Esteban (#439)

Esteban

 

 

Héctor Alves

 

 

Esteban es uno de los hombres más sobresalientes en el Nuevo Testamento. Su nombre quiere decir una corona, y lo cierto es que recibirá una corona de vida en el día de Cristo. Este varón comenzó su carrera de una manera humilde y la finalizó con una nota de triunfo. Se nos presenta por vez primera en las palabras de Hechos 6.5, “eligieron a Esteban”, y la última referencia está en el 8.2, “hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban”.

En las breves menciones de él encontramos un siervo lleno del Espíritu Santo, un predicador lleno de fe y poder y un mártir lleno del Espíritu Santo. Nada sabemos de su vida de mozo ni su conversión, pero está presentado primera-mente con una recomendación loable, ocupado en servicio humilde. He aquí un hombre espiritual, dispuesto a comenzar abajo como diácono, o servidor. No dudamos de que haya hecho bien su labor. Inmediatamente después de su designación, junto con la de otros, “crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén”. Este es resultado de servicio y testimonio aprobados por Dios.

 

En el relato de su defunción, se menciona que los testigos colocaron su ropa a los pies de Saulo. Treinta y dos años más tarde, este hombre, ahora el apóstol Pablo, escribió: “Los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús”, 1 Timoteo 3.13. Esteban comenzó como diácono y por haber ejercido bien su ministerio ganó su grado honroso y mucha confianza en la fe; éstos se veían en su predicación y su martirio.

Hay una lección en esto. Algunos quieren entrar en la escuela de Dios en el salón para los avanzados. Se veía la gracia y humildad lado a lado con la fe y la plenitud del Espíritu de este varón de Dios. Pronto le encontramos testificando con sus labios; el servicio en la iglesia lo capacitó para este testimonio público, y el relato cuenta que realizó grandes hazañas entre el pueblo. Entendemos que era amoroso y pacífico, pero a la vez defendía el evangelio con denuedo. Podía servir a las mesas, predicar el evangelio y contender ardiente-mente por la fe.

 

La defensa de Esteban ante el concilio fue contundente. No se excusó a sí mismo, sino habló palabras de verdad y sobriedad en su denuncia de la nación de Israel. Como consecuencia, selló con sangre su testimonio para el Señor. Fiel hasta la muerte, recibirá corona de vida, Apocalipsis 2.10.

Vemos también en la muerte de Esteban el espíritu del Señor Jesús. Nuestro Señor oró desde la cruz, “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, y las palabras de este mártir moribundo fueron, “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”. Nuestro Señor dijo, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y las de Esteban fueron, “Señor Jesús, recibe mi espíritu”.

 

Así terminó una noble vida de testimonio.

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