Jeremías y siete reyes (#718)

Jeremías y siete reyes

Una historia verídica recontada

Fanny M. Goff; Puerto Cabello, Venezuela; 1910 – 2005

 

                        I                   Nacimiento y juventud                   Los reinados de Manasés y Amón

                       II                   Jeremías entra en servicio           El reinado de Josías

                      III                   Dos hijos de Josías                        Joacaz y Joacim

                      IV                   El rollo quemado                             El acoso de caldeos y babilónicos

                       V                   El reinado de Joaquín                    Jeconías como títere de Nabucodonosor

                      VI                   Sedequías, el último rey                Jeremías preso

                     VII                   La caída de Jerusalén                    Deportación a Babilonia;  Jeremías se queda

                    VIII                   Desobediencia y tragedia             Destierro en Egipto

 

I — Nacimiento y juventud

Los reinados de Manasés y Amón

 

A unos seis kilómetros de la ciudad de Jerusalén en la carretera del norte está el pueblo de Anatot. Pertenecía a la tribu de Benjamín pero, junto con sus alrededores, había sido dado a los sacerdotes. [1] Muchos años después de ese reparto, era el pueblo donde vivía Abiatar el sacerdote, quien fue proscrito por el rey Salomón a sus heredades allí, siguiendo a Adonías. [2]

Unos 370 años después de este acontecimiento, otro sacerdote llamado Hilcías vivía en Anatot. Parece que cuando el Dios de Israel le dio un hijo, Hilcías tenía algún presentimiento de que habría una obra especial para este niño y por eso lo llamó Jeremías, que significa “el ensalzado de Jehová”.

El niño fue criado en un ambiente sombrío, un hecho que está simbolizado por el panorama desde la aldea donde vivía. Anatot tiene vista hacia el Mar Muerto y la parte septentrional de este paisaje lúgubre se ve claramente desde el antiguo hogar del profeta pensativo.

Otra cosa que contribuyó a que fuese un joven serio fue que Jeremías nació durante la última parte del reinado del malvado rey Manasés. Este era hijo del buen Ezequías, pero no anduvo en los caminos de su padre en los 55 años de su gobierno. Más bien, Manasés aprendió y practicó las costumbres abominables de los paganos alrededor.

Una de las cosas más horribles que hizo Manasés fue pasar a sus hijos por fuego, [3] ofreciéndolos en sacrificio a Moloc, dios de los amonitas. Este enorme ídolo, hueco por dentro, era de hierro con las manos extendidas hacia delante. Sus sacerdotes solían prender una gran candela, calentando el hierro al blanco para que la gente que deseaba aplacar la ira de este dios falso echara a sus hijos en los brazos candentes, quemándolos vivos.

Manasés había levantado tal ídolo en el valle de Hinom, al otro lado de Jerusalén de Anatot, a unos diez kilómetros del pueblo natal de Jeremías. Allí el rey perverso ofreció algunos de sus propios hijos. Aunque esto sucedió antes del nacimiento de Jeremías, él debía haber oído del asunto, y ¡cuán fea impresión habrá dejado en su mente infantil!

Manasés continuaba con su idolatría y malas costumbres, llegando a meter una imagen en la casa de Dios. Persuadió al pueblo de Judá a hacer cosas peores que las que hacían los paganos. Por fin Dios intervino y mandó al rey de Asiria contra él. Este extranjero lo derrotó, lo aprisionó con grillos y cadenas y lo llevó cautivo a Babilonia.

Allí en el calabozo, afligido y angustiado, Manasés volvió en sí, cual hijo pródigo. Se humilló en gran manera, arrepentido de su gran pecado, y empezó a orar al Dios de Israel. Parece increíble, pero Dios oyó su oración y vio el arrepentimiento de aquel miserable hombre. Lo sacó del calabozo, lo devolvió a Jerusalén, y lo restauró a su reino y trono.

Así en la vejez Manasés recibió de Dios tiempo para mostrar que se había convertido genuinamente. Quitó los dioses ajenos y el ídolo que había levantado en la casa de Dios, y los echó fuera de la ciudad. También reparó el altar de Dios y ofreció sobre él sacrificios de paz y alabanza. Entonces mandó a todo el pueblo de Judá que sirviesen al Dios de Israel.

Pero él había pasado muchos años enseñando al pueblo a practicar la idolatría y andar en caminos malos. Ellos no tuvieron que pasar por el horno de aflicción como Manasés; por eso no hubo verdadero arrepentimiento en su corazón. Dios reconoció esta condición pecaminosa, resultado de lo que habían aprendido de su rey, y años después, cuando Jeremías fue profeta, le dijo: “Los entregaré para terror a todos los reinos de la tierra, a causa de Manasés hijo de Ezequías, rey de Judá, por lo que hizo en Jerusalén”. [4]

Cuando Manasés murió a la edad de 67 años, habiendo reinado más tiempo que cualquier otro de Israel o Judá, no fue sepultado junto con sus padres, como lo fueron los reyes honrados antes de él, sino en una tumba en su propia casa. No se dice por qué, pero indicaría que el pueblo todavía tenía suficiente discernimiento para reconocer que uno que practicaba tanta maldad durante la primera parte de su vida no debía ser honrado en su muerte.

Su hijo Amón era de solamente 22 años cuando empezó a reinar. Parece que había aprendido toda la maldad de su padre. Amón no se conmovió cuando oyó la historia de los sufrimientos de éste. Al contrario, ofreció sacrificios y sirvió a los ídolos que Manasés había dejado. Nunca se humilló delante de Dios como había hecho su padre; antes bien aumentó el pecado. Se embruteció tanto que sus propios siervos conspiraron contra él y lo mataron en su casa.

Amón reinó solamente dos años. “El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina”. [5] Sin embargo, el pueblo de la tierra no podía tolerar a los asesinos del rey. Por eso, mataron a los siervos que habían dado muerte a Amón. Entonces hicieron rey en su lugar a su hijo, un muchacho de ocho años llamado Joaquín.

Jeremías también tendría unos seis u ocho años cuando el rey Amón fue asesinado. Todo esto sucedió en Jerusalén, muy cerca de donde vivía. Hilcías su padre era uno de los sacerdotes del templo de Dios y sin duda traería las noticias cada día. Otra vez podemos entender cuán grande sería la impresión de las noticias sobre el niño. Este sería el que se conoce hoy día como el profeta llorón. Un ejemplo entre varios del porqué: “¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche …!” [6]

 

[1] Josué 21.13,18      [2] 1 Reyes 2.26  [3] 2 Crónicas 33.6
[4] Jeremías 15.4  [5] Proverbios 29.1          [6] Jeremías 9.1

 

II — Jeremías entra en servicio

El reinado de Josías

Aunque Amón era tan malo, parece que tenía una esposa temerosa de Dios, la reina Jedida. Esta enseñó a su hijo Josías el camino de la salvación y él no lo olvidó. Aunque coronado a los ocho años, no se ensoberbeció por su alta posición. A los dieciséis años de edad, Josías llegó a la encrucijada de su vida. Reconoció que debía escoger su destino eterno, fuese la vida o la muerte, y el joven empezó a buscar a Dios. [1]

Cuatro años después empezó a sentir su responsabilidad hacia los demás para volverlos de sus dioses falsos al Dios vivo y verdadero que él había encontrado. Anduvo por toda la tierra de Judá y la ciudad de Jerusalén en busca de esculturas e imágenes fundidas. Derribó los altares de los baales* e hizo pedazos las imágenes del sol. Desmenuzó estas estatuas y esparció el polvo sobre los sepulcros de los profetas falsos que les habían ofrecido sacrificios. (* Baal era el dios pagano).

Al llegar a la ciudad de Bet-el, Josías quemó los huesos de los sacerdotes que habían adorado al becerro de oro que el rey Jeroboam había puesto unos 350 años antes. Todo esto era para cumplir la palabra de Dios por boca del varón de Dios que vino de Judá para maldecir aquel altar. [2]

En menos de un año Josías limpió la tierra y Dios llamó a Jeremías a servirle como profeta al pueblo de Judá. Le dijo: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué. Te di por profeta a las naciones”.

Jeremías contestó: “¡Ah! ah, Señor Jehová. He aquí, no sé hablar, porque soy niño”.

“No digas: «Soy un niño;» porque a todo lo que te envié irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte”.

Entonces Jehová extendió la mano y tocó su boca, y le dijo: “He aquí he puesto mis palabras en tu boca”. [3]

Aunque Jeremías se refería a sí mismo como niño, tendría unos veinte años de edad cuando empezó a profetizar. Desde aquel día en adelante, el profeta y el rey trabajaban juntos para llevar el pueblo de Judá al arrepentimiento. Lograron su propósito superficialmente, pero Dios veía que era solamente una capa de religión con que el pueblo vestía sus corazones ennegrecidos.

Un día, cuando el rey tenía unos 23 años, llamó a su secretario Safán y le dijo: “Vaya al sumo sacerdote Hilcías y mándele a contar todo el dinero que se ha dado al Señor, para ver cuánto hay. Entonces dígale que se lo dé a los obreros. Quiero que limpien y reparen la casa de Dios, que ha sido descuidada por tantos años”. (Es interesante que el sumo sacerdote de aquel entonces haya llevado el mismo nombre del padre de Jeremías, quien también era sacerdote, pero creemos que no eran una y la misma persona).

Los hombres empezaron a limpiar el templo como el rey había mandado y en esto descubrieron algo maravilloso. Debajo de un montón de basura estaba el Libro de la Ley de Dios; es decir, la parte de la Biblia que había sido escrita para aquel entonces. Hilcías, el sumo sacerdote, reconoció cuán gran tesoro se había encontrado; inmediatamente llamó a Safán y le entregó el tomo para que se lo llevara al rey.

Durante veintitrés años Josías nunca había visto la Palabra de Dios, aunque siete años antes había empezado a buscar a Dios de todo corazón. Ahora, mientras escuchaba a Safán leer las sagradas palabras, éstas penetraron hasta lo íntimo de su ser.

Leyó el secretario: “Maldito el hombre que hiciere escultura o imagen de fundición, abominación a Jehová, obra de mano de artífice, y la pusiere en oculto. Y todo el pueblo responderá y dirá: «Amén» … Jehová te llevará a ti, y al rey que hubieres puesto sobre ti, a nación que no conociste ni tú ni tus padres; y allá servirás a dioses ajenos, al palo y a la piedra. Y serás motivo de horror, y servirás de refrán y de burla a todos los pueblos a los cuales te llevará Jehová”. [4]

Josías reconoció que todas estas maldiciones iban a caer sobre su nación. Para mostrar su dolor y desespero, rasgó sus vestiduras reales, como era costumbre en aquellos tiempos. Entonces llamó a Hilcías y a algunos de sus siervos y los envió a Hulda, profetisa que vivía en Jerusalén. Probablemente ella era docente, ya que tenía una escuela en su propia casa.

Hulda consultó a Dios acerca de lo que los hombres le habían hablado, y les respondió que Él había dicho que en efecto la nación le había desamparado. Caería la ira divina. Pero, dijo: “Siendo que tú, el rey, humillaste el corazón y lloraste cuando oíste estas palabras, tus ojos no verán todo el mal que El traerá sobre este lugar. Tú morirás en paz”. [5]

Josías procuró de nuevo llevar la nación al arrepentimiento. Convocó a todos los ancianos a Jerusalén y subió con ellos, los sacerdotes y levitas “y los moradores de Jerusalén” a la casa de Dios, donde todos escucharon la lectura del libro que se había encontrado. El rey se puso en pie delante de todos e hizo un pacto con Jehová en el cual ofreció andar en pos suyo y guardar sus mandamientos. También obligó a todos los presentes a hacer conforme a esa promesa.

Aquel mismo año el rey llamó a toda la nación a celebrar la pascua en Jerusalén. Animado, el pueblo acudió y realizó la celebración más grande que se había efectuado desde los días de Samuel. [6]

Fue en esos días que se levantó otro profeta, llamado Miqueas de Moreset, autor de la profecía de Miqueas. Anunció éste al pueblo de Judá: “Sion será arada como campo y Jerusalén vendrá a ser montones de ruinas, y el monte de la casa como cumbres de bosque”. [7]

Pero, Josías tuvo un fin trágico. Trece años más tarde, Necao rey de Egipto hizo guerra contra Asiria junto al río Eufrates. Al saberlo, Josías se metió en pleito ajeno, reuniendo su ejército para enfrentar al egipcio. Necao mandó a decirle: “¿Qué tengo yo contigo, rey de Judá? Yo no vengo contra ti hoy, sino contra los asirios que me hacen guerra, y Dios me ha dicho que me apresure. Deja de oponerte a Dios, quien está conmigo, no sea que Él te destruya”.

Por alguna razón desconocida, Josías no quiso escuchar este buen consejo. Porfiadamente salió para oponerse a Necao en el campo de Meguido (que el Apocalipsis llama Armagedón), y fue alcanzado por los flecheros egipcios.

“Quítenme de aquí”, protestó el rey de Judá, “porque estoy gravemente herido”. Murió de sus heridas en Jerusalén.

Josías fue sepultado con grandes honores. Jeremías participó en las lamentaciones por el difunto, un hombre joven que el profeta amaba. Luego escribió: “El aliento de nuestras vidas, el ungido de Jehová, de quien habíamos dicho, «A su sombra tendremos vida entre las naciones,» fue apresurado en sus lazos”. [8]

Podríamos preguntar por qué este rey, que solía hacer lo recto ante los ojos de Jehová, “sin apartarse a la derecha ni a la izquierda en toda su vida”, haya sido cortado a los 39 años de edad, mientras que vivieron hasta la vejez algunos otros que eran malos. Es probable que Dios vio que la nación ya estaba madura para el juicio, habiendo El prometido que aquel juicio no vendría durante la vida de aquél. A menos de tres meses de la muerte de Josías ese juicio empezó a caer.

 

[1] 2 Crónicas 34.3     [2] 1 Reyes 13  [3] Jeremías 1.5 al 9  [4] Deuteronomio 27.15, 28.36,37
[5] 2 Reyes 22             [6] 2 Crónicas 35.18       [7] Jeremías 26.18  [8] Lamentaciones 4.20

III — Dos hijos de Josías

Joacaz y Joacim

Josías tenía dos esposas y cuatro hijos; de éstos, tres reinaron después de él. Aunque desde temprana edad habían observado la vida santa de su padre, cada uno escogió una vida de pecado y rebelión contra Dios.

Una vez muerto Josías, el pueblo escogió por rey a su tercer hijo, Joacaz, ungiéndole para que todos supiesen que era el preferido. Joacaz tenía sólo veintitrés años. Su madre Humatal ha debido ser muy diferente a la de Josías, porque el hijo asumió el mando ya acostumbrado a los pecados.

Cuando él tenía solamente tres meses al frente de Judá, Necao volvió de Egipto para hacer guerra contra Israel. Derrocó a Joacaz, lo apresó y condenó a Israel a pagar cien talentos* de plata y uno de oro. (* Un talento equivale a aproximadamente 34 kilogramos).

Joacaz fue transportado a Egipto donde murió sin haber recobrado su libertad; fue el primer rey de Israel que murió desterrado. [1] Aunque había sido malo, Jeremías y el pueblo le lamentaron. “No lloréis al muerto … llorad amargamente por el que se va, porque no volverá jamás, ni verá la tierra donde nació”, escribió Jeremías. [2]

Una vez derrotado Joacaz, Necao escogió por rey a Eliaquim, pero cambió su nombre a Joacim. Su madre se llamaba Zebuda. Él había nacido dos años antes que su hermano por padre, pero era más cruel y el más empedernido de los hijos. Quizás fue por esto que el pueblo había escogido el segundo cuando murió Josías.

En esta época Dios le dio a Jeremías instrucciones a hacer yugos. El profeta tenía que poner uno sobre su propio cuello y enviar otros a cinco reyes. El mensaje para ellos fue que Dios le había dado sus tierras a Nabucodonosor, y todas las naciones le servirán a él, a su hijo y a su nieto. Pero vendría también el tiempo en que su misma tierra sería sujetada a esclavitud por otras naciones. “Someted vuestro cuellos al rey de Babilonia”, fue el mensaje de Dios, “y servidle a él y a su pueblo, y vivid”.

Continuó hablando Dios a su profeta para decirle que falsos profetas iban a anunciar libertad, pero sería mentira. [3]

El nuevo rey se vio obligado a conseguir lo antes posible el tributo que Necao había exigido, y con este fin obligó al pueblo a pagar impuestos exorbitantes. Pero Joacim no se quedó mucho tiempo bajo el yugo egipcio. En el tercer año de su reinado, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó con un gran ejército para hacer guerra contra Egipto. Los babilonios triunfaron holgadamente y Joacim con el pueblo de Judá se encontró bajo el yugo de un imperio nuevo.

Nabucodonosor mandó a encadenar a Joacim para que fuese llevado a Babilonia, pero el astuto israelí le persuadió a dejarle servir fielmente como cabeza del pueblo de Judá. Nabucodonosor se conformó con llevar a su tierra los vasos de oro del templo de Dios y también un gran número de judíos cautivos.

Entre estos había cuatro príncipes jóvenes, llevados como rehenes para vivir en el palacio en Babilonia. Se llamaban Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego. Tenían el valor de llevar una vida agradable a Dios como luces en las tinieblas de aquel país extranjero. Esto hacía gran contraste con la mala conducta de su pariente Joacim en su propia tierra de Judá.

Jeremías no se callaba. Tan pronto supo que Joacim había sido nombrado rey, el profeta fue al templo en Jerusalén y predicó al pueblo: “Así ha dicho Jehová: «Si no me oyereis para andar en mi ley, yo pondré esta capa y esta ciudad por maldición a todas las naciones de la tierra.»” [4]

Se pusieron furiosos los sacerdotes, profetas y todo el pueblo al oir lo que había dicho. Echaron mano de Jeremías y gritaron: “Morirás por estas palabras”.

Los príncipes en la casa del rey oyeron el clamor y fueron a averiguar. Los sacerdotes y profetas les contaron lo que Jeremías había dicho, y añadieron: “Es digno de muerte”.

Pero el profeta aseveró con denuedo: “El Señor me envió a predicar así. Ahora, ¿por qué no mejoran sus caminos y obras, oyendo la voz de Jehová para que Él se arrepienta y estas maldiciones no caigan sobre ustedes? En lo que a mí toca, estoy en sus manos; hagan conmigo como mejor les parezca. Pero les digo que si me matan, sangre inocente echarán sobre ustedes mismos y sobre esta ciudad. Es verdad que Jehová me envió para que hablara estas palabras a ustedes”.

El pueblo cambió de opinión; se juntó a los príncipes, diciendo: “Este hombre no es reo de muerte, porque en nombre de Jehová nos ha hablado”.

Algunos ancianos intervinieron en la reunión: “¿No se acuerdan que en el templo, en el tiempo del rey Ezequías, el profeta Miqueas nos habló, diciendo: «Así ha dicho Jehová: Jerusalén será arada y vendrá a ser montones de ruinas.»? ¿Acaso lo mató el rey? ¿No temió él a Jehová, orando, y Jehová se arrepintió del mal que había hablado contra ellos? ¿Haremos, pues, tan gran mal contra nuestras almas?”

Entonces el príncipe Ahicam, hijo de Safán el secretario del rey Josías, se hizo protector especial de Jeremías. Lo escondió para que los sacerdotes y falsos profetas no lo encontraran.

Poco después, otro profeta de Dios llamado Urías empezó a predicar contra la ciudad, usando casi las mismas palabras de Jeremías. Cuando Joacim supo del asunto, envío alguaciles para arrestar y matar a Urías, pero alguien advirtió al profeta del peligro y con temor este huyó a Egipto.

Sin embargo, Joacim estaba tan airado por las palabras de Urías que envió soldados bajo un oficial Elnatán para buscar al profeta en Egipto. El rey de aquel país lo entregó; Urías fue encadenado y devuelto a Judá. Al verle, Joacim sacó su espada y lo mató de una vez, mandando a sus siervos a botar el cadáver en un hoyo que sería el sepulcro común de los enemigos del rey. [5]

Desde el día en que Jeremías empezó a predicar contra Jerusalén, los demás sacerdotes se volvieron en contra de él y se hicieron sus enemigos. [6] A la vez le vino otra prueba mayor en su propia casa. Algún tiempo antes él se había casado con una señorita a quien amaba intensamente, y la llevó a vivir en la casa en Anatot que había heredado de su padre. Pero ahora Jeremías descubrió que ella le era infiel, habiéndose dado a quienes perseguían a su marido. Con hondo dolor escribió: “He dejado mi casa, desamparé mi heredad, he entregado la que amaba mi alma en mano de mis enemigos”. [7]

Quizás esta esposa incumplida fue muerta cuando Nabucodonosor invadió la tierra de Judá, porque más luego Dios le dijo a Jeremías: “No tomarás para ti mujer, ni tendrás hijos en este lugar, porque los hijos que nazcan aquí serán consumidos y sus cuerpos servirán de comida a las aves y a las bestias del campo”. [8]

 

[1] 2 Reyes 23.34, Ezequiel 19.4  [2] Jeremías 22.10      [3] Jeremías 27 [4] Jeremías 26.1 al 19
[5] Jeremías 26.20 al 24  [6] Jeremías 12.6       [7] Jeremías 11.15 [8] Jeremías 16.2 al 4

 

IV — El rollo quemado

El acoso de caldeos y babilónicos

 

Poco tiempo después de la invasión de Nabucodonosor, Jeremías mandó a buscar a su secretario Baruc. Le dio un rollo y le dijo que escribiera las palabras que le dictara. Así los dos empezaron un proyecto que duró buen tiempo. Jeremías decía lo que Dios le había dicho, y Baruc escribía a mano en el rollo.

Terminado el trabajo, el profeta le dijo al secretario: “Usted ve que estoy aquí escondido del rey y los sacerdotes, y no puedo ir al templo. Ahora habrá un día de ayuno cuando todo el pueblo se reunirá en la casa de Dios, y quiero que vaya con este libro y lo lea en voz alta delante del pueblo. Quizás ellos se arrepientan y vuelvan cada uno de su mal camino, porque grande es el furor y la ira que ha expresado Jehová contra este pueblo”.

Baruc hizo exactamente como se le había dicho. Sabiendo que Gemarías, su amigo y hermano de Ahicam que escondió a Jeremías, tenía una pieza en los altos del templo, con una ventana que daba a la puerta del templo, Baruc consiguió permiso para leer desde ese punto donde la muchedumbre en el atrio le escucharía. Entre aquel auditorio estaba Macaías, hijo de aquel Gemarías. Este escuchó atentamente y luego corrió espantado al palacio para informarle a su padre de lo que había oído. Lo encontró hablando con los demás príncipes, y así Macaías pudo decirles a todos juntos lo que Baruc había informado al pueblo.

Los príncipes enviaron a Jehudi a decirle a Baruc que él debería presentarse ante ellos, rollo en mano. [6] Cuando llegó, le mandaron a sentarse y leer. Al oir lo que Jeremías había dictado, cada uno miró espantado a su compañero, y el grupo acordó que deberían contar el mensaje al rey.

“Vayan y escóndanse, usted y Jeremías, para que nadie sepa dónde están. Sabemos cómo es el rey”, explicaron ellos. “Vamos a informarle de lo que Jeremías le mandó escribir, pero no queremos que les encuentre una vez que sepa”.

Los príncipes escondieron el rollo y luego hablaron con Joacim. El rey mandó a Jehudi a buscar el escrito, y éste comenzó a leerlo directamente al monarca. Sucedió esto un día frío en diciembre, de manera que Joacim estaba ante la chimenea de su casa. Cuando Jehudi había leído sólo tres o cuatro pliegos, el rey los rasgó con su cortaplumas y los echó en la candela. Siguió en ese plan hasta haber destruido todo el documento.

Ni el rey ni sus siervos tenían temor por haber quemado la palabra de Dios, pero Gemarías, Elnatán y otros príncipes sí temieron, y procuraron disuadir a Joacim de lo que estaba haciendo. Este Elnatán era el mismo oficial que Joacim había enviado a Egipto en busca del profeta Urías. Ha debido ser testigo del asesinato de aquel profeta de Dios, y esto le habrá impresionado; le encontramos ahora intentando impedir al rey en su rebelión contra el Altísimo.

La reacción del rey, una vez quemado el libro, fue de mandar a poner presos a Jeremías y Baruc, pero Dios los escondió de tal manera que esto no fue posible. Dios habló de nuevo a su profeta: “Vuelve a tomar otro rollo, y escribe en él todas las palabras que estaban en el primero”.

Así Jeremías compró otro pergamino y Baruc escribió todo lo que su maestro repitió, y mucho más. [1] En el nuevo rollo el secretario escribió: “Dirás a Joacim rey de Judá: Tú quemaste este rollo, pero yo te castigaré a ti y a tus siervos por su maldad, y traeré sobre vosotros y sobre los moradores de Jerusalén todo el mal que os he anunciado y no escuchasteis”.

Así una vez más la palabra de Dios demostró ser indestructible a pesar de los esfuerzos de Satanás por acabar con ella.

En el mismo año, y quizás el mismo día, en que Joacim quemó el escrito inspirado por Dios, Daniel le dijo a Nabucodonosor en Babilonia: “El Dios del cielo te ha dado el reino, poder, fuerza y majestad. Dondequiera que habiten hijos de hombres, Él los ha entregado en tu mano, y te ha dado el dominio sobre todo”. [2]

Con estas palabras finalizó el trato de Dios con el mundo por medio de los judíos y comenzaron “los tiempos de los gentiles”. [3] (Esta larga época continúa aún, y terminará cuando Israel sea restaurado de un todo a lugar de privilegio ante Dios y el mundo).

Joacim continuó en su crueldad y avaricia y resolvió edificarse palacio nuevo. Obligó a la gente a trabajar forzadamente en el edificio, pero sin remuneración. Hizo una casa grande con salas ventiladas, todo cubierto de cedro y pintado de bermellón para que fuese visible desde lejos. El pueblo le aborrecía ya, y esta esclavitud sólo añadió leña al fuego. [4]

Tres años después de la invasión babilónica, Joacim pensaba que le había servido suficiente tiempo a Nabucodonosor. Sin temer a Dios, rompió su pacto de fidelidad y se alzó contra el rey extranjero. Nabucodonosor se encontraba ocupado con sus conquistas en el oriente y no tomó tiempo para atender a la pequeña nación de Judá. Por esto despachó tropas de los caldeos y sirios para molestar al país; estos destruyeron cosechas y se apoderaron de alimentos. [5]

Para añadir a la aflicción, Dios detuvo la lluvia. La tierra se secó y se resquebrajó a tal punto que fue imposible ararla. Los nobles enviaron a sus criados en busca de agua pero sin éxito; se avergonzaron y cubrieron sus cabezas. Aun los asnos monteses se alejaron a los collados, aspirando el viento como chacales y sus ojos se ofuscaron por falta de hierba. [6]

El rey mató a gente sin tener por qué. La situación fue de mal en peor y la población, sin reconocer su propia culpa en el asunto, echó la culpa no sólo al rey sino al profeta también. “¡Ay de mí, madre mía!” dijo Jeremías en su inocencia. “Me engendraste hombre de contienda y hombre de discordia para toda la tierra. Nunca he dado ni tomado en préstamo, y todos me maldicen”. [7]

Joacim llegó a su fin cinco años después de su rebelión contra el rey de Babilonia. Fue asesinado, probablemente por su propio pueblo que se había cansado de sus vicios y de las dificultades que él les causó. Su familia no lamentó su desaparición. El pueblo arrastró el cadáver por las calles y lo echó fuera de la ciudad sin sepultarlo. [8]

Efectivamente, todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. [9]

 

[1] Jeremías 36  [2] Daniel 2.37,38  [3] Lucas 21.24       [4] Jeremías 22.13 al 17       [5] 2 Reyes 24.2
[6] Jeremías 14.1 al 6  [7] Jeremías 15.10    [8] Jeremías 22.18,19, 36.30 [9] Gálatas 6.7

V — El reinado de Joaquín

Jeconías como títere de Nabucodonosor

 

Muerto Joacim, su hijo Joaquín fue coronado rey a la edad de dieciocho años. Se llamaba también Jeconías. Este joven hacía lo malo al estilo de su padre.

Empezó su reinado bajo circunstancias desfavorables. Por cinco años las tropas caldeas habían pillado la tierra, dejándola tan despojada que cuando Nabucodonosor mandó su ejército a invadir, Joaquín no tenía fuerza para resistir. Los babilónicos sitiaron a Jerusalén con el rey refugiado dentro de sus muros.

Entonces Jeremías habló esta profecía contra Joaquín de parte de Jehová Dios: “Aunque fueres un anillo de sellar puesto en mi mano derecha, te arrancaría de ahí para entregarte a tus enemigos a los que tú tanto temes. Te entregaré a Nabucodonosor, al rey de Babilonia, y a los caldeos. Y te arrojaré a ti y a tu madre a una tierra que no los vio nacer, y allá morirán los dos … Anotan a este hombre en los registros como un hombre sin hijos, como un hombre que fracasó en la vida. Es que ninguno de sus descendientes llegará a ocupar el trono de David para reinar de nuevo sobre Judá”. [ l ]

Por cierto, Joaquín tuvo hijos, pero cuando nació de María el gran Rey de los judíos, el Cristo, era descendiente de Natán y no de Salomón (ambos hijos de David) y la línea de los reyes.

Dentro de poco tiempo, Nabucodonosor mismo llegó para acompañar a su ejército en el sitio de Jerusalén. Joaquín vio que era inútil resistir más. Acompañado de su madre Nehusta, sus príncipes y oficiales, salió para rendirse al rey de Babilonia.

Nabucodonosor entró en la ciudad santa y sacó los tesoros de la casa real, rompiendo en pedazos los utensilios de oro que Salomón había hecho para la casa de Dios. Llevó en cautiverio a todos los príncipes y valientes, y a todos los artesanos y herreros. Había por todo diez mil cautivos, quedándose solamente los pobres para labrar la tierra. [2] Uno de los deportados fue el joven sacerdote Ezequiel, quien llegaría ser profeta de Dios. Todos conocemos el libro de la Biblia que lleva su nombre.

Joaquín había reinado poco más que tres meses y ahora fue llevado junto con su madre. Los babilónicos le encadenaron y luego le encarcelaron por treinta y seis años. Quién sabe cuáles hayan sido sus anhelos y los rumores que escuchó.

Un profeta falso llamado Hananías entró en el templo y les dijo a Jeremías y a los demás sacerdotes presentes que Jehová había dicho que iba a quebrantar el yugo del rey de Babilonia.

“Dentro de dos años haré volver a este lugar todos los utensilios de la casa de Dios que Nabucodonosor llevó, y haré volver a este lugar a Jeconías hijo de Joacim y a todos los transportados de Judá que entraron en Babilonia”.

Al oir esto Jeremías, respondió: “El profeta que profetiza de paz, cuando se cumple la palabra del profeta, será conocido como el profeta que Jehová en verdad envió”.

Con esto Hananías quitó el yugo del cuello de Jeremías y lo quebró. Volvió a hablar este falso profeta: “Así ha dicho Jehová: «De esta manera dentro de dos años romperé el yugo de Nabucodonosor del cuello de todas las naciones.»”

Jeremías se marchó sin dar respuesta. Después Dios le mandó a hablar con Hananías y decirle que Dios había pronunciado: “Yugos de hierro puse sobre el cuello de todas estas naciones para que sirvan a Nabucodonosor, y aun también le he dado las bestias del campo. Ahora oye, Hananías, Jehová no te envié y tú has hecho confiar en mentira a este pueblo. Por tanto, yo te quito de sobre la faz de la tierra. Morirás este año, porque hablaste rebelión contra Jehová”.

Al cabo de dos meses Hananías estaba muerto. [3]

Jeconías, o sea, Joaquín, continuó treinta y dos años más encarcelado en Babilonia, hasta que murió Nabucodonosor y asumió el mando su hijo Evil-merodac.

Las tradiciones de los hebreos cuentan que Evil-merodac administró el gobierno durante los siete años que Nabucodonosor estaba echado entre las bestias del campo. Cuando éste volvió a su trono y oyó de la mala conducta de su hijo, que se había alegrado en la calamidad de su padre, le echó en la cárcel. Allí fue que conoció a Joaquín y se hicieron amigos. Sea como fuere, el primer año de su reinado él mandó a que éste fuese traído delante de él. Le fueron quitadas las ropas andrajosas y Joaquín fue vestido adecuadamente.

En el palacio Evil-merodac le habló amigablemente: “Estoy poniendo el trono tuyo sobre los de los reyes que están conmigo en Babilonia. Además, vas a comer a mi mesa el resto de tu vida”. [4]

La Biblia no dice si este cambio maravilloso en la vida de Joaquín fue acompañado de un cambio de corazón hacia Dios, pero los libros apócrifos dicen que se humilló por haber leído las profecías de Jeremías. De todos modos, su historia es una ilustración de lo que Dios hace con el pecador en sus trapos de inmundicia cuando acepta el perdón y reconoce que el Señor Jesucristo llevó su castigo en su cuerpo sobre la cruz. Dios le viste, en lenguaje figurativo de la Biblia, con una vestidura blanca de justicia y le hace sentar a la mesa del Rey en una fiesta santa.

Quizás un resultado del arrepentimiento de Joaquín fue que Dios levantó a su nieto Zorobabel para guiar la primera migración de judíos en su regreso de Babilonia a la tierra de Israel al cabo de setenta años de cautiverio. [5] El rey Ciro de Persa dio la orden que volvieran, y Zorobabel fue el primer gobernador del remanente que se estableció en la tierra.

 

[1] Jeremías 22.24 al 30  [2] 2 Reyes 24.10 al 16   [3] Jeremías 28 [4] Jeremías 52.31 al 34  [5] Mateo 1.12

 

VI — Sedequías, el último rey

Jeremías preso

 

Antes de que Nabucodonosor volviera a Babilonia con su preso Joaquín, escogió a otro de los hijos de Josías como rey de Judá. Sedequías era hermano por madre de Joacaz, el que había sido llevado preso a Egipto, y hermano por padre del inicuo Joacim. Era un muchacho de nueve años cuando oyó las noticias de la muerte de su honrado padre en la batalla contra Rey Necao. Por tener hermanos mayores, no se le ocurrió que algún día el llegaría a reinar sobre Judá.

Ahora, a la edad de veintiún años, con un hermano Joacaz cautivo en Egipto, su hermano Joacim muerto y su sobrino Joaquín preso en Babilonia, Sedequías fue llevado delante de Rey Nabucodonosor. Este rey de Babilonia le ofreció el trono de Judá si le juraba fidelidad. Sedequías juró por Dios [1] que obedecería y serviría a Nabucodonosor y así fue nombrado monarca.

Pero el país estaba empobrecido. Los príncipes, artesanos y muchos otros habían sido llevados a Babilonia. [2] A la vez, los que quedaban en la tierra se habían entregado a lo malo delante de Dios.

En el sexto año del reinado de Sedequías, Dios dio una visión al profeta Ezequiel allá en Babilonia. El Espíritu le tomó por el cabello y lo levantó entre el cielo y la tierra para trasladarle hasta Jerusalén, una distancia de 1600 kilómetros. Le hizo ver los pecados feos que la gente estaba practicando en secreto.

Primeramente le llevó a la puerta del templo donde vio cerca del altar una imagen del celo (“lo que provoca a celos”). Entonces le llevó al atrio donde vio un agujero en la pared.

El Espíritu le dijo: “Hijo de hombre, cava ahora en la pared”.

Lo hizo y encontró una puerta. El Espíritu le mandó luego: “Entra y ve las malvadas abominaciones que se hacen allí”.

Ezequiel entró y vio que se habían pintado en las paredes serpientes, bestias inmundas y otros ídolos. Delante de estos cuadros se encontraban setenta de los ancianos de Israel quemando incienso.

“Vuélvete aún”, fue la orden, “y verás abominaciones mayores”. A la entrada de la casa de Dios él encontró mujeres llorando por Tamuz, un dios sirio que correspondía a Venus, la diosa de amor de los romanos. Las naciones que tenían una deidad de amor practicaban orgías sexuales en el nombre de ésta.

“¿No ves, hijo de hombre? Vuélvete acá y verás abominaciones mayores que éstas”. Efectivamente, entre la entrada y el altar de holo-causto él vio a veinticinco hombres con las espaldas vueltas al templo y pos-trados hacia el oriente, adorando al sol.

De nuevo habló el Espíritu : “¿No has visto, hijo de hombre? ¿Es cosa liviana para la casa de Judá hacer las abominaciones que hacen aquí? Pues también Yo procederé con furor; no perdonará mi ojo, ni tendré misericordia. Gritarán a mis oídos con gran voz, y no los oiré”. [3]

Entonces Jehová llamó a un varón vestido de lino, quien cargaba en el cinturón un tintero de escribano. “Pasa por en medio de Jerusalén”, le dijo, “y ponlos una señal en la frente a los hombres que gimen y claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella”. Resulta que cuando Jerusalén fue destruida, éstos fueron salvados. Los inicuos perecieron. [4]

Sabiendo Jeremías que el rey enviaba mensajeros a Babilonia, aprovechó la oportunidad de escribir a los ancianos de su pueblo que estaba cautivos en esa tierra lejana. “Edifiquen casas”, escribió, “y planten huertos y procuren la paz de la ciudad donde estén, porque Jehová dice que cuando se cumplan setenta años, El les hará volver a este lugar. Acab y Sedequías están profetizando falsamente en nombre de Dios. El va a entregarles en manos de Nabucodonosor, quien los asará al fuego”.

No mucho más tarde, Sedequías supo que el faraón, o rey, de Egipto, se había recuperado de la derrota de sus tropas que ocurrió dieciséis años antes. Ahora había reunido otro gran ejército. Ante esta noticia, Sedequías pensaba romper su pacto con y hacer alianza con el faraón, y con este fin pidió al rey de Egipto que enviara caballos y tropa. [5]

Nabucodonosor recibió aviso que Sedequías había quebrantado de esta manera su juramento ante Dios a ser fiel servidor de Babilonia. Envió un ejército a poner sitio a Jerusalén. Cuando los caldeos, súbditos de Nabucodonosor, supieron que venía de Egipto un ejército para librar a Jerusalén, ellos marcharon al sur para hacerles frente.

A la misma vez Dios habló con Ezequiel, quien por supuesto estaba en Babilonia: “El rey (Sedequías) morirá en medio de Babilonia, el que menospreció su juramento y rompió su pacto. Ni con gran ejercito hará Faraón nada por él”. Así vemos que Dios había estado escuchando cuando Sedequías juró ante el pagano Nabucodonosor, y le guardaba responsable por su voto.

Jeremías no había sido encarcelado todavía. Este rey de Judá le envió una embajada, pidiendo su intercesión a favor de los caldeos en su defensa de Jerusalén. “Ruega ahora por nosotros a Jehová nuestro Dios”, fue su mensaje.

Pero el profeta de Dios mandó a decir como respuesta que los egipcios ya habían vuelto a su país. Y: “Volverán los caldeos y atacarán esta ciudad, la tomarán y la pondrán a fuego”.

Jeremías pensaba trasladarse a su casa en Anatot, pero al salir de Jerusalén un capitán llamado Irías le cerró el paso, diciendo: “Usted va a pasar a los caldeos”.

“¡Falso!” respondió el profeta. Pero el capitán no le creyó. Los príncipes se airaron contra Jeremías; mandaron a azotarle y echarle en la cárcel.

Cierto día, Sedequías mandó a que Jeremías se presentara en el palacio. Secretamente le preguntó: “¿Hay palabra de Jehová?”

“Sí hay. En mano del rey de Babilonia serás entregado”.

Dígame: “¿En qué pequé contra usted y contra sus siervos para que me encarcelaran? ¿Dónde están sus profetas que decían: «No vendrá el rey de Babilonia contra esta tierra»? Ahora, le ruego, oh rey mi Señor, que no me haga volver a la cárcel de Jonatán, para que no muera allí”.

Sedequías escuchó con atención. Dio orden que el varón de Dios fuese custodiado en el patio de la cárcel y que se le diera una torta de pan diario hasta que se agotara en la ciudad. [6] Se ve que este hombre no era tan endurecido como su hermano Joacim, sino de carácter débil.

Por aquel entonces los caldeos habían derrotado al Rey Faraón.

Volvieron para poner sitio a Jerusalén; ningún ciudadano podía entrar ni salir de la ciudad. Pero Jeremías, con su nueva libertad de movimiento dentro del recinto de la cárcel, hablaba con la gente que pasaba por la calle. Les dijo que el Señor había advertido que quien se quedara en Jerusalén iba a morir de espada, hambre o pestilencia, pero podría vivir quien pasara para rendirse a los caldeos. “De cierto”, dijo, “será entregada esta ciudad en manos del ejército del rey de Babilonia, y la tomará”.

Se percibe que había una nueva generación de príncipes, hijos de los hombres que fueron llevados cautivos nueve años antes. Eran jóvenes orgullosos que podían dominar al rey, hasta el extremo de haberle convencido a quebrantar su juramento ante Nabucodonosor.

De manera que se airaron en gran manera al oir a Jeremías hablando así, y lo hicieron saber al rey. “¡Muera este hombre!” fue su exigencia. “Hace desmayar las manos de los hombres de guerra que han quedado en esta ciudad y las manos de todo el pueblo, hablándoles tales palabras. Este hombre no busca la paz de este pueblo, sino el mal”.

Y respondió el débil Sedequías: “Él está en sus manos, pues el rey nada puede contra ustedes”. Había una cisterna honda en el patio de la cárcel. Los príncipes tomaron a Jeremías y lo echaron allí con sogas y el profeta se hundió en el cieno al fondo.

El rey tenía un esclavo llamado Ebed-melec, nativo de Etiopía. (No se sabe si la Etiopía de la Biblia era lo que llamamos Sudan o lo que llamamos Yemen). Este corrió a Sedequías y le contó: “Mi señor el rey, mal hicieron estos hombres con el profeta Jeremías. ¡Le hicieron echar en la cisterna, y allí morirá de hambre, pues no hay más pan en la ciudad!”

De nuevo el rey le tuvo compasión. “Toma en tu poder treinta hombres de aquí”, mandó a su esclavo, “y haz sacar al profeta Jeremías”.

Ebed-melec entró en la casa real y consiguió trapos. Los echó en la cisterna y clamó: “Jeremías, ponga estos trapos viejos y ropas raídas debajo de los brazos, para protegerse de las sogas”. De esta manera los hombres le subieron de la cisterna y Jeremías se quedó de nuevo en el patio hasta caer Jerusalén en manos de los caldeos.

Sedequías mandó de nuevo a que el profeta se presentara, y le dijo: “Te haré una pregunta. No me encubras ninguna cosa”.

“Si no lo declarare”, fue la respuesta, “¿no es verdad que me matarás? Y si le dé consejo, no me escucharás”.

Entonces el rey juró en secreto a Jeremías: “Viva Jehová, que no te mataré ni te entregaré en manos de estos varones que buscan tu vida”.

“Pues, así ha dicho Jehová: «Si se entrega en seguida a los príncipes del rey de Babilonia, su alma vivirá y esta ciudad no será puesta a fuego. Pero si no se entrega a ellos, esta ciudad será entregada en mano de los caldeos y la pondrán a fuego.» Usted no escapará de sus manos”.

El rey respondió: “Tengo temor de los judíos, que me entreguen y escarnezcan de mi”.

“No te entregarán. Oiga ahora la voz de Jehová que hablo y le irá bien y vivirá. Si no quiere hacerlo, las mujeres de su casa van a ser sacadas a los príncipes de Babilonia, y ellas le dirán: «Te han engañado y han prevalecido contra ti tus amigos.»”

El rey contestó: “Nadie sepa estas palabras, y no morirás. Si los príncipes te preguntan qué hablaste con el rey, les dirás: «Supliqué al rey que no me devolviere a aquella cisterna.»”

Qué buena ilustración del mayor Salvador es la historia de Ebed-melec. Jesús se hizo pobre siervo, y viéndonos hundidos en el cieno del pecado, nos tuvo misericordia. Llegó hasta donde estábamos y nos lanzó como si fuera la soga para sacarnos de aquel lago de miseria. Aquella soga es un perdón gratuito, porque El mismo llevó el castigo de nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz. Ahora todo lo que tenemos que hacer es ponernos la soga y dejarle sacarnos de nuestra condición de perdidos.

Sedequías, en cambio, era un hombre casi persuadido, a quien le faltaba coraje de tomar el paso decisivo de obediencia a Dios. Era como si fuera un Pilato: uno que sabía qué era lo correcto pero tenía temor de los demás. Como Sedequías y Pilato los hay muchos hoy día. Aquel día el rey tenía por delante la bendición y la maldición, y escogió la última. Hasta donde sabemos, no contó con otra oportunidad.

 

[1] 2 Crónicas 36.13   [2] Reyes 24.15,16 [3] Jeremías 29.5 al 10,22 [4] Ezequiel 8
[5] Ezequiel 9.4  [6] Ezequiel 17.15 al 18  [7] Jeremías 37  [8] Jeremías 38

 

VII — La caída de Jerusalén

Deportación a Babilonia; Jeremías se queda

 

“Hijo de hombre”, habló Dios a Ezequiel en el noveno año de Sedequías, “escriba la fecha de este día. Hoy el rey de Babilonia puso sitio a Jerusalén”.

Efectivamente, un tiempo después llegaron a Babilonia las noticias de que en ese día las fuerzas de Nabucodonosor habían tendido cerco en derredor de aquella ciudad. El profeta de Dios, desterrado en la tierra de Nabucodonosor, había recibido “un telegrama” antes de que el propio gobierno supiese del último movimiento de su ejército.

Dios habló de nuevo a su profeta: “Hijo de hombre, he aquí que Yo te quito de golpe el deleite de tus ojos. No llores ni corran tus lágrimas, ni lleves nada de luto por ella”. A la tarde de aquel día murió la esposa de Ezequiel, y él hizo todo como Dios había mandado. El pueblo se sorprendió de que no hiciere duelo por la muerte de su amada.

La gente preguntaba: “¿No nos enseñará qué significan para nosotros estas cosas que usted hace?”

Ezequiel respondió: “Jehová ha dicho: «Yo profano mi santuario, la gloria de vuestro poderío, el deseo de vuestros ojos y el deleite de vuestra alma. Haréis de la manera que yo hice; no se cubrirán ni se enlutarán, ni llorarán.»”

Cinco años antes, cuando Ezequiel comenzó a profetizar, Dios le dijo que a partir de aquel tiempo él quedaría mudo excepto que podría pronunciar solamente las palabras que Dios pusiera en su boca. Ahora le dijo que podría volver a hablar normalmente una vez que llegara el primer fugitivo para avisarles que la ciudad había ciado. [1]

Por año y medio Jerusalén resistió al ejército de los caldeos, y en este lapso Ezequiel recibió otro mensaje: “Al príncipe que está en Jerusalén llevarán a cuestas de noche, y saldrán. Por la pared abrirán paso para sacarlo por ella. Mas Yo extenderé mi red sobre él, y caerá preso en mi trampa. Haré llevarlo a Babilonia, pero no le verá, y allá morirá”. [2]

Mientras tanto, el hambre en la ciudad se aumentaba en gran manera. El que tenía un poco de pan lo escondía en un intento por salvarse la vida. Murieron de hambre los que no tenían pan. En una situación similar, en el sitio de Samaria unos doscientos años antes, la gente pagaba precios exorbitantes por la cabeza de un burro o aun por el estiércol de paloma para comérselo. A lo mejor se repitió el escenario en Jerusalén. De todos modos, sabemos que antes de terminar el sitio, las madres estaban comiendo a sus propios hijos. [3]

Por fin los caldeos lograron abrir una brecha en el muro y su ejército entró en la capital de Judá. Sedequías y sus príncipes huyeron, saliendo por una puerta secreta en el huerto del palacio. Toda aquella noche corrían cerro abajo por las montañas hacia Río Jordán, procurando escapar. Pero el día siguiente los soldados caldeos los alcanzaron cerca de Jericó y los llevaron presos.

Aunque el ejército caldeo había sitiado Jerusalén por año y medio, Nabucodonosor no se había presentado. Estaba en la ciudad de Ribla a unos 350 kilómetros al norte. Por eso, los oficiales caldeos llevaron a Sedequías, a sus hijos y a los príncipes a aquella ciudad, donde el rey de Babilonia pronunció sentencia sobre ellos.

Hizo recordar que Sedequías había incumplido su juramento y había resistido por largo tiempo. Ahora podía vengarse de él. Los caldeos mataron primeramente a los príncipes ante la mirada del rey de Judá. Luego a los hijos del rey. A él le sacaron los ojos, lo encadenaron con grillos y lo llevaron a Babilonia, donde murrio algún tiempo más tarde en la cárcel. [4] [5]

Nabuzaradán, capitán de la guardia caldea, llegó a Jerusalén un mes después de su caída. Quemó las casas y el palacio del rey, demolió la ciudad y derribó los muros. Quebró las dos grandes columnas de bronce que sostenían el hermoso templo que Salomón había construido y llevó los vasos y utensilios de oro, como también el oro que revestía las paredes. Hecho esto, dejó las piedras del fundamento como un montón de ruinas.

La mayor parte de la gente había muerto en la batalla y ahora los sobrevivientes fueron llevados cautivos a Babilonia, excepto unos pobres labriegos para trabajar la tierra. El escogió a Gedalías para servir como gobernador de la provincia arruinada. Este era hijo de Ahikam, el príncipe que escondió a Jeremías cuando Joacim quiso matarlo. Era también primo hermano del joven Micaías que había escuchado la lectura del libro de Jeremías y había avisado a su padre y a los demás príncipes de su contenido. Es evidente que Dios estaba honrando una familia que le había sido fiel.

Antes de marcharse Nabuzaradán de Ribla, el rey Nabucodonosor le había encargado acerca de Jeremías el profeta de Dios. “Tómalo y cuídalo bien. No le hagas mal alguno, sino que harás con el como él te diga”.

El caldeo encontró al profeta atado con cadenas junto con los demás cautivos. Le libró de las ataduras y le dijo: “Jehová tu Dios hablo este mal contra este lugar, y lo ha hecho como dijo, porque ustedes pecaron contra él y no oyeron su voz. Ahora le he soltado hoy las cadenas. Si le parece bien venir conmigo a Babilonia, venga. Le cuidare allí. Si no le parece bien ir conmigo, quédese aquí. Mire, toda la tierra está delante de usted. Vaya a donde mejor y más cómodo le parezca”.

Jeremías escogió quedarse. Al saber que el nuevo gobernador, Gedalías, iba a vivir en Mizpa, a unos dieciocho kilómetros al norte, el decidió quedarse allí también. [6] [7]

Es muy posible que Nabucodonosor haya contado con un espía en la ciudad mientras estaba bajo sitio, ya que el dictador estaba al tanto de lo que estaba sucediendo detrás de los muros. Sabía que el profeta estaba predicando que debían rendirse al rey de Babilonia, y sabía quiénes estaban a favor de Jeremías. Por eso, le ayudó y también honró a Gedalías. Sin embargo, sabemos que el mismo Dios omnisciente guiaba a Nabucodonosor de todos modos. Varias veces en esta profecía, Dios habla de Nabucodonosor como su siervo.

 

[1]Ezequiel 24   [2] Ezequiel 12.12,13  [3] Lamentaciones 4.10  [4] Jeremías 39.1al 8   [5] Jeremías 34.5
[6] Jeremías 39.12 [7] Jeremías 40.1 al 6

VIII — Desobediencia y tragedia

Destierro en Egipto

 

Durante los años de guerra, muchos de los judíos huyeron a los países vecinos para escapar de los caldeos. Ahora, al llegar las noticias que Gedalías era gobernador por disposición de Nabucodonosor, algunos volvieron a la tierra de Judá.

Gedalías les recibió bondadosamente y les dijo: “No tengan temor de servir a los caldeos. Vivan en la tierra y sirvan al rey de Babilonia, y les irá bien. Mientras tanto, tengo mi residencia en Mizpa para recibir a los caldeos que vengan. Ustedes pueden recoger los frutos del verano y el aceite. Guarden todo para vivir bien en el invierno”.

Mientras que duraba la guerra, el rey Sedequías tenía capitanes con sus bandas de guerrilleros esparcidos por la tierra. Ahora, siete de éstos con sus hombres llegaron a Mizpa, y Gedalías mandó que ellos también recogieran las cosechas que quedaban cuando los cautivos fueron desterrados.

Un día el capitán Johanán llegó para hablar con el gobernador: “¿No sabe usted que Baalis, rey de los amonitas, ha enviado al capitán Ismael para matarle a usted?”

“No lo creo”, contestó Gedalías.

Entonces Johanán le dijo aparte: “Es verdad lo que le digo, pero voy a matar a ese hombre y ninguno lo sabrá. ¿Por qué le ha de matar a usted? Los judíos se dispersarán y perecerá el resto de Judá”.

Pero el gobernador discrepó. “No haga eso, porque es falso lo que dice de Ismael”. [1]

Este Ismael era cruel y ambicioso. Se había llenado de envidia al saber que Gedalías era gobernador. Creía que, siendo de la familia real, él ha debido ocupar el cargo. Baalis el amonita también tenía los ojos puestos en esa tierra. Así, los dos se pusieron de acuerdo que el pariente de Sedequías debería matar a Gedalías y asumir el poder.

Algunos días después, Ismael con sus diez guerrilleros, también príncipes de Judá, se presentó ante el gobernador y fue recibido con la cortesía acostumbrada. Habiendo almorzado a la mesa de Gedalías, sacaron sus espadas y mataron al anfitrión y a toda la gente que estaba con él, incluyendo a los caldeos que acompañaban al gobernador.

El día siguiente, sin que todavía se hubiera descubierto el gran crimen, Ismael vio a ochenta hombres que venían de Samaria, rasguñados ellos, raída la barba y rota su vestimenta. Traían en sus manos ofrenda e incienso para la casa de Jehová, no sabiendo que el templo había sido destruido.

Ismael salió a su encuentro y lloró hipócritamente. “Vengan a Gedalías hijo de Ahicam”, les dijo.

Cuando los ochenta llegaron dentro de la ciudad, Ismael y sus ayudantes mataron todos cuanto podían y echaron los cadáveres en una cisterna. Pero diez del grupo lograron negociar sus vidas. “¡No nos maten! Allá en el campo tenemos tesoros de trigo, cebada, aceite y miel. Ustedes pueden disponer de todo aquello”.

Ismael aceptó su oferta y les dio la vida a cambio de sus bienes. Al resto del pueblo que se encontraba en Mizpa, los llevó cautivo. Las hijas del rey fueron llevadas a los hijos de Amón. Pero mientras tanto, las noticias del crimen llegaron a Johanán. En seguida él reunió a todos los hombres que podía encontrar y salió tras los asesinos. Los encontró acampados junto al gran estanque de Gabaón.

Se alegraron en gran manera los cautivos de Ismael al ver que se acercaban Johanán y sus colaboradores, pero Ismael logró escapar con ocho de los suyos para refugiarse entre los amonitas. Johanán no se atrevió volver a Mizpa porque creía que el ejército de los caldeos llegaría de un momento a otro para vengarse de la muerte de Gedalías y los caldeos que habían estado con él. Por eso, Johanán llevó a todo el pueblo que quedaba en la tierra a Quimam, cerca de Belén en el sur de la tierra, con el fin de ir a vivir en Egipto. [2]

Al llegar éstos a Quimam, Johanán reunió a todos los hombres, incluyendo a Jeremías, para consultar con ellos. “Usted ve, Jeremías, cuán pocos nos quedamos. Ruega por nosotros a Jehová su Dios para que nos enseñe el camino por donde vayamos y lo que te hemos de hacer”.

“Está bien”, respondió el profeta. “Voy a orar a Jehová, y todo lo que El responda, les enseñaré. No les reservaré nada”.

“Jehová sea entre nosotros testigo de la verdad y de la lealtad, si no hagamos conforme a todo aquello que su Dios os diga. Sea bueno, sea malo, a la voz de Jehová nuestro Dios obedeceremos, para que nos vaya bien”. Estos hombres habían oído de las maldades de los dioses paganos, y pensaban que el Dios verdadero podría hacer lo malo también.

Jeremías tuvo que esperar diez días para recibir de Dios la respuesta a su rogativa. Entonces llamó a Johanán y a todo el pueblo a otra reunión. “Dios dice que si se quedan quietos en esta tierra, El les edificará y no les destruirá, porque está arrepentido del mal que les había hecho. No teman al rey de Babilonia porque con ustedes está El para salvarles y librarles de su mano. Pero si dicen: «No vamos a morar en esta tierra, sino que entraremos en Egipto en la cual no veremos guerra, ni padeceremos hambre» el Dios de Israel dice así: «Si se van, en Egipto les alcanzará el hambre de que tiene que temer, y allí morirán. Todos los hombres que van a vivir en Egipto morirán a espada, hambre y pestilencia.» Ahora sé que no obedecerán la voz de Jehová, sino que van a escoger su propio camino. Así, tengan por seguro que morirán a espada, hambre y pestilencia”.

Reaccionaron mal Johanán y los varones soberbios. “Mentira dices”, respondieron al profeta. “Dios no le envió a decirnos que no fuéramos a Egipto, sino que Baruc le incite contra nosotros para entregarnos en manos de los caldeos para matarnos o llevarnos a Babilonia”.

Con eso, hicieron los preparativos para continuar el viaje. No permitieron a ninguno quedarse en la tierra de Judá. Jeremías y Baruc les acompañaron a juro.

Al llegar a la ciudad de Tafnes en Egipto, donde el faraón tenía su residencia, Dios volvió a hablar con Jeremías: “Toma con tu mano piedras grandes, y cúbrelas de barro en el enladrillado a la puerta de la casa de Faraón a vista de los hombres de Judá. Diles que así ha dicho el Dios de Israel: «Tomaré a Nabucodonosor mi siervo y pondré su trono sobre estas piedras que he escondido, y extenderá su pabellón sobre ellas. El vendrá y asolará la tierra de Egipto: algunos a muerte, otros a cautiverio y otros a espada”. [3]

Lo más probable es que fue en Egipto que Jeremías haya escrito el libro de Lamentaciones. Mientras pensaba en la destrucción de Jerusalén, lloraba por ella. La Biblia no dice cómo murió, pero según las tradiciones de los judíos, fue apedreado por sus compatriotas. Fue el profeta llorón hasta el fin.

 

[1] Jeremías 40   [2] Jeremías 41  [3] Jeremías 42, 43

 

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