Filólogo (#447)

Filólogo

Héctor Alves

 

 

Solamente en Romanos 16.15 leemos de este cristiano, y lo único dicho de él es: “Saludad a Filólogo”. Sin duda Pablo tenía por qué enviarle este saludo. Por nuestra parte, conviene tomar nota del sentido de su nombre: un amante de la palabra.

En otro escrito comentamos que Felipe significa un amante de caballos. No hay nada malo en amar caballos, pero más se puede decir a favor del amor por la Palabra de Dios. Se puede aprender mucho de los sentidos de los nombres en Romanos capítulo 16. Si Filólogo vivía acorde con el significado de su nombre, como fue el caso de otros en las Escrituras, entonces se destaca como ejemplo a ser seguido.

Encontramos a varios cuyos nombres no tenían ese sentido pero con todo eran amantes de la Palabra, y el autor de Salmo 119 es uno que viene a la mente: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”; “Ahora guardo tu palabra”, “En tu palabra he esperado”, “Me regocijo en tu palabra”, “Hablará mi lengua tus dichos”, vv 11, 67, 74, 162 y 172. Jeremías era un amante de la palabra; escribió: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón”, 15.16.

 

Pedro nos recuerda que la leche es un deseo natural del recién nacido, y así el hijo de Dios debe desear lo que él llama la leche sincera de la palabra. Es para que crezcamos para salvación (“progresar en el camino de la salvación”, Nueva Versión Internacional), 1 Pedro 2.2. Parece que algunos genuinos hijos de Dios nunca se desarrollan en la salvación simplemente por falta del sentir de Filólogo; no aman la Palabra de Dios. En tiempos de apuro uno suele hacer caso omiso de ella. Es bueno leer un capítulo de vez en ocasiones, no haciéndolo como un deber sino por gusto. Donde hay el deseo, la lectura será más que esporádica; el testimonio de Job fue que estimaba las palabras de la boca de Dios más que su comida, 23.12.

Los libros de exposición y las revistas tienen su lugar y frecuentemente ofrecen lectura provechosa, pero no hay publicación alguna como la Biblia. Al exigir Pablo a ocuparse en la lectura, sin duda tenía en mente la lectura pública de las Sagradas Escrituras, pero esta exhortación bien podría abarcar la lectura diligente en privado con miras a cumplir con la otra orden en el versículo (1 Timoteo 4.13), la de exhortar y enseñar. Esto lo puede hacer sólo el lector asiduo.

 

Años atrás, al evangelizar en Salt Lake City, Estado Utah, cada viernes celebramos una reunión para niños. Más de cuarenta asistieron la primera noche pero uno solo trajo Biblia. El Libro de Mormón prevalecía en los hogares, así que anunciamos que las lecciones se basarían en la Biblia solamente, y pedimos que cada cual trajera una biblia el próximo viernes.

Unos pocos sí lo hicieron, pero cierto muchacho nos llamó la atención especial. La Biblia familiar era demasiado grande para que la llevara, y por esto usó su vagón de niño, halado a mano. “Mamá me dijo”, explicó, “que la única Biblia en la casa era la que estaba en el baúl desde que ella y Papá emigraron de Inglaterra. La encontré. Me gusta este libro grande”.

Que el Señor nos ayude a ser Filólogos, amantes de la Palabra, y tener gusto por “este libro grande”.

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