Joram (#492)

 

Joram

Ocozías y Joram de Israel, Ocozías y Joram de Judá

 

N R Thomson

 

 

A veces nos confundimos entre personas del mismo nombre. Hubo dos reyes de nombre Joram, y dos llamados Ocozías, de cada nombre uno en Judá y otro en Israel. Joram de Judá tenía un hijo Ocozías, mientras que Ocozías y Joram de Israel eran cuñados de él. Joram de Judá, hijo de Josafat, se había casado con Atalía, hija de Acab y de Jezabel. Ocozías y Joram eran hermanos de Atalía.

Ocozías reinó apenas dos años sobre Israel y murió sin descendencia, juzgado por Dios
(2 Reyes 1:2,17). Su hermano Joram tomó el trono en Samaria (2 Reyes 3:1). Aunque malo, fue mejor que sus padres y quitó la imagen de Baal. Pero la referencia a su perseverancia en los pecados de Jeroboam indica que la presencia de Bet-el y Dan como lugares de adoración nunca agradó a Dios. Él sólo aprecia la adoración según el orden bíblico.

El matrimonio de Joram, rey de Judá con Atalía fue un yugo desigual, como relatamos en el artículo anterior. Se ve el triste resultado. Joram no vio convertida a su cónyuge, sino cedió a los gustos de ella. “Anduvo en el camino de los reyes de Israel, como hizo la casa de Acab; porque tenía por mujer a la hija de Acab, e hizo lo malo ante los ojos de Jehová”. Cuando llegó al trono, él temía que sus propios hermanos le quitaran la corona, y en forma traicionera los mató a filo de espada. No le fue bien. Se apartó de la casa de Dios, edificando santuarios en los lugares altos. El profeta Elías le escribió una carta de advertencia, pero él no le hizo caso. No se humilló. Como resultado, perdió su dominio nacional, sus bienes, su familia y por fin su salud; murió miserablemente
(2 Crónicas 21:1-20).

¡Qué advertencia elocuente en cuanto al triste resultado de un matrimonio con una incrédula!

Pero la muerte de Joram no puso fin a la cosecha del sufrimiento. Su hijo llevaba el nombre de su tío, Ocozías (rey de Israel). Ocozias, rey de Judá, hizo lo malo. “El nombre de su madre fue Atalía … él anduvo en los caminos de la casa de Acab, pues su madre le aconsejaba que actuase impíamente” (2 Crónicas 22:1‑4). Como fue Jezabel en el reino de Israel, asimismo fue Atalía en el reino de Judá. Ambas eran mujeres mundanas que llevaban una influencia triste en las naciones, igual como otras mujeres entre las iglesias (vea Tiatira en Apocalipsis 2:20).

Jehú se levantó como instrumento del juicio divino. Él mató a ambos reyes y destruyó su idolatría. Cuando Atalía vio que su hijo había muerto, se apoderó de la corona y llegó a ser la única reina sobre el trono de Judá o de Israel. Para asegurar su dominio, ella mató a sus propios nietos, procurando en esta forma destruir toda la simiente real de la casa de Judá. Fue una iniciativa satánica para destruir la línea prometida de la cual nacería el Cristo, Rey de Reyes del linaje de David.

Pero el diablo no puede vencer, aunque gane muchas victorias sobre el pueblo de Dios. Dios guardó un hijo del linaje de David para conservar la línea prometida. La esposa del sumo sacerdote rescató al menor de los nietos y lo escondió en el Templo hasta que él pudiera ser coronado.

Este período del reinado de la mujer usurpadora demuestra el resultado de la degeneración de los hombres. Dios nunca escogió a una mujer como sacerdote, levita o rey. No fue a causa de la inferioridad de la mujer. Las mujeres de Israel no estaban pisoteadas, ni fueron guardadas veladas en secreto como en algunas naciones de hace varias generaciones. Su igualdad en capacidad se demuestra en las ocasiones cuando por la debilidad de los hombres, mujeres como Débora se levantaban.

Dios tenía su orden, y tanto en Israel como en la Iglesia, Él ha dispuesto que la mujer ocupe su puesto como ayuda idónea a su marido como ama de casa, como madre de familia, y como aya ejemplar a las más jóvenes. Dios ha escogido que la mujer aprenda en silencio, cuando se halla en la congregación mixta de la iglesia. Él no permite que la mujer enseñe en público, ni ejerza dominio sobre el hombre (1 Corintios 14:34, 1 Timoteo 2:12). Dios quiere el recon-ocimiento del dominio, soberanía y autoridad de Cristo como cabeza, por medio de la sumisión de la mujer al varón a Cristo (1 Corintios 11:1-16).

El movimiento moderno de buscar la igualdad entre el varón y la mujer, no es de Dios. En el hogar, Dios quiere que el marido ame a su esposa, y que la esposa se someta al marido (Efesios 5:22‑32). En la Iglesia, Dios quiere que la mujer sea sumisa para demostrar a los ángeles que las creyentes no son como Eva quien actuó según el consejo del diablo antes de consultar con su cabeza. (1 Corintios 4:9, 11:10, Efesios 3:10).

¡Ojalá que nunca veamos ninguna Atalía entre nosotros, que busque usurpar autoridad entre las iglesias!

 

 

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