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	<description>Una mina de escritos Cristianos en español.</description>
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		<title>La  escuela  dominical</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jun 2011 01:32:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nbruley</dc:creator>
				<category><![CDATA[Escuela dominical]]></category>
		<category><![CDATA[706]]></category>

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		<description><![CDATA[Enseñando en la escuela dominical La enseñanza de principiantes El superintendente de la escuela dominical Enseñando  en  la  escuela  dominical Rhoda de Cumming, Venezuela Publicado originalmente por Páginas Orientadoras, Tehuacán,  México CONTENIDO &#160; 1. IMPORTANCIA DE LA OBRA Oportunidad y necesidad                  Jesucristo y los niños &#160; 2. REQUISITOS PARA ENSEÑAR Conversión a Dios                            Dedicación a &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://tesorodigital.com/la-escuela-dominical/">Continuar leyendo &#187;</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Enseñando en la escuela dominical</strong></p>
<p><strong>La enseñanza de principiantes </strong></p>
<p><strong>El superintendente de la escuela dominical</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<h1>Enseñando  en  la  escuela  dominical</h1>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Rhoda de Cumming, </strong>Venezuela<br />
Publicado originalmente por<br />
Páginas Orientadoras, Tehuacán,  México</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<h2>CONTENIDO</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>1. IMPORTANCIA DE LA OBRA </strong></p>
<p>Oportunidad y necesidad                  Jesucristo y los niños</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>2. REQUISITOS PARA ENSEÑAR</strong></p>
<p>Conversión a Dios                            Dedicación a la oración</p>
<p>Buen testimonio                                Diligencia</p>
<p>Sinceridad                                         Responsabilidad</p>
<p>Aptitud para comunicar                    Sacrificio</p>
<p>Experiencia</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>3. EL ALUMNO</strong></p>
<p>El primer período de la niñez                        El período</p>
<p>El período final de la niñez               de la adolescencia</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>4. GUÍAS PARA LA ENSEÑANZA </strong></p>
<p>El propósito de la enseñanza</p>
<p>¿Qué podemos enseñar</p>
<p>&#8230; a los niños pequeños?</p>
<p>&#8230; a los niños más grandes?</p>
<p>&#8230; a los adolescentes?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>5.  JESUCRISTO EL GRAN MAESTRO</strong></p>
<p>Su ejemplo                                        Sus preguntas</p>
<p>Sus milagros                                     Sus parábolas</p>
<p>Sus lecciones objetivas                     Sus palabras y comparaciones</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>6.  PREPARACIÓN DEL MAESTRO </strong></p>
<p>Su estudio en privado</p>
<p>Libros de referencia</p>
<p>Los archivos del maestro</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>7.  PLANIFICACIÓN DE LA ENSEÑANZA</strong></p>
<p>Planificación a largo plazo                Orden de enseñanza</p>
<p>Planificación por lección                  Organización de la lección</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>8.  DIVERSOS ENFOQUES </strong></p>
<p>El maná en el desierto como figura de Cristo</p>
<p>&#8230; para principiantes pequeños         &#8230; para alumnos inconversos</p>
<p>&#8230; para niños mayores                       &#8230; para alumnos creyentes</p>
<p>&#8230; para adolescentes</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>9. PRESENTANDO LA CLASE</strong></p>
<p>Apertura                                            Preguntas del maestro</p>
<p>Recitación                                          Preguntas del alumno</p>
<p>Repaso                                               Lenguaje del maestro</p>
<p>Lectura de la Biblia                            Ilustraciones</p>
<p>Introducción                                      Himnos y coros</p>
<p>Enseñanza de la lección</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>10.  DISCIPLINA EN LA CLASE </strong></p>
<p>Causas del desorden                          Lo que espera</p>
<p>Sugerencias                                        el discípulo de su maestro</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>11.  OTRAS ACTIVIDADES DEL MAESTRO </strong></p>
<p>Conducir a los alumnos a cultos de predicación</p>
<p>Repartir literatura evangélica</p>
<p>Llevar la clase a excursiones</p>
<p>Visitar los hogares</p>
<p>Mantener contacto con alumnos de años anteriores</p>
<p>Preparar y presentar programas</p>
<p>Orar con inteligencia por cada miembro de la clase</p>
<p>Examinarse a sí mismo</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>12.  LOS RESULTADOS </strong></p>
<p>Queremos evitar profesiones falsas   En Jehová está la fortaleza</p>
<p>Anhelamos resultados genuinos         La salvación es de Jehová</p>
<p>¿Cómo podemos obtener resultados genuinos?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>REFERENCIAS BÍBLICAS</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>INTRODUCCIÓN</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las sugerencias contenidas en este librito se presentan para ayudar a los creyentes que, con vocación y dedicación, desean un mayor éxito en la enseñanza de la Palabra de Dios. Este material no se ofrece al lector como manual infalible o un texto absoluto para la instrucción en la  Escuela Dominical;  más bien se ha preparado como guía elemental de orientación para los que quieren servir al Señor en este noble ministerio.</p>
<p>La autora no pretende ser original. Varias de las sugerencias aquí recopiladas son fruto de la experiencia de hombres de Dios que han dejado consejos a nuevas generaciones de maestros sobre la mejor manera de enseñar a la juventud.</p>
<p>Estoy sinceramente agradecida a los hermanos y hermanas aquí en Venezuela que, con buena voluntad, me prestaron su valiosa ayuda en la preparación de este libro. Mi agradecimiento también es para Páginas Orientadoras, de México, que lo publica. Gracias a todos ellos este pequeño libro sale a la luz.</p>
<p>Es nuestro deseo que el contenido de la obra redunde para la gloria de Dios y que el material aquí expuesto sea útil a sus lectores. Oremos juntos para que estos objetivos sean logrados en la voluntad del Señor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cumarebo, Falcón, Venezuela<br />
Agosto de 1977<br />
Rhoda de Cumming</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>1.  IMPORTANCIA DE LA OBRA</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Oportunidad y necesidad</strong></p>
<p>Los censos y las estadísticas nos dicen que en Latino América más de la mitad de la población es menor de los dieciséis años. Este hecho representa una gran oportunidad y a la vez una gran responsabilidad para el creyente cuyo deber y privilegio es enseñar la Palabra de Dios a nuevas generaciones.</p>
<p>El niño aprende con mayor facilidad y rapidez que el adulto. La iglesia católico-romana por siglos ha declarado: Dennos un niño hasta que cumpla los siete años y lo tendremos para toda la vida. Los comunistas y fascistas hacen grandes esfuerzos para adoctrinar a los pequeños porque saben que los niños de hoy son los hombres del mañana. El corazón tierno de un niño es terreno fértil para sembrar cualquier enseñanza, sea ésta verdadera o falsa.</p>
<p>Gran parte de la niñez de hoy no está recibiendo la sana instrucción que le es necesaria en su formación moral y espiritual para la vida que tiene por delante y para su eterno bien. Por el contrario, reciben del cine, la televisión, y de multitud de libritos con historietas intranscendentes, violentas e inmorales una influencia perniciosa que los conduce al desastre.</p>
<p>Referimos un caso de un niño que conocíamos para ilustrar lo antedicho. Un niño venezolano llamado Luís no tenía padre y la mamá se veía obligada a trabajar en casa ajena. Luís pasaba el tiempo viendo televisión en casa de su abuela. Un domingo por la tarde el muchacho se lanzó del segundo piso de un edificio y se dio un duro golpe en la cabeza. En el trayecto al puesto de socorro Luís contó a su abuela como él había visto volar a <em>Batman</em> en el programa de televisión y que estaba probando para ver si podía hacer lo mismo. Su caída provocó una hemorragia cerebral y poco después de llegar a la sala de emergencia del hospital falleció.</p>
<p>¡Qué lástima que este niño no haya tenido oportunidad de asistir a una Escuela Dominical para oir del amor de Dios y de la obra de Jesucristo! Si instruimos a la niñez que nos rodea con las Sagradas Escrituras los resultados podrían ser otros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Jesucristo y los niños</strong></p>
<p>El Señor Jesucristo dio gran importancia a los pequeños. Cuando anduvo entre los hombres dejó preceptos y su ejemplo respecto a la obra de enseñarles la  Palabra de Dios:</p>
<p>Dio gracias a Dios por lo que El había revelado a los niños. 1</p>
<p>Puso a un niño en medio de los discípulos como ejemplo de humildad. 2</p>
<p>Mandó a sus discípulos que dejasen a los niños llegar a él. 3</p>
<p>Mandó a Pedro que apacentase a sus corderos. 4</p>
<p>Dijo que los niños alaban al Señor. 5</p>
<p>Tuvo compasión de las multitudes y empezó a enseñarles. 6</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Si no logras que sus culpas reconozca el pecador,<br />
Conducir los niños puedes al benigno Salvador.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>2.  REQUISITOS PARA ENSEÑAR</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para tal ministerio es necesario llenar los siguientes requisitos:</p>
<p><strong>A. Conversión a Dios</strong></p>
<p>Enseñar las cosas de Dios es privilegio exclusivo de los que han nacido de nuevo. Nacer de nuevo quiere decir arrepentirse y confiar en el Señor Jesucristo quien murió por nuestros pecados en la cruz. El que no es salvo está  cegado espiritualmente y por lo tanto no puede conducir a otros al Señor ni entender las cosas de Dios. Jesucristo dijo: Si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.  1  San Pablo escribió a los corintios: Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura y no las puede entender. 2</p>
<p><strong>B. Buen testimonio</strong></p>
<p>Notemos el consejo de Pablo a Timoteo: Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse. 3  El apóstol también pudo escribir sobre cuán santa, justa e irreprensiblemente él se había portado entre los creyentes. 4  Si nuestra vida no respalda lo que enseñamos nuestro trabajo será en vano.</p>
<p><strong>C. Sinceridad</strong></p>
<p>Es indispensable que seamos sinceros y sin motivación indigna. Por ejemplo, uno no debe buscar ser maestro para lucirse o para dejar una buena impresión ante sus compañeros. Despojémonos de todo egoísmo. Trabajemos porque el amor de Cristo nos constriñe. 5   Todo lo que hacemos debe ser hecho de corazón, como para el Señor y no para los hombres. 6  La sinceridad del maestro será reconocida por los alumnos.</p>
<p><em>Da lo mejor al Maestro, ríndele fiel devoción;<br />
Sea su amor tan sublime el móvil de cada acción.</em></p>
<p><strong>D. Aptitud para comunicar</strong></p>
<p>Capacidad para enseñar y estimular el aprendizaje son cualidades necesarias. Cuando uno habla sin inspirar o motivar a sus alumnos, está hablando en vano. Es difícil comunicar lo que no creemos de todo corazón y lo que no nos llena de entusiasmo. Pablo aconsejó a Timoteo a avivar el fuego del don de Dios que había en él. 7  Nos conviene a nosotros recibir este consejo.</p>
<p><strong>E. Experiencia</strong></p>
<p>Es costumbre en algunas congregaciones responsabilizar de una clase a creyentes nuevos cuando los tales deben estar aprendiendo en una clase que corresponda a su edad. En esas mismas iglesias puede haber hermanos de experiencia y conocimiento que no tienen la responsabilidad de una clase cuando bien podrían tenerla.</p>
<p>En algunas Escuelas Dominicales los maestros nuevos sirven primero como asistentes a los de mayor experiencia. Ellos ayudan oyendo a los niños decir las porciones que aprenden de memoria, designando nuevos textos, manteniendo el orden y dando la clase de vez en cuando. Este es un proceso recomendable con tal que el maestro esté dispuesto a adiestrar a su ayudante y que éste esté dispuesto a aprender. Así el ayudante podrá dar la clase solo cuando el maestro tenga que estar ausente.</p>
<p><strong>F. Dedicación a la oración </strong></p>
<p>El maestro sincero siente la necesidad de orar pidiendo al Señor:</p>
<p>—Por sí mismo, para que sea un obrero humilde, comprensivo, paciente y persistente con su clase.</p>
<p>—Por su mensaje, para que el Señor le dé luz espiritual. Si no contrista al Espíritu, El puede guiarle a toda verdad. 8</p>
<p>—Por sus discípulos, pidiendo la ayuda de Dios para llevar a cabo sus propósitos de conversión, crecimiento en la gracia, consagración al Señor y a su servicio, etc. Hay que orar por cada uno en particular porque la oración eficaz del justo puede mucho.9</p>
<p><strong>G. Diligencia </strong></p>
<p>Como maestros tenemos que estudiar cuidadosamente:</p>
<p>1. Nuestro mensaje. Es preciso escudriñar las Escrituras y preparar la lección hasta que nuestra propia alma esté conmovida. El apóstol aconsejó a Timoteo: Ocúpate en la lectura. 10</p>
<p>2. Nuestros alumnos. Hay que observar las costumbres, los anhelos, las capacidades y los hogares de cada uno de ellos.</p>
<p>3. Nuestros métodos de enseñanza. Estos deben ser interesantes y efectivos. Aun el método que tiene mayor éxito se gasta con el tiempo. El maestro diligente nunca deja de aprender y busca siempre los métodos que resulten en mayor beneficio para sus alumnos.</p>
<p><strong>H. Responsabilidad </strong></p>
<p>Puntualidad:  Sugerimos que el maestro llegue a la clase por lo menos diez minutos antes de la hora, si no está ocupado en el transporte de alumnos. Así podrá tener en orden el salón y su material didáctico y podrá saludar a sus alumnos según van llegando.</p>
<p>Cumplimiento:  En ocasiones cuando tenga que ausentarse, el maestro responsable busca un suplente y avisa con anticipación al superintendente.</p>
<p><strong>I. Sacrificio </strong></p>
<p>Un espíritu de sacrificio nos conviene. Nuestro servicio requiere dedicación de tiempo, esfuerzo en oración y estudio, y el estar dispuestos a sacrificar nuestros ahorros en bien de los muchachos. El amor se mide por el sacrificio. Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella.  11  El maestro que ama a su clase la llevará en el corazón y estará dispuesto a sacrificarse para ganarla para Cristo y guiarla en los caminos del Señor.</p>
<p>Veamos la necesidad de dedicar nuestra mente entera a la preparación; dedicar el alma entera en la presentación; y dedicar la vida entera a la ilustración de la lección.</p>
<p><em>Que mi tiempo todo esté consagrado a tu loor,<br />
Que mis labios al hablar hablen sólo de tu amor. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>3.  EL ALUMNO</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nosotros los maestros no debemos perder de vista que el niño, en el proceso de desarrollo, atraviesa períodos de transición que afectan profundamente su comportamiento. Si deseamos que nuestra enseñanza sea efectiva consideremos la edad de nuestros alumnos y conozcamos las inclinaciones propias del período que atraviesan.</p>
<p><strong>A. El primer período de la niñez</strong> (entre los 3-8 años)</p>
<p>Lo que sigue es característico del comportamiento del niño pequeño:</p>
<p>1. Curiosidad. El niño posee una curiosidad natural y una imaginación activa. Podremos captar su atención despertando su curiosidad y luego mantenerla apelando a su imaginación.</p>
<p>2. Inquietud. Los niños pequeños están acostumbrados a la actividad y para ellos es difícil sentarse quietos durante una hora. Es aconsejable variar las actividades de la clase con el fin de evitar monotonía y permitirles movimiento.</p>
<p>3. Credulidad. En vista de que los niños están dispuestos a creer todo lo que se les dice, tengamos cuidado de presentarles solamente verdad, y de una manera que ellos puedan retenerla.</p>
<p>4. Sensibilidad y sentido de culpa. Debemos recordar que cada niño tiene una conciencia, que  todavía tiene el corazón tierno y que después hacer lo malo siente profundamente su culpabilidad. El temor puede provocar en el niño el deseo de ser perdonado.</p>
<p>5. Anhelo de ser amado y aceptado. La parte espiritual que Dios ha puesto en el niño le hace sentir temor y culpabilidad y es capaz de conocer el perdón de Dios. Hay en cada niño, aun en el malcriado, el anhelo de ser amado y apreciado.</p>
<p>El mundo carece de comprensión y de verdadero amor. Muchos padres abandonan a sus familias. Hay madres sin afecto natural y personas que ejercen el magisterio sin vocación o verdadero interés en el bienestar de los niños en sus clases. Nosotros, los maestros de Escuela Dominical, tenemos el deber de mostrar al alumno nuestro amor hacia él.  Esto lo haremos al hablar del amor infinito de Dios, enviando a su propio Hijo quien llevó el castigo para que el niño fuera perdonado. Nuestro deseo es que el niño, con fe sincera, reciba la salvación que Dios le ofrece. Entonces podremos mostrarle que es hecho acepto en el Amado. 1</p>
<p><em> Los pequeños pueden convertirse del pecado<br />
Y entregarse a Cristo quien los llama con amor;<br />
Pueden apartarse de las sendas de este mundo<br />
Para andar en las pisadas de su Salvador. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>B. El período final de la niñez</strong> (9-12 años)</p>
<p>Notemos algunas cosas sobresalientes del niño en esta etapa de su vida.</p>
<p><strong> 1</strong>. Despertamiento de la mente y de criterio propio.     El niño piensa ahora en las situaciones de la vida, avalorando y haciendo decisiones según su propio criterio. Por esta razón, este es el mejor período para inculcar en el niño las verdades básicas acerca del pecado, la responsabilidad, la justicia divina, el amor de Dios y la obra de Cristo.</p>
<p><strong> 2.</strong> Agrupamiento espontáneo.    El deseo de pertenecer a un grupo se manifiesta y a veces resulta en problemas. Entre los efectos que producen estos agrupamientos están la intranquilidad, la enemistad, la burla y la hostilidad. Las opiniones de la pandilla ejercen mucha influencia sobre algunos niños.</p>
<p><strong> 3.</strong> Sentido de lealtad.    El deseo de ser leal al grupo puede ser usado para conducir al niño a comprender que la lealtad que realmente vale la pena es la que puede sentir hacia el Señor Jesús.</p>
<p><strong>4.</strong> Culto a los héroes.    Otra característica natural del niño de esta edad es la admiración que siente hacia los personajes de la televisión y el cine, los atletas y los héroes de los libros que lee. Procuremos utilizar estas tendencias naturales del niño interesándole en los héroes de la fe:  hombres y mujeres que agradaron a Dios.</p>
<p><strong>C. El período de la adolescencia</strong> (12-18 años)</p>
<p>Rasgos característicos del adolescente:</p>
<p><strong> 1.</strong> Está en transición.    A veces actúa y piensa como adulto y otras veces como niño.</p>
<p><strong> 2. </strong>Tiene potencial insospechable.    El joven de hoy puede ser el líder de mañana.</p>
<p><strong>3.</strong> Carece de experiencia.    A pesar de su capacidad el adolescente necesita algún control porque muchas veces le falta el dominio propio.</p>
<p><strong>4.</strong> Desea diversión y alegría.    Salomón habla de la inclinación natural de la juventud: Alégrate joven, en tu juventud. 2</p>
<p><strong>5.</strong> Tiene mayor interés en lo que él mismo hace, dice o realiza.    Cuando se le obliga a ser pasivo y limitarse a escuchar al maestro, muchas veces se siente frustrado, sobre todo si no siente simpatía por su maestro y se rebela contra la escuela dominical. Cuando existe una actitud rebelde es difícil lograr buenos resultados en su corazón.</p>
<p><strong>6.</strong> Quiere saber.    Aunque a veces el joven pone en tela de duda las verdades que le han sido enseñadas, muy adentro tiene deseos de saber con certeza lo que ahora empieza a dudar. Por eso el joven puede ser atraído a la persona que tiene la respuesta que busca y sabe darla.</p>
<p><strong>7.</strong> Procura no pensar en el futuro.    Es natural para el joven ocuparse solamente del presente. El predicador advirtió: Pero sabe que sobre todas estas cosas te juzgará Dios. 3   El maestro o la maestra, recordando la tendencia de no pensar en el futuro, debe enfatizar con frecuencia que la juventud es época para prepararse y sentar bases para el porvenir.</p>
<p><strong>8.</strong> Necesita a Dios.    El consejo de Salomón aún tiene vigencia: Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento. 4</p>
<p>El adolescente está en transición, actúa con frecuencia impulsado por sus emociones. Debemos comprenderlo. Si queremos ser instrumentos en las manos del Espíritu Santo tenemos que aprender a trabajar con el joven y no en su contra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>4.  GUÍAS  PARA  LA   ENSEÑANZA</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El propósito de la enseñanza</strong></p>
<p>Jesucristo está en todas las Escrituras. La mañana del día de la resurrección él comenzó desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.  1</p>
<p>El maestro o la maestra de Escuela Dominical tiene el deber de presentar a Cristo aun cuando estudia con su clase las historias del Antiguo Testamento. Para demostrar la importancia de esto relataremos una historia tomada de la vida real.</p>
<p>Carlos quería asistir a la  Escuela Dominical pero su papá no le daba permiso.  Sin embargo, en tres oportunidades cuando su padre estaba ausente, asistió a la clase con un compañero. Más tarde Carlos enfermó gravemente y al ser visitado en el hospital por una señora evangélica, ésta le preguntó si alguna vez había asistido a una Escuela Dominical.</p>
<p>—Si—contestó—, fui tres veces.</p>
<p>—¿Aprendiste algo del Señor Jesús?</p>
<p>—No señora, el primer domingo la maestra habló de Abraham, el segundo de José y el tercero nos contó la historia de Moisés, pero no llegó a Jesús.</p>
<p>La señora, pensando en el estado delicado del muchacho, le habló de Abraham, y la ocasión cuando Dios proveyó un sustituto para Isaac. 2 Explicó cómo Jesucristo fue nuestro sustituto cuando El llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero. En la próxima visita habló de cómo José es una ilustración del Señor Jesucristo: amado de su padre, despreciado y vendido por sus hermanos, y cómo llegó a ser preservador de la vida. 3  Más tarde habló de Moisés y la serpiente de bronce. Enseñó que como Moisés levantó la serpiente, así Cristo fue levantado en una cruz. 4 Carlos vino a entender que Jesucristo murió por él y allí en el hospital le aceptó como su Salvador.</p>
<p>La Biblia es la revelación de una persona: nuestro Señor Jesucristo. Es la exposición de un tema: la redención por su sangre. Esto lo hallamos en la historia, las profecías, los símbolos, los muebles del tabernáculo, 5  y en toda la Biblia.</p>
<p><em>La Biblia</em><em> revela a Cristo, la ley nos da sombras de él;<br />
Profetas su muerte decían, los salmos también, cual vergel. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>A. ¿Qué podemos enseñar a los niños pequeños? </strong></p>
<p>Los niños pequeños, como dijimos en el capítulo anterior, son curiosos, inquietos, prestos a creer, sensibles y anhelan ser amados. A ellos les llama la atención las historias del Señor Jesús. Les gusta oir del poder de Dios en la creación y de personas como José, Moisés, Samuel, David, etc. Es bueno recordar que el párvulo retiene muchas de las cosas que ve, aun más de las cosas que hace, pero muy poco de lo que nada más oye.</p>
<p><strong>B. ¿Qué podemos enseñar a los niños más grandes?</strong></p>
<p>Nuestro objetivo debe ser enseñar todas las historias principales de la  Palabra de Dios. Si damos cincuenta lecciones en el curso de un año, podremos lograr este objetivo en alrededor de cinco años. Podemos enseñar el Antiguo Testamento por seis meses y el Nuevo por los meses restantes. Al siguiente año empezamos donde dejamos de enseñar. Si la clase cambia de maestro, el nuevo empezará a enseñar en la parte donde el otro terminó. De esta manera los alumnos tendrán conocimiento de las historias de la Biblia en su orden cronológico.</p>
<p>Este plan parecerá demasiado difícil para el maestro que se limita a uno o dos libros favoritos o que prefiere hablar mucho tiempo de un solo personaje o de un solo capítulo. El maestro no debe tener miedo ni flojera ante un plan que le ayudará a ensanchar sus propios conocimientos de las Escrituras. Si el maestro no estudia para crecer, él y sus alumnos son los perjudicados.</p>
<p>Algunas congregaciones tienen la costumbre de interrumpir la enseñanza sistemática de la Escuela Dominical para celebrar reuniones especiales donde un hermano da un mensaje a toda la Escuela Dominical. Esto puede ser útil al principio o al fin de un ciclo de estudios, en fechas cuando los niños pasan de una clase a otra, pero no debe hacerse con mucha frecuencia. Por lo general el niño aprende poco en estas reuniones porque las enseñanzas no siguen un plan definido, porque pierde el contacto personal con su propio maestro y porque el mensaje dirigido a todos no puede satisfacer las necesidades particulares de cada etapa de crecimiento.</p>
<p><strong>C. ¿Qué podemos enseñar a los adolescentes? </strong></p>
<p>He aquí algunas sugerencias sobre temas que podrían resultar provechosos para alumnos de esta edad.</p>
<p><strong>1.</strong> Temas doctrinales ilustrados por historias del Antiguo Testamento.</p>
<p>a) La condenación del hombre (desobediencia de Adán y Eva). 6</p>
<p>b) El juicio de Dios (Sodoma y Gomorra). 7</p>
<p>c) La sustitución (el sacrificio de Isaac). 8</p>
<p>d) La decisión (Rebeca).  9</p>
<p>e) La reconciliación (José y sus hermanos).  10</p>
<p>f) La redención por sangre (el cordero de Éxodo).  11</p>
<p>g) La expiación del pecado (los dos machos cabríos). 12</p>
<p>h) La salvación por fe (la serpiente de bronce). 13</p>
<p>i) La seguridad (el cordón rojo). 14</p>
<p>j) La regeneración (los huesos secos).  15</p>
<p><strong>2.</strong> Mujeres de la Biblia</p>
<p>Las alumnas tendrán especial interés en las mujeres de las Escrituras. Cada joven en la clase puede preparar y presentar un informe sobre una mujer la Biblia, relatando la manera en que agradó o desagradó a Dios. Estos informes pueden servir como introducción a las lecciones sobre estas mujeres.</p>
<p><strong>3.</strong> Jóvenes guerrilleros</p>
<p>Para el espíritu de &#8220;activista&#8221; en el joven, hay biografías de personajes como Jefté, Gedeón, David y Jonatán.</p>
<p><strong>4.</strong> Las dos naturalezas del creyente</p>
<p>Es aconsejable enseñar que el creyente tiene dos naturalezas y que hay conflicto constante entre nuevo hombre (el espíritu) 16 y el viejo hombre (la carne).  17</p>
<p><strong>5.</strong> La venida del Señor Jesucristo</p>
<p>La verdad de la segunda venida del Señor  18  y otros eventos futuros como el tribunal de Cristo 19 ha despertado en muchos jóvenes el deseo de ser salvos y de usar su vida para la gloria de Dios. Para poder enseñar estas verdades de una manera convincente nosotros tenemos que vivir esperando la venida de nuestro Maestro y Señor.</p>
<p><em>¡Oh! háblame, Señor, y hablaré en ecos vivos de tu voz;<br />
Y, como hallado tuyo, buscaré a los perdidos para Dios. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>5.   JESUCRISTO,  EL  GRAN  MAESTRO</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>Uno es vuestro Maestro, el Cristo.&#8221;  1  &#8220;¿Qué enseñador semejante a él?&#8221; 2   &#8220;Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?&#8221; 3  &#8220;¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!&#8221; 4</p>
<p>El Maestro incomparable enseñó las verdades divinas de muchas maneras: viviendo santamente, obrando milagros, utilizando ejemplos, haciendo contrastes y preguntas, relatando parábolas, etc. Contemplémosle en acción:</p>
<p><strong>A.  Su ejemplo</strong></p>
<p>Dios estima las obras de mayor importancia que las palabras. Por eso Lucas escribió: Estas son las cosas que Jesús comenzó a hacer y enseñar,  5  y dijo que Cristo era poderoso en obra y palabra. 6  Notemos el orden de las cosas en estas dos citas.</p>
<p>Nuestros hechos durante la semana hablan más que nuestras palabras el domingo. Es a Dios a quien debemos agradar antes que a los hombres. El versículo citado declara que Jesús era poderoso en obras delante de Dios primeramente, y luego delante de todo el pueblo. Nuestro servicio en la Escuela Dominical debe ser hecho de tal manera que el Señor sea glorificado primeramente; si es así los alumnos serán beneficiados.</p>
<p><strong>B. Sus milagros</strong></p>
<p>Jesús nazareno fue varón aprobado por Dios con maravillas, prodigios y señales. 7 El apóstol Juan, por ejemplo, relata siete de sus milagros o señales en los primeros once capítulos de su Evangelio. A veces un evangelista agrega detalles que el otro no menciona. Cada evangelista destaca en su relato los detalles que hacen resaltar el enfoque con que presenta la persona del Señor Jesucristo.</p>
<p>Los milagros testifican de la divinidad de Cristo siempre traen enseñanzas en cuanto a la debilidad del ser humano en contraste con el poder de Dios.  Jesucristo es todavía hacedor de milagros porque El tiene toda potestad en el cielo y en la tierra. El cambia la tristeza en gozo, las tinieblas espirituales en luz y a los pecadores en santos.</p>
<p><strong>C. Sus lecciones objetivas y comparaciones</strong></p>
<p>Dios empleó muchos objetos para llamar la atención del pueblo de Israel.  Los profetas usaron, por ejemplo, la plomada de albañil, 7  higos buenos y malos, 8  la vara de almendro, 9 un cinto podrido, 10  etc. Los evangelistas igualmente relatan que Jesús hablaba de una moneda, 11 de las aves, 12 de los lirios del campo,  13  etc. Tomó un niño y enseñó la necesidad de la humildad; 14 tomó una toalla y con ella enseñó la importancia del servicio; 15 con los panes enseñó la seguridad de la provisión divina. 16</p>
<p>El lenguaje del Señor fue rico en comparaciones fáciles de comprender. A los falsos profetas los llamó lobos vestidos de ovejas; 17 su muerte fue comparada a un grano de trigo que muere en la tierra; 18  a los hipócritas los llamó sepulcros blanqueados;  18 comparó el renacimiento por el Espíritu Santo con el viento. 20</p>
<p><strong>D. Sus preguntas </strong></p>
<p>El Señor preguntaba a menudo. No lo hacía por ignorancia, ni por tentar, sino porque deseaba involucrar a sus oyentes en la conversación, haciéndolos reflexionar. Por ejemplo: ¿Quién dicen os hombres que es el Hijo del Hombre? 21  ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien? 22 ¿Qué te parece, Simón? 23 ¿Quién de estos tres parece que fue el prójimo?  24</p>
<p><strong>E.  Sus parábolas</strong></p>
<p>Una parábola bíblica no es un cuento, sino una comparación tomada de la vida común en forma de un relato verosímil. Dios dijo en Oseas: Por medio le los profetas usé parábolas. 25 Jotán relató la parábola de los árboles. 26 Natán habló a David del rico que mató la oveja del pobre, para que David reconociera su pecado. 27</p>
<p>Jesucristo hablaba en parábolas y el pueblo le oía de buena gana. 28 Los Evangelios contienen unas cincuenta parábolas suyas. La parábola del hijo pródigo 29 se lee fácilmente en tres minutos y es una de las más largas. Ellas tratan temas como cosas perdidas, 30 los muchachos en la plaza, 31 el viajero asaltado, 32 el vestido de bodas, 33 etc. Por medio de parábolas Cristo enseñó verdades divinas.</p>
<p><strong>F. Sus palabras </strong></p>
<p>Nicodemo llamó al Señor Jesús<em> Maestro</em>. 34  Bien sabía el Señor que este hombre tenía sus propias ideas, pero no perdió tiempo hablando de ellas sino que le advirtió en seguida sobre la necesidad de nacer de nuevo. Nosotros debemos hablar las palabras que Cristo habló, bien sean las que se refieren a su persona como las que describen al pecador. Cristo dijo: Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son verdad. 35</p>
<p><em>Más de Jesús quiero aprender, más de su gracia conocer,<br />
Más de sus dones recibir, más con los otros compartir. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>6.   PREPARACIÓN  DEL  MAESTRO</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>No podemos contar con la ayuda del Señor si no tomamos tiempo para estudiar su Palabra. En la  Biblia notamos que Dios siempre llama a su servicio a personas que están ocupadas haciendo algo. En los tiempos difíciles de los jueces había un hombre llamado Gedeón, que sacudía el trigo en un lagar. Sacudir el trigo puede hablarnos de estudiar las Escrituras buscando alimento espiritual. Dios le observó y leemos que el ángel de Jehová se le apareció y le dijo: Jehová está contigo, varón esforzado y valiente. 1</p>
<p>En vista de la gran importancia que tiene la Escuela Dominical debemos sentir nuestra responsabilidad delante del Señor de preparar la lección de tal manera que el Espíritu Santo pueda usarla para la bendición de los alumnos, tanto de los inconversos como de los que ya son salvos.</p>
<p>El Señor Jesús dijo: Los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz. 2 Lamentablemente, esto a veces es muy evidente en la Escuela  Dominical. El gobierno del país requiere que los que enseñan en las escuelas estudien la pedagogía y que conozcan debidamente las materias a su cargo. Sin embargo, muchos creen que los maestros de Escuela Dominical pueden impartir las verdades divinas a la juventud sin preparación alguna.</p>
<p>Es cierto que Dios puede hacer su obra sin valerse de la sabiduría y preparación de este mundo, y que el Espíritu Santo dirige y ayuda al creyente que está en comunión con él, pero nada de esto nos da libertad para descuidar nuestra              labor previa. Tengamos presente que Dios declara: Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová. 3</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>A. Su estudio en privado</strong></p>
<p>Esdras, el escriba, fue uno de los maestros más destacados del Antiguo Testamento. Veamos su preparación según Esdras 7:10:</p>
<p><strong>1.</strong> Preparación del corazón.    &#8220;Porque Esdras había preparado su corazón&#8221;. Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón. 4</p>
<p><strong>2.</strong> Preparación de la mente.    &#8220;Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová&#8221;. Esdras estudiaba diligentemente la  Palabra de Dios. Escudriñad las Escrituras. 5</p>
<p><strong>3.</strong> Preparación por medio de la obediencia.    &#8220;Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla &#8230;&#8221; Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced. 6</p>
<p><strong>4.</strong> Instrucción como resultado de la preparación.    &#8220;&#8230; y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos&#8221;. Pablo escribió a Timoteo: Ocúpate en la lectura y la enseñanza. 7</p>
<p>La obra de la Escuela  Dominical es la obra del Señor.    El apóstol escribió: Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, porque a Cristo el Señor servís. 8</p>
<p>En el libro de Eclesiastés el sabio Salomón dijo: Cuanto más sabio fue el predicador (o maestro), tanto más enseñó sabiduría al pueblo, e hizo escuchar, e hizo escudriñar. Procuró el predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad. 9</p>
<p><em>Abre mis ojos, Señor; Abre mis ojos, Señor;<br />
Y yo en tu ley maravillas veré, si me enseñas, Señor. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>B. Libros de referencia. </strong></p>
<p>La Palabra de Dios es nuestro texto guía y se explica a sí mismo. Nuestra mejor fuente de material para la enseñanza la hallamos en las Escrituras. Además del pasaje de la lección, muchas veces hay pasajes paralelos. Esto ocurre en los libros de Reyes y Crónicas y en los cuatro Evangelios. Leyendo estos pasajes juntos tenemos la historia más completa. Las referencias al margen de la Biblia son de ayuda para encontrar estos pasajes y también notas como las del doctor Scofield.</p>
<p>El maestro debe tener a mano una concordancia y un diccionario bíblico. La concordancia le ahorrará mucho tiempo y le llevará a versículos que serán de ayuda para desarrollar el tema que está preparando. Hay muchos comentarios que dan luz sobre los libros que componen la Biblia pero en ellos hay un peligro. Antes de estudiar o comprar un libro escrito por un autor que desconocemos es aconsejable consultar con un hermano de más conocimiento.</p>
<p>En algunas librerías evangélicas podemos obtener manuales para el uso del maestro y lecciones que vienen con figuras para el franelógrafo. Algunos de estos materiales son de mucha ayuda. Pero sugerimos que el maestro haga su propio estudio de las Escrituras primero, apunte sus pensamientos, y luego añada lo que halla provechoso de otros libros.</p>
<p>Comprar libros representa un gasto para el maestro, pero ¿quién de nosotros no gasta más en el sostén de su cuerpo que en el de su alma?</p>
<p><strong>C. Los archivos del maestro</strong></p>
<p>Sin mayor gasto podemos recopilar en nuestros archivos material para las lecciones que vamos a enseñar. El archivo se construye con una caja grande de cartón y unas carpetas hechas de cartulina doblada, cada una con un título. La maestra de infantes guardará láminas, dibujos y figuras. El que da clases a niños de más edad o a jóvenes archivará mapas, cartas gráficas, bosquejos, notas de predicación y enseñanza que ha escuchado, historias y recortes de revistas, prensa, tratados y hojas de calendarios que sirvan para ilustrar o introducir las lecciones. También guardará en sus archivos fotos y artículos sobre lugares y costumbres de tiempos bíblicos y de descubrimientos arqueológicos.</p>
<p>En algunas clases de adolescentes suele presentarse la dificultad de motivar a algunos alumnos que conocen hasta el cansancio la lección a ser estudiada. ¿Cómo podremos lograr su interés en una lección que creen ya conocer? El maestro de jóvenes debe estar en constante búsqueda de información, archivando detalles, circunstancias y costumbres de tiempos bíblicos. Luego la presentación de este material debe ser de acuerdo a la capacidad y al interés de los alumnos, para ayudarles a apreciar más las verdades del evangelio y de la doctrina bíblica.</p>
<p>Génesis 11:31 dice simplemente que Abram, Sarai y los demás salieron de Ur de los Caldeos para ir a la tierra de Canaán. ¿Qué significaría este traslado para Sarai?  Los descubrimientos arqueológicos muestran que Ur era una ciudad civilizada, con casas cómodas. Abram y Sarai dejaron atrás todo eso al emprender un viaje de alrededor de dos mil kilómetros y por el resto de su vida moraron en tiendas. Anhelaban una ciudad celestial que Dios les había preparado. 10</p>
<p><em> Lee la  Biblia, sus bellas historias traen al alma salud celestial:<br />
Llenen tu espíritu todas sus glorias, y gozarás de su luz celestial. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>7.  PLANIFICACIÓN  DE  LA   ENSEÑANZA</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>Planificar es establecer anticipadamente un plan de trabajo. Nos fijamos un objetivo, delineamos los pasos que vamos a seguir y juntamos el material que hemos de usar para alcanzar el objetivo propuesto. Esto puede hacerse a largo plazo o por lección. Tener un objetivo inspira confianza. Si trazamos de antemano lo que pretendemos realizar, sabremos cómo hacer planes para alcanzar nuestra meta. Esto nos ayudará a distinguir entre lo urgente, lo importante y lo esencial</p>
<p><strong>Planificación a largo plazo </strong></p>
<p>Habiendo considerado en una manera general nuestra responsabilidad como maestros, las necesidades de los alumnos y el contenido de nuestro libro de texto (la Biblia), estaremos en condición para preparar un plan a largo plazo. En este plan anotaremos lo que queremos enseñar cada domingo.</p>
<p>Tenemos que tomar en cuenta el grupo de alumnos que nos ha sido encomendado: sus edades, su sexo, lo que han aprendido ya de las Escrituras, sus conocimientos y experiencias y lo que les interesa.</p>
<p>Aprovechando el interés que algunos alumnos tendrán en ciertos días del año podremos incorporar nuevas lecciones o modificar el orden de las que ya hemos escogido. Por ejemplo: en el día del árbol sería interesante una lección sobre ciertos árboles de las Escrituras; el día de la madre la lección puede ser acerca del regalo que Jesucristo presentó a una madre; 1  en el mes de diciembre los niños tendrán especial interés en la historia del nacimiento de Jesucristo.</p>
<p>El punto principal es que el plan y la manera como se presenta la enseñanza deben estar acordes con la capacidad y el modo de entender de los alumnos. El apóstol fue, humanamente hablando, un hombre muy inteligente y bien instruido; no obstante, él reconoció que cuando niño él hablaba, pensaba y juzgaba como niño.  2</p>
<p>Se requiere fuerza de voluntad para trazar y llevar a cabo un plan a largo plazo; pero si lo hacemos en comunión con el Señor, El nos ayudará.</p>
<p>Una joven creyente contó como ella aprendió lo útil que era preparar y seguir un plan en la enseñanza. Esto es lo que me dijo:</p>
<p>—Me dieron una clase de muchachas de doce a catorce años y procuré enseñarles las historias bíblicas que sabía. Al fin de un año tuve que reconocer que había logrado muy poco con ellas. Pedí la ayuda del Señor y luego preparé una serie de lecciones sobre el Señor Jesucristo. Estudiamos a Cristo como el Mesías que cumplió las profecías del Antiguo Testamento, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, le estudiamos como Maestro y con varios otros títulos u oficios que encontramos en los Evangelios. Por fin llegamos a la última de estas lecciones, la más solemne: el Señor Jesucristo como Juez (Juan 5:22; Apocalipsis 20:11). El siguiente domingo por la noche recibí una llamada telefónica de una de mis alumnas y esto es lo que me dijo:</p>
<p>—Toda la semana he estado pensando en la lección y preguntándome: ¿Cómo podré presentarme al Señor ante el Gran Trono Blanco? Pero, Maestra, ya sé que nunca tendré que hacerlo porque esta noche le recibí como mi Salvador.</p>
<p><strong>Planificación por lección</strong></p>
<p>Disponer de un archivo, como ya hemos sugerido, favorece en gran manera la planificación ya que así disponemos del material de trabajo que podemos requerir en un momento dado.</p>
<p>Un maestro que ha gozado de bendiciones en su clase describe su método en las siguientes palabras:</p>
<p>—Tengo cincuenta y dos carpetas, una para cada lección del año, con el tema de la lección y la fecha marcados en cada una. Busco y archivo notas, mapas, cuadros y cartas gráficas que tienen que ver con el tema de cada lección. Cuando empiezo a preparar cierta lección me refiero primero a los objetivos en la planificación a largo plazo. Luego reviso el material en la carpeta correspondiente, evaluando, eliminando y seleccionando el material que usaré.</p>
<p>Planificar es lo opuesto a improvisar. Enseñar en la Escuela Dominical requiere preparación delante del Señor, y mientras más temprano en la semana comencemos, mejor.  Primeramente pidamos en oración la ayuda de Señor; luego leamos cuidadosamente las porciones de las Escrituras, tomando notas de nuestra meditación personal; después podemos consultar manuales y otros libros; luego determinaremos la manera de utilizar los materiales que hay en nuestro archivo.</p>
<p><strong>Orden en la enseñanza</strong></p>
<p>Hay tres tipos de orden que debemos tomar en cuenta en la planificación de la lección:</p>
<p><strong>A.</strong> Orden de comprensión.    Empezaremos nuestra enseñanza con lo que el niño sabe y lo llevaremos a lo que todavía no sabe. Esta es la base de la verdadera enseñanza. Hay que empezar con las experiencias conocidas, las semejanzas entre lo conocido y lo desconocido, y luego por pasos graduados llevar al niño a nuevos descubrimientos.</p>
<p><strong>B.</strong> Orden psicológico.    El párvulo es muy limitado en sus experiencias, pero esto no quiere decir que es incapaz de pensar. El proceso de pensamiento  (seleccionar y aplicar conocimientos a un problema) puede desarrollarse hasta en un párvulo bajo la guía de un buen maestro. Hay que conectar las lecciones nuevas con las que ya han sido aprendidas de tal manera que el niño pueda trasladar lo que ya conoce al tema de las nuevas lecciones.</p>
<p><strong>C.</strong> Orden cronológico.    Procuremos dar una idea clara del orden en que sucedieron los acontecimientos en las Escrituras. Para una clase de jóvenes puede resultar provechoso un estudio de las siete dispensaciones señalando algunos acontecimientos importantes en cada una. Tal estudio pone de manifiesto que la historia es el desarrollo de los planes y propósitos de Dios. Un bosquejo completo de las dispensaciones se encuentra en la Biblia anotada de Scofield.</p>
<p><strong>Organización de la lección</strong></p>
<p>Se puede organizar la lección de la siguiente manera:</p>
<p><strong>A.</strong> El tema principal.     El tema de la lección es la verdad básica que el maestro quiere inculcar en sus discípulos. En la Biblia hay un sin número de temas que podrían seleccionarse. Presentaremos algunos a título de ejemplos: la caída del hombre, la promesa de un Salvador, el Cordero de Dios.</p>
<p><strong>B.</strong> El texto clave.     Este texto debe expresar el tema de la lección y ayudar al alumno a fijar sus pensamientos en esa verdad. Puede ser una parte del pasaje que será leído en la clase o tal vez otra Escritura. Por ejemplo, si la lección versará sobre la caída del hombre relatada en Génesis 3, el texto clave podría ser:  Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 3</p>
<p><strong>C.</strong> Los pasajes de las Escrituras que han de ser leídos.     Por lo regular, es mejor no leer mucho de una sola vez en la clase, especialmente si los alumnos son niños pequeños o inquietos, por cuanto no siempre entienden lo que se lee ni prestan la debida atención. Pero, algo de la  Palabra de Dios debe leerse cada vez que el maestro se reúne con su clase.</p>
<p><strong>D.</strong> Introducción a la lección.     Podría ser una pregunta, una ilustración breve, láminas o dibujos, un objeto que se muestre, etc.</p>
<p><strong>E.</strong> Porción asignada.     El maestro que quiere agradar a su Señor no escoge al azar los versículos que han de ser aprendidos de memoria. El que tiene verdadero interés en el bienestar de su grupo pensará detenidamente cuánto y qué asignar como tarea. Es nuestro deber enseñar a los alumnos las palabras textuales de la Biblia. El apóstol Pablo conoció el hogar en que Timoteo fue criado y le recordó: Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación &#8230; 4  Es decir, las palabras que aprendió de niño le ayudarían ahora en las cosas espirituales.</p>
<p>Es más fácil enseñar un versículo si lo dividimos en frases. Por ejemplo, Juan 3:16 puede dividirse así, enseñando y explicando una frase antes de pasar a la siguiente:</p>
<p>—Porque de tal manera amó Dios al mundo,</p>
<p>—que ha dado a su Hijo unigénito,</p>
<p>—para que todo aquel que en él cree,</p>
<p>—no se pierda,</p>
<p>—mas tenga vida eterna.</p>
<p>No debemos prescindir de la repetición y el repaso de las Escrituras aprendidas. Hay muchas maneras de evitar el aburrimiento y mantener el interés. Podemos preparar carteles escribiendo de un lado la referencia y la letra completa del versículo. Del otro lado se colocan figuras y una que otra palabra que ayudarán al alumno a recordar lo que ha aprendido.</p>
<p>Por ejemplo, para recordar Juan 5:24 podemos hacer lo siguiente:</p>
<p>—la figura de una oreja</p>
<p>—una Biblia abierta</p>
<p>—la palabra <em>cree</em></p>
<p>—la palabra <em>condenación</em>, tachada</p>
<p>—un cuadro o círculo negro con la palabra<em> muerte</em></p>
<p>—otro amarillo o naranja con la palabra <em>vida</em></p>
<p>—una flecha indicando movimiento del primero al segundo.</p>
<p>El maestro también debe aprender de memoria los textos que asigna a sus alumnos.     Al pueblo de Israel se le aconsejaba:  Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes &#8230; y las escribirás en los portales de tu casa, y en tus puertas. 5</p>
<p>Los premios estimulan el esfuerzo.  No son por tarea cumplida sino reconocimiento del trabajo hecho por el alumno. Es preferible ofrecer un premio de poco costo a cada niño que aprenda la porción asignada que algo costoso al que la aprendió primero. Un buen premio para el alumno que se ocupa de aprender las porciones asignadas sería un texto atractivo que él podría colgar en la pared de su casa.</p>
<p><strong>F.</strong> Puntos principales de la lección.    En el plan habrá una lista de los puntos que queremos enseñar y del orden en que han de ser enseñados.</p>
<p><strong>G.</strong> Preguntas acerca de la lección.    Veremos adelante cómo deben ser las preguntas.</p>
<p><strong>H.</strong> Ilustraciones.    Las ilustraciones sirven para arrojar luz sobre la lección. Deben estar bien distribuidas a través de la lección sin ser demasiadas en número. Cuando la lección es algo difícil o estamos introduciendo un concepto nuevo es bueno poder decir: —Por ejemplo—o—Supongamos que  &#8230; Basta ver el efecto que estas declaraciones producen en los alumnos para darnos cuenta del valor de una ilustración. Notemos cuántas ilustraciones usó Cristo en el sermón del monte. 6</p>
<p><strong>I.</strong> Aplicación de la lección y breve conclusión.    Hay que dejar suficiente tiempo al fin de la hora de clase para repasar la verdad principal contenida en la lección, con el fin de aplicarla a la vida de cada alumno. La conclusión puede tomar la forma de una invitación a aceptar al Señor Jesucristo como Salvador o una exhortación en cuanto a la vida cristiana si los alumnos ya son salvos. A veces la aplicación será directa; en otras ocasiones se hará en forma indirecta por medio de preguntas. En todo caso debe ser breve a fin de que los alumnos la tomen a pecho.</p>
<p><em>Enséñame, Señor, y enseñaré siempre las cosas tuyas en sazón;<br />
Dame palabras, y yo alcanzaré al que es de tierno corazón. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>8.  DIVERSOS ENFOQUES</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hemos notado que cada lección debe tratar un tema o verdad básica de las Escrituras. En este capítulo vamos a usar la historia del maná en el desierto (Éxodo 16) como figura simbólica del Señor Jesús, el Pan de Vida. Veamos cómo el maestro puede enseñar esta verdad en diferentes maneras, de acuerdo con la capacidad y conocimiento de sus alumnos.</p>
<p>Usaremos la planificación de lección sugerida en el capítulo anterior: definir el tema; usar un texto que exprese bien la enseñanza; decidir qué pasaje de las Escrituras vamos a leer en clase; determinar cuáles puntos queremos explicar; pensar en preguntas apropiadas; preparar ilustraciones;  terminar con una breve aplicación de la historia y la condición espiritual de los alumnos.</p>
<p>Recordaremos que la verdad divina es una sola pero los alumnos se encuentran en distintos niveles en cuanto a su conocimiento de la Palabra de Dios.</p>
<p><strong>A. Principiantes pequeños</strong></p>
<p>Los niñitos, cuando empiezan a asistir a la clase, no entienden lo que es una figura simbólica, pero podemos hablarles del cuidado que Dios tenía para su pueblo y que tiene también para nosotros. Podemos relatar en forma sencilla la historia de los israelitas tomando como texto clave Éxodo 16:15: &#8220;Es el pan que Jehová os da para comer&#8221;.</p>
<p>Será preciso explicar que Dios mandó esta comida día tras día por muchos años, y que cada uno tenía que buscarla y comerla. ¿Quién envió pan del cielo? ¿Quién envía la lluvia para que las plantas crezcan? ¿Quién nos da la comida a nosotros? Dios que nos conoce y nos ama es el que sustenta toda la creación. El Señor Jesucristo es Dios Hijo. Un himno apropiado para esta lección es: Cristo me ama, me ama a mí.</p>
<p><strong>B. Niños mayores</strong></p>
<p>Estos podrán comprender que la milagrosa provisión de pan para el pueblo de Israel habla de aquel que vino para suplir nuestra necesidad espiritual. Así podremos hablarles del Pan de Vida en Juan 6:35, conectándolo con Nehemías 9:15: &#8220;Les diste pan del cielo en su hambre&#8221;.</p>
<p>La lectura podría limitarse a una selección de versículos de Éxodo 16 y luego Juan 6:31-35. Al narrar brevemente la historia de los israelitas explicaríamos que no podían sembrar porque estaban en el desierto y eran peregrinos; tenían hambre, y Dios hizo llover pan del cielo. Hablaríamos de cómo era el maná y que el pueblo, cuando lo vio por primera vez sobre la arena, preguntó: ¿Man hu, man hu?, que quiere decir: ¿Qué es esto? Moisés les respondió: Es el pan que Dios os ha dado para comer.</p>
<p>Antes de hacer preguntas podríamos ilustrar la lección para poner en claro que el maná es una figura simbólica del Señor Jesucristo. Comemos pan, verduras, carne y frutas. ¿Por qué? Para sostener la vida, para que el cuerpo crezca y para que nuestro organismo realice sus funciones ordinarias.</p>
<p>Ahora viene la aplicación. Esta se encuentra en Juan 6:31-35. Jesucristo es el Pan de Vida: vino del cielo, nació de una virgen, creció, hizo milagros, enseñó a la gente y dio su vida para salvarnos y darnos vida eterna. Si confiamos en el pan de cada día para mantener la vida física, debemos confiar en el Pan de Vida para la vida eterna. Un coro que expresa esta verdad es: El Pan de Vida soy, dice el Señor.</p>
<p><strong>C. Adolescentes</strong></p>
<p>El enfoque discutido anteriormente es apropiado también para los alumnos grandes, pero abarcando Juan 6:51 y una lectura un poco más extensa en Éxodo 16. El maestro podrá aplicar el relato más detalladamente: el maná vino del cielo, como Cristo; era menudo, lo que habla de la humildad de Cristo; era redondo, como lo eterno que no tiene principio ni fin; era blanco, figura de la pureza del Señor Jesús; tenía sabor a miel, como Cristo es dulce a quien le recibe; caía sobre la faz de la tierra, recordándonos que Cristo está al alcance de todos; tenía que recogerse de mañana ya que se derrita al salir el sol, &#8220;Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud&#8221; y &#8220;Me hallan los que temprano me buscan&#8221; 2; el maná criaba gusanos y hedía al no comerlo, así el conocimiento sin la obediencia puede producir indiferencia y orgullo.</p>
<p>El maestro habrá leído en casa el capítulo 11 de Números, pero  es probable que no quiera tanta lectura en una clase de esta edad. Pero podrá añadir que el maná era transparente como el bedelio, símbolo de la vida intachable del Señor Jesucristo; fue cocido, como el Señor sufrió el calor de la ira le Dios; tenía sabor de aceite nuevo, así como el sacrificio de Cristo es siempre fresco para los que en él confían; caía sobre el rocío y no tenía contacto con a tierra, así como el Señor no se contaminó con el mundo.</p>
<p>Las preguntas pueden comenzar con el porqué del maná y de dónde venía. Si la familia no tenía tiempo de recogerlo por la mañana, ¿lo podrían hacer más tarde? ¿por qué no? ¿Cuándo debemos recibir a Cristo? ¿Se pierde algo al recibir a Cristo siendo joven?</p>
<p>A los soldados bajo las órdenes de Bolívar, Páez y Sucre muchas veces se les hincharon los pies al caminar grandes distancias y no pocas veces padecieron hambre. Los israelitas, sin embargo, caminaron por espacio de cuarenta años y no se hincharon sus pies y de ninguna cosa tuvieron necesidad. 3  El maná les sirvió de alimento. El que come del Pan de Vida tiene vida eterna y estará provisto de todo lo que es realmente importante.</p>
<p>Añadiremos dos secciones a este capítulo sugiriendo un énfasis para una clase donde todos, o la mayoría, sean alumnos creyentes y otro para el caso contrario.</p>
<p><strong>D. Alumnos inconversos</strong></p>
<p>Con este grupo conviene destacar que muchos no aceptaron con agrado la provisión hecha por Dios, ni la aceptan todos hoy día. Dios mandó del cielo una comida perfecta para los israelitas, pero ellos la despreciaron. Dios nos ha dado lo mejor que tenía en el cielo, su amado Hijo. Al que desprecia al Hijo de Dios y la salvación provista por él le espera la condenación. ¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? 4</p>
<p>La conversación podrá extenderse a otras porciones de las Escrituras como las siguientes:  Pan de nobles comió el hombre. 5 Nuestra alma se seca pues nada sino este maná ven nuestros ojos. 6  Nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano. 7</p>
<p>Las preguntas del maestro podrían versar sobre la suficiencia del maná y la actitud del pueblo, y deben servir para enfatizar la aplicación de Juan 6:35, que Jesucristo es el Pan de Vida.</p>
<p>Bien, vamos a pensar ahora en una ilustración propia para esta clase. Acá en Venezuela un grupo de médicos realizó una investigación sobre la desnutrición de los niños pequeños en el país. Descubrieron que muchos niños padecían raquitismo porque no bebían leche. Pero esto se debía, no tanto a que no hubiera leche, sino a que no la apetecían, no les gustaba beberla. El israelita que despreciaba voluntariamente el maná, una comida que tenía todas las vitaminas y proteínas necesarias para la salud del cuerpo, tuvo que pagar caro las consecuencias. De la misma manera, el joven inconverso que prefiere la televisión a la Palabra de Dios, el cine antes que el culto de predicación y el mundo antes que Jesucristo corre grave riesgo de perder su alma. El que rehúsa comer el Pan de Vida, es decir, creer en el Hijo de Dios, no verá la vida sino que la ira de Dios está sobre él. 8</p>
<p><strong>E. Alumnos creyentes </strong></p>
<p>Si el maestro limita su lectura a Éxodo 16 no podrá presentar todo lo concerniente al tema del maná. Hemos visto que hay otras porciones que abundan en explicaciones para los que no son salvos; hay más todavía para el pueblo de Dios.</p>
<p>Para el creyente, comer el maná simboliza meditar en la vida terrenal de humillación de nuestro Señor Jesucristo. Participamos de él para obtener la salvación, según Juan 6:54, pero para recibir sostén en la vida espiritual tenemos que comer su carne (6:56-58), meditando en su humillación. Al alimentarnos así diariamente recibimos fuerza por la vida de él.</p>
<p>El maná guardado en una urna en el lugar santísimo sería como testimonio para los descendientes de los israelitas. Podemos discutir en clase Éxodo 16:33 y Hebreos 9:4, llegando al versículo 23 donde habla de figuras de las cosas celestiales. El maná escondido nos hace pensar en la exaltación del Señor. Apocalipsis 2:17 habla de maná para el vencedor. El estudio podría tratar primero del maná esparcido para la salvación y luego del maná escondido que recibe el creyente que vence en la prueba. Una discusión de las pruebas en la vida cristiana y la importancia de ser vencedor en ellas no va a interesar a los alumnos menores ni a los que no son salvos, pero será muy apropiada para una clase de creyentes.</p>
<p>Finalmente se puede mencionar Josué 5:12, donde dice que el maná cesó.  El maná fue para el desierto pero en la tierra prometida había manjares mejores. El Señor nos ha dado amplia provisión para esta vida, pero por delante nos esperan cosas mejores. Debemos comer de él aquí, buscando diariamente lo que ha sido provisto para la marcha, pero en el cielo no harán falta las provisiones de la vida terrenal porque habremos entrado en el reposo eterno.</p>
<p><em> En tu Palabra, oh Padre Dios, ¡Qué bella luz se ve!<br />
Bendita, celestial porción gozada por la fe.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>9.  PRESENTANDO  LA  CLASE</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>El maestro que llega a la Escuela Dominical antes de la hora tendrá más tiempo de arreglar el material que va a usar en la presentación de la lección, trazar un mapa, o escribir un bosquejo en el pizarrón. Además, podrá saludar a los alumnos cuando van llegando y sentarse con ellos. Esta atención personal es bien vista por los niños y jóvenes.</p>
<p>El tiempo que el maestro tiene con su clase es relativamente poco. Debe hacer el mejor uso de él. Recuerde que de las 168 horas que tiene una semana, ¡solamente se comparte una con la clase!</p>
<p><strong>A. Apertura</strong></p>
<p>En algunas Escuelas Dominicales la apertura se hace estando todas o varias de las clases juntas. Aquí nos ocuparemos de la apertura en la clase particular de cada maestro. Es bueno empezar con una oración pidiendo la ayuda del Señor. La oración ante los alumnos debe ser breve. Las oraciones largas son para cuando estamos a solas con el Señor. Al iniciar la clase es oportuno dar la bienvenida a los alumnos nuevos.</p>
<p><strong>B. Recitación</strong></p>
<p>Los alumnos citan los versículos que han aprendido de memoria durante la semana. Para ahorrar tiempo en una clase grande los que llegan temprano pueden recitar sus textos al maestro antes de la apertura.  Cada alumno debe tener su hoja o libreta de versículos, aun cuando aprenderlos directamente de  la  Biblia puede ser apropiado para los alumnos mayores.</p>
<p>Sabemos que es importante memorizar las Escrituras, pero el maestro se debe preocupar de que sus discípulos comprendan las verdades del tema que puedan expresar los pensamientos en propias palabras. El alumno que comprende las Escrituras está progresando, pero nuestro objetivo es que el estudiante aplique a su propia vida la Palabra de Dios. Pablo escribió a Timoteo:  &#8220;Las Sagradas Escrituras te pueden hacer sabio la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.&#8221;  1 El profeta Miqueas dice de Dios:  ¿No hacen bien mis palabras al que camina rectamente?  2</p>
<p><strong>C. Repaso</strong></p>
<p>El propósito del verdadero estudio no es meramente conocer, sino poder aplicar el conocimiento. Sólo el repaso frecuente puede dar este dominio de las verdades enseñadas. Un repaso es más que repetición porque debe arrojar nueva luz sobre la lección y confirmar la aplicación.</p>
<p>Al comienzo de cada lección repasemos brevemente la lección anterior. Nuevas preguntas llevarán a los alumnos a mayor interés en el material ya estudiado. El repaso al comienzo puede servir como introducción a la lección nueva. La regla de enseñanza según Isaías 28 es: Mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón.</p>
<p><strong>D. Lectura de la Palabra de Dios</strong></p>
<p>Animemos a los alumnos a llevar sus Biblias a la clase y a tomar parte en la lectura. Si el maestro hace preguntas acerca del pasaje antes de la lectura ellos pondrán más atención, buscando las respuestas al leer la porción. La  Biblia es el único libro que debe ser leído durante la hora de la clase. El maestro que prepara bien su lección no leerá el manual del maestro ni ningún otro libro delante de la clase. Nuestro texto único es la Palabra de Dios.</p>
<p><strong>E. Introducción</strong></p>
<p>Por medio de una buena introducción despertamos interés en el tema que proponemos enseñar.  Antes de empezar la enseñanza de un tema que ocupará varias semanas, debemos presentar en forma interesante un resumen de nuestro plan. Si los alumnos saben cuáles son los objetivos de la enseñanza tendrán más interés en las lecciones. Un sentido de propósito ayuda en el aprendizaje y el sentimiento de realización del propósito estimula a los estudiantes.</p>
<p>Hay muchas maneras de introducir una lección. Por ejemplo: relatar algo extraordinario que aconteció recientemente, dibujar una escena en el pizarrón, hacer referencia a las experiencias de un niño de la clase, mostrar algún objeto o cuadro, hacer una pregunta que llame la atención, hacer referencia a una pregunta que algún alumno haya hecho, repasar la historia de la semana anterior, escuchar un informe que un estudiante haya preparado, etc.</p>
<p><strong>F. Enseñanza de la lección</strong></p>
<p>La tarea del educador es despertar y poner en acción la mente del discípulo. Muchas veces nos equivocamos tratando de enseñar la lección por medio de la simple palabra hablada. El conocimiento no siempre pasa de una mente a otra por el mero hecho de hablar. Tenemos que estimular al alumno a adquirir conocimientos descubriendo verdades por sí mismo.</p>
<p>¿Cómo podremos hacer esto?  He aquí unas actividades para los alumnos: Llevar la Biblia a clase y buscar respuestas en ella en versículos que cite el maestro; marcar la Biblia cuidadosamente bajo la dirección del instructor; preparar y presentar como tarea informes sobre personajes o lugares bíblicos; elaborar mapas trazando en ellos rutas y distancias;  cantar un himno o coro que exprese el tema de la lección (esto se hará si es posible hacerlo sin molestar a las demás clases); dibujar ilustraciones que representen las verdades bíblicas (los alumnos pueden llevar lápiz y cuaderno para hacer estos trabajos al fin de la clase, como repaso). Estas actividades tienen como fin el fijar el conocimiento en la mente y en el corazón de cada alumno.</p>
<p>¿Cuántas verdades debemos enseñar al niño en cada lección? En vez de tratar de enseñar siete verdades en una hora es mejor enseñar una sola, tal vez haciéndolo de siete maneras diferentes.</p>
<p>Los alumnos son el objeto de nuestra primera consideración. Cada uno de ellos ha de participar en las actividades de la clase y aprender. No es lo mismo contar algo que enseñarlo. Hay que averiguar qué es lo que los alumnos no saben, luego suplir lo que les hace falta, y entonces ver si efectivamente han entendido lo que se les ha enseñado.</p>
<p><strong>G. Preguntas del maestro</strong></p>
<p>Nuestro deber como maestros es despertar las mentes de los alumnos y no descansar hasta que el niño demuestre actividad mental, dé su opinión y actúe en la clase. Reprimamos nuestra impaciencia. Dejemos que el alumno se explique. No le interrumpamos ni pongamos palabras en su boca. Las preguntas  ¿<em>cómo</em>?  y  ¿<em>por qué</em>?  hacen que el niño piense más que las preguntas acerca de  ¿<em>qué</em>?  ¿<em>quién</em>? y ¿<em>dónde</em>?</p>
<p>Si alguno da una respuesta equivocada, en lugar de decir ¡<em>No</em>! y dar la respuesta correcta, es mejor volver a formular la pregunta de una manera más fácil de entender. Si parte de la respuesta es correcta, aprobemos esa parte y luego expliquemos mejor la enseñanza. Debemos evitar que el alumno que contestó mal sienta pena y deje de contestar en la clase.</p>
<p>Un método que el maestro hallará efectivo es el dirigir preguntas a toda la clase, para que todos piensen, y luego nombrar a los alumnos, uno por uno, para que todos den su respuesta. El maestro oye las respuestas sin asentir con la cabeza al que responde correctamente, ya que al preguntar al próximo, éste ya sabría que la pregunta ha sido contestada. También debemos enseñar a los niños a respetar las opiniones de sus compañeros y evitar que se burlen al oir una respuesta errada.</p>
<p>Son muchos los usos que podemos hacer de las preguntas. He aquí algunos ejemplos:</p>
<p><strong>1.</strong> Introducir un tema.    Esto lo hizo el Señor Jesús al preguntar: ¿Quién dicen los hombres que es Hijo del Hombre? 3</p>
<p><strong>2.</strong> Exigir una explicación.    Cristo demandó a los que le criticaban: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien? 4  ¿Cómo iban a decir que no?</p>
<p><strong>3.</strong> Pedir la opinión de un alumno.    Al decir: ¿Qué te parece, Simón? 5 el Señor despertó el interés de su discípulo en la explicación que iba a dar.</p>
<p><strong>4.</strong> Guiar al niño a aplicar la verdad de la lección.    Después de haber relatado la parábola del buen samaritano, el Señor Jesús aplicó la parábola a sus oyentes preguntando: ¿Quién de estos tres parece que fue el prójimo? 6</p>
<p><strong>H. Preguntas del alumno</strong></p>
<p>Enseñemos a los alumnos a preguntar. La narración no debe agotar el asunto, sino que debemos dejar algo sin decir, para estimular el pensamiento y el esfuerzo de los alumnos. Procuremos que los alumnos hagan preguntas, dejándoles tiempo para pensar. Es mejor no contestar con prontitud las preguntas que hagan, sino esperar un momento para darles más fuerza. Cuando sea posible es bueno responder con nuevas interrogaciones, lo cual hará más profundo el pensar. Jesucristo muchas veces contestaba pregunta con pregunta. Los fariseos preguntaron: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Cristo dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios con vuestra tradición? 7</p>
<p>En el Antiguo Testamento hallamos varias veces la frase: Cuando tu hijo preguntare. 8 Sin duda, el israelita estaba obligado a contestar a su hijo con la Palabra de Dios. ¡Cuán importante es que nosotros, los maestros, sepamos contestar las preguntas de nuestros discípulos!</p>
<p>Un joven, al asistir a la  Escuela Dominical por primera vez, oyó la historia de Elías en el Monte Carmelo. 9  El muchacho preguntó al maestro: Si no llovió en tres años y seis meses, ¿dónde consiguieron doce cántaros de agua?  El maestro, un poco irritado, respondió:  Dios pudo proveer el agua.  El muchacho sintió pena y jamás volvió a la clase.</p>
<p>Pasaron unos años y este muchacho oyó la predicación del evangelio y fue salvado. Un día, viendo un mapa en su Biblia, notó que el Monte Carmelo estaba cerca del mar. Se acordó de su pregunta y pensó: Si el maestro me hubiera dicho que podrían haber usado agua salada del mar para mojar el altar, tal vez yo hubiera continuado mi asistencia a su clase.</p>
<p>Del uso de las preguntas surge la discusión, la cual es una forma de participación por parte de los alumnos. La discusión permite que casi todos participen. De esta manera algunos individuos se sienten con libertad para expresarse. Si propiciamos las preguntas mantendremos el camino abierto para que los alumnos contribuyan con sus conocimientos.</p>
<p><strong>I.  Lenguaje del maestro </strong></p>
<p>Procuremos enseñar el evangelio usando palabras comprensibles, que sean parte del vocabulario del alumno. Hay palabras bíblicas que requieren una explicación tales como: escatimar, expiar, justificar, reconciliar, redimir y remitir, por nombrar sólo algunas.</p>
<p>El maestro puede usar lenguaje simbólico, pero es preciso que explique a qué se refiere. Por ejemplo, si habla de corazones negros y blancos, debe aclarar que no se refiere al órgano físico, ni al color de la piel, sino al ser interior. 10  Lo negro representa la contaminación del pecado y lo blanco habla de la limpieza que proporciona la salvación. 12</p>
<p>Es bíblico hablar de la gloria del Señor, como cuando Juan escribe: Vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre. 13 Pero algunos niños piensan que esto se refiere a un halo que se veía sobre su cabeza o a una luz que le rodeaba. Se trata más bien de su carácter. La gloria divina del Señor Jesús fue revelada en cada detalle de su vida terrenal.</p>
<p>Otro término que requiere explicación es <em>la ley</em>.  El maestro sabe que se refiere a los mandamientos que Dios dio a Israel, 14 pero muchos alumnos sólo han oído hablar de la ley del trabajo o de la ley de tránsito.</p>
<p>Algunos hablan mucho del pecado cuando los alumnos no entienden lo que significa la palabra. El pecado incluye malos pensamientos, 15 el engaño, el mal humor, la mentira, 16 males palabras y el orgullo. También al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado. 17</p>
<p>A niños pequeños, es mejor no decirles que van al infierno, pero sí debemos explicarles lo que significa la separación de Dios como consecuencia del pecado. 18 A los que por su edad ya son responsables delante de Dios, tenemos que enseñarles lo que enseñó Cristo 19 y lo que dicen otras Escrituras acerca del infierno, 20 donde irán todos los que rechazan a Cristo y su salvación.</p>
<p>Es lamentable que muchas veces las verdades bíblicas sean falseadas o tomadas en sentido equivocado porque aparecen en expresiones no comprendidas. Por eso debemos:</p>
<p><strong>1.</strong> Poner atención al lenguaje de los alumnos, a fin de conocer las palabras que usan y el significado que ellos les dan.</p>
<p><strong>2.</strong> Expresarnos, hasta donde sea posible, en el lenguaje de nuestros alumnos.</p>
<p><strong>3.</strong> Usar pocas palabras.</p>
<p><strong>4.</strong> Aclarar el significado de palabras nuevas, usando al efecto ilustraciones. Cuando sea necesario enseñar una palabra nueva, es bueno expresar la idea que encierra antes de pronunciar la palabra.</p>
<p><strong>5.</strong> Averiguar por medio de preguntas la interpretación que los alumnos dan a las palabras bíblicas que aprenden, para asegurar que tienen el sentido correcto de ellas.</p>
<p><strong>J.  Ilustraciones</strong></p>
<p>Procuremos ilustrar nuestras lecciones sabiamente.  Debemos advertir que un chiste no es una ilustración. A continuación presentamos algunas sugerencias al respecto:</p>
<p><strong>1.</strong> Usar solamente ilustraciones que tienen que ver con la verdad que queremos enseñar en la lección.</p>
<p><strong>2.</strong> Usar ilustraciones verídicas. Si usamos anécdotas o fábulas debemos explicar a los alumnos su origen.</p>
<p><strong>3.</strong> Conocer bien los datos de la ilustración y darlos en orden.</p>
<p><strong>4.</strong> Relatar la ilustración en forma sencilla, clara e interesante.</p>
<p><strong>5</strong>. Evitar hacer uso de ilustraciones que nos alaban a nosotros mismos. El obrero humilde no las usa.</p>
<p><strong>K. Cuadros, franelógrafos y objetos</strong></p>
<p>Cierto maestro dijo que no veía la necesidad de usar este tipo de material en su clase. Para él bastaba leer y explicar la Palabra de Dios. Pero, parecía que nunca se dio cuenta que los únicos alumnos que continuaban asistiendo eran los que lo hacían obligados por padres creyentes.</p>
<p>Tenemos el deber de mantener el interés de los alumnos porque sin interés el alumno aprende poco o nada. Pero es mejor no usar lo que pueda desviarnos de la Palabra de Dios, porque ella es la que da vida. 21</p>
<p>Al mostrar láminas o cuadros es bueno explicar a los niños que así los pintaron los artistas, pero no sabemos en realidad cómo eran físicamente los personajes de la Biblia. Si la clase es grande no vamos a mostrar cuadros pequeños en libros porque es difícil que todos los niños vean bien el cuadro.</p>
<p>Ciertas lecciones de franelógrafos son muy útiles en la enseñanza de los niños. Si vamos a usar franelógrafo es recomendable estudiar cuidadosamente la lección y ensayarla en casa, tal vez ante un espejo.</p>
<p>El maestro puede valerse también de objetos sencillos como una bandera, monedas, un espejo, etc., para enseñar mejor las Escrituras. Al usar objetos visuales en una clase debemos evitar usar demasiado tiempo con ellos, tiempo que podría ser usado mejor con la misma Palabra. Con cuidado y experiencia, los objetos pueden hacer resaltar enseñanza propia de la Biblia.</p>
<p>Pensemos en una lección sobre la resurrección de los creyentes en la venida del Señor. Podemos usar un imán y unos clavos puestos entre una poca de arena. Cuando un alumno acerque el imán a la arena, los clavos de hierro subirán, y los de cobre u otro metal quedarán donde el maestro los puso.  Cuando Cristo venga al aire, subirán los creyentes muertos y los vivos también. 22  Los que murieron sin Cristo quedarán en sus sepulcros hasta la segunda resurrección. 23 Así vemos cómo el maestro puede hacer más clara su explicación de las cosas espirituales sin recurrir a aparatos costosos ni técnicas complejas que roban el lugar que debe ocupar la lectura de las Sagradas Escrituras.</p>
<p><strong>L. Himnos y coros</strong></p>
<p>Procuremos enseñar los himnos que expresan el Evangelio. A veces es necesario explicar el sentido de algunas expresiones en los himnos a fin de que los alumnos canten con entendimiento.</p>
<p>Hemos sugerido que la clase cante ciertos himnos de acuerdo con el tema de la lección, pero en muchas escuelas los grupos están todos en el mismo salón o las divisiones son muy delgadas y la clase no puede cantar sin estorbar a los demás. Si se puede cantar, bien;  pero si no es posible, el citar la letra de un himno o coro conocido puede apoyar la enseñanza del tema aunque no se pueda cantar.</p>
<p><em>¡Oh! guíame, Señor, y guiaré al pobre errado que tan lejos va:<br />
Dame alimento y yo también daré al pobre hambriento tu maná. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>10.  DISCIPLINA  EN  LA  CLASE</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Causas del desorden</strong></p>
<p>La falta de disciplina estorba enormemente la enseñanza. Si existe tal problema en nuestra clase debemos determinar las causas del mal comportamiento y tratar de corregirlas.</p>
<p>Puede deberse a que los niños están demasiado apretados, hay mucho ruido afuera, hay demasiado calor y mala ventilación en el salón. Si se trata de un niño nada más, tal vez se porta mal porque tiene problemas en su hogar o sufre alguna enfermedad.  Si es así, nada vamos a ganar con regañar.  Si  desconocemos sus conflictos e inquietudes la falta es nuestra.</p>
<p>Muchas veces, o la mayoría de las veces, la falta de buen orden obedece a que nosotros los maestros no nos damos a respetar por los alumnos. Esto puede ser culpa de nosotros mismos. Tal vez no estamos preparados para enseñar, carecemos de vocación o no somos amables ni animados; tal vez los alumnos perciben en nosotros falta de sinceridad o descuido en nuestra preparación de la clase.</p>
<p>La mayoría de los asistentes a una Escuela Dominical van por voluntad propia. Algunos creyentes hacen grandes esfuerzos por invitar jóvenes y niños a la Escuela Dominical. Pero si hay ruido y desorden en la clase, el alumno visitante no hallará ambiente agradable ni tendrá ganas de seguir asistiendo. El apóstol Pablo escribió a los santos en Colosas: Estoy &#8230; gozándome y mirando vuestro buen orden. 1 ¿Podría decirse esto de nosotros, en la manera de conducir la clase que el Señor nos ha encomendado?</p>
<p><strong>Sugerencias</strong></p>
<p>Las siguientes sugerencias podrían ser de ayuda para resolver algunos problemas de disciplina:  Los alumnos deben estar sentados donde puedan ver al maestro. No debe haber nada detrás del maestro que pueda distraer. Desde un principio tenemos que exigir la obediencia y la cooperación de todos. Si un muchacho está hablando o estorbando, hay que dejar de hablar y mirarle a la cara hasta que él comprenda la necesidad de respetar el orden. Estamos perdiendo el tiempo si continuamos hablando, orando o leyendo mientras hay desorden. A veces es posible lograr la cooperación del niño difícil poniéndole una tarea especial. Si él la hace bien podemos alabarle y así ganar su aprecio. Por lo regular el niño travieso se porta mejor si está sentado cerca de su maestro.</p>
<p>Es preciso preparar la lección de tal manera que haya suficiente actividad para toda la hora de clase. Esta preparación requiere diligencia porque algunos alumnos tienen más capacidad que otros y terminan los trabajos primero. Todo niño debe estar ocupado todo el tiempo.</p>
<p>Hay muchas maneras de captar el interés de mantener la atención del alumno. El niño puede ver, palpar, oir, oler y saborear, así que podemos llegar a su mente a través de cualquiera de sus cinco sentidos. Hay muchos objetos que se pueden usar en la clase para hacer más clara e interesante la enseñanza. Además, la sonrisa, el movimiento de las manos, y la variación en el tono de la voz deben acompañar las palabras que pronunciamos en la presentación de la clase.</p>
<p>Es preciso hablar en voz clara e inteligible, pero si hablamos en voz muy alta estorbamos a las otras clases. La lección será más interesante si procedemos a veces con rapidez. Por ejemplo, podemos relatar la historia de Zaqueo 2 rápidamente, pero al hablar de los sufri-mientos de Jesucristo hablaremos lentamente y con reverencia. Después de aplicar una verdad solemne, conviene hacer una pausa a fin de que los alumnos tomen a pecho lo que han escuchado. Debemos imitar a los lectores del tiempo de Nehemías que leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura. 3</p>
<p>La misma rutina cada domingo llega a ser monótona para el niño. Para evitar esto podemos variar nuestra manera de desarrollar la lección de vez en cuando. Por ejemplo, podemos dejar la lectura de las Escrituras para el fin y comenzar con un concurso de versículos memorizados. Sin interés no hay buen comportamiento y no hay aprendizaje.</p>
<p><strong>Lo que espera el discípulo del maestro</strong></p>
<p><strong>1.</strong> Amor y comprensión.    La oveja extraviada de Mateo 18:12 aparentemente es un niño, pues estos versículos forman parte de la enseñanza que el Señor Jesús dio respecto a los niños. Cada niño es distinto y unos son más amables que otros. Nunca debemos mostrar favoritismo hacia algunos sino amarlos a todos por igual. Procuremos no regañar sino alabar a los de buen comportamiento y a los que se esfuerzan por aprender la Palabra de Dios, animándoles a portarse aun mejor. El Señor dijo: Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeños. 4</p>
<p><strong>2.</strong> Animación para el alumno creyente.    En el mismo capítulo 18 de Mateo, el Señor habla del pecado de hacer tropezar a alguno de estos pequeños que creen en él. Sin darnos cuenta, podríamos ser culpables de ese pecado, ya sea desanimando a un niño salvo diciendo que no lo es, o por exigirle que se comporte como un creyente adulto.</p>
<p><strong>3.</strong> Buen ejemplo.    Es obligación del maestro mostrar una conducta santa, justa e irreprensible tal como nos enseña el apóstol Pablo. No podemos esperar del alumno lo que él no ve en nosotros mismos. El respeto no se consigue con decir: Yo soy un maestro, respétenme. Leemos en Tito 1:7 que es necesario que el obispo sea irreprensible, &#8230; no soberbio ni iracundo &#8230; sino amante y dueño de sí mismo. Las mismas cualidades son necesarias en un maestro o maestra de Escuela Dominical. El alumno sabrá cuando en su maestro las hay y también sabrá cuando no las hay.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Ejemplo debo dar,  mi vocación cumplir,<br />
Y mis talentos dedicar a Cristo en servir.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>11.  OTRAS  ACTIVIDADES  DEL  MAESTRO</h2>
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<p>Hemos considerado la manera en que el maestro debe preparar y presentar la lección, mantener el orden en la clase y mostrar interés en cada alumno. Ahora queremos sugerir otras actividades que el maestro debe desarrollar.</p>
<p><strong>A. Conducir los alumnos al culto de predicación</strong></p>
<p>Si los alumnos tienen edad para ser salvos, es deber del maestro interesarse en sus almas y procurar llevarlos también al culto de predicación del evangelio y sentarse con ellos en el culto. Muchos de los que aceptan a Cristo en los cultos evangelísticos son, o fueron, alumnos de la Escuela Dominical.</p>
<p><strong>B. Repartir literatura evangélica</strong></p>
<p>El alumno en la Escuela  Dominical es un buen medio por el cual la iglesia puede introducir literatura bíblica en las casas de familias inconversas. Muchos adultos leen con más interés que sus hijos los tratados y folletos que los chicos reciben en sus clases.</p>
<p><strong>C. Llevar la clase a excursiones</strong></p>
<p>A los niños les encanta una excursión o un paseo. Si programamos una excursión es aconsejable solicitar la cooperación de otros hermanos para la vigilancia de los niños, aun cuando el grupo sea pequeño. La excursión, o la visita de los alumnos a la casa de maestro, da al muchacho la oportunidad de ver a su maestro, no como un instructor con saco y corbata puestos, sino como una persona.</p>
<p><strong>D. Visitar los hogares</strong></p>
<p>Los maestros haríamos bien en visitar los hogares de los alumnos y ganarnos la simpatía de sus familiares.  Una maestra dijo al superintendente que no podía soportar a Cristóbal porque molestaba mucho a los demás muchachos. El hermano aconsejó a la maestra a visitar el hogar.  En la casa de Cristóbal había problemas: el padre había abandonado el hogar y la pobre madre se sentía incapaz de criar sus hijos. La maestra llevó a Cristóbal y su hermana a su hogar ocasionalmente y los cuidó como cuidaba a sus hijos. Más tarde aquella madre asistió a los cultos y fue convertida.</p>
<p><strong>E. Mantener contacto con alumnos de años anteriores </strong></p>
<p>Procuremos mantener contacto con alumnos que se han mudado a otras partes o han dejado de asistir la Escuela Dominical por alguna otra razón. Una carta con un tratado adentro o una visita e invitación a cultos de predicación puede traer buenos resultados.</p>
<p><strong>F. Preparar y presentar programas</strong></p>
<p>Es costumbre en muchas Escuelas Dominicales celebrar anualmente una reunión especial para los alumnos. En estas ocasiones un hermano dirige una palabra a los alumnos y otro puede hablar a los padres. Los maestros reparten premios a los alumnos que han sido puntuales y aplicados durante el año. Un programa presentado por los alumnos forma parte de esta reunión.</p>
<p>Este programa tiene varios objetivos:  Estimular a los alumnos para que aprendan y citen bien las Escrituras; enseñarles a cantar los himnos; presentar el evangelio al público; animar a los padres a asistir a los cultos; animar a los padres a mandar a sus hijos a las clases bíblicas; animar a los padres a ayudar a sus hijos en el aprendizaje de la Palabra.</p>
<p>Muchos padres asisten a estas reuniones porque quieren ver a sus hijos actuar ante el público;  por eso, en vista de los objetivos ya mencionados, es deseable que todo alumno tome parte en el programa. Procuremos que el programa no se extienda demasiado. Para ahorrar tiempo los niños pueden subir a la plataforma clase por clase o en grupos grandes. Cada alumno que es capaz de hacerlo puede recitar un versículo o parte de uno, en voz alta. Es bueno que todos los versículos recitados por el grupo tengan relación entre sí. Luego los alumnos cantarán un himno o coro relacionado con el tema en cuestión. Los temas se basarán en el Evangelio. Por ejemplo: El nacimiento del Salvador, 1  Jesucristo;  la puerta de salvación; 2  la invitación del evangelio (versículos e himnos que expresen invitación). Es deseable que el tema sea uno que la clase haya estudiado durante el año.</p>
<p>No es aconsejable que los maestros pasen meses ensayando el programa con sus alumnos. En vista de lo mucho de la  Palabra de Dios que querrán enseñar en el transcurso del año, seis semanas serán suficientes para la preparación del programa.  Es preferible reunir a los alumnos durante la semana, tal vez en el hogar del maestro, para aprender himnos. Es bueno practicar el programa a lo menos una vez tal como se va a presentar para que los niños aprendan a subir y bajar de la plataforma.</p>
<p>En algunas Escuelas Dominicales los hijos de padres creyentes o algunos que tienen capacidades especiales participan varias veces en el programa.  Esto no da oportunidad a otros niños de intervenir.  El programa cumpliría su objetivo si todos los alumnos se animan, si las familias inconversas escuchan el evangelio y si el nombre del Señor es glorificado.</p>
<p><strong>G. Orar con inteligencia por cada miembro de la clase </strong></p>
<p>Es cosa común que el maestro o superintendente guarde en el salón y tenga a la mano, una libreta con los nombres de los alumnos, sus puntos de asistencia y sus direcciones, edades, grado escolar, etc. Pero los maestros realmente consagrados al Señor y a la obra que les ha encomendado mantienen en casa una segunda libreta y la usan en su oración privada. Esta contiene la lista de sus alumnos y ciertos datos acerca de ellos, como la actitud de sus familias al evangelio, los deseos y dudas que el joven ha expresado al maestro, etc. Si la clase pasa a otro maestro se le puede pasar toda o parte de esta información.</p>
<p><strong>H. Examinarse a sí mismo</strong></p>
<p>Como maestros examinamos a nuestros discípulos de vez en cuando. ¿Por qué no examinarnos a nosotros mismos?  El deber de todo creyente es probarse a sí mismo. 3  Podemos preguntarnos:</p>
<p><strong>1.</strong> ¿Anhelo la salvación de mis alumnos?</p>
<p><strong>2.</strong> ¿Estoy gozando de la presencia y ayuda del Señor, o confiando en mis propios talentos y capacidad?</p>
<p><strong>3.</strong> ¿Qué es lo que me motiva? ¿Es un motivo digno?</p>
<p><strong>4.</strong> ¿Soy mejor maestro que el año pasado o estoy retrocediendo?</p>
<p><em>Un corazón de amor, quiero Jesús, ser como tú, Señor, lleno de luz;<br />
Así podré servir, el tiempo redimir, y almas dirigir, Señor, a ti.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>12.  LOS  RESULTADOS</h2>
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<p><strong>Queremos evitar profesiones falsas</strong></p>
<p>La mucha asistencia y el interés son cosas buenas y deseables, pero no vamos a conformarnos con esto. Hay que examinar, a la luz de la  Palabra de Dios, nuestra falta de éxito en la obra del Señor. De esta manera podremos corregir nuestros errores y llevar más fruto para el Señor.</p>
<p>Algunos maestros se desaniman cuando los alumnos profesan ser salvos y luego muestran con sus hechos que no lo son. En la parábola del Sembrador en Mateo 13 el Señor habló de la semilla que brotó pero luego se secó porque no tenía raíz, y de otra parte que fue ahogada por los espinos.</p>
<p>Dos grandes causas de falsas profesiones son:  falta de conocimiento del Evangelio por los que profesan ser salvos y falta de dependencia del Espíritu Santo por parte de los que evangelizan. Decir a un individuo que debe creer en el Señor Jesucristo cuando aún no aprecia la obra y la persona del Señor es invitar la pregunta del ciego: ¿Quién es, Señor para que crea en él?  1</p>
<p><strong>Anhelamos resultados genuinos</strong></p>
<p>Hay que presentar a Cristo antes de convidar a una persona a confiar en él. El apóstol Juan escribió su evangelio: Para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre. 2 Juan comienza su libro presentando la deidad del Señor y su manifestación en carne, lleno de gracia y verdad. 3  Sigue mencionando siete veces cuando el Señor habla de sí mismo diciendo: Yo soy &#8230; Después de destacar excelencias de su carácter describe detalladamente los eventos de la muerte sepultura y resurrección del Señor Jesucristo.</p>
<p>Así el maestro espiritual procura presentar al Señor Jesús de tal manera que el discípulo tenga un verdadero aprecio de él. Pablo afirmó: Nosotros predicamos a Cristo crucificado, 4 y resumió su enseñanza del Evangelio en tres verdades: Que Cristo murió por nuestros pecados &#8230; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras. 5</p>
<p>Pero aun cuando hayamos intentado declarar todo el consejo de Dios  6 debemos tener muy en mente que la obra de salvación es del Espíritu. En nuestro deseo de obtener resultados nunca debemos procurar hacer por nuestra propia cuenta lo que es obra exclusiva del Espíritu Santo.</p>
<p>Es verdad que el alumno tiene que escoger, pero una decisión no es una conversión a Dios. Además, es una gran equivocación decir a una persona que es salva si cree tal y tal versículo, sin haber antes reconocido su estado pecaminoso y el peligro en se encuentra. Esto debe venir antes de que sienta  la necesidad de confiar de todo corazón en la persona y la obra del Salvador. Leemos esto en los Evangelios.  Muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos porque conocía a todos, y no tenía necesidad que nadie le diese testimonio del hombre, pues El sabía lo que había en el hombre. 7</p>
<p><strong>¿Cómo podemos obtener resultados genuinos?</strong></p>
<p><strong>1.</strong> Debemos orar para que el Espíritu haga su obra.  No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu ha dicho Jehová. 3  Los resultados de la obra del  Espíritu son espontáneos. Después de la predicación en el día de Pentecostés, no fueron los predicadores quienes se acercaron a los oyentes, sino los que oyeron, los que se compungieron de corazón, que dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varón hermanos, ¿qué haremos? 9</p>
<p><strong>2.</strong> Debemos tener presente que la fe de los que buscan la salvación tiene que basarse en <em>la fe</em>.  Por esto queremos decir en la Palabra de Dios.  La verdad de Dios es el único fundamento. Si estamos realmente convencidos de esto, tal convicción tendrá una gran influencia sobre la manera en que nos conducimos en la clase a nuestro cargo.</p>
<p><strong>3.</strong> Se requiere sabiduría con el alumno que ha hecho profesión de fe en el Señor Jesús. Si el niño o el joven ha creído es bueno animarle a actuar. La conversión es el primer paso, no el último. Desde entonces el alumno debe procurar con la ayuda del Señor dejar las malas costumbres. Aun un niño puede testificar de las grandes cosas que el Señor ha hecho con él. 10  El creyente sabio no hará caso omiso del niño que ha confesado el nombre del Señor, pero tampoco lo perjudicará con empujarle más allá de lo que ha aprendido por el ejercicio propio.</p>
<p><strong>4.</strong> Nuestro objetivo no será tan sólo ver a los alumnos salvados sino bautizados, 11 congregados en el nombre del Señor, 12 adorándole y sirviéndole.</p>
<p><strong>En Jehová está la fortaleza</strong> 13</p>
<p>Algunas veces el maestro se siente frío y desanimado. La causa puede ser dificultades en la familia o en el trabajo, enfermedad, o descuido de lo espiritual. Si hay descuido debemos buscar la presencia de Dios y confesar nuestro pecado. Si queremos ser fieles en el ministerio de enseñar tenemos que hacer caso omiso de las dificultades. Pablo nos anima con su ejemplo cuando dice: De ninguna cosa hago caso. 14  En muchas ocasiones David fue presa de angustia &#8230; más se fortaleció en Jehová su Dios. 15</p>
<p><strong>La salvación es de Jehová</strong> 16</p>
<p>Un creyente había aceptado al Señor ya de edad avanzada. Nunca se sentía capacitado para tomar parte pública en la iglesia grande de la cual era miembro. Sin embargo, se encargó de una clase en la Escuela Dominical de barrio, haciéndose amigo del grupo de jóvenes que le fue asignado.</p>
<p>Años después un hombre se presentó a la puerta de la casa de aquel maestro. Una anciana abrió la puerta y cuando el hombre preguntó acerca de su maestro ella dijo: —Mi marido murió recientemente.</p>
<p>—¡Ay!—dijo el visitante.—Yo fui alumno de una clase bíblica donde él enseñaba y nunca he olvidado sus palabras. Vine a decirle que anteayer fui salvo.</p>
<p>Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás. 17</p>
<p>Jocabed, 18  la madre de Moisés, tomó al niño de las manos de la hija de Faraón y lo crió. Más tarde ella tuvo que entregar al niño a la princesa y Moisés pasó muchos años en el palacio real. 19 Pero lo que él había aprendido acerca del Dios de sus padres llevó fruto a su tiempo, ya que de grande Moisés escogió el vituperio de Cristo antes que los tesoros de los egipcios; porque tenía la mirada puesta en el galardón. 20 Muchas veces los resultados no se ven enseguida, por eso el maestro no debe desanimarse. Dios puede guardar la semilla sembrada.</p>
<p>Pero, desde luego, el trabajo será en vano si dejamos de regar la semilla con nuestras oraciones. Hay que pasar más tiempo hablando a Dios de los alumnos que hablando a los alumnos de Dios.</p>
<p>Una hermana daba clase los domingos por la mañana después de la Cena del Señor. Tenía deseos de hacer algo más. Al leer Eclesiastés 11:6, &#8220;Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cual es lo mejor&#8221;, ella pensó que podría enseñar una clase en una escuela bíblica de barrio los domingos por la tarde. El Señor bendijo su doble esfuerzo.</p>
<p>Tal vez sentimos nuestra flaqueza y falta de fidelidad, pero el mensaje es mayor que el mensajero. Tenemos una gran responsabilidad pero a la vez un gran privilegio. Nuestra es la oportunidad de ganar almas y guiar vidas jóvenes en los caminos del Señor. Con la seria dedicación que este trabajo demanda, y con oración, perseverancia y fe, podremos con el tiempo ver algunos resultados de nuestros esfuerzos que serán para la gloria de Dios.</p>
<p><em>Siervos de Dios, ¡orad! Hay mucho aún que hacer;<br />
Las buenas nuevas anunciad a niños por doquier. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>REFERENCIAS BÍBLICAS</h2>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>CAPITULO  1</strong></p>
<p>1. Mateo 11 :25</p>
<p>2. Mateo 18:1-5</p>
<p>3. Lucas 18:16</p>
<p>4. Juan 21:15</p>
<p>5. Mateo 21:16</p>
<p>6. Marcos 6:34</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  2</strong></p>
<p>1. Mateo 15:14</p>
<p>2. 1 Corintios 2:14</p>
<p>3. 2 Timoteo 2:15</p>
<p>4. 1 Tesalonicenses 2:10</p>
<p>5. 2 Corintios 5:14</p>
<p>6. Colosenses 3:23</p>
<p>7. 2 Timoteo 1:6</p>
<p>8. Juan 16:13</p>
<p>9. Santiago 5:16</p>
<p>10. 1 Timoteo 4:13</p>
<p>11. Efesios 5:25</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  3</strong></p>
<p>1. Efesios 1:6</p>
<p>2. Eclesiastés 11 :9</p>
<p>3. Eclesiastés 12:1</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  4</strong></p>
<p>1. Lucas 24:27</p>
<p>2. Génesis 22</p>
<p>3. Génesis 45:7</p>
<p>4. Juan 3:14, 15</p>
<p>5. Éxodo 35:10-19</p>
<p>6. Génesis 3</p>
<p>7. Génesis 18 y 19</p>
<p>8. Génesis 22</p>
<p>9. Génesis 24</p>
<p>10. Génesis 44 y 45</p>
<p>11. Éxodo 12</p>
<p>12. Levítico 16</p>
<p>13. Números 21</p>
<p>14. Josué 2 y 6</p>
<p>15. Ezequiel 37</p>
<p>16. Romanos 8:1</p>
<p>17. Romanos 7:18</p>
<p>18. 1 Tesalonicenses 4:13</p>
<p>19. 2 Corintios 5:10 y</p>
<p>1 Corintios 3:13-15</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  5</strong></p>
<p>1. Mateo 23:8</p>
<p>2. Job 36:22</p>
<p>3. Juan 7:46</p>
<p>4. Mateo 13:54</p>
<p>5. Hechos 1:1</p>
<p>6. Lucas 24:19</p>
<p>7. Amos 7:8</p>
<p>8. Jeremías 24:2</p>
<p>9. Jeremías 1:11</p>
<p>10. Jeremías 13:7</p>
<p>11. Mateo 22:19</p>
<p>12. Mateo 6:26</p>
<p>13. Mateo 6:28</p>
<p>14. Marcos 9:36</p>
<p>15. Juan 13:4</p>
<p>16. Juan 6:11</p>
<p>17. Mateo 7:15</p>
<p>18. Juan 12:24</p>
<p>19. Mateo 23:27</p>
<p>20. Juan 3:8</p>
<p>21. Mateo 16:13</p>
<p>22. Marcos 3:4</p>
<p>23. Mateo 17:25</p>
<p>24. Lucas 10:36</p>
<p>25. Oseas 12:10</p>
<p>26. Jueces 9:8</p>
<p>27. 2 Samuel 12:1</p>
<p>28. Mateo 13:34</p>
<p>29. Lucas 15:11</p>
<p>30. Lucas 15</p>
<p>31. Lucas 7:32</p>
<p>32. Lucas 10:25</p>
<p>33. Mateo 22:11</p>
<p>34. Juan 3</p>
<p>35. Juan 6:63</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  6</strong></p>
<p>1. Jueces 6:11</p>
<p>2. Lucas 16:8</p>
<p>3. Jeremías 48:10</p>
<p>4. Proverbios 4:23</p>
<p>5. Juan 5:39</p>
<p>6. Filipenses 4:9</p>
<p>7. 1 Timoteo 4:13</p>
<p>8. Colosenses 3:23</p>
<p>9. Eclesiastés 12:9</p>
<p>10. Hebreos 11:16</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  7</strong></p>
<p>1. Lucas 7:14</p>
<p>2. 1 Corintios 13:11</p>
<p>3. Romanos 5:12</p>
<p>4. 2 Timoteo 3:15</p>
<p>5. Deuteronomio 6:6</p>
<p>6. Mateo 5 &#8211; 7</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  8</strong></p>
<p>1. Eclesiastés 12:1</p>
<p>2. Proverbios 8:17</p>
<p>3. Nehemías 9:21</p>
<p>4. Hebreos 2:3</p>
<p>5. Salmo 78:25</p>
<p>6. Números 11:6</p>
<p>7. Números 21 :5</p>
<p>8. Juan 3:36</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  9</strong></p>
<p>1. 2 Timoteo 3:15</p>
<p>2. Miqueas 2:7</p>
<p>3. Mateo 16:13</p>
<p>4. Marcos 3:4</p>
<p>5. Mateo 17:25</p>
<p>6. Lucas 10:36</p>
<p>7. Mateo 15.2,3</p>
<p>8. Éxodo 13:14,</p>
<p>Deuteronomio 6:20, Josué 4:6</p>
<p>9. 1 Reyes 18:34</p>
<p>10. Jeremías 17:9, Salmo 51:10</p>
<p>11. Jeremías 2:22</p>
<p>12. Salmo 51:7</p>
<p>13. Juan 1:14</p>
<p>14. Levítico 26:46</p>
<p>15. Marcos 7:21</p>
<p>16. Apocalipsis 21:8</p>
<p>17. Santiago 4:17</p>
<p>18. Juan 8:21</p>
<p>19. Lucas 16:23 y Mateo 8:12</p>
<p>20. Apocalipsis 14:11 y Judas 13</p>
<p>21. Juan 6:63</p>
<p>22. 1 Tesalonicenses 4:16,17</p>
<p>23. Apocalipsis 12-15</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  10</strong></p>
<p>1. Colosenses 2:5</p>
<p>2. Lucas 19:1</p>
<p>3. Nehemías 8:8</p>
<p>4. Mateo 18:10</p>
<p>5. 1 Tesalonicenses 2:10</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  11</strong></p>
<p>1. Mateo 1, Lucas 1 y 2</p>
<p>2. Juan 10</p>
<p>3. 1 Corintios 11:28</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO  12</strong></p>
<p>1. Juan 9:36</p>
<p>2. Juan 20:31</p>
<p>3. Juan 1:14</p>
<p>4. 1 Corintios 1:23</p>
<p>5. 1 Corintios 15:1-4</p>
<p>6. Hechos 20:27</p>
<p>7. Juan 2:23-25</p>
<p>8. Zacarías 4:6</p>
<p>9. Hechos 2:37</p>
<p>10. Salmo 126:3</p>
<p>11. Hechos 2:41</p>
<p>12. Mateo 18:20, 1 Corintios 11:23-26</p>
<p>13. Isaías 26:4</p>
<p>14  Hechos 20:24</p>
<p>15. I Samuel 30:6</p>
<p>16. Jonás 2.9</p>
<p>17. Eclesiastés 11:1</p>
<p>18. Éxodo 6.20</p>
<p>19. Éxodo 2:10</p>
<p>20. Hebreos 11:26</p>
<p>&nbsp;</p>
<h1>La  enseñanza  de  principiantes</h1>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Mervyn Paul</strong>; Toronto, Canadá, 1891-1962</p>
<p>Título original: <em>Teaching principles for beginners&#8217; classes</em></p>
<p>Gospel Folio Press, Grand Rapids, Michigan, U.S.A.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Principios básicos</p>
<p><a href="file:///G:/Websites/TesoroDigital/Tesoro%20Digital/706___escuela_dominical_v2.doc#_Procedimiento_general_para_Lección">Procedimiento general</a></p>
<p>1        Dios es</p>
<p>2        Dios es Hacedor</p>
<p>3        Dios hizo la luz</p>
<p>4        Dios hizo nuestro mundo</p>
<p>5        Dios hizo los animales</p>
<p>6        Dios hizo al hombre</p>
<p>7        Dios es tres personas</p>
<p>8        El Padre ama al Hijo</p>
<p>9        El Hijo de Dios</p>
<p>10        El pecado entró en el mundo</p>
<p>11        Dios hablaba directamente</p>
<p>12        Dios hablaba por ángeles y profetas</p>
<p>13        Dios habla por la Biblia</p>
<p>14        Dios odia al pecado</p>
<p><a href="file:///G:/Websites/TesoroDigital/Tesoro%20Digital/706___escuela_dominical_v2.doc#_Pasos_del_niño_pequeño">Pasos del niño pequeño</a></p>
<p>15        Todos somos pecadores</p>
<p>16        El pecado nos echó a perder</p>
<p>17        Obedece a tus padres</p>
<p>18        Dios conoce mis pecados</p>
<p>19        Dios castiga el pecado</p>
<p>20        Satanás, el gran enemigo</p>
<p>21        El viaje de la vida</p>
<p>22        El Dios eterno</p>
<p>23        Vida y aliento</p>
<p>24        La casa-cuerpo</p>
<p>25        La verdadera persona</p>
<p>26        El alma se traslada</p>
<p>27        El hogar celeste</p>
<p>28        Más sobre el hogar feliz</p>
<p>29        Felicidad y santidad</p>
<p><a href="file:///G:/Websites/TesoroDigital/Tesoro%20Digital/706___escuela_dominical_v2.doc#_Las_pisadas_del_niño">Las pisadas del niño</a></p>
<p>30        Los malos y su cárcel</p>
<p>31        No hay ninguno bueno</p>
<p>32        Dios ama, pero castiga</p>
<p>33        Dios puede hacernos seguros</p>
<p>34        El Salvador prometido</p>
<p>35        El Salvador prometido ha venido</p>
<p>36        La visita de los sabios</p>
<p>37        El Salvador prometido fue rechazado</p>
<p>38        Jesús es el Hijo de Dios</p>
<p>39        El Hijo de Dios es sabio y puro</p>
<p>40        El Hijo de Dios es poderoso</p>
<p>41        El Hijo de Dios habló de su Padre</p>
<p>42        El Hijo de Dios sanó a los enfermos</p>
<p>43        El Hijo de Dios dio comida a los hambrientos</p>
<p>44        El Hijo de Dios salva de los pecados</p>
<p>45        El Hijo de Dios es el Buen Pastor</p>
<p>46        El Hijo de Dios dio su propia vida</p>
<p>47        El Hijo de Dios murió en la cruz</p>
<p>48        El Hijo de Dios volvió a vivir</p>
<p>49        El Hijo de Dios volvió al cielo</p>
<p>50        El Hijo de Dios busca</p>
<p>&nbsp;</p>
<h3>Principios básicos</h3>
<p>Al presentar estas lecciones para los niños más pequeños en la escuela dominical, permítanos explicar por qué son diferentes a las que se usan comúnmente, y decirle brevemente de cosas que usted tendrá que saber y arreglos que tendrá que hacer para estar en condiciones de enseñar las lecciones.</p>
<p>Más de veinte años de labor en clases para principiantes proporcionaron la experiencia que ha servido de base para estas lecciones. Además, el mucho estudio de los conceptos y métodos de educación usados en Canadá, Estados Unidos y Europa, junto con un estudio intensivo de los niños, proporcionó los principios básicos que a nuestro juicio están de acuerdo con la Palabra de Dios y que, por lo tanto, pueden ser usados por el Espíritu Santo.</p>
<p>Usted verá que las lecciones son “diferentes”, principalmente por las razones siguientes:</p>
<p>&gt;&gt; Reconocen que la poquísima experiencia del niño pequeño limita el alcance de su comprensión. “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño”, 1 Corintios 13.11.</p>
<p>&gt;&gt; Siguen el método de “línea sobre línea”, Isaías 28.10, apropiado para niños pequeños y, desde luego, también para los adultos que están dispuestos a tomar el lugar del niño pequeño.</p>
<p>&gt;&gt; Hacen uso de los tres canales de instrucción mencionados en 1 Juan 1.1: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto &#8230; y palparon nuestras manos”. Es por esto que las lecciones se adaptan a los niños, quienes son orientados a lo que sus ojos ven, sus oídos oyen y sus cuerpos sienten. Estos son los pequeños Pedro, Juan y Tomás de hoy día.</p>
<p>&gt;&gt; Las lecciones expuestas a continuación favorecen el uso del lenguaje propio del niño pequeño. “Si por la lengua no dieres palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís?” 1 Corintios 14.9.</p>
<p>&gt;&gt; Se emplea la pregunta en vez del relato. Con esto cada alumno toma una parte activa en la lección, lo cual es una característica esencial del interés del niño. “Cada uno de vosotros tiene lengua &#8230;”, 1 Corintios 14.26.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hablemos ahora de los textos para ser aprendidos de memoria. Estos exponen la verdad de la lección y proporcionan el punto de contacto. Son el medio por el cual usted reúne los pensamientos dispersos de los niños y los enfoca en la lección. La mímica que empleamos con estos textos proporciona un enfoque de actividad. A los niños les encanta la mímica, y esto ayuda a que se graben en la mente las palabras e ideas.</p>
<p>Casi siempre ocurre que los niños repiten la mímica en casa. Si es posible, haga que ellos se paren mientras repiten juntos y en voz baja el texto y la mímica hasta que lo aprendan. Para evitar confusión, no use otro texto sino el que se especifica para cada lección.</p>
<p>En términos generales, deben emplearse tres o cuatro domingos para enseñar cada lección. ¡Pruébelo! Nunca deje una lección hasta que esté aprendida y grabada en la memoria de los niños. “Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor”, Eclesiastés 12.11.</p>
<p>Favor de no saltar o alterar el contenido de las lecciones hasta que usted lo haya probado, para que no destruya el principio de “línea sobre línea”.</p>
<p>Un ayudante puede apoyar al maestro principal en cosas como atender a las inquietudes de los niños, mantener el orden y aun dar parte de la lección.</p>
<p>Un pizarrón es indispensable. Si usted se considera mal dibujante, puede referirse a la página de dibujos que quizás le sea de ayuda.</p>
<p>Para los trabajos manuales necesitará proporcionarles a los niños papel, creyones y a veces plastilina (plasticina). Sus alumnos pueden usar pedazos de cartón o las tapas de cajas de zapato para afincar cuando hacen los trabajos en su asiento. También es buena idea tener a la mano paños para limpiar las manos sucias de los pequeñitos.</p>
<p>Más adelante daremos otros consejos y ayuda para la enseñanza de estas lecciones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“La edificación cesa cuando termina el interés”.</p>
<h3>Procedimiento general para Lección 1<br />
y todas las lecciones siguientes</h3>
<p>Ahora, antes de comenzar, usted querrá entender claramente qué es lo que se procura lograr.</p>
<p>&gt;&gt; Primeramente, hay que enseñar el texto acompañado de la mímica. No cometa el error de tratar de enseñar otros textos de memoria también.</p>
<p>&gt;&gt; Luego viene la parte de conversación sobre la lección, pero, como sus alumnos son incapaces de prestar atención por más de diez o quince minutos seguidos, usted tendrá que dejar tiempo para una tercera parte.</p>
<p>&gt;&gt; La tercera parte es el trabajo manual, que en el caso de Lección 1 comienza con Ejercicio (c).</p>
<p>Estas tres partes —la enseñanza del texto, la conversación sobre la lección y el trabajo manual— deben tener el lugar en cada clase que sea necesario para enseñar en su totalidad Lección 1, y en la mayoría de las lecciones que siguen.</p>
<p>¿Cuántas sesiones, o clases, debe tomarse para enseñar esta lección y cada una de las posteriores? No hay una respuesta definitiva. Usted comprenderá que si debe tomar tiempo para hacerle ciertas preguntas a cada niño en la clase, permitirle a cada uno dibujar en el pizarrón, y luego ayudarle personalmente a terminar su trabajo manual, entonces una clase de cuarenta alumnos va a requerir más sesiones para enseñar la lección que un grupo de solamente diez.</p>
<p>Pero, nuevamente, no debe apresurarse para terminar la lección. Use cuantas sesiones de clase sean necesarias para inculcar bien las verdades de la lección. Para nuestros propósitos se supone que se van a necesitar por lo menos tres sesiones para cada lección y una clase de repaso al final de cada cuatro lecciones, para así completar un trimestre calendario.</p>
<p>Los trabajos manuales que se sugieren en las lecciones se han recomendado con este plan en mente. Ellos le permiten presentar de nuevo las verdades de la lección un mayor número de veces de lo que sería posible de otra manera. Esto es necesario si las verdades han de ser grabadas en la memoria de cada niño.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Probablemente usted va a dar la clase de la siguiente manera:</p>
<p>&gt; Enseñe el texto con la mímica. Esto puede tomar quince minutos o más la primera vez. Pase luego a la conversación sobre la lección. Después, trate de terminar el trabajo manual en el pizarrón como en Ejercicio (e). Si logra terminarlo y le queda tiempo, deje que los niños dibujen estrellas en el papel mientras permanecen sentados; Ejercicio (f).</p>
<p>&gt; El siguiente domingo repita las primeras dos partes de la lección y use Ejercicio (f) para el trabajo manual. Los Ejercicios (g) y (h) quedarán para una tercera repetición de la lección la semana siguiente.</p>
<p>Sin embargo, si en cualquiera de las sesiones usted no logra terminar el trabajo del pizarrón, corte la clase. Permita a los niños que se quedaron esperando que tengan su turno el domingo siguiente. Siempre deje tiempo para terminar con el texto y la mímica.</p>
<p>&gt; A los niños que ya han tomado su turno en el pizarrón se les deben dar papel y creyones para que dibujen estrellas mientras permanezcan sentados. Si termina el ejercicio en el pizarrón antes de la hora de cerrar, pase al siguiente ejercicio. En general, el mismo procedimiento se aplicará a todas las lecciones posteriores.</p>
<p>No pretenda enseñar varios puntos en cada lección. Procure más bien &#8211; presentar un punto en varias formas diferentes.</p>
<h3>Lección 1 Dios es</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Dios está en el cielo, Eclesiastés 5.2</p>
<p>Enseñe a los niños las palabras del texto. Siga con la mímica, que se hace mientras ellos repitan el texto todos juntos.</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Dios </em>Con el dedo índice, señale hacia arriba;<em> est</em>á <em>en</em> Mira hacia el cielo. <em>el cielo</em> Con la mano extendida, haga un movimiento corto hacia el cielo.</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Empezamos a aprender acerca de Dios, el gran Ser quien siempre ha sido y siempre será. Él vive en el cielo, más allá de las estrellas. Dice Hechos 7.48 al 50 que el cielo es su trono. Dice Salmo 113.4 al 6 que es sobre los cielos su gloria, y Él se siente en las alturas.</p>
<p>El maestro no debe suponer que los pequeños van a tener ya ideas claras y correctas en cuanto a Dios, su carácter y sus obras. El primer error con que los maestros comúnmente perjudican sus esfuerzos futuros es el de suponer que “por lo menos ya sabrán eso”. La experiencia les lleva al fin y al cabo a reconocer que deben empezar a enseñar a los principiantes como si no supieran absolutamente nada en cuanto a las cosas de Dios.</p>
<p>Entonces, poco a poco, concienzudamente paso a paso, comencemos al principio y vayamos desarrollando en los niños sus conceptos de Aquel con quien ellos tienen que ver.</p>
<p>Es casi imposible enseñarles a los pequeños en una forma directa cómo es Dios. Pero, Romanos 1.20 nos explica que el poder y la deidad de Dios son entendidos por medio de las cosas hechas. Entonces, contando con esta dirección del Espíritu Santo, empezaremos a enseñar a pensar en Dios como el Hacedor. Por supuesto, es posible que ellos no sepan qué quiere decir <em>Hacedor</em>, así que hablaremos de Él que hizo. “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud”, Eclesiastés 12.1.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Dibuje en el pizarrón una estrella, siguiendo los tres pasos sencillos que se indican en nuestra página de dibujos. Pregúnteles a los niños qué es lo que usted ha dibujado. Si algún niño contesta, “una estrella”, permítale decir a la clase lo que es. Si ninguno sabe, usted debe decirles. Después de esta introducción pregúntele a cada niño qué es lo que el dibujo representa. No pase por alto a ninguno, aun cuando tenga un número elevado de alumnos. Si alguno le sorprende con decir que no sabe, pídale a otro que le diga a éste la respuesta. Luego repita su pregunta.</p>
<p>No vaya a pensar que este método es una pérdida de tiempo. El mismo proporciona:</p>
<p>&gt;&gt; Una parte activa en la lección para cada alumno</p>
<p>&gt;&gt; Una reacción, o respuesta, que puede ser imitada fácilmente por los niños tímidos.</p>
<p>&gt;&gt; Una buena repetición, la cual es tan esencial para los pequeños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Para poder enseñar que Dios es el gran Ser que vive arriba en el cielo, más allá de las estrellas, comience a hablar de las estrellas. Continúe hasta que cada niño esté pensando en las estrellas. Esta forma de enseñanza tiene un propósito triple:</p>
<p>&gt;&gt; Atención. Atrae a un tema céntrico a todas las mentes distraídas.</p>
<p>&gt;&gt; Percepción. Parte de un concepto ya conocido y desarrolla pensamientos nuevos en la lección.</p>
<p>&gt;&gt; Asociación. A lo largo hay una asociación de ideas que hace que los niños piensen en Dios cada vez que ven una estrella.</p>
<p>Entonces, simplemente converse con los alumnos sobre las estrellas —quiénes las han visto, cuándo, dónde, cómo son— hasta que todas las mentes pequeñas estén pensando activamente en las estrellas. Sin embargo, todavía no hay que decirles nada en cuanto a que Dios las hizo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Ahora, dígale a su clase que hay un lugar muy maravilloso más allá de las estrellas. Ese lugar se llama el cielo. Haga énfasis en este nombre, preguntándoles a varios niños, “¿Hay un lugar más allá de las estrellas? ¿Cómo se llama? ¿Dónde está el cielo?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>“Ahora, hay alguien que vive en el cielo, más allá de las estrellas. ¿Alguno de ustedes sabe quién es?” Pueda que usted reciba respuestas extrañas, pero no rechace ninguna. Con lo que sus alumnos digan, usted podrá, si es observador, formarse una idea de cómo piensa el niño.</p>
<p>“Él es alguien que puede oír todo lo que decimos, puede ver todo lo que hacemos, y conoce todos nuestros pensamientos. Él es Dios. Dios es diferente de nosotros porque Él siempre ha sido y siempre será, por siempre jamás. Ustedes y yo no hemos sido siempre. Un día nacimos, y desde ese día empezamos a ser. Pero Dios nunca nació. Él siempre fue y siempre será, para siempre”.</p>
<p>Pregunte de nuevo: ¿Hay un lugar más allá de las estrellas? ¿Cómo se llama? ¿Hay alguien viviendo arriba en el cielo? ¿Cómo se llama? ¿Él puede verme a mí? ¿Puede verles a ustedes? ¿Puede vernos cuando estamos en la oscuridad? ¿Y Él puede oir todo lo que decimos? ¿Y saber todo lo que pensamos? ¿Él siempre ha sido? ¿Él morirá algún día?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (e):</p>
<p>Ahora usted debe permitirle a cada niño acudir al pizarrón, uno por uno o en parejas, para dibujar una estrella. Coloque una tiza o marcador en la mano del niño, y la mano en la suya. Ayúdele a dibujar una estrella simplificada, como se indica en nuestra página de dibujos.</p>
<p>El asistente del maestro debe ayudar cuando se presentan oportunidades como ésta. Si dos niños están dibujando en el pizarrón al mismo tiempo, el asistente puede supervisar el trabajo de uno de ellos. O, si un solo niño está en el pizarrón, el asistente puede mantener orden en la clase mientras el maestro atiende al pizarrón. De todos modos, esta forma de enseñanza generalmente mantiene el interés del grupo, sobre todo si usted le habla al niño que está al pizarrón, pero para que todos puedan oir.</p>
<p>No borre las estrellas al final de la clase. Si las deja en el pizarrón, los niños podrán verlas cuando vuelvan el domingo siguiente. Cada uno de ellos tratará de identificar la estrella que hizo, y esto ayudará a refrescar su mente.</p>
<p>Cuando no es práctico usar el pizarrón de esta manera, el asistente puede repartirles a los niños hojas de papel y creyones o lápices. Ayúdeles a dibujar las estrellas sentados en sus asientos, y deje que las lleven a casa.</p>
<p>Este trabajo manual impresiona mucho al niñito; usted puede usarlo para grabar en sus mentes la idea de la lección, y verá que es mucho más efectivo que hablar por horas. Además, los niños se sienten orgullosos de demostrar su nuevo logro, y a veces hacen cantidades de estrellas en casa, y así se hacen más conscientes de la lección.</p>
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<p>Trabajos manuales adicionales</p>
<p>En su casa, recorte de cartulina una estrella de cinco puntas. Usando ésta como modelo, trace en la cartulina suficientes estrellas como para darle dos o más a cada alumno; luego recórtelas. Aparte una estrella por alumno, para usarse en un ejercicio de colorear. Luego corte las demás estrellas en pedazos, como para hacer rompecabezas. Si dispone de tiempo de hacer más de éstos, puede colocar más de uno en cada sobre.</p>
<p>En la clase, reparta creyones a cada alumno. Dibuje una estrella en el pizarrón y coloree de rojo una punta de la misma. Dígales a los niños que hagan lo mismo con sus estrellas en sus asientos. Hecho esto, coloree de amarillo otra punta, y los niños lo harán también. No preste atención a la calidad del trabajo de los niños. El único propósito suyo es el de hacerles a los pequeños más conscientes de las estrellas al ir repitiéndoles de vez en cuando la idea de la lección mientras ellos hacen la tarea.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (g):</p>
<p>Reparta los sobres con los rompecabezas. Usando las sillas o el banco como mesas —si es que no dispone de mesas— deje que los alumnos armen sus estrellas, ayudándoles cuando sea necesario. Si le fue posible dar más de una estrella a cada niño, este ejercicio puede ser muy interesante. Si usted desea, los niños también pueden colorear los rompecabezas. El uso de los sobres evita que se pierdan las piezas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (h):</p>
<p>Dele a cada niñito una hoja de papel donde usted ha trazado la forma de una estrella, usando el modelo que usted preparó. Reparta pedazos de plastilina (plasticina). Ayude a sus niños a formar tiras largas de plastilina en forma de trenzas. Luego ayúdeles a colocar estas trenzas sobre sus hojas, siguiendo el trazado de la estrella.</p>
<p>Es importante que usted recalque que sus alumnos no han hecho estrellas de verdad en estos ejercicios, sino figuras de estrellas. Esto les ayudará a reconocer que las verdaderas estrellas están en los cielos.</p>
<p>Al cierre de cada clase, hágales a los niños una serie de preguntas como las que hizo en Ejercicio (d). La clase entera debe responder a una misma voz las preguntas suyas, pero en voz baja, claro está. Puede que usted se canse de repetir una y otra vez las mismas cosas sencillas, pero de pronto los niños se emocionarán al poder dar las respuestas correctas, una vez que las hayan dominado. Verá también que la repetición de las preguntas no les fastidiará con tal que varíe la forma de la actividad que acompaña estas preguntas. Todos los trabajos que sus alumnos hayan hecho en sus asientos pueden ser llevados a casa. Finalice cada sesión repitiendo junto con la clase el texto con la mímica.</p>
<p>***</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No debemos pararnos sobre el alto pináculo de nuestras formas de pensar y actuar de adulto, mientras llamamos a los niños a “venir acá”. Más bien, regresemos por los olvidados caminos de los años hasta encontrar las formas de pensar y actuar de estos pequeños por quienes murió el Salvador.</p>
<h3>Lección 2 Dios es Hacedor</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Jehová Dios hizo la tierra, Génesis 2.4</p>
<p>Enseñe las palabras primeramente; luego agregue la mímica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em> Jehová Dio</em>s Señale hacia arriba; <em>hizo</em> Mueva las manos como para formar algo; <em>la tierra</em> Señale hacia el suelo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios es el gran Ser que hizo la tierra, aun el suelo que está debajo de nuestros pies. Él también hizo la grama, las flores y los árboles. Génesis 1.9 al 12</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Comience con un repaso. Use una estrella grande, dibujada en el pizarrón como en Lección 1. Señalando a la estrella, pregunte a los niños, como hizo anteriormente, “¿Qué representa esta figura? ¿Dónde están las estrellas? ¿Hay un lugar más allá de las estrellas? ¿Cómo se llama? ¿Alguien vive en el cielo? ¿Cómo se llama? ¿Dios puede vernos todo el tiempo? ¿Puede oir lo que decimos? ¿Él sabe lo que estamos haciendo? ¿Dios nació igual que nosotros? ¿Morirá Dios algún día? (Obsérvese que las preguntas no requieren sino una respuesta de una sola palabra, como “sí” o “no”).</p>
<p>Repita varias veces el texto y la mímica de la lección anterior; luego termine el repaso con la siguiente afirmación: “Sí, Dios es el gran Ser que vive más allá de las estrellas, en el cielo. Él nos ve todo el tiempo. Él oye todo lo que decimos, y sabe todo acerca de nosotros. Dios siempre fue y siempre será, por siempre jamás”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Prepare material antes de llegar a la clase:</p>
<p>&gt;&gt; una pequeña caja de cartón llena de arena o tierra</p>
<p>&gt;&gt; un puñado de grama o gamelote</p>
<p>&gt;&gt; unas flores, verdaderas o artificiales, o una mata de las que hay en su casa</p>
<p>&gt;&gt; una pequeña rama, para representar un árbol</p>
<p>Si la clase es muy grande, posiblemente usted va a necesitar dos juegos de los materiales mencionados, y así el asistente podrá ayudarle en este ejercicio.</p>
<p>Al terminar Ejercicio (a) haga un recorrido entre la clase, permitiéndole a cada niño ver la arena en su cajita y tocar la arena o tierra con sus dedos. Al proceder de niño a niño, hágale a cada uno la misma pregunta: “Esto en la cajita, ¿sabes qué es?” El propósito de este detalle del ejercicio es el de establecer de una vez un contacto con, y un reconocimiento de, la arena de la cual usted va a hablar.</p>
<p>Ninguna parte de su lección jamás debe parecer en los ojos de los niños como algo remoto. Lleve a la clase todo aquello de lo cual desea hablar, hasta donde sea posible, para que los niños puedan verlo y tocarlo.</p>
<p>Una vez terminado el recorrido, pregunte: “¿Alguna vez pensaron de dónde vino la tierra? No ha estado aquí siempre. Una vez no había tierra, ni arena, ni suelo. ¿Alguien sabe cómo llegó a ser?”</p>
<p>Si alguno contesta que Dios lo hizo, entonces no será necesario que usted haga las preguntas que siguen aquí. Si no, pregunte: ¿Alguno de ustedes hizo esta arena en la caja? ¿Su papá? ¿Su mamá? ¿Conocen a alguien que pudo haber hecho esto —alguien en el mundo entero?”</p>
<p>Si ninguno sugiere que Dios lo hizo, usted debe procurar sugerirlo indirectamente de esta manera: “No, no hay ninguno en todo el mundo quien puede hacer ni siquiera un granito de arena. Imagínense todos los miles de granitos de arena que hay en nuestros solares, bajo nuestra casa, bajo las aceras, en las calles y por todos los terrenos de mundo. Si nadie en el mundo lo pudo hacer, entonces deber haber sido hecho por Uno que vive más arriba del mundo, aun más allá de las estrellas. ¿Quién podría ser?”</p>
<p>No se apresure para terminar estos pasos. Si usted puede lograr que los niños se imaginen multitudes de granos de arena, o tierra, todos hechos por Dios, entonces Él les parecerá mucho más grande a sus pequeñas mentes que si usted apenas hiciera que los niños pensaran en un solo artículo llamado “la tierra” o “el mundo” como hecho por él.</p>
<p>Decir que Dios hizo el mundo no es tan impresionante a los pequeños como la afirmación de que Él hizo todos los granitos de arena. Los niños carecen totalmente de los conceptos, o imágenes mentales, de lo que usted ligeramente llama “el mundo”. Debe reconocerse que este principio de limitación se aplica a lo largo de todo este curso.</p>
<p>Para ayudar a los niños a formar la impresión de la grandeza de Dios, pase la caja de arena a algunos de los pequeños estudiantes. Deje que los mayores traten de contar los granos. Para esto puede colocar un poquito de arena en su mano.</p>
<p>Finalmente, llegue a su conclusión: “¿Dios hizo esta arena? ¿Hizo cada granito? ¿Hizo toda la tierra en el patio de tu casa, María? Pedrito?” Haga esta pregunta a varios niños, sobre todo los menos atentos. Luego diga: Si Dios hizo tantos granitos de arena, entonces cuán grande debe ser Él, porque ninguno de nosotros podría hacer ni siquiera un solo granito.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Después de haber hablado de los granitos de arena, usted se dará cuenta de que los niños están cansados. Si ha mantenido su atención por diez o quince minutos, habrá hecho muy bien; ellos son incapaces de prestar atención por períodos prolongados. Se cansan, salvo que uno exija su atención por períodos muy cortos. El trabajo manual les proporcionará el cambio necesario.</p>
<p>El asistente debe repartir a los alumnos papel y creyones. Cuando todo está listo, diga: “Vamos a tratar de dibujar la figura de una caja, y ponerle arena adentro”. Siga los pasos 1 al 5 para dibujar la caja con arena; vea la página de dibujos. Vaya poco a poco, ayudando a los niños en cada paso.</p>
<p>Para cerrar la sesión: Si no le queda más tiempo por hoy, o en cualquier parte de la lección que sea necesaria terminar, siempre puede concluir la sesión haciendo una última repetición de las conclusiones a las cuales ha llegado, como al final de Ejercicios (a) y (b), y del texto de la mímica. Los niños pueden llevar sus dibujos a la casa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>La grama es el tema de su lección que sigue ahora. Si usted cerró la lección antes de llegar a este ejercicio, no deje de empezar ésta sin repasar los ejercicios anteriores. Esto es lo que usted debe hacer cada vez que comience una nueva sesión de clase.</p>
<p>Pase su puño de grama, hierba o gamelote de niño en niño para permitir que cada uno lo toque y lo sienta. Hecho esto, diga como hizo con la arena: “¿Alguna vez se les ocurrió de dónde vino la hierba? Tampoco ha estado aquí siempre. Una vez no había ni siquiera un poquito de grama en todo el mundo. ¿No nos parecería raro estar donde no hubiera nada verde como ella? ¿Alguien sabe cómo llegó a haber grama en el mundo?”</p>
<p>Seguramente ahora los niños estarán listos para sugerir que Dios la hizo. Si no, haga preguntas de la misma manera como hizo para el mismo problema del ejercicio anterior.</p>
<p>Cuando haya recibido la respuesta correcta, dígales a los niños que traten de contar las hojitas de hierba. (¡Asegúrese de tener demasiadas hojitas para que no les sea posible contarlas!) Ahora pregunte como antes: “¿Dios hizo la grama? ¿La hizo toda? ¿Hizo la grama en el patio de tu casa, o del parque donde tú juegas a veces? ¿Y en la calle donde tú vives, Juan?” Asegúrese de hacer esta última pregunta a cada niño en la clase.</p>
<p>Por último, señale que Dios debe ser alguien muy grande para poder hacer tantas y tantas hojitas de grama. Y aun cuando los señores de la municipalidad (o el padre de familia) corten la grama, o las vacas y los chivos coman la hierba y el gamelote en los pastos y los terrenos desocupados, Dios es tan grande que Él hace que crezca más y más la hierba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Ahora vaya al pizarrón y dibuje una línea marrón que represente el suelo. Vea la página de dibujos. Si usted lo puede lograr, trate de dejar espacio en el pizarrón para permitirle a cada niño venir por turno y dibujar también una corta línea de suelo.</p>
<p>Luego, ponga un poco de grama sobre su línea de tierra, y entonces permita que sus alumnos agreguen grama a las líneas que ellos hicieron, como en la página de dibujos. Para este efecto, procure tener a la mano tiza o marcador verde. La blanca no se ve muy convincente. Si los dedos se manchan con el color, envuelva la tiza en un pedazo de papel.</p>
<p>Cuando haya concluido el ejercicio en el pizarrón, el asistente debería repartirles papel y creyones a los niños, quienes harán dibujos de grama para llevar a casa. Cierre esta y cada sección de la lección con el texto y la mímica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Trate las flores de la misma manera. En el trabajo manual, usted debe dibujar una línea de suelo lo más larga posible, y luego agregar la grama. O, puede dibujar varias líneas de suelo con grama. Al terminar esto, ayude a cada niño a dibujar una flor, en color. Vea la página de dibujos. El mismo procedimiento debe ser usado para el trabajo en el asiento, con papel y creyones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (e):</p>
<p>Trate los árboles de la misma manera, siempre con sus muchas hojas. En el trabajo manual en el pizarrón, y en el trabajo en el asiento, se les ayuda a los niños a dibujar un árbol; vea la página de dibujos.</p>
<h3>Lección 3 Dios hizo la luz</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Hizo Dios dos grandes lumbreras; hizo también las estrellas; Génesis 1.16. Recuérdeles a los niños que a veces Papá y Mamá dicen que la lámpara, o el bombillo, “alumbra”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Hizo</em> Use la señal para <em>hacer</em>; <em>Dios</em> Señale hacia arriba; <em>dos</em> Muestre dos dedos; <em>grandes</em> Ambas manos delante del pecho, con las puntas de los dedos de cada mano tocándose. Alargue la palabra <em>grandes</em> y al mismo tiempo gire los brazos hacia arriba y hacia afuera; <em>lumbreras</em> Simplemente mire hacia arriba; <em>hizo</em> Use la señal para <em>hacer</em>; <em>también las estrellas</em> Cruce los dedos índice.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios, el gran Ser que hizo el suelo y que hace la grama, las flores y los árboles, no quiso que fuera oscuro todo el tiempo. Él hizo dos grandes luces o lumbreras, y las puso arriba en los cielos. Él hizo también las estrellas, para ayudar a alumbrar de noche, Génesis 1.16 al 19, Salmo 19.1.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Comience con al acostumbrado repaso de la lección anterior. “Un día dibujamos una caja, así &#8230;” Vuelva a dibujar una. “Pusimos algo en la caja”. Haga los puntos para representar la arena. “¿Qué era?” Entonces, “¿Quién hizo el suelo?”</p>
<p>Borre la caja de arena, y dibuje una línea de suelo y la grama. Pregunte: “¿Qué es esto? ¿Quién lo hizo? ¿Dios hizo todas las hojitas de grama? ¿Cada una? ¡Cuán grande debe ser Dios!” Trate las flores y los árboles de la misma manera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Converse con la clase acerca de la oscuridad. El propósito suyo será el de hacer que los niños piensen por unos minutos acerca de la oscuridad, para que puedan apreciar la gran importancia de la luz. Para lograr esto, relate unos pequeños cuentos, o sea, invente historias tipo “supongamos &#8230;” si es necesario. Estos deben ilustrar las siguientes experiencias que son comunes a la niñez:</p>
<p>&gt;&gt; La oscuridad hace que uno no pueda ver bien.</p>
<p>&gt;&gt; Cuando es oscuro, uno no sabe por dónde ir.</p>
<p>&gt;&gt; La oscuridad hace que uno se tropiece con las cosas.</p>
<p>A veces la oscuridad hace a uno caer y aporrearse. A veces hace que uno tenga miedo, como cuando uno se despierta de noche y no sabe dónde está. Hable de esto. Use un relato diferente para hacer pensar en cada punto, pero no trate de enseñar los puntos como parte de la lección. El propósito de estos puntos es sólo el de llevar la mente de los niños a una cierta comprensión de lo desventajoso que sería para nosotros estar en una oscuridad continua. Si los niños quieren contribuir sus pequeños aportes (“Sí, maestro, yo &#8230;”), no los impida. Mientras más puedan enfocar sus pensamientos en el problema de la oscuridad, más grande va a parecerles la bondad, poder y sabiduría de Dios en proveernos el medio de tener luz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Hecho esto, repita el texto con la mímica. Luego, hable de la bondad de Dios en hacer un sol. Él hace que el sol salga en la mañana. El sol brilla todo el día para que podamos ver para hacer las cosas. Así la gente puede trabajar, puede cultivar la tierra para que comamos, puede hacer los oficios, ganar dinero para que tengamos ropa, etc.</p>
<p>Pero la gente no puede trabajar todo el tiempo, ni los niños pueden jugar todo el tiempo. Se necesita descanso. Así que Dios hace que el sol se ponga detrás de los cerros cuando el día se acaba. Luego viene la noche y dormimos un sueño refrescante; Salmo 127.2. Para la noche, Dios hizo brillar la luna y las estrellas.</p>
<p>Hable también del gran poder de Dios. “¿Alguno de nosotros podría hacer un sol, una luna, o aun una sola estrella? ¡Imagínense también lo fuerte que debe ser Dios, porque Él los sostiene en los cielos para que no se caigan!” Hebreos 1.3.</p>
<p>Además, haga énfasis en la gran sabiduría de Dios. ¡Cuán sabio debe ser Él! Él ha hecho tantos diferentes tipos de cosas y no se ha equivocado ni una sola vez. Todos los árboles, las flores, la grama y tantas cosas que crecen y que necesitamos para tener comida; todas necesitan la luz del sol para poder crecer. Sin la luz ellos morirían. Y sin los árboles y las plantas, no habría comida para nosotros, y nosotros moriríamos. Sin los árboles, no tendríamos madera para hacer las casas; o los muebles, si los niños entienden esto mejor. Los animales morirían también.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Dibuje en el pizarrón un sol redondo y amarillo, una luna y unas estrellas, como en la página de los dibujos. Ayude a los niños a copiarlos en sus cuadernos.</p>
<p>Haga juegos individuales de rompecabezas que constan de un sol y una luna; ponga cada juego en un sobre, como hizo con las estrellas en Lección 1. Use estos rompe-cabezas de sol y luna como trabajo para hacer en el asiento, de la misma manera en que lo hizo en esa oportunidad.</p>
<p>Cierre con el texto y la mímica.</p>
<p>***</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como Eliseo, procuremos bajarnos al nivel del niño pequeño; 2 Reyes 4.34.</p>
<h3>Lección 4 Dios hizo nuestro mundo</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Jehová Dios, tú hiciste todas estas cosas, Jeremías 14.22</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Jehová Dios</em> Con las palmas de las manos juntas, como en un gesto de oración, mire hacia arriba; <em>tú</em> Señale hacia arriba; <em>hiciste</em> Use la señal para <em>hacer</em>; <em>todas estas cosas</em> Pronuncie las palabras lenta e impresionantemente. Al mismo tiempo mueva el brazo de izquierda a derecha para indicar <em>todas</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios es el gran Ser quien siempre ha sido y siempre será, quien vive más allá de las estrellas. Él nos ve, nos oye y sabe todo lo que hacemos y decimos. Él hizo el suelo, la grama, las flores, los árboles, el sol, la luna y las estrellas.</p>
<p>Él hace la lluvia, la nieve y el hielo, el agua, las nubes, el viento, los truenos y los relámpagos, Salmo 135.6,7, Job 38.22 al 38, Jeremías 10.12,13.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Comience con un breve repaso de todas las características de nuestro Dios que usted ha venido inculcándoles a los niños en las primeras tres lecciones. Durante todo el repaso use la misma forma de preguntar que ha venido empleando desde el principio, sin cambiar ni una sola palabra.</p>
<p>Si trata de variar las formas de las preguntas que normalmente usa, le va a causar confusión al grupo. Los niños reaccionarán desfavorablemente, aun cuando comprendan las preguntas modificadas. “Él/ella no dijo la pregunta bien”, será la actitud poco fría de más de uno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>“El gran Dios, quien vive en el cielo, más allá de las estrellas, hizo muchas otras cosas también. Y, hay muchas cosas que Él está haciendo todavía. Voy a dibujar una figura en el pizarrón. Vean si pueden decirme de qué se trata. La primera parte será una casa”. Vea la página de dibujos. Una vez que haya dibujado la casa, haga las líneas que representan la lluvia.</p>
<p>“Ahora, ¿quién me puede decir qué es lo que está cayendo sobre la casa?” Aun cuando usted reciba la respuesta correcta, haga esta pregunta varias veces a los niños, sin decirles la respuesta. Esto enfocará la atención de los niños en su dibujo y su nuevo tema. Cuando todos estén atentos, afirme que sí es la lluvia.</p>
<p>Luego, pida a la clase que se ponga de pie para hacer la mímica de lluvia que cae. Usted pregunta: “¿Cómo cae la lluvia? Cae así”. Usted entonces alza ambos brazos y los baja lentamente mientras mueve los dedos ligeramente (para sugerir las gotas de lluvia que caen), hasta que los dedos toquen el suelo. A los niños les encanta hacer esto, y usted puede pedirles que hagan la mímica cuando hable de lluvia. (¡Es un buen alivio para el aburrimiento!)</p>
<p>Una vez terminada esta parte del ejercicio, hágale preguntas a la clase referentes a la lluvia, de la misma forma como hizo con el tema de la arena. Pregunte sobre la lluvia, toda la lluvia, cada gota de lluvia. Agregue a esto la idea del agua en general.</p>
<p>Al hablar del agua, toda el agua, cada gotica de agua, recuérdeles a los niños todas las fuentes o procedencias del agua que ellos pueden conocer. Puede hablarles de agua del grifo, del tanque, del pozo, de la quebrada, los ríos, lagos y mares, según sea el conocimiento del grupo. Por ejemplo, no hable del agua que viene del grifo si los niños viven donde no hay tal cosa. No se moleste hablar del inmenso mar si sus oyentes jamás han visto el mar o un gran lago; el resultado sería una pérdida de tiempo. Cada ilustración que usted use debe estar dentro de los límites de las experiencias de los niños a su cargo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Déles a los niños hojas de papel donde usted ha trazado (en casa, por supuesto) una casa como la que está en el pizarrón, pero sin las gotas de lluvia. Borre el dibujo del pizarrón, dibuje de nuevo la casa, y luego agregue algunas de las gotas inclinadas de lluvia. Ayude a los alumnos a hacer lo mismo en sus hojas. Continúe esto hasta terminar el dibujo suyo y los del grupo.</p>
<p>Repase el texto con la mímica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>El próximo tema deberá ser las nubes y el viento. El dibujo en el pizarrón es parecido al anterior; vea la página de dibujos. Diga: “Aquí tenemos un dibujo que nos habla de otra cosa que Dios hace muchas veces. ¿Qué es lo que está soplando las hojas y haciendo que los árboles se muevan? ¿Y qué son esas cosas arriba en el aire, más arriba de los árboles, que van rodando?” Quizás usted tendrá que explicar que son nubes.</p>
<p>Este tema no se presta al método gota-por-gota de la lección sobre la lluvia. Por lo tanto, estaría bien agregarle a la lección los truenos y relámpagos antes de proseguir. Puede dibujar en rojo varias líneas (meda-llas) que parecen salir de las nubes y que representan relámpago.</p>
<p>“Ciertamente Dios debe ser alguien muy grande, ya que Él ha hecho tantas cosas maravillosas, y sigue haciendo cosas maravillosas todavía. Ningún hombre, ninguna mujer, ningún niño, ninguna niña en todo el mundo puede hacer tales cosas. Sólo Dios las puede hacer. ¿Y dónde vive Él?”</p>
<p>Cuando usted habla de las nubes, descríbales como que ruedan. Al mismo tiempo gire su brazo alrededor para sugerir el movimiento de rodar. Si los niños parecen estar aburridos, permítales que se pongan de pie y hagan esta mímica junto con usted. Para el viento, puede hacer una especie de silbido.</p>
<p>Describa los truenos como un gran <em>¡bu&#8230;um! </em>y los relámpagos como destellando desde los cielos. Acompañe esta última descripción con un movimiento rápido, “tirando” su brazo hacia abajo.</p>
<p>No tenga pena de hacer estos sonidos y gestos descriptivos. A su modo de pensar como adulto, tal vez le parezcan chistosos o ridículos. Pero a la manera de pensar del niño sólo las ideas dramatizadas se hacen reales. Recuerde las verdades expuestas por el Espíritu Santo en 1 Corintios 13.11 y el ejemplo que Él da en 1 Corintios 9.22.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Es del mismo tipo que usted usó en los ejercicios anteriores.</p>
<h3>Lección 5 Dios hizo los animales</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Hizo Dios animales de la tierra, Génesis 1.25.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Hizo</em> Haga la señal de <em>hacer</em>; <em>Dios</em> Señale hacia arriba; <em>animales de la tierra</em> Baje ambos brazos hacia el suelo, y luego muévalos lentamente de izquierda a derecha, moviendo las manos a la vez hacia arriba y abajo para representar la marcha de los animales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios es el gran Ser quien hizo los peces, las aves y los animales terrestres; Génesis 1.20 al 25, Nehemías 9.6, 1 Reyes 4.33.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Comience con un repaso de todas las verdades que su clase ha aprendido hasta ahora acerca de Dios, haciendo preguntas como en las lecciones anteriores. “¿Hay un lugar más arriba de las estrellas? ¿Qué es su nombre? ¿Alguien vive ahí? ¿Quién es Él? &#8230;”</p>
<p>Luego, diga a la clase que repita varias veces con usted: “Dios es el gran Ser quien vive arriba en los cielos, más allá de las estrellas. ¡Oh, Señor Dios [con la mímica], Tú has hecho todas estas cosas!”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>El gran Dios que vive en los cielos, más allá de las estrellas, hizo muchas otras cosas también.</p>
<p>Para esta lección usted tendrá que dibujar varios peces, o traer cuadros, y tantos pájaros y animales cuantos fuera posible. Una posibilidad sería la de recortar etiquetas de los potes o cajas que traen atún, sardinas u otro pescado. Algunas de éstas pegadas a cartulina pueden resultar muy adecuadas. A veces uno consigue material apropiado en periódicos, revistas, libros para colorear y en revistas baratas sobre animales. Recorte y monte sobre cartulina todos los cuadros que usted piensa usar.</p>
<p>Asegúrese de tener sólo criaturas de la misma familia en una sola cartulina, aun cuando pueda colocar varios peces, diversos pájaros o diferentes elefantes, por ejemplo, sobre una misma cartulina. Estos tarjetones serán circulados entre todos los alumnos para darles una impresión de manejo propio o de toque. Una vez pasados de mano en mano, los tarjetones serán colocados a la vista de todos.</p>
<p>Si usted quiere emplear su pizarrón, puede trazar o dibujar su pez, ave o animal. Un dibujo recortado puede servir de patrón si uno desea. No es preciso que los dibujos sean de alta calidad. El escritor ha hecho muchos que los niños encontraron satisfactorios, aun cuando la cabeza era un simple aro, el cuerpo otro círculo más grande, unas pocas líneas para las patas, y así sucesivamente. Véase la página de dibujos.</p>
<p>Para comenzar el ejercicio, vaya al pizarrón y coloque o dibuje su ilustración de los peces. Pregunte qué es. Entonces, haga circular este tarjetón de manera que los chicos lo palpen y lo manejen, además de verlo. Cuando reciba de nuevo este tarjetón, converse un poco sobre los peces. Anime a los alumnos a decirle cualquier cosa que sepan ellos al respecto.</p>
<p>Siga con preguntas sobre las lecciones enseñadas en domingos anteriores. “¿Quién hizo los peces? ¿Él hizo los peces grandes? ¿Y los pequeñitos? ¿Hizo todos los peces? ¿Todos, todos? ¡Díganme, Él debe ser un gran Dios!”</p>
<p>“Algunos peces son muy grandes; ¡son tan largos como de esta pared hasta aquella pared! ¡Piense cuán grandes son esos peces! Ellos viven en el enorme mar. Allí viven también los peces pequeñitos. Hay peces muy chicos en los ríos y lagos también. Hay muchos tipos de peces, de diferentes tamaños y formas; algunos son anchos, otros largos como culebras”.</p>
<p>“Pero ninguna persona en todo el mundo puede hacer un solo pez. El gran Dios quien vive arriba, más allá de las estrellas, es el único que puede hacerlos. Él los hizo todos. ¡Oh cuán grande es Él!” Repita la mímica: “¡Oh, Señor Dios, Tú has hecho estas cosas!”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Los pájaros siguen ahora. Trate este tema exactamente como hizo con los peces. Mejor será la clase mientras más ilustraciones tenga usted de las aves que son conocidas a los niños de su grupo. Evite el uso de cuadros sobre pájaros de otras partes que no se relacionan con los conocimientos de los chicos a su cargo. Converse con el grupo acerca de esta obra de Dios, y termine siempre con la grandeza de aquel que la hizo.</p>
<p>Repita la mímica: “¡Oh, Señor Dios, Tú has hecho todas estas cosas!”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual</p>
<p>Reparta ahora las hojas que usted ha preparado en casa, cada una con la silueta de por lo menos un pez y un pájaro. Deje que los niños los coloreen a su gusto. Para nuestros fines, ¡los peces morados y verdes son tan buenos como los rojos y los blancos!</p>
<p>Si usted desea, reparta más bien plastilina (plasticina) y unos palillos (limpiadientes), y deje que sus alumnos formen peces y pájaros. Mejor aun, puede tomar el tiempo necesario para dos proyectos el domingo próximo, empleando tanto la plastilina como los creyones o marcadores. Véase la página de dibujos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Hemos llegado al tema de los animales. Trátelos animal por animal al estilo de los peces y los pájaros.</p>
<p>No agrupe los animales como hizo con los pájaros. Vaca es vaca, perrito es perrito y mono es mono. Para los pequeñitos, todas las aves son más o menos una misma cosa, pero hay una distinción clara entre un gato y un chivo, por ejemplo, ya que los animales son más grandes.</p>
<p>Puede que usted no consiga todas las ilustraciones que necesita. En este caso, puede sustituir con relatos comunes y corrientes. Estas anécdotas no serán tan eficaces como los tarjetones, ya que un relato hablado no se puede tocar ni ver. Pero vamos a suponer que usted consiga cuadros para seis animales. Si es así, proceda de esta manera:</p>
<p>Circule el cuadro del perro, por ejemplo. Formule preguntas a la clase acerca de quién hizo los perros, tal como hizo respecto a los pájaros y peces, y concluya su investigación de la misma manera. Hecho esto, concentre la atención en otro animal, como sería el cochino. Si no tiene un tarjetón para el cochino, cuente un relato de una familia de cochinitos: cómo vivían con su mamá, bebían la leche que el muchacho traía, y por fin fueron vendidos en el mercado, vamos a decir. Explique como fueron llevados en un coche o camión, y así por el estilo.</p>
<p>Es poca cosa este relato, ¿pero qué importa? Lo único que quisimos hacer fue concentrar los pensamientos de los pequeños sobre el tema de los cochinos. Si logramos esto, podemos preguntar como antes: “¿Quién hace los cochinos &#8230; ?” y así llegar a la conclusión suprema.</p>
<p>Siga así con otro animal para el cual usted cuenta con un tarjetón, y formule las preguntas de rigor cada vez que cada alumno haya tomado uno en sus manos. Variado así el enfoque, debe ser posible mantener el interés de todos. Sin embargo, si observa señales de fatiga, mejor será que deje algunos animales para la próxima reunión, y que su grupo se ocupe de un trabajo manual.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Surta a cada alumno una copia del dibujo de los animales sobre los cuales usted va a hablar, o por lo menos de aquellos que pueda distribuir. Reparta las copias con creyones para que los niños coloreen.</p>
<p>Otra actividad sería la de moldear con plastilina. Ayude a los niños en esto, y despreocúpese de lo correcto de la obra. Si un niño dice que ha hecho un caballo, entonces es un caballo que tiene en la mano, aun cuando parezca un pastel de barro. Sólo un punto requiere cautela: Señale que si bien los alumnos han formado animales, no son animales verdaderos. Los animales de verdad viven; caminan y hacen ruidos, etc. Nuestros animales no son así, y sólo el gran Dios que vive en los cielos, más allá de las estrellas, puede hacer cosas vivas.</p>
<p>No se olvide de cerrar cada sesión con el texto para aprender de memoria y con la mímica.</p>
<h3>Lección 6 Dios hizo al hombre</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Dios formó al hombre del polvo de la tierra, Génesis 2.7</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Dios</em> Señale hacia arriba; <em>formó</em> Haga la señal para <em>hacer</em>; <em>al hombre</em> Con la mano izquierda señale hacia abajo; abra dos dedos (para representar las piernas) y cierre los demás en el puño. Agarre la muñeca con la mano derecha (que representa la cabeza, mientras que la parte trasera de la mano izquierda representa el cuerpo); <em>del polvo de la tierra</em> Deslice los dedos de las dos manos sobre la tierra mientras habla estas palabras.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios es el gran Ser quien vive en los cielos, más allá de las estrellas, e hizo al hombre, Génesis 1.26 al 29, Job 10.8 al 12.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p>Comience con preguntas breves al estilo siguiente: “¿Quién hizo todos los peces que viven en el mar? ¿Hizo Dios los peces grandes? ¿Y los pequeños también? ¿Dónde vive Él? ¿Quien hizo los pájaros? ¿Él puede verme a mí? Y cuando está oscuro— muy, muy oscuro, negro y oscuro— ¿me puede ver aun así? ¿Quién formó los tigres? los elefantes? los peces? Si Dios formó, o hizo, los peces, los pájaros y los animales, ¿quién hizo la gente?” Observe la importancia de aclarar que <em>formar</em> y <em>hacer </em>tienen el mismo sentido en esta lección.</p>
<p>Sí, el gran Dios que vive en los cielos, más allá de las estrellas, y quien hizo los peces, las aves y los animales, Él formó la gente también. Esto sucedió hace mucho, mucho tiempo. Dios había hecho el suelo, el agua, las flores, los árboles, los peces, los pájaros y los animales. Hacían falta todavía las personas que podían vivir en este gran mundo. Hasta ese momento no había ni un solo hombre, ni mujer, ni muchacho, ni muchachita quien viviera aquí. Dios deseaba ver algunas criaturas vivas en el mundo, a quienes Él amara y quienes le amaran a él a la vez.</p>
<p>Ante todo, Dios hizo un jardín hermoso. Este jardín se llamaba el Edén. (Descríbalo tan extensamente como usted quiera).</p>
<p>Cuando el jardín estaba listo de un todo, Él deseaba que un hombre lo ocupara y lo cuidara. No mencione todavía el nombre del señor quien iba a vivir allí. Un día Él tomó un poco de polvo de la tierra y de él formó una cosa espléndida que parecía a un hombre. Tenía una cabeza con ojos, oídos, nariz, boca y cabello, como tiene un hombre.</p>
<p>Pero la cosa que Dios había hecho no podía ver,oir, hablar, caminar, ni mover sus brazos ni hacer nada. Pero si usted lo hubiera visto, hubiera dicho que era un hombre. En realidad era solamente una especie de casa. Era una casa-cuerpo, como el cuerpo suyo y el mío, pero por dentro no vivía un verdadero hombre. Estaba vació ese cuerpo, y por esto no podía ver, oír, hablar o hacer nada. En las lecciones futuras vamos a hablar más sobre la casa-cuerpo y sus habitantes.</p>
<p>E hizo Dios una cosa maravillosa. Él sopló en la nariz del hombre. El soplo entró adentro, y de repente la casa-cuerpo empezó a moverse, a ver y oir. Ya no era una casa vacía, porque por su soplo Dios hizo a un hombre verdadero, un alma. Vivió. Dios había hecho a una persona, un ser humano.</p>
<p>Este hombre nuevo, formado por Dios, veía, escuchaba, conversaba, caminaba. Él podía hacer todas las cosas que nosotros hacemos. El nombre que Dios le dio al hombre fue Adán. Dios le amaba y él amaba a Dios. Dios puso a Papá Adán en el jardín para cuidarlo. Su hermoso jardín se llamaba el Edén.</p>
<p>Bien. Siga con el relato, contando nombres de animales y llegando luego a Mamá Eva. Pero no prosiga más allá del capítulo 2 del Génesis. Estamos intentando tan sólo formar las ideas de los chiquitos en cuanto a Dios. Cuadros dibujados no hacen falta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Por cuanto esta lección es más que todo una de relato, es posible que usted no encuentre tiempo para un trabajo manual. Si es así, se puede esperar hasta el domingo siguiente, pero si hay tiempo para una actividad, verá que es de valor.</p>
<p>Reparta la plastilina y unos palillos, y ayude a los alumnos a formar un hombre y una mujer. Véase la página de dibujos. Una vez terminado este trabajo, mande a los alumnos a soplar sobre sus modelos, a ver si pueden hacer que vivan. Cuando estos esfuerzos han fracasado, intente usted también. Sople tan duro que pueda, de manera que su fracaso quede evidente.</p>
<p>Pregunte al grupo por qué nadie pudo impartir vida a las figuras de plastilina. Explique que tan sólo Dios puede hacer que las cosas vivan, y enfatice de nuevo la grandeza suya. Él puede formar los peces, las aves, los animales y las personas; pero, más que todo, Él puede hacer que viva.</p>
<p>En su segunda lección, relate lo menos posible de la historia para comenzar. Hágales preguntas a los niños para que ellos expresen lo que oyeron. Luego, cuente el relato. Repita los experimentos con el soplo de cada cual, y proceda a las observaciones importantes respecto a la obra y la grandeza de Dios.</p>
<p>Para esta segunda clase, puede trazar un hombre y una mujer. Añada, si quiere, flores y árboles, y pida que los alumnos coloreen las figuras.</p>
<h3>Lección 7 Dios es tres personas</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El Señor nuestro Dios, el Señor uno es, Marcos 12.29.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>El Señor</em> Señale hacia arriba; <em>nuestro Dios</em> Señálese a sí mismo; <em>el Señor</em> Señale hacia arriba; <em>uno es</em> Levante un solo dedo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios es tres personas pero un solo Dios; Marcos 12.29, 1 Timoteo 2.5, Mateo 28.19.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>¿Quién me puede decir quién vive en los cielos, más arriba de las estrellas? Bien, y Dios no es sólo una persona como todos nosotros somos. ¿Cuántas personas en Juana? y Elio? Ella es una sola niñita, ¿no es verdad? Tampoco hay dos Elio; él es uno solo, y cada uno de nosotros es una sola persona. Yo no soy tres, ni eres tú”. Repita estos comentarios de acuerdo sean los alumnos pocos o muchos, y no se olvide de formular sus preguntas a los que menos atención estén prestando.</p>
<p>Continúe. Pero con el gran Dios quien hizo todas las cosas, quien nos ve y nos conoce, es muy diferente. Él no es uno solo como somos nosotros. Dios es tres personas, pero Él es un solo Dios. Explicado esto, prosiga al ejercicio siguiente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Dibuje en el pizarrón una hoja de tres pétalos; véase la página de dibujos. Coloréelo verde y el tallo marrón. Luego relate esta historia:</p>
<p>Un hombre que la gente llama San Patricio salió un día a caminar con otro señor. Patricio contaba al otro acerca de Dios, y le dijo que hay tres personas pero un solo Dios. El otro se rió de Patricio, y le dijo que eso no sería posible. Agachándose, San Patricio quitó de una mata una hoja como la que vemos en el pizarrón. “¿Y de cuántas partes es la hoja?” “Tres”, respondió el compañero. “¿Pero cuántas hojas tengo yo en la mano?” “Una”, respondió el señor. Y así es; las tres partes hacen un conjunto. San Patricio explicó que así es con Dios.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Su asistente distribuye plastilina, y cada participante hace tres rollitos con una puntita fina en cada uno, como se ve en la página de dibujos. Usted hace tres más grandes. Una vez ayudados los pequeños, usted y su asistente ubican los tres rollitos de cada niño en la misma posición que los tres pétalos de la hoja, uniendo las puntas finas. Hecho esto, oprima la plastilina para que quede plana, formando así el modelo de la hoja. Pueden añadir un pequeño tallo.</p>
<p>Comente a sus alumnos que ellos han formado algo que consta de tres partes pero es un solo objeto. Sin abundar sobre la comparación, explique a la clase que Dios el Padre, el Hijo de Dios (Tenga cuidado en no emplear otro título sino <em>Hijo de Dios</em>, para evitar confusión) y el Espíritu Santo moran, o viven, arriba en los cielos y que éstos son el único y solo Dios — un Dios grande que vive arriba, más allá de las estrellas.</p>
<p>No intente más explicación. Limítese a enseñar el hecho. Sus niños no podrán esperar que lo van a comprender, ya que es un misterio divino y está mucho más allá del entendimiento de una inteligencia manchada por el pecado. Sin embargo, podemos mostrar que Dios es tres y tres son Dios.</p>
<p>Termine la clase con el texto de memoria y la mímica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Si usted terminó la lección el domingo pasado con Ejercicio (c), comience hoy con un repaso del (a) y el (b).</p>
<p>Pida a tres de sus alumnos que se paren frente a la clase, y que el que esté en medio una sus manos con el de cada lado. Demuestre al grupo que hay tres niños, pero que los tres están unidos mano en mano. Toque al primero y diga: “Esta es una persona”. Toque al segundo y al tercero, repitiendo estas palabras. Luego, “Vamos a contar, a ver cuántos son”. La clase cuenta en voz alta, sin estorbar las otras clases: “Uno, dos, tres;” tres personas, un solo grupito. Haga esto varias veces, y pregunte luego: “¿Por qué son un solo grupito?” Señale que están unidos, mano en mano, y que son tres personas diferentes pero la unión de manos les hace un conjunto.</p>
<p>Ahora, pida que todos señalen como antes —a veces con una mano y a veces con la otra— y repitan varias veces juntos: “Una persona, dos personas, tres personas, pero un solo grupo porque están unidos”.</p>
<p>Realizado este paso, señale hacia arriba y pronuncie de una manera impresionante: “Dios el Padre es una persona. El Hijo de Dios es una persona también. El Espíritu Santo es una persona. Así, Dios es tres personas, pero Él es un solo Dios porque los tres están unidos”. Procure en cada instancia emplear las expresiones tal cual como figuran arriba.</p>
<p>Permita que los tres alumnos tomen sus asientos, y repita con sus alumnos el texto para aprender de memoria con la mímica respectiva.</p>
<p>Ahora otros tres, para repetir el ejercicio. Mantenga un buen flujo de actividades; no incluya el primer párrafo de este ejercicio. Los conteos pueden ser reducidos a uno cada uno con la mano derecha y la izquierda.</p>
<p>Si la clase no se inquieta demasiado, bien puede continuar con el ejercicio hasta haber abarcado a todos los participantes, aun si esto requiere dos sesiones. Si resulta ser demasiado, proceda con el (e) abajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (e):</p>
<p>Presente ante el grupo tres muñecas pequeñas, bien amarradas por una tira en derredor del cinturón. Deje que los niños las admiren y las pasen de mano en mano. Mientras lo hagan, enfatice al grupo que las muñecas son tres, pero son como una por cuanto están amarradas por una misma tira. No diga que están conectadas.</p>
<p>Una vez devueltas las muñecas, invite a una niña a recoger una por el cuerpo.        “Vean ustedes, ella levantó una sola pero subieron las tres. ¿Por qué?”</p>
<p>“¡Sí! Digámoslo todos juntos: Las muñecas están amarradas la una a la otra”.</p>
<p>Otro alumno hará lo mismo, tomando una sola muñeca por el brazo, y otro tomará una sola pierna, y otra una cabeza. Cada vez que se mueven las tres, pregunte por qué tres en vez de una sola, y espere la respuesta.</p>
<p>Ahora, otra pregunta: “¿Cómo es posible que Dios el Padre, el Hijo de Dios y el Espíritu Santo sean un solo Dios?”</p>
<p>“Porque están unidos”.</p>
<p>Como en el caso del Ejercicio (d), pero según el criterio suyo, esta lección puede ser continuada hasta que cada niño haya tenido la oportunidad de tomar una muñeca en su mano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (f):</p>
<p>Dibuje en el pizarrón una hoja grande en forma de trébol. Queremos que por el resto de sus vidas los alumnos asocien esta forma con la Trinidad divina. La asociación de ideas es un factor importante en eso que llamamos “acordarse”. Escriba los tres nombres divinos en los tres pétalos del trébol, como en la página de dibujos, y léalos a la clase.</p>
<p>A medida que va señalando los nombres divinos, pida que los participantes señalen con el dedo, repitiendo con usted: “Este trébol nos recuerda de Dios el Padre, el Hijo de Dios y el Espíritu Santo. Son tres personas pero un solo Dios, unidos entre sí”. Repítalo juntos varias veces; luego, señale una y otra hoja, preguntando a quién representa. Siga en este plan hasta que crea que la mayoría de los niños haya captado el mensaje.</p>
<p>¡Hágalo bien! ¡Tenga presente que es de por vida, y su mensaje será recordado en la eternidad!</p>
<p>“¿Ahora, quién vendrá aquí adelante para señalarme cuál parte del trébol nos recuerda de Dios el Padre?”</p>
<p>Supongamos que responda un varón. Mientras él señale una parte determinada del trébol, pregunte a la clase si él está en lo cierto. Si lo es, exprese su aprobación, y si no, pida que otro alumno indique el pétalo correcto. Al preguntar al grupo su opinión cada vez, usted crea actividad y por ende interés. La instrucción mutua entre los alumnos es más eficaz que una explicación suya.</p>
<p>Continúe con el proceso, preguntando por una persona de la deidad y luego por otra, hasta que todos los niños hayan acudido al pizarrón para indicar su respuesta. Repita el texto de memoria, realizando siempre la mímica correspondiente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Diseñe en cartón un trébol pequeño y úselo como guía para trazar uno para cada participante, también en cartón. Escriba los nombres de la Trinidad al igual que hizo sobre el pizarrón en Ejercicio (f). Recorte los pétalos y permita que los alumnos los coloreen. A medida que los pequeñitos estén coloreando, vea si uno y otro puede señalar correctamente los nombres divinos. Mande este trabajo a casa con cada niño para que cuente con su lección ilustrada.</p>
<h3>Lección 8 El Padre ama al Hijo</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El Padre ama al Hijo, Juan 5.20.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>El Padre</em> Señale hacia arriba; <em>ama al Hijo</em> Doble sus brazos como si estuviera abrazando a un niño; mire hacia abajo como si le contemplara.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El propósito de esta lección es de formar una impresión del Hijo de Dios en los cielos. Más adelante construiremos sobre esta base cuando comenzamos a enseñar acerca de él como el prometido, quien al venir pondrá de manifiesto que es el Hijo de Dios sobre la tierra, el Señor Jesucristo.</p>
<p>Sea cuidadoso en la manera como se refiere a Jesucristo como el Hijo. No deje que algún alumno piense de él como un niñito hoy por hoy. Es el Hijo pero no es niño.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Dibuje en el pizarrón la hoja que usó en Lección 7, Ejercicio (f), y haga referencia a lo que se aprendió de ella.</p>
<p>Hable ahora de que el Hijo de Dios vive en los cielos con Dios el Padre y con el Espíritu Santo. Él no es niño, y tampoco es el hijo de un papá y una mamá aquí. Es el Hijo de Dios.</p>
<p>Hable de los tres pétalos de una misma hoja y recalque la idea de Hijo, Padre, Espíritu como tres en uno y uno en tres. Sea breve; no es de suponer que las mentes pequeñas van a comprender esta verdad tan profunda y sublime, ¡ya que ni los creyentes más maduros lo pueden explicar!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>El Hijo de Dios es diferente a otros hijos porque Él siempre era. Él nunca comenzó a ser. Además, Él va a ser para siempre y siempre, Juan 1.1,2 y Apocalipsis 1.8.</p>
<p>“Fulano no es un hijo así. No podemos decir que él era siempre. Fulanito comenzó al nacer como un nene chiquitico. ¡Por esto él tiene cada año un día que llamamos su cumpleaños! El cumpleaños es el día cada año que marca un año más desde cuando uno nace. Por ejemplo, si un bebé nace hoy, el día X del mes tal, este día de este mes será cada año su cumpleaños”.</p>
<p>“¿Cuántos de ustedes tienen un cumpleaños? ¡Claro! Es que todos tenemos, aun los que están aquí pero no se acuerdan de la fecha”. Hable a cada uno acerca de su cumpleaños. Explique que “cumpleaños” tiene que ver con cuando uno haya nacido. Diga a cada cual que él o ella no existía antes de nacer. “No había Fulanito. Él comenzó a existir cuando nació”.</p>
<p>Y, termine con: “Pero el Hijo de Dios nunca celebró su cumpleaños en los cielos porque Él siempre era”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Dibuje en un rincón del pizarrón una casa como aquella que figura en la página de dibujos, y ayude que cada niño dibuje una en papel. Hecho esto, vaya al pizarrón y señale la casa. Diga: “Vamos a suponer que ésta fue la casa donde vivían mi mamá y papá”. Luego, coloree con tiza o marcador más arriba de la casa (para representar los cielos) y haga una línea estilo resorte, diciendo a la vez: “Un día Dios envió un bebé a mi mamá”. Al hablar de un bebé, haga que su línea llegue a la punta de la casa.</p>
<p>Siga. “Yo no tenía nombre porque yo era nuevecita, nuevecita. Eso fue el día que yo empecé a ser. Pero el Hijo de Dios nunca empezó a ser. Él siempre era”.        Pregunte a toda la clase por qué Él nunca empezó a ser. (Probablemente se encontrará cambiando entre “comenzar” y “empezar a ser”. Mejor sería usar una sola expresión, pero si no, tenga cuidado de explicar que es lo mismo. Es nacer). Enseñe la respuesta: “Él era siempre”.</p>
<p>Invite a uno de sus alumnos a venir al pizarrón con su dibujo en la mano. Coloque su dibujo al lado de aquel que usted hizo. Señale la casa dibujada por la niña, y repita con referencia a ella lo que acaba de decir de sí mismo. “Esta casa representa la casa donde vivió la mamá de María &#8230;”, y así por el estilo, llegando a la afirmación final acerca del Hijo de Dios.</p>
<p>Si el grupo es grande, usted podrá atender a dos niños a la vez, con sus dibujos, pero uno por uno. Borre el dibujo que usted hizo. Pida que su ayudante coloque dos dibujos sobre el pizarrón, lado a lado, y siga el procedimiento indicado arriba, pero usando dos nombres en vez de uno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para concluir:</p>
<p>1. Afirme lo que ha enseñado acerca del Hijo, Padre y Espíritu, y la idea de no haber tenido un principio (no haber nacido en los cielos).</p>
<p>2. Comunique los hechos presentados en Proverbios 8.23 al 31.</p>
<p>3. Enfatice el texto para aprender de memoria.</p>
<h3>Lección 9 El Hijo de Dios</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Todas las cosas por él fueron hechas, Juan 1.3</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Todas las cosas</em> Moviendo los dedos ligeramente, haga un movimiento ancho con el brazo; <em>por él</em> Señale hacia arriba, y después de una pausa, agregue: “El Hijo de Dios;” <em>fueron hechas</em> Haga la señal <em>hacer </em>utilizada en Lección 2.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Acerca del Hijo de Dios. El Hijo de Dios en los cielos hizo todas las cosas. Dios el Padre le mandó a hacer esta obra, Efesios 3.9, Colosenses 1.15 al 17, Hebreos 1.8 al 12. Esta lección terminará por ahora nuestro estudio respecto al Hijo de Dios. Hemos venido tratando de formar una impresión de él como moraba en el cielo; la próxima vez que le presentemos se encontrará en la tierra como el niño en Belén.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>El Hijo de Dios fue el obrero que trabajó de buena gana para Dios el Padre. Haga recordar la conclusión de Lección 8, y recuérdeles a los niños de la ilustración que usted dio de la casa.</p>
<p>El Hijo de Dios es diferente a los demás hijos por otras razones también. Él es diferente porque “todas las cosas por él fueron hechas”. Repita el texto para aprender de memoria y la mímica.</p>
<p>Ahora platique con los pequeñitos acerca de las cosas que uno hace para su mamá. Averigüe si ellos tienen pequeños deberes en la casa para ayudar a sus padres. Sea atento a todo lo que ellos dicen y esté preparado para sugerir unas pocas tareas acaso sea necesario.</p>
<p>Converse sobre estos deberes y lleve los niños a la conclusión que hay veces cuando ellos no quieren recoger sus juguetes y otros enseres, o que se les lave la cara, cuidar al nene en la casa, acostarse de noche, etc. Establezca claramente que muchas veces ellos colaboran con sus padres sólo porque están obligados a esto. Ellos no están realmente dispuestos.</p>
<p>Además hay muchas veces cuando Mamá habla pero sus hijos no hacen lo que ella manda. Emplee preguntas o relate un incidente de la vida real para que sus afirmaciones sean concretas en vez de abstractas.</p>
<p>Relate como contraste el caso del Hijo de Dios en los cielos. Tan pronto como habló Dios el Padre, el Hijo hizo lo que su Padre había dicho; Génesis 1.3, Salmo 148.5, 33.9. Y, El trabajó de buena gana, Salmo 40.8, Juan 8.29.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Algunas de las cosas que el Hijo de Dios hizo para Dios Padre.</p>
<p>Cuando Dios Padre quiso hacer este gran mundo, el sol, la luna y las estrellas, Él solamente tuvo que hablar las palabras necesarias. El simplemente dijo: “Hágase el mundo. Hágase el sol. Háganse la luna y las estrellas”. Entonces el Hijo de Dios los hizo, y El hizo todas las cosas como Dios Padre quería.</p>
<p>Vamos a pensar en algunas de las cosas que Él hizo. Dibuje en el pizarrón, a medida que las vaya necesitando, algunas de las figuras que usted usó en Lecciones 2 a 6. Luego, proceda de la siguiente manera con cada una de ellas:</p>
<p>&gt;&gt; ¿Qué representa esta figura? Sí, es grama.</p>
<p>&gt;&gt; ¿Tú puedes hacer grama? Pregunte a cada uno.</p>
<p>&gt;&gt; ¿Y tu papá puede hacer grama? Pregúnteles a varios niños.</p>
<p>&gt;&gt; ¿Hay alguno en el mundo que puede hacer grama?</p>
<p>Entonces, ¿quién puede hacer la grama? Sí, tan pronto como Dios Padre dijo: “Hágase la grama”, el Hijo de Dios la hizo. Por eso decimos que Dios hizo la grama. El Hijo de Dios la hizo para Dios Padre. Repita el texto y la mímica.</p>
<p>Trate de esta manera varias de las cosas creadas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Repetición del texto en asociación con cosas creadas:</p>
<p>Explique que usted va a hacer unas preguntas a las cuales ellos tienen que dar la respuesta cada vez. La respuesta será: “Todas las cosas fueron hechas por el Hijo de Dios”.</p>
<p>Luego señale a una de sus figuras en el pizarrón —digamos un árbol— y pregunte: “Cuando Dios Padre habló y dijo, «Hagamos los árboles,» ¿quién fue el que se los hizo?” Continúe de este modo con todas sus figuras en el pizarrón. La mímica puede ser omitida.</p>
<p>Un ejemplo del ejercicio <em>Yo veo algo </em>:</p>
<p>Aparte la mirada de la clase y diga lentamente y de modo impresionante: “Yo veo muchas cosas vivientes. Estaban en el mundo de Dios cuando era nuevo.</p>
<p>Primeramente, veo dos animales grandes. Cada uno tiene una cabeza grande y cuatro patas grandes. Tienen colmillos grandes y largos, y sus narices muy largas llegan hasta el suelo. Ellos pueden recoger cosas del suelo con la punta de su nariz. El Hijo de Dios los hizo para Dios Padre. ¿Quién puede decir qué son?”</p>
<p>Si nadie puede adivinar, ayude a los niñitos, diciendo que su nombre empieza con “E” &#8230; “Ele &#8230;” “Elefantes”.</p>
<p>Nuevamente: “Veo unas cositas negras. El Hijo de Dios hizo las primeras cuando el mundo era nuevo. Tiene muchas paticas y tejen telas finas para atrapar las moscas. ¿Qué son?” Arañas.</p>
<p>Este es un ejercicio divertido. Usted puede describir una variedad de criaturas de este modo.</p>
<p>Un animal que tiene cuatro patas, que puede correr y ladrar y le gusta jugar con los niños. El Hijo de Dios lo hizo para Dios, su Padre. Es el perro. Se podría describir un gato, un cochino, un caballo, una vaca, una oveja, un gusano, un ratón, un pato, así como muchos animales conocidos. Cada ejemplo le permite repetir una vez más el hecho de que el Hijo de Dios los hizo para Dios, su Padre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d) — Trabajo para hacer en el asiento:</p>
<p>Dele a cada alumno una hoja de papel en la cual usted ha trazado cuatro líneas de guía. Estas líneas deberían usarse para escribir el texto. Trace cuatro líneas similares en el pizarrón, y luego escriba el texto entre las mismas. Escriba las letras una por una y ayude a los niños a copiar el escrito en sus hojas:</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-</p>
<p>TODAS LAS COSAS POR EL</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p>FUERON HECHAS</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p>Para finalizar, en vez de usar la mímica con el texto, haga que los niños señalen cada palabra en sus hojas mientras repitan el texto, y así los “leen”.</p>
<h3>Lección 10 El pecado entró en el mundo</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Todos sus días son dolores, Eclesiastés 2.23.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Todos</em> Un movimiento de la mano; <em>sus</em> Muestre el letrero <em>hombre </em>que se utilizó en Lección 6; <em>días</em> Señale hacia el este; luego mueva el brazo para señalar al oeste, sugiriendo así el movimiento diario del sol; <em>son dolores</em> Incline la cabeza y esconda su rostro en las manos, como si estuviera llorando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Después que el Hijo de Dios hizo el gran mundo para Dios el Padre, el mundo se cambió en un lugar de dolor y tristeza. (Usaremos los hechos de la actualidad, y no de la historia del Edén).</p>
<p>En esta lección vamos a llamar la atención de los niños sobre la clase de mundo en que ellos viven. El propósito de la lección es el de presentar una introducción al tema general de la Palabra de Dios y lo que Él nos dice en ella, haciendo un pequeño estudio del triste estado en que se encuentra el mundo como el niño lo conoce.</p>
<p>Como queremos limitarnos a hablar de estos asuntos tal como los conocen nuestros alumnos, debemos desarrollar poco a poco su comprensión de los hechos referentes al pecado y sus consecuencias, haciendo uso de conceptos que los alumnos ya tienen.</p>
<p>La tragedia del pecado y las tristezas que él ha traído se pueden ilustrar por medio de experiencias en la vida de un niño. Los niños lloran y las madres lloran. Los niños se aporrean y las madres tienen dolores. También se enferman, y algunos mueren. Estas son experiencias conocidas que podemos aprovechar con facilidad.</p>
<p>Sin embargo, haríamos bien en recordar que a veces las tristezas no les pesan mucho a los niños. Para la mayoría de ellos el mundo es un lugar muy maravilloso. Ellos no piensan en tristezas y problemas, y mucho menos los esperan. Las perturbaciones emocionales a menudo son olvidadas tan pronto que pasa la tormenta.</p>
<p>Pasarán muchos años antes que la experiencia les haya enseñado que las tristezas, desilusiones y dolor son inevitables y pueden venir en cualquier momento. Pero no debemos suponer que los niños ya deben saber estas cosas. La actitud del niño ante todos los acontecimientos desagradables es asombro que semejantes cosas sucedan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p>Para hacer que los alumnos se den cuenta de que los problemas se presentan tanto a los pequeños como a los grandes, primero haremos unas preguntas y luego contaremos algunas historias.</p>
<p>¿Alguna vez han oído llorar a un nene? ¿Lloran muchas veces los nenes? ¿Por qué lloran? ¿Por qué no se ríen todo el tiempo? Las respuestas que sus alumnos dan no tienen mayor importancia. Las preguntas se hacen sólo para que ellos se pongan a pensar en las tristezas de la vida.</p>
<p>¿Los niñitos lloran alguna vez? ¿Y tú lloras a veces? ¿Por qué lloras? Trate de obtener todas las razones que puede. Haga preguntas similares en cuanto a las madres.</p>
<p>Si los niños han hablado de lágrimas debido a una enfermedad, un accidente o la muerte, pregunte por qué la gente se enferma, se lastima o se muere. ¿Por qué todo el mundo no puede estar contento todo el tiempo? No dé explicación alguna, ya que esperamos permitir que Dios nos hable en Lección 12 desde su Gran Carta, la Biblia, para decirnos las razones de estas cosas. Limítese a comentarios en cuanto a lo extraño de esta situación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las historias:</p>
<p>Si no sabe alguna historia, usted puede inventar algunas historias tipo “supongamos &#8230;” a medida que la clase va progresando. Es casi imposible imaginarse un simple problema que no le haya sucedido a algún niño, alguna persona, en algún lugar en alguna ocasión.</p>
<p>Describa la tristeza de:</p>
<p>&gt;&gt; Un niñito perdido en las calles de la ciudad.</p>
<p>&gt;&gt; Una niñita que tiene hambre porque su papá no tiene empleo.</p>
<p>&gt;&gt; Un niñito con un brazo fracturado que le duele.</p>
<p>&gt;&gt; Un niño angustiado por la muerte de su perrito.</p>
<p>&gt;&gt; Una niña que está inconsolable porque se le rompió su muñeca.</p>
<p>Si hace una lista de hechos concretos de semejantes momentos de tristeza, encontrará que le será de mucho provecho en esta lección. Casi todo el tiempo de la clase se ocupará en conversar sobre estos acontecimientos. De esta manera usted dejará a sus alumnos entender que el mundo debe ser un lugar de muchas tristezas.</p>
<p>Cuando la sesión esté llegando a su fin, pregúnteles una vez más a varios niños si ellos saben por qué debe ser así. Entonces diga: “Ninguno de nosotros parece saber por qué tiene que haber tanta tristeza en el mundo. ¿Hay alguno que sí sabe por qué? Sí, Dios sabe por qué. ¿Verdad que sería bueno si Dios nos hablara y nos dijera la razón? ¡Pero sí nos ha dicho por qué! y pronto esperamos aprender cómo Dios nos ha hablado a nosotros aquí en la tierra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>En casa usted puede hacer calcos de papel carbón, copiados del periódico, de las caras de diferentes personas. Prepare tantos como pueda.</p>
<p>Los varones deben tener un dibujo de la cara de un niño y de un hombre, y las hembras, de una niña y una mujer. Haga dibujos similares en el pizarrón; entonces, mientras va explicando por qué cada uno está llorando, dibuje unos puntos debajo de sus ojos, para representar lágrimas que caen. Luego la clase copiará lágrimas en sus dibujos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nota: No hará falta que esta lección se repita. Una sola presentación completa será suficiente.</p>
<h3>Lección 11 Dios hablaba directamente</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Oyeron la voz de Jehová Dios, Génesis 3.8.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Oyeron</em> Forme con la mano una bocina detrás de la oreja; <em>la voz</em> Coloque los dedos sobre la garganta; <em>de Jehová Dios</em> Señale hacia arriba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Hace mucho tiempo, Dios hablaba a la gente del mundo con su propia voz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Pregunte: “¿Dónde vive Dios?” Todos señalan hacia arriba y dicen: “Arriba en el cielo, más allá de las estrellas”. “¿Quién es Dios?” “Él es Dios Padre, el Hijo de Dios y el Espíritu Santo”. Dios es tres Personas, pero un solo Dios, porque están unidas.</p>
<p>Hoy vamos a hablar de cómo Dios habla a nosotros que estamos en el mundo. Repase las conversaciones de Lección 10 sobre la tristeza, y repita la necesidad que tenemos de que Dios nos diga las razones de estas tristezas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Pregunte, “¿Cómo hablan las personas? ¿Cómo lo hacen?” Podrá recibir respuestas tales como “con sus bocas / gargantas / lenguas”. Permita que los niñitos, uno por uno, coloquen sus dedos sobre su laringe mientras usted repite el texto para aprender de memoria. Ellos sentirán las vibraciones en su garganta al mismo tiempo que usted pronuncia las palabras. Explíqueles que usted estaba hablando con su voz, y que eso era lo que producía esa “tembladera” en su garganta.</p>
<p>Hecho esto, haga que los niños coloquen sus dedos sobre sus propias laringes. Tendrá que asegurarse de que en efecto tienen sus deditos sobre la garganta y no sobre la ropa, ni apenas tocando la piel de su garganta. Ellos deberán sentir las vibraciones si el ejercicio de la voz les va a quedar grabado.</p>
<p>Entonces, todos juntos, digan: “¿Cómo hablan las personas? Hablan con sus voces”. Repita el experimento hasta que usted quede satisfecho que todos han captado la idea de los sonidos del habla se producen con la voz.</p>
<p>Termine el ejercicio con una prueba que deberán efectuarse varios alumnos: “¿Cómo hablan las personas? Hablan con su voz”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Ahora explique que Dios también tiene una voz, y que antes Él hablaba a las personas del mundo con su voz. Esto hace mucho tiempo. Relate las cuatro historias siguientes para ilustrar esta verdad:</p>
<p>&gt;&gt; La voz de Dios puede ser una voz muy fuerte, que suena como una gran trompeta; Éxodo 19.16, 20.1,18,19, Deuteronomio 18.16.</p>
<p>&gt;&gt; También puede ser una voz suave y baja; 1 Reyes 19.1 al 18.</p>
<p>&gt;&gt; El antes hablaba con Papá Adán y Mamá Eva; Génesis 3.1 al 19.</p>
<p>&gt;&gt; El llamaba también al pequeño Samuel; 1 Samuel 3.14.</p>
<p>Relate las historias con los detalles que sean necesarios. Ellos son para ilustrar una verdad, así que no habrá necesidad de esperar hasta que les queden grabados estos relatos, aunque las historias le permitirán usar la lección por lo menos dos veces.</p>
<h3>Lección 12 Dios hablaba por ángeles y profetas</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Habló Dios todas estas palabras, Éxodo 20.1.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Habló</em> Toque los labios; <em>Dios</em> Señale hacia arriba; <em>todas estas palabras</em> Los niños señalan a su Biblia, abierta y sostenida en alto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios habló hace mucho tiempo a la gente del mundo, no sólo con su voz, sino también por medio de ángeles mensajeros y por medio de hombres profetas. Por último, habló por su Hijo, Hebreos 1.1,2. Pero, para evitar confusión en esta etapa, omitiremos esta referencia, y hablaremos de sus grandes mensajes por medio de la Biblia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Brevemente repase Lección 11 y reafirme la verdad que Dios ha hablado a las personas en el pasado con su propia voz.</p>
<p>Hable de: “¿Alguno de ustedes ha oído a Dios hablar con su voz? ¿Creen que Dios se baja y pone su boca en las nubes y habla así a los niños? No. Pocas personas han oído a Dios hablar con su voz. Pero Él tiene otras maneras de hablar a la gente. Hace mucho tiempo hablaba por medio de ángeles mensajeros”.</p>
<p>Relate las siguientes historias como ilustración, usando cuadros bíblicos si los tiene:</p>
<p>&gt;&gt; A Agar; Génesis 16.7 al 13.</p>
<p>&gt;&gt; A Lot y su familia; Génesis 19.</p>
<p>&gt;&gt; A Abraham; Génesis 22.1 al 14.</p>
<p>&gt;&gt; A la esposa de Manoa; Jueces 13.1,2.</p>
<p>Repita frecuentemente el texto para aprender de memoria con la mímica, enfatizando que Dios puede hablar a las personas por medio de sus mensajeros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Dios tenía otras maneras también de hablar a las personas. Él les habló por medio de sus hombres profetas. Pocas personas vieron un ángel o escucharon el mensaje de un ángel, pero muchas vieron y escucharon a los profetas. Dios los envió con muchos recados y muchos tipos de mensajes.</p>
<p>Ahora usted deberá relatar varias historias del tipo mencionado a continuación. Aunque las debería contar con el propósito primordial de mostrar cómo Dios habló por medio de sus siervos, sería aconsejable usar varias sesiones para decir a su clase historias del Antiguo Testamento referentes al empleo que dio Dios a este método de hablar. Habrá más adelante repetidas referencias a los profetas y sus mensajes.</p>
<p>&gt;&gt; Para hacerle rey a un joven; 1 Samuel 16.1 al 13</p>
<p>&gt;&gt; Para informarle de comida a una mujer hambrienta; 1 Reyes 17.1 al 16</p>
<p>&gt;&gt; Para decirle a una pobre viuda cómo conseguir aceite; 2 Reyes 4.1 al 7</p>
<p>&gt;&gt; Para informarle a una mujer que ella iba a tener un niño; 2 Reyes 4.8 al 17</p>
<p>&gt;&gt; Para darle vida nuevamente a un niño muerto; 2 Reyes 4.18 al 37</p>
<p>&gt;&gt; Para avisarles a una gente mala de un castigo que iba a venir; Jonás 1, 2 y 3</p>
<p>Pero: Reserve para lecciones posteriores cualquier mención de los mensajes acerca del Cristo prometido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Los hombres profetas no podían estar en todas partes, ni tampoco podían llevar sus mensajes a todas las personas. Dios quería hablar sus mensajes de tal modo que cada persona en el mundo los pueda escuchar.</p>
<p>Ya que Él puede hacer todo, Él encontró una forma maravillosa de hacerlo. “Ahora, yo quiero que ustedes piensen en algo: ¿Hay alguno de ustedes que tiene una abuela que vive muy lejos de su casa?” Permita que los niñitos le digan todo en cuanto al tema; luego continúe: “Ahora, supongan ustedes que su abuela que vive lejos quiere decirles que se vengan en el autobús a su casa para visitarla. ¿Cómo podría ella decirles que vengan? Si ella saliera al patio y les llamara, ¿ustedes la podrían oir? ¿Si llamaría muy duro, la podrían oír diciendo que vinieran? No; ella no podría hacer que ustedes la oyeran. Entonces, ¿cómo podría ella decirles?”</p>
<p>No vaya de prisa con estas preguntas; deles a los niños oportunidad para considerarlas. Si alguno sugiere que la abuela podría llamar por teléfono, explíqueles que muchos niños no tienen teléfono en su casa. Si usted no recibe la sugerencia deseada, pregúnteles qué es que trae el cartero, o por qué va uno al correo, o por qué se envían telegramas urgentes a cargo del bodeguero [el señor del abasto o tienda] u otra persona en el barrio [la colonia] que conoce a su familia.</p>
<p>Cuando todos han decidido que la respuesta debe ser “cartas”, usted puede describir la forma en que la abuela escribiría la carta, qué pondría en ella, y cómo la entregaría en la oficina del correo.</p>
<p>Luego, explique que eso fue lo que hizo Dios con nosotros aquí en el mundo. El no podría hablarnos a todos desde el cielo, así que habló las palabras de su mensaje y las envió en su Gran Carta, la Biblia.</p>
<p>Ahora permita que cada niño sostenga en sus manos una Biblia relativamente grande, para que sienta lo pesado que es. Enséñele a cada niño, al levantar la Biblia, que debe haber mucho en la Carta de Dios, o no pesaría tanto. Compárelo con lo liviano de una carta del señor cartero. Ellos deben comprobar el peso de los dos al mismo tiempo, usando una vieja carta suya.</p>
<p>Finalice con el texto para aprender de memoria.</p>
<h3>Preparación para Lección 13</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como la mayoría de los niñitos en la clase de principiantes jamás han recibido una carta suya propia, ellos no aprecian el significado que puede tener una carta. Por lo tanto, no comprenderán cuando usted dice que la Biblia es la Carta de Dios para ellos.</p>
<p>Por esto, escríbales antes del próximo domingo. Envíe una carta a cada miembro de la clase; una carta que será recordada por mucho tiempo. Simplemente escriba a cada cual una nota sencilla, diciendo que usted pensaba que a su alumno o alumna le gustaría recibir una carta de usted.</p>
<p>Si hay un buen servicio de correo donde sus alumnos viven, mándela por correo, asegurándose que llegue por sorpresa. Si esto no es factible, envíe la carta —en su sobre correspondiente— por la vía más indicada. No la entregue usted en la escuela dominical, ni nada de esto. A falta de otra vía, puede entregar el sobre a una vecina evangélica, para que ella la entregue personalmente. Pero, haga lo posible para que la correspondencia llegue a cada niñito por mano de otra persona, preferiblemente el cartero.</p>
<p>Ya que ellos no la podrán leer, usted tendrá que hacerla de interés personal, intercalando entre las palabras y líneas algunos dibujitos que ellos pueden buscar e identificar. Ponga estrellas, corazones, cruces, flores, etc., preferiblemente coloreados.</p>
<p>A algunos maestros les gusta incluir calcomanías de pájaros o flores. Tome la cosa en serio: ¡Varias de las cartas que escribió el autor de estas lecciones fueron guardadas por más de veinte años, y bien pueden existir algunas todavía!</p>
<h3>Lección 13 Dios habla por la Biblia</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>La escritura era la escritura de Dios, Éxodo 32.16.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>La escritura</em> Los niños señalan la Biblia del maestro, sostenida en alto; <em>era la escritura</em> Mueve la mano derecha como si estuvieran escribiendo en la palma de la mano izquierda; <em>de Dios</em> Señalen hacia arriba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>La Biblia es la Gran Carta de Dios a nosotros en el mundo. También se llama <em>la Palabra</em><em> de Dios</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Pueda que los niños estén impacientes por contarle de las estupendas cartas que recibieron durante la semana, pero sería mejor disuadirles de hacerlo hasta que llegue al Ejercicio (c). Examine dos o tres Biblias. Hágales ver que todas tienen las mismas palabras escritas en ellas.</p>
<p>“Miren esta página. Es la primera en la  Gran Carta de Dios, la Biblia. ¿Quién me puede decir cómo pudieron todas estas palabras llegar a esta página?” Tal vez no habrá respuestas. Repita el texto para aprender de memoria y la mímica de Lección 12. Dígales que Dios habló todas las palabras en la  Biblia, pero que nadie puede hablarle palabras a un libro y hacer que se queden allí.</p>
<p>Demuestre este hecho enseñándole a la clase una página en blanco de su registro de asistencia o algún otro libro. Sosténgala cerca de su boca y repita despacio el texto para aprender de memoria. Luego muestre la página en blanco y pregunte a los alumnos si pueden ver algunas palabras en ella. Si desea, puede permitirle a la clase que pruebe este experimento también. Luego observe que las palabras tienen que ser escritas para que se queden en un libro.</p>
<p>Ahora permita a cada niño que raye un poco con lápiz en la página en blanco. Al terminar cada uno, enséñele a la clase que las “palabras” que el niño escribió sí se quedaron en el libro. Explique que Dios mandó a escribir las palabras de su mensaje a nosotros en su Libro, la Biblia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Llame aparte al niño mayorcito y haga que le diga algo (tal como, “Yo quiero a mi papá”, o “Muñeca”, etc.), lo cual usted escribirá en el pizarrón. Después de escribirlo, léalo en voz alta a la clase. Anime a cada niño a que le dé algún mensaje para escribir. Haga comentarios libremente durante el ejercicio: “Ven cómo se hace, niños. María me dice las palabras y yo las escribo en el pizarrón. Ahora, yo escribí las palabras, pero en realidad ¿de quién son las palabras? ¿Son mías o de María?</p>
<p>Cuando todos han tomado su turno, escriba unas oraciones en su libro que sean dictadas por varios alumnos. Enséñales que las palabras de los alumnos están ahora ahí en el libro. Léanlos para comprobárselo; haga ver la idea de la lección, que así fue con la Gran Carta de Dios, la Biblia. Él habló las palabras a sus siervos, y entonces ellos las escribieron en un libro; 2 Pedro 1.21. Cuando se terminó, lo mandó a nosotros en el mundo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>El Gran Libro de Dios, lleno de sus palabras que sus siervos escribieron, vino a ser su Gran Carta, la Biblia. “¿A alguno de ustedes le han mandado alguna vez una carta?” Deje que los niños le cuenten en cuanto a las cartas que recibieron durante la semana. Quizás algunos de ellos las habrán traído; si es así, léalas en la clase.</p>
<p>Comente sobre el hecho de que ellos las recibieron sólo porque usted se las mandó. Pregunte de quién son las palabras en las cartas, y cómo llegaron. Luego señale las semejanzas entre ellas y la  Gran Carta de Dios, la Biblia. Repita varias veces el texto para aprender de memoria con la mímica.</p>
<p>Para ilustrar y grabar el concepto de un mensaje enviado, dele a cada niño, al final de la clase, una noticia para llevar a su mamá. Podría ser algo así:</p>
<p>Apreciada señora:</p>
<p>Esta nota es para decirle que María se porta bien en la escuela dominical.</p>
<p>Firmado</p>
<p>..El propósito de esta noticia es para inculcar en el niño la idea de un mensaje enviado, que es una de las expresiones que usamos para describir la Biblia.</p>
<h3>Lección 14 Dios odia al pecado</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El pecado entró en el mundo por un hombre, Romanos 5.12</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>El pecado</em> Haga un movimiento ondulado con la mano en el aire, para representar los movimientos de una serpiente; <em>entró en</em> Extienda sus brazos adelante, y luego acérquelos a su corazón; <em>el mundo</em> Haga un movimiento ancho del brazo; <em>por un</em> Levante el dedo; <em>hombre</em> Use la señal de <em>hombre </em>de Lección 6.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Ahora empezamos a ver algunas de las cosas que Dios nos ha dicho en su Gran Carta, la Biblia. Nuestro primer tema será el pecado. Dios lo aborrece y tiene que castigarlo siempre. Se dedicará esta lección a llamar la atención de los niños, y grabar en sus mentes, la palabra <em>pecado</em>. Por ahora no la vamos a explicar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Repase Lección 6, donde Dios hizo a Papá Adán y Mamá Eva. Agregue la idea que desde ese entonces han nacido muchos niñitos, y que Dios los hizo a todos. No se quedaron chiquitos, sino que crecieron y llegaron a ser personas grandes. Ahora hay muchísimas personas en el mundo. Haga preguntas referentes a las lecciones que trataron sobre las diferentes maneras en que Dios les ha hablado: por medio de su voz, ángeles, profetas, y ahora por su Gran Carta, la Biblia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Pase la Biblia grande de uno a otro para que los niños se den cuenta del peso que tiene. Esto le permite a usted hablar del hecho de que debe haber mucho en la Gran Carta de Dios. Dígales que hoy la clase va a empezar a ver algunas de las cosas que Dios tiene que decirnos.</p>
<p>Dibuje en el pizarrón una culebra grande. Pregunte qué es lo que ha dibujado. Enséñeles que la serpiente representa algo que a Dios no le agrada, y Él tiene que castigar siempre. Es algo que entró aquí en el mundo.</p>
<p>Repita varias veces el texto para aprender de memoria con la mímica, y luego pregunte qué fue lo que entró en el mundo. Siga insistiendo hasta que los niños relacionen firmemente la idea que el pecado entró en el mundo y la idea que la culebra hace recordar el pecado.</p>
<p>Por último, haga que la clase repita con usted el dicho: “A Dios no le gusta el pecado, y Él siempre tiene que castigarlo”. Esta debe llegar a ser una afirmación muy común en la clase, para ser repetida una cantidad de veces en las semanas y meses por venir, según Dios permita.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Escriba con tiza o marcador tres sílabas en letras grandes: PE-CA-DO. Enséñele a la clase cómo pronunciar las sílabas. Repita la palabra varias veces, asegurándose de que los niñitos la pronuncien correctamente.</p>
<p>Luego saque tres tarjetas preparadas previamente que tengan las esquinas cortadas para que los alumnos puedan diferenciar el lado de arriba del lado de abajo. Estas tarjetas muestran por separado las sílabas PE CA DO, moldeadas con creyón rojo. Las tarjetas deberán tener una altura de unos diez centímetros cada una.</p>
<p>Señalando la sílaba PE en el pizarrón, coloque la tarjeta PE directamente debajo de la sílaba. De igual forma hágalo con las tarjetas CA y DO. Luego diríjase a la clase y pregunte qué es lo que usted ha formado con las tarjetas. Cuando hayan contestado “pecado”, pregunte: “¿Alguno puede formar «pecado» con estas tarjetas como lo he hecho yo?” Permita que los voluntarios hagan un intento; luego llame a cada niño para que haga lo mismo.</p>
<p>Si algún niño se equivoca, no lo corrija. Pregunte a la clase si “pecado” está hecho bien. Así la atención de todos estará puesta en la forma de la palabra. Pídale a algún niño que ha contestado “no” que venga y corrija el error.</p>
<p>Parece que a los niños les gusta mucho esta lección. Deberá repetirse varias veces antes de pasar a la próxima. La repetición junto con la actividad proporciona una fuerte relación a ser recordada. La habilidad a reconocer la palabra escrita crea una fuerte asociación en la memoria, la cual puede usarse en el futuro.</p>
<p>Al final de la última lección sobre este tema, entréguele a cada alumno un juego de las tarjetas PE-CA-DO en miniatura. Este juego servirá de “tarea” y posiblemente algunos de sus niñitos lo atesoren por muchos días.</p>
<h3>Pasos del niño pequeño</h3>
<p>La imaginación —o la ficción— unida con la imitación es ya un proceso natural en el desarrollo del niño, y desde esta edad hasta que empiece en la escuela, seguramente su pequeño mundo va a estar repleto de cosas y personas imaginarias.</p>
<p>No tendremos que hacer mucho uso de esta tendencia de conducta en nuestras clases de la escuela dominical, pero debemos tenerla muy en cuenta, ya que es de sumo valor en el desarrollo mental de los niños.</p>
<p>El empleo constante de músculos y sentidos les permite a los niños progresar desde los movimientos bruscos, casi tirones, que les caracteriza en la infancia, de manera que ahora ellos pueden correr y jugar adrede. De esta misma manera, los intentos suyos de crear actividades imaginarias de todo tipo constituyen una especie de ejercicio cerebral que les asegurará un comienzo en el camino del pensamiento razonado.</p>
<p>Muchos creyentes concienzudos no han comprendido este proceso, y han desaprobado las tales “imaginaciones vanas”, considerándolas como producto de una naturaleza corrompida. Pero pareciera que las actuaciones en el juego, los simulacros y las fantasías de los niños tienen algún reconocimiento en las Escrituras. El libre juego suyo será una de las bendiciones divinas en la época del reino, el milenio; véanse Isaías 11.8 y Zacarías 8.5.</p>
<p>Los detalles que aparecen en la imaginación nunca van más allá de las experiencias y observaciones del niño. Ya que este principio es un factor activo en el desarrollo de la inteligencia del niño, nos ayudaría en la enseñanza si nos diéramos cuenta de la fuerza que tiene. Los padres a veces rechazan este principio, insistiendo que su hijo se imagina situaciones mucho más raras de las que ha vivido.</p>
<p>Sin embargo, esta conclusión es, en el mejor de los casos, sólo una verdad a medias, porque si esos padres analizarían los detalles de las fantasías de su hijo, ellos descubrirían que todos podrían tener explicación como algo visto, oído o sentido de alguna manera en alguna oportunidad de la vida real del niño.</p>
<h3>Lección 15 Todos somos pecadores</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Todos pecaron, Romanos 3.23.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Todos</em> Un ancho movimiento del brazo, para incluir a todos en la clase; <em>pecaron</em> Use la señal de la línea ondulada que significa <em>pecado</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Otra lección sobre el pecado, donde trataremos de progresar de la idea objetiva de las tarjetas que dicen PE-CA-DO a una idea abstracta de la naturaleza del pecado.</p>
<p>Favor de no permitir que estas dos voces de la enseñanza le asusten al punto de no prestar la debida atención. En esta lección surge un problema didáctico que se le presentará a menudo cuando usted está dando clase. Se debe al hecho de que los niños pequeños piensan mayormente en función de lo objetivo, mientras que las expresiones espirituales son necesariamente de índole abstracta.</p>
<p>Por lo tanto, la tarea suya será la de: (a) Siempre comenzar por lo objetivo y luego progresar a una explicación abstracta, o (b) Transformar todas las posibles ideas abstractas en una aplicación concreta u objetiva. “Selah”.</p>
<p>Las personas adultas son dadas a la forma de pensar abstracta y por eso los niños a veces no nos comprenden. Un visitante apurado dice de repente: “¡Bueno, ahora tengo que volar!” Para los adultos el significado está claro, pero el niño de cuatro años le mira perplejo, y pregunta cómo puede aquel señor volar si no tiene alas.</p>
<p>Consideremos algunos ejemplos para permitirnos reconocer los dos tipos de expresión:</p>
<p>&gt;&gt; Una casa. Objetivo — una estructura de paredes, ventanas, puertas, techo, etc. Abstracto — un lugar donde vivir.</p>
<p>&gt;&gt; Una caja. Objetivo — una cosa de cuatro lados, una tapa y un fondo, normalmente hecha de madera o cartón. Abstracto — un artículo diseñado para contener cosas.</p>
<p>&gt;&gt; Un árbol. Objetivo — algo que tiene tronco, ramas y hojas. Abstracto — algo bello que nos da sombra.</p>
<p>Dos niños vieron un gato en la calle. Uno vio un animalito peludo de cuatro patas. El otro vio una criatura tierna que él podía abrazar y acariciar. El primer niño pensó objetivamente, ya que sólo vio el objeto en sí. El segundo pensó de una manera abstracta y sacó una idea de un todo diferente a lo que sus ojos le presentaron a su mente.</p>
<p>Ahora veamos el problema de esta lección. Empezamos presentando el pecado objetivamente — unas sílabas en el pizarrón, las cuales el alumno puede hacer con tres tarjetas. Sin duda sus niñitos están seguros que el pecado es unas sílabas hechas en un pizarrón y que ellos lo pueden reproducir con sus tarjetas. Asimismo una culebra puede ser para algunos un dibujo que se hace en el pizarrón. Un corazón puede ser simplemente otro objeto que se dibuja; de aquí que el pecado en el corazón será simplemente tres sílabas trazadas dentro de una figura de un corazón.</p>
<p>Por lo tanto, nuestro propósito en esta lección debe ser el de ayudar a los niños a extraer para sí la naturaleza del pecado de la introducción objetiva al tema que ellos recibieron en la Lección 14.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Haga un repaso de Lección 14 y, hecho esto, dibuje en el pizarrón la forma de una culebra. Pregunta: “¿Qué es esta cosa todo torcida?” Respuesta: “¡Es una culebra!” “¿Pero una culebra de veras? Si lo toco con un palo, ¿se moverá? Nos va a decir sss &#8230; sss?” “No — esa culebra no se mueve. No dice sss &#8230; sss. No es una culebra de verdad, verdad. ¡Es el dibujo de una culebra!”</p>
<p>Dibuje otras figuras: una fruta, una casita, un árbol, etc., y pregunte al grupo de la manera como hizo con la culebra. Tome tiempo; queremos que quede bien grabada esta idea de que “es sólo el dibujo de un &#8230;” Sería bueno que los alumnos le preguntaran a usted; a ellos les gustaría pasar al pizarrón y hacer el interrogatorio.</p>
<p>Esto le dará a usted la oportunidad de afincar la respuesta:   “¡No!  Es solamente el dibujo de &#8230;”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Borre sus dibujos y escriba: PECADO. Pida a algunos de los alumnos que coloquen sus tarjetas PECADO debajo de las letras suyas, como se hizo antes. Ahora, pregunte: “¿Qué es esa palabra?” La respuesta será: “Es PECADO”, y usted continuará preguntando acerca de los dibujos que había sobre el pizarrón. “¿Esa culebra, era de veras una culebra? ¿Aquella casita era en verdad una casita?”</p>
<p>“Pero esta palabra PECADO que he escrito, ¿es pecado?” “¡No —es solamente una palabra!” “Sí, es sólo un cuadro en forma de una palabra. Todos podemos decir esa palabra (que lo digan); todos podemos escribir esa palabra (escríbalo, o pida al asistente hacerlo). Cada uno puede deletrear PECADO en su tarjeta (que lo hagan). Pero nada de eso es pecado”.</p>
<p>“Dios odia al pecado, y siempre lo castiga. Estas tarjetas y este pizarrón no nos dicen qué es el pecado, ni dónde está. Pero la Gran Carta de Dios, la Biblia, sí nos dice mucho acerca del pecado”.</p>
<p>“El pecado es malo, muy malo, y el pecado vive en nosotros. Del corazón salen los malos pensamientos”. (Marcos 7.21 al 23) El grupo debe repetir esta verdad varias veces: “Del corazón salen los malos pensamientos”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>“¿Sabías que tú (escoja al alumno que menos atención presta) tienes un corazoncito metido allí muy adentro en tu casa-cuerpo?” Enfoque la atención sobre esta verdad, preguntando a varios de los chicos.</p>
<p>Ahora, pasee entre el grupo, por el tiempo que su interés permita, colocando la mano sobre un pecho y otro, y comentando: “Hay un pequeño corazón allí adentro, y va pum, pum, pum, día y noche, mes tras mes. Sólo Dios lo puede ver”. Y finalmente: “Mire, esta noche, cuando nos acostemos, podremos sentirlo. Vamos a pedir a Mamá que explique dónde poner la mano sobre el corazón”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Para el Ejercicio (a), el grupo puede moldear culebras (o casitas, etc.) de plastilina. Para el Ejercicio (b), surta papel con la forma de un sobre de correo trazado ya. Invite a los alumnos a “escribir cartas” con dirección, “estampillas”, etc., pero sin mucho estilo, por supuesto. Y para el (c), ayude a los niños a formar corazones de cartón. Explíqueles cómo doblar y cortar, conforme al estilo suyo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nota: No conviene en este caso realizar los tres ejercicios y luego repasar los tres. Mejor sería dar la clase sobre el (a) o el (b), y entonces repasar éstos antes de proceder con lo que falta.</p>
<h3>Lección 16 El pecado nos echó a perder</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Dios, ten misericordia de mí, pecador, Lucas 18.13 (Versión 1893)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Dios </em>Señale hacia arriba; <em>ten misericordia</em> Las manos levantadas como si estuviera orando; <em>de mí</em> Cada uno se señala a sí mismo; <em>pecador</em> Haga sobre su corazón la señal de la línea ondulada que significa <em>pecado</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>¡El pecado me ha echado a perder!</p>
<p>Usted notará que aun la mente natural de un niño pequeño se siente ofendida por tal verdad. Por tanto, será necesario desarrollar esta idea cuidadosa y firmemente, por cuanto las mentes pequeñas pueden cerrarse a verdades desagradables con la misma resolución que las de los adultos. Estas lecciones se dedican a este tema.</p>
<p>¡Desarrolle bien la idea! Sólo el Señor sabe cuán importantes pueden ser estas tres lecciones más tarde en la vida del niño.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Relate la historia de Adán y Eva hasta el nacimiento de Caín y Abel. Continúe de esta forma: “Seguramente Papá Adán y Mamá Eva estaban muy contentos con sus dos varoncitos; pero poco a poco se dieron cuenta de algo muy triste. Tanto Caín como Abel resultaron ser pecadores, así como su papá y mamá. “¡Y así es que sucede siempre!”</p>
<p>“Si una mamá gallina pone huevos, y los huevos se abren, siempre van a salir pollitos. Si una mamá perra tiene hijitos, de seguro que van a ser perritos cada vez”. Continúe de este modo, haciendo referencia a los animales y pájaros conocidos.</p>
<p>“Y así fue que pasó con los hijitos de Papá Adán y Mamá Eva. Cuando Adán y Eva comieron lo que Dios dijo que no comieran, entonces enseguida el pecado entró en sus corazones y se quedó ahí. Ellos pecaron todos los días después de eso —no podían evitarlo. Tan pronto que el pecado entró en sus corazones ellos ya eran pecadores, y por esta razón Caín y Abel salieron pecadores también. Desde ese entonces han nacido muchísimos niñitos, y cada uno de ellos, menos el Hijo de Dios, o sea Jesús, resultó ser un pecador también”. Repita con la mímica el texto de la lección anterior.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Repase el Ejercicio (c) de Lección 15. Luego pregunte: “¿Alguno de ustedes ha visto alguna vez su corazón?” Pregúnteles a varios niños. “¿Puede alguno ver el corazón mío?” Sugiera que usted podría quitarse alguna prenda exterior. “¿Entonces podrían verlo? Y si yo me quito toda la ropa, entonces podría ver mi corazón? ¿Por qué no? Porque está muy adentro”.</p>
<p>Ahora vaya a cada niño y haga la siguiente observación: “Y (nombre) tiene allí adentro un corazoncito que hace pum, pum, pum todos los días y todas las noches. Yo no lo puedo ver porque está muy adentro”.</p>
<p>“Ninguno de nosotros puede ver nuestro corazón. Nuestro papá y nuestra mamá tampoco lo pueden ver. ¿Hay alguien que ve por dentro y ve nuestro corazón? &#8230; Sí, Dios lo puede ver”.</p>
<p>Ahora, enseñe lo siguiente como ha hecho con los otros textos. Es Génesis 16.13 en la Versión Moderna: <em>Tú</em> Señalar hacia arriba; <em>Dios</em> Señalar hacia arriba otra vez; <em>me</em> Tocarse a sí mismo; <em>ves</em> Tocarse los ojos.</p>
<p>Haga énfasis en que Dios nos ve a cada uno. El nos ve por dentro y por fuera; ve nuestro corazón. El nos habla en su Gran Carta, la Biblia, del pecado malo que está ahí adentro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>El asistente al maestro reparte la plastilina. Cada niño hace una “manzana” con un “centro negro” por dentro. Para esto cada niño necesitará un poco de plastilina de un color claro y un pedacito de plastilina oscura o, si no, unos pedacitos de carbón podrían servir.</p>
<p>Cada niño debe tomar un pedazo más o menos grande de plastilina, aplastarlo, y luego formar una pelota con él. Pedacitos de palillo podrían servir de “tallos” para las “manzanas”. Cuando todos estén terminados, el asistente recoge cuidadosamente las “manzanas” y las presenta al maestro. Si el maestro no tiene asistente, uno de los alumnos puede hacer esto.</p>
<p>Ahora el maestro, como si estuviera jugando con los niñitos, acepta las manzanas con toda seriedad y habla de lo bonito que son. Luego saca un cuchillo de pelar y dice que va a comer unas cuantas. Mientras hace la mímica de pelar una (para llamar la atención de cada niño), el maestro habla de lo sabroso que será esa manzana tan hermosa, haciendo notar que no tiene ni gusano ni manchas feas. Cuando todos los ojos están fijos sobre el maestro, él pica la fruta, ¡y se consigue con la parte mala por dentro!</p>
<p>Comente: “Yo no le vi nada de malo a mi manzana. ¿Y ustedes, niños? ¿Por qué no vi esa cosa mala y negra antes? &#8230; Porque estaba por dentro . ¿Alguno de nosotros podría haber visto esa cosa mala y negra cuando yo estaba pelando la manzana?” Al recibir la respuesta que “no”, pregunte: “¿Hay alguien que la podría ver todo el tiempo?” Luego: “Sí, Dios lo podría ver. El puede ver por dentro de todo, y a nosotros también nos puede ver por dentro”.</p>
<p>Tome una manzana y repita el experimento. Para evitar que desprecie a algún niño, usted debe picar cada manzana. Comente: “Todos son iguales. No hay ninguna diferencia. Todas tienen una cosa mala y negra por dentro. Y así es con nosotros, cada uno, tanto ustedes como yo. Cada uno tiene un corazón muy malo por dentro porque está manchado por el pecado”.</p>
<p>“Y así como esa cosa mala y negra que estaba dentro de esas manzanas de plastilina las echó a perder para mí, así el pecado malo en nuestro corazón nos ha echado a perder para Dios. Cada uno se ha echado a perder a causa del pecado”.</p>
<p>Repita el texto de memoria con la mímica. Luego, relate la parábola del Señor acerca del fariseo y el publicano, Lucas 18.9 al 14. Explique que el publicano reconoció que él estaba echado a perder por el pecado; en cambio, el fariseo no quiso reconocer esto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Dibuje en el pizarrón una figura aproximada de un niño. Hágalo suficientemente grande para que quepa un corazón de cierto tamaño. Cuando haya terminado la figura, pegue una hoja de papel, por el lado arriba solamente, sobre el sitio donde iría el corazón, usando para esto unos chinches (tachuelas) o tiro. Luego, manteniéndose muy cerca del pizarrón, de manera que nadie pueda ver lo que está haciendo, levante la hoja de papel, dibuje un corazón debajo del papel y coloque una mancha en el centro. Baje de nuevo la hoja, escondiendo así el corazón manchado.</p>
<p>Pregunte: “¿Quién puede ver (no adivinar) lo que está debajo de este papel?”         Muéstreles cómo nuestra vista es tan débil que no podemos ver a través de un fino pedazo de papel, pero que Dios puede ver a través de todo, y por eso Él puede ver su dibujo por dentro. Ahora levante el papel y permita que la clase vea.</p>
<p>Pregunte: “¿Qué es esa cosa que está dentro del niño que yo he dibujado? ¿De verdad es un corazón o una figura de un corazón?” Llame la atención a la mancha en el corazón, y explique que es figura de una mancha del pecado.</p>
<p>Ahora haga que los niños vean que nunca hubieran sabido lo que estaba dentro de esa figura de niño en el pizarrón si usted no hubiera levantado la hoja de papel. Luego enfatice lo siguiente: “Yo nunca hubiera sabido que yo era un pecador echado a perder por el pecado si Dios no me lo hubiera dicho en su Gran Carta, la Biblia. Y yo nunca hubiera sabido tampoco que (el nombre de cada alumno, por turno) era un pecador echado a perder”.</p>
<p>“Ella / él a mi me parece muy bien. Yo no veo nada de malo en ella/él. Pero el problema es que ninguno de nosotros puede ver su corazón”. Mire cerca del niño como si estuviera tratando de ver el corazón.</p>
<p>Diga: “No, no puedo ver nada del corazón. El niño en el pizarrón era diferente. Sólo teníamos que levantar el papel y enseguida veíamos la mancha de pecado. Pero Dios puede ver dentro de cada uno de nosotros. Él ve la mancha del pecado en nuestro corazón. Y por eso Él nos habla de ella en su Gran Carta, la Biblia.</p>
<p>“Vamos a repetir juntos algunas de las cosas que Él nos ha dicho”. Repita con mímica, cada una varias veces:</p>
<p>&gt;&gt; Tú, Dios, me ves.</p>
<p>&gt;&gt; Todos pecaron.</p>
<p>&gt;&gt; Dios, ten misericordia de mí, pecador.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Dele a cada niño un pequeño corazón recortado de cartulina en el que usted ha escrito PECADO. Dibuje uno grande en el pizarrón. Diríjase a cada niño de la manera siguiente: “(Nombre), tú tienes un corazón en la mano. Ahora es tu corazón, porque yo te lo di. Pero, ¿es tu verdadero corazón? ¿Dónde está el corazón tuyo? ¿Alguien lo puede ver? ¿Qué dice esa palabra escrita en tu corazón? ¿Y de verdad es pecado? ¿Dónde está el pecado de verdad?</p>
<p>Llegado a este punto, haga que toda la clase responda: “Dios me dice que el pecado está en mi corazón”. Cuando hayan terminado, los niños pueden colorear de rojo sus corazones, y luego llevárselos a casa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Conclusión:</p>
<p>De ahora en adelante sería una buena práctica concluir cada lección con el texto y la mímica, como hasta ahora se ha hecho, seguido de la siguiente pregunta y su respuesta. Enséñeles a los niños como si estuviera enseñando a loros: la comprensión vendrá después. Haga que toda la clase responda a la vez. Nada de lo que usted diga tendrá un valor tan duradero, si usted persiste.</p>
<p>Maestro: “¿Qué me puede dar perdón?”</p>
<p>Clase:  “Sólo de Jesús la sangre”.</p>
<h3>Lección 17 Obedece a tus padres</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Hijos, obedeced &#8230; a vuestros padres, Efesios 6.1.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Hijos</em> Cada uno señala a los demás niños en la clase y termina señalándose a sí mismo; <em>obedeced</em> La cabeza inclinada, y las manos sobre el corazón, en señal de sumisión; <em>a vuestros padres</em> Levante la mano lo más alto posible, dando a entender gente grande y alta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>En su Gran Carta, la Biblia, Dios nos ha dicho muchas cosas que debemos hacer y también cosas que no debemos hacer. Cuando no hacemos lo que Dios manda, entonces pecamos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Comience con un repaso general que reafirme las verdades a guardar en mente para mantener una perspectiva clara del progreso que usted ha logrado paso por paso.</p>
<p>Así, :¿Dios baja a las nubes y habla así a la gente de la tierra? ¿Cómo nos habla Dios hoy día? ¿Nos dice muchas cosas en su Gran Carta, la Biblia? ¿De qué nos hace pensar la culebra?”</p>
<p>Saque nuevamente las tarjetas que deletrean <em>pecado</em> y haga que varios niños formen la palabra, pronunciando las sílabas. “¿A Dios le gusta el pecado?” Repita juntos varias veces: “Dios aborrece el pecado y siempre tiene que castigarlo”.</p>
<p>“¿Dónde está el pecado? ¿Nosotros podemos ver nuestro corazón? ¿Cómo sabemos que hay pecado en nuestro corazón?” Esta es una pregunta nueva, y posiblemente usted tendrá que preguntar otra vez acerca de cómo Dios nos habla, para así poder sacar la respuesta. La respuesta es: “Por su Gran Carta, la Biblia”.</p>
<p>Repita con la mímica los tres textos de Lección 16, Ejercicio (d).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>“La Gran Carta de Dios, la Biblia, es un libro maravilloso. Hace un tiempo nos aprendimos un versículo que decía, <em>La escritura era escritura de Dios</em>. Vamos a repetirla varias veces &#8230; y entonces trataremos de escribir algunos de los mensajes para ustedes en el pizarrón. Vamos a tratar de hacerlo otra vez”. Repita Ejercicio (b) de Lección 13.</p>
<p>En su Gran Carta, la Biblia, Dios nos dice cosas que debemos hacer y cosas que no debemos hacer. Cuando no hacemos lo que Dios nos manda, entonces pecamos. Una de las cosas que Él nos manda a hacer es, “Hijos, obedeced a vuestro padres”. Así que cuando no hacemos lo que Papá y Mamá nos manda, estamos pecando.</p>
<p>Haga una lista de varias historias como el siguiente. “Mamá le dijo a María que no saliera de la casa porque el patio estaba embarrado a causa de la lluvia. La niña se quedó adentro un rato pero después salió al patio a jugar con una amiguita. ¿María le hizo caso a su mamá? &#8230; ¿Qué dijo Dios que debía hacer ella?” Repita el texto con la mímica. Explique que cuando la niña no hizo lo que le mandó su mamá, tampoco hizo lo que le mandó Dios.</p>
<p>Pregunte: “Así que, ¿qué fue eso?” Respuesta de la clase: “Eso fue el pecado”.</p>
<p>Al terminar cada una de sus historias, haga las mismas preguntas, usando las mismas palabras según el caso. A lo mejor varios de sus alumnos van a decir con toda seguridad que ellos siempre hacen lo que sus padres les mandan. Simplemente responda: “Díganme, ¡qué bueno!” o algo parecido, y continúe.</p>
<p>La responsabilidad suya es presentar la verdad, y dejar que el Espíritu Santo la aplique como a él le plazca. Él no se equivocará al hacerlo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Dibuje en el pizarrón una hilera de casitas como la que dibujó en Lección 8, con dos ventanas y una puerta en cada una. Dibuje también aparte una casa similar.</p>
<p>Señalando esta última casa, comience: “En esta casa vive un hombre malo. No se puede ver porque él está muy adentro. ¿Por qué no lo podemos ver? &#8230; Este hombre que está viviendo allí siempre hace cosas malas. Por eso yo sé que es un hombre malo”.</p>
<p>“Un día él tomó una piedra y rompió esta ventana”. Señale la primera ventana de las casas en fila. Ahora dígale a un niño que venga y con la tiza marque una X sobre la supuesta ventana rota. Pregúntele al niño, “¿Cómo sé yo que el hombre que vive allí es un hombre malo? Porque él hace cosas malas”.</p>
<p>Continúe de este modo, haciendo que el hombre rompa ventanas, puertas, etc. hasta que cada alumno haya pasado al pizarrón y respondido su pregunta. Si algún niñito se equivoca al contestar, no le diga la respuesta; más bien, pida a la clase que le diga.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Pase nuevamente su Biblia grande de mano en mano por toda la clase para que cada uno sienta su peso al mismo tiempo que usted comente sobre el hecho de que debe haber mucho en esa Biblia que pesa tanto.</p>
<p>“Ahora les voy a leer otras de las cosas que Dios nos ha dicho que no debemos hacer. Y cuando no hacemos lo que Dios nos manda, ¿qué es eso?” Respuesta: “Eso es pecado”. Lea en voz alta a la clase, y haga comentarios sencillos sobre Levítico 19.11.</p>
<p>Luego relate una o más historias tales como: “Un niño se roba un caramelo y después dice una mentira para tapar la verdad de lo que hizo”. Entonces pregunte con referencia al robo y la mentira: “¿Y qué fue eso?” Luego, “¿Y cómo sabemos que había pecado<strong> </strong>en su corazón?” Respuesta: “Porque robó, y después dijo una mentira”.</p>
<p>Trate Éxodo 20.12 de un modo parecido. Ejemplo: Un niño se tira al suelo y grita y patalea de la rabia que le tiene a su mamá. Ahora Levítico 19.18. Un niño le da una patada o un mordisco a un hermano o una hermana, o le hace una maldad al niño de al lado. Y Efesios 6.1: Un niño no quiere vestirse, o bañarse, o comerse la sopa, etc.</p>
<p>Si fuere necesario, use relatos del tipo “supongamos” para proveer suficiente material para  que estos ejemplos de pecado queden grabados, dándoles nombres a los niños.</p>
<p>Concluya el ejercicio con las historias de Samuel, el profeta de Dios, y el rey Saúl, 1 Samuel 15.1 al 26. Es un ejemplo de terquedad u obstinación y de desobediencia, según los versículos 22 y 23. Llame la atención de la clase y luego pregunte: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 18 Dios conoce mis pecados</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Tú eres Dios que ve, Génesis 16.13.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Tú</em> Señale hacia arriba; <em>eres</em> Abra dos brazos, palmas abiertas; <em>Dios</em> Señale hacia arriba; <em>que ve</em> Coloque la mano sobre la frente, abierta horizontalmente, como gesto de mirar lejos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios sabe qué hago, y lo anota en su libro en los cielos. En los cielos está mi testigo, Job 16.19. Mis pecados están escritos en el gran libro, Apocalipsis 20.12.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Cuente de nuevo, en exactamente las mismas palabras, si es posible, varios de los mismos relatos anteriores sobre pecados cometidos. Termine en cada caso con: “¿Qué fue eso? Fue pecado”.</p>
<p>Una vez realizada esta introducción, relate las historias de nuevo, y en las mismas palabras (Favor de ser paciente), pero terminando cada una con una pregunta: “Cuando ella salió a jugar en el patio, en desobediencia a Mamá, eso fue pecado. Y alguien estaba viendo. ¿Quién fue? No sólo una amiga. Ni su mamá. Fue alguien que María no veía. ¿Quién?” Guíe sus alumnos hacia la respuesta. Ayúdeles hasta que le contesten: “¡Dios!” Y entonces, con la mímica: “Tú eres Dios que ve”.</p>
<p>Vaya historia por historia, ejemplo por ejemplo, de la misma manera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Dibuje un gran ojo sobre el pizarrón, arriba en el medio. Dibuje líneas que procedan del ojo como rayos del sol, todas hacia abajo. Con esto queremos sugerir la idea del ojo de Dios que mira sobre todo lugar. Corra su dedo por estas líneas, siempre hacia abajo, explicando a los niñitos que así puede ver el ojo de Dios: por este lado, en ese rincón, a aquella persona.</p>
<p>Fije un chinche (una tachuela) al pizarrón o en el borde cerca del ojo, y fije al mismo una cuerda (un cordel fino), suficiente como para alcanzar al alumno más lejos del pizarrón. Pase ésta al alumno más cercano y vuelva usted al pizarrón. Señale al ojo y diga: “Dios puede ver a &#8230;” Deslice su mano por la cuerda estirada hasta llegar al sujeto: “&#8230; puede ver a Pablo”. Pablo pasa la línea al alumno a su lado y usted repite el proceso: “Dios puede ver a Juancho”. Siga, alumno por alumno; si deja alguno fuera del ejercicio, ¡él o ella puede pensar que Dios no le ve!</p>
<p>Finalmente, repitan todos juntos, con la mímica (primeramente con una mano y después con la otra): “Tú eres Dios que ve”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Prepare de antemano un cuaderno grande —mientras más grande mejor— con una leyenda en la cubierta en letra grande: PECADO. Preséntelo ahora a la clase, instruyendo que los niños lo pasen de mano en mano. Pregunte a menudo: “¿Qué dice aquí?”</p>
<p>Hecho esto, comente: “Esa palabra dice: «pecado.» Este gran libro es para ayudarnos a entender que Dios tiene un libro muy grande en los cielos”. Explique que El ve, oye y sabe todo lo que hacemos. Todos nuestros pecados —todos ellos— están escritos en ese libro. Que el grupo repita varias veces: “Dios me ve desde los cielos”.</p>
<p>Ahora muestre que hay una página doble en su gran libro de pecados para cada niño descrito en los relatos contados en la clase anterior. Busque usted una página para María, y escriba: “Vi a María salir a jugar en el barro cuando su mamá le había mandado no hacerlo”. Explique que esto es lo que Dios tiene que hacer para cada uno de nosotros, pero que su libro es muy grande porque Él sabe de todos los pecados.</p>
<p>(La razón porqué algunos maestros hablan del pecado semana tras semana sin realmente impartir el mensaje es que no se expresan de una manera objetiva. “Pecado”, sin ilustración, es una idea muy subjetiva que muchos no captamos).</p>
<p>Para concluir, enfatice cuán feo es el pecado. Cante, sin explicación por el momento:</p>
<p>¿Qué me puede dar perdón? Sólo de Jesús la sangre.<br />
¿Y un nuevo corazón? Sólo de Jesús la sangre.</p>
<h3>Lección 19 Dios castiga el pecado</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Dice Dios: Castigaré al mundo por su maldad, Isaías 13.11.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Dice Dios</em> Mire hacia arriba; <em>Castigaré</em> Golpee una mano contra la otra; <em>al mundo</em> Mueve la mano de lado a lado, lentamente, para señalar a todos; <em>por su maldad </em>Forme con la mano la línea ondulada que significa <em>pecado</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios odia al pecado y debe castigar por el mismo. Nuestro propósito hoy es el de sacar a lucir la idea de castigo, haciéndolo objetivamente al hablar de casos de personas castigadas en esta vida. (El castigo eterno no puede ser enseñado con provecho hasta más adelante).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Explique el texto de memoria de esta manera, asegurándose de que los niños entiendan la palabra <em>castigar</em>: Una vez había un muchacho llamado Pedro, a quien sus padres le habían dicho que debía jugar siempre cerca de la casa. Un día recibió permiso para jugar con sus amigos en la calle, frente a la casa, y lo hizo por buen rato. Pero ellos se interesaron por cierto camión que pasó, y lo siguieron hasta lejos. La mamá de Pedro no le encontró, y envió a una persona mayor a buscarle y traerle a su casa. Cuando lo supo el papá, castigó a Pedro por desobedecer.</p>
<p>Pregunte qué era el pecado de Pedro, y qué formas podría tomar el castigo. Haga esto con cada caso sencillo que usted relate.</p>
<p>Usted podría contar, por ejemplo, de un niño que no pudo salir a pasear con sus hermanos porque ensució sus pantalones nuevos de barro. Una niña riñó con sus amigas y dijo palabras groseras; tuvo que sentarse en una silla sola por largo rato como castigo.</p>
<p>Habiendo hablado de “castigar”, proceda al “mundo”. Explique que eso es toda la gente, todas las personas. Grandes, pequeños, “el mundo” que Dios castiga &#8212; todos los que no han recibido perdón (“¿Qué me puede dar perdón? Sólo de Jesús la sangre”). “Ahora, niños, ¿qué nos puede dar perdón?”</p>
<p>“Por su maldad”. ¿Qué es maldad? Es pecado. La desobediencia es una maldad. Las groserías son maldades. Maldad es una cosa mala. A repetirse varias veces: “Dios odia al pecado y lo castiga”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Relate de nuevo la historia de Papá Adán y Mamá Eva, enfatizando esta vez no sólo su pecado sino su juicio. Ellos fueron sacados del hermoso parque, o jardín.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Construya (valiéndose en lo posible de la ayuda de los pequeños) un modelo ilustrado de la lección. Piense en tres escenas: el hermoso jardín, Eva tentada, y Adán y Eva sacados del jardín. Emplee un banco, una mesa baja u otra superficie plana. Palitos metidos en plastilina pueden representar los árboles, y quizás usted querrá añadir hojas o grama para completar el escenario. Con la plastilina u otro medio, forme una serpiente, un varón y una mujer.</p>
<p>A medida que va construyendo, converse con el grupo sobre los detalles. Usted logrará que sus alumnos repitan la mayor parte de lo que les había relatado. Esta conversación aportará grandemente a lo que perseguimos: repetición, recuerdo y retención.</p>
<p>Y, por supuesto: (1) “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;” y (2) el texto con su mímica.</p>
<h3>Lección 20 Satanás, el gran enemigo</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Satanás os ha pedido, Lucas 22.31</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Satanás</em> Señale hacia abajo; <em>os</em> Levante un dedo, como para advertir; <em>ha pedido</em> Junte las manos, apretadas, como para tomar algo</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El temible enemigo de Dios, el ángel muy malo, que es Satanás</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Cuando Papá Adán y Mamá Eva vivían en el hermoso jardín del Edén, hace muchos años cuando el mundo era nuevo, todo estaba en paz y ellos estaban felices. Pero dondequiera que fuesen Papá Adán y Mamá Eva, dos ojos crueles estaban fijados en ellos. Ellos no podían ver esos ojos porque eran de un enemigo invisible, el gran enemigo de Dios, Satanás. (Explique lo de amigos y enemigos). Él ha sido enemigo de Dios desde mucho tiempo atrás, y siempre lo será. Aprendimos en la lección anterior que él echó a perder el mundo nuevo y feliz, haciendo pecar a Papá Adán y Mamá Eva. Él está muy ocupado todavía, procurando hacer que la gente peque; por esto, tenemos que aprender qué dice Dios acerca de él en su gran carta, que es la Biblia.</p>
<p>Primeramente, Dios nos dice que Satanás es un ángel que antes vivía en el cielo y servía al Señor. (Véanse Isaías 14.12 al 17; Ezequiel 28.12 al 15, donde el Espíritu ve más allá que puede el humano para dirigirse indirectamente al poder invisible que controlaba; Efesios 2.2). ¿Dios vive solo en el cielo? ¿Quiénes más que el Hijo de Dios y el Espíritu Santo viven allá arriba? Hebreos 12.22</p>
<p>Repase Lección 12 Ejercicio (a). Esos mensajeros ángeles son los ángeles buenos, todos brillantes, puros y santos. Ellos sirven a Dios en el cielo, Salmo 103.20. No tienen casas/cuerpos como nosotros, y así se llaman espíritus, Salmo 104.4.</p>
<p>Los dibujos de ángeles no siempre son acertados, porque Dios les da casas-cuerpos sólo cuando Él quiere que la gente les vea, a veces por sólo horas o minutos. Desde que se terminó de escribir su gran carta, la Biblia, Él no ha tenido por qué enviar ángeles mensajeros a nosotros la gente en el mundo. Por esto, nadie ve a los ángeles ahora. Dios hizo a los ángeles. Nadie hizo a Dios, porque Dios siempre era y siempre será, para siempre y siempre. Pero Dios hizo a mí y a ti. Hizo también a los muchos, muchos ángeles. Uno de los ángeles más resplandecientes (brillantes) se llamaba Lucero. Por largos siglos él sirvió a Dios, bien cerca de su gran trono (“el querubín grande, protector”). Pero un día él empezó a reflexionar sobre lo grande que era, porque su labor fue mayor que la de los ángeles mensajeros. Le vino a la mente un pensamiento malo, de orgullo.</p>
<p>Él dijo: “¡Seré como Dios!” ¡Cuán grande fue ese pecado, el querer ser igual a Dios! Fue muy, muy malo. Dios no puede permitir ningún pecado en su hogar feliz y santo, que es el cielo. Él siempre tiene que castigar el pecado. (Haga mención de la lección anterior). Así, el gran Lucero fue puesto fuera de su lugar alto en el cielo. De una vez se hizo enemigo de Dios, y su nombre fue cambiado a Satanás (adversario).</p>
<p>Pregunte: ¿Cuál fue el pecado de Papá Adán y de Mamá Eva? &#8230; ¿Y su castigo? &#8230; ¿Y cuál fue el gran pecado de Lucero? &#8230; ¿Y su castigo? El nombre de Lucero fue cambiado a Satanás. Otro de sus nombres es el Diablo (acusador).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Cuando Satanás fue castigado, al ser quitado de su alto lugar en el cielo (como Papá Adán y Mamá Eva serían castigados también, sacados fuera del hermoso Edén), él no salió solo. Un gran número de ángeles le acompañaron, Mateo 25.41, Apocalipsis 12.9, Efesios 6.11,12. Satanás es su jefe, y ellos le sirven. Algunos de sus servidores se llaman demonios, y él les usaba mucho en los tiempos de antes.</p>
<p>Ninguno de sus siervos tiene casas-cuerpos. Ellos son espíritus, y nuestros ojos nos les pueden ver. Sólo Dios les ve. Qué bueno que Él nos haya dicho en su Palabra, la Biblia, acerca de esos ángeles malos, porque ellos pueden viajar por el mundo sin ser vistos. Son enemigos de todos nosotros, y de Dios.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nota: No puede ser permitida la idea falsa, que tantas personas creen, que el diablo y sus huestes viven en “el lugar malo” (el infierno). Se contradice al enseñar positivamente acerca de la esfera de sus actividades actuales. Siendo el príncipe del poder del aire, Efesios 2.2, él puede venir e irse de la tierra, Job 1.7, 1 Pedro 5.8, manteniendo su derecho de acceso a la presencia de Dios, donde él aparece como acusador de los creyentes, Job 1.6 al 12, 2.1 al 7, Apocalipsis 12.9,10.</p>
<p>Hace mucho, mucho tiempo había un siervo de Dios llamado Job. El vivía en la tierra lejana de Uz. Cuente de su fidelidad al Señor, 1.1 al 5, su bondad a los pobres, 29.11 al 17, sus bendiciones, 1.2,3. Hable del enemigo de Dios que le acechaba, viéndole, acusándole ante Dios, 1.6 al 12, 2.1 al 7. El diablo quería poner a Job en contra de Dios. Narre detalles de los desastres que le causó a Job en su afán de hacerle mal, 1.13 al 22, 2.7 al 10. Job quedó fiel a Dios, y cuando las pruebas pasaron él recibió mayores bendiciones que antes, 42.10 al 17.</p>
<p>Aquello hace mucho, mucho tiempo. Pero Satanás todavía anda por toda la tierra. Él nos ve y nos hace muchas cosas malas. En particular, él procura que la gente —los grandes y los niños— no sepan de la  Palabra de Dios y de sus grandes pecados. Él no quiere que los pecados sean lavados, o perdonados. (Por ahora, no abunde sobre este tema).</p>
<p>Y, “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
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<p>Ejercicio (c):</p>
<p>En la medida en que el niño se adelante en su conocimiento de la Biblia, le serán mejor definidas las malas obras de Satanás. Por ahora no tendremos que implantarle verdades más allá de las de Lucas 8.5,11,12.</p>
<p>Para este ejercicio, lleve a la clase un puño de semillas o granos y un pajarito de cartón o quizás arcilla. Recorte un pájaro de un calendario, si hace falta.    Primeramente, cuente el relato: El Señor dice en su Palabra que cuando una persona cuenta a otros las cosas que Él ha escrito en su Carta, es como un agricultor (un señor que tiene una siembra, o un conuco) cuando siembra en la tierra. Él quiere que las semillas crezcan y se conviertan en comida, pero a veces los pájaros vienen de los cielos y comen las semillas (los granos). Así, las semillas nunca se cambian en comida para nosotros.</p>
<p>Dios dice que es así muchas veces con nosotros. Nuestros corazones son como ese campo arado, o preparado. Sus servidores nos traen la Buena Semilla, la Palabra de Dios (el mensaje de la Biblia), pero Satanás hace todo lo que puede para que no prestemos atención. No podemos verles, pero los mensajeros del diablo vienen a nuestros oídos, ojos y corazón. Ellos quitan la semilla al hacernos olvidar lo que hemos aprendido.</p>
<p>Ahora usted llama a sí a dos o tres alumnos. Deles una pequeña cantidad de las semillas y hágales “sembrar” las semillas sobre un cartón o papel periódico que usted ha puesto en el suelo o sobre la mesa, donde todos pueden ver. Hecho esto, ponga en alto su pájaro, y bájelo rápidamente. Bajándolo, diga: “Ven, como que se fueron algunas de sus semillas”. Repita el ataque varias veces, hasta que puede decir: “No nos queda ninguna semilla. Nunca van a darnos de comer. Esto es lo que hace Satanás o sus mensajeros cunado vienen y nos roban de la Palabra de Dios, haciéndonos olvidarla”.</p>
<p>Recoja las semillas, y repita la actividad con otros alumnos hasta que todos hayan participado. Y, de nuevo: ¿Qué me puede dar perdón?</p>
<h3>Lección 21 El viaje de la vida</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El hombre va a su morada eterna, Eclesiastés 2.5</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>El hombre</em> Un movimiento de la mano y el brazo, para indicar “todos;” <em>va</em> Una pausa silenciosa, para enfatizar un viaje; <em>a su morada</em> Ojos cerrados, cabeza abajo, dedo señalando arriba; <em>eterna</em> El brazo se mueve lentamente de izquierda a derecha</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Todos estamos de viaje; la vida es el viaje. Si lo considera necesario, puede añadir que el viaje termina en el cielo o la condenación, pero no intente enseñar todavía el destino eterno. Si logra que los pequeños capten la idea de un fin, habrá hecho mucho. El texto de memoria encontrará su explicación en el desarrollo de la lección.</p>
<p>Tenga presente en todo momento que si el viaje termina ya para uno de sus pequeñitos, esa criatura irá a estar con Cristo; Mateo 18.11 al 14. Será necesario que ellos aprendan de la morada de los perdidos, pero sería de un todo imprudente decirles que van allí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>El detalle principal es que los alumnos tracen con el dedo el viaje de la vida en los cuadros. La idea de cada cuadro es:</p>
<p>1 La casa donde vivía &#8230; cuando nene.</p>
<p>2 El terreno o parque donde jugaba &#8230; cuando pequeño.</p>
<p>3 La escuela donde asistió &#8230; cuando estudió.</p>
<p>4 El negocio donde trabajó &#8230; cuando grande.</p>
<p>5 La casa donde vivió &#8230; cuando casado.</p>
<p>6 La cama donde reposaba &#8230; cuando enfermo.</p>
<p>7 El hueco en la tierra (el sepulcro) &#8230; donde &#8230; fue enterrado cuando murió.</p>
<p>Usted puede dibujar estos cuadros en el pizarrón o cortarlos de revistas y pegarlos sobre un cartón grande. O, si quiere, combine recortes y dibujos; pero fíjelos seguros a la pared o el cartón.</p>
<p>Algunos maestros, todavía no conocedores de cómo reacciona un niño, tienen dudas sobre esta lección. Un ensayo les convencerá que el ejercicio en si tiene casi tanto valor que las actividades con las tarjetas acerca del pecado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Con los siete cuadros ya colocados o dibujados, comience con una corta plática sobre qué es viajar. Todos los niños han viajado, por lo menos para hacer compras, o a la escuela bíblica. Quizás han ido caminando, o en autobús. Al regresar a casa hoy, van a viajar.</p>
<p>Una vez enfocadas las mentes sobre la idea de los viajes, explique que cada uno de nosotros está de viaje: el viaje que es la vida. Comenzamos como bebés, el día de nuestro nacimiento. Pregunte cuántos en el grupo han tenido un cumpleaños, y hable suficientemente de esto como para establecer la idea que los cumpleaños son para marcar el paso en nuestro viaje que es la vida.</p>
<p>“Gerardo: ¿Tú has cumplido años? Pues, fue en ese día, unos años atrás, que tú empezaste a viajar. Desde ese día cuando naciste, tú has estado viajando. Todos los días, todas las noches, despierto, dormido, tú estás caminandito por el viaje que es tu vida”.</p>
<p>Ahora el otro alumno, y el otro. Hable a cada uno de la misma manera, Haga caso de cada niño en el grupo. Repetido esto, prosiga: “Pero el viaje de la vida no sólo comienza, sino termina también”. Haga mención de algunos de los viajes que usted mencionó al principio de la lección, y formule preguntas que ayuden a entender que cada uno de esos viajes tuvo su fin. Esa gente de quienes usted habló no siguió viajando, porque ellos llegaron adonde iban. Cada uno de nosotros va a llegar adonde vamos; el viaje de la vida no es para siempre. El fin de este viaje es la muerte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Ahora usted va a seguir el curso del viaje en los siete cuadros. Si el grupo se compone de varones, emplee un nombre de varón pero no de un muchacho en la clase. Si es de hembras, invente un nombre de niña.</p>
<p>Primeramente, comente sobre los cuadros: una casita, un terreno o un parque de la vecindad, una escuela, etc. Repase bien todo esto, para que cada uno realmente pueda decir de qué se trata. El próximo paso: “Estos cuadros son fotografías de la vida de Fulano”. Explique que aquí (la ventana de la casa) es donde nació Fulano. “Aquí mismito, detrás de esta ventana, es donde comenzó él su viaje”. No levante su tiza, o marcador, en todo el trazado. Vaya estación por estación, dibujando un círculo en derredor de cada una. Vaya lentamente: “&#8230; y ahora llegamos adonde Fulano jugaba cuando niño, feliz y &#8230;”</p>
<p>Siga, siempre con la tiza contra el pizarrón para que el viaje de la vida no sea interrumpido, trazando círculos en derredor de cada cuadro: Esta es la escuela donde asistió Fulano desde la edad de &#8230; En este negocio donde Fulano cuando grande. En esta casa vivía Fulano con su esposa &#8230;. En esta cama que murió Fulano, después de haber estado enfermo por unos meses. Y en esta tumba, un hueco en la tierra, sepultaron a Fulano al fin del viaje de su vida. Enfatice que murió; fue el fin. Con este paso, debe haber una línea ininterrumpida desde la cuna hasta el sepulcro.</p>
<p>Repita esta actividad varias veces, pidiendo que los pequeños digan las palabras en voz baja con usted. Cuando cree que ellos conocen bien la actividad, llame a cada uno al pizarrón. Guíe el alumno por la ruta, usando una vara o quizás el dedo. Al ser necesario, repita las palabras junto con su alumno.</p>
<p>Para variar en la rutina, usted podría relatar la historia de la sunamita en 2 Reyes 4.18 al 37, contando el comienzo y el fin de la vida de su hijo. Destaque las maravillas que Dios hizo, dándole vida de nuevo para comenzar otra vez el viaje de la vida. Diga que ninguno de nosotros puede esperar eso, y que él habrá terminado su viaje más adelante, cuando grande. No hace falta invertir mucho tiempo en este relato; es para introducir un paréntesis en la actividad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Cambiando los nombres a los del sexo opuesto, repita el proceso de la ruta del viaje de la vida. Haga hincapié en que las niñas, una por una, hacen el viaje. Trace los pasos 1, 2 y 3, y luego pregunte: “¿Adónde van esta niña y Fulano y &#8230;?” Instruya el grupo a decir: “A su morada eterna”. (Nota: ¿Qué es una morada?)</p>
<p>Si algún alumno pregunta dónde queda esa casa, confórmese por ahora con decir que está en una de dos partes. Explique que estas personas terminaron sus viajes cuando grandes. Si sus pecados ya fueron lavados en la sangre de Jesús, su morada eterna sería la feliz casa de Dios en el cielo. Si esos pecados feos, como todos los tenemos, no fueron quitados por Jesús, entonces ellos tendrían que ir a la única otra casa, que es una cárcel que tiene Dios. Déjelo así por ahora.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>A estilo de una aplicación general, para no asustar a los pequeños con algo excesivamente personal, el maestro y los alumnos deben juntar las manos, marcar el tiempo y decir en unión: “Todos vamos a nuestra morada eterna”, señalando hacia arriba.</p>
<p>Y de último, antes de terminar: “¿Qué me puede dar perdón &#8230;?”</p>
<h3>Lección 22 El Dios eterno</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Todo lo que Dios hace será perpetuo, Eclesiastés 3.14 [Ojo: ¿Qué quiere decir <em>perpetuo</em>?]</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Todo</em> Un movimiento horizontal del brazo para abarcar todo; <em>lo que Dios</em> Señale hacia arriba; <em>hace</em> El gesto para “hacer;” <em>será perpetuo</em> Cada sílaba pronunciada lentamente, el dedo trazando un círculo grande</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Para siempre y siempre.</p>
<p>Con el fin de comenzar a construir el concepto de cosas eternas, tendremos que hacer contraste con cosas rotas. Así, hablaremos de todas cuantas cosas rotas que podamos: cosas bien conocidas a los niños; cosas que parecían duraderas, pero no lo eran. Hecho esto, hablaremos del carácter eterno de Dios y sus obras.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p>Como preparativo, recoja todos los artículos dañados que sean factibles llevar a la clase. No tienen que ser grandes, sino cosas que los pequeños van a reconocer. Por ejemplo: un trapo que era parte de una prenda de vestir, una media gastada, un zapato roto, un botón inservible, pedazos de una taza o un plato, un viejo pote de lata, lo que resta de un lápiz, flores muertas, un insecto muerto, un fósforo usado, una revista sucia o rota. Colóquelos todos fuera de la vista: en una caja, por ejemplo. No incluya juguetes en este ejercicio; los emplearemos más adelante.</p>
<p>Comience con explicar el texto de memoria. Dios siempre era y siempre será. En un tiempo no había sol, luna o estrellas, pero Dios era. No existían ángeles, pero Dios sí. Antes no había gente, como nosotros; tú y yo no éramos; Dios sí era. Todo lo que Dios hace (no lo elabore; sólo comente sus actividades) será perpetuo. “Perpetuo” = para siempre. Dios es para siempre. Dios ha obrado siempre; El va a obrar siempre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (a):</p>
<p>Saque la caja de cosas rotas, sin ponerlas a la vista. Explique que sólo Dios puede hacer las cosas que van a durar para siempre; nada de lo que hace la gente va a durar para siempre. Explique que usted tiene en la caja algunas cosas que eran buenas en su tiempo, pero que ya no lo son. Deje que un alumno meta la mano y saque un artículo para que el grupo lo vea. Pregunte qué es. Descríbalo y explique qué hacía y cómo llegó a su fin. Su hacedor hizo una buena cosa, pero ese artículo no pudo ser para siempre. Repita esta actividad varias veces; repita el texto y la mímica; diga que Dios obra “para siempre”.</p>
<p>Usted debe contar con por lo menos un artículo para cada alumno. Tal vez querrá llevar a la clase varios pedazos de un mismo vestido; así podrá describir dónde se usaba ese vestido y qué paso cuando lo tenía puesto, etc. Si cuenta con una foto donde usted lo lleva puesto, mejor todavía. Haga lo que pueda para que los chicos se den cuenta de que en una época esa prenda era útil y estaba en buenas condiciones, pero ahora no. Se gastó; se rompió; no era para siempre. Si emplea este enfoque, bien podrá contar con material para dos sesiones, y así no será necesario efectuar un repaso como tal.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Recorte del periódico, o de revistas, fotos de choques de trenes, aviones, edificios incendiados, casas dañadas por inundación, puentes caídos, etc. Si puede ser varias fotos, mejor. O, quizás hay rotura o desgaste en la misma casita o el salón donde usted realiza la clase.</p>
<p>Coloque las fotos, u otra evidencia, delante del grupo; deje que cada uno inspeccione los ejemplos. Describa lo que ha podido suceder: era un edificio bonito, fuerte, útil, etc.; era un avión que volaba rápidamente por los cielos y mucha gente viajaba en él. Ese y el otro objeto parecía como que si era para siempre, pero no lo era. Algo sucedió. (Explique qué ha podido ser ese algo). Repita de tiempo en tiempo el texto de memoria para hacer contraste.</p>
<p>Al final de la sesión, pida que cada uno traiga a la próxima clase un juguete roto, un cuaderno viejo, o algo de la casa que no sirve ya. Procure usted llevar una que otra cosita también.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Trate cada muñeca, cada librito, cada objeto como en los ejercicios anteriores, pero procure esta vez que los pequeños dueños cuenten a su manera lo que sucedió. ¿Cómo recibieron estos artículos en el principio; cómo eran cuando nuevos; qué se hacía con ellos; cómo llegaron a ser inservibles?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Presente de nuevo los siete cuadros del Ejercicio (b) de Lección 21, empleando los dos nombres que usó en aquella ocasión, uno de varón y otro de hembra. Haga hincapié en que ambos eran en su tiempo bebés sanos, niños robustos, adultos bien formados. Pero el pecado moraba en sus corazones y tuvo su efecto en ellos. Corrompidos por el pecado, murieron; Romanos 5.12. El viaje de cada vida terminó.</p>
<p>Haga mención, sin enfatizar mucho el punto, de que sus casas-cuerpos parecían fuertes, pero no podían durar para siempre. Traiga a la memoria las palabras de Dios a Papa Adán y Mamá Eva en Génesis 3.19.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (e):</p>
<p>Presente ahora una Biblia vieja y gastada. Explique que una vez era nueva y limpia, pero ahora es otra de esas cosas rotas, y pronto el libro como tal no será de ninguna utilidad. Pero la  Palabra de Dios en sí es una cosa que va a durar para siempre; Lucas 21.33. Nuestras Biblias son de papel que no puede perdurar, pero Dios tiene su propia Biblia en el cielo. No sabemos qué apariencia tiene, pero toda la Palabra de Dios está en ella, y ella no pasará; Salmo 119.89, Juan 12.48, Apocalipsis 20.12.</p>
<p>En nuestra próxima lección aprenderemos de otra cosa que existirá para siempre. Es la vida.</p>
<p>Saque ahora su vara o regla; sosténgala en posición horizontal; corra su dedo a lo largo de ella; muestre que tiene un principio y un fin. Pida que varios alumnos hagan lo mismo, palpando ellos el principio, la continuación y el fin del objeto. Explique que esa vara, o esa regla, es como casi todo lo demás en el mundo, y es como nuestros viajes-vidas. Comienza; continúa un tiempo; termina. Mientras usted dice estas cosas, deje que su dedo corra de nuevo. Y ahora otro objeto: un anillo. (Mientras más ordinario el anillo, o un aro, mejor). Póngalo en alto, y con el dedo haga ver que no tiene ni principio ni fin. Permita que cada niño corra su dedo en torno del anillo, para ver que no comienza ni termina. Explique que es como “para siempre” en el sentido que no llega a su fin.</p>
<p>Repita las afirmaciones que hizo al principio: Dios siempre era y siempre será. Su viaje-vida no tuvo principio, ni tendrá fin. El es para siempre y siempre. A la vez, su Palabra es eterna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Quizás habrá aburrimiento; esté preparado con material que los niños puedan colorear. Pueden hacer una fruta, estrella, corazón, serpiente, etc. Cuente con una tabla, o un palo corto. Levántelo como pared de una casa; describa que el viento soplará contra esa pared; deje que caiga, como tumbado por una tempestad. No pudo durar. Permita que los alumnos repitan el ensayo, a ver si sus modelos duran para siempre.</p>
<p>Para terminar: el texto, la mímica y, “¿Qué me puede dar perdón?”</p>
<h3>Lección 23 Vida y aliento</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El es quien da a todos vida y aliento, Hechos 17.25. [Ojo: ¿Qué es aliento?]</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>El</em> Señale hacia arriba; <em>es quien da</em> Suba la mano, y bájela, para sugerir la idea que los regalos vienen de arriba; <em>a todos</em> Un largo movimiento horizontal del brazo; <em>vida</em> Un movimiento brusco de los dedos; <em>y aliento</em> Respire profundamente varias veces</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Vida y aliento.</p>
<p>Cuando Dios sopló en el hombre nuevo, Él le había hecho vivir y respirar; Génesis 2.7. Dios nos da vida, y por esto tenemos aliento (respiramos); Job 33.4, Hechos 17.25. Tenemos esta vida adentro, en nuestra sangre, Levítico 17.11. No va estar ahí siempre, sino hasta que termine nuestro viaje-vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Al refrescar las mentes con los detalles principales de la lección anterior, llame la atención al Dios eterno y dos cosas que son para siempre: su Palabra, y algo que llamamos la vida.</p>
<p>Repase también la hechura de Adán, cómo Dios le hizo vivir y por esto respirar; Lección 6. Luego explique: “Desde ese entonces todos los nenés han tenido vida. Nosotros también tenemos vida. La vida se queda dentro de nosotros hasta que termine nuestro viaje de la vida, y nos hace poder hacer las cosas. Fíjense en los dedos míos”. Levante las manos, mueva los dedos, diciendo que es la vida dentro de usted que le permite hacer estas cosas.</p>
<p>Continúe: “Ahora déjeme ver cuántos de ustedes tienen vida adentro”. Pida que cada alumno, por turno, mueva los dedos suyos. Hágase ver su aprobación: “Sí, él tiene vida. Vean ustedes como se mueven los dedos. Un niño muerto no puede hacer eso; sus dedos se quedan quietos todo el tiempo. Pero este muchacho tiene vida por dentro”.</p>
<p>Como próximo paso, párese sobre un solo pie para mecer la pierna. Instruya al grupo hacer lo mismo, y hágase usted los mismos comentarios que en el caso anterior. Y, todos juntos, giren la cabeza de lado a lado, arriba abajo, repitiendo usted los comentarios.</p>
<p>Ensaye también con conversación, visión y oído. Pregunte: “¿Qué nos permite hacer estas cosas?”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Lleve a la clase alguna criatura muerta; una mosca, por ejemplo. Permita que los muchachos la inspeccionen de cerca. Señale que tiene alas, patas, cabeza y ojos. Pregunte por qué no puede volar, caminar, mover la cabeza, o ver, como hacen otras moscas. (Respuesta: “No tiene vida”).</p>
<p>Relate la muerte del perro de un niño, el canario de una niña, de un conejo, un gato, etc. Describa las actividades de cada animal en vida, y ahora el silencio y los miembros inmóviles (detállelos). Pregunte cuál sería la razón, guiando los alumnos a responder, “No tiene vida”. Agregue la explicación que cuando el carro arrolló al perro, la pobre criatura quedó tan herida que no podía seguir viviendo. Se le fue la vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Explique que respiramos porque tenemos vida. Diga: “Yo tengo vida, y por esto puedo respirar”. Inhale fuertemente varias veces para probar que es así. Pida que los alumnos hagan lo mismo, y luego repita el texto de memoria y la mímica, enfatizando la verdad de que contamos con vida y aliento porque es Dios que nos da.</p>
<p>Ahora muestre al grupo la muñeca suya, señalando las venas azules. Pregunte qué saldría si usted cortara sus venas. (Sangre). Llame a cada niño por turno para que se le acerque; muéstrele a cada uno las venas que él o ella tiene, y háblele de la sangre que fluye dentro del brazo.</p>
<p>Explique que dentro de todo el cuerpo de cada uno de nosotros hay sangre, y que la vida se queda dentro de la sangre. Todos juntos, repitan el ejercicio de mover dedos, pierna y cabeza. Añada este pensamiento: Es la vida que se queda dentro de la sangre que hace posible que hagamos estas cosas.</p>
<p>Finalmente, dígales brevemente a los pequeños que la vida no se queda dentro de nuestra sangre para siempre. Cuando termina el viaje de la vida, sale la vida. La gente no puede respirar, ver, oir, hablar, o moverse de ninguna manera, ya que al marcharse la vida, estamos muertos.</p>
<p>Para terminar la clase: “¿Qué me puede dar perdón?”</p>
<h3>Lección 24 La casa-cuerpo</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El cuerpo no es un solo miembro, sino muchos, 1 Corintios 12.14. [Ojo: ¿Qué son miembros de un cuerpo?]</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>El cuerpo</em> Ponga sus manos sobre el pecho, y páselos abajo sobre su cuerpo; <em>no es</em> Mueva la cabeza para señalar “no;” <em>un solo miembro </em>Levante un dedo; <em>sino muchos</em> Toque cabeza, ojos, nariz, oreja, etc., y luego levante diez dedos.</p>
<p>Explique que estos diez dedos hacen en realidad una sola cosa; son partes unidas entre sí. Esta cosa la llamamos un cuerpo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El verdadero niño (el alma; la próxima lección) vive en nuestras casas-cuerpos. Juan 4.19, 2 Pedro 1.13,14, 2 Corintios 5.1</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Haga recordar la historia de Génesis 1.26,27, 2.7 como fue relatada de una manera muy limitada en Lección 6, cuando el hermoso mundo de Dios era muy nuevo y Él hizo del polvo de la tierra la primera casa-cuerpo, y entonces El sopló en esa casa-cuerpo y lo hizo vivir y respirar. Fue así que fue hecho el hombre; el aliento de Dios lo hizo verdadero hombre para comenzar a vivir en esa casa-cuerpo de tierra. (Deje para la próxima lección toda mención del alma).</p>
<p>Cuente también de cómo Dios hizo la casa-cuerpo de Mamá Eva. Una vez hecha ésta, había dos verdaderas personas viviendo en dos casas-cuerpos. ¿Quiénes eran? Desde ese entonces todo el mundo ha vivido en “casas de barro”, Job 4.19. (Nota: No tan sólo nuestros cuerpos procedieron de la primera “casa de barro”, sino también los alimentos que los sostienen se componen mayormente de materiales recogidos de la tierra por raíces de plantas, ayudadas por hojas, sol, lluvia y aire. Muy literalmente, entonces, somos de la tierra).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Repita el texto para ser aprendido de memoria, con la mímica, para llamar la atención de nuevo a la idea de un cuerpo. Luego continúe: “Nuestros cuerpos, estas cabezas y estómagos, estos brazos y piernas, todos tienen partes distintas que están unidas entre sí. Son las únicas casas en que el verdadero <em>Tú </em>y el verdadero <em>Yo</em> vivimos. Es por esto que muchas veces los llamamos casas-cuerpos”.</p>
<p>Señale a cada alumno en turno, diciendo: “Esta es la casa-cuerpo de &#8230; (nombre). Está cubierta en parte de ropa (describa algunas prendas de vestir), así que no lo vemos todo, pero es la casa-cuerpo de &#8230; (nombre) y el verdadero &#8230; (nombre) vive allí adentro. Termine con comentarios de esta naturaleza acerca de su propia casa-cuerpo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Dibuje en el pizarrón (uno a la vez, mientras prosiga) esbozos de varios tipos diferentes de casas; por ejemplo, del esquimal, de algún otro país, y de su propio vecindario. O, en vez de usar el pizarrón, usted podría llevar a la clase recortes de revistas, montados sobre cartulina para que los niños los pasen de mano en mano. Hable un poco sobre cada casa, describiendo los niños que viven en ellas, sus costumbres, etc.</p>
<p>Luego dibuje en el pizarrón los rostros de varios niños. O, haga pasar de mano en mano los recortes de revistas o periódicos. Posiblemente las fotos de dos o tres muchachos bastarían de igual modo. Tenga algo que decir sobre cada rostro, y haga ver que se tratan de diferentes casas-cuerpos.</p>
<p>Proceda con llevar a su lado algún chico temeroso o nervioso. Parado él allí, explique a la clase que ellos están observando a una verdadera casa-cuerpo; no es un cuadro, sino una verdadera casa-cuerpo. Describa su cabello como tejas, sus ojos como ventanas, su nariz como el lugar donde entra el sonido. Esto va a entretener a los pequeños, pero la novedad de la táctica va a reforzar el concepto. Repita esta secuencia con otros alumnos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Una vez que parece que sus alumnos están conscientes de poseer cada uno una casa-cuerpo, párese usted ante la clase, cuerpo recto, y pregunte: “¿Y cuántos de ustedes me han visto a mí?” A lo mejor se levantarán todas las manos. Explíqueles, entonces, que usted les va a decir algo que les sorprenderá. Dígales que nadie en la clase jamás le ha visto a usted, y que nadie en el mundo le ha visto, ¡ni siquiera su mamá! Haga entender a los niños que ellos han visto tan sólo su casa-cuerpo.</p>
<p>Vuelva ahora a sus cuadros y pregunte: “¿Quién puede ver el niño que vive en esta casa?” Ya que ningún muchacho va a estar visible, explique que la razón porque no lo vemos es que el niño vive <em>dentro</em> de la casa. Repita la pregunta para cada uno de sus cuadros de viviendas, enseñando al grupo a responder: “Porque está dentro de la casa”.</p>
<p>Finalmente, haga lo mismo con sus cuadros de rostros; luego, aplique su pregunta a cada alumno en particular. Haga entender que nadie sino Dios puede ver al verdadero niño que vive <em>dentro</em> de su casa-cuerpo.</p>
<h3>Lección 25 La verdadera persona</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Fue hecho el primer Adán alma viviente, 1 Corintios 15.45 [Ojo: ¿Qué es <em>alma</em>? Es la verdadera persona, quien vive en una casa-cuerpo.]</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Fue hecho</em> La señal para “hacer;” <em>el primer Adán </em>El movimiento para “hombre”, como en Lección 6; <em>alma viviente</em> Un movimiento rápido de los dedos</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>La verdadera persona que vive dentro de una casa-cuerpo se llama un alma. Esta lección es simplemente una extensión de la anterior, pero se deben mantener separadas para reforzar la distinción entre la casa-cuerpo y el alma.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Haga mención de nuevo de la historia de la creación de Adán, distinguiendo claramente entre la casa-cuerpo, hecha del polvo de la tierra, que fue formada primeramente, y el verdadero hombre que fue a vivir allí adentro cuando Dios sopló vida y aliento en la casa-cuerpo; Génesis 1.26,27, 2.7.</p>
<p>Agregue más detalles según Génesis 5.3; Dios les envió unos nenés a Papá Adán y Mamá Eva. Primeramente llegó el nené Caín; otro, también varoncito, fue Abel; muchos años después, llegó Set. El pequeño Caín tenía una casa-cuerpo, como tenían sus padres antes de él, y allí adentro vivía el verdadero muchachito Caín. ¿Y cómo llamamos nosotros a la verdadera persona que vive en su casa-cuerpo?</p>
<p>Usando las mismas palabras, cuente del Niño Abel y el Niño Set. De último cuente de las niñitas cuyos nombres nosotros no sabemos, Génesis 5.4, terminando cada relato con la pregunta que está al final del párrafo anterior.</p>
<p>“Y así ha sido siempre desde ese entonces. Cada varoncito que nace tiene una casa-cuerpo con un verdadero niño viviendo adentro, y cada hembrita también tiene su casa-cuerpo con una verdadera niña adentro. ¿Y cómo llamamos nosotros a la verdadera persona que vive en su casa-cuerpo?</p>
<p>“Los nenés varones no quedan nenés para siempre, ni las nenes hembras son siempre nenes. Ellos crecen y crecen, hasta que pueden venir a la escuela bíblica como hacen ustedes”. Ahora diríjase a cada alumno en particular, uno tras otro: “Una vez tú fuiste un bebé recién nacido. Dios te dio una casa-cuerpo, y puso dentro de esa casa-cuerpo a un verdadero niño. El verdadero niño que vive en esa casa-cuerpo es &#8230; (nombre). Yo no le veo; ninguno de nosotros puede ver a ese niño/niña. Sólo Dios puede ver a ese verdadero niño / niña allí adentro. ¿Y cómo llamamos nosotros a la verdadera persona que vive en su casa-cuerpo?”</p>
<p>Habiendo recibido la respuesta deseada —un alma— amplíe la idea; tocando el cuerpo del alumno, diga: “Sí, esta es la casa-cuerpo de &#8230; (nombre), y allí muy adentro vive el alma de &#8230; (nombre)”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Párese frente a la clase, extienda su brazo izquierdo, y pregunte qué es. Una vez recibida la respuesta que ése es el brazo suyo, pregunte: “Ahora, supongamos que hay aquí presente un soldado fuerte con una espada aguda. ¡Y supongamos que él me quita el brazo! ¿Yo sería todavía yo mismo?” Póngase de acuerdo con los pequeños que usted sería todavía la misma persona, y (todavía haciendo caso omiso de lo raro de esta forma de hablar), explique: “Sí, yo sería todavía yo mismo. Este brazo es tan sólo una parte de mi casa-cuerpo. El verdadero yo vive muy adentro”.</p>
<p>Luego, quítese el otro brazo, y sus piernas, y finalmente, imitando dramáticamente cómo el soldado tal vez lo haría, pero sin matarle aún, quítese su cabeza. Después de cada amputación, ofrezca comentarios al estilo de lo que hemos trazado arriba. (No vaya a pensar que estos detalles son frívolos. Sus pequeños alumnos siempre han pensado que sus cuerpos son su verdadera persona. Si usted va a impresionarles que no es así, tendrá que repetir y enfatizar).</p>
<p>Proceda ahora a contar relatos de niños que sufrieron accidentes que les costaron un brazo, pie u ojo. Haga entender que ellos perdieron una parte de su casa-cuerpo, pero siguen siendo quienes eran. Repita el texto de memoria de la lección anterior, con la mímica, y señale que la pérdida de un miembro no afecta a la verdadera persona. El cuerpo es la casa hecha del polvo de la tierra, y adentro mora el alma, la verdadera persona.</p>
<p>Como ilustración adicional, describa una casa con un niño viviendo en ella. Un muchacho malo rompe todas las ventanas; una tormenta quita las tejas del techo; un camión tumba la puerta. Pero con todo hay un niño viviendo allí adentro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Este ejercicio final va a requerir tiempo y paciencia, pero no será difícil si usted ha hecho el trabajo preliminar. Vaya a cada alumno por turno, coloque la mano suya sobre el hombro del muchacho, o sobre su cabeza, y pregúntele de la manera siguiente:</p>
<p>“¿Eres tú?” Es probable que conteste que sí.</p>
<p>“¿Realmente eres tú?” Si el niño insiste en decir que sí, proceda a otro, para volver a éste más tarde.</p>
<p>“¿Esto eres tú?” “No; es mi casa-cuerpo”.</p>
<p>“Y el verdadero tú, ¿dónde vive?” “Adentro”.</p>
<p>“¿Cómo es que llamamos al verdadero tú?” “Mi alma”.</p>
<p>Una vez que usted haya recibido respuestas como estas últimas, su aplicación se ha realizado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Ayude al grupo hacer hombres y mujeres de barro, plastilina u otro material. Repita el ejercicio de Lección 6, mostrando que no podemos inyectar aliento, o vida, en una verdadera persona dentro de pedazos de barro. Por esto, estas casas-cuerpos no son casas-cuerpos de verdad; estas “personas” que ellos han fabricado no son personas. No podemos hacer que vivan, ni podemos poner verdaderas personas adentro. Sólo Dios puede.</p>
<p>Para terminar: “¿Que me puede dar perdón?”</p>
<p>&nbsp;</p>
<h3>Lección 26 El alma se traslada</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, Hebreos 9.27</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Está establecido</em> Empleando la mano derecha, finja escribir sobre la palma de la izquierda; <em>para los hombres</em> Un lento movimiento horizontal del brazo, como para abarcar a todos <em>que mueran </em>Cabeza abajo, ojos cerrados; <em>una sola vez</em> Levante un solo dedo</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El día de mudanza para el alma; 2 Pedro 1.13,14</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Gane la atención colectiva de la clase por medio de una repetición (de parte de unos pocos alumnos) del Ejercicio (c) de la lección anterior.</p>
<p>Para comunicar el pensamiento que la casa estaba vacía porque la gente se había mudado (trasladado), cuente unos pocos relatos al estilo de los siguientes. Válgase de recortes u otro material ilustrativo.</p>
<p>Un zorro perseguía un conejo y vio que había un huequito en un tronco caído. Una vez vuelto a su cueva, él se acuerda de ese hueco, y después de la siesta va a verlo. Huele a ratoncito, pero su mucho cavar le deja descubrir tan sólo un nido vacío. La casa del ratoncito estaba vacía porque los ratones se habían marchado a otra parte.</p>
<p>Y, un gato visita el poste donde unos pajaritos tenían su nido. El nido está vacío; la mamá les había enseñado a los pajaritos a volar, y ellos se fueron a vivir en otra parte. &#8230; Un águila percibe entre los bejucos, cerca del río, el nido de un pato silvestre, pero no encuentra ningún pato. &#8230; Una gente visita la casa de sus amigos. Tocan y tocan, pero nadie responde. Describa todo el movimiento que ellos hubieran presenciado al haber visitado el día anterior: hombres cargando muebles, la señora recogiendo cositas, el camión cargado de enseres. Al haber visto eso, los amigos hubieran sabido que la gente ya no estaba en la casa; se habían mudado.</p>
<p>Terminados sus relatos, pregunte: “¿Por qué estaba vacío el hueco que el zorro descubrió? &#8230; ¿Y por qué no había pájaros en ese nido? Y &#8230;?”</p>
<p>Ahora es el momento para afirmar la lección: Así es con nuestras casas-cuerpos. A veces uno se enferma. Le llevan a la clínica, o al puesto de socorro, pero no hay remedio. O, una casa-cuerpo sufre un grave accidente. Las heridas son tan graves que la verdadera persona —¿Cómo es que se llama?— no puede seguir viviendo allí adentro. La verdadera persona —el alma— se traslada. La gente ve a la pobre casa-cuerpo y dicen que está vacía, o muerta, porque ya se fue el alma que antes estaba allí adentro.</p>
<p>¿Por qué dicen que la casa-cuerpo está vacía, o muerta? No explique más por el momento.</p>
<p>(Esta verdad será completamente nueva para la mayoría de sus alumnos. Aun cuando se entienda rápidamente, hace falta repetición para que se les registre bien en la mente. Una vez que ellos capten esta verdad, les será un faro para alumbrar muchos de los problemas de la vida. El escritor de estas lecciones ha probado esto en muchas oportunidades. Recuerdo con gran satisfacción la lucidez con que cierta niña explicó a sus asombrados parientes qué fue lo que realmente sucedió cuando murió su hermanita).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Presente una vez más las ilustraciones y el repaso del viaje de la vida, Lección 21.             Una vez que los niños se acuerden de esto por trazar el curso de la vida (“Y así terminó su viaje de la vida”), señale cada cuadro con el dedo o una varilla y pregunte al grupo acerca de Fulano y de la hembra. Así:</p>
<p>Recién nacido, él vino a vivir con su papá y su mamá en esta casa. Pero el verdadero nene Fulano tenía su propia casa-cuerpo, ¿no es verdad? A su mamá le agradaba mucho llevar su bebé de allá para acá, y jugar con él también. ¿Ahora, ese niño estaba viviendo en su propia casa-cuerpo cuando ella hacía esto?</p>
<p>Describa los incidentes en cada uno de los pasos 2 al 7 en Lección 21, y termine esta fase con la misma pregunta. En el punto 6, mencionada ya la enfermedad de Fulano, y formulada nuestra pregunta (“¿Ahora, ese niño estaba viviendo en su propia casa-cuerpo &#8230;?”), describa cuán enfermo estaba él. Ni medicinas ni el hospital podían mejorar su casa-cuerpo. Explique con cuidado que la casa-cuerpo ya no servía como hogar para el verdadero Fulano. La casa-cuerpo había perdido su razón de ser; el verdadero muchacho —su alma— tenía que mudarse. Su pobre casa-cuerpo, vacía y muerta, fue puesta en el cementerio (cuadro 7, Lección 21). Se había terminado su viaje de la vida; era el día de mudanza para su alma.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Explique más sobre lo que sucedió al niño / niña, y que esto puede suceder a nosotros también. Repita el texto para ser aprendido de memoria, junto con la mímica. Sea tierno al hablar de esto y aplicar las verdades que vamos a mencionar. No deje que ningún niño se asuste más de lo que puede soportar. Es el deber suyo enseñar estas verdades que Dios nos ha comunicado, pero de una manera que sirva de base para una comprensión mayor cuando estos pequeños sean más grandes.</p>
<p>No es el deber suyo advertirles ahora de huir de la ira por venir. Usted no está tratando con personas que han alcanzado una edad de responsabilidad ante Dios. La salvación procurada por el Hijo del Hombre está entre estos pequeños y los que perecen; véase Mateo 18.11 al 14.</p>
<p>Proceda a dibujar en el pizarrón, o desplegar recortes, la figura de una casa. Cuente de la gente que vivía varios años en ella; de las ventanas que fueron rotas; de la puerta caída; del piso con grietas. Cuente de la gran tempestad que cayó sobre la casa. Borre la ilustración y ponga en su lugar una gran “X” para representar la masa de desechos.</p>
<p>Pregunte: “¿Podría seguir la gente viviendo en esa casa?” Ayude al grupo a llegar a la conclusión que esa gente tendría que buscar otra casa mejor.</p>
<p>El próximo paso es el relato del rico y Lázaro, dejando afuera por ahora cualquier referencia a la perdición del rico; Lucas 16.19 al 22. Describa el desgaste de la pobre casa-cuerpo del mendigo y la tempestad final de enfermedad que cayó. Lázaro no podía continuar viviendo en esa casa-cuerpo; él tenía que mudarse un día, y los ángeles le llevaron al feliz lugar de comodidad que Dios tiene. Al ser posible, emplee para este relato una ilustración en colores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Cada alumno hace algún objeto para representar algún mueble u otro detalle de una vivienda. Coloque usted estos objetos en una caja, y luego rompa dos lados de la “casa” para que sea inservible como vivienda. Luego, permita que cada alumno transporte algún objeto a un lugar mejor, empleando un camión de juguete que usted ha traído con este fin. Este lugar mejor puede ser otra caja o un rincón alejado de la “casa” arruinada.</p>
<h3>Lección 27 La morada celeste</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Elías subió al cielo, 2 Reyes 2.11</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Elías</em> Diga: “El era un hombre / profeta de Dios”. <em>Subió al cielo</em> Señale hacia arriba al decir “subió”, y más arriba al decir “al cielo”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Un mejor lugar donde vivir; el hogar feliz y santo que Dios tiene en el cielo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Despliegue de nuevo los cuadros que usted usó para la lección sobre el viaje de la vida, trazando la ruta para refrescar la memoria de cada cual.</p>
<p>Repase los detalles principales (más que todo preguntando a los niños) de la lección sobre la casa-cuerpo, luego la verdadera persona, el alma y el día de la mudanza. De esta manera usted descubrirá en qué medida los pequeños han captado estas verdades tan relacionadas entre sí, y usted podrá reforzar los puntos débiles.</p>
<p>Finalmente, explique que el alma es otra de esas cosas que van a existir para siempre (Lección 22; el anillo).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Relate de nuevo la historia del mendigo Lázaro, haciendo mención de cada uno de los puntos señalados arriba: su viaje de la vida, su casa-cuerpo, el verdadero Lázaro adentro, el día de mudanza para su alma y el lugar mejor donde vivir (el lugar feliz de comodidad). Y, remate esto con decir que él está ahora en el cielo y nunca más tendrá que buscar un lugar donde vivir mejor. (Desde luego, en sentido estricto este comentario debería referirse a su nueva casa-cuerpo, 2 Corintios 5.2. Pero no será sino después de muchas clases que los niños tendrán estos conceptos suficientemente desarrollados como para captar esta preciosa verdad).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Traiga a la memoria los detalles principales de Lección 12, Ejercicio (b), sobre los mensajeros de Dios, los profetas. Luego, prosiga.</p>
<p>Uno de aquellos profetas era Elías. No sabemos nada acerca de cuándo comenzó su viaje de la vida, pero sí sabemos de algunas cosas que sucedieron. Recuente, pero sin insistir mucho, cómo Dios le envió a decir a su pueblo pecaminoso que Dios no les iba a bendecir ni enviaría lluvia para hacer crecer su cosecha de granos; como Él dio de comer a su profeta junto al arroyo de Querit y en casa de la viuda, 1 Reyes 17.1 al 16. Para evitar confusión entre este milagro y otro en el ministerio de Eliseo, no haga mención del hijo de la viuda restaurado a vida. Cuente del gran acontecimiento en el monte Carmelo, 1 Reyes 18.17 al 46. Pase de allí al final de su vida, o sea su traslado al cielo, 2 Reyes 2.1 al 18. Procure obtener una ilustración de esta escena.</p>
<p>Enfatice que esta vez Dios hizo algo por su mensajero que Él no hace a favor de la mayoría de las personas: El le dio otro tipo de día de mudanza. En vez de esperar que la casa-cuerpo de Elías estuviera tan enferma y desgastada que ya el profeta no podría seguir viviendo en ella, Dios permitió que su vida terminara cuando su casa-cuerpo todavía estaba en buenas condiciones. Así que Elías no tenía que hacer mudanza de su casa-cuerpo; Dios más bien trasladó el verdadero Elías— el alma de Elías— a otro lugar, junto con su casa-cuerpo. Le llevó a su feliz, cómodo hogar en el cielo. (Desde aquí en adelante, utilice esa fraseología al referirse al cielo).</p>
<p>Relate la historia de su traslado, de la tempestad (torbellino) con espacios brillantes de luz que lo hacían parecer como un carro de fuego tirado de caballos de fuego, y de su llegada al feliz, santo hogar. Aquel fue el día del traslado de Elías, cuando él y su casa-cuerpo fueron a vivir en un lugar mejor.</p>
<p>(Recomiendo que usted lea el pasaje bien en casa y haga anotaciones para poder relatar todo esto con mayor facilidad en la escuela bíblica). Repita el texto de memoria con la mímica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Presente a la clase dos muñecos que usted va a usar para representar a dos hombres: Lázaro y Elías. El primero, que representa a Lázaro, debe ser marcado con marcador o tiza roja para sugerir erupciones en su cuerpo casi desnudo. Converse de esta manera: “Este pobre muñeco será Lázaro, el hombre que era mendigo. ¡Pobre, pobre Lázaro! ¡Tantas llagas en su casa-cuerpo! Él está tan enfermo y hambriento. Los perros han lamido sus llagas, pero así no se curan. Doctor— como si un médico estuviera detrás de usted— ¿usted puede curar a don Lázaro? No, nadie puede hacerle sano. Entonces él no va a poder vivir mucho más en esta casa-cuerpo. Vamos a acostarle con cuidado. Su alma, ese verdadero Lázaro que vivía adentro, debe marcharse a vivir en otro lugar”. Ahora, con las dos manos, haga como si estuviera llevando su alma hacia el lugar que Dios ha preparado (otra parte del salón o patio). Explique que en realidad fueron los ángeles que hicieron eso.</p>
<p>Mientras usted repite las ideas principales de todo esto, oriente a cada alumno para que lleve el alma al lugar de comodidad. Este ejercicio, en vez de ser de mero entretenimiento, debe ser una actividad solemne que ayudará en alguna medida a fijar en las mentes las ideas que usted está enseñando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (e):</p>
<p>Relate la historia de la vida real que dio origen al buen himno, “En una carpa un gitano moría”. (¿Dónde usted vive, ¿la gente conoce a los gitanos?) La maestra de escuela dominical visitó al muchacho en la vivienda miserable de una tropa de gitanos. Su casa-cuerpo estaba muy enferma, tan así que él no iba a mejorarse. Ella le contó del amor del Salvador, y que él iba a tener pronto un día de mudanza. El aceptó a Cristo como su Salvador, y antes de ir a ese lugar santo y cómodo que Dios ha preparado en el cielo, dijo una y otra vez: “Otra vez más, otra vez más, cuenta la historia del buen Salvador &#8230;”</p>
<h3>Lección 28 Más sobre el hogar feliz</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>He aquí una puerta abierta en el cielo, Apocalipsis 4.1 [Ojo: ¿Qué quiere decir “he aquí?”]</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>He aquí una puerta</em> Señale y mire hacia arriba; <em>abierta en el cielo</em> Todavía mirando arriba, abra una puerta imaginaria</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Lo que Juan vio: más acerca del hogar feliz y santo que tiene Dios en el cielo. Apocalipsis 4.1 al 11, 5.1 al 12</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Lleve a la clase uno de los muñecos que usted usó en la lección anterior, para que sirva de modelo de la casa-cuerpo del gitano. Para una carpa, puede usar un cartón grande, doblado en dos como una “V” invertida. A título de introducción, realice una actividad con la clase al estilo de aquéllas para las historias de Lázaro y Elías, para representar el alma del gitano en el día de la mudanza, cuando el verdadero muchacho se trasladó a un lugar mejor, el feliz y santo hogar que Dios ha preparado en el cielo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Comience: “Ahora, la Palabra de Dios nos cuenta unas cosas maravillosas acerca de su hogar feliz, santo en el cielo. Nos cuenta de un hombre llamado Juan y de las cosas maravillosas que él vio cuando Dios, por su Espíritu, le llevó hasta la puerta del cielo y le mostró paisajes en su feliz, santo hogar allá arriba”.</p>
<p>Prosiga con describir lo que él vio:</p>
<p>Apocalipsis 4.1 al 11: La primerita cosa que él vio fue un gran sillón, o trono, como nadie en la tierra jamás ha visto. Dios, el Padre, estaba sentado sobre el trono. Desde el trono salían rayos y truenos y el sonido de voces. ¡Ha debido ser espantoso de verdad! Pero en derredor de todo ese espléndido trono había un gran arco iris: no la mitad de un círculo como nosotros vemos a veces después de la lluvia, sino un círculo entero, por todos lados del trono. Y el color que más se notaba era un hermoso verde.</p>
<p>Cuando Juan vio al Gran Ser sentado sobre el trono, se dio cuenta de una vez que no era como un hombre, sino como dos piedras muy preciosas. Una brillaba blanca como un diamante, y la otra roja como el fuego. Había un aro de tronos menores en derredor del gran trono de Dios. Eran los veinticuatro ancianos, con ropa del blanco más blanco, y sobre sus cabezas coronas de oro.</p>
<p>Frente al gran trono de Dios, Juan vio siete lámparas encendidas, y frente a ellas un mar de cristal. Este mar era algo como una vasta palangana o ponchera con paredes de cristal tan transparentes como vidrio.</p>
<p>Paradas detrás, en frente y a cada lado del gran trono había cuatro criaturas extrañas, cada una con seis enormes alas y que veían por todas partes. Todos los días y todas las noches (de la tierra), aquellas criaturas decían, “Santo, santo, santo es el Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir”. Entonces ellos daban gracias y atribuían adoración a Dios el Padre, y los veinticuatro ancianos se postraban ante él, y le adoraban, y echaban sus coronas ante él.</p>
<p>Apocalipsis 5.1 al 12: Cuando Juan vio de nuevo al gran Dios Padre sentado sobre su trono, él vio que Él tenía en la mano un libro extraño que estaba cerrado con siete sellos. Un ángel fuerte clamó a gran voz para que alguien viniera a abrir el libro y leer lo que decía. Nadie entre los hombres se hallaba digno y capaz de hacerlo. Entonces vino Uno realmente digno y capaz de hacerlo. Él se paró frente al trono de Dios Padre y tomó el libro en sus manos. Juan sabía de una vez quién era. Era el Hijo de Dios.</p>
<p>Comenzó el nuevo cántico en el cielo tan pronto Él hizo esto. Los cantores de ese maravilloso canto eran las grandes multitudes de pecadores cuyos pecados habían sido lavados por la sangre de Jesús. (Obsérvese que los cantores del versículo 8 son símbolos de los redimidos de todos los tiempos, como se ve por el versículo 9). ¡Oh! cuán hermoso ese cántico. Era un coro acerca del Cordero digno, es decir, el Hijo de Dios.</p>
<p>Los padres y las madres estaban allí, millones y millones de ellos. Y también millones y millones de niños; niños negros, asiáticos, de piel roja, blancos: niños de toda la tierra. Nadie en el mundo jamás ha oído algo tan maravilloso como el canto de los que entonaban el cántico nuevo. Y en derredor de ellos había otro círculo, formado éste por los millones de millones de ángeles. Ellos no cantaban, porque nunca habían sido pecadores que necesitaban tener sus horribles pecados lavados en la sangre de Jesús. Más bien, ellos clamaban en alta voz: “El Cordero es digno &#8230;”</p>
<p>Esto no es todo lo que Juan vio del feliz, santo hogar en el cielo, pero será suficiente para esta lección. Tendremos que dejar el resto para otra ocasión. Ahora vamos a hacer un ejercicio para recordar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>El propósito de este ejercicio es fijar en la mente los detalles que hemos tratado.     Pronto tendremos que enseñar algunas verdades muy desagradables, así que favor de tomar en serio este proyecto. Ponga en orden ante el grupo sus materiales y comience a construir un juego de objetos crudos para representar las personas y cosas de la lección.</p>
<p>Primeramente, haga una gran silla con espaldar, para representar el gran trono. Dos de los chicos pueden hacer o buscar dos piedras para representar a Dios el Padre sentado sobre el trono. Para los veinticuatro ancianos, vamos a usar veinticuatro pedazos de plastilina o de barro, y así cuatro pedazos más grandes y de otro color para representar los cuatro seres vivientes.</p>
<p>Una medialuna de cartón, coloreada como para sugerir el arco iris, puede ser colocada sobre el trono, con las puntas en pedazos de plastilina o barro. Una vez que usted y sus alumnos hayan arreglado esto objetos en sus respectivas posiciones, repase con ellos los detalles ya narrados de Apocalipsis 4.</p>
<p>Para Apocalipsis 5 usted necesitará sólo una figura más —una persona parada ante el trono para recibir el libro— y también muchos pedazos que representarán la multitud de cantores en un círculo en derredor del círculo de los veinticuatro ancianos. Y, adicionalmente, otro gran aro, diferente al anterior, que representará la hueste angelical.</p>
<p>Y ahora usted debe repasar toda la historia de lo que Juan vio.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón?”</p>
<h3>Lección 29 Felicidad y santidad</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Enjugará Dios toda lágrima de ellos, Apocalipsis 21.4 [Ojo: ¿Qué quiere decir <em>enjugar</em>?]</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Enjugará Dios</em> Abra la palma de una mano, levantándola, y señale hacia arriba con un dedo de la otra; <em>toda lágrima</em> Frote los ojos con la primera mano levantada; <em>de ellos </em>Mueva el brazo horizontalmente</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Lo que vio Juan; más acerca del hogar feliz y santo en el cielo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>No habrá tristeza ni lágrimas, Apocalipsis 21.4; ¿Se acuerda de sus historias sobre la tristeza en Lección 10? Cuéntelas de nuevo y al final comente: “Aquello sucedió aquí en la tierra. Ha habido mucha tristeza y muchas lágrimas desde que el pecado entró en el corazón humano, pero no habrá en el cielo”. Repita entonces el texto de aprender de memoria y la mímica.</p>
<p>Repase también las escenas celestiales de la lección anterior, mostrando a la clase uno de los modelos que se hizo para sugerir el trono central, el círculo de los veinticuatro y en derredor de él la hueste de ángeles. Enfatice que nadie lloraba. Más bien, los pecadores lavados en la sangre estaban todos cantando en torno del trono.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>No habrá dolor, Apocalipsis 21.4: Vea cuántas cosas pueden nombrar los pequeños como causas del dolor, como un dolor de muela o de oído, un dedo cortado, una rodilla aporreada, etc. No más muerte, 21.4: Repase Ejercicios (a) y (b) de Lección 21, empleando los cuadros al ser posible. Muestre que los viajes-vidas nunca terminan en el cielo, sino que siguen para siempre jamás porque los pecadores lavados en la sangre cuentan con la vida eterna.</p>
<p>No habrá allí más noche, 22.5: Haga mención de Ejercicios (b) y (c) de Lección 3 y repita el texto y la mímica de aquella lección. Luego haga entender que el sol, la luna y las estrellas no pueden brillar en el cielo, pero aun así nunca habrá noche. No habrá velas, lámparas ni luces eléctricas porque no harán falta. El Hijo de Dios, El mismo, será la luz en aquel lugar. Los muchachos y las muchachas en aquel país feliz nunca más tendrán miedo de la oscuridad.</p>
<p>No habrá más maldición, 22.3 con Génesis 3.17,18: Relate la historia de Génesis 3 acerca del día triste cuando el pecado llegó a vivir en el corazón humano, enfatizando el resultado lamentable de espinos, mala hierba y lugares desérticos; todo como consecuencia del pecado. Pero en el cielo no habrá pecado, de manera que habrá gozo y felicidad en vez de maldición. Dios no esconderá su rostro, sino que los niños y las niñas “verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes”, 22.4.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Para Ejercicio (a) — Surta a cada niño papel apropiado para que pueda confeccionar un pañuelo. Si usted desea, esto se puede hacer al final del ejercicio y puede ser usado en la repetición del texto para aprender de memoria. Los pañuelos se guardarán para uso posterior. O, se puede hacer una vez terminado Ejercicio (b).</p>
<p>Alternativamente, puede realizar este trabajo manual tanto al final del (a) como al final del (b).</p>
<p>Para Ejercicio (b) —</p>
<p>1. Cada niño hace un pañuelo de papel, o le muestra el que hizo anteriormente. Explique que los pañuelos quitan las lágrimas.</p>
<p>2. Corte vendas y úselas para vendar el dedo suyo supuestamente herido y también el dedo de cada alumno. Explique que las vendas son para las quemaduras y heridas.</p>
<p>3. Corte tiras de papel o tela negra o morada para que cada alumno lleve en el brazo o solapa, según la costumbre en su país, una señal de estar de luto. Explique que cuando nuestros seres queridos nos dejan a causa de la muerte, ellos dejan atrás su casa-cuerpo.</p>
<p>4. Dibuje en el pizarrón algo que represente un cardo; cada alumno lo copiará en papel. Explique los cardos, abrojos y mala hierba son parte de la maldición que Dios mandó sobre la tierra cuando el pecado vino a morar en el corazón humano.</p>
<p>Hecho todo esto, saque a la vista una cesta para desperdicios. Repita, usted solo, el texto de memoria, empleando el pañuelo y la mímica. Entonces anuncie claramente: “En el cielo no habrá ni tristeza ni lágrimas”, y bote el pañuelo en la cesta.</p>
<p>Ahora, llame a sí todos los alumnos, en grupos pequeños. Repita con ellos el texto e instrúyalos a decir con usted: “En el cielo no habrá &#8230;”, lanzando a las vez sus pañuelos a la cesta de desperdicios. Haga lo mismo, sin el versículo, con las vendas, tiras y abrojos; nada de esto hará falta en el cielo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>La ciudad cuadrangular, Apocalipsis 21.9 al 27: Otra gran visión de Juan fue cuando el ángel le mostró la ciudad llamada la Nueva Jerusalén. Era muy, muy diferente a cualquier otra ciudad construida por gente del mundo porque Dios fue quien la hizo; Hebreos 11.10. De largo tenía 2400 kilómetros (“Vamos a contar: uno, dos, tres &#8230;”), de ancho 2400 kilómetros (Cuente), y maravilla de maravillas, de alto 2400 kilómetros, 21.16. Así que, en ella cabían todas las personas cuyos pecados han sido lavados. Y, ¿qué me puede lavar los pecados?</p>
<p>La ciudad era de oro puro, como tiene Dios en su hogar feliz en el cielo, porque era como vidrio claro que nos deja ver desde un lado a otro, 21.18. La ciudad tenía una sola calle y también era de oro del mismo tipo, 21.21. No tenía luces porque el Hijo de Dios va a vivir en ella con todo su pueblo y Él será su luz, 21.23. El río del agua de vida fluye en la ciudad. Viene del trono de Dios y tiene a su lado el maravilloso árbol de vida. Descríbalo, 22.1,2. Si la atención es buena, también puede describir la pared de jaspe, las doce puertas guardadas por ángeles y los doce cimientos adornados de piedras preciosas, 21.12 al 21.</p>
<p>Por último Juan aprendió qué clase de gente iba a vivir en aquella ciudad maravillosa. Son aquellos cuyos nombres están inscritos en el libro de la vida del Cordero, 21.27. Explique, pero no intente aplicar la verdad, que tan pronto que los pecados de un niño sean lavados, su nombre se escribe en ese libro, y ese niño está seguro de su lugar en la ciudad cuadrangular.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Las pisadas del niño</h3>
<p>Llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, Mateo 18.2</p>
<p>De esta manera el Señor Jesucristo, valiéndose de un muchacho como una lección ilustrada, exigió de los discípulos que considerasen algunas características de la niñez. Él tenía pleno conocimiento de aquellas características, y aquí insta a sus seguidores que observen y reflexionen acerca de los niños pequeños para su propio beneficio. “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”, 18.3,4.</p>
<p>Con otro fin el apóstol Pablo exhorta a los corintios —y a nosotros— con las palabras de 1 Corintios 9.22: “Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve algunos”.</p>
<p>Esto lo hizo “por causa del evangelio”. Este ajuste para acomodarse a los demás fue hecho posible por su comprensión esclarecida de aquellos a quienes él buscaba para ganarlos a Cristo; Filipenses 4.9. Nosotros también tenemos a aquéllos a quienes queremos conducir al Salvador. Ellos son pequeños y débiles, pero son parte del “todos” que necesitan la salvación que Dios ofrece.</p>
<p>Es evidente que tendremos que hacernos como pequeños niños para ganar a niños pequeños. No bastará que nos paremos en el pináculo de nuestro estilo de actuación y pensamiento como adultos, pregonando el mensaje a los chicos allí en el valle. Más bien tendremos que seguir en los pasos del Buen Samaritano en su misión de misericordia para con el herido al lado del camino a Jericó. Él llegó a donde estaba el necesitado.</p>
<p>En nuestro desarrollo nos hemos alejado de aquellos tiempos infantiles. Nadie reconoce esto mejor que aquellos que han dedicado mucho tiempo al estudio de esa etapa de la vida. Volvamos, pues, a explorar de nuevo aquellos años olvidados; seamos como Eliseo en 2 Reyes 4, “tendido sobre el niño a su medida precisa”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En los primeros años de la vida de un nene no hay otro proceso más maravilloso que el despertamiento de los cinco sentidos especializados. Comenzando desde cero, pero con unas pocas sensaciones indefinidas tal como la gula, el nene avanza hasta ver y oír, y luego a saborear y olfatear. Más tarde, unos pocos cuadros mentales —conceptos— entran por vía del ojo hasta la galería de su cerebro, y nace el reconocimiento; así el bebé entra en una nueva etapa del desarrollo mental.</p>
<p>Pronto lo pequeños brazos se mueven con cierto sentido y los pies dejan de moverse sólo por impulsos sin razón. Los pequeños gestos de voluntad propia empiezan a hacerse notar; no mucho después las manos se extienden adrede para alcanzar los pies y los objetos en derredor. De esta manera se desarrollan los músculos de las extremidades y se adquiere cierta coordinación entre la mente y los músculos, necesaria para el uso futuro en abrazar, gatear y caminar. A la vez, la puerta del oído ha venido admitiendo unas impresiones que más adelante van a formarse en palabras habladas.</p>
<p>Pasando por el segundo año, la criatura responde con mayor facilidad a lo que dicen o hacen. Tiene mayor dominio propio, aprende a caminar y a andar, alimentarse, jugar con diferentes objetos y —de especial interés a nosotros— él desarrolla el sentido del tacto. Los maestros de las clases de principiantes deben tener ejercicio en aprender a comprender esta necesidad de tocar, que forma la base del hacer. Es otra puerta del niño, y se desarrolla marcadamente en el período que nos interesa.</p>
<p>En el tercer año lo común es una gran actividad física. Se manifiesta el instinto de hacer algo por cuenta propia, aun en actividades típicas como la de ponerse los zapatos, o vestir la muñeca. Es esta aparición de iniciativa que es responsable por muchas de las travesuras que tanto fastidian a las madres jóvenes.</p>
<h3>Lección 30 Los malos y su cárcel</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Los malos serán trasladados al Seol , Salmo 9.17</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Los malos: </em>Pase el dedo índice a través del corazón ¾la señal del pecado¾ para sugerir el corazón pecaminoso; <em>trasladados:</em> Pretende empujar hacia abajo con las dos manos, como haría con un perrito; <em>al Seol:</em> Menee la cabeza lentamente y señale hacia abajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>La cárcel de Dios, comentando que Seol, llamado también hades, es como el infierno, pero sin abundar sobre esto. Mateo 25.41, Números 16.33, Efesios 4.9, Lucas 16.19 al 31, Apocalipsis 20.1 al 7</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Cuando Juan estaba arriba en el cielo él vio qué clase de gente va a vivir en la maravillosa ciudad cuadrangular. Serán aquellos que tienen sus nombres inscritos en el libro de la vida. ¿Y cómo es que una persona puede tener su nombre escrito allí?</p>
<p>Juan vio otra cosa también. Él vio un gran número de personas llegando para pararse ante el gran trono blanco de Dios en el día del castigo. Vio también de dónde venían. Era la cárcel de Dios, Apocalipsis 20.13. No abunde más sobre esto.</p>
<p>Platique ahora un poco acerca de la policía ¾ quiénes son los policía y qué hacen ellos a favor de nosotros. Entonces dibuje en el pizarrón una ventana. Puede usar líneas gruesas para representar barras, diciendo algo como, “Hay esta barra gruesota de hierro que va de arriba abajo. Y ahora otra, y otra. Fíjense en esta reja tan fuerte. ¿Saben por qué estoy dibujándola? Es porque esta es una ventana en la cárcel de la policía. Las ventanas y las puertas tienen que tener estas barras para que los malos no puedan salir”.</p>
<p>Describa a algunos que de veras merecen estar allí: el que tomó el dinero de la señora, otro que forzó la entrada en una casa en la noche, un joven muy malo que lanzó una gran piedra para romper el vidrio en una tienda. Todos ellos fueron perseguidos, capturados y puestos en la cárcel de la policía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Dios también tiene una cárcel. La hizo para poner allí a Satanás y los ángeles malos. Repase las ideas principales de Lección 20. Satanás no está en la cárcel de Dios todavía, pero él y sus ángeles pecaminosos van a ser puestos allí más tarde, Apocalipsis 20.1 al 7. Una vez ciertos pecadores bajaron a ese lugar, Números 16.29 al 34.</p>
<p>Pero eso fue “algo nuevo” que Dios hizo una sola vez. Repase su enseñanza basada en Lecciones 24 al 26 y haga ver que el cuerpo va al sepulcro cuando termina el viaje de la vida, pero la verdadera gente que vive en estos cuerpos ¾las almas¾ se traslada a otra parte. Algunos, como Elías y el mendigo Lázaro, se marcharon a un lugar mejor donde vivir. Ellos fueron (después del Calvario) al hogar muy, muy feliz de Dios en el cielo. Pero Juan vio a algunos subir de la cárcel de Dios para pararse ante Él y ser juzgados por sus pecados tan malos. Sus almas fueron a ese lugar al final del viaje de la vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Cuente de nuevo la historia de Lázaro e incluya la parte acerca del hombre rico que fue enviado a la cárcel de Dios al final de su viaje, Lucas 16.19 al 31. Sus terribles pecados no fueron limpiados ¾¿y qué me puede lavar los pecados? ¾ y por esto no podía ir al hogar muy feliz en el cielo. La casa de Dios es pura y santa, y no puede haber allí un solo pecado. Por eso el hombre rico (uno que se olvidó de Dios, como en Salmo 9.17) fue rechazado para el cielo y mandado al infierno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (d):</p>
<p>Prepare y lleve a la clase un caja, o una bolsa, que contiene una variedad de cositas (una para cada niño) envueltas de una manera que permita que se abran fácilmente. Deben ser de más o menos el mismo tamaño, algunas que incluyan tela (género) blanca y limpia, y otras que incluyan “trapos de inmundicia”, y otras que sean pedazos de carbón o de tierra dura. Coloque el contenedor a un extremo y luego explique que donde usted está sentado al otro extremo es su casa. Busque el acuerdo de los niños que en la casa suya todas las cosas deben ser limpias, y que las cosas sucias deben ser consignadas al desperdicio.</p>
<p>El propósito del ejercicio es fijar la mente en “trasladados” en el sentido de rechazados. Permita que cada alumno saque un solo artículo, y que se lo presente a usted. Cada cual debe abrir su paquete, examinar el objeto y quedarse cerca de usted en su “casa” si tiene algo que sea blanco, o botar su objeto si es un trapo sucio o un pedazo negro. Repítanse el texto de memoria con la mímica.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 31 No hay ninguno bueno</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno, Romanos 3.12</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>No hay</em>: Levante la mano, los dedos tocando el dedo mayor, para formar una O, dando a entender ninguno, o nada; <em>quien haga</em>: Use la señal para <em>hacer; ni siquiera</em>: Menee la cabeza lenta solemnemente; <em>uno</em>: Levante el dedo índice.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Entramos ahora en una nueva sección de nuestros estudios. Trata de la venida del Salvador de los pecadores, y por estos tendremos que llevar en mente algunas lecciones anteriores. Como estímulo para los alumnos que responden mejor, se puede obsequiar cositas como pañuelos, lápices y creyones. No conviene repartir dulces o caramelos si todos no van a recibirlos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Primera sesión:</p>
<p>Por cuanto estos repasos son sólo para refrescar la memoria, no deben ser extensos, ni repetidos si no se ve la necesidad de hacerlo. El maestro debe contar con papel y bolígrafo para anotar los apuntes, como también la mímica, que él espera cubrir en la sesión.</p>
<p>Para su primera sesión, quizás usted querrá considerar Lecciones 1,7,8 y 9 acerca de Dios; Lecciones 2 a 6 acerca de lo que Dios hizo; y el texto de memoria y el trabajo manual correspondientes a Lección 6.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Segunda sesión:</p>
<p>Lecciones 10 a 14 acerca de cómo Dios habla a nosotros; su Gran Carta que es la Biblia; y el pecado, empleando el texto de memoria y las cartulinas PE-CA-DO de Lección 14.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tercera sesión:</p>
<p>Lecciones 15 al 19 y la 21, que versan más sobre el pecado y sobre el viaje de la vida. Utilice el texto y los cuadros de Lección 21.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuarta sesión:</p>
<p>Lecciones 23 a 26 acerca de la casa-cuerpo, el alma y el día de la mudanza del alma. Luego cuente la historia de Lázaro quien fue a vivir en un lugar mejor (en el lugar feliz y cómodo que tiene Dios) y ahora está en el hogar muy, muy feliz en el cielo. También del rico que tenía que ser enviado a la cárcel de Dios porque sus pecados no habían sido lavados; Lucas 16.19 al 31. Aprovéchese del texto de memoria y Ejercicio (d), Lección 30.</p>
<p>Si bien este material de lecciones anteriores debe ser repasado para refrescar la memoria de los niños, las divisiones sugeridas para las cuatro sesiones no son más que sugerencias. Usted solo, y sobre la marcha, podrá juzgar cuánto conviene repasar en cada sesión.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 32 Dios ama, pero castiga</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Dios es amor, 1 Juan 4.16</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Dios:</em> Señale hacia arriba.    <em>es:</em> Hable lentamente para énfasis, moviendo la cabeza hacia arriba y abajo.  <em>amor:</em> Brazos en un círculo, elevados un poquito, como si estuvieran abrazando el cuello de Mamá.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Dios ama a los pecadores, aunque aborrece el pecado y siempre debe castigar a causa de él.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Comience con hablar acerca de la clase de Ser que Dios es: su carácter. Destáquese por medio de preguntas que Él ve y oye todo; es tan fuerte que puede hacer todo; Él odia el pecado y siempre debe castigar cuando hay pecado.</p>
<p>Entonces: vamos a aprender ahora que Dios es amor; repitamos el texto para aprender de memoria y la mímica. Pregunte a un niño si su mamá le ama; si alguna vez le castiga. Destaque el hecho de que las madres aman a sus hijos pero se oponen a las cosas malas que ellos hacen. A la vez puede ser necesario hacer ver (¡y suele ser necesario!) que las madres no castigan porque están enojadas con sus pequeñuelos, sino porque odian las cosas malas que hacen.</p>
<p>Relate una pequeña anécdota acerca de una madre castigando a su hijo porque le amaba tanto y no quería que jugara en el camino y fuera arrollado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Como una ilustración del tema de la lección (que por cierto se extiende a la próxima lección), relate la historia del arca hasta el punto donde todos estaban seguros adentro, esperando que viniera el diluvio; Génesis 6 hasta 7.9.</p>
<p>Para que esta historia ilustre el tema puede dividirla en tres partes:</p>
<p><strong>1.</strong> La clase de mundo que Dios vio al contemplarlo, 6.5. Describa a Dios mirando abajo desde el cielo en gran tristeza, mirando, mirando, mirando. Él podía ver a todos los padres, todas las madres, todos los muchachos grandes y los pequeños también. Pero todo lo que veía le ponía triste. Fue un día muy malo cuando Papá Adán y Mamá Eva hicieron lo que Dios les había dicho no hacer. El pecado vino a vivir en sus corazones. Y después, cuando nacieron sus bebés, resultaron ser pecadores así como sus padres. A la vez el pueblo seguía pecando más y más hasta que había gran maldad en todas partes.</p>
<p><em> Para su propia información:</em> Por más de dieciséis siglos antes de esto, no había leyes divinas que regularan la gente. Dios trataba con el pueblo con base en su conciencia, pero la conciencia se endurecía a causa del pecado. Las dos grandes familias terrenales en aquellos días ¾la de Set que había sido piadosa, y la de Caín que era impía¾ habían alcanzado un nivel común de maldad. Aparentemente nos sería difícil exagerar el pecado extremo, el homicidio y el derramamiento de sangre que se había hecho tan corriente que Dios declaró que el mundo estaba repleto de violencia, 6.11,13.</p>
<p>Para resaltar la violencia de aquellos días, usted podría emplear el método de “Yo veo a un hombre …” Por ejemplo:</p>
<p>“Veo a un hombre que parece cruel y enojado. Es un hombre pequeño y su hermano es un hombre alto. Él hurtó un cordero de su hermano pequeño porque quería carne para comer aquel día. Su hermano pequeño se molestó grandemente. Puede verlo ahora. Se está moviendo detrás de unos arbustos, agachado. Los hijos del hermano alto están jugando frente a aquellos arbustos. El pequeño porta un palo y de un a vez sale y golpea a un niño sobre la cabeza. El niño cae al suelo y los otros se preguntan qué ha pasado. El hermano pequeño se metió detrás de los arbustos otra vez tan rápidamente que nadie se dio cuenta de quién era. Le veo ahora. Se ha ido corriendo para esconderse. Él cree que así nadie va a saber que él golpeó al niño, pero Dios arriba en el cielo estaba mirando, mirando, mirando. Él vio todo lo que sucedió. Fue un pecado muy feo, y Dios odia al pecado y siempre tiene que castigar cuando ocurre.</p>
<p>Él vio que el hermano mayor también robó el cordero del hermano pequeño. Aquello también fue un pecado muy feo. Por dondequiera que miraba Dios todo era pecado, pecado”.</p>
<p>Usted puede añadir cuantos relatos similares que considere necesarios para que los niños tengan un concepto del grado en que el pecado había sobreabundado, y usted puede estar razonablemente seguro de que sucedió de veras en alguna ocasión en aquellos dieciséis siglos casi cualquier clase de situación que quiera describir.</p>
<p><strong>2. </strong>Dios decidió que Él debería lavar su mundo corrompido por el pecado. Describa sus sentimientos de tristeza al mirar abajo y ver esta clase de escenas día tras día. Dios es santo y aborrece el pecado. Él no podía permitir que el pueblo continuara yendo de mal en peor. Todo y todos en su mundo una vez feliz y puro ya estaban contaminados por el pecado. Él decidió que tendría que lavarlo y después dar a su mundo un nuevo comienzo. Describa el diluvio que iba a venir.</p>
<p>“Veo a una mamá. Ella está subiendo a la segunda planta de su casa para arreglar las camas. Veo a sus hijos, un varón y una hembra. Ellos han estado jugando en un barrial. Veo barro en sus zapatos. Ahora están entrando en la cocina. Al caminar allá y acá ellos dejan barro por dondequiera. Ahora están saliendo de nuevo. Veo a su mamá entrando en la cocina de la casa. Ella ve el sucio que los muchachos han dejado sobre su piso que estaba limpio. Puedo escuchar lo que ella está diciendo. Dice, “tendré que castigar esos muchachos cuando vuelvan”. ¿Pero qué del piso de la cocina? ¿Castigar a los hijos va a dejar el piso limpio otra vez? No, ella tendrá que lavar el piso para quitar las marcas que el barro dejó. Esto es lo que Dios tuvo que hacer con su mundo ensuciado por el pecado. Él debe castigar los pecadores por su pecado, pero también limpiar un mundo corrompido por el pecado”.</p>
<p><strong>3. </strong> Pero Dios es amor. Repita el texto para aprender de memoria y la mímica. Haga ver que Dios ama a los pecadores ¾al hermano pequeño, al grande y a los peores¾ no obstante todo el pecado. Aunque debe hacerlo porque Él es puro y santo, no le gusta tener que castigar a los pecadores por sus pecados. Así que hizo un plan para salvar a cualquiera del diluvio que venía. Aquellos pecadores nunca habían hecho lo que Dios les mandó hacer, pero Él iba a proveer una manera de salvarles y entonces decirles una vez más qué hacer. Si hicieran esta vez como Él decía, ellos estarían a salvo de su diluvio que venía como castigo.</p>
<p>Cuente el mensaje de Dios a Noé acerca del arca y su construcción. No diga, “Así Noé buscó mucha madera e hizo un arca”. Para que su historia sea real, usted tiene que entrar en todos los detalles, así:</p>
<p>“Entonces Noé y sus hijos tomaron sus hachas y se marcharon al bosque. Noé vio un magnífico árbol grande que haría un buen tronco para el arca que iba a hacer. Sus hijos tomaron sus hachas y comenzaron a talarlo en la base. Uno, dos, tres, y daban y daban hasta que el árbol estaba por caer. Se alejaron corriendo, y el gran árbol cayó con mucho ruido. Entonces tuvieron que quitar todas las ramas. Y también cortaron los lados para que su rollo fuera cuadrado en vez de redondo, y quitaron la cáscara. Después de todo esto, buscaron sus bueyes y halaron el rollo una gran distancia al lugar donde Noé iba a hacer el arca. Tuvieron que hacer todo esto muchas veces para tener suficiente madera. Cuando contaron con las tablas necesarias, ellos empezaron a juntarlas una a otra. Esto les costó mucho tiempo, casi cien años, y …”</p>
<p>Siga con el relato, enfatizando cada vez que Dios les dio al pueblo mucho tiempo en que resolverse, porque Él es amor. Cuente cómo entraron en el arca los animales y los pájaros, y toda la gente que quería ¾pero resulta que sólo Noé y su familia querían. Dios cerró la puerta, y entonces ellos esperaron siete días hasta que comenzó el diluvio. Enfatice a lo largo de todo esto el carácter negro, culpable del pueblo y el maravilloso amor de Dios para con ellos.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 33 Dios puede hacernos seguros</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>La salvación es de Jehová, Jonás 2.9</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Sal-va-ción</em>: Pronuncie esta palabra lentamente, partiéndola en tres sílabas como se indica aquí. Antes de comenzar la mímica, explique su sentido; la sal-va-ción quiere decir <strong>hacer-me-seguro</strong>. Por esto, se requieren tres movimientos para expresarla idea: la señal para <em>hacer</em>; después, tóquese a sí mismo; entonces, agachándose, recoja del piso con las dos manos un cordero ficticio, levante las manos en un sacrificio imaginario y colóquelo sobre sus hombros. Explique que así es que los pastores hacen seguros a los corderos perdidos.  <em>es de Jehová</em>: Señale hacia arriba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Solamente Dios puede hacer seguros a los pecadores. Completaremos ahora la lección sobre la maravillosa bondad de Dios para con los pecadores arruinados en los tiempos de Noé. Las próximas lecciones versarán sobre la venida del Salvador. El tema de <em>hacer-me-seguro</em> está en el trasfondo de todas las lecciones por delante.</p>
<p>Nótese:  Por ahora, no intentaremos enseñar la idea que el arca era un tipo del Salvador, de quien no hemos dicho nada todavía. Más adelante estaremos en condiciones de mostrar que “Cristo es como el arca” ¾ una afirmación al revés para acomodarnos a la mente de los pequeños.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Relate de nuevo la historia de la semana pasada, y luego cuente el resto como se encuentra en Génesis 7 y 8. Hecho esto, celebre un sesión de preguntas y respuestas, enseñando a los niños a contestar cada vez, “Dios quería hacerles seguros”, habiendo preguntado usted, “¿Por qué Dios …</p>
<p>… dijo a Noé que vendría un diluvio?</p>
<p>… dijo cómo hacer un arca?</p>
<p>… dijo a Noé que debería predicar al pueblo?</p>
<p>… mandó a dos grandes elefantes a entrar en el arca? (Y dos grandes leones, etc., terminando con pájaros y ratones. Extienda su lista suficientemente como para peguntar a cada alumno en la clase).</p>
<p>Comente acerca de la gran bondad y amor de Dios; repita “Dios es amor” con la mímica y el texto de memoria para esta lección. (Obsérvese que no estamos sugiriendo preguntas acerca de por qué Dios tuvo que lavar su mundo pecaminoso del pecado. Sus explicaciones serán suficientes, ya que no estamos listos para las lecciones de advertencia).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Para este ejercicio, mayormente trabajo manual, tenemos en mente algo más que hacer un proyecto. Su propósito es capacitar la clase para reconstruir los detalles esenciales de la historia.</p>
<p>Consiga una larga caja de cartón (ejemplo: tres cajas para zapatos, pegadas la una a la otra) para representar el arca. Téngase presente que probablemente era en forma de una caja (“arca” quiere decir una caja) y su longitud era de 135 metros cuando menos (según haya sido el codo). Por esto una caja corta, cuadrada daría una impresión errada. (Si uno quiere ser preciso, el largo debería ser seis veces el ancho).</p>
<p>Dibuje con creyón o marcador una ventana muy larga en el techo y abra un hueco en el costado para ser la puerta única.</p>
<p>Con palillos y plastilina, u otro material apropiado como anime, haga, con los alumnos, un gran número de animales y pájaros, y también a Sr. Noé, Sra. Noé, sus hijos y nueras. El último paso será su procesión para entrar en el arca. Cuídese de los detalles, corrigiendo de hecho las ideas erróneas que se ven ilustradas en muchos cuadros del arca.</p>
<p>Si hacen solamente algunos animales en una sesión, se puede terminar la tarea en la siguiente, quizás interrumpiendo el “trabajo” con reposo y preguntas acerca de cómo Dios quería hacer segura aquella gente.</p>
<p>Además repítase a menudo el texto de memoria durante el ejercicio.</p>
<p>Cuando todo está tan completo como usted estime necesario, coloque todo en el suelo, el arca tan lejos de las figuras como sea posible. Permita que sus alumnos, tomando turnos, marchen parejas de animales (o vuelen parejas de pájaros) a entrar en el arca mientras los otros chicos observan. Al entrar cada pareja, pregunte al niño: “¿Por qué quería Dios que los perros / tigres / pájaros entraran en el gran arca?”</p>
<p>Supóngase que hay una multitud de gente observando. Dígales, “Queridos vecinos, entren ustedes. En el arca hay mucho espacio para ustedes. Pronto viene el gran diluvio. ¿No quieren entrar y estar a salvo del gran diluvio?” Haga saber que nadie quiere entrar, así que usted tendrá que cerrar la puerta. Cierre la puerta de su modelo y vuelva a la historia de la verdadera arca, narrando el trágico fin de aquellos que no hicieron caso del amoroso mensaje de Dios.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 34 El Salvador prometido</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Dios mismo vendrá, y él os salvará, Isaías 35.4</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Dios mismo</em>: Señale hacia arriba;  <em>vendrá:</em> Levante ambos brazos hasta encima de la cabeza y bájelos al piso para sugerir que Cristo descendió del cielo;<em> </em> <em>salvará: </em>Use la mímica de la lección anterior acerca del cordero perdido que se encontró.</p>
<p>Los cuatro textos: Una vez aprendido el texto señalado arriba, pida a los pequeños que repitan en secuencia los textos de Lecciones 31 a 34. Estos cuatro textos servirán de tiempo en tiempo para constituir para su clase su primer pequeñito “cuerpo de doctrina” acerca de la ruina del hombre y el remedio de Dios. Por supuesto, lo ampliaremos más adelante. Hablaremos en lecciones posteriores de estos “cuatro textos de Lección 34”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Un Salvador prometido; a saber, prometido para hacer a los pecadores seguros ante el castigo a causa de su pecado. (Nota: De aquí en adelante, hasta que lleguemos a la lección que trata de su nacimiento, tenga cuidado a guardar secreto el nombre de este Salvador. En el momento oportuno, decírselo a usted será motivo de mucho placer para los niños que saben su nombre. Mientras tanto, usted hablará del Salvador por venir, el Prometido, etc.)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Para comenzar, el objetivo de esta lección es presentar a los niños su necesidad propia de un Salvador. Nuestro tratamiento de este tema vital será sencillo:</p>
<p>(a) Somos pecadores, arruinados por el pecado.</p>
<p>(b) Dios es puro y santo. Él odia al pecado y siempre debe castigar cuando hay pecado.</p>
<p>(c) También, Dios es amor. Él ha hecho provisión para que podamos estar seguros ante el castigo por el pecado.</p>
<p>(d) El castigo viene a todos los que no han sido hechos seguros.</p>
<p>Repetimos que los puntos (b) y (d) no aplicarán directamente a los niñitos, es decir, no aplicarán hasta que ellos alcancen los años de responsabilidad ante Dios. Hasta ese punto, la satisfacción dada a Dios por la muerte de Cristo es suficiente para su salvación. Por esto se presentará este punto como un principio que ellos deberían conocer, dejando al todo-sabio Espíritu Santo la aplicación del mismo. A veces le place aplicarlo, y llevar a Cristo, a niños de cuatro años. Por otro lado, el que escribe ha conocido jóvenes de catorce años que aparentemente nunca han experimentado el llamado del Espíritu.</p>
<p>Traiga a la memoria la historia del diluvio desde el punto de vista de (a) hasta (d).</p>
<p>De la misma manera, traiga a la memoria la historia de Lázaro y el rico.</p>
<p>Hecho esto:  Estas cosas aplican todavía a los pecadores. Los ejemplos del pecado en Lecciones 17 al 19 serán útiles aquí. Termine enfatizando que Dios ama a los pecadores y no quiere estar obligado a castigarles por sus pecados. Por esto Él prometió mandar desde el cielo a <span style="text-decoration: underline;">Alguien</span> que les haría seguros a no ser castigados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Platique con sus pequeños acerca de las promesas. Pregunte si alguien ha hecho una promesa, o si Mamá alguna vez prometió traer a la casa algo para un niño que se comporta bien. Pregúntele a uno de los alumnos si él, o ella, quiere prestarle algo ¾un creyón, un lápiz o cualquier cosita¾ en un momento. Si el niño acepta, haga ver que él, o ella, ha prometido que lo hará en un minuto. Cumplido este tiempo, y la promesa también cumplida, comente que el alumno cumplió su promesa. Converse acerca de las promesas que se cumplen y las que no se cumplen. Haga ver que solamente Dios puede cumplir todas sus promesas. Él nunca, nunca dice una mentira. Y, para terminar, prometa que usted va a traer algo para cada alumno el domingo próximo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (c):</p>
<p>Cuente ahora varias de las promesas que hizo Dios. La primera fue a Mamá Eva, Génesis 3.15. En realidad fue una promesa a Satanás, el terrible enemigo de Dios, pero con todo fue para Mamá Eva a la vez. Cuando ella y Papá Adán estaban ante el Señor, muy avergonzados y tristes (relate la historia en detalle), Él les habló de las tristezas que les vendrían porque el pecado había venido a vivir en sus corazones. Pero les dijo también que algún día Él iba a enviar a Alguien que pondría bajo sus pies al impío enemigo, Satanás. Esta fue la primera promesa que Dios hizo a los pecadores.</p>
<p>Después Él hizo muchas otras promesas acerca del Salvador que vendría. Quién sería aquel Prometido, Isaías 9.6,7. Dónde iba a nacer, Miqueas 5.2. Cómo sería su madre, Isaías 7.14. Que iba a sufrir y morir en una cruz, Salmo 22, Isaías 53. Y, cumplido el tiempo que Dios fijó, todas sus promesas fueron cumplidas, porque Dios nunca, nunca puede decir una mentira.</p>
<p>Después de largos años, llegó el tiempo para la venida de la Persona prometida. Dios tenía en mente dos promesas más. Cuente de la mujer llamada María y de cómo el ángel resplandeciente, Gabriel, vino a ella con su maravilloso mensaje. Él le dijo que Dios estaba por enviar al Prometido para que ella le cuidara. Hable de la felicidad y del canto hermoso que ella entonó a Dios, Lucas 1.26 al 38, 46 al 55.</p>
<p>Dios sabía que María necesitaría de alguien para ayudarle a cuidar la Persona prometida al llegar Él. Hable del carpintero de Nazaret, José, de su sueño raro cierta noche, y del mensaje del ángel para él. Dios le dijo a José cuál sería el nombre del Prometido, ¡pero usted lo va a guardar como secreto por ahora!</p>
<p>Repita su propia promesa hecha en Ejercicio (b).</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 35 El Salvador prometido ha venido</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>He aquí os doy nuevas de gran gozo, Lucas 2.10  [¿Qué son <em>nuevas</em>?]</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>He aquí:</em> Ojos mirando arriba, ponga la mano sobre el pecho para sugerir que está viendo algo brillante.   <em>os doy nuevas:</em> Siga mirando arriba y use la otra mano primeramente para señalar (como si fuera al ángel), y después para tocarse a sí mismo, y finalmente para ponerlo a su oreja para sugerir que está escuchando intensamente.  <em>de gran gozo</em>:  Trace un amplio arco con un brazo y a la vez bata las manos, sonriendo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Cuando vino la Persona prometida, Lucas 2.1 al 20.</p>
<p>Para su propia instrucción, sería deseable leer en un diccionario bíblico la descripción de un <em>khan</em>, la amplia área encerrada que era la posada de tiempos bíblicos. Los <em>khan</em> eran construidos como abrigo contra los saqueadores y daban alojamiento a una nutrida cantidad de personas, como por ejemplo los comerciantes viajeros y las caravanas. En los días de Jeremías el<em> kahn</em> en Belén era la posada de Quiman. Obsérvese la cantidad de personas que encontraron refugio entre sus muros; Jeremías 41.16 al 18. Es probable que la posada de nuestra lección fue construida en el mismo sitio.</p>
<p>A veces se construía el alojamiento en el centro del área, y otras veces como una segunda planta contra los muros en derredor del gran patio, los espacios abajo, con sus amplios arcos, asignados a las bestias de carga. Algunos opinan que José y María, no encontrando un lugar en la planta superior, buscaron donde ubicarse entre las bestias de los viajeros en la planta baja. No nos ocupamos de que haya sido así o no. Usted hará visualizar una posada ocupada por huéspedes en exceso de su capacidad (consecuencia de la afluencia de gente que había llegado al pueblito para el censo ordenado por Herodes) y dirá sencillamente que José y María pasaron la noche en un establo ¾ un lugar no solamente humilde sino también incómodo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>El tiempo ya había llegado para el cumplimiento de todas las promesas de Dios acerca de la Persona que iba a venir. ¡Pregunte! ¿Dios dice mentiras? ¿Puede Él decir mentiras? Enfatice que todo lo que Él dice vendrá a ser.</p>
<p>Relate de nuevo las promesas dadas a María y José, Lucas 1.26 al 38, 46 al 55, Mateo 1.18 al 25.</p>
<p>José y María vivían en un pueblo llamado Nazaret, pero Dios había dicho que enviaría al Prometido a un pueblito muy pequeño llamado Belén, muchos kilómetros distante. Él no dice mentiras, así para que su promesa llegara a cumplirse Él mandó al rey del país a hacer una regla nueva. El rey ordenó que cada cual volviera a la ciudad o pueblito donde había nacido, para que su nombre fuera anotado allí en un registro. Muestre a los niños el registro que usted tiene. Como ilustración, deje que cada uno vea que su nombre está escrito en él. Así fue que José y María tenían que viajar hasta Belén, el pueblito de sus padres.</p>
<p>Ellos subían los cerros y bajaban los cerros en su largo viaje; entonces caminaron por el valle del río Jordán hasta encontrar más cerros. Arriba y abajo otra vez. Les costó aproximadamente tres días hacer el viaje, y llegaron a Belén muy cansados. Al llegar, encontraron que había mucha gente allí. Por esto, cuando José llevó a María a la posada y preguntó dónde alojarse, el señor tuvo que decirles, “No hay lugar”.</p>
<p>Como si fuera para clavar esto en la mente, el maestro pretende que una pared del salón es la posada. Tomando un niño por la mano, él va a un rincón y toca, diciendo: “Somos José y María. Hemos venido de lejos y estamos muy cansados. Necesitamos un lugar donde alojarnos. ¿Podemos entrar?” Responde a su pregunta en otra voz: “No, no hay espacio aquí”. Tomando otros alumnos por turno, repita el diálogo. No permita que ninguno se ría, sino intente comunicar la seriedad de la situación.</p>
<p>Entonces, vuelva a su historia, contando que María se acostó en el establo, con José a su lado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Prepare para la clase una caja, tipo caja de zapatos, para representar la posada. Fondo hacia arriba, quite un costado de la caja, con varios arcos para representar los arcos de la posada. Dibuje por encima de ellos pequeños cuadros para representar las ventanas de la segunda planta. Si no dibuja barras, incluya unas pocas líneas verticales para sugerir cortinas cerradas, dando a entender que los cuartos están ocupados.</p>
<p>Mande a los niños a hacer asnos, caballos o camellos, usando plastilina o anime. A medida que terminen de hacerlos, permita que los coloquen debajo de los arcos cortados en la caja. Finalmente, háganse figuras de José y María.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Resumiendo la historia de la lección, cuente acerca de la necesidad que les obligaba a pasar la noche en un establo, y todo oscuro y quieto, Dios envío la Persona prometida a María. Deje el relato así, sin más explicación, y comience con el episodio de los pastores, Lucas 2.8 al 20.</p>
<p>En una ladera aquella misma noche algunos pastores estaban vigilando sus ovejas, guardándolas de ladrones, o de fieras. Todo era oscuro y en silencio, así como en el establo. De repente un poderoso ángel voló desde el cielo. La gran luz de la gloria de Dios brilló en derredor de los pastores, dejándoles casi ciegos y muy asustados. ¡Ellos preguntaban dentro de sí qué iba a suceder! Entonces el ángel-mensajero del cielo les habló. “No tengan miedo”, dijo, “porque yo les traigo noticias de gran gozo …”, etc. Continúe la descripción hasta que los pastores lleguen al establo.</p>
<p>Prosiga: dentro del establo había una gran piedra plana. Alguien había hecho en ella un hoyo para guardar en él la paja para la comida de los animales que usaban el establo. Se llamaba un pesebre. Los pastores contemplaron a José y María, y vieron el establo. Alguien estaba acostado en el establo, envuelto en tela desde la cabeza hasta los dedos de los pies.</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">¿Y qué piensan ustedes que vieron?</span></p>
<p>Este es el gran momento que hemos esperado durante varias lecciones. Un coro de voces debería exclamar, “¡Un bebé!”</p>
<p>Siga de esta misma manera. Sí, era un bebé, el pequeño Bebé Jesús. Dios tenía un enorme número de ángeles allí arriba en el cielo, pero cuando Él quería que nosotros, la gente del mundo, comprendiéramos acerca de Él, Dios nos mandó este Bebé. Él sabía que nosotros no podríamos entender mucho si sólo nos relatara algo acerca de sí mismo. Así que nos envió un bebé, porque todo el mundo, aun los niños, entienden acerca de un bebé.</p>
<p>Y ahora para grabar bien el mensaje, usted podría producir en este punto un muñeco sin ropa, envuelto en una larga faja de algodón blanco. Pase la tela vez tras vez en torno del muñeco, comenzando con los pies, al estilo de venda. Esta “momia” ilustrará la idea del niño envuelto en pañales. Si quiere, acuéstelo en un pesebre improvisado. Algunas niñas de la clase querrán envolverlo de nuevo, si usted dispone de tiempo para esto.</p>
<p>A título de clímax explique que, aun cuando aquellos pastores sólo vieron un pequeño bebé, aquel Bebé era en realidad el Hijo de Dios que había venido a vivir por un tiempo entre nosotros, la gente del mundo. (En una lección posterior haremos más énfasis sobre esto).</p>
<p>Dios sabía que todos éramos pecadores arruinados por el pecado. Repita el texto de memoria y la mímica de Lección 31. Con todo, Dios nos amaba. Repita el texto de Lección 32. Él sabía que no podíamos hacernos salvos de ser castigados por esos terribles pecados, y así planificó hacer seguros a los pecadores por su propia cuenta. Repita los textos de memoria de Lecciones 33 y 34. Fue por esto que el Bebé se llamaba <em>Jesús</em>. Hable del sueño de José, Mateo 1.18 al 25, y saque a relucir el propósito y sentido de su nombre, versículo 21.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 36 La visita de los sabios</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Su estrella hemos visto en el oriente, Mateo 2.2</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Su estrella</em>:  Señale hacia arriba, y luego cruce dos dedos para sugerir una estrella;  <em>hemos visto</em>:  la mano izquierda protegiendo el ojo, usted doblado un poco, como si estuviere mirando intensamente;  <em>en el oriente</em>: señale un rincón superior de la sala.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p>La visita de los magos, Mateo 2.1 al 12. Recoja los pensamientos dispersos de los chicos con preguntar: Ahora, ¿qué fue que los señores pastores encontraron acostado en el pesebre en el establo?</p>
<p>¿Y cómo se llamaba ese bebé?</p>
<p>¿Y por qué se llamaba Jesús?</p>
<p>¿Y quién era Bebé Jesús?</p>
<p>Explique que probablemente José y María no se quedaron mucho tiempo en el establo. Quizás algunos amigos les llevaron a su casa, o quizás encontraron lugar en la posada cuando otras personas se marcharon. (Aparentemente estuvieron en Belén hasta la circuncisión, Lucas 2.21, y el cumplimiento con la ley de la maternidad, Levítico 12, Lucas 2.22 al 24. Una vez cumplidos los requerimientos de la ley, volvieron a Nazaret). Después de cierto tiempo, José encontró una casa donde residir, versículo 11, donde podían estar cómodos.</p>
<p>Ahora, en una lejana tierra del Oriente vivían ciertos hombres sabios. La Biblia no dice cuántos eran. Ellos, también, sabían de las promesas de Dios a enviar la Persona prometida desde el cielo (posiblemente a través de los judíos de la dispersión). Una noche, contemplando las estrellas, se fijaron en una extraña estrella nueva, y se dieron cuenta que se movía. Sabían de una vez que era la señal que había llegado el Prometido.</p>
<p>Esos señores prepararon sus camellos, los montaron y comenzaron a seguir la estrella. La siguieron por mucho tiempo, fijándose cada noche en su rumbo. Por fin les condujo hasta cerca de la ciudad de Rey Herodes, Jerusalén. Pensando que él sabría todo acerca de la venida del Prometido, ellos preguntaron dónde encontrarían al pequeño, nuevo Rey de los judíos.</p>
<p>El resto de la historia encontrará fácilmente en el pasaje.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Cada niño hace un camello, usando plastilina u otro material apropiado, al estilo del caballo en Lección 5, con un señor montado sobre su cabalgadura. Dibuje en el pizarrón una estrella grande con rayos de luz brillando sobre una casa. (Acuérdese, ¡no un establo!) Hecho todo esto, abra un pasillo entre el grupo y permita que cada alumno coloque su modelo en el piso, uno tras otro como si estuvieran viajando en fila.</p>
<p>Entonces todos se ponen de pie, citan el texto de memoria, recogen sus modelos y los llevan al pizarrón, donde deben ser colocados de tal manera que parecen estar frente de la casita. (Lleve en mente que la cantidad de camellos y jinetes no importa; no sabemos cuántos eran en realidad).</p>
<p>Finalmente, todos parados, el maestro lee en alta voz y lentamente los versículos 11 y 12, de suerte que los pequeños puedan repetir las palabras. Repetida la cláusula, “regresaron a su tierra por otro camino”, los alumnos recogen sus modelos y los llevan a un rincón mientras el maestro borra la estrella, dejando la casita sola..</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 37 El Salvador prometido fue rechazado</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Juan 1.11</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>A lo suyo</em>:  Brazo en alto, páselo de un lado a otro con la mano abierta, para comunicar la idea de todo en la tierra;   <em>vino</em>:  señale hacia arriba y luego baje la mano para señalar al piso; <em> y los suyos no le recibieron</em>:  menee la cabeza tristemente al pronunciar las palabras con lentitud.</p>
<p>Repita los cuatro textos de Lección 34, y entonces siga con el de esta lección.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Aquí no queremos a la Persona prometida.</p>
<p>Después de la historia del malvado rey Herodes repasaremos el mensaje del ángel en Belén y la bienvenida dada por los pastores y los hombres sabios. Luego, en agudo contraste, procuraremos comunicar la actitud de la gente hacia el Hijo de Dios desde su exclusión en Belén hasta ser llevado a Nazaret, después de la muerte del cruel Herodes. Mateo 2.13 al 23, Lucas 2.1 al 20, Mateo 2.1 al 12.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Probablemente los magos estaban muy felices al acostarse después de haber visto al Prometido, el Hijo de Dios que recién había venido del cielo, el pequeño bebé Jesús. Pero mientras dormían, Dios habló a uno de ellos en sueño. Le advirtió que ellos no deberían contar al rey Herodes dónde habían encontrado al rey recién nacido. Es que Dios estaba mirando desde el cielo. Repita, con la mímica, “Tú eres el Dios que ve”.</p>
<p>Él veía dentro del corazón del rey malvado, y sabía que éste estaba tramando la muerte del bebé. Herodes era el rey de turno y a lo mejor quería serlo por muchos años. Él temía que Bebé Jesús, al llegar a ser hombre maduro, podría ocupar el trono. Por esto pensaba hacer algo muy, muy malo. Herodes pensaba que su plan era un gran secreto, pero Dios lo conocía, y por esto advirtió a los hombres sabios a tomar otro camino, y después le dijo lo mismo a José. Siga con su relato hasta el final del pasaje.</p>
<p>El maestro no debe temer al contar la historia vívidamente. Los pequeños rara vez son sensibles acerca de cosas de esta naturaleza, y por esto no se asustan como muchos maestros temen puede suceder. Al contrario, el interés de los niños, y su indignación con lo que hizo el rey cruel, servirán para fijar la historia en sus mentes. Describa cómo los soldados golpeaban la puerta de una casa, demandando la entrega del bebé que vivía en ella; los intentos del padre a despacharlos; los ruegos y las lágrimas de la madre; y, por fin la matanza de la criatura con espada. Y así la próxima casa, y la otra.</p>
<p>Dios estaba observando al rey malvado. (Repita: “Tú eres el Dios que ve”). Cuando estas cosas estaban sucediendo, Bebé Jesús estaba seguro allí lejos en Egipto. Y en vez de ser el rey por largo tiempo, Herodes se enfermó un tiempo después y murió. Y ahora él está en la cárcel de Dios, en el infierno (hades), donde está el hombre rico. Ha estado allí por mucho, mucho tiempo, en vez de ser rey por mucho tiempo, como quería. Algún día él saldrá de la cárcel de Dios para ser castigado por el Rey de Reyes ¾ el mismo a quien él quiso matar aquel día temible. (No abunde sobre este comentario).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Este será un ejercicio de “¿Qué hicieron ellos?” Comience con recordar a los alumnos cómo el ángel se presentó a los pastores. Era un mensajero-ángel. ¿Quién puede decirme el mensaje que él trajo?</p>
<p>Pronto apareció en el cielo una gran hueste de ángeles. ¿Qué hicieron?</p>
<p>Los pastores escucharon el mensaje. ¿Qué hicieron?</p>
<p>Los hombres sabios vieron la estrella. ¿Qué hicieron?</p>
<p>¿Los ángeles, pastores y sabios estaban felices porque Él había venido? ¿o tristes?</p>
<p>Pregunte ahora por el señor de la posada; él había dicho, “No hay lugar aquí”. Y, los hombres sabios que vivían en Jerusalén: ¿qué hicieron ellos? Respuesta: le dijeron al rey qué había dicho Dios acerca de dónde iba a nacer la Persona prometida, pero no tomaron un solo paso para ir a verle. Por su actitud, ellos dieron a entender que Aquel no era deseado allí.</p>
<p>El rey Herodes: ¿qué hizo él? Las respuestas deberían incluir su intento a aprender a través de los sabios del Oriente dónde estaba Jesús, además de que él mando a matar a los niñitos. Él sí hizo ver claramente: “No le queremos a Él aquí”.</p>
<p>Repita el texto de memoria y la mímica.</p>
<p>Este ejercicio puede representar un proyecto de mayores proporciones si los alumnos hacen modelos del señor de la posada, los sabios de Jerusalén y Herodes sentado en un gran trono, con el maestro preguntando sobre la marcha qué hizo uno y otro de ellos y enfatizando que “Aquí no queremos a la Persona prometida”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Conclusión:</p>
<p>Hemos visito que desde el comienzo de su visita entre la gente del mundo el Hijo de Dios encontró que la mayoría no le querían. Diga a su clase qué dijo el profeta en Isaías 53.3.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 38 Jesús es el Hijo de Dios</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia, Mateo 3.17  [¿Qué quiere decir ‘complacencia’?]</p>
<p>Nota: Emplearemos este versículo como el texto de memoria en varias lecciones. Escríbalo en letras claras y colóquelo a la cabecera del pizarrón, enseñándolo a medida que señale cada palabra. Hágalo antes de realizar la mímica. A los chicos les agradará “leer” el texto).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p>Ahora, añada en el pizarrón, en colores, el nombre <em>Señor Jesús</em>. A partir de este punto vamos a referirnos a él por este nombre. Explique que  las palabras que usted ha escrito son el nombre de la  Persona prometida, el Hijo de Dios. Proceda¾</p>
<p><em>Este:</em> señale al nombre en el pizarrón;   <em>es mi</em>:  señale hacia arriba;   <em>Hijo amado:</em> finja abrazar a una persona;   <em>en quien:</em> señale al nombre en el pizarrón;   <em>tengo    complacencia</em>:  bata las manos y mueve la cabeza al pronunciar las palabras</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Acerca del Hijo de Dios. Las acciones de la gente en el mundo hicieron saber que Él no era deseado aquí, pero Dios el Padre hizo saber que Él sí le quería cuando fue bautizado, Mateo 3.1 al 17.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Cuando el Señor Jesús vivía con José y María en Nazaret Él crecía más y  más hasta ser hombre grande. En aquellos días vivía en lugares alejados un hombre extraño llamado Juan el Bautista, quien comía saltamontes y miel silvestre, que era la comida que encontraba en ese desierto, Levítico 11.22. Su ropa era la que más se adaptaba a esa vida, hecha de tela muy cruda llamada cabello de camello. Él era uno de los hombres llamados profetas de Dios, y había sido enviado para preparar las cosas para el tiempo cuando la Persona prometida ¾el que estamos llamando el Hijo de Dios¾ comenzaría la obra que Dios tenía para Él en esta tierra.</p>
<p>Juan el Bautista predicaba a la gente. Les dijo que el pecado les había arruinado, que Dios odia el pecado y que algún día Él tendría que castigarles por su pecado. Entonces les habló de la venida de la Persona prometida, que él llamaba el Cordero de Dios. Dijo que deberían creer en el Cordero de Dios, al venir Él, para que sus terribles pecados podrían ser lavados.</p>
<p>Todas las personas que creyeron el mensaje que este hombre profeta trajo de Dios mostraron que ellos estaban realmente confiando en el venidero Cordero de Dios, al dejar que Juan les metiera en agua en el río Jordán. Así es que fueron bautizados. (Explique que no se ahogaron, sino salieron del agua de una vez). No hace falta insistir en los detalles acerca del ministerio del Bautista. Nuestro solo objetivo es echar un buen trasfondo para el momento clave de los versículos 16 y 17.</p>
<p>El maestro relatará el resto de la historia según mejor le parezca. Conviene hacerlo sin mayor énfasis hasta llegar a los dos últimos versículos. Pero cuando llega el momento de relatar esta parte final, pida que el Espíritu Santo le levante por encima de todo lo que es común y corriente, permitiéndole comunicar con plena fidelidad y poder los momentos estupendos cuando el Dios Todopoderoso usó el lenguaje de hombres para declarar que Jesús era su Hijo, y que Él se complacía (estaba muy, muy contento) en Él. Se trata de uno de los eventos sobresalientes en la historia de nuestro universo; ¡el Espíritu Santo reposó sobre el Hijo de Dios y la  Voz habló desde los cielos!</p>
<p>Cualquier enseñanza o actividad adicional en esta coyuntura probablemente será un anticlímax. Por esto, confórmese con que la clase repita los cuatro textos de Lecciones 34, y el texto de la 17, y finalmente el de esta lección. Si queda tiempo, reparta papel y lápices para que los niños escriban “Señor Jesús” como está en el pizarrón.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 39 El Hijo de Dios es sabio y puro</h3>
<p>Texto para aprender de memoria y la mímica:</p>
<p>Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia, Mateo 3.17</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Más acerca del Hijo de Dios. Quien es. Es más sabio que todos los hombres, más sabio que el mayor de los ángeles. El ángel impío, Satanás, encontró que no podía engañarle ni hacerle pecar, Mateo 4.1 al 11.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección — Ejercicio (a):</p>
<p>Dibuje en el pizarrón el trébol que usted usó en Lección 7. Haga referencia a la enseñanza de aquella lección en sus Ejercicios (a) y (b), y repita la actividad (d), pero limitándose a unos pocos grupos de niños para no invertir mucho tiempo en este repaso.</p>
<p>Recuérdeles a los niños que el Hijo de Dios siempre era. Él nunca comenzó a ser (Lección 8). Siempre era el bien dispuesto obrador del Padre (Lección 9) mientras vivía en el cielo. Repita el texto de memoria y la mímica de Lección 9.</p>
<p>Finalmente, haga un repaso de la escena del bautismo en Lección 38, enfatizando el hecho de que la Voz del cielo probó que Jesús era el Hijo de Dios, y que el Padre Dios estaba muy contento con Él. De nuevo, el texto de memoria y la mímica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Ahora, desde que nació el Hijo de Dios, dos ojos crueles estaban mirándole, así como habían vigilado a Papá Adán y Mamá Eva en el huerto de Edén, mucho, mucho tiempo atrás cuando el mundo era nuevo. Eran los ojos del temible enemigo de Dios, el ángel impío, Satanás. Él había echado a perder el hermoso mundo nuevo al persuadir a Mamá Eva a pecar. Ahora pensaba que podía destruir toda obra de Dios al persuadir al Señor Jesús a pecar también, y así no sería posible hacer a los pecadores seguros de no ser castigados por sus pecados.</p>
<p>Después de bautizado el Hijo de Dios, su Padre le mandó a un lugar abandonado donde vivían fieras, o animales feroces. Por cuarenta largos días Él estuvo allí sin comer nada. (Cuente hasta 40 en sus dedos). Terminado ese tiempo, Él tenía mucha, mucha hambre. Satanás pensaba, “Esta es mi oportunidad. Si sólo puedo lograr que Él haga algo que yo le mando hacer, entonces me habrá obedecido. Eso sería un pecado grande, por cierto. Echaría a perder todo lo que Dios tiene en mente para salvar a los pecadores. Yo debo intentar que Él haga algo”. Y entonces el malvado Satanás se puso a obrar. Se acercó al Señor Jesús. “Si eres el Hijo de Dios”, le dijo, “habla a estas piedras y diles que se conviertan en pan”.</p>
<p>El Hijo de Dios ha podido hacer eso fácilmente, y ha podido comer el pan hecho de las piedras. Pero Él sabía quién hablaba con Él. Simplemente le contó a Satanás un versículo de la Palabra de Dios que quería decir, “La gente necesita comer más que pan si van a vivir en verdad. Para realmente vivir ellos necesitan las palabras que Dios habla”.</p>
<p>¿Dios había hablado a su Hijo mandándole hacer para sí pan de las piedras? No, Dios nunca había dicho tal cosa. Fue Satanás quien le dijo que debía hacerlo. El ángel malo pensaba, “Él no va a prestar atención a nada sino las palabras que Dios habla. La próxima vez yo debo decirle algo que viene de la  Palabra de Dios”.</p>
<p>Cuente la segunda tentación, versículos 5 y 6. Esta vez Satanás usó un versículo que era una promesa que Dios guardaría a su Hijo seguro de todo mal. Al usar este versículo, Satanás en realidad estaba reconociendo que el Señor Jesús era el Hijo de Dios; de manera que el Hijo de Dios simplemente respondió al ángel malo con uno de los dichos de Dios acerca de cosas que las personas no deben hacer.</p>
<p>Satanás estaba perdiendo en grande. ¡La cosa no había resultado así en el huerto de Edén! Pero él haría un intento más para provocar al Hijo de Dios a pecar. Llevándole a una montaña alta, el ángel malo le enseñó todos los países del mundo. Entonces dijo, “Todo esto es mío, pero yo se lo daré a usted si se dobla y me adora como si yo fuera Dios”. Una vez más el Hijo de Dios le dijo a Satanás un versículo de la  Biblia que hace ver cuán gran pecado sería si una persona hiciera eso.</p>
<p>El ángel malo vio que él no tenía posibilidad de hacer pecar al Hijo de Dios, así que se marchó. Cuando se había ido, Dios mandó a unos de sus ángeles buenos a dar a su Hijo la comida que Él necesitaba.</p>
<p>Repita el texto de memoria y la mímica.</p>
<p>Al hablar con la clase acerca de esta gran historia, haga notar que los animales feroces no hicieron nada malo con la  Persona que los hizo, y también que solamente el Hijo de Dios podía vivir tantos días sin comer. Enfatice que Él tenía poder para hacer pan de las piedras, y que ha podido saltar del muro alto del templo sin hacerse daño a sí mismo. Hable de su gran sabiduría en contestar a Satanás y su lealtad a Dios, el Padre. Comente que no había pecado en Él, y que Él no podía pecar. En fin, pida ayuda especial de lo alto para formar una fuerte impresión del Hijo de Dios que todo lo sabe y nunca peca.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 40 El Hijo de Dios es poderoso</h3>
<p>Texto y mímica:</p>
<p>Mateo 3.17, como en Lección 38</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El Hijo de Dios tiene poder sobre todas las cosas y Él las hizo. Haga referencia al agua, Lección 4, Ejercicio (b). Esto se vio cuando Él cambió el agua en vino, Juan 2.1 al 12.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Detalles de la lección:</p>
<p><strong>1.</strong> Se hizo una gran fiesta para las bodas de cierto hombre. Asistieron a la fiesta el Hijo de Dios, su madre María y unos pocos varones que andaban a todas partes con Jesús para aprender de Él (llamados discípulos). Asistió mucha otra gente también.</p>
<p><strong>2.</strong> Pronto se acabó el vino, que la gente usaba en aquellos tiempos en vez de té o café. La gente podía pensar que aquel hombre era muy pobre, o que no era cortés. María habló con Jesús acerca de esta falta de vino.</p>
<p><strong> 3.</strong> Había en esa casa seis tinajas grandes que guardaban el agua para usar en lavar las manos, los pies y los platos. Los judíos creían que se debería lavar las manos muchas veces, y por esto había tanta agua en las tinajas. Quizás ellas ya habían sido vaciadas por la gente antes de comenzar la fiesta.</p>
<p><strong>4.</strong> El Hijo de Dios mandó a llenar las tinajas de agua, y entonces sacar de ellas y llevar lo que sacaron al hombre que había pedido la fiesta.</p>
<p><strong>5.</strong> Él se sorprendió al ver que el agua ya era vino, y del mejor.</p>
<p><strong>6.</strong> Esta fue la primera “señal” que hizo Jesús.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Presente un cartón doblado en cada extremo para formar las patas de una mesa de unos seis centímetros de altura. Instruya a los alumnos a hacer figuras de plastilina representando los invitados y el hombre responsable por la fiesta ¾ pero sin incluir al Señor Jesús. Proporcione también seis pequeños vasos, o tasas tomadas de un juego de vajilla de niño; estos representarán las tinajas.</p>
<p>Contando con la ayuda de la clase, comience a reconstruir la historia. Coloque las figuras en torno de la mesa de cartón. Descubra que no hay vino. Repita el informe de María y la orden de Jesús a los siervos. Baje sus seis pequeñas tinajas (que pueden ser llenadas de agua si usted desea) en un pozo imaginario, una a la vez, y luego sáquelas y presente su vino al encargado de la fiesta. Algunos de sus alumnos pueden saborear el agua en las tinajas y anunciar que es vino  muy sabroso. Haciendo esto, su lección debía resultar muy objetiva, aun si relata los detalles una sola vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aplicación:</p>
<p>Fue así que el Señor Jesús hizo ver cuán grande era su poder. Al ver lo que Él hizo los discípulos estaban seguros de que era en verdad el Hijo de Dios. No es de sorprenderse que haya podido cambiar el agua en vino, porque Él hizo el mundo y todo lo que hay en él. Y ahora Él había venido del cielo abajo a la tierra para pasar un poco de tiempo entre la gente del mundo, y, mejor de todo, salvar a los pecadores de sus pecados.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? &#8230;”</p>
<h3>Lección 41 El Hijo de Dios habló de su Padre</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia, Mateo 3.17</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Detalles de la lección:</p>
<p><strong>1.</strong> El Hijo de Dios, de nuevo en casa en Nazaret, fue como de costumbre a la sala de reunión el día sábado. Él tenía un mensaje para ellos, de manera que se puso de pie donde se efectuaba la lectura. El hombre que custodiaba la  Palabra de Dios le trajo una parte del escrito; Él la abrió y comenzó a leer palabras que significaban:</p>
<p>“El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha escogido para predicar las Buenas Nuevas a la gente pobre. Él me ha enviado para consolar la gente con corazón partido, a decir a los presos cómo ellos pueden estar en libertad y a los ciegos cómo ellos pueden ver, a despedir en felicidad la gente que está agobiada con problemas, y a decir a los pecadores que ahora es cuando Dios salva”.</p>
<p><strong>2. </strong> Todo el mundo se fijaba en Él mientras leía. Probablemente sus hermanos y hermanas ─Mateo 13.55,56─ estaban allí, y también la gente con quienes jugaba cuando niño. Se preguntaban cómo podía Él decir estas cosas, porque no sabían que era en realidad el Hijo de Dios. Él dijo: “Este día esta palabra se ha cumplido, aun ahora mismo cuando ustedes están escuchando”.</p>
<p>Pero ellos no estaban interesados en sus palabras, pensando que era solamente el hijo de José, el carpintero. Ellos se creían buena gente que no necesitaban oir las Buenas Nuevas de Dios para los pecadores. No tenían el corazón partido ni sabían que en realidad estaban presos a causa de sus pecados, y que sus cosas buenas nunca podrían darles libertad. Pero el Hijo de Dios sabía todo lo que estaba sucediendo en sus corazones.</p>
<p><strong>3. </strong> Él les dijo que sabía que no pensaban que tenía un mensaje de Dios para ellos, versículo 24. Entonces dijo que en tiempos pasados Dios había pasado por alto a su pueblo cuando ellos no querían escuchar sus mensajes y había enviado bendición a otros que sí estaban dispuestos a oir. Ellos no querían que Él les salvara (1 Reyes 16.33) así que salvó a otros: la viuda que vivía en Sarepta, 1 Reyes 17.8 al 24, y el sirio Naamán, 2 Reyes 5.1 al 14. Se puede relatar brevemente ambas historias para enfatizar el punto.</p>
<p><strong>4.</strong> Airados a causa de sus palabras, ellos lo empujaron fuera de la sala de reunión y por una senda que conducía a la cresta de una colina, con la idea de echarle abajo y de esta manera matarle. ¡Pero Él no era simplemente un hombre! Era el Hijo de Dios. Cuando llegaron a la cresta Él dio media vuelta y se fue caminando en medio de la multitud, y nadie podía pararle.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aplicación:</p>
<p>Haga una comparación entre los pecadores de hoy día y los de Nazaret, quienes, negando creer que el pecado les ha hecho tan necesitados como la viuda y tan inmundos como el leproso, no tienen ningún interés en los mensajes de Dios acerca de la salvación y cómo hacerse seguros del castigo por venir.</p>
<p>El Hijo de Dios manifestó su amor en traerles las Buenas Nuevas; su misericordia al no castigarles de una vez por haber intentado matarle; y su poder cuando Él se marchó sin haber sufrido nada.</p>
<p>Para terminar:  ¿Qué me puede dar perdón …?</p>
<h3>Lección 42 El Hijo de Dios sanó a los enfermos</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia, Mateo 3.17</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Detalles de la lección:</p>
<p>Con el fin de que los alumnos perciban algo del gran poder del Hijo de Dios en sanar a los enfermos, asegúrese de enfatizar que el leproso estaba sin esperanza; y parecía imposible que el siervo del centurión podría ser sanado desde lejos; y la suegra de Pedro se recuperó de inmediato, levantándose de la cama para servir a los convidados, escasos minutos después de haber estado consumida por una fiebre. Ningún médico humano podría hacer estas cosas. La aplicación de esta lección consistirá en hacer resaltar la condición triste y desesperada de estas tres personas, dando lugar así a que el Hijo de Dios demostrara su poder.</p>
<p><strong>1. </strong> El leproso contaminado. La lepra produce horribles bollos en el cuerpo. El cuerpo se pudre adentro. A veces se desprenden los dedos, y aun las manos y los pies se destruyen. La lepra hace que la gente sea inmunda; ellos se alejan de otros y viven solos. Véanse Levítico 13.1 al 8, 4 al 46 y Números 5.1 al 3.</p>
<p>Cuente de este hombre enfermo y sin remedio. Él tuvo que abandonar su hogar y la gente que amaba, para vivir solo en lugares sucios, rebuscando entre la basura y mendigando sin poder acercarse a la gente de quien pedía comida y ropa. Describa cómo sería su vida solitaria, expuesto a las tempestades, refugiado en una cueva, enfermo y hambriento, anhelando que alguien le curara. Describa su temible clamor, “¡Inmundo, inmundo!” cuando alguien se acercara. Finalmente, describa su encuentro con el Hijo de Dios.</p>
<p><strong>2.</strong> El siervo paralítico.  Describa una persona en esta condición, su sufrimiento y dolor y su incapacidad de moverse. Un médico tendría que venir a verle y darle medicina en la esperanza que algún día la persona se mejorara. Contraste el poder del Hijo de Dos quien no tenía que acercarse a este enfermo, y haga ver que el hombre tampoco requirió un largo tiempo para mejorarse. El Señor Jesús simplemente dijo la palabra y el siervo quedó sano.</p>
<p><strong>3. </strong> La suegra de Pedro. Relate cómo esta señora estaba en cama, muy enferma con lo que el médico Lucas llama “una gran fiebre”. Aquella mañana el Hijo de Dios había predicado en el salón en Capernaum; Lucas 4.31,38,39. Una vez terminado el culto, fue a casa con el señor Pedro y encontró a la mujer muy enferma. El Hijo de Dios habló a la fiebre y de una vez la enfermedad la dejó. Él la tomó por la mano y la ayudó a levantarse, y de pronto ella estaba atendiendo a los visitantes. ¿Quién aparte del Hijo de Dios podría tener semejante poder?</p>
<p>Para terminar:  ¿Qué me puede dar perdón …?</p>
<h3>Lección 43 El Hijo de Dios dio comida a los hambrientos</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia, Mateo 3.17</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Detalles de la lección:<br />
<strong>1.</strong> Mucha gente se reunía dondequiera fuera el Señor Jesús. A menudo no había suficiente tiempo como para comer. En cierto día como estos Él oyó que Rey Herodes había mandado a matar al profeta de Dios, Juan el Bautista. Deseando estar solo por un tiempo, Él y sus discípulos (alumnos) entraron en una barca de pesca y navegaron a una playa tranquila. Pero la gente vio que hacían esto y muchos de ellos corrieron por la orilla y encontraron al Señor poco después que Él desembarcó.</p>
<p><strong>2.</strong> Había también numerosa gente de viaje a Jerusalén para la fiesta de la pascua. Ellos también habían oído acerca del Hijo de Dios, porque los discípulos recién habían regresado de predicar en todos los pueblos de Galilea. Aparentemente muchos de estos transeúntes se unieron al gentío procedente de Capernaum, de manera que la multitud alcanzó a los cinco mil hombres sin contar las mujeres y los niños.</p>
<p><strong>3. </strong>Esta gente se quedó todo el día mientras el Señor Jesús les enseñaba y curaba a sus enfermos. Se acercaba la noche y no había dónde conseguir alimentos. Los discípulos le pidieron despachar a la gente, pero Él dijo: “No tienen necesidad de irse; denles ustedes de comer”.  Él hizo una pregunta para probarles, Juan 6.3 al 6, y Felipe respondió que unos treinta dólares de pan no sería suficiente para ser repartido entre tanta gente.</p>
<p>Andrés les informó que había cinco hogazos de cebada de quizás quince centímetros de diámetro y dos de grosor, y también dos pequeños peces.</p>
<p><strong>4. </strong> El Señor Jesús mandó que la gente se sentara sobre la hierba en grupos de cien o cincuenta, así como en las clases grandes de muchachos. Procure que su clase capte una noción del gentío que hubo aquel día, quizás haciendo una comparación con el número de alumnos en la escuela bíblica o la escuela pública. Si es de cien alumnos, usted tendrá que trazar cincuenta círculos en el pizarrón para representar el tamaño de la concurrencia.</p>
<p><strong>5. </strong> Cuando todos estaban sentados, el Señor Jesús dio gracias por la comida y entonces empezó a romper en pedazos los panes y peces. Los dio a los discípulos, y ellos a la gente. Caminaron entre los grupos de comensales y volvieron al Señor pidiendo más para repartir. La cantidad disponible nunca menguó porque Él hacía más y más. (El maestro debe pasear entre sus alumnos, fingiendo dar a cada uno un pedazo de pan y pescado).</p>
<p><strong>6.</strong> Terminada la cena sobre la hierba, Él mandó a los discípulos a recoger los pedazos de pan y pescado que la gente no había comido. Ellos llenaron doce cestas ─ mucho más de lo que había cuando comenzaron.</p>
<p>(Dibuje en el pizarrón seis círculos para representar los panes y abajo dos pequeños peces. Debajo de éstos, dibuje las doce cestas. Pida a la clase contar los panes y peces, que fue toda la comida que había. Entonces cuente las cestas ─ lo que sobró una vez que todos habían  comido).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aplicación:</p>
<p>Aun cuando triste Él por la muerte de Juan el Bautista, cansado en su cuerpo humano y necesitado de descanso, la compasión amorosa del Hijo de Dios se hizo evidente, como también su gran poder. Él aceptó la gente sin queja, contó el mensaje de su Padre, sanó a los enfermos y dio de comer a todos.</p>
<p>Este gran milagro debía ser una lección ilustrada al pueblo, enseñándoles que de la manera que ellos necesitaban pan para mantener sus casas-cuerpos, también le necesitaban a Él, el Pan de Vida, para dar la vida eterna a sus pobres almas muertas en pecado.</p>
<p>Para terminar:  ¿Qué me puede dar perdón …?</p>
<h3>Lección 44 El Hijo de Dios salva de los pecados</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El salvará a su pueblo de sus pecados, Mateo 1.21</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>Él</em> Diga, “Esto quiere decir el Hijo de Dios”   <em>salvará</em> Agáchese y con ambas manos recoja del suelo a un cordero imaginario a un lugar seguro  <em>a su pueblo</em> Un arco con su brazo   <em>de sus pecados </em>Haga sobre el corazón la señal ondulada que significa el pecado</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El Hijo de Dios perdonó los pecados del hombre antes de curarle de su enfermedad, haciendo ver que tener los pecados perdonados es más importante que cualquier otra cosa.</p>
<p>Y, la curación de otro paralítico, Marcos 2.1 al 12.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Detalles de la lección:</p>
<p><strong>1. </strong> Recoja y enfoque las ideas sueltas de los niños, platicando acerca de niños que padecen del polio. Hable de las consecuencias trágicas de esa enfermedad: brazos que no se pueden mover, piernas que no pueden caminar, etc. Una vez ganado un interés activo, e impartida la idea de qué es tener polio, usted estará en condiciones de comenzar la lección.</p>
<p><strong>2. </strong>Prosiga con una descripción de la condición de inútil de ese hombre; no podía pararse, acudir a la mesa a comer, trabajar o ir a cualquier parte. Quizás había estado postrado en cama por semanas o años, pero los médicos no podían curarle.<strong> </strong></p>
<p><strong>3.</strong> El Señor Jesús había estado ausente por cierto tiempo, enseñando en las ciudades y los pueblos de Galilea. Una vez terminada esa obra, Él volvió a vivir (según entendemos) en casa de Pedro en Capernaum. El pueblo se dio cuenta de una vez de su regreso “a su ciudad” y se difundió la noticia de que “estaba en casa”. Cuatro amigos del paralítico reconocieron que esta era su oportunidad para que el enfermo fuese sanado. Abunde usted en lo posible en la iniciativa de los versículos 3 y 4.</p>
<p><strong>4. </strong> Interrumpa su relato por un tiempito para conversar sobre <em>qué necesitaba ese hombre más que todo</em>.</p>
<p>A lo mejor todos van a opinar que su gran necesidad era la de ser curado. Repase la condición del hombre y haga ver cuán razonable parece ser esa conclusión. Comente que estaban sentados allí muchos maestros de la ley y otra gente que opinarían sin duda que la curación era la necesidad sobresaliente.</p>
<p>Pero había Uno en aquella casa que vino del cielo. Él podía ver cuánto ese hombre necesitaba la curación de su cuerpo, pero también podía ver dentro de su corazón. ¿Qué veía allí? El Hijo de Dios, quien sabe todas las cosas, Juan 1.24,25, veía el terrible pecado que moraba allí adentro. Así, en vez de curar su enfermedad, le dijo, “Hijo, tus pecados te son perdonados”.</p>
<p>Para probar a todos los concurrentes que era de veras el Hijo de Dios, y que realmente contaba con poder para perdonar los pecados, Él curó su enfermedad además, versículos 10 y 11.</p>
<p>Describe el regocijo del hombre, la sorpresa de la gente cuando él se fue caminando y lo que sus amigos han debido sentir cuando llegó a casa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:</p>
<p>Abra un espacio entre dos asientos y coloque sobre ellos, y sobre la apertura, una cubierta de papel o cartón. El espacio entre los asientos será la casa, y la cubierta, el techo. Haga varias figuras de plastilina y colóquelas en la casa para representar la gente presente allí. Haga también la figura del hombre enfermo. Un pañuelo servirá de cama.</p>
<p>Pida a cuatro alumnos que cada cual sostenga una esquina del pañuelo, llevando el hombre a la casa y subiendo al techo. Ayúdeles a abrir un hueco en el techo; amarre las esquinas con hilo o cuerda y pida a los alumnos bajar el hombre al piso. Hecho esto, repase las palabras y los hechos del Señor Jesús.</p>
<p>Enfatice: (a) que la obra tan maravillosa probó que Él era de veras del Hijo de Dios; (b) que Él fue enviado para salvar a su pueblo de sus pecados; (c) que la gente necesita más que cualquier otra cosa en el mundo que sus pecados sean perdonados, y que, perdonados, ellos están seguros.</p>
<p>Luego saque al hombre de la casa, enderécelo y póngalo de pie y haga que se vaya caminando.</p>
<p>Para terminar:  ¿Qué me puede dar perdón …?</p>
<h3>Lección 45 El Hijo de Dios es el Buen Pastor</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El buen pastor su vida da por las ovejas, Juan 10.11</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p><em>El buen pastor</em> Señale hacia arriba, y luego baje las manos hacia el piso, para indicar Aquel que vino desde el cielo   <em>su vida da</em> Incline la cabeza, ojos cerrados, y doble las manos sobre el pecho   <em>por las ovejas</em> Emplee la mímica que corresponde al cuidado de la oveja perdida, para sugerir que Él da su vida para hacerla segura.</p>
<p>Repita también el texto de memoria y la mímica de Lección 44</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El Hijo de Dios era el Buen Pastor. Él vino para dar su vida, a morir para que su rebaño pudiera estar seguro. La parábola del bueno pastor y el lobo, Juan 10.11 al 16.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección ─ Ejercicio (a):</p>
<p>Empleando el método <em>yo veo</em>, mire lejos de la clase y pronuncie de manera enfática:</p>
<p>“Veo gente; un padre, una madre y unos hijos. Están caminando por un camino. Hay mucha gente allí al otro lado de la colina. Alguien está hablando con ellos. El padre, la madre y los hijos se acercan a ver qué está sucediendo. Oyen palabras maravillosas, así que se quedan por buen rato, escuchando. Pero llega el atardecer y los niños están cansados y hambrientos. Pero no tienen qué comer; habían pensado ir a un pueblo cercano a comprar comida, pero ahora se ha hecho tarde. Pero veo otra cosa. Es un muchacho. Él carga una cesta, y en ella hay cinco pequeños panes planos y dos pequeños peces …”</p>
<p>Prosiga de la misma manera, describiendo la alimentación de los cinco mil y enfocando la atención en el Señor Jesús, sin nombrarle. Finalmente, pregunte, “¿Quién es Él?”</p>
<p>De la misma manera describa la curación del hombre enfermo de parálisis, de nuevo enfocando la atención en la Persona del Salvador. Termine su relato acerca del Benefactor no nombrado, preguntando, “¿Quién era Él?”</p>
<p>Si usted logra agilidad al relatar estas historias, los niños no se cansarán con una tercera ─ una que será nueva entre sus lecciones ─ la historia de la hija de Jairo en Lucas 8.41,42, 49 al 56. Termínela de la misma manera que las otras.</p>
<p>Finalizados estos relatos, señale que uno pensaría que todo el mundo amaría al Señor Jesús quien había hecho tanto bien por la gente necesitada. Con estas grandes bondades como trasfondo, cuente el odio de los gobernantes impíos, quienes no sentían ninguna necesidad de ser limpiados de sus muchos pecados.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ejercicio (b):</p>
<p>Repita los dos textos a ser memorizados, junto con la mímica. Luego un cuento <em>supongamos que</em> de la parábola implícita en el pastor falso (el asalariado, una palabra que los niños no van a captar). Cuente de un rebaño de ovejas, allí afuera en la ladera de una montaña, dejado a la merced de un pastor falso. No eran suyas las ovejas y él realmente no tenía mucho interés por ellas. Cuente de una noche oscura y un lobo feroz que merodeaba por allí, y cómo ese pastor huyó, dejando aquellas ovejas a la merced de la fiera y muertas al final.</p>
<p>Una vez más, repita los dos textos de memoria. Y, revirtiéndose al método <em>yo veo algo</em>, cuente de otra noche oscura; pero esta vez el Buen Pastor está cuidando el rebaño. Él no lo abandona. Más bien, se enfrenta con el terrible lobo. Cuente de una lucha cerrada, un lobo muerto, y cómo el Buen Pastor pagó el gran costo de dar su propia vida para que las ovejas no pierdan la suya.</p>
<p>Explique que esa historia es un cuadro de algo que realmente sucedió. Pero en realidad las ovejas eran los pecadores: hombres y mujeres, niños y niñas. Y el lobo era en realidad el temible enemigo de Dios, Satanás, quien odia a Dios y no quiere que los pecadores estén seguros. Él quiere más bien que ellos vayan a la cárcel de Dios. Pero vino el Buen Pastor. Él vino a quitar el poder a Satanás, para que los pecadores puedan tener sus pecados lavados ─ ¿y  qué me puede lavar los pecados? ─ y tener un lugar un día en el hogar muy feliz de Dios en los cielos. Pero el Buen Pastor tenía que dar su vida para quitarle a Satanás su poder; Hebreos 2.14,15, Él tuvo que morir para que los pecadores puedan tener la vida eterna. <em>¿Y quién piensa usted era el Buen Pastor?</em></p>
<p>El la próxima clase esperamos comenzar a decirle la historia de cómo el Buen Pastor dio su vida por las ovejas. (<em>Nota</em>: Salvo que no haya sido terminada, esta historia no tiene que ser repetida).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Trabajo manual:<br />
Si hay tiempo para ello, háganse en plastilina figuras ajustadas a las últimas dos historias.</p>
<p>Para terminar:  ¿Qué me puede dar perdón …?</p>
<h3>Lección 46 El Hijo de Dios dio su propia vida</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El buen pastor su vida da por las ovejas, Juan 10.11</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Vino el tiempo para que el Buen Pastor pusiera su vida por las ovejas, para salvarlas de sus pecados. La última pascua y el Getsemaní; Mateo 26.14 al 56</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p>Por cuanto esta lección consistirá de un todo en relatar una historia cuyos detalles pueden ser recogidos fácilmente del pasaje de las Escrituras, anotaremos sólo los puntos más resaltantes. Al ser posible emplee el flanelógrafo.</p>
<p>Para enfocar los pensamientos dispersos de los niños, sería aconsejable enfocar su atención por un recuento de la historia del pastor falso, empleando el método <em>yo veo algo</em>.</p>
<p><strong>(a)</strong> Por fin se acercó el tiempo cuando el Buen Pastor debía dar su vida para salvar a su pueblo de sus pecados ─ pecados que les llevarían a la cárcel de Dios. Él sabía que tendría que librar una terrible batalla con el enemigo de Dios, Satanás, y que debía morir y derramar su sangre para que nuestros pecados fuesen lavados. Pero Él nos amaba, y nada podía infundirle miedo ni hacerle huir.</p>
<p>Sabiendo que había llegado su última noche en el mundo, Él fue con los doce hombres que habían sido sus alumnos, o discípulos, a un salón en la segunda planta de la casa de cierto hombre. Ellos fueron para celebrar la fiesta de la pascua. (No intente describir la pascua, sino explique no más que se mataba un pequeño cordero para comer su carne en la fiesta).</p>
<p><strong>(b)</strong> Terminada esa ceremonia, el Señor Jesús mostró a sus amigos cómo celebrar la reunión de la cena del Señor. Desde ese entonces su pueblo ha guardado aquella ceremonia para ayudarles   recordar la ocasión cuando Él dio su vida por las ovejas.</p>
<p><strong>(c)</strong> Pero uno de los discípulos no estaba presente en la reunión del partimiento del pan. Él salió antes de que comenzara. Su nombre era Judas … Describa cómo el traidor hizo planes con los gobernantes impíos y el negocio que había pactado.</p>
<p><strong>(d)</strong> Una vez terminada la reunión de la cena el Buen Pastor habló por varios minutos con sus amigos. Les contó algunas de las cosas que le iban a suceder, así que ellos se pusieron muy tristes … Hable sobre las palabras preciosas de Juan 14.1 al 3.</p>
<p>La noche era oscura cuando ellos se marcharon de aquel salón. No había luces en las calles para guiarles, pero ellos sabían caminar en la oscuridad. El Buen Pastor les condujo fuera de la ciudad, a través de un riochuelo y después arriba a un jardín, o huerto, en una colina, llamado Getsemaní … Describa tan gráficamente como puede qué sucedió allí: la agonía, la copa que Dios le dio llena de nuestros pecados, y el castigo que esos pecados requerían; la traición cruel; y la aprehensión por los guardas enviados por los gobernantes crueles. Y así, como aquel corderito que había sido llevado al lugar de su muerte para proveer carne para la fiesta de la pascua, el Buen Pastor permitió que los guardas le atasen y le llevasen al palacio del sumo sacerdote.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aplicación:</p>
<p>Enfatice el amor mostrado por el Buen Pastor en que:</p>
<p>(i) Él no huyó como hizo el falso pastor.</p>
<p>(ii) Él fue benigno con Judas aunque sabía qué pensaba hacer aquel hombre.</p>
<p>(iii) Él estaba dispuesto a beber aquella terrible copa de castigo para hacer posible que nuestros pecados fuesen lavados.</p>
<p>(iv) Él no mandó al infierno ni a Judas ni a los guardas por lo que le estaban haciendo. Él fue como un cordero al matadero.</p>
<p><em>¡Maravilloso Salvador!</em></p>
<p>Para terminar:  ¿Qué me puede dar perdón …?</p>
<h3>Lección 47 El Hijo de Dios murió en la cruz</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado, 1 Juan 1.7</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mímica:</p>
<p>Las lecciones que quedan no requieren mímica, pero si usted desea se puede seguir con el texto de memoria y la mímica de Lección 45.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Fue en la cruz que el Buen Pastor dio su vida por las ovejas, Marcos 15, Juan 19.28 al 37.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p>Haga mención de los eventos de la lección anterior. Luego:</p>
<p><strong>(a)</strong> Los guardas condujeron al Buen Pastor por el camino rudo hasta el palacio del sumo sacerdote. Los dirigentes malvados estaban con-gregados allí a ver qué podían hacer en contra de ese Ser Bendito a quien odiaban tanto. Toda la noche requerían que Él se quedara parado mientras le interrogaban e intentaron que dijera algo malo que informar al gobernador para que fuera castigado. Pero Él no respondió a las cosas malas que ellos le decían.</p>
<p>Finalmente le preguntaron si era el Hijo de Dios. Él dijo que sí. Esta respuesta les llenó de enojo. Algunos empezaron a escupirle; los guardas le empujaron de un lado a otro (“le golpearon”); algunos de los subalternos le taparon los ojos y le daban felpas en la cara, diciendo: “Ahora díganos quién le golpeó”. Marcos 14.53 al 65. (No incluya la defección de Pedro, para no dar lugar a confusión).</p>
<p><strong>(b)</strong> Al amanecer, cuando el gobernador Pilato ya se había levantado y estaba listo para sus labores, esos hombres malvados condujeron al cansado Buen Pastor al atrio de Pilato. Le acusaron de muchas cosas muy malas, pero cuando el gobernador le preguntó varias cosas, él se dio cuenta de que ese no había hecho ningún mal. ¿Cómo sería posible que el Hijo de Dios hiciera algo malo? Pilato vio también que los dirigentes le odiaban, así que dijo: “Voy a mandar que lo azoten con cuerdas, y dejarle ir”. Pero los malos líderes habían reunido a un gran grupo de gente fuera del tribunal y les habían dicho qué decir. Ellos gritaron y exclamaron: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”</p>
<p>Pilato quería complacer la gente, así que permitió a los soldados golpear a la Persona  Bendita en la espalda hasta correr la sangre, hacer una corona de espinas para ser puesta sobre su cabeza, ponerle una túnica de púrpura y burlarse de Él, diciendo: “¡Salve, Rey de los judíos!” El gobernador esperaba que al ver el pueblo cuánto había sufrido el Buen Pastor, ellos estarían satisfechos al verlo puesto en libertad. Pero cuando lo sacó fuera para que todos le vieran de nuevo, los malos líderes y el pueblo gritaron otra vez, “¡Fuera con este! ¡Que sea crucificado!” Así, para satisfacer al pueblo el gobernador mandó a sus soldados dar muerte al Buen Pastor clavándole a una cruz.</p>
<p>(Nótese que no se ha incluido la marcha al tribunal de Herodes ni el episodio de Barrrabás. Son detalles que se pueden incorporar más adelante cuando los niños se hayan familiarizado con la esencia del relato. Se omitirá también el relato de los dos ladrones).</p>
<p><strong>(c)</strong> Descríbanse: la procesión al lugar llamado el Calvario; el Salvador siendo clavado mientras oraba: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; la cruz levantada y la burla del pueblo.</p>
<p><strong>(d)</strong> Una vez que los hombres habían hecho lo peor que podían con el Buen Pastor, Dios causó que todo fuera oscuro. Cuando todo estaba muy oscuro Él tomó los pecados de todo pecador que iba a poner su fe en el Salvador, y los puso sobre el Señor Jesús como si fueran los suyos propios. Entonces la terrible ira de Dios cayó sobre Él. ¡Oh niños! ¡Fue muy, muy terrible! ─ Más de lo que nosotros jamás vamos a saber. El Buen Pastor estaba sufriendo por nuestros pecados, castigado para que nosotros pudiéramos ser librados, para que nosotros no tuviéramos que ser castigados por el pecado.</p>
<p>Al cabo de tres largas, temibles horas Él ya había sufrido todo. El Señor Jesús exclamó a gran voz: “Consumado es”. Él inclinó la cabeza y envió lejos su espíritu. El Buen Pastor había dado su vida por las ovejas.</p>
<p>Entonces un soldado metió un espada en su costado. La sangre salió, y agua. <em>¿Qué me puede dar perdón?</em></p>
<p>Desde este punto en adelante es apropiado que usted apele prudentemente a sus oyentes. En la experiencia de quien escribe no se encontró una manera más objetiva de lograr los beneficios de esta poderosa obra de la salvación que decir (con base en 1 Juan 5.12): “¿Quién permitirá que el Señor Jesús le haga seguro de no ser castigado por sus pecados? ¿Hay alguien aquí que realmente quiere estar seguro? Si lo hay, Dios dice que tendrá vida todo aquel que reciba al Señor Jesús. ¿Quién tendrá a Jesús como su Salvador? Si tú quieres tenerle a Él, Él con mucho gusto te tendrá a ti, [Juan 6.37]. Es porque Él fue castigado por el pecado que puede guardar a una persona segura; su sangre lavará sus pecados, y Él le dará la clase de vida necesaria para vivir en su hogar muy, muy feliz en el cielo ─ la vida eterna”.</p>
<h3>Lección 48 El Hijo de Dios volvió a vivir</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Porque yo vivo, vosotros también viviréis, Juan 14.19</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El Buen Pastor volvió a vivir; Mateo 27.57 al 28.15.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p><strong>(a)</strong> Fue un día triste cuando el Buen Pastor murió en la cruz, el día más triste que ha habido en todo tiempo. Cuente cómo el hombre rico, José, y el benigno Nicodemo se presentaron ante Pilato y rogaron por el cuerpo del Señor Jesús. Se les dio permiso, y ellos quitaron su cuerpo de la cruz, lo lavaron, pusieron especies agradables sobre el cuerpo y lo envolvieron en una tela limpia de algodón.</p>
<p>Entonces lo llevaron abajo al jardín  cerca de donde había estado la cruz, donde José tenía un sepulcro nuevo en la piedra. Era un pequeño salón cavado en la ladera de un peñón. Acostaron allí el cuerpo muerto del Buen Pastor y rodaron una gran piedra justo frente a la pequeña puerta para cerrar muy bien aquel salón.</p>
<p><strong>(b)</strong> Explique cómo eran los esfuerzos de los judíos para asegurarse de que Él se quedaría muerto para siempre: la tumba sellada y los vigilantes frente de ella.</p>
<p><strong>(c)</strong> Pero el Buen Pastor, el poderoso Hijo de Dios, no podía quedarse muerto para siempre. Temprano el tercer día hubo un gran terremoto. Un ángel descendió del cielo y rodó la gran piedra … Describa su apariencia, el temor y la huida de los vigilantes, la llegada de las mujeres, el mensaje del ángel para ellas, su confianza de que la tumba estaba vacía y su encuentro con el Señor vivo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aplicación:</p>
<p>Así como el día que Él murió fue el más triste jamás habido, el día que volvió a vivir fue el más feliz jamás habido.</p>
<p>El poderoso Hijo de Dios, el Buen Pastor, era el Señor de Vida. Él no podía quedarse muerto. Por cuanto Él vive, toda persona que pone su fe en Él para hacerle seguro, va a vivir mientras Él viva ─ y será para siempre y siempre. “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”, Hechos 16.31. ¿Quién aquí va a confiar en Él para hacerse seguro?</p>
<p>Para terminar:  ¿Qué me puede dar perdón …?</p>
<h3>Lección 49 El Hijo de Dios volvió al cielo</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>Jesús … ha sido tomado de vosotros al cielo, Hechos 1.11</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>El Señor vivo visitó sus discípulos; acerca de Tomás y de Judas; y su regreso al cielo. Juan 20.19 al 29, Mateo 26.3 al 10, Lucas 24.50 al 53, Hechos 1.6 al 12</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p>Por cuanto los relatos bíblicos son suficientemente claros, se sugiere que usted tome papel y lápiz y anote los detalles de la historia así como están presentados. Se hace mención del nombre de Judas porque él no estaba en la segunda planta y la clase querrá saber qué pasó con él.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aplicación:</p>
<p><strong>(a)</strong> Anote para su propio entendimiento que Cristo recibió el castigo del pecado <em>por</em> todo pecador, y <em>en lugar de</em> los que confían en Él.</p>
<p><strong>(b)</strong> Dios estaba muy satisfecho con la obra hecha en la cruz, Él levantó (resucitó) a su Hijo amado de entre los muertos y lo llevó a su hogar en el cielo.</p>
<p><strong>(c)</strong> Él vive para guardar seguro del castigo a todo niño que pone su fe en Él. Su sangre limpia de todo pecado, y ellos nunca van a perderse. Son “salvos”.</p>
<p>Para terminar: “¿Qué me puede dar perdón? …”</p>
<h3>Lección 50  El Hijo de Dios busca</h3>
<p>Texto para aprender de memoria:</p>
<p>El Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido, Mateo 18.11</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Idea de la lección:</p>
<p>Una parábola acerca del Buen Pastor haciendo segura a una oveja perdida, Mateo 18.11 al 14</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La lección:</p>
<p>Una historia que oyó un muchacho, versículo 2</p>
<p>Desde aquí en adelante se relatarán las historias bíblicas en secuencia, encontrando una medida de comprensión mayor de la que hubiera sido posible sin el fundamento que hemos presentado, construyendo “línea sobre línea”.</p>
<p>Judas 24,25</p>
<p>&nbsp;</p>
<h1>El superintendente<br />
en la escuela dominical</h1>
<p>Es un diácono, y candidato para grado honroso</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>D.R.A</strong>.: <em>Bet-el</em> número 81</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li><em>… a todos los santos en Cristo Jesús que están en filipos, con los obispos y diáconos, </em>Filipenses 1.1</li>
<li><em>Los que ejercen bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe,</em> 1 Timoteo 3.13</li>
<li><em>… nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; … ella ha ayudado a muchos,</em> Romanos 16.1.2</li>
</ul>
<p>&nbsp;</p>
<p>Un diácono es un servidor. Es un ministro en el sentido más elevado de esa palabra.</p>
<p>No es un subanciano, aun cuando muchas veces un anciano es una diácono también. Puede ser un hermano o una hermana cuyo servicio toma la forma de un trabajo manual o técnico, o sea, cuyo ministerio trata de administrar cosas materiales entre el pueblo del Señor o de atender a sus necesidades cotidianas, pero de ninguna manera se limita el  diaconado a estas esferas de las finanzas, la hospitalidad y el cuidado del lugar de las reuniones. El uso más frecuente de la palabra es las Epístolas es con referencia al predicador y el pastor.</p>
<p>En la traducción que usamos a diario es solamente en los pasajes citados arriba que encontramos esta palabra <em>diácono</em>, pero la misma figura muchas veces como <em>ministro</em> o <em>siervo</em>. Cristo vino a ser ministro, o diácono, para mostrar la verdad de Dios, Romanos 15.8. Los ministros (diáconos) de Satanás se disfrazan como ángeles de luz, 2 Corintios 11.15. &#8220;Si alguno quiere ser mi diácono,&#8221; dijo el Señor, &#8220;sígame … allí estará mi servidor,&#8221; Juan 12.26. Y, &#8220;Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor (diácono) de todos,&#8221; Mateo 9.35.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Basta esta lista para recordarnos que uno no debe tener una idea rara sobre esta palabra griega que por alguna razón ha entrado en nuestro idioma casi sin traducción. Un diácono no es exactamente un siervo en el sentido de un <em>doulos</em>, un esclavo. Los sabios en la materia comentan que generalmente el Testamento habla del siervo / doulos en su relación con su amo, y de un ministro / diácono en relación con su trabajo.</p>
<p>Para ser un buen ministro de Jesucristo, uno tiene que ser nutrido con las palabras de fe y doctrina, tiene que desechar las fábulas, y tiene que ejercerse para la piedad, 1 Timoteo 4.7. La lista de cualidades que más conocemos es la de 1 Timoteo 3, quizás porque allí se traduce <em>ministro</em> como <em>diácono</em>. Hay en el capítulo una lista que se refiere a los ancianos en la asamblea y otra a los servidores. Si vemos con cuidado las dos, pronto se nos irá la idea que el diácono es una especie de anciano de segunda clase.</p>
<p>Veamos:</p>
<ul>
<li><em>la moral</em>: honesto, sin doblez, no dado a mucho vino, no codicioso</li>
<li>la <em>doctrina</em>: guarda el ministerio de la fe con limpia conciencia</li>
<li>la <em>experiencia</em>:  sometido a prueba primero</li>
<li>el <em>hogar</em>:  una sola esposa; buen gobierno en el seno de la familia</li>
</ul>
<p>Y la mujer que aspira a ser una Febe moderna:  honesta, no calumniadora, sobria y fiel</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ahora bien, el superintendente en una escuela dominical es un diácono. Es uno de esos servidores de quienes hemos venido hablando. No es un jefe, sino un evangelista, pastor, coordinador, y a veces un cantor y maestro o ayudante. Es un pequeño Pablo, quien dijo de sí mismo en Colosenses 1.25 que era ministro &#8220;según la administración de Dios&#8221; y &#8220;para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios&#8221;.</p>
<p>Esto lo persigue el superintendente. Se pregunta si hacen falta maestros, si el recinto y los equipos bastan, si los maestros tienen lo que necesitan. Procura palpar el sentir de los alumnos, acaso haya problemas con algunos maestros. No necesariamente dirige el canto, pero se interesa grandemente por la calidad espiritual de lo que los alumnos están aprendiendo en coros e himnos.</p>
<p>El superintendente es el intermediario entre la asamblea y sus ancianos por un lado, y la escuela dominical por otro lado. A veces tiene que decir respetuosamente a los ancianos que la escuela dominical no está recibiendo el apoyo que amerita y necesita. Otras veces tiene que recibir de ellos el mensaje que están sucediendo cosas en la escuela que no convienen para la asamblea.</p>
<p>Hemos dicho que él está pendiente de la capacidad y dedicación de los maestros, pero hay  otro lado a este asunto. Muchas de nuestras escuelas dominicales (o sabatinas, etc.) cuentan con hermanas (y varones también) de gran dedicación y mucho ejercicio en cuanto a sus alumnos. No pocas veces son mejores maestros que el mismo superintendente. Es de temer que a veces subestimamos lo que algunas señoritas y señoras están haciendo para el Señor en sus clases, y de cómo se sacrifican para llevar esos alumnos sobre sus corazones.</p>
<p>El buen superintendente no deja que sean una ley para sí, ni que sólo ellas o ellos dispongan de los recursos que la asamblea puede aportar, pero a la vez él se cuida de no estar metiendo la nariz innecesariamente en las clases donde hay una estrecha relación entre maestro y alumnos.</p>
<p>Ya lo hemos dicho:  el superintendente en la escuela bíblica no es un jefe, sino un servidor. El coordina. Es, si quiere, un evangelista especializado. Si es cumplido en su ministerio, trabaja duramente, y debemos reconocer que eso le cuesta. Acordémonos: los que ejercen bien esta forma de diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Qué es la lección?  Para el superintendente, como para cualquier otro diácono en la asamblea, la lección es de doble filo:</p>
<ul>
<li>Debe ser sano espiritualmente.</li>
<li>Si uno está intentando servir, debe averiguar si su vida está a la par<br />
con el ministerio que pretende realizar.</li>
</ul>
<p>&#8220;Su buen servicio es un  gran honor&#8221;, expresa un himno que cantamos a menudo. Sí, y una gran responsabilidad también.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>¿ Qué  sucedió  cuando  recibiste  a  Cristo ?</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jun 2011 01:25:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nbruley</dc:creator>
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		<category><![CDATA[756]]></category>

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		<description><![CDATA[Tres vistas de la santificación El perdón, la santificación y la justificación Posición, práctica y comunión Salvos por gracia en tres tiempos Documento 510 es La seguridad eterna ¿ Qué  sucedió  cuando  recibiste  a  Cristo ? &#160; Reginald Wallis, Dublín, República de Irlanda, 1931 Una traducción del primer capítulo del librito The New Man, publicado &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://tesorodigital.com/que-sucedio-cuando-recibiste-a-cristo/">Continuar leyendo &#187;</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Tres vistas de la santificación</strong></p>
<p><strong>El perdón, la santificación y la justificación</strong></p>
<p><strong>Posición, práctica y comunión</strong></p>
<p><strong>Salvos por gracia en tres tiempos</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Documento 510 es<em> La seguridad eterna</em></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<h2>¿ Qué  sucedió  cuando  recibiste  a  Cristo ?</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Reginald Wallis,</strong> Dublín, República de Irlanda, 1931</p>
<p>Una traducción del primer capítulo del librito<br />
<em>The New Man</em>, publicado por Loizeaux Brothers</p>
<p>&nbsp;</p>
<h3>A.    El te  recibió</h3>
<p>Sí, parece un hecho sencillo y obvio, pero con todo es uno que debe quedar muy grabado en la mente y el corazón de todo creyente nuevo. Como bien sabes, acudiste en toda tu necesidad al Señor Jesucristo para la salvación. Te habías dado cuenta de tu condición desesperada, sin poder hacer nada por tu propia cuenta para justificarte ante un Dios santo.</p>
<p>Reconociendo que mereciste sólo la prohibición eterna de estar en su presencia, encontraste el camino a los pies horadados de Jesús, y aceptaste la oferta de misericordia divina. Supiste que &#8220;en Jehová hay misericordia, y abundante redención con él.&#8221;</p>
<p>¿Pero cómo sabes de veras que El realmente te recibió? ¿Acaso no te has engañando a ti mismo? ¿Qué confianza tienes de que no estás viviendo el sueño de los tontos? Tienes que conocer las respuestas que Dios da a estas preguntas. ¿Qué dice la Biblia, la Palabra de Dios?</p>
<p>Escucha: &#8220;Al que a mí viene, no le echo fuera.&#8221; Viniste, ¿no? Entonces, sabes que te recibió, porque El lo dijo. Tal vez tengas razón por dudar de ti mismo, pero de Él no. El asunto es que uno recibe la confianza de la salvación por fe sencilla en la Palabra escrita de Dios.</p>
<p>Romanos 3.23; Mateo 11.28; Salmo 130.7; Juan 6.37; Salmo 89.34; 1 Pedro 1.23</p>
<p>Posiblemente tienes poco tiempo en la senda al cielo, pero aun así el diablo te está asechando, y habrá intentado quitarte tu confianza y gozo. No te asustes, ¡él se ocupa en eso! Si él no hiciera caso de personas como tú, ¡no tendría empleo! El diablo, Satanás, es el Acusador. El ataca, pero, gracias a Dios, no puede robar a nadie de la salvación, y no hay por qué dejarle lograr que te robe del sentido de seguridad. Su empeño constante es sembrar semillas de duda en tu mente, diciéndote que tu salvación no es legítima. No debes buscar pleito con él, porque perderás. No debes hacerle caso. Confía más bien en lo que Dios mismo dice; no te apoyes en tu propia prudencia.</p>
<p>Rehúsa confiar en tu propio estado emotivo. Tú eres como el tiempo: fluctuante y no muy predecible. La salvación tuya no depende de una cosa tan cambiante como es tu estado de ánimo, sino en la obra eterna y completa del Calvario, y en la fidelidad de la palabra de Aquel que murió allí y resucitó de entre los muertos.</p>
<p>El dice: &#8220;No le echo fuera.&#8221; ¿El es sincero en lo que dice? Si lo es, confía tú en su Palabra. Cada vez que el enemigo ataca, emplea &#8220;la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.&#8221; Sólo esa espada es la que puede vencer a Satanás. Tu seguridad es, &#8220;Escrito está.&#8221;</p>
<p>Apocalipsis 12.19;  Juan 10.28, 29;  Proverbios 3.5; Hebreos 3.14;  Efesios 6.17;  Mateo 4.4</p>
<p>Eres salvo, entonces, porque acudiste a Él y confiaste por fe sencilla en la obra que El hizo una vez para siempre. Sabes que El te recibió porque cuentas con su Palabra fiel que lo dice. Y, El afirma: &#8220;No olvidaré mi pacto, ni mudaré lo que ha salido de mis labios.&#8221;</p>
<p>Salmo 89.34</p>
<h3>B.  Tú le recibiste</h3>
<p>¿Cómo sucedió? Por fe abriste la puerta de tu corazón, y El entró. ¿Cómo sabes? No por sentir una sensación rara; El nunca te prometió que sería así. De nuevo, sabes porque El lo prometió y tú aceptaste su promesa.</p>
<p>Supongamos, por ejemplo, que recibes una carta de un conocido bufete de abogados, y ellos avisan que eres heredero de la fortuna que dejó un pariente tuyo. Al oir esa noticia, algunos amigos van a dudar y quizás otros simplemente no te van a creer.</p>
<p>¿Pero cómo sabrías tú la verdad del asunto? ¿Dirías, &#8220;Pues siento que el dinero es mío?&#8221; Claro que no. Leerías el documento. Al ser necesario, mostrarías a tus criticadores que dice en blanco y negro que la herencia es tuya. Eso te daría confianza, y más adelante entrarías en el disfrute pleno de la fortuna.</p>
<p>Así es en este gran, eterno asunto de la salvación; la tienes en blanco y negro, como si fuera. Descansa sobre Juan 6.37. Cuenta con la roca inmovible que es la Biblia, y el Espíritu Santo se cuidará de que recibas todavía mayor convicción de que eres hijo de Dios.</p>
<p>Apocalipsis 3.20;  Romanos 8.16</p>
<h3>C.  Tus pecados fueron perdonados</h3>
<p>Sí, a Dios la gloria: cuando no teníamos con qué pagar, El nos perdonó gratuitamente. La sangre preciosa de Cristo limpia de todo pecado. Dios tomó los pecados tuyos como una piedra pesada, y los lanzó a la aguas de su olvido. Se los alejó &#8220;cuanto está lejos el oriente del occidente,&#8221; &#8211; ¡una distancia que nadie puede medir! Tus pecados han sido deshechos como una nube que aparece por un tiempo y desaparece para siempre.</p>
<p>Es por el nombre del Señor, y no por virtud alguna tuya, que has sido perdonado. Es un perdón eterno, ya que la obra del Calvario no puede fallar jamás. Tu seguridad reposa sobre el mérito eterno de tu Salvador, y no la fidelidad tuya. No eres salvo mientras tengas fe, sino que aceptaste una vez por fe; &#8220;En él es justificado todo aquel que cree.&#8221; ¡La salvación es suficiente para todos, pero es eficiente sólo para los que la reciben! Gózate en esta verdad; el amor de Dios te rodea, y jamás te dejará.</p>
<p>1 Juan 2.12; Lucas 7.42; 1 Juan 1.7; Miqueas 7.19,20;  Salmo 103.12;  Isaías 44.22;<br />
1 Juan 2.12; Hechos 13.39; Jeremías 31.3</p>
<h3>D.  También fuiste justificado</h3>
<p>Ser justificado es todavía más que ser perdonado. La justificación es una poderosa verdad bíblica que no tiene adecuada ilustración humana. Una persona culpable puede ser perdonada por la parte ofendida; pero nunca puede ser justificada, por la sencilla razón de que es culpable. Tal vez escape el castigo, pero no por ello es justificada; todavía hay el estigma de la culpabilidad.</p>
<p>En cambio, la gloriosa verdad del gran plan de salvación es que se justifica al pecador culpable; es decir, se le perdona de una manera proba; el Dios santo le acepta como sin culpa. Tu fe te es contada por justicia, y ahora Dios te ve en Cristo, tan cerca y tan amado de Dios como su propio Hijo. Por la perfecta obra expiatoria del Calvario, y mi aceptación de un Salvador entero, Dios me ve como si yo nunca hubiera pecado. Con toda razón la exhortación al pueblo de Dios es: &#8220;¡Regocíjate y canta!&#8221; En la estimación de Dios, eres acepto y perfeccionado para siempre jamás; tienes la misma seguridad que el trono de Dios.</p>
<p>Romanos 5.1;  Romanos 3.26; Efesios 1.19;  Romanos 4.5; Efesios 1.1;  Isaías 12.6</p>
<p>Pero, tu condición en la práctica, día a día, es otra cosa. Tienes la responsabilidad y el privilegio de vivir acorde con tu exaltado llamamiento, como veremos en otra entrega.</p>
<p>Con todo, ten por seguro que, gracias a la obra triunfante del Salvador en el Calvario, y su resurrección y ascensión al cielo, se ha vindicado la justicia de Dios; se ha glorificado el nombre suyo; y se te ha cubierto con un manto de justicia. ¡Aleluya, gloria a Cristo! ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.</p>
<p>¡Jesús es mío! Vivo en él; no temo ya condenación.<br />
El es mi todo: paz, salud, justicia, luz y redención.<br />
Me guarda el trono eternal; por él, corona celestial.</p>
<p>Rechaza toda sugerencia de condenación de esas que el diablo te lanza. Huye de él, firme en la fe, y él huirá de ti.</p>
<p>Efesios 4.1;  Romanos 4.5, 8.33, 8.1;  Santiago 4.7</p>
<h3>E.  &#8220;Si alguno hubiere pecado &#8230;&#8221;</h3>
<p>Con todo, de ninguna manera alcanzarás un estado de perfección, libre de pecado, antes de llegar al cielo. El día viene cuando estarás libre de toda limitación humana y terrenal, y verás cara a cara al Señor, para recibir la culminación de &#8220;una salvación tan grande.&#8221; ¡Esa sí será la libertad de la presencia del pecado!</p>
<p>Veremos más adelante que sí se puede triunfar sobre los pecados de los cuales estamos conscientes. El pensamiento impío y la iniciativa pecaminosa encuentran una entrada cuando nos descuidamos. ¿Y entonces? ¿A ser salvo de nuevo? No; el Señor no le dijo a Nicodemo, &#8220;Os es necesario nacer otra vez, y otra vez, y &#8230;&#8221; La regeneración, el nuevo nacimiento, es una crisis que sucede una vez para siempre. Ella imparte la vida espiritual e incorpora a uno en la familia de la fe.</p>
<p>Si pecas, es un asunto que queda dentro de la familia. No es el pecado de un rebelde contra Dios, sino de un hijo contra su Padre celestial. Tú captas de una vez la diferencia. Tu relación filial no cambia. Si vives acá cincuenta años más, todavía serás un hijo de Dios, pero indudablemente con una mayor apreciación de tus privilegios y responsabilidades en la familia. Si pecas, pierdes la comunión con tu Padre Dios. Te encuentras en la necesidad de la restauración al gozo de esa íntima relación con Él, la comunión. ¿Y cómo se efectúa? El ha hecho provisión para la restauración, pero no nos ha dado licencia para seguir en el pecado. El exige la confesión para que nos limpie. Si confiesas tu pecado, Dios es fiel y justo para perdonar. Es el que perdona; es a Él que confesamos.</p>
<p>1 Juan 1.8; 1 Corintios 13.12; Hebreos 2.3; Juan 1.12; 1 Juan 1.3;<br />
Salmo 51.12;  Romanos 6.1,2; Juan 1.9</p>
<p>Confesó David en el Salmo 51, una vez que reconoció su caída con Betsabé y su abuso a Urías: Yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está delante de mí.</p>
<p>Contra ti, contra ti solo he pecado,  y he hecho lo malo delante de tus ojos;<br />
Para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido puro en tu juicio.</p>
<p>Como creyentes tampoco nos olvidamos de la exhortación que da Santiago: &#8220;Confesaos vuestras ofensas unos a otros.&#8221;</p>
<p>Todo el secreto de una vida victoriosa es la comunión continua con el Señor. El pecado no confesado te hará peso; manchará tu testimonio ante otros; impedirá que Dios conteste tus oraciones. Cuídate de las cosas pequeñas; arregla a menudo tus cuentas con tu Señor.</p>
<h3>F.  Fuiste hecho hijo de Dios</h3>
<p>Naciste en este mundo, por naturaleza humana, en pecado. Por la gracia de Dios, ya estás &#8220;en Cristo.&#8221; Se ha realizado en ti un gran milagro, una transformación de tinieblas a luz, de muerte a vida. Naciste de nuevo al recibir a Cristo como tu Salvador.</p>
<p>Has sido regenerado, y ahora perteneces a la familia celestial. Es una relación sanguínea, porque la sangre de Cristo lo hizo posible. Dios Padre es tu Padre, Dios el Hijo es tu Salvador, y el Espíritu Santo de Dios tu Santificador. Eres heredero de Dios, coheredero con Cristo. Todo es tuyo. Te corresponden riquezas incalculables. ¡Loemos a Dios por su bondad!</p>
<p>Salmo 51.5;  1 Pedro 2.9; Juan 5.24; Juan 3.3; Romanos 8.15;  Lucas 2.11;<br />
Romanos 15.16; Romanos 8.17;  1 Corintios 3.21;  1 Pedro 1.4</p>
<h3>G.  Recibiste la vida divina</h3>
<p>Cada vez que alguien recibe a Cristo como Salvador, un pecador se convierte en santo, un rebelde se incorpora en una familia de santos, un sepulcro de muerte se transforma en santuario de vida, el agua de la miseria terrenal se vuelve en vino celestial, un cuerpo de polvo se hace templo del Espíritu Santo.</p>
<p>Precisamente, tú has sido sellado con el Espíritu de promesa. Aquella bendita &#8220;tercera persona de la Trinidad&#8221; (aunque la Biblia nunca le llama la tercera; hay entera igualdad en la Deidad) le dio vida a tu espíritu muerto. El vino a morar en ti. Eres salvo porque el Espíritu Santo está en ti, y El nunca te dejará.</p>
<p>Es posible, sin embargo, que le ofendas por pecar y ejercer tu voluntad propia. El mandamiento al cristiano es que seamos llenos del Espíritu; o sea, permitir que El nos posea, nos domine y nos revele y glorifique al Señor Jesús en nosotros. El te habilitará para servicio y testimonio, y de ti saldrán &#8220;ríos de agua viva.&#8221; ¡Busca lo mejor! Si los ríos son para que uno se bañe en ellos, no te conformas con sentarte a la orilla.</p>
<p>Si hay abundancia de vida en Cristo, ¿por qué meramente existir? Si te corresponde una rica herencia espiritual, ¿por qué pasar los años como un mendigo en las cosas del Señor? Anda en el Espíritu, o sea, bajo su control, y no darás satisfacción a los deseos de la carne.</p>
<p>1 Corintios 6.19; Efesios 1.13; Juan 14.16; Efesios 4.30; Efesios 5.18; Juan 16.14;<br />
Lucas 24.49; Juan 7.38; Ezequiel 47.5; Juan 10.10; Gálatas 5.16; Juan 3.6</p>
<h3>H.  Recibiste el Espíritu Santo</h3>
<p>&#8220;Lo que es nacido de la carne, carne es.&#8221; Tu nacimiento físico te dio vida física; o sea, de la carne. Sin embargo, &#8220;la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios.&#8221; Así fue que tu nuevo nacimiento quiere decir que naciste de Dios. Tu espíritu se convirtió en el vehículo de la vida divina.</p>
<p>Se sembró en la tierra del corazón tuyo la Palabra incorruptible de Dios, y, mezclada con fe, ella brotó a vida eterna. Fuiste unido al Señor, hecho un espíritu con Él. Por cuanto participas de la vida suya, y El es la vida eterna e incorruptible, tú tampoco puedes perecer. Él vive, y por eso vives tú. Eres un miembro de su cuerpo. Un hombre lanzado al mar no se hundirá mientras su cabeza esté por encima del nivel del agua; ¡y la Cabeza tuya está en el cielo!</p>
<p>La salvación depende de lo que hizo (y hace) Jesucristo, y no de lo que haces tú. Nada te separará del amor suyo para contigo. ¿Quiere decir, entonces, que puedes hacer lo que te plazca? No, ¡mil veces no! Eso sería una imposibilidad moral. Si de veras eres del Señor, si El te compró, es evidente que querrás agradarle. El hombre, la mujer, cuyo objetivo principal en la vida es hacer lo que le da la gana, no es un cristiano. La vida tuya está bajo una nueva administración. Cristo ocupa tu corazón, y El debe gerenciar allí.</p>
<p>1 Corintios 15.50, 6.17; 1 Pedro 1.23; Juan 10.28; 1 Juan 4.19;<br />
1 Corintios 12.27; Efesios 1.22; Romanos 8.35, 6.1; Lucas 22.42</p>
<h3>I.  Cristo entró en ti</h3>
<p>Otra vez: la vida cristiana es una vida con, en, de y para Cristo. El es el único en el vasto universo que puede vivir esa vida; y, maravilla de maravillas, El escoge vivirla a través de ti por el Espíritu Santo.</p>
<p>&#8220;Ya no yo, sino Cristo,&#8221; debe ser tu lema. &#8220;Es necesario que El crezca, pero que yo mengüe.&#8221; Este principio, sencillo pero vital, está detrás de la vida triunfante como cristiano. Cristo es un Salvador que mora en uno. Debes pedir al Señor que sea una realidad en ti. Tú solo no puedes vivir la vida cristiana; El tiene que vivirla en ti.</p>
<p>Gálatas 2.20;  Juan 3.30, 15.5;  Colosenses 1.27</p>
<p>El error de mucha gente es que procuran vivir la vida cristiana antes de ser cristianos. Uno no es salvo por la manera como vive; ¡la manera nueva como uno vive es resultado de ser salvo! Tú le has recibido como tu Salvador; ahora quieres recibirle como tu Señor. Que gobierne El. Deja que se posesione de tu mente, voluntad y cuerpo.</p>
<p>Romanos 6.13;  2 Corintios 10.5</p>
<h3>J.  Recibiste la naturaleza divina</h3>
<p>Un niño nace con algunos de los rasgos faciales y otras características de sus padres, y así también tu segundo nacimiento te hizo partícipe de la naturaleza de Dios. Como Dios es en su naturaleza, así has sido llamado a ser en la tuya.</p>
<p>Todas las aspiraciones santas encuentran su origen en la naturaleza nueva y están puestas por el Espíritu Santo. Pero, a veces tus deseos de antaño vuelven. Es que ahora tú tienes dos naturalezas. ¡Y bien lo sabes! ¿De dónde emanan estas ambiciones bastardas de antes? Claramente, esa naturaleza vieja, con toda su corrupción, está ahí todavía, y ella es la fuente de tus deseos perversos. Un traidor vive dentro de ti, y esa inclinación hacia el pecado está presente siempre para arrastrarte hacia abajo.</p>
<p>Se ha declarado guerra. Tienes dos naturalezas que están en conflicto, y cada una busca la supremacía. El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; es el yo contra la vida en Cristo. Y, esa raíz perversa del pecado estará contigo mientras vivas. Ella no puede agradar a Dios, ni puede ser eliminada ni remendada. ¡Cuán fuertes sus anhelos; cuán dañinos sus frutos! &#8220;¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?&#8221;</p>
<p>¿No hay manera de rendirle inoperativo ese yo viejo? ¿No hay victoria sobre las aspiraciones y manifestaciones de la carne? Sí, a Dios las gracias, ¡lo hay! Pide al Señor que ilumine tu mente y tu corazón mientras busquemos juntos el remedio, el triunfo de la naturaleza nueva.</p>
<p>2 Pedro 1.4;  1 Pedro 1.15;  Romanos 7.21  Gálatas 5.17;  1 Juan 1.8;<br />
Romanos 8.8    Romanos 7.24; 1 Corintios 15.57</p>
<h3>K.  Cristo murió por cuenta tuya</h3>
<p>Cuando murió el Señor Jesús, El lo hizo no sólo como el Sustituto tuyo, sino también como tu Representante. Es decir, El te llevó a ti consigo cuando &#8220;murió al pecado una vez por todas.&#8221; Tú estás eternamente identificado con Él.</p>
<p>El llevó consigo a toda la raza humana; nuestro hombre viejo, con toda su corrupción, fue crucificado con Él. Este es el significado profundo de la Cruz. Por ella, Dios revela que su Hijo amado no sólo llevó nuestros pecados, sino también trató una vez para siempre la cuestión del pecado en su raíz.</p>
<p>En los propósitos eternos de Dios, Cristo Jesús condenó &#8220;la carne&#8221; una vez por todas en el Calvario. En este sentido, Dios rehúsa reconocer que el pecado existe ya; su Hijo lo abolió. En ese gran propósito el pecado murió con el Salvador y fue quitado de en medio.</p>
<p>Una vida nueva emana de aquella muerte. Cristo resucitó y ascendió a la diestra del Padre en la gloria. En aquella muerte y resurrección tú estabas identificado con Él, y por esto participas en la muerte de la naturaleza vieja y en la vida de la naturaleza nueva.</p>
<p>Romanos 5.19, 6.10,  6.6, 8.3; Hebreos 9.26;  Romanos 6.5;  Efesios 1.20</p>
<p>Vemos, pues, que en el propósito de Dios —su voluntad para ti— tu naturaleza vieja fue llevada a la Cruz en la persona de tu Representante. Tu &#8220;hombre viejo&#8221; fue crucificado con Él, pero fuiste resucitado de nuevo en novedad de vida. &#8220;Ah,&#8221; dices, &#8220;mi naturaleza vieja no está muerta; ¡me temo que vive muy bien!&#8221; Sí, y por eso hablamos ahora de cómo la fe ve el asunto.</p>
<p>Romanos 6.6, 6.11</p>
<h3>L.  Ten fe día a día</h3>
<p>La muerte de esa naturaleza es un hecho ante Dios, pero tú tienes que hacer de ella una realidad día a día. ¿Cómo? Por fe.</p>
<p>La fe es el medio por el cual los hechos de Dios se convierten en realidades para nosotros. &#8220;Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús,&#8221; dice nuestra última referencia bíblica. Este es el gran tema del ministerio del apóstol Pablo a la Iglesia de Dios. El se percibía a sí mismo como &#8220;llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.&#8221;</p>
<p>Ten presente en todo momento que tú &#8211; es decir, tu hombre viejo y natural &#8211; has sido crucificado. Se ha tratado ya la raíz del problema. De por ti, no puedes conquistar aquella naturaleza vieja, pero ella fue condenada en el Calvario.</p>
<p>Es la fe que te permite considerarle muerto. Si tú ejercitas esa fe, el Espíritu Santo hará que sea una realidad en tu experiencia lo que hemos venido hablando. Cuando Satanás te seduce a pecar, huye de una vez al Calvario, donde él fue vencido y donde tu hombre viejo murió. Por la palabra de tu testimonio, afirma lo que es el caso: que tú estás muerto. ¿Qué puede hacer el diablo con manos muertas, pies muertos, labios muertos, o mente, ojos y oídos muertos?</p>
<p>¿No ves? &#8220;El que ha muerto, ha sido justificado del pecado.&#8221; A la vez, tú has sido resucitado para andar en novedad de vida.</p>
<p>Vives ahora a Dios. Eres la misma persona, con el mismo cuerpo humano, pero bajo un nuevo control y una energía que se debe a una vida nueva. El Espíritu Santo te reclama para el Señor Jesús y los propósitos suyos.</p>
<p>El que te tenía ha sido desentronado, y no tiene derecho a nada de tu espíritu, alma y cuerpo. Todo lo que posees es propiedad de Dios. Aquellas facultades que una vez servían al pecado y a Satanás, deben vivir ahora para Aquel que te compró. Si por fe asumes cada momento este parecer, el Espíritu Santo de Dios lo hará efectivo en tu vida.</p>
<p>2 Corintios 4.10;  Apocalipsis 12.11;  Isaías 42.19;<br />
Romanos 6.7,  6.4;  Hebreos 2.14; 1 Corintios 6.20</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>Tres vistas de la santificación</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong> H. W. Graham </strong>,  Uruguay<br />
basado en ministerio en Venezuela, 1971</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La santificación es el hecho de ser puesto aparte. Es la separación del uso común para ser usado para la gloria de Dios.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>1. El Espíritu Santo santificó<br />
a todo creyente antes de su conversión.</strong></p>
<p><em>Debemos dar siempre gracias a Dios &#8230; de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, 2 Tesalonicenses 2.13,14.</em></p>
<p>Esta es la santificación <strong>preparativa</strong>. Está ligada con nuestra predestinación, o nuestra elección en vista de la fe que pondríamos para ser salvos. Pablo escribió a estos mismos creyentes, 1 Tesalonicenses 1.5, que el evangelio les llegó &#8220;en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre”.</p>
<p>Los versículos destacan hermosamente estos dos lados de la salvación: Dios nos escogió y nosotros (por la obra del Espíritu) ejercitamos &#8220;la fe en la verdad”. Por cierto, los dos versículos citados destacan la obra de la Trinidad en nuestra salvación: Dios [el Padre] escogió y llamó; el Espíritu santificó; y fue &#8220;para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo”. 1 Pedro 1.2 enseña que fuimos: (a) elegidos según la presciencia de Dios Padre; (b) en santificación del Espíritu; (c) para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.</p>
<p>La expresión &#8220;desde el principio&#8221; amerita estudio y debe ser distinguida de &#8220;al principio&#8221; y &#8220;antes de la fundación del mundo”, etc. Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, Juan 6.64. Él era y es desde el principio, 1 Juan 1.1, 2.13. Estos versículos se refieren a un principio que no tuvo principio. La expresión se usa también para referirse al principio de la creación, el principio del ministerio público de Cristo, etc. La misma palabra se traduce también como dominio, gobierno y dignidad.</p>
<p>Volviendo a los versículos 13 y 14, podemos decir que la elección se hizo en el pasado, la santificación debe tener su efecto en el presente (como veremos a continuación) y la gloria se verá en el futuro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>2. El Señor Jesucristo santificó a todo creyente<br />
en el momento de su conversión.</strong></p>
<p><em>Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Con una sola ofrenda [ Él ] hizo perfectos para siempre a los santificados, Hebreos 10.10. A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, 1 Corintios 1.2.</em></p>
<p>Esta es la santificación <strong>posicional</strong>. No depende de la condición de uno, sino de la obra del Calvario. Somos santificados porque somos de Cristo. Observemos que la ofrenda de Cristo se hizo una sola vez para siempre, y la santificación del creyente lo hace perfecto para siempre. ¡Qué blasfemia la idea romana del sacrificio continuo y presente del cuerpo de Cristo! ¡Qué blasfemia la idea pentecostal de una salvación condicional, temporal o perecedera!</p>
<p>A partir del versículo 10, y en todo el resto de la Epístola, el autor hará ver que en la práctica muchos de los corintios no eran tan santos como han debido ser. Nosotros tampoco. Con todo, en los primeros nueve versículos él los describe como llamados a ser santos y llamados a la comunión con Jesucristo; dice que fueron santificados y enriquecidos; dice que serán confirmados hasta el fin, para ser irreprensibles en el día venidero de nuestro Señor Jesucristo.</p>
<p>Todo esto se resume en la gran declaración del 1.9: &#8220;Fiel es Dios”. Ahora, el asunto que también nos interesa es el de cuán fieles somos nosotros. Esta es la tercera vista de la santificación, y la veremos en seguida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>3. Dios el Padre está santificando<br />
al creyente sumiso, una vez convertido.</strong></p>
<p>Esta es la santificación <strong>progresiva</strong>. Es algo que debe estar realizándose día a día en todo creyente. El Padre lo hace, pero depende de nuestra obediencia.</p>
<p><em>Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad, Juan 17.17,19</em>.</p>
<p>Es cierto que en un sentido esta santificación tampoco depende de nosotros, ya que no podemos imaginar que una oración del Señor no sería contestada en lo afirmativo. Pero es obvio que el Padre va a emplear &#8220;la palabra&#8221; para realizar un proceso, un cambio en nosotros. La oración del Señor en este capítulo incluye tres menciones de la palabra del Padre: Les he dado tu palabra, 17.14; Tu palabra es verdad, 17.14; Han guardado tu palabra, 17.6.</p>
<p>¿Y quiénes son <em>ellos</em>? Pues, en primera instancia los discípulos que le acompañaban al Señor, pero también nosotros: &#8220;&#8230; los que han de creer en mí por la palabra de ellos”, 17.20.</p>
<p>La palabra es una persona, Cristo. &#8220;Yo soy &#8230; la palabra”, Juan 14.6. La palabra es un libro, la Biblia. Ese libro contiene &#8220;las palabras del Señor Jesús”, Hechos 20.35, y &#8220;las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo”, Judas 17. Entonces, el Padre está usando la Biblia para que nuestra santificación posicional sea a la vez una manera santa de vivir. Si no estamos leyendo la Biblia y obedeciendo los mandamientos en ella, estamos en oposición a la voluntad divina.</p>
<p><em>Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios, 2 Corintios 7.1. </em></p>
<p>Esta exhortación es una aplicación evidente de la obra que el Padre quiere hacer en nosotros. Si vamos a ser puestos aparte de esta mundo vil, santificados para la gloria de Dios, no podemos &#8220;tocar lo inmundo”, en lenguaje de los versículos que preceden. La promesa en el versículo inmediatamente anterior es que en este caso &#8220;seré para vosotros Padre”. Hemos sido limpiados una vez para siempre del pecado, pero debemos limpiarnos constantemente de la contaminación de los pecados.</p>
<p><em>La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de la fornicación, 1 Tesalonicenses 4.3.</em></p>
<p>Se podría tomar como título de todo este tema la impactante afirmación que la voluntad de Dios es nuestra santificación. Sin embargo, si vemos el pasaje en su contexto, nos daremos cuenta de que se trata de una aplicación específica de la necesidad de limpiarnos de la contaminación de la carne y del espíritu. El apóstol está hablando de la relación entre los sexos, ¿y no es ésta una esfera de mayor contaminación, tanto del cuerpo como de la mente? El mandamiento a las parejas es que cada cual se ponga aparte de otras personas del sexo opuesto, se santifique, para no agravar ni engañar a su pareja (porque así dice en seguida en el 4.6 al referirse el escritor al adulterio).</p>
<p>Dice en el 4.3 que en nuestra santificación práctica, nos apartemos de la fornicación; esta es la vil relación sexual fuera del matrimonio. Dice en el 4.4. que sepamos tener a nuestra propia esposa en santidad [santificación] y honor; esta es la honrosa relación dentro del matrimonio. Hay una vasta diferencia.</p>
<p>Leemos en Hebreos 12.10 que el Padre nos disciplina para que participemos de su santidad, y en el 12.14, que sin la santidad, nadie verá al Señor. Aprendámoslo, permitiendo que la penetrante verdad de su Palabra obre en nosotros.</p>
<p>Que el mismo Dios de paz nos santifique por completo, y que todo nuestro ser — espíritu, alma y cuerpo — sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo; 1 Tesalonicenses 5.23 3.13.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>El  perdón,  la  santificación  y  la  justificación</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>William MacDonald</strong>, traducido a solicitud de<br />
www.plymouthbrethren.org</p>
<p>&nbsp;</p>
<h3>Dos tipos de perdón</h3>
<p>Se encuentran en las Escrituras dos tipos de perdón, y si vamos a ser cuidadosos estudiantes de la Palabra, debemos distinguir ente ellos. Los llamaremos el perdón judicial y el perdón parental (aunque estos términos no se usan en la Biblia).</p>
<p>Dicho sencillamente, el perdón judicial es el perdón que otorga un juez y el perdón parental es el perdón de parte de un padre. La primera expresión viene del tribunal y el segundo del hogar.</p>
<p>Vamos primeramente al tribunal. Dios es el juez y el hombre pecaminoso es el acusado. El hombre es culpable de haber pecado, y la pena es la muerte eterna. Pero el Señor Jesús se presenta y anuncia, “Yo sufriré la pena que los pecados del hombre merecen; ¡Yo moriré como sustituto suyo!” Esto es lo que Cristo hizo en la cruz del Calvario.</p>
<p>Entonces el Juez anuncia al hombre perverso, “Si usted se entrega a mi Hijo como su Señor y Salvador, yo le perdonaré”. Tan pronto que el hombre pone su fe en el Salvador, él recibe el perdón judicial de todos sus pecados. Nunca tendrá que pagar el castigo por ellos en el infierno, porque Cristo ha cancelado todo. El pecador perdonado entra en una relación nueva. Dios no es su juez ahora, sino su Padre.</p>
<p>Con esto podemos acudir al hogar para una ilustración del perdón parental. Dios es el Padre y el creyente es el hijo. En un momento de descuido, el hijo comete un acto pecaminoso. ¿Qué sucede ahora? ¿Acaso Dios sentencia al hijo a morir por el pecado? Por supuesto que no, porque Dios no es el juez ahora, sino el Padre.</p>
<p>¿Qué sucede? Bueno, la comunión en la familia está rota; no prevalece ahora el espíritu de familia. El hijo no ha perdido su salvación, pero sí ha perdido el gozo de su salvación. Pronto puede experimentar la disciplina de su Padre, designada a traerle a la comunión de nuevo. Tan pronto el hijo confiese su pecado, recibe el perdón parental.</p>
<p>El perdón judicial se concede una vez para siempre en el momento de la conversión, y el perdón parental cada vez que un creyente confiese y abandone su pecado. Esto es lo que Jesús enseñó en Juan 13.8 al 10; precisamos del lavamiento de la regeneración una sola vez para librarnos de la pena de los pecados, pero necesitamos ser limpiados múltiples veces a lo largo de nuestras vidas cristianas para gozar del perdón parental.</p>
<p>De ahora en adelante, cuando llegamos a versículos que hablan del perdón una-vez-para-siempre que es extendido por la obra de Cristo a nosotros como pecadores, sabremos que el tema es el perdón judicial. Está ilustrado por:</p>
<ul>
<li>· tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, Efesios 1.7</li>
<li>· perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo, Efesios 4.32</li>
<li>· os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, Colosenses 2.13</li>
</ul>
<p>Sin embargo, hay otros pasajes en las Escrituras que tratan del perdón parental:</p>
<ul>
<li>· Si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas, Mateo 6.14,15</li>
<li>· No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados, Lucas 6.37</li>
<li>· Cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas, Marcos 11.25</li>
</ul>
<p>Obsérvese que en dos de estos versículos se menciona a Dios específicamente como Padre; se trata del perdón del Padre. Nótese también que nuestro perdón depende de nuestra disposición de perdonar a otros. Este no es el caso con el perdón judicial; la disposición de perdonar a otros no es una condición para la salvación. Pero sí es el caso con el perdón parental; nuestro Padre no nos perdonará si no perdonamos.</p>
<p>En Mateo 18.23 al 25 el Señor Jesús contó de un esclavo a quien el rey perdonó una deuda de diez mil talentos. Pero ese esclavo no estaba dispuesto a perdonar cien denarios a un compañero suyo. El rey se enojó con él y le entregó a los verdugos hasta que había cancelado toda su propia deuda. El Señor Jesús concluyó la parábola con decir, “También mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”. Aquí de nuevo es cuestión del perdón de parte del Padre. Es pecado abrigar un espíritu no perdonador, y Dios no nos puede perdonar en su papel de Padre hasta que lo confesemos y lo abandonemos.</p>
<p>Uno de los encantos del estudio bíblico es ver estas distinciones básicas y aplicarlas en nuestra lectura diaria. De aquí en adelante cuando usted llega al tema del perdón en la Palabra, debería estar en condiciones de decir, “Oh, sí, eso se refiere al perdón judicial,” o, “Aquello debe ser el perdón del Padre con su hijo”.La diferencia entre los dos tipos de perdón se puede resumir gráficamente como sigue:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Judicial                                                                               Parental</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<table border="0" cellpadding="0" width="100%">
<tbody>
<tr>
<td valign="top">relación de Dios</td>
<td valign="top">juez<br />
Salmo 96.13</td>
<td valign="top">padre<br />
Gálatas 4.6</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">consecencia del pecado</td>
<td valign="top">muerte eterna<br />
Romanos 6.23</td>
<td valign="top">comunión interrumpida<br />
1 Juan 1.6</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">papel de Cristo</td>
<td valign="top">salvador&nbsp;</p>
<p>1 Timoteo 1.15</td>
<td valign="top">sumo sacerdote y abogado<br />
Hebreos 4.14 al 16, 1 Juan 2.1</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">necesidad de la persona</td>
<td valign="top">salvación<br />
Hechos 16.30</td>
<td valign="top">gozo de la salvación<br />
Salmo 51.12</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">medio del perdón</td>
<td valign="top">fe<br />
Hechos 16.31</td>
<td valign="top">confesión<br />
1 Juan 1.9</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">tipo de perdón</td>
<td valign="top">judicial<br />
Romanos 8.1</td>
<td valign="top">parental<br />
Lucas 15.21,22</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">consecuencia<br />
evitada</td>
<td valign="top">infierno<br />
Juan 5.24</td>
<td valign="top">castigo<br />
1 Corintios 11.31,32&nbsp;</p>
<p>pérdida ante el tribunal de   Cristo</p>
<p>1 Corintios 3.15</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">resultado positivo</td>
<td valign="top">relación nueva<br />
Juan 1.12</td>
<td valign="top">comunión   reestablecida<br />
Salmo 32.5</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">frecuencia</td>
<td valign="top">una vez (un baño de regeneración)<br />
Juan 13.10</td>
<td valign="top">muchas veces (muchas   limpiezas)<br />
Juan 13.8</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<h3>Varias formas de santificación</h3>
<p>La palabra<em> santificar</em> quiere decir poner aparte. Hay toda una familia de palabras ¾santificar, santificación, santo, santidad, consagrar, consagración¾ que tienen la misma raíz. Muchas veces <em>santificar</em> quiere decir el proceso de poner aparte de los usos comunes o inmundos para el servicio divino. Pero no siempre. Si usted sólo lleva en mente que quiere decir “poner aparte”, contará con una definición adecuada para todos los casos.</p>
<p>En el Antiguo Testamento Dios santificó el séptimo día, Génesis 2.3. El primogénito de tanto hombre como animal era santificado para Jehová, Éxodo 13.2. A los sacerdotes se les mandó consagrarse a Él, 19.22. El tabernáculo y todos sus muebles fueron santificados, 40.9.</p>
<p>En el Nuevo Testamento <em>santificación</em> se usa mayormente con respecto a personas. Sin embargo, el Señor Jesús dijo que el templo santifica el oro en él, y el altar santifica la ofrenda sobre él, Mateo 23.17,19. Pablo enseñó que cuando damos gracias por nuestra comida, ella es santificada por la Palabra de Dios y la oración, 1 Timoteo 4.5.</p>
<p>En lo que se refiere a la santificación de personas, Dios santificó a Cristo y le envió al mundo, Juan 10.36; es decir, el Padre puso aparte a su Hijo para la obra de salvarnos de nuestros pecados. El Señor Jesús se santificó a sí mismo, Juan 17.19; en otras palabras, se puso aparte con el fin de interceder por su pueblo.</p>
<p>Y, hay cierto sentido en que los incrédulos son santificados. “El marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido”, 1 Corintios 7.14. Esto quiere decir que el esposo o la esposa inconverso es puesto aparte en una posición de privilegio por el hecho de tener un cónyuge que ora por su salvación.</p>
<p>También hay un sentido en que Cristo debería ser santificado por todos los creyentes. “Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones”, 1 Pedro 3.15. Le santificamos al ponerle aparte como Soberano sin rival en nuestras vidas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En adición a todo lo que hemos mencionado, hay cuatro formas importantes de santificación que debemos distinguir en nuestro estudio del Nuevo Testamento. Se llaman la santificación preconversión, la posicional, la progresiva y la perfecta.</p>
<h3>La santificación antes de conversión</h3>
<h3>Mucho antes de renacer una persona, el Espíritu Santo ha estado obrando en su vida, poniéndolo aparte del mundo para pertenecer a Cristo. Pablo reconoció que había sido puesto aparte antes de nacer, Gálatas 1.15. En 2 Tesalonicenses 2.13 les recordó a sus lectores que hubo tres pasos en su salvación:</h3>
<p>su selección de parte de Dios</p>
<p>su santificación por el Espíritu</p>
<p>su fe en la verdad</p>
<p>Obsérvese que esta santificación tuvo lugar antes de que ellos creyesen y fuesen salvos.</p>
<p>En 1 Pedro 1.2 la secuencia de eventos en relación con la salvación se expresa como:</p>
<p>la elección y el destino de parte de Dios Padre</p>
<p>la santificación del Espíritu</p>
<p>la obediencia a Jesucristo</p>
<p>el rociamiento con su sangre</p>
<p>En la eternidad Dios nos escogió para sí. En el tiempo el Espíritu Santo nos puso aparte para el Señor. Entonces obedecimos el evangelio. Tan pronto que lo hicimos, todo el valor de la sangre de Cristo fue contado a nuestro favor. Pero el punto a destacar aquí es que la santificación que Pedro tiene en mente es aquella que tiene lugar antes del renacimiento.</p>
<h3>La santificación posicional</h3>
<p>Una persona es santificada posicionalmente el momento que nace de nuevo. Esto significa que Dios le cataloga como perfectamente puesto aparte del mundo para Él porque está “en Cristo”. En un sentido muy real, Cristo es su santificación. “Por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”, 1 Corintios 1.30.</p>
<p>Todo auténtico creyente es un santo, ya que ha sido separado al Señor. Es su posición. Por esto todos los cristianos en la iglesia local de Corinto se describen como santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, 1 Corintios 1.2. Ellos no se comportaban muy santamente, 6.1. Aun contaban con maestros que negaban la resurrección, 15.33,34. Pero con todo, en lo que se refería a su posición, eran santos por ser santificados en Cristo Jesús.</p>
<p>Veamos ahora algunos pasajes que tratan de esto.</p>
<ul>
<li>· En Hechos 20.32 la expresión “herencia con todos los santificados” contempla a todos los creyentes.</li>
<li>· En el 26.18 el Señor quiere para todo su pueblo, “que reciban, por la fe que es en mí, … herencia entre los santificados”.</li>
<li>· Los corintios se describen como lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesús, 1 Corintios 6.11.</li>
<li>· El escritor a los hebreos trae a la memoria que “somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre … porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”, Hebreos 10.10, 14.</li>
</ul>
<p>La santificación posicional está señalada también por el uso del sustantivo <em>santo</em>. Así, en Colosenses 3.12, cuando Pablo se dirige a los cristianos como “santos”, está refiriéndose a su posición en la estima de Dios.</p>
<h3>La santificación progresiva</h3>
<h3>Si hay muchas escrituras que dicen que todos los cristianos son santificados, también hay muchos que dicen que deben santificarse. Si no logramos distinguir los tipos de santificación, vamos a estar confundidos.</h3>
<p>La santificación progresiva, o práctica, se refiere a lo que deberíamos experimentar día a día. Debemos vivir en separación a Dios del pecado y el mal. Los santos deberían estar volviendo más santos todo el tiempo.</p>
<p>Fue a este aspecto de la santificación que el Señor se refirió en Juan 17.17 al orar por los suyos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”.</p>
<p>La cooperación del creyente está involucrada en esto. “Si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado”, 2 Timoteo 2.21. Cuando usted encuentra exhortaciones acerca de la santidad o la piedad, puede estar seguro que el tema es la santificación práctica. Así Pablo instó a los corintios, “Amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”, 2 Corintios 7.1. Pedro escribió al mismo tenor, “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir”, 2 Pedro 1.15.</p>
<p>Una cierta forma de santificación práctica tiene que ver con la separación de la inmoralidad. “La voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor”, 1 Tesalonicenses 4.3,4.</p>
<p>¿Cómo llega un cristiano a ser más santo, más como el Señor Jesús? La respuesta se encuentra en 2 Corintios 3.18, “Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. La santidad práctica viene de ocuparse del Señor. Es un principio de la vida que llegamos a ser parecidos a lo que adoramos. Mientras más nos fijemos en Cristo, más seremos cómo Él es. El Espíritu Santo obra esta maravillosa transformación, no todo de una vez, ¡sino de un grado de gloria a otro!</p>
<h3>La santificación perfecta</h3>
<p>Esta aspecto de la santificación todavía está en el futuro para el creyente. Cuando ve al Salvador cara a cara, será para siempre puesto aparte de todo pecado y contaminación. Será moralmente como es el Señor Jesús; a saber, perfectamente santificado. Es de esto que leemos en Colosenses 1.22, “Os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”.</p>
<p>En aquel día la Iglesia experimentará su santificación definitiva. “… a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”, Efesios 5.27.</p>
<p>Otros pasajes describen nuestra santificación perfecta sin mencionar la palabra. Juan, por ejemplo, dice, “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”, 1 Juan 3.2. Y Judas nos recuerda que nuestro Señor nos presentará “sin mancha delante de su gloria con gran alegría”, Judas 24.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ahora bien, va a ser por demás provechoso en su estudio de la Biblia distinguir estos varios aspectos de la santificación. Cuando encuentra palabras que tratan de la santidad, pregúntese, “Esto es lo que sucedió antes de conversión? ¿Es lo que soy en Cristo? ¿Es esto lo que yo debería ser día a día? ¿O es lo que seré cuando soy conducido a la gloriosa presencia del Señor Jesucristo?</p>
<h3>Cinco  fuentes de  la justificación</h3>
<p>El Nuevo Testamento enseña que somos justificados por gracia, por fe, por sangre, por poder y por obras. Esto puede ser confuso para algunos, o aun parecer contradictorio, si no nos damos cuenta de que en cada caso se presenta un aspecto diferente de un mismo tema.</p>
<p>Primeramente, ¿qué quiere decir la justificación? <em>Justificar</em> quiere decir considerar a otro como justo. Es un término legal; viene de los tribunales.</p>
<p>No somos justos en nosotros mismos. No tenemos justicia. Pero cuando recibimos a Jesucristo como nuestro Señor, Dios nos tiene por justos con base en la obra sustitutiva de Cristo. Cuando estamos “en Cristo”, Dios tiene pleno derecho a declarar que somos justos, porque en el Calvario Cristo dio plena satisfacción por todos nuestros pecados. El pecador creyente está revestido en toda la justicia de Dios. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él,” 2 Corintios 5.21.</p>
<p>Como mencionamos de entrada, la justificación se describe como por gracia, por fe, por sangre, por poder y por obras. ¿Cómo puede ser de cinco maneras?</p>
<p>Primeramente, la justificación es por gracia. “…justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”, Romanos 3.24</p>
<p>Esto quiere decir que el hombre no amerita ser justificado. Tampoco puede ganar esta bendición; tiene que recibirla como un don. La gracia es el término sobre el cual Dios otorga la justificación al ser humano; es de un todo sin mérito o precio; es un regalo.</p>
<p>Segundo, la justificación es por fe. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, Romanos 5.1</p>
<p>El pecador tiene que recibirla por un acto específico de fe en el Salvador. Confesándose merecedor de solamente la condenación, él debe aceptar al Señor Jesús como Aquel que pagó la pena de sus pecados en el Calvario.</p>
<p>La gracia es Dios condescendiendo a llegar a donde está el culpable y ofreciéndole la justificación como un don gratuito con base en la obra redentora de Cristo en el Calvario. La fe es el hombre arrepentido extendiendo la mano hacia arriba para recibir el don de Dios sin siquiera pensar que lo merece por su carácter o lo puede ganar por sus obras.</p>
<p>La justificación es también por sangre. “… justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira”, Romanos 5.9</p>
<p>Esto, por supuesto, se refiere al precio que fue necesario pagar para que yo fuera justificado. El Salvador impecable derramó su preciosa sangre para saldar la deuda que mis pecados habían acumulado. El enorme valor de mi justificación se ve en el precio pagado para realizarla.</p>
<p>Si bien no hay ninguna escritura que dice textualmente que somos justificados por poder, esta verdad se encuentra también en Romanos. “Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación”, Romanos 4.25</p>
<p>Aquí nuestra justificación está vinculada directamente con la resurrección de Cristo. ¡Y con razón! Si Él no hubiera resucitado, nuestra fe sería inútil, y estaríamos todavía en nuestros pecados, 1 Corintios 15.17. Por esto decimos que somos justificados por poder.</p>
<p>Finalmente, somos justificados por obras. “El hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe”, Santiago 2.24</p>
<p>Parece haber aquí una clara contradicción. El apóstol Pablo enseña sin lugar a dudas que somos justificados sólo por fe. Pero aparentemente Santiago dice, “No es así. Somos justificados por fe y por obras”. Sin embargo, esto no es lo que Santiago está diciendo. Él no enseña que la justificación se obtiene en primera instancia por hacer buenas obras. Tampoco dice que somos justificados por fe más obras. Lo que dice es que somos justificados por el tipo de fe que resulta en una vida de buenas obras.</p>
<p>Un hombre dice en vano que tiene fe si no tiene obras para respaldarla. Aquella clase de fe ¾una de palabras no más— es vana, Santiago 2.14 al 17. La verdadera fe es invisible pero puede ser demostrada por obras, 2.18. Abraham fue justificado al creer al Señor, Génesis 15.6, pero años más tarde dio evidencia de lo genuino de su fe por estar dispuesto a ofrecer su hijo Isaac en holocausto, 22.9 al 14. Rahab probó la realidad de su fe al abrigar a los espías israelíes y ayudarles a escapar, Santiago 2.25.</p>
<p>Así que cuando hablamos de la justificación por obras queremos decir que las obras son la manifestación externa de que en verdad hemos sido justificados por fe. La obras no son la causa, sino el efecto. No son la raíz, sino el fruto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En síntesis, encontramos que el Nuevo Testamento enseña que somos justificados por:</p>
<p>gracia          Esto quiere decir que no la merecemos.</p>
<p>fe                Esto quiere decir que debemos recibirla.</p>
<p>sangre          Esto quiere decir que fue comprada por la sangre del Salvador.</p>
<p>poder           Esto quiere decir que la resurrección prueba que Dios está satisfecho<br />
con la obra del Salvador.</p>
<p>obras           Esto quiere decir que cuando somos genuinamente justificados por la fe, habrá buenas obras para probar que es así</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Vamos a resumir todas estas verdades en esta sencilla lista:</p>
<p>La soberanía de Dios me escogió para tener un lugar en el cielo por la sola voluntad suya; <em>soy justificado por su gracia</em>.</p>
<p>En el tiempo señalado Cristo murió en el Calvario para hacerme blanco como la nieve;<br />
<em>soy justificado por su sangre</em>.</p>
<p>Dios le levantó a Él, y este aval debe quitar toda duda y guardarme de todo temor;<br />
<em>soy justificado por poder</em>.</p>
<p>El Espíritu me guía a lo que la Biblia dice; ¡capté la verdad de que Jesús murió por mí!<br />
<em>soy justificado por fe</em>.</p>
<p>Ahora, si usted duda de que soy de Cristo, le quitaré toda sospecha por mi conducta;<br />
<em>soy justificado por obras</em>.</p>
<p>¡Gloria a Dios! es todo de parte suya ¾ la gracia, la fe, la sangre, el poder y las obras;<br />
<em>soy justificado por Dios</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>Posición,  práctica  y  comunión</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>William MacDonald</strong>, traducido a solicitud de<br />
www.plymouthbrethren.org</p>
<p>&nbsp;</p>
<h3>Nuestra salvación</h3>
<p>En el estudio de la Palabra de Dios podemos evitar mucha confusión y error si distinguimos entre los pasajes que tratan de la salvación y aquellos que tratan del modo de vivir y el servicio del cristiano.</p>
<p>Por regla general no es difícil discernir los pasajes relevantes a la salvación. Ellos testifican uniformemente a los hechos siguientes:</p>
<p>En lo que a Dios se refiere, la salvación es por gracia. “… justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”, Romanos 3.24</p>
<p>En lo que a Cristo se refiere, su obra sustitutiva en la cruz del Calvario lo hace posible. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”, 2 Corintios 5.21</p>
<p>En lo que al hombre se refiere, la salvación es por fe, enteramente aparte de las obras de la ley. “El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo”, Gálatas 2.16</p>
<p>En lo que a la confianza se refiere, un creyente puede saber que es salvo con base en la autoridad de la Palabra de Dios, “… para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios”, 1 Juan 5.13</p>
<p>En lo que a la seguridad se refiere, el hijo de Dios nunca se perderá ni vendrá a juicio por sus pecados. “… no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”, Juan 10.27 al 29</p>
<h3>El servicio del creyente</h3>
<p>La dificultad se presenta cuando dejamos de identificar pasajes que hablan de la vida y el servicio del cristiano y no de su salvación. Tome por ejemplo Juan 15.1 al 11:</p>
<ul>
<li>· Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.</li>
</ul>
<p>El tema del pasaje es el de ser fructífero, o sea la manifestación del fruto del Espíritu en la vida del cristiano. “El fruto del Espíritu es …”, Gálatas 5.22,23. Esto no fue escrito a pecadores en necesidad de un Salvador, sino a santos en necesidad de ser como Cristo. Si usted no ve esto, puede concluir que los cristianos pueden ser echados al fuego eterno a la postre. “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden”, Juan 15.6. En realidad lo que enseña es que el mundo se apropia del nombre y el testimonio de un creyente alejado del Señor, y lo bota al fuego. Los inconversos tienen sólo desdén para un pámpano que no permanece en la Vid.</p>
<p>Otro pasaje que se suele entender erróneamente es 1 Corintios 3.10 al 15:</p>
<ul>
<li>· Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.</li>
</ul>
<p>El tema del versículo 11 es la salvación; el Señor Jesucristo, dice en efecto, es el único fundamento válido. Pero el resto del pasaje trata de construir sobre el fundamento; en otras palabras, el servicio que sigue a la salvación. No hay sugerencia de que algún creyente será probado por fuego. Son sus obras que van a ser probadas. La persona en sí no será consumida, pero quizás sus obras sí. El énfasis aquí no es sobre la fe que conduce a la salvación sino sobre las obras que conducen a un galardón o la pérdida del galardón.</p>
<p>Tomemos otro ejemplo, esta vez las palabras de Pablo en 1 Corintios 9.24 al 27.</p>
<ul>
<li>· ¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.</li>
</ul>
<p>En el último versículo de la cita Pablo asoma la posibilidad de que él sea descalificado a la postre. Pero el contexto no versa sobre la salvación, sino sobre el dominio propio en la vida cristiana. No había posibilidad alguna de que Pablo fuese rechazado en cuanto a la salvación, porque era acepto en Cristo. Pero el hecho de no disciplinarse a sí mismo podría resultar en que fuese un náufrago en cuanto a su servicio y premio.</p>
<p>La distinción entre la salvación y el servicio es la clave para resolver una de las supuestas grandes contradicciones del Nuevo Testamento. En Mateo 12.30 nuestro Señor dijo: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama”. Pero en Marcos 9.40 dijo: “El que no es contra nosotros, por nosotros es”.</p>
<p>A primera vista estos versículos contradicen el uno al otro. Pero la dificultad desaparece cuando vemos que el primero trata de la salvación y el segundo del servicio. En el primer caso, el Señor Jesús hablaba con los fariseos, quienes le estaban rechazando como el  Hijo de Dios y acusándole de realizar milagros en el poder del Diablo. Cuando es cuestión de la Persona de Cristo, cualquiera que no sea a favor de Él está en contra de Él.</p>
<p>El segundo caso tenía que ver con un hombre que estaba sirviendo en el nombre de Cristo pero no seguía a los discípulos. Cuando ellos le prohibieron, el Señor dijo, “No se lo prohibáis … porque el que no es contra nosotros, por nosotros es”. Cuando es cuestión de servir a Cristo, cualquiera que no se oponga está a nuestro favor.</p>
<p>Estas ilustraciones deberían mostrar cuán positivo es distinguir entre pasajes que tratan de la salvación y los que tratan de la vida y el servicio del cristiano. En su estudio de la Biblia, entonces, pregúntese si está viendo un pasaje que trata de:</p>
<p>la obra de Dios a nuestro favor                               la salvación</p>
<p>la obra de Dios en nosotros                                                 la santificación</p>
<p>la obra de Dios a través de nosotros            el servicio</p>
<h3>El modo de vivir de un creyente</h3>
<p>Hemos venido usando los términos “salvación” y “servicio”. Vamos a seguir, pero usando los términos “posición” y “práctica”.</p>
<p>No hay una llave más útil para abrir el Nuevo Testamento que una comprensión de la diferencia entre la posición del creyente y su práctica, o  modo de vivir. Si usted no ve la diferencia, algunos pasajes le parecerán por demás confusos y aun contradictorios.</p>
<p>A veces se habla de la posición y la práctica como la situación y la condición; el sentido es el mismo. Dicho sucintamente, la posición de un cristiano es el hecho de que está en Cristo, y lo que es por estar en Cristo. Su práctica es lo que es en sí mismo; o, mejor, lo que debería ser. La primera tiene que ver con doctrina y la segunda con deber.</p>
<p>Hay una diferencia entre lo que es un creyente en Cristo y lo que es en sí mismo. La gracia le ha dado al hombre en Cristo una posición absolutamente perfecta ante Dios. Uno está acepto en el Amado, Efesios 1.6, y completo en Cristo, Colosenses 2.10. Sus pecados han sido perdonados y él está vestido en la santidad de Dios, 2 Corintios 5.21.</p>
<p>Pero la práctica del creyente es otra cosa. Lamentablemente, dista mucho de ser perfecta. En la mayoría de los casos, fluctúa de día a día. A veces el creyente está en la cima espiritualmente y otras veces en el valle de la derrota.</p>
<p>Pero la voluntad de Dios es que nuestra práctica se ajuste más y más a nuestra posición. Por amor a Aquel que murió por nosotros, nuestra vida día a día debería mostrar cada vez más una semejanza a Cristo. Por supuesto, nunca alcanzaremos un estado perfecto en esta vida; tal cosa nunca habrá hasta que moramos o el Salvador venga. Pero el proceso debe estar en marcha; nuestra práctica debe estar en transformación para ser lo que somos posicionalmente.</p>
<p>Al ver a nuestro Salvador, automáticamente seremos como Él es, 1 Juan 3.2. Esta trans-formación será efectuada por poder divino, sin cooperación de nuestra parte. Pero trae gloria a Dios si su pueblo está asumiendo el carácter del Señor aun aquí.</p>
<h3>Cómo distinguir</h3>
<p>¿Cómo se puede discernir si un pasaje en particular habla de nuestra posición o nuestra práctica? Bien, fíjese si emplea frases como “en Cristo”, “en el Amado” o “en Él”. Cuando encuentra este lenguaje, por lo regular puede estar seguro que el escritor se refiere a nuestra posición; véase Efesios 1.3 al 14. La mejor manera de identificar nuestra práctica es darse cuenta de que si un versículo habla de los que deberíamos ser o hacer.</p>
<p>La secuencia en el Nuevo Testamento es siempre nuestra posición primeramente y luego nuestra práctica. Varias de las Epístolas están construidas en esta orden. En Efesios, por ejemplo, los primeros tres capítulos describen lo que somos en Cristo y los últimos tres lo que deberíamos ser en nuestro modo de vivir. En los primeros tres capítulos nos encontramos en lugares celestiales en Cristo y en los últimos tres nos enfrentamos con el quehacer del hogar y el mundo de negocios.</p>
<p>Veamos ahora de cuánta ayuda es estar al tanto de esta distinción al estudiar el Nuevo Testamento. Siguen aquí siete ejemplos de la diferencia entre la posición y la práctica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<table border="0" cellpadding="0" width="100%">
<tbody>
<tr>
<td colspan="2"><strong>Posición</strong> <strong>Práctica</strong></td>
</tr>
<tr>
<td colspan="2"><strong>Ejemplo 1</strong></td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los   santificados, Hebreos 10.14</td>
<td valign="top">Sed,   pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es   perfecto, Mateo 5.48</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>El primer versículo dice que todos los creyentes son perfectos; el segundo dice que deberían ser perfectos. Esto parecería como hablar de ambos lados de la boca al no darnos cuenta de que el primero habla de nuestra posición y el segundo de nuestra condición.</p>
<table border="1" cellpadding="0" width="100%">
<tbody>
<tr>
<td colspan="2"><strong>Ejemplo 2</strong></td>
</tr>
<tr>
<td width="47%" valign="top">Los que hemos muerto al pecado,<br />
¿cómo  viviremos aún en él? Romanos 6.2</td>
<td width="51%" valign="top">También vosotros consideraos muertos al pecado, pero   vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro, Romanos 6.11</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>Usted está muerto al pecado; la gracia le ha puesto en esta es la posición. Ahora, muera al pecado día a día; ésta debe ser su práctica.</p>
<table border="1" cellpadding="0" width="98%">
<tbody>
<tr>
<td colspan="2" width="99%"><strong>Ejemplo 3 </strong></td>
</tr>
<tr>
<td width="47%" valign="top">A todos los que le recibieron, a los que creen   en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, Juan 1.12</td>
<td width="51%" valign="top">Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados,   Efesios 5.1</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>Tan pronto que una persona nazca de nuevo, es hecho hijo de Dios. De allí en adelante debe ser un seguidor suyo cual hijo amado. Se espera de todos los hijos de Dios que manifiesten las características de la familia; a saber, que sean santos.</p>
<table border="1" cellpadding="0" width="100%">
<tbody>
<tr>
<td colspan="2"><strong>Ejemplo 4 </strong></td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">Fiel es Dios, por el   cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor, 1   Corintios 1.9</td>
<td valign="top">Yo … os ruego que andéis como es digno de   la vocación con que fuisteis llamados, Efesios 4.1</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>Hemos sido llamados a una maravillosa comunión. El privilegio conlleva una responsabilidad. Debemos comportarnos de una manera digna del llamamiento.</p>
<table border="1" cellpadding="0" width="100%">
<tbody>
<tr>
<td colspan="2"><strong>Ejemplo 5 </strong></td>
</tr>
<tr>
<td valign="top">A todos los que estáis   en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos …, Romanos 1.7</td>
<td valign="top">… que la recibáis en   el Señor, como es digno de los santos, Romanos 16.2</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>Pablo se dirige a los cristianos en Roma como santos; eran gente “puesta aparte”.  Siendo salvos, de hecho eran santos. Pero los santos deben comportarse santamente; este es el lado práctico, y de él se hace mención en 16.2.</p>
<table border="0" cellpadding="0" width="100%">
<tbody>
<tr>
<td colspan="2"><strong> Ejemplo 6 </strong></td>
</tr>
<tr>
<td width="51%" valign="top">Por gracia sois salvos   por medio de la fe, Efesios 2.8</td>
<td width="47%" valign="top">Ocupaos en vuestra   salvación con temor y temblor, Filipenses 2.12</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>Nuestra posición es un don recibido de Dios. Ella debería expresar nuestra gratitud. Obsérvese que siempre se menciona primeramente la posición, y después la condición. No llegamos a ser cristianos por vivir la vida cristiana, sino vivimos esa vida por haber llegado a ser cristianos.</p>
<p><strong>Ejemplo 7</strong></p>
<p>Como un ejemplo final, veremos Colosenses 3.1 al 5, observando cómo hablo alterna entre la posición y la práctica.</p>
<table border="0" cellpadding="0" width="47%">
<tbody>
<tr>
<td width="98%" valign="top"></td>
</tr>
</tbody>
</table>
<div>
<p>Si, pues, habéis resucitado con Cristo, 3.1                   Buscad las cosas de arriba, donde está                                                                                                                                                                                                            Cristo sentado a la diestra de Dios, 3.1.</p>
<p>Habéis muerto, y vuestra vida está                                                      Poned la mira en las cosas de arriba, no<br />
escondida con Crito en Dios, 3.3.                                                        en las de la tierra, 3.2</p>
</div>
<p>Pablo está diciendo, en efecto, “Ustedes están muertos, así que, muera. Han resucitado, así que, vivan la vida de resurrección”. Lo que de otra manera no haría sentido, hace sentido cuando reconocemos que el apóstol está hablando por un lado de lo que somos en Cristo y por otro lado de lo que deberíamos ser en realidad.</p>
<h3>Mi experiencia</h3>
<p>Al terminar, voy a relatar cómo me ayudó en un período difícil en mi vida reconocer la diferencia entre la posición y la práctica.</p>
<p>Después de salvo, oía a la gente citar 2 Co-rintios 5.17 al contar la historia de su con-versión: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Ellos hablaban de la maravillosa transformación que se había efectuado en sus vidas, y cómo las cosas viejas habían pasado y todo era nuevo.</p>
<p>Y yo decía dentro de mí, “Ojalá que yo podía decir que todas las cosas viejas hayan salido de la vida mía, pero no es así”. Yo guardaba algunas de las mismas costumbres, pensamientos malsanos, momentos de ira y mucha otra mortaja de los días de inconverso. A veces dudaba de mi salvación.</p>
<p>Luego un día me fijé en la frase “en Cristo” y mi corazón saltó de alegría. Me di cuenta de que aquel versículo en Corintios habla de mi posición, y no de mi práctica. Por supuesto, “en Cristo” lo que dice era exactamente el caso. En Él habían pasado de veras todas las cosas viejas: la condenación, el dominio de Satanás, el temor de la muerte, etc. En Él todo era nuevo: el perdón, la aceptación, la justificación, la santificación y toda una suerte de otras bendiciones.</p>
<p>De allí en adelante el versículo no me espantaba. Lo amaba. Y es el reconocimiento de lo que soy en Cristo que me hace querer vivir por Él y reconocerle como el Señor de mi vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una pregunta: En estos dos versículos se encuentran tanto la posición como la práctica. ¿Puede usted identificarlas? ¾</p>
<ul>
<li>Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros, 1 Corintios 5.7</li>
<li>Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable, 1 Pedro 2.9</li>
</ul>
<h3>Posición y comunión</h3>
<p>Cuando una persona nace de nuevo, se forma una nueva relación; ahora es hijo de Dios. Es lo que hemos llamado su posición. “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”, Juan 1.12. “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”, 1 Juan 3.2.</p>
<p>Ahora, hay algo muy definitivo acerca de un nacimiento. ¿Usted ha reflexionado sobre esto? Una vez acontecido un nacimiento, es para siempre. Usted no puede deshacerlo. Se ha formado una nueva relación que no puede ser alterada. Vamos a decir, por ejemplo, que Señora Gómez ha dado a luz a un hijo. Suceda y lo que suceda, el niño será para siempre el hijo de los esposos Gómez, y ellos serán siempre sus padres. Puede que con el correr de los años él traiga deshonra sobre la familia y les cause gran angustia, pero la relación es la misma. El señor Gómez es su padre y él sigue siendo hijo de los esposos Gómez.</p>
<p>Apliquemos esto al creyente en Cristo. Por medio del nuevo nacimiento se forma una nueva relación con Dios Padre. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”, Romanos 8.16. “Ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo”, Gálatas 4.7.</p>
<p>Es una relación nueva que no se puede romper.</p>
<h3>La comunión con el Señor</h3>
<p>Pero hay otro lado del asunto, y ese lado es el de la comunión. La comunión quiere decir compartir. Si la relación es la de una unión, entonces la unión es comunión. Y si es una cadena que no se puede romper, la comunión es un hilo muy fino que se rompe fácilmente.</p>
<p>El pecado rompe la comunión con Dios. Dos no pueden andar juntos sin estar de acuerdo entre sí, Amós 3.3, y Dios no puede andar en comunión con sus hijos cuando pecan. “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”, 1 Juan 1.5. Él no puede gozar de comunión con aquellos que están escondiendo iniquidad en sus vidas.</p>
<p>La comunión continúa interrumpida mientras el pecado no haya sido confesado y renunciado. Y una comunión interrumpida es una cosa muy seria. Por ejemplo, es posible que una decisión tomada cuando uno está fuera de comunión con el Señor deje una mancha sobre aquella persona de por vida. ¡Cuántos cristianos, encontrándose alejados del Señor, han contraído matrimonio con un incrédulo y de esta manera han perjudicado enormemente su utilidad para Dios por el resto de sus vidas! Sus almas han sido salvadas pero sus vidas perdidas.</p>
<p>La comunión rota trae castigo de parte de Dios. Si bien un creyente está libre del castigo eterno de los pecados, no está libre de las consecuencias del pecado en su vida. ¿Por qué estaban enfermos algunos corintios? Porque iban a la cena del Señor sin confesar primeramente sus pecados y poner su vida en orden, 1 Corintios 11.29 al 32. Inclusive, algunos habían muerto. Habían sido hechos aptos para el cielo por la obra redentora de Jesucristo, pero no eran aptos para más vida y testimonio aquí en la tierra.</p>
<p>La comunión rota resultará en pérdida de galardón ante el tribunal de Cristo, 1 Corintios 3.15. Todo el tiempo pasado fuera de comunión con Dios es tiempo malgastado para siempre.</p>
<p>De manera que nos regocijamos en la verdad de una relación con Dios que es irrompible, pero debemos temer sobremanera cualquier cosa que interrumpa la comunión con nuestro Padre. En realidad el conocimiento de que la gracia nos ha introducido en una relación tan maravillosa debe ser a la vez el motivo más persuasivo para mantener una comunión continua con Él. La gracia no estimula el pecado, sino es el impedimento más poderoso a no pecar.</p>
<p>En el Antiguo Testamento David es un ejemplo clásico de un santo cuya comunión con Dios fue rota por el pecado. Leemos de su confesión y restauración al Señor en Salmos 32 y 51.</p>
<p>En el Nuevo Testamento el hijo pródigo puede ser visto como una ilustración del regreso de uno que estaba alejado del Señor, Lucas 15.11 al 24. (Por supuesto por regla general se interpreta la historia como la conversión de un pecador). La comunión fue interrumpida por la infidelidad y rebelión del hijo. Pero seguía siendo hijo, aun en la provincia lejana. Tan pronto que regresó y empezó a balbucear su confesión, la comunión fue restaurada. El padre corrió y le abrazó y le besó.</p>
<p>Leemos: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”, 1 Juan 2.1.</p>
<p>Esto está escrito a hijos, a los que han nacido en la familia de Dios. El ideal de Dios es que sus hijos no pequen. Pero si pecamos, Él ha hecho una provisión: “si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre”. Él sigue siendo nuestro Padre. ¿Cómo puede ser? Porque es una relación que no se puede romper.</p>
<p>¿Qué sucede cuando pecamos? Tenemos un abogado para con el Padre, y es Jesucristo el justo. De inmediato Él empieza a obrar a favor nuestro, llevándonos al lugar donde estamos dispuestos a confesar y renunciar nuestros pecados, de esta manera disfrutando de nuevo de la comunión con el Padre.</p>
<p>Me ayudará entender estas Escrituras cuando veo la diferencia entre mi posición, o relación, y mi comunión. También me hace agradecer la seguridad eterna que tengo en Cristo, y me motiva a vivir en comunión con mi Padre quien me ama tanto.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<h2>Salvos  por  gracia  en  tres  tiempos</h2>
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<p><strong>William MacDonald</strong>, traducido a solicitud de<br />
www.plymouthbrethren.org</p>
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<h3>Por gracia, no por ley</h3>
<p>La salvación es por gracia, Efesios 2.8,9. Es el don gratuito e inmerecido de Dios a aquellas que reciben al Señor Jesucristo como su única esperanza para el cielo.</p>
<p>No hay salvación bajo la ley. Dios nunca propuso que uno sería salvo bajo ese principio. El propósito de la ley es mostrar al hombre que es un pecador. “Por medio de la ley es el conocimiento del pecado”, Romanos 3.20, pero no el conocimiento de la salvación.</p>
<p>La ley y la gracia son dos maneras opuestas en que Dios trata con la raza humana. Podemos describirlas como principios disímiles bajo los cuales Él prueba al hombre. O podemos concebirlas como dos pactos que ha hecho con su pueblo: “La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”, Juan 1.17.</p>
<p>Bajo el principio de la ley, el hombre recibe lo que gana o se merece. Bajo la gracia está a salvo de lo que se merece y está enriquecido más allá de toda descripción, y todo como un obsequio gratuito.</p>
<p>Los dos principios se describen en Romanos 4.4,5: “Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”.</p>
<h3>Contraste</h3>
<p>La gracia y la ley son mutuamente exclusivas; es decir, no pueden ser mezcladas. “Si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”, Romanos 11.6.</p>
<p>La ley es un pacto condicional. Dios dice: “Si obedeces, te premiaré; pero si desobedeces, debo castigarte”. La gracia es un pacto incondicional. Dios dice: “Te bendeciré gratuitamente”.</p>
<p>La ley dice, “Hazlo”, mientras que la gracia dice, “Cree”. Pero el creer no es una condición; es solamente la respuesta razonable de una criatura a su Creador. Y no es meritorio; nadie puede jactarse por haber creído en el Señor. Uno sería necio al no creer en la única Persona confiable en el universo.</p>
<p>Bajo la ley se exige la santidad pero no se ofrece un poder que permita vivir una vida santa. Bajo la gracia se enseña la santidad, Tito 1.11,12, y se otorga el poder necesario. Alguien lo ha expresado así: “La ley demanda fuerza de quien no la tiene y le maldice si no puede evidenciarla. La gracia da fuerza a uno que no la tiene y le bendice cuando da evidencia de ella”.</p>
<p>La ley trae una maldición: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas”, Gálatas 3.10. La gracia trae una bendición: “… siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”, Romanos 3.24.</p>
<p>Bajo la ley se estimula la jactancia, pero bajo la gracia se la desecha. “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe”, Romanos 3.27.</p>
<p>No puede haber una auténtica confianza bajo la ley; un hombre nunca puede saber si ha hecho suficientes obras buenas o la debida clase de obras buenas. Bajo la gracia hay plena confianza porque la salvación es un don, ¡y uno sabe que ha recibido un don!</p>
<p>Una persona bajo la ley no podía gozar de una entera seguridad porque no podía estar seguro de poder continuar en el cumplimiento de los requerimientos. Bajo la gracia el creyente goza de una seguridad eterna, Juan 10.27 al 29, porque su salvación depende de la obra de Cristo.</p>
<p>Bajo la ley se estimula el pecado, Romanos 7.8 al 13, pero bajo la gracia se lo aborrece. Cuando un hombre pecaminoso es puesto bajo la ley, de una vez quiere hacer lo que no debe. La culpa no es de la ley, ya que se trata de la respuesta pecaminosa en la naturaleza humana. Bajo la gracia, queremos alejarnos de nuestros pecados al recordar lo que le costaron al Salvador.</p>
<p>Bajo la ley una obra no termina nunca. Es por esto que el sábado, el séptimo día, venía al final de una semana de trabajo. La gracia proclama una obra consumada, de manera que comenzamos nuestra semana con el día del Señor, nuestro día de descanso.</p>
<p>La ley le dice al hombre qué debe hacer. La gracia revela qué ha hecho Dios en Cristo.</p>
<p>La ley es un sistema de servidumbre, Gálatas 4.1 al 3, pero la gracia es un sistema de libertad, Gálatas 5.1. Bajo la ley los hombres son siervos, pero bajo la gracia son hijos.</p>
<p>La ley dice: “Amarás”. La gracia dice: “De tal manera amó Dios”.</p>
<p>La ley dice: “Hazlo, y vivirás”. La gracia dice: “Vive, y harás”.</p>
<p>La ley dice: “Intenta y obedece”. La gracia dice: “Confía y obedece”.</p>
<p>Bajo la ley un hijo contumaz era sacado fuera de la ciudad y apedreado para morir, Deuteronomio 21.18 al 21. Bajo la gracia un  hijo pródigo puede confesar su pecado y volver a la comunión de la casa de su padre, Lucas 15.21 al 24.</p>
<p>Bajo la ley las ovejas morían por el pastor. Bajo la gracia el pastor muere por las ovejas, Juan 10.11.</p>
<p>La superioridad de la gracia ha sido descrita de esta manera: La gracia no está buscando hombres buenos a quienes puede aprobar, porque aprobar lo bueno no es gracia sino justicia. La gracia busca más bien hombres condenados, culpables, mudos e indefensos a quienes puede salvar, santificar y glorificar.</p>
<h3>La salvación en tres sentidos</h3>
<p>Cuando recién habíamos recibido a Cristo, la mayoría de nosotros pudimos pensar en un solo tipo de salvación, la salvación de nuestras almas. En nuestro estudio bíblico intentamos automáticamente encajar este sentido en toda mención de la palabra. Pero pronto nos dimos cuenta de no siempre encaja. Entonces llegamos a reconocer que <em>salvación</em> es un término muy amplio que significa la liberación, la seguridad o la firmeza.</p>
<p>Veamos tres usos diferentes de la palabra en Filipenses:</p>
<ul>
<li>· Afortunadamente las versiones de las Escrituras que estamos usando ahora rezan en el 1.19, “esto resultará en mi liberación”, porque leemos en una que otra versión que nuestros abuelos usaban, “resultará en mi <em>salvación</em>”. Pablo está diciendo que espera ser suelto pronto de la cárcel.</li>
<li>· En el 1.28 leemos, “En nada intimidados por los que se oponen, que para ellos ciertamente es indicio de perdición, mas para vosotros de <em>salvación</em>”. Probablemente se usa el término aquí en su sentido más puro, refiriéndose a que el creyente puede ser guardado en las tribulaciones de esta vida.</li>
<li>· En el 2.12, <em>salvación</em> quiere decir algo muy diferente. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. Se trata de la solución de un problema grave que se había presentado en la iglesia en Filipos (2.1 al 4, 4.2). Pablo les recuerda que la respuesta quedaba en que todos asumieran la mente humilde y abnegada del Señor Jesús.</li>
</ul>
<p>En tres pasajes se usa el verbo <em>salvar</em> como alternativa a ahogarse en agua:</p>
<ul>
<li>· En la nave rumbo a Italia, Pablo dijo al centurión y los soldados: Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podéis <em>salvaros</em>, Hechos 27.30,31.</li>
<li>· Por la fe Noé &#8230; con temor preparó el arca en que su casa <em>se salvase,</em> Hebreos 11.7. Sin el arca, las aguas del diluvio hubieran ascendido hasta consumir la familia.</li>
<li>· &#8230; se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron <em>salvadas</em> por agua.</li>
</ul>
<p>1 Pedro 3.19,20.</p>
<p>Pero a nosotros más nos interesa <em>salvación</em> y <em>salvarse</em> en el sentido de no sufrir las consecuencias del pecado. Este es el sentido más común en el Nuevo Testamento.</p>
<p>Aquí tenemos que aprender a distinguir entre los tres tiempos de la salvación:</p>
<p>pasado                         Fui salvo de la pena del pecado.</p>
<p>presente           Estoy siendo salvo del poder del pecado.</p>
<p>futuro              Voy a ser salvo de la presencia del pecado</p>
<h3>En el pasado</h3>
<p>Aquí hay unos versículos que hablan en su primer sentido de ser salvo de la pena del pecado:</p>
<ul>
<li>· En esperanza fuimos salvos, Romanos 8.24</li>
<li>· Nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, 2 Timoteo 1.9</li>
<li>· Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho,  Tito 3.5</li>
</ul>
<p>En estos ejemplos el verbo <em>salvar</em> está en el pasado, pero hay otros versículos que hablan de la salvación del castigo del pecado donde el verbo no está en el tiempo pasado:</p>
<ul>
<li>· No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos,<br />
Hechos 4.12</li>
<li>· Por gracia sois salvos por medio de la fe Efesios, 2.8</li>
<li>· Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo, Romanos 10.9</li>
</ul>
<p>Así que, usted tiene que decidir por el contenido del versículo, y no por el tiempo del verbo, si se trata de una salvación consumada ya. Si el tema es la salvación una vez por todas, entonces uno sabe que se habla de la salvación en el pasado.</p>
<h3>En el presente</h3>
<p>Aunque es cierto que he sido salvo, es igualmente cierto que estoy siendo salvo día a día. He sido salvado de la condenación, y estoy siendo salvado del daño. He sido salvo de la pena del pecado, y estoy siendo salvo del poder del pecado. He sido salvo por la obra que Cristo terminó en la cruz, y estoy siendo salvo por la vida y el ministerio de Cristo a la diestra de Dios. Esto es lo que quiere decir Romanos 5.10, por ejemplo: “Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida”.</p>
<p>El tiempo presente de la salvación es muy parecido a la santificación en el sentido del proceso de ser separado a Dios del pecado y la contaminación. Leemos de esto en Hebreos 7.25: Cristo “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”.</p>
<h3>En el futuro</h3>
<p>Finalmente, hay el aspecto futuro de la salvación. Al encontrar al Salvador cara a cara seremos salvos de la presencia del pecado. Nuestros cuerpos serán redimidos y glorificados. Los versículos siguientes describen esta gloriosa consumación de nuestra salvación:</p>
<ul>
<li>· Ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos, Romanos 13.11</li>
<li>· Somos del día &#8230; con la esperanza de salvación como yelmo, 1 Tesalonicenses 5.8</li>
<li>· [Cristo] aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar<br />
a los que le esperan, Hebreos 9.28</li>
<li>· Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación<br />
que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero, 1 Pedro 1.5</li>
<li>· Llamarás su nombre <em>Jesús</em>, porque él salvará a su pueblo de sus pecados, Mateo 1.21</li>
<li>· Vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación<br />
&#8230; fuisteis sellados con el Espíritu Santo, Efesios 1.13</li>
</ul>
<h3>Todos tres tiempos</h3>
<p>Uno no tiene que escoger en casos como estos, porque aplican con la misma fuerza a todas tres fases de la salvación.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>En el País del Sol: Un cuento de reconciliación en Eslovakia</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jun 2011 01:23:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nbruley</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos evangélicos]]></category>
		<category><![CDATA[301]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Cristina Roy Edición popular publicada por T.E.L.L., P.O. Box 28, Jenison, MI, 49428, Estados Unidos; 1990. ISBN 0 939125 56 0 Contenido I            Donde llegamos a conocer a Palko II           Un campamento de leñadores III          El País del Sol IV         Palko tiene un secreto V          Primeros rayos de luz &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://tesorodigital.com/en-el-pais-del-sol-un-cuento-de-reconciliacion-en-eslovakia/">Continuar leyendo &#187;</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Por Cristina Roy</strong></p>
<p>Edición popular publicada por T.E.L.L.,<br />
P.O. Box 28, Jenison, MI, 49428,<br />
Estados Unidos; 1990. ISBN 0 939125 56 0</p>
<h1>Contenido</h1>
<p>I            Donde llegamos a conocer a Palko</p>
<p>II           Un campamento de leñadores</p>
<p>III          El País del Sol</p>
<p>IV         Palko tiene un secreto</p>
<p>V          Primeros rayos de luz en la noche</p>
<p>VI         El señor rector</p>
<p>VII        Donde Lesina declara su pasado</p>
<p>VIII       El señor rector en el País del Sol</p>
<p>IX         Donde Lesina se marcha a su casa</p>
<p>X          Donde Palko sirve en casa del señor rector</p>
<p>XI         Por qué tuvo Palko que dejar e servicio del señor rector</p>
<p>XII        La tía Lesina</p>
<p>XIII       El rector está muy enfermo</p>
<p>XIV      El señor rector aclara un asunto</p>
<p>XV       Palko sirve otra vez al señor rector</p>
<p>XVI      Palko halla a su padre</p>
<p>XVII     Donde el cura llega al País del Sol<a href="file:///G:/Websites/TesoroDigital/Tesoro%20Digital/301___Pais_del_sol.doc#_XVII_Donde_el_cura llega al País de"></a></p>
<h1>I  Donde llegamos a conocer a Palko</h1>
<p>Después de un invierno largo y riguroso, después de copiosas nevadas y fríos glaciales, había aparecido por fin la radiante primavera en toda su hermosura. Nadie la saludó con mayor alborozo que el pequeño Palko Juriga. Cual pájaro que se escapa de su jaula y echa gozoso a volar, había salido de su aldea, y se encaminaba con paso ligero hacia las montañas, sus amadas montañas. Era muy estrecha para él la vieja casita cuyas pequeñas ventanas habían quedado desde el otoño hasta la primavera, no solamente cerradas, sino medio tapadas con musgo.</p>
<p>El viejo Pablo Juriga, cuyo apellido daban a Palko, no era, sin embargo, su padre ni su abuelo. Pero no por eso se querían ambos con menor ternura. El anciano se ganaba el sustento confeccionando cedazos en aquellas montañas. Allí tenía su pobre choza, la cual, periódicamente restaurada, le servía de abrigo ya hacía treinta años. En un principio, sus hijos la habían ocupado con él; pero hacía mucho tiempo que habían volado, cual aguiluchos, lejos del nido paterno, y, desde entonces, el anciano solía escogerse un compañero entre los hombres que venían a abastecerse de madera para fabricar toda clase de artefactos.</p>
<p>Hacía dos años, un hombre de bastante edad, llamado Razga, que venía del valle del Waag,* había compartido la morada de Juriga; iba acompañado de un niño. Pero su salud se había quebrantado con el rudo trabajo, y tal vez también con el áspero clima de aquellas montañas; tosía sin cesar, y ya no podía trabajar sino muy poco. Su niño le servía como un perrito bien amaestrado: guisaba la sopa, iba a coger hongos y traía sus haces de leña. Por fin, el pobre Razga había tenido que guardar cama. Entonces, cierto día, dijo a Juriga:</p>
<p>* El Waag, conocido también como el Váh, es el río principal de Eslovakia, nutrido por las montañas Cárpatos Blancos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>— Oye, Pablo: tú no tienes a nadie contigo en el mundo, y lo mismo le sucede a mi muchacho. Voy a tener que irme a morir a mi casa. Pero yo no quiero llevarme conmigo a este niño, pues me temo que después de mi muerte no cuiden de él. Quédate con él, pues podrá serte útil. Hazlo por amor de Dios, y Él te recompensará.</p>
<p>— En cuanto a mí — dijo Pablo pasándose la mano por sus cabellos grises, que caían en gruesos mechones hasta las espaldas — quiero tenerlo; pero, ¿qué dirán sus padres?</p>
<p>— Oye, Pablo, te lo voy a decir: este niño no es mi nieto, y no sé siquiera si viven sus padres. Cayó en manos de mi difunta hija de una manera muy extraña. Es preciso que te cuente esta historia; deja un momento tu trabajo para escucharme.</p>
<p>Asintió el anciano, y la narración que le hizo Razga se grabó en su memoria de un modo indeleble.</p>
<p>— Un día que mi hija Ana andaba buscando hongos, le pareció de repente oír el llanto de un niño. Ya sabes qué miedosas son las mujeres; siempre se figuran que el Maligno les tiende un lazo; así es que no se volvió para ver qué era aquello. Pero el niño seguía llorando cada vez más. Ella misma tenía dos tiernos hijos; y, conmovida acabó por decidirse a penetrar en nombre de Dios en la espesura del bosque. Y, ¿qué es lo que vió allí? Un pobre niñito, de año y medio a dos años de edad a lo más, vestido tan sólo de una camisita, con la cabeza y los piecesitos desnudos, que se dirigía hacia ella sollozando y pidiendo de beber. ¿Cómo se encontraba en aquel lugar solitario? ¿Quién le había perdido? No le era posible manifestarlo, pues no sabía decir otra palabra que la de mamá. Ana le tomó en sus brazos, enjugó sus lágrimas, le dió de comer y de beber, pues por fortuna llevaba un pedazo de pan en su bolsillo, y el pobrecito comió y bebió con avidez. Después de esto, se durmió en los brazos de mi hija. Su camisita y sus cabellos estaban húmedos, señal indubitable de que había pasado la noche anterior al raso. Yo me he preguntado más de cuatro veces: ¿Quién ha velado sobre él, y le ha protegido contra las bestias silvestres? ¡Son tantos los jabalíes que vagan por nuestra comarca!</p>
<p>— Los niños tienen sus ángeles tutelares — observó Pablo, mientras enjugaba a escondidas sus lágrimas que corrían por sus arrugadas mejillas.</p>
<p>Por algunos momentos, ambos ancianos quedaron en silencio, pensando en aquel pequeñito ser abandonado; vagando por la montaña, y que al llegar la noche se habría dormido sollozando, apoyada su rizada cabeza en una almohada de musgo, solito, lejos de su madre &#8230;</p>
<p>— Y, ¿qué sucedió después?</p>
<p>— Ana nos lo trajo a casa. Entonces dimos parte del hecho a la autoridad, para el caso de que alguien buscase al niño, pero sin resultado alguno. Como Ana misma había sepultado poco tiempo antes a un pequeño Palko suyo, dió este nombre al niñito que acaba de recoger.</p>
<p>Mi yerno no se opuso a esta adopción, pues era en aquel tiempo un hombre moderado y de buenas costumbres. Pero Ana murió cuando el niño tenía unos cinco años de edad, y la nueva esposa que vino a ocupar su lugar no es buena madre aun para mis nietos. Así es que el pobrecito forastero le fué como una espina en el ojo. Por lo tanto, yo le he adoptado en cierto modo. Tanto, que le he mandado a la escuela, mayormente con el objeto de alejarle de casa; pero daba gusto ver cómo aprovechaba, pues al fin del invierno ya sabía leer. Es de suponer que tiene, sabe Dios dónde, padres inteligentes.</p>
<p>Pero ahora, si muero, es seguro que se apresurarán a colocarle de cualquier manera como guardador de gansos, y no tardará en olvidarlo todo. Tómale, pues, Juriga; el niño te será útil un día u otro, más tarde. Además, yo no puedo menos de creer que llegará un día en que encuentre a sus padres. Podrás al menos decirles que ha sido bien cuidado en mi casa, que siempre hemos compartido con él lo que teníamos, y que cuando mis nietos tenían que sufrir por el genio de su madrastra, cuando mi yerno empezó a emborracharse y a maltratarnos a todos, yo siempre he tomado a Palko bajo mi protección. Bien podrán dar gracias a Dios por mí. Dime, Juriga, ¿no quieres quedarte con él?</p>
<p>— ¡Sí, Razga, por amor de Dios! Y le mandaré también a la escuela. Pasará el verano conmigo, y hará su aprendizaje. Dejaré por una temporada la confección de cedazos, hasta que él pueda ayudarme, y me dedicaré a hacer cucharas.</p>
<p>Razga, pues, se fue a su casa y no volvió más, y el muchacho se quedó con Pablo. Al principio derramó lágrimas por la partida de su abuelo; pero como Juriga le sustituyese tan bien en todo, aquel pequeño corazón infantil no tardó en recobrar su equilibrio y natural alegría. Y ahora, al cabo de año y medio, les parece al niño y al anciano que han vivido siempre juntos.</p>
<p>Hoy Palko va trepando con pie ágil por la falda de la montaña, para ir a barrer la choza y arreglarla lo mejor que pueda. Y, sin embargo, no va poco cargado. El fardo que lleva a la espalda contiene un poco de ropa, un pan grande, cebollas, un pedazo de carne ahumada y alguna sal envuelta en un papel; lleva también unas cuantas patatas, las restantes las traerá el abuelo en un saco. Además de esto, lleva colgando del hombro las herramientas del abuelo, y su mano sostiene un cántaro. Portador de estas riquezas, camina con paso alegre, lo mismo que si fuese todo un príncipe. Un sombrero abollado cubre su rubia y rizada cabellera; sobre sus espaldas lleva una capita que fue de color blanco, listada de azul. Un pantalón de tela burda, una camisita con mangas anchas, pequeñas alpargatas cuidadosamente ajustadas; una cintura de cuero negro y hebillas doradas completan el traje del principillo, cuyos grandes ojos de color azul obscuro despiden rayos de gozo intenso. “¡Oh libertad, libertad, libertad, cuán cara nos eres!” A buen seguro que entonaría, si lo conociera, este canto eslovaco, pues todo en él canta y baila de alegría.</p>
<p>— ¡A- ló — grita el niño en las montañas, y el eco responde: — ¡A- ló, a- ló, a- ló!</p>
<p>— ¡You-ou! &#8230; ¡you-ou! — Y Palko se echa a reír tan alegremente, que parece que tiene una campanilla en la garganta; y el eco también echa a reír &#8230; Cualquiera creería que la montaña le da la bienvenida.</p>
<p>— ¡Hola!, buenos días, hijo mío. ¿Ya estás aquí? — dijo una voz de hombre.</p>
<p>Era, en efecto, la del leñador Liska, el cual, subiendo detrás de él, lo había alcanzado.</p>
<p>— ¡Buenos días, tiíto! — respondió el niño alargando la mano a aquel viejo amigo — Yo me he adelantado para preparar la cabaña.</p>
<p>— Milagro será que la nieve no la haya derribado; debe ser muy sólida. ¡Vamos, Dios te acompañe, muchacho! Voy a casa del guarda.</p>
<p>— ¡Id&#8217;e zdravi! (Qué siga usted bien).</p>
<p>Cuanto más alto subía el niño, más numerosas aparecían las casas de los leñadores. De algunas se elevaba una nubecilla de humo, señal de la presencia de sus moradores; otras permanecían desocupadas, mientras unas pocas yacían por el suelo, derribadas y en parte cubiertas de nieve.</p>
<p>Era preciso cruzar arroyos crecidos a consecuencia del derretimiento de las nieves. No había todavía más verdura en los bosques que la de los abetos y pinos, pues apenas empezaban los demás árboles a echar sus yemas.</p>
<p>Por fin, nuestro pequeño viajero llegó a su destino: es un recodo del camino, entre dos pinos lozanos, ¡allí estaba la choza, la choza propia de Pablo y suya! Los ojos del niño brillaron de gozo. Por más que en su construcción no entrasen sino maderas y arcilla, aquel palacio le parecía suntuoso; ¿no era su hogar? ¡Y además volvía a encontrarlo tal como lo habían dejado el otoño!</p>
<p>Cogiendo una escoba de abedul, barrió el suelo, compuso el fogón en el centro de la cabaña, hizo un pequeño acopio de leña y ramitas, y colocó en su debido lugar los objetos que había traído de la llanura. Hecho esto, corrió a la fuente cristalina que brotaba cerca de la casa, y llenó su cántaro.</p>
<p>— ¡Muy bien, hijo! ¡Dios nos bendiga! Ya he llegado yo también — exclamó el abuelo.</p>
<p>Después de pelar las patatas, pusieron al fuego la marmita de tres pies.</p>
<p>— Guisa tú la sopa; yo he visto aquí cerca un roncón de hojas secas, y voy a buscarlas, pues nos darán una buena cama.</p>
<p>Las ramitas chisporreaban alegremente, alumbrando la cara del atareado cocinerito. Ya hierve el agua en la olla; el niño echa sal, un poco de manteca, comino, cebollas, algunas rebanadas de pan seco, y cuando todo está cocido a punto, aparta la marmita.</p>
<p>— ¡Abuelito, abuelito, la sopa está hecha!</p>
<p>— Ya voy hijo. — Y al poco rato el anciano entró jadeando, llevando una pesada carga de hojas secas, que depositó en un rincón, mientras el sudor bañaba su arrugada frente.</p>
<p>— Es atrozmente pesada esta hojarasca — dijo soltando un juramento.</p>
<p>En seguida sacó de su bolsillo dos cucharas, y comió con ganas, así como su pequeño compañero. La receta de aquella sopa no se encuentra en ningún libro de cocina, pero para ellos era manjar de reyes.</p>
<p>Acabado el festín, dispusieron de un lecho cómodo y blando, tendiendo sobre las hojas una sábana de tela basta. Como el sol, en su carrera, se hallase precisamente encima de la montaña, señalando la hora de medio día, se tendieron para descansar un rato. El niño echó sobre el anciano una vieja piel de cordero, arrebujóse a sí mismo en su capa, y, antes que hubiese sido posible contar hasta cinco, ya estaban dormidos.</p>
<p>El fuego seguía ardiendo en medio de la choza. Cual incienso de su sacrificio, el humo subía por la abertura de la techumbre, derecho al cielo, mezclándose con el aroma de los abetos. En todas partes se respiraba una atmósfera primaveral: un olor refrigerante, que lo embalsama todo, el suelo, la hierba y los árboles. La naturaleza se parece a una criatura que despierta del sueño, y que su madre sumerge en un baño perfumado, para merecerla después en sus amantes brazos.</p>
<p>Pero, mientras el cielo y la tierra hablan de un alegre despertar y de resurrección, aquellos dos seres humanos solos están sumidos en un profundo sueño, tanto espiritual como corporal. ¿Quién sabrá despertarlos?</p>
<h1>II Un campamento de leñadores</h1>
<p>Pocos días después, ya empezó a reinar una gran animación en el monte. Temprano, por la madrugada y hasta el anochecer, resonaba el ruido de los hachazos, el estrépito de los árboles que caían al suelo, el rechinar de las grandes sierras, el crujido de las ramas al romperse o el choque de los troncos que los leñadores apilaban; añádanse a todo esto las voces humanas.</p>
<p>En muchos casos, mejor fuera que éstas no se hubiesen oído. ¡Qué de voces groseras, indecentes, qué de blasfemias, qué de palabras ligeras o irritadas salían de las bocas!</p>
<p>Al poco tiempo cuando todas las chozas quedaron ocupadas, sus habitantes, ignorantes, faltos de educación y hasta perversos, trabajaban como bestias de carga. Amén de esto, se emborrachaban algunas veces de una manera vergonzosa; y, viviendo como lo harían seres desprovistos de almas, cometían a menudo actos que les rebajaban más que al nivel de los animales. Había, sin embargo, también entre aquellos infelices algunos hombres decentes y dignos de aprecio; y de éstos formaban parte Juriga y Liska. Es cierto que eran algo dados a la bebida. — ¿Qué harían los pobres — decían — si no pudiesen siquiera echar un trago de vez en cuando?</p>
<p>Sin embargo, no se emborrachaban. Se les escapaba también alguna que otra blasfemia; ¿no eran ellos leñadores? No por eso dejaban sus compañeros de tenerlos por mejores que lo demás, y ellos mismos eran de este parecer.</p>
<p>Pero la única persona que inspiraba cierto respeto a aquellos hombres groseros era Palko. No habiendo allí más niños que él, era considerado como una especie de tesoro común, de que era preciso valerse con tiento, pues les hacía mil favores y les prestaba toda clase de servicios; hasta, en efecto, de aguada, cogiendo al mismo tiempo hongos que repartía luego entre todos, y guisaba la sopa, ora para el uno, ora para el otro &#8230; así es que el anciano no tenía que pasar cuidados por la manutención de su Palko, puesto que le daban siempre todo cuanto necesitaba.</p>
<p>Juriga veía con agrado en el niño esta naturaleza tan llena de sencillez y confianza hacia todos, y solía aplicar a Palko un refrán eslovaco que dice: “Las gentes son hechas para las gentes, como los montes para los montes”.</p>
<p>El mismo había disfrutado, en los años de su juventud, del aprecio general, por su carácter franco y abierto. Y aun ahora vivía en buenas relaciones con todos. “Nadie puede quejarse de mí; yo no hago daño a nadie; doy los buenos días a todos; soy cortés y servicial; si le alta a uno tabaco, cerillas, sal, hasta manteca, se lo presto gustoso. Además, este niño le guardo por amor de Dios”. Esto pensaba Juriga, y no estaba poco satisfecho de sí mismo. A pesar de su avanzada edad, no había encontrado todavía a nadie que fuese mejor que él.</p>
<h1>III El País del Sol</h1>
<p>Cierto domingo del mes de mayo, algunos montañeses habían bajado a la aldea para asistir a la iglesia; otros, para pedir trabajo a las autoridades municipales; y otros, en gran número, se habían dirigido hacia la taberna, cuyo propietario era un avaro, con el objeto de hacer sus compras o sencillamente para gastar en la bebida el dinero que con arduo trabajo habían ganado durante la semana. Los que quedaban en el monte dormían en sus casas, o habían salido a buscar hongos.</p>
<p>Sentado al sol delante de su puerta, descansaba el viejo Pablo Juriga, fumando su pipa, cuando de repente oyó pasos y ladridos. ¿Sería algún cazador? No; era un joven que venía de otra comarca, y parecía ser un obrero en traje de domingo.</p>
<p>— Buenos días — dijo el forastero, a cuya salutación contestó Juriga cortésmente.</p>
<p>— Diga usted — prosiguió el recién llegado — ¿vive usted solo en esta choza?</p>
<p>— Sí, con mi nietecito; ¿por qué me lo pregunta usted?</p>
<p>— Es que tengo aquí trabajo por algunas semanas. ¿Me tomaría usted en su casa?</p>
<p>— Bueno; pero tú, ¿qué haces? ¿Cuál es tu oficio?</p>
<p>— Tornero. Así, pues, ¿puedo venir y dejar aquí mi saco?</p>
<p>─ Sí, ¿vas a bajar todavía al pueblo?</p>
<p>— No; voy a casa del guardabosque, pues allí tengo mis negocios y dormiré allí; mañana, a la salida del sol, estaré aquí.</p>
<p>— Has llegado a buena hora. Siéntate un rato. ¿Es tuyo este perro?</p>
<p>— Sí. Acá, Dunaj! — El perro, de color enteramente blanco, vino de un salto a sentarse a los pies de su dueño — Yo lo había encerrado en casa, pero ha logrado escaparse y me ha alcanzado. Un animal semejante vale, a veces, más que un hombre.</p>
<p>— ¿Y cómo te llamas?</p>
<p>— Martín Lesina.</p>
<p>Contentísimo de haber hallado con quien conversar, Juriga le hizo un sin fin de preguntas acerca de la pequeña ciudad de cual venía, de la manera de vivir de las gentes allí, y del estado de los cultivos.</p>
<p>Lesina, por su parte, fué puesto al corriente de lo que pasaba en la montaña, para que no se dejase engañar por nadie.</p>
<p>— Tengo necesidad de dinero, y por eso he venido a cortar yo mismo mi madera, en vez de comprarla, como acostumbraba hacerlo. Le estoy muy agradecido por sus buenos consejos. — Y se fué.</p>
<p>— ¡Buena figura tiene! — decía para sí Juriga cuando se halló otra vez solo delante de su choza — Es derecho como un abeto, se ve que ha sido soldado. Parece también inteligente. Sin embargo, a pesar de ser joven, tiene la mirada melancólica, con quien ya no espera nada de la vida. Pero, ¿dónde estará Palko? Él sí que se alegrará, sobre todo por el magnífico perro. ¿Dónde ha podido quedarse?</p>
<p>Salido de madrugada en busca de hongos, se había alejado bastante, buscando los sitios favorables, y llevaba su saquito lleno de hermosas setas. Cuando se disponía a volver, se le ocurrió que era domingo, y como no le apuraba el trabajo, sintió un vivísmo deseo de ir a ver lo que podía hallarse detrás de aquella enorme mole de roca que se divisaba, y que siempre le había dado qué pensar. ¿Cómo es, y cómo vive aquel mundo que se oculta allí detrás? En pasados tiempos, hacía ya años de esto, mamita Ana la había contado por las noches muchas historias bonitas. Una sobre todo había, que Palko se hacía con siempre nuevo. Era la de un niño, hijo de un rey desaparecido, que iba vagando por el vasto mundo en busca de su padre. Y un día, al llegar a las montañas, observó una inmensa roca, y después un pajarito dorado que se acercó a él, y le exhortó a escalarla, asegurándole que detrás de ella estaba situado el País del Sol, en el cual se hallaba el rey su padre. El niño emprendió la marcha, pero toda clase de monstruos vinieron a cerrarle el paso: una serpiente, un león un oso y otro más. Por fortuna, salió al encuentro un valiente caballero, montado en un corcel de fuego, quien triunfó de los monstruos, libertó al joven príncipe y le depositó en el palacio real, donde halló a su padre.</p>
<p>En la escuela, Palko había preguntado al maestro dónde estaba situado el País del Sol, que no había podido descubrir en un mapa de Europa; y éste le había contestado, riéndose, que estaba en el país de los cuentos, el cual no figura en los mar geográficos.</p>
<p>¡Cuántas veces, desde aquel día, había deseado Palko ver este reino de los cuentos! ¿Y si estuviese allí, detrás de aquel picacho que rodeaba una densa niebla como de una capucha, cada mañana? ¿Y si, como sucede en el cuento de Cenicienta, Palko, clamase: “Niebla por detrás, niebla por delante”, se abriría tal vez para él el reino de los cuentos, si no del todo, parte, cuando menos el País del Sol? &#8230; ¡Cuántas veces, por la mañana, desde la fuente a la cual iba por agua, ha contemplado aquel misterioso picacho, y había deseado subir a él algún día!</p>
<p>— Hoy tengo tiempo, allá voy — Y dejando su saquito en un sitio en el cual pudiera hallarlo sin dificultad, empezó a trepar por la áspera senda que conducía a la peña.</p>
<p>— Seguramente será allí — pensó el niño, impaciente por llegar — Puesto que el sol no se pone nunca en aquel País del Sol, y allí no hay noche, hará mucho calor — Y no se extrañaba de que subiendo lo sentía ya.</p>
<p>Por fin, después de salvar un último peñasco, contempló a sus pies un pequeño valle, cercado enteramente de montañas, e inundado de los alegres rayos del sol de mayo. La peña sobre la cual estaba bajando por gradas escarpadas hacia el fondo, donde, cual verde alfombra, se extendía una pradera esmaltada de violetas y lirios del campo. De la peña brotaba una fuente que, semejante a una serpiente plateada, descendía al valle, y a su alrededor florecían rosales y ciruelos silvestres.</p>
<p>No reinaba allí el gran silencio que se observa en las selvas; los mirlos cantaban, los pinzones y los tordos les contestaban; se oía el trabajo del hacha en la corteza de los árboles; las ardillas saltaban de rama en rama &#8230; ¡cuánta animación, cuánta vida!</p>
<p>— Sí — se decía Palko — sin duda alguna es el País del Sol.</p>
<p>Al contemplar estas maravillas, colocó con precaución el pie sobre una gran roca que descendía un poco. Pero, ¿qué es lo que con admiración vió allí? Cerca de la fuente se hallaba algo como una puerta en la peña. ¿Sería posible pasar más adentro aunque fuese a gatas? Felizmente, por una hendidura penetraba un rayo de luz que permitía ver en el interior. La cuevita parecía una habitación, en medio de la cual había una mesa y un banco; de las paredes cuelgan telarañas, y por el suelo no falta musgo traído por el viento.</p>
<p>— ¡Es una habitación! — pensó Palko — ¿Quién sabe si vive alguien aquí &#8230; ?</p>
<p>Y entró, aunque no sin emoción. Y, ¿qué objeto es el que vió sobre la mesa? ¡Un libro! El niño lo abrió, y empezó a deletrear las palabras escritas en la primera página, que decían: “Quién quiera que seas, tú que tomas en tu mano ese santo libro, léelo con perseverancia y atención, línea tras línea. Te enseñará el camino que conduce de este valle de lágrimas al país en el cual ya no hay noche, y donde el sol no se pone nunca, al país de la luz y felicidad eterna”.</p>
<p>¡Era, pues, cierto; no se había equivocado! ¡Este misterioso librito negro le mostraría el camino del País del Sol! Aquel país, pues, existía seguramente, por más que no se hallase en el mapa. Palko se sentó en seguida, y apoyando en las manos su rubia cabeza, empezó a leer. No le faltaban ganas de omitir la primera página, que no contenía sino nombres de personas; pero las palabras escritas decían que el librito debía leerse <em>línea tras línea</em>.</p>
<p>Serían sin duda los nombres de los moradores del país, aquellos nombres extraños que cuadrarían en aquella comarca. Pero después de ellos venían nombres conocidos: José y María, y un nombre muy hermoso: Emanuel, Dios con nosotros, algún santo al parecer, puesto que Dios era con él &#8230; ─ Y el muchacho miraba con ansiedad en derredor. Por fin, decía el libro que había nacido un niño, y que le habían dado el nombre de Jesús. ¡Qué nombre tan hermoso, más aun que Emmanuel! Palko ya había oído con frecuencia la expresión de: “¡Alabado sea Jesús!” y también, en momento de miedo repentino, la de: “¡Jesús, María y José!” ¿Eran los mismos que aquellos de los cuales hablaba el libro?</p>
<p>─ ¡Señor Dios!, ayúdame! ─ como decía el abuelo en los instantes críticos &#8230; y prosiguió su lectura.</p>
<p>La continuación no era tan difícil de entender. El libro cuenta que, en la época del nacimiento de Jesús en Belén, había un tal Herodes, rey del País del Sol. Seguidamente que unos sabios ─ qué sabios debían ser, si eran magos vinieron al rey, deseosos de ver al niño. ¿Qué podía ser aquella estrella que habían visto en Oriente? Deseaban mucho ver al niño; pero como nadie pudiese mostrárselo, las gentes acabaron por enviarlos a Belén, fue la estrella la que las guió: ella andaba delante, en el cielo, ellos la seguían, y de repente se paró; y allí en la casa hallaron al niño Jesús. Sería algún príncipe hechizado, puesto que cayeron de rodillas, ante él, llenos de respeto, y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Estos dos últimos regalos, ¿serían probablemente alimentos? Después de esto, volvieron a su tierra por otro camino, pues Dios se lo había mandado.</p>
<p>─ ¡Oh, qué hermoso es todo esto! ─ exclamó el niño, dando palmadas de júbilo. ─ Aquel Herodes, se me figura que era un dragón que quería devorar al niño Jesús; pero no pudo, pues un ángel vino de noche y les hizo salir a todos, a María, a José y al niño. Era todo un caballero aquel José. Pero, ¡qué cosa más horrorosa debió ser cuando aquel miserable dragón mató a todos los niños, y sus mamás lloraban sin que se les pudiera consolar! ¡Bien hecho que haya tenido que morir! Cuando menos pudo así José traer otra vez al niño Jesús al País del Sol, donde vinieron a habitar en la ciudad de Nazaret.</p>
<p>¡Cuántas cosas he aprendido ya hoy acerca de aquel País del Sol! Pero es preciso que me contente con esto por ahora; de lo contrario, estaría el abuelo inquieto. Al fin y al cabo, no es tan lejos, y volveré todos los días, o al menos cada domingo; porque quiero, sí, saber lo que le habrá acontecido a aquel príncipe hechizado, y descubrir también por mí mismo el camino de dicho País del Sol.</p>
<h1>IV  Palko tiene un secreto</h1>
<p>Los dos hombres a quienes vimos entrar en relaciones en el capítulo anterior se acostumbraron pronto el uno al otro. Apenas habían transcurrido cinco semanas desde que Martín Lesina habitaba con Juriga, y ya les parecía que siempre habían vivido juntos. Pablo no se equivocó a profetizar que a Palko le gustaría infinito la presencia del perro; se complacían, en efecto, en su mutua compañía, y en todas partes donde se veían las huellas de las pequeñas alpargatas del niño en el rocío, era seguro hallar también las del perro.</p>
<p>Desde la llegada de Lesina, el anciano no había vuelto a la taberna con los demás leñadores. En cuanto a Lesina, no bebía ni fumaba.</p>
<p>─ Me sucedió una vez, estando ebrio, cometer una mala acción, y yo no quiere reincidir ─ fue su respuesta a Juriga, que le instaba para que le acompañase ─ usted mismo haría mejor en dejar de beber. Con lo que se ahorrará de esta manera, podremos tener lecho todos los días, y carne los domingos.</p>
<p>Esta sugerencia agradó mucho a Juriga. No le importaba gran cosa la carne; pero era muy aficionado a la leche, y hasta entonces no había podido satisfacer este deseo sino muy de tarde en tarde, mientras que ahora podía tener a discreción lecha fría y leche caliente. Por lo que hace a su vieja pipa, le era imposible pasarse sin ella, y Lesina mismo la traía tabaco de vez en cuando. Dormían juntos como si fuesen padre e hijo, y Palko tenía su lecho en otro rincón de la habitación, donde disfrutaba el sueño más feliz del mundo en compañía de Dunaj.</p>
<p>Una sola cosa le parecía extraña a Juriga, y era que Lesina, que tan amable se mostraba con todos ─ pues, a no dudarlo, tenía educación ─ apenas echaba una mirada al niño, y, sin embargo, éste le hacía, conforme a sus alcances, toda clase de buenos oficios.</p>
<p>El anciano, por otra parte, no notaba que Palko no charlaba tanto como antes. El gran placer del niño era ir por la leche, y de este recado volvía bastante tarde y jadeado; y no era difícil conocer que Dunaj había corrido también. Juriga seguramente habría reparado el ello, si hubiera estado solo; pero, distraído con la compañía de lesina, no se preocupaba tanto del muchacho. Por tres domingos seguidos, los hombres fueron a la iglesia, no volviendo sino al anochecer; y hallando preparada la leche, no se les ocurrió preguntar a Palko lo que había hecho solitario todos los días.</p>
<p>¡Oh!, no es cosa de poca monta para un niño tener su primer secreto. ¿Por qué no decía nada de su precioso tesoro? Palko hubiera podido explicárselo a sí mismo. Se acordaba de que en ciertos cuentos aseguraban que tan pronto como los interesados habían hablado de algo, todo desaparecía instantáneamente. Si hubiese contado a alguien que había descubierto unos de los extremos del País del Sol, así como aquella misteriosa gruta con aquel santo libro, y que iba allí todos los días un momento y todos los domingos de la mañana a la noche, a leer línea tras línea, para hallar el camino que conduce al verdadero País del Sol, ¿quién sabe si la gruta no habría desaparecido con todo lo demás? Y en este caso, nunca podría aprender ya lo que tanto deseaba saber.</p>
<p>Se callaba, pues, su secreto, y prefería sufrir una riña por haber gastado demasiado tiempo en su cosecha de fresas el domingo. Cuando llegue el día en que sepa todo cuanto desea saber, lo participará al abuelo, y entonces se dirigirán juntos al País del Sol, donde mora Jesús.</p>
<p>Esto no obstante, cuanto más adelantaba Palko en su lectura, menos se acordaba del reino de los cuentos; sin que se cuenta de ello, su único objeto, al volver continuamente, era saber más acerca de Jesús. ¡Oh!, aquel Jesús, ¡cuán grande bondad, y qué maravilloso su poder! Podía hacer todo cuanto quería, sin duda por que era el Hijo de Dios.</p>
<p>Palko entendía poco de lo que sucedió en las orillas del Jordán entre Jesús y Juan, aquel hombre extraño que no comí langostas y miel silvestre. Sólo comprendió que una vez resonó del cielo, y siendo el cielo la morada de Dios, en mismo quien daba a entender que Jesús era su Hijo amado, al cual era preciso obedecer.</p>
<p>— Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿José no sería su padre verdadero? &#8230; ¡Ah!, sí que lo entiendo; es lo mismo que el abuelo Juriga, el cual tampoco es mi verdadero abuelo; mas, como cuida de mí, creen las gentes que soy su nieto.</p>
<p>Palko se convencía además de que él también estaba obligado a obedecer al Señor Jesús puesto que Dios lo había mandado.</p>
<p>Cuando comprenda bien — pensaba para sí el niño — lo que Jesús decía a las gentes, yo lo haré, por más que no lo vea a él personalmente. ¡Oh, cuán poderoso era, y qué bien supo rechazar al diablo, cuando éste quiso tentarle! Y esto sí que era cosa buena: llamaba a sí a los pecadores, y les enseñaba, y sanaba a todos los enfermos. Y a las gentes les daba todo lo que pedían, hasta pan suficiente para alimentar miles de personas. ¡Cuantas cosas hay en este libro!</p>
<p>Pero, ¿qué va a suceder, ahora que muchos empiezan a volverse contra él?</p>
<p>¡Qué escenas más tristes tuvo que leer el niño! Ya no podía conciliar el sueño, porque su imaginación se las representó una manera tan viva: aquella noche terrible, aquel jardín en el cual Jesús oraba y agonizaba, tan angustiado, que un su sangre apareció en su frente &#8230; ¡Y sus discípulos durmiendo!</p>
<p>— Si yo hubiera estado allí, le habría echado los brazos al cuello, diciéndole: — No temas, que Dios te salvará — Pero no le ha salvado. ¿Y por qué, por qué no le ha librado de sus enemigos? Estos han venido, le han atado, y después &#8230; Pero las lágrimas casi impedían al niño leer cómo habían azotado, escarnecido y clavado por fin a Jesús en la cruz &#8230; Yo no tenía la más remota idea de que aquel Cristo que hay delante de la capilla en una cruz de madera fuese precisamente el Señor Jesús. Claro está que no es él personalmente, sino solamente una imagen de madera. Pero, al menos, ahora sé que le han crucificado. Si tan sola pudiera yo saber por qué me has, ¡oh!, ¡por qué Dios no le ha librado cuando clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” &#8230; sino que le dejó morir &#8230; ¡y le han enterrado! &#8230;</p>
<p>Palko cerró el libro, y se fué del todo abatido. El sol estaba todavía alto encima del horizonte; la montaña ostentaba todas sus galas, sus verdes selvas, sus flores; Dunaj brincaba alegremente, dedicado a cazar ardillas y pájaros; sólo Palko no se sentía con ánimo de gozar de nada.</p>
<p>— ¿Para qué sirven estas bonitas flores? ¿Cómo pueden las avecillas cantar, ahora que Jesús ha muerto? — pensaba el niño. Puesto que ya no vive, yo no podré verle nunca, ni decirle nunca cuánto le quiero, y que estaba decidido a obedecerle.</p>
<p>El día siguiente no volvió siquiera a la cueva. Si embargo, le vino a la mente la idea de que era preciso leer el santo libro “líneas tras líneas”, si quería conocer el camino que conduce al País del Sol. Además, era menester también saber lo que habían hecho María y los discípulos, ahora que no tenían más a Jesús a su lado.</p>
<p>Hoy es domingo, el tercero que Juriga y Lesina pasan en el pueblo. Sentado en la gruta, apoyada la cabeza en sus Palko se abisma en su lectura. De repente se levanta, dando un salto de alegría.</p>
<p>— ¡Vive, vive! — grita el muchacho; y el eco repite alegre: ¡Vive, vive!</p>
<p>Siempre dispuesto a compartir con su joven amo penas y goces, el perro se lanza hacia él meneando el rabo.</p>
<p>— Dunaj, ¡Jesús está vivo! Ya sabes, es el Hijo de Dios. Han vuelto la piedra, y él ha resucitado. Vamos, Dunaj, déjame leer lo que sigue, échate aquí. Es preciso que yo sepa lo que sucedió después; ya te lo contaré.</p>
<p>El perro obedece. Palko se sienta otra vez, y se sumerge en la lectura de su libro, mientras la cabeza sedosa descansa sobre sus rodillas. Este contempla a su amo y camarada con tan inteligente mirada, qué se pudiera creer impaciente por saber más de Jesús. Pero al cabo de una hora empleada de esta manera en la misteriosa cueva, Palko es preocupado con lo que acababa de leer, que ni aun se acordó de su perro.</p>
<p>Los discípulos se habían postrado delante de Jesús, y Él les había declarado que estaría con ellos todos los días hasta el fin del mundo, que toda potestad le había sido dada en el cielo y en la tierra, y que debían ellos enseñar a los hombres a guardar todas las cosas que les había mandado.</p>
<p>Por lo tanto, Jesús, vivo, resucitado de los muertos, estaba también con él y Palko, juntando las manos sobre su pecho, se inclinó profundamente: “¡Oh!, Jesús — dijo — Hijo de Dios, puesto que tiene toda potestad en el cielo y en la tierra, tú me ves también, aunque no puedo verte. ¡Cuánto quisiera decirte que te amo mucho, sí, mucho, más aun que al abuelo, y que quiero obedecerte! Ayúdame a hallar el camino que lleva a ti”.</p>
<p>Aquel día, Palko volvió a casa más pronto que de costumbre, trayendo fresas. Encendió el fuego, y guisó la sopa para su abuelo, sin advertir que él mismo no había comido nada en todo el día sino unas cuantas fresas no muy maduras. Pero de todo se alegraba, por el mucho gozo que inundaba su alma, y le parecía que Jesús había entrado con él en la choza, y que ahora eran amigos.</p>
<p>— Ya ves — decía, dirigiéndose a su Amigo invisible — yo guiso para el abuelo. Ahora tengo que salir por agua; sólo te suplico que no te vayas antes de mi vuelta; ¡te amo tanto!</p>
<p>Pero le parecía que Jesús había también con él a la fuente.</p>
<p>— Conozco que está aquí — y el niño ponía su mano sobre su corazón — ¡Oh, qué hermoso es esto!</p>
<p>Todo quedó pronto dispuesto, y Palko empezó a suspirar por el regreso del abuelo: en primer lugar, porque tenía un hambre canina; y después, porque abrigaba el propósito de contárselo todo, sí, todo, puesto que él también hacía muchas cosas que seguramente no eran del agrado del Señor Jesús. Por ejemplo, cuando fumaba, escupía al suelo, ¡y eso era tan asqueroso! Además, blasfemaba de vez en cuando y echaba maldiciones, y esto Jesús lo tenía prohibido.</p>
<p>Por fin llegó Juriga, solo y algún tanto ebrio; estaba malhumorado, riñendo con motivo de todo. No quiso probar la sopa, y se echó con sus vestidos de fiesta sobre su lecho; y como Palko le hiciese observar, aunque de una manera muy tímida, que los arrugaba le soltó tan fuerte bofetada, que el pobre muchacho salió con la mejilla bien roja y dolorido por largo rato.</p>
<p>— No hay que tomárselo a mal, Señor Jesús — decía Palko — si blasfema de un modo tan horroroso, es que no sabe que tú estás aquí, y además está borracho.</p>
<p>Cuando Juriga durmió, el niño pudo sin miedo comer la sopa, casi fría, y a pesar de que había olvidado la sal, le pareció exquisita.</p>
<p>— ¿Volverás, verdad, Señor Jesús? — decía Palko medio dormido. — Estoy tan cansado ahora, que me caigo de sueño; pero preferiría que no te fueras.</p>
<h1>V  Primeros rayos de luz en la noche</h1>
<p>Al día siguiente, el anciana despertó algo tarde, con la cabeza pesada y vacía, y el corazón oprimido. Cuando abrió los ojos, lo primero que vió fué la lumbre del hogar, y a Palko sentado al lado, cruzadas las piernas a modo de los gitanos; y un brazo echado alrededor del cuello de Dunaj. Los rubios rizos del niño se mezclaban con el pelo suave y blanco del perro, y ambos contemplaban con igual placer el fuego que chizpeaba alegremente. El conjunto formaba un cuadro tan encantador, que el corazón del viejo se enterneció. Se acordó de que la noche anterior había pegado a Palko, y ¡con qué motivo! ¿Qué mal había hecho este pobre muchachito?</p>
<p>— ¡Ay!, ¿por qué emborracharme de tal manera? Verdad es que yo no había bebido mucho; pero se me subió a la cabeza. Suerte que Lesina no está aquí hoy. Si no se hubiese marchado ayer, yo habría regresado aquí sin parar al salir de la iglesia; pero, hallándome solo, tan pronto como me han llamado he cedido a la tentación.</p>
<p>El pobre viejo, muy apesadumbrado, se rascaba la cabeza con la mano. ¡Cuanto hubiera dado para verse libre de la necesidad de dirigir la palabra a Palko! Se sentía sumamente avergonzado de haber vuelto ebrio a casa y de haber pegado al niño. ¿Qué hubiera dicho Razga de semejante conducta?</p>
<p>Pero era preciso hablar, y por fin se decidió a abrir la boca.</p>
<p>— Registra un poco mi capa, Palko, y toma para ti el paquetito que encontrarás. Ayer me han convidado a una comida de boda, y me han obligado a aceptar esto.</p>
<p>De un salto el niño se puso de pie saludó alegremente al abuelo, y con destreza deshizo el nudo del pañuelo. ¡Qué tesoros contenía!: golosinas del país, entre ellas, bizcochos de canela y tortas.</p>
<p>— ¿Todo esto para mí, abuelo? — preguntó admirado, al paso que hincaba sus dientecitos en el bizcocho.</p>
<p>— Sí, todo, hijo mío, puesto que te he pegado ayer estando bebido. Con ese maldito aguardiente, hace uno lo que no quisiera. Al principio, yo no quería beber; pero, ¿qué hacer cuándo tanto le instan a uno las gentes?</p>
<p>— Mira, abuelo — dijo el niño meneando su rubia cabecita — que me pegases, poco importaba: pero yo temía que Él se marchase de aquí, Él, Jesús, oyéndote blasfemar, y no sé tampoco si puede quedarse allí donde los hombres están borrachos.</p>
<p>El anciano le miró aturdido, no entendiendo ni lo que decía el niño, ni a quién aludía.</p>
<p>— ¿De Lesina hablas? No está aquí, ni volverá en toda esta semana. Es verdad que a él no le gustan los borrachos ni el alboroto.</p>
<p>Acababa su limpieza, Juriga se sentó a la mesa para almorzar.</p>
<p>─ No, yo no hablo del tío Martín — continuó el niño — ¿No ha visto usted nunca el santo libro que describe el país dónde el sol no se pone?</p>
<p>— No, hijo, nunca he leído un libro de esta clase. ¿Quién te ha dicho que lo hay?</p>
<p>— Sí que hay uno — contestó Palko, con el ademán de uno que sabe mucho latín, y en él se aprende todo lo tocante a Jesús — Y el niño empezó a contar cómo había nacido Jesús, cómo un dragón maligno había querido matarle, y lo que había hecho después de su regreso de una tierra lejana.</p>
<p>— ¡Hombre! ¿Es el Evangelio de Jesucristo lo que me cuentas? Ya sabes más que yo de eso, a pesar de mí edad. ¿Cómo has hecho para saberlo?</p>
<p>Palko se disponía a narrar lo sucedido, cuando entró el leñador Liska, lo cual puso fin a su discurso. Juriga y Liska salieron para ir al bosque a atacar nuevos árboles. Ya estaban a cierta distancia cuando Palko llegó corriendo.</p>
<p>─ ¿Qué quieres, muchacho? — preguntó Juriga.</p>
<p>— Le ruego, abuelito — y sus grandes ojos azules estaban suplicantes, y su mirada era pura cual el sol cuando el lago reflejaba en él — le ruego no vuelva a beber, en vez de trabajar. ¡Tanto miedo tengo de que Jesús no consienta más en quedar con nosotros si usted vuelve otra vez ebrio, y si blasfema!</p>
<p>─ ¡Déjame en paz! — replicó duramente Juriga.</p>
<p>Pero Palko estaba convencido de que el abuelo no bebería ya, y su esperanza no resultó defraudada.</p>
<p>Transcurrieron muchos días sin que se le ofreciera la ocasión de referir a su abuelo la manera como había hecho su hallazgo, porque Juriga trabajaba con Liska en cortar árboles y preparar madera propia para ser tallada; y cuando regresaba por la noche estaba tan cansado, que tenía prisa por cenar y dejarse en seguida caer sobre su lecho.</p>
<p>Lesina no volvió hasta el sábado, y a Palko le pareció que estaba muy triste. No le faltaba deseo de preguntarle lo que le tenía afligido, pues sabía lo que es el dolor desde que había llorado sobre la muerte de Jesús. Pero como Lesina nunca se ocupaba de él, no se atrevió a hacerle ninguna pregunta.</p>
<h1>VI El señor rector</h1>
<p>Aquella semana no le alcanzó a Palko el tiempo para ir al País del Sol. El abuelo había prometido a los habitantes de la rectoría y al tendero de la aldea que el niño les traería cada día fresas y hongos, y no se necesitaba poco tiempo para llenar de ellas los dos jarros y hacer el trayecto del monte al valle.</p>
<p>En la casa rectoral habían llegado visitas: la hermana del señor cura, con su marido e hijos. Cada vez que venía Palko, le daban un pedazo de pan, carne o torta; y un día que había llegado a las doce le dieron una comida como no la había tenido en su vida. Viendo que apretaba un poco de carne para su abuelo, la cocinera añadió otra buena tajada. Dunaj también había participado en estas larguezas, de tal modo que respiraba con alguna dificultad al regresar a las alturas. Juriga quedó muy complacido de que el niño hubiese pensado en él.</p>
<p>— Puedes estar seguro de que me acordaré de esto Palko — dijo al contar el dinero de las fresas — Pondré este dinero aparte para ti; sigue haciendo buenas recolecciones de frutas mientras las hay, y para el invierno, cuando tengas necesidad de calzado, podremos comprarte zapatos y polainas.</p>
<p>Así, pues, Palko se dedicaba con diligencia a su recolección renunciado a las buenas tajadas que alcanzaba para poder ir con más frecuencia a sumirse en la lectura de las páginas sagradas. ¡Si la gruta no estuviese tan lejos, o si hubiese tenido el libro en casa, ya habría sabido hallar un poco de tiempo! Pero como el libro no era suyo, no se creía con derecho a llevárselo.</p>
<p>Por eso, con gozo veía llegar el domingo. El día anterior había descubierto un sitio en que abundaban las fresas, y al aparecer el alba, salió acompañado de Dunaj, que perseguía liebres y lagartos mientras su amigo cogía las frutas.</p>
<p>— Pero, ¿por qué — se preguntaba a sí mismo el niño — se halla repetida la misma historia en el libro? Sin duda para que se fije más la atención en ella.</p>
<p>Además de esto, había también pormenores nuevos, como, por ejemplo, en lo del paralítico a quien sus amigos bajaron por el techo a los pies de Jesús para que le sanara, y que a las gentes de por allí les parecía mal que le perdonara sus pecados.</p>
<p>¿Qué es un pecado? Ayer, el señor rector había explicado en su presencia, a los hijos de su hermana, que era pecado ir a robar frutas en los huertos ajenos. ¿Quién sabe si aquel enfermo no habría ido tal vez a robar manzanas, cayéndose allí de un árbol, y ésta sería la causa de su enfermedad? Pero, en este caso, ¿por qué es Jesús quién le da su perdón? ¿No debía hacerlo la persona robada? Y si yo cometo una mala acción, ¿será preciso también que Jesús me perdone? No cabe duda, puesto que está escrito que tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados.</p>
<p>Entonces, interrumpiendo por un momento su trabajo, el niño juntó las manos, y alzando los ojos hacia el cielo brillante dijo:</p>
<p>─ He pecado ya muchas veces, y hasta ahora nunca te he pedido perdón. Señor Jesús, puesto que tienes poder para ello, ruego que me perdones también a mí! &#8230; Te doy gracias — prosiguió al cabo de un rato, después de reanudar su trabajo, porque de veras me has perdonado, a pesar de que yo haya cometido ya muchas maldades. Yo no tenla antes ninguna idea de lo malo que era. ¿No he roto el bastón de mi abuelo Razga para que no pudiese pegarme más? Yo he robado al tío su látigo, y huevos a la tía; por cierto que me han castigado bien por esto; pero debo confesar que aquello que he hecho era muy malo. Mas, ¿qué puede significar esta palabra del Señor Jesús: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico”; y “no he venido a llamar justos, sino pecadores, al arrepentimiento?” ¿Qué es arrepentimiento? Las gentes que venían a Jesús manifestaban su arrepentimiento confesando sus pecados. Supongo que cada uno diría el mal que había hecho, y entonces Jesús le perdonaba. Así, pues, todos los hombres que están en la tierra deben decirlo todo a Jesús para que les perdone. Y seguramente que lo hacen; sólo yo, pobre niño ignorante, nunca he sabido nada de esto, porque soy todavía pequeño. Voy en seguida a preguntar al abuelo, hoy mismo, si Jesús ya le ha perdonado todo.</p>
<p>En poco tiempo llenó Palko sus dos jarros con fresas, e hizo una buena cosecha de hongos.</p>
<p>— Ven acá, Dunaj; tenemos que ir deprisa. Deja en paz los pajarillos; ¿quién sabe sino es también un pecado espantarlos de esta manera? ¡Pobrecitos, qué azorados vuelan! Si fuese yo el que así los asustase, cometería seguramente un pecado; a ti, que eres sólo un perro, aun se te puede dispensar &#8230;</p>
<p>Poco conmovido por este sermón, Dunaj siguió su camino, trotando alegre delante de su pequeño camarada.</p>
<p>Cuando salieron del bosque, fueron alcanzados por Liska. La aldea se extendía delante de ellos, al pie de los montes.</p>
<p>— ¡Hola! ¿Adónde vas tan temprano?</p>
<p>— Tiíto, voy a llevar fresas a la rectoría.</p>
<p>— Anda, muchacho; pronto te habrás ganado tus botas.</p>
<p>— Y usted, tiíto, ¿adónde va?</p>
<p>— ¿Yo? A confesarme. Mucho tiempo hace que no he ido; pero es preciso de vez en cuando arreglar lo de los pecados.</p>
<p>— Tiene razón — Y al decir esto, los ojos azules del niño brillaban de gozo — Así, pues, ¿usted ha arreglado ya la cuestión de sus pecados? Usted ha dicho también a Jesús todo el mal que ha cometido, y entonces Él se lo ha perdonado, como, el paralítico de allí, ¿no es verdad?</p>
<p>— ¿Qué quieres decir, muchacho? Acabo de decirte solamente que voy ahora a confesarme.</p>
<p>─ ¿Qué es eso de confesar?</p>
<p>— Pues que ya voy a la iglesia, y el cura me da la absolución, me perdona mis pecados.</p>
<p>— ¡El cura! ¿Tiene derecho y poder para ello?</p>
<p>— ¡Vaya un niño más gracioso! ¿Cómo puedo yo saberlo? De esto no me preocupo. Soy un pecador, y conviene ir a confesarme dos o tres veces al año; espero que Dios me recibirá en gracia.</p>
<p>— ¿Por manera que no sabe con seguridad si tiene este poder? Siendo así, cuando salga de la iglesia, ¿sabrá si sus pecados le son perdonados?</p>
<p>— ¿Quién puede saberlo antes de su muerte? Cuando hayamos muerto, entonces sabremos a qué atenernos.</p>
<p>— Mire, tiíto, si usted fuese a Jesús, Él le perdonaría tan seguramente como a aquel paralítico que había bajado del techo con cuerdas.</p>
<p>— ¿De Jesucristo hablas? Pero, niño, para nosotros, que somos gente sencilla e ignorante el cura es como el Señor Dios en la tierra. Todo lo arregla por nosotros. Yo, la única cosa que tengo que hacer es dirigirme a él.</p>
<p>— ¿Le ha dicho también Dios al cura: “Este es mi Hijo amado, oídle?”</p>
<p>— ¿Qué te ha pasado, muchacho, que me trastornas con tus preguntas?</p>
<p>— No lo tome a mal, tío. — Y los ojos azules y límpidos del niño miraron penetrantes los del hombre — Es que, cuando he pedido hoy al Señor Jesús que me perdone mis pecados, lo ha hecho. ¡Si usted supiera cuán feliz estoy! &#8230; Pero veo que se dirige usted hacia la parte alta de la aldea; pues bien, vaya con Dios.</p>
<p>Por algunos momentos, Liska siguió con la mirada al muchachito.</p>
<p>— ¡Vamos! — decía meneando la cabeza — Cristo le ha perdonado sus pecados &#8230; Y, ¿qué pecados? Aun no ha cometido ninguno este buen chiquillo. ¡Ojalá pudiera yo poseer esta seguridad! Y eso que el Señor Dios ya tendrá algunas cositas que perdonarme, pues un hombre como yo le ha ofendido más de cuatro veces. Pero, ¿qué puede saberse de cierto sobre esto? Vamos a confesamos, porque nuestros antepasados lo han hecho antes que nosotros, y esto nos parece bueno y conveniente. Y ahora, ¡hete aquí que este niño pregunta si el cura tiene los poderes necesarios para darnos la absolución! El cura lo afama delante del altar. “Yo, como servidor de Dios, os declaro, en virtud de mi sagrada función, que vuestros pecados os son perdonados”. Claro está que debe tener tal derecho, así son las cosas, y es de creer que son como deben ser. ¿A qué devanarme los sesos por las palabras de un niño?</p>
<p>Y alzando la cabeza, Liska volvió a encaminarse hacia el templo, que se iba llenando de fieles, llegando todos con el mismo propósito, aunque sin saber más que él sobre este asunto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>***</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entretanto, Palko había llegado a casa del cura, y hallando abierta la puerta al extremo del jardín, aprovechó la oportunidad para ahorrarse camino y tiempo. Pero sucedió que de esta manera se encontró con el señor rector, el cual se paseaba entre los árboles frutales; éste, aunque joven todavía, empezaba a tener canas. Y su cara estaba pálida y demacrada.</p>
<p>Palko le besó la mano, conforme se lo había recomendado el abuelo.</p>
<p>─ ¡Ah! ¿Ahí vienen las fresas prometidas? ¿Supongo que las habrás cogido anoche?</p>
<p>─ No, señor, están muy frescas; las he cogido esta misma mañana, y me he levantado para esto antes de la salida del sol.</p>
<p>─ Ya veo que se podrá sacar algo de ti, puesto que no temes el trabajo. Llévalas a la cocina, y di que te den un buen almuerzo, y que soy yo quien lo manda. Pero deja aquí tu perro, para que no ahuyente el gato de la casa.</p>
<p>Aquel día todo le salía a Palko maravillosamente. En primer lugar, había hallado fresas en abundancia; después, el señor rector había sido muy bueno con él, y, por fin, le habían dado en la cocina un almuerzo tan abundante, que ya no necesitaba comer nada más en todo el día. Además, habían metido en su saquito las sobras de la cena anterior con un pedazo de pan; todo esto sin olvidarse de pagarle a buen precio sus fresas y hongos.</p>
<p>─ Aguarda un poco, Dunaj — dijo a su camarada, a modo de consolación, al volver al jardín — tan pronto como estemos en la montaña, tendrás tú también tu almuerzo, que tengo una buena ración para ti.</p>
<p>Y Dunaj saltaba, olfateando el saquito, no muy satisfecho de haber sido detenido en el jardín por el señor rector.</p>
<p>— Vamos, niño, ¿has almorzado? — preguntó éste.</p>
<p>— Sí, señor; le doy infinitas gracias.</p>
<p>─ ¿Te han pagado? Enséñame cuánto te han dado. ¿No es mucho por unas cuantas fresas?</p>
<p>Asustado con esta pregunta, el niño dirigió al cura una mirada ansiosa para ver si hablaba en serio; pero no era posible leer nada en su impasible fisonomía.</p>
<p>─ Yo no sé — dijo algo cortado — el abuelo me ha dicho que pida esto, y había también hongos.</p>
<p>— Así, pues, ¿este dinero es del abuelo?</p>
<p>— No, señor; es mío propio. El abuelo lo pone aparte para comprarme zapatos, forrados de piel, y botas. Si yo pudiese ganar bastante dinero para comprar todavía una camisa bordada de mangas anchas, ¡qué contento estaría! &#8230; pero seguramente cuesta muy caro.</p>
<p>─ Es cierto ─ replicó el señor rector con tono impresivo — Pero voy a ayudarte a lograrlo más de prisa, regalándote un primer pequeño capital de fundación — Y algunas piezas de níquel vinieron a hacer compañía a las monedas de cobre en la bolsita de Palko — Y puesto que siempre nos trae fresas, quiero que pruebes también nuestras frutas.</p>
<p>Al decir esto, dió un par de peras al niño. Tan pronto como éste las probó, se le hizo la boca agua, y decidió llevar una al abuelo. Dando, pues, cortésmente las gracias dió algunos pasos para salir. Pero de repente, mudando de idea, volvió atrás.</p>
<p>─ ¿Qué tienes, muchacho? ¿Has olvidado algo? — preguntó con benevolencia el cura.</p>
<p>— No, señor &#8230; Usted es un cura, ¿no es verdad? y las gentes vienen a confesarse con usted. ¿Es cierto que tiene el poder de perdonar los pecados?</p>
<p>A esta inesperada cuando directa pregunta, el señor rector pareció un poco aturdido.</p>
<p>— ¿Tienes deseo de confesarme alguna cosa, hijo mío?</p>
<p>─ ¿Yo? No, señor — y los ojos del niño estaban radiantes — Mire usted, yo he hecho lo mismo que las gentes hacían allí en el Jordán, yo lo he confesado todo a Jesús, y Él me ha perdonado, estoy segurísimo. Sólo, pues, lo pregunto a causa de los demás, y quisiera saber lo que hay de esto, porque no han oído todavía que Jesús está dispuesto a perdonarles también todos sus pecados con sólo que vayan a Él. ¿Puede usted perdonarlos, señor cura? ¿Tiene usted poder para esto? ¿Le ha dicho Dios también: “Este es mi Hijo amado, oídle?”</p>
<p>Puesta la mano sobre la rubia cabeza del niño, el cura dirigía una mirada penetrante a sus ojos azules tan puros. Gran amigo del pueblo, tenía un amor especial a los niños; afirmaba a menudo que las gentes del pueblo forman el núcleo de la nación cuyo porvenir reside en los niños. En aquel pobre niño, hijo de un campesino, sentía palpitar un alma elevada.</p>
<p>─ No, hijo mío; nuestro Señor no me ha hablado de esta manera, y no hubiera podido hacerlo, siendo así que sólo Jesucristo es el Hijo único de Dios. Aquel a quien debemos oír. El poder que Él poseía, yo no lo tengo. La única cosa que puedo hacer es asegurar a las gentes que el buen Dios les perdonará sus pecados, si están decididos a hacer muchas obras buenas.</p>
<p>— ¿De modo que el cura no puede arreglarlo todo como Dios para las personas?</p>
<p>─ Seguramente que no. ¿Quién te ha dicho semejante absurdo?</p>
<p>— El tío Liska. Pero a usted mismo, nuestro Señor ciertamente le perdonará, si se lo pide, puesto que hace tantas obras buenas: usted me ha dado el almuerzo, y además dinero para la camisa Estoy seguro de que usted obedece a Dios y al Señor Jesús.</p>
<p>─ Ya tocan la campana, Palko; es preciso que me vaya.</p>
<p>Y el cura se apresuró a volver a casa, haciendo con la mano una señal amistosa al niño que, acompañado de Dunja, se encaminó hacia la montaña.</p>
<p>“Estoy seguro de que usted obedece al Señor Jesús”. Mientras el cura oficiaba, aun oía resonar estas palabras en el fondo de su alma. “Lo que este niño ha expresado es el suspiro de mi corazón desde mi juventud. A pesar del mucho bien que hago a otros, conozco que no os obedezco, ¡oh Hijo de Dios! Mis pecados no son perdonados, y sé que los infelices que confesaré hoy no hallarán el perdón ni la paz. Y, sin embargo, siendo funcionario de la Iglesia, debo obrar así. ¿De dónde ha sacado este niño aquella seguridad absoluta, aquella confianza en Cristo con la cual dice: “Me ha perdonado?”</p>
<p>Abismado en sus reflexiones, el cura tomó su breviario, que acertó a abrirse precisamente por aquel pasaje del Evangelio de San Mateo, en el que el ángel dice a José: “Llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados”. Estas palabras se posesionaron de él con tarta fuerza, que casi hubiera olvidado que sus feligreses le esperaban.</p>
<p>“¡La redención, la liberación del poder del pecado; por esto suspiro sin poder lograrlo! Jesucristo la ha traído al mundo, pero, ¿qué he de hacer para ir a Él?”</p>
<p>Mientras el cura Malina, con corazón agitado y espíritu distraído cual si estuviese ausente, oficiaba en la iglesia, el niño Palko se sumía de nuevo en su acostumbrada lectura; las horas pasaban rápidas. Una tempestad se iba preparando: el sol alumbraba todavía uno de los lados de la montaña, cuando ya los rayos centelleaban y el torneo retumbaba en el lado opuesto. Pero, como el sol inundase todavía con su luz el “País del Sol;” Palko proseguía su atractiva lectura que tanto cautivaba su espíritu.</p>
<p>Por el solitario sendero subía un hombre, inclinada la cabeza hacia el suelo; era Lesina. Caminaba con paso rápido, y, buscando un abrigo contra la lluvia que se acercaba, concedía poca atención al país tan pintoresco que recorría. La nube de tristeza que sombreaba su frente parecía más obscura que las que se amontonaban en el horizonte.</p>
<p>Era también un día de tempestad aquel en que, muchos años antes, había cometido una falta que jamás podría reparar, ni siquiera con una vida entera irreprensible, y cuyo recuerdo no lograba alejar de su pensamiento; de día le perseguía en medio de su trabajo; por la noche le impedía dormir. En aquel momento no podía librarse de su importuno recuerdo, y el ruido formidable del trueno le parecía un redoble fúnebre acompañando a la tumba su más preciado tesoro.</p>
<p>Gruesas gotas de lluvia, presagio de un fuerte chubasco, empezaban a caer, y Lesina miraba por todos lados, tratando de descubrir algún abrigo donde resguardarse, no para protección de su propia persona, harto acostumbrada a las inclemencias del tiempo, sino para la de sus vestidos de fiesta. Felizmente, a unos veinte pasos de distancia divisó una peña; tal vez haya posibilidad de guarecerse allí. Se acerca, y se halla de repente a la entrada de la cuevita, en presencia de un espectáculo tan encantador como inesperado, que contempla a la luz de los rayos: allí, sentado en el suelo, y un brazo echado al cuello de Dunaj, está Palko, absorto en la lectura de un libro colocado delante de él sobre un banquillo de piedra.</p>
<p>Lesina tenía poco cariño a este niño, al cual no podía ver sin sentir su corazón oprimido de dolor. Es que él también en años anteriores, había poseído un hijito, el cual había perdido por su propia culpa; las amargas lágrimas que sobre él había derramado no le habían devuelto su dulce tesoro &#8230; En este momento, arrimado a la peña, no podía apartar su vista de Palko. “La misma altura que mi Misch Ko, sí &#8230; , ¡ay!” El corazón destrozado, cubrió su cara con sus manos callosas. Se sentía atraído de una manera misteriosa hacia este niño, y le parecía que debía estrecharle contra su corazón.</p>
<p>En aquel momento brilló un rayo, acompañado casi instantáneamente de un fuerte estampido de trueno, que despertó a Dunaj, el cual, alzando la cabeza y aguzando las orejas, olfateó a su amo, y corrió a él meneando el rabo de contento.</p>
<p>— ¡Tío Lesina! — exclamó Palko, enderezándose alegremente, ¿cómo ha hecho usted para venir aquí?</p>
<p>Cuando ruge la tempestad, da siempre gusto no hallarse solo; así es que Palko había olvidado su natural timidez.</p>
<p>— He venido buscando un abrigo; y tú, ¿qué haces aquí?</p>
<p>De seguro que era la primera vez que Lesina hablaba amistosamente al niño.</p>
<p>— Ya se lo diré, tiíto; pero acérquese primero un poco. Bien, así estará usted en seco. Vamos, siéntese; mire mi banco y mi mesa.</p>
<p>— Esto parece, en efecto, una habitación. Pero no me has dicho todavía lo que estás haciendo aquí. ¡Y el abuelo que te cree en busca de fresas y hongos!</p>
<p>— Hace ya tiempo que está hecho ese trabajo y que he vuelto de la aldea.</p>
<p>— Pero, ¿has tenido algo que comer?</p>
<p>— Sí, en la rectoría me han dado un espléndido almuerzo; ¿qué te parece, Dunaj?</p>
<p>El perro, en su excitación y contento, agitaba su rabo, y se relamía el hocico con la lengua.</p>
<p>— Bien, pero son ahora las cuatro de la tarde. ¿Por qué quedarte aquí todo el día en vez de volverte a casa?</p>
<p>— Yo no he tenido tiempo. Siendo domingo, el abuelo no me necesita, y debo darme prisa para llegar cuanto antes al fin de este santo libro &#8230; ¡Oh, qué trueno! Tiempo atrás, las tempestades me daban un miedo terrible; pero desde que sé que el Señor Jesús está siempre conmigo, no tengo miedo alguno &#8230; ¡ Chitón, Dunaj! Es como si nuestro buen Dios nos hablase.</p>
<p>Lesina no podía apartar su mirada de Palko. “¡Qué niño tan amable! ¡Cómo puede ser que yo no haya sabido verlo hasta ahora! &#8230; “</p>
<p>— ¿Qué tienes ahí? Enséñame &#8230; ¡Un Nuevo Testamento! ¿De dónde lo has sacado? No lo tenías en la choza.</p>
<p>— No, pero voy a contárselo todo, desde el principio, si quiere.</p>
<p>— Vamos, te escucho.</p>
<p>Sentándose a la gitana, con Dunaj a su lado, Palko principió su narración, que Lesina escuchaba con vivísimo interés, y le explicó de qué manera había descubierto a la vez este País de Sol y este santo libro, y cómo buscaba ahora en él el camino que conduce al verdadero País del Sol.</p>
<p>Abriendo el libro, en la primera página, Lesina consideró con atención el epígrafe manuscrito.</p>
<p>— ¿Qué has leído hoy? — dijo, interrumpiéndole.</p>
<p>— Un buen trozo, hasta el lugar en que se cuenta que de tal manera le han torturado, que murió de resultas de esto. Después vendrá, sin duda, algo de su resurrección. Quisiera llegar hoy hasta el fin del libro titulado “El Evangelio de San Marcos”.</p>
<p>— Tan pronto como las nubes se disipen lo suficiente para poder ver, te leeré lo que falta; no será muy largó. — aseguró Lesina.</p>
<p>Parecía que el sol oyera estas últimas palabras, pues un rayo de luz atravesó por medio de las nubes, aunque la lluvia seguía cayendo copiosamente.</p>
<p>Lesina no pudo menos de sonreírse.</p>
<p>— Pues bien, puesto que otra vez es de día, siéntate y escucha &#8230; No, aguarda; la lluvia no nos molestará más; pongámonos a la entrada de la puerta.</p>
<p>Y se situaron, Lesina a un lado, Palko al otro y Dunaj entre ambos, cual si su presencia fuese indispensable. A sus pies se extendía el País de Sol; encima de sus cabezas se cruzaban los relámpagos; al poniente resplandecía el sol, y al oriente, un magnífico arco iris figuraba la puerta del cielo. El benéfico aguacero disminuía poco a poco; gotitas de agua, verdaderos diamantes colgando de las hierbas brillaban a millares en la pradera. Lesina leía la descripción de aquella maravillosa mañana de Pascua, en la cual las tres mujeres hallaron, no el cadáver de su amado Señor, sino la pesada piedra revuelta, la tumba vacía, y el ángel que les transmitió este glorioso mensaje: “Él crucificado vive, y va a esperar a los suyos a Galilea”. Leyó también que el Señor apareció resucitado, primero a María de Magdala, y la envió a los discípulos, mas ellos no la creyeron; después, a los dos viandantes; por fin, a los once, censurándoles por no haber creído a los que le habían visto, y dándoles entonces orden de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio. Y después, ¡oh!, después leyó también algo que dejó maravillado a Palko, y es que Jesús fué elevado al cielo, donde se sentó a la diestra de Dios.</p>
<p>Palko contempló el firmamento: ahora sabía adónde se había ido Jesús, y por qué, aunque vivo, no estaba más en la tierra. Estaba allí arriba, detrás de aquella hermosa puerta. ¡El Padre celestial tenía arriba un trono glorioso, y Jesús estaba sentado a su lado!</p>
<p>— ¡Ahora comprendo! — exclamó con acento de triunfo — Allí arriba, detrás de aquella puerta, es donde se halla el verdadero País del Sol; esto de aquí no es más que el límite, los alrededores; ¿no es así, tiíto?</p>
<p>Lesina no contestó, por más que le pareciese que el niño tenía razón. La Palabra de Dios no era para él cosa desconocida; había sido el mejor alumno de la escuela; y el mejor catecúmeno también; sabía a qué lugar se había ido Jesús; solamente qué no había reflexionado nunca en ello. Cristo le era tan indiferente y extraño como lo es para miles y miles de otras personas criadas en el conocimiento del Evangelio, que saben todo cuanto les concierne, pero nunca piensan en Él en toda su vida.</p>
<p>— ¡Oh! — suspiraba Palko — ¡si solamente pudiera yo llegar pronto al fin de mi libro! Pero es preciso leerlo línea tras línea y palabra tras palabra, y esto no va de prisa, y tampoco me atrevo a omitir nada, no sabiendo en qué página se describe el camino.</p>
<p>— “Yo soy el camino, y la verdad y la vida”. Lesina se acordó de esto y pronunció dichas palabras.</p>
<p>— Sí, esto lo he leído, pero no entiendo lo que quiere decir con esto. ¿Será que vendrá a enseñarme el camino, y tomarme por la mano para darme plena seguridad de que no lo erraré?</p>
<p>Es muy fácil que sea eso; sin embargo, si está tan lejos de nosotros, arriba &#8230; Acabamos de leer que se sentó a la diestra Dios.</p>
<p>─ El niño alzó asustado los ojos hacia aquella hermosa puerta del cielo que estaba, en efecto, arriba, muy lejos, mientras que él se hallaba aquí abajo en la tierra. ¡A qué distancia tan grande debía de estar Jesús!</p>
<p>— No se apure por eso, tiíto — exclamó de repente; y su mirada brillaba de nuevo de gozo — No está únicamente arriba. ¿No hemos leído lo que prometía a sus discípulos: “He aquí, estoy con vosotros hasta el fin del mundo?” Su morada, sí, la tiene arriba; pero Él vive cerca de nosotros, y en este momento mismo está aquí con nosotros.</p>
<p>— ¿Con nosotros? ¿Dónde? — replicó Lesina con acento de incredulidad.</p>
<p>— ¡Oh! Le ruego que no hable así, tiíto — dijo Palko con suavidad — Temo que esto le aflija. Usted ha leído cómo reprendió a los que no creían, “censurándoles su incredulidad”. Puesto que Él lo ha dicho, lo creo. Puesto que el mismo rey de los gnomos, con sólo decir: “Niebla por delante, niebla por detrás”, se hacía invisible en el acto, ¿por qué no lo podría Él decir? Yo tengo fe en Él.</p>
<p>En lontananza se oyó el retumbar de un trueno que parecía un solemne amén.</p>
<p>— Pues bien, ¿quieres que continuemos nuestra lectura para llegar pronto al final del libro?</p>
<p>— ¡Oh!, sí, tiíto; por favor. Usted lee tan bien, con tanta claridad, que entiendo mucho mejor cada palabra.</p>
<p>Dos, tres horas transcurrieron sin que apenas lo notasen. Cuando por fin Lesina cerró el libro, había cesado de llover hacía mucho tiempo y los caminos estaban bastante secos.</p>
<p>La sorpresa de Palko había subido de punto a cada paso en esta lectura. ¡Qué historias tan hermosas contaba el Evangelio de San Lucas, de las cuales los dos primeros no habían hablado palabra: el nacimiento de Juan; el de Jesús, la aparición de los ángeles a los pastores en los campos, y la manera como éstos hallaron al niño en el pesebre! Palko casi lloraba de gozo, tan bello era aquello. Y después, a los doce años de edad, Jesús había hecho el viaje a Jerusalén.</p>
<p>— Nunca me había figurado que hubiese sido también un niño como yo — decía Palko a Lesina — sería sin duda muy obediente, y se captaría el amor de todos.</p>
<p>La admiración de Palko obraba de rechazo en el ánimo de Lesina. Le parecía que leía estas cosas por primera vez, y le regocijaban el corazón.</p>
<p>— ¿Por qué dejar aquí este libro? — dijo cuando estuvieron a punto de salir — Tomémoslo; leeremos cada día algunas páginas, y aprovechará también al abuelo. El domingo podrás llevártelo, y cuando hayamos acabado lo traeremos otra vez acá.</p>
<p>Palko asintió plenamente a esta proposición.</p>
<p>— Yo no me había atrevido a llevarme a casa este santo libro — decía caminando — pero si usted cree que el Salvador no me lo tomará a mal, yo estaré muy contento de ello.</p>
<p>Ya era tarde cuando llegaron por fin a la choza; pero como Palko venía en compañía de Lesina, el abuelo no le riñó. Le dio de cenar, y se alegró muchísimo viendo el dinero de las fresas y la magnífica pera que le traía.</p>
<p>Aquella noche Palko soñó que veía un hermoso niño, el cual le hacía señas con la mano y le llamaba diciéndole: “Sígueme, que voy a llevarte al País de Sol”. Después de subir detrás de su guía por la cuesta escarpada de una montaña, distinguió en la cumbre tres cruces, en una de las cuales estaba clavado por las manos y los pies el hermoso niño mismo: era Jesús. Palko echó a llorar tan ruidosamente, que Lesina juzgó que debía despertarle.</p>
<p>— ¿Por qué lloras, qué tienes?</p>
<p>— ¡Oh, tiíto, esto debe haberle hecho mucho daño, pero muchísimo! No puedo pensar en ello.</p>
<p>— Está soñando — dijo para sí Lesina.</p>
<p>─ Oh, mi Jesús, mi buen Jesús, mi buen Jesús! — decía el niño a media voz — ¡Cómo han tenido aquellas gentes la crueldad de hacerte sufrir tanto! Puesto que todo lo puedes, te suplico me hagas comprender por qué no te ha salvado tu Padre celestial, Él que tanto te amaba.</p>
<p>Palko se había dormido hacía largo rato, al paso que Lesina permanecía todavía con los ojos abiertos, perseguido por las palabras del niño. Sí, ¿por qué había tenido Cristo que sufrir y morir, y por qué le había Dios abandonado? Por fin, se acordó del epígrafe de la primera página; “Lee con atención, línea tras línea: te enseñará el camino”. ¿No podría traerle también la respuesta a las preguntas que a pesar suyo, venían a agitar su alma?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>***</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Desde entonces, cada día en la choza de Juriga leyeron un trozo del santo libro, empezando en el punto en que habían quedado aquel domingo, y dedicando gustosos a está lectura la hora que después de la comida aprovechaban antes para la siesta.</p>
<p>El anciano Juriga oía con gran admiración a Lesina, que leía casi tan bien como un maestro de escuela. Habló a Liska de aquel libro descubierto por Palko; con el extraño epígrafe de la primera página, lo cual despertó su curiosidad, de modo que vino también a escuchar la lectura, y siguió asistiendo sin faltar. Al principio, los dos viejos fumaban la pipa durante aquellos instantes, pero la  Palabra de Dios llenó de santo respeto sus corazones, tanto que dejaron de fumar, y aun se quitaron los sombreros para oír la lectura. Claro está que eran verdades antiguas, que habían conocido antes, en parte al menos; pero leídas así, palabra tras palabra y línea tras línea, les parecían del todo nuevas y de un precio infinito. Si alguien les hubiera regalado el libro, no le habrían dedicado tal vez tanto interés; pero en el misterio mismo de aquel hallazgo, así como de la fe tan viva y robusta del niño, algo había que les constreñía, hasta cierto punto, a creer ellos también, y después de terminar su diario trabajo, Liska y Juriga conversaban todavía acerca de las sagradas verdades.</p>
<p>— Desde que su niño me ha preguntado si el cura tiene de veras el derecho de perdonar los pecados, no puedo dejar de pensar en ello. No cabe duda de que él no pudo ser para nosotros, bien que sencillos aldeanos, el Señor Dios mismo, como yo me lo figuraba. Harto conozco que no estoy perdonado y reconciliado con Dios, y no puedo menos de preguntarme para qué sirve ir a confesarse.</p>
<p>— Tal vez descubramos por medio de este libro la verdad sobre esto ─ opinó Juriga, inclinando con aire pensativo su encanecida cabeza.</p>
<p>— Mire usted, tío; cuando Lesina nos leyó el otro día lo del paralítico, yo hubiera querido ser aquel hombre para que me llevaran de igual manera a Jesús y que me perdonara. ¡De buena gana iría yo hasta el extremo del mundo para encontrarle!</p>
<p>Después de la lectura del capítulo décimo (de San Lucas), Palko preguntó:</p>
<p>— Abuelo, el rincón en que duermo es algo como mi casa y mi habitación, ¿no es verdad?</p>
<p>─ Sin duda — dijo el anciano sonriéndose — es tu palacio y el de Dunaj.</p>
<p>— ¡Oh, mil gracias! — contestó alegremente el niño, muy satisfecho de la respuesta.</p>
<p>Pero, por la noche, cuando regresaron los dos hombres, no quedaron poco sorprendidos al observar la transformación que Palko había hecho en su palacio. El sitio estaba barrido con esmero, el lecho puesto en perfecto orden en un ángulo de la casa, en el otro se veía un jarro, aunque algo mellado, lleno de flores acabadas de coger, mientras ramitas verdes adornaban la puerta como es costumbre por Pentecostés.</p>
<p>— ¡Toma! ¿Estás esperando una visita? — le dijo amistosamente Lesina.</p>
<p>— Sí, tiíto; Él va a venir a hablar con nosotros, puesto que le he recibido en mi casa, como Marta.</p>
<p>Una sonrisa acogió esta respuesta. Sin embargo, tal era el contraste entre el desorden que reinaba en la otra parte de la choza y el bonito cuartito dispuesto por Palko, que los dos hombres pusieron también manos a la obra para arreglar la habitación, y que Juriga dio orden a Palko de barrer cuidadosamente toda la casa.</p>
<p>Palko creía con fe infantil que el Señor había venido efectivamente. Aunque sin verlo, se le hacía siempre sensible su presencia, y, sea que fuese a coger las fresas, frambuesas y hongos, o que bajase a la aldea a venderlas, oraba sin cesar: “Señor Jesús, ven conmigo, que yo no puedo ir sin Ti”.</p>
<h1>VII Donde Lesina declara su pasado</h1>
<p>Han transcurrido algu-nas semanas. Es domingo. Lesina se dispone a volver a su domicilio, y los carreteros vendrán mañana para el traslado de sus maderas; pero regresará pronto, con el objeto de quedarse unas cuantas semanas más.</p>
<p>— Yo preferiría no marcharme ─ decía — ¡es tan bueno vivir en la paz de la montaña!</p>
<p>— Hijo — contestó pensativo Juriga — me parece que sólo desde que leemos la  Palabra de Dios se está bien aquí. ¿No has dicho que posees en tu casa la Biblia entera? Podrías traérnosla..</p>
<p>— No tengo incon-veniente, pues nadie hace uso de ella.</p>
<p>— ¿Eres el único en tu casa que sepa leer?</p>
<p>— Mi madre, apenas si sabe deletrear.</p>
<p>— ¿Y tu mujer? Tiempo hacía que Juriga tenía esta pregunta en la punta de la lengua, pero aguardaba una ocasión propicia; y como Lesina tardase en contestar, repitió: — ¿No tienes mujer?</p>
<p>─ Sí, tengo — dijo con un acento que denotaba que la pregunta había dado en un punto para él doloroso.</p>
<p>Se habían sentado en el bosque. Lesina apretaba su cabeza entre sus manos.</p>
<p>— ¿No sabe leer? — continuó Juriga — Vosotros los jóvenes habéis tenido que asistir todos a la escuela, pues no van hoy las cosas como en tiempo de nuestra niñez.</p>
<p>— Sí que sabía leer — replicó Lesina con tristeza.</p>
<p>Todo estaba silencioso alrededor de ellos, como si la Naturaleza se asociase al duelo que se leía en las facciones de aquel infeliz.</p>
<p>— ¿Qué dices? ¿Sabía leer y ahora ya no sabe?</p>
<p>— No, no sabe, ya no sabe nada, ¡ay de mí! Le ruego no me haga más preguntas; es demasiado honoro.</p>
<p>Juriga conoció que decía la verdad, y se sintió movido de compasión por él, pues le quería como a un hijo. Sin embargo, a pesar de haber hecho vida común durante algunas semanas, el anciano no había sospechado que el corazón de su joven amigo abrigase tan amargo dolor.</p>
<p>— Mira, hijo — le dijo cariñosamente — muchas veces es bueno desahogarse en un amigo. Tu pesada carga sería tal vez menos abrumadora si no fueras solo para llevarla.</p>
<p>— ¡Ay! No hay medio alguno de hacer más ligera mi carga; lo hecho no puede deshacerse.</p>
<p>A estas palabras sucedió un silencio penoso, que el anciano interrumpió.</p>
<p>— ¿Dónde puede estar mi chico?</p>
<p>— ¿Palko? — Lesina pareció salir de un sueño desagradable — Hace poco le he visto tomar el camino de su País del Sol, con su Testamento en la mano, y seguido de Dunaj.</p>
<p>— Ya no sabe pensar en otra cosa que en las Sagradas Escrituras. Es admirable la manera como las recibe.</p>
<p>— Es verdad — confirmó Lesina, que permanecía con la cabeza apoyada en ambas manos — Me recuerda a aquel joven que el Señor Jesús dió como ejemplo a sus discípulos. Cree cada palabra de las Escrituras.</p>
<p>— ¿Supongo que nosotros también?</p>
<p>─ ¡Ay! No, tío — respondió el joven meneando la cabeza — Nuestra vida sería muy distinta de lo que es, si creyéramos de veras. Por ejemplo, ¿cree usted con toda su alma que sus pecados le son perdonados por el amor de Jesucristo?</p>
<p>— En cuanto a esto, mira — y el anciano se frotaba la cabeza con la mano — no lo veo muy claro, hijo. Nuestro Señor Dios es santo, yo soy pecador; esto se me ha hecho muy evidente desde que este santo libro ha llegado a nuestra casa, y que mi chico ha sido transformado; él, sí, que tiene esta fe.</p>
<p>— Si lo cree, tío, es que ha recibido efectivamente este perdón.</p>
<p>— ¿Y tú, hijo mío?</p>
<p>— ¿Yo? — Lesina inclinó aun más la cabeza — No, yo no tengo el perdón de mis pecados, pesan sobre mi alma al igual que si esta montaña hubiese caído sobre mi pecho. Aquí, con usted, aun puedo pasar; pero tan pronto como estoy en casa y tengo a la vista las consecuencias de mi pecado, pudiera decir como Job: “¡Perezca el día en que yo nací!”</p>
<p>— Pero, vamos, ¿qué crimen has cometido? ¡Tú que eres un hombre tan honrado que apenas se hallaría otro semejante! — Y Juriga le apretó la mano con simpatía.</p>
<p>— ¿Lo que he hecho, tío, lo que he hecho? — Con un ademán impetuoso Lesina ocultó otra vez su cara en sus manos — ¡He hecho perder el uso de la razón a mi mujer!</p>
<p>— ¿Qué dices, .infeliz? ¿Cómo ha sucedido esto? ¿No la querías, pues, o la pegabas, como hacen tantos hombres?</p>
<p>— Yo la quería, al contrario, entrañablemente; no tenía tesoro más querido en el mundo — gimió Lesina — ella lo era todo para mí.</p>
<p>— Pero, entonces, ¿cómo has podido hacerle perder el uso de la razón?</p>
<p>─ Yo tenía celos, y me figuraba siempre que alguien me la quería arrebatar. Bien sé hoy que me era fiel y que su corazón me pertenecía enteramente. Pero en aquel tiempo yo era incapaz de fiarme de ella, ni podía soportar que hablase con nadie de una manera afable. Aquello era una obsesión enfermiza, que hasta tal punto me dominaba, que yo ya no era dueño de mí mismo, y, por añadidura, personas había que me excitaban &#8230; ¡Oh! Si al menos yo hubiera conocido al Señor, como le conozco desde que leemos las Santas Escrituras, habría buscado auxilio cerca de Él, en vez de que mi madre fuese a pedir consejo a todas las adivinas del país. Y, por remate, acabé por entregarme a la bebida &#8230;</p>
<p>Lesina gimió de nuevo profundamente, y no pudo proseguir.</p>
<p>— Puesto que has comenzado, hijo mío, acaba — dijo el anciano alentándole — que esto te aliviará.</p>
<p>— Cuando Dios nos dió un hijo, las cosas anduvieron mejor por una temporada. Pero pronto sucedió que la presencia misma de aquella amable criatura no logró traerme la serenidad. ¡Cosa increíble! Yo tenía celos de mi propio hijo, celos del cariño que le manifestaba su madre. Cuando llegaba a mis oídos la noticia de la muerte de otros niños, poco faltaba para que desease también la muerte del mío, a fin de que su madre no pudiese acariciarle más. Me es imposible describir lo que pasaba en mí. Yo no ignoraba que el diablo anda rondando alrededor de nosotros como león rugiente, buscando a quien devorar, pero, en vez de huir de él y de la tentación, rqe entregué por completo a su poder.</p>
<p>Cuando leímos el otro día la historia de aquel endemoniado a quien sanó el Señor Jesús, conocí que yo también había sido atado por un poder satánico que me empujaba hacia mi ruina. Ya no me es posible decir con exactitud lo que sucedió; únicamente me acuerdo de que, por espacio de una semana entera, no cesé de beber. Entonces, en completo estado de embriaguez, hurté furtivamente el niño a su madre, y me lo llevé, sabe Dios adónde. Lo único que sé es que fuí hallado muy lejos en la montaña, tendido en el suelo, sin sentido, y que el niño había desaparecido.</p>
<p>En aquel estado quedé, según me dijeron, quince días en una casa hospitalaria, sin volver en mí, presa de terrible calentura. Cuando por fin, al cabe de tres semanas, pude arrastrarme hasta mi domicilio, mi esposa me preguntó, desesperada, dónde estaba el niño; pero yo no sabía siquiera que me lo había llevado, ni dónde lo había dejado.</p>
<p>¡Oh, cuánto le hemos buscado! Pero todo fue inútil. Mi esposa y mi madre llegaron en sus sospechas hasta la suposición de que yo le había matado; pero, por miedo de que me prendiese la justicia y me llevara a la cárcel, sólo propalaron la especie de que el niño se había extraviado, y puesto que yo había estado ausente, nadie atinó con la verdad. Disfrutábamos del aprecio general, por más que se supiese que yo estaba dado a la bebida; pero, ¿quién para mientes en eso en nuestra tierra?</p>
<p>El golpe fue demasiado fuerte para mi mujer: cuando vió que el niño no se hallaba, perdió la razón. Es atroz verla en este estado, ¡a ella, tan joven todavía y de una belleza encantadora! Momentos hay en que se ocupa de todo, cual si disfrutara de la plenitud de sus facultades; pero, de repente, echa un pañuelo sobre sus espaldas y desaparece corriendo en busca de su hijo. Más de cuatro veces, algunas buenas personas nos la han traído agotada de fuerzas; todos se compadecen de mi desgraciada suerte, cuya verdadera causa nadie conoce.</p>
<p>¡Cuántas veces, al verla por la noche andar sin objeto de un lado a otra de la habitación, y arreglar la cuna vacía, hubiera yo querido ir a entregarme a la justicia y declararme culpable! Pero mi madre me ha detenido con sus ruegos, preguntándome lo que sería de ellas si me encerraran en un presidio; amén de que esto no me devolvería a mi hijo ni sanaría mi mujer.</p>
<p>Y ahora, tío, todo se lo he dicho, y usted sabe con quién ha compartido su habitación durante algunas semanas; es usted muy dueño de echarme de su casa.</p>
<p>— ¿Qué dices, hijo mío? ¿Despedir a un desgraciado? &#8230; Después, enjugando sus lágrimas.</p>
<p>─ ¿No sabes de veras lo que ha sido del niño, o de qué manera le hiciste desaparecer?</p>
<p>— De lo que haya podido acontecer, no tengo ni la más remota idea; pero de lo que estoy absolutamente seguro, es de no haber levantado la mano contra él.</p>
<p>Lesina enjugó con la mano el sudor frío que bañaba su frente.</p>
<p>— ¡Pobre amigo! Pero, ¿por qué te lo habías llevado? ¿Cuál era tu propósito?</p>
<p>— No lo sé. Ya le he dicho que estaba borracho. No me acuerdo sino de una sola circunstancia, y es que le he dado un pedazo de pan cuando lloraba en el monte. Parece como que le estoy viendo allí, delante de mí, tan bonito, tan curiosillo; las lágrimas brillaban todavía en sus mejillas cuando yo me sonreía. Yo tenía la cabeza atrozmente pesada, y tuve que tenderme en el suelo; desde aquel instante yo no me acuerdo de nada. Puesto que no se le ha encontrado más, me veo casi obligado a creer que algún jabalí le habré devorado.</p>
<p>Pero aquí viene Liska, hablemos de otra cosa; prefiero que no vea. Si no quiero caer en manos de la justicia, no me conviene hablar de esto a cualquier persona. Y levantándose prestamente, desapareció en la maleza antes de que Liska llegara.</p>
<p>En cuanto a Juriga, volvió a tenderse en la hierba y cenó los ojos. “Está dormido — pensó Liska, que se acercaba”. Por de pronto, Juriga no tenía ningunas ganas de entablar conversación con él; tan preocupado le tenía la lastimosa historia de Lesina. Se compadecía hondamente de él, y no se admiraba ya del aspecto melancólico de ese joven. ¡De qué hubiera podido gozar el infeliz! Aquella maldita costumbre de la bebida, ¡cuántos males ha causado ya en nuestra tierra! ¡Pobre desdichado de Lesina! A su edad, ¡qué carga más pesada la de una existencia semejante: su hijo perdido, sin duda, para siempre, y su mujer con poca probabilidad de recobrar la razón!</p>
<p>— Tío, tiene usted algún sueño desagradable — dijo Liska, colocando la mano sobre su hombro — puesto que suspiraba de esa manera.</p>
<p>─ En efecto, vecino; era un sueño molesto — contestó Juriga levantándose — y usted ha hecho bien en despertarme.</p>
<p>— ¿Cómo es que se encuentra solo? ¿Dónde están Lesina y el muchacho?</p>
<p>— Lesina acaba de marcharse, y es probable que Palko esté en el País del Sol con su libro.</p>
<p>— No lo tome usted a mala parte. Siempre parece que está en el País del Sol, aun cuando se halla con nosotros, y él mismo es como un rayo de sol. Ayer, a su regreso de la aldea, caminé con él. Alegre cantaba el niño una cancioncilla; pero avistando una flor blanca junto a la vereda, la contempló y se arrodilló para observarla más de cerca — ¿Qué estás buscando? — pregúntele. Pareció algo turbado. Nada, tiíto; sólo quería ver si acaso se podía descubrir alguna huella. ¿Huella de qué? — le pregunté. ─ Pues, tío, de Él — me respondió. Comprendí en seguida de quien hablaba. — ¿Te crees, pues, que el Salvador está todavía en la tierra? ¿No sabes que ha subido al cielo, donde está sentado a la diestra de Dios? le dije. — Y usted tío, ¿no sabe lo que nos ha prometido? &#8230; “He aquí, estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Yo lo sé, y de ello estoy seguro; conmigo está y camina delante de mí. Lo hemos leído: cuando saca sus ovejas afuera, va delante de ellas. Él es mi Pastor, y yo soy su oveja; así es que estoy cierto que va delante de mi. Mucho desearía saber si ha echado una mirada a esta florecita, aunque creo que sí, pues le gustan las flores: &#8212; ¿Qué sabes tú de eso? — le dije. Y él me contestó: — Debe haber sido amigo de las flores, puesto que dijo que Salomón mismo, con toda su gloria, no fue vestido como una de ellas. ¿No nos ha dicho también que miremos los lirios del campo, que no trabajan, ni hilan, y a los cuales, sin embargo, nuestro Padre celestial da crecimiento?</p>
<p>─ Mire, tío, este niño tiene, en mi concepto, demasiado talento para no ser nunca más que un sencillo leñador, como nosotros.</p>
<p>— Estoy conforme, hijo; pero, ¿qué haremos? De buena gana partiré con, él hasta mi último pedazo de pan y le enseñaré todo cuanto sé; pero más no puedo hacer.</p>
<p>— Ya lo sé. ¡Qué lástima de niño! ¡Si solamente estuviese aquí y nos contase algo! ¿Quién sabe con quién habla en este momento? Apenas pasa una persona sin que converse con ella acerca de estas cosas.</p>
<h1>VIII El señor rector en el País del Sol</h1>
<p>Liska no se había equivocado al emitir la suposición de que Palko había ido al País del Sol; con la diferencia de que, aquel día, en vez de sentarse en su banquito de la cueva, se paseaba entre las flores que a millares esmaltaban la pradera. No que las cogiese, no, pues se contentaba con charlar con ellas y con las mariposas que hallaba a su paso. Después había bañado sus pies en el riachuelo, placer en el cual no le acompañaba Dunaj, poco amigo del agua.</p>
<p>— Vamos, Dunaj, ¿por qué echar a perder las flores? No florecen seguramente para este objeto. Y los pájaros, ¿por qué espantarlos siempre? Mira cómo vuelan azorados; otro día no te llevaré conmigo.</p>
<p>— No temas, pajarito; no quiere hacerte daño — decía a un pinzoncito que le miraba con prevención — Dunaj no es malo, sino algo altanero, y no sabe lo que es pecado, porque es solamente un perro.</p>
<p>El pajarillo pareció comprender muy bien; voló alegre y fué a posarse sobre una rama.</p>
<p>Pero por hoy basta — dijo por fin el niño a las flores, aves, mariposas y escarabajos — dejadme leer sin estorbo.</p>
<p>Ni un príncipe hubiera podido desear un sofá más blando y suntuoso a la vez que aquel en el cual descansaba la cabeza de Palko; era una roca acolchada con un denso musgo de color de esmeralda, y rodeada como de un marco de floridos zarzales, cuyas hojas verdes y corolas de una rosa pálida formaban una colgadura de tonos armoniosos. Un airecillo suave les comunicaba un leve y gracioso movimiento, parecido al de las ondas, cual si, para no molestar al joven lector, no se atreviesen a charlar entre sí de otra manera que en voz baja.</p>
<p>Aquel día le sucedió a Palko lo que a ciertas personas adultas, que se toman igual libertad: cuando se les acaba la paciencia, echan una mirada a la última página del libro, o cuando menos, lo hojean por curiosidad.</p>
<p>— Ya lo leeremos entero con el tío y el abuelo ─ decía en son de excusa, apoyado el codo en el musgo y sosteniendo su barba con la mano — sólo quiero dar una ojeada al final, pues he visto de paso una cosa hermosísima:</p>
<p>“Después, me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de ella, y de la otra parte del río, estaba el árbol de vida, que lleva doce frutos, dando cada mes su fruto, y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición, sino que el trono de Dios y del Cordero estará en ella; y sus siervos le servirán; y verán su cara, y su nombre estará en sus frentes”.</p>
<p>— ¡Oh cuán hermoso es esto! Esto sí que es el verdadero País del Sol — ya lo presentía mi corazón — con aquel magnífico río que sale del trono de Dios y del Cordero. Sólo quisiera ya saber qué cordero es ése que tiene su trono en el cielo.</p>
<p>El niño alzó los ojos hacia el firmamento.</p>
<p>— ¿El Cordero? ¡Oh!, me acuerdo: “He aquí el Cordero de Dios”, era el nombre dado a Jesús por Juan Bautista; es así, pues, como se llama en el cielo: el Cordero de Dios. Allí hay también árboles que siempre están en flor y que llevan frutos. Pero, ¿qué significa: “No habrá más maldición?” Seguramente será que no se encuentran allí aquellos que pronuncian maldiciones.</p>
<p>Después de sacar, no sin temor, esta consecuencia, el niño añadió:</p>
<p>— Es preciso que diga en seguida a nuestros vecinos que no blasfemen más. Harta, pena le da ya al Señor Jesús tener que oír sus blasfemias aquí abajo, sin que vayan aún a desgarrarle los oídos allí arriba. Además, se habla de nuevo del trono del Cordero con motivo de sus siervos. ¡Cuánto desearía servirle yo también, si Él consintiese en tomarme a su servicio! Sí; pero — añadió reflexionando — muchas veces no me cuesta poco levantarme, por más que sé que debiera ir a buscar agua para el abuelo; y lo mismo cuando debo traer la leña, más me gustaría divertirme con Dunaj. Cuando se despidió de mí el abuelo Razga, me había dicho: “Chico, sirve bien al abuelo Juriga, puesto que te toma por amor de Dios procura adivinar sus menores deseos para satisfacerlos”.</p>
<p>Y juntando las manos, Palko miró al cielo.</p>
<p>— Oh, Señor Jesús! — decía — te ruego me perdones que no haya servido mejor al abuelo. Ahora quiero servirle de otra manera, para aprender y prepararme, con el fin de que puedas tomarme como uno de tus siervos cuando vaya al País del Sol. ¡Oh, cuánto quisiera yo ir hasta tu trono!</p>
<p>Reanudando su lectura: “Verán su cara, y su nombre estará en sus frentes”, el niño exclamó moviendo alegremente la cabeza.</p>
<p>— Yo, pues, también le veré. Me gustaría saber si escribirá su nombre en mi frente; sería un honor muy grande para mí, que no soy sino un pobre tonto.</p>
<p>Palko no advertía que hacía en alta voz sus observaciones, lo mismo que su lectura, ni que se hallaba en presencia de una persona recién venida, y, a pesar de los alegres ladridos de Dunaj, se sobresaltó al oír detrás de sí una voz que decía:</p>
<p>— ¿Por qué dices que eres un pobre tonto, Palko?</p>
<p>Se levantó precipitadamente, y con la mayor sorpresa vio lo que nunca se había imaginado ni soñado: al señor cura en su País del Sol &#8230;</p>
<p>— ¿Cómo se encuentra usted por aquí, señor rector?</p>
<p>— Te figuras acaso que la montaña sea toda tuya, y que no me sea lícito ir a respirar un poco de aire puro fuera del jardín de la rectoría?</p>
<p>— ¡Oh! ─ dijo el niño ruborizado — yo no quería decir esto. Pero es tan lejos, y hoy es domingo &#8230; ¿Quién hace el sermón a las gentes de la iglesia?</p>
<p>— ¡Vaya un inquisidor! He predicado esta mañana, y ahora, por orden del médico, he venido acá a pasar algunos días, porque no estoy muy bien.</p>
<p>— ¿Aquí, en la montaña? ¿Y dónde vive?</p>
<p>— En casa del guardabosque.</p>
<p>— No es lejos. Pero le suplico no se indisponga conmigo si le hago todavía una pregunta: ─ El niño se había sentado a los pies del cura, que le sustituía en su asiento de piedra — ¿Quién le ha hablado del País del Sol?</p>
<p>— ¿Del País del Sol? — dijo extrañado el cura — ¿Es el nombre de este valle?</p>
<p>— Sí, quiero decir &#8230; no sé — respondió Palio algo perplejo — Como aquí hay la puerta de los cielos, y por detrás del país en el cual el sol no se pone nunca, yo me he creído que era el País del Sol.</p>
<p>─ ¡Ah! ¿Aquí es dónde se halla la puerta de los cielos?</p>
<p>El sacerdote contempló con admiración las nevadas cumbres de las montañas y las inmensas selvas.</p>
<p>— Verdad es que aquí se respira algo de la paz del cielo. Pero muchachito, no has sacado de tu propia imaginación este nombre &#8212; díjole acariciando con su mano la cabeza del niño — Debes haber oído hablar de algún País del Sol.</p>
<p>— ¡Pues bien, con su permiso, se lo contaré todo — afirmó Palko, cuyos ojos centelleaban de animación.</p>
<p>— Concedido. Cuéntame eso.</p>
<p>Cómodamente sentado en el musgo, aunque sin apartar sus miradas del niño, el cura oyó de sus labios cómo había ido en busca del País del Sol, del reino de los cuentos; cómo lo había descubierto en este lugar al mismo tiempo que el libro que tanto quería; cómo de esta manera había aprendido ya muchas cosas acerca del verdadero País del Sol, y cómo había contemplado en la tempestad aquella magnífica puerta resplandeciente, con sus siete colores, a mayor altura que las montañas. Sin observar las lágrimas que humedecían los ojos del cura conmovido, Palko refirió también su lectura de hacía poco, y que había pedido al Señor Jesús que le tomase a su servicio.</p>
<p>— Enséñame ese libro &#8230; ¿Quieres dejarlo en la gruta? Así podría yo venir de cuando en cuando a leerlo, como tú haces, línea tras línea, y a buscar contigo el camino de aquel verdadero País del Sol que no tiene necesidad de sol ni de luna, porque el Cordero es su lumbrera.</p>
<p>El niño reflexionó un instante: una lucha se entablaba en su corazón. Al cabo de un rato enderezó con firmeza su cabeza, y dijo:</p>
<p>— Sí, señor; el tío Lesina nos deja mañana, y yo no leo todavía con bastante facilidad para poder hacerlo en alta voz para otros. Puedo venir acá a leer para mí mismo; y si usted acierta a estar al mismo tiempo, leerá también para mí, ¿no es verdad, señor?</p>
<p>— Queda convenido; y si lo deseas, te leeré en seguida un trozo. Pero muéstrame antes aquella gruta maravillosa.</p>
<p>Levantáronse, pues, ambos: precedido del niño, el cura seguía, no sin dificultad, a su joven guía. Pronto llegaron al sitio.</p>
<p>— ¡Qué lindo es, en efecto! — exclamó sorprendido — Tienes razón, parece una habitación y esto es mejor que un banco, es un verdadero sofá. Y ¿qué flores más hermosas has traído! Ya se ve que te gusta lo bonito.</p>
<p>El huésped de Palko contemplaba con evidente placer su palacio bien barrido, y adornado con ramitas verdes y flores.</p>
<p>─ Es que el Señor Jesús me ha prometido morar conmigo, y he pensado que tendría más placer si todo fuese bonito.</p>
<p>— Y, ¿crees de veras que está siempre y en todas partes contigo, Palko?</p>
<p>El tono con que el cura decía esto era muy distinto de el del tío Lesina o del abuelo. Por eso no tuvo reparo alguno en contestar estar a esta pregunta:</p>
<p>— Sí, señor; estoy cierto que está siempre conmigo, y ahora mismo también.</p>
<p>— <em>¡Sancta simplicitas!</em> — dijo con un suspiro el cura al sentarse en el banco de piedra; y apoyando los codos en la mesa, permaneció algunos instantes sin moverse, como si estuviese orando.</p>
<p>No atreviéndose a interrumpirle, Palko se acordó oportunamente de haber dejado entre las breñas cercanas algunas hermosas frambuesas que había apartado para el abuelo. Pero no cabía duda de que, cuando le dijese a quien se las había dado, quedaría muy satisfecho. Había también una cuchara de madera, de que se servía para trasladarlas del jarro grande al pequeño. Vajilla no tenía, pero había visto cerca de allí unas hojas muy anchas de que podía valerse en lugar de platos. Fué a buscar los dos jarros, y después de lavar el menor en el riachuelo, echó en él agua fresca, quedando el otro lleno de las olorosas frutas; limpió también la cuchara, y la enjugó cuidadosamente. Hecho esto, volvió a la gruta, fuera de sí de contento al pensar en el honor que le cabía de poder recibir a un huésped semejante.</p>
<p>Viendo que el cura estaba leyendo, depositó sin ruido delante de él la gran hoja, la cuchara y el jarro. El cura levantó la cabeza, y su pálida cara se iluminó. Cogió la mano del niño.</p>
<p>— Así, pues, ¿quieres obsequiarme con esto?</p>
<p>— Sí, señor; hágame el favor de servirse. Tantas veces me ha dado usted la comida o el almuerzo, que me gustaría poder ofrecerle una vez lo que tengo.</p>
<p>— Te estoy muy agradecido. Y para que veas que aprecio tu hospitalidad, dame alguna de aquellas hermosas frambuesas en este elegante plato verde.</p>
<p>¡Qué gozo sintió Palko! El cura se sirvió hasta dos veces, y bebió agua. Había sacado de su bolsillo un pedazo de pan blanco, que partió con Palko y con Dunaj también.</p>
<p>— Te he prometido leerte algo — díjole después — siéntate, porque no me queda mucho tiempo. ¿Volverás mañana?</p>
<p>— No lo creo, pues tendré que acompañar al tío Lesina y ayudarle a llevar su equipaje.</p>
<p>— En ese caso, me llevaré tu libro, y te lo traeré pasado mañana, por la mañana o por la tarde.</p>
<p>El cura leyó a Palko la subida de Jesús al cielo, y donde los ángeles anunciaron su futuro regreso de arriba; pero prometió enviar antes su Espíritu Santo.</p>
<p>— ¿Me haría usted el favor de decirme qué es el Espíritu Santo? — preguntó Palko cuando salieron de la gruta.</p>
<p>— Es el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo — contestó meditabundo el cura — Todo cristiano debe tenerlo, porque está escrito en este libro: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él”.</p>
<p>— Así, pues, usted lo tiene, ¿no es verdad? — La mirada tan pura del niño se fijaba sin vacilación en la cara del sacerdote — ¿Usted es de Él?</p>
<p>A cualquiera otra persona que Palko, el cura no hubiera hallado dificultad en dar una respuesta. ¿No había sido bautizado? ¿No pertenecía a la  Iglesia Católica, única dispensadora de la salvación? ¿No estaba impresa en su cabeza el sello del sacerdocio?</p>
<p>─ Óyeme, Palko; antes de darte contestación a esta pregunta, deseo consultar todavía este libro para saber mejor en qué estoy.</p>
<p>Por algunos instantes caminaron en silencio.</p>
<p>¿En qué estás pensando? — preguntó de repente el cura, tomándole por la mano.</p>
<p>— ¿Qué tengo que hacer para que el Señor Jesús me dé su Espíritu Santo? — contestó éste.</p>
<p>— Escrito está en el libro que el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de Él.</p>
<p>— Entonces es cierto, no lo dudo. A cuantos se dirigían a Él, daba; y a mí mismo, siempre me ha dado todo lo que le he pedido. Pero, ¿puede uno recibir al Espíritu Santo de la misma manera que se recibe al Señor Jesús?</p>
<p>— No entiendo bien lo que quieres decir, Palko.</p>
<p>— Pues mire usted: Marta recibió al Señor Jesús en su casa. Y yo, aunque no le veo, le he recibido también en casa, en nuestra choza, en mi rinconcito, y aun aquí en la cueva, y sé que ha venido y que habita conmigo.</p>
<p>Parándose el cura, cerró los ojos como deslumbrado por algo. Y, al cabo de un rato, como hablándose más bien a sí mismo:</p>
<p>— No, no es únicamente en tu casa, sino en tu corazón, donde es menester recibir el Espíritu de Cristo.</p>
<p>— Pero, ¿puede este Espíritu introducirse en mi corazón?</p>
<p>— No cabe duda, hijo mío. Mira el sol: ¿ves cómo prosigue tan inmenso, radiante y majestuoso su marcha en el cielo? Y ahora considera esta gota de rocío tan pequeña y menudita; y, sin embargo, ¿qué ves en ella si la observas?</p>
<p>— ¡El sol! Ella, pues, también lo ha recibido; ¿no es así, señor?</p>
<p>— Claro está, hijo mío. Y ahora, buenas noches.</p>
<p>Y antes que el niño se diera cuenta de ello, ya estaba solo.</p>
<p>Entonces, poniéndose de rodillas con toda seriedad, dijo en voz baja:</p>
<p>— Señor Jesús, dígnate orar a tu Padre celestial para que me dé a mí también tu Espíritu Santo, puesto que sabes que mi voluntad es ser tuyo; quiero recibirle cual la gota de rocío ha recibido el sol. Y &#8230; a él, igualmente, dáselo sin falta. Amén.</p>
<h1>IX Donde Lesina se marcha a su casa</h1>
<p>El día siguiente, por la mañana, Lesina, acompañado de Palko, bajaba de las montañas, llevando al hombro un pesado bulto. En cuanto a Palko, cargaba con la ropa.</p>
<p>— ¿Volverá usted pronto, tío?</p>
<p>─ No lo sé, Palko — y alejando sus tristes pensamientos, añadió ─ ¿qué puedo traerte que te dé gusto?</p>
<p>— ¡Oh! Si no es demasiado gasto para usted, tiíto, tráigame, por favor, un lápiz y un cuadernito en el cual yo pueda escribir algo.</p>
<p>─ Bueno, puedo traerte eso; bastantes servicios me has prestado. El abuelo me ha entregado tu dinero para que te compre un traje, y yo mismo añadiré un sombrero; ya has pedido zapatos nuevos, y así podrás ir a la escuela este invierno y aprender lo que ignoras todavía.</p>
<p>— ¿Quiere comprarme un sombrero? ¡Qué contento estaré! Tanto tiempo hace que llevo el mío, que está estropeado por completo. Sé que le cuesto caro al abuelo; ¡ojalá supiera yo mejor pagárselo!</p>
<p>&#8211; Pues bien; cuando seas mayor serás su sostén, un sostén muy apreciado; y ahora, ya le eres una ayuda para muchas cosas. Me ha dicho que sus hijos están en América, y que sus hijas están casadas muy lejos de aquí. Y tú mismo, ¿dónde están tus padres? ¿Eres hijo de Juriga?</p>
<p>— ¡Mis padres, tiíto! El abuelo no me ha recogido sino por amor de Dios, porque yo no tenía a nadie más. Mi abuelo se llamaba Razga, y murió hace dos años. Habíamos venido juntos a la montaña; él cayó enfermo y yo he quedado con el abuelo Juriga.</p>
<p>— ¿De manera que eres huérfano? Entonces debieras venir a nuestra casa, pues no tenemos hijos &#8230; — Lesina alargó la mano al niño.</p>
<p>— ¿Cómo puede ser? ¿No tiene usted hijo en casa?</p>
<p>— No; ¡qué lástima que yo no haya podido hablar primero de esto al abuelo! Pero aquí viene el tío Liska, que podría muy bien llevarle el recado.</p>
<p>El niño quedó primero encantado de aquel ofrecimiento: ir a ver una comarca del todo nueva para él, horizontes nuevos &#8230; ¡qué atractivo! Pero de repente, sacudiendo la cabeza, dijo:</p>
<p>— ¿Qué diría el Señor Jesús si yo abandonase de esta manera al abuelo? ¿Quién le traería el agua y le guisaría la sopa? No, tío; dejémoslo a la voluntad de Dios! Solamente que regrese usted pronto, pues no hará mucha falta su presencia.</p>
<p>— Y a mí también — pensaba Lesina — ¿no me falta algo? — Pero no insistió; Palko tenía razón, no podía dejar plantado a Juriga.</p>
<p>— Ahora es menester que te vuelvas a casa, niño, si no quieres que te sorprenda la noche; yo podré llevar también ese lío.</p>
<p>Pero Palko no consentía en eso.</p>
<p>— Su carga es bastante pesada sin él, tío. Ya podré correr a la vuelta.</p>
<p>— Sí, pero podrías errar el camino de noche; hoy no hay luna.</p>
<p>— En cuanto a esto, no pase usted cuidado; conozco perfectamente el camino que tantas veces he recorrido. El abuelo Razga decía que los niños hallados en el monte nunca podían extraviarse en él.</p>
<p>— Por fin logré alcanzarles — dijo en aquel momento la voz de Liska — Dame tu lía, niño, y vete a escape, si quieres llegar antes de la noche.</p>
<p>— Siendo así, vaya usted con Dios, tío Lesina, y usted también tiíto.<strong> </strong></p>
<p>Y con un apretón de manos se separó de ellos.</p>
<p>— ¡Recuerdos al abuelo! — le gritaron los hombres al ver desaparecer su pequeño rayo de sol.</p>
<h1>X Donde Palko sirve en casa del señor rector</h1>
<p>— Es extraño — decía Liska al día siguiente a su viejo amigo Juriga — ese Lesina es un hombre diferente de los demás. Apenas si ha dicho una sola palabra ayer en todo el camino. Parecía oprimido bajo el paso de alguna pena.</p>
<p>— Ya tiene el infeliz motivo para estar abatido — pensó Juriga — Pero en su contestación a Liska sólo hizo mención de la inquietud que le causaba la enfermedad de su esposa.</p>
<p>— Dios se digne restablecerla pronto, para que él mismo pueda volver cuanto antes, pues mucho nos va a faltar.</p>
<p>En esto no se equivocaba; la choza parecía vacía sin él, tanto más, cuanto que Palko mismo estaba ausente. En efecto, el guardabosque había pedido que viniese a prestar sus servicios al señor rector, y a acompañarle en sus paseos, pues como guía no había otro semejante en aquellas montañas.</p>
<p>— Es necesario dejarle venir — decía con insistencia el mozo enviado por el guarda — el señor rector se lo resarcirá seguramente. Sabe usted que es gran amigo de los niños, y Palko estará muy bien allí.</p>
<p>Juriga se preguntaba a sí mismo lo que Palko pensaría de esto, y no quedó poco sorprendido al ver con qué júbilo y saltos de alegría el niño acogió esta noticia.</p>
<p>— ¡Es un señor tan bueno! — dijo a su abuelo — y yo le quiero muchísimo.</p>
<p>Jamás había soñado el corazón sencillo de Palko en una existencia como la que empezó entonces para él. Dormía sobre un sofá en la habitación misma del señor Malina; ¡y qué bien se estaba allí! Después de beberse una buena taza de leche, salía con los bolsillos llenos de provisiones, merced a las atenciones de la señora de casa. Palko llevaba al señor rector por sombrías cañadas, y le hacía atravesar por los arroyuelos o trepar por las peñas. Aquel buen hombre no se quejaba; recogía de paso plantas, flores, musgos, y estaba agradecido a su pequeño guía, que le indicaba los sitios más pintorescos. Cuando estaban cansados, el cura se tendía en una manta de viaje que Palko estaba encargado de llevar; y después enseñaba a éste los nombres de las plantas y otras muchas cosas útiles. Viendo que con alguna práctica el niño leía bastante bien, empezó a enseñarle también a escribir y calcular, y a Palko le parecía el estudio más fácil que en la escuela.</p>
<p>A veces, el cura, que no era de una naturaleza muy vigorosa, se dormía un rato en esas excursiones, y Palko aprovechaba la ocasión para ir en busca de hongos, deseoso de no volver a casa del guarda sin ofrecer algo a la señora. Felizmente, Dunaj no había acompañado al tío Lesina.</p>
<p>— Te lo dejo — había dicho éste al marcharse — pues creo que sentirías mucho su ausencia.</p>
<p>De manera que Dunaj les escoltaba en sus paseos. Cada mañana llegaba solito el animal, pues no pasaba la noche en casa del guarda, a causa de los demás perros, cuya compañía no podía sufrir. El cura afirmaba que en eso los perros se parecen bastante a muchas personas. No obstante, quería a Dunaj, y se divertía mucho al verle a menudo llegar jadeante con asombrosa puntualidad.</p>
<p>Para Palko los momentos más felices eran aquellos en que el cura sacaba del bolsillo su Nuevo Testamento y le leía algo; aunque, a decir verdad, no faltaban cosas que el niño era todavía incapaz de comprender. Halló gran placer en la historia de los apóstoles, y observó para sí que de ninguna manera habría podido hacer tales milagros, si el Espíritu Santo no hubiese bajado a morar con los discípulos. Después de los Hechos, venía una carta intitulada “A los Romanos”. Esta vez Palko no comprendió casi nada, al paso que el cura, al contrario, no podía hartarse de su lectura, volviendo continuamente a ella, y quedando sumido en largas meditaciones, sobre todo, cuando llegó a estas palabras: “Dios encarece su caridad para con nosotros, porque, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.</p>
<p>— ¡Oh, señor!, ¡cuánto me gustaría entender eso, pues me parece tan bueno!</p>
<p>— Tienes razón, hijo mío; es lo mejor que puede darse; Cristo murió por nosotros.</p>
<p>— ¿Por nosotros? ¿Cómo se entiende esto? Yo creía que había muerto porque los perversos judíos le habían crucificado. ¿Cómo, pues, ha muerto por nosotros, y por qué?</p>
<p>Abriendo entonces el Evangelio de San Juan, el cura leyó lo de Moisés y la serpiente, y contó a Palko lo que sucedió a los israelitas cuando salieron de Egipto. Se habían portado muy mal, y unas serpientes ponzoñosas los mordieron y mataron: aquello era horroroso &#8230; Pero tan pronto como los infelices que habían sido mordidos miraban con fe en Dios a la serpiente de metal, eran sanados.</p>
<p>─ Aquellas serpientes ardientes — explicaba el señor rector — son nuestros pecados. Y de la misma manera que aquella serpiente de metal fué alzada en un palo allí en el desierto, así fué necesario que el Hijo de Dios fuese alzado en la cruz, a causa de nuestros pecados.</p>
<p>Como Palko tuviese dificultad en comprender esto, le refirió las penalidades que sufrían en Egipto los hijos de Israel; le dijo que Dios envió a Moisés para sacarlos de allí; que Faraón, aquel hombre malo, se negó a dejarlos salir; que Dios, en su justa ira, dio orden a su ángel que matara a todos los primogénitos de los egipcios, desde el primogénito de Faraón hasta el del último de los mendigos. Debiera haber muerto también a todos los de los israelitas; pero el Señor había mandado que se inmolara un cordero sin defecto por cada familia israelita, y que con su sangre se hiciera una señal en la puerta, para que el ángel pasase sin hacer daño alguno en todas las casas donde viere la mancha de sangre.</p>
<p>— ¿Lo entiendes, Palko? Nosotros también debiéramos haber perecido a causa de nuestros pecados, y el Faraón del infierno tampoco nos hubiera dejado escapar. Pero en eso encareció Dios su amor para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Ha sufrido la muerte en lugar nuestro; y de esta manera es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.</p>
<p>— ¡Oh, Señor Jesús ─ exclamó llorando — mi bien amado Señor Jesús! Ahora comprendo por qué tu Padre celestial no ha oído tu oración cuando le preguntabas por qué no te salvaba; era que debías morir por mis pecados, como el cordero allí por los judíos. Veo por qué tienes ahora el poder de perdonar sus pecados a los hombres; nosotros somos los causantes de tu muerte.</p>
<p>El niño cesó de hablar; se había echado en la hierba, vuelta la cara hacia el suelo, sin pensar más en su benévolo amigo. Cuando se levantó, estaba solo; en el sitio que el cura había ocupado halló el libro abierto todavía.</p>
<p>Desde aquel día, el cura parecía más absorto aun que antes en sus meditaciones, y oraba mucho. Palko tenía mucho placer al verle así orando en el monte o en casa. Por la noche, si acaso despertaba, podía observarle con frecuencia arrodillado delante de una pequeña cruz de madera. Palko por su parte solía conversar también con su Salvador, lo cual le daba mucho ánimo.</p>
<p>El sábado, al final de la segunda semana, oyó que la mujer del guarda decía a su marido:</p>
<p>— Muy lejos de ponerse bueno, el señor rector tiene cada día peor semblante; parece como oprimido por alguna inquietud. Tiene intención de predicar mañana, pero más valdría que desistiese de hacerlo.</p>
<p>— Mira, querida, no puede pasarse más fácilmente sin su predicación que yo sin mi escopeta y tu cazuela. Otros hay que, en su lugar no tendrían tantos quebraderos de cabeza, pero él es muy concienzudo.</p>
<p>Cuando estuvo en el bosque con el cura, Palko le preguntó a quemarropa:</p>
<p>— ¿Es verdad, señor rector, que usted tiene tantos cuidados?</p>
<p>— ¿Quien te ha dicho esto, hijo mío?</p>
<p>— Algo de esto han hablado en casa del guarda. La señora está muy intranquila al verle a usted tan pálido, y cree que está usted enfermo.</p>
<p>─ No se equivoca, hijo mío; estoy gravemente enfermo, atacado de un mal que no tiene cura.</p>
<p>— ¿Ni siquiera para el poder del Señor Jesús? — dijo el niño aterrado, tomando en sus manos tostadas del sol la pálida mano del cura.</p>
<p>— Ni siquiera para el Señor Jesús — repitió el cura, mirando los ojos llenos de simpatía y de angustia de su amiguito — Es claro que Él podría, pero &#8230;</p>
<p>— ¡Oh! Entonces es menester orar. ¿Se acuerda usted de que los sanaba a todos, hasta al paralítico, el cual, sin embargo, no se lo había pedido personalmente? ¿Quiere que oremos a Él ahora mismo?</p>
<p>─ ¿Quisieras ayudarme a orar?</p>
<p>— Sí por cierto, como los mensajeros del centurión de Capernaun, que decían: “Es digno de que se lo concedas:”</p>
<p>— No de esta manera, Palko; yo nada merezco.</p>
<p>— ¿Qué puedo, pues, hacer por usted? Si yo orase, cuando menos, como aquel hombre que se estabas de pie, lejos, junto a la puerta del templo, ¿se acuerda?. y a quien otro miraba con desdén al paso que se admiraba a sí mismo.</p>
<p>— Tienes razón, hijo mío; la oración del publicano es la única que me conviene.</p>
<p>El cura no habló más, y aquella mañana volvieron temprano a casa del guarda.</p>
<p>Por la tarde, Palko debía acompañar a su amo a la rectoría para pernoctar allí, e ir a pasar el domingo con el abuelo. Pero algo había que le tenía preocupado.</p>
<p>— ¿Cómo puedo con mis vestidos viejos y muy echados a perder, ir con él a la aldea? ¡Si yo tuviera ya mi traje y mi sombrero nuevo!</p>
<p>Habló de su perplejidad a la mujer del guarda, mientras fregaba por ella los platos después de la comida, según acostumbraba hacerlo.</p>
<p>— No te dé cuidado, Palko; ya he pensado en ello, y te he arreglado a tu estatura un traje de mi muchacho, para recompensarte de haber servido tan bien al señor rector, y de haberme prestado a mí misma muchos servicios.</p>
<p>Y, en efecto, le dió una bonita camisa, blanca como la nieve, y un pantalón azul; había lavado también, sin previo aviso, la chaqueta del niño, de resultas de lo cual, a decir verdad, esta prenda había encogido tanto, que tuvo que echársela al hombro. Así es que apenas se conoció a sí mismo cuando se miró en un remanso formado por el arroyo. Palko había remendado y embetunado cuidadosamente sus zapatos, al prio tiempo que los del cura y los había provisto de cordones nuevos, recibidos como regalo. De modo que su corazón rebosaba de felicidad cuando salió con su paquetito, y su amo participaba de su alegría.</p>
<p>— ¡Dios guarde a usted! ¡Un millón de gracias! — gritaba aún de lejos Palko a la mujer del guarda, que los contemplaba alejándose.</p>
<p>— Echa por el atajo, Palko, como cuando vienes con Dunaj — dijo el cura al cabo de un rato.</p>
<p>— Así estaremos pronto en la aldea, a pesar de que usted no anda tan ligero como yo ─ contestó alegremente el niño — Pero no tema nada, el camino es bueno; de otra manera no le haría yo pasar por él, habiéndome recomendado el guarda que no le lleve por caminos imposibles.</p>
<p>— ¡Si supiese por qué resbaladeros he tenido que trepar para seguirte! &#8230; — dijo sonriéndose el cura — Pero no te espantes, que yo no te haré traición. En los sitios de más difícil acceso es donde crecen las flores más hermosas. Cuéntame todavía algo antes de llegar a la aldea, como el día en que te hallé en tu nido en tu País del Sol. Dime algo de tu familia.</p>
<p>Contentísimo con ver al señor rector menos melancólico que por la mañana, Palko se apresuró a referirle cómo, dos años atrás, había venido a estas montañas con el abuelo Razga y cómo éste, que estaba gravemente enfermo, había ido a morir en su casa, recomendándole al abuelo Juriga para que cuidase de él por amor de Dios.</p>
<p>Expresando el cura su extrañeza de que los padres de Palko hubiesen consentido en este arreglo, el niño le explicó que la mamita Ana le había hallado en el bosque, y, no presentándose nadie a reclamarle, había acabado por tenerle consigo.</p>
<p>El cura oyó con el mayor interés esta narración.</p>
<p>— Y si abuelo Juriga muriese, ¿qué harías y adónde irías?</p>
<p>El niño se paró, mirando con asombro por todos lados alrededor suyo, sorprendido y casi aterrado.</p>
<p>— Supongo que el Señor Jesús vendría otra vez en mi ayuda, puesto que envió a la mamita Ana a socorrerme cuando yo estaba perdido. Y cuando ella murió, me dió al abuelo Razga, y cuando a éste le tocó morir, me dió al abuelo Juriga. La choza de la montaña no será nuestra sino hasta la muerte del abuelo, y su casita en la aldea — se la enseñaré cuando pasemos por allí — ­es de sus hijos; de modo que no podré quedarme en ella. Pero como soy algo grandecito, ya se hallaría quien consintiera en tomarme a su servicio. Si por ejemplo, señor rector, tuviese necesidad de un zagalito, es donde yo preferiría estar.</p>
<p>─ ¿Conmigo? Es una buena idea. En el caso de que tu abuelo muera antes que no, no vayas a servir a nadie, vente conmigo. ¿Me lo prometes?</p>
<p>Dichoso con esta seguridad Palko puso su manita en la delicada mano del cura en señal de pacto.</p>
<p>La conversación fue interrumpida por la llegada de algunas mujeres que caminaron con ellos hasta la rectoría. Allí dieron a Palko una excelente cena, y el cura le tomó de nuevo en su propio cuarto para la noche; pero antes de acostarse tomaron ambos un buen baño caliente, que les hizo mucho bien después de su larga excursión. El niño se caía de sueño, y apenas pudo hacer su oración; únicamente percibió que el cura le arreglaba el embozo de su cama, le acariciaba la frente, le daba un beso &#8230; y al punto quedó profundamente dormido.</p>
<p>Al despertarse, como de costumbre, con el alba, Palko se sentó en la cama, no acertando bien a saber dónde se encontraba. Estaba a punto de levantarse y ponerse sin ruido la ropa, cuando avistó, sentado cerca de la ventana y vestido al rector, con el santo libro sobre sus rodillas. Sin embargo, no leía; tenía los ojos cerrados, sonriendo como en el éxtasis de un hermoso sueño, y su cara, tan pálida de ordinario, estaba iluminada con los fuegos de la aurora.</p>
<p>El niño se escabulló sin ruido fuera de la habitación para ir a la fuente a lavarse, y , después de enjugarse y peinarse con esmero, volvió andando en la punta de los pies.</p>
<p>Sentado todavía en el mismo sitio, el cura había abierto los ojos y contemplaba la salida de sol. El niño se acercó sigilosamente, y por un movimiento inconsciente se arrodilló a sus pies.</p>
<p>— ¿Ya te has levantado, Palko? — dijo el cura, poniendo cariñosamente la mano sobre su cabeza.</p>
<p>— Es la mañana.</p>
<p>— En efecto; una espléndida mañana de domingo, semejante a aquella en la cual María vió al Resucitado.</p>
<p>— ¿No está usted triste esta mañana, señor rector?</p>
<p>— No, hijo mío; hoy estoy feliz, muy feliz. Puedo decírtelo a ti porque me comprenderás y te alegrarás conmigo; he hallado también yo esta noche el camino del País del Sol, y puedo por fin dar contestación a la pregunta que me hacías, y que yo mismo me hacía.</p>
<p>Tengo el Espíritu de Cristo; he recibido al Señor como Marta, como la gota de roció recibe al sol. Da gracias al Señor conmigo de que me ha perdonado y aceptado por suyo. Sólo que ahora es preciso que descanse un poco, pues no he dormido en toda la noche. Pero no importa; ésta ha sido la noche más hermosa de mi vida.</p>
<p>Después de haber orado juntos, el cura se tendió, vestido en el sofá. Palko, lleno de solicitud, le trajo una almohada, diciendo:</p>
<p>— Descanse por completo, pues de otra manera no podría hacer su sermón.</p>
<p>— ¿Mi sermón? — replicó el cura, estrechando al niño contra su corazón — Hoy predicaré como en mi vida no lo he hecho: por primera vez hablaré como testigo de Jesús.</p>
<p>Tan pronto como su amo durmió, Palko salió sin ruido del cuarto. Quería marcharse sin desayunarse; pero la vieja criada le vió, y no le dejó salir sin darle un pedazo de pan y un poco de leche.</p>
<p>Llevaba prisa por volver con su abuelo, a quien no había visto sino de paso, un par de veces en estos últimos quince días, la una en casa y la otra en el bosque.</p>
<p>— Mucha falta me haces — le había dicho éste — pero cumple fielmente tu servicio. ¿Quién sabe qué provecho podrás sacar de él algún día?</p>
<h1>XI Por qué tuvo Palko<br />
que dejar el servicio del señor rector</h1>
<p>En el intervalo, un suceso inesperado había ocurrido en la choza: el anciano Pablo había recibido una carta, no de sus hijos de América, sino de Lesina. Felizmente, como sabemos, había hablado ya antes a Liska de la infeliz esposa de Lesina, pues fué Liska quien le leyó la carta, y de ella se trataba. Tuvo que explicarle además que se le iba la cabeza a la pobre mujer, porque Lesina escribía en los siguientes términos.</p>
<p>“He encontrado a mi mujer en bastante buen estado de salud. Pero mi madre me dice que no debo ausentarme en adelante, pues la vida se hace insoportable para ella. A pesar de esto, me veo obligado a volver a la montaña, como usted sabe, para no sufrir una pérdida considerable. Tengo pues, la intención de tomar conmigo a mi esposa, y vengo a suplicarle que, en estas circunstancias, nos ceda un poco a su muchachito. Es un niño tan amable, que seguramente tendrá ella placer en tenerle a su lado; debiera él, en ese caso, hacerle compañía, tanto dentro como fuera de la casa, y evitar que se quede sola. Le pagaré a usted sus servicios; pero le ruego, por favor, que no niegue a dos infelices este favor”.</p>
<p>“Palko nos cedería su cuartito y dormiría de nuevo con usted. Mi esposa guisará para todos nosotros, y se dedicará a las demás faenas domésticas. Si puede tener a Palko a su lado, será para mí cual si e1 Señor Jesús mismo me enviara un ángel de la guarda para ella Al leer ayer en el profeta Isaías estas palabras: “Y un niño los pastoreará”, me parecía ver a Palko. ¿No es él el niño que nos conduce a Dios? ¡Oh, si supiéramos creer como él!”</p>
<p>Mientras leía la carta, Liska se enjugó más de una vez las lágrimas.</p>
<p>A Juriga le causó gran placer la idea de poder prestar un servicio a Lesina. No faltaba sitio en la choza. ¡Qué venga la pobrecita, y que nuestro misericordioso Salvador conceda a Palko que sea para ella un instrumento de bendición!</p>
<p>Pero, ¿qué habría dicho Palko si hubiera sabido lo que le esperaba a su llegada?</p>
<p>— En cualquier cosa hubiera soñado, menos en que le dijeran que no volvería más con su querido amo. Entonces conoció hasta qué punto le amaba, cuando el abuelo se negó rotundamente a dejarle salir el lunes por la mañana, con motivo de que el tío Lesina debía llegar por la tarde con su mujer. Palko tendría que cuidar de ella, mientras el abuelo y el tío estarían ocupados en sus trabajos; quedaría a su lado en la choza para ayudarla en todo cuanto necesitase, y la acompañaría en el caso de que saliese a buscar hongos.</p>
<p>Por más que el niño instase con el abuelo, dándole mil explicaciones y acumulando los ruegos, tratando de hacerle comprender que el señor rector no podía pasarse sin él por estar enfermo; que no volvería sin duda sino por unos pocos días a casa del guarda, y que era preciso que tuviese un guía, todo fué inútil.</p>
<p>— ¡Déjame en paz con tu cura! — exclamó por fin el abuelo, amoscado — Al fin y al cabo no es sino un extraño un católico, mientras que Lesina es de los nuestros, y es deber nuestro ayudarle a él primero. ¡Hola! Tú que vas siempre diciendo que el Salvador está contigo y oye cuanto le dices, no sé qué opinión formará de ti si no quieres hacer nada por un hombre que está en la aflicción. El lunes por la mañana te vas a casa del guarda a despedirte, y no digas una palabra más.</p>
<p>Palko tomó el cántaro y se fué a la fuente. Pero al llegar allí se echó al suelo, llorando y sollozando como si su corazón estuviese a punto de partirse. Y después, con los codos en el suelo y las roanos en la barba, dió salida a sus pensamientos, entablando una conversación consigo mismo:</p>
<p>— ¿Será mi deber estar al servicio de todo el mundo?</p>
<p>El tío bien podía dejar a su mujer en casa; ¿qué necesidad tenía de traerla? Desde ahora, Señor Jesús, no podré más recibirte en mi casa, como no hubiera podido Marta hacerlo si le hubiesen tomado la suya. Me toman mi cuartito para el tío y la tía, y me obligan a dormir otra vez con el abuelo. ¡No, no puede ser; prefiero dormir a campo raso con Dunaj! ¡Y el abuelo que dice que el señor rector es para mí un extraño! ¡Esto no es cierto! Y el tío Lesina, ¿es pariente nuestro? De ninguna manera; vive con nosotros y va al bosque con el abuelo, nada más. El abuelo tampoco es mi abuelo, todos ellos son extraños para mí.</p>
<p>Y sus lágrimas corrieron más amargas y abundantes &#8230;</p>
<p>— Pero, muchacho, ¿qué éstas haciendo aquí? — preguntó de repente el abuelo.</p>
<p>— Es que no soy vuestro del todo — respondió Palko, que no estaba falta de argumentos en aquel trance — es que no tengo nadie, únicamente a extraños — añadió el niño sollozando.</p>
<p>El corazón de Juriga se ablandó.</p>
<p>— Óyeme — díjole con bondad — siéntate aquí, quiero decirte algo.</p>
<p>Estas cariñosas palabras bastaron para apaciguar la tempestad que agitaba el corazón del niño; se sentó, pues, y el abuelo prosiguió:</p>
<p>— ¿Por qué te afliges tanto de que no te deje volver a casa del cura? El es rico, y sin dificultad puede con su dinero hallar otro muchacho; mientras que Lesina, que es de los nuestros, es tan pobre como nosotros y, a más de esto, sumamente infeliz. Hemos leído en el santo libro que el Salvador se compadecía de los desgraciados y les auxiliaba &#8230; ¡Y tú niegas a ayudar a Lesina! Yo no hubiera esperado esto de ti.</p>
<p>— ¿Por qué dice usted que es infeliz? No le falta nada — contestó Palko con timidez — Empezaba, en efecto, a conocer que no le asistía la razón, puesto que no había querido obrar como Jesús.</p>
<p>— Si me prometes solemnemente que no lo dirás a nadie, ni a Liska, ni a Lesina, te lo contaré.</p>
<p>— Le prometo que no diré nada, abuelo — y puso su manecita en la callosa diestra del anciano.</p>
<p>— Pues bien, escúchame. El tío Lesina tenía también un niño pequeño, y este niño desapareció. Y esto ha causado tanto dolor a su mujer, que la infeliz casi ha perdido el uso de la razón; siempre quiere salir a buscarle. Este es el motivo por el cual el tío Lesina la trae aquí, para que no se extravíe ella misma buscándole. Puede ser que aquí también quiera buscarle, y tú tendrás que acompañarla a todas partes.</p>
<p>— ¿Y ayudarla a buscar? — exclamó el niño, levantándose de un salto — Ya se leía en su semblante el afán de servir con gozo a la pobre mujer, a pesar de las lágrimas que humedecían todavía sus ojos y mejillas.</p>
<p>Juriga se alegró de haber logrado la adhesión de Palko. Los niños y los locos se parecen, poco más o menos, unos a otros, pensaba el anciano; ya podrán buscar juntos. De todas maneras estaba seguro de que Palko no se escaparía para correr a casa de su cura.</p>
<p>— ¡Sólo que no te olvides de tu promesa! No vayas a hablar del niño perdido a Lesina ni a ninguna otra persona.</p>
<p>— Eso sí.</p>
<p>— ¿De manera que era un niño? ¿Qué estatura tendría? Pregunto esto para poder conocerle, en el caso de encontrarle.</p>
<p>— Era muy pequeñito todavía, pero ya sabía andar.</p>
<p>— ¡Pobrecito niño!</p>
<p>Conversando así con animación, habían vuelto a la choza, y tanto le cautivaba a Palko el asunto, que no advirtió que el abuelo llevaba el cántaro. Ahora ya no le importaba nada tener que ceder su rincón a Lesina, y él mismo ayudó a ensanchar el lecho.</p>
<p>— Dígame, abuelo, ¿podremos recibir también aquí al Señor Jesús?</p>
<p>— Claro está, hijo mío, ¿y por qué no? La choza es toda tuya.</p>
<p>— ¡Oh qué contento estoy!</p>
<p>Es preciso confesar, sin embargo, que cuando Palko, el día siguiente, tuvo que ir a casa del guarda a manifestarle que no le era posible continuar, este paso le pareció muy penoso, sobre todo porque creía que no podría siquiera despedirse del señor rector.</p>
<p>Pero, ¡qué sorpresa más alegre le esperaba!</p>
<p>Allí estaba el cura, de pie, delante de la casa del guarda, contemplando con admiración la hermosa vista que se descubría en aquel sitio. En seguida vió a Palko.</p>
<p>— Bienvenido seas, hijo mío. Me he levantado más temprano que tú esta mañana; vienes algo tarde para nuestro paseo.</p>
<p>— ¡Ay! No puedo venir más para el paseo — contestó el muchacho, llorando a lágrima viva — El abuelo me ha encargado que le salude atentamente de su parte, y le diga que busque a otro en mi lugar, pues él me necesita. Dice que un señor rico como usted puede hallar fácilmente con su dinero otra persona.</p>
<p>— Mi dinero no me dará un segundo Palko — dijo el cura, acariciando con bondad al niño — Pero, ¿por qué te necesita? Tal vez consienta en dejarte volver, si yo mismo voy a hablar con él; además, no puedo quedarme aquí más que hasta el miércoles.</p>
<p>— ¡Ay, no! De nada serviría — dijo Palko suspirando. Y enjugando sus ojos, explicó brevemente por qué debía quedar en la choza y al servicio de quién estaría, añadiendo cuán grande era su sentimiento.</p>
<p>— Pero ahora quiero dejar satisfecho al abuelo; sólo estoy en duda de si el Salvador se habrá resentido de esto.</p>
<p>El cura se sentó en el tronco de un árbol derribado, y Palko se arrodilló a su lado, reclinando su cabeza en las rodillas de su migo.</p>
<p>— Resentido precisamente, no, pero supongo que muy sorprendido.</p>
<p>— ¿Y de qué?</p>
<p>— Vamos a ver, ¿no te habías ofrecido para su servicio pocos días hace solamente? El ha recogido la palabra, y te ha aceptado por uno de sus pequeños servidores. Si estuvieras a mi servicio, debieras ir sin replicar allí donde yo te enviara, y hacer lo que te mandara.</p>
<p>— ¡Oh! Cuán gustosamente haría yo todo cuanto usted me ordenara, y sobre todo, lo que Él me mandara.</p>
<p>— Pues bien, Palko. Él es quien te manda, lo mismo que a mí: “Toma tu cruz cada día, y sígueme”. ¿Crees que Jesús no hubiera preferido quedar con sus discípulos a los cuales tanto amaba? Pero cuando su Padre le dijo: “Toma esta pesada cruz, llévala en tus magullados hombros hasta el Gólgota, y deja que te claven en este leño”, ¿qué hizo? Obedeció.</p>
<p>— Así, pues, usted cree, señor rector — preguntó ruborizado el niño — que es el Señor Jesús quien exige que le deje para ponerme al servicio de la tía &#8230; ¿Será ésta mi cruz?</p>
<p>— Por cierto, hijo mío, yo lo creo. Es, pues, deber tuyo someterte y aceptarlo de buen agrado. Dios sabe con qué motivo pone en tu camino esta alama, lo miso que sabía por qué te enviaba a mí para serme útil.</p>
<p>— Entonces, ¿de esta manera permaneceré a su servicio?</p>
<p>— Seguramente, y serás su pequeño siervo.</p>
<p>— ¡Oh!, tal vez me conceda la alegría de hallarle su niñito — exclamó Palko en un arrebato de satisfacción.</p>
<p>— ¡Su niñito! ¿qué quieres decir?</p>
<p>— ¡Oh! Es verdad, no debo hablar de esto a nadie, ni a Liska ni a Lesina; el abuelo me lo tiene prohibido. Pero, puesto que lo ha mencionado a usted, bien puedo contárselo.</p>
<p>Y Palko hizo al señor rector su narración, quedando muy sorprendido de que éste no le diera ninguna contestación, y se limitara a mirarle de una manera extraña.</p>
<p>— ¿Qué edad tendrías, Palko — preguntó por fin el cura — cuando te halló tu mamita?</p>
<p>— Año y medio, poco más o menos, según dicen,</p>
<p>— Y el hijo de Lesina, ¿era también un niñito?</p>
<p>— Sí, y muy pequeño, pues apenas andaba solo.</p>
<p>— Los caminos de Dios son a veces maravillosos. Pues bien; yo creo, en efecto, que el Señor Jesús te concederá el gozo de hallar el niño de aquella pobre mujer. Entretanto, sé un buen servidor para ella, y día vendrá en que darás gracias al Señor por haber podido servirla.</p>
<p>Un sentimiento extraño y solemne invadió el corazón de Palko; quedó un rato en silencio, con la cara oculta entre sus manos; y de repente, volviéndose hacia su amo, exclamó:</p>
<p>— ¡Cuan triste estoy!</p>
<p>— ¿Triste? ¿Por qué?</p>
<p>— Por no haber sabido comprender que era Él quien me llamaba, y por haberme negado a seguirle.</p>
<p>— En esto has obrado como lo hacemos muchas veces nosotros los mayores. Principiamos ofreciéndonos al Señor para su servicio, y luego, cuando nos manda algo que es contrario a nuestros deseos, nos negamos a sometemos, olvidados de que nos ha dicho: “Niégate a ti mismo, y sígueme”. Pero no te desanimes, hijo mío; antes bien, ora, confiésale tu culpa, y Él te perdonará; y después sírvele tan fielmente con tía Lesina como le hubieras servido conmigo.</p>
<p>Y sin aguardar a que le repitieran esta exhortación, Palko derramó en el acto ante el Señor Jesús su oprimido corazón, prometiéndole con lágrimas servirle fielmente en adelante. El cura oró también por él, pidiendo que Palko fuese para Lesina y su mujer “el niño que los pastorease”, llevándolos a Jesús, como lo había sido para él mismo.</p>
<p>Besando después a Palko, cuyas lágrimas limpió, le dijo:</p>
<p>— No te apures; seguiremos siendo buenos amigos, puesto que estamos ambos al servicio del mismo Amo. Cuando vengas a la aldea; no dejes de hacerme una visita. Te devuelvo tu Testamento, pues lo necesitarás; yo tengo en casa la Biblia entera, y quiero comprar otros muchos ejemplares. — Y sacando de su bolsillo el santo libro, lo llevó a sus labios, y lo dio a su pequeño propietario, diciéndole con lágrimas en los ojos:</p>
<p>— ¡Ojalá sea para otros muchos lo que ha sido para mí!</p>
<p>Volvieron juntos a casa del guarda, y Palko se despidió de sus huéspedes. Estos no estuvieron muy satisfechos de la determinación del abuelo, pero el cura les tranquilizó.</p>
<p>— Empiezo a conocer los caminos de la montaña; ya sabré salir solo de apuros durante tres días.</p>
<p>El guarda regaló a Palko un silbato para llamar a Dunaj y una corona nueva (moneda de plata), a lo cual su esposa añadió, empaquetadas en un pañuelo, tantas cosas de utilidad, que el niño con dificultad podía llevar su equipaje.</p>
<p>— Cuando pases por aquí, entra a darnos los buenos días, aunque nada traigas para vender — le dijo la buena señora, a lo que Palko accedió de todo corazón.</p>
<p>El cura le acompañó hasta la choza; quiso ver al abuelo mismo para darle las gracias, y le entregó una moneda de oro nuevecita. El abuelo por su parte comprendió el amor de Palko al cura, viendo qué hombre más bueno y amable era. — Bien podría dar un par de coronas a Palko, puesto que tanto le alaba — había pensado Jutiga. Pero no fueron dos, sino diez coronas, las que le entregó para el niño, con otras diez para él mismo, para ayudarle a criar a Palko, puesto que le había recogido por amor de Dios.</p>
<p>Cuando salió el cura, Juriga abrió el paquete que el niño había traído de casa del guarda.</p>
<p>— ¡Vamos, chiquito ─ dijo sonriendo — no has servido de balde! &#8230; Dios bendiga a aquella buena señora que ha pensado en nosotros con tanta bondad.</p>
<p>— ¿No lo ve, abuelo? Usted no cargará ya más solo con todo el trabajo; yo quiero ganar por fin también algo para ayudarle.</p>
<p>— Seguramente, hijo mío. Con estas diez coronas podré comprarme zapatos nuevos para el invierno; demasiado me he devanado los sesos pensando en esto, no sabiendo dónde hallar el dinero; ¡y ahora aquí lo tengo! Es mucha verdad lo que está escrito: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas os serán añadidas:” Es como si Dios mismo lo hubiera hecho llover para mí. Ahora no me faltará nada este invierno. ¡Y tú me traes aquí provisiones de boca para quince días! … No es palabra vana la de la Biblia que dice que Dios es amor.</p>
<h1>XII La tía Lesina</h1>
<p>El viejo Juriga no se había figurado que la vida con la mujer enferma de su joven amigo hubiese de ser precisamente fácil y agradable, y estaba dispuesto a aguantar no pocos disgustos para aliviar en lo posible la carga del pobre Lesina. No tenía la más remota idea de que todo iría a más y mejor.</p>
<p>Lesina y su mujer llegaron por la noche, cansados y contentos con hallar la sopa preparada. Después de cenar arreglaron su cama con las sábanas, almohadas y mantas que habían traído. De manera que no fué sino al día siguiente por la mañana cuando Juriga pudo empezar a observar a la joven.</p>
<p>— ¡Pobrecita — decía para sí el anciano, lleno de compasión — tan joven, veintiséis años a lo más, tan amable y tan bella también! Pero, ¿a quién se parece? ¡A ver cómo irán las cosas aquí con ella!</p>
<p>Por de pronto, apenas podía notarse su presencia, a no ser para alegrarse de ella.</p>
<p>Por la mañana había guisado una excelente sopa, que Juriga, Palko y Dunaj mismo, que la había acogido ruidosamente, comieron con gusto, así como una torta que había traído. A Palko le ofreció también nueces; y cuando Lesina le entregó el traje con el sombrero prometido, ella ayudó al niño a componerse. Desde el primer instante se mostró muy cariñosa con él; y la que permanecía como muda ante las personas mayores, tan pronto como se hallaba sola con el niño charlaba con su voz tan simpática, suave y melancólica como el susurro del aire en las ramas de los abedules.</p>
<p>Cuando Liska apreció, hubo también una torta para él, y la joven respondió con amabilidad a sus preguntas. Este tuvo que limpiarse los ojos a escondidas, pues le dominaba la emoción cada vez que la miraba.</p>
<p>— Has hecho bien en traerla, hijo mío — dijo Juriga a Lesina, al cabo de una semana — no te equivocabas al suponer que le agradaría la compañía de Palko.</p>
<p>— ¡Quién pudiera resistir a la atracción que ejerce este niño! — contestó suspirando el interpelado.</p>
<p>Así, pues, podían los hombres dedicarse con toda tranquilidad de espíritu a sus labores, seguros de que a la joven no le parecería largo el tiempo. A ella misma le hubiera parecido más bien demasiado corto para todo cuanto tenía el propósito de hacer.</p>
<p>Toda la ropa que había en la casita la lavó, incluso la de Juriga y la de Palko; guisaba las comidas, fregaba los platos, mondaba y secaba los hongos, así como las otras plantas que recogía acompañada de Palko. Y cuando no tenía otra faena en qué ocuparse, cosía y remendaba la ropa de todos; hasta a Liska le compuso una camisa y le echó mangas nuevas.</p>
<p>Por otra parte, hay que hacerle a Palko la justicia de que la rodeaba de cariñosa solicitud. Le contó la historia de su País del Sol, adonde la condujo ya al otro día de su llegada. La mostró su libro, explicándole el contenido. Ella escuchaba con gusto, por más que no pocas veces se abismara en sus melancólicos pensamientos. Palko comprendía que en aquellos momentos pensaba en su propio niñito; la quería mucho, y cada día crecía el amor que la tenía. Cuando salían juntos, iban siempre cogidos de la mano como dos niños.</p>
<p>Un día que la tía estaba ocupada de una labor de costura, sumida en sus reflexiones, Palko apoyó de repente su rubia cabecita en el hombro de la joven, diciéndola:</p>
<p>— Está triste por su niño, ¿no es verdad, tiíta? Pero no pase cuidado; ya verá cómo le hallaremos nosotros. Yo lo he pedido al señor Jesús, y me lo concederá.                                                                                      ‑</p>
<p>Ella se sobresaltó, le miró y le estrechó en sus brazos; su pañuelo había caído al suelo, y un rayo de sol iluminó dos caras rosadas, rodeadas como de marcos de cabellos rubios, y que ofrecían una notable semejanza.</p>
<p>— ¿Crees que le hallarás, Palko?</p>
<p>— Estoy del todo seguro de ello; pero es preciso que me diga usted cómo era.</p>
<p>— Enteramente como tú; sólo que era pequeño todavía.</p>
<p>— ¿Sabía ya andar? — preguntó Palko, enlazando con sus dos bracitos el cuello de la tía — ¡Oh, cuánto tiempo hacía que no le había acariciado la mano de una madre!</p>
<p>— Ya lo creo; cuando yo le cogía de la mano, podía andar un buen trecho; y aun aventuraba a dar solo algunos pasos.</p>
<p>— ¿Cómo se llamaba?</p>
<p>— Mischko.</p>
<p>— Así, cuando vayamos a buscarle le llamaremos: ¡Mischko, Mischko! o más bien, no, es usted quien debe llamarle, pues mi voz le daría miedo. Tía — preguntó de nuevo Palko, desasiéndose del abrazo de la joven — ¿desde cuándo ha perdido usted a su Mischko?</p>
<p>— ¿Desde cuándo? — repitió ella mirándole con ojos extraviados — Yo no lo sé, Palko. Mi cabeza la tengo en un estado extraño; unas veces me duele mucho y otras no me acuerdo de nada. Estoy, sin embargo, mejor desde que estoy en la montaña; ya no siento aquí aquel mismo peso que me oprime sin cesar el corazón cuando estamos allí en nuestra casa.</p>
<p>— ¿Sabe lo que debe hacer? Quédese siempre aquí con nosotros. En el invierno bajaremos a la aldea, y no faltará sitio en nuestra casa; tenemos una habitación grande, una cocina y un cuartito y viviremos en perfecta armonía.</p>
<p>— Yo, de buena gana me quedaría siempre contigo.</p>
<p>A Palko le asomaban las lágrimas a los ojos; tan grande era la ternura con que fueron pronunciadas estas sencillas palabras.</p>
<p>— Yo también, créame, la quiero mucho — aseguró el niño con acento profundo de sinceridad — a pesar de que al principio yo no quería en manera alguna verla por aquí ni ponerme a su servicio, porque esto me obligaba a dejar al señor rector. Es que él me ha enseñado tantísimas cosas, que me gustaría mucho estar con él. Pero, ¿no es verdad que yo la sirvo también con fidelidad, y el Salvador estará contento de mí? Y si esta es mi cruz, por cierto que no es pesada ni me abruma &#8230; Pero estábamos hablando de su niño.</p>
<p>— Sí, las gentes aseguran allí en nuestra tierra que un jabalí le habría devorado. Pero yo no puedo creerlo — declaró la infeliz madre, sacudiendo la cabeza en ademán decidido — estoy cierta de que él vive, y es preciso que le halle. No, no creo que haya muerto.</p>
<p>— No, no lo crea, tiíta — repitió Palko con acento tranquilizador — todo lo que dice la gente son tonterías. Cuando yo era pequeño, fui hallado también por mamita en la montaña, al otro lado del Waag, donde me había extraviado. El Señor Jesús, que no ha permitido que las fieras me devorasen, habrá protegido también a su niñito.</p>
<p>— ¿Tu madre también te ha vuelto a hallar? — exclamó admirada la joven.</p>
<p>— Si usted quiere, le voy a contar toda esta historia, punto por punto. Mamita buscaba hongos. De repente, oyó llorar a un niño, y mirando alrededor suyo, se encontró en el camino como un niñito que andaba, vestido con una camicita, desnudos los pies, y que le pidió de beber. Ella le dió agua y pan; y no sabiendo de quién era, le trajo a su casa. Después hizo publicar que había hallado un niño, pero nadie vino a reclamarle; de manera que le ha guardado por amor de Dios, así como, más tarde, el abuelo Juriga. Pero, tía — añadió Palko interrumpiéndose — tal vez alguien también haya hallado a su Mischko, y le haya guardado; en este caso, ¿para qué sirve buscarle en la montaña? ¿Quién sabe dónde para?</p>
<p>Puesta de pie, apretada la frente con sus manos, y fija la mirada, la infeliz mujer repetía a media voz:</p>
<p>— ¡Quién sabe dónde para!</p>
<p>— Tranquilícese — respondió Palko con tono consolador — el Salvador, de seguro sabe dónde está. Le pediremos que nos lo haga descubrir. Vienen muchas mujeres ahora a la montaña; preguntaremos a cada una de las que veamos si no ha hallado a un niño. Tal vez demos justamente con la que lo tiene.</p>
<p>A partir de aquel momento, la pobre mujer habló cada día de su Mischiko con Palko. Este le enseñaba a pedir a Jesús que le dijese dónde estaba su hijo, pues ella seguía firme en el convencimiento de que vivía todavía y le hallaría. Desde entonces perdió algo de su taciturnidad, y sus pálidas mejillas recobraron algún color.</p>
<p>A Juriga se le ocurría a menudo preguntarse a quien le recordaba la cara de la joven.</p>
<p>A todos su presencia les era grata, y trataban de leer en sus ojos lo que podían hacer que le diese placer.</p>
<p>Lesina no sabía qué imaginar para agradarle. Los primeros días, parecía que ella lo evitaba, como por efecto de cierta timidez; ahora, no.</p>
<p>Cuando, trayendo una pieza de madera, esculpía cucharas delante de la choza, iba a sentarse a su lado con su labor de media, y a veces contem-plaba con tanta ternura a su marido, que éste debía reprimirse para no gritarle su gozo. Cuando hacía la lectura del Nuevo Testamento, se sentaba también junto a él, y le oía atentamente.</p>
<p>Lesina aprendió entonces a creer en el amor gratuito de Dios para los pecadores, y al mismo tiempo a pedir con fe al Señor Jesús que sanase a su mujer. Palko, en efecto, les había repetido las explicaciones luminosas del señor rector, y contado de qué manera él también había buscado y hallado el camino del verdadero País del Sol. Y ahora era Lesina quien deseaba ardientemente hallarlo; sin embargo, no hubiera querido entrar en él sin su mujer; y, en el estado en que ella se encontraba, ¿podía llegar a la fe?</p>
<p>Leían el libro, no solamente línea tras línea, sino desde su principio, para recobrar el tiempo perdido, y cada día lo entendían mejor. Sobrevino una temporada de grandes lluvias, que les obligó a permanecerse algunos días en casa, y aprovecharon esta circunstancia para adelantar en su lectura; de modo que el tiempo pasó para ellos con rapidez.</p>
<p>Liska quedaba constantemente con ellos, y no volvía a su casa sino por la noche, y sucedió más de una vez que hizo por que le acompañase Palko, con el objeto de hablar con él de las cosas que acababan de leer, reteniéndole tarde consigo por la noche.</p>
<p>El deseo de Lesina de hallar el camino de la salvación se hacía cada vez más intenso.</p>
<p>Pedía también a Dios que iluminase a su mujer, pues él mismo no creía que su hijo estuviese aún con vida; se lo representaba su imaginación oculto en alguna región del País del Sol eterno, y suspiraba por el día en que volvería a verle.</p>
<h1>XIII El rector está muy enfermo</h1>
<p>Por agradable y tranquila que fuese esta vida común de los cuatro amigos, Palko no dejaba de sentir que le faltaba algo. Momentos había en que le invadía un deseo tan vivo de servir al señor rector, que no podía menos de proferir en sus oraciones este suspiro: “Señor Jesús, quiero, sí, estar sumiso y llevar mi cruz; pero, aunque no tengo como tú las espaldas magulladas, ¡me parece tan pesada!”</p>
<p>El niño tenía la impresión de que los que le rodeaban no acertaban a comprender su estado de alma, mientras que el señor rector seguramente lo comprendería.</p>
<p>Ninguna oportunidad se le había ofrecido de bajar a la aldea. El primer domingo, la lluvia le había impedido salir; y al siguiente, el abuelo había ido al culto con los tíos Liska y Lesina. Cuando regresaron por la tarde, Palko pidió permiso para ir a casa del guarda y llevar a la señora unos cuantos hongos, como testimonio de gratitud por sus hermosos regalos. Tomando consigo a Dunaj, echó a correr, cual si desafiase al animal a que le superase en agilidad. Es que se sentía con alas, como un pájaro escapado de su jaula, y Dunaj, por su parte, estaba encantado de hallarse otra vez solo con su joven amo.</p>
<p>— Ahora por fin podré saber cómo está el señor rector — pensaba Palko, y, en su alegría, hacía resonar los ecos con sus gritos de ¡Jujú!, ¡Halloh! Después entonaba una melodía que la tía Usina le había enseñado; de manera que muy pronto llegó a casa del guarda.</p>
<p>La señora se hallaba sola en casa.</p>
<p>— Mil recuerdos del abuelo — exclamó Palko gozoso — Aquí traigo el pañuelo en que iba envuelto el paquete, con algunos hongos en señal de agradecimiento por todo.</p>
<p>— ¡Qué hongos más hermosos! ¿Dónde los has encontrado? Darás también a tu abuelo muchas memorias de mi parte y tantas gracias por su regalo. Siéntate aquí, que voy a darte una taza de café; y puesto que estoy sola, me harás compañía si no llevas mucha prisa &#8230;</p>
<p>— Bueno — contestó Palko muy satisfecho, y pensando además que de esta manera tendría seguramente noticias del rector.</p>
<p>Después de un rato de conversación, preguntó de repente en voz de súplica:</p>
<p>— Por favor, señora, ¿puede usted decirme cómo está el señor rector?</p>
<p>— ¿Nuestro cura? No está malo, sino que tiene no sé qué de extraño — contestó la señora moviendo la cabeza de un lado a otro.</p>
<p>— ¿De extraño?</p>
<p>— Pues mira, estos dos domingos ha predicado como nunca lo había hecho antes &#8230;</p>
<p>La buena de la señora se olvidaba de que hablaba con un niño, ante el afán y la atención con que la escuchaba Palko.</p>
<p>— Eso es — dijo el niño, haciendo con la cabeza una señal de aprobación — aquella mañana en que yo estuve en la rectoría me dijo que predicaría como jamás había predicado. Y esto, sencillamente, por haber hallado el camino del País en que el sol no se pone nunca.</p>
<p>— Conque, ¿te lo ha dicho a ti también? Es lo que nos ha explicado, valiéndose de estas extrañas palabras. Si tú no hubieras estado con él de día y de noche durante dos semanas, y no te hablaría de esto, porque eres aún muy niño. Decía, además, que hasta ahora no había sido para nosotros un buen pastor, puesto que no era nacido de Dios y no tenía la seguridad del perdón de sus pecados. Afamaba, es verdad, que nos había declarado lo que sabía acerca del Señor Jesús, pero que Él personalmente no le había poseído. Por fin, añadió que nosotros tampoco lo poseíamos, pero que nos enseñaría el camino que nos ha de conducir a Él, puesto que Dios le había recibido en gracia y le había adoptado por uno de sus hijos. Yo no sé repetir esto muy bien, pero nunca podré olvidarme de aquella plática, como tampoco de la de hoy. Apenas tenía paciencia suficiente para esperar este domingo; tan grande era mi deseo de saber cómo nos mostraría el camino. Nos ha hecho ver qué santo y bueno es Dios, y qué pecadores más grandes somos nosotros, añadiendo que nos perderíamos para siempre si nos negásemos a convertimos y acudir al Señor Jesús. Tanto silencio reinaba en la iglesia, que se hubiera oído la caída de un alfiler; nadie se dormía. No sé pintarte nuestras impresiones; pero cualquiera hubiera dicho que no era él, sino otro, quien ocupaba el púlpito; tan extraordinario era lo que predicaba. A la salida de la iglesia, todos los oyentes quedamos en el cementerio, asombrados cual si el día del juicio, de que nos había hablado, hubiese amanecido. Nos refirió también en su predicación que había hallado el camino que conduce a Dios y Cristo, leyendo un libro; pero no he entendido bien lo que estaba escrito, sino que debía leerse “línea tras línea”.</p>
<p>— ¡He aquí el libro! — Y Palko se levantó y sacó de su bolsillo su amado tesoro.</p>
<p>— ¿Tú tienes este libro? — exclamó la señora, en el colmo de la sorpresa; y tomando febrilmente sus anteojos, leyó en la primera página que Palko acababa de abrir: “Lee con atención, línea tras línea” — ¿De dónde tienes este libro, muchacho? ¿Es él quien te lo ha dado?</p>
<p>— No; quien se lo ha dado soy yo.</p>
<p>Palko tuvo que contar una vez más la historia de su hallazgo, lo cual causó la mayor sorpresa a la señora. Refirió después de qué manera él mismo y el señor rector habían leído juntos el libro, y juntos habían recibido, cual Marta, al Señor Jesús, y al Espíritu Santo, cual la gota de rocío recibe el sol.</p>
<p>— Pero, hijo mío, hablas como un santo o como el Señor Jesús en el templo, a los doce años — dijo la señora, dando salida a su admiración: — ¿No quieres prestarme este libro?</p>
<p>Palko vaciló un instante.</p>
<p>— De buena gana lo haría; sólo que todavía no lo he leído todo. Es verdad que el tío Lesina ha traído de su casa la  Biblia entera, y nos la lee; pero leo yo también solo, cuando voy al País del Sol, y cuando salgo con la tía Lesina a coger frutas le hago la lectura. Yo no podría llevar conmigo la Biblia, que es demasiado gruesa, y tampoco sé encontrar con facilidad en ella las historias y palabras que deseo.</p>
<p>El muchachito miraba derecho delante de sí, en busca de una solución.</p>
<p>— ¡Oh! Ahora sé — dijo de repente — El señor rector, al devolverme el libro, me ha dicho que encargará le manden otros; debe, pues, haber otros en el mundo.</p>
<p>— ¿Ha dicho esto? — exclamó gozosa la señora — Oye, Palko, el abuelo no se enfadará si llegas un poco más tarde esta noche, pues siendo domingo no te necesita. Aquí tengo varias cositas que desearía mandar al señor rector. ¿Quieres llevárselas de mi parte y pedirle al mismo tiempo que se sirva proporcionarme uno de aquellos libros? De buena gana se lo pagaré, sea el que fuere el precio.</p>
<p>— ¡Qué bien! De esta manera podré ver al señor rector.</p>
<p>Palko tuvo el placer de asistir a la operación de empaquetar en una cesta dos palomos silvestres, las setas que acababa de traer, un poco de queso de oveja y mantequilla fresca.</p>
<p>— Toma, llévale esto, y dale muchos recuerdos de mi parte. Dile que no puedo olvidar su plática, y que se digne orar por mí, para que halle también el camino que conduce a Dios. Estoy dispuesta a cumplir todo cuanto exija de mí, a hacer cualquiera peregrinación o a pagar cuantas misas quiera, con tal de no perderme enteramente.</p>
<p>Estas palabras originaron en el ánimo de Palko un sin fin de reflexiones mientras bajaba a la aldea.</p>
<p>— ¿Qué quiere decir la señora? El Señor Jesús dijo sencillamente: “Venid a mí”. Y Marta no fué nunca a ninguna peregrinación a cualquier lugar, ni tuvo que pagar nada; se contentó con recibir al Señor Jesús. Estoy seguro de que la mujer del guarda, lo mismo que yo antes, no conoce la historia de la serpiente de metal, ni la de los israelitas en Egipto, que escaparon de la muerte porque el cordero había muerto por ellos. Y tú, Señor Jesús, eres el Cordero de Dios, muerto por nosotros en la cruz. ¿Por qué no le he dicho esto? Se lo diré a la vuelta, sino no me olvido. Y cuando ella tenga el libro, entonces lo comprenderá bien; ya le he dejado el mío, y puede leer algo. Pero, ¡qué lástima que esto no se halle al principio! Sin embargo, línea tras línea, como se debe, acaba uno por dar con ello.</p>
<p>En nada de tiempo estuvo Palko en la rectoría. Allí, en el vestíbulo, se encontró con la criada, que le dijo:</p>
<p>— El señor rector descansa un momento, y yo no dejaría entrar a ninguna otra persona; pero me ha dado orden de no despedirte nunca Ve, pues, a enseñarle lo que hay en tu cesta, antes de entregarlo a la señora.</p>
<p>Colocándose sin ruido en la habitación, Palko echó primero una mirada a la cama, y después al sofá: el rector tenía los ojos cerrados, pero los abrió en seguida.</p>
<p>— Bienvenido seas, Palko. Por fin estás aquí — dijo alargándole las manos — Yo me preguntaba si me olvidabas. Pero no vayas a llorar; bien sabía yo que era tu deseo venir a verme.</p>
<p>— Puede estar seguro de ello.</p>
<p>Enjugando sus lágrimas, Palko deposita su cesto sobre la mesa, se arrodilla delante del sofá, y lo que nunca había hecho, besa al señor rector, como besaba a la tía Lesina, apoyando su rosada mejilla en la demacrada cara del sacerdote. Esta inesperada y espontánea manifestación de cariño infantil causó al solitario una emoción deliciosa. Atrayendo a su pecho al niño, depositó un tierno beso en su pura y blanca frente.</p>
<p>— ¿Por qué está tendido? — preguntó Palko con solicitud — ¿Está usted cansado o enfermo?</p>
<p>— Estoy algo cansado, en efecto, Palko, y tengo punzadas en el costado, las que me impiden bastante respirar tan pronto como quiero andar. De esto no ha hablado a nadie, y no lo digo sino a ti únicamente, para que pidas al Salvador que me sane.</p>
<p>— ¡Oh, pidámoslo en seguida!, y después le diré por qué he venido. Señor Jesús, mi buen amado Señor Jesús, estás aquí con nosotros, ¿no es cierto? Pues bien, te lo ruego; sana al señor rector. Ya sabes que no puede predicar cuando está enfermo, ni hacer cosa alguna y, sin embargo, es menester que enseñe todavía el camino a las gentes y a la mujer del guarda.</p>
<p>— ¡Sí, ¡oh Hijo de Dios! — añadió el cura mismo — Vos, que habéis llevado nuestras enfermedades y la mía también; Vos, que habéis prometido conceder todo cuanto os pidieren juntos dos de nosotros, os lo pido; alejad esta enfermedad. ¡Cuánto quisiera serviros todavía, y alumbrar, por medio de esta luz que me habéis dado, vuestro pueblo, que yace en las tinieblas! Por espacio de tantos años no he sido para estos ciegos sino un guía ciego, un asalariado; yo no andaba delante de las ovejas. ¡Oh, permitidme reparar algún tanto mis descuidos! Yo soy joven todavía, y tengo delante de mí toda la vida. ¡Si me sanáis, hago el voto de consumirme por completo a vuestro servicio como un cirio en el altar! Amén.</p>
<p>En la habitación reinaba un silencio solemne, como en una iglesia. Palko lo rompió el primero exclamando:</p>
<p>Nos ha oído, y estoy seguro de que hará lo que he pedido.</p>
<p>Lo creo también, Palko; sólo te pido que sigas orando por mí; ya sabes que servimos al mismo Maestro, y es preciso que nos ayudemos mutuamente.</p>
<p>Usted se siente ya un poco mejor, ¿no es verdad?</p>
<p>&#8211; Si, estoy mejor. Tan pronto como has entrado, he sentido alivio. Mira, Palko, nadie te ha sustituido para mí; y al sentirme tan solitario, con este peso en el pecho, estaba muy abatido.</p>
<p>&#8211; ¿No tiene padre ni madre, como yo?</p>
<p>— Tiempo hace que han muerto.</p>
<p>— ¿Y no tiene abuelo, ni hermanos o hermanas?</p>
<p>— Los he tenido, pero han mosto casi todos en temprana edad, víctimas de enfermedades del pecho.</p>
<p>— Pero aquella sañosa que estaba aquí de visita, ¿no era su hermana?</p>
<p>— Esta, sí, vive todavía; sólo que reside muy lejos de aquí; y como tiene familia, no podría venir a cuidarme si yo cayese enfermo.</p>
<p>— Entonces, ¿quién es aquella señora de edad que habita aquí?</p>
<p>Es la hermana mayor de mi difunto padre. Un momento antes de tu llegada, me sentía tan abandonado como el Señor Jesús en Getsemaní. Y he aquí que te ha enviado a mí, ¡alabado sea Él! ¿Y me has traído todavía algo?</p>
<p>— Sí — exclamó Palko — por poco me lo olvido. Es la señora del guarda quien le manda todas estas buenas cosas; esto le restablecerá pronto. Mire un poco, señor. Palomos silvestres (¡pobrecitos, lástima que los hayan muerto!); huevos, queso de aquel que usted prefiere, y aquí aquel buen pan de centeno que tiene tan excelente olor, y manteca.</p>
<p>— Cuántas cosas buenas! Apenas he tenido tiempo de comer un bocado hoy; he tenido que predicar dos veces, hacer un entierro y una porción de cosas más. Pero ahora empiezo a sentir el hambre. Hay un cuchillo en la mesa; corta un poco de pan para cada uno, que vamos a probar esta manteca y el queso.</p>
<p>Se pusieron a la mesa, pero el cura no hizo mucho honor a aquellos manjares tan buenos. En cambio, obligó a Palko a comer bastante, y Dunaj mismo no fue olvidado. Palko tuvo después que llevar a la cocina el cesto para desocuparlo de su contenido, y muy gustoso trajo al cura vaso de agua, que bebió con avidez para calmar algún tanto su calentura.</p>
<p>Palko transmitió, por fin, al cura el recado de la mujer del guarda, refiriéndole todo cuanto había dicho. No se había figurado que al señor rector le causaría tanto gozo; levantándose del sofá, el enfermo se acercó a una mesita, no sin llevar la mano a su costado. Allí había libros envueltos en papel, y sacó uno, diciendo:</p>
<p>— ¡Bendito sea Dios! Yo había encargado inmediatamente un buen número de ellos, pero no creía necesitarlos tan pronto.</p>
<p>Y sentándose a la mesa, copió palabra por palabra, en la primera página del libro, lo que estaba escrito en el de Palko, añadiendo todavía algunos renglones. Después de esto, juntando las manos, oró.</p>
<p>La anciana señora Malina trajo el cesto, aunque no vacío.</p>
<p>— Yo ha puesto algo para Palko y el abuelo — dijo — Pero, ¡qué cara más abatida tienes tú! Harías mejor en acostarse del todo.</p>
<p>Y llena de ansiedad descubrió la cama.</p>
<p>— Un poco más tarde, tía. Quiero ir al jardín a acompañar a Palko; no debemos detenerle más, pues tiene una larga caminata para llegar a su casa</p>
<p>Jamás le había costado tanto a Palko separarse de su amigo; tenía el corazón tan oprimido, que hubiera querido llorar.</p>
<p>— Si usted me lo permitiese, preferiría quedarme — le dijo al llegar al jardín — está usted tan solito, pobre señor!</p>
<p>— No puede ser; tu abuelo, que ignora por completo dónde estás, estaría muy inquieto, y lo mismo la señora del guarda. Vete a casa como un buen chico, pero sin correr, para evitar el sudar mucho y el resfriarte después. Ya me has hecho bien, y, como tú sabes, he recibido también al Señor Jesús aquí, en la rectoría, y está conmigo. Si irte parecía estar solo, era porque no había pensado en Él en seguida; pero no me olvidaré más de Él. Ahora, Palko, di al abuelo que se sirva pasar mañana por la rectoría; tengo que comunicarle una cosa importante — añadió el cura en el momento de separarse de su amiguito.</p>
<p>Pero antes de esto había preguntado a Palko cómo le iba con la tía, si la servía bien, y esto había dado lugar todavía a largos relatos; de modo que, conversando el cura, le acompañó hasta el pie de la montaña, donde se sentaron juntos un rato.</p>
<p>Así es que era de noche cuando Palko llegó por fin a la choza, donde el abuelo y Lesina le esperaban con tanta ansiedad, que habían salido a buscarle. El niño había tenido además que pasar por casa del guarda para entregar el libro; y aunque no se había detenido allí sino el tiempo necesario para tomar en cambio el suyo propio y ver la alegría de la buena señora, ya era muy tarde. Pero cuando lo hubo contado todo, no le dieron ninguna reprimenda, pues era fácil ver que estaba muy cansado y se caía de sueño.</p>
<p>— ¿Qué puede tener que decirme el cura? — dijo refunfuñando Juriga cuando Palko estuvo dormido. ¿Qué opinas, Martín?</p>
<p>— De seguro que va a persuadirle que le devuelva a Palko -‑ contestó Lesina con acento melancólico — Los señores tienen a menudo sus caprichos. Palko me ha contado que le ha exigido la promesa solemne de no ir a servir a nadie sino a él, en el caso de que Dios le retire a usted. Tal vez le pida que se lo ceda desde ahora, porque con dificultad hallaría otro semejante. Pero le ruego que no se lo dé. Este niño no es nada mío, ni yo tampoco lo soy de él; pero conozco que caería enfermo si usted se lo diera, y si yo supiera que nos iba a dejar para siempre. A veces me parece que no podría amar con mayor cariño a mi propio hijito perdido.</p>
<p>— No tengas miedo — contestó Juriga, enjugándose los ojos — No lo cederé en manera alguna ¿Qué sería de mí sin él? Yo también a menudo me lo digo: él es el niñito que debe conducirme a Dios, y esta será la recompensa que me ha prometido Razga.</p>
<p>Lesina hubiera deseado todavía pedir más pormenores acerca de lo que Palko le había contado de su pasado, aquel día en que le había acompañado a la aldea; muchas veces había pensado en él cuando estaba en casa, y sin embargo, esta noche se había olvidado de hablar de este asunto. Pero su mujer y Palko se agitaban en sus hechos.</p>
<p>— Es preciso acostarnos — dijo Juriga en voz baja — pues les impedimos dormir.</p>
<p>Y así lo hicieron.</p>
<h1>XIV El señor rector aclara un asunto</h1>
<p>El día siguiente, por la madrugada, cuando los demás apenas acababan de levantarse, Juriga se marchó hacia la aldea; pues, además del asunto indicado, tenía algo que hacer allí, y deseaba echar una mirada a su casita. Pero ante todo quería pasar por la rectoría, y decirle una vez más al cura su opinión, si las cosas eran tales cuales Lesina suponía.</p>
<p>Halló a la criada del cura llorando, y le preguntó qué tenía.</p>
<p>— ¡El señor rector ha pasado tan mala noche! &#8230;</p>
<p>— ¿Qué dices? Mi niño le ha visto todavía anoche &#8230;</p>
<p>— ¿Palko es de usted? ¡El señor rector le quiere tanto! Anoche, en efecto, le acompañó todavía hasta el pie de la montaña. Cuando le encontré en el jardín, a su regreso, me dijo que esperaba a usted esta mañana, y me ha encargado que le introduzca en seguida. Pero, francamente, no sé si se halla en estado de recibirle. El médico acaba de salir de aquí.</p>
<p>— Y, ¿qué le ha sucedido tan de repente?</p>
<p>— Ha tenido esta noche una fuerte hemorragia. La pobre tía está anegada en lágrimas; dice que es una enfermedad de familia, a la cual han sucumbido todo sus hermanos y hermanas, hereditaria de su madre.</p>
<p>Juriga se quedó en la habitación de los criados, hasta saber si se le permitiría ver al enfermo. Por fin, volvió la sirvienta diciendo que podía entrar, puesto que el señor rector tenía empeño en verle, pero que su visita fuese corta.</p>
<p>— ¿Qué querrá de mí, para llamarme, enfermo como está? — pensaba no sin emoción Juriga, al acercarse a la cama, y al apretar con su fuerte mano la calenturienta diestra del cura.</p>
<p>— Muy satisfecho estoy de que usted haya venido — dijo éste en voz baja y no sin esforzarse bastante — Palko me ha contado que fué hallado años atrás en la montaña por la hija de Razga, y que, por otra parte, la mujer de Lesina está buscando a su niñito. Pregunte a Lesina cuándo perdió a su hijo, y cuéntele lo que sabe de Palko; no puedo librarme de la idea de que aquel niño es Palko mismo. No permita que aquella pobre madre continúe así buscando.</p>
<p>El cura tuvo que interrumpirse para respirar, y cerró los ojos cansado, pero pronto prosiguió:</p>
<p>— Esto es lo que me urgía decirle; no puedo hablar más. Como ve, estoy gravemente enfermo. A no ser por una intervención milagrosa del Señor Jesús, yo no tengo vida para mucho tiempo. Déjeme a Palko para estos pocos instantes que me quedan; nos queremos mucho el uno al otro, y él es quien me ha llevado al Salvador. Ayer, tan pronto como llegó, me hallé mejor. Usted podrá disfrutar de él todavía por mucho tiempo con salud y vida; déjeme disfrutar de él en mi lecho de muerte.</p>
<p>— Se lo voy a enviar enseguida, señor rector — contestó Juriga, luchando por contener sus lágrimas.</p>
<p>El anciano estaba como aturdido al salir de la rectoría, y cuando atravesó por las calles de la aldea apenas notó que le saludaban, y que las gentes le seguían con miradas de sorpresa. Le parecía ver continuamente delante de sí aquella noble cara, pálida y dolorida, con las facciones estiradas, y oír aquella voz suave rogándole: “Déjeme disfrutar de él en mi lecho de muerte”.</p>
<p>— ¡Oh Lisina! — decía hablándose a sí mismo, al acercarse a la montaña — tan enfermo como está, piensa en Palko y en nosotros; para venir en nuestra ayuda, en la tuya mayormente, era por lo que se empeñaba en verme. Apenas podía hablar, y, sin embargo, me ha hecho venir hasta su cama, mientras nosotros le negábamos el niño &#8230; Pero, ¿cómo puede ser que yo no haya pensado inmediatamente en Palko, cuando me habló de aquellas montañas de allí? Es verdad que yo me figuraba que no hacía más de un año, a lo más, desde que había perdido a su hijo. ¿Por qué no le he dicho nunca que Palko no es mío? Y eso que me ha preguntado una vez si el niño era de uno de mis hijos &#8230; Sin el señor Malina, yo jamás hubiera pensado en la relación que existe entre los dos hechos. Y, sin embargo, Dios no nos ha juntado de esta manera sin tener sus buenos propósitos. Es preciso que Lesina sepa inmediatamente que no ha muerto su hijo. ¡Y yo que me daba sin parar de cabezadas para descubrir a quién se parece la infeliz mujer, sobre todo cuando alisa sus hermosos cabellos dorados! El niño parece como vaciado en ese molde &#8230;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>***</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nunca le había parecido a Juriga el camino del regreso tan corto como aquel día; se sentía casi remozado; tan grande era su gozo de traer a Lesina esta inesperada cuanto fausta noticia.</p>
<p>— Pero, ¿de qué manera voy a decírselo? — pensaba el anciano al acercarse a la choza.</p>
<p>No se oía el menor sonido.</p>
<p>─ El niño habrá ido a buscar hierbas medicinales con la tía. ¿Qué digo a su tía? Con su madre.</p>
<p>─ Felizmente, no estaba en casa, pues Juriga no hubiera podido contener su emoción.</p>
<p>Halló a Lisina cerca de la cabaña, ocupado en talar las ramas de un pino derribado al suelo.</p>
<p>— ¿Ya de regreso, tío? — dijo éste — Pues bien, ¿qué quería aquel cura de desgracias?</p>
<p>— ¡Oh hijo mío! — contestó el anciano con voz trémula — ; debieras quitarte la gorra al hablar de este hombre. Le he encontrado muy enfermo, pues ha tenido esta noche una terrible hemorragia. Me ha dicho que Palko es quien le ha traído al Salvador, que tendremos una vida entera para disfrutar de su presencia, y que bien podríamos permitirle que disfrute de ella en su lecho de muerte.</p>
<p>— ¿Y usted ha consentido en ello? — preguntó vivamente Lesina.</p>
<p>— Sí, hijo mío, y no volveré atrás de mi promesa. Le debemos infinita gratitud, y no podemos pagarle sino una parte muy pequeña de nuestra deuda.</p>
<p>— ¡Tantas cosas por esas diez miserables coronas que le ha echado! — replicó con amargura Lesina al dar en el árbol un tremendo hachazo.</p>
<p>— Deja un momento tu trabajo, y siéntate, hijo mío, que tengo algo que preguntarte.</p>
<p>Lesina obedeció, bien que desconfiado y descontento; hundió su hacha en el leño y se sentó en la hierba al lado de Juriga &#8230; ¿Qué le habrá sucedido al anciano para que huelgue así el lunes? Juriga, en efecto, le miraba de un modo tan extraño que por poco si le pregunta: — ¿Qué tiene usted que me mira así?</p>
<p>— Dime, Martín, fijamente, ¿cuándo y en qué año desapareció tu hijo?</p>
<p>El joven se estremeció al oír estas palabras, que estaba muy lejos de esperar.</p>
<p>— ¿Por qué esta pregunta?</p>
<p>— Por nada — dijo Juriga tosiendo — únicamente porque me preocupa la idea de si tu mujer, que está buscando sin parar al niño en la montaña, le conocería en el caso de que le encontrase.</p>
<p>— Seguramente que no. ¿Y cómo quiere usted que le conociese? — exclamó Lesina gimiendo, y olvidado, como siempre, de cualquiera otra cosa cuando pensaba en eso. Busca continuamente su nene de año y medio, vestido de una camisita, mientras que tendría ahora cerca de nueve años.</p>
<p>Juriga tosió de nuevo para aclararse la voz; era evidente que tenía algo en la garganta.</p>
<p>— Me habías preguntado cierto día si Palko era hijo de uno de los míos, pero nuestra conversación había sido interrumpida. Voy, pues, a referirte de qué manera me hallo en posesión de este niño.</p>
<p>Y Juriga emprendió la narración de las aventuras de Palko, tan interesante como un cuento de hadas. No omitió ninguno de los pormenores, describiendo palabra por palabra el hallazgo en el bosque, por Ana Razga, de aquel niño que andaba con la cabeza y los pies desnudos, y vestido tan sólo con una camisita. Lesina abrió los ojos grandes, interesado más y más y cautivado en alto grado por el giro que tomaba la conversación, mientras Juriga proseguía su relato.</p>
<p>Cuando éste terminó, Lesina se abalanzó hacia él, asiéndole apasionadamente las manos.</p>
<p>— ¿Por qué me cuenta todo esto?</p>
<p>— ¿Me lo preguntas, hijo mío? ¿No adivinas quién es tu hijo y dónde le has de buscar?</p>
<p>— ¿Palko? Imposible — exclamó Lesina dejándose caer al suelo junto al tronco del árbol cortado: reía y lloraba al mismo tiempo, y parecía haber perdido la razón.</p>
<p>Después de considerarle un instante en silencio, Juriga se quitó el sombrero, pidiendo a Dios que viniese en ayuda de aquel infeliz, y se fué en seguida en busca de Palko para mandarle a casa del señor rector. Se acordaba de su promesa, y no ignoraba que una promesa hecha a un moribundo es sagrada. Tuvo la satisfacción de hallar el perro, y no se equivocó al creer que no tardaría en hallar también al niño.</p>
<p>— Hija — dijo amistosamente a la joven — deja ahora tus hierbas, y ven a prepararnos la comida, que es preciso enviar a Palko a la aldea.</p>
<p>Entraron, pues, sin demora en la choza, y no transcurrió media hora antes que Palko estuviese en disposición de marcharse.</p>
<p>— Abuelito — preguntó éste tímidamente — ¿usted ha estado ya en casa del señor rector?</p>
<p>— Sí, hijo mío; desea verte en seguida; está muy enfermo, y le he prometido que podrás quedarte un poco a su lado. Por lo que hace a nosotros, sabremos arreglarnos perfectamente sin ti.</p>
<p>— ¡Oh querido abuelito! — dijo el niño al besar, lleno de gozo, al anciano, el cual esta vez le estrechó con ternura en sus brazos.</p>
<p>— Ahora ve, y cuídale bien.</p>
<p>Estaba a punto de alejarse cuando la tía Lesina le detuvo.</p>
<p>— ¿Adónde vas? ¿Adónde le envía usted? — preguntó ansiosa la mujer.</p>
<p>— No le detengas, hija; ya volverá.</p>
<p>— Palko, ¿me dejas?</p>
<p>— ¡Oh tiíta! — dijo el niño, con lágrimas en sus ojos azules.</p>
<p>— Ayer fuiste no sé adónde, ¡y tu presencia me hace tanta falta! Ya tenía miedo de que no volvieses más, como mi Mischko.</p>
<p>— Pues yo volveré. Déjeme solamente ir esta vez a casa del señor rector, puesto que tiene necesidad de mí. Después estaré siempre con usted.</p>
<p>— Anda, Palko, y de prisa — dijo Juriga emocionado, al ver la lucha que agitaba el alma del niño.</p>
<p>No le parecía bueno que Lesina le viese en aquel momento. De desear era, al contrario, que tuviese tiempo para darse cuenta del increíble hecho de que su hijo vivía aún, y de que lo era precisamente aquel niño al cual amaba con todo su corazón.</p>
<p>Palko partió como una ráfaga de viento.</p>
<p>— Prepara ahora, hija, la comida para tu esposo, que va a llegar.</p>
<p>— ¿Por qué ha mandado usted a Palko fuera? — gemía la pobre mujer como fuera de sí — ¿No sabe que no puedo vivir sin él?</p>
<p>— ¿Y por qué querer guardarle aquí, puesto que no le tienes cariño?</p>
<p>— ¡Y no le tengo cariño! ¿Quién le ha dicho tal cosa?</p>
<p>— Si le quisieras de veras, ya no buscarías sin cesar a tu Mischko. En resumidas cuentas, Palko es mío, y tú puedes ir a buscar a tu Mischko.</p>
<p>— ¡Oh!, démelo. Le ruego me lo dé.</p>
<p>— Pues bien, yo te lo daré, pero con la condición de que lo tomes en lugar de tu Mischko, perdido para siempre. Si te doy a Palko, ¿pondrás fin a tus inútiles investigaciones?</p>
<p>— Vamos, sí, abuelito. Desde que tengo a su Palko, ya no lloro tanto por Mischko.</p>
<p>— Aquí viene Lesina, dale su comida.</p>
<p>— ¡Pobre amigo! — pensaba Juriga con simpatía, al va aquella cara demacrada, en la cual las lágrimas habían dejado huellas.</p>
<p>— Martín — gritó desde lejos la joven a su marido — figúrame que el abuelo nos da a Palko; sólo que, por de pronto, le ha enviado a recados.</p>
<p>Lesina besó tiernamente a su mujer.</p>
<p>— Ha hecho bien en enviarle esta vez, Eva mía; pues volverá, y entonces será nuestro y le guardaremos para siempre. Pero debemos una gratitud inmensa a ese señor a cuya casa va ahora. Jamás podremos pagar tan grande deuda. ¡Ojalá que al menos pueda el niño hacerlo por nosotros!</p>
<p>Mientras la joven fué a buscar agua, los dos hombres se echaron en los brazos uno de otro.</p>
<p>— Puesto que Razga ha muerto — dijo Lesina — urge cuando menos manifestarle cuánto le agradezco todo lo que usted ha hecho por mi querido hijo y por mí mismo en mi gran desgracia. Y le doy gracias también por haberle mandado allí ahora, pues creo que yo no hubiera estado en disposición de verle aquí, delante de mí, sabiendo que es el niño contra el cual he pecado de una manera tan grave.</p>
<h1>XV Palko sirve otra vez al señor rector</h1>
<p>El más ardiente deseo de Palko estaba realizado, pues se hallaba otra vez al lado de su tan preciado amigo &#8230; Pero, ¡cuán diferente de sus ensueños era la realidad! Nada de correrías por montes y valles, nada de ascensiones por peñas escarpadas, ni siquiera un minuto de charla por espacio de dos días. Y, sin embargo, el niño sentía un vivo gozo y una profunda gratitud hacia su Salvador y hacia su abuelo, de que le fuese concedido el favor de permanecer junto a este lecho de dolor.</p>
<p>El médico, en un principio, había querido alejarle como a intruso molesto e inútil, pero el cura no lo consintió.</p>
<p>— Déjeme a Palko; es mi pequeño camarada. Muéstrele lo que puede hacer por mí, pues hará todo cuanto usted quiera. Las demás personas hacen todas mucho ruido, mientras que a él apenas si le oigo.</p>
<p>Así es que le permitieron permanecer, y más tarde el médico confesó que en eso habían acertado. Palko, en efecto, sabía hacer bien cualquier cosa. Pero no tenía mucho trabajo, pues todo consistía en dar de vez en cuando un poco de hielo al enfermo, y en abrir o cerrar la ventana. Cuando se ofrecía algo más complicado, no tenía más que dirigirse a la cocina. El niño, al ir y venir por la habitación, no hacía más ruido que una mosca, y sabía abrir y cerrar las puertas sin que nadie lo oyese. Prefería no alejarse de la cama, y cuando veía que el enfermo sufría mucho, juntaba las manos y oraba sin cesar.</p>
<p>El cura oraba también, rogando encarecidamente al Salvador que le sanase para poder servirle todavía.</p>
<p>— ¿Por qué, pues, no se lo concede? — balbuceó Palko a media voz, apoyada su cabeza en la mano — ¿Por qué hace como si no oyera? Y, sin embargo, estoy cierto que nos oye.</p>
<p>El cura le pidió leyese algo en las Sagradas Escrituras; el pasaje escogido le pareció extraño a Palko.</p>
<p>— He edificado sobre este fundamento paja, heno y hojarasca — dijo despacio el cura — todo esto será consumido. ¿Valía la pena de vivir para no hacer sino un trabajo inútil? Yo mismo seré salvo, pero como a través del fuego: ¡no hay corona para mí! ¡Oh, si yo pudiera vivir y trabajar todavía! Pero morir ahora &#8230; ¿Qué hará el Señor de mí, que soy un siervo inútil?</p>
<p>De sus ojos cerrados dos gruesas lágrimas corrían por sus calenturientas mejillas.</p>
<p>Palko lloraba también. “Mas así como por fuego, él empero será salvo &#8230;, mas así como por fuego..:” Si el fuego es esta tan dolorosa enfermedad, es un fuego sumamente terrible.</p>
<p>— ¡Oh Palko! — le dijo un día al anochecer, me siento muy mal.</p>
<p>Aquella noche, en efecto, mientras Palko dormía, el cura tuvo dos hemorragias, y el médico no le dejó un solo instante. Por la mañana, la cara del enfermo estaba tan blanca como la funda de la almohada, y su debilidad era extrema. Sin embargo, cuando el niño se acercó, le acogió con una tierna sonrisa.</p>
<p>— No te aflijas por mí, hijo mío; ya voy mejor, pues el peso que me oprimía ha desaparecido, lo mismo que la punzada en el costado, y puedo hablar sin sentir dolor.</p>
<p>— ¿Usted no sufre más? Entonces el Señor Jesús nos oye, y todo irá bien.</p>
<p>— Sí, Palko, nos oye. Esta noche la muerte estaba ya muy cerca, pero Él no me ha dejado morir. Y esta mañana me ha enseñado una cosa muy preciosa en su Palabra. Léeme en la segunda epístola de San Pablo a Timoteo, capítulo 4, versículo 8: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, Juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida!” Por esta palabra he comprendido que la vida eterna, que es la corona de vida, es dada gratuitamente, por los méritos de Cristo, a los que le han amado y le han permanecido fieles. Si me hubiera sanado, grande habría sido mi dicha de servirle. Pero tal vez, tan innato es en mí este instinto, hubiera buscado mi salvación en mis obras he dado a ellas demasiada importancia. Así, al contrario, llamado a comparecer con las manos vacías delante del Dios Santo, por fuerza no las pueda llenar sino con los méritos de Cristo.</p>
<p>El cura hablaba en voz tan baja, que Palko tenía que inclinarse hacia él para oírle. Pidió que le leyese todavía los ocho primeros versículos del Salmo 62: “En Dios solamente está acallada mi alma; de Él viene mi salud” (y lo repetía a media voz); “Él solamente es mi fuerte y mi salud; es mi refugio, no resbalaré mucho”. ¡Oh qué bendición tan grande la de poder triunfar con seguridad, Palko!</p>
<p>Después de estas palabras, se durmió tranquilamente.</p>
<p>Desde aquel día, a pesar de todas las recomendaciones y ruegos del médico, el cura se empeñó en recibir a todos aquellos de sus feligreses que vinieron a visitarle. Pronto corrió la voz entre ellos, tanto, que llegaron hasta diez a la vez, pidiendo verle.</p>
<p>— Le van a matar a fuerza de obligarle a hablar — decía el médico.</p>
<p>Y como lo oyese el cura, le tomó de la mano.</p>
<p>— Hábleme con franqueza, doctor. ¿Cuánto tiempo puedo vivir todavía cosiéndome la boca?</p>
<p>— Es difícil decirlo — contesto éste evasivamente.</p>
<p>— Vamos, digamos algunas semanas tal vez, a lo más, y eso tomando infinitas precauciones.</p>
<p>— Sí; mientras que a este paso, algunos días apenas.</p>
<p>— ¡Sea lo que Dios quiera! Razón demás para mí para prepararme de la mejor manera posible.</p>
<p>¡Qué horas más solemnes fueron las que transcurrieron entonces en la rectoría de San &#8230; ! Jamás hasta entonces las había habido semejante, y han quedado inolvidables.</p>
<p>— Ora por mí, Palko; que el Señor me conceda poderles señalar a todos el único verdadero camino de la vida eterna.</p>
<p>Este ruego lo repitió por tres veces.</p>
<p>Oró, pues, Palko, y el Señor oyó el ferviente deseo de su siervo moribundo.</p>
<p>A sus feligreses que le visitaban les decía:</p>
<p>— Es un moribundo quien os habla, es vuestro cura, podéis creerle: las obras no pueden rescatar vuestras almas; los santos no tienen ningún poder en el cielo por vosotros; Cristo es el que pagó vuestro rescate en el Gólgota, muriendo por vosotros; Dios mismo es el que pagó vuestro rescate, dando a su Hijo por nosotros. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; ha quitado mis pecados, y quitará también los vuestros; la única cosa que tenéis que hacer, es acudir a Él.</p>
<p>Con estas y otras palabras semejantes daba el cura su testimonio delante de sus feligreses.</p>
<p>La segunda semana llegó una nueva y considerable remesa de biblias que repartió entre ellos.</p>
<p>— No consintáis que nadie os las quite, quienquiera que sea — añadió con ansiedad — Es la Palabra eterna del Dios vivo. Leedla, línea tras línea, con fe, y ponedla por obra; ella os mostrará el camino de la vida eterna, lo mismo que a mí me lo ha mostrado. He recibido a Jesús en mi corazón y en mi casa. Muero todavía joven, pero, ¡si supierais cuán dichoso soy!</p>
<p>Esto se veía en su rostro, y no llamaba poco la atención a sus visitantes, que nunca habían visto a un enfermo tan feliz.</p>
<p>Pero era Palko más que nadie el afortunado testigo de la felicidad de su amigo. Una vez solo con él aireaba la habitación y se sentaba en silencio al lado de la cama. Cuando el enfermo no dormía, tomaba la mano del niño en la suya, y permanecía así, sin moverse, con la cara radiante.</p>
<p>— Palko, me cuesta trabajo figurarme que está tan próxima la hora en que he de contemplar a Aquel a quien amamos ambos sin haberle visto todavía.</p>
<p>— ¡Oh! — suspiraba el niño — ¡si yo pudiera ir allí con usted!</p>
<p>— No, Palko; conténtate con servirle fielmente en la tierra tanto tiempo como puedas. ¡Cuánto daría yo por haberle servido toda mi vida! Un día te reunirás arriba conmigo, y me dirás entonces si mis gentes han leído la Palabra de Dios y la han aceptado. Tú permanece fiel a nuestro Señor hasta el fin.</p>
<h1>XVI Palko halla a su padre</h1>
<p>Era el segundo sábado desde que Palko cuidaba a su tan amado amigo. La rectoría albergaba huéspedes: en primer lugar, la hermana del cura, que lloraba mucho y no podía consolarse de la enfermedad del único hermano que le quedaba; y además, el joven vicario de H., que había venido para suplir al cura en las funciones de su cargo.</p>
<p>— Ahora que no estoy completamente solo, es menester que vaya a respirar un poco los aires puros de la montaña, y alegrar a tus amados allí arriba — dijo el cura a Palko. Volverás el lunes. Darás a todos mis mejores recuerdos en casa del guarda y de tu abuelo. Saluda también de mi parte mis hermosas montañas que mis ojos no volverán nunca a ver. Y si vas hasta el País del Sol, piensa en la puerta de los cielos, y acuérdate de que pronto pasaré yo por ella, para entrar, muy por encima de las nubes, en nuestro verdadero País del Sol.</p>
<p>Todos los circunstantes lloraban en el cuarto del enfermo, al oír estas palabras, excepto Palko. Pero tanto más abundantes corrieron sus lágrimas cuando, a eso de las tres de la tarde llegó al atravesar por la pradera cuya hierba ya estaba segada, al sitio en que por primera vez, sentado al lado del cura, le había referido lo concerniente al libro sagrado. ¡Nunca más podrá Palko sentarse a sus pies!</p>
<p>¡Cuán triste le parecían hoy todos los objetos que le rodeaban en aquellas montañas! Las hierbas segadas habían desaparecido en la muerte, sin que quedara una sola; las aves enmudecían; ninguna mariposa revolteaba de flor en flor; el sol mismo estaba velado por sombrías nubes. Una tempestad, en efecto, se venía preparando, sin que Palko lo advirtieses, pues no podía sino llorar sin cesar. Sus lágrimas no se interrumpieron sino en el instante en que, en el mismo lugar que tiempo atrás, aunque algo más arriba, percibió un espléndido arco iris que parecía ser verdaderamente la puerta de los cielos.</p>
<p>El niño alzó hacia esa puerta sus húmedas miradas. ¡Qué magnificencia! ¡Qué hermoso debía de ser el aspecto del otro lado! Pero ¡ay!, ¡qué alta se levantaba!</p>
<p>Palko sintió que, una vez cerrada la puerta detrás de su amado y venerado amigo, éste no podría volver más aquí bajo. Sería, pues, necesario que el Salvador viniese más tarde por él y se le llevase arriba. Pero no faltaría a su promesa de venir a tomarle a sí, para que, “donde Él está, su siervo también esté y contemple su gloria;” esto lo había leído ayer mismo en el Evangelio de San Juan.</p>
<p>¡Oh Señor Jesús! Llévame también cerca de ti — rogó el niño, juntando las manos y apretándolas a su corazón. ¿Qué va a ser aquí de mí, que tan aislado quedaré cuando él ya no esté? El abuelo es ya viejo, y cuando haya muerto como el abuelo Razga, ¿qué será de mí? El cura me había prometido tenerme en su casa, y seguramente que lo habría prometido tenerme en su casa, y seguramente que lo habría hecho. ¿Adónde tendré que ir? Créeme, querido Salvador; no puedo de ninguna manera quedar aquí abajo después de su muerte. Otros podrán disfrutar todavía de la vida como les guste; yo no encontraré placer en nada más. Cuando descubra alguna cosa nueva en el Santo Libro, ¿con quién podré hablar de esto? El podrá preguntarte todo lo que quiera, y podrás explicárselo. Pero, ¿quién me explicará lo que yo no entienda cuando él no esté aquí?</p>
<p>Los relámpagos se cruzaban encima del pobrecito desamparado, el trueno rugía.</p>
<p>El cura le había contado un día la historia del profeta Elías, a quien el Señor había amado tanto, que le envió del cielo un carro de fuego y caballos de fuego para trasladarle arriba, y ahora Palko creía oír el fragor de las ruedas &#8230; ; iba a ver abrirse la puerta para el celestial tiro de caballos encargado de llevar al cielo a su preciado amigo. Pero el sol no tardó en salir triunfante de los nubarrones, la puerta se disolvió poco a poco y los brillantes rayos de luz inundaron de nuevo el País del Sol; sólo de una ligera nubecilla caían todavía gruesas gotas de lluvia.</p>
<p>Palko estaba vestido con su traje nuevo, que había llevado siempre en casa del cura, y corrió a la cueva para guarecerse del chubasco. Pero no penetró en ella, pues vió que había un hombre a quien no conocía, al cual no había visto nunca, y que andaba registrando todos los rincones. A esta vista Palko, cuyo interés despertó en el acto, olvidó por un instante toda su pena.</p>
<p>— ¿Qué busca usted, tío? — preguntó por fin el niño.</p>
<p>El desconocido se volvió en seguida hacia él, y le devolvió cortésmente su saludo.</p>
<p>— ¿Me preguntas lo que voy buscando? Pero dime primero, si lo sabes, quién suele venir a esta gruta; casi se pudiera creer que está habitada.</p>
<p>— ¿Quién viene aquí? — repitió Palko sorprendido — El tío Lesina ha venido una vez, y el cura tres veces — ; pero no volverá nunca más — añadió con tristeza el niño — y yo; es mi gruta.</p>
<p>— ¿Tu gruta? — replicó riendo el forastero.</p>
<p>Palko le observaba: era un joven vestido como un obrero en busca de trabajo.</p>
<p>— ¿Desde cuándo es tuyo, y quién te la ha dado?</p>
<p>El niño quedó un instante como cortado, pero pronto volvió a levantar su cabeza tan atractiva con sus rizos dorados.</p>
<p>— Está escrito en el Libro Santo: “Todo es vuestro”. El señor cura dice que esto significa que Dios ha dado a los hombre toda la tierra. Le he pedido esta cueva, y me la ha dado.</p>
<p>— No eres tonto — dijo el joven sonriéndose — Cuatro años hace hemos ocupado también esta gruta mi maestro y yo, por espacio de algunas semanas, pero sin haberla pedido a Dios.</p>
<p>— ¡Usted ha vivido aquí! — exclamó Palko, acercándose un paso a él. Y, ¿qué hacía?</p>
<p>— Mi maestro estaba enfermo, y los médicos le habían enviado a la montaña. Quería estar solo con su Dios. Me tomó consigo. Yo hacía entonces mi último año de aprendizaje en casa de uno de sus conocidos, y venimos a vivir aquí. Iba a proveerme en los alrededores de cuanto necesitábamos, pero nadie sospechaba nuestra presencia en este sitio; no encendíamos fuego, pues vivíamos únicamente de leche, pan, manteca y frutas. Nos hacíamos un lecho con musgo y algunas mantas, y no lo pasamos mal de esta manera. Mi maestro recobró rápidamente sus fuerzas, y si no hubiera sido preciso para él volver a la ciudad, creo que viviría todavía; pero ya descansa en la fría tierra, en un pueblo de la baja Hungría.</p>
<p>En cuanto a mí, yo soy ahora oficial; voy viajando por el mundo, y se me ha ocurrido pasar por acá para ver lo que ha sido del libro que mi maestro dejó como recuerdo de su permanencia en este lugar. Veo que ha desparecido; lo habrá hallado alguien y se lo habrá apropiado. ¿Lo, habrá leído “línea tras línea”, según mi maestro lo había recomendado en la primera página?</p>
<p>Palko se estremeció a esta pregunta.</p>
<p>— ¡Aquí está! — exclamó, sacando el libro de su bolsillo. Así, pues, ¿tu maestro lo había dejado de intento?</p>
<p>— Enséñamelo. Sí, es el mismo, y ¡cuán usado! ¿Aquí es dónde lo has hallado?</p>
<p>Palko, sentándose con el forastero a la entrada de la cueva, le refirió su historia.</p>
<p>— Ya ves — dijo con toda sencillez al terminar su narración — lo hemos leído línea tras línea, hemos puesto nuestra confianza en Jesucristo, y hallado el camino del verdadero País del Sol. ¿Tu maestro seguramente lo conocía también, no es así? &#8230;</p>
<p>— Con dificultad se hallaría una persona que lo conozca como él — respondió suspirando el joven.</p>
<p>— ¿Y murió? Entonces, al dejarte, subió también al cielo en un carro de fuego, y ha visto ya al Señor Jesús y el hermoso País. Y ahora, cuando el señor rector muera, se encontrarán allí; yo le pediré que le dé muchas memorias, y un millón de gracias por habemos dejado este libro, e indicado la manera de leerlo.</p>
<p>El joven enjugó a escondidas una lágrima.</p>
<p>— Tú, seguramente, conoces también el camino — preguntó Palko.</p>
<p>— ¿Yo? No, hijo. Si hubiera obedecido como tú, si hubiera leído y creído (pues mi maestro me había dado otro libro igual a éste), habría podido hallarlo. Pero he dejado de leer y de creer — dijo, encogiéndose de hombros, el joven.</p>
<p>— ¡Cómo has podido hacer esto! Pero lo sientes, ¿no es verdad?, y vas a comenzar otra vez a buscar el camino. Piensa tan sólo en esto: ¿qué hubiera sido de tu maestro, y qué sería del señor rector ahora que está a punto de morir, si no hubiesen conocido el camino que lleva al Señor Jesús? Pero yo ahora debo ir a casa del abuelo. Pediré al tío Liska que te dé un pequeño puesto en su choza; está solo, y he dormido allí más de una vez. Podrás también contar a todos la historia de tu maestro, pues el abuelo y el tío Liska a menudo se han dado de cabezadas para descubrir quién podía habernos regalado este libro. ¡Cuánta verdad es lo que está escrito en él: “No hay nada encubierto que no haya de ser manifiesto”!</p>
<p>— O más bien — contestó el joven — es mucha verdad lo que decía mi maestro acerca de la Palabra de Dios — y Dios mismo es quien lo declara — “Mi palabra, que sale de mi boca, no volverá mí vacía; antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envíe”.</p>
<p>Conversando de esta manera, habían llegado a la cabaña de Juriga, y Palko habría pasado delante de ella sin advertirlo, si Dunaj no se hubiera abalanzado hacia su pequeño camarada, saludando con gozosos ladridos su regreso, tanto tiempo esperado.</p>
<p>— ¡Bueno, bueno, Dunaj! Ya sé que me quieres, yo también te quiero; pero ahora bastante me has lamido, que vas a ensuciar mi hermoso traje nuevo. Vamos, nunca lograremos que cambies de modales.</p>
<p>Dióse el perro por entendido, y entró corriendo en la choza para anunciar a su ama la llegada de Palko. ¡Con qué delirio de gozo acogió ésta al niño! El mismo se sintió reanimado al verse recibido con tanta alegría por todos. Lesina estaba ausente; los demás, el abuelo, el tío Liska y la tía Lesina, estaban en casa.</p>
<p>Palko no se había equivocado, pues los dos hombres no se maravillaron poco oyendo a quien el niño había encontrado en el País del Sol. La esposa de Lesina convidó al forastero a cenar con ellos, y Liska se le llevó a su casita por la noche. Pero antes de esto tuvo que contarles otra vez en qué circunstancias había vivido en la cueva con su maestro, y decir todo cuanto sabía de aquel hombre tan piadoso.</p>
<p>Acaban de cenar cuando Juriga dijo de repente:</p>
<p>— Palko; el tió Lesina vuelve hoy con una pesada carga; debieras ir a su encuentro hasta la choza del tío Liska, y aliviarle, cuando menos, del hacha: Al punto estuvo el niño de pie; habría hecho cualquiera cosa por el abuelo, que le manifestaba aquel día tanto cariño y ternura, cual si estuviese poseído de un inmenso gozo. Lo mismo sucedía con Liska; y Palko, sin acertar a explicarse la causa de esto, tenía el corazón lleno de ánimo y de contento. Tenía la impresión de que si el cura muriera, alguien, sin embargo, le quedaría, y no le dejaría abandonado. Además, el abuelo había dicho que tenía que hablarles todavía de él, tan pronto como el tío Lesina volviese.</p>
<p>— Sí — repitió Liska, limpiándose de prisa una lágrima — corre a su encuentro.</p>
<p>Palko salió ligero; pero al llegar apenas a mitad del camino, vio cerca del salto de agua a Lesina mismo, que se acercaba, sumido en una profunda meditación.</p>
<p>— Buenas tardes, tiíto.</p>
<p>— ¿Aquí estás, Palko? — dijo éste, soltando su hacha, fuera de la cual no llevaba nada.</p>
<p>— Sí, aquí estoy — contestó el niño poniendo su mano en la de Lesina — Yo venía para ayudarle a llevar algo, pero veo que no trae nada.</p>
<p>— La carga era de tanto peso, que la he dejado en casa del tío.</p>
<p>Y Lesina se puso otra vez en camino, sin soltar la mano del niño.</p>
<p>— Tío — dijo éste a quien oprimía el silencio del hombre — ¿qué le pasa? ¿Está enfermo o tiene alguna pena?</p>
<p>— ¿Por qué, Palko?</p>
<p>— Porque no dice una palabra. No se enfade de que se lo pregunte, pero tiene usted hoy no sé qué de extraño, y todos los demás también.</p>
<p>— Mira, Palko — dijo Lesina, sentándose en una roca cubierta de musgo, y atrayendo hacia sí al niño — sentémonos un poco, pues estoy cansado. Y mientras descansamos, te voy a contar lo que nos ha acontecido en tu ausencia. — Su voz temblaba un poco.</p>
<p>— ¿Os ha acontecido algo? Ya me lo he figurado en seguida.</p>
<p>— Sí, hijo mío. — ¿Qué te parece? He hallado a mi Mischko.</p>
<p>— ¿Qué dice? — exclamó Palko, en el colmo de la sorpresa y de la alegría — ¿Dónde ha sido esto? Le ruego me lo cuente todo, desde el principio — suplicó el niño arrimándose más a él.</p>
<p>Algún esfuerzo le costó a Lesina no abrazarle y apretarle contra su corazón; dio un profundo suspiro, y con dificultad empezó su narración.</p>
<p>— Sí, te lo voy a contar todo desde el principio. Si no hubieras dicho al señor Malina que la tía Razga te había hallado, y que mi mujer buscaba a su niñito, yo no sabría dónde está mi querido hijo. Te acuerdas de que el señor cura pasó recado al abuelo, pidiendo a éste que viniera a verle. Él entonces lo dijo al abuelo, quien me lo ha repetido, y así ha sucedido, que después de buscarle por siete años, he encontrado por fin a mi Mischko. Pero, tienes razón, es menester que te refiera primero cómo había perdido a mi hijo.</p>
<p>Palko hubiera preferido mucho no oír esta triste historia, pues el tío Lesina decía de sí mismo cosas tan feas, y le daba tanta lástima &#8230; ¡Pobrecita tía Lesina! Por esto es tan extraña, únicamente porque su corazón sufre mucho.</p>
<p>Pero la continuación era más agradable de oír: una mujer había hallado al pequeño Mischko en la montaña, y le había adoptado. “¡Precisamente como yo, pensó Palko!” Y he aquí que el niñito pasa también de un abuelo a otro; esas buenas gentes le adoptan y crían por amor de Dios.</p>
<p>De repente Lesina se detiene en su narración apoyando su cabeza en la mano, como si no supiera más lo que sucedió después. Por fin, Palko, envalentonado con la confianza que le demuestra, le pregunta:</p>
<p>— Tío, ¿está su niñito todavía con el segundo abuelo?</p>
<p>— Sí, Palko — contestó Lesina, suspirando profundamente.</p>
<p>— Entonces, ¿por qué no lo toma consigo, para que la pobrecita tía deje de buscarle?</p>
<p>Es que no estoy seguro de que acepte tener por padre a un gran pecador como yo; tal vez tenga miedo de mí, por más que yo esté cierto que no le haré jamás daño alguno. Desde aquel día no he probado siquiera ninguna bebida espirituosa. Además de esto, he hallado aquí al Señor Jesús; Él me ha perdonado como al publicano del templo; pero para mi hijo yo seré siempre el que le ha obligado a vivir con extraños, como un huérfano, lejos de su tierna madre, el que le ha echado a la montaña. Si tuviese miedo de mí, y se sintiese infeliz conmigo, ¿qué sucedería? Con su abuelo vive feliz, porque está acostumbrado a él; mientras que yo, por más que la quiera mucho, muchísimo (y sabe Dios cuánto), para él no soy sino un extraño.</p>
<p>— No diga esto, tío — interrumpió Palko, tomándole las manos en las suyas; tómele sin más en su casa. El Señor Jesús ya sabrá obrar de modo que le quiera y vaya gustoso con usted sin tenerle miedo. ¡La tía y yo hemos orado tanto que nos lo haga</p>
<p>encontrar! Yo tenía le seguridad de que habría sido recogido por personas buenas. Y puesto que Él nos ha oído, lo demás también lo hará. Pierda usted cuidado, tío.</p>
<p>— Y si fueses tú, Palko, ¿no me tendrías miedo? ¿Dejarías al abuelo por mí?</p>
<p>El niño se puso colorado hasta la raíz de los cabellos. Respirando con fuerza, apoyó en la mano su cabeza, y reflexionó.</p>
<p>— ¿No tendrías miedo de mí? ¿Podrías quererme un poco, por poco que fuese? — preguntó Lesina, atrayéndole a su lado.</p>
<p>— Eso no, tiíto; no tendría miedo, pues le quiero.</p>
<p>— ¿Tú me quieres, Palko? ¿le veras me quieres un poco a pesar de saber cuán malo soy?</p>
<p>— No hable así tiíto, pues me da mucha pena — dijo el niño con acento de súplica, poniendo su manecita en los labios del hombre. En una epístola que he tenido que leer al señor rector, y donde se trata de toda clase de hombres malvados, está dicho: “Y esto erais algunos de vosotros, pero ahora ya no sois tales”. El señor rector decía también que el Señor Jesús todo lo había perdonado al publicano cuando éste vino a Él, y que desde aquel día, el publicano se había hecho un hombre bueno.</p>
<p>— Pero, ¿crees que si fueras tú mi hijo podrías perdonármelo todo? Piénsalo bien.</p>
<p>— ¿Perdonarle, perdonarle qué? — preguntó atónito el niño.</p>
<p>— Pero, ¿no tengo yo la culpa si eres huérfano de padre y de madre, criado por personas extrañas? ¿No es esto la consecuencia de mi pecado?</p>
<p>— Yo sí que podría perdonarle; ¿pero por qué me dice todo esto? — preguntó Palko, separándose del brazo de Lesina, y plantándose delante de él con los brazos cruzados. ¿Si seré yo vuestro Mischko?</p>
<p>A esto siguió un profundo silencio. Lesina se echó al suelo ocultando su cara con sus manos.</p>
<p>— Tiíto — dijo Palko, arrodillándose con simpatía a su lado y poniendo su cabecita sobre el brazo de Lesina — ¿soy yo vuestro hijo?</p>
<p>— Sí, tú eres mi hijo. ¡Oh, cuán penoso me es verme obligado a darme a conocer de esta manera!</p>
<p>Y levantándose de repente, apretó al niño entre sus brazos, cubriendo de besos su frente, sus ojos, sus mejillas y su boca &#8230; “¡Hijo mío, mi hijo amado!”</p>
<p>— No llore, tiíto — imploraba el niño estrechándole. ¿Quién dirá lo que en aquel momento pasaba en su tierno corazón?</p>
<p>— No me llames más así, no soy tu tío; llámame padre, que yo pueda por fin oír una vez este nombre.</p>
<p>— ¡Mi padre, mi querido papá! — exclamó el niño, llorando también a lágrima viva.</p>
<p>Así, pues, no tendría ya motivo de acongojarse por saber adónde iría cuando el abuelo muriera; ya tenía padre y madre. ¡Oh, cuán bueno es el Señor Jesús!</p>
<p>A los que estaban en la choza les parecía que necesitaban mucho tiempo aquellos dos para llegar desde el salto de agua. Pero cuando, al resplandor de la lumbre, el viejo Juriga les vió entrar cogidos de las manos, comprendió al punto que eran un padre con su hijo, y su viejo corazón se estremeció de gozo.</p>
<p><strong>***</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El joven forastero no se cansaba de hablar de su difunto maestro. Los oyentes, cautivados con sus narraciones, no las podrán olvidar; y él misma ¿olvidará jamás lo que Juriga y Liska le refirieron del niño perdido y por fin hallado?</p>
<p>— Ya ves, Palko — dijo alegremente — en este caso ha sucedido precisamente lo que en aquel cuento de hadas que me has contado: al entrar en la cueva, el joven príncipe halló a la vez el País del Sol y a su propio padre.</p>
<h1>XVII Donde el cura llega al País del Sol</h1>
<p>El otoño había hecho su aparición más pronto que se esperaba. Una helada prematura había dado el golpe de muerte a las últimas flores; el canto de las avecillas había cesado; las golondrinas habían salido para lejanas y más calientes comarcas, llevando consigo el verano, y las ocas silvestres habían imitado su ejemplo. No se oía en la montaña, despojada de sus verdes galas, sino el graznido de los cuervos que se juntaban en grandes compañías. Mientras algunos árboles quedaban cubiertos todavía de hojas doradas o grises, otros, al contrario, ostentaban sus ramas desnudas, y a sus pies estaba tendida una densa alfombra de hojarasca de ricos colores.</p>
<p>Lo mismo que en aquel día de primavera en el cual se abrió nuestra narración, hallamos en la triste soledad de las montañas al niño Palko Juriga, como las gentes le llamaban todavía, a pesar de conocer ahora su verdadero origen y nombre. La semana anterior, a la repentina llegada del frío, los leñadores habían bajado a la aldea, y en la mudanza el abuelo había perdido u olvidado su gran taladro, y a consecuencia de esto, Palko había vuelto a la choza para buscarlo y no había tardado en hallarlo.</p>
<p>Pero, ¡qué silencio reinaba en aquellos montes! Ninguna choza estaba habitada, y no se veía un solo ser humano por aquellos contornos; sólo las liebres corrían libremente acá y allá, y las ardillas daban alegres saltos sin recelar peligro alguno.</p>
<p>El niño aquel día no tenía miradas para ellos, no gritaba “¡Hola!” a los ecos, ni reía tampoco. Su rosada carita, rodeada de dorados bucles, estaba tan pensativa, que un pintor le hubiera tomado, sin dificultad, por modelo de aquel niño que en el milenio conduce juntos a los pastos, osos, leones y leopardos con ovejas y bueyes; sí, juntos, pues entonces reinará el Príncipe de la Paz, y todas las naciones le alabarán. Bajo su dominio nadie se ensayará más para la guerra, y los pueblos convertirán por fin sus espadas en herramientas para labrar la tierra, la tierra nueva. No siendo más regada con sangre humana, el trigo crecerá más hermoso, los campos rebosarán de doradas espigas, y resonarán en ellos los cantos de alegría, porque entonces la tierra estará llena del conocimiento del Señor.</p>
<p>Pero, ¿en qué podía pensar Palko? No le faltaban motivos para reflexionar. De la misma manera que, al llegar al final de un libro el lector lo vuelve a hojear, así echaba el niño una mirada atrás los sucesos que habían ocurrido en su vida desde la primavera. ¿Quién le hubiera dicho entonces que tendría hoy un padre, un padre tan bueno, que cualquier niño de su edad podría envidiarle? ¿Y que tendría un abuelo como el suyo, que no regañaría, ni blasfemaría, y en cuya morada el Señor Jesús se complacería en habitar?</p>
<p>Y, ¿quién le hubiera dicho que tendría una madre — ¡y qué madre! — sin par en el mundo? Ya no era ella la pobrecita tía melancólica de antes; que huía a lo lejos; pues el Señor Jesús la había oído, y a su papá también, cuando con tanto fervor habían orado a Él, y había sanado por completo a su mamá.</p>
<p>Además de esto, desde la semana anterior tenía Palko una persona más que querer, y que le quería mucho también a él: era la abuela Lesina. ¡Oh qué abuela tan buena! Una persona más a la cual Palko podía enseñar el camino del País en el que al verano no sucede el otoño, y donde el sol no se pone nunca.</p>
<p>Su padre había estado ausente por espacio de tres semanas; había arrendado toda su hacienda, conservando sólo algunos muebles y utensilios de casa, y al hacer la mudanza había traído consigo a la abuela, y ahora vivían todos en la casa del abuelo Juriga. Así, pues, Palko no se separaría de él; todos, por el contrario, rodearían al anciano de cuidados cariñosos, hasta el regreso de uno de sus hijos de América o hasta su muerte. El inquilino que había ocupado antes una parte de la casa, acababa de dejarla para ir a habitar una casita que había comprado; de manera que no faltaría espacio, y había sido fácil transformar en taller aquella habitación. Su mamá había limpiado a fondo la casa, con la ayuda de la abuela Lesina, y el abuelo la había restaurado de tal modo que parecía nueva, tanto interior como exteriormente. Palko en más de una ocasión había ayudado a unos y a otros; ¡y qué placer había sido para él ver que podía ser útil en algo!</p>
<p>La abuela había traído su rueca para hilar en invierno, mientras la madre se dedicaría a coser y remendar la ropa. Quería ella que Palko poseyese una camisita bordada. En cuanto a él, les haría la lectura por la noche y fuera de las horas de escuela; además de esto, tenía la intención de comenzar a aprender un poco el oficio de su papá. ¡Qué descanso para él verse libre del cuidado de ser una carga para el abuelo! Ahora tenía un padre, y esto era muy distinto. Sí, ¡qué bueno es el Señor Jesús!</p>
<p>— Tú lo has hecho todo, Señor Jesús. Si no te hubiéramos conocido, jamás tomaran las cosas este giro &#8230; Y Palko se preguntaba cómo había podido vivir tanto tiempo sin conocer a Jesús. ¿De qué pudiéramos hablar si no tuviéramos el libro santo?</p>
<p>Este pensamiento hizo que acelerase su marcha, pues no sólo traía el gran taladro del abuelo, sino que debía pasar por la gruta donde se había dejado el libro; Juriga se lo había encargado.</p>
<p>— Has hecho mal en dejarlo allí, muchacho. No vendrá nadie a la gruta en invierno, y nada te impedirá llevarlo otra vez por la primavera, si el Señor nos concede salud y vida, puesto que tenemos ahora otra Biblia. Puede ser que entonces el libro sea descubierto de nuevo por alguna persona tan ignorante como éramos nosotros, y quiera Dios que le sea de tanto provecho como a nosotros.</p>
<p>Palko caminaba alegremente, deseoso de recobrar su precioso libro, del cual le había parecido muy duro separarse; si no fuese por amor a otros, no habría tenido valor suficiente para aceptar este sacrificio. Fué, pues, a la cueva, lo tomó y contempló un instante, como para despedirse de aquellos lugares de los cuales le costaba tanto sentimiento alejarse. Aunque ya no había flores en la pradera, salvo unos pocos cólchicos, el sitio era todavía encantador; el sol de otoño que brillaba después de algunos días lluviosos y fríos, parecía caliente y vivificador. Y el corazón del niño se sentía poderosamente atraído hacia aquel rinconcito apartado del mundo. ¿No era allí donde había columbrado la espléndida puerta del cielo que acababa de cerrarse detrás de su bueno y amado maestro?</p>
<p>Sí, Palko lo tenía ahora todo para ser feliz; pero no podía pensar en el señor rector, sin sentirse el corazón oprimido. Siempre de nuevo, y más aun aquel día, se acordaba involuntariamente de la manera cómo el Señor había oído por fin las oraciones de su siervo, concediéndole, aunque sin sanarle, que pudiese consumirse al servicio de Cristo como un cirio en el altar — y cual un cirio su vida se había apagado.</p>
<p>Aquel lunes en que Palko había vuelto a la rectoría, el moribundo se había alegrado con él en gran manera de que hubiese recobrado a sus padres. Los había invitado a todos, por medio de la mujer del guarda, que casualmente estaba allí, a venir a verle, y vinieron todos: el padre, la madre y el abuelo. Habló largo rato y oró con ellos; el abuelo no podía olvidar esta oración.</p>
<p>— Ustedes son protestantes; yo, católico — les dijo al despedirse de ellos — Pero a todos los que han recibido a Cristo les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios, tanto a los unos como a los otros; y en el cielo adonde voy ahora no habrá diferencia alguna. Solamente deseo que le permanezcan fieles para que nos encontremos arriba.</p>
<p>El martes y miércoles siguientes parecía de veras estar mejor, hasta el punto de poder pasearse a paso lento por la habitación, lo que causó una gran satisfacción a Palko y a todos los demás. Se hizo acompañar a la iglesia por el joven vicario, y allí oró ante el altar. Después habló en latín con él como si le pidiese algún favor. Sólo cuando habló en eslovaco entendió Palko de qué se trataba.</p>
<p>— Prométame, hermano — decía el cura — no quitarles estos libros que les he dado; que los guarden como recuerdo de mí. Su lectura es la que me permite morir en paz.</p>
<p>Palko pudo ver al vicario dar la mano al cura, y en seguida éste se arrodilló otra vez para orar.</p>
<p>El día siguiente pidió salir un poco de la casa, y el tiempo era tan hermoso, que el médico mismo le llevó al jardín; allí se sentó, bien arropado, en un sillón, y le pusieron el almuerzo en un velador a su lado. Cuando su hermana levantó la mesa le dijo:</p>
<p>— Me gustaría ahora que Palko me contara algo, y después quisiera dormir un rato en este aire tan delicioso, pues me da sueño.</p>
<p>— Está bien, querido hermano — dijo la señora de H., besándole en la frente. Aprovecharé este momento para ventilar por completo la habitación y hacer tu cama.</p>
<p>— ¡Qué el Señor Jesús te pague, a ti y a tus hijos, tu amor por mí! — respondió tiernamente el enfermo.</p>
<p>— Una vez solo con Palko, tomó su Testamento diciendo: Palko, léeme algo de nuestro País del Sol.</p>
<p>Conformándose con el deseo del cura, el niño leyó, en el libro maravilloso del Apocalipsis de San Juan, la descripción de la ciudad gloriosa que no tiene necesidad de sol ni de luna, y después, la del rió limpio de agua de vida. El cura le dio algunas explicaciones, terminando con estas palabras:</p>
<p>— Mira, Palko mío, de cuantas cosas hermosas descubriremos al llegar al País del Sol, la más hermosa será &#8230; Aquel que está sentado en el trono, Jesús, el Cordero de Dios.</p>
<p>Después juntó las manos y cerró los ojos, como solía cuando quería orar. Arrodillado a su lado, Palko apoyó su cabecita en las rodillas de su amigo y oró también. Pero como la oración del cura pareciese alargarse bastante, Palko por fin alzó los ojos:<em> </em>el enfermo, inclinaba la cabeza, se había dormido sosegadamente sólo de vez en cuando respiraba con más fuerza.</p>
<p>Un sentimiento indecible, tan solemne como dolorosa, invadió el corazón de Palko; apenas se atrevía a respirar, temiendo incomodarle, porque permanecía por completo inmóvil. Sobre su rostro había pasado antes como una nube de tristeza, pero ahora lo visitaba sin duda algún hermoso sueño, pues sonreía como quien goza de perfecta felicidad.</p>
<p>Oyendo pasos cerca de él, Palko miró, y viendo al vicario, le hizo señal de andar despacio. Este se acercó sin ruido. Pero no bien se inclinó hacia su amigo, cuando dio un grito que resonó por todo el jardín.</p>
<p>¡Ay! No podía creerlo Palko, y sin embargo, era verdad: el cura no dormía, estaba muerto. ¡Oh!, ¡cuán triste, cuán triste!</p>
<p>Ahora mismo, al pensar en esto, los ojos del niño se llenaban de lágrimas. Todos aquellos sucesos y circunstancias, aquellas últimas palabras, se habían grabado tan profundamente en su memoria, que jamás los podría olvidar.</p>
<p>Pero, ¿para qué llorar? — dijo de repente — ¡Él es tan feliz arriba! El médico decía que una hemorragia interna había sido la causa de su muerte. Esto no lo creía Palko: el Señor Jesús es quien vino y se lo llevó. Ahora ya lo ha visto todo: le ha visto a Él, que es el más hermoso de cuanto existe en el trono del Cordero, y ha encontrado al desconocido que nos ha dejado el libro, y le ha dado gracias de mi parte. Y yo también algún día iré allá arriba.</p>
<p>Alzando los ojos hacia la puerta de los cielos, Palko, apoyada la cabeza en sus manos, siguió dando curso a sus pensamientos, tratando de representarse cómo pasarían las cosas, cuando le tocara que el Señor Jesús viniera por él, y que podría, por fin, llegar al verdadero País del Sol.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Rabí ¿dónde moras?, Autobiografía de William (Guillermo) Williams hasta los 28 años</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jun 2011 01:18:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nbruley</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biografía e historia]]></category>
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		<description><![CDATA[William (Guillermo) Williams, Puerto Cabello, Venezuela escrito en inglés en 1955; traducido por DRA Prefacio &#160; William (Guillermo) Williams nació en 1882 en el Reino Unido, cerca de la ciudad de Aberdeen, Escocia, y nunca se olvidó de sus raíces ni podía ocultarlas. Al ministrar en conferencias en sus postreros años, de una manera particular &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://tesorodigital.com/rabi-donde-moras/">Continuar leyendo &#187;</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>William (Guillermo) Williams</strong>,<br />
Puerto Cabello, Venezuela<br />
<strong>escrito en inglés en 1955; traducido por DRA</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<h1>Prefacio</h1>
<p>&nbsp;</p>
<p>William (Guillermo) Williams nació en 1882 en el Reino Unido, cerca de la ciudad de Aberdeen, Escocia, y nunca se olvidó de sus raíces ni podía ocultarlas. Al ministrar en conferencias en sus postreros años, de una manera particular él llegaba a contarnos de “las mujeres americanas que se exhiben desnudas en las revistas, pero ¾aludiendo a la conocida marca de whisky escocés¾ ¡usted nunca vio a Johnnie Walker quitarse la ropa en público!”</p>
<p>Yendo más al grano, él era de aquellos nobles pioneros escoceses hechos de acero y poseídos de personalidades peculiares que desconocían el miedo y ardían de santo celo en la evangelización del mundo.</p>
<p>Como el lector verá, su autobiografía capta exquisitamente la cultura y religión de aquellos aldeanos sanos de cuerpo, cumplidos en sus tradiciones y empedernidos en su hueco protestantismo a la presbiteriana. Habiendo tenido el privilegio de conocer a nuestro hermano en la fe en dos países, y mayormente en la última década de su vida, puedo decir que sus descripciones de Escocia en el siglo 19 y de Canadá a principios del siglo 20 casi le hacen a uno escucharle hablar desde la tribuna cuando anciano, hasta tal punto que comunican el sabor de su personalidad y los valores que formaron su carácter, no obstante los cuarenta y tantos años en Venezuela que transcurrieron entre aquella despedida inesperada en Toronto y lo que era cuando hombre setentón, antes de que el cáncer (que tanto temía) acabara con él de la noche a la mañana en 1961.</p>
<p>Le encantaba contar el testimonio de su amigo Mac en el astillero y cómo fue salvo a la edad de dieciocho años al recibir aquellas palabras incisivas, “Cristo murió por los impíos”. Pero Mac le introdujo a una secta evangélica ¾fuerte en aquella época y activa aún¾ que negaba el bautismo, la cena del Señor y varias verdades en cuanto al porvenir. ¡Cuánto le costó deshacerse de las ideas que le inculcaron cuando nuevo en la fe! ¡Cuánto se fortaleció al beber larga y profundamente de las verdades que aprendió después de doblar las rodillas al lado de la cama aquella noche en Toronto en reconocimiento de su error!</p>
<p>Bella, o “Isabel”, fue su primera esposa, una mujer que se proyectaba como muy severa pero que en realidad estaba dedicada al pobre, enfermizo pueblo entre quienes ella iba a vivir por diecisiete años en Valencia y Puerto Cabello antes de morir de tifoidea en 1927. Guillermo y ella vivieron una multitud de experiencias espirituales en Canadá, y es evidente que nuestro hermano, al relatar su desarrollo en aquellos cinco años, tuvo muy en mente las lecciones que usted y yo podemos aprender de los aciertos y desaciertos del trato del pueblo de Dios para con ellos.</p>
<p>Entre las lecciones que estas páginas nos enseñan se destaca una que él mismo comunica sobre la secuencia en su ejercicio en dar de sus bienes y luego darse a sí mismo a la obra del Señor. Primero las ofrendas, luego la correspondencia con John Mitchell en Venezuela, y por fin el viaje en el <em>Prins Wilhelm I</em> en 1910 para dar inicio a cincuenta años de abnegado servicio.</p>
<p>Hasta allí llega en su relato.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ellos encontraron un país envuelto en revoluciones, pobreza y fanatismo. En los veinticinco años en que se había divulgado el evangelio sobre una base continua pero reducida (iniciado este esfuerzo por misioneros de las asambleas), seis evangelistas habían venido y se habían ido por diversas causas. Adicionalmente uno de los varones y dos de las damas habían sido quitados por malaria y viruela.</p>
<p>Su diario esboza bien el cuadro de los primeros años¾ “Compré una mula en La Victoria. $4,64 más $0,40 para el mecate &#8230; Apenas habíamos vendido el conejo favorito para atender a nuestra gran necesidad cuando recibimos esta remesa de Inglaterra &#8230; Logramos vender a Winkie [¿la mula?] como oración contestada. ‘En descanso y reposo seréis salvos’, Isaías 30.15 &#8230; A las 8:00 a.m., con cierto sacrificio, le enviamos $12 al hermano Adams, ya que perdió su esposa repentinamente. Ahora a las 8:00 p.m. llega de Toronto una remesa del doble de este monto. Da gozo habernos desprendido de aquello esta mañana. Leemos: ‘Honraré a los que me honran’”.</p>
<p>Ellos no estaban a gusto con muchas prácticas que encontraron en la obra, pero se unieron con la asamblea anémica en Valencia conscientes de que había un camino más excelente. Él se entregó de un todo a la evangelización, vendiendo las Escrituras en largas caminatas y viajando a caballo a campos lejanos. Encaramado en un árbol en las afueras de Valencia, clamó, “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?” En aquel mismo momento crucial le vino la respuesta del cielo, “Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán”.</p>
<p>Gordon (Jorge) Johnston llegó de Toronto y los dos paladines se aprovecharon de una puerta abierta en Puerto Cabello. Caminaban entre las dos ciudades, o viajaban por tren al tener la dicha de contar con el pasaje. El día llegó cuando fueron vistos en la Avenida  Bolívar de Valencia abrazándose como niños para que Don Jorge (¿y Don Guillermo?) no cayera al suelo agotado. Pero sus corazones estaban en el Puerto.</p>
<p>La asamblea porteña fue formada al comienzo de 1916 y podría ser considerada hoy día la precursora de unas ciento cincuenta que hay en el país. (La que había en Caracas desde los años 1880 seguía, y existe aún. Pero la distancia se hizo más y mayor. Dejemos la cosa allí). Otros obreros clave llegaron oportunamente.</p>
<p>Treinta años iban a correr antes de que hermanos nacidos en la República salieran a tiempo completo en la obra, aunque algunos habían venido asumiendo respon-sabilidades de peso. En una u otra medida, ellos concebían a Don Guillermo como su mentor, y en efecto lo era, aun cuando determinados obreros extranjeros cumplían la función de equilibrar el celo que le caracterizaba a él. No obstante su propia estatura espiritual, José Naranjo, en particular, sería el Timoteo detrás del Pablo.</p>
<p>En los primeros años se impusieron las manos con ligereza en uno que otro caso, pero de ninguna manera era éste el patrón. Nuestro hermano sabía reconocer el don en otros, pero sus normas eran elevadas, tanto para sí mismo como para los demás. Conforme ha sido el caso con muchos de su fuerza y carácter, su estilo dominante e impulsivo le costó al país talento valioso e hirió uno y otro corazón, pero él era un hombre que sabía ofrecer disculpas, mostrar afecto y prestar apoyo crucial a aquellos que habían ganado su confianza. Estaba dedicado a aportar no sólo el evangelio de Dios sino su propia alma también, porque llevaba el pueblo venezolano muy adentro.</p>
<p>Dos libros, <em>It can be done</em> y <em>The dawn of a new day in Venezuela,</em> cuentan el progreso de la obra hasta 1937 y 1947, respectivamente, pero sólo como él particularmente la percibía. Llevando otros tras sí, él penetró el campo hacia el oeste. Los santos en Puerto Cabello habían ganado su honroso epíteto de <em>picapiedras</em> porque partieron piedras en la playa para construir frente a Plaza Bruzual, y les tocaría a los oriundos de San Felipe ser tildados de <em>carpistas</em> porque muchos de ellos confesaron a Cristo en la carpa levantada en aquella capital yaracuyana.</p>
<p>La cruz triunfó sobremanera en Aroa en 1922. Guillermo Williams predicó continuamente por tres meses y puso a prueba las fuerzas de tres colegas en el proceso. Luego, tan típico de él, trabajó día y noche con los nuevos convertidos ¾sin dinero pero con fe¾ en la construcción de un local diseñado para dar cabida a doscientas personas e inaugurado con una asistencia de trescientas.</p>
<p>Aquellos años le vieron tomar la iniciativa en la formación de una escuela, la publicación de un periódico y, por supuesto, la organización de conferencias anuales. No era su estilo, ni era su don, comprometerse sobremanera en estas actividades. Como en tantas otras, él sembró y otros regaron. Dios dio la abundancia, como puede ver cualquiera que levante la vista hoy por hoy.</p>
<p>Había sido una decisión sana no pisar las regiones centrales donde buenos evangelistas de otras fraternidades estaban abriendo surcos en los primeros años. Pero si los años 1920 fueron la época yaracuyana, así los 1930 la falconiana. Caracas, los 1940. Cojedes no quiso doblegarse todavía. De los estados occidentales y orientales, casi ni hablar por buen tiempo todavía.</p>
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<p>Almas fueron salvadas y asambleas formadas. Sanos principios de conducta cristiana fueron enseñados por práctica y por precepto. Una cultura fuertemente evangelística fue inculcada en los creyentes. Nuestro hermano era mucho más un evangelista que un maestro de doctrina, pero enseñaba tenazmente las verdades que había aprendido de la Palabra antes de cumplir los treinta años. Tenía poca simpatía para aquellos creyentes que, en un lenguaje tan típico de él, decía que eran “tan apretados doctrinalmente como una barrica de ocho amarres, pero sin interés por las almas perdidas”.</p>
<p>La señora Mabel le acompañaba y le aconsejaba en sus constantes viajes por quizás quince entes federales desde 1928 hasta que él no pudo más. Eran evangelistas y pastores diseñados para un país fronterizo como lo era Venezuela en la primera mitad del siglo 20. Él fue hecho (o se dejó moldear) para ganar la confianza del pueblo, cosa llamativa cuando uno considera cuán diferente había sido la cultura que conoció de joven. Fue usado en el evangelio donde otros se habían gastado sin resultado evidente por el momento.</p>
<p>Sería difícil mejorar lo que escribió Sidney (Santiago) Saword, su colega a lo largo de cuarenta años¾ “Un pequeño grupo de dolientes vio a nuestro hermano dar sus últimos suspiros con su cuerpo tan fuerte reducido a una sombra de lo que había sido. Así el Señor de la cosecha ha promovido su siervo fiel a un servicio más elevado y más honroso, y encontramos consuelo en el hecho de que él, como Pablo, podía decir que había peleado la buena batalla, acabado la carrera y guardado la fe”.</p>
<p>“Cuando el señor Williams entró en su aprendizaje en la mecánica marina su sueño era llegar a ser ingeniero en jefe de un gran trasatlántico, y muchas veces hemos reflexionado sobre cuán bien adaptado era él para desempeñar esa responsabilidad. Sin embargo, Dios … le tenía señalado cual vaso escogido para conducir la nave Evangelista en su viaje peligroso por mares católico-romanos. Nuestro hermano nos ha dejado una rica herencia que trae a la mente las palabras de nuestro Señor: Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores”.</p>
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<p><em>Donald R. Alves<br />
Valencia Venezuela, 2003</em><em> </em></p>
<h2>MOVIMIENTOS</h2>
<p>La historia se relata de esta manera,<br />
grosso modo, en doce capítulos¾</p>
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<p>En Escocia</p>
<p>La casa paterna, a partir de 1882               I, II</p>
<p>El astillero y la misión evangélica,</p>
<p>a partir de 1898                                     III al V</p>
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<p>En Australia, en 1904                                           VI</p>
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<p>En Canadá</p>
<p>Toronto, en 1905                                             VI</p>
<p>Stratford, en 1906                                          VII</p>
<p>Toronto, a partir de 1907                 VII al XII</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A Venezuela, en 1910                                         XII</p>
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<h2>INTRODUCCIÓN</h2>
<p>“Maravillosos son tus testimonios”. Salmo 119:129</p>
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<p>Leyendo el Antiguo Testamento encontramos muchos capítulos ocupados de la historia de las vidas de siervos del Señor; su nacimiento, destete, crecimiento, ocupación, matrimonio, pruebas y los triunfos de su fe, y su muerte. Estas cosas, escritas de antemano para nuestra instrucción, constituyen una gran parte de las Sagradas Escrituras y ayudan al pueblo de Dios en la lectura de la Biblia; forman la base de parte de la enseñanza más instructiva y práctica en las reuniones para el ministerio y en las conferencias. Se nota también que los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento son una combinación sublime de biografía y doctrina. El quinto libro contiene historia y práctica, y está seguido por las Epístolas netamente doctrinales.</p>
<p>Se ha escrito mucho en contra del pueblo del Señor a quienes el mundo y, triste decirlo, los cristianos sectarios llaman “los Hermanos de Plymouth”. Estos criticones generalmente nos ven como meros seguidores de las doctrinas de Darby, Kelly, Grant o algún otro destacado siervo del Señor. Repiten, cual loro, los mismos argumentos prejuiciados en contra del pueblo del Señor que se congrega a su nombre, y muy pocas veces nos dan crédito por un ejercicio y convicción propia que desea llevar a cabo los principios de la genuina cristiandad sin atadura alguna. La tradición caduca y el sesgo eclesiástico tuercen su mejor criterio. Hablamos por experiencia propia.</p>
<p>Ahora, creemos firmemente en una sana doctrina. Es el armazón, la sana enseñanza mencionada en 1 Corintios 3.12. Se menciona tres veces en 1 Timoteo como el fundamento de la auténtica espiritualidad, y es el tema sobresaliente de la epístola. Muchos siervos del Señor con don y espiritualidad han enseñado y repetido a santo y pecador “las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas”, de manera que poco podemos añadir.</p>
<p>Pero hemos pensado que un testimonio personal en cuanto a nuestro propio ejercicio y experiencia podría ser usado de Dios para estabilizar a algunos entre su amado pueblo que están siendo llevados por las sofisterías de hombres, y que podría ayudar también a algunas en las así llamadas “iglesias” y “misiones” que preguntan, “Señor, ¿no hay algún lugar donde podemos llevar a cabo lo que vemos en tu Palabra?” Y, por último pero no menos, nuestra oración es que este relato de la soberana gracia y paciencia de Dios sea usado por Él para fortalecer a aquellos de su pueblo que, entre rechazo y reproche, han salido a Él fuera del campamento, manifestando de esta manera el verdadero espíritu de Apocalipsis 3.8, “No has negado mi nombre”.</p>
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<h2>CAPÍTULO I</h2>
<p>“Éramos por naturaleza hijos de ira,<br />
lo mismo que los demás”. Efesios 2:3</p>
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<p>La nuestra era una familia religiosa del antiguo tipo presbiteriano severo. Mi abuelo era un líder en el Trastorno de la  Iglesia Libre de Escocia cuando, en 1844, ésta se separó de la Iglesia Establecida. Su hijo mayor cursó estudios en la universidad en Aberdeen; una vez diplomado, fue clérigo de la Iglesia  Libre, y para toda la familia él era “el reverendo”. Le debo mucho a ese tío. Me dio una Biblia bien encuadernada que había sido de mi abuelo, y la llevé en mi bolsillo por años. Era el “hombre de mi consejo” en la hora del almuerzo cuando trabajaba en Toronto. Está en buen estado todavía, habiendo sido usada por más de cien años, y, así como aquellos que creen en su santo contenido, va a perdurar hasta el fin.</p>
<p>Mi papá también era presbiteriano devoto, con una espléndida memoria para los Salmos y el catecismo. Mi estimada madre pertenecía a la Iglesia Establecida y cantaba en el coro. No sé si fue por convicción o por conveniencia, pero al casarse los dos se inscribieron en “la Antigua Iglesia” (“la <em>Auld Kirk</em>”), como se llamaba familiarmente la Iglesia Oficial de Escocia. Entre mis primeros recuerdos son los prolongados servicios dominicales, cuando teníamos que vestir nuestra mejor ropa y caminar tres kilómetros para llegar a tiempo para la escuela dominical a las 10:00 a.m. La escuela sesionaba hasta las 11:30. Luego había un intervalo de media hora que generalmente se pasaba visitando el antiguo cementerio u observando mientras el sacristán sonaba la gran campana.</p>
<p>Fue en una de estas visitas al cementerio que vi una columna de granito que llevaba la leyenda, “Es necesario nacer de nuevo” sobre la tumba de uno identificado con los así llamados Hermanos. Bien me acuerdo haber reflexionado que esto era algo raro para inscribir en una lápida. “Nacer de nuevo” ¾ ¿qué podría significar? Me consolé con decir que al llegar a ser hombre yo entendería todas esas cosas.</p>
<p>Mientras la campana dejaba de sonar, teníamos que ponernos en fila para tomar asiento en el banco y luego sufrir un sermón largo y aburrido. Mi padre siempre anotaba a la cabeza de la página de la  Biblia de dónde se había tomado “el texto”, y una vez terminada la sesión él le diría al reverendo cuántas veces había predicado el mismo sermón, y en qué fechas. Una mente juvenil e inquieta no podía encontrar algo interesante en el seco discurso teológico del clérigo, leído palabra por palabra del manuscrito que tenía delante. El servicio se prolongaba mucho más allá de nuestra hora acostumbrada de comer, y por lo regular yo tenía hambre, anhelando estar afuera y rumbo a casa.</p>
<p>“Ahora, en conclusión” ciertamente era una frase bienvenida, ya que uno sabía que el fin se acercaba y pronto se cerraría la  Biblia grande. Luego con, “Oremos”, comenzaba la oración estereotipada a favor de “el Reino y los miembros de la familia real”, etc. Por último, los presbíteros sacaban los “cucharones” ¾pequeñas cajas fijadas a la punta de una vara larga, muy idóneos para ser lanzados delante de santo y pecador para recibir “la colecta”. Por lo regular Papá contaba con peniques que nos eran dados en el momento oportuno para que cada cual dejara caer nuestra moneda en el extraño recipiente. Unos pocos detalles más, y éramos libres de salir.</p>
<p>En la puerta de la iglesia la gente se saludaba el uno al otro, las mujeres formarían grupitos, los varones encenderían sus pipas, y así comenzaba la marcha a casa. Generalmente era las 2:00 p.m. cuando llegábamos. ¡Qué felices estábamos al estar sentados todos en torno de la mesa, todo ojo cerrado y todos absolutamente quietos! Mamá, habiendo averiguado que todo estaba en el debido orden, le dirá a Papá, “Dilo, pues”, y él “bendeciría la mesa”. Luego todos hacíamos justicia para con un buen plato de caldo escocés con amplia provisión de crujientes tortas de avena y algún “pudín” preparado con arreglo a la época del año.</p>
<p>Pero el Sábado era una aflicción severa para mí. No nos era permitido silbar, jugar o leer algún libro de nuestra propia elección. La tarde generalmente se dedicaba a cantar salmos del Salterio, y muchas fueron las buenas partituras que aprendimos. Después de la comida vespertina Papá leería un capítulo de la Biblia y, arrodillados todos, él leería una oración de un libro y todos repetiríamos la oración que el Señor les enseñó a los discípulos. Para ese entonces mis queridos padres eran de un todo ignorantes del divino camino de salvación, como reconocerían posteriormente. En casa y en escuela se nos advertían contra los “avivamientos” y “los Hermanos de Plymouth”. Se nos decían que aun nuestro reverendo no podía afirmar que él era salvo, o había “nacido de nuevo”, y él era un graduado de la universidad en Aberdeen. ¡Qué pretensión, pues, de aquellos “Hermanos” decir que eran salvos!</p>
<p>Me acuerdo de una tarde dominical cuando dos cristianos llegaron a nuestra casa para invitarnos a una reunión evangélica que iba a ser celebrada en una casa campestre cercana. Mi padre conocía la letra del Libro y les incomodó al citar textos como Filipenses 2.12, “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. Mamá estaba de un todo confiada en la capacidad de su esposo para silenciar a los tales, pero ella se inquietaba más y más mientras la conversación se prolongaba. Supongo que uno de ellos veía que estaban progresando poco, y él se dirigió a ella y le preguntó así a secas si era salva. Le respondió con amabilidad que no era asunto de él, sino algo privado entre su alma y Dios.</p>
<p>Mis padres eran enteramente sinceros en su creencia, pero lamentablemente dejaban que el reverendo interpretara la  Biblia por cuenta de ellos. Sólo puedo ver que estaban en más o menos la misma posición que los católico romanos entre quienes he trabajado en Venezuela, quienes permiten que el sacerdote lea e interprete la Biblia para ellos. Qué paciencia, tacto y gracia se requiere con gente así; son sinceros pero están engañados.</p>
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<h2>CAPÍTULO II</h2>
<p>“Hijos de desobediencia”. Efesios 2:2</p>
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<p>Todos éramos “hijos de ira” por naturaleza e “hijos de desobediencia” por práctica. Yo tenía pasión por la lectura pero no mucho agrado para los estudios, aun cuando por mi habilidad poca dificultad experimentaba para mantenerme al tanto en la escuela. Lamentablemente, mi lectura no fue orientada a cosas deseables, de suerte que devoraba toda especie de libros. Yo solía mantener un stock de cuentos horripilantes debajo del escritorio en la escuela. Teníamos una especie de círculo de lectores que nos aseguraba un suministro fresco cada semana. El señor John Williams, el director, nos hizo bien al dar inicio a una biblioteca para los alumnos. Empecé a leer libros de mejor calidad, entre ellos “El Progreso del Peregrino” por Juan Bunyan.</p>
<p>A veces mi mente juvenil intentaba resolver los misterios de la creación, Dios, el cielo, el infierno, la muerte, etc., y tal vez hubiera creído al haber oído la predicación del evangelio en aquel entonces. Un maestro de escuela dominical nos enseñó que si éramos muchachos buenos y honestos, y si amábamos al Señor, de alguna manera vaga todo resultaría bien a la postre. Cantábamos¾</p>
<p>No haga nada malo, no hable palabra con rencor,</p>
<p>Ustedes son de Jesús, hijos del Señor.</p>
<p>Cristo era bondadoso y tierno; Él era veraz e hizo bien,</p>
<p>Y sus pequeños hijos deben ser santos también.</p>
<p>Así que la salvación por obras estaba en la trama y urdimbre de todo lo que oíamos. Infelizmente para mí, yo no podía salvarme de hacer cosas “malas” ni hablar “palabras con rencor”, y, por mucho que intentara, distaba mucho de ser “santo también”. Pero aprendí el Catecismo Menor así como un muchacho venezolano aprende su catecismo romano. ¡Grande la herencia que tienen los hijos del pueblo del Señor al ser enseñados que la salvación no se consigue por “ser bueno” sino por al creer el evangelio!</p>
<p>Me vienen a la mente unos muchachos en Toronto que habían sido instruidos por sus padres cristianos y por sus maestros en la escuela dominical que ellos habían nacido pecadores y tenían que nacer de nuevo. Un día el mayor de ellos fue tumbado y herido por un camión. Sabiamente, el médico que llegó al lugar procuró ocupar la atención del muchacho con una serie de preguntas mientras averiguaba si había fractura. Su hermanito de cuatro lustres miraba atentamente.</p>
<p>“Así que, niño, eres escocés”, dijo el médico amigablemente. Ahora, el menor de los dos nunca había escuchado nada de “escocés”, y se adelantó con indignación para aclarar el asunto. “No”, exclamó, “¡él es pecador!” “Ah”, vino la respuesta, “eres teólogo y vas a ser un reverendo”. Pero aquel niño sabía a los cuatro años lo que muchos no aprenden en una vida entera.</p>
<p>Sin embargo, Dios encontró una manera para alcanzarme, no obstante el clero. Yo tenía doce años cuando Mamá mi dijo que un telegrama había llegado cuando yo estaba en la escuela. Se había fallecido mi abuelo, quien vivía a unos veinte kilómetros de nuestra casa. Mis padres asistieron al entierro y me permitieron acompañarles. Era casi la hora para la ceremonia cuando llegamos a la granja.</p>
<p>Entré con mi mamá a donde el cuerpo estaba colocado en el féretro, y, como nunca había visto un muerto, me eché atrás cuando ella se dobló a besar el frente del anciano. Allí estaba el cuerpo de uno que yo conocía tan de cerca en vida, con su barba blanca, su rostro pálido y las manos cruzadas sobre el pecho. Cuando Mamá me instó a tocar sus manos, las sentí muy frías y extrañas. Por primera vez en mi vida, oí una voz adentro que decía, “Si estuvieras en ese féretro, ¿dónde estaría tu alma?” Quise huir a algún rincón para llorar, ya que veía que las mujeres lloraban.</p>
<p>Mi tío se encargó de la ceremonia y habló de Job 1.21. El plan era que los nietos cargaran en féretro desde el salón hasta el camino, y, siendo de buena altura para la edad que tenía, yo estaba entre el número. Había un gran nudo en mi garganta. Pensaba que debía soltar la carga, ya que me venía con renovada fuerza la pregunta, “Si estuvieras en ese féretro, ¿dónde estaría tu alma?” No podía contestar la pregunta, habiendo sido enseñado que aquí y ahora nadie podía saber que era salvo y poseía la vida eterna.</p>
<p>Creo que Dios me habló aquel día. Sentí mucho alivio cuando los mayores tomaron nuestro lugar. En el cementerio cada palada de tierra era un sermón al caer sobre el cajón ¾ un sermón más solemne y práctico que toda la teología que yo había escuchado. Poco sorprende que el diablo intente camuflar la muerte con el césped verde y el equipo moderno. La tumba a lo antiguo, el féretro negro, las paladas de tierra eran predicadores demasiado elocuentes con su mensaje acerca de Dios y la eternidad, y hacía falta reemplazar todo eso.</p>
<p>Volvimos a la granja, donde se sirvió una comida. Intenté esconder lo que sentía, pero por poco me ahogué al ingerir. La escena era demasiado vívida como para ser olvidada, y la pregunta demasiado pertinente como para ser despreciada. Esperaba que el viaje de regreso me aliviaría, pero no fue así; la impresión perduró. Poco conversé con mis hermanos y hermanas, ya que quise estar solo. Procuré resolver problemas mentales de aritmética para distraerme de la pregunta tan penetrante, y no pude dormir hasta muy tarde. Por fin me vino el pensamiento que el abuelo tenía ochenta y dos años pero yo tenía apenas doce, de manera que se me quedaban setenta años de vida para resolver el asunto. Cansado y fatigado, caí en sueño bajo el opio del diablo: “Hay tiempo”. Poco a poco se me fueron aquellos pensamientos, pero en años posteriores, si quería enseriarme, yo tenía que tan sólo recordar la pregunta, “Si tu cuerpo estuviera en ese féretro, ¿dónde estaría tu alma?” Con esto yo tomaba la cosas en serio.</p>
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<h2>CAPÍTULO III</h2>
<p>“Engañando, y siendo engañados”. 2 Timoteo 3:13</p>
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<p>Al alcanzar la edad de quince yo pensaba haber aprendido suficiente para capacitarme para la carrera de mi elección, la de un capitán de barcos trasatlánticos. Ni siquiera había visto el mar, pero mi pasatiempo favorito era armar pequeños botes y motores de marina. El tren de la reina pasaba dos veces al año por el pueblo donde yo asistía a la escuela. Otros alumnos salían a ver la reina Victoria y los soldados, pero yo a ver las máquinas. En cierta ocasión cuando yo tenía unos diez años, el tren se paró. El maquinista abrió la caja de humo y me sorprendí porque no salía agua de la caldera, lo que muestra cuánto sabía de locomotoras en ese entonces.</p>
<p>Tuve la suerte de contar con un espléndido director de escuela, quien hubiera podido enseñarme mucho más de haber tenido yo la prudencia de agradar sus esfuerzos. Él aconsejó a mis padres a enviarme a un amigo suyo como aprendiz de carpintería. También el reverendo le aconsejó a Papá que yo fuera clérigo y dijo que me ayudaría en esto. Pero ninguna de las dos sugerencias me agradaba. Así que mi buen tío me llevó a su casa parroquial en Stirlingshire para poder enseñarme logaritmos como preparación para una vida náutica. Pero no ejercía la debida disciplina, y, por cuanto tenía una biblioteca extensa, yo me perdí en sus muchos libros.</p>
<p>Éste solía llevarme consigo cuando intercambiaba púlpitos con otros religiosos, y como resultado de esto llegué a conocer algo de cómo funcionaba el negocio de ellos. A veces cuando yo estaba en su estudio llegarían amigos, diciendo: “George, ¿tiene algo que puedo usar el domingo? He estado ocupado en tal y tal cosa, y no he tenido tiempo para escribir nada”. Me tío le diría al visitante que buscara en su gaveta de sermones a ver qué podía encontrar. Habiendo escogido un escrito apropiado, él diría, “Pues, pienso que puedo usar esto”, y lo metería en el bolsillo de su saco. El día domingo los feligreses comentarían, “Nuestro ministro fue bueno hoy, ¿verdad?”, sin saber que había gastado tanto tiempo en naipes y el deporte de <em>curling</em> que tuvo que predicar un sermón de mi tío.</p>
<p>Nunca me fue permitido escuchar sus discusiones acerca de la autenticidad de la Palabra de Dios. Uno de los clérigos sostenía que el pez no se tragó a Jonás, y decía que era fábula de viejas. Así un “ministro” sembró en mi mente joven la primera duda en cuanto a la inspiración divina de la  Biblia. También a veces yo visitaba la ciudad y me daba cuenta de que el tío caía en gracia con sus colegas. En alguna sala privada estos caballeros “reverendos” tomarían sus tragos y yo mi limonada, porque rara vez el tío me permitía algo más fuerte. Eran hombres buenos, respetables según las normas del mundo, pero era evidente que para ellos la predicación era un negocio y no una pasión. No tomaban en serio lo que predicaban, y echaban chistes acerca de las cosas santas. Creo que en la vejez mi tío cambió de parecer y se volvió evangélico en sus opiniones, ya que, cuando le visité después de dieciocho años en Venezuela, me dijo que confiaba enteramente en la sangre de Jesucristo para salvar su alma. Quería que yo predicara en su iglesia, y se desanimó cuando me negué a hacerlo.</p>
<p>Un día un viajero comercial de Glasgow visitó al tío, y vi que eran amigos desde tiempo atrás. Fui a otra dependencia a leer. Ellos conversaron buen rato, y mi tío le dijo que yo era su sobrino y que no sabía qué hacer conmigo, porque yo quería ser capitán de grandes barcos y él pensaba que sería una vida muy severa para mí al comienzo. El viajero le dijo que tenía un hijo que se estaba preparando para ser ingeniero naval, una profesión que estaba asumiendo importancia para las grandes trasatlánticos, y que él pensaba que el tío debería enviarme a recibir esa instrucción.</p>
<p>Yo escuché todo aquello, aunque ellos no sabían que yo estaba en la pieza al lado. Me llamaron y preguntaron si me gustaría ser técnico superior en la ingeniería marina. “¿Iría al mar?” pregunté, como no sabía qué eran las funciones de un ingeniero naval. Me dijeron que sí, y me quedé encantado ante esa posibilidad, aunque nunca en mi vida había visto la máquina de una nave. La primera que llegué a ver, que estaba colocada sobre enormes bloques en la sala de ensamble, me parecía una especie de bomba grande.</p>
<p>Pero el Señor estaba sobre todo esto y en su maravilloso modo de proceder me estaba aparejando para servicio futuro. La preparación que recibí en el taller de máquinas y el astillero valió por una docena de cursos en filosofía y ciencias afines a la hora de mostrar a un entenebrecido católico romano que en la práctica, así como en precepto, uno era muy diferente a sus “padres”. La habilidad para construir y trabajar es un beneficio de no poco valor para un misionero. Me acuerdo de cierta ocasión cuando la pequeña locomotora de nuestro tren dejó de funcionar en Palma Sola, Venezuela, y nos quedamos inmóviles por buen rato. Me adelanté y ayudé en la reparación, y pude oir a los otros pasajeros comentar, “Esos predicadores evangélicos no son como nuestros padres. ¿A quién se le ocurre pensar que un cura repararía una locomotora?”</p>
<p>El 9 de mayo de 1898 fue un día especial en la historia mía, porque entré a servir como aprendiz de ingeniería en el astillero de <em>Hall &amp; Co. </em>en Aberdeen. Allí aprendí el negocio desde la A hasta la Z. Me asignaron ser asistente a un inglés de genio poco agradable, y dentro de poco yo era experto en apuntar un chorro de agua enjabonada al inglés cuando rociaba la sierra. Poco a poco ascendí a asistente en la mesa de preensamble donde se identificaban todas las piezas de la máquina para ser taladradas, cepilladas, etc. El encargado era un aprendiz de mayor experiencia, un tal Kenneth McKay. Era muchacho avispado de la ciudad, dado a reírse mucho ante mi sencillez e inocencia en la manera de ser del mundo.</p>
<p>La mesa de preensamble era donde todos los obreros se reunían cuando el superintendente no estaba presente, y los temas de plática solían ser los deportes, las mujeres y la cidra. Mucho de lo que oí era nuevo y extraño para mí. Me quedaba atónito al escuchar el vocabulario de los muchachos, ya que muchos de ellos casi no podían decir algo sin tomar en vano el nombre de Cristo. A veces les reprendía y preguntaba si no les daba temor blasfemar así, pero respondían que yo era mozo religioso y pronto ellos se me quitarían eso.</p>
<p>Me pesa decir que poco a poco aprendí sus palabras y su estilo. Como me relacionaba bien, pronto contaba con muchos amigos. McKay cantaba y yo también tenía cierta capacidad para aquello, de manera que entreteníamos a los demás con nuestras canciones, sentados sobre las hojillas de un torno rotativo. Yo no conocía un solo cristiano entre los centenares de hombres en el astillero. Sin duda había algunos temerosos discípulos del Señor, pero nadie le confesaba a viva voz ni nos hablaba acerca de nuestra alma. Pero el diablo tenía sus embajadores, y cierto ingeniero llamado L… era gran promotor de la teoría evolucionista de Darwin. Me dio libros de Huxley para mi lectura.</p>
<p>Los días domingo yo solía asistir a una u otra iglesia, pero oía la misma seca, muerta predicación como se acostumbraba dar en mi pueblo, y para este tiempo mi fe en el clero se había mermado sobremanera. En cierta ocasión un amigo me llevó a una prédica del señor W.D. Dunn de Glasgow, y su estilo y sinceridad me impactaron. “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” Romanos 11.33.</p>
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<p>Temprano en el año 1900 tuvo lugar en el taller de máquinas un evento que causó mucho comentario. Kenneth McKay había sido convertido. Su cuñado había llegado de Australia y le había predicado a Cristo a “Mac”, como le llamaban sus amigos. Él creyó el evangelio y fue hecho nueva criatura en Cristo Jesús. Por unos días nos dimos cuenta de que estaba callado y diligente en sus labores, presente o ausente el jefe. Un día me acerqué a un tornero de rango y le pregunté qué problema tenía Mac, ya que parecía cambiado. “Me dicen que fue convertido”, fue la respuesta. “¡Convertido! ¿Qué quiere decir eso? Yo veré si se ha convertido”.</p>
<p>Fui directamente a donde Mac estaba trabajando con un torno rotatorio y tiré sus aparejos al suelo. Esto no tuvo el efecto deseado, ya que él siguió tranquilamente con su trabajo. Me burlé de él, valiéndome de groserías, pero él simplemente dio la vuelta para verme y comentó, “Willie, todas las cosas son puras para los puros”. Yo no sabía que él estaba citando una Escritura, pero su respuesta me dejó asombrado. Sentí que había actuado mezquinamente con él, de manera que recogí las herramientas que había botado al piso. Volví al tornero y le dije que efectivamente Mac era otro, y repetí la respuesta extraña que yo había recibido. “Déjele quieto. Es un tonto”, respondió el hombre. El coro a la mesa de preensamble fue, “Mac se ha convertido”. “¡Necio ridículo!” decían algunos. “Le daremos plazo de tres meses para volver a lo nuestro”, decían otros.</p>
<p>Pronto llegó a ser objeto de abuso y persecución, y la cabecilla era el hijo de un clérigo quien había fracasado en sus estudios de medicina y ahora era aprendiz de ingeniería. Pero el Señor le fortaleció a Mac, y él dio la talla. Mientras nos burlábamos de él, cantaba en voz baja un himno muy al estilo de <em>Cuán dulce el nombre de Jesús</em> (“Jesus, the very thought of Thee”<span style="text-decoration: underline;">)</span> . Cuando él iba al taller de mecánica a buscar acoplamientos al torno, los muchachos aplicaban sebo a las correas y alquitrán a las mangas, y aflojaban los ajustes del torno de manera que el trabajo caería al suelo una vez prendida la máquina. Vuelto Mac, el hijo del reverendo pronunciaría una oración en burla, y en voz afectada entonaría, “Los contratiempos que afligen a los justos muchos en número pueden ser …”, y, “El Señor a quien ama, disciplina”.</p>
<p>Mac procedería a quitar el alquitrán, colocar el trabajo de nuevo en el torno, limpiar las correas y prender la máquina. En cierta ocasión, cuando había sido promovido al segundo torno en el taller, los muchachos buscaron su saco y pasaron un perno de 5/8” por el ojal, abrieron hueco por el otro lado, colocaron arandela y tuerca, soldaron el perno y devolvieron el saco a su sitio. Todos estaban involucrados en la conjura, y al sonar el timbre a las 5:30 sus ojos estaban fijos en Mac a ver cómo reaccionaría, porque él había sido instruido que un auténtico cristiano nunca se enoja, etc. Él se lavó las manos y al levantar el saco se dio cuenta de lo sucedido. Lo contempló por un par de segundos, llevó el saco a la prensa, buscó segueta y con toda clama cortó el perno en dos partes. Sacando las piezas, sonrió tranquilamente y se marchó cantando su himno favorito.</p>
<p>Escribimos estas cosas para mostrar que lo que cuenta entre los impíos es la confesión y no la profesión, el andar y no el hablar. Al ver a Kenneth sufrir la burla y los insultos, confesando a Cristo con tanta paciencia, empecé a darme cuenta de que él me había dicho la verdad: que aun con mi bautismo, religión y todo lo demás, yo estaba en el camino ancho al infierno y tenía que nacer de nuevo. Su vida me inquietaba. Me convenció de la realidad de Cristo y la cristiandad, cuando lentamente la incredulidad estaba asumiendo dominio de mi corazón. Yo discutía estos asuntos con él, afirmando que no había Dios, cielo ni infierno, aunque secretamente yo creía que sí había.</p>
<p>La ley inédita era que uno buscaba a un compañero para ayudarle cuando una polea se partía, dando lugar a que los mozos pasaban horas de ociosidad allí muy arriba entre poleas que giraban y correas que sonaban. Mac solía pedirme a mí ayudarle con su correa madre, y esto me dejaba perplejo porque él sabía que le fastidiaría con juego y preguntas. Sin embargo, él tenía más discernimiento de lo que yo pensaba, diciéndome tiempo después que podía ver que, detrás de todas mis bravuconadas, el Señor estaba obrando en mi corazón.</p>
<p>Amado trabajador cristiano, no se desanime por aquellos que discuten y se oponen. Saulo de Tarso lo hacía y él tiene muchos descendientes. Mac tenía la razón; el Espíritu de Dios estaba obrando en mi corazón aunque yo no lo sabía. En la quietud de la noche me venía el pensamiento, “¿Qué de si Mac está en lo cierto y yo estoy rumbo al infierno? Hay un Dios. Hay un Cristo. Hay una realidad no obstante la hipocresía del clero. Mac es un auténtico hombre”. Aquella voz que me decía seis años antes, “Si tu cuerpo estuviera en ese féretro, ¿dónde estaría tu alma?” hablaba una vez más. Me decía, “¿No te gustaría estar seguro, así como Mac, que estás rumbo al cielo?” Yo temía dar la respuesta, por miedo de los muchachos en el astillero.</p>
<p>Procuraba olvidarme de Mac y sus prédicas, pero en vano. El baile no tenía ya el mismo encanto y las canciones nuevas no se entonaban con el mismo gusto. Mis amigos empezaban a observar un cambio, y preguntaban qué me molestaba. Les contaba de Mac que era un cristiano de veras, y decía que yo esperaba serlo un día también. “Eres cristiano”, me decían; “difícilmente podemos visualizarte con Biblia e himnario debajo del brazo. Anímate y olvídate de esas ideas raras”.</p>
<p>Queda fresca en mi memoria la noche que hicimos fila en la taquilla de pago y los muchachos pegaron a la espalda un cartón que decía “Santo Mac”, sino que la víctima supiera. Él fue empujado allá y acá entre los obreros, pero todavía con esa sonrisa de tranquilidad. Yo estaba cerca de él; me tomó por el brazo y dijo, “¿No deseas ser salvo?” “¿Salvo? Mac”, respondí, “yo no podría aguantar sin represalia lo que hacen contigo”.</p>
<p>“Ah”, dijo él, “tú no sabes el gozo que hay en mi corazón. Los muchachos de billares no saben mejor. Yo era como ellos, y así el Señor me preparó para recibir lo que me dan”.</p>
<p>“¡Cuidado, Billy, o serás convertido!” gritaba el grupo. Procuré quitar mi brazo de Mac, cobarde ante los aprendices burlones.</p>
<p>Era la época de la guerra en Suráfrica, y al recibir noticias de que se había levantado el sitio de Ladysmith, y otros eventos favorables, los aprendices tomábamos “asueto francés”, como decíamos. El capataz llovía maldiciones sobre todos mientras salíamos corriendo a la calle para celebrar el triunfo militar. En una de estas ocasiones Mac atravesaba el patio en bicicleta cuando la turba le alcanzó. Le dijeron que el ejército británico había anotado otra victoria y que ellos iban a tomar el día libre para celebrar. Dijeron que él tendría que acompañarles, porque de otro modo sería el único trabajando. Él razonó dignamente con ellos, señalando que en un tiempo hubieran contado con su simpatía, pero ahora él era cristiano y tenía que obedecer a sus superiores. No había tiempo para discusión. “¡Llevémosle, bicicleta y todo!” fue la consigna, y le arrastraron una distancia corta. Pero eso retardaba la procesión porque era mucho peso, y pronto Mac pudo volver al astillero. El capataz le dijo que podría tomar el día libre.</p>
<p>Los mesas pasaron, e iba en aumento mi afán por poner fin a la terrible lucha de corazón. Saliendo del patio una noche, Mac me preguntó de nuevo si quería ser salvo. Dijo, “Yo oraré por ti, y seremos dos en vez de uno. Te ayudaré todo lo que puedo”.</p>
<p>Se quedaron conmigo aquellas palabras, “Yo oraré por ti”. Reflexionaba, “Después de toda las travesuras que he echado sobre Mac, él ha dicho que va a orar por mí”. Sentí vergüenza por mi conducta mezquina con uno que percibía ahora como siervo del Señor, un verdadero cristiano. El examen médico Clase A me había resultado todo favorable; me iba bien en las clases nocturnas en <em>Gordon’s College</em>; contaba con muchos amigos, y he podido deshacerme de Mac, sus exhortaciones y sus oraciones. He podido estar feliz, pero adrede pesaba la cosa en mis pensamientos. Por un lado estaban el mundo, el ascenso, ingeniero en jefe, la vejez, el infierno. Por otro lado estaban Cristo, la persecución, el servicio para Él, la muerte y el cielo. Yo estaba solo, y nada estimulaba. Deliberadamente resolví ser salvo, no por amor a Dios sino por temor de morir e ir al infierno, cosa que merecía por mi proceder pecaminoso. Pero el asunto era cómo ser salvo.</p>
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<h2>CAPÍTULO IV</h2>
<p>“Cristo murió por los impíos”. Romanos 5:6</p>
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<p>Fue sábado, el 20 de octubre de 1900, una noche fría con ráfagas de nieve de tiempo en tiempo. Yo era inquilino con una familia que vivía en los altos de la taberna <em>Mearn</em> en la encrucijada de <em>Park </em>y <em>Frederick</em>. Más o menos a las 7:00 un amigo llamó para invitarme a salir con él. Teníamos mucha amistad, habiendo estudiado juntos, y ahora ambos estábamos en la ciudad aprendiendo la misma profesión. ¡Cómo sabe el diablo poner una trampa! Yo no tenía ningún propósito de buscar los acostumbrados pasatiempos saba-tinos, ya que estaba en verdadera convicción de alma. Pero él persistió, y por fin acepté complacerle con llegar hasta <em>Castlegate</em>, una plaza grande en Aberdeen donde el gentío se congregaba cada sábado en la noche en torno de ventas de baratijas, curanderos y lo demás. Era también un sitio predilecto para reuniones de toda suerte al aire libre.</p>
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<p>Al llegar a la plaza mi amigo me instó a seguir con él por Calle Unión. Pero vi que un grupo de hombres y mujeres estaba escuchando a un varón de unos veinticinco años que predicaba el evangelio y le dije al compañero que yo iba a escuchar aquello en vez de quedarme con él. Esto le molestó bastante, y me dijo que yo me estaba volviendo loco con religión, y que no era como antes. Él insistía, blasfemaba y se ponía bravo por turnos.</p>
<p>Doy gracias a Dios que no cedí, porque había llegado a la Y en el camino. Si el diablo hubiera ganado aquella noche, bien ha podido ser el fin de la contienda del Espíritu Santo de Dios conmigo. Ciertamente la salvación es del Señor, pero con todo nosotros tenemos una voluntad, y aquella voluntad debe escoger entre la vida y la muerte, entre el evangelio y el mundo, entre Cristo y Satanás.</p>
<p>Cuán feliz estaba yo cuando T… se marchó por fin. Me acerqué al culto al aire libre y escuché mientras el predicador con rostro radiante predicó el evangelio. No me adelanté mucho, porque no quería que nadie me hablara ni me diera un tratado, pero con toda anhelaba ser salvo. Después de escuchar por buen rato, me alejé, resuelto que al ser posible yo sería salvo aquella noche. Rumbo a mi pieza alquilada, oí al reloj del Salón Municipal marcar la hora, y así es que sé cuándo fui salvo, aunque en ese momento no tenía idea de cuántas veces lo iba a contar en años posteriores.</p>
<p>La anciana dueña del apartamento se sorprendió al verme llegar tan temprano. Fui a mi habitación, cerré la puerta y me arrodillé al lado de la cama. Sentía inútil repetir oraciones como “El Padre Nuestro”, pero empecé con reconocer que Dios era una realidad y que yo estaba confesando mis pecados a Él. A medida que confesé mi iniquidad y culpabilidad, y especialmente cómo había perseguido a su siervo Kenneth McKay, me vino por delante la veracidad de Romanos 5.6, “Cristo murió por los impíos”. Yo sabía de cierto modo que Cristo murió por pecadores, pero pensaba que uno tenía que amarle a Él y comportarse bien, porque así predicaba el reverendo y así enseñaba el maestro de escuela dominical, y así era la teología que me habían dicho. Pero aquel trozo, “Cristo murió por los impíos”, me vino como una revelación. Yo era pecador impío; Cristo murió por los tales, y allí mismo en ese instante confié en Él como mi Salvador. Una maravillosa calma entró en mi corazón. Todo parecía sencillo y a la vez consolador. El temor a la muerte cedió ante pensamientos de confesión y servicio. Me pregunté si el gozo sería duradero, ¡pero el domingo por la mañana “Cristo murió por los impíos” estaba vigente todavía!</p>
<p>Sabiendo que Kenneth McKay asistía en un lugar llamado la <em>Gordon Mission</em>, resolví ir después del desayuno. Otros miembros de la familia de la dueña desayunaban conmigo, y el hijo preguntó dónde tenía pensado pasar la mañana. Sin reflexionar, respondí que iba a la <em>Gordon Mission</em>. Ellos se sorprendieron y me advirtieron que sería “convertido”. Fue mi primera oportunidad para confesar a Cristo, y la perdí. Sentía que me estaba ruborizando, y deseaba decir algo, pero mi vergüenza decía todo y la conversación terminó.</p>
<p>Encontré la misión evangélica y al entrar descubrí que Mac estaba repartiendo himnarios en la puerta. Él parecía sorprenderse al verme entrar, pero me dio un himnario y me señaló un puesto. Me contenté al verle, ya que realmente fue por él que había ido, pero nada dije de la gran transacción. El ambiente era diferente de lo que uno acostumbraba ver en las iglesias. El canto era entusiástico, el sermón sencillo y práctico, y aparentemente había más amistad entre los miembros. Regresé para la reunión vespertina y me di cuenta que la prédica estaba acorde con mi paz recién encontrada.</p>
<p>Rumbo a casa, me vino el pensamiento que yo había pasado un día muy bueno, ¿pero qué de mañana en el astillero? ¿Cómo se lo diría a los muchachos? Se me ocurrió que lo prudente sería no decir nada, sino simplemente evitar las acostumbradas cosas malas. Ahora que era cristiano, no era necesario decírselo a todo el mundo. La sugerencia procedió del infierno, pero en ese momento yo no lo sabía.</p>
<p>El lunes yo estaba en mi puesto a buena hora, refrescado en cuerpo y alma, un cambio de ocasiones anteriores cuando por falta de descanso me escondía para dormir por una hora. Los aprendices han debido notar un cambio, ya que al cabo de un par de horas uno de ellos vino directamente a mí y preguntó si era cierto que yo había sido convertido. “Sí, George, Dios me salvó el sábado en la noche”, respondí, olvidándome de la resolución a no decir nada. La verdad se había hecho saber, y George dio la vuelta sin comentario alguno. Fue directamente a los muchachos y dentro de poco todos me habían rodeado como una manada de lobos rapaces, con el hijo del reverendo a la cabeza. “¡Hipócrita! ¡Renegado! Te trataremos peor que a Mac”, dijeron, salpicando sus protestas con groserías y maldiciones como se puede hacer sólo en un astillero.</p>
<p>Pero el Señor no me falló, y en vez de estar atemorizado ante ellos yo sentí un coraje que nunca había conocido, y pude darle al hijo del reverendo más de lo que él buscaba. Más tarde en el día ellos le dieron la noticia a Mac. Pero él fue cuidadoso, ya que antes de eso yo había fingido ser salvo, y algunos de los que estaban en el complot antes habían persuadido a incautos a tentarme a ver “si un cristiano podría enojarse”. Ellos habían sido premiados con un chorro de agua jabonosa u otra cosa por el estilo.</p>
<p>Sin embargo, después de una espera, Mac se me acercó y preguntó, “Willie, ¿será cierto que eres salvo?” “Sí, Mac, Dios me salvó el sábado en la noche”.</p>
<p>“¿Y cómo sucedió?” me preguntó. Le relaté mi experiencia, cosa que le agradó mucho, y me dijo, “Ahora seremos dos. No tengas miedo de los muchachos”. Ciertamente me hacía falta su ayuda y consuelo, porque una vez que se sabía del asunto yo era el objeto de toda suerte de mofa dondequiera que fuera en el astillero. Los ingenieros, caldereros, herreros, soldadores y carpinteros, todos se unieron para ponerme a prueba.</p>
<p>Un día por poco me escapé ser amarrado a una escalera y bajado al mar. Cuando los muchachos estaban preparando el operativo, yo oraba que no me colocaran un puño de estopa en la boca, y a la vez resolví cantar mi himno favorito, <em>Día feliz cuando escogí servirte, mi Señor Dios.</em> Pero con gran alivio oí el bien conocido silbido del señuelo, a quien los muchachos siempre apostaban a la puerta del taller para advertir que se acercaba un superintendente o un capataz. Todo se escurrieron, y así el Señor me libró una vez más.</p>
<p>Mackay vivía más arriba en la ciudad y solía ir y venir en bicicleta. Pero ahora me acompañaba a pie cada noche y me instruía en cosas espirituales en la medida que la conocía. Me habló del regreso del Señor, una verdad que nunca había oído. La Biblia se tornó libro nuevo para mí, y ahora yo leía y releía el ejemplar que me dio mi querida madre cuando dejé el hogar.</p>
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<h2>CAPÍTULO V</h2>
<p>“Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Hechos 9:6</p>
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<p>Creemos firmemente que entre las primeras evidencias de que uno sea recién salvado es que, como el gran apóstol, preguntará, “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Hay un deseo nato de aprender la voluntad de Dios y cumplirla a la letra.</p>
<p>Pronto vi el bautismo mencionado en la  Biblia; y más, quería ser bautizado. He debido cumplir de una vez, al haber sido suficientemente sencillo como para guiarme por el Libro. Siempre es cierto que “Jehová guarda a los sencillos”, Salmo 116.6. Pero lamentablemente el bautismo era un tabú en la congregación evangélica llamada <em>Gordon Mission</em>. Mac no era bautizado y ya estaba bien versado en el bullingerismo.* Me dijo que el bautismo correspondía al “período de transición” y no se practicaba en “el período de la Iglesia”. Mac era mi padre espiritual y me ejercía gran influencia en cuestiones bíblicas. Con todo, al ver el bautismo practicado tan a menudo en Hechos de los Apóstoles, ese “período de transición” no me satisfacía. Encontré que había otros jóvenes con la misma duda que asistían a la Misión, y resolvimos hablar con el señor M…, uno de sus evangelistas.</p>
<p>* E.W. Bullinger (1837-1913) era un erudito en las Escrituras, autor prolijo (p.ej. la<em> Companion Bible</em>) y fundador de una secta que se basa en una interpretación extrema y errónea de las dispensaciones. Acepta solamente las Epístolas del Cautiverio como relevantes en esta época. Sobre esta base, como quedará evidente en esta autobiografía, los bullingeristas no creen en el bautismo ni en la cena del Señor. Algunos en el día de hoy de esta tendencia emplean la etiqueta <em>Grace Gospel</em> o <em>Concordant Library</em>.</p>
<p>Nos dijo que él también había tenido ejercicio, pero que un versículo de la Escritura había resuelto el asunto para él. Ávidamente preguntamos cuál fue el pasaje tan convincente, y nos dijo que era Colosenses 2.6, “De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él”. Respondimos que no vimos en ese versículo nada para satisfacernos. Dijo, “¿Cómo recibieron a Jesucristo el Señor?” Respondimos, “Por fe”. “Pues”, replicó él, “el bautismo es una ordenanza y por esto no es de fe. No les hace falta ser bautizados”. Todos le amábamos al señor M…, y, triste decirlo, de nuevo apagué al Espíritu Santo al no obedecer el mandamiento del Señor a ser bautizado.</p>
<p>He oído que años después el señor M… fue convencido y tomó su lugar entre cristianos que se congregan en el nombre del Señor. ¡Pero qué responsabilidad recae sobre aquellos “ministros” y líderes de “misiones” que aconsejan a sus oyentes a desobedecer la dirección del Espíritu Santo acerca del bautismo! Cuando rehusamos andar a la luz y la verdad divina, la oscuridad y el prejuicio aumentan en nuestros corazones para oponerse a cumplir con la enseñanza del Nuevo Testamento que hayamos rechazado.</p>
<p>En vez de ser bautizado, leía la Biblia en busca de textos que hacen ver que uno no debería ser bautizado. Tenía una tía que causó gran disgusto en su familia y “religión” al ser “salvada” cuando el finado señor Logg estaba predicando en Deeside. Había sido bautizada en el pozo detrás de la represa de un riachuelo, y cuando oyó que fui salvo, me fastidió con cartas acerca del bautismo. Un día cuando estuvo en Aberdeen ella logró que yo asistiera a una reunión de la asamblea en la calle <em>St. Paul</em>. En la <em>Gordon Mission</em> habíamos sido advertidos especialmente acerca de una secta terrible llamada <em>Plymouth Brethren</em>, quienes se creían ser la sola Iglesia, “y si el Espíritu Santo escribiera una epístola a los santos en Aberdeen, ¡tendría que enviarla a la asamblea en la calle <em>St. Paul</em>!”. Eso le oí decir un señor G… cierto domingo por la mañana, y me hizo estar incómodo en la reunión de aquella asamblea.</p>
<p>Ciertos señores inconformes de oficio en las asambleas de Aberdeen, al no conseguir lo que querían, o al ser disciplinados de una u otra manera, habían encontrado “la iglesia de la puerta abierta” en la <em>Gordon Mission</em>, y era su costumbre advertir a creyentes jóvenes acerca de “los Hermanos”, a saber, las asambleas. De los cristianos primitivos se dijo en Hechos 28.22, “De esta secta nos es notorio que en todas partes se habla contra ella”, y lo mismo es cierto hasta el día de hoy. Encontré que en las “iglesias” y las “misiones” había un prejuicio arraigado contra aquellos que llamaban “los hermanos de Plymouth”.</p>
<p>El clero se oponía a ellos porque enseñaban la verdad que los así llamados “ministros” usurpaban las facultades del Espíritu Santo y de esta manera les negaba a los auténticos cristianos sus privilegios y sus responsabilidades. Las “misiones” hablaban en contra de “los Hermanos” porque su apego estricto a los principios del Nuevo Testamento era una condenación de la participación audible de las mujeres; recibían dinero de los irregenerados; remuneraban a sus evangelistas; celebraban una comunión mensual; etc.</p>
<p>A menudo encontré a cristianos buenos y benignos en lo demás que eran de un todo intolerantes de “los Hermanos”, aunque no tenían más razón para despreciarlos que tenía yo. ¡Nunca me habían hecho ningún mal! Conocía a unos pocos de ellos y parecían ser gente honesta, pero me permitía ser prejuiciado y aun repetir las calumnias corrientes en contra de un pueblo del Señor que se congregaba solamente en el nombre suyo, sin investigar yo si las tales cosas eran ciertas. Pero era sólo uno entre muchos que hacían lo mismo.</p>
<p>Tan pronto que fui salvo, yo había escrito a mis padres y mis hermanos, contándoles de la gran transacción. En mi sencillez pensaba que ellos también “lo iban a ver”, y esperaba respuestas en este sentido. Pero tuve que aprender a llevar la cruz, y que los enemigos de uno serían sus propios seres amados. Recibí algunas respuestas muy severas por haber “dejado la religión de tus padres”, etc. Costó largos años convencerles, pero tengo mucho que agradecer, ya que tuve el gozo a ver a mis padres (que ya están con el Señor) confesar a Cristo, y otros en la familia también.</p>
<p>Cuando visité a Escocia después de dieciocho años en Venezuela, mi hermana mayor me enseñó una vieja carta con muchas manchas, y en ella reconocí mi propio puño y letra. Me explicó que fue la carta que le envié después de salvo, relatando el gozo que yo había encontrado y advirtiéndole que ella estaba rumbo al infierno. Dijo que las manchas se debían a las lágrimas de angustia y rabia por lo que yo había hecho. Pasamos un rato muy agradable juntos, cantamos de nuevo <em>Día feliz cuando escogí</em>, y alabamos a nuestro Dios y Padre por el glorioso evangelio que nos había librado.</p>
<p>Dentro de poco los aprendices me habían quitado “la religión”, pero su persecución no pudo separarme de Cristo. Con todo, el enemigo estaba empleando otras tácticas, desconocidas a mí y por esto mucho más peligrosas que los contratiempos visibles. Me ubiqué en otra pensión donde fui el único inquilino. La gente era benigna; sabían que yo era cristiano pero no me trataron mal por esto.</p>
<p>Creemos que una asamblea escrituraria es el único lugar que el Señor ha provisto para que hombres y mujeres jóvenes pueden ser enseñados y ayudados en el “proceder en Cristo”. Donde yo estaba asistiendo, no había estudio bíblico excepto sobre ciertos temas; en fin, no había lugar para toda la Palabra de Dios. Le había contristado al Espíritu Santo al desobedecer su estímulo a que me bautizara, y por un tiempo la luz en mí sería tinieblas. Había leído el Libro y escuchado a otros con el fin de conseguir argumentos en contra del bautismo y la cena del Señor. Mac no estaba creciendo en la gracia sino en el bullingerismo, y leíamos como verdad absoluta en cuestiones bíblicas la revista <em>Things to come</em> (“Cosas por venir”) del doctor Bullinger. Ese señor era enemigo acérrimo de “los Hermanos”, hablando de ellos como “la secta que ha partido más corazones que todas las demás sectas juntas”. Por esto nos quedaban desconocidas las obras espléndidas de C.H. Macintosh, John Ritchie y una galaxia de otros escritores que han sido de tanta ayuda a nuevos creyentes.</p>
<p>Mi primer amor menguaba y los muchachos lo sabían. En vez de desdén había sonrisa; en lugar de la patada, su amistad. Las cosas iban de mal en peor, y aun Mac parecía impotente para ayudarme. Más tarde me di cuenta que él mismo se estaba deslizando. Resolví no ser hipócrita, y que si no iba a ser un “verdadero cristiano”, no sería nada. Decidí renunciar mi cristianismo, y por unos meses estaba a la deriva, a veces arriba, a veces abajo. Nadie me comprendía, ni yo me comprendía. Cuando intentaba volver al mundo y su modo de ser, no encontraba la satisfacción que esperaba. No sabía en esos días que los goces mundanos no pueden llenar al corazón que ha gustado del amor de Dios.</p>
<p>La crisis se presentó en el mes de noviembre. Una noche entre las 9:00 y las 10:00 iba rumbo a casa desde <em>Gordon’s College</em> cuando salió a mi encuentro el hijo del gerente. Apenas había recibido su diploma de ingeniero de segunda clase, de manera que estaba en buena forma. Esto ocurrió en la calle <em>Park</em>, cerca de la esquina donde el Señor me había salvado. El amigo dijo que tendríamos que tomar un trago para festejar la ocasión. Así que, dentro de pocos minutos tres de nosotros estábamos parados frente al bar en la planta baja del edificio donde, el 20 de octubre del año anterior, pasé de muerte a vida. Sonaba en mi oído una voz que decía, “Tú vas al cielo y ellos al infierno”.</p>
<p>¡Cuán agradecido estuve al separarme de ellos! Al llegar a casa, caí a rodillas y clamé al Señor a enviarme al infierno porque yo no merecía otra cosa. Jamás me olvidaré de aquella noche. No podía dormir, y vez tras vez le pedí al Señor castigarme por lo que había hecho. Creo que nadie me había enseñado la confesión de pecado de parte de un creyente. Pensaba que no había remedio, pero a solas con Dios aquella noche yo aprendí una lección que nunca he olvidado. “En ti [Jehová] hay perdón, para que seas reverenciado”, Salmo 130.4.</p>
<p>Los muchachos se dieron cuenta del cambio, y a partir de aquella coyuntura, hasta que salí del astillero dos años más tarde, por la gracia de Dios hice saber claramente dónde estaba yo. La persecución se redobló, y yo tenía gran miedo al entrar en el salón de ensamble en la ausencia del capataz. Un día tuve que entrar con el fin de medir la milésima parte de una pulgada para una bomba grande. Me supuse que el capataz estaría presente, pero descubrí que no. Mi llegada disparó la diversión. Un joven se montó en una caja para empacar el pescado y fingió predicar el evangelio mientras todos le rodeaban.</p>
<p>Fui al motor donde tenía que tomar las medidas y recibí una descarga de cebo, estopa, tablas y cajas vacías. Varios mecánicos estaban trabajando con un motor grande, entre ellos mi enemigo acérrimo, el hijo del reverendo. Pensaba susurrar un himno para calmar mis nervios, ya que medir una milésima parte requiere mano segura, especialmente en aquellos tiempos cuando no contábamos con micrómetros. El hijo del clérigo estaba tan enfurecido que levantó un martillo y juró que me partiría la cabeza si yo continuara. Afortunadamente, entró el capataz y pude realizar mi tarea, pero al dar yo un paso por poco me alcanzó en la cabeza un eje que la grúa cargaba a dos metros en el aire. “Apártate, Williams”, gritó el operador, “o te mandaremos al cielo antes de lo que esperabas”.</p>
<p>Ahora estamos en mi último año. Una mañana no llegó al trabajo un ingeniero a cargo de perforar un poste de popa. La nave estaba para ser botada pronto y el capataz me mandó a responsabilizarme por el trabajo pendiente. Me ayudaban tres aprendices y otro obrero, quienes no habían hecho nada porque nadie les dirigía. Al ver que me acercaba desde el otro lado del patio, empezaron a entonar, <em>Día feliz cuando escogí …</em> Me di cuenta de que venía un problema por encima, y pedí ayuda al Señor. El cabecilla comenzó con un discurso, advirtiendo que yo no era un “jefe” y no podía esperar plena obediencia de parte de ellos. El día siguiente alegaron que el “jefe” enfermo había dicho que el proyecto iba a extenderse hasta sábado al medio día, y que a ellos no les daba la gana entrar de nuevo en el taller hasta el lunes, de manera que yo debería aceptar que nos ocuparíamos hasta el sábado.</p>
<p>No dije nada pero reflexioné mucho. ¿Cómo iba a tratar a esos muchachos malcriados sin deshonrar el nombre del Señor? Al ser inconverso todavía, al primer ofensor le hubiera tumbado del andamio al mar al estilo de aquel ambiente, pero ahora uno ni pensaría en emplear la fuerza. Les puse a trabajar como deberían, y la máquina también, y no se presentaron problemas aparte de uno que otro chorro de agua jabonosa de parte del aprendiz a cargo de la jeringa. Cuando uno de los muchachos se cansó, metí la mano para ayudar, y pronto se veía que terminaríamos la obra el viernes al mediodía.</p>
<p>Temprano el viernes habíamos terminado y comenzamos a quitar el taladro con su largo eje que estaba introducido muy adentro en la popa. Mandé a dos a empujar desde adentro, ya que estaba apoyado por cadena y señorita lado afuera. Pero allí dentro de la nave no hicieron otra cosa que fumar cigarrillos. Yo no podía verles, y cuando nosotros afuera halamos, ellos hicieron lo mismo en sentido contrario. Despaché a otro con órdenes más estrictas, pero le dio miedo contradecir a sus colegas. Ellos estaban empeñados en prolongar la obra un día más. Mandé al último a meterse en la nave, pero persistieron el silencio y el ocio.</p>
<p>Me quedé unas horas sentado sobre el andamio, el mar allí abajo, pensando cómo hacer la tarea solo. Acomodé la polea para que la cadena halara además de sostener el peso. Todo iba bien, ya que los cuatro juntos no podían contra la señorita de una tonelada. La mitad del eje ya estaba afuera cuando cambié de posición y resbalé. El eje abrió una herida de tres centímetros en mi brazo y la sangre chorreó. Bajé el eje donde estaba. Uno de los muchachos del astillero había estado mirando desde una apertura en el casco del barco, y él dio el aviso que yo estaba herido y había acudido a la caseta de la Cruz Roja.</p>
<p>Una vez atendida la herida, volví. A sorpresa mía, los muchachos habían sacado el eje, quitado el taladro y cargado el camión con los aparejos, ¡de modo que llegamos al taller a las 3:00 p.m. el viernes! Me rogaron no divulgar la historia y les dije que haría lo posible para no comprometerles, pero no iba a decir mentiras. El capataz estaba contento con la labor. Le dije que me resbalé y mi brazo se aporreó. Los muchachos eran amigos míos de allí en adelante.</p>
<p>En un astillero es la realidad que vale. En las oficinas y tiendas uno puede esperar cierto orden y respeto, pero donde yo me entrené, entre el “escuadrón negro”, un remache al rojo vivo en el sombrero sólo provoca una ola de risa. Los aprendices como yo éramos sometidos a iniciaciones que no se relatan, y los superintendentes y capataces nos profieren maldiciones como si fueran ellos sargentos de recluta en el ejército. No se permitía amistad alguna. Todo esto está en contraste con lo que vi años después en algunos astilleros canadienses. Pero aquellos astilleros han producido algunos varones de Dios, y hoy por hoy están sirviendo al Señor en sus propios países y en campos misioneros muchos que fueron salvos y entrenados entre lo que he descrito.</p>
<p>Dos o tres muchachos profesaron fe por el testimonio de Mac, pero no prosiguieron. Hasta donde yo sepa, de entre los cuarenta y tantos de aprendices que había conmigo, ninguno fue realmente salvo y vivió para demostrarlo. Llegué a conocer a algunos que tal vez eran discípulos secretos de Jesús, pero sin testimonio. Al cabo de unos cuantos años pregunté por algunos hombres con quienes trabajaba. Me entristecí al saber de Crombie, a quien rogué que recibiera a Cristo el día que se marchó de Aberdeen para trabajar como ingeniero de segunda en una nave que zarpaba para África del Sur. Me dijo que había reflexionado acerca del asunto, y que iba a recibir a Cristo al volver a Aberdeen después de su primer viaje. Él falleció en el viaje y sus restos fueron echados al océano para esperar el día que el mar entregará sus muertos.</p>
<p>El hijo del clérigo encontró empleo en el Este de África pero trató tan mal a los nativos que resolvieron matarle. Le dieron alguna sustancia que no admitió remedio, y murió en gran agonía después de una cirugía en Edinburgo. Había sido el hombre más impío que he conocido. Decía y hacía cosas que otros hombres empedernidos resentían. Era un bravucón cobarde, con todo que haya sido criado en casa parroquial.</p>
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<h2>CAPÍTULO VI</h2>
<p>“&#8230; que mandes a algunos<br />
que no enseñen diferente doctrina”. 1 Timoteo 1:3</p>
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<p>Una diversidad de doctrinas ha sido la pesadilla de la Iglesia. En vez de reverentemente tomar la Palabra de Dios a su valor facial, ella ha sido distorsionada y torturada con fines eclesiásticos. El doctor Bullinger estaba en su cenit cuando yo fui salvo en 1900. Su novedosa tesis acerca de la Iglesia en esta dispensación apelaba a muchos que no estaban fundados en verdades enseñadas en las asambleas de cristianos que se reúnen en el nombre del Señor Jesús. Su libro acerca del rico y Lázaro dio nueva vida a herejías viejas. De que el alma duerma parecía factible, y para pichones como nosotros la respuesta escrita por el hermano Anderson Berry no surtió efecto, probablemente porque él era de “los Hermanos”. El grupo bullingerista aumentó en número, y nos retiramos de la <em>Gordon  Mission</em>. Se alquiló un salón en la calle <em>George</em> donde predicamos el evangelio los domingos en la noche y pasamos otras noches libres en un supuesto estudio bíblico, usando como textos los escritos de Bullinger sobre las Epístolas dirigidas a las iglesias.</p>
<p>Platicamos acerca de las raíces y los giros gramaticales del griego, y, como palomitas, tragamos las píldoras de Bullinger con boca abierta y sin preguntas. Nos hicimos sabios en cuanto al “período de transición”, las Epístolas del Cautiverio y las cosas venideras según el erudito. Felizmente, nunca perdimos celo por el evangelio, y cada jueves quizás una docena de jóvenes íbamos a <em>Castlegate</em>. Entre el chillido de las gaitas y el vaivén del gentío, hacíamos sonar el mensaje del evangelio. Dios en su gracia nos dio fruto; algunas almas fueron salvas.</p>
<p>A algunos que pertenecían a las asambleas les gustó el evangelio que predicamos y de vez en cuando ellos nos ayudaron. Pero poco o nada hicieron para invitarnos a sus salones o ayudarnos en el proceder que hay en Cristo. Uno de ellos sí nos invitó una vez a ir para sentarnos “atrás” como “hijos desobedientes” para observar mientras ellos celebraban la cena del Señor. Esto sólo nos hizo más rebeldes, porque no nos veíamos como hijos desobedientes. Generalmente es el caso que aquellos que conocen la verdad, pero tienen amistad con el error, no ayudan al que está equivocado por medio de una comunión en la predicación del evangelio. Estos hermanos no nos aportaron nada, y por otro lado el bullingerismo no puede fortalecer ni aglutinar a los creyentes nuevos en la fe.</p>
<p>Nuestro querido Mac se metió en problemas y dos de nosotros resolvimos acompañarle al Oeste de Australia. Fuimos con él hasta Freemantle, y allí le dejamos. La última carta que me escribió decía que estaba predicando el evangelio al aire libre en Perth, y que “los Hermanos” no podían descifrarle. Tiempo después, cuando fui bautizado, escribí al otro joven que nos acompañó a Australia, y dentro de poco tanto él como su esposa tomaron su lugar con aquellos que se congregan en el nombre del Señor. Pero a Kenneth McKay no le agradó el paso que habíamos tomado. Se casó y echó raíces en Midland, Australia Oeste. Pero siempre me acordaré de Mac con cariño. Ojalá hubiera sido incorporado en una asamblea, guardado del bullingerismo y el naufragio de la fe que lo acompaña.</p>
<p>Vuelvo a decir que muy, muy pocos de los hombres y mujeres jóvenes que conocimos en nuestros primeros días han corrido bien. Si yo no hubiera sido conducido por la benignidad y paciencia del Señor fuera del campamento al nombre suyo, quizás yo también hubiera quedado varado espiritualmente. O quizás hubiera llevado el bullingerismo al extremo que vi más adelante en Toronto, donde un clérigo estaba negando la condenación eterna y ofreciendo una segunda oportunidad a su congregación con base en Romanos 15.21. Aquellos que han sido salvos en relación con las asambleas deberían estar agradecidos por una herencia que debería guardarles de vagar y perder tiempo en cuanto a las cosas espirituales.</p>
<p>En cuanto a las cosas de este mundo yo he podido beneficiarme en Australia, pero espiritualmente no gané nada, ni en conocimiento ni en piedad. Temprano en 1905 pude ver cumplido mi sueño de llegar al Canadá, y de una vez me enamoré de “la tierra de la hoja del arce”. Mi compañero también profesaba ser cristiano, y cuando fuimos a la oficina del ferrocarril G.T.R. [<em>Grand Trunk Railway</em>] en busca de empleo, el encargado preguntó de dónde éramos. “De Aberdeen”. Respondió ásperamente que su padre era de esa ciudad y le había dicho que uno no debería confiar en esa gente. Con rostro severo, se retiró, pero yo le dije al amigo que la cosa iba bien. El sujeto volvió en pocos minutos, y nosotros dos comenzamos a trabajar allí aquella misma noche.</p>
<p>En Toronto iba en aumento mi ejercicio para encontrar algún lugar donde se podría cumplir con toda la Palabra de Dios. Me puse en contacto con lectores de la revista de Bullinger, <em>Things to come</em> [“Cosas por venir”], que enseñaba que puede haber sólo un testimonio persona a persona, ya que “la Iglesia está en ruinas”. Uno leía que el bautismo, la cena del Señor, la comunión, el testimonio y la disciplina están todos fuera de las Epístolas del Cautiverio [Gálatas, Efesios, Colosenses y Filipenses] y por lo tanto nada tienen que ver con la dispensación actual. Este miserable hiper dispensacionalismo nos quitaba una gran parte de la Palabra de Dios y no podía satisfacer mi alma, ya que anhelaba comunión y crecimiento.</p>
<p>Llegué a conocer a muchos cristianos en aquellos días, ya que yo predicaba al aire libre y visitaba en una y otra parte en busca de “un lugar” donde poner por práctica la Palabra de Dios. Probé la iglesias y una vez fui a una en la calle <em>King</em>. El predicador tomó Juan 8 como tema y expuso que la historia de la mujer adúltera era una interpolación. Barajó varios textos y nos dejó con la impresión que lo que llamábamos la Biblia no merecía confianza como una palabra de Dios.</p>
<p>Para mí, con esto ya no quería más con el clero. Recibían sueldo para predicar la Biblia, y más bien me sembraban dudas. Semejante trato deshonesto me era repugnante. Así, probé las “misiones”. Pero allí había mujeres predicando, cosa que yo sabía contradecía las Escrituras, y además se pedía dinero a los inconversos en beneficio de “la buena causa”. Todo esto me afligía, y sin duda yo les afligía a ellos también con mi interpretación bullingerista de la Palabra de Dios.</p>
<p>Pero yo amaba al evangelio y la evangelización. Cierto sábado escuché a un cristiano que predicaba en la calle <em>Queens</em>. Le dije a mi amigo que el hombre tenía buena tina y que escucharíamos por un rato. (Posteriormente supe que era el hermano Hugh Walker). El evangelio fue proclamado fielmente y yo sentí que mi corazón apreciaba a ese buen grupo de hombres y mujeres. Al terminar se nos acercaron dos cuyo acento dejaba ver que eran del Norte de Irlanda. Una vez satisfechos que éramos salvos, uno de ellos preguntó, “¿Y a qué se congregan?” Aquello nos dejó perplejos y por el momento no sabíamos qué quería decir. Pero ellos nos dieron una sobredosis de entrada, y pronto descubrí que aquel hermoso grupo era de “los Hermanos”.</p>
<p>Al marcharnos, comenté a mi colega que era cosa muy triste que al encontrar por fin a un grupo entusiasta de cristianos, ellos resultaron ser de “los Hermanos de Plymouth”. Di un suspiro por dentro y una vez más pregunté, “Señor, ¿no hay ningún lugar?” Oímos cuando anunciaron sus reuniones en un local en <em>Broadview</em>; fuimos el domingo en la noche a lo que resultó ser un buen culto de predicación bien asistido. Pero supongo que estábamos perdidos entre la mucha gente, porque nadie nos saludó. Me fui resuelto a no volver. ¿Para qué; acaso no eran “los Hermanos”? Ni remotamente se me ocurrió que dentro de dos años yo sería bautizado en ese mismo salón.</p>
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<p>Me fue bien en el G.T.R. y me consideraba en condiciones de proveer para una a quien había conducido a Cristo años antes. Estábamos compro-metidos desde hace cierto tiempo, y resolvimos casarnos. Éramos de un mismo sentir en cuestiones de doctrina, y mi esposa era tan ferviente como yo. [Nota: Doña Isabel falleció en Puerto Cabello en 1927.] Nuestro hogar llegó a ser sitio de encuentro para cristianos del mismo sentir que nosotros y otros que venían a visitar. Mucho se discutía, pero realmente no hubo crecimiento en la gracia y en el conocimiento de nuestro bendito Señor.</p>
<p>Nada nos unía, ya que “la Iglesia estaba en ruinas” y no podía existir ningún testimonio colectivo, según la enseñanza disyuntiva que vanamente intentábamos practicar. Nuestra evangelización nos ponía en contacto con diversos cristianos y cada cual nos invitaba a “su lugar”. Complacíamos, y a veces nos encontramos en estudios en algún hogar de gente acomodada en el <em>North End</em>, entre una docena o más de hombres y mujeres bien ataviados de acuerdo con su posición social. Pero aquellos “cultos de salón” sufrían por su seca formalidad. Faltaban celo y calor para fusionar nuestros corazones diluidos. Otras veces nos encontramos en “misiones” para los marginados donde abundaban las “aleluya” y el entusiasmo, pero los métodos empleados no cuadraban con el Libro. Y, se nos animaron asistir a la iglesia del señor B…, cosa que hicimos varias veces, y al YMCA también, donde ese señor predicaba los domingos por la tarde. Pero era una forma de ministerio de parte de uno solo, y él distaba mucho de las Escrituras en cuanto a prácticas eclesiales.</p>
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<h2>CAPÍTULO VII</h2>
<p>“El que quiera hacer la voluntad de Dios,<br />
conocerá si la doctrina es de Dios,<br />
o si yo hablo por mi propia cuenta”. Juan 7:17</p>
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<p>Dentro de poco me ascendieron en el ferrocarril a sus talleres en Stratford, Ontario. Nuestra primera diligencia, una vez ubicados en la ciudad, fue la de buscar algún “lugar”. Fue la misma tarea que antes, pero en otra ciudad, y, como decimos en Venezuela, “lo último que se pierde es la esperanza”.</p>
<p>Entramos cierto anochecer a un salón evangélico atractivo desde afuera, donde vi entrar a unos señores de aspecto de extranjeros. El lugar era reducido, y había buen orden hasta que llegaron dos mujeres jóvenes de buen aspecto y bien vestidas. Ellas empezaron a hablar y luego los varones fornidos y con barba se arrodillaron y comenzaron a hablar “en lenguas”. Me di cuenta que se trataba de una reunión pentecostal. Me quedé sentado, preguntándome si debería esperar o pasar por encima de los cuerpos postrados en el suelo. Sentí alivio cuando hubo una pausa en su fervor, y busqué la puerta con el firme propósito de no volver nunca.</p>
<p>Un tiempo después estuve atravesando una plaza cuando vi que el letrero del local en los altos de una carnicería decía, “Cristo murió por los impíos”. Pensé, “Parece bien”, y me acerqué a la cartelera en la entrada al lado del negocio, y supe que se trataba de “Cristianos congregados en el nombre del Señor Jesucristo”. Esta “secta” me era desconocida, pero resolví visitarles el domingo a la hora señalada para la reunión de la tarde. Por cuanto mi esposa se encontraba en Toronto, fui solo.</p>
<p>Había buena calefacción y quizás dieciocho personas presentes. (Esta asamblea ha crecido marcadamente y cuenta ahora con edificio propio). Pero lo llamativo fue que casi todos eran ancianos; varios varones ostentaban barbas blancas. Me senté atrás. El servicio fue de un todo sencillo; ningún órgano ni coro; sin formalidad, la palabra de Dios fue explicada en vez de predicada. Terminada la reunión, busqué mi sobretodo ¾porque era invierno— cuando un señor de aspecto amistoso, con una barba pequeña y cabello gris, me dijo, “Buenos noches; ¿será usted un visitante aquí?”</p>
<p>Le dije que era nuevo en el pueblo. “¿Y tiene negocio aquí?” preguntó amigablemente. Respondí que trabajaba en los talleres del G.T.R. “Ah”, vino la respuesta, “somos del mismo oficio; yo soy capataz en el taller de motores de tal y tal empresa. Nos agradará verle a usted aquí de nuevo”. “Gracias”, dije, “buenas noches”.</p>
<p>Aquello fue mi primera entrevista con el amado David Bridgeford, uno de los varones que Dios usó para entrar en mi vida, cuyo trato amable hizo más para calentar mi pobre corazón que cualquier cosa que había sentido en tiempo. “Pues, aquí por lo menos se interesan por los desconocidos”, reflexioné. “¿Qué serán? Ni órgano, ni coro, y aparentemente mucha sencillez. Pero, ¿por qué todos avanzados en edad?” Estos pensamientos ocuparon mi mente y decidí volver. Cuando mi esposa regresó de Toronto, ella me acompañó, y se nos presentaron a otra persona simpática, la amada señora Margaret de Bridgeford. Ella sería para mi esposa lo que su marido era para mí.</p>
<p>Inquirieron dónde vivíamos y prometieron visitarnos el lunes siguiente. Se presentaron y la conversación fue entusiasta. Pero poco a poco nos dimos cuenta de la triste realidad; esta pareja que se decía estar “congregada al nombre del Señor Jesucristo” no era ni más ni menos que los temidos “Hermanos de Plymouth”. De nuevo nuestras esperanzas fueron condenadas. Pero esa pareja tenía un calor tal que era difícil creer que podían ser tan mala gente como otros “Hermanos”.</p>
<p>El señor Bridgeford nos invitó a su hogar para realizar algunos estudios bíblicos juntos. Le dijimos que sería inútil, ya que ellos creían en el bautismo y la cena del Señor y por esto no trazaban bien la Palabra de Verdad. Eso, dijimos, sólo echaría a perder la feliz comunión que habíamos experimentado. Pero él rogó, y por fin transamos; si fuera para estudiar Génesis, iríamos, ya que sin duda podríamos estar de acuerdo en ese libro.</p>
<p>Llegó el día martes y nos presentamos en casa de los Bridgeford a la hora convenida. El estudio fue excelente y nos dimos cuenta de que ellos no eran neófitos en la Palabra. Los martes pasaban y llegamos a considerar ese día el mejor de la semana. Nos interesamos más y más en ellos, y ellos en nosotros, y siempre logré arreglar mi trabajo para tener libre la noche del martes.</p>
<p>Cierta vez llegamos a las 7:30 como de costumbre y al entrar en la sala vimos sentado en una butaca un señor algo pequeño de estatura con intensa barba negra, evidenciando canas ya. “Conozca al señor Smith”. Prosiguieron amablemente los anfitriones, “Señor Smith, los esposos Williams son nuestros buenos amigos”. Mi señora salió a la cocina con la señora Bridgeford y me quedé solo con el señor Smith.</p>
<p>Intenté tomar la medida del hombre, pero él me dio poco tiempo para llegar a conclusiones. “Bueno, ¿y usted es salvo?” fue su primera pregunta, dirigida diagonalmente desde donde estaba sentado él en un rincón, tan lejos de mí como hubiera sido posible en aquella sala. Le dije que era salvo y también cómo, dónde y cuándo, cosa que aparentemente le satisfizo. “¿Bautizado?” fue la próxima e indeseada pregunta. Dije que no. “¿Y por qué no?”</p>
<p>Me senté derecho en la silla y expuse la teoría de “transición”, afirmando que hoy día el bautismo no es una ordenanza impuesta para la Iglesia.</p>
<p>“Oh”, respondió él con sorpresa. “Y supongo que tampoco cree en la cena del Señor”.</p>
<p>“Innecesaria para esta dispensación”, le dije.</p>
<p>Así comenzó una conversación acalorada en la cual el señor Smith perdió la paciencia ante mis comentarios secos y severos. Yo no era novato en estas discusiones, y tal vez provoqué al siervo del Señor con mis teorías extrañas, las cuales él aparentemente no logró entender.</p>
<p>Éste se levantó de la silla y llegó a donde estaba yo. Hizo ver toda la indignación que pudo exteriorizar, y con puño cerrado procuró que yo viera “la verdad” a juro. Había algo en sus argumentos que era nuevo para mí, pero yo era demasiado pretencioso como para ceder en algún punto. Le dije, “Bueno, señor Smith, 2 Timoteo 2.24 dice que el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable con todos, apto para enseñar, sufrido, y usted no me está manifestando ese espíritu”.</p>
<p>“Cierto”, respondió, y volvió a la butaca. Aquella retirada me dijo muchísimo, ya que vi que el hombre estaba dispuesto a reconocer la Palabra de Dios y someterse a ella.</p>
<p>Mi esposa y los Bridgeford habían estado atentos al combate. Entraron y sugirieron proceder con el estudio. En ese momento entró un anciano, el veterano señor Fraser. Buscamos nuestras biblias y leímos Génesis capítulo 6. Por eso yo estaba contento, pensando, “Aquellos señores no podrán sacar el bautismo de Génesis 6”. Pero pronto supe otra cosa. Génesis 6 aparentemente era un tipo de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo, cosa a la cual el creyente debería responder mediante el bautismo. Así el capítulo tenía nexos con Romanos 6, explicaba el señor Smith, y el señor Fraser refrendó su criterio.</p>
<p>Ese asunto de que el bautismo es una figura del creyente muerto, sepultado y resucitado con Cristo era un argumento que yo no había enfrentado antes. Los Bridgeford no estaban muy a gusto con el giro de lo sucedido, y la conclusión del estudio fue un alivio. La señora Bridgeford preparó té en su estilo amable, para que tomáramos de la bebida que a menudo ayuda a lavar los sentimientos encontrados. Pasamos al comedor y nos sentamos en torno a la mesa. El señor Smith preguntó acerca de Aberdeen, y cuando supo que serví aprendizaje en el astillero <em>Hall</em> me dijo que él fue salvo allí en sus días de aprendiz de carpintería. Luego supo que fui salvo por Romanos 5.6 y me dijo que “Cristo murió por los impíos” le había dado la paz en su alma. Me di cuenta que en la defensa de la verdad él era un león, pero en la conversación de uno a uno era un cordero.</p>
<p>Antes de separarnos, dijo “Cantemos <em>Uno hay en Cristo, uno hay</em>”. Mientras cantaba, pude estudiarle más de cerca, y llegué a la conclusión que era hombre sincero. Al levantarnos, puso su mano sobre mi hombro y dijo, “¡Ay, mozo! Tienes mucho que aprender”.</p>
<p>Yo no me consideraba mozo [<em>laddie</em>, término muy escocés] ni deficiente en el conocimiento de las Escrituras. Pero su toque amable, sus cejas abundantes y su rostro benévolo me evidenciaban que era hombre sincero y de convicción. Los Bridgeford nos despidieron con tristeza, pensando que nunca volveríamos. Salimos a la lluvia y la calle estaba bañada en nieve a medio derretir, incómoda para el peatón. El anciano Fraser se despidió de ellos a la misma vez, me tomó del brazo y nos acompañó hasta nuestra residencia.</p>
<p>Su bondad me hizo mella. Le pregunté a mi esposa qué pensaba ella de lo sucedido. Era ella de una personalidad benévola y reservada, y tenía cariño por los Bridgeford, pero me sorprendió cuando dijo que estaba tan furiosa que no volvería nunca más. Conversamos largo tiempo. Dije que al fin y al cabo esos señores eran enteramente sinceros; que ellos decían que el bautismo está enseñado claramente en Hechos de los Apóstoles; que no había base alguna para decir que la Iglesia no existía hasta la revelación al apóstol Pablo, ya que él mismo la había perseguido; y que no era verdad el argumento que la  Iglesia estaba en ruinas, porque todavía es posible sostener un testimonio con arreglo a las Escrituras. “Todo eso”, proseguí, “me ha hecho reflexionar mucho, y, como estamos tan seguros de que nosotros tenemos la verdad, no debemos tener miedo en escudriñar el Libro de nuevo para ver si estas cosas son así”.</p>
<p>La noche del miércoles no podía llegar a tiempo para mí, porque estaba resuelto a estudiar Hechos de nuevo para ver por mí mismo, intentando poner a un lado toda idea preconcebida. Después de la cena fui a la pieza más tranquila, cerré la puerta y me arrodillé con la Biblia por delante. Nadie me había mandado hacer eso. No sabía de nadie más que lo hacía, pero pensaba aquella noche que debería arrodillarme ante Dios y su Palabra, y, cuesta lo que costare, “comprar la verdad”. Hice esto por varias noches y me di cuenta de que—</p>
<p>Los que recibieron su palabra fueron bautizados, Hechos 2.41</p>
<p>Se bautizaban hombres y mujeres, Hechos 8.12</p>
<p>Descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó, Hechos 8.38</p>
<p>Mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús, Hechos 10.48</p>
<p>Cuando fue bautizada, y su familia …, Hechos 16.15</p>
<p>En seguida se bautizó él con todos los suyos, Hechos 16.33</p>
<p>Muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados, Hechos 18.8</p>
<p>Aquellos creyentes tenían la razón. Sin duda estos siete pasajes prueban que el ejemplo apostólico fue el de llevar a cabo la comisión dada por el Señor en Mateo 28.19. Por qué no lo hubiéramos visto antes, no podíamos comprender. Todo era claro y sencillo. Nosotros dos resolvimos ser bautizados.</p>
<p>Pero aquellos estudios bíblicos hicieron mucho más que convencernos del bautismo. Empezamos a darnos cuenta de que si íbamos a ser bautizados, esto significaba nuestra “muerte, sepultura y resurrección” con Cristo, y que Él esperaba de nosotros andar en vida nueva (Romanos 6.4). Fue revelado poderosamente a nuestras almas lo que Cristo realmente había hecho a nuestro favor al morir, ser sepultado y resucitado.</p>
<p>Vimos que habíamos sido comprados a precio y que era nuestro privilegio glorificar a Dios en nuestros cuerpos. La verdad que habíamos aprendido produjo en nuestros corazones el deseo de servir al Señor, abandonando ambición. El anhelo mío había sido ser ascendido a maestro mecánico en la División Central de los talleres G.T.R., y yo estudiaba y me aplicaba a este fin.</p>
<p>Pero ahora comenzaron semanas y meses de profundo ejercicio acerca de qué hacer. Por un lado yo amaba mi empleo. El maestro mecánico, el señor P…, me trataba muy bien. Había buenas perspectivas, ¿pero entonces? Por otro lado, mi conciencia empezó a perturbarme acerca de ciertas practicas que teníamos en el negocio que para mí no eran honestas. Si íbamos a ser bautizados, yo tendría que dejar el G.T.R. y buscar otro empleo. Un día le informé al señor P… que había decidido renunciar, y pedí un mes para hacerlo. Cuando preguntó por qué, le expliqué mis escrúpulos. Se echó a reír, y dijo, “Williams, eres demasiado sensible. Cuando ves que algo no es de un todo correcto, sólo tienes que cerrar un ojo y echar pa’lante”. Amablemente dijo que yo recibiría un ascenso, etc., y procuró disuadirme. Pero yo no tenía paz, ya que habíamos resuelto no pedir bautismo hasta poder andar “en novedad de vida”.</p>
<p>Los Bridgeford, y todo el pueblo del Señor que nos conocía, estaban muy contentos con el giro en los acontecimientos, y pasamos juntos muchos días agradables. Al fin resolví volver al trabajo de ajustador. Conseguí empleo en <em>Fairbanks Morse Co.</em> en Toronto, pero fue un golpe duro dejar el G.T.R. y tomar un paso atrás en vez de ir adelante. El señor P… me dijo que le avisara si alguna vez yo necesitaba empleo; él encontraría un puesto para mí. Dejé a mi esposa en Stratford y me marché a Toronto a ver cómo me convendría. Tuve que buscar una pensión — una manera segura para que uno tenga morriña cuando cuenta con buena esposa y buen hogar. Y, en la <em>Fairbanks</em> los jefes eran americanos, muy diferentes a los canadienses con quienes uno estaba acostumbrado. Además, en mi puesto al banco de trabajo el diablo me soplaba que yo era un necio por haber botado mi porvenir para ser bautizado.</p>
<p>Pasé tres semanas muy desagradables en una lucha entre la ambición y la obediencia. Por fin le dije al gerente que me iba, y él me pidió pasar a la oficina porque quería conversar conmigo. Preguntó por qué quería renunciar, y le dije que por sueldo. Él preguntó cuánto quería yo. “Bien”, dijo, “lo tendrá”. Luego le dije que no me gustaba el trabajo por estar acostumbrado a trabajos marinos. “Bien, le asignaremos a motores marinos”. No había manera de decirle que no y mandé a mi señora a trasladarse a Toronto.</p>
<p>Todo esto fue por la bondad de Dios y ninguna gracia de parte mía, ya que me doy cuenta ahora de que, al haber regresado a Stratford, nunca hubiéramos llegado a Venezuela. Me viene a la mente una visita años atrás a aquella ciudad. Después de una reunión de informe misionero, el maestro mecánico del G.T.R. nos llevó a casa de los Bridgeford. Le había conocido cuando tenía otro trabajo, y él me contó cuánto me esforzaba yo para ser ascendido a maestro mecánico de la División Central, pero, dijo, el Señor me permitió dejar las locomotoras para ir a Venezuela. “¡Hombre feliz! ¡Hombre feliz!” dijo con ceño fruncido. Era hermano en comunión, pero uno percibía que no era tarea fácil andar en vida nueva en la posición de maestro mecánico.</p>
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<h2>CAPÍTULO VIII</h2>
<p>“Compra la verdad, y no la vendas”. Proverbios 23:23.</p>
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<p>Por cuanto no habíamos sido bautizados, no lle-vamos carta de recomendación al pueblo del Señor en Toronto. Pero conseguimos la dirección de la asamblea más cercana a donde estábamos alojados en la avenida <em>Lansdown</em>. La búsqueda para el salón <em>Junction </em>fue en vano, ya que ni el policía podía decirnos dónde se congregaban los cristianos “que no tomaban nombre para sí”. Sí, de iglesias y misiones sabía, pero aun su libreta no le ayudó a identificar el “lugar sin nombre”.</p>
<p>Con el salón <em>Junction </em>descartado, buscamos la avenida <em>Brock</em>, y allí encontramos un edificio de aspecto sencillo con una cartelera en el césped con el mismo título que habíamos visto en Stratford, “Cristianos congregados en el nombre del Señor Jesucristo”, y también el orden de cultos. Comenzamos a asistir a estas reuniones; si bien había mucho más gente que en Stratford, palpábamos una falta de calor. Con todo, nos agradaban sus reuniones. Fuimos a lo largo de meses, excepto los domingos por la mañana, y pocos, si acaso alguno, parecían tener interés en nosotros. Hablamos poco con ellos, ya que teníamos cierta reserva y temor hacia “los Hermanos”.</p>
<p>Un hermano irlandés de nombre Stevenson fue el primero en mostrar interés y averiguar qué queríamos. Los meses pasaron y nos preguntábamos por qué esta gente en <em>Brock </em>era tan frígida en comparación con la de Stratford. ¿Hacíamos bien en querer identificarnos con ellos? Sin embargo, levantaron una tienda de lona en la calle <em>Carleton</em> y en ellas oíamos al señor Robert McClintock predicar el evangelio. Asistimos todo lo que podíamos, y encontramos que el señor McClintock era amistoso pero tenía la misma cautela que los demás. Cuando salíamos de la carpa cierta noche él me hizo algunas preguntas y terminó con pedir mi opinión sobre el castigo eterno. “Ciertamente creo en el castigo eterno”, respondí, “ya que si cierto texto me asegura que si creo en la gloria eterna, como es el caso, debo creer también en el castigo eterno”. Y, le cité Mateo 25.46. “¿Pero usted realmente cree eso?” insistió él, y le dije que definitivamente sí. Dijo que le agradaba mucho oir eso. De allí en adelante notamos un marcado cambio en la actitud hacia nosotros de parte del pueblo del Señor.</p>
<p>La explicación de todo el asunto fue esta. Un herrero que me había conocido en el G.T.R. en Toronto les había dicho que yo era bullingerista, hombre peligroso, y no creía en el castigo eterno. [Nota del traductor: El ala norteamericana de aquella secta era de ese parecer, pero la británica no tanto.] Creo que tenían razón en ejercer cuidado espiritual, pero esa cautela exige investigación en vez de simple sospecha. De que una vez yo era bullingerista era muy cierto, pero de que negaba el castigo eterno nunca fue el caso. Siempre lo había creído. De manera que unas pocas preguntas hechas con toda franqueza hubieran suscitado respuestas iguales en franqueza (ya que yo nunca he tenido pena por lo que creo), así como sucedió cuando el señor McClintock hizo precisamente esto.</p>
<p>Narro estos detalles sencillamente para ayudar a mis hermanos a apuntar a lo que otro ha definido bien como, “Firmeza sin severidad, vigilancia sin sospecha, libertad sin libertinaje y amistad sin familiaridad”. Si no hubiera sido por la bondad del Señor, la supuesta falta de interés de parte de los cristianos en la avenida <em>Brock</em> nos hubiera ahuyentado.</p>
<p>Pero ahora las cosas eran diferentes. Los cristianos nos invitaron a sus hogares una y otra vez. Fue mucho después que supimos de la impresión errónea que el hermano herrero había difundido en su mucho celo. Ahora los ancianos nos preguntaron si queríamos ser bautizados y posteriormente recibidos en la comunión. Les aseguramos que esto fue lo que estábamos esperando. Un poco después dos ancianos de la asamblea nos visitaron y preguntaron acerca de nuestra conversión, etc. Dieron la impresión de estar satisfechos; dijeron que se iba a celebrar bautismos en el local de <em>Broadview</em>, y que ellos harían los arreglos para que fuésemos incluidos.</p>
<p>Los eventos sucedieron en secuencia apresurada, pero aquel martes en noviembre 1907 fue una gran lucha para mí. Este paso sería un golpe fatal a la ambiciones mías; ahora tenía que ser cuestión de servicio para el Señor. ¿Estábamos en lo cierto, después de todo? Ese pavor y miedo me perturbaba todo el día. Pero llegó el anochecer, y la señora y yo fuimos al salón <em>Broadview</em> en tranvía. Hubo ministerio y luego nos mandaron al sótano a prepararnos para ser bautizados.</p>
<p>Había unos quince o más varones. Me fijé que uno ostentaba un anillo de oro y me pregunté cómo podría él andar en “novedad de vida” (pobre hombre, nunca anduvo). Las damas fueron sumergidas primeramente, y los varones uno por uno, y así llegó mi turno. Me sorprendí al ver el local muy lleno, y un hermano en abrigo y grandes botas de goma, parado en un tanque de agua que había sido destapado mientras estábamos en el sótano.</p>
<p>Bajé sin mucha formalidad. Él dijo, “Mi hermano, le bautizo …”, etc., y, ¡un chapoteo! Por cuanto un bautismo representa un entierro, creo que nuestros hermanos que prestan este servicio harían bien en tener eso en mente. Bajamos un cuerpo muerto reverente y lentamente en un sepulcro, así en el bautismo deberíamos evitar zumbar a uno al agua apresuradamente. Una buena fórmula en todo es, “Hágase todo decentemente y con orden”.</p>
<p>Con brillo los creyentes en el local entonaron <em>Día feliz cuando escogí servirte, mi Señor y Dios.</em> “¡Maravilloso!”, pensé; “ellos saben cuánto me gusta <em>Día feliz</em>”. Se había huido el pavor y la duda, y una dulce paz llenó mi alma. Ese sencillo acto de obediencia parecía ser un principio de días para mí. Mi amada esposa expresó los mismos sentimientos. El apretón de manos del pueblo del Señor nos hizo sentir que de veras habíamos sido introducidos a un lugar rico.</p>
<p>Como ya se mencionó, nunca habíamos asistido al culto de adoración. El tema de la cena del Señor era uno sobre el cual habíamos estado indecisos por años. Cuando tenía dieciocho años, mis padres querían que me inscribiera en la “Iglesia”. Yo sabía que juntarse a la “Iglesia” quería decir ser miembro y “participar del sacramento:” Había leído en la  Biblia que hacer esto indignamente era comer y beber juicio para uno mismo. Esto fue más o menos en la oportunidad cuando fui salvo, y pensé que mejor sería esperar. En la <em>Gordon Mission</em> ellos celebraban “la comunión”, un término entendido más fácilmente que “sacramento”. Pero de nuevo yo no había leído el Libro suficientemente para comprender que la celebración de la cena del Señor debería ser conforme al mandamiento del Señor, así que de nuevo me abstuve. Más tarde, al deslizarme al bullingerismo, perdí todo interés en esta ordenanza solemne.</p>
<p>Fuimos al local en la avenida <em>Brock</em>, recibimos un himnario, el <em>Believers’ Hymn Book</em>, y fuimos conducidos a los asientos fuera del cuadrángulo para aquellos que participaban de la cena. Observamos esa diferencia radical en el arreglo de las sillas. Había quizás ciento veinte sillas en torno de una mesa, y sobre ella una hogaza de pan y dos copas grandes que contenían vino. Detrás de un espacio abierto, otro lote de sillas ordenadas en dos filas, y allí encontramos varios adultos y niños.</p>
<p>Había un silencio que hacía honra a la solemnidad de la ocasión. A la hora preestablecida, un hermano anunció un himno apropiado. Luego uno tras otro prosiguió en un hilo de adoración y expresión de gratitud completamente nuevo para nosotros. “Allí estoy Yo en medio” fue la promesa original, y ciertamente aquella preciosa “Presencia” fue una realidad aquella mañana. Derramamos lágrimas mientras las intervenciones de aquellos hermanos repasaron la vida santa de nuestro Señor hasta la cruz. Nuestros corazones dijeron “Este es <em>el lugar</em> que por tanto tiempo hemos buscado”. Partieron el pan y lo pasaron de mano en mano, y así la copa. Luego se efectuó una ofrenda, pero sólo de parte de aquellos sentados en torno de la mesa. Se entonó otro himno, y la reunión terminó con una oración.</p>
<p>Fue la primera vez que habíamos visto la conmemoración de la muerte del Señor realizada como el Señor mismo ordenó, sin un clérigo para oficiar. Todos rodeaban la mesa como uno en Cristo. Nadie dirigió el acto salvo el Espíritu Santo. No había desorden ni confusión, y nosotros dos estuvimos perdidos en asombro y adoración. La gente puede criticar, pero el bautismo y la conmemoración de la cena del Señor nos restauraron a Él, a su Palabra, a su pueblo; nos condujeron de vuelta a nuestro primer amor y a un andar “en novedad de vida” donde nos habíamos descarrillado unos siete años atrás. Ninguno puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu. Creemos que fue una auténtica obra del Espíritu de Dios nuestro bautismo, la cena del Señor y posteriormente nuestra incorporación entre aquellos que se congregan a su nombre.</p>
<p>Cuando nos residenciamos en Valencia, cuarenta y cinco años atrás, había pequeños vagones de tranvía halados sobre rieles por sendos tiros de caballos flacos. Un día muy lluvioso, cuando íbamos a la estación del ferrocarril, se descarriló el vagón. El cochero fustigó, gritó e intentó obligar a los animales a colocar el vagón sobre los rieles, pero en vano. Entonces otro pasajero sugirió que todos nosotros pusiéramos hombro al vagón. Lo hicimos, y solamente con esa iniciativa pudimos progresar. Esto es una ilustración de lo que hemos venido escribiendo. Al haber captado la verdad del bautismo en la Palabra, hemos debido reconocer el señorío de Cristo y obedecer. Pero nos descarrilamos, y aun con toda la gritería y los latigazos, no hubo verdadero progreso en “el proceder en Cristo” hasta que montamos los rieles al obedecer al Señor en el bautismo y la celebración de la cena.</p>
<p>He debido mencionar que el hermano que hizo los anuncios al final de la reunión, dijo que mi esposa y yo deseábamos ser incorporados en la comunión de aquella asamblea, y que el siguiente Día del Señor tomaríamos nuestro lugar en torno de la mesa con tal que no hubiera objeción. Así fue, y por más de cuarenta y ocho años hemos estado de un todo satisfechos con el “Lugar” donde Él ha tenido a bien poner su nombre y su presencia. Que nadie me diga ahora que “la Iglesia está en ruinas” o que “no hay un testimonio colectivo hoy día”. Puedo valerme de experiencia en las cosas del Señor, comprada a precio elevado, en vez de recurrir a argumentos en papel, que cuestan poco, en contra de aquellos que no reconocen nombre alguno sino el del Señor Jesucristo.</p>
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<h2>CAPÍTULO IX</h2>
<p>“Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Hechos 9:6</p>
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<p>Está escrito de los hebreos, “Sois tardos para oir”. La frescura del afecto y la rapidez de la percepción siempre van mano en mano. Estábamos de nuevo en nuestro “primer amor” y encontramos fácil aprender el camino del Señor. Los estudios bíblicos en la avenida <em>Brock</em> fueron una ayuda enorme para todos. Se estudiaron los Evangelios, Hechos y las Epístolas en secuencia en un formato conversacional donde todos estaban libres a tomar parte y formular preguntas.</p>
<p>No tengo reserva alguna al decir que la asamblea es el seminario de Dios. Aquí la verdad se aprende línea sobre línea de manera que puede ser llevada a cabo en la práctica a diaria, y de esto emana la experiencia. Estos tres deben andar juntos si vamos a ser cristianos normales. Un taburete de tres patas se queda firme si las tres son de una misma medida, pero si una es de dos pies, otra de pie y medio y la tercera de sólo un pie, el taburete está ladeado. Esto es lo que sucede cuando los hombres intentan apurar los asuntos que tienen que ver con Dios, y ofrecen “cursos de estudio” de unos pocos meses para que el estudiante “se gradúe”. La pata del “conocimiento intelectual” es de sólo un pie un medio y la experiencia de un solo pie, produciendo así un taburete torcido y una condición inflada.</p>
<p>Hemos escuchado a algunos de los mejores conferencistas bíblicos, así llamados. Su material era bueno pero faltaba agarre y el efecto práctico que tiene el siervo del Señor que habla desde el corazón y con experiencia. Todos conocemos la diferencia entre el pan hecho en casa y el que viene de una gran panadería. El uno es producto de experiencia personal y sin adulteración; el otro es producto de maquinaria y trae todos los ingredientes que aportan apariencia vistosa y ganancia para el panadero.</p>
<p>Al ser posible, nunca perdimos uno de aquellos estudios de los martes y de la tarde del Día del Señor. Las reuniones de oración cada viernes también eran sesiones refrescantes para nosotros, y había además un vigoroso testimonio evangelístico en el local, y, cuando el tiempo permitía, al aire libre también. Yo no tomaba mucha parte pública, ya que no lo había hecho desde que fuimos a Stratford. Sin embargo, me persuadieron hacerlo un domingo en la noche. Pero, por cuanto me quedaba mucho por desaprender y aprender en las cosas de Dios, no sentí mayor libertad. Aparentemente el pueblo del Señor quedó satisfecho, y de allí en adelante me pedían a menudo participar en los cultos de predicación del evangelio.</p>
<p>Asistí a menudo a la predicación al aire libre los sábados por la noche en la calle <em>Queens</em> donde el señor George Watson, ahora con el Señor, solía animar a los varones jóvenes a participar. A veces el ruido era tanto que era difícil hacerse oir, ya que pasaban los tranvías pesados. Aquí se veía fácilmente quiénes tenían don y agarre en el aire libre. Algunos guardaban la atención de la gente mientras que de otros se decía que eran “predicadores vaporosos”, por cuanto el grupo de oyentes se evaporaba cuando estos hablaban.</p>
<p>Conozco a un predicador que dijo una vez que hay gente que puede predicar el evangelio de cualquier cosa, aun del nido de un zorzal. Bien, una noche un caballo cayó muerto a escasos pasos de donde predicábamos, con el resultado que al menos tres participantes escogieron el caballo muerto por tema, y esto sí mantuvo la atención de los oyentes. Aprendimos a ser breves y llegar al grano en aquellos cultos al aire libre. Una noche continuó hasta el descanso cierto hermano con más palabras que sabiduría. Una vez que terminó, comenzó otro que no era conocido como agresivo, pero dijo, “Hay quienes son como la rueda de un carrete; mientras más rayo, más rallan”.</p>
<p>Entonces nos invitaron a ayudar en el proyecto de repartir tratados. Era una obra activa, reuniéndonos a las 7:00 a.m. en el local cada domingo para ir de puerta en puerta en los sectores adyacentes al local. En el invierno el frío era extremo, pero siempre había gozo al repartir el evangelio. Nos dimos cuenta de que a unos pocos entre el pueblo del Señor no les parecía bien este esfuerzo temprano en la mañana, ya que consideraban que la cena del Señor debería ser la primera actividad en el Día del Señor. Pero los ancianos nos animaron, y encontramos que dos horas dedicadas a la oración y el reparto de folletos no nos hicieron mal para la cena del Señor. Al contrario, que yo sepa, todos de aquel grupo, o están presentes al Señor, o están activos aún en el servicio suyo, mientras que más de uno de los que nos oponían, o se han secado, o ya no están entre las asambleas. ¡Qué el Señor nos guarde de los extremos en cualquier forma que se presenten!</p>
<p>También nos invitaron a salir al campo en días feriados, y muchos fueron los días que pasamos en bicicleta visitando de granja en granja y predicando en los pueblos. Esto nos dio toda la “cultura física” que nos hacía falta, junto con abundancia de aire fresco y fuerza para evangelizar. Posteriormente se abrió otra fase de la obra, una que yo había desconocido; a saber, la de visitar a los creyentes enfermos o envueltos en dificultades. Uno de los ancianos tenía verdadero corazón de pastor y se aprovechaba de cualquier noche disponible para que uno le acompañara en visitas a creyentes. Muchas veces me costaba encontrar tiempo, ya que mis deberes iban en aumento, pero nunca lamentaba las ocasiones que salí con él.</p>
<p>Ese señor tenía don para las visitas, y recibí ayuda al observar y escuchar. De regreso a casa, si encontramos una parcela desocupada con una valla, él diría, “Vamos a tener una palabra de oración juntos”, y detrás de esa valla oraríamos a favor de los debilitados y entristecidos. Esta clase de preparación no entra en el currículo de la mayoría de los seminarios teológicos.</p>
<p>Empecé a sentir ejercicio por los hombres con quienes trabajaba en la compañía <em>Fairbanks</em>, y les invitaba al local o la tienda. Algunos aceptaron, pero la mayoría se excusaban. Para alcanzar a todos, a veces paseaba con tratados por los tallares al mediodía, y por lo reglar hubo receptividad. Pero nunca faltaba el comentario chistoso, como del mecánico que vio que el tratado venía de <em>John Ritchie Ltd</em>. en Kilmarnock, Escocia, y me preguntó si no podía darle más bien un [whisky] “Johnnie Walker de la misma ciudad”.</p>
<p>Aprendimos en los estudios bíblicos que deberíamos llevar la Palabra de Dios en el bolsillo para leerla y estudiarla en los ratos libres. Esto yo hacía a la hora del almuerzo, y así me encontré con otros del mismo sentir. La Palabra de Dios, leída así delante de otros, exige un andar cuidadoso, pero a la vez guarda a uno de muchas tentaciones a juntarse con los inconversos. No abogo por un espíritu de alejamiento, como para decir que somos superiores a los demás, sino la separación práctica que aun los irregenerados pueden comprender en cierta medida. Esto le da al cristiano poder en el testimonio entre ellos. En cuestiones de las labores y las herramientas, se me apelaban como “equilibrado y justo”.</p>
<p>En días feriados el pueblo del Señor solía celebrar reuniones de ministerio en uno u otro de los locales, y asistí a todas ellas al encontrarme en la ciudad. En cierta ocasión en el salón de <em>Broadview</em> uno de los ancianos me animó a intervenir. No había intentado antes ministrar la Palabra de Dios al pueblo suyo, pero lo hice por vez primera aquella tarde. No sentía libertad, sino depresión, pero otro anciano me comentó que le agradó mi mensaje y que él lamentaba no haber comenzado a la edad mía a intentar ayudar al pueblo del Señor, porque así sería de mayor utilidad ahora en la vejez. A veces tememos inflar a los predicadores jóvenes, pero nos olvidamos del peligro de desinflarlos. Aquella palabra de animación me estimuló a intentar de nuevo.</p>
<p>Antes de cerrar este capítulo, deseo decir algo acerca de las conferencias en Toronto en Semana Santa, en aquel entonces [y ahora] las mayores entre los cristianos congregados al nombre del Señor en Canadá y los Estados Unidos. Comenzaban el miércoles en la noche en <em>Conference Hall</em> y continuaban cada día hasta el lunes al mediodía. En estas reuniones aprendí mucho de siervos del Señor tales como Donald Munro, John Smith, E.A. Martin, T.D.W. Muir y hombres de menos edad. A veces más de cincuenta hermanos dedicados al servicio estarían presentes, incluyendo la mayoría de los más jóvenes, pero con el fin de aprender y ser ayudados en las cosas del Señor. En cierta ocasión el finado señor John Ritchie de Kilmarnock cruzó el océano para acompañarnos.</p>
<p>En aquellos tiempos las reuniones eran armoniosas y provechosas, una bendición demasiado grande para que el diablo no las molestara. Los santos que venían de lejos eran acomodados en casas de creyentes, y en el salón <em>St. George </em>se servían comidas. Nunca se solicitaba fondos ni se realizaban colectas, ni en <em>Massey Hall</em> ni en el comedor. El Señor proveyó todas las necesidades materiales por medio de lo que su pueblo ofrecía por querer hacerlo. Practicamos estos principios todavía en Venezuela en las varias conferencias, y este año en Aroa se sirvieron cuatro mil comidas. Nada honra al Señor más que confiar en Él para dar todo lo que hace falta, sin recurrir a métodos modernos de solicitudes públicas y cajas en la puerta para costear gastos. Aunque se dieron miles de platos gratuitamente, al haber cumplido con todos los compromisos, siempre había un restante para ser entregado como comunión a los que dedican todo su tiempo a la obra del Señor.</p>
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<h2>CAPÍTULO X</h2>
<p>“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros<br />
ponga aparte algo,<br />
según haya prosperado”. 1 Corintios 16:2.</p>
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<p>Antes de bautizados, asistíamos a reuniones de ministerio en un tienda en la calle <em>Carleton</em>. Uno de los expositores, el señor R. McClintock, habló del texto en el encabezamiento y mostró claramente que el pueblo del Señor debería ofrendar al Señor particular, proporcional y sistemáticamente. Para nosotros fue una verdad nueva y algo que se adueñó de nuestros corazones. Rumbo a casa le dije a mi esposa que deberíamos comenzar a dar al Señor como habíamos oído, y ella estuvo de acuerdo conmigo. Sabíamos que los cristianos no aceptarían nuestro dinero, pero esperábamos pertenecer a la comunión algún día, y podríamos ir acumulando mientras tanto.</p>
<p>Comenzamos con darle a Él la décima parte de nuestras entradas. Las cosas iban bien con nosotros. Una vez recibidos en la comunión en la avenida <em>Brock</em>, procuramos aportar inteligentemente, y también aprendimos a tener comunión con los siervos del Señor. Luego llegamos al acuerdo mutuo de dar la quinta parte de nuestras entradas. Empleo fijo, salud y servicio feliz eran nuestras bendiciones divinas en aquellos días. No nos hacían falta giras transcontinentales ni cabañas playeras para mantenernos a tono. Deseábamos “andar en novedad de vida” y llegó la ocasión que subimos el aporte a la mitad.</p>
<p>El año 1908 se registró en la historia de Toronto como un tiempo de grave depresión económica. En el <em>North End</em> la gente sufría del frío en sus chozas y casitas construidas a medias. Muchos entre el pueblo del Señor perdieron su empleo, ya que se paralizó la industria de la construcción. La situación se agravó hasta el punto que los trabajadores de la <em>Fairbanks</em> fueron informados que la empresa iba a cerrar. Yo esperaba salir con los demás, pero el superintendente quería que me quedara para preparar los motores que serían anunciados en el catálogo en la primavera. Continué en toda la crisis, y mi sueldo no fue modificado cuando otros volvieron a trabajar por mucho menos que ganaban antes. En todo esto vimos la bondad de Dios. Podíamos ayudar a algunos hermanos en la fe que estaban sin empleo, y también a gente pobre en el <em>North End</em>.</p>
<p>Perdió su empleo el hermano que me invitaba a acompañarle en visitas al pueblo del Señor, y su abrigo estaba gastado. Mi buena esposa le dio uno nuevo y grueso para el invierno. Sus primeras palabras fueron, “¡Hombre, señor! ¡Qué bueno para la oración!” Él está con el Señor ahora, descansando de sus trabajos. Estas son cosas pequeñas que no ameritan mención, pero nos enseñaron que la manera de sacar lo máximo de la vida es de servir a otros. Bien se ha dicho que “la codicia se derrota a sí misma; mientras más uno gana, más pierde”.</p>
<p>Decidimos dejar de depositar dinero en el banco, valiéndonos sólo de lo que necesitábamos para cubrir los gastos y dejando el resto para el Señor. Tan pronto que fuimos recibidos en la comunión, empezamos a asistir a las reuniones mensuales de oración a favor de la obra misionera, celebrada el último jueves de cada mes. Se turnaba entre cinco locales en la ciudad. Estos nos puso en contacto en cierta medida con “los lugares más allá” (2 Corintios 10.16). Las reuniones estaban abiertas a quien haya querido asistir. Se leían cartas de misioneros en otros países, luego oración específica, y generalmente había una palabra del Libro.</p>
<p>Terminada la reunión, uno iba a la mesa en el centro del salón si deseaba hacerlo, y dejaba su ofrenda en una cajita. Determinados ancianos enviaban estos fondos al campo misionero, y, como por lo regular hubo buena disposición para dar, muchos miles de dólares llegaron a obreros conocidos al pueblo del Señor. El finado hermano Beers se interesaba por esta obra, y así también varios hermanos de alto perfil en el área de Toronto. Estas reuniones ampliaron nuestro horizonte y crearon en nuestro corazón la disposición de servir al Señor en América Latina.</p>
<p>Escuchamos la lectura de cartas del señor John Mitchell en Venezuela, y se oraba a menudo por él. En la revista misionera <em>Echoes of Service</em> vimos los nombres de otros que servían en aquel país, de manera que decidimos enviarles comunión y así formamos un vínculo con aquella república. Empezamos a orar por los católico romanos allí.</p>
<p>Iban en aumento las oportunidades para servicio y nuestras manos estaban llenas. Los cristianos que habían sido tan cautelosos en recibirnos, tal vez ahora fueron al otro extremo, depositando tanta confianza en nosotros que corríamos el peligro de hincharnos. Unos pocos “efraínitas” en la asamblea ayudaban directamente, haciéndonos ver la importancia de ser cuidadosos. [Véase Jueces 12.5,6] Uno nunca está más cerca de la tentación que cuando las cosas le van bien. Por esto, no desprecie al hermano quisquilloso que le señala sus errores en dirigirse a la Deidad, o que no se debe predicar con base en Isaías 53 porque el pasaje es el lamento de Israel en el futuro. Dígale con calma que “Abba, Padre” deleita el corazón de Dios, y en vista de que Felipe usó Isaías 53 para evangelizar el etíope, usted piensa que otras almas pueden ser ayudadas de la misma manera. ¡Que el Señor nos guarde de contención, un espíritu partidista y una exaltación propia!</p>
<p>No hay ganancia sino por pérdida; no hay vida sino por muerte.</p>
<p>No hay visión sino por fe; no hay gloria sino por vergüenza.</p>
<p>No hay justicia sino por aceptar culpa, y la Pasión eterna dice:</p>
<p>‘Vacíate de gloria, de derecho y de renombre.’     W.S. Smith</p>
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<h2>CAPÍTULO XI</h2>
<p>“Fiel es el que os llamó, el cual también lo hará”.<br />
1 Tesalonicenses 5:24.</p>
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<p>En esta coyuntura empezó a formarse en mi alma una convicción firme acerca de una dedicación a tiempo completo a la obra del Señor. Estábamos probando la bienaventuranza que hay en aumentar lo que uno le da a Él. Al ver lo que Cristo había hecho por nosotros, o en ocasiones de regocijo en el servicio, venía a la mente la pregunta, “¿Por qué no poner tu todo sobre el altar?” Yo conocía ahora varios entre los siervos del Señor y algunos de ellos me animaban a pensar en función de la gran necesidad en el norte de Ontario y en las Praderas. La sugerencia me estimulaba, pero uno también oía de la gran necesidad en Venezuela. Había tres millones de católico romanos (ahora en 1955 cinco millones) y los misioneros estaban marchándose del país uno por uno. Mi inclinación natural hubiera sido servir al Señor en Canadá, y me hubiera agradado poner a Venezuela fuera de mente.</p>
<p>Ese país tenía la mala fama de ser duro e insaludable. ¡El gerente de <em>Fairbanks</em> me dijo que seríamos devorados por los indígenas! Hubo revolución tras revolución, y en 1908 General Gómez había desplazado a Cipriano Castro. Este último había desafiado a las potencias europeas, ¡y logró instalar un cañón grande en el fortín de Puerto Cabello! La República era víctima de caudillos. En aquel entonces el país no era conocido como lo es hoy día, y pocos se imaginaban que en cierta época sería el primer productor mundial de petróleo. Una vez que estábamos residenciados allí, recibíamos cartas dirigidas a “Venezuela S.A”., ¡algunas por vía de Sur África!</p>
<p>El agente de viajes en Toronto no podía ubicar Venezuela, y le costó averiguar qué líneas navieras podrían ofrecernos pasaje. En las revistas que circulaban entre nosotros uno hubiera buscada en vano para noticias de la obra en Venezuela, excepto en <em>Echoes of Service</em>, que lamentablemente respetaba una secuencia alfabética, colocando Venezuela en un par de párrafos en las páginas azules al final.</p>
<p>De todos modos había poco a ser informado, ya que el tenor de las cartas que recibíamos hablaban de arduo labor, cuesta arriba en medio de mucho fanatismo y persecución. Las fotos que veíamos eran de indígenas semidesnudos, y todo daba a entender que los venezolanos eran un pueblo primitivo. Pensábamos que tendríamos que construir nuestra propia vivienda y hacer los muebles. En pocas palabras, la perspectiva era de una vida primitiva y tal vez la suerte de algunos otros, que fue la muerte.</p>
<p>Este cuadro era negro en comparación con aquel de servicio para el Señor en Canadá. Orábamos mucho, y poco a poco nos expresamos a aquellos entre el pueblo del Señor a quienes considerábamos más idóneos para aconsejarnos. Teníamos temor de equivocarnos. Pocos tenían alguna experiencia en cuanto a las regiones “más allá”, y ningún misionero había sido encomendado por las asambleas en Toronto a un país lejano. Por fin hablamos con los ancianos de la avenida <em>Brock</em>, quienes manifestaron complacencia y nos animaron.</p>
<p>También informamos al señor McClintock, quien se contentó y varias veces nos visitó con el fin de conversar y estimularnos. Dijo, “Es una gran responsabilidad ir a un país desconocido y aprender el idioma. Si uno no es casado, el error no es de la misma magnitud, pero usted tendrá que llevar a su esposa a vivir entre esa gente. Con todo, hermano Williams, percibo que Dios está con usted, y sólo me queda alentarle”. Querido hermano; nos animó hasta el fin. Él vivió hasta ver su obra prosperada por el Señor, y fue con mucho pesar que supimos de su partida.</p>
<p>Les informamos a los hermanos ancianos que no teníamos por delante nada definido, sino que sólo deseábamos la comunión de ellos en el asunto. No queríamos que nada fuera divulgado, por temor de equivocarnos. Parece que algunos que salen a la obra del Señor reciben un pasaje de las Escrituras o una impresión que aclara todo para ellos, y así se el asunto está resuelto para bien o para mal. Nosotros no recibimos ningún versículo ni semejante visión o revelación de nuestra senda. Tuvimos que orar y cavar en la  Palabra en un intento a “dar por cierto” (Hechos 16.10) que contábamos con la voluntad divina.</p>
<p>Estábamos dispuestos a ir, y nos estimulaban con entusiasmo todos a quienes habíamos comunicado nuestro ejercicio en confianza. Pero el problema era cuándo y cómo. Comencé a tomar lecciones en español de un tal señor Mendoza, un auténtico católico romano de España. Esto significaba mucho esfuerzo, ya que yo era alumno para él y maestro para mi esposa, y la gramática y los idiomas nunca figuraban entre mis especialidades. Pero pude echar una mirada atrás a 1900, cuando el Señor me salvó, y la dirección que recibí de Él en <em>Gordon’s College</em> al estudiar la gramática y composición del inglés y renovar mi estudio del francés en clases nocturnas. Todo esto había abierto el camino para el español, y el señor Mendoza estaba contento con mi progreso.</p>
<p>El finado señor John Crane vino a Toronto en aquellos días, de viaje de Venezuela a España. Le invitamos a casa y le acompañamos al culto misionero en el local de la avenida <em>Brock</em>. Le importuné haciendo muchas preguntas, pero él era reticente. Rumbo a la reunión, dijo, “Hubiera deseado no tomar el culto esta noche, porque en las reuniones para dar informes uno tiene que hablar tanto de sí mismo”. No mencioné de manera específica nuestro ejercicio por Venezuela.</p>
<p>Poco después, se anunció que el señor John Mitchell vendría a la avenida <em>Brock</em>. Hice una suerte de pacto son el Señor que, si el señor Mitchell se me acercaba y me saludaba al final de la reunión, yo le contaría nuestro ejercicio. Me quedé platicando con el pueblo del Señor al fondo del local, como de costumbre. El señor Mitchell saludó a uno y otro y se marchó, no sabiendo nada cuánto anhelábamos recibir más información acerca de Venezuela. Parecía no estar bien de salud, ya que estaba encorvado al pararse en el púlpito.</p>
<p>Uno de mis mayores temores era si Dios podría suplir toda nuestra necesidad en Venezuela. Sabía que en teoría, según se decía, los siervos del Señor vivían por fe. ¡Y sabía que algunos entre el pueblo del Señor se cuidaban para que fuera así!</p>
<p>El 10 de septiembre de 1908 fue a estar con el Señor el amado Donald Munro. Asistí al entierro en <em>Central Hall</em>; los señores John Smith, Beers y Telfer intervinieron. El señor Smith leyó Romanos 14.7 al 9 y habló con ternura del señor Munro, el tenor de su vida, la piedad de su ejemplo y el alcance de su influencia. Luego dijo que era fácil derramar unas pocas lágrimas y luego olvidarse de esta escena solemne. ¿Pero qué consecuencias traería? ¿Viviríamos nuestras vidas para nuestro bien propio o para el Señor? Él habló con poder y sus palabras me hicieron mella. W.P. Douglas oró en el cementerio y T.D.W. Muir leyó Apocalipsis 21, y todos cantamos a una voz <em>Para siempre con el Señor</em>. Sentimos que habíamos perdido un amigo y un hermano amado, quien, por su vida santa y enseñanza bíblica, había mantenido a distancia problemas y división entre el pueblo del Señor. Pero aquella hermosa tarde de un otoño canadiense yo percibía que Dios está todavía, su Palabra está y que, en mi medida, yo procuraría andar en la senda suya.</p>
<p>Poco a poco se hacía saber más que estábamos interesados en Venezuela, y una cosa que podemos decir es que ni uno solo de los creyentes nos desanimó en esto. “Vayan, y que Dios les acompañe”, fue el tenor de su consejo. Me gustó mucho el ministerio en una conferencia en Hamilton, especialmente el estudio bíblico en casa del señor Best, donde W.B. Johnston habló sobre Génesis 50.20, “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien”. Después de una de las reuniones el señor Smith me tomó por el brazo y dijo, “Oigo que tiene interés por Venezuela”. Le dije que así era, y le di unos detalles. Él no se comprometió, pero dijo, “El que creyere, no se apure” (Isaías 28.18).</p>
<p>El señor Smith había figurado entre aquellos que querían que me dedicara a la provincia canadiense de Ontario. Algunos de estos veteranos veían con recelo los misioneros y los esfuerzos misioneros. Tenían sus razones, porque algunos de los misioneros que habían visitado a Toronto eran hombres de principios mixtos. Uno de aquellos en quienes habían puesto confianza, resultó ser un impostor. Otro dio sus informes, recibió comunión monetaria y luego se marchó a lugares con los cuales las asambleas de Toronto no podían tener comunión. Todavía otro vino y enseñó de una manera escrituraria, pero posteriormente se llegó a saber que en su campo de servicio él solía vestirse de frac y sombrero de seda para intervenir en las reuniones anuales de grupos denominacionales.</p>
<p>Así que, el hermano Smith y otros temían que unos pocos años en un campo lejano iban a enfriar la percepción y la convicción. Éstos eran hombres de excelente carácter. Aborrecían la duplicidad y nunca ajustaron sus velas para aprovecharse de los vientos del momento. Se comportaban como el apóstol Pablo, “&#8230; de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias” (1 Corintios 4.17)</p>
<p>Cincuenta años atrás, rara vez se celebraba una reunión misionera en Toronto. Me acuerdo de sólo unas pocas, entre ellas cuando nos hablaron J.W. Wilson y también el señor Eagger de China. Pero no hace mucho que un hermano me escribió diciendo que ahora se las celebran más de la cuenta. Nos agrada que no todo misionero es un hombre de principios mixtos, porque ese proceder rebaja la obra foránea y da lugar a problemas tanto en el país de origen como en el campo misionero.</p>
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<h2>CAPÍTULO XII</h2>
<p>“Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta<br />
conforme a sus riquezas<br />
en gloria en Cristo Jesús”. Filipenses 4:19.</p>
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<p>Algunos opinaban, con las mejores intenciones, que yo debería predicar el evangelio por un tiempo en Ontario, visitando las asambleas, para así ser más conocido entre el pueblo del Señor. Nunca llegó a mis manos una carta que fue enviada con la idea de vincularme con cierto evangelista, y quizás era del Señor que no haya llegado, porque posiblemente nos hubiéramos quitado la vista del Señor para confiar en tal y tal asamblea a proveer por nosotros.</p>
<p>No hubiéramos tenido la satisfacción de probar la fidelidad de nuestro Dios, como hemos hecho en Venezuela. No hubiéramos podido animar a otros (y otras) jóvenes ejercitados a dejar su empleo y acompañarnos a aquel país con escasas semanas para hacer los arreglos. No hubiéramos podido levantar nuestra voz en contra de cartas circulares solicitando pasaje y aparejo para misioneros jóvenes. Aprendimos a confiar en Dios, y hemos animado a otros a hacer lo mismo. Él nunca les ha faltado, ni a nosotros tampoco. “Honraré a los que me honran” está vigente todavía.</p>
<p>Cierto Día del Señor se anunció al final del culto que habría una reunión de despedida en el local para los esposos Williams, quienes estaban por marcharse a Venezuela. Para mí fue una sorpresa. ¿Quién habrá hecho esto, y por qué no nos consultaron previamente? Cuando pregunté, todos sonrieron y dijeron que todo saldría bien. Les dije que no habíamos decidido cuándo salir. Respondieron diciendo que se esperaría una intervención de parte mía, que algunos siervos del Señor estarían presentes y que se serviría una merienda.</p>
<p>Ahora no había nada que hacer, sino someternos a las circunstancias. Yo siempre había dicho que no iríamos salvo que el Señor nos obligara hacerlo, y esto sí era una empujón a juro. El salón estaba repleto. Varios predicadores intervinieron, pero el corazón mío estaba dando tumbos cuando subí a la tribuna. Les dije a los cristianos que yo no tenía nada que decir, que ni siquiera habíamos decidido ir a Venezuela, y que no lo haríamos al no ser obligados. Ellos sonrieron al oir mi extraña confesión.</p>
<p>Terminada la merienda, fui a la puerta, como de costumbre, cuando la gente empezaba a marcharse. Uno que otro metió billetes de un dólar en mi mano, y yo a la vez los metía en el bolsillo como si fueran hierro candente. Al llegar a casa, los saqué, y la esposa y yo sostuvimos una prolongada conversación aquella noche. ¿Qué haríamos con este dinero? ¿Y por qué se organizó aquella despedida?</p>
<p>Un par de días después, llegó un cheque de los cristianos en<em> Central Hall,</em> comunión con nosotros en la salida para América del Sur. La cosa se estaba poniendo peor. Nos mandó a ponernos de rodillas, y nos dimos cuenta de que siempre habíamos dicho que no lo haríamos al no ser obligados, y —me pregunté— ¿no es esto una confirmación de Él mismo y una primicia del cuidado que Él tendrá de nosotros?</p>
<p>La suerte estaba echada. Le informé al gerente que mi renuncia sería efectiva el 27 de marzo. Reservamos pasaje en la oficina <em>Melville</em>, asistimos a la conferencia en Toronto, hicimos baúles y el 10 de abril [de 1910] partimos para Nueva York. Habíamos recibido una calurosa despedida en la antigua estación de ferrocarril en Toronto, y habíamos sido sacados de la cama en Búfalo porque los cristianos se equivocaron en cuanto al tren que nos llevaría a Nueva York. Llegamos luego a la gran metrópoli, nos hospedamos en el Hotel Lackawana, atendimos a la diligencia del pasaporte y también el pasaje, y, sin nadie que derramara una lágrima, zarpamos de Brooklyn en el viejo barco holandés <em>Prins Wilhelm I</em>. Quince días más tarde, llegamos a Puerto Cabello.</p>
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<p>Hemos intentado relatar el ejercicio que tuvimos antes de encontrar el “Lugar” señalado a Abraham tiempo ha por la marcha de tres días al Monte Moriah, y a Moisés por su marcha de tres días para ofrecer sacrificios. Fue ordenado por el Señor en Mateo 28 y llevado a la práctica apostólica en Hechos. La doctrina está enseñada en las Epístolas, a saber, la muerte, sepultura y resurrección del creyente con Cristo, simbolizadas en el bautismo, conmemoradas en la cena del Señor y ratificadas a diario por la lectura de la Palabra de Dios.</p>
<p>Nuestros corazones se hinchan de gratitud a nuestro amante Dios y Padre por todo el camino por donde nos ha llevado. Estamos grandemente endeudados a su amado pueblo que comúnmente es conocido como “los Hermanos”, que rechaza cualquier nombre que no sea común a todos los creyentes, cualquiera su afiliación eclesiástica. Todos los nombres que el Señor da a su pueblo —hermano, creyente, etc.— aplican a todos ellos como un guante bien adaptado a una mano. Pero los nombres y las distinciones humanos se adaptan sólo a las manos para las cuales fueron confeccionados.</p>
<p>En nuestra última visita a Canadá, asistí a una conferencia en el occidente. Terminada una de las reuniones, busqué mi abrigo mientras conversaba con otra persona, prestando poca atención a lo que hacía. Al llegar a la calle saqué los guantes del bolsillo (era invierno), pero uno de ellos no calzaba. Al examinar la situación, vi que la razón era evidente; a ese guante le faltaba un dedo. Pues, por error yo había tomado el abrigo de otro, y casualmente de un hombre que había perdido uno de sus dedos. Para mí, ¡aquel guante no convenía! Y así es con el mejor de los lugares donde los nombres humanos y las juntas de directores imperan en la congregación. Puede ser que proclamen un evangelio ortodoxo, practican bautismo por inmersión y no creen en funcionarios remunerados, pero les falta algún dedo en uno de los guantes.</p>
<p>Hay un solo lugar donde todo el pueblo de Dios puede congregarse y guardar el nombre que el Señor les ha dado; un solo lugar donde se puede reconocer el señorío del Señor Jesucristo; un solo lugar donde el Espíritu del Señor está libre a usar a quien Él quiera. Aquel lugar es la asamblea, la iglesia de Dios en determinada localidad, plantada y desarrollada con arreglo a principios del Nuevo Testamento.</p>
<p>Este es <em>el lugar</em> donde hemos encontrado nuestro reposo y al cual invitamos a todo el pueblo del Señor a “venid y ved”. Que el Señor tenga a bien bendecir este testimonio a su alabanza y su gloria, es nuestro anhelo y oración.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Biografía de los esposos Saword Scott</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jun 2011 00:58:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nbruley</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biografía e historia]]></category>
		<category><![CDATA[102]]></category>

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		<description><![CDATA[S. J. (Santiago) Saword &#160; I             Un niño y sus raíces II           El nuevo nacimiento III         Una nueva tierra IV          De niña a señorita V            Diversas esferas de servicio VI   &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://tesorodigital.com/biografia-de-los-esposos-saword-scott/">Continuar leyendo &#187;</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong> </strong></p>
<p><span style="font-size: 23px; line-height: 35px;">S. J. (Santiago) Saword</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>I             Un niño y sus raíces</p>
<p>II           El nuevo nacimiento</p>
<p>III         Una nueva tierra</p>
<p>IV          De niña a señorita</p>
<p>V            Diversas esferas de servicio</p>
<p>VI         Otro campo mayor</p>
<p>VII         Si alguno quiere ser mi discípulo</p>
<p>VIII       De señorita a señora</p>
<p>IX             En trabajo y fatiga</p>
<p>X             Al sur en 1929</p>
<p>XI             Un campo predilecto</p>
<p>XII             En caminos muchas veces</p>
<p>XIII           A los gentiles ha dado Dios arrepentimiento</p>
<p>XIV             Enseñando y anunciando</p>
<p>XV             Esposa y madre</p>
<p>XVI            Joven fui, y he envejecido</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Sidney James Saword Read</strong></p>
<p>el 18 de marzo de 1894</p>
<p>el 6 de septiembre de 1988</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Eleanor Cristina Scott de Saword</strong></p>
<p>el 13 de diciembre de 1895</p>
<p>el 22 de febrero de 1986</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>I &#8211; Un niño y sus raíces</h2>
<p>A principios del siglo XIX en Inglaterra, cierto sujeto de apellido Read engendró un hijo no mucho antes de morir cual víctima del licor. La viuda no pudo mantener al niño y por esto lo obsequió a un agricultor en Suffolk. El chico vivió descalzo, analfabeto, sujeto al fuete del amo en la casa y a los cachos de un enorme carnero que gobernaba en el corral.</p>
<p>El huérfano huyó de aquella esclavitud y probó la vida de marinero. Se desarrolló en hombre alto, fuerte e inteligente. Por cierto, un día se encontró de frente con su antiguo amo. El anciano temblaba al verle, y Read le dijo: &#8220;Si fueras hombre, te pondría en el suelo, pero como no lo eres, te dejo con tu susto”.</p>
<p>Fue aceptado en la policía londinense y formaba parte del grupo de &#8220;ratas acuáticas&#8221; que vigilaban el río Támesis. Con el correr de los años llegó a ser supervisor de detectives en la Scotland Yard de la policía londinense. No hubiera sido así si no fuera por su buena esposa, quien lo sacaba ordenada y calladamente de los salones de licor en la época de su vida en que él a su vez se dejaba dominar por el alcohol.</p>
<p>Esa pareja tenía carácter y sentía afán por superar sus orígenes tan adversos. Y, tenía inquietud por dentro. Con razón hablamos de ellos al comienzo de esta biografía, porque transmitieron a su nieto valores humanos que mucho tienen que ver con lo que vamos a relatar. En la vejez llegaron a conocer el Santo Evangelio y recibieron a Cristo como Salvador de sus almas. Fueron bautizados e incorporados en la asamblea de la localidad, donde dejaron vivos recuerdos como ancianos solemnes y cumplidos.</p>
<p>Una de sus hijas se casó con James Saword y de ese matrimonio nacieron seis hijos. La primera guerra mundial segaría la vida de uno de los varones al lanzar los alemanes su primer ataque con gas mostaza en Francia; la segunda guerra mundial reclamaría la vida de otro en un ataque anfibio de los británicos en las playas de Grecia.</p>
<p>Parece que el padre de familia no era un hombre que merece mayor atención. Su hijo mayor no hablaba mal de él, pero tampoco comentaba mucho a favor suyo. Hasta donde sabemos, no dejó huella en aquél. Lo único que sabemos del interés de ese padre de familia en las cosas eternas es que en su postrimería pedía a su esposa que leyera una y otra vez la Biblia, y solamente la Biblia. Ella, por su parte, no fue salva hasta que sus hijos ya se habían ido cada cual por su camino.</p>
<p>En una y otra medida, aquella pareja y sus hijos menores vivían al amparo del detective. Cuando los muchachos eran todavía pequeños, James Saword se marchó a Sudáfrica por un buen lapso, habiendo sido contratado con otro para instalar luz eléctrica por primera vez en la oficina de correos en Johannesburg.</p>
<p>El mayor de los varones que dejó atrás era Sidney James Saword Read. A la edad de noventa años éste escribió:</p>
<p>Nací el 18 de marzo de 1894, el segundo en una familia de seis. El lugar fue Thornton Heath, suburbio de Croydon, a unos cuarenta y cinco kilómetros de Londres.</p>
<p>No recuerdo nada de los primeros tres años, pero Mamá me contó que ella contrató cierta muchacha para pasearme en cochecito. Una vez Mamá notó que yo estaba masticando algo y la muchacha contestó que me había dado avellanas. Reprendió a la niñera por dar semejante cosa a un chiquitín, pero ella protestó: &#8220;Ay señora, ¿qué importa? ¡Las mastiqué antes de dárselas!&#8221;</p>
<p>Quizás un año después, estábamos sentados todos frente a la chimenea, buscando calor de la leña que chispeaba en ella. De repente me levanté y me dirigí con paso firme a las llamas. Felizmente, me rescataron de mi insensatez y las quemaduras desaparecieron poco a poco.</p>
<p>Cuando Papá estaba trabajando en el Africa, el abuelo fue jubilado con una buena pensión y compró una casa de dos secciones en la carretera a dos millas de Hadleigh en Essex. Eramos tres niños en ese entonces, y ocupamos con Mamá una mitad de la casa. Para nosotros los niños fue como llegar a un paraíso. Había jardín y espacio para jugar. El abuelo nos paseaba con su carruaje y caballito. Me escondía en los árboles con mi cerbatana y soplaba arvejas y otros granos duros sobre los sorprendidos y molestos peatones abajo.</p>
<p>Teniendo yo cinco años de edad, mis padres se mudaron a una población balnearia (Southend, en el sudeste de Inglaterra, frente a la costa de Francia) y en esa misma época fue construido un local evangélico en la localidad. Una amiga de mi hermana mayor la animó a asistir a la escuela dominical; mi mamá, al darle permiso, sugirió que llevara consigo a mi hermanito y a mí.</p>
<p>Empezamos en la clase de los pequeños y seguimos año tras año. Aquella escuela iba en aumento hasta contar con cuatrocientos alumnos y treinta maestros.</p>
<p>Un condiscípulo mío en la escuela diaria, llamado Kingsley, recibió a Cristo como su Salvador y me llevaba al culto para niños en el salón de la asamblea una vez a la semana. Se enfermó ese muchacho y fue ingresado en un gran hospital para niños en Londres. Al recibir un telegrama que avisaba que la muerte se le acercaba, los padres y la hermana mayor fueron a ver a mi amigo, y lloraban al contemplar su cuerpecito tan acabado. &#8220;No lloréis, estoy feliz porque voy a estar con Jesús”, fue lo que les dijo.</p>
<p>¡Cuán consoladora es la fe en el Salvador!</p>
<p>En otra ocasión mi hermanito y yo íbamos a la escuela dominical cuando nos encontramos con dos muchachos conocidos, quienes nos convidaron a acompañarlos a la playa y salir en bote. No aceptamos y seguimos a nuestra clase bíblica. Luego recibimos noticias de que ellos habían salido a pasear y su bote se volcó. Se ahogaron.</p>
<p>Tuve un compañero llamado Francisco que asistía a clases nocturnas conmigo en la escuela técnica. Cierta noche, de regreso en una encrucijada, nos salió al encuentro un caballero, el cual tomó a Francisco por el brazo y le habló intensa y cariñosamente acerca de la necesidad de la salvación de su alma. Tuve miedo y escapé al otro lado de la calle. Seguimos la marcha, conversando sobre otras cosas sin ningún interés en la advertencia recibida.</p>
<p>Unas semanas después, fui un sábado a la casa de este compañero para salir con él en una excursión. Al saber su mamá que yo lo buscaba, me informó que había muerto repentinamente en la noche. Sin duda Dios, sabiendo que el fin estaba tan cerca para Francisco, había tocado a aquel hombre para presentarle al joven la oportunidad de ser salvo. ¡Qué tragedia! Pero así está sucediendo con muchos; se ponen sordos a la llamada del Señor, hasta que es demasiado tarde. ¿Y tú, querido lector? ¿Estás endureciendo tu corazón contra la voz del Salvador amante?</p>
<p>Recuerdo haber recibido como regalo un botecito de vela y haber ido a pie a una laguna para hacerlo marchar en el agua. Faltaba brisa y mi bote no se movía. Busqué un palo y encontré un punto estrecho donde el agua salía al mar. Desde un parapeto me agaché, aferrado a una rama débil, con el fin de navegar mi juguete. Perdí el equilibrio y caí en aguas profundas. Hice un gran esfuerzo con pies y manos pero no pude mantenerme a flote. En la misericordia de Dios un hombre pasó, vio mi estado, extendió la mano y me sacó sano y salvo. De no haber llegado, sin duda yo me habría ahogado.</p>
<p>Leemos en nuestra Biblia de Pedro cuando estaba por hundirse y clamó: &#8220;Señor, ¡sálvame!&#8221; En el momento Jesús le extendió la mano y salvó a aquel que no pudo hacer nada por sí mismo. Es un cuadro del pobre pecador que clama en su desespero al Señor Jesús quien puede y quiere rescatarnos del infierno por delante.</p>
<h2>II &#8211; El nuevo nacimiento</h2>
<p>El local evangélico en Southend —la ciudad que S.J.S. llama la población balnearia— había sido construido poco tiempo antes. El individuo sobresaliente en la asamblea era un tal William Iles. Cuando todavía era obrero pico y pala, hombre arruinado por el licor, fue salvo por la gracia de Dios. Logró fundar su propia empresa de construcción vial. Con sus hijos, evangelizó el pueblo y vio establecida una asamblea dinámica, evangélica y cuna de evangelistas. Ese hermano nunca perdió su entusiasmo por la obra entre niños, ni su admiración por aquellos que lo orientaron en su nueva vida en Cristo.</p>
<p>El superintendente de la escuela bíblica era William Aroll. En el hermoso libro de autógrafos que los maestros le dieron a don Santiago, y que él guardó durante toda su vida, ese hermano escribió: &#8220;En lo que requiere diligencia, no perezoso; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor, Romanos 12.11”. Y bien ha podido escoger ese texto. Aquel hermano escocés era dueño de la lavandería principal de la localidad; predicador contumaz; anciano y pastor; maestro; padre espiritual de no pocos.</p>
<p>Él dijo que en un tiempo se levantaba a las 6:00 y llegaba al negocio a las 7:30. Trabajaba hasta llegar al culto a las 8:00 de la noche. Pero, se dio cuenta de que ese régimen no le daba tiempo suficiente para su Biblia. La solución fue sencilla: ¡Desde ese momento en adelante se levantaba cada mañana a las 5:00 a.m., aun en esos inviernos feroces de aquel país!</p>
<p>Así que, volvamos a nuestro joven y escuchemos cómo él nos cuenta de la experiencia clave de su vida:</p>
<p>Para evitar que sus hijos estuvieran corriendo en la calle el día domingo, mi padre prometió regalarnos un juego de bate, pelota, etc. si asistíamos al culto cada domingo por la mañana en el local evangélico. Cumplimos, y él cumplió. Ahora asisto a la Cena del Señor no para conseguir un premio sino para darle al Señor la parte que le corresponde de adoración en espíritu y en verdad.</p>
<p>A la edad de trece años, había terminado mis estudios en el colegio público con buenos resultados, y empecé a trabajar en la oficina de mi papá. Pude vestirme de pantalón largo —una señal en aquel entonces en mi país de ser grande ya— y pensaba que era demasiado hombre como para estar en una escuela con muchachos.</p>
<p>Con este paso me retiré también de la escuela bíblica pero no quedé satisfecho con lo que había hecho. El Señor hizo que un banquero, creyente en Cristo, me persuadiera a volver al local evangélico e incorporarme en la clase para varones jóvenes.</p>
<p>El maestro tenía un gran cuadro que colocaba sobre la mesa, titulado <em>Dos caminos, dos puertas, dos destinos</em>. Cada cual con su Biblia podía trazar su rumbo espiritual. Por mi parte descubrí que estaba en el camino espacioso que conduce hacia abajo. Reconocí que después de la muerte me esperaba el infierno. El maestro nos explicó acerca de la resurrección de condenación, el gran trono blanco y el lago de fuego. Estas realidades solemnes dejaron una impresión profunda en mi conciencia.</p>
<p>Yo era muy aficionado a los deportes y demás placeres de mi generación; el diablo por su parte me tenía engañado, haciéndome creer que los cristianos evangélicos eran gente muy triste. Por esto nunca había asistido a una reunión evangélica para adultos.</p>
<p>Pero, despertado ya, cuando unos jóvenes me invitaron a que los acompañara a una reunión en un pueblo vecino, fui con ellos.</p>
<p>Desde que empezó aquella reunión, el temor de Dios se apoderó de mí y las palabras del predicador me hicieron reconocer que yo estaba sin Cristo, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Terminada la reunión, me sentí angustiado y me quedé sentado hasta que todos los demás se habían retirado del salón.</p>
<p>Llegando yo a la puerta, un caballero me preguntó si era salvo y le contesté que no. Le aseguré que sí quería tener a Cristo como mi Salvador, y de todo corazón. Sentados los dos, leímos varios trozos de la Biblia, pero yo estaba familiarizado con ellos y no me surtieron mucho efecto.</p>
<p>Llegamos a Colosenses capítulo 1, versículo 14, palabras que nos aseguran cómo contar con la posesión presente de la salvación eterna: &#8220;Su amado Hijo [de Dios], en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”. Con fe sencilla tomé para mí la verdad divina y dije al amigo que yo había recibido a Cristo como mi Salvador. Nos arrodillamos para darle las gracias al Señor Jesús por haber muerto por mí.</p>
<p>Esta experiencia, la más inolvidable de mi vida, tuvo lugar la noche del 7 de febrero de 1909 en un pueblo en el sur de Inglaterra. Fui bautizado en diciembre del mismo año en gesto de obediencia a mi Señor y testimonio público de mi vida nueva. Cumplidos hoy setenta años desde que nací de nuevo, doy fe de que no hay pueblo como el pueblo salvo por la gracia de Dios.</p>
<p>Al llegar yo a la casa, mis padres estaban sentados en la sala, y les conté lo que el Señor Jesús había hecho conmigo. Mi mamá, muy contenta, empezó a llorar, y yo también. Mi papá se mostró indiferente. No obstante, el día siguiente sus colegas en el negocio pronto me estaban felicitando por lo sucedido.</p>
<p>El lunes por la mañana visité a mis abuelos Read, quienes se alegraron mucho al saber de mi conversión. Les dije que ahora tenía un gran deseo de leer la  Biblia desde el principio hasta el fin. Mi abuela me regaló un chelín (una moneda británica de uso común en aquel entonces, de pocos centavos hoy día) para comprar una Biblia. Yo sabía que eso era demasiado poco, pero no quise poner de lo mío, para que la compra fuera regalo de ella. Efectivamente, en cierta librería encontré una Biblia a precio reducido debido a una mancha de agua, y ésta llegó a ser mi compañera constante. Recomiendo a todo creyente (y a quien no lo es todavía) leer la  Palabra de Dios en forma consecutiva todos los días.</p>
<h2>III &#8211; Una nueva tierra</h2>
<p>Una de las pequeñas experiencias del joven recién salvo que quedó grabada en su mente fue el contrato que su padre obtuvo para construir dos quintas. Deseoso de ver el progreso de las obras que otro hacía para él, Saword padre resolvió visitar la ciudad vecina un día domingo. Su suegro, el buen Abuelo Read, le amonestó no hacer la tal cosa en el Día del Señor. Sin embargo, el yerno inconverso no sólo prosiguió con su visita sino también llevó consigo a su hijo mayor.</p>
<p>Los dos pernoctaron en el camino, inspeccionaron la construcción, vieron qué materiales quedaban en el depósito y se marcharon. Días después, Saword padre recibió un reclamo por el valor de dos vacas. Efectivamente, él no había cerrado la puerta del depósito; el ganado del vecino entró, lamió unas sustancias químicas a ser mezcladas en el concreto, y murió. El abuelo le hizo ver al hombre que uno no puede esperar la protección de Dios cuando no respeta la santidad divina. El mensaje fue para el padre, pero la lección resultó ser para el hijo.</p>
<p>Cuando S.J.S. tenía tres años en los caminos del Señor, consiguió empleo como oficinista en una fábrica en la ciudad de Luton, algo distante. El sueldo era bajísimo, las horas largas, y la propietaria de la pensión mezquina. Pero su mayor decepción fue la asamblea donde él se presentó por una confusión de parte de los ancianos en su asamblea madre. El problema fue que la segunda asamblea no reconocía la primera. ¡División!</p>
<p>Esa segunda congregación dejaría en nuestro hermano en Cristo una huella que comentaría aun en su lecho de muerte, no por amargura sino como exhortación: &#8220;Fui por segunda vez a ese local, y los creyentes parecían recibirme con un poco más de amistad. Pero, terminó la reunión; nadie me saludó; todos se fueron; me quedé parado allí solo. Pensé en aquello de cuando cada uno se fue a su casa y Jesús se fue al monte de los Olivos. Luton tenía su catedral y los negocios no abrían los domingos. Volví en mi bicicleta a la pensión, hambriento y muy desanimado, pero la mujer tampoco quería servir almuerzo”.</p>
<p>&#8220;¡Ay, no!&#8221; exclamó el anciano en una voz casi apagada por el dolor. &#8220;Qué contraste entre el calor de aquella asamblea donde fui salvo y la frialdad de aquella otra congregación cuando un pobre joven quería apoyo y comunión hermanable. La división entre asambleas y las rencillas entre cristianos son obra del diablo. ¡Cuán duro puede ser el corazón del ser humano, aun del creyente que está fuera de contacto con el Señor! Que aprendamos el corazón de Cristo; manso, humilde, compasivo Él”.</p>
<p>Era la época de masiva emigración europea a las praderas del continente norteamericano. En 1912 Saword padre emigró a la ciudad pujante de Winnipeg en el occidente de Canadá, y oportunamente uno de los hijos lo siguió. Un tiempo después, la señora vendió los muebles para costear el pasaje del resto de la familia, pero el joven Santiago usó sus escasos ahorros para comprar su propio boleto. Los padres y los otros hijos duraron menos de cuatro años en el país nuevo; regresaron a Inglaterra en 1916 durante la gran guerra mundial. Su madre y una hermana aceptarían a Cristo como Salvador.</p>
<p>Nuestro protagonista, el mayor de los varones, vivió diez años más como soltero, primero en Canadá y luego en otros países. El día siguiente a su arribo en Winnipeg solicitó empleo en el ferrocarril principal del país. La máquina de escribir era de un modelo que no conocía, pero parece que logró presentar un buen examen, porque el jefe de la oficina lo mandó a colgar su chaqueta y llenar las planillas de rigor. El hombre titubeó al darse cuenta de que su candidato contaba con sólo 17 años, pero le asignó un sueldo de sesenta dólares por mes cuando el papá del mozo le había advertido que cuarenta sería mucho.</p>
<p>Sin embargo, la vida fue dura para un inglés de familia pobre. Al cabo de diez meses su anemia fue tal que tuvo que solicitar permiso no remunerado para pasar unos meses trabajando en el campo. Vivió con otro joven, uno nuevo en la fe, muy alejado de una congregación del pueblo del Señor. De lunes a sábado ellos bregaron de sol a sol con la siega del trigo, y los domingos evangelizaron a los vecinos. Generalmente aquellos inmigrantes alemanes lo llenaban de cochino y papas fritas, pero, dijo: &#8220;La indigestión no era problema mío en aquellos tiempos”.</p>
<p>Sano de cuerpo y alma, Santiago volvió a su escritorio ferrocarrilero. Encontró un empleado nuevo en la oficina, un inglés llamado Henry que cargaba un crucifijo y consultaba a menudo un librito negro. Ni corto ni perezoso, S.J.S. preguntó inocentemente si era un Nuevo Testamento. &#8220;¡Oh no! Es un diccionario”.</p>
<p>Pero ya se había logrado la entrada. Primeramente una invitación a cenar. Otro día, una invitación al culto de predicación del evangelio. Y, las conversaciones. Pronto Henry estaba solicitando tratados para leer en el tranvía.</p>
<p>Cierta tarde Henry llegó a casa para decirle a la señora que él no quería comer hasta haber resuelto un asunto de suma importancia. Se encerró en el dormitorio y le dijo a Dios que era un gran pecador. Todo quedó en silencio. Rogó por la salvación de su alma, pero nada. Esto continuó por buen rato, y Henry le dijo a Dios que él no sabía hacer o decir más nada. De repente le vinieron las palabras: &#8220;El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”. El amigo llamó a su esposa y preguntó dónde estaba eso en la Biblia. Los dos, arrodillados al lado de la cama, hojearon su Biblia hasta llegar a Isaías 53. La obra de Cristo iluminó los dos corazones y juntos profesaron fe en Cristo.</p>
<p>La mañana siguiente Henry llegó a la oficina tan lleno del gozo de la salvación que no pudo concentrarse en el papeleo. Fue a la ventana, la abrió, y empezó a cantar a todo pulmón un himno que comienza: &#8220;Jesús salva, Jesús salva  &#8230;” Cincuenta años después Santiago Saword y su antiguo compañero de trabajo se encontraron en un local evangélico. Hombre viejo ya, Henry todavía estaba regocijándose en su salvación. En fin, Santiago Saword había ganado su primer alma para Cristo.</p>
<p>Y así fue por cinco años: empleo en dos ferrocarriles de la ciudad; una temporada en el extremo norte del país en la oficina de otro ferrocarril; la cárcel y el sanatorio durante la primera guerra mundial; trabajo de día y evangelización de noche; visitas al campo y a las aldeas los fines de semana y en las vacaciones; estudio de la Palabra y extensas notas en taquigrafía cuando oía buen ministerio sobre las Escrituras; testimonio en la oficina y lectura de la  Biblia en las casas fuera de horas laborales. Era su tiempo de maduración, preparación, consagración.</p>
<h2>IV &#8211; De niña a señorita</h2>
<p>Hay la tendencia de llamar ingleses a todos los que son oriundos de las Islas Británicas, pero en realidad hay también los galeses, escoceses e irlandeses. Gales es la parte que queda en el extremo sudoeste de la isla principal, conocida por sus recios mineros de carbón, el idioma imposible que algunos hablan y la belleza de voz que todos tienen.</p>
<p>De allí un grupo emigró en los años 1800 a Manitoulin en Ontario, Canadá. Se trata de una isla muy grande, algo apartada y de tierra poco fértil. A lo mejor fue por la pobreza de esa tierra que varios de entre el grupo siguieron al occidente. Llegaron a las vastas praderas de lo que es hoy por hoy la provincia de Saskatchewan, a un punto cerca del lindero con Estados Unidos. Está en el medio de lo que se ha llamado el granero del mundo. Es una tierra poco poblada; exageradamente calurosa en verano e igualmente fría en invierno; cruel pero bondadosa.</p>
<p>Se ubicaron en Glen Ewen, un pequeño pueblo cuyo nombre iba a figurar, años más tarde, en muchas cartas a los obreros evangélicos en Venezuela y otros países, diciendo: &#8220;La asamblea del pueblo de Dios en ésta desea tener comunión con  &#8230;”</p>
<p>Otros que vinieron de Ontario, mayormente en 1887, habían vivido en las poblaciones de Mount Forest y Owen Sound, en un área al oeste de Toronto donde evangelistas británicos habían visto una obra del Espíritu Santo y la formación de las primeras asambleas en el continente norteamericano. Es este segundo grupo que más nos interesa; no sabemos dónde ni cuándo fueron salvos los pioneros que más tenemos en mente para los fines de este relato. Viajaron en carretas tiradas por bueyes; el ferrocarril no sería construido por unos años todavía. He aquí algunos párrafos tomados de un librito de remembranzas publicado por la municipalidad en 1955:</p>
<p>Sus casitas mal construidas estaban expuestas a la intensidad de las tempestades. Las ventanas temblaban y el penetrante viento helado entraba por debajo de las puertas. Venía la calma y uno oía tan sólo lo que parecía ser disparos de pistola pero era en realidad la contracción de las vigas de madera a causa del frío.</p>
<p>La soledad de la vasta pradera infundía miedo en sus corazones, y en la primavera se marcharon. No podían. Se olvidaban de que dentro de poco la tierra negra daría su abundancia a quien tuviera constancia y estaría dispuesto a trabajar arduamente. Era tan sólo para los que sabían adaptarse y dedicarse a una vida nueva.</p>
<p>Entre los tales estaba la familia Scott. Los padres, oriundos de las Islas Británicas, trajeron consigo de Mount Forest a John hijo, Thomas, Eb y las dos niñas. Ellos poseían el primer órgano que se conocía en aquellas partes y los vecinos se reunían en su casa para cantar himnos y pasar ratos placenteros. Tenían profundas convicciones religiosas, y es posible que hayan figurado entre los fundadores de la congregación que aquí conocemos ahora como <em>los Hermanos</em>.</p>
<p>Es probable que ellos, con Charles McFarlane y unos pocos más, comenzaron las reuniones anuales para creyentes, conocidas como &#8220;conferencias”, que durante casi sesenta años han constituido una parte esencial de este distrito. Charles era hombre sobrio, imán para muchos en cuestiones espirituales. Con todo, en la vejez nos hacía reír cuando relataba sus problemas al principio para aprender cuál extremo del caballo llevaba el cabestro y cómo se sacaba leche de los cuatro grifos de la única vaca que él había visto hasta ese entonces.</p>
<p>Su hermana, Margaret, tuvo la distinción de ser la primera mujer que llegó aquí en ferrocarril. Ella vino para visitar a Charles, pero, como todos sabemos, los pensamientos de una joven giran hacia el amor, y esa joven se casó con John Scott hijo.</p>
<p>Pues, el historiador ha podido contar del susto que ella pasó en el viaje. El tren se accidentó y pernoctó en un campamento de taladores de árboles en pleno bosque de Ontario. El conductor le informó a Margaret que habría una litera para ella en un vasto dormitorio que era un solo salón, pero tan pronto como pisó el umbral hubo gritos, un apagón y el ruido de mucho corre corre.</p>
<p>La señorita se quedó parada en la oscuridad, maleta en mano, hasta que alguien la condujo a luz de vela a lo que resultaría ser un colchón que guardaba aún el calor del cuerpo humano que un minuto antes había sido botado al suelo para dar espacio a la inocente británica. Con razón los caballeros apagaron las lámparas, ¡porque dormían desnudos!</p>
<p>El caso es que Margaret sería la madre de ocho hijos, entre los cuales estaba Eleanor Cristina Scott McFarlane.</p>
<p>Margaret de Scott dio a luz a un varón en enero de 1895 y luego a la niñita en diciembre. Por cuanto pesó tan sólo 1350 gramos, los padres se resignaron a la triste expectativa de que su primera hija no iba a sobrevivir. Efectivamente, murió Eleanor, ¡pero noventa años más tarde!</p>
<p>Los cuatro varones y las cuatro niñas nacieron y fueron criadas en una de esas casitas de terrones. Una vecina las describe:</p>
<p>Los vecinos ayudaban a levantar los palos y luego buscaban el arado para cortar cuadros de hierba. Esas casas guardaban el calor pero no paraban toda la lluvia. Nos valíamos de cuanta olla había, recogiendo en ellas el agua sucia que filtraba por las rendijas entre los terrones del techo. Se intentaban llenar los huecos en las paredes usando una mezcla de cal y arena. La lechada de cal en las paredes de afuera aportaba tan sólo a la apariencia.</p>
<p>Pero por lo general éramos niños saludables. No conocíamos esas enfermedades típicas de los niños de ahora. No tomábamos medicina, salvo el tónico primitivo de sulfuro y melaza, lubricada con crema tártaro para facilitar el consumo. Mamá nos mandaba a recoger cantidades de geranios, fresas silvestres y la cáscara del cerezo silvestre. Con estos ingredientes ella mezclaba los remedios de rigor, salvo, por supuesto, el sempiterno léudano.</p>
<p>Llegamos a ser tantos niños que hacían falta dos escuelas construidas de troncos que se talaron cerca del río. Creo que Eb Scott, hijo de Juan padre, fue el primer maestro. Lo cierto es que su hermana Annie regentaba allí por largos años más adelante.</p>
<p>Sí, y &#8220;Annie&#8221; —la Tía Ana— le enseñó a Eleanor a coser, a tocar piano, y cuántas cosas más. No dejemos de notar que todo esto redundaría en beneficio de la comunidad porteña en Venezuela en décadas posteriores. Cuántas veces Eleanor buscaba las notas en su piano mientras Santiago Saword, Guillermo Williams, la señorita Ruth Guillermina Scott y otros probaban la música de composiciones que figuran hoy día al final de nuestro himnario.</p>
<p>Eleanor (&#8220;Nelly&#8221;) era flaca y algo enfermiza. Un viaje a las Islas Británicas a los doce años no cambió su condición, lo que llevó a la decisión que la hija mayor tendría que quedarse en casa con sus padres.</p>
<p>Pero ella no lo veía así. Los otros se quedaron buen tiempo, pero a los 18 años ella se marchó a la capital de la provincia para estudiar la carrera de enfermería. &#8220;La Delicada&#8221; (como la llamaban en casa) trabajó y estudió en el hospital de sol a sol por tres años y aumentó doce kilos. Quizás la enfermería que aprendió no sería tan técnica como la de hoy, pero ella tenía ese don por dentro. Era enfermera nata. No vino para ser servida sino para servir, y en esa profesión encontró su llamamiento.</p>
<p>La señorita hizo algo más en Saskatoon en ese comienzo de su vida fuera del hogar paterno, y aun más importante que el hecho de haberse graduado con honores. A la edad de veintiún años ella aceptó a Cristo como su Salvador. Tomó ese gran paso en una tienda de lona donde un tal &#8220;Willie&#8221; Wilson celebraba una serie de reuniones. Encontraremos el nombre de ese evangelista de nuevo en nuestro relato.</p>
<p>No es fácil seguir los pasos de la señorita en esa etapa formativa en lo espiritual. Quizás su mayor preparación ocurrió en el extremo occidente del país, por Vancouver, y al otro lado del lindero con Estados Unidos, donde también trabajó en su profesión en la primera mitad del de los años 1920. Lo cierto es que los esposos Saword Scott tendrían una preferencia por Vancouver y sus alrededores una vez que sus hijos buscaban dónde vivir su propia soltería, y la vieja generación de cristianos en el occidente del continente norteamericano guardaba muy buenos recuerdos de Nelly cuando señorita.</p>
<p>Parece que fue breve su vuelta a las praderas tragallones y luego a la ciudad de Winnipeg. Desearíamos saber más, pero tenemos que contentarnos con que ella llegó a Puerto Cabello en agosto de 1925, encomendada a la obra del Señor por asambleas en dos de las ciudades donde había vivido.</p>
<p>Le acompañó en el barco otra señorita quien venía a Venezuela para casarse con Santiago Saword.</p>
<h2>V &#8211; Diversas esferas de servicio</h2>
<p>Tenemos que volver a 1917 y la ciudad de Winnipeg, donde dejamos a nuestro oficinista con su intenso interés en la proclamación del evangelio. El lector llevará en mente que la primera guerra mundial estalló en 1914 y terminó hacia el final de 1918.</p>
<p>Hay dos razones fundamentales por las cuales muchos hermanos en la fe rechazan el servicio militar. La una se puede expresar sucintamente por el sexto mandamiento: “No matarás”. La otra tiene raíces más profundas. Se percibe el militar como sujeto a un yugo desigual; una vez puesto el uniforme, ¡no es hora de separase de prácticas que el creyente no puede aceptar! Algunos han pagado caro por su convicción que un cristiano no debe someterse aun a la recluta decretada por ley. Es una de las maneras en que valoran su ciudadanía espiritual por encima de la terrenal.</p>
<p>Cuando la guerra comenzó había voluntarios suficientes para atender la situación. Pero, una vez que la conflagración se puso aun más seria, el gobierno canadiense introdujo la recluta obligatoria. Fui clasificado como apto para servicio activo, pero había la posibilidad de solicitar exoneración por razones de conciencia. Muchos varones se reunían para orar sobre este particular, y yo manifesté a las autoridades que mi conciencia no me permitía participar en el servicio militar.</p>
<p>Oportunamente fui citado para presentarme ante el tribunal. Encontré el salón repleto de gente. Cuando el juez comenzó con mandarme a besar la Biblia y jurar que diría la verdad, le manifesté que mi conciencia tampoco me permitía besar el Santo Libro. Él me respondió: &#8220;Joven, tú has aprendido más que muchos de tus mayores”. Un tiempo después, las autoridades eliminaron la práctica antihigiénica de besar la  Biblia.</p>
<p>El juez anotó su evaluación de mi caso y dijo que no habría decisión en ese momento. Yo me retiraba del tribunal cuando un teniente se adelantó y dijo: &#8220;Sr. Saword, nos gustaría conocer sus razones por no tomar un arma y pelear por su patria”.</p>
<p>Así, ante todos, testifiqué de mi fe en Cristo. Me respondió, &#8220;Sr. Saword, no quiero entrar en pleito, pero puedo darle un versículo de la Biblia que le permitirá pelear y matar. ¡Dice Hebreos 9.22 que sin el derramamiento de sangre no habrá remisión!&#8221;</p>
<p>La mañana siguiente, varios en la oficina se me acercaron con el periódico en mano. Un titular en primer plano decía: <em>Rumbo al cielo,</em> seguido de un relato de mi defensa ante el juez. Aquella mañana sentí muy adentro mi condición como peregrino en este mundo.</p>
<p>Recibí orden de presentarme en el cuartel y dentro de unos días fui asignado a trabajos de oficina en el ejército. Una vez que había llenado las planillas para cada recluta que tenía que ser procesado, le daba un folleto sobre el evangelio. Ningún superior se opuso a esta conducta mía.</p>
<p>Inclusive, una vez me dieron permiso para asistir a la cena del Señor. En mi emoción, ¡me presenté en el culto con el tenedor del comedor del cuartel a la vista en mi camisa! Pocos días después no había nada que hacer por unas horas. Un sargento se levantó ante el grupo de oficinistas y propuso que Saword ocupara el tiempo hablándoles de la Biblia.</p>
<p>En 1918 me enfermé con furúnculos en todo el cuerpo. No respondía los tratamientos médicos en el cuartel. Lo que parecía ser para mal, resultó para gran bien mío. No había cama disponible en los hospitales de la ciudad, de manera que fui asignado a trabajar por tiempo indefinido en un asilo para soldados discapacitados. Los militares a cargo de aquello eran romanistas pero me trataron muy bien, al extremo que una sola vez no me fue dado permiso para asistir a la cena del Señor.</p>
<p>En cuanto terminó la guerra, el ferrocarril logró que yo volviera a trabajar en aquella compañía. Recuperé la salud junto con el empleo. Mejor dicho, recuperé la libertad de ocuparme en la evangelización de pueblo en pueblo y pensar en cuál debería ser el rumbo de mi vida.</p>
<p>En aquellos años se ha podido decir de don Santiago lo que el diablo dijo de Job: &#8220;¿Por qué se da vida al hombre que no sabe por donde ha de ir, y a quien Dios ha encerrado?&#8221; Le quedaba cerrada la puerta a cierta esfera de servicio en el evangelio que él tenía en mente, pero a la vez le ardía una convicción que el Señor lo estaba llamando al servicio a tiempo completo. Tenía la voluntad, pero pensaba que no había dirección desde arriba.</p>
<p>Hice saber a los ancianos de la asamblea mi ejercicio, y oportunamente me dieron una carta de recomendación a la obra del Señor. Poco antes de la conferencia de Winnipeg en mayo de 1920 renuncié a mi empleo. El señor Willie Wilson de la ciudad de Regina me invitó a acompañarlo en una obra pionera en las praderas de Saskatchewan, y con gusto acepté. Él tenía un vehículo de carga convertido en casa rodante con dos literas, una pequeñísima cocina y una tribuna plegable para uso al aire libre. Por supuesto, tenía textos bíblicos pintados por fuera en los cuatro costados.</p>
<p>Rumbo al punto de partida, visité a un amigo quien apenas había recibido desde lejos una contribución de veinte dólares para ser usado en el evangelio. Así, Dios nos proveyó de municiones en la forma de tratados y libritos. Entendí que &#8220;el que da semilla al que siembra, y pan al que come, multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia”, 2 Corintios 9.10.</p>
<p>Viajábamos por trochas de barro. Vez tras vez tuve que salir del coche y empujarlo hacia el medio del camino resbaladizo mientras el otro manejaba, procurando evitar así horas de trabajo en sacarlo de algún zanjón. El hermano Wilson no tenía don para ministrar en las conferencias, sino para evangelizar en las casas. ¡Oh por pioneros de su estirpe hoy día!</p>
<p>En sus tiempos de plomero‚ se envenenó y por esto se enfermaba con el primer sorbo de una taza de te; su rostro se volvía rojo como un tomate. Yo me sujeté a su régimen, consumiendo agua y leche, agua y leche, agua y leche, agua &#8230;</p>
<p>Este fue el mismo que unos años antes había conducido a la señorita Eleanor Scott a los pies del Salvador. Él contó que en una de las haciendas solitarias que los dos evangelistas visitaron en aquellos viajes, encontraron la puerta de la casa abierta de par en par pero nadie respondía. Divisaron a un hombre mayor sentado a la mesa, cabeza en manos y llorando como un niño. El evangelista joven se quedó afuera, asustado, mientras el mayor se adelantó y cariñosamente preguntó al anciano qué podían hacer ellos por él en su angustia. No dijo más.</p>
<p>&#8220;¡Ay! ¡ay!&#8221; respondió el agricultor entre sollozos. &#8220;¡Es que soy vil pecador y anhelo en lo profundo de mi ser encontrar la paz con Dios!&#8221; ¿Tenemos que contarle a nuestro lector el resto de aquella historia?</p>
<p>El dueño del coche no quería enseñar a su ayudante a manejar el vehículo, y bien podemos sospechar que se debía a que S.J.S. era tenso, abrupto en sus movimientos y un tanto nervioso. Sin embargo, en cierta ocasión el señor Wilson tuvo que asistir a un entierro en otro pueblo y le pidió a Santiago viajar solo en el coche para encontrarlo en la estación del ferrocarril. S.J.S. llegó bien al pueblito pero tuvo que entrar en un taller de mecánica para comprar combustible.</p>
<p>Lo hizo a toda marcha; frenó violentamente; salió del carro para saludar al comerciante. El hombre lo miró asustado, leyó el texto que decía: &#8220;Aparéjate para venir al encuentro a tu Dios”. Comentó lacónicamente: &#8220;Joven, considerando cómo manejas, haces bien en llevar ese aviso”.</p>
<p>Pero otros textos de la Biblia le estaban hablando al siervo.</p>
<p>Él se hospedó en una casa cristiana que desplegaba dos versículos en un solo cuadro: <em>Que marche</em>, y <em>No dudes de ir</em>; Exodo 14.15 y Hechos 10.20. ¿Pero adónde? A veces S.J.S. pensaba en continuar en Canadá, pero una voz le decía que mejor sería usar sus talentos para aprender otro idioma y atender a pueblos en países menos favorecidos. Sabía a cuál país quería ir, pero por alguna razón Dios lo tenía encerrado.</p>
<p>Sabiamente, resolvió evangelizar a su propia familia y a sus conciudadanos en Inglaterra, adquiriendo nuevas experiencias en la obra y a la vez conocimientos básicos de medicina. Los años 1921 y 1922 lo encontraron en el Norte de Irlanda, Escocia y diferentes partes de Inglaterra. Visitaba a conocidos y ayudaba en series de cultos.</p>
<p>Durante dos veranos S.J.S. predicó el evangelio en una tienda de lona cerca de donde fue criado, acompañado en una de estas campañas por un antiguo colega de escuela dominical.</p>
<p>Estas visitas y esfuerzos ampliaron sus horizontes, profundizaron sus convicciones y le permitieron conocer a otros que servían al mismo Señor de diversas maneras. Tres médicos en un hospital de la ciudad de Bristol, todos cristianos dedicados al Señor, ofrecieron cursos de medicina básica a misioneros. El líder era Rendle Short, un hombre de gran estima entre las asambleas británicas debido a la manera en que usaba sus habilidades para la cirugía en el servicio del pueblo de Dios y para la extensión del evangelio. En cuanto a su habilidad profesional, citamos a la revista <em>Lancet</em>, que todavía es prestigiosa portavoz de la ciencia médica en Gran Bretaña y el mundo: &#8220;Arthur Rendle Short era cirujano en toda la extensión de la palabra, y en el diagnóstico nadie le quitaba el primer lugar”.</p>
<p>Un sábado el doctor Short no encontró a ningún internista que atendiera a un detective que llegó con una infección estreptocócica. &#8220;Saword”, dijo, &#8220;atienda a esta mano”. Saword no se presentó en el hospital el domingo, pero el lunes se encontró con el paciente. El detective lo saludó con entusiasmo; &#8220;¡Qué bueno que usted está de guardia hoy, doctor!&#8221; le dijo. &#8220;Ese médico que me asignaron ayer domingo no sabía lo que estaba haciendo”.</p>
<p>Otro mentor era dentista, y poco se imaginaba Santiago Saword cuánto pondría por obra en años venideros las técnicas que aquel profesional enseñaba al grupo de aspirantes para la obra del Señor en el Africa y otras partes. S.J.S. escribió voluminosas notas sobre cada tema de aquel curso intensivo, mayormente en taquigrafía y todas ilustradas con sus propios dibujos. (A la edad de catorce años él ganó un premio por su pericia en taquigrafía. Por setenta y tantos años más, llenaría los márgenes de Biblia tras Biblia de jeroglíficos, a veces en las conferencias anotando mensajes largos que eran de su especial agrado).</p>
<p>En noviembre de 1922, terminando su segunda jornada de campañas evangelísticas bajo lona, se presentó súbitamente una pequeña serie de circunstancias que le hicieron a don Santiago ver qué quería el Señor para él. Como veremos más adelante, no era lo que había tenido en mente. Dios lo había guardado encerrado, al decir de Satanás en Job 3.23, pero ahora el tiempo había llegado.</p>
<p>En seguida compró su pasaje en un vapor holandés que lo llevaría de Bristol a Barbados y de allí a Puerto Cabello.</p>
<p>Estando yo en Barbados, uno de los misioneros tuvo que atender a una diligencia en el centro de la ciudad. Fui con él pero me quedé esperando en su coche de punto. Se acercó una vendedora, mujer muy corpulenta, para instarme a comprar frutas. Cual estoico, insistí con tan sólo: &#8220;No, gracias”.</p>
<p>Sin embargo, mi amigo fue a otro negocio y de nuevo me encontré con una larga espera afuera. Compré unas frutas para satisfacer mi sed. En esto llegó la señora corpulenta y reclamó a quien me había vendido: &#8220;Ah, a ti te compra bastante, pero a mí nada. ¿Cómo es eso?&#8221;</p>
<p>Aquello me ha servido de lección en la obra del evangelio. Así es la naturaleza humana; hay veces cuando algunos se muestran de un todo indiferentes al mensaje, pero más adelante se interesan y se salvan. Lo he visto repetidas veces, y veo que no debemos estar desanimados, sino trabajar, orar y esperar en el Señor.</p>
<h2>VI &#8211; Otro campo mayor</h2>
<p>A partir de los años 1880 los vendedores viajeros de una u otra sociedad bíblica extranjera realizaron en Venezuela una labor digna de nuestra admiración, y en esa época se residenciaron en el país los primeros evangelistas. Emilio Silva, un joven gallego, y su madrastra inglesa, la señora de Bryant, dejaron brillar su luz en Caracas a partir de 1884, cuando el señor Bryant estaba en el empleo del ferrocarril de La Guaira. Poco después se formó la primera asamblea. No se puede insistir sobre si esta misma continuó, o si es que un par de veces se comenzó de nuevo.</p>
<p>John Mitchell, férreo soltero irlandés, sirvió en el evangelio en Venezuela desde su llegada de Canadá en 1896 hasta su traslado a España en 1908. Cualquiera la fecha que se asigne como la de su comienzo, la asamblea de Miracielos continúa hasta el día de hoy bajo otro nombre y en otro local. Los esposos Adams, escoceses que se habían radicado en Canadá, se identificaron con aquella congregación y sirvieron en el evangelio, mayormente en la capital, hasta el comienzo de la segunda guerra mundial.</p>
<p>En los últimos años del siglo XIX, media docena de hermanos varones, más varias damas, vinieron de España y Gran Bretaña para sufrir toda clase de contratiempo y oprobio. Vieron constituida una asamblea en la capital carabobeña en 1898, la cual continuó por dieciséis años. En 1899 el señor David Finstrom empezó su obra en La Victoria bajo los auspicios de la  Misión Evangélica del Sur, prócer de las &#8220;iglesias libres&#8221; de la actualidad. Ese hermano gozaba del respeto y amistad de los otros que mencionamos en esta reseña, y de los ciudadanos de Estado Aragua.</p>
<p>William W. Williams (&#8220;don Guillermo&#8221;) se incorporó en el grupo en Valencia a partir de 1910 pero no se sentía cómodo con algunas características del ministerio que se estaba realizando. Otro de su parecer en las cosas del Señor era Gordon Johnston (&#8220;don Jorge&#8221;), quien llegó casi dos años más tarde. Estos dos varones de Dios se formaron espiritualmente en Toronto, capital de la provincia de Ontario, Canadá. Eran evangelistas de primer orden y a la vez hombres de convicciones fuertes y sanas en cuanto a qué debe ser un cristiano y qué exigen las Sagradas Escrituras de una iglesia local que profesa ceñirse a la doctrina de los apóstoles.</p>
<p>El primero de ellos partió a estar con Cristo en 1961. El segundo dejaría el país en 1932 y no volvería a vivir acá, debido de un todo o en parte a la enfermedad de su señora esposa. Si don Guillermo era el motor de la nave en los primeros años de la obra, don Jorge era el timón, por no decir el balasto también. Y, lo que más nos interesa por el momento, sería el mentor de Santiago Saword.</p>
<p>Fue en 1915 y 1916, respectivamente, que los esposos Williams y los esposos Johnston dejaron a Valencia para residenciarse en Puerto Cabello. Tenían tiempo visitando la ciudad, y al comienzo de 1916 un grupito celebró por vez primera la cena del Señor en ese histórico puerto caluroso y bullicioso. Como es de todos sabido, muchas asambleas del pueblo del Señor en esta nación son hijas, nietas o biznietas de ese esfuerzo pionero.</p>
<p>Henry Fletcher y su señora llegaron en 1916 y el año siguiente Manuel Acosta, valenciano de buena preparación, se dedicó a la obra del evangelio a tiempo completo. Los Fletcher continuarían en trabajos pioneros por doce años, basados en Valencia, y posteriormente sirvieron en Puerto Rico y luego Canadá. Los esposos Acosta continuarían en el evangelio en San Felipe por diez años, pero, pesa decirlo, él se perdió en caminos muy apartados de la santísima fe.</p>
<p>Por supuesto, las congregaciones nacientes contaban ya con uno que otro que harían honor al evangelio en las décadas por venir. Valencia tenía su León Almérida, Las Quiguas su Francisco Ramos a partir de 1927, Puerto Cabello su Cayetano Maduro, y Aroa sus muy nuevos que avanzarían mucho en lo espiritual, tales como Teodoro Acosta y José del Carmen Peña. Nuestra listica no es de ninguna manera completa.</p>
<p>Para completar la nómina de evangelistas que don Santiago iba a encontrar en su arribo, podemos mencionar el hermano Wills, quien se radicaría en el Estado Lara, y la señorita Eva Watson, quien fundó el Colegio Evangélico de Puerto Cabello en 1918. Como se nota, en esa época Canadá dotaba a Venezuela —o al menos a los estados centrales de Venezuela— con evangelistas.</p>
<p>James (&#8220;Jaime&#8221;) Gunn dejó Toronto después de Santiago Saword, pero llegó antes que él a Puerto Cabello en diciembre 1922. El hermano Gunn pasaría sólo cinco años en el país. Fue otro caso de una esposa enfermiza por el resto de su vida. Él sirvió con distinción en el continente norteño hasta tiempos recientes. No intentaremos estimar cuánto perdieron las futuras asambleas venezolanas, y cuánto ganaron Puerto Rico, Canadá, España, etc., debido en parte a diferencias de criterio y estilo. La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará.</p>
<p>Al final de 1922 había asambleas en Caracas; Puerto Cabello y Las Quiguas en Carabobo; San Felipe, Albarico y Aroa en Yaracuy; y Ciudad Bolívar en el Estado Bolívar. Otra cantidad parecida de congregaciones sería formada a lo largo del resto de aquella década. Valencia comenzaría de nuevo, ahora sobre una base más firme, al final de 1923.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El evangelio llegó a San Felipe unos tres años antes de que nuestro protagonista haya conocido el país. Como es bien sabido, el impacto del mensaje, la salvación de almas y la oposición de los romanistas dieron lugar a que los primeros creyentes en el estado Yaracuy hayan sido tildados, <em>los carpistas</em>. El apodo duró por años después de la formación de la asamblea en 1921. (En Valencia, <em>los protestantes</em>; en Puerto Cabello, <em>los picapiedra</em>).</p>
<p>San Felipe dejó una huella profunda en la mente de don Santiago, siendo el escenario de sus primeros pasos firmes en su larga carrera en la República. Más aun, Las Rositas -un pueblo vecino y conocido hoy día como Farriar- quedaba grabado en su memoria, y fue tema de múltiples relatos interesantes.</p>
<p>Él describe aquellos tiempos en su breve autobiografía:</p>
<p>Un día Manuel Acosta llegó a Puerto Cabello, entró en conversación, y me convenció para que me radicara en ese ente federal.*  Jorge Johnston contaba con Jaime Gunn en el trabajo de la prensa, y yo pensaba no hacer falta en el Puerto. Contaba con apenas tres meses de brega con el español, pero vi que Manuel, un hombre preparado, podría orientarme bien en el idioma.</p>
<p>*  Don Santiago y su generación hablaban de “<em>El</em> Yaracuy”, pero usamos aquí una terminología más corta y acorde con nuestros tiempos de apuro.</p>
<p>No había carretera a San Felipe, sino un sendero para peatones y bestias. Era <em>El Camino Real </em>y más de una vez yo lo conocería entre, por ejemplo, Yaritagua y San Felipe, caminando &#8220;a macho talón”, como decían en ese entonces. Sin embargo, mi primer traslado fue por vapor hasta Tucacas y luego por tren, un viaje de dos días en total, más una buena parte del día anterior en Puerto Cabello en busca del permiso oficial para viajar hasta el puerto falconiano.</p>
<p>En Tucacas cenamos en la posada de una alemana y luego pasamos la noche en el piso de arena donde conocimos no pocos cangrejos que transitaban por ese solar. El tren de los ingleses, con su locomotorcito que consumía leña, arrancó temprano para Palma Sola, contando aquella vez con un total de tres pasajeros.</p>
<p>Desde las 12:00 hasta las 3:00 esperamos en la estación el tren que nos llevaría a la capital de Yaracuy. Grandes fueron las ganas de apaciguar la sed con agua, pero las condiciones sanitarias indicaban que mejor sería conformarnos con sólo café. Por fin llegó el tren que consistía en un coche para pasajeros y varios que cargaban plátanos. Dos hombres lo abordaron en Las Rositas y comenzaron a estudiar cada pasajero.</p>
<p>Fui el objeto de su interés, porque eran hermanos en la fe que habían alquilado una casita para cultos en Marín y contaban conmigo para la predicación. En vano protesté mi incapacidad para hablar el idioma; Marín sería mi bautismo en cuanto a la predicación en español.</p>
<p>No había un solo creyente en el caserío. Me limité a los sermones de Pedro y Pablo, predicando lo que ellos habían predicado. Procuré aprovechar la caminata de seis kilómetros ida y vuelta cada noche para captar la conversación y el vocabulario de mis hermanos en Cristo, pero vez tras vez tuve que rogarles que hablaran &#8220;poco a poco, por favor”.</p>
<p>Apenas habíamos comenzado cierta noche cuando se acercó una procesión religiosa. Decidimos cantar mientras la gente pasaba frente a la puerta, y la respuesta de la calle fue una pedrada. Me preocupó el caso de una buena hermana en Cristo, ya que una piedra la alcanzó. &#8220;No se perturbe”, me contestó; &#8220;Yo estaba cantando sin interés, pero ese golpe me hizo sentarme recta y continuar a todo pulmón”. No hay duda: todas las cosas obran a bien para los que aman a Dios.</p>
<p>En esos tiempos hice arreglos para visitar una población llamada La  Planada, pero me encontré sin bestia. El nieto de un cristiano me prestó su yegua, afirmando que no me daría problema alguno. Saliendo de San Felipe, el animal se interesó demasiado en un edificio en construcción y no quería seguir. Cuando la toqué ligeramente con la rienda, la yegua relinchó, se desbocó y se echó a correr como no puedo decir. Logré dirigirla al camino que me interesaba, encontrándonos en charcos, fangos y finalmente en un pozo de agua. Perdí un estribo y tuve que lanzarme al pasto. El animal siguió solo en su frenesí hasta La Planada y yo llegué a pie.</p>
<p>&#8220;Ah, sí”, me dijo el muchacho el día siguiente. &#8220;Precisamente, estoy preparándola para las carreras, ¡y ésa es la seña que uso cuando quiero que la yegua me dé su todo!&#8221;</p>
<p>Cocorote fue otro pueblo donde llevamos la Palabra por primera vez. Se nos invitó a predicar en una quinta en la calle principal que ostentaba en la fachada un letrero grande y bien pintado: <em>Unión. Fe en Dios. El tiempo pasa pero la historia perdura.</em> Pero lo que más nos molestaba era un cuadro en la pared de la sala que debíamos usar; era una representación de Cristo crucificado, de tamaño natural.</p>
<p>La familia era gente amistosa, pero nada sabían de la Verdad.  Después de una lucha de conciencia, acepté la invitación y procuramos instruirles en cuanto a sus propios cuadros. Ellos nos trataron bien, pero al volver yo a pie con otros hasta San Felipe, otra gente nos lanzó cantidades de limones desde las matas a cada lado del camino. Apagamos las linternas y seguimos sin protesta ni comentario.</p>
<p>Repartiendo tratados y vendiendo porciones de las Escrituras en el campo, fuimos recibidos con respeto por una mujer que nos invitó a conversar. Resulta que años antes un hombre había ofrecido leerle de un libro que cargaba. Él sabía que se llamaba <em>Nuevo Testamento,</em> pero no sabía realmente qué era. Ella, en cambio, se interesó en la lectura a tal extremo que lo convenció para que orientara a sus hijos en cómo leer el libro. Al cabo de pocos días el hombre siguió su camino.</p>
<p>La mujer se quedó con el afán de oir más de la historia de Jesús, pero nadie sabía de aquello. Así que cuando llegamos, ella no sólo compró una Biblia, sino que insistió en un culto. Cuando llegamos la noche convenida, encontramos una sala repleta de vecinos y una buena cena servida para cada uno. Hubo buen oído para el mensaje.</p>
<p>Ella, el esposo y los hijos llegaron a conocer al Señor y en su tiempo eran fieles miembros de la asamblea en San Felipe.</p>
<h2>VII &#8211; Si alguno quiere ser mi discípulo</h2>
<p>El criado de Abraham dudaba de su viaje en busca de esposa para Isaac, pero Génesis 24 nos proporciona una hermosa secuencia de comentarios acerca de esa diligencia:</p>
<ul>
<li>El criado &#8230; puesto en camino &#8230; llegó, 24.10</li>
<li>Jehová &#8230; prosperará tu camino, 24.40</li>
<li>&#8230; guiándome Jehová en el camino, 24.27</li>
<li>Bendije a Jehová Dios &#8230; que me había guiado<br />
por camino de verdad, 24.48</li>
</ul>
<p>El desenlace no hubiera sido feliz sin esa frase clave en el versículo 10: El criado se puso en camino. Jehová hizo el resto.</p>
<p>Allá por el año 1920 Santiago Saword se proponía tomar dos pasos que nunca le serían permitidos. Se trataban de los pasos más importantes de su vida, después de aquél de la salvación de su alma unos once años antes. Primeramente, pensaba servir en el evangelio en Japón, un país que nunca llegaría a conocer. Segundo, pensaba casarse con una joven que nunca sería su esposa.</p>
<p>¿Disparates crasos, producto de la voluntad propia de uno fuera de comunión con su Señor? Lo dudamos enormemente, y que el lector no lance piedra de burla antes de reflexionar sobre la historia de los setenta años que quedaban por delante, por no decir también el enorme precio emocional que nuestro hermano estaría dispuesto a pagar para conocer y cumplir lo que Dios tenía en mente para él en cuanto al matrimonio.</p>
<p>En aquellos años de oficinista en el occidente de Canadá, S.J.S. estudiaba detenidamente su atlas misionero del mundo publicado por los redactores de la revista <em>Echoes of Service</em>. Era el mapa de Japón que más le llamaba la atención. Empezó a cartearse con misioneros en ese país y otros. Llegó a solicitar una transferencia a la oficina de su patrono en Tokio, pero le fue negada.</p>
<p>Por cierto, visitando Irlanda un año más tarde, le contó a un muchacho recién convertido cómo era Japón y su necesidad del evangelio. Aquel hermano en la fe iba servir al Señor por largos años en aquel país, ¡contando al señor Saword una vez que su ejercicio comenzó aquel día cuando de jovenzuelo él oyó esos relatos en el potrero cerca de su casa natal!</p>
<p>La carta de recomendación expedida por la asamblea en Winnipeg en marzo de 1921 dice en parte: &#8220;Nuestro hermano nos deja ahora [rumbo a Inglaterra] con el deseo de entregarse a la obra del evangelio, con Japón puesto sobre su corazón  &#8230;” Casi dos años más tarde, aquellos mismos ancianos expedirían otra carta, esta vez dirigida a &#8220;los cristianos que se congregan en el nombre del Señor Jesucristo en Venezuela”. La confianza expresada en S.J.S. fue la misma, pero ahora el párrafo intermedio dice: &#8220;Él se proponía ir a Japón pero nuestro Dios ha tenido a bien otra cosa, permitiéndole llegar hasta ustedes para prestar servicio en el evangelio allá”.</p>
<p>El siervo del Señor no hablaba ni escribió mucho sobre el cambio. Le citamos:</p>
<p>Amigos en Inglaterra me animaron a conocer a un caballero anciano que había fundado un grupo para evangelizar el Japón. El hombre fue muy franco, y terminó diciéndome que si fuera joven de nuevo, él no iría a Japón, sino al Africa o América del Sur donde la gente tenía más oído para el evangelio. Se veía que era cristiano de veras y con muchos años de experiencia. Su consejo me hizo mella.</p>
<p>Ahora, Japón estaba cerrado, bien cerrado [Josué 6.1]. Y se ha podido decir de mí, como dijo el diablo de Job, que Dios me había cercado alrededor.</p>
<p>Llegando al final de la segunda temporada de cultos bajo lona [en Inglaterra en 1922], se profundizó mi ejercicio respecto a qué era lo que el Señor tenía en mente para mí. Recibí una carta de Jorge Johnston, la única persona en la obra en Venezuela que yo había conocido. El señor Johnston dijo que él había orado por mí durante tres años, desde el día que me conoció en casa de un tercero en Winnipeg. Su oración era que el Señor me enviara a Venezuela.</p>
<p>Yo tenía un prejuicio contra el servicio en un país católicorromano, habiendo visto algo del fanatismo de los católicos francocanadienses y de los romanistas radicales en Irlanda del Norte. Sin embargo, una vez cuando repartía material evangélico en los muelles de Bristol, me encontré al final de la jornada con tan sólo un Testamento, y en español. Me pregunté si era una voz de arriba para dirigirme a un campo de habla hispana.</p>
<p>Mientras más oraba yo, más convencido estaba de que la voluntad del Señor era la que mi hermano me sugería. Hice los preparativos necesarios.</p>
<p>O sea, estaba &#8220;puesto en camino”, y Jehová lo guió en el camino que Él quería.</p>
<p>Antes de irse de Canadá, se comprometió para casarse más adelante. Una vez ubicado él en Venezuela, la comprometida vino a este país con miras a unir su vida con la de su novio. Pero a ella no le gustó lo que encontró. Canadá, sí; Inglaterra, sí; Japón, parece que sí. Pero no estaba dispuesta a vivir en Venezuela. ¿O será que dudaba ahora de él?</p>
<p>Él le rogó literalmente de rodillas, pero no: tendría que escoger entre ella y su nuevo campo de servicio. Santiago eligió. Sin que lo supiera, algunos misioneros fueron a toda carrera hasta La Guaira con el fin de persuadir a la señorita que se quedara, pero ya había emprendido el regreso a su tierra.</p>
<p>S.J.S. se encontró figurativamente tumbado en el suelo.</p>
<p>Por el resto de su vida, Santiago Saword tendría mucho amor para con su esposa, sus hijos, su hogar y sus grandes amistades entre el pueblo de Dios, pero nunca a expensas de la obra del Señor. Vez tras vez, aun cuando anciano débil, él (como también la que sería su esposa) dejó ver que el servicio en el evangelio tenía la primacía y lo demás tendría que acomodarse a ese llamamiento.</p>
<p>Jehová, al decir de Génesis 24, prosperó su camino.</p>
<h2>VIII &#8211; De señorita a señora</h2>
<p>Eleanor Scott tenía 29 años cuando arribó en Puerto Cabello en agosto de 1925. Se hizo de por vida buena amiga de la señorita Edith Gulston, quien había llegado un año antes. Los Williams y los Johnston vivían en la segunda planta del edificio en Plaza Bruzual, y las señoritas en la planta baja por regla general. Santiago Saword, como ya sabemos, había llegado casi tres años antes. Él y su colega Jaime Gunn aparecían y se marchaban del Puerto de tiempo en tiempo.</p>
<p>La residencia, aunque consistía en &#8220;el lado Williams&#8221; y &#8220;el lado Johnston”, era (y sería por sesenta años más) una pecera de cristal donde cada cual en la colonia misionera estaba constantemente en la mira de los demás. Ni los Williams ni las señoritas tenían hijos, pero los Johnston y posteriormente los Saword tenían varios, cada uno de los cuales poseído de las travesuras propias de la niñez. ¡Grande será el galardón de parte y parte por haber aguantado (aunque a veces muy a medias) el estilo de vida que imperaba al otro lado de la pared!</p>
<p>(Siempre me gusta, por ejemplo, cuando mi esposa cuenta de su entrevista para el bautismo cuando joven aún. Don Guillermo Williams, quien a lo largo de su vida alternaba entre muy severo y bastante humano, le preguntó en tonos solemnes, sin poder esconder su picardía: &#8220;Eunice, ¿tú peleas con tu hermanito?&#8221;)</p>
<p>Cuando la nueva obrera contaba con solamente cuatro meses en su campo de servicio, luchando débilmente con el idioma, el clima, la cultura y el medio ambiente, tuvo la sorpresa de saber que Santiago Saword le había dejado un sobre antes de salir con los señores Williams y Gunn en un viaje de evangelización que iba a durar cuatro meses o más.</p>
<p>Ella no sabría de las fervientes oraciones de los Johnston, pidiendo dirección sobre qué hacer. La señora estaba apurada por viajar a Canadá debido a su embarazo y debilitado estado de salud. Todo había sido arreglado de manera que Santiago y su esposa —la que nunca llegó a ser tal— ocuparían la residencia de los Johnston y atenderían las responsabilidades que los Johnston tenían en la obra. Y en cuanto a las oraciones de S.J.S., ¿qué diremos?</p>
<p>Él guardó durante el resto de su vida las cartas que Eleanor le escribió en aquellos meses, pero no sabemos quién destruyó las que él le envió a ella. Lo que sabemos es que aquel sobre contenía una nota por demás breve. Él le pidió a Eleanor Scott que se uniera a él en santo matrimonio.</p>
<p>La carta que Nelly redactó el 6 de enero de 1926 fue dirigida a <em>Sr. S.J. Saword</em> y comenzó con Salmo 32.8: &#8220;Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”. El mensaje del escrito fue: &#8220;Cuando le dije al Señor que yo estaba dispuesta a venir a Venezuela, si fuera la voluntad suya, fue con el propósito de ejercer la enfermería o hacer cualquier cosa dentro de mis posibilidades con tal que fuera para la gloria suya, pero jamás se me ocurrió la idea del matrimonio. Sin embargo, confío en que mi deseo siga siendo el servicio para el Señor en cualquier senda que Él quiere que yo tome”.</p>
<p>Un mes más tarde fue: <em>Apreciado señor Saword</em>. ¡Él tendría que esperar hasta marzo para recibir un <em>Mi querido Santiago</em> !</p>
<p>Sin embargo, aquella carta que ella escribió en febrero tiene como encabezamiento: &#8220;Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos”. Con aquello, no nos sorprende leer a continuación: &#8220;Al despertarme temprano esta mañana, pidiendo al Señor una palabra especial de él en cuanto a lo que uno debería hacer, y solicitándole la confianza que Él puede dar, el versículo que me vino fue: <em>Este es el camino, andad por él</em>.</p>
<p>Tal vez ella no habló con entera exactitud al decir que se había despertado temprano aquella mañana, ya que años después le contaría a una hermana en Cristo que había pasado la noche entera en oración.</p>
<p>En una de sus cartas, escrita después de su compromiso pero antes de regresar él al Puerto, ella dejó entrever su sentido del humor. Obviamente lo había evaluado durante el escaso tiempo que había vivido en el Puerto, ya que le coqueteó: &#8220;Acabo de descubrir una carie en mi muela. Debo atender a la cuestión antes de tu regreso, ¡acaso quieras probar aquel gatillo nuevo que tienes!&#8221;</p>
<p>Se casaron el 6 de mayo de 1926. La ceremonia civil se realizó en la planta baja, o sea en el local evangélico en la esquina de Campo Elías y Santa Bárbara, y la recepción en el solar atrás. Hubo un apagón durante el culto, gracias a una tormenta. Mayor fue la tempestad que había bajo cuerda de parte de aquellos entre los extranjeros que simplemente no podían pensar que aquel matrimonio relámpago era correcto, sensato, justificado o bien visto en el cielo.</p>
<p>La pareja pasó un tiempito en Nirgua, consumida por chinches. Decidieron trasladarse a Valencia por pocos días. Pero su hogar sería Puerto Cabello en &#8220;el lado de los Johnston”, y hasta allí llegaron para sobrellevar la severa desaprobación que unos pocos manifestaron por no pocos años.</p>
<p>El novio era formal, nervioso, tempestuoso, exigente, meticuloso. La novia era de recias raíces pioneras y campestres; informal, paciente como uno difícilmente puede imaginarse, extrovertida, poco dada a los detalles de libros, cuentas y rutinas que no tenían que ver con la salud y bienestar del oprimido.</p>
<p>Pero, ¿ha habido mejor unión conyugal? ¿Dos personas alguna vez han estado más unidas en sus objetivos y más dispuestas a sacrificarse juntos para cumplir con la misión de sus vidas?  ¿Alguna mujer ha sido ayuda más idónea para su marido? ¿Algún viudo ha estado más desamparado al perder a su esposa? La única respuesta admisible se encuentra en los sesenta años que pasaron juntos.</p>
<h2>IX &#8211; En trabajo y fatiga</h2>
<p>No podemos seguir las huellas de este evangelista año por año, ni es necesario. Interminables caminatas por Yaracuy y Carabobo; una visita a Curazao; Cojedes; los campos en derredor de Urachiche, Barquisimeto, Duaca, Guaiguayure, Aroa &#8230; Vamos a buscar una pequeña muestra, comenzando con un viaje a Falcón antes de haber obra alguna del evangelio en esa entidad federal.</p>
<p>En 1924, estando yo de visita en Duaca, Estado Lara, un vendedor de Biblias pernoctó en casa del hermano Wills en su viaje de Barquisimeto a Coro. Tuve ejercicio delante del Señor en acompañarlo, pero no logramos conseguir bestias para llegar a Coro, de manera que algunos creyentes me animaron a visitar primeramente en El Tocuyo.</p>
<p>Por diez días vendí Biblias y Testamentos, predicando cada noche en la sala de una señora que profesaba fe. Haciendo maleta para salir de El Tocuyo, recibí noticias de que una señora quería que la visitara en su casa cerca de la catedral. Resulta que ella había aceptado a Cristo durante los cultos y quería que otros presenciaran la quema de sus ídolos. La gente deseaba más predicación en otra ocasión, pero había un inconveniente; le dije a la persona culpable que yo volvería una vez que él limpiara su testimonio. Pero, los pentecostales no tenían los mismos escrúpulos que uno, y se aprovecharon del esfuerzo que habíamos invertido en aquella población.</p>
<p>Sin embargo, me escribe todavía un señor que era dueño del Bar Rayo Azul. Había sido un padre de familia flojo y cruel, pero fue salvo como consecuencia de leer un Nuevo Testamento. Cuando dejó de vender licor y aprendió a ganarse la vida de forma honesta, los vecinos le reclamaron a la esposa que ella vivía con un hereje. Su respuesta fue que ella era fiel a la religión de sus padres, ¡pero recomendaba el Evangelio como el mejor remedio para los maridos borrachos! Tampoco fue así por mucho tiempo, ya que ella también encontró la paz que viene al creer.</p>
<p>En mis tiempos en Las Rositas se convirtió al Señor un obrero del ferrocarril, nativo de Tocópero, Estado Falcón, quien había huido de aquella población en desgracia a causa de su vida de pródigo. Convertido de alma y conducta, había vuelto a su esposa e hijos, de manera que contábamos con una puerta abierta en aquella población.</p>
<p>El señor Gordon Johnston y yo viajamos a Puerto Cumarebo por velero al comienzo de 1925. El viaje fue tempestuoso, pero por fin pasamos una noche en Cumarebo y salimos la mañana siguiente a pie para Tocópero, la literatura en sacos sobre nuestros hombros. El candidato nos recibió con gozo y luego nos llevó a conocer sus familiares. Una familia nos invitó a desayunar. Casi no había agua, y nada de platos ni cubiertos. Con los dedos nos aprovechamos de la arepa y huevos fritos, y cayó muy bien el cafecito con leche de cabra. Nos mostraron mucha cortesía y arreglaron un culto para aquella noche en el trapiche. La mayoría de los obreros asistieron, y unos años después algunos de ellos fueron salvados y bautizados cuando el señor Williams predicó en Tocópero.</p>
<p>Visitamos de casa en casa en Cumarebo durante el día y predicamos cada noche. No había camino hasta La Vela de Coro (¡ !) pero llegamos hasta ese pueblo en velero y recorrimos a pie sus calles. Entramos en conversación con cierta señora que estaba beneficiando un cochino. Resultó que ella estaba dispuesta a que predicáramos en su solar aquella noche, y en efecto lo hicimos; hubo buena asistencia de vecinas.</p>
<p>José Naranjo y yo celebramos cultos en Caracas 48 años más tarde, y un domingo me di cuenta de que había más niños que adultos en la reunión de ministerio. Para el bien de los niños, saqué mi <em>Librito sin Palabras</em> y les hablé de su gran mensaje: la página negra que nos dice que somos pecadores, la página roja que nos habla de la sangre de Cristo, etc. Observé que doña Carmen de Naranjo estaba llorando, y supuse que se había enfermado, quizás por el calor y el aprieto de la mucha gente en el local.</p>
<p>¡Cuán equivocado estaba yo! Terminado el culto, doña Carmen me dijo: &#8220;Don Santiago, cuando yo era niñita en La Vela de Coro, usted habló de ese librito en casa de mi tía. Había tanta gente que yo no pude ver, así que me metí entre las piernas y faldas de los adultos y agachada llegué a donde estaba usted. Desde ese día hasta hoy, nunca me olvidé de lo que usted dijo en casa de la tía”.</p>
<p>Fuimos a Coro en un pequeño tren, pero muy poca gente se atrevió a escuchar la predicación por miedo al obispo, así que el día siguiente nos juntamos a una caravana de 24 burros y tres hombres que salían para la península de Paraguaná. Contratamos dos bestias para nosotros y dos para llevar la literatura y maletas. Desde las 9:00 pm hasta las 3:00 am nos quedamos medio dormidos en hamaca, pero de repente el relincho de los animales nos avisó que era hora para un cafecito.</p>
<p>Aquello fue Falcón en 1925, pero ha podido ser cualquier otra parte del país en décadas posteriores. Los párrafos transcritos nos dan un retrato fiel de S.J.S. (y, hasta cierto punto, de toda aquella generación de evangelistas):</p>
<ul>
<li>Las largas caminatas, visitas de casa en casa y culto cada noche en algún sitio menos que atractivo;</li>
<li>El intento inicial, aparentemente sin fruto, en un lugar donde don Guillermo Williams u otros verían una buena obra realizada años más tarde;</li>
<li>Su <em>Librito sin Palabras </em>usado con una claridad, una sencillez y una intensidad tal que una niña lo grabaría en mente de por vida. (Él <em>siempre </em>cargaba uno de esos libritos. Él <em>siempre</em> asignaba una gran importancia a las escuelas dominicales y otras formas de evangelización de los menores).</li>
<li>Y, por supuesto, ¡una noche sin mucho sueño para emprender viaje a las 3:00 am!</li>
</ul>
<p>Se había realizado dos años antes uno de los encuentros más interesantes en la historia de la obra de las asambleas venezolanas. Hubiéramos deseado observarlo secretamente desde detrás de unos racimos de plátano. <em>El Mensajero Cristiano</em> nos prepara por medio de dos entregas fechadas 1923:</p>
<ul>
<li>Ha regresado a nuestro lado el colaborador estimado don Guillermo Williams, acompañado de su digna esposa. El éxito del hermano Williams en el pasado en abrir camino para el evangelio de Cristo en nuevos lugares, nos llena de vivas esperanzas &#8230;</li>
<li>[Un] nuevo obrero, don Heriberto Douglas viene desde Irlanda a unirse con nosotros con la esperanza de ayudar, una vez que pueda expresar sus pensamientos en el castellano &#8230;</li>
</ul>
<p>Nuestro protagonista, por su parte, alquilaba en esa fecha como dormitorio un viejo vagón del ferrocarril en la estación de Las Rositas. Decía en la vejez que tanto el viento como los marranos entraban a toda prisa por los huecos en la pared de un lado y salían con igual apuro por los huecos al otro lado. Estaba solo, y, como hemos venido observando, muy identificado con Jorge Johnston.</p>
<p>Quién sabe qué pensaría el dinámico, rústico escocés. De misioneros de calidad mediocre (en su opinión), Guillermo Williams ya estaba harto. Y tal vez el lector tiene cierta noción de la reacción química que tradicionalmente existe entre ingleses, escoceses e irlandeses. Todos son británicos, ¡pero &#8230;! Y por vez primera las tres razas se encontraban juntos en la obra que tenía a Puerto Cabello como centro.</p>
<p>Se presentaron los señores Williams y Douglas en el vagón. Iban rumbo a Aroa, pero querían conocer a aquel que se había metido en el bosque a sacar muelas como una manera de pescar almas. Aquel soltero flaco, nuevo en el país, vestido de lino blanco en sus agotadoras visitas solitarias en la selva de Yaracuy, inglesamente correcto en sus modalidades, sin duda se proyectaba a primera vista ser &#8220;meramente&#8221; un oficinista.</p>
<p>Heriberto Douglas, por su parte, llegaría a ser (hasta una muerte inesperada en 1935) uno de los irlandeses más comprensivos que la obra en Venezuela iba a conocer, pero su procedencia significaba un elemento nuevo en la fórmula. Lo cierto es que esa química iba a producir burbujas en décadas posteriores, y ninguna de las procedencias raciales dejaría de figurar en la efervescencia. Cuando don Guillermo tenía unos años de haber dormido en Cristo, don Santiago escribió: &#8220;Él me respetaba a mí, y yo a él”. Significativa esa afirmación acertada, y sospechamos que tuvo su origen en un destartalado vagón de ferrocarril en la estación de Las Rositas.</p>
<h2>X &#8211; Al sur en 1929</h2>
<p>&#8220;Después de una ausencia de siete semanas”, decía la noticia en <em>El Mensajero Cristiano</em>, &#8220;han regresado a sus hogares los obreros don Santiago Saword y don Jorge Johnston. Salieron con el auto bien cargado de Biblias, porciones de ella, folletos y tratados evangélicos de varias clases, los cuales fueron colocando en manos de personas interesadas en todos los pueblos, desde Valencia hasta Arauca de Colombia”.</p>
<p>&#8220;Fueron vía Puerto Nutrias y el llano, y aprovecharon la oportunidad de predicar el evangelio durante varias noches, de paso en Acarigua”.</p>
<p>&#8220;En el seno de los hermanos de Guasdualito pasaron dos semanas muy gratas, procurando confirmarles en las Escrituras y recibiendo de ellos muchas expresiones de cariño fraternal. Antes de salir, seis personas pidieron que fuesen bautizadas en el río, lo que fué celebrado con mucho gozo de parte de ellas y de los testigos”.</p>
<p>Dejemos que nuestro protagonista nos cuente:</p>
<p>En los primeros meses de 1928 los hermanos Johnston y Fletcher recibieron una invitación de visitar los creyentes en Guasdualito, Estado Apure, quienes suscribían a la revista argentina <em>El Sendero del Creyente</em>. Parecía que estaban convencidos de la verdad de congregarse en el nombre del Señor Jesucristo y deseaban recibir ayuda espiritual. Enrique Fletcher compró un carro Ford de segunda mano y Jorge Johnston sirvió de chofer. Su viaje duró un mes y su impresión fue favorable. Pero, los esposos Fletcher se marcharon del país y el año siguiente el hermano Johnston me habló de acompañarlo en una segunda visita.</p>
<p>Partimos de Valencia con una buena cantidad de tratados y literatura cristiana. En Tinaquillo, Estado Cojedes, alquilamos una pieza para la noche en una parada frecuentada por los caravaneros de mulas y burros. Estando escasos de recursos, optamos por preparar nuestras propias comidas y valernos de nuestras hamacas en vez de las habitaciones con camas.</p>
<p>El anciano dueño de la posada era un hombre algo grosero pero amistoso. Compró una Biblia a un precio irrisorio, e intentamos darle una idea de qué se trataba. Cuando le preguntamos qué atención había prestado a la eternidad por delante, nos explicó: &#8220;Miren, el mundo es un vasto prado y nosotros somos los burros”.</p>
<p>¡Pobre hombre! Vivió su vida entre las bestias, y no veía más allá de aquello. Pero así es con la muchedumbre. Son terrenales, sin Dios, sin Cristo, sin esperanza. Intentamos interesar a ese señor, como a todos, en el libro que tenía en sus manos y en el horizonte que le quedaba por delante.</p>
<p>Entrando en la vasta llanura, encontramos gente menos fanática y más dispuesta a prestar atención al evangelio. El camino terminó al llegar al gran río Apure, así que cruzamos en balsa y en la mañana emprendimos un viaje de dos días a Guasdualito. No había ni camino ni senda. Los aldeanos nos asignaron un guía —un baquiano, como dicen— pero lo despachamos enseguida porque estaba ebrio.</p>
<p>Guasdualito contaba con dos vías de acceso: el río y los bueyes. El cartero contaba con un buey para el correo y otro para los pasajeros. Las bestias conquistaban los ríos a nado, y a expensas de la comodidad de los clientes.</p>
<p>Buscamos rumbo, hora tras hora, susurrando el himno, &#8220;Guíanos, oh gran Jehová  &#8230;” La gente aconsejaba fijar la vista en cierta palma, o quizás alguna casita en medio de la llanura, y sólo una vez perdimos el camino. Estábamos siguiendo huellas claras, ¡pero era la vía del ganado hacia el barranco del río! &#8220;Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es caminos de muerte”. No había nada que hacer sino regresar unos cuantos kilómetros y comenzar de nuevo.</p>
<p>El Señor tuvo misericordia de nosotros, pero sí hubo un contratiempo. Se quemó una biela del vehículo. Proseguimos con sólo tres pistones hasta alcanzar una casita cerca de nuestro destino. Don Jorge era mecánico nato, aun habiendo nacido en una hacienda y trabajado en una oficina antes de dedicarse al ministerio del evangelio. Anduvo por Guasdualito en busca de una aleación de cobre y castaño. Volvió con cierta pieza de una máquina de coser que encontró en un basurero; instruyó al carpintero del molde que quería; fundió el metal para hacer la pieza que faltaba, ¡y prendió la máquina sin dificultad!</p>
<p>Realmente, no debo decir que no había problema. Estábamos trabajando bajo un techo que hacía las veces de gallinero, y los piojos nos caían encima sin misericordia. Terminada la faena, nuestro mayor interés era dónde bañarnos.</p>
<p>Una de aquellas noches llegamos a un hato para pasar la noche. No queríamos dormir con los vaqueros y optamos por colocar las hamacas en un depósito. Prendimos la linterna para encontrar la viga, y nos encontramos &#8220;cara a cara&#8221; con una tigra mariposa. Los vaqueros se negaron a atender a la venenosa, protestando que querían contar con la serpiente para matar los murciélagos, ya que estos chupaban la sangre de las bestias.</p>
<p>Tuvimos que seguir la marcha. En la mañana entramos en la casita de un llanero para comprar un litro de leche, pero la familia contaba con solamente media tasa. ¡Diez mil cabezas de ganado, y una sola vaca lechera!</p>
<p>Pasamos diez noches con los creyentes, ministrando sobre la Iglesia y las iglesias. Nuestro hermano usó su carta gráfica sobre el tabernáculo. Pero, varias damas fomentaron una división. No querían saber nada de que la mujer debe guardar silencio en las reuniones de una asamblea, ni aceptaban la instrucción sobre una cobertura para la cabeza. Así, el resultado fue que una misión evangélica conquistó ese núcleo.</p>
<p>Nuestro anfitrión, quien era dentista, nos llevó en bongo a un caserío lejano y aislado. Comenzamos la predicación del evangelio a las 8:00 de la noche, y los oyentes escucharon de buena gana. Estábamos por terminar a las 10:00, pero llegó otro grupo. Ellos habían recogido su ganado en el corral, ya que los pumas eran una amenaza, y trajeron hamacas para pasar la noche, así que las avanzadas horas de la densa oscuridad nos encontraron proclamando la  Palabra a un gran número de personas.</p>
<p>Se acercaban las lluvias, de manera que comenzamos el viaje de regreso. El jefe civil había contratado un vehículo con chofer, pero éste no conocía el oficio. Metió el carro en un fango, pensando que la hierba brava sería buen piso. Fuimos en busca de vaqueros, quienes sacaron el coche sin problema, y el oficial le ordenó al hombre que siguiera nuestro coche, ¡ya que supuestamente conocíamos la vía!</p>
<p>Apenas habíamos caído en sueño aquella noche, el hombre nos despertó con la advertencia de que unos insurrectos venían hacia donde estábamos, y a lo mejor nos quitarían los vehículos. Llegó otro viajero, un oficial de la aviación, y formamos una caravana de tres carros en fila, atravesando la caña brava en la oscuridad. Nuestro Padre celestial nos protegió, pero permitió que se partiera una ballesta.</p>
<p>Surgió una discusión sobre si deberíamos buscar a la derecha o a la izquierda. Los amigos eligieron la vía a mano derecha, y aceptamos su consejo. Dentro de una hora, llegamos a la casa de donde salimos. Comenzamos de nuevo, optando esta vez por doblar a la izquierda y preocupados por la falta de combustible. Cayó la noche, pero el jefe civil temía una emboscada, así que no dejó dormir a nadie.</p>
<p>Alcanzamos el río Apure el día siguiente y compramos gasolina de la más sucia a Bs 1 por litro. En Puerto Nutrias un ganadero árabe nos ofreció Bs 100 si lo llevaríamos hasta Valencia, ya que tenía miedo de los insurrectos. Aceptamos. Nosotros también queríamos adelantar lo más posible, pero con miras a partir el pan en la cena en Valencia.</p>
<p>Llegamos a San Carlos cuando todo estaba en oscuridad, así que colgamos las hamacas de las ramas de los árboles. Pero el ganado se rascaba contra las cuerdas, y los mangos nos caían encima. Decidimos proseguir. El camino hacia Tinaquillo era estrecho y seguía el barranco del río. Jorge estaba rendido de sueño y por poco nos llevaba al agua. Yo intenté salvar la situación cantando a voz en cuello, &#8220;Cuando la trompeta del Señor  &#8230;” pero aun así el buen hermano cerraba los ojos y cabeceaba. Tomé el volante hasta encontrar un grupo que celebraba una fiesta. El señor Johnston consiguió una buena tasa de café negro que lo mantuviera despierto el resto del viaje. Llegamos, nos lavamos y nos sentamos en la cena cuando el reloj estaba por marcar las 10:00.</p>
<h2>XI &#8211; Un campo predilecto</h2>
<p>Esta no sería una biografía de los esposos Saword si dejáramos afuera la serranía de Santa Rosa. ¿Cuántas docenas de bancos y sillas se eliminarían de los locales evangélicos de Venezuela hoy día si no se contara con ningún descendiente de los Sequera y las otras familias de esa serranía?</p>
<p>Don Santiago no figuró en el comienzo de la obra en el eje Canoabo &#8211; Santa Rosa &#8211; Quebrada Bonita &#8211; Capita. El evangelio hizo mella por <em>El Mensajero Cristiano </em>y visitas de parte de varios. Podemos mencionar de paso que él sí llegó a la zona antes, en 1926, en una larga circunvalación en los cafetales del oeste de Carabobo, con un grupito de hermanos en la fe de Las Quiguas: Puerto Cabello a San Esteban y Las Quiguas para arriba, bajando hasta La Arena, Las Trincheras, sobre la cuesta de otros cerros hasta Chirgua, una receptividad fea en Canoabo, y luego a Urama y Puerto Cabello, todo a pie.</p>
<p>Lo encontramos en la construcción del primer salón en Santa Rosa, pero más nos interesan las visitas entre 1935 y 1942. Iba la familia entera, y en cada ocasión algunas de las maestras de las escuelas evangélicas también, para seis o más semanas de vacaciones escolares. Decía Jean, la hija mayor: &#8220;Mis recuerdos de niña no incluyen a Mamá descansando en casa. La veo en el Puerto siempre trabajando y atendiendo a gente, pero había esa idea en la familia de que ella descansaría cuando fuera posible pasar una temporada en Santa Rosa. Por supuesto, aun así ella visitaba a veces de día en la serranía, y había culto todas las noches”. Aquellos descansos eran posibles porque una de las familias en particular, la prócer de entre los Sequera, bondadosamente abría su hogar a la familia para comer con ellos cada día.</p>
<p>La señorita Fanny Goff se acuerda de haber salido de Puerto Cabello a las 5:00 am, llegando a Urama a las 2:00; había bestia sólo para la señora Eleanor. Cayó un aguacero tropical, de manera que llegaron a Canoabo a las 11:00 de la noche. Los esperaban creyentes con burros, y todos comenzaron a subir la cuesta. Los visitantes alcanzaron la cima a la 1:00 de la madrugada; la caravana a las 2:00, con todas las pertenencias, incluyendo las camas y sábanas, empapadas hasta lo más adentro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tal vez esta carta, escrita en 1938 por Ruth Guillermina Scott, nos ayude a captar la escena:</p>
<p>Junto con dos de mis colegas en la obra, acompañamos a los Saword a Santa Rosa en las vacaciones escolares.</p>
<p>Vivimos en el local evangélico, el cual está en la cumbre del cerro que encierra el valle. El viaje por burros y mula fue un tanto forzado, ya que las lluvias nos estorbaron, pero es estimulante gozar del aire de montaña y visitar entre estos creyentes sencillos y fervorosos. Hay pueblo de Dios entre casi todas las familias de esta serranía. La caminata a la segunda asamblea en estas partes [Quebrada Bonita] es de tres horas, con igual número de bajadas y subidas en medio del bosque y siembras.</p>
<p>Entre las dos congregaciones habrá tal vez noventa creyentes, mayormente de tez blanco, avispados pero viviendo en condiciones primitivas. El salón de reuniones me parece una estructura africana con sus paredes de bahareque y techo de palma, pero los varones están haciendo adobes con miras a levantar una estructura más duradera.</p>
<p>El paisaje es hermoso: cafetales con sus correspondientes matas de cacao y plátano; siembras de maíz y diversos granos. Uno vislumbra casitas por doquier en los cerros en derredor donde hay receptividad para el testimonio de los creyentes, y en el valle el pueblo de Canoabo donde ellos encuentran burla y persecución. El local aquí en Santa Rosa es como &#8220;una ciudad asentada sobre un monte”, y es encantador observar mientras los creyentes se alejan de las reuniones en la oscuridad, cada grupito con su lámpara de carburo subiendo y bajando por las trochas serpentinas.</p>
<p>Edith Gulston y Fanny Goff dan lecciones de lectura de día, aunque uno de los hermanos en Cristo ha venido impartiendo buena instrucción. Don Santiago está celebrando buenos cultos cada noche. Muchas de las damas no cuentan con velo, así que el marido se quita el sombrero al llegar al local y se lo da a la esposa para que ella se lo ponga.</p>
<p>Don Santiago llegó a conocer aquello (o mejor dicho, aquellos queridos amigos) como la palma de su mano. ¡De esas ocasiones data una buena porción de los relatos acerca de culebras, monos, jaguares, loros y tantos otros animales que animarían sus prédicas por cuarenta o cincuenta años!</p>
<p>Por ejemplo, aquel incidente del loro que cantaba un himno. Muy al estilo suyo, probablemente apren-dido de don Jorge, una visita casera de parte de S.J.S. consistía en una breve plática, un mensaje corto y sucinto según percibía el ambiente (siempre con el pequeño Nuevo Testamento en mano), una oración y luego un himno del suplemento del himnario.</p>
<p>Así que, en el solar de una casa humilde fuera de Capita él comenzó su despedida a todo vapor con el himno, &#8220;¡Oh! qué grande gozo, grande, grande gozo”, ¡cuando se dio cuenta de que tenía la &#8220;ayuda&#8221; del loro de la familia! Ahora, esto ha podido suceder a cualquiera, pero ¿quién pintaría ese cuadro en colores más vivos por el resto de su vida para ilustrar que hay personas que conocen la verdad de los dientes para afuera, pero no tienen convicción de lo que dicen?</p>
<p>En las visitas la señora y yo, con los cinco hijos, nos alojamos en el local evangélico. El hijo Jack (Juan) y yo entramos de regreso del desayuno una mañana y vimos que la cabeza de una culebra sobresalía de entre los adobes de la pared. Ataqué al reptil con un palo, pero se me desapareció en la pared. Mi esposa, entonces, hizo lo mismo desde el otro lado, con el mismo resultado. Cuando nos dimos cuenta de que la culebra no podía salir ni por delante ni por detrás, tomamos aliento y la matamos a golpes. Hecho esto, supimos que su problema era que había tragado, pero no digerido, un sapo que era más grande que las grietas entre adobes.</p>
<p>Una señora en la congregación se molestó mucho con su hijo pequeño porque no quería dormir. Por fin entró ella con una lámpara de kerosén al rincón donde el muchacho protestaba que no quería dormir. Allí estaba una mapanare en la cama, con la cabeza levantada en posición para morder. Fue el amor de Dios que cuidó del niño, sembrándole temor aquella noche. Es en amor por las almas perdidas que el Espíritu Santo convence de pecado y pone el terror de la eternidad en personas como el carcelero de Filipos, conduciéndolos en gracia al arrepentimiento y fe en Cristo Jesús.</p>
<p>Si don Santiago dio mucho a Santa Rosa, ciertamente Santa Rosa dio mucho a la familia Saword.</p>
<h2>XII &#8211; En caminos muchas veces</h2>
<p>No es nuestro propósito intentar una historia de la obra del Señor entre las asambleas en Venezuela, ni identificar la multitud de creyentes en Cristo que de una u otra manera han aportado a la misma. Sin embargo, para tener una noción de las esferas en las cuales don Santiago y sus colegas trabajaron, vamos a trazar sucintamente el crecimiento cuantitativo de las congregaciones. Esta forma de medir no es de un todo fidedigna, ya que por lo regular el trabajo más arduo para el evangelista itinerante es antes de existir la asamblea.</p>
<p>Vamos a &#8220;tomar inventario&#8221; en -</p>
<ul>
<li>1923, cuando S.J.S. apenas había llegado a Venezuela</li>
<li>1933, cuando Jorge Johnston ya se había marchado<br />
y el futuro amigo J.E. Fairfield estaba por llegar.</li>
<li>1946, recién terminada la segunda guerra mundial</li>
<li>1961, el año en que durmió don Guillermo Williams<br />
y otros eventos marcaron un cambio de época</li>
<li>1979, el año en que terminan las listas muy útiles que<br />
Neal Thomson incluyó en su extensa historia sobre el tema *</li>
<li>1988, cuando S.J.S. pasó a estar con Cristo.</li>
</ul>
<p><em>*  Una obra silenciosa: 90 años de las asambleas en Venezuela</em>; 1980;<br />
282 páginas; escrito y publicado por Neal R. Thomson</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong> Número aproximado de asambleas existentes en el país</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<table border="1" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td width="48" valign="top"></td>
<td width="72" valign="top">Total</td>
<td width="60" valign="top">En   Cara-<br />
bobo<br />
y Yara-<br />
cuy</td>
<td width="72" valign="top">Desde   Caracas<br />
hasta Lara<br />
y Falcón</td>
<td width="60" valign="top">En   otras<br />
áreas</td>
</tr>
<tr>
<td width="48" valign="top">1923</td>
<td width="72" valign="top">6</td>
<td width="60" valign="top">5</td>
<td width="72" valign="top">1</td>
<td width="60" valign="top">0</td>
</tr>
<tr>
<td width="48" valign="top">1933</td>
<td width="72" valign="top">18</td>
<td width="60" valign="top">12</td>
<td width="72" valign="top">6</td>
<td width="60" valign="top">0</td>
</tr>
<tr>
<td width="48" valign="top">1946</td>
<td width="72" valign="top">33</td>
<td width="60" valign="top">17</td>
<td width="72" valign="top">15</td>
<td width="60" valign="top">1</td>
</tr>
<tr>
<td width="48" valign="top">1961</td>
<td width="72" valign="top">52</td>
<td width="60" valign="top">24</td>
<td width="72" valign="top">20</td>
<td width="60" valign="top">8</td>
</tr>
<tr>
<td width="48" valign="top">1979</td>
<td width="72" valign="top">83</td>
<td width="60" valign="top">34</td>
<td width="72" valign="top">34</td>
<td width="60" valign="top">15</td>
</tr>
<tr>
<td width="48" valign="top">1988</td>
<td width="72" valign="top">100</td>
<td width="60" valign="top">36</td>
<td width="72" valign="top">35</td>
<td width="60" valign="top">29</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</p>
<p>De que los estados Carabobo y Yaracuy (Puerto Cabello, Valencia, San Felipe, etc). hayan sido la cuna de la obra, ha debido quedar claro en la breve historia que hemos intentado narrar hasta ahora. La columna &#8220;Desde Caracas hasta Lara y Falcón&#8221; quiere decir simplemente los demás estados centrales y centro occidentales, incluyendo para nuestros fines el estado semillanero de Cojedes. Encerrados en aquella columna del cuadro están también los meses y años de sed, soledad y cansancio que nuestros hermanos y hermanas en la fe han pasado en pueblos falconianos. &#8220;Otras áreas&#8221; es la historia de dura brega de parte de muchos en el Zulia y los estados llaneros, andinos y orientales; o sea, el oeste, sur y este de la República.</p>
<p>La participación de Santiago Saword en aquella expansión se realizó más en la columna &#8220;Carabobo y Yaracuy”, luego en la columna siguiente, y menos en la periferia geográfica. Pero eso es relativo. Sería injusto, indecente, dejar de mencionar su sudor en Cabimas y Maracaibo; en Portuguesa y Guárico; en Monagas y Guayana.</p>
<p>Esta fue la época en que las señoritas Saword escuchaban a cierto hermano en el Puerto mencionar en todas las reuniones de oración &#8220;la obra del Señor en toda su extensión desde Caracas hasta Cabimbas”. Vamos a perdonarle por no saber que la ciudad petrolera en el Zulia se llama <em>Cabimas</em>; por lo menos sabía cuáles eran los extremos al este y oeste de los nuevos esfuerzos entre las asambleas venezolanas. Y, por cierto, extremos escasamente poblados de creyentes. Lo que es hoy día la asamblea de El Cementerio en Caracas no fue establecida hasta 1938; la lejana Cabimas en el occidente, el año anterior.</p>
<p>&#8220;Cabimbas&#8221; quedaría solitaria por casi dos décadas. En cambio, la obra en la capital crecería rápidamente y nuestro protagonista no estaba ausente. Pero don Santiago —si bien podía llenar un salón de cualquier tamaño en cualquier parte— no era por gusto propio un hombre de las grandes ciudades, y figuró en Caracas menos que algunos de sus colegas.</p>
<p>Veamos cuatro cartas escritas entre 1939 y 1941 que incluimos por ser típicas de la época:</p>
<p>El hermano Fairfield y yo estamos de regreso de un viaje extenso a lo largo del Estado Falcón, habiendo visitado hasta Cabimas en el Zulia. Por cuanto aquellas asambleas están prácticamente aisladas de ayuda foránea en la temporada de lluvia, nuestra participación fue un estímulo para los creyentes y un incentivo para muchos otros a asistir a las reuniones.</p>
<p>Diez personas en El Mene obedecieron el mandamiento del Señor a bautizarse, dos en Belén [en las afueras de Mirimire] y cuatro en Cabimas. No pudimos quedarnos en Chichiriviche, donde hay tres creyentes que están en condiciones para tomar este paso solemne, de manera que proponemos regresar para celebrar cultos.</p>
<p>Muchos de los caminos son poco más que trillados, y en dos ocasiones los choferes aceptaron de regalo una botella de licor antes de emprender la marcha de noche. Sentíamos nuestra dependencia de Dios cuando los choferes corrían sus camiones cuesta abajo sin cambio de velocidad, no pocas veces hacia un puente estrecho. La tercera vez que encontramos a uno de ellos dormido ante el volante, tuvimos que insistir en un alto para que él y nosotros descansáramos un rato en hamacas.</p>
<p>El pequeño grupo en Cabimas nos dio una calurosa bienvenida, ya que nadie les había visitado en dos años. La primera noche de cultos, su pequeño pero atractivo salón fue objeto de misiles lanzados al techo de zinc, pero logramos protección de la policía para continuar la predicación con buen orden. Tres o cuatro personas mostraron gran interés en su bienestar espiritual y parecían no estar lejos del reino. Acabo de recibir aviso de que uno ya recibió al Señor y que todavía hay buen interés en las reuniones.</p>
<p>***</p>
<p>De regreso por ferrocarril de la conferencia en Aroa me detuve en la pequeña población de Palma Sola, donde la sencilla asamblea del pueblo del Señor ha continuado fielmente por años con poca ayuda de otras partes. El pueblo solitario está en medio de bosque virgen y la gente vive mayormente en gran pobreza e ignorancia. El paludismo impera.</p>
<p>El pueblo del Señor nos recibió muy bien, y los aldeanos se presentaron en gran número para una extracción de muela, quinina para la fiebre o la cura de una úlcera. Tres damas profesaron fe. Por vez primera realizamos un bautismo en el pueblo, cuando una muchedumbre escuchó con atención a la ribera del río.</p>
<p>***</p>
<p>Junto con un joven, celebré una serie de cultos en Sanchón <strong>[</strong>El Palito arriba, un caserío hoy inexistente, donde había una asamblea desde 1934 hasta 1944<strong>]</strong>. Fue la primera vez que habían intentado más que cultos de predicación los fines de semana. Hay pocos en el pueblito que no sean salvos, pero la mayoría de ellos asistieron a nuestras reuniones. Cuatro profesaron fe.</p>
<p>En estos días imprimimos seis mil ejemplares de <em>El Mensajero Cristiano </em>y se distribuyeron mil ejemplares en Valencia, donde hay evidencia de que hace mella.</p>
<p>***</p>
<p>Guillermo Williams y yo visitamos a Maracay y Palo Negro, rumbo a Caracas. En la joven asamblea de El Rincón <strong>[</strong>conocido hoy día como el sector de El Cementerio en Caracas<strong>]</strong> bautizamos a dieciséis creyentes. Tuvimos que quitar la tribuna por la puerta trasera y la mampara por la puerta de la calle para dar cabida a los oyentes. Sesenta y siete nos sentamos para hacer memoria del Señor en el partimiento del pan. El local portátil es demasiado reducido para acomodar al grupo que hay ahora.</p>
<h2>XIII &#8211; A los gentiles<br />
ha dado Dios arrepentimiento</h2>
<p>A medida que avanza la guerra mundial de 1939 a 1945, observamos más y más un detalle en las cartas de este hermano. Es: &#8220;Voy cada tarde <em>en bicicleta</em> hasta el pueblito de &#8230; a X kilómetros de Puerto Cabello &#8230;”, o, &#8220;Estoy celebrando cultos en un caserío a cinco / diez kilómetros de casa. Vamos <em>a pie</em> &#8230;”</p>
<p>Por cierto, fue en estos tiempos que él venía solo, de noche, de regreso de Las Quiguas y San Esteban, y se percató de casi imperceptibles movimientos en la vegetación espesa al lado de la ruta que alguien le seguía. No había nada que hacer, sino seguir con los ojos abiertos y el corazón levantado al cielo en oración. Por fin vio al que lo acechaba: ¡un mono araguato que brincaba de rama en rama de los árboles!</p>
<p>El hecho de que haya contado aquel incidente varias veces en la vejez es ilustración del gran interés que tenía en los animales. Quien sabe si no hubiera llegado a ser veterinario al no haberse dedicado a la proclamación del evangelio. Tan observador era que solía explicar con lujo de detalle cómo reacciona cada clase de animal al encontrarse frente a un automóvil en plena carretera. El uno, decía, se queda indiferente, y muere arrollado; el otro es tan bruto que corre hacía el vehículo; el otro se escapa mucho antes de ser divisado por el chofer; y así sucesivamente.</p>
<p>Los conocía todos, hasta el punto de adornar los vidrios de su biblioteca de chigüire, puma, rabipelado y otros. Es más: era capaz de repasar estas diferentes reacciones de los animales del campo ante el peligro, y de repente citar Proverbios 22.3: &#8220;El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño”. Para él, toda circunstancia y todo detalle en derredor servía de ilustración del evangelio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para llegar a Boquerón, los hermanos empleaban el transporte público. Se trata de un pueblo ubicado entre plantaciones de caña de azúcar a unos veinte kilómetros al sureste de Valencia. La asamblea no sería constituida hasta 1952, pero nuestra historia comienza en 1945. Un hermano en la fe, alejado de la comunión, le escribió a don Santiago a ver si podría evangelizar el pueblo donde ese creyente tenía su negocio.</p>
<p>El pueblo tenía una forma de religión degenerada, una especie de animismo. En sus orgías danzaban en derredor de un cráneo, consumiendo alcohol hasta el amanecer. En nuestra segunda visita con hermanos de Valencia, realizamos un culto pero no podíamos ver cómo reaccionaba la gente, ya que estaban escondidos en la oscuridad. El único que se hizo visible fue el policía ebrio, quien quería llevarnos detenidos; sus amigos salieron del escondite para persuadirle a dejarnos en paz.</p>
<p>Llegamos a saber que podíamos alquilar el antiguo matadero de ganado, que ya estaba sucio y lleno de cucarachas. El hermano Agreda, el que en un tiempo se preparaba para el sacerdocio romano, me ayudó a limpiarlo. Un hombre anciano nos proporcionó un plato de caraotas negras, y con eso nos acostamos. No dormía, imaginándome que unos quipitos ya me estaban chupando las venas. Se presentó un policía que vivía en el edificio, asegurándome que no se predicaría el evangelio mientras él tuviera que ver con el asunto.</p>
<p>El antiguo cuartel en otra parte del pueblo estaba dividido por dentro por tabiques de casi dos metros de altura. Logré alquilar una &#8220;habitación&#8221; como dormitorio y cocina, y otra para José Naranjo y señora. Don Guillermo me prestó su tienda y tres porteños se ofrecieron para recoser la lona que ya tenía treinta años de uso o almacenamiento. En la bondad de Dios, la tienda duró las cinco semanas de cultos en Boquerón.</p>
<p>El cura había mostrado indiferencia, pero ahora organizó una procesión de alumnos traídos en autobús. Comenzaron por marchar en derredor del cuartel, invocando a &#8220;Mamá Dios”, pero el velón de un varoncito le prendió fuego al velo de una niña. ¡Fin de aquello! Teníamos la sensación de que la asistencia mejoraría, y compramos tablas de madera para hacer bancos. Y así fue.</p>
<p>Asistió cierta señora que tenía un genio tal que hasta los varones del pueblo le tenían miedo. La primera noche fue de lágrimas de arrepentimiento, y la segunda fue del gozo y paz que viene del creer. Su fe iba a ser probada en extremo, pero ella moriría fiel al Señor. Su hermano era católico de pura cepa y no quería nada con nuestros cultos en la tienda. Pero le dolían dos muelas y llegó a saber que yo lo atendería. Se presentó, aguantó la extracción, asistió a los cultos, recibió a Cristo como Salvador, y su señora también fue salva.</p>
<p>Pero, escuchemos a don José Naranjo, quien ya tenía unos meses en la obra del Señor a tiempo completo:</p>
<p>En 1946, estando yo en San Casimiro, recibí un telegrama de don Santiago Saword. Me convidó a que le acompañara a explorar la región de Boquerón en el Estado Carabobo. Fuimos como pioneros. Aquel caserío era sucio de inmoralidad, llagas, hechicería e idolatría. Recuerdo con agradecimiento todo lo bueno que aprendí de don Santiago y su esposa, señora Eleanor.</p>
<p>Un día la esposa mía pelaba las papas para el almuerzo y don Santiago leía su Biblia. Llegó el cura con unos pocos seguidores y le reclamó a don Santiago meterse en su parroquia que ya era cristiana. Don Santiago, siempre manso, alegó que Jesucristo mandó a predicar el evangelio a todo el mundo. Mi esposa, con cuchillo en la mano, intervino, y le dijo al cura: &#8220;¿Y qué quiere usted?&#8221; El cura le dijo: &#8220;Cállate tú, porque eres la sirvienta de los americanos”. Respondió ella: &#8220;Es mejor que ser engañador como usted”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En cuanto a la ortodoncia en aquella época, nuestro hermano Fairfield cuenta:</p>
<p>Uno no se olvida de haber sido en algunas ocasiones el ayudante del señor Saword en la extracción de muelas. Aquel ministerio fue bendecido del Señor y muchos fueron influenciados por la atención prestada, y aun conducidos a Cristo también.</p>
<p>Por regla general él anunciaría en una conferencia que estaba a la orden para atender a este oficio entre las reuniones, y siempre era llamativo ver cuántos se ponían en fila. La clínica solía ser una silla debajo de un árbol frondoso. Antes de cada caso nuestro hermano oraba (una oración muy corta; ¡la única anestesia que se administraba!); luego un gesto al asistente a sostener la cabeza del paciente; unos esfuerzos hábiles con el gatillo; y el anuncio: “¡El próximo, por favor!&#8221; Me llamaba la atención cómo algunos no se marchaban, sino que se quedaban para ver cómo resultaría la cosa para el siguiente.</p>
<p>Por supuesto, hay un detalle implícito en todo aquello. Al tener lugar entre culto y culto aquellas veinte, treinta o más oraciones y extracciones, quiere decir que a lo mejor uno o ambos de aquellos señores apenas había dado, o estaba por dar, un ministerio de cuarenta o más minutos, o dentro de pocos minutos estaría predicando el evangelio a todo pulmón ante una muchedumbre.</p>
<p>Desde luego se daba por entendido que &#8220;la víctima&#8221; tampoco iba a perder una reunión por el mero hecho de haberle sido sacada una o dos muelas sin anestesia. Era apenas un pequeño &#8220;extra&#8221; en un día de dieciséis horas de actividad. En las notas y dibujos que S.J.S. había preparado con tanto esmero en Bristol bajo la tutela del odontólogo evangélico, abundaban en referencias acerca de cómo posicionar la aguja, pero esa teoría se quedó en el fondo del baúl cuando nuestro hermano pisó tierra en el país de su adopción.</p>
<p>No tenemos conocimiento de que algún paciente haya sufrido problemas por ese favor que don Santiago ofrecía, aunque no fueron pocas las personas a quienes sacó cuatro o cinco muelas a la vez. Desde sus años en los bosques de Yaracuy él administraba un enjuague bucal preparado con un fuerte astringente llamado Chinosol. Según la publicidad, ese producto alemán era un &#8220;febrilfugio antiséptico, desodorante, desinfectante”, ¡excelente &#8220;tanto para cirujanos como veterinarios!&#8221;</p>
<p>Por supuesto, nuestro hermano iba suprimiendo aquel servicio gratis a la par con la disponibilidad para la atención profesional. Entrando en la década de los 1950, dejó de extraer muelas en las conferencias, continuando en los campos solamente cuando la necesidad apremiaba. Al fallecer, dejó atrás siete gatillos, todos muy oxidados ya.</p>
<h2>XIV &#8211; Enseñando y anunciando</h2>
<p>Leemos en Hechos 15.35 de cuando Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía,</p>
<ul>
<li>· enseñando la palabra del Señor y</li>
<li>· anunciando el evangelio con otros muchos.</li>
</ul>
<p>Así es cómo describimos los años posguerra para los fines de esta biografía.</p>
<p>¿Por qué señalamos a 1946 como un marcador en el crecimiento de la obra en el cuadro que presentamos anteriormente?</p>
<p><em>Primeramente</em>, porque para ese entonces se acentuó la inclusión de venezolanos en el cuadro de obreros. Algunos hermanos nativos del país ya se habían dedicado a la obra de evangelización a tiempo completo, y por supuesto muchos otros habían participado extensamente en la medida que sus circunstancias lo permitían. José del Carmen Peña había ayudado grandemente en la obra desde temprano en los años 1930; fue él, más que nadie, que venezolanizó la evangelización por medio de años de trabajo y buen testimonio a la vez. Pero es a partir de esta coyuntura que encontramos a José Naranjo, José Ramón Linares, etc. en evangelización incesante y eficaz.</p>
<p><em>En segundo lugar</em>, se marchó John Wells, y regresaron al país Edward Fairfield y otros que no habían podido volver mientras la guerra continuaba. <em>Tercero</em>, se ausentaron por un año los esposos Saword y Williams, habiendo pasado todos los años de guerra (1939 a 1945) carentes de suficientes obreros, recursos económicos y medios de transporte. <em>Finalmente</em>, dentro de un año o dos, estaría en Venezuela &#8220;la generación del &#8217;47”. Nos referimos a un nuevo grupo de evangelistas, parejas de Canadá e Irlanda que dejarían profundas huellas en el país de su adopción.</p>
<p>En esos años de la posguerra los extranjeros de mayor experiencia realizaron una vasta obra, tanto de consolidación como de expansión geográfica. Fue como aquellos que leemos que en Antioquía en los tiempos apostólicos, &#8220;Continuaron &#8230; enseñando la palabra del Señor [al pueblo de Dios] y anunciando el evangelio [inclusive en lugares nuevos] con otros muchos”. Ahora tenían colaboradores, pero no por eso dejaron de sacrificarse a sí mismos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El cuadro lo percibimos por la conversación después de cierto culto de oración —</p>
<p>&#8220;Mi querido hermano”, dijo José Turkington, &#8220;hay algo que he deseado preguntarle. Otra vez esta noche usted oró por «los consiervos y los siervos del Señor.» Es muy bueno orar por los siervos en la obra de Dios, pero, hermano, ¿qué quiere decir usted al orar por «los consiervos»?&#8221;</p>
<p>El creyente sencillo contempló al joven misionero como que si tuviera una comprensión muy limitada de las cosas. Le explicó: &#8220;Pues, don José, ¿usted no sabe? Los siervos son, digamos, todos ustedes. ¡Pero los consiervos son don Guillermo, don Santiago y don Eduardo!&#8221;</p>
<p>Efectivamente; a veces solos y a veces juntos; generalmente aparte, cada cual con otro evangelista. (Pero no siempre con el mismo colaborador). A veces en las grandes conferencias, otras veces dando enseñanza en las congregaciones establecidas, otras veces haciendo obra pionera en los rincones más apartados e inhóspitos. Por regla general otros evangelistas entre las asambleas venezolanas han concentrado una mayor parte de sus esfuerzos en su estado de residencia, o por lo menos en determinado sector del país. No así los tres &#8220;consiervos;&#8221; ellos viajaban extensamente y, entre otros beneficios, aportaron de esta manera a cierta integración entre congregaciones dispersas.</p>
<p>Don Santiago no desconocía las visitas de un fin de semana a una asamblea, y muchas fueron las temporadas de tal vez dos semanas para exponer profecía, Egipto-a-Canaan o alguna otra materia idónea para la exhortación y enseñanza del pueblo de Dios. Pero más fue conocido por las largas, intensas series de cultos de evangelización. Él consideraba las primeras dos semanas, digamos, casi como introductoras. Cuatro y seis semanas eran comunes.</p>
<p>Y, por favor, ¡nada de una noche de descanso! Él tenía la idea que la gente de los pueblos y campos no distinguían mucho entre un día y otro en la semana. Pero su concepto de una serie de cultos no era el de apenas predicar cada noche. Su ritmo era de visitas cada tarde, ministerio cada domingo y, en fin, un &#8220;tratamiento intensivo&#8221; para la asamblea en conjunto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hemos visto que en los años 1930 y 1940 él se aprovechaba de una tienda de lona de don Guillermo Williams, pero más adelante consiguió la suya propia. Nada le gustaba más que llevarla a un sitio lejano y apartado. A la tienda que usó en las décadas 1970 y 1980 (su segunda o tercera) dio el nombre de <em>El Pionero</em>, y no sin razón.</p>
<p>Se hace difícil escribir de sus actividades en el apogeo de su servicio. No es por falta de material ni de actividades —de ninguna manera— sino por la uniformidad entre año y año. Cambian los nombres de las localidades, cambian los nombres de sus colaboradores, cambian a veces la receptividad y los frutos aparentes, pero no cambia el ritmo.</p>
<p>En cuanto a localidades, una lista de las campañas evagelísticas parecería el índice del mapa de los estados centrales: más de todo Falcón, Yaracuy, Carabobo y Cojedes, pero sin faltar Lara y Aragua, por ejemplo. Especialmente cuando llegamos a los 1950 y 1960, tampoco quedan afuera el Distrito Federal, Guayana, los llanos y los estados andinos, el Zulia y Estado Anzoátegui.</p>
<p>Desde la perspectiva de los 1990, tal vez parece lógico todo ese esfuerzo en Cumarebo, El Mene, todo el Distrito Puerto Cabello, Valencia y ambas riberas del Lago Valencia, la serranía de Canoabo, varias poblaciones de Yaracuy, San Carlos, etc. y etc. ¿Pero cómo llegaron a figurar aquellas ciudades, pueblos y caseríos como piedras angulares en la obra del Señor en Venezuela, si no fue por esa generación de evangelistas, pastores y maestros, algunos de ellos extranjeros y otros nativos, algunos obreros a tiempo completo, otros participantes a tiempo convencional y ancianos residentes? Los Pablo estaban plantando, los Apolos estaban regando y el crecimiento lo estaba y está dando Dios.</p>
<p>A veces lo encontramos con los señores ya mencionados varias veces en estas páginas, otras veces con la generación del &#8217;47 (José Milne, Juan Frith, y mayormente su buen amigo Bruce Cumming y su yerno José Turkington), con José Ramón Linares, José Naranjo y otros de aquellos tiempos, pero raras veces solo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Si descartamos por el momento el viaje a los llanos en 1928, parece que los Saword se esforzaron por vez primera en Cojedes en 1931. Los señores Saword y Williams celebraron reuniones en Tinaquillo, acompañados de sus respectivas esposas.</p>
<p>¡Papá les ofreció a sus hijas una locha por cada cien moscas muertas que le entregaran!  [La locha era una moneda que valía la octava parte de un bolívar.] Este recuerdo nos da cierta noción de las circunstancias sanitarias (¡y monetarias!) en que vivían, pero plantea un gran interrogante. ¿Cómo es posible que un hombre tan ordenado, tan cuidadoso, hasta fastidioso en los ojos de algunos, haya planificado una cacería de moscas? ¡Y hasta contados los cadáveres para su debida entrega ceremonial! Ahí tiene que faltar algún dato; sospechamos que las niñas hayan sido instruidas en todo un régimen sanitario para la matanza y envasado de moscas sin tocarlas.</p>
<p>Varios fueron los intentos en San Carlos, Tinaco y otras poblaciones en las décadas 1930 y 1940, de parte de un surtido de evangelistas. Y varias las veces que todos ellos casi daban por inútiles sus esfuerzos. Juan Wells preguntaba, &#8220;¿De Cojedes puede salir algo de bueno?&#8221; Guillermo Williams lo llamó &#8220;Estado Jericó&#8221; por encontrarlo tan cerrado.</p>
<p>Pero, viajando hacia el sur en 1934, repentinamente don Santiago paró su vehículo sobre el puente del río Chirgua que es el lindero entre Carabobo y Cojedes. Dijo a los señores Fairfield y Williams: &#8220;Ahora, hermanos, vamos a orar a favor de las siete iglesias del Cojedes”. No había ninguna, ni habría por diez años, pero hoy hay siete asambleas en aquella entidad federal.</p>
<p>Casada la hija Ruth con José Turkington y residenciados ellos en San Carlos a partir de 1950, nada hay de raro en que S.J.S. se encontrara en campañas intensas en una y otra población cojedeña. Una de las que no dio frutos es El Baúl, un pueblo apartado que él ya conocía mucho antes en compañía de otros.</p>
<h2>XV &#8211; Esposa y madre</h2>
<p>&#8220;Doña”, le dijo el médico suizo en Caracas en 1957, &#8220;yo no quiero dudar de la palabra suya, pero se me hace difícil creer eso. Para revalidar mi título en medicina cuando emigré a este país, presenté una tesis sobre las cinco enfermedades endémicas en Puerto Cabello durante la guerra mundial: filariosis, paludismo, fiebre amarilla, bilharziosis y tripanosomiasis (mal de chagas). Usted dice que crió cinco hijos en Puerto Cabello en los años 1930, ¡y no perdió ninguno! No, doña, eso sería muy raro”.</p>
<p>Pero así fue. Tres hijas y luego dos varones. Ella, su esposo y uno de los varones cayeron víctimas del paludismo en una u otra ocasión, una hija con septicemia y un varón con fiebre tifoidea. No es poca cosa, pero en la bondad de Dios no pasó de allí.</p>
<p>Probablemente don Santiago no usó mucha psicología la noche que acudió al médico pidiendo consejo sobre la manera en que él mismo y la señora Eleanor estaban atendiendo al niño con paludismo. Habiendo pasado por ese camino varias veces, ¡a lo mejor él se sentía experto en la materia! Menos mal que estaba bien orientado, porque la respuesta que recibió fue: “Si está así de enfermo, vaya a la funeraria en vez de molestarme a mí”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&#8220;Confío en que mi deseo siga siendo el servicio para el Señor en cualquier senda que Él quiere que yo tome”, escribió la entonces señorita Eleanor en 1926. Y así fue. Aquella &#8220;cualquier cosa&#8221; abarcaría el papel de esposa, madre en su propio humilde hogar, madre entre el pueblo de Dios y socorro de los desam-parados.</p>
<p>Nadie va a negar que el papel de esposa y madre resta de una dama el tiempo y oportunidades que la soltera tiene —o al menos, puede tener, si las busca— pero el correr de los años y las ricas experiencias del hogar le dan a esa misma mujer una mayor comprensión y hasta mayores oportunidades una vez alcanzada la edad madura.</p>
<p>En los primeros veinte años de su vida matrimonial la señora Eleanor se forjó en las circunstancias sumamente restringidas que tipifican a muchos hogares misioneros. Su marido estaba ausente mucho más que presente; ella vivía &#8220;en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias;&#8221; había el gozo de ver la obra del Señor desarrollarse, pero a la vez grandes presiones y contratiempos en esa misma esfera.</p>
<p>Y, aquel matrimonio se formó con el privilegio pero también las muchas complicaciones en relaciones humanas que conllevaba vivir en el mismo edificio que albergaba a otros en la obra, a la escuela diaria, a la imprenta y también al propio local evangélico (hasta 1935), excepto por las dos ocasiones en que los esposos Saword se residenciaron en Valencia en la ausencia de los Fletcher. No dudamos de la buena voluntad de ninguno de los actores en el drama, pero, procurando palpar desde esta distancia aquel hacinamiento frente a Plaza Bruzual, nos viene a la mente aquel trozo de poesía:</p>
<p>Vivir allá con santos que amamos, ¡aquello será la gloria!<br />
Vivir acá con santos que conocemos, ¡ésta es otra historia!</p>
<p>Ella entraría en la plenitud de su dedicación al servicio una vez que las circunstancias lo permitían al final de la década de los 1940, en parte porque los hijos empezaron a dejar el hogar paterno. Pero no vamos a insinuar que los vástagos no se hayan extendido sobre el muro aun en los primeros veinte años; semejante afirmación no sería cierta.</p>
<p>Por ejemplo, la extracción de muelas en los caseríos. Claro está que aquél fue ministerio de don Santiago, pero —las conferencias aparte— adivine el lector quién era que tranquilizaba al pobre candidato que iba a sufrir el proceso, sosteniéndole la cabeza, susurrando palabras de consejo y consuelo, administrando Mecca, ¡y a la vez calmando a su propio esposo tan tenso!</p>
<p>Otro ejemplo hay en los toques a la puerta cuando alguna niña decía: &#8220;Señora, Mamá manda a pedir trapos”. La traducción es que alguna señora —y las tales abundaban entre el pueblo de Señor y las vecinas del Puerto— estaba por dar a luz por décimanona vez y no tenía nada en que envolver la criatura. Por supuesto, la doña tenía trapos limpios; los guardaba celosamente, e intentaba prever quién se acercaba a la fecha de requerir trapos, para que no fueran necesarias tantas diligencias a medianoche.</p>
<p>Y los cadáveres. Uno de los recuerdos de la hija de ella que también sería enfermera, es el de salir de noche con Mamá cuando llegaba la noticia de la defunción de algún miembro de la asamblea. Alguien tenía que preparar el cuerpo antes que fuera llevado a la funeraria, ¿y quién mejor que doña Eleanor?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es de todos sabido que la casa para ancianos en Puerto Cabello es una de las actividades más llamativas que las asambleas venezolanas realizan. Es una aplicación palpable del principio escriturario de hacer bien a todos, mayormente a los que son de la familia de la fe.</p>
<p>El primer hogar para ancianos pertenecientes a las asambleas fue un intento modesto en comparación con los dos que existen actualmente en el país, limitado a la atención de media docena de la iglesia local en el Puerto. En 1946 se alquiló una casa para dar inicio y en el mismo año se adquirió el terreno en Ezequiel Zamora, donde hoy día funciona el Hogar que fue construido a finales de la década de los 1960. Después de una interrupción en la iniciativa, en 1951 se compró el inmueble al lado del local en Calle Sucre y la señorita Edith Gulston comenzó a administrar el proyecto sobre una base más extensa que la original.</p>
<p>Sin duda son varios los hilos que se unieron para hacer posible esta atención a los ancianos que requieren cuidado fuera del seno de su propia familia (si es que tienen familia), y sin duda fueron varias las hermanas en la fe en Puerto Cabello que abnegadamente se prestaban para imitar, dentro del marco de sus posibilidades, a Aquel que en otra época andaba &#8220;haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo”. Con todo, el nombre de Eleanor de Saword exige y merece mención.</p>
<p>A título de ejemplo, la señora Juana &#8220;Chucha&#8221; de Bracho cuenta que fue en 1938 que ella comenzó a darse cuenta de la manera en que la misionera estaba alimentando a ciertas ancianas que vivían a la orilla del mar. Unos meses antes, un maremoto había azotado al Puerto y la casita quedó de un todo tapiada, Josefita (una creyente) y sus hermanas adentro. Don Santiago y el señor Bernardo Zambrano rescataron a las tres.</p>
<p>La hermana que escribe esto trabajaba en el Colegio Evangélico y una puerta del salón de clase permitía ver la persona que entraba o salía de la casa. Por ese motivo podía observar que Dolores entraba todos los días con un envase donde doña Eleanor le preparaba algo para llevarle a Josefita. La mañana del 30 de noviembre de 1939 doña Eleanor se acercó a la puerta del salón y me dijo: &#8220;¿Estás notando que Dolores no ha pasado hoy?&#8221; &#8220;Sí, Señora”, le dije, &#8220;tal vez se le ha hecho tarde”.</p>
<p>&#8220;¡Cómo le parece! Me avisaron esta mañana que Dolores murió en la madrugada. ¿Quieres ir un rato antes del entierro?&#8221; &#8220;Sí, Señora, sí voy”, le contesté. Me sentí muy triste, porque sabía que Dolores salía a buscar ayuda para sí y para su hermana mayor. Pensé: &#8220;¿Qué va a pasar ahora? ¿Qué hará el Señor?&#8221;</p>
<p>Al despachar los niños de la clase, salimos para allá, pero hoy pienso lo que ese día no pensé, y es que doña Eleanor y don Santiago habían ido y arreglado las cosas del entierro, porque ellas no tenían familiares. Me doy cuenta ahora de que ésta fue la razón porque cuando llegamos al ranchito, se oyó un murmullo entre los observadores que estaban por allí, y decían: &#8220;Esa es la señora; ésa que llegó es”, y fueron acercándose para verla, y luego dijeron, &#8220;¡Pobre cieguita! ¡Cómo hubiera hecho para enterrar a su hermana, sin la ayuda de esa gente”. Cuando se llevaron el féretro, quedamos las tres en el ranchito, doña Eleanor, la cieguita y yo. Era muy fácil entender en el rostro de doña Eleanor la aflicción de su corazón mientras oía la cieguita que lloraba.</p>
<p>Se notaba que estaba librando una batalla en su corazón. Pues, aquella ciega, hermana en la fe, vivió el resto de su vida en casa de la maestra de escuela, amparada por la canadiense en lo que a comida y otras cosas se refería. Tal vez habrá sido una de las primeras de varias iniciativas de esta índole que mi hermana en Cristo tomó.</p>
<p>Pero seis años más tarde la señora de Saword se dio cuenta (o, manifestó que antes se había dado cuenta) de que algo más hacía falta. Sigue la señora Chucha:</p>
<p>Para el año 1945 hubo en nuestra congregación un hermano ancianito llamado Jesús María Olivero, a quien todos llamábamos Chucho. … No hubo otra cosa que hacer sino llevarlo a un asilo de ancianos que el gobierno había creado en esos días. La casa no tenía ninguna comodidad ni condiciones higiénicas, y los ancianitos se lavaban en el río. Había varios con úlceras, carentes de un cuidado especial, pero también tenían que ir al río para asearse.</p>
<p>Una tarde que fuimos a visitarlo, doña Eleanor se mostró muy triste y preocupada al encontrar al hermano Chucho tan sucio y hediondo. Cuando terminó la visita tomamos el pintoresco y atractivo camino de regreso a la ciudad. Era fresco y sombrío; siempre veníamos alegres atendiendo a las preguntas de los niños que iban con nosotras. Pero esa vez Eleanor venía pensativa y silenciosa, y todos nosotras en igual condición.</p>
<p>En voz muy suave ella dijo, dirigiéndonos una mirada conmovedora: &#8220;Estoy pensando que ha llegado la hora cuando debemos comenzar a pedir un hogar para nuestros ancianos. Pedir al Señor con todo fervor que nos proporcione la manera de poder tener nuestros viejitos que no tengan familiares en un hogar donde no tengan que sufrir lo que está sufriendo el hermano Chucho”.</p>
<p>El propósito que nació de ese corazón para ponerlo delante del Señor no se hizo esperar. Ella comenzó a conversar con algunas hermanas y les manifestó el propósito que debían llevar delante del Señor. Así se dispusieron llevar en oración a la presencia del Señor la necesidad de un hogar para nuestros ancianos, y muy pronto comenzaron a reunirse [nueve de nosotras] para orar todos los miércoles y procuraban reunir lo que pudieran.</p>
<p>Quedó viuda Margarita, la que había sido esposa de don Calletano Maduro &#8230; También había otra hermana que no tenía dónde vivir llamada Pancha Salcedo, otra llamada Manuela Aranguren y una holandecita llamada Panchita Martínez. Cuando se presentó la necesidad de estas hermanas, doña Eleanor y algunas otras, en comunión con los hermanos responsables, alquilaban una casita en la calle Santa Bárbara como a cinco cuadras del Colegio Evangélico. Con la ayuda del Señor y la colaboración de algunos hermanos, el lugar fue organizado para recibir las hermanas ya nombradas, bajo la atención de doña Eleanor y las hermanas que siguieron orando con más fervor.</p>
<h2>XVI &#8211; Joven fui, y me he envejecido</h2>
<p>La pareja continuó hasta 1981 la rutina que hemos esbozado. Desde luego, esposo y esposa andaban juntos, libres ya de las ataduras de una familia. Había las dos revistas que componer, como se comenta en el Prefacio, los escritos para revistas cristianas en el exterior, la obra pastoral en Puerto Cabello y las conferencias de fin de semana como una obligación en la mente suya. El resto era campañas de evangelización y reuniones de enseñanza para los creyentes, casi a lo ancho de la República.</p>
<p>Neal Thomson se acuerda de Carora en 1984:</p>
<p>Los esposos Saword acompañaron a Juan Frith en una campaña, antes de existir la asamblea en aquella ciudad. Al visitar, los encontré en una pieza de dimensiones reducidas y ventilación insignificante. El techo de zinc era bajo y el calor hubiera sido insoportable para muchos. Yo preguntaba dentro de mí si la pareja podría continuar las dos semanas previstas, pero resulta que en su afán por evangelizar ellos decidieron prolongar la estadía.</p>
<p>Quizás debemos hacer mención de otra forma de honrar a Dios y enriquecer a su pueblo. Nos referimos a las “meditaciones” en la cena del Señor. Al leer un pasaje antes del partimiento del pan -cosa que él reconocía como altamente deseable y trata en dos escritos en este libro- sus comentarios eran sucintos, relevantes y dulces al paladar.</p>
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<p>Pero, la década de 1980 fue tiempo de gran turbulencia en las asambleas de los estados centrales del país, y en otras también. Era un período de cambio generacional, pugnas por el poder y temor ante la maduración en las asambleas. Ya no era posible que unos pocos intentaran atender a todo en la hora del té en los intervalos de las conferencias, si es que alguna vez éste había sido un procedimiento aceptable. Y, moscas muertas hacían heder el ungüento de la comunión hermanable, valiéndose del nacionalismo, clericalismo y otros artificios para dar mal olor a las relaciones entre congregaciones y entre obreros.</p>
<p>Don Santiago no era un líder por palabras, sino por ejemplo. El ambiente llegó a ser tal que aquellos que han debido ser los primeros en seguir su ejemplo, fueron precisamente quienes lo rechazaron. Jamás lo habría hecho, pero ha podido decir: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí”. Le dolió hasta lo más profundo el ambiente en la ciudad donde había vivido por sesenta años; y lloró al saber de iniciativas tomadas en otras partes.</p>
<p>Averiguó los hechos, fijó su posición y se ocupó de su propio ministerio. Ha podido emplear el salmo gradual sobre las tiendas de Cedar: “Yo soy pacífico; mas ellos, así que hablo, me hacen guerra”. Por cierto, una tarde caminó lentamente hacia su puesto en uno de los locales evangélicos al sur de Valencia, hombre por demás cansado ya, cuando uno de los porteros dio en el clavo al susurrar a su compañero mientras lo contemplaban. Dijo: “Allí va el apóstol del amor”.</p>
<p>Contando con hijas casadas y residentes en Valencia y San Carlos, era lógico que a su edad la pareja pasara más y más tiempo con ellas. Pero había otra consideración de peso. En el estado Cojedes y en el norte de la ciudad de Valencia hubo puertas abiertas, grandes y eficaces, para la evangelización. Al percibir un ambiente propicio para predicar la Palabra y visitar en un pueblo, él era como polilla atraída a la lámpara. ¡Nada mejor que cultos en el apartado caserío de Buenos Aires, con sus bancos de troncos aserrados en el primer localcito, o celebrar su última serie de cultos para inaugurar el segundo local cuando ya no daba para predicar con claridad. (La hija cojedeña protestó que él no podía viajar tanta distancia cada noche, pero él la cortó con: &#8220;¡No voy a ir caminando!&#8221;) Retrocediendo, haremos mención que Don Santiago estaba en una campaña bajo lona en Los Colorados, en los afueras de San Carlos, cuando su esposa dio su último suspiro. Él perdió una sola noche de culto.</p>
<p>En 1981 levantó su tienda de lona en Naguanagua junto con otros. Vieron un elevado número de verdaderas conversiones. Así que, en 1983, 1984 y 1985 nuestro hermano realizó en colaboración con la asamblea de Bárbula la “segunda carpa” y la tercera y la cuarta en el mismo sector. (En realidad la secuencia en el modo de hablar de aquella asamblea es errada; él había celebrado en 1974 una serie de cultos bajo lona en lo que es hoy el estacionamiento de Bárbula, refrendando como si fuera la obra que había comenzado en el norte de Valencia -hoy Municipio Naguanagua- el año anterior).</p>
<p>Dios bendijo ricamente. Las tres asambleas que existen hoy en el municipio cuentan con un grueso número de miembros que fueron contactados y/o salvados en aquellas ocasiones. Dio gusto darse cuenta de la ayuda que el Espíritu Santo estaba dando a los predicadores jóvenes y del esfuerzo de parte de tantos creyentes. Pero, al invitar a algún visitante a volver la noche siguiente, vez tras vez la respuesta fue: “Bueno, ¿y ese viejito va a hablar de nuevo?”</p>
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<p>Su habilidad para comunicar ideas era legendaria. Mezclaba cariño, sentido del humor e ironía. No hablaba ridiculeces, ni usaba la tribuna para contar chistes, pero sabía meter estocadas que los oyentes podían recibir de buena gana.</p>
<p>Al dar ministerio sobre la responsabilidad del creyente de sostener económicamente la obra del Señor, explicó amablemente: “Algunos tienen a los siervos del Señor en muy gran estima. Nos consideran tan angelicales que podemos volar con alas a celebrar una serie de cultos en la asamblea, sin tener que costear siquiera la gasolina, y al regresar a nuestros hogares,<br />
¡no tenemos necesidad de comer!”</p>
<p>Don Santiago tenía la costumbre nada positiva de anunciar el pasaje de las Escrituras y empezar a leerlo de una vez, sin dar tiempo para que uno lo buscara en su propia Biblia. Pero en cierta conferencia dijo: “Vamos a leer en la profecía de Joel. Ahora, ¿usted sabe encontrar ese libro? Quién sabe si cuando llega al cielo, un anciano se le acerque para decir con cariño: «Mucho gusto. ¡Qué bueno estar aquí! Yo soy Joel. Dígame: ¿Le gustó mi libro?»” “«¿Libro?» dirá usted. «¿Qué libro?”» Y el viejo se marchará meneando la cabeza, diciendo: «Francamente, no entiendo. Hay gente en el cielo que no ha leído la Biblia.»”</p>
<p>En cierta ocasión José Turkington contó que la noche anterior, en un caserío de Cojedes, S.J.S. anunció el himno, “Siempre para arriba nuestra senda va”, y les explicó a los creyentes que deben ser como la garrapata. “¿Quién ha visto a una garrapata bajando por una pared? No señor, siempre va hacia arriba”. ¡Menos mal que nadie le recordó que la garrapata suele caer precipitadamente del techo! A don Santiago no le gustaba que uno restara de sus anécdotas.</p>
<p>Una noche contó cuántas copas de champaña se consumía en cada banquete del rico de Lucas capítulo 16, cuántos coches y coronas de flores había en el entierro y cómo fue la tumba de mármol. Nos explicó cómo los obreros del municipio tiraron el cadáver de Lázaro en la fosa común, y así sucesivamente.</p>
<p>Pero quizás de mayor impacto -de emoción superficial no estamos hablando- fue la noche que preguntó si acaso alguien no había visto a la señora de la casa preparando caraotas negras. ¿Y quién, pero quién, entre los adultos y niños en la tienda aquella noche no conocía perfectamente bien cómo una mujer venezolana separa los granos malos de los buenos antes de echar estos a la olla?</p>
<p>En absoluto silencio, don Santiago “vació” caraotas imaginarias sobre la tarima. Todavía sin decir palabra alguna, con ese largo, huesudo dedo él iba “separándolos” uno por uno: dos a la izquierda, una a la derecha, tres a la izquierda … Luego, la vista clavada en el auditorio, pronunció solemnemente: “Irán éstos al castigo eterno”. Todos los invisibles granos malos fueron despachados al suelo con un solo gesto. Y así, “y los justos a la vida eterna”, con los granos buenos supuestamente metidos en su bolsillo.</p>
<p>Así predicaba. En boca de otro habría sido casi blasfemia. En boca de uno que estaba citando las Escrituras de arriba abajo, apelando intensamente a sus oyentes con reverencia y cariño, era manifestación de un don dado por el Señor de la mies.</p>
<p>Por supuesto, esa agilidad mental le permitía tapar con la corbata las manchas en la camisa. La última vez que se marchó del país, vio que un empleado de la línea aérea estaba recogiendo un documento en la puerta de embarque. Le dio un <em>Mensajero Cristiano</em>. El mozo a su lado explicó: “No, Abuelo. Él está pidiendo el pase para abordar el avión”. El viejo respondió severamente: “Claro que pide la tarjeta de embarque, ¡pero ese señor también tiene un alma que salvar!”</p>
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<p>Carora fue el principio del fin para la señora. La pareja apenas había llegado al hogar de los Cumming esperando una jornada a toda máquina en Falcón cuando la doña sufrió una hemiplejia. Quedó manifiesto que se habían acabado los viajes en bongos, las escaleras para pintar textos en los locales y los ranchos primitivos convertidos en hogar para los evangelistas itinerantes. “La Debilitada” había servido a su larga generación por la voluntad de Dios.</p>
<p>Pero no cayó en sueño de una vez, sino que agonizó por año y medio, a veces lúcida y a veces semiconsciente pero sin comunicar mucho. Una vez sopló en voz débil: “Santiago no podría aguantar esto”. Cierto, ¡ni la abrumadora mayoría de nosotros tampoco! Pero ella lo aguantó con estoicismo. El día 22 de febrero de 1986 se cumplió Santiago 2.26: “El cuerpo sin espíritu está muerto”. Vamos a decirlo mejor al son de 2 Corintios 5.8: “Ausente del cuerpo, y presente al Señor”.</p>
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<p>Una vez difunta su compañera tan idónea, y él visiblemente deteriorado, uno de los responsables le insinuó a don Santiago que el día de las grandes campañas bajo lona había llegado a su fin. La respuesta fue contundente: “He perdido a mi esposa, pero no a mi carpa”. Se levantó la tienda en Naguanagua dos veces más mientras él vivía, en 1986 y 1987. “La quinta carpa” y la sexta no eran como las anteriores, pero en ese prolongado proceso de debilitamiento nuestro hermano estaba aportando al desarrollo espiritual de unos cuantos que ahora son líderes entre el pueblo de Dios en aquellas ciudades.</p>
<p>Llegó a la mesa una mañana en Valencia, lleno de contentamiento, y anunció: “Veinte mil”.</p>
<p>“¿Qué?” le dijeron, “¿Veinte mil?”</p>
<p>“Sí, por supuesto sin contar aquéllas que le escribí a Mamá. A esas nunca les asigné número en mi agenda”.</p>
<p>Era que a partir de 1923 él se acostumbró a numerar consecutivamente las cartas que escribía. En los últimos años de vida destruyó casi todas las que había guardado, y casi todas sus agendas también. ¡Cuánto más fácil habría sido escribir esta biografía si hubiera dejado atrás algunas! Pero sí dejó una que otra agenda que evidenciaba lo meticuloso y concienzudo que era: “Recibí Bs 500 para ser repartido entre consiervos. Le debo Bs 0,37 a Delfín Rodríguez”. O: “Entregué Bs 48,75 c/u a los hermanos A y B; Bs 48,50 al Sr. C”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En materia de la mayordomía ante el Señor, su pueblo se divide en tres grupos. Es de temer que hay aquellos que prácticamente se limitan a dar una limosna a Dios, si es que asisten a la cena del Señor. Hay una mayoría que le dan un porcentaje casi fijo de sus entradas. Y, hay aquellos que perciben sus entradas como del Señor y guardan para su propio uso solamente la reducida parte que su conciencia les permita. Don Santiago era de la tercera categoría. (“A sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios”, 2 Corintios 8.5).</p>
<p>Pasados los 92 años, él reconoció tardíamente que ya no podía manejar sus finanzas. Le exigía tres pasos a la hija:</p>
<ul>
<li>Primer paso: “Dame el 10% de todo eso, en billetes de diez bolívares”. Invariablemente, aquellos billetes iban a los bolsillos de su saco, para ser repartidos a viudas, etc. Para ese entonces, diez bolívares no era nada, debido a la inflación, pero él estaba siguiendo el patrón de largos años. Murió con los bolsillos repletos de billetes de Bs 10.</li>
<li>Segundo paso: “¿Qué debo?” “Papá, nada”. “¿Seguro, absolutamente nada a nadie? ¿He cumplido con todos?”</li>
<li>Tercero paso: “Manda el resto a la obra del Señor”.</li>
</ul>
<p>Habiendo abusado de la confianza en contar aquello, enfaticemos que ése era su modo de ser, que no podía cambiar a esa edad. No hablaba primero de afrontar gastos, sino de poner a un lado una parte de las entradas. Estamos seguros de que por muchos años él y su señora se trancaban en el segundo paso. No en estar endeudados con el comerciante de la esquina, sino en no haber tenido con qué comprarle a él. Pero, superada esa etapa, volvieron al primer paso: lo que habían recibido era realmente de Otro.</p>
<p>De que él era exagerado en su afán de restringir los gastos, no se puede negar. Viendo ahora aquellos números de <em>El Mensajero Cristiano</em> y de <em>La  Sana Doctrina</em> de los tiempos cuando se buscaba dónde comprar papel de segunda, etc., y considerando con cuán poco la señora contaba para facilitar los quehaceres de la cocina, uno tiende a tildarle de mezquino.</p>
<p>Pero hemos procurado explicarlo. Él nació en pobreza, se levantó en estrechez y sirvió en la obra del evangelio desde los años 1920 hasta los años 1960 (¿o más?) en medio de gente de pocos recursos. Obsequiaba con gusto, con la orientación de su esposa, pero compraba con criterio de escasez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Habiéndose percatado de tantas situaciones a lo largo de una extensa vida, no podía ver que su propio fin se acercaba. O, no quería aceptarlo. Queremos poner la mejor interpretación posible sobre lo que dijo en voz quebrantada un par de semanas antes de dejar a este mundo. Había pasado muy mal toda una noche y al amanecer la hija exclamó: “Pero, Papá, ¿<em>qué es</em> lo que tú quieres?” Él no perdió la oportunidad, y replicó: “¡Quiero salir de aquí y predicar el evangelio!” ¿Y por qué no, si por setenta años lo había hecho como pocos?</p>
<p>El 6 de septiembre de 1988 Santiago Saword terminó la carrera. Dios enterró a su obrero y prosiguió con su obra.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Honor al merito: Biografía de José Naranjo</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Jun 2011 00:51:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nbruley</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biografía e historia]]></category>
		<category><![CDATA[101]]></category>

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		<description><![CDATA[José Naranjo Honor al mérito Una autobiografía ampliamente anotada Dicho sucintamente José Naranjo nació en Cumboto, Estado Aragua al comienzo de 1907 y falleció en Caracas en agosto 1981. Su esposa, la señora Carmen, nació en La Vela de Coro, Estado Falcón, en 1908 y falleció en Caracas en 1984. Se casaron en El Mene &#8230; </p><p><a class="more-link block-button" href="http://tesorodigital.com/honor-al-merito/">Continuar leyendo &#187;</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>José Naranjo</strong></p>
<p><strong>Honor al mérito</strong><strong> </strong></p>
<p><strong><em> </em></strong></p>
<p>Una autobiografía ampliamente anotada</p>
<h3>Dicho sucintamente</h3>
<p>José Naranjo nació en Cumboto, Estado Aragua al comienzo de 1907 y falleció en Caracas en agosto 1981. Su esposa, la señora Carmen, nació en La Vela de Coro, Estado Falcón, en 1908 y falleció en Caracas en 1984.</p>
<p>Se casaron en El Mene de Acosta (San Lorenzo), Estado Falcón. No tuvieron hijos. Se trasladaron a Santa Teresa del Tuy en 1937 y a Caracas -donde tuvieron su residencia hasta fallecer- en 1938.</p>
<p>Don José oyó el evangelio por vez primera en El Mene en 1932. Fue salvo en Caracas al comienzo de 1937 a la edad de veinte y nueve años. En 1945 se dedicó a la obra del Señor a tiempo completo.</p>
<p>Señora. Carmen confesó fe en Cristo Jesús a la edad de 28 años, animada por el cambio observado en su esposo y por la lectura de la historia en Lucas 7 de la mujer pecadora que ungió los pies del Señor con perfume de gran precio y fue perdonada.</p>
<p>La reseña que sigue consta mayormente de memorandos que don José redactó en sus últimos años; dos de ellos están incorporados en <em>La  Obra Silenciosa</em>. Se ha intentado presentar su contenido en su contexto cronológico, añadiendo información de interés, pero de ninguna manera logrando el estilo literario tan propio de nuestro hermano en Cristo.</p>
<h3>Cumboto</h3>
<p>De su padre, nada se sabe. Al tener él cuatro años se le murió su madre. Su único recuerdo de la ocasión fue haber sido llevado a verla antes de su partida, y ella exclamó, “¡Mijo, mijo!” Quedó al cuidado de unas tías, e iba a escribir, “Fui una calavera desde mi niñez”.</p>
<p>A la edad de sesenta años, incorporó en uno de sus escritos el comentario, “se me revolvió el mulato”.</p>
<p>Crecí sin preparación en profesión definida, porque no tuve ninguno que me estimulase a ello. En [mi] agitación juvenil pasé los años; a veces en aspiraciones estúpidas y bastardas y a veces sin ningún deseo a superación en nada.</p>
<p>En 1966 escribió: “Después de cuarenta y cinco años volví al pueblo donde nací”, insinuando —pero no afirmando— que no había estado en Cumboto desde 1921. Prosiguió, muy acorde con su característica arraigada de recordar y añorar ‘los tiempos de antes’: “Bajé al río donde solía retozar cuando muchacho; nada había variado; las enormes peñas del pozo de ‘chocoarmado’ estaban en el mismo lugar, dormidas con la música del agua que pasa sobre ellas”.</p>
<p>Difunto Don José, su amigo Víctor Suárez Linares escribió desde Maracay: “Puedo recordar las visitas que hacíamos al pueblo de Cumboto [en 1966 y 1972] &#8230; donde pude observar su abnegación, interés y amor hacia aquellos que están sin Cristo”. Él contó que las ancianas del pueblo, al verle después de tantos años, exclamaron: “¡Es José Jesús! ¡Y viene <em>prendincando</em>!”</p>
<p>No nos avanzaremos indebidamente; el protagonista nos hablará de aquello de <em>Jesús</em> cuando llegamos en la historia a 1938<em>.</em></p>
<p>Naranjo tenía gusto por la historia, y contaba de la manera más interesante sus recuerdos de ferrocarriles (¡cuánto lamentaba su desperdicio y desaparición!), bosques, las idiosincrasias de “personajes” que conoció, y tantos otros temas. No hace falta nombrarlos, porque en esta breve biografía vamos a incorporar lo que escribió en tres memorandos largos. Ellos por sí solos bastan para hacernos ver la versatilidad de su mente y su habilidad de vivir las escenas de su mocedad y de sus viajes en evangelización.</p>
<p>Juan Vicente Gómez era uno de sus temas predilectos, y sospechamos que se debía en parte a que Naranjo era hombre de orden y disciplina.</p>
<p>Sé que para [1916] el mundo se encontraba azotado por una guerra mundial. Cada quince días el hombre llamado “el correo” cruzaba las montañas entre San Joaquín, Vigirima y Ocumare de la Costa llevando en sus hombros una valija de correo. En Cumboto, Don Pedro Reyes recibía el periódico <em>El Nuevo Diario</em>. Don Pedro con sus colegas se ponían a discutir los trances de la guerra, y los veía con mucho interés.</p>
<p>Entre los años 16 y 18 el general Gómez fue a Ocumare de la Costa, al caserío La Playa de Ocumare, para festejar el cumplimiento de los cien años en un árbol donde acampó Bolívar y su gente, cuando desembarcó por Ocumare de la Costa. Varios muchachos bajamos en bicicleta de Cumboto para La Playa para conocer el general Gómez, y ver también el primer avión o avioneta que volara y se posaba en tierra de Ocumare.</p>
<p>Al pie del árbol habían levantado una tarima, donde el orador de turno hablaría al pueblo. En el caserío de Aponte habían levantado un arco de palmas de coco, a todo el ancho de la carretera. En letras grandes decía: “¡Bienvenido el Benemérito General Juan V. Gómez! Unión, paz y trabajo”. Otro arco había en el pueblo de Ocumare y otro en La Playa con el mismo plagio.</p>
<p>Se decía en ese tiempo que el general Gómez favorecía a los alemanes, y estos le regalaron un carro Mercedes Benz. En ese “bicho” fuerte llegó el general a Ocumare. La carretera era muy mala.</p>
<p>Yo mismo vi los presos con una cadena al tobillo, y en la otra punta una bola de hierro como de 18 o 20 kilos. Esos hombres se echaban la cadena con la bola al hombro; así quedaban con las manos libres para manejar el pico, la pala, o el machete cuando iban de regreso al campamento. Con estos hombres encadenados y mal alimentados, el general Gómez abrió varias carreteras.</p>
<p>Tardaba tres o cuatro horas para ir de Maracay a Ocumare de la Costa en esos modelos de automóviles de tres pedales, y dos varillas cerca del volante, una para gasolina y otra para la chispa, pero eran carros muy fuertes.</p>
<p>Mucho vecindario aledaño de ese litoral nos habíamos volcado a La Playa a esperar al general, el cual llegó como a las 12m. Usaba polainas aunque venía en automóvil. El pueblo alborozado gritaba: “¡Viva el general Gómez!” Llevaba liquiliqui como Stalin. Era joven, llevaba en sus hombros charreteras de general, pero su tipo era campesino nato.</p>
<p>Llegaron carros con generales y coroneles, doctores y diplomáticos; muchos espías y muchos soldados en alpargatas. (Nosotros también usábamos alpargatas). Varios de los grandes se juntaron con el general que tendría para ese tiempo 168 o 170 de estatura. Como no era tan grande la muchedumbre, todos estábamos cerquita de él.</p>
<p>El general subió a la plataforma y se dirigió al pueblo. Palabras textuales que dijo están grabadas en mi memoria: “Venezolanos, compatriotas: Yo estoy dando a Venezuela unión, paz y trabajo. Vengo a celebrar los cien años que se cumplen cuando Bolívar descansó bajo este palo. ¿Veis esas hojas verdes que están arriba? [El árbol estaba seco, pero tenía unos parásitos verdes arriba]. Esa es la paz; esa es la paz”. El general se bajó de la tarima. Se oyó un gran aplauso, y el pueblo gritó: “¡Viva el general Gómez!”</p>
<p>Luego subió al entablado un señor a quienes algunos de allí le llamaban Doctor Requena. Oí las primeras palabras de ese doctor excusando al general Gómez estar sofocado por lo largo del camino, y luego se refería al momento histórico. En ese momento un ruido fuerte que nunca habíamos oído nos asustó a todos los campesinos. Era el avión que volaba descendiendo a tierra en una pista preparada. Muchos de los muchachos corrimos hacia allá para verle más cerca, pero siempre quedamos lejos porque los soldados en alpargatas … impidieron.</p>
<p>El general tenía en La Playa de Ocumare, frente al mar, una casa blanca de dos pisos; la llamaban El Challet. (No sé qué significa la palabra). El público se acercó para ver al general y a otros de los pesados bañándose en el mar. Extendieron una alfombra de rollo muy largo desde El Challet hasta cerca de las olas. El general en traje de baño y su comitiva se metieron a las aguas. De repente una ola fuerte arrolló al general y lo arrastraba; creo que no sabía nadar. Varios de los guarda espaldas en sus trajes de uniforme se tiraron al agua y le arrebataron al general a las olas.</p>
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<p>El general se quedó en Ocumare de la Costa por varios días. Como es sabido de todos, tenía cuatro lugares favoritos, y el quinto le era afecto, pero no lo visitaba con frecuencia porque tenía que pasar por Caracas, y se decía que cuando pasaba por Caracas le daban ganas de vomitar. Ese lugar era Macuto. Los cuatro lugares de preferencia eran Maracay con sus Delicias, San Juan de Los Morros, Ocumare de la  Costa y El Trompillo. En Ocumare de la Costa habitaba una casa que abarcaba toda una cuadra frente a Plaza Bolívar; las esquinas adyacentes eran bloqueadas por soldados en alpargatas y oficiales con zapatos. El general se sentaba todas las tardes en la acera frente a su casa; el tráfico de peatones o vehículos era prohibido terminantemente todas las 24 horas en esa cuadra.</p>
<p>Un día de esa visita el general Juan Vicente y su comitiva llegaron todos a caballo. Ya empezaba a llamarlo “el coronel”. Su compañía era numerosa, compuesta mayormente de juventud e hijos e hijas de los pesados, algunos oficiales y soldados en alpargatas. Se colaron también algunos hijos de los pobres que iban a la zaga en sus burros.</p>
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<p>José <em>[sic]</em> Vicente llevaba en su comitiva un bufón para hacer reír al público. Aquel día el número del cómico fue brincar por la derecha para montar un caballo y caerse por el lado izquierdo; entonces brincar por el lado izquierdo y caer montado al revés sobre el caballo, tomando por la brida la cola del caballo. Al mismo tiempo gritaba: “¡Viva el coronel José Vicente Gómez!” Y toda la comisión grito: “¡Que viva!”</p>
<p>En esos mismos días el general Gómez le envió una invitación a Don Pedro Reyes, el ricachón de Cumboto, para que fuera a ver una pelea de gallos en la gallera del general en Ocumare. Don Pedro tenía grandes cosechas de café arriba en la hacienda La Carolina y grandes cosechas de cacao abajo en Cumboto, pero al general no se le podía decir que no, sus deseos eran órdenes. Don Pedro sobre su macho bajó a Ocumare y regresó por la tarde a Cumboto. Se oyó hablar de mil bolívares; no sé si Don Pedro se los ganó a Gómez, o Gómez se los ganó a Don Pedro. Lo que sí sé es que con mil bolívares se compraban cosas muy buenas en aquel tiempo.</p>
<p>Llegó la peste [en 1918], llamada “la peste europea”. La gente decía que provenía de las bombas de gases que los alemanes lanzaban a los aliados, y la atmósfera se había contaminado. La muerte corría a velocidad vertiginosa. Arrastraba por montones las gentes a la fosa; no hacía distinción de clases sociales. Las noticias se difundían por el telégrafo, y eso estaba reducido a ciertos lugares de privilegio. El teléfono de manigueta estaba en la adolescencia, y lo tenía un grupito solamente.</p>
<p>Sin embargo corrió por el país como reguero de pólvora la noticia de la muerte de Alí Gómez, hijo del general Gómez, llevado por la peste. La gente decía: “Ese era el mejor de los Gómez; ¿será posible que se mueran los buenos y vivan los malos?” También Pedro Luis Reyes, hijo del ricachón de Cumboto, fue víctima de la peste europea.</p>
<p>Yo era muy joven [tendría 9 años], levantado hasta aquella edad en un ambiente campesino. No sabía lo que eran los vericuetos de la política, ni tampoco entendía de las sucias ambiciones personales. Por eso no vine a conocer a Tarazona sino en la historia. Pero sí conocía a Pimentel en aquellos días. Uno en el gentío dijo: “Ese es Pimentel”. Este hombre se había criado muy mala fama; ya era muy rico. Se oía en esos años de las brutales crueldades tanto para los peones, como para los colonos en sus propias tierras que él les había quitado. Se había cogido casi todas las buenas tierras de Vigirima, y algunas tierras más de la nación.</p>
<p>Era compadre del general Gómez y se sentía prevalido, inmune. Hasta decía que él ejercía influencia supersticiosa sobre el general. Se decía que Pimentel tenía un harem de mujeres semejante a un príncipe oriental, con la diferencia que las tenía dispersas en algunas casas y lugares. Lo que más se grabó en mí fue lo que oí de Pimentel en aquellos días. Se repetía de boca en boca que él había conseguido sus riquezas porque había hecho un pacto valiéndole (vendiéndole?) el alma a María Lionza. Fue la primera vez que oí nombrar a María Lionza. Los campesinos pintaban con picardía las escenas sibaritas que permitía María Lionza a cambio de un pacto, y luego hablaban con miedo de los horrores espantosos en el infierno de los que vendían el alma a María Lionza, canjeándola por dinero.</p>
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<h3>A descubrir el mundo</h3>
<p>Naranjo contó que pasó dos o más temporadas en Valencia cuando niño, pero no aclara en sus escritos el comentario que “pasaron pocos años y me vine a Valencia”.</p>
<p>¿Será una vez cuando niño y otra cuando mozo viviendo a sus anchas, y se juntó en Guárico o Aragua a la caravana de ganado de los arrieros de “La Compañía Inglesa”, rumbo a “La Congelación” en Puerto Cabello (el frigorífico bien grabado en la mente de todo porteño de la época)? Cincuenta años más tarde, contaba con gusto de su emoción varonil al pasar la noche en Hacienda Guataparo y luego subir y bajar a Las Trincheras.</p>
<p>En cuanto a su primera estadía en Carabobo, sabemos que era chico; cómo y por qué salió de Aragua, no es claro.</p>
<p>Cuando era muchacho trabajé en Valencia en una molienda de café. El dueño me hacía tostar por cada 46 kilos de café 20 kilos de maíz, a escondidas de la Sanidad. Después de molido, aquel hombre hacía una amalgama y, empaquetados, los sacamos en dos latas para ser vendidos al comercio. La propaganda de aquel hombre era: “Café del más puro caracolito, de tal modo que un jurado está elaborando una insignia de honor por la integridad de mi café”.</p>
<p>Llegó a Caracas en 1923. “Cumplía yo para ese año 14 años de edad”, pero, si de veras nació en 1907, tendría 16 años más bien.</p>
<p>Para aquel tiempo no había Consejo Venezolano del Niño y por tanto los muchachos trabajaban. No había quien les impidiese el trabajo, ni el castigo a los ociosos.</p>
<p>Pasé a trabajar en un ventorrillo en la carretera que el general Gómez construía de Caracas a La Guaira. El jefe principal de la carretera era un general Lara, un andino malo de los pies a la mollera, delgado, alto, hábil y diestro para echar plan de machete a los hombres.</p>
<p>Lo vi planear a un hombre; con cada planazo que le daba brincaba atrás con la rapidez de un gato, poniendo el machete de punta hacia el contrario para su propia defensa. Lo vi colgar a dos hombres por los pulgares de las dos manos a la viga del techo. Ellos habían sido convictos de robo y él los tuvo en esa posición casi un día bajo un lamento desgarrador. Los obreros en el<strong> </strong> secreto llamaban al general Lara por el epíteto “Nerón”. Cuando se le veía venir la gente se apuraba a trabajar, porque se le temía.</p>
<p>En la carretera de Caracas a La  Guaira hecha por el general Gómez no había presos. Eran jornaleros pagados; el peón ganaba cinco bolívares. No había reloj; no había campamento; no había botiquín de medicinas. La Ley del Trabajo vino trece años después de 1923. Un día corrió el rumor: “Mañana viene el general Gómez a inspeccionar la carretera”. Todos los obreros nos sentíamos contagiados de una tensión nerviosa; a algunos nos parecía que nos iban a amarrar como cerdos y llevarnos a un lugar lejano.</p>
<p>Yo estaba abriendo los ojos. Cinco años atrás había visto al general Gómez y él era el Benemérito. Creía que todos vivíamos por él. Pululaban en mi mente aquellas palabras: “Veis esas hojas verdes que están arriba. Esa es la paz, esa es la paz”. Le buscaba sentido a esas palabras pero no lo hallaba.</p>
<p>Yo subía a Caracas los sábados en la noche y pasaba el domingo. Entre los compañeros holgaban los comentarios en voz baja: “Sobre Venezuela ha caído una pava, gobernada por los andinos. Por dondequiera se encuentra uno con un ‘chácaro’, flux de liquiliqui, sombrero ancho de pelo é guama, zapatos brodequines color kaki, un revólver en la cintura. Muchos son analfabetos, casi todos son coroneles. El general Gómez traicionó a su compadre Cipriano Castro, a quien le debe toda la gloria que ha alcanzado. Tiene las cárceles llenas de presos con grillos en los tobillos. Los soldados son los que le labran las haciendas y los potreros, y le paga a cada soldado setenta y cinco céntimos por día. Dicen que es brujo, y el diablo le avisa cuando alguno se levanta contra él. Le importa un pito practicar su puntería en la cabeza de un hombre”.</p>
<p>Así las cosas; ya yo estaba iniciado quién era el Benemérito.</p>
<p>El caporal dijo a la gente: “Cuando el general llegue revi-sando las cuadrillas ustedes se ponen de frente hacia él”. Como a las once de la ma-ñana llegó el general Gómez; se veía joven en su sesenta y pico de años. Caminaba a pie entre montones de piedra y tierra; los carros habían quedado lejos. Usaba polainas como siempre, tenía mirada maliciosa y usaba bigotes, largos mostachos y guantes blancos en las manos. A medida que se acercaba los peones le daban el frente, y él saludaba con cierta inclinación de la cabeza, y apenas un poquito de sonrisa.</p>
<p>Cerca de mí había un hombre de color bien subido que no hizo caso, ni dejó de trabajar. El general se acercó, y dirigiéndose al hombre que trabajaba le dijo: “ Anja, amigo”. El hombre volteó, lo miró, se sonrió. Estaba sudado, y siguió trabajando. Entonces el general se dirigió al caporal: “Unju, a este hombre le aumentas un real más”. El general se retiró. Entonces el compañero que estaba a mi lado me dijo al oído: “Lo que pasa es que tigre no come tigre. Ese negro de Barlovento es brujo también”. Pero el brujo de La Mulera se metió en el bolsillo a los doctores de Caracas y a todos los brujos de Venezuela.</p>
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<p>Para 1923 Caracas era la joven dueña del Ávila, aunque era la cuna del Libertador, de muchos doctores, poetas, filósofos y escritores. Todavía usaba pañuelito juvenil limpiándose las lagañas. Sus casas de corredores y techos rojos por sus tejas lavadas. Era cobijada por una neblina pura que descendía del Ávila. Hacía un frío como el que hace en Mérida hoy, aunque hay bastante diferencia de altura. No había zancudo. El tranvía o el quitrín tenía preferencia. Los novios apenas se agarraban las manos, los coloquios de enamorados se hacían por las rejillas de las ventanas.</p>
<p>Los estudiantes iban a sus colegios y volvían tranquilos sin espíritu de rebelión. El fuerte de plata era una moneda de cinco bolívares; el ciudadano podía llevar una mochila de ellos por las calles sin temor al asalto del malandro. Era muy conocido el caraqueño porque usaba sombrero de pajilla, y le gustaba mucho la caraota refrita con azúcar.</p>
<p>Don José de ninguna manera hacía alarde de sus andanzas “sin Cristo y sin Dios en el mundo”, pero en conversación discreta reconocía que el pecado, al decir de Romanos 7, llegó a ser sobremanera pecaminoso. Fue en esta época de su vida que una mujer se defendió (¿se vengó?) de él cuando los dos iban a cargar un tobo de agua hirviente. Al que escribe estas líneas, le dijo: “Sospecho que esa mujer apuntó muy adrede”. El hecho es que le escaldó del cinturón abajo. Las quemaduras se infectaron en el hospital, y el hombre pasó muchos meses allí en tratamiento.</p>
<h3>Una mene* de bendición</h3>
<p>* <em>mene</em>: vocablo indígena que significa una fuente</p>
<p>En mi ir y venir, llegué a El Mene de Acosta en el Estado Falcón; para aquel tiempo [1930 o antes] había un campo petrolero ahí. Caí en gracia con un maestro extranjero, un forjador que se interesó en mí y se propuso enseñarme la profesión. Tres años después lo reemplacé en el puesto porque yo ganaba menos jornal que él.</p>
<p>En cuanto a mi vida económica y social, me junté con los mismos amigos de farra que se encuentran en todas partes. Aunque yo tenía un sueldo doble, estaba más arruinado que los que ganaban un jornal sencillo. Si el hombre antes de los treinta años de edad no entra en reflexión, y empieza a mirar al mundo con color clavel de muerte y no color de rosa, si no empieza a oír consejo para empezar a adquirir experiencia, yo le digo: que le costará mucho más; las dificultades serán mayores para alcanzar la salvación del alma en los años subsiguientes.</p>
<p>“&#8230; temprano en 1930 que comenzó la evangelización intensiva de Falcón, primeramente cuando los hermanos Williams, Peña y Wells predicaron en Tucacas, El Mene, Mirimire, Jacura, y al final del año ellos y Heriberto Douglas en Puerto Cumarebo. Comenzado 1931, atacaron a Mirimire, Maicillal y Jacura. Luego Johnston y Williams en El Mene. En 1932, un grupo en Chichiriviche y El Mene, cuando se formó la asamblea de Mirimire”. <em>De la Calle del Sol a la Calle de La Fortuna</em></p>
<p>En 1932 se regó la noticia en el campo petrolero: “Unos extranjeros con unos criollos han traído una religión nueva; creen en un Dios llamado Jehová. Son unos bichos feos con manos de garabato, porque son especuladores. (Toda religión es comercio). Aborrecen la cruz; le dan con los pies a la virgen; en la parte adentro de la casa tienen un chivo con dos cachetes, que siempre lo sacrifican y nunca se muere”.</p>
<p>“Todo el que se mete en la religión de ellos tiene que vérselas con ese chivo. Después lo tiran en un tanque de agua para que arroje todos los pecados cometidos en su vida. Cuando se muere alguno de ellos, al muerto lo ponen en un lugar oscuro, porque no le prenden velas. No lloran al muerto; se ponen a cantar, y al muerto lo ponen boca abajo. No beben licor, pero comen pan y vino, y esas mismas cosas se las meten en la urna al muerto”.</p>
<p>Todo aquello era nuevo para mí. Nunca había oído la palabra Biblia; nunca había oído la palabra evangelio. En cuanto a religión, me había limitado a la lectura en parte de la Revolución Francesa, algunos autores ateos, y saber de las prácticas de un cura afeminado homosexual. A los veinticinco años de edad yo era un consumado anticlerical, de tal manera que el año siguiente, cuando me enamoré de la que es mi esposa hoy, le dije a ella y a su familia, “Yo no me caso con cura”, llegando a saber después por mi esposa, que cuando ella era niña conoció en su pueblo los hijos de un cura.</p>
<p>La noticia de la nueva religión se regó e hizo explosión como pólvora. Entre una de las calumnias contra los evangélicos, se decía que ellos “se cambian las esposas, y el más chivato es reconocido como pastor”. Todo esto apeló a mi curiosidad, y sinceramente a mi concupiscencia.</p>
<p>La persecución contra los evangélicos era contundente, de palabras y de hechos. Parece que esto daba mayor impulso a la obra, porque el crecimiento iba en aumento hasta hacerse una asamblea grande. Un día convidé a dos de mis amigos para ir en la noche a la reunión de los evangélicos. Fuimos aquella noche. A la distancia se oía, lo digo sin exageración, un aguacero que era la cantidad de piedras tiradas sobre el techo de zinc y las paredes de tabla de guano de la casa que era del fiel hermano Blas Colina.</p>
<p>Yo iba tan seguro que los demonios y paganos estaban adentro de la casa, y que los cristianos civilizados romanistas eran los santos del lado afuera. Pensaba que éstos estaban espantando a pedradas a los bichos que predicaban contra el licor, las casas de lupanar que habían muchas, la fornicación, el adulterio, el abandono de los hogares, el juego de azar que abundaba, la brujería y la idolatría. Todos éstos andaban libremente juntos.</p>
<p>En el mismo instante un hombre extranjero, blanco, un poco pequeño, se levantó y se puso ante una mesita muy ordinaria. El hombre <strong>[</strong>probablemente don Heriberto Douglas<strong>]</strong> abrió un libro y leyó en voz alta: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”.</p>
<p>Fue la primera vez en mi vida que yo oía aquello; la primera vez que supe que aquel libro se llamaba la Santa Biblia. La piedra se cayó de mi mano; un instinto me hizo sentir cierta repulsión para aquella chusma que perseguía aquella gente. A1 juntarme con los amigos que llevé al culto aquella noche, les dije “Eso es bueno. Eso es de Dios. Es la verdad”. Nos retiramos. Yo seguí en mis pecados como siempre, pero aquella primera flecha había entrado muy profundo en mi entendimiento.</p>
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<p>Unos meses después los evangélicos habían conseguido una casa más al centro del pueblo. Un sábado en la noche tenían bautismo. El Señor dispara contra mí la segunda flecha; cuando voy acercándome al local, empezaron el culto con el himno:</p>
<p>Cuán glorioso el cambio operado en mi ser,<br />
viniendo a mi vida el Señor.<br />
Hay en mi alma la paz que yo ansiaba tener,<br />
la paz que me trajo su amor.<br />
El vino a mi corazón; El vino a mi corazón.<br />
Soy feliz con la vida que Cristo me dio,<br />
cuando El vino a mi corazón.</p>
<p>También era la primera vez en mi vida que oía un cántico de santos. Me parecía canto de ángeles. Ese himno me anonadó; me recosté a la pared del local hasta que lo terminaron. A1 día siguiente llamé a dos muchachas evangélicas, vecinas mías, y les ofrecí pagarles para que me hilaran unos aros, con el compromiso que me cantaran el himno. Conmigo estaba mi esposa. Las muchachas convinieron; fueron a mi casa y me cantaron el himno varias veces, de modo que me lo aprendí siendo inconverso.</p>
<p>La noche del culto del bautismo me paré en la puerta del local. La persecución contra los evangélicos no había variado: el alboroto, la pedrada y la maldad estaban campantes. Esa noche había barro producido por las lluvias y los evangélicos resolvieron echarle aserrín a todo el paso adonde había barro. Así, los que se bautizaron llevaron el aserrín en los pies, y cuando salieron del bautisterio tenían un doble bautismo, uno en agua y otro en aserrín. Eso era motivo para hacer la burla, y la persecución más mordaz.</p>
<p>Fue así que oigo la conversación de varios hombres: “Cuando ellos cierran los ojos para rezar, tú entras rápidamente y pones la recámara cargada en medio del pasillo; al salir tú, yo le doy fuego a la mecha. ¡Cómo vamos a gozar viendo a esa gente gritar!” Yo con mucho disimulo llamé a uno de los evangélicos y les dije: “Tengan cuidado en la puerta porque ahí hay un grupo que va a reventar una recámara adentro”. El aviso puso en vigilancia a los evangélicos.</p>
<p>Llegó el momento feliz cuando conocí a don Guillermo Williams. El llegó a saber que a mí me gustaba el evangelio. Me preguntó qué me impedía para ser salvo, recibir a Cristo, seguir el evangelio. Yo le di por respuesta: “Es que a mi esposa no le gusta, y no se puede vivir en Roma y pelear con el Papa”. Después de unos minutos de conversación, me aconsejó con mucha insistencia que consiguiera y leyera la  Biblia.</p>
<p>Con diligencia el siguiente día adquirí la Biblia.</p>
<h3>Matrimonio</h3>
<p>No es claro si José Naranjo y Carmen se casaron en 1932 o en 1934.</p>
<p>Ella conocía el evangelio y posteriormente algunos de sus familiares confesarían fe en Cristo. La biografía de Santiago Saword, incorporada en el libro <em>Nuestra Santificación</em>, incluye este trozo acerca de un viaje de evangelización con Jorge Johnston en 1925, cuando Carmen tendría doce o trece años:</p>
<p>No había camino hasta La Vela de Coro, pero llegamos a ese pueblo en velero y recorrimos a pie sus calles. Entramos en conversación con cierta señora que estaba beneficiando un cochino. Resultó que ella estaba dispuesta a que predicáramos en su solar aquella noche, y en efecto lo hicimos; hubo buena asistencia de vecinos.</p>
<p>José Naranjo y yo celebramos cultos en Caracas 48 años más tarde, y un domingo me di cuenta que había más niños que adultos en la reunión de ministerio. Para el bien de los niños, saqué mi <em>Librito sin Palabras</em> y les hablé de su gran mensaje: la página negra que nos dice que somos pecadores, la página roja que nos habla de la sangre de Cristo, etc. Observé que doña Carmen de Naranjo estaba llorando, y supuse que se había enfermado, quizás por el calor y el aprieto de la mucha gente en el local.</p>
<p>¡Cuán equivocado estaba yo! Terminado el culto, doña Carmen me dijo: “Don Santiago, cuando yo era niñita en La Vela de Coro, usted habló de ese librito en casa de mi tía. Había tanta gente que yo no pude ver, así que me metí entre las piernas y faldas de los adultos, y agachada llegué a donde estaba usted. Desde ese día hasta hoy, nunca me olvidé de lo que usted dijo en casa de la tía”.</p>
<h3>“En una o dos maneras habla Dios”</h3>
<p>Seguí en mis pecados, pero vinieron también momentos de intranquilidad. Había llegado a la convicción que era un pecador perdido, que Cristo es el único Salvador, que el evangelio es la verdad de Dios revelada a los hombres. Viví en esa ansiedad largos meses. Entonces opté por ser amigo del evangelio y amigo del mundo. Hallándome en un baile una noche, los amigos quisieron ponerme por blanco de sus chistes. “El evangélico está bailando”. No tuve valor para defender lo que creía, y me senté con los escarnecedores a negar mis convicciones y vituperar el evangelio.</p>
<p>Para ese tiempo se regaba en el pueblo que el maestro Naranjo (como me llamaban) se había metido a evangélico. Una noche a la 1:00 de la madrugada uno de mis amigos llamado Víctor, con otros tres individuos más, tocaron a la ventana de mi casa, y con instrumentos músicos de cuerda tocaron una serenata. El amigo, bien pasado de licor, se puso a llorar, diciéndome: “Usted abandona nuestra amistad porque se ha metido al evangelio”.</p>
<p>Otra vez yo, para complacer al diablo, les dije: “Para probar que no soy evangélico, páseme una copa de licor acá”. Después a solas en el silencio oía el reproche de mi conciencia, y confesaba mi propia cobardía. ¡Cuánta sería la contención que tenía conmigo el Espíritu Santo! Reunido con los amigos, me burlaba de los evangélicos, pero dentro de mi pecho sentía una santa envidia de ser como ellos. Mis convicciones llegaron a su punto culminante más por leer la  Biblia que por ir a los cultos.</p>
<p>Después de tener el santo libro abandonado por un tiempo, un día me sentí deprimido, preocupado. Era el grito de mi alma prisionera que ansiaba libertad. Fui a mi casa y tomé la Biblia. Yo no conocía ni estaba orientado en los libros ni textos de la Biblia. Fue por coincidencia o por el Espíritu de Dios que abrí la Biblia en San Mateo 10.32: “Cualquiera, pues, que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y cualquiera que me negare delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.</p>
<p>Esta fue la tercera flecha que el Espíritu me lanzó. Otra vez quedé suspenso. Sólo dije: “Este soy yo que me avergüenzo de Cristo”. Pronto pasó la impresión, y seguí en mis pecados. Aun en ciertas penurias a que fui sometido, voluntariamente no quise entender que Dios lo permitió, pues El llama de alguna manera por el amor o por el rigor.</p>
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<p>Llovía desde la mañana hasta la tarde de aquel día. No habíamos trabajado, ni era un día frío. Tomábamos un poco de licor “para calentarnos el cuerpo”. Era día nebuloso, oscuro. Mi cuñado y yo no nos dábamos cuenta de la hora avanzada de la tarde. Resolvimos, pues, ir a ver la siembra de arroz que distaba a diez kilómetros.</p>
<p>Un afluente del Río Tocuyo estaba sumamente recrecido. Sin ver la hora ni medir el peligro, los dos convenimos en pasar nadando aquel caño amenazador y revuelto que se extendía en aquella región montañosa semiplana. Delante veo que una serpiente, cuya cueva tal vez estaba anegada por las aguas, atravesaba nadando, buscando salvar su vida. Así fue que los ojos nos fueron abiertos para darnos cuenta del peligro en que estábamos. La oscuridad de la noche nos venía encima; estábamos perdidos en el agua y la montaña, con el último claro de la luz para ver el árbol y subirnos para pasar la noche. No vivo de recuerdos, pero fue la experiencia más horrorosa que he sentido en mi vida.</p>
<p>El joven sin temor a Dios, sin Cristo, en sus pecados, es un atrevido temerario insensato que desafía el peligro y dirige un reto a Dios. Yo fui de esos; varias veces expuse mi vida, no por el bien de los demás sino por satisfacer mis propios caprichos y pasiones.</p>
<p>Siendo yo más joven, una mujer me quemó con agua hirviente las partes más bajas del cuerpo. Las quemaduras de tercer grado fueron muy pronunciadas en las piernas; un año permanecí hospitalizado. Ya mejor, me atreví a enamorar a una hermanita; ella sólo pudo confesarme en parte sus desengaños anteriores. Luego me regaló una estampa de Santa Teresita que yo guardaba con recuerdo fervoroso hasta que oí el evangelio y tuve convicción del pecado. Tiré por la ventana a Santa Teresita a la basura.</p>
<p>Aunque malos y perversos, “Misericordioso y clemente es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia”, Salmo 103.8. Dios paró la lluvia aquella noche. Nosotros, como dos pollos mojados por dentro y por fuera, encaramados en el árbol, en silencio titiritábamos de frío; exceso de calorías tenía que enviar la sangre para secarnos la ropa en el cuerpo. Todo era para morir; estábamos perdidos, abajo el río rugía, la noche era muy oscura color de muerto; estábamos a la intemperie sin nada que nos cubriese.</p>
<p>Siempre he llamado aquella noche la que estuve a las puertas del infierno. A la medianoche al cuñado le sobrevino una puntada, un dolor muy agudo. En su desesperación gritó: “Naranjo, ya me tiro al río; deja que me ahogue y me muera”. El pánico se apoderó de mí; quedar solo era perder toda chispa de esperanza. Metí una mano bajo el brazo de aquel hombre y con la otra me aferré a la rama como un mono, y con otra rama entre las piernas de aquel le sostuve.</p>
<p>Aquella noche fue para mí “el vado de Jacob”, Génesis 32.22 al 24. Entrando en la madrugada, traspasó mi mente como un rayo un pensamiento. Esta es la cuarta flecha que el Señor usó para mí. Desahogué el espíritu contencioso y grité: “Esto es castigo de Dios porque estoy resistiendo al evangelio”. Lancé un grito mayor en medio del silencio y las tinieblas; lamento que es indeleble para mí: “Dios mío, si Tú me sacas de donde estoy perdido, yo sigo el evangelio”. Yo no sabía orar, no sabía cómo dirigirme a Dios. Pero no es el que sabe orar: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. “Invócame en la hora de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”, Salmo 51.17, 50.15.</p>
<p>Se acercó la mañana del otro día. Todavía no entiendo, pues el cuerpo más robusto hubiera amanecido enfermo. Estábamos perdidos. Nos bajamos del árbol para meternos al agua de nuevo. Si no fuera por el espíritu que tenemos, el hombre sería un animal solamente. La quebrada había bajado el volumen de las aguas; nuestras ropas semisecas con el calor del cuerpo, de nuevo tuvieron que ser mojadas. Después de tres horas en el agua y la montaña, vimos una pica abierta por los geólogos petroleros. A todo esto sin comer nada desde el día anterior. Al fin llegamos a la casita de una familia de agricultores; le contamos nuestra odisea, y nos preparan suero de chivo con hallaquitas.</p>
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<p>Pasando los días, todas aquellas experiencias se iban desvaneciendo como sueño. Sólo me quedaba el punto en la memoria, la promesa hecha sobre el árbol. Seguía en mis pecados con una conciencia abrumadora.</p>
<p>Empieza el año 36 y juntamente se respira aire de libertad en Venezuela a raíz de la muerte del general Gómez. Yo mismo me interesé junto con un panameño en fundar la “Asociación Petrolera de El Mene de Acosta”. Siendo novatos en estos asuntos, cometimos errores precipitados. Después de ser evangélico vine a entender por dónde el diablo me quería meter: en la política; es el vicio de los demagogos; la política que se cala hasta los huesos, divide la nación, divide la familia, divide los amigos. La política es el Herodes, fariseo, socialcristiano.</p>
<h3>A la capital y a Valles del Tuy</h3>
<p>Un abuso precoz de la libertad hizo que la compañía petrolera nos botara del trabajo. Yo fui a parar a Caracas con la esposa a vivir por unos meses arrimado, sin trabajo.</p>
<p>Aunque hombre del mundo, era hombre de vergüenza; siempre he protestado contra el oportunista; tengo un complejo que yo le gano cuando pierdo; soy enemigo de la injusticia. Era delegado para Caracas de la Asociación Petrolera de El Mene de Acosta, para buscar apoyo para las reivindicaciones obreras. Cuando Jóvito Villalba era presidente de la Federación de Estudiantes, nos presentó la lista de las peticiones a la Compañía. Yo protesté; no quería firmar por una de las acusaciones contra el médico de la Compañía porque yo le debía favores.</p>
<p>Convidé a mi esposa a presenciar una película en Caracas en el teatro de la esquina de Principal. Por cosas del azar, casualidad o coincidencia, la película trataba de la fuerte contienda de la reina Isabel de Inglaterra y la reina María de Escocia. Entre uno de los episodios, parte historia y parte fantasía, aparece un creyente evangélico amarrado de pies y manos a la silla donde estaba sentado. Un criminal acólito de la reina María tiene una fragua encendida; otro hombre estaba dando al fuelle de la fragua; un tercer hombre se acerca al preso y le presiona con sus manos para abrirle la boca y sacarle fuera la lengua. El primer hombre agarra con unas tenazas un hierro al rojo candente de la fragua, y se la pega a la lengua para que no hable más de la Biblia.</p>
<p>El hombre grita en el telón y mi esposa grita en el auditorio: “Sácame de aquí”. Como ya yo era anticlerical antes de ser evangélico, aquel acto de la  Inquisición me indignó y me acercó más al evangelio. Sabía que donde yo fuera el Señor me iba a perseguir, llamándome. Nada podía hacer que me apartara de la convicción profunda que la doctrina sana del evangelio había impreso en mí. Cuando me burlaba de los evangélicos lo hacía por envidia porque un sentir interno me pedía que fuera como ellos.</p>
<p>Hasta donde sabemos, la evangelización sobre una base continuada empezó en diversas regiones de Venezuela en la última década de los 1800 y las primeras de los 1900. En Caracas se formó una asamblea precursora de la que sería conocida como <em>Miracielos</em>. Misiones evangélicas emprendieron labores dignas de respeto en Caracas, en los estados Aragua y Zulia, en Guayana y en Margarita.</p>
<p>Parcialmente en vista de esta situación, y ante el trasfondo de la gran necesidad de penetrar áreas donde el evangelio era prácticamente desconocido, miraron hacia el oeste los hermanos en la fe que comenzaron sus labores en Valencia y luego vieron formada una asamblea pujante en Puerto Cabello en 1919. En términos amplios, hombres como William Williams, Gordon Johnston y Henry Fletcher penetraron Carabobo, Yaracuy y Falcón antes de ser acompañados de otros en Lara, Cojedes, etc.</p>
<p>En una época hubo intercambio entre Miracielos y las asambleas en Carabobo, etc., pero éste iba menguando en los años 1920 debido mayormente (pero no solamente) a discrepancias de doctrina y práctica. La obra entre las asambleas que José Naranjo iba a conocer crecía vertiginosamente en algunas partes, pero los actores principales no tenían a Caracas en mente hasta mediados de los 1930.</p>
<p>En 1934 varios creyentes empezaron a reunirse informalmente, y dos años más tarde alquilaron espacio en el vecindario de Los Samanes, y en 1940 adquirieron terreno en Santa Ana, también en el sector de El Cementerio (en aquel entonces, cuando no existía el cementerio actual, se conocía como El Rincón).</p>
<p>Yo tenía unos días que había cumplido 29 años. Mi cuñada Alcadia de Arévalo tenía cinco años en el evangelio. El 31 de enero de 1937 en la noche estábamos despidiendo a mi cuñada, que regresaba al Estado Falcón, en la casa del señor Juan Ascanio; había una sencilla reunión de familia evangélica. Ese día había llegado a Caracas don J. Eduardo Fairfield, recién casado en Valencia; él y su esposa de luna de miel. La misma noche de la despedida de mi cuñada, los esposos Fairfield visitaron a la familia Ascanio.</p>
<p>Yo fui presentado a don Eduardo, y él sin perder tiempo me empezó a hablar del evangelio. Llegamos al punto. “Yo quiero, pero no sé cómo ser salvo”. El abrió la  Biblia y sencillamente me explicó unos versículos, hasta que llegó a Juan 3.16. Me dijo cómo yo estaba incluido en el amor de Dios, y que fácilmente recibiría el perdón de mis pecados y la vida eterna por creer en Jesucristo el Hijo de Dios.</p>
<p>Yo en seguida entendí, y sin hacer caso del grupo —unos inconversos, entre ellos mi esposa— yo recibí a Cristo como mi Salvador. Ahí mismo ante todos doblamos las rodillas. Don Eduardo dio gracias, pidió al Señor que yo fuera genuino, fiel y guardado del mundo.</p>
<p>Mi señora se burló de mí cuando doblé las rodillas para dar gracias al Señor. Se enojó conmigo, y empezamos a discutir de regreso a la casa. Me dijo que ella no imaginaba que yo iba a hacer esa ridiculeza; ella admitió en parte que el evangelio era bueno, porque su hermana ya se había “metido”, y veía cambio en su hermana; pero si yo me metía eran muchas las amistades que íbamos a perder. Mi esposa sabía muy bien que yo era muy libertino y de mal carácter. Ella no entendía el bien que me traería el evangelio y las ventajas que ella alcanzaría.</p>
<p>Tres meses después, observando el cambio en mí y leyendo la Biblia en casa en Lucas 7.36 al 50, ella llegó a recibir a Cristo como su Salvador personal.</p>
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<p>Pocos días después encontré trabajo en Santa Teresa del Tuy. La compañía me dio casa y fui con mi esposa. Yo tenía un vicio que me dominaba, el cigarrillo; fumaba escondido de los evangélicos. A los pocos días llegó la cuñada Alcadia a vivir con nosotros; yo estaba lleno de gozo como el vino que no tiene respiradero, Job 32.19. Convidé a los compañeros de trabajo para un culto en mi casa una noche. Empecé el culto con el himno, “Cuán glorioso es el cambio …” Al terminar el himno uno gritó: “¡Qué bonito canta usted, compañero”. Yo era tan niño que aún no sé las palabras del evangelio que les hablé.</p>
<p>Al siguiente día mi esposa y su hermana se reían. Yo pregunté, y mi cuñado me dijo: “Es que tú, Naranjo, anoche cuando estabas dando gracias por el culto decías, «Te damos gracias Señor porque has abierto una carretera para el cielo.» Es un camino nuevo y vivo que el Señor abrió”. El siguiente día el pastor presbiteriano fue a visitarnos a la casa, un señor con apellido A. Yo me sorprendí, y con mucha pena escondí el cigarro que estaba fumando. El pastor me vio y me dijo: “No tenga cuidado, fume con tranquilidad en su casa. Somos libres en Cristo Jesús”.</p>
<p>Mi cuñada, que le falta un hueso en la lengua, le oyó y ella dijo: “Libre no para hacer lo que nos da la gana. ¿Cómo es posible, que nosotros procurando edificar a este señor que es nuevo en el evangelio, y usted venga a destruir?”</p>
<p>“¿Qué sabes tú, fanática?” dijo el pastor.</p>
<p>“¡Prefiero ser fanática, y no un mundano y corrupto como usted, que no tiene nada de Cristo!”</p>
<p>El pastor cogió su sombrero y se fue refunfuñando.</p>
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<p>Un día sonó el teléfono. “José Naranjo, le llaman de Caracas”.</p>
<p>“Alo”.</p>
<p>“Ah, Naranjo, soy yo, Guillermo Williams. Quiero avisarle que el sábado próximo vamos a celebrar unos bautismos en un río de Petare. Venga para que sea bautizado”.</p>
<p>“Ah, no, don Guillermo; estoy sumamente ocupado”.</p>
<p>“Está bien”.</p>
<p>Todo era embuste mío. Era que yo fumaba todavía y no quería engañar.</p>
<p>Pasaron unos meses. El dueño o jefe de la empresa era un hombre muy mujeriego; no podía ver faldas de blanco o de negro, porque las enamoraba. Ese hombre era muy sucio de lengua, y eso me afligía mucho. Un día mi esposa me dijo: “Mejor es que nos vamos de aquí; ese hombre es muy grosero”.</p>
<p>Dispusimos volvernos a Caracas; era por el mes de diciembre del año 37. Yo oré de esta manera: “Señor, yo voy donde está tu pueblo. Yo todavía fumo cigarro; todo remedio, mitigación, intento, voluntad han fracasado. Tú puedes ayudarme para dejar este vicio para yo ser bautizado. Y si fumo cigarro más, que una maldición caiga sobre mí. Amén”.</p>
<p>Esa oración tosca, violenta y desafiante tuvo su plataforma de lanzamiento en Santa Teresa del Tuy y subió como un cohete y llegó al trono de Dios. Por cuarenta y un años en Cristo jamás he fumado un cigarrillo desde aquel momento.</p>
<h3>Desarrollo en Los Samanes</h3>
<p>Llegamos en Caracas a la casa de la familia Ascanio. A los pocos días alquilé una casita cerca. Unos pocos días después empezamos en servicio. Hospedamos por tres días a un hombre de apellido Barbera, otro Rabire [?] y otro más. Se fueron ellos y llegaron otros de Aroa. Fui bautizado en la conferencia en Puerto Cabello en diciembre del año 1937. Yo no perdía culto.</p>
<p>Como no sabía de orden ni de doctrina en la iglesia, el domingo siguiente después de bautizado estaba en el culto de predicación con los ojos atentos a que el reloj se acercara a las 7:30. Cuando la aguja llegó yo brinqué a la tribuna y pedí el himno 400. Esa noche di un mensaje como una máquina moledora de piedras y creía que lo había hecho bien.</p>
<p>Después del culto me llamaron los ancianos: “¿Quién le dijo a usted que subiera a la tribuna?”</p>
<p>“Bueno, que tenía ganas de predicar”.</p>
<p>Me dijeron: “¿Usted consiente desorden en su casa? Pues, en la casa de Dios hay orden y disciplina”.</p>
<p>“Muchas gracias, hermano, yo no sabía”.</p>
<p>Empiezan las dificultades en el grupo que nos congregábamos en la calle Los Samanes &#8230; Del lado afuera la persecución era fuerte, como en todas partes. Cada culto era para tirarnos papas y tomates. Una noche me rodearon cinco hombres. Uno me puso el puño en la quijada sin golpearme; me empujó contra la pared, amenazándome todos de majarme a puños. Yo sostuve la acusación contra él. Me acordaba de cuando yo golpeaba también. Me contuve porque los hermanos me estaban viendo. Después uno de los ancianos me dijo: “Hermano, nosotros estábamos orando por usted. Gracias a Dios que usted no se acobardó ni se violentó”.</p>
<p>En ese año 1938 creyó don Luis Peña. Su esposa había creído antes que él. Unas contrariedades siguieron en el grupo de creyentes en el local en Los Samanes. &#8230; Los señores Guillermo Williams y Eduardo Fairfield me llamaron aparte: “Hermano Naranjo, nosotros estamos muy preocupados por el grupo aquí en Caracas. Hemos pensado que usted y el señor Peña pueden colaborar juntos. Son muy nuevos, pero el Señor les dará entendimiento”.</p>
<p>Unos meses más tarde otra vez llegaron a Caracas los siervos del Señor. Hicimos … invitaciones para establecer la asamblea en El Cementerio; entre ellas enviamos una participación a la iglesia en Miracielos.</p>
<p>Ese día yo estaba pletórico de gozo, y me levanté en oración dando gracias a Dios por habernos permitido la Eucaristía. Después de la cena don Guillermo se levantó en una enseñanza. “Hemos participado de la eucaristía, aun mucho más, en la eucaristía todos hemos participado del pan que es su cuerpo, y hemos participado de la copa que es su sangre. Y es más, en la eucaristía usan un solo sacerdote; aquí todos somos sacerdotes, porque esta es la cena del Señor y no la eucaristía”. Yo seguía contento por haber almorzado con la eucaristía.</p>
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<p>En años pasados se acostumbraba decir el nombre de pila de una persona, o sea su nombre natural. Mi nombre de nacimiento era José de Jesús. A principio del año 38 &#8230; el ministerio de don Guillermo Williams trató sobre el nombre de Jesús Salvador, Cristo y el Mesías, y que su nombre Jesús es su nombre oficial, y que ningún otro ser en la tierra es digno de llevar ese nombre. Aquello me afectó directamente; consideré mi indignidad de usar ese santo nombre. Para la presidencia del general Isaías Medina fue decretada obligatoria la cédula de identidad, y yo aproveché y me quité el nombre de Jesús, y me quedé sólo con José.</p>
<p>El ministro del Señor siguió enseñando de la pobreza del Señor, quien tuvo por cuna un pesebre, no tuvo casa propia, en su ministerio predicando a las gentes casi no tenía tiempo para comer. Muchas veces pasó la noche en el monte de los Olivos; cuando llegaron a cobrarle el tributo no tenía ni una ínfima moneda. Hay gente que le gusta la vanidad y gastan mucho dinero llenándose la boca de dientes de oro.</p>
<p>Lector, en el primer amor nada nos ofende, dispuestos estaríamos a dar la vida por Cristo. Hacía algún tiempo que me había mandado hacer un trabajo en la boca, y lucía varios dientes de oro. Si hubiera podido pagar de nuevo el trabajo, estaba dispuesto a hacerme sacar los dientes de oro. No pasó mucho tiempo cuando otro trabajo en la boca me hizo extraer los dientes de oro.</p>
<p>En julio de 1939 Santiago Saword y Eduardo Fairfield celebraron reuniones especiales en Los Samanes, y posteriormente el último de ellos continuó en colaboración con Teodoro Acosta de Aroa. Pero poco después de las muchas bendiciones, se presentaron problemas en el seno de la congregación. Algunos creyentes volvieron atrás y otros se opusieron.</p>
<p>Estábamos alquilados en un saloncito de esquina en la calle Los Samanes; en esa sala se había formado la asamblea en el año anterior. Don Guillermo llamó la sala “la pulpería”. Empezaron unos cultos especiales con la carta bíblica <em>Los dos caminos</em>. Al frente de “la pulpería” vivían unos curas. Una noche un cura gordo se acercó a la puerta del culto con pose burlesco, y dijo: “Ese pastor sin ovejas, ¿qué credenciales mostrará?”</p>
<p>El hermano Juan Ascanio, que era portero, dijo: “A propósito, padre, ¿cuántos creyeron en Cristo en el sermón de Pedro el día de Pentecostés?” “Tres mil, y todos fueron bautizados”.</p>
<p>El evangélico dijo: “Entonces Pedro cobró tres mil fuertes en esa ocasión -para ese tiempo el bautismo romanista costaba cinco bolívares- y luego le dice al cojo en la puerta del templo llamado<em> La hermosa</em>: ‘No tengo oro ni plata, mas lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo levántate y anda’. (Hechos 3:1 al 10)</p>
<p>El cura, confundido y disgustado por aquella explicación en público, empezó una contienda. Por casualidad entre la multitud se hallaba un reportero de la revista humorística <em>Fantocha</em>, cuyo director era Leo. El siguiente día salió la caricatura para toda la ciudad de Caracas. El cura gordo con un rosario y el evangélico flaco con una Biblia, con las alpargatas como dos machetes, <em>Gran match católico protestante</em>. “Padre, ¿cuántos fuertes cobró Pedro el día de Pentecostés?” “Tú sabes, hijo, vivirás del sudor de tu frente”.</p>
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<p>Llegó el año 1940. Éramos muy pobres; todavía se compraban terrenos barato en las principales calles de El Cementerio. Compramos para la congregación en la calle Santa Ana a media cuadra de la Avenida Principal. Don Guillermo nos prestó su local portátil. Fungíamos como ancianos de la asamblea don Luis Peña y yo. Don Luis se había hecho experto en matar chinches y pulgas; todavía no se había inventado ddt ni repelente. Era seguro encontrar a don Luis todos los sábados en la tarde arreglando el local para el primer día de la semana, barriendo, lavando el piso, limpiando los bancos con un alambre en la mano, observando las rendijas de los bancos, y donde veía un chinche lo degollaba con el alambre.</p>
<p>Aunque la iglesia crecía, todavía éramos pocos. Yo había hecho un bautisterio de madera que se ajustaba con tornillos de cabillas de media pulgada, pero quedó muy estrecho, no cabían dos personas. La noche de los bautismos don Guillermo Williams, al ver el bautisterio, se puso la mano en la cabeza. Metió una pierna dentro y otra afuera; con mucho esfuerzo empezó a bautizar. Una señora de apellido Ascanio muy nerviosa se le soltó a don Guillermo, y con uno de sus brazos lo abrazó por el cuello. Los que estábamos cerquita nos pusimos nerviosos, pensando que los dos iban a ser bautizados.</p>
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<p>En ese mismo año compramos el primer terreno en Calle Santa Ana. Don Guillermo nos prestó su local portátil. La iglesia iba creciendo de tal modo que hubo que levantar las paredes laterales del local como las alas de los querubines del templo de Salomón. Unos meses después se encontraba don Guillermo en Caracas e íbamos por Avenida El Cementerio. Yo le dije, señalando el terreno, “Ah, si pudiéramos comprar ese terreno”. Don Guillermo lo midió a trancas; 14 metros. “Si es la voluntad del Señor, Él nos va a proveer”.</p>
<p>A fines de 1940 hicimos transacción por el nuevo terreno, trasladando el local portátil. Pronto hubo que hacer lo mismo, levantando los laterales, porque la asamblea seguía creciendo. En otra visita de los esposos Williams él me habló de la construcción del local; ya tenía los planos hechos. Sería de ladrillos y techo de madera de tuque que contrataría a una compañía maderera que la aserrara en Aroa, traída por el ferrocarril a Palma Sola, de ahí a Puerto Cabello, de ahí a Valencia, y a la estación de Palo Grande en Caracas. Me dijo: “El local debe ser grande, ¿verdad?”</p>
<p>“Sí, don Guillermo; en tres años habrá 5000 creyentes”.</p>
<p>“Muchacho, conforme a tu fe sea hecho”.</p>
<h3>Desarrollo en la Avenida El Cementerio</h3>
<p>Para el año 41 y 42 ya estábamos en el buen terreno propio, también de la Avenida Principal de El Cementerio, usando todavía el local portátil. Para esos años el barrio El Cementerio no tenía agua ni cloacas. La segunda guerra mundial estaba en pleno fragor. Los alemanes habían tomado a Francia y otros países de Europa. Había temor, se sentía pánico que los alemanes conquistasen el mundo. Inglaterra estaba semidestruida por los bombardeos alemanes. El papa Pío xii había bendecido los cañones italianos que tomaron a Albania.</p>
<p>Para esos años fue cuando los lectores de la Biblia empezaron a escudriñar más los libros de Apocalipsis y Daniel. Poco se oía antes hablar del anticristo, pero las crueldades de los alemanes con los judíos y la arrogancia de Hitler inspiraban el comentario que él era el anticristo. Se hablaba mucho de quinta columna; por eso los alemanes en los países neutrales eran muy vigilados. Yo trabajaba herrería con un alemán que llamaban “Mascalengua”, que decía: “Yo quiero mucho Venezuela, yo bebe tres botellas ron por día, yo bebe un botella ron por noche, yo dormí pierna suelta”.</p>
<p>En tiempo de la guerra don Eduardo Fairfield estaba en el Norte de Irlanda, su propia patria, y estaba como cautivo, pues a causa de la guerra no podía regresar a Venezuela. El Ministro del Interior de Venezuela para aquel tiempo, un romanista polo a polo, no concedía permiso de entrada al país a evangélicos. Don Juan Wells, pasando pruebas extremas con su esposa enferma, estaba como aislado en Nirgua por causa de la guerra. Le restringían la libertad de viajar a otros estados. Guillermo Williams y Santiago Saword, por ser conocidos y más audaces, eran los que se movían con más libertad en el país.</p>
<p>En algunas de las dieciocho o veinte asambleas establecidas en el país la colecta u ofrenda para el Señor cada domingo no pasaba de tres o cuatro bolívares. Todavía la persecución contra el evangelio se dejaba sentir crudamente en muchos pueblos, empezando desde Caracas. Cualquiera, transgrediendo el Código Civil, apedreaba un culto evangélico; algunos azuzados por el cura, otros encontraban apoyo en la autoridad civil. El mundo será amigo del que contemporice con él, pero es enemigo siempre de Cristo, del evangelio y del evangélico que lo condene.</p>
<p>En 1942 llegó la madera a la estación de Palo Grande; madera de corazón muy dura y pesada. Yo contraté un camión viejo para el transporte; la madera era de vigas de 6 metros de largo por 15 o 18. En Puente Hierro el peaje era una subida pendiente; traficaba el tranvía y los pocos automóviles que había. Cuando llegamos arriba la madera se rodó para atrás como escalera de bomberos. El camión se levantó [con] las dos ruedas de adelante al aire, y en esta posición rodó con nosotros adentro hasta Puente Hierro otra vez. Ni el tranvía, ni otro vehículo, ni peatón pasó por la calzada en un trecho de cuatro y media [cuadras] que rodamos atrás, pendiente abajo, hasta el plano donde el camión volvió a caer en sus cuatro ruedas.</p>
<p>Ah, ¡qué días aquellos! Días de juventud, de atrevimiento, de fe en Dios. Hoy confiamos más en la experiencia que en el Invisible.</p>
<p>Como la congregación seguía creciendo, el volumen de madera fue acomodado en gradas que servían de asientos para los asistentes a los cultos.</p>
<p>Caracas era sana y limpia; la ciudad aún conservaba el clima como la encontró Diego de Losada, todavía el río Guaire con sus aguas cristalinas convidaban al baño. Eran esporádicos los casos de delincuencia porque el trabajo y el castigo no se habían divorciado. En algunos planteles de educación se oía el chasquido del látigo a la palmeta; la mayoría de los padres de familia mantenían su hegemonía en el hogar; haciendo respetar su palabra cumplían como primer factor en las instituciones con la disciplina del muchacho. El desborde de la desmoralización social que vive el mundo tiene su principio exclusivamente en la inmoralidad que halló alojo en la familia.</p>
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<p>Para aquellos días se corrió un rumor calumnioso contra don Guillermo Williams. Un creyente afirmaba que una revista, traducida del inglés, decía que algunas asambleas del Canadá habían enviado varios miles de dólares a don Guillermo para la construcción del local en Caracas, y que el Sr. Williams había dispuesto de ese dinero. Esta especie estaba contaminando a algunos. Yo, sin saber, me aferré al lado de la vindicación y decía, “Eso no es verdad”.</p>
<p>Como las lenguas seguían derramando vileza, un día dije al propagador del infundio: “Don Guillermo está en Maracay celebrando cultos. Vamos a hablar con él”.</p>
<p>El viaje era largo en aquel tiempo. Llegamos a Maracay cuando don Guillermo estaba en la tribuna predicando. Nos vio y, recortando su sermón, dijo: “El hermano Naranjo de Caracas está aquí, y puede tener una palabra corta”.</p>
<p>El chofer del autobús donde viajamos tenía su propia filosofía escrita en letras grandes frente a los pasajeros: “Nacer, comer, sufrir, morir, ¿y qué después?” Ese fue mi tema para la predicación aquella noche. Fue la primera vez que yo predicaba con don Guillermo. A él le gustó, porque siempre se gozaba con temas y palabras nuevas.</p>
<p>Al llegar a la casa expuse el asunto. “Este hermano dice así de usted”. Era característico de él mover un poquito sus bigotes recortados y fijar los ojos azules en su interlocutor. Dirigiéndose a mí, mi interrogó: “Y usted, ¿qué dice, Naranjo?”</p>
<p>“Que eso no es verdad”.</p>
<p>Luego nos dio una explicación de todo. Creo que desde aquella noche en adelante don Guillermo puso se sello de confirmación de cariño y amistad para mí hasta el fin.</p>
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<p>En 1943 empezamos la construcción del local de El Cementerio. Eran muy escasos los recursos; muchos trabajos teníamos que hacerlos en forma rudimentaria a las manos. No teníamos ni una sierra motriz para aserrar una madera tan dura como el tuque. Sin pedir un centavo a nadie, terminamos una obra costosa.</p>
<p>Los planes tenían una nave central y al fondo de la nave presentaban unas gradas donde subiría el pastor al altar mayor. Tales cosas fueron puestas a un lado. Don Guillermo nos reunió a todos y dijo: “Al venezolano si uno le pregunta qué sabe hacer, contesta que sabe hacer de todo, y en todo se mete dando su opinión, su parecer, su consejo; son sabelotodo, de ahí es que le viene la salida. Cada uno con fe y con su religión se salva. Así que en este trabajo yo soy el jefe, yo soy el mando, no hay dos cabezas, porque caballo de dos amos se muere de hambre”.</p>
<p>Cuando estábamos en lo más importante del trabajo, llegó buscándome Millington, compañero de trabajo, mecánico tornero en la compañía petrolera. El había terminado un invento sobre combustión de calderas y me ofrecía Bs 30 diario, que para aquel tiempo era un sueldo de pingüe beneficio. Pero también una tentación para abandonar la obra. Yo dije a Millington, “No. Ofrecí terminar este trabajo y seguiré hasta el fin”. Un tiempo después llegó el alemán con quien yo trabajaba. El y yo teníamos contrato de arreglar todos los picos, palas, azadones y rejas del cementerio. Esa era otra buena oferta y otra tentación. Yo dije al alemán que no.</p>
<p>Hay que dar honor al mérito. “Sed agradecidos”, dice la Biblia (Colosenses 3:15). En años anteriores cuando la situación económica era precaria, había muchos hermanos sin trabajo. Creyó en el Señor una viejita, la señora Lucinda que por cariño llamábamos Mamá Chinda. Esta hermana con su industria manual de hacer chinelas, que vendía de noche en hoteles, enseñó a muchos y confortó en muchas necesidades cuando estábamos parados sin trabajo, especialmente cuando estábamos haciendo el local y ninguno tenía sueldo.</p>
<p>Mi fe me fue sostenida observando que con tan poco dinero hiciéramos tan grande edificio. Yo vendí mi primera casa por una bagatela y construí una mejor, en mejor lugar y más cerca del local. Esto nos motivó a dar siempre gracias a Dios por darnos nuestra casita propia.</p>
<h3>En la calle</h3>
<p>Las noticias de la segunda guerra mundial se hacían demasiado interesantes. La estrella del diablo que orientaba a Hitler le indujo que debía voltear la boca de sus cañones hacia el norte para que de conquista en conquista llegara a Moscú. “Y verás transformada a Alemania”, decía Hitler, “Berlín capital del mundo”, arengaba a los soldados. “Quiero que me sigan millones de jóvenes lobos. Rasparé el barniz del cristianismo que cubre a los hombres, y volveré a hallar el alma del paganismo”.</p>
<p>Hitler bajó y bajó a las profundidades desconocidas. En la segunda resurrección resucitará y se unirá a Gog y Magog (Apocalipsis 20:7 al 10); resucitará con el mismo espíritu belicoso para recibir su sentencia final. La guerra terminó en el año 1945.</p>
<p>Unos meses antes estaba yo más interesado en las noticias de la guerra que en mi nueva vocación de anunciar el evangelio. En la hora del sesteo del trabajo, cuando debía ocuparme de hablar de la palabra de Dios a mis compañeros, me confundía con ellos en una discusión respecto a la guerra. El jefe supremo de los Aliados era Eisenhower, y Romel estaba en África, pero sobre todo yo defendía al mariscal Montgomery, vencedor de Romel, por lo que había visto de él en la prensa: “Montgomery no fuma, no bebe, hace oración delante de sus tropas antes de salir al frente de la batalla”.</p>
<p>En esto estaba cuando dejé de hacer un trabajo de herrería que me confió el jefe, un alemán, como me reclamó mi descuido agriamente. Yo me enojé, me vestí y me fui a mi casa. Al volver el siguiente día al trabajo, el alemán me dijo: “Usted ha transgredido el Artículo 31 de la Ley del Trabajo y está despedido”.</p>
<p>Estaba yo sin trabajo y salí con una quincalla a vender guarandingas al otro extremo de la ciudad para que los hermanos no me vieran. Resultó que cuando toqué la puerta de una casa ofreciendo mis baratijas, una señora abrió la puerta y me dijo: “¡Guá, señor Naranjo!” Que pena me dio cuando aquella señora me reconoció; ella era hermana de una familia evangélica de la congregación de El Cementerio.</p>
<h3>De Cumarebo a Tucacas</h3>
<p>Al comienzo de 1945 don Guillermo Williams me dijo: “Naranjo, ¿qué está haciendo?” “Estoy sin trabajo, don Guillermo”. “Gracias al Señor que está desocupado, porque vengo pensando en usted para que me acompañe en una campaña evangélica en Estado Falcón”. Acepté la invitación, arreglé mis bártulos y nos fuimos a Puerto Cabello.</p>
<p>Tuvimos que esperar nueve días hasta que hubiera oportunidad de salidas de barcos para Puerto Cumarebo. Para esos mismos días se rebosó el pozo séptico del Colegio Evangélico. Otro señor y yo tuvimos que vaciar ese tanque a puro balde por un cabestro. Cuando ya iba por las rodillas yo me metí en el tanque para vaciar más rápido el depósito de estiércol; todos se admiraron de mi poca sanidad y falta de escrúpulo.</p>
<p>El tiempo gastado en el viaje fue una noche y un día. Las experiencias del viaje fueron amargas; el barquichelo se bamboleaba como un corcho. Yo fui primero en marear; acurrucado en la proa del barco no quise hablar ni tener contacto con nadie. Don Guillermo [Williams] se me acercó y como un padre tierno me puso la mano en la cabeza y me dijo; “Mi hijo, ‘os amonesto que tengáis buen ánimo; porque no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros &#8230; Tú, pues, sufre trabajos como fiel soldado de Jesu-cristo’”. [Hechos 27:22, 2 Timoteo 2:3] Luego cayó mareado Don Guillermo también. Ya la señora Mabel iba recostada; todo daba vuelta alrededor de ella. Don Pastor Peña, hombre ducho en el mar, les atendía con solicitud metiendo la ponchera para aparar los vómitos.</p>
<p>Llegamos la tarde del día siguiente a Cumarebo. Ya Don Guillermo conocía esa región por varios años antes que yo; sabía que el pueblo de Cumarebo era duro para recibir el Evangelio, aunque muy complaciente y cortés. El siguiente día él me dio mi cupo de tratados para repartir en el pueblo. Sabía cuáles eran las calles más indiferentes para el evangelio &#8230; y me mandó por esas calles que yo no conocía. Cuando regresé, me preguntó, “¿Cómo le fue?”</p>
<p>“Me recibieron bien. Hay que buscar sillas, porque vendrá un gentío al culto”.</p>
<p>“Conforme a tu fe sea hecho; posiblemente los asientos son pocos, ¿verdad?” “Sí”, dije yo, “son pocos”. Esa noche no fue ninguno de los que prometieron ir.</p>
<p>Yo tenía que abrir el culto de la predicación, y leí en Marcos 11 sobre el pollino atado. En mi perorata dije: “El hombre en sus pecados es como el burro suelto en la sabana; no tiene riendas ni freno que lo contenga. Entonces cuando recibe a Cristo está atado por el evangelio para servir al Señor”. Luego subió don Guillermo, y dijo: “El creyente en Cristo no es ningún burro atado. El hombre está atado en las cuerdas de su pecado, y Cristo vino para darle libertad de sus cadenas que le atan a los vicios y farándulas del mundo”.</p>
<p>“Amén”, dije yo en secreto. El que anda con sabio, sabio será.</p>
<p>En esa ocasión se abrió una puerta a la predicación en el caserío La  Ciénega. Una noche después del culto don Guillermo traía la lámpara de gasolina delante de nosotros y en ese momento una culebra mapanare iba cruzando el camino. “Mátala, Naranjo”, dijo.</p>
<p>Yo me puse a titubear porque tenía miedo. “¿Cómo que la vas a dejar ir, Naranjo?”</p>
<p>“Es que, que, que no tengo una piedra”.</p>
<p>“Tenga la lámpara”. Don Guillermo brincó a pie junto y cayó sobre la cabeza de la culebra; la sostuvo con un pie y con el otro la remató.</p>
<p>“Déme la lámpara, y sepa que la culebra se mata por la cabeza”. El que anda con guapo, guapo será.</p>
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<p>Subimos a La Montaña de Tocópero para empezar la [última] conferencia. Después del culto cuando ya estábamos acostados, de repente oigo la voz de Monche Barbera: “Señor Naranjo, salga fuera porque viene la invasión”. Millones y millones de hormigas venían arrollándolo todo, por dentro, por fuera y por encima de la casa; pasaban por encima de todos los objetos. Rápidamente volvimos a encender la lámpara de gasolina para contemplar a cierta distancia aquel espectáculo maravilloso.</p>
<p>¿Quién dirigía aquellos ejércitos? ¿Adónde iban? Don Guillermo sentenció: “Perezoso: ve a la hormiga, mira sus caminos y sé sabio”. [Proverbios 6:6] “Es la mudanza de las hormigas para buscar refugio seguro y escapar de la muerte que les hubiera venido en el invierno”. Ellas dejaban a su paso todo sucio y hediendo; en cambio, destruían todo insecto o reptil que se les atravesara.</p>
<p>Por esos días encontré en Mirimire al hombre que en tiempos pasados, en la época del General Gómez, entró a mi casa a media noche como jefe de recluta y me amarró como un puerco que llevan al matadero, dejándome así hasta la madrugada, cuando un amigo me hizo soltar. Aquel atropello me indignó tanto que empecé a indagar las gestiones para hacerme súbdito inglés. Al ver a ese hombre en Mirimire se me revolvió el mulato [pero] le dije: “Yo ahora soy evangélico, salvo por la gracia de Dios. Tome un tratado y vaya al culto esta noche”.</p>
<p>De Mirimire salimos para Belén a lomo de bestias. El mismo día bajamos al río para darnos un baño. A orillas del río crujía con la brisa un robusto aguacate con toda su carga y verdura. Don Guillermo dijo: “Así es el varón en comunión con el Señor. Como un árbol plantado junto a arroyos de aguas, que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae”. [Salmo 1:3]</p>
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<p>Para ese año las medias carreteras de Falcón eran intransitables; era tan seguro que se pasaría una o dos noches entre barro y plagas a orillas de los ríos Boca Yaracuy, Boca de Aroa o Boca Tocuyo, pues ninguno tenía puente. El traslado de un lado a otro era sobre balsas de tambores de metal, muy peligrosas para entrar con el carro, expuestas a hundirse en medio del río.</p>
<p>Para ese tiempo Falcón era un estado miserable, escuálido de las cosas elementales para el sostén de la vida. Fuera de Coro, que es abastecida por la sierra de Coro, no se hallaba cambur ni naranja. Hacían mucha falta las carreteras para el intercambio de comercio. La región de Mirimire estaba sufriendo un largo verano. Acercándonos a la población, cayó un fuerte invierno y cuando llegamos al pueblo un pequeño grupo tiró un cohete y gritó, “Bueno, ¡los evangélicos nos traen las lluvias!”</p>
<p>Entramos en la región montañosa y era tanta la plaga que yo no podía soportar. Saqué el pañuelo, me tapé la cara y apreté el pañuelo con el sombrero. Así el mulo me llevaba por donde él quería, pues, yo no veía el camino. De repente oigo un grito: “Naranjo, ¡aquí sale el tigre!” Yo no hice caso; aquello era un purgatorio. El tigre hubiera hecho fácil presa de mí, porque la plaga me había dopado.</p>
<p>[El trecho] del Tocuyo a Tucacas dejó en mí recuerdos inolvidables. Ya con la noche encima, oscureciendo, encontramos en uno de aquellos caños de las sabanas del Tocuyo a orillas del camino, un negro fornido, desnudo como su madre le trajo al mundo. La caravana pasó en silencio. Yo era el último, y grité, “Este será el diablo”. Todos apuramos el paso y seguimos.</p>
<p>Había enjambres de plagas que nos cubrían el rostro; eran tantas que saqué el pañuelo, lo pise con el sombrero y me cubrí la cara dejando el macho que siguiera el camino que quisiera. [Don Guillermo] me dijo: “Úntese para que aleje la plaga”. Cuando estábamos en esto, el frasco rodó. Él conoció que yo estaba enfadado y me dijo: “Te haré entender, te enseñaré el camino por donde debes andar, sobre ti fijaré mis ojos. No seas como el caballo o como el mulo sin entendimiento”. [Salmo 32:8,9] Para siempre recuerdo su exhortación y consejo.</p>
<p>Llegamos a Tucacas a las 12:30 de la noche &#8230; pero yo no pude dormir porque mi hamaca quedó tan baja que un cochino se empeñó toda la noche en rascarse el lomo con el lomo mío.</p>
<h3>Encomendado a la gracia de Dios</h3>
<p>Al cabo de dos meses en Falcón el grupito procedió por tren a Aroa, Estado Yaracuy, para la conferencia anual en Semana Santa. Se aprovechó de esa ocasión para formalizar, como si fuera, la recomendación de nuestro hermano a la obra del Señor a tiempo completo &#8211; con el beneplácito, claro está, de la asamblea en Avenida El Cementerio.</p>
<p>Quedará evidente por las páginas que siguen que por diez o más años don José se dedicó mayormente a la zona metropolitana, la región del Tuy y lo que conocemos ahora como Estado Vargas, pero con arduos esfuerzos en el oriente del país también. De sus labores en Caracas misma, él no habla tanto, pero podemos captar algo del cuadro con, por ejemplo, esta cita tomada del libro <em>La Obra Silenciosa</em>:</p>
<p>Los primeros cultos en Los Flores de Catia fueron celebrados en casas de varios hermanos. En noviembre 1946, cuando ya había interés y asistencia, don José Naranjo dirigió una serie de cultos, y el año siguiente predicó por tres semanas &#8230;</p>
<p>La cita no tiene nada de especial; la presentamos sencillamente como una muestra de muchas actividades. Continuaremos luego con sus recuerdos, advirtiendo de una vez que no hacen mención de un esfuerzo abortivo en Colonia Mendoza, Estado Miranda, en 1945; ni de Ocumare del Tuy en 1956, donde también hubo fruto seguido de reveses; ni de Altagracia de Orituco, otro lugar donde el testimonio posterior ha podido desanimar a uno menos aferrado a su Maestro.</p>
<p>Por supuesto, el don desarrollado en su propia ciudad y sus alrededores se hizo sentir en otras partes. Su estrecha amistad con don Eduardo Fairfield llevó al hermano Naranjo a Maracay, Valencia y otros centros más maduros. Y, de mucha importancia, a la tribuna en conferencias para el pueblo del Señor en Aroa, Puerto Cabello y otras partes. Con el paso de los años, su estilo llegó a ser uno solo: una lectura diáfana, una sucinta, impactante afirmación introductoria, y una exposición ajustada al tema que había definido, ilustrada con una que otra anécdota relevante, por no decir penetrante. Nada de ostentación, mucho de contenido.</p>
<h3>“Os he escrito”</h3>
<p>Ya que hemos interrumpido los extractos de varios escritos del protagonista, y a la vez nos hemos adelantado en el tiempo, haremos mención de dos ministerios que difícilmente tienen que ver con un cochino debajo de la hamaca en Tucacas ni con el enajenado mental que vamos a encontrar unas páginas más adelante. Tampoco caben cronológicamente en 1945, ni en cualquier otro año en particular. Nos referimos a dos publicaciones: <em>La Voz</em><em> en el Desierto</em> y <em>La  Sana Doctrina.</em></p>
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<p>Escribió José Ramón Peña:</p>
<p>A mediados de [1949] se celebra una reunión en la que participan todos los hermanos para deliberar sobre la iniciativa de los jóvenes, una imprenta para imprimir tratados. En esa época era difícil conseguirlos para evangelizar; la mayoría llegaba del exterior. &#8230; Los jóvenes tenían fija la idea que el periódico que íbamos a editar llevara el nombre de <em>La Voz</em><em> en el Desierto</em> &#8230; Por unanimidad se acordó que el director fuera el señor José Naranjo. Sabia decisión, de no ser así hubiera muerto antes de nacer &#8230;</p>
<p>En cierta ocasión se trancó la máquina y ninguno sabía repararla. En el sector había un señor mayor que era experto en estos menesteres. El señor Naranjo lo fue a buscar para resolver el problema de la máquina. Como era alcohólico, las manos le temblaban y casi no podía hacer el trabajo. Entonces dijo: “Si no me tomo un trago no puedo hacer nada”. Ante la urgencia de la máquina, el señor Naranjo le trajo una “carterita”, y el hombre se entonó y pudo resolver el problema.</p>
<p><em>La Voz</em><em> en el Desierto</em> es una revista bimestral con mensajes evangélicos que ha sido publicada desde aquel entonces hasta la fecha, producto del esfuerzo de creyentes en Caracas. José Naranjo se destacó en este ministerio -que incluye la publicación de tratados- desde el principio, seguido por Rubén García, Juan Ramón Peña y otros. Por un buen lapso Hildebrando Gil dedicó casi la mitad de su tiempo a la imprenta.</p>
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<p>Pero es en ciento treinta artículos en <em>La  Sana Doctrina</em> -1958 hasta 1981- que se aprecia más la talla espiritual, literaria y humana de nuestro protagonista. Y, por cierto, si uno quiere saber cómo predicaba don José, a los creyentes al menos, que lea sus escritos. Se parecen: mucha Biblia en trozos fácilmente digestibles, muchos incidentes aleccionadores, mucha percepción de lo que estaba pasando el pueblo de Dios y en el mundo en derredor (“Yo también leo la prensa &#8211; si tengo tiempo”).</p>
<p>Su aporte al primer número de aquella revista para creyentes se titula <em>Dios no es un Dios de confusión</em>, y en él se percibe mucho del carácter del autor, además de su apego a las congregaciones al estilo de aquella que había conocido tan íntima y abnegadamente por veinte años. Su segundo aporte versó sobre “infidelidad, incredulidad, mundanalidad;” a saber, debilidades entre cristianos. Termina con la afirmación santiaguina que “cualquiera que quisiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios”. Con aquellos dos escritos sobre la asamblea y la separación del mundo, él ya había fijado la pauta. (Tal vez sea significativo que su último artículo haya llevado el título de <em>Volver a la reverencia del Señor).</em></p>
<p>Uno percibe que la calidad de sus enseñanzas y exhortaciones aumentó en los primeros años de aquella publicación. Los Salmos, la Epístola a los Hebreos, los personajes del Antiguo Testamento: todos fueron objeto de sana instrucción y de aplicación perspicaz. La conducta y la vestimenta de la dama reciben atención no pocas veces, y el varón flojo o atrevido de ninguna manera sale ileso en los escritos de este siervo del Señor. Verdaderamente, nuestro hermano creció en sabiduría, además de en gracia para con Dios y los hombres. Notando la frecuencia con que usó pasajes antiguotestamentarios pocas veces citados entre sus lectores, y deleitándose uno en su vocabulario tan rico -y tan criollo, cuando él quería- se pregunta respetuosamente: “¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?”</p>
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<p>Pues, con este cambio de temario y este avance momentáneo en el tiempo, volvamos a los esfuerzos pioneros en el evangelio.</p>
<h3>El litoral central</h3>
<p>Desde años anteriores visitábamos un pequeño grupo de creyentes apacentados por el señor Bartolomé Nieto, yendo más allá [de La Guaira] hasta Naiguatá donde había algunos creyentes. Muchas veces los sábados bajamos en el ferrocarril y nos quedábamos en casa de la familia Nieto. Después de recibir mi carta de recomendación para la obra del Señor, mi primer frente de ataque fue Naiguatá, y por cierto muy poco resultado vimos. El año siguiente, en compañía de don Eduardo Fairfield y don Teodoro Acosta, celebramos el primer bautismo en el río Naiguatá.</p>
<p>Un día fuimos, el hermano Williams y yo, hasta Anare, donde hay una colonia psiquiátrica. Un demente estaba torciendo un alambre de una punta a otra y la volvía a destorcer. Cuando se enderezó y nos vio dijo: “Don Guillermo, mil años que no nos vemos”. Un poco maravillados los dos, tal vez asustados, don Guillermo me dijo: “Vámonos de aquí, Naranjo, porque hasta los locos me conocen”.</p>
<p>Se propuso formar una asamblea en Naiguatá, pero un prudente compás de espera hizo ver que el grupo no estaba en condiciones para tomar ese paso. “El Señor nos libró de tener lámparas apagadas”, fue el comentario escrito por nuestro hermano años más tarde, refiriéndose a esta y otra obra nueva.</p>
<p>Un hermano anciano de edad me convidó subir a la Fila del Indio. En su juventud había sido guerrillero en las filas de Mocho Hernández, caudillo rebelde a los gobiernos de Castro y Gómez. En campaña con sus comilitantes por Naiguatá él había subido la Fila del Indio, llegando a salir después de algunos días a la población de Guarenas. He pensado algunas veces que el anciano comparaba los soldados de Cristo a los guerrilleros. Íbamos ocho personas, cuatro hombres y cuatro mujeres compuestas por mi esposa y tres menores de edad. Sin calcular los daños y riesgos, acepté la invitación del viejo, pues no tenía ninguna experiencia. En la fila pasamos tres noches.</p>
<p>Vivían unos pocos agricultores que ni por ser una novedad de hombres con familias que celebraban cultos honestos y culturales, nada de eso les llamó la atención para asistir. Habiéndoles visitado e invitado, apenas llegaron unas muchachitas y tres adultos. Pensé cómo se deja sentir la influencia romanista hasta en los sectores más oscuros del terreno. Se conforman al nuevo ciudadano que nace, sea varón o hembra, bajan al pueblo a bautizarlo, luego le ponen una cruz en el patio. En el cuartucho de barro un altar de imágenes, y debajo el catre donde se consuma la fornicación, el adulterio y en algunos casos el incesto. En esa degeneración socio-religiosa son millares los que nacen, crecen y mueren con el signo fatídico de la cruz, rechazando obstinadamente que se les hable del amor de Dios, poniendo por mampara la religión de sus padres y llamándose cristianos.</p>
<p>¡Ah, Roma, que tuviste el privilegio de que las plantas del único hombre que ha imitado a Cristo -el insigne apóstol de los gentiles- pisara tus tierras! ¡Ah, Roma inmoral, tu castigo será peor que el de Capernaum! (Mateo 11:23)</p>
<p>Para ser más agria la visita a la Fila del Indio, el anciano guerrillero que me invitó, en la predicación en la última noche leyó en el pasaje de Lucas 14:26 y empezó a hablar sin dar una clara explicación del texto. Las muchachas fueron y dijeron a sus padres que nosotros decíamos que debían aborrecer a sus padres y hermanos y seguirnos a nosotros para hacerse discípulos de Cristo. El siguiente día el padre de las muchachas nos esperó con un machete en la mano, amenazó e insultó como son sacadores de hijas de familia. Antes que el fuego se encendiera más, tuvimos rápidamente que bajar para Anare otra vez.</p>
<h3>A Valles del Tuy otra vez</h3>
<p>En 1946 emprendí mi primera campaña en unión de mi esposa y mi buen hermano Elías Rodríguez. El lugar escogido fue San Casimiro, Estado Aragua. Alquilamos una casa por un mes; la asistencia fue casi nula, algunas noches dos personas y en otras noches ninguna. Las malas carreteras sólo permitían ir un día para regresar el siguiente día. Recibíamos ayuda de los hermanos de Caracas solamente los sábados, y regresaban el domingo. Un amigo de apellido Vicioso nos recomendó otra casa y decía: “Yo soy amigo del evangelio, ya he dejado el cigarrillo, el licor y creencias fatuas. Lo único que me queda es el apellido”.</p>
<p>En la nueva casa creyó Miguelito Martínez, que es fiel hasta hoy, Catalino y su mujer y dos analfabetos. A estos les ayudamos y los preparamos para que legalizaran sus vidas por el matrimonio civil; le compramos zapatos a la mujer, quien se los puso para ir a la jefatura y se presentó en el culto con los zapatos en las manos y los pies descalzos.</p>
<p>Los hermanos de Caracas habían llevado unas tortas para repartir a los mirones. Después del culto empezamos a repartir la torta y cuando pasamos un pedazo al novio que estaba parado en la puerta, dos sujetos enemigos del evangelio le arrebataron la torta de las manos, lo empujaron y lo tiraron a la calle. El pobre hombre, con flux embarrialado, la novia con los zapatos en la mano, tuvimos que custodiarlos hasta su casa porque el pueblo los quería matar.</p>
<p>A todo esto el padre Ramón estaba furioso, porque también un hombre mayor llamado Ramoncito, un analfabeta, había creído al evangelio. El cura le visitó: “Ramón, ¿tú y que dejaste tu religión?” “Padre, yo creía en Jesucristo”. “Tú siempre has creído en él”, dijo el cura. “Ahora yo he creído para ser salvo”, dijo Ramoncito. “¿De dónde has aprendido todo eso?” “De lo que enseña la Biblia”. “Ustedes en lo que oyen a esos protestantes herejes se hacen abogados”. “Abogado no, padre. ¿Se puede negar lo que uno cree?” El cura se levantó bravo y le dijo: “El que muere fuera de la iglesia se condena”. Ramoncito le dijo: “Yo he creído en Cristo, y si Cristo va al infierno, yo voy a infierno con él”.</p>
<p>El romanismo, viendo el empuje del evangelio en América Latina, resolvió enviar misioneros por los pueblos; hacían matrimonios a juro, levantaban una cruz, una imagen de la virgen del Carmen, de la virgen del Rosario o cualquier otro ídolo. ¿Por qué no hicieron una tablilla y la llenaron con los versículos de Romanos 1:21 al 32? Ah, ellos saben que “la exposición de tu palabra alumbra, hace entender a los simples. Bueno y recto es Jehová, él enseña a los pecadores el camino. Encamina a los humildes por el juicio. Enseña a los mansos su carrera. El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo”. (Salmo 119:130, 25:8,9, 19.7)</p>
<p>En San Casimiro teníamos una vecina incrédula; muchas cosas había visto en su religión que la desengañaron. Había visto al sacerdote almacenando caraotas para venderlas a buen precio mientras el pueblo hambreaba. Sabía que las caraotas estaban picadas, y que cuando el pueblo consumidor llegó a reclamar a los vendedores, al saber que las caraotas procedían del cura, tenían que callarse. Sabía que la dueña de una tienda vivía en adulterio; el cura se alió con ella y se hicieron los primeros enemigos de los evangélicos para hacerlos salir del pueblo. Prepararon una procesión con el fin de levantar al pueblo en persecución contra los evangélicos. Sabía quien de los hombres que andaban a caballo fue el que le tiró el caballo encima del hermano Isaías Carrasquero a fin de estropearlo.</p>
<p>Pasó la procesión frente a nuestra casa alquilada. El cura fue el primero en gritar: “¡Que se vayan los protestantes del pueblo!” “¡Que se vayan!” gritó el pueblo. “¡Viva el sumo pontífice!” “¡Que viva!” “¡Viva la virgen María!” “¡Que viva!” Empezó la pedrea contra nosotros que atrancamos las puertas y nos pusimos a orar. Un político de ocasión aprovechó su oportunidad, haciendo demagogia. Desde una acera alta arengó al pueblo: “Señores, en nombre de Dios y de Acción Democrática: ¡Cállense! Hay libertad de cultos en Venezuela, y si esos compatriotas no se meten con ustedes, tampoco ustedes deben meterse con ellos”.</p>
<p>El pueblo se calmó, pero un grupito reducido de los “escitas” (Colosenses 3:11) -fanáticos, borrachos, vulgares- querían hacer daño a nuestras personas. Un policía amigo de los evangélicos, como no podía hacer nada para calmar al populacho, se enfureció, batió contra el suelo la gorra y el rolo, y desafió al público que lo mataran. El cura en lo que vio el tumulto se apuró y se fue. Le alcanzó el comandante de la policía y le dijo: “Si pasa algo trágico en esto, usted es el responsable”.</p>
<p>Dos días después el comandante y el policía fueron destituidos. Yo fui citado a la prefectura. El jefe me dijo: “Usted tiene que desocupar el pueblo”. El error consistió en que yo puse un telegrama público al Ministro del Interior, acusando al cura de incitar al pueblo contra nosotros los evangélicos. Por falta de más experiencia en los trabajos del evangelio no tenemos un testimonio más estable en San Casimiro. Unos días después me escribió don Guillermo: “Naranjo, vi su telegrama público al ministro pidiendo sanción para el cura. En otra ocasión diríjase a las autoridades locales; pasar por sobre ellos es desacreditarles”.</p>
<p>Algunos empleados destituidos, yo botado del pueblo, la obra del Señor debilitada, y el cura esperando mejor precio para vender otras caraotas. Damos gracias al Señor por las cosas que acontecieron para que unos y otros fuéramos probados. Todos caemos en errores que nos sirven de aviso para yerros sucesivos. Si yo me hubiera quedado en aquel tiempo, hoy hubiera una asamblea. Aprendí la lección.</p>
<h3>Un paréntesis: Boquerón</h3>
<p>En mi primera visita a San Casimiro a los pocos días de estar en el pueblo recibí un telegrama de don Santiago Saword invitándome acompañarle en Boquerón, Estado Carabobo, donde se había abierto una puerta a la predicación del evangelio. Al llegar a Carabobo, la región de Güigüe, el Central y Boquerón, de distancia en distancia hay una cruz de concreto con un lema en el centro: <em>Salva tu alma</em>. Todavía en este tiempo, siglo XX, el mismo símbolo fatídico de los colonizadores españoles.</p>
<p>Sigo más adelante y veo un niño que hinca una rodilla en tierra y cruza los brazos, diciendo: “Bendición, padrino”. Pregunto al hijo mayor del hombre que nos prestó el terreno respecto a esas costumbres. Me dijo: “Eso va pasando ya, pero la enseñanza es: al padrino doblar una rodilla en tierra y al cura hincar las dos rodillas, hacerse la cruz en la frente y decir, ‘Bendición, padre’”.</p>
<p>Yo fui con mi esposa. En dos cuartos de un viejo cuartel del general Gómez nos acomodamos todos. A los pocos días el cura del distrito levantó persecución contra nosotros. En el pueblo era pública la noticia que el cura era homosexual.</p>
<p>Un día mi esposa pelaba las papas para el almuerzo y don Santiago leía su Biblia. Llegó el cura con unos pocos seguidores y reclamó a don Santiago meterse en su parroquia que ya era cristiana. Don Santiago, siempre manso, alegó que Jesucristo mandó a predicar el evangelio en todo el mundo.</p>
<p>Mi esposa, con el cuchillo en la mano, intervino, y le dijo al cura: “¿Y qué quiere usted?” El cura le dijo: “Cállate tú, porque tú eres la sirvienta de los americanos”. Respondió ella: “Es mejor que ser engañador como usted”.</p>
<p>Nuestro hermano volvió a Boquerón a fines del mismo año 1946 y cinco personas más profesaron ser salvas.</p>
<h3>Mucho esfuerzo en el Tuy</h3>
<p>En 1948 entré en Charallave, y casi siempre estaba mi esposa conmigo. (Uno iba de Caracas a Charallave en autobús en 4½ horas). Todas las noches un grupo me molestaba e interrumpía el culto. Una noche dejé la Biblia en la mesa y perseguí al capataz, corriendo tras él y diciéndole: “¡Párate para que sepas que un evangélico pega duro!” Si el hombre se hubiera devuelto, ¡no sé qué hubiera hecho yo! [Otro ha comentado: “Ahora don José enseña que más se gana con miel que con hiel”].</p>
<p>No se abren puertas, sino abrimos puertas. Seguí a Santa Lucía, alquilé una casa y empecé a predicar el evangelio, casi siempre acompañado por mi esposa. Creyeron varias parejas que vivían en concubinato, e hicimos los arreglos para ayudarles a legalizar sus vidas con el matrimonio.</p>
<p>El cura tuvo informes y mandó a Caracas a buscar varias hermanitas para hacer campaña de “matrimonios a juro”. Un hombre a quien las hermanitas estaban molestando todos los días, diciéndole que debía casarse, se puso bravo. Les dijo: “¿Quieren que yo me case? ¿Por qué no se casa el Papa? ¿Y las hermanitas? Así me darían el ejemplo”. “¡Uy! horror. Este hombre es un hereje discípulo de Lutero”.</p>
<p>Se abre puerta en Los Teques. Predicamos en Petare, ayudamos en La  Guaira. Un grupo de los nuestros tiene su principio en Parroquia Manicomio; allí vamos soplando el fuego. Don Modesto Jórgez y su esposa equipan un garaje bien presentado en El Valle; seguimos expandiendo el evangelio. La ayuda de don Guillermo es continua; don Santiago y don Eduardo en sus ocasiones también nos dan su colaboración.</p>
<p>Visitábamos los barrios y las quebradas confiadamente; si alguna dificultad se presentaba, era en contra del evangelio, casi nunca contra nuestras carteras. Era una libertad que no podemos gozar hoy por los malandros drogadictos cobradores de peaje.</p>
<h3>Estado Anzoátegui</h3>
<p>Todavía en 1950 en el viaje a oriente, o sea Barcelona / Puerto La Cruz, los autobuses hacían el recorrido en tres etapas: Caracas &#8211; Valle La Pascua, a El Tigre, y a Barcelona o Puerto La Cruz.  Una noche en Valle La Pascua el hermano Elías y yo salimos a dar una vuelta por la plaza repartiendo unos tratados. En esto topamos con el sacerdote a quien le dimos un tratado evangélico. El cura lo recibió y cuando vio que era evangélico hizo un mal gesto, arrugó el tratado y lo tiró al suelo.</p>
<p>Después de dar unos diez pasos, miró atrás, se devolvió, recogió el papel arrugado y se lo metió en el bolsillo. ¿Sería curiosidad sincera, o sería sospecha de que otro lo leyera? “Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno”. (Eclesiastés 11:6)</p>
<p>La siguiente noche estábamos en El Tigre. Todavía no se hacían ventanas de hierro basculantes en el país; la pensión tenía ventanas a la calle protegidas solamente con tela metálica delgada.Como a la 1:00 de la noche oigo un solo rasgón en la esquina de la ven-tana. Me quedé calla-dito esperando como un cuarto de hora; después veo en la oscuridad una mano que se introduce por el hueco en la tela rota y empieza a palpar a ciegas. De repente me incorporo y le asesto un golpe bien dado al hombre en la mano. Solamente sentí el pujido y la maldición y las palabras con otro sujeto que corrieron ligero del lugar. Todavía no se oía de drogas, ni de bombas ni asaltos, ni somníferos; eran los ladrones de pantalones, de camisas, de zapatos y de gallina.</p>
<p>Al tercer día llegamos a Puerto La Cruz, al barrio llamado El Pensíl. Había un grupito de profesantes en el evangelio. Al siguiente día salimos a comprar tablas y listones e hicimos unos bancos rústicos, predicando el evangelio todas las noches. Yo llamo esa visita antesala y no principio de la obra por lo que aconteció después en ese primer grupo.</p>
<p>El hermano Elías y yo pusimos telegrama a nuestras familias que regresaríamos en avión. Nuestras esposas, novatas como nosotros, dispusieron comprar flores y fueron a esperarnos en el aeropuerto de La Carlota. Después de mucho tiempo de espera un compasivo les dijo: “Señoras, eso no es aquí, eso es en Maiquetía”. Llegamos a las 11:30 de la mañana y, no viendo a nadie, subimos a Caracas. Las señoras en esa misma hora bajaron a Maiquetía. Eran las 3:00 de la tarde, con sus flores marchitas, mirando lejos cuando otro compasivo les dijo: “Señoras, esos señores llegaron a las 11:30 de la mañana”. Subieron a Caracas a prepararnos almuerzo cuando pensábamos salir en busca de ellas. ¡Ah, bendita sencillez, tan civilizados que estamos hoy! pero no se ve el poder de Zorobabel en los que desprecian el día de las pequeñeces. (Zacarías 4:9,10)</p>
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<p>El segundo viaje a oriente lo hicimos don Eduardo Fairfield y yo. Nos tocó la suerte de hospedarnos en el primer hotel lujoso de El Tigre. Llegamos el día de la inauguración; qué de comodidad y lujo después de un largo viaje en autobús por carreteras tan malas en aquel tiempo. El autobús fue atollado varias veces en los arenales de Pariaguán a El Tigre. Oíamos la voz del chofer y colector: “Señores pasajeros, háganos el favor de ayudarnos a empujar este animal; de otro modo vamos a pasar la noche en este desierto sin agua ni comida”.</p>
<p>¡Qué cambio tan drástico del hotel de El Tigre al barrio El Paraíso en Puerto La  Cruz! El Paraíso es nombre puesto por ironía, ya que era la parte baja del “hades”, un barrio formado en una salina. Una brisa caliente levantaba un polvillo que le entraba por todas partes al cuerpo y nos producía una continua erupción. Las letrinas estaban repletas; las moscas de día y los zancudos de noche; no había cómo acabar con ellos. Había que esperar con su perola el camión que repartía el agua dulce. Los botiquines y las prostitutas proliferaban más que la comida, juntamente con las rocolas que no tenían ley. Todo era sucio e inmoral.</p>
<p>Como cosa predominante, la capilla católico romana con su torre y campana ocupaba el lugar central, patrocinante de las tinieblas, opuesta a la luz. Al predicarse el evangelio aparecía el cura con su gente, una cantidad de muchachos, a fin de burlarse y agredir a los evangélicos en su propio culto. Cuando llovía se hacía un barro pegajoso que atascaba los carros; si era de noche había que dejarlo hasta que se hiciera de día.</p>
<p>A las 4:30 de la tarde la señora venía con una sopera en la cabeza; adentro traía varias ruedas de pescado frito, papas sancochadas y dos huevos sancochados pelados, un poco de sal molida y un tarro con café con leche. Todas las cosas venían frías. Por la mañana llegaba la sopera con pescado frito, una arepa de maíz puro; en ese tiempo no había Harina Pan. Al medio día llegaba la sopera con sopa de pescado con verduras, pescado frito y tajadas. Comimos carne dos veces en quince días; la variación estaba en papas o arroz frío.</p>
<p>Los señores Naranjo y Fairfield soportaron situaciones como ésta en varias temporadas entre 1950 y 1961.</p>
<h3>Ciudad Bolívar</h3>
<p>Ya estamos en la década del 50. Don Eduardo y yo preparamos de nuevo para tomar el avión en Maiquetía y volver a oriente. En el aeropuerto gente y maletas se confunden; no hay por donde pasar. Una monja está buscando paso y no halla, la única salida es por sobre la romana de pesar equipajes. Ve para todas partes, es muy gorda y pequeña de estatura; los ojos de todos estamos fijos en ella. Se resuelve y pisa la romana para pasar, la aguja marca 110 kilos; soltamos la risa y esperamos otro nuevo episodio que nos sirve para distraer el tiempo.</p>
<p>Después de la visita a los hermanos en Puerto La Cruz, tomamos el autobús para Ciudad Bolívar. Otra vez los arenales; el vehículo que se sale del carril atascado en la arena, a empujar “el animal” de nuevo. Pero los malos ratos del viaje eran mitigados con un pasajero cómico que sin ser vulgar nos hacía reír en el calor y el sudor.</p>
<p>Para ese tiempo no se explotaban minas de hierro; no había siderúrgica; no había represa del Guri; muy pocas industrias en Bolívar. Llegamos a uno de esos hoteles del Paseo Orinoco; teníamos hambre y era la hora de la comida. El mesonero traía como veinte platos vacíos unos sobre otros recostados en el pecho. Esperamos largo rato y al fin avisaron: un poquito de sopa de fideos, un poquito de arroz, un poquito de fideos, unas granas de carne mechada, dos rebanadas de pan y una tacita de café negro.</p>
<p>Nos dieron la pieza número 4. Cuando me senté en la cama para acostarme, me hundí casi para salirme por debajo. Pero el colmo era la sala de baño. Sentado en la poceta veo al frente un gato pequeño que tiene sus ojos puestos en mí, y pongo mis ojos en él. En ese monólogo estaba cuando me moví. Saltó la rata y se metió en una cueva; en seguida la otra. Eran ratas “orinocoide”. Cuando el turno tocó a don Eduardo ir al baño se encontró con el mismo espectáculo. Regresó y dijo: “José, bien por la mañana nos vamos de aquí”. Recogimos nuestros bártulos, pagamos y nos fuimos sin desayunar. Suponíamos que las ratas se habían desayunado antes de nosotros. Nos fuimos a otro hotel.</p>
<p>El siguiente día, como a las 10 de la mañana, tocan la puerta de nuestro cuarto: “Señor Eduardo y Señor Naranjo”. Abrimos y oímos un saludo cordial, amigo de cariño. “Hermanitos por las misericordias de nuestro Dios y por la fe de los que estamos firmes de pie han venido a visitarnos. Es el honor que nos concede nuestro Padre celestial”. Era el hermano Teófilo Ruiz con su esposa, él locuaz y expresivo, sin mucha preparación intelectual. Pero en cuanto a la doctrina apostólica estaban bien fundamentados, asistiendo al grupito que con él se habían separado de la diversa doctrina.</p>
<h3>Guárico también</h3>
<p>En otra de las visitas a las asambleas de oriente fui con don Guillermo. Siempre salimos del Estado Aragua por la carretera de los llanos, pues no había otra. Esa noche nos encontrábamos en Maracay para tener ministerio de la Palabra de Dios en la asamblea de Palo Negro. Don Guillermo ministró sobre “Escrito está. Persiste tú en lo que has aprendido. Porque la palabra de Dios es viva”. (Mateo 4:1 al 11, 2 Timoteo 3:14 al 17, Hebreos 4:12,13) El siervo del Señor hacía énfasis en la lectura de la palabra de Dios, y en esto preguntó: “Quién de vosotros no ha leído la  Palabra de Dios hoy?” En esto vemos que dos de los ancianos de la iglesia, dos veteranos en el evangelio, se pusieron a llorar en sus asientos. La palabra había tocado directamente a ellos. Después con excusas justificadas expusieron el por qué no habían tenido tiempo de leer la Palabra de Dios ese día. “La palabra a su tiempo cuán buena es. El que escucha la corrección tiene entendimiento”. (Proverbios 15:32,33)</p>
<p>Muy de mañana emprendimos viaje hacia los llanos; nuestro primer itinerario era la asamblea de Tigüigüe. De algunos recuerdos sobresale el niño que libró a su madre con un grito a tiempo: “¡Mamá, una cascabel!” Si la señora hubiera dado un paso más, una grande serpiente cascabel la hubiera mordido. Un hermano a tiempo y activo le atestó un palo en la cabeza y acabó con la cascabel.</p>
<p>Fuimos a Las Mercedes y hallamos una mujer aprovechadora con una niña pequeña, quien se fingía evangélica para especular a los creyentes. A esa mujer la confirmaron con el mote “la mujer de la ametralladora”. En los días que estábamos allí, la mujer delinquió en una cosa pública y fue perseguida por la Guardia Nacional. Un guardia primero fue a casa de los evangélicos y les dijo lo que había de la mujer, para que entregaran la mujer o pagaran el daño.</p>
<p>Cuando se les informó que esa mujer no era evangélica, la buscaron en el rancho donde se había metido, trancada firmemente la puerta. Cuando la guardia llegó y la llamó, la mujer respondía de adentro como una leona: “Mejor es que no se meta conmigo, pues yo tengo una ametralladora de 66 tiros”. Les gritaba y repetía las frases; una ametralladora de 66 tiros. Entonces un guardia le dijo al otro: “Eso es embuste, vamos a forzar la puerta”. Cuando abrieron la mujer les presentó la Biblia, mostrando los sesenta y seis libros. Arrestaron a la mujer aquella noche y al siguiente día, en consideración de la niña, la dejaron en libertad.</p>
<p>Frecuentemente aparecen esos oportunistas que saben detectar la ingenuidad de muchos evangélicos, especialmente las hermanas que son susceptibles al sentimiento. Demasiado generosas, no se dan cuenta que con ello cooperan con los timadores. “Aprendan también los nuestros a ocuparse en buenas obras para los casos de necesidad, para que no sean sin fruto”. (Tito 3:14)</p>
<p>En aquel tiempo el viaje más largo y agotador para el oriente era de Las Mercedes a Puerto La Cruz. Había que pasar por El Tigre, pues no había otra manera. Llevar la señora Mabel de Williams con nosotros era honor y gran refrigerio. Ya no teníamos que esperar la sopera con las papas frías; la señora Mabel correspondía en la obra de Cristo con dignidad de señora, misionera de vocación, una hermana en Cristo, una sierva del Señor que servía a los siervos de su Señor.</p>
<h3>¿Y qué más digo?</h3>
<p>“¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de &#8230;”, Hebreos 11.32. Quizás deberíamos continuar con la cita para incluir, “por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas”. Se podría hablar de Los Altos de Santa Fe, Estado Sucre, o ir atrás a lugares como Altagracia de Orituco y Caucagua. A partir de 1960 don José contaba con Hildrebando Gil como su compañero de milicia, pero el año siguiente la muerte llevó a su mentor, William (Guillermo) Williams.</p>
<p>Para los tiempos relatados en estas últimas páginas, el señor Naranjo era conocido y reconocido en prácticamente todas las asambleas de Venezuela, y de su influencia a través de <em>La  Sana Doctrina</em> y conferencias nacionales, ya hemos hablado.</p>
<p>En cierta ocasión el médico que le examinó comentó que no había visto rodillas con callos como los que tenía Naranjo. ¡Había descubierto el secreto! Aquellos callos eran consecuencia de la oración a rodillas. Por ejemplo, su costumbre era no salir de la casa en una diligencia sin haber orado.</p>
<p>A mediados de 1981 comenzó a sufrir una penosa afección renal. Sus últimas actividades en público fueron compartidas con Eduardo Fairfield, dando broche de oro a la relación entre ellos que comenzó en aquella casa en Caracas en 1937. Partió a estar con Cristo el 28 de agosto de ese mismo año, habiendo exhortado a todo oyente en el hospital a aferrarse “de La Roca”. El estaba bien aferrado, y había bebido ampliamente de aquella Roca, Cristo, que le seguía a él, y que él a su vez seguía por cuarenta y cuatro años.</p>
<p>Como hemos señalado, era la costumbre de don José comenzar su prédica con una afirmación concisa, enfática. El que escribe se acuerda de una ocasión cuando leyó de cierto personaje en las Escrituras, bajó su Biblia, miró al auditorio y exclamó de entrada: “¡Honor al mérito!” Conforme él empezó hablando de otro aquel día, terminamos esta breve biografía (la más extensa posible con la información conocida), exclamando, “¡Honor al mérito!”</p>
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