La castidad antes y la fidelidad después (#138)

La Castidad Antes y la Fidelidad Después

 

Donald R. Alves

 

 

¿Sabe usted que va en descenso la edad promedio en que una señorita inconversa en nuestro país pierde la virginidad? ¿Que los jóvenes en las oficinas y las fábricas hablan del viernes como la noche para sexo? ¿Cuál es la proporción de niños que nacen fuera de una unión conyugal legítima? O, posiblemente habrá oído de la disputa en pleno pasillo de una clínica cerca de la casa, entre la esposa, la querida y la novia de un señor que estaba por salir del quirófano.

Es que en los primeros tiempos Lamec tomó para sí dos mujeres; los hijos de Dios tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas; adrede las hijas de Lot “durmieron” con su padre; y, pues, así sucesivamente hasta el siglo 21. Cuando Dios sintetizó la moralidad que esperaba de Israel, dos de sus diez mandamientos versaron sobre este problema de las relaciones ilícitas entre los sexos: No cometerás adulterio, y No codiciarás la mujer del prójimo. (Obviamente, ¡el matrimonio no eliminaba el impulso a pecar!) También debemos saber esto: que en los postreros días que estamos viviendo vendrán tiempos peligrosos, 2 Timoteo 3.1.

 

Pero, usted dice, estas realidades son irrelevantes, porque este escrito es para personas renacidas, gente salva de este “presente siglo malo”.  Efectivamente, nosotros debemos limpiarnos de toda contaminación de carne y espíritu, y perfeccionar la santidad en el temor de Dios, 2 Corintios 7.1. Sabemos que el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo, 1 Corintios 6.13. O sea, que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, y por esto no admiten el tatuaje, los adornos estrambóticos y la cirugía estética (salvo cuando alguna circunstancia legítima lo amerite) — ¡y menos una relación carnal fuera del sagrado matrimonio!

Nos gustaría pensar que el creyente no cae en inmundicia, sino solamente los inconversos, pero no es el caso. Nos gustaría pensar que las mujeres son de hecho santas y solamente los varones tenemos malos pensamientos, pero no es el caso. Nos gustaría pensar que solamente los jóvenes pecan y nosotros los viejos estamos exentos, pero no es el caso.

 

El finado José Naranjo dijo: “El diablo ha descubierto la manera fácil de destruir al pueblo de Dios. Es el adulterio”.

Quien haya leído el libro de Proverbios está bien advertido. “Hijo mío, está atento … porque los labios de la mujer extraña destilan miel”. “La mujer caza la preciosa alma del varón. ¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos arden?” Ella “come, y limpia su boca y dice: No he hecho maldad”. 5.3, 6.26, 30.20. El Nuevo Testamento abunda en preceptos: Huir de la fornicación, 1 Corintios 6.13; apartarse de ella, 1 Tesalonicenses 4.3. (No intentamos distinguir aquí entre fornicación y adulterio).”Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia … los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”, Gálatas 6.19 a 21.

 

Realizar el acto sexual fuera del matrimonio no es simplemente un acto físico. Tener una aventura por largo tiempo, o un encuentro de un momento, no es simplemente algo un tanto peor que mentir o hurtar. Es comprometerse moral y espiritualmente. Le guste o no que usemos la palabra “ramera”, aplica aquí la verdad de 1 Corintios 6.16: “el que se une con una ramera es un cuerpo con ella”. Dicho sea de paso, esta es la razón por la que un solo acto de adulterio exige que el culpable sea apartado de la comunión de una asamblea. Los otros pecados mencionados en 1 Corintios 5 implican continuar en un vicio un borracho, no una persona que una vez tomó un trago; un ladrón, no una persona que una vez por impulso metió la mano en lo ajeno; pero el pecado del adulterio es clase aparte. Es hacerse una sola carne con otra persona en desprecio de la santidad de la declaración de Génesis 2.24.

Damos por entendido que algunos están diciendo que la castidad es una teoría bonita pero poco práctica. Grande será el galardón para algunas hermanas en Cristo (y hermanos) por el hecho de haber puesto sus cuerpos en servidumbre. Tengamos en cuenta que, juntamente con la tentación, Dios dará la salida, 1 Corintios 9.27, 10.13.

 

Si el apartamiento de la comunión conduce a reconocer la gravedad del pecado cometido, bien; es una de las razones de esta disciplina trágica. Pero no debemos pensar solamente en función de ser ex-comunicados; esto es secundario. “¿Cómo, pues, haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios?” exclamó José en Génesis 39.9.

¡Pero muchas veces no pensamos! Nos olvidamos de la máxima de Filipenses 4.8: “todo lo puro … en esto pensad”. La mente es uno de los principales órganos sexuales de nuestro cuerpo, y repetimos en el siglo 21 la experiencia de Deu-teronomio 25.17: “Acuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salimos de Egipto; de cómo te salió al encuentro en el camino, y desbarató la retaguardia de todos los débiles que iban detrás de ti, cuando tú estabas cansado y trabajado”.

Ahora, lo que es sucio, inmoral y prohibido antes de las bodas es precioso, lícito y bíblico entre los esposos después. Para ellos, no es algo cuestionable que de mala gana se admite. No es una opción, sino en los ojos de Dios es esencial a la procreación que Él espera de toda pareja que puede realizarlo Y, es a la vez, y por tiempo indefinido sigue siendo, una expresión de la amorosa unión y mutua comprensión que corresponde.

“La voluntad de Dios es vuestra santificación … que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa [“su propio cuerpo”, dicen algunos traductores] en santidad y honor”, 1 Tesalonicense 4.3. Nótense: exclusividad, santidad, honor, y no por un instinto animal, sino por ser la voluntad de Dios. El caso de cada pareja será diferente en la práctica; ellos se adaptan el uno al otro, pero no se niegan el uno al otro. “El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento”, 1 Corintios 7.3 a 5. Cuando una sana, respetuosa unión de cuerpos no es posible por razones de salud, u otras, la presión es enorme, y cada cual debe reconocer la anormalidad y considerar a su cónyuge. Lo que no debe hacer es buscar una alternativa ilícita.

 

Ya lo dijimos: el hijo de Dios practica la castidad antes de casarse, y la estricta fidelidad a su pareja legal una vez casado. Esto no concuerda con lo que se dice y se practica en el vecindario, ni con lo que piensan los estudiantes (¡y los profesores!) en los tecnológicos y las universidades, ni con lo que promueven el televisor, la computadora y la valla en la calle. Hemos intentado decir con franqueza pero con decencia lo que la Palabra de Dios dice, y respetamos a todos los que lo respetan.

 

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