaítas. Tiatira “toleraba” a una profetisa falsa, pero Él reconocía la fidelidad de “los demás” que no tenían esa doctrina. Filadelfia se distinguía porque, aun teniendo poca fuerza, habían “guardado la palabra” y por esto Él les guardaría a ellos.

“Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”, 2 Timoteo 2.19.

IV ─ Fuera

Hay tres pasajes que tratan claramente de la disciplina de poner a un miembro fuera de la comunión de una asamblea. No podemos resistir decir de nuevo que esta es solamente una de las formas de la disciplina colectiva, la más severa. Debemos recurrir a ella solamente cuando las circunstancias la exigen a la luz de la Escritura. En un caso será por extrema soberbia, en otra por insistir en doctrina perniciosa y en otros casos será por inmoralidad.

 

 

A   Tenle por gentil y publicano, Mateo 18.17.

El ofensor de Mateo 18 no quiso oír la protesta de su hermano ni hacer caso de los dos testigos que éste trajo para un segundo intento de ganarlo después del pecado que cometió. Vimos bajo Reprensión que, como tercer paso, la cuestión fue informada a la congregación entera; lo que comenzó como un problema entre dos se ha convertido en un problema entre el ofensor y la asamblea, porque él no “oyó” la desaprobación de sus hermanos. Así, forzosamente, falta el cuarto paso: tratar al creyente porfiado como si fuera un gentil y publicano. Los “gentiles” y “publicanos” no forman parte de ninguna asamblea del pueblo de Dios.

A  … manteniendo la fe y buena conciencia, desechando la cual naufragaron en cuanto a la fe algunos, de los cuales son Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar, 1 Timoteo 1.19,20.

Himeneo y Alejandro eran blasfemos. No estaban simplemente confundidos doctrinalmente, sino habían negado la fe. Tenían la consciencia cauterizada, al decir de 1 Timoteo 4.2, y por esto “naufragaron”. Lo suyo no sería una reprensión ni la disciplina del aislamiento con silencio obligatorio, sino ser entregados a Satanás.

  1. E. Vine escribe sobre esto en el contexto del perverso de 1 Corintios 5: “Apartar a un miembro de la iglesia es consignar al ofensor a la esfera del mundo, donde se desconoce la autoridad de Dios y por ende Satanás hace lo suyo como ‘el Dios de este mundo’. Pero parece que se insinúa algo más que la excomunión … un aspecto más severo de la retribución.

“Entregar a Satanás parece que supone aflicción física severa y autoridad apostólica, como indica 1 Timoteo 1.20, donde el Apóstol afirma que él había ejercido su autoridad de esta manera en el caso de los promotores de doctrina falsa. Si bien una iglesia no puede hacer esto formalmente, es inherente el principio del acto”.

Entregar a Satanás, tener a uno “por gentil y publicano”, y no juntarse con uno − estas son tres maneras de decir excluir a uno de la comunión de la asamblea. (1 Timoteo 5.20, Mateo 18.17, 1 Corintios 5.11).

A   Os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis. Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros, 1 Corintios 5.11 a 13.

La acción a ser tomada por la asamblea es la de quitar de la comunión a esta clase de individuos. (Entendemos que solamente el varón era miembro en Corinto).

En realidad, dos disciplinas aplican: la cesación de membresía en la iglesia y la negación del trato social en otras esferas (salvo la de la familia). Esta segunda disciplina nos trae a la mente 2 Juan 10: “No lo recibáis en casa”. Pero, por favor, lo cortés no quita lo valiente. No tener trato social con uno no quiere decir que dejemos de saludarlo cuando asiste como observador a una reunión.

Surgen casos donde uno simplemente no quiere seguir como miembro de la iglesia. A veces lo dice con franqueza, pero algunos lo insinúan por su deliberada ausencia mes tras mes. Esto es “votar con los pies”. No debe ser confundido con ser “puesto fuera de comunión”. Es renunciar.

No basta suponer; los pastores harán lo posible para averiguar cuál es el problema detrás de una ausencia y si es un retiro disfrazado. Si es que el individuo quiere ser quitado de la nómina de miembros, la asamblea debe ser informada de esto mismo.

Pero a veces hay un gato encerrado. Una prolongada ausencia no le quita a la asamblea la responsabilidad de proceder con un acto de disciplina cuando se descubre que uno cayó en un pecado “mayor”, por ausente que esté. Si ocurrió posterior a su separación, los que están fuera juzgará Dios. Sin confesión, sin testigos, no procede una excomunión. Quizás habrá un aislamiento hasta que se aclare el asunto, pero ninguna cantidad de sospecha y desconfianza anula la regla divina que “por boca de dos o tres testigos se decidirá todo asunto”, 2 Corintios 13.1.

V ─ Por qué

Antes de hablar de los objetivos de la disciplina colectiva (“para qué”), veamos más de cerca las causas (“por qué”). Sin embargo, no queremos examinar este triste tema fría o mecánicamente, ni quiere usted aplicarlo así.

La propia, la divina y la colectiva

La disciplina del dominio propio no depende de ofensas cometidas; es preventiva. Cuando pecamos, como hacemos a menudo, debemos practicar la disciplina de la confesión como mínimo, y no pocas veces la restitución también.

La disciplina del Padre no necesariamente será castigo; bien puede ser para prevenir o aun mejorar. Al encontrarnos bajo la disciplina del Padre, debemos preguntar si es castigo, prevención o estímulo.

En contraste, la disciplina colectiva entra en acción solamente cuando una “infracción” amerita acción de parte de otro(s). Aquella acción puede ser leve o puede ser severa, como hemos visto. Somos labranza de Dios, y las matas precisan de la poda oportuna, pero no indiscriminada. Desde luego, ejercer disciplina no es una ocasión para que los ancianos parezcan que están vengándose de un problemático.

Nosotros − la asamblea, los ancianos, los espirituales − debemos tener claro cuál es el problema (si de veras lo hay, y no se trata de chisme) antes de actuar. La disciplina colectiva tampoco es “por si acaso”.

Un repaso

Notemos algunos errados que figuran en la abundancia de versículos citados en los capítulos anteriores:

sorprendido en una falta, pecan, dudan
ociosos, desanimados, débiles, contaminantes
contradicen, no obedecen, andan desordenadamente
causan divisiones, corruptos de entendimiento
persisten en pecar, parloteando con palabras malignas
avaro, idólatra, maldiciente, borracho, ladrón
fornicario

Faltar, pecar, ofender

“Si alguno fuere sorprendido en una falta”, “Si tu hermano peca”, “Confesaos vuestras ofensas unos a otros” (Gálatas 6.1, Mateo 18.15, Santiago 5.16)

En estos versículos falta, peca y ofensas son lo mismo. El señor W.E. Vine señala en su conocido diccionario que la acción al comienzo de Gálatas 6 se refiere a las ofensas listadas en 5.19,20: ira, envidia, y lo demás. La idea es de un cristiano encontrado fuera de base, víctima de un paso en falso, un disparate.

Santiago habla de esto como extraviarse de la verdad, 5.19, cosa que no necesariamente significa abrazar una doctrina malsana, ya que en seguida el escritor afirma que es por errar en el camino. Parece ser más bien asunto de no vivir la verdad que uno profesa.

Hay casos severos. “A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos”,
1 Timoteo 5.20. ¿Quiénes son “los”? ¿Qué es “persistir”?

Desplegar una actitud malsana

“Cual es el pensamiento en su corazón, tal es él”, Proverbios 23.7. Cierto, pero a veces nos descubrimos: “De la abundancia del corazón habla la boca”, Lucas 6.45.
Y: “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”,
1 Samuel 16.7.

Hay los que contradicen, no obedecen, o deliran − son “enfermizos con cuestiones de disputas de palabras”. Cabalgan sobre su propio caballito de palo. Posiblemente arrinconan al incauto o complaciente vez tras vez, para insistir en algún capricho, queja o rumor. Posiblemente montan la plataforma repetidas veces para dar “ministerio” sesgado, o estéril, o fanfarrón.

“Los que contradicen”, Tito 1.9, no son personas que niegan la fe, sino se afanan por reclutar simpatizantes, especialmente en cuestiones del orden en la congregación, o en cómo interpretar ciertos pasajes de la Palabra. El anciano, dice, debe ser capaz e idóneo para taparles la boca.

Es en este orden de ideas que encontramos la instrucción de desechar y de apartarse de uno. El mandato no es de excomulgar al contencioso, sino de aislarlo aunque  sigue en la comunión. Esto es cortarle la nota si persiste, dejarle sin auditorio, no tener con él el mismo trato y la consideración que se acostumbran entre el pueblo del Señor.

Socavar el testimonio

El hombre de Mateo 18 no oía a nadie. Himeneo y Alejandro estaban en la bancarrota espiritual, pero querían ser oídos.

Ningún creyente excomunicado de una asamblea debe ser recibido a simple vista por otra. Las cartas de recomendación no aplican a visitantes conocidos en el lugar adonde van, pero sí proceden cuando existen dudas o ha habido alguna acción disciplinaria, además de cuando uno no es conocido. Si uno solicita comunión en una asamblea donde hay sospecha de que la asamblea donde estaba actuó ligera o erradamente al disciplinar un individuo, los ancianos de la segunda asamblea, donde él quiere congregarse, deben consultar con los de la primera antes de considerar este deseo de la persona que está bajo de una sombra.

Desde luego, es inaceptable que algunos simpaticen con el ofensor abiertamente. Esto quita el filo del solemne acto realizado e impide la restauración del caído − por no decir de la asamblea también. Los ancianos habrán informado a la congregación en privado por qué el ofensor tiene que ser disciplinado − “esta reprensión hecha por muchos”, 2 Corintios 2.6. En ese caso específico de Corinto, la excomunión fue realizada “reunidos vosotros”.

Los ancianos tendrán que dar cuenta en el Tribunal de Cristo, Hebreos 13.17.

No hemos hablado de Diótrofes en 3 Juan, quien se imponía sobre todos. El apóstol dice simplemente: “recordaré las obras que hace”. Sospechamos que esto se debe a que consideraba que el hombre no era salvo. “El que hace lo malo”, dice en seguida, “no ha visto a Dios”. Al ser así, no le aplicaban a Diótrofes los varios pasos que hemos estudiado. Pero ni Juan, ni ningún otro apóstol, gira órdenes para realizar una poda en la congregación. Él está diciendo que se conoce el árbol por su fruto.

Ser culpable de una conducta irregular

La asamblea en Corinto estaba tolerando, o aun contenta con, el incesto de parte de uno de sus miembros, pero al ordenar que el fornicario fuera apartado de la comunión, el apóstol Pablo menciona cinco tipos más de perversos que requieren la misma disciplina. Son el avaro, el idólatra, el maldiciente, el  borracho y el ladrón − todos ellos ofensores contra la moral divina.

Él no aclara por qué los incorpora en el pasaje, ni insiste en que su lista sea completa. Cuesta pensar que lo sea. ¿El mentiroso habitual no ameritaría el mismo trato? ¿Y el homicida? Las obras de la carne listadas en Gálatas 5, por citar una de las varias listas de pecados en el Testamento, son: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas”.

Fornicar abarca el coito fuera del matrimonio legal; y la interacción corporal entre los homosexuales o las lesbianas; y la sodomía, que usa y abusa del cuerpo de otra persona o de un animal. O, si quiere lo mismo en otras palabras: Fornicar no es cualquier forma de concupiscencia. Es practicar la inmoralidad sexual con una persona o un animal; de hecho, ocurre fuera del vínculo matrimonial heterosexual.

Tener una inclinación homosexual, pero no practicar esta debilidad grave, no es fornicar. Sería muy raro que el manoseo, por vulgar que sea, constituya un acto de fornicación, ni un intento fallido de abusar. Pero estos son deseos de comprometer la voluntad divina que data del huerto de Edén: “Varón y hembra los creó”. Son materia de conversación privada con los espirituales en sus primeras y mínimas expresiones, y son materia de disciplina mucho más sería en aquellos que reinciden. No obstante el vuelco en la opinión pública en los últimos años, la homosexualidad y estas otras inmundicias no admiten entre el pueblo del Señor, ni en lo más mínimo, una actitud de que: “No pueden ser tan malas si por ellas no me ponen fuera de comunión”.

Tampoco es fornicar ser la víctima verdaderamente opuesta de la violación consumada; es decir, objeto del abuso pero sin actuar por voluntad propia. La masturbación, claramente no lo es. Mirar a una mujer para codiciarla tampoco es fornicar. No estamos descontando la seriedad de querer pecar, sino que estamos diciendo que fornicar es unir dos cuerpos a propósito.

Realizar el acto sexual no es sólo un acto físico. Tener una aventura por largo tiempo, o un encuentro de un momento, no es simplemente algo un tanto peor que mentir o hurtar. Es comprometerse moral y espiritualmente. Guste o no el uso de la palabra ramera, aplica aquí la verdad de 1 Corintios 6.16: “el que se une con una ramera es un cuerpo con ella”. El hacerse una sola carne ilícitamente con otra persona es despreciar la santidad de la declaración de Génesis 2.24 acerca del esposo y la esposa: “Se unirá a su mujer, y serán una sola carne”.

Un solo acto de fornicación exige que el participante, o los dos, sean apartados de la comunión de la iglesia local. Estamos diciendo que difiere de otros yerros, por graves que sean. Otras ofensas posiblemente no afectan el cuerpo de la víctima, o afectan solamente un cuerpo. Pero la fornicación involucra los cuerpos de ambos actores. Se hacen uno, y de allí la diferencia en los ojos de Dios y de la asamblea.

Pero William Hoste, por ejemplo, observa: “Debemos guardarnos de ampliar la lista agregando fallas que no justifican el tratamiento severo de la excomunión. Nadie tildaría a Noé de borracho ni a Pedro de grosero y profano, aunque ambos cayeron así en una ocasión”.

El pasaje especifica personas, no actos. Es un punto importante. El creyente que se emborrachó una vez, contrario al tenor de su conducta, no es un borracho, ni es un avaro el hermano que codició el carro que su vecino compró a precio rebajado. En cambio, la mujer que difundió una y otra vez un chisme malicioso, calculado para herir a su hermana, sí es una maldiciente. La señora que constantemente explota a su empleada, aun al modo de ver de la gente inconversa, aparte de cómo ella interpreta las leyes de trabajo y la poca importancia que asigna a las protestas del pueblo del Señor, es una avara. El hermano que imprudentemente permite que su suegra despliegue un “santo” en el patio de la casa, no es un idólatra. Pero el que hace poco más que andar para allá y para acá exaltando a cierto personaje político, o cierta raza de caballo, prestando escasa atención a las cosas espirituales, sí es un idólatra.

Invocamos las palabras del apóstol (¡sin ser apóstol!): “Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo”. Y, por supuesto, 1 Tesalonicenses 5.21: “Examinadlo todo; retened lo bueno”.

Divorciarse de por sí no es motivo para la excomunión, aunque ciertamente requiere una fuerte reprimenda delante de la congregación. (Sin duda la persona que tomó ese paso a propósito habrá recibido mucho consejo de no hacerlo. Si no, sus hermanos en la fe están mal parados). Si es un paso hacia un nuevo enlace ilegítimo (y el divorcio a veces lo es), este segundo acto es otra cuestión. Asumir un yugo desigual en los negocios, el noviazgo, el matrimonio, etc. también es una falta seria, pero no una razón para que la asamblea abuse de la ordenanza bíblica de poner a un miembro fuera de su comunión. De nuevo, es materia para conversación, reprensión privada o quizás  (solamente quizás) reprensión delante de la congregación entera.

La mundanalidad (un término que algunos de nosotros usamos muy liberalmente al referirnos a otros, pero no a nosotros mismos) tampoco cabe en 1 Corintios 5, pero sí cabe en nuestro capítulo A puerta cerrada. Las fiestas, una pasión por el deporte entre inconversos, los actos sociales de los parientes incrédulos y los clientes, los tés de las damas de la sociedad, las imprudencias en el lugar de trabajo, una reputación de usar lenguaje soez, la soberbia en nuestro ministerio a los creyentes o nuestra conducta entre ellos − nos asechan todo esto y mil otras manifestaciones de los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanidad de la vida. Ninguna es aceptable; ninguna está exenta de seria conversación en privado y explícita instrucción en público; pero no aplica a ninguna de ellas nuestro capítulo Fuera.

La contienda entre asambleas

Es necesario mencionar que no aplica a congregaciones enteras lo que hemos venido estudiando acerca de personas particulares.

“Cortar” a una o más iglesias locales es enteramente ajeno a la Escritura. La carnal Corinto no fue apartada de alguna fraternidad de asambleas. En Apocalipsis 2 y 3 el Señor tenía mucho que reprobar en varias de las iglesias, pero no insinuó que alguna de ellas debía ser excluida − cortada − por las otras. La prerrogativa de quitar un candelero es del Señor solamente, si Él tiene a bien hacerlo, 2.5, 3.16.

“Donde una asamblea tolera la inmoralidad o la enseñanza perversa, los creyentes espirituales posiblemente se verán obligados a alejarse de ella como harían con una persona desordenada, pero solamente después de protestar en vano o ver que otras medidas tampoco son adecuadas. No es cosa que se hace a la ligera, sino con mucho ejercicio en oración”. A. G. Clarke

VI ─  Para qué

Pablo alude a cinco partes afectadas por la conducta de cierto hombre, 2 Corintios 7.12. Él menciona A los corintios, A el que cometió el agravio, A el que lo sufrió, E el apóstol, A Dios.

Nuestro capítulo final tratará de Dios, el ofensor, la asamblea y los observadores.

Dios

David, viviendo bajo la Ley, aprendió que la santidad de Dios había sido ofendida por su propia concupiscencia y engaño. Él había pecado contra tres personas por lo menos − la mujer, su esposo y su hijo − pero sus experiencias posteriores lo llevaron al punto donde reconoció: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos”, Salmo 51.4.

José entendió esto cuando trabajaba en la casa de Potifar. Cuando una mujer quiso hacerle pecar, él exclamó: “¿Cómo, pues, haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios?” No “contra usted”, o su esposo, o si mismo, sino contra Dios.

Cualquiera de los pecados que hemos estudiado es una ofensa contra Él, aparte de toda otra consideración. Nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios. “¿Será injusto Dios que da castigo?” Romanos 3.5.

Dejémoslo allí. Todos sabemos que el hijo pródigo comenzó su confesión con: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.

El ofensor

Hebreos 12 trata de la disciplina del Padre, pero sus principios aplican aquí.
castigo es para que participemos de la santidad de Dios; nos instruye en el gozo; y, lejos de torcer nuestros miembros, nos cura la cojera, 12.10 a 13. Esta idea de devolver un miembro del cuerpo a su debido lugar está detrás del verbo restaurar en el pasaje clásico al comienzo de Gálatas 6: “Vosotros que sois espirituales, restauradle”. O sea, reubiquen el hueso. El muy citado Salmo 23 reza en la Versión Reina-Valera que el pastor “conforta mi alma”. Bien, pero en no pocas versiones reza: “restaura mi alma”.

Habremos fracasado en un objetivo principal de este escrito si no hemos dicho claramente que disciplinar hoy conlleva buscar proactivamente el extraviado mañana para ayudarlo en su arrepentimiento y restauración. Son dos pasos: la amargura del Salmo 51 primeramente, y la dicha del Salmo 32 después.

En nuestros capítulos II a IV hemos encontrado que se persigue:

restauradle, Gálatas 6.1
has ganado a tu hermano, Mateo 18.15
que alentéis, que sostengáis, 1 Tesalonicenses 5.14
a otros salvad, Judas 22
para que sean sanos en la fe, Tito 1.9
para que aprendan, 1 Timoteo 1.19

Y, debemos fijarnos en 1 Corintios 5.5: El tal sea entregado a Satanás A para la destrucción de la carne, A a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.

Ya hemos hablado brevemente de “entregado a Satanás”. Las consecuencias serán dos: una aquí y otra en el más allá.

Es evidente que el cuerpo de aquel hombre iba a sufrir − no destruido en el sentido de morir de una vez, sino ser castigado. Un creyente tiene que aprender a considerarse muerto al pecado, Romanos 6.6,11. “El día del Señor Jesús” es el Tribunal de Cristo. Es el período después del Rapto, antes de las Bodas, cuando cada hijo de Dios dará cuenta de sí, 2 Corintios 5.10, Romanos 14.10. No sufriremos pérdida allá por los pecados juzgados aquí. No subestimemos la fuerza y grandeza de 1 Juan 1.7,9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

Sin embargo, lo dicho del perdón aplicaría al hombre corintio sólo en la medida en que él haya aceptado de corazón la reprensión. La congregación no podía absolverle unilateralmente, y Dios no lo hace mientras él se crea una víctima y no el ofensor. Esto plantea la pregunta: ¿Por cuánto tiempo se mantiene una disciplina? Respuesta: Por un tiempo de un mes hasta noventa y nueve años, según el caso en particular. Un mes sería excepcional. Noventa y nueve años, hablando figuradamente, sería necesario a falta de arrepentimiento de parte del individuo y perdón de parte del Señor. ¿Cuál fue su conducta y qué ha hecho para cambiar de estilo o ambiente? ¿Qué actitud manifiesta? No es cuestión de “pagar la disciplina” por un determinado tiempo. (Yo no he encontrado esa expresión en la Biblia). Levantar una disciplina es asunto de la condición de alma.

Es triste decirlo, pero algunos que parecían ser salvos esconden sus hechos, niegan toda acusación y evidencia, patalean, acusan a otros, se alejan y en fin se hacen culpables de dos o tres pecados adicionales. Tienen mucho de que arrepentirse antes de venir con cabeza agachada y pedir reconciliación. Otros son, por ejemplo, como el primer caso que sucedió en una iglesia local que tengo en mente. En la hora del almuerzo el hermano visitó adonde no ha debido y fue seducido con consecuencias funestas. Durante el culto de predicación aquella misma noche él estaba sentado frente a uno de los ancianos, contándole con lágrimas lo que hizo. ¡Pero aun así estuvo fuera de la asamblea por más de un mes!

La asamblea

Vamos a seguir usando por el momento el caso de 1 Corintios, aunque el más severo, como ilustración de principios de aplicación más amplios. Específicamente, de que la asamblea no sólo administra una disciplina, ¡sino que la recibe también!

Citamos:  Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.

La figura es tomada de Éxodo 12 y 13, donde los israelitas tenían que quitar toda la levadura que hubiera en sus casas, en preparación para la Pascua. Significaba desasociarse de la vida que habían vivido en Egipto. (“La fiesta” no es la cena del Señor. Para los israelitas sí era la Pascua, pero para nosotros es lenguaje figurado; es la vida cristiana, y en este pasaje en particular, la condición de los miembros de la iglesia local).

La “vieja levadura” de ellos no era solamente el ofensor, sino también la jactancia que prevalecía. Pablo acusa a la asamblea de haber faltado en “sinceridad y verdad” al no actuar antes cuando sabían de una “levadura” que estaba contaminando la asamblea en general, v. 2.

Parece que 2 Corintios capítulo 2, y el 7 también, aluden a la restauración a la comunión del individuo de 1 Corintios 5, y la restauración a obediencia en la asamblea. Decimos esto concientes de que había varios en Corinto que contrariaron al apóstol, pero él considera que “le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos” − cuando él estaba “presente en espíritu”. Ahora, meses después, se solidariza con la asamblea en recibir al hombre de nuevo, “para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros”.

Satanás había ganado ventaja sobre ese señor cuando vivía irregularmente, y a Satanás le fue permitido zarandearlo por haberlo hecho. Ahora nuestro gran enemigo que anda alrededor buscando a quien devorar tenía la congregación en la mira. Al no mostrar el espíritu de perdón y restauración del Señor Jesucristo, ellos faltarían en “sinceridad y verdad”.

Para Pablo, el caso estaba cerrado. Pecado confesado, pecador juzgado, pecado limpiado en la sangre del Señor Jesucristo, arrepentimiento manifestado, comunión con el Señor reestablecida − ahora para todos los efectos prácticos del pueblo del Señor, no había nada que discutir, nada que recordar. En lenguaje popular de nuestros días: “suma cero”.

La restauración sería al Señor primeramente. La reincorporación en la asamblea y a la fraternidad con otros creyentes sería consecuencia de ella. Para el que había caído, había lecciones para no olvidar.

Los observadores

En la mayoría, si no en todos, los yerros que hemos repasado hay la otra parte; en palabras de Pablo, “el que lo padeció”. Permítanme usar un conocido trozo fuera de su contexto: Romanos 14.7 dice que, “ninguno de nosotros vive para sí”. El versículo siguiente deja claro que el mensaje es que vivimos para Cristo, pero vamos a decir aquí que vivimos también delante de nuestros prójimos − creyentes y no creyentes.

Cuando uno maldice, vive desordenadamente, enseña falsa doctrina, promueve división, o hace algo peor, las ondas llegan a la playa y perjudican a otros. Un motivo de la disciplina, entonces, es para que los afectados y los observadores sepan que Dios no tolera aquella conducta en sus hijos.

Y, no está demás que mencionemos la retribución. Por ejemplo, cuando un israelita defraudaba a su prójimo, o encubría un abuso, tenía que restituir lo robado o escondido, “y añadirá a ella la quinta parte”, Levítico 6.5. Maliciosamente, escondió 100; mintió; descubierto y arrepentido, cumplió con los ritos ante el sacerdote;
y entregó al perjudicado 120 – no 100.

La hermosa carta de Pablo a Filemón lo ilustra en el contexto cristiano. El apóstol gestionaba la reconciliación de Onésimo, quien no tenía nada. “Recíbele como a mí mismo. Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta”. Y nosotros, cuando profesamos restauración, ¿reconocemos que al otro, o a los otros, los hemos dañado?

La santidad

“La santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre”, Salmo 93.5, y este es un principio detrás de la disciplina colectiva del siglo 21.

El Antiguo Testamento abunda en ilustraciones de la disciplina de infractores de aquella santidad. Nadab, Abiú, Coré y los hombres de Bet-semes fueron consumidos en el acto. María, Aarón, Moisés y David eran gigantes espirituales, pero sufrieron por desobediencias puntuales. El leproso, el varón con flujo de semen y la mujer con flujo de sangre tenían que sujetarse a restricciones porque la Ley no aceptaba estas circunstancias.

Los procedimientos han cambiado, pero los principios no. Según sea la disciplina del Padre para con nosotros, y la disciplina colectiva también, que tengamos gracia para decir: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos”, Salmo 119.71.

 

 

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