Jabón bueno que no lavaba (#9930)

9930

Jabón bueno que no lavaba

 

Cierto comerciante anunciaba con mucho entusiasmo los méritos superiores del jabón que él elaboraba. De la misma manera, le gustaba exponer sus propias teorías religiosas.

Encontróse una vez con un evangelista y comenzó a hacer mofa del Evan­gelio, diciéndole: “Mire, ¡con dos mil años de doctrina y predicaciones se encuentra la gente más perdida que nunca! Diariamente se registran robos, homicidios, divorcios, borracheras e inmorali­dades. ¿Verdad, que ha fracasado el cristianismo? Claro que sí”.

El predicador reflexionaba; él sabía la respuesta que el comerciante incrédulo necesitaba oir, pero ¿cómo se la presen­taría? Se acordó de la terrible sentencia descrita en la Epístola del Apóstol Pablo a los Romanos acerca de aquellos que “no aprobaron tener en cuenta a Dios, [y] Dios los entregó a una mente reprobada para hacer cosas que no convienen”, Romanos 1.28.

En ese momento venía co­rriendo del callejón un niño andrajoso y sucio y casi chocó con ellos. Según su aspecto nunca se lavaba.

“¡Mírelo, señor!” exclamó el predicador.  “¡Ahí está probado que su jabón no limpia; es un verdadero fracaso!”

“No hable usted absurdos”, protestó el comerciante. “El jabón limpia perfectamente, mas el niño ha dejado de usarlo”.

“Así es exactamente”, contestó el evangélico, “de la misma manera, la gente deja de valerse de la virtud purificadora de la sangre de Cristo, y por eso camina en sus delitos y pecados. Usted y yo debemos repetir con el apóstol  Pablo: No me avergüenzo del Evangelio; porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree”, Romanos 1.16.

Quizá mi apreciable lector haya juzgado mal al Evangelio de Dios, o lo haya ignorado. “Gustad, y ved que es bueno Je­hová: dichoso el hombre que confía en él”, Salmo 34.8.

Siempre después del baño nos sentimos mejor; el rey David pensaba en la fuente de sangre de Emanuel cuando oraba: “Lávame más y más de mi iniquidad, y límpiame de mi pecado … Lávame, y seré más blanco que la nieve”, Salmo 51.2,7.

El alma se siente feliz cuando está recon­ciliada con Dios. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo; no tomando en cuenta a los hombres sus pecados … Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros … os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”, 2 Corintios 5.19,20.

Entonces, lector mío, aproveche ahora la salvación que Dios le ofrece. La sangre derramada del Salvador expía y limpia todo pecado. Su salvación eterna demanda fe en Cristo y también en su obra redentora.

 

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