Escenas bíblicas (#306)

 

Escenas bíblicas

65 lecciones evangélicas
del Antiguo Testamento

 

 

Escritos tomados de El Mensajero Cristiano, para la sazón publicado en Puerto Cabello, Venezuela.

 

La primera serie, señalada por un asterisco, data de los 1920, y la segunda,
redactada por G. G. Johnston, fue publicada entre 1935 y 1947.
Para la segunda, se ha modernizado el vocabulario ligeramente,
empleando la traducción Reina-Valera de 1960 en vez de la de 1909.

 

Caín*                                        Génesis capítulo 4

Abel *                                       Génesis capítulo 4

Enoc *                                      Génesis capítulo 5

Noé *                                        Génesis capítulo 6

Nimrod *                                  Génesis capítulo 10

La torre de Babel                   Génesis capítulo 11

La paciencia de Job  y el propósito de Dios
Job capítulos 1 y 2

El lamento del hombre         Job capítulos 14 y 19

Abraham, el patriarca           Génesis capítulo 12

Harán*                                     Génesis capítulo 11

Taré*                                        Génesis capítulo 11

El cananeo *                           Génesis capítulos 12 y 13

Lot, el hombre carnal            Génesis capítulos 13 y 18

La mujer de Lot                      Génesis capítulo 19

Los hijos de Abraham           Génesis capítulos 16,18 y 21

Los hijos de Isaac                  Génesis capítulos 27 y 28

La escalera de Jacob           Génesis capítulo 28

Jacob, el pastor                      Génesis capítulo 29 al 31

José, el amado                       Génesis capítulos 37 y 41

La esclavitud                          Éxodo capítulos 1 y 12

La soberbia y su fin               Éxodo capítulos 2 al 5

La pascua                               Éxodo capítulo 12

Los enemigos vencidos       Éxodo capítulo 14

Las aguas amargas              Éxodo capítulo 15

La ley de Moisés                    Éxodo capítulos 19 y 20

El siervo devoto                     Éxodo capítulo 21

La casa de Dios                     Éxodo capítulo 25

El sacerdocio                          Éxodo capítulo 29

Los sacrificios antiguos        Levítico capítulos 1 al 7

Las fiestas de Israel              Levítico capítulo 23

Un leproso sanado                Levítico capítulo 13

La expiación anual                Levítico capítulo 16

Balaam, el falso profeta        Número capítulo 22

El paso del Jordán                Josué capítulo 3

La caída de Jericó                 Josué capítulos 2 y 6

El hogar cristiano                   Deuteronomio capítulo 6

Las ciudades de refugio       Números capítulo 35

Acán, el impenitente             Josué capítulo 7

Rut y Orfa                                El libro de Rut

Samuel profeta                       1 Samuel capítulos 1 al 3

Saúl, el primer rey de Israel
1 Samuel capítulos 9 y 15

David, varón según el corazón de Dios
1 Samuel capítulos 16 y 17

Jonatán, el enamorado        1 Samuel capítulo 18

Los valientes de David         1 Samuel capítulos 22 al 24

Mefiboset, el cojo                   2 Samuel capítulo 9

Absalom, el hermoso            2 Samuel capítulos 13 al 19

La muerte del niño                2 Samuel capítulos 12 y 18

La carta mal dirigida             2 Reyes capítulo 5

Salomón el sabio

La reina de Seba                   2 Crónicas capítulo 9

Asa, enfermo de los pies      2 Crónicas capítulos 14 al 16

La reforma antigua                2 Crónicas capítulos 29 al 32

Manasés, el sangriento        2 Crónicas capítulo 33

Josías, el piadoso                  2 Crónicas capítulo 34

Isaías y su visión                    Isaías capítulo 6

El evangelio según Isaías    La profecía de Isaías

Jeremías y las imágenes     Jeremías capítulo 10

El cautiverio babilónico        2 Crónicas capítulo 36

Volviendo al camino             Esdras 1, 2 Crónicas 36

Esdras, el sacerdote fiel       Esdras capítulos 1, 3 y 4

Edificando de nuevo             Esdras capítulo 3

Nehemías y su muro             Nehemías capítulos 1 al 6


Caín

Génesis 4.1 al 16

Caín, el primer hijo de Adán y Eva, nació después de la expulsión fuera del Edén. La Escritura dice que “andando el tiempo, Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová”.

Caín fue un religioso, pero un religioso a su manera, un religioso impío. Quiso adorar a Dios según su modo de pensar. Trajo como ofrenda el fruto de la tierra, el esfuerzo de sus manos. Caín pensó: “¿Qué más agradable a Dios que aquello que ha producido la constante y afanosa labor de mis manos?” Pero los pensamientos del hombre no son los pensamientos de Dios, Isaías 55.8. Caín inauguró una religión, que en las Escrituras se llama “el camino de Caín”, y que cuenta con millares de adherentes que pretenden justificarse delante de Dios por medio de sus “buenas obras”, olvidando que está escrito que Dios “no es honrado con manos de hombres, como si necesitase de algo”, Hechos 17.25, y que “la obediencia es mejor que el sacrificio” y el conocimiento de Dios más que los holocaustos”.

Caín, viendo que su ofrenda no fue agradable a Dios, la de Abel si, en vez de seguir el ejemplo de éste, “ensañóse en gran manera y decayó su semblante”, y estando en el campo, [probablemente después de una discusión] se levantó contra su hermano y le mató.

La intolerancia y el fanatismo son autos de la religión de Caín, y de éstos al crimen no hay sino un paso. Caín fue el primer religioso asesino: un fratricida.

Cuando el “camino de Caín” se hizo popular, la nación de Israel llegó a ser también fratricida, dando muerte a su Señor y Salvador. “Quita, Quita, crucifícale”, fue el grito del pueblo. Y más adelante, cuando el “camino de Caín” vino a ser la religión universal, católica, el llamado Santo Tribunal de la Inquisición, por medio del potro, la rueda, la hoguera y otros mil tormentos infernales, dio muerte a millares de millares de hombres y mujeres cuyo único crimen era querer adorar a Dios de acuerdo con su Palabra. Desde entonces reyes, presidentes, hombres de estado y ciudadanos necesarios al mundo, han caído bajo la mano criminal de religiosos como Caín.

Y, ¿qué es lo que detie­ne la mano de los fanáticos de nuestro tiempo? ¿Será acaso que ellos reprueban los hechos de sus correligionarios de aquellos tiempos? o ¿que sus ideas con respecto a los “herejes” han cambia­do? No, nada de eso; Roma es la misma. Ella aprueba o encubre las matan­zas pasadas, y si ahora no funciona el potro, la rueda no gira y las hogue­ras no arden, se debe a que frente al fanatismo e intolerancia de Roma, Dios ha levantado una muralla de gobiernos liberales, que amparan al ciudadano y le permiten vivir en conformidad con sus convicciones.

Caín pretendió ocultar su crimen. ¾¡Cuántos lo han hecho después de él!¾ añadiendo así pecado a pecado, y cuando fue descubierto no mostró señal alguna de arrepentimiento, sino que desconfió de la misericordia de Dios, huyó de su presencia, llegando el indeleble estigma: ¡Fratricida! “¡Ay del impío! mal le irá: porque según las obras de sus manos le será pagado”, Isaías 3.11. “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase á Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual es amplio en per­donar”, Isaías 55. 7.

Abel

Génesis 4.1 al 8

“Decid al justo que le irá bien: ¡Ay del impío! mal le irá”, Isaías 3.10,11

Tenemos ante nosotros otro personaje bíblico para nuestro estudio: Abel, el segundo hijo de Adán y Eva. Ambos hermanos nacieron después de la caída; ambos nacieron fuera del Edén, y participaron de la herencia pecaminosa de sus padres; “Eran por naturaleza hijos de la ira”. No debemos pues olvidar que ambos tuvieron una misma procedencia, recibieron igual enseñanza, ocuparon idéntica posición delante Dios. No había diferencia alguna entre los dos. Pero notamos con sorpresa en el desarrollo de esta historia la enorme distancia que al fin separó a dos hermanos.

Caín y Abel son como el punto de donde parten dos grandes líneas de gentes, en los cuales pueden fundirse todos los credos religiosos que llenan el mundo: la una, el camino Caín (la justificación por obras), lanzándose en el error de Balaam (la hipocresía), para perecer en la contradicción de Coré (la soberbia). Véase Judas versículo 11. La otra, el camino de Abel, la justificación por la fe, dirigiéndose a la cruz, regocijándose en la resurrección y remontándose hasta la gloria donde “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”, para al fin habitar eternamente en la Nueva Jerusalén. “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. “El camino de los impíos es como la oscuridad: no saben en qué tropiezan”.

Abel tuvo la desventaja de tener delante de sí un mal ejemplo; Caín fue primero en llevar ofrenda a Jehová. Por naturaleza somos propensos a imitar a otros. Son muy contados los que obran por propia iniciativa. En las artes, en la industria y en las ciencias la mayoría sigue el camino trillado, la rutina; muy pocos los que se detienen para examinar, estudiar y comparar. En religión acontece lo mismo. Cuán comunes son las palabras: “Yo sigo la religión de mis mayores, la religión en que nací”.

Abel vio pasar a Caín llevando su atractivo y hermoso sacrificio, “el fruto de la tierra”. Abel no imitó a su hermano mayor. El ojo escrutador de la fe alcanzaba a mirar más allá de las simples apariencias, a la santidad de Dios y sus justas demandas; y por eso Abel, despreciando el mal ejemplo de Caín, “trajo de los primogénitos de sus ovejas, y de su grosura” una ofrenda a Jehová, o, en otras palabras: “por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas”, Hebreos 11.5.

Abel vislumbró la doctrina divina de que “sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados”, y la verdad gloriosa de que por medio de un sustituto el pecado era cubierto, la justicia y santidad de Dios satisfechas, y un camino abierto hasta su misma presencia. Esta es la enseñanza que emana del Calvario, la doctrina de la cruz: Cristo, el Cordero de Dios, la víctima inmaculada, cuya sangre “habla mejor que la de Abel”. Él, por el Espíritu Eterno se ofreció a si mismo sin mancha a Dios; fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación. Ahora, ascendido a los cielos y senta­do a la diestra del Altísimo, Él “puede sal­var eternamente a los que por él se allegan a Dios”.

¿Qué le falta por hacer al pobre pecador? ¿Tiene que continuar con sus ofrendas y sacrificios diarios? No, pues Cristo, “una vez en la consumación de los siglos, para deshacimiento del pecado se presentó por el sacrificio de sí mismo”, y “donde hay remisión de pecados no hay más ofren­da por ellos”. Tan sólo tiene que aceptar la salvación que gratuitamente le es ofrecida. “El que tiene sed, venga: y el que quiere, tome del agua de vida de balde”, Apocalipsis 22.17.

Y ¿cómo puede hacer suya esta salvación? Por la fe; porque “sin fe es imposible agradar a Dios”, pues, aunque la salvación es por gracia, sin embargo es la fe el único medio por el cual podemos entrar en posesión de ella. Y entonces “justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

La ofrenda de Abel fue acepta por Dios. Probablemente le respondió con fuego del cielo consumiendo el sacrificio, como sucedió después con Elías en el Carmelo. (1 Reyes 1) La fe y el proceder justo de Abel le ocasionaron la muerte. La intolerancia armó el brazo de Caín, y la descargó sobre su hermano. San Juan dice: “¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justos”. Y agrega: “Hermanos míos, no os maravilléis si el mundo os aborrece”. Pues está escrito: “Todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución. Más los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados”, y el apóstol Pedro nos exhorta con estas palabras: “Así que ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por meterse en negocios ajenos. Pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence; antes glorifique a Dios en esta parte”, 1 Pedro 4.15,16.

 

Enoc

Caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años: y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los años de Enoc trescientos sesenta y cinco años. Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque lo llevó Dios,
Génesis 5.22 al 24

Desde los días de Caín, una civilización sin Dios había empezado a desarrollarse y crecía de una manera alarmante. La edificación de ciudades, las grandes posesiones de ganado, la fabricación y el uso de instrumentos musicales, y el conocimiento para acicalar toda obra de metal, vinieron a dar un gran impulso a esta civilización.

La agrupación de personas en las ciudades fomentaba la corrupción; la música las ayudaba a vivir en olvido de Dios, la acumulación de bienes traía consigo envidias y rivalidades, y la fabricación de herramientas cortantes puso en sus manos el medio de manifestar sus instintos malvados heredados de Caín, Génesis 4.17 al 27, Fue en este tiempo cuando la poligamia echó sus profundas raíces en el corazón del hombre.

Los descendientes de Adán por la línea de Set fueron los hombres piadosos de aquellos días. En cambio los descendientes de Caín sobresalieron por su impiedad y espíritu vengativo. En el transcurso del tiempo ambas líneas se unieron, y de esa amalgama resultó la general corrupción. Enoc, de la séptima generación de Adán, nació y vi­vió en medio de esta época corrompida y corruptora. En aquella densa noche espiritual Enoc resplandeció cual luminosa estrella.

¿Cómo pudo escapar al contagio de aquella atmósfera vicia­da? Protegido por el escudo de la fe. “La fe es la victoria que vence al mundo”, 1 Juan 5.4. La fe “apaga los dardos de fuego del maligno”, Efesios 6.16. La fe “purifica el corazón”, Hechos 15.9. Vemos cómo la fe hace frente a los tres enemigos del alma, y así Enoc, protegido por esta fe salvadora, estaba muy por encima de aquella atmósfera viciada. Andaba con Dios.

La misma fe que se manifestó en Abel por medio del discernimiento produjo en Enoc el precioso fruto de una completa consagración a Dios. Y por esto en un tiempo tan temprano como aquél, la mirada de Enoc, cual poderoso telescopio, atravesando los tiempos y las edades, contempló la venida en gloria del Señor Jesús, y la anunció diciendo: “He aquí, el Señor es venido con sus santos millares, a hacer juicio contra todos, y a convencer a todos los impíos de entre ellos tocante a todas sus obras de impiedad que han hecho impíamente, y a todas las cosas malas que los pecadores impíos han hablado contra él”, Judas 14,15.

Enoc no se contaminó con las costumbres depravadas de su época. Vivió en ella cual fiel testigo de Dios, guardado por la fe, y sostenido por la esperanza bendita del libramiento. Y antes de que el justo juicio de Dios descendiera sobre la tierra, Enoc fue trasladado a un lugar mejor, sin haber pasado por el doloroso trance de la muerte. El no presenció el desbordamiento de las fuentes del gran abismo, ni participó del espan­to y confusión de las multitudes a la vista del diluvio. Fue trasladado antes de que estas cosas acontecieran.

Esto nos recuerda la promesa dada a la Iglesia: “Porque has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de tentación que ha de venir en todo el mundo”, Apocalipsis 3.10. El traslado de Enoc le libró del juicio del mundo, e igual libramiento espera la Iglesia de Dios. Sí, antes de que la apostasía llegue a su colmo, y la grande tribulación se extiende sobre todo el mun­do, “el mismo Señor, con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire”, 1 Tesalonicenses 1.14 al 17.

Cuándo sucederá esto, no lo sabemos, mas el Señor nos exhorta de es­ta manera: “Mirad, velad y orad: por­que no sabéis cuando será el tiempo … porque cuando viniere de repente no os halle durmiendo. Y las cosas que a vosotros digo, a todos las digo”, Marcos 13.33 al 37. Que como Enoc tengamos testimonio de haber agradado a Dios. Amén.

 

Noé

Noé, varón justo, perfecto fue en sus generaciones;
con Dios caminó Noé, Génesis 6.9

Noé vivió en la época inmediata a la de Enoc, tiempo en que “la malicia de los hombres era mucha en la tierra, y todo designio del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. La tierra estaba corrompida y llena de violencia. El mal había llegado a su completo desarrollo y Dios resolvió raer de sobre la faz de la tierra aquella rebelde generación.

Noé, siguiendo las pisadas de Enoc, y guardado por la misma fe, vivió sin contaminarse con las costumbres licenciosas de su tiempo; por lo cual está escrito de él: “Noé varón justo, perfecto fue en sus generaciones; con Dios caminó Noé”. Alejado del camino de maldad trillado por la mayoría, seguía una senda de separación a Dios y de obediencia a su santa voluntad; y de esta manera estaba preparado para recibir la bendición del Altísimo: “Los ojos de Jehová están sobre los justos,’, Salmo 34.15.

La Escritura nos dice: “Empero Noé halló gracia en los ojos de Jehová”, y antes de que las aguas del juicio se derramaran sobre el mundo, Dios proveyó un escape para Noé. Le ordenó que construyese un arca de madera de gófer, según las dimensiones que le dio, y le dijo: “He aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo: todo lo que hay en la tierra morirá. Mas estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca, tú y tus hijos y tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo”. “Noé creyó a la palabra de Dios, y con temor aparejó el arca en que su casa se salvase”, Hebreos 11.7.

Noé, como un fiel pregonero de justicia, mientras construía el arca, amonestaba a las gentes, hablándoles del juicio que estaba por venir a causa de sus pecados. Pero las multitudes, fijándose en el progreso de su civilización sin Dios, y no viendo señal alguna que presagiara el anunciado juicio, continuaron en sus pecados e incredulidad, burlándose de la candidez de Noé y de lo que ellos podían llamar sus ideas pesimistas. Los hombres de entonces despreciaron el aviso de Noé, y siguieron “comiendo, bebiendo, casán­dose y dando en casamiento”, hasta que la terrible realidad vino a despertarles de su fatal sueño. Las “cataratas del cielo”, y “las fuentes del grande abismo” fueron abiertas y “vino el diluvio y destruyó a todos”, Mateo 24.38.

Está escrito: “El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado; ni habrá para él medicina”, Proverbios 29.1. Sólo los que se refugiaron en el arca estaban a cubierto del juicio; fuera de ella todo era confusión y espanto. Y pronto el arca se mecía suavemente sobre la inmensidad de las aguas que habían cubierto toda la tierra. San Pablo dice “Las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas”, Romanos 15.4.

El Señor Jesús hizo alusión a esta terrible escena diciendo: “Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre”, Lucas 17.56. Así nos enseña la notable semejanza que habrá entre las condiciones de los postreros días y la época antediluviana. “El prudente prevé el mal y se esconde; mas los simples pasan adelante, y reciben el daño;” y un examen sincero de este presente tiempo debe hacernos previsivos. Ahora, como en los días de Noé, los hombres encuentran sobrado tiempo para dar satisfacción a las más extravagantes fantasías del capricho, pero no para ocuparse de aquello que interesa a todos: ahora, como en aquellos días, la proclamación del arrepentimiento y de la conversión suena en muchos oídos como una nota discordante en la armonía de la tan decantada civilización.

Sin embargo, la indiferencia de unos, y la incredulidad y oposición de otros, no hace sino corroborar nuestra fe en la revelación, pues: “Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre”.

Jesucristo se nos ofrece como única arca de salvación.

 

Nimrod

Cus engendró a Nimrod: éste comenzó a ser poderoso en la tierra. Este fue vigoroso cazador delante de Jehová; por lo cual se dice: Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová, Génesis
10.8 al 10

Antes del quebrantamiento es la soberbia y antes de la caída la altivez de espíritu. Proverbios l6.18

 

En el capítulo 10 del Génesis tenemos un registro perfecto de las familias descendientes de Noé; y también de los reinos y naciones que fundaron los nuevos pobladores del mundo. En los versículos 8 a 10 se hace mención especial de Nimrod, y, aunque este personaje se nombra tan sólo cuatro veces en toda la Sagrada Escritura, no queremos pasarlo por alto, por haber sido el fundador del reino de Babel. Y Babel, o Babilonia, ocupa una posición prominente en las páginas bíblicas.

La Biblia nos habla de la Babel fundada por Nimrod, de Babilonia, la capital del Imperio Caldeo, y de “La Grande Babilonia”, el monstruoso sistema político‑religioso en cuyas hechicerías todas las gentes han errado; Apocalipsis 18. En los tres se destaca el orgullo y la soberbia del hombre, y las tres finalizan en fracaso y confusión.

Nimrod, “poderoso cazador delante de Jehová” fue, indudablemente, el promotor de la construcción de la torre “cuya cúspide llegara al cielo”. “Era entonces toda la tierra de una lengua y unas mismas palabras. Aconteció que, como se partieron hombres del oriente, hallaron una vega en la tierra de Sinar, y sentaron allí. Y dijeron los unos a los otros: “Vaya, hagamos ladrillos y cozámoslos con fuego. Y fuéles el ladrillo en lugar de piedra, y el betún en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de toda la tierra”.

El construir una ciudad y una torre no era en sí ningún pecado; el pecado consistió en que esto estaba en oposición al propósito de Dios de “henchir la tierra”, y que en todos los planes de estos hombres no hubo ni un pensamiento para su Dios. No le buscaron ni le tuvieron en cuenta para nada. Se reunieron para obrar independientemente de Dios, pretendiendo crear para sí mismos una reputación de grandes: ¡hacerse un nombre!

Esta fue la primera confederación o asociación sin Dios. Y si echamos una mirada a la historia de los últimos años, veremos una cantidad grande y variada de estas asociaciones: anar­quismo, comunismo, nihilismo, socia­lismo, etc. Pero es de importancia no olvidar que la primera de todas fue la de la vega de Sinar; y tampoco debemos perder de vista el hecho de que pretendían, como todas las asocia­ciones de la misma clase lo han pretendido después, promover los intereses de la humanidad, y ensal­zar el nombre del hombre. Pero, como ellos excluyeron a Dios, el fracaso y la confusión fueron el resul­tado de sus ímprobos esfuerzos. “Antes del quebrantamiento es la soberbia; y antes de la caída la altivez de espíritu”.

Como ya hemos dicho, el fin de la primera asociación del hombre sin Dios fue el fracaso y confusión. Y esto es­tá en marcado contraste con el desarrollo progresivo, y gloria final, de la asociación de Dios, o sea su Iglesia, fundada, no por poderosos cazadores como Nimrod, sino por Jesús de Nazaret; no por la fuerza de las armas, sino por el poder de su Palabra y el valor de su sacrificio. Y esta Iglesia, cuyo fundamento es Cristo, y cuya única Cabeza es también Cristo glorificado, es la de que está escrito: “Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

La torre de Babel

Pasados unos cien años después del diluvio, ya que los hombres volvían a multiplicarse sobre la tierra, les ocurre formarse en asociación con ciertos planes de operación y fines que alcanzar. Todavía recuerdan lo sucedido a los habitantes anteriores y la prodigiosa salvación de sus padres en el arca, pero de nuevo proceden sin contar con Dios, aun pretendiendo desafiarle. El mundo había sido anegado hasta las cumbres más altas, pero ahora principian a levantar una torre que debería alcanzar el mismo cielo.

Alrededor de tan grande obra de su imaginación orgullosa, debían edificarse una ciudad, y el fin de todo era hacerse un nombre y evitar que fuesen desparramados sobre la faz de la tierra. Dios contemplaba la necedad de estos descendientes de Noé y sembró entre ellos la confusión por enviarles una diversidad de idiomas de manera que no se entendían. Se comprende la dificultad que esto causaba, resultando en el abandono completo de la empresa y el esparcimiento de los hombres en todas direcciones.

La idea de confederación, sin embargo, ha permanecido en el corazón humano y la historia revela algunos esfuerzos notables para volver a intentar lo que no se pudo en el llano de Sinar.

Uno de los muy importantes esfuerzos tuvo lugar en el reino de Nabucodonosor. Siguiendo el mismo principio de confederación, él reunió bajo su dirección un imperio inmenso con una ciudad capital fortísima y, cosa particular, ésta llevó el nombre de Babilonia, o sea, Babel. Cuando en el cenit de su gloria el rey se vanagloriaba en su riqueza y poderío, perdió su razón y salió a vivir como una bestia en el campo.

Con todo, su hijo Belsasar no aprendió a ser humilde. Unos veinticinco años más tarde, descuidándose en una orgía con sus príncipes y concubinas, entró la fuerza de los medopersos por un túnel secreto debajo de los muros. Esos enemigos tomaron la ciudad, sembraron por doquier la confusión y muerte, y terminaron con la gloria de aquel imperio.

Su destrucción fue absoluta, como la de la primera Babel, y no se ha vuelto a edificar allá hasta el día de hoy. Conforme a la palabra del profeta Isaías, entre sus ruinas hacen sus cuevas los búhos y murciélagos, las culebras y las fieras, y nadie pondría ni una tienda de lona en el sitio.

Satanás mismo cayó por su orgullo, y cuando hizo caer el hombre fue por tentarle con la idea que sería como Dios, sabiendo el bien y el mal. Aun después de tan amargas lecciones como nos enseña la historia, los hombres quedan con la idea de hacerse un nombre. Piensan hacerlo con confederarse, como atestiguan los negocios confederados, la confederación de estados y naciones, y — lo que más nos interesa aquí — las confederaciones religiosas.

Cuando Cristo había hecho la redención de nuestras almas por su sangre, e iba a partir para la gloria del cielo, Él encargó a los suyos a predicar el evangelio a fin de que otros se convirtieran a él y se formaran en todas partes grupos de los que, amándole a él, siguieran sus mandamientos. Los apóstoles trabajaron con ahínco para llevar a cabo este propósito, pero ninguno de ellos pensaba en hacerse cabeza de aquellos grupos o en confederarlos con algún sínodo o centro de dirección. El Cristo glorificado debía dirigirlos por medio de las Escrituras y por su “Vicario”, el Espíritu Santo, y a su Señor debían ellos rendir cuenta.

Pero la idea de confederación, manifiesta en los llanos de Sinar y en la grande Babilonia, vuelve a nacer en las riberas del Tíber. La división de los humildes discípulos de Jesús en clérigos y legos, pronto crió la idea de un obispo universal. Olvidándose de que Dios puede vencer las dificultades que se presentaran para su propia obra, les parecía conveniente confederar bajo una sola cabeza visible todas las iglesias. Ya que este principio humano entró, salieron la santidad y el temor de Dios.

Es bien conocida la historia de los papas y las bajezas que han practicado con el fin de “hacerse un nombre”. Los creyentes de la Reforma no dejaron de exponer muchos de los abusos. Sin embargo faltaron ellos en no condenar del todo el principio de confederación bajo una cabeza humana; ellos formaron otras, que con el tiempo han ido lejos de la voluntad de la Divina Cabeza, revelada en las Santas Escrituras. Esta forma de confederación religiosa también lleva el nombre de Babilonia — o sea Babel — en la Biblia, y su fin está bien descrito en Apocalipsis 18.

Cada cristiano verdadero es directamente responsable a su Señor y no a ningún humano; así también cada grupo de cristianos tiene que cumplir las ordenanzas de su Señor y rendirle cuentas a él, y no a la cabeza de alguna confederación de iglesias. El principio de la confederación es un principio humano, y como la primera Babel, tendrá su fin en confusión. “Salid de ella, pueblo mío, porque no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas”, dice el Señor.

 

La paciencia de Job y el propósito de Dios

La historia de Job y las experiencias de su vida, dadas en la Santa Biblia, forman una escena interesante e instructiva. Que Dios tuvo un fin en hacer a ese gran hombre pasar por tan grandes pruebas se revela en palabras patentes en el capítulo 5 de la Epístola según Santiago: “He aquí, tenemos por bienaventurado a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo”.

Helo allí en su casa oriental circundado de las comodidades de un hombre rico, con mujer y diez hijos, sirvientes numerosos y bienes en gran abundancia. Probablemente vivía en los tiempos de Abraham, o antes, pero sin conocer el uno del otro, y hombres diferentes en muchos detalles.

Hay quienes niegan la existencia de un Diablo verdaderamente personal, quien se opone a Dios en todas sus obras. Quien lee con interés el libro de Job verá bien claro el rostro de esta serpiente. Acusando a Job delante de Dios, éste le afirma al Señor que Job lo hacía solamente porque el Divino le favorecía y enriquecía. “Toca a lo que tiene”, dijo el enemigo, “y verás si no te blasfema en el rostro”.

Dios se lo permitió para lograr un fin sumamente sabio, y de allí en adelante el universo se seres humanos y angelicales sabe que se le puede servir a Dios por amor y no por interés propio. Por intervención diabólica le fueron quitados a Job todos sus bienes en un solo día; además, un huracán tumbó la vivienda del hijo mayor encima de los diez hijos, matándolos en el acto. ¡Qué desgracia! Sin embargo, Job no atribuyó a Dios desprecio alguno.

Entrando el Diablo de nuevo delante de Dios, acusó a Job, diciendo: “Toca a su hueso y a su carne y verás si no te blasfema en tu rostro”. Logrando el permiso que deseaba, le hirió a Job de una sarna maligna desde la planta de su pie hasta la mollera de su cabeza. Ahora aun su esposa le aborrecía, exclamando: “Maldice a Dios y muérete”. Mas ni con esto quería Job quejarse de Dios, pecando con sus labios.

No es cosa nueva pensar los sanos que la enfermedad de otros ha sido por los pecados que han cometido. Vinieron ciertos supuestos amigos de Job a consolarle en sus tribulaciones. Lo que hicieron fue herirle con sus palabras. Convencidos de que sería culpable Job de algún error muy grave, querían obligarle a confesarlo, pero sin resultado. Les contestaba por decir: “Mi justicia tengo asida, y no la cederé”. ¡Cuán común es este pensamiento! Ninguno quiere reconocerse pecador delante de Dios; más bien quiere justificarse a sí mismo.

Pero Dios no puede justificar a los tales, porque de verdad han pecado y deberían reconocerlo. ¿Cómo puede Él justificar al hombre? El santo e inocente Hijo suyo quiso llevar nuestros pecados en su cuerpo en el Calvario, y aquel que admita su culpa y se acoge a él, es justificado delante de Dios. Es así porque Cristo fue condenado en lugar suyo. “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová ha cargado en él el pecado de todos nosotros”, Isaías 53.6.

El problema de Job en aquellos tiempos remotos es el mismo de nosotros. Se quejó, diciendo: “No hay entre nosotros árbitro, que ponga su mano sobre nosotros dos”, 9.33. Pero no tenemos porqué quejarnos como él, porque el árbitro que hacía falta se ha presentado en la persona del Dios-Hombre. Jesucristo, siendo divino, alcanza el trono de Dios; siendo a la vez humano, alcanza al hombre indigno. “Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”, 1 Timoteo 2.5. Y, agrega Pablo: “… quien se dio a sí mismo en rescate por todos”.

No hay otro mediador, pues no hay en todo el universo quien sea Dios y hombre a la vez. Tampoco hay necesidad de otro, por que en su gran amor Él no rechaza a ninguno. Se ha dado prueba más que suficiente de ese amor al haber pagado nuestra deuda en el Calvario. Jesús agonizó bajo la ira divina del Calvario para expiar nuestras culpas. ¿Cómo se atreve alguno a sugerir que hay alguien que nos ame más, o que no es posible ir directamente a Dios por medio de Jesucristo? Acaso habrá otro ser que puede afirmar acertadamente: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”, Juan 14.6.

Después de mucha discusión entre Job y sus tres colegas, éste exclamó, “[Dios] mira sobre los hombres; y el que dijere, «Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado,» Dios redimirá su alma, que no pase al sepulcro, y su vida se verá en luz”. Aun siendo de los antiguos, Job entendía cuál era la manera de alcanzar la paz con Dios. Sabía que no era por obras, porque, ¿quién podría saber si lo hecho era suficiente para satisfacer al Divino?

Era y es sólo por redención. “Yo sé que mi Redentor vive”, fue otra de las grandes afirmaciones de este hombre, “y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios”, 19.24,25. Siglos más tarde, el apóstol enseñó a los que ya habían creído: “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir … con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”, 1 Pedro 1.18 al 20.

Las últimas palabras de una persona no dejan de ser de interés. ¿Qué diremos en cuanto a las de Job? Asombrado y humillado, exclamó: “Yo conozco que todo lo puedes y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin ciencia? Por tanto yo denunciaba lo que no entendí; cosas que me eran ocultas, y que no las sabía. Oye, te ruego, y hablaré: Te preguntaré, y Tú me enseñarás. De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Por tanto, me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y la ceniza”, 42.2 al 6.

Con sobrada razón el apóstol Pablo resumió su mensaje evangélico como el arrepentimiento para con Dios y fe en el Señor Jesucristo, Hechos 20.21.

 

El lamento del hombre

Desde el principio de su historia en la tierra, el hombre ha lamentado lo corto de su estadía aquí. El patriarca Job le compare a una flor que sale hermosa, fresca y delicada, para tan pronto marchitarse, o como una sombra que se ve solo par un momento. No puede haber ninguna excepción a esta regla. Nadie se imagina no tener que morir; es un decreto ciertísimo, y no se puede evitar. A pesar de toda la lucha que ha habido contra la enfermedad y la muerte, en todo case se pierde la batalla. Que el hombre muera, es un dicho verídico.

En el libro de Job el hombre es comparado al árbol. Como el hombre, se corta el árbol y se descompone. Su bella forma tan graciosa ya no embellece el paisaje. Su sombra ya no da consuelo al cansado, su fruto ya no satisface al hambriento. Ha caído. Se ha ido. Pero, ¡he allí está un retoño! Y del tronco sale el viejo árbol en forma nueva. Ha vuelto a saludar a la tierra en traje nuevo y más fresco.

¿Y el hombre? ¿Qué en cuanto él? ¿Vuelve a vivir aquí? La revelación divina, la Santa Biblia, no imparte tal idea. El hombre sale de aquí para no volver jamás. No hay tal cosa como la reencarnación el que muere deja la tierra para siempre. El lugar que antes ocupaba ya queda vacío. Él se ha ido, ella se ha ido, para no regresar.

¿Habrá dejado de existir? Ha sido cortado de la tierra, es verdad, pero aún existe. ¿Y dónde está? La pregunta de Job se repite en millones de corazones: “¿Dónde estará él?” Sin duda está en alguna parte, ¿pero dónde?

Dios ha revelado que en el más allá no hay sino dos lugares. Job sabía que iba a un lugar de esperanza con su Redentor, y tuvo conocimiento a la vez de un puesto de juicio y condenación.

Todos los hombres han pecado contra Dios, y Job bien sabía que Él no pasaba por alto el pecado, sino que lo tenía contado contra él para juicio. Dios odia el pecado y sin duda lo va a castigar con fuego eterno. Pero, ¿odia al pecador? De ninguna manera. Dice Job: “Aficionado a la obra de tus manos, llamarás, y yo te responderé”. Existen pruebas suficientes de esa actitud amorosa en el corazón de Dios. Podía haber arrojado contra el hombre su justo juicio, y tú y yo habríamos sufrido eternamente por nuestra iniquidad. Pero su afición, su amor, le hizo buscar y proveer un Redentor y una redención por los perdidos.

Dios mandó a su Hijo amado. Los hombres habían quebrantado su santa ley, y por eso habían perdido todo derecho a la felicidad eterna, trayendo sobre sí una maldición eterna. Estábamos bajo esa maldición. No podíamos hacer nada para quitarla. Nos hundíamos más y más en el lodo de nuestro pecado, pero el bendito Hijo de Dios tomó para sí esa maldición. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero. Sufrió cual Justo por nosotros los injustos. Él resucitó en triunfo, para proclamar a todos una salvación gratis.

Yo cuento con esa posesión desde el momento en que lo recibí como regalo. Pasé de la muerte a la vida. Fuí salvo. Cierto que moriré, si primero no viene el Señor Jesús a llamarme. Pero en un momento iré para estar con Cristo. Muchísimos gozan de esta misma confianza, que le da la Palabra de Dios. No es por ser mejores que los demás, sino porque han puesto su fe en la obra redentora de Cristo. Han sido lavados en su preciosísima sangre.

Amigo, ¿al morir a dónde irás? Puede ser que morirás de repente. ¿Sería para pasar enseguida a la gloria, o a la condenación? Sé sabio. Prepárate para venir al encuentro de tu Dios.

 

Abraham, el patriarca

Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar
que había de recibir por herencia, y salió sin saber adónde iba, Hebreos 11. 8

Primera entrega:* Como vimos en un número anterior, el plan de rebelión en la vega de Shinar terminó con la confusión de lenguas y el esparcimiento de todos los hombres; [Génesis 11.8] Los descendientes de los dispersos constructores de Babel. Se olvidaron muy pronto al Dios que es Espíritu y Verdad y cayeron en la más baja idolatría. Según se desprende de Jueces 24.2, la parentela de Abraham no fue una excepción: todos erraron.

De esta generación de idólatras, Dios en su misericordia escogió a un hombre para bendecir por medio de él a todas las naciones. Este hombre fue Abraham.

Abram era el primitivo nombre del venerado patriarca, padre de la nación hebrea, nombre que le fue sustituido por el de Abraham (“padre de la multitud”), en una memorable circunstancia de su vida. El nombre de Abraham está enlazado con las más grandes esperanzas de los creyentes de todos los siglos; el lugar en Hades donde los santos estaban en descanso, esperando el advenimiento del Mesías, es llamado “el seno de Abraham”; muchas veces Dios se nombra como la posesión de Abraham: “El Dios de Abraham”. El Nuevo Testamento empieza con estas palabras: “Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”; y en otro lugar Cristo es llamado “la simiente de Abraham”. Esto, unido a la descripción de su vida, que con detalles preciosos de las antiguas costum­bres orientales, nos da los capítulos 12 al 17 del Génesis, y las otras muchas referencias que se hallan en los demás libros de la Biblia, hacen de Abraham uno de los personajes bíblicos de mayor renombre, y cuyo estudio no deja de abundar en enseñanzas espirituales para el creyente. El nombre de Abraham se menciona más de trescientas veces en veinte y ocho de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Abraham vivía en Ur de los Caldeos junto con su parentela, que, como hemos dicho, había caldo en la idolatría. Estando allí en esa triste condición, resonó en sus oídos el llamamiento por gracia: “Vete de tu tierra y de tu parentela, de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré”. Abraham creyó a Dios, e, impulsado por esa fe, él obedeció; esto es “salió sin saber adónde iba”. Abraham es el primer caso que la Es­critura nos presenta de un hombre que abandonó “la religión de sus padres;” y esto lo hizo a una edad bas­tante avanzada. Según el concepto de muchos de nuestro tiempo, Abraham fue un apóstata, un disociador. Ellos en su caso hubieran continuado en Ur de los Caldeos con sus ídolos y sus costumbres tradicionales, por la poderosa razón de haber sido la religión en que nacieron.

Siendo imposible en este corto artículo seguir a Abraham en su peregrinación por la tierra de Canaán, resumiremos su interesante vida en estas pocas palabras: “Salió para Canaán, y a la tierra de Canaán llegó”, las cuales encierran el principio de su fe y la completa realización de ella. Esto nos recuerda de la posición y privilegio del creyente. El pecador, desde el mismo momento que cree, tiene vida eterna, nace de nuevo, es trasladado de la potestad de las tinieblas al reino del amado Hijo de Dios, o en las palabras de Pablo: “está sentado en los cielos en Cristo Jesús”. Como Abraham, salió y llegó.

“¿Qué, pues, diremos que halló Abraham nuestro padre según la carne? Que si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse; mas no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue atribuido a justicia”, Romanos
4.1 al 3.

 

Segunda entrega: Han pensado algunos de aquellos que poco saben de la Santa Biblia, que ella tiene que contener la historia de todos los primitivos habitantes del mundo. En esto se equivocan. Con la mira de llevarnos a Cristo, la mayor parte del Antiguo Testamento se relaciona con la nación de Israel, de la cual vino el Salvador, y con los padres de esa nación.

El llamamiento de Abraham, de entre la gente idólatra de Ur de los Caldeos, para ser peregrino en la tierra de Canaán y con promesa de dársela Dios a él y a sus descendientes, ocupa un lugar importante en la historia bíblica.

Dios había dicho a Abram: “Sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a una tierra que yo te mostraré, y yo te haré una nación grande, y serás bendición”, Génesis 12.1 al 3. ¡Cuánto se escandalizan algunos al ver que uno deja la religión de sus padres! Creen que es un pecado grande. Sin embargo, la Santa Escritura abunda en ejemplares, aprobados por Dios. ¡Cómo se escandalizaron los habitantes de Ur al ver a Abram, como entonces se llamaba, dando espaldas a su parentela y religión para salir! Y ¿a dónde iba? Él mismo no sabía.

Atrás dejaba la comodidad de su pueblo y una religión establecida y respetada, con imágenes de dioses y santos. Delante tenía como guía y protector a nadie sino un Dios para ellos desconocido, cuyas promesas no significaban nada a los demás de su pueblo. Ellos no veían nada y no estimaban de valor lo invisible.

En la lista de los fieles notables (Epístola a los Hebreos capítulo 11), Abraham ocupa lugar señalado. Dice que “por la fe” salió a la llamada de Dios; que “por la fe” permaneció como peregrino, sin mezclarse con las gentes de la tierra a donde fue; que “por la fe” llegó a tener al hijo Isaac; que “por la fe” ofreció ese hijo para holocausto, recibiéndolo otra vez como de la muerte. ¿Por la fe en qué? En la Palabra del Dios vivo.

Durante toda una larga vida esperó Abraham sin ver cumplida la promesa de Dios en cuanto a la tierra como posesión. En ciertas ocasiones, mientras andaba en comunión con Dios, recibió palabras de aliento y repetición de las promesas para él y su simiente después de él, la cual simiente, dice San Pablo a los gálatas, era el Cristo.

Hay quienes hoy día hablan mucho de su fe. Uno tiene fe en el poder de una imagen, otros en otra. Uno afirma que tiene fe ciega en su iglesia, otro en alguna tradición. Pero pocos han puesto su fe en la Palabra de Dios. Al no haberle hablado Dios de ello, hubiera sido presunción de parte de Abraham creer que él y su simiente poseerían la tierra, pero oyéndolo de boca de Dios, era fe creerlo aunque no se veía, ni aun señal de ello. ¿En qué estás poniendo tu confianza, amigo? ¿En las tradiciones y supersticiones de los hombres, o en la Palabra de Dios?

Hemos pecado contra Dios y no merecemos sino su condenación. Con todo, Él nos ha amado y ha dado a su Hijo a morir por nuestros pecados. Su Evangelio nos dice que si creemos en ese bendito Salvador, seremos salvos de la ira. “De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”, Juan 3.16. “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, Romanos 5.1.

La persona justificada es aquella que goza de la limpieza de todos sus pecados y por lo tanto es tenida por justa ante Dios. Abraham fue justificado primero por la fe, después por las obras. Por la fe fue justificado ante Dios cuando creyó su Palabra. Fue justificado por las obras ante los hombres cuando, como fruto de aquella fe, ofreció a su hijo Isaac para holocausto.

Dice Pablo: “Que si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, mas no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia. Empero al que obra, no se le cuenta el salario por gracia, sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en Aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia”, Romanos 4.2.

Si crees en una imagen, confías en aquello que abandonó Abraham cuando dejó la tierra de su natividad. Si crees en las ceremonias de tu iglesia, en el bautismo, la confirmación, etcétera, o en tus obras de caridad como medio de ganar el cielo, estás edificando sobre una base falsa. Cree en Cristo y su obra redentora, y la Palabra de Dios dice que serás salvo.

 

Harán

Murió Harán antes que su padre Taré en la tierra de su naturaleza,
en Ur de los Caldeos, Génesis 11. 28

Los últimos versículos del capitulo 11 de Génesis traen delante de nosotros cuatro personas típicas, o sean, representativos de la gran familia humana: (i) Harán tipifica a la inmensa multitud de indiferentes, que viven y mueren en “la tierra de su naturaleza”, o “ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay”. (ii) Taré, a ese gran número de meros profesantes religiosos que carecen de la potencia impulsiva de la fe salvadora y de las obras que caracterizan esta fe. (iii) Lot, al triste grupo de creyentes con mentes carnales, cuyos ojos están puestos en “las llanuras del Jordán” en vez de “en las cosas de arriba”. (iv) Abram es el verdadero tipo del fiel creyente; obediente y consagrado a Dios.

Ahora, amado lector, una pregunta íntima: ¿en cuál de estos grupos encuentras incluido? ¡Examina la senda de tus pies! Proverbios 4.26

Las Sagradas Escrituras dicen muy poco acerca de Harán, hijo de Taré y hermano de Abram; pero lo poco dicen es altamente significativo: “Murió Harán … en la tierra de su naturaleza, en Ur de los Caldeos”. Allí nació, vivió y murió. El horizonte de su vida no se extendía más allá de las montañas de Ur. A cierta distancia estaba la tierra que “fluía leche y miel”, Canaán, y las promesas de dulce comunión con el Dios Eterno. Pero nada de esto interesaba a Harán. ¿Para qué preocuparse por estas cosas? ¿No había nacido él en Ur de los Caldeos? y era muy lógico que debía de vivir y morir allí, en la tierra de su naturaleza. ¡Lástima grande que en este presente tiempo, muchos, preciándose de sabios, racionan de igual manera!

Harán, con su religión tradicional, sus fríos y mudos dioses de barro, sin una mejor esperanza, sin deseo alguno de ser librado de aquella atmósfera viciada, vivió y murió en “la tierra de su naturaleza”. ¡Infructuosa vida, triste y desgraciada muerte!

La condición de los indiferentes no es mejor que la de Harán. El in­diferente es el tipo del hombre dege­nerado, el hombre en “devolución”, el “eslabón perdido”. Para el indi­ferente importa muy poco el triunfo de la verdad o del error, de la justicia o de la injusticia, de la virtud o del vi­cio. Indiferente a todo aquello que no sea el “yo”, es incrédulo en su fondo, su lema es: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”.

¿El indiferente tiene religión? Si: la religión de la “tierra de su naturaleza”. En ella vive y muere por la sola razón, para él convincente, de haber nacido, en esa. Para el indife­rente la conveniencia ocupa el lugar de la razón, y el beneplácito del mundo el de los dictados de la conciencia.

Querido lector, despiértate para ver tu condición. Examina la senda de tus pies, recordando que “hay camino que al hombre parece derecho; empero su fin son caminos de muerte”. La Escritura nos dice que “hemos nacido en pecado”, que somos “por naturaleza hijos de la ira”. Deja, pues, la tierra de tu naturaleza y ven a Jesús, “en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia”.

 

Taré

Sin la fe es imposible agradar a Dios, Hebreos 11.6

Taré, padre de Abram, Nacor y Harán, nos es presentado en esta porción de las Sagradas Escrituras, Génesis 11.31,32, como un peregrino hacia Canaán. “Y tomó Taré a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo: y salió con ellos de Ur de los Caldeos, para ir a la tierra de Canaán”. Taré vivió en la “tierra de su naturaleza” hasta ese día en que poniéndose en marcha hacia Canaán hizo pública profesión de ser un verdadero peregrino.

Pero ¿lo fue realmente? No. Los hechos subsiguientes ponen de manifiesto que Taré no fue sino un peregrino de nombre, un mero profesante. La narración continúa: “Y vinieron hasta Harán, y asentaron allí”. El nombre Taré significa “estación” o “paradero”, y en verdad que su nombre está muy de acuerdo con sus hechos. Taré se paró en Harán, y permaneció allí por toda su vida. Al ser interrogado en cuanto a su posición podría contestar: “¡Soy un peregrino!” Sin embargo no se movió de Harán, y al final fue sorprendido por la muerte sin nunca haber llegado al término de su pretendida peregrinación.

Harán “murió en la tierra de su naturaleza”, fuera de Canaán; y Taré con toda su profesión y apariencia de peregrino, murió también fuera de Canaán. “Murió Taré en Harán”.

Taré fue, probablemente, sincero en su creencia de ser un peregrino, pero su sinceridad no le llevó a Canaán. Para llegar a donde deseaba ir, además de sinceridad, necesitamos caminar; y caminar por el camino recto.

Muchos hay en este tiempo que ocupan la falsa y peligrosa posición del sincero Taré: millares de peregrinos de nombre que jamás llegan al término de su viaje. “Soy cristiano” es un dicho muy popular; sin embargo, si nuestras vidas no están en consonancia con las demandas del Cristo, esta confesión tan sólo servirá para nuestra mayor condenación. Fue el mismo Cristo quien dijo: “No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos: mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos”, Mateo 7:21. Y San Juan añade: “El que dice, Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él”, 1 Juan 2.4.

Una mera profesión, como ceremonias, prácticas rutinarias, y señales externas, podrá satisfacer a los indiferentes, incrédulos e hipócritas; pero el alma consciente de su culpabilidad no se contenta con sólo apariencias; ella busca la realidad de las cosas, y tan sólo descansa cuando ha hallado a Aquel que dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar”, Mateo 11.28.

El cristianismo, tal como es enseñado y practicado por la Iglesia Romana, tiene mucha semejanza con la profesión de peregrino hecha por Taré. Él hizo pública profesión de ser un peregrino, dejando a Ur de los Caldeos y poniéndose en marcha hacia Canaán. El romanista, en la pila bautismal, igualmente hace pública profesión de ser un cristiano, ”renunciando a Satanás, a sus pompas y sus obras, para seguir a Jesucristo”.

Taré, asentado en Harán, y viviendo y muriendo allí, sin jamás llegar a Canaán, hizo evidente el hecho de que nunca fue un verdadero peregrino. La baja moral del pueblo romanista, y el “acerbo número de hechos delictosos” (de que nos hablan las estadísticas) cometidos por bautizados, confirmados, etc., evidencian de la misma manera la triste verdad de que una ceremonia y un nombre, sin la eficacia interna de la fe salvadora, son absolutamente de ningún valor.

Querido lector, una vana profesión del cristianismo tan sólo te servirá para engañar a tus semejantes, y cuando más, para engañarte a ti mismo; pero el día se acerca cuando comprenderás que “Dios no puede ser burlado … todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.

“¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa? Porque los caminos de Jehová son derechos, y los justos andarán por ellos, mas los rebeldes en ellos caerán”, Oseas 14.9.

 

El cananeo

El cananeo estaba entonces en la tierra, Génesis 12.6

El territorio denominado generalmente Palestina está situado en la parte occidental del Asia, y limi­tado al norte y este por Siria, vasta porción de la Turquía Asiática, y al sur por la península Arábiga, y al oeste por el mar Mediterráneo. Este territorio ha llevado diversos nombres en el transcur­so de los siglos. En el tiempo a que nos referimos aquí, llevaba el nombre de Canaán, por estar habitado por los descendientes de Canaán, hijo de Cam. Muy pronto se multiplicaron éstos y se extendieron sobre la tierra, y luego, divididos entre sí, formaron tribus y reinos separados. Una de estas tribus tomó el nombre de “el cananeo”.

El cananeo, lo mismo que las demás tribus, llegó a ser un pueblo corrompido, degradado por la idolatría, y enervado por los placeres y riquezas. El capítulo 18 del Deuteronomio nos da una idea de las costumbres abominables de aquellas gentes: “Cuando hubieres entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas gentes. No sea hallado en ti quien haga pasar su hijo o su hija por el fuego, ni practicante de adivinaciones, ni sortilegio, ni hechicero, ni fraguador de encantamientos, ni quien pregunte a pitón, ni mágico, ni quien pregunte a los muertos. Porque es abominación a Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios las echó de delante de ti”, Deuteronomio 18.9 al 15.

¡He aquí la prohibición divina que revela la triste condición moral de aquel pueblo! No obstante esto, en este tiempo tienen gran acogida en el mundo religioso muchas de estas antiguas costumbres, condenadas por la Palabra de Dios. El “preguntar a los pitones” (médium), y “consultar a los muertos” está muy de moda; y son muchos los que, halagados por la esperanza de conocer los misterios de ultratumba, caen en las fuertes redes del engañador. El cananeo viene a ser, entonces, un fiel retrato del mundo demascarado; el mundo con su religión sin moral, y en su hostilidad manifiesta hacia el pueblo de Dios.

Abram al dar sus primeros pasos en la tierra de su peregrinación se encontró frente a frente con el cananeo. “Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Sichem … y el cananeo estaba en la tierra”. Esta fue una dura prueba para Abram. Allí estaba él con los suyos, pocos en número, para hacer frente a un enemigo astuto y poderoso que se interponía en su camino. En este tiempo de angustia, Dios se apareció a su obediente siervo para esforzarlo, confirmándole sus promesas: “Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu simiente daré esta tierra”. Animado por estas palabras, edifica un altar en presencia de sus enemigos, y sigue adelante con nuevas fuerzas y mayor esperanza.

En el capítulo 13 hallamos una segunda referencia al cananeo: “Hubo contienda entre los pastores del ganado de Abram y los pastores del ganado de Lot: y el cananeo y el ferezeo habitaban entonces en la tierra”, Génesis 13.6. Aquí se menciona el cananeo como una solemne amonestación para el hijo de Dios en su andar sobre la tierra. Es como si el Espíritu de Dios dijera: “Mirad cómo andéis avisadamente; el cananeo está en la tierra”.

Abram, durante su peregrinación, vivió en medio del cananeo, pero sin mezclarse con él en sus prácticas depravadas. Su vida fue de separación. ¡Un peregrino y extraño sobre la tierra! Todo esto nos recuerda la posición y responsabilidades del verdadero cristiano.

El creyente, al abrir sus ojos a las realidades eternas, muy pronto llega a saber que se encuentra en un mundo que le es adverso y que hace esfuerzo para desviar su pie de la senda de obediencia. Pero, como en el caso de Abram, para esta nueva experiencia la Palabra de Dios tiene su oportuna provisión: “No temáis, manada pequeña; porque al Padre ha placido daros el reino”, Lucas 1.32. “Esta es la victoria que vence al mundo, vuestra fe”, 1 Juan 5.4. Alentado con estas y muchas otras promesas, el creyente puede seguir adelante, confesando el nombre de su Salvador ante el mundo incrédulo y burlador, y creciendo en la gracia y en el conocimiento.

Sin embargo, el creyente está aún en el mundo. El mundo le rodea, y le espía; y si no puede hacerle volver “como la puerca lavada a revolcarse en el cieno,” se ocupa en buscar y fomentar todo aquello que pueda traer escándalo y vergüenza al nombre de cristiano. ¡Cuán cuidadosa debe ser, entonces, la vida y conducta del creyente, en el mundo, pero guardado del mal! “El cananeo está en la tierra”. Andemos, pues, como hijos de luz, honesta y avisadamente, no como necios, mas como sabios; teniendo buena conciencia delante de Dios y de los hombres “para que el adversario se avergüence, no teniendo mal alguno que decir de nosotros”.

El cananeo no sólo habitó en la tierra, sino que tuvo dominio sobre ella hasta que fue expulsado de allí por Josué, el Conquistador. Las condiciones del mundo son las mismas. Satanás es el príncipe y dios de este mundo. Su influencia y poder se echan de ver por doquiera. Y este estado de cosas durará hasta la manifestación gloriosa de nuestro Salvador, el cual “enviará a sus ángeles y congregarán de su reino todos los escándalos y los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre, “y no habrá más cananeo alguno en la casa de Jehová de los ejércitos en aquel tiempo”, Zacarías 14.21. Mientras ese día llegue, “el cananeo” estará en la tierra. “¡Mirad pues, cómo andéis avisadamente!”

 

Lot, el hombre carnal

Lot alzó sus ojos …. Entonces Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán, Génesis 16.

Poned la mira en las cosas de arriba, no en las cosas de la tierra, Colosenses 3.1

Primera entrega:*  Lot, hijo de Harán, acompañando a su tío Abram, salió de Ur de los Caldeos para ir a tierra de Canaán, y a tierra de Canaán llegó. En compañía de Abram descendió también a Egipto, y finalmente junto con Abram subió de nuevo al lugar donde ha­bía asentado antes, entre Bet-el y Hai, y allí vivieron en paz algún tiempo.

Lot se nos presenta entonces hasta aquí ocupan­do la misma posición y gozando de los mismos privilegios que Abram. Pero desde aquí en adelante, en el desarrollo de la historia, ¡cuán grande diferencia notamos entre es­tos dos hombres! Abram, el hombre pode­roso en fe, y de conocimiento espiritual; Lot, pobre en fe y guiado por su corta vista, cosechando en su vida, y en la de los suyos, la triste siembra de su carnalidad.

“Hubo contienda entre los pastores del ganado de Abram y los pastores del gana­do de Lot”. Entristecido Abram por estos altercados, y previendo lo que podría suce­der si el común enemigo, “el cananeo”, llegara a imponerse de ello, hace una pro­posición a Lot en la cual se manifiesta el desinterés y la nobleza de su alma. A­bram le dijo: “No haya ahora altercado entre mí y ti, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos. ¿No está toda la tierra delante de ti? Yo te ruego que te apartes de mí. Si fueres a la mano izquier­da, yo iré a la derecha: y si tú a la dere­cha, yo iré a la izquierda”.

Lot, en vez de dejar que Abram eligiera el primero, da su primer traspié “alzando sus ojos”, y escogiendo para sí toda la llanura del Jordán, pasando por alto la depravación del pueblo que allí vivía, Génesis 13.1,3. Abram permaneció en Canaán y moró en Hebrón, donde edificó de nuevo altar a su Dios; en cambio Lot continuó descendiendo hasta que llegó a morar en la propia Sodoma.

Son dignos de notar para provecho nuestro, los siguientes pasos en la caída de Lot: (i) “Alzó Lot sus ojos, y vio”. (ii) “Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán”. (iii) “Partióse Lot de oriente”. (iv) “Lot asentó en las ciudades de la llanura, y fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma”.

Una sola mirada trasladó al pobre Lot de su posición de paz y gozo en Canaán a la turbulenta vida en Sodoma, donde “afligía cada día su alma justa con los hechos de aquellos injustos”, 2 Pedro 2.8. Allí progresó mucho en bienes materiales, pero fue también allí donde, habiendo desatendido la primera amonestación, Génesis 14.12, definitivamente lo perdió todo, hasta su testimonio y carácter moral. ¡Fijémonos bien! ¡Un pequeño principio cuán gran males acarrea! Por eso dice la Escritura: “Tus ojos miren lo recto, y tus párpados en derechura delante de ti”. “No apartes a diestra, ni a siniestra: aparta tu pie del mal”, Proverbios 4.25,21.

“El camino del prevaricador es duro”, dice Salomón, y en la vida de Lot tenemos ejemplificada esta solemne verdad. Durante su larga permanencia en Sodoma no logró ni si quiera la sola reformación de uno de sus habitantes. Su débil influencia no se hizo sentir en su propio hogar, mucho menos en el pueblo que le rodeaba. Y cuando quiso anunciarles la proximidad del juicio, se burlaron de él y le despreciaron.

El lugar de bendición es uno solo: comunión con Dios, en la senda obediencia, porque Él ha dicho: “Sin mí nada podéis hacer”. Y fuera de este lugar nuestra vida será por demás infructuosa. El Señor nos dice: “Vosotros sois la luz mundo: una ciudad asentada sobre monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara y se pone debajo del almud, mas sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbra vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”, Mateo 5.14 al 16.

Si nuestras palabras no van acompañadas del hecho visible de una vida transformada, no hallarán ningún eco en el corazón del pecador. Lot escondió su luz bajo el almud de sus muchos negocios, con el resultado de que los habitantes de Sodoma no podían ver en él otra cosa que un comerciante como los otros, más o menos honrado, pero nada más.

Y después de una vida azarosa, y con no pocos remordimientos, Lot tiene que abandonar para siempre a Sodoma, dejando allí el producto de sus largos años de trabajo y fatiga, el precio de su vida espiritual. Todas sus riquezas, ganados y posesiones fueron destruidos por el incendio; su mujer víctima de la codicia pereció en el camino; y sus dos hijas sobrevivieron a la catástrofe tan sólo para hacer sus nombres execrables de generación a generación. “Sabe pues y ve cuán malo y amargo es dejar a Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor Jehová de los ejércitos”, Jeremías 2.19.

Lot desaparece de la historia bíblica en medio de una escena de embriaguez y abominable impureza, quedando como una solemne amonestación para aquellos creyentes que, dominados por el deseo del lucro, o halagados por una posición social o política, se identifican de nuevo con el mundo y sus costumbres anticristianas. “Las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas”, Romanos 15.4.

 

Segunda entrega: En la vida de este sobrino de Abraham vemos dos escenas bien tristes, la una resultante de la otra; es decir, primeramente su escogimiento y después su ruina.

Al salir Abraham de Ur de los Caldeos en obediencia al llamamiento divino, le acompañó Lot en su peregrinación sin haber tenido éste ningún llamamiento personal, y con el tiempo mostró que no tenía, como Abraham, sus ojos en la “Ciudad con fundamentos, el artífice y hacedor de la cual es Dios”, Hebreos 11.10.     Al presentarse la primera dificultad, se separó de su tío, y alzando los ojos vio toda la llanura del Jordán, que toda ella era de riego, y resolvió ir en dirección de Sodoma.

La Santa Escritura nos dice que los hombres de Sodoma eran malos y pecadores para con Jehová en gran manera. Sin embargo, no pareció mal a Lot acercarse a ellos. Pensaba, quizás, en hacerles algún bien, pero la verdad era que codiciaba las cosas temporales que allí se le brindaban, y de día en día iba poniendo su tienda más cerca de aquella ciudad de tan corruptas costumbres, que la palabra “sodomita” hasta el día de hoy significa lo más relajado en vicios.

Pronto había abandonado por completo su vida de peregrino sobre los llanos, y se encontró residente dentro de aquella malvada ciudad, y llegó a no mirar las inmoralidades de ellos con tanto horror. Negociaba con ellos de día, y en sus horas de ocio se sentaba junto a ellos, quizás riéndose algunas veces al oír sus cuentos impíos. Uno no hubiera creído que tuviera algo de Dios, si no fuera que Pedro en su segunda epístola dice: “Libró al justo Lot, acosado por la nefanda conducta de los malvados”.

Llegaban los momentos en que las maldades de los sodomitas estorbaban la conciencia de Lot, pero había visto las ventajas temporales de Sodoma, y no pudo levantarse para abandonar el sitio. Quién sabe si su mujer inconversa y sus hijas, ya algo enamoradas de la vida de la ciudad, no le rogaron quedarse, y ¿no hacían falta las personas de carácter moral para enseñar mejor vida a tales gentes? ¿Por qué no quedarse, buscar un puesto de influencia entre ellos, y usar su influencia para hacer cesar tan abominables prácticas?

Así llegó a sentase en la puerta de la ciudad, lugar de los jueces en el Oriente. En vez de quedarse separado como Abraham, con un testimonio al Dios vivo y a la realidad de las cosas invisibles, él se iba confundiendo más y más entre los sodomitas.

¡Cuántos de los que han oído el Evangelio de Cristo, y por un tiempo han conservado un testimonio por él en el mundo, lo han perdido así tan miserablemente! Al convertirse a Dios, se han despedido de los placeres y vanidades del mundo; han puesto sus ojos en “las cosas de arriba”, pero con el tiempo han sido atraídos por lo que sus ojos naturales pudieron ver —los negocios, el placer, la política del mundo— y han dejado el camino de separación que empezaron.

Han escapado la burla de los que se escandalizaban por su vida de abnegación, pero han perdido el gozo que tenían cuando andaban en comunión con su Dios. Andan gimiendo como Lot, de quien Pedro dice. “Este justo, con ver y oír, morando entre ellos, afligía cada día su alma justa con los hechos de aquellos injustos”.

El mundo de hoy día se divide en justos e injustos, como en el día de los patriarcas. Hay los que se han arrepentido de sus pecados y han creído en Cristo y su obra de redención. Dios les ha justificado porque han creído en su Hijo que murió por sus pecados. El Espíritu Santo mora en los tales y les enseña las cosas espirituales, saciando sus almas cada día de las riquezas y glorias de Cristo, y amor a la Ciudad celeste.

Estos están en el mundo para testificar de lo que hay en Cristo para el alma del hombre. No es preciso que se encierren dentro de conventos y monasterios para que sean separados. Teniendo que comer y con que vestir, deben estar contentos y satisfechos sin mezclarse con los mundanos. Seguirán con sus ocupaciones lícitas para sus necesidades temporales, sin poner su corazón en las riquezas ni los placeres mundanos, listos para ir a su “hogar celestial” en el momento en que su Señor les llame.

¡Cuánto no pierde el hijo de Dios — el verdadero cristiano — cuando alza sus ojos a ver las atracciones de este mundo, y abandona su testimonio de separado al Señor!

La otra clase son los injustos. Estos nunca se han arrepentido de sus pecados, no han acudido a Cristo para la salvación de sus almas, y están expuestos a la ira de Dios. Sus pecados están sobre ellos todavía, y van derecho a la condenación. Si está en el número de estos irregenerados, arrepiéntete y busca la misericordia de Dios en Cristo, antes de perder tu alma para siempre en el infierno. Hay dos lugares en la eternidad, el cielo y el infierno. Si no vas por el camino del cielo todavía, está aún en el camino que lleva a la perdición, por no haberte convertido a Dios.

 

La mujer de Lot

Llegaron a la puerta de Sodoma en la tarde de cierto día dos ángeles de Dios. Hallaron a Lot sentado a la puerta, quien les ofreció su casa, mas ellos rehusaron, diciendo: “No, que en la plaza nos quedaremos esta noche”. Al fin él pudo persuadirlos venir a su casa, donde comieron.

Al oscurecer empezaron los habitantes de Sodoma a practicar sus abominables vicios. “Los hombres amaron más las tinieblas que la luz”, dijo el Señor Jesús, y está probada en toda la historia del hombre desde su caída. Les parece que el ojo divino no podrá penetrar la oscuridad, pero “Dios traerá toda obra a juicio, el cual se hará sobre toda cosa oculta, buena o mala”. Sólo los que alcanzan a tener su divino perdón (no el perdón de un cura), escaparán su juicio.

Había llegado la hora para los ángeles advertir a Lot y a su familia que esa ciudad en que vivían había sido maldita por Dios, y dijeron: “Vamos a destruir este lugar, por cuanto el clamor de ellos ha subido de punto delante de Jehová; por tanto Jehová nos ha enviado para destruirlo”.

Al oír tan espantosas noticias, Lot salió para persuadir a sus yernos, jóvenes de Sodoma y comprometidos a casarse con sus hijas, pero les pareció como que se burlaba. No le hicieron caso. Lot no tuvo influencia alguna ni en los que mejor le conocían en la ciudad. Le decían seguramente: “¿No has venido por tu propio escogimiento a vivir entre nosotros, y ahora dices que somos muy pecadores y que Dios va a destruir esta ciudad? Parece que te quieres burlar de nosotros. Tú quieres que vayamos corriendo de la ciudad, y cuando estemos fuera te vas a reír de nosotros. No, no, no somos tan tontos”.

Al rayar el día los ángeles daban prisa a Lot. Parece que en medio de todo el peligro él se había acostado a dormir, y aun después de levantarse se detenía tanto que al fin los ángeles asieron de su mano, de la de su mujer y de sus dos hijas. Les sacaron fuera de la ciudad. Entonces les dijeron: “Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas”.

Una vez que habían salido él y su familia de Sodoma, Dios dejó caer azufre y fuego desde los cielos. Él destruyó Sodoma y las otras ciudades de aquella llanura, con todos los moradores que había en ellas.

¿Pero qué de la mujer de Lot? Codiciando aún los placeres de Sodoma, miró atrás y Dios la hizo volver una estatua de sal. Tan cerca estaba de la salvación y siempre la perdió. Así hay muchos hoy día que han recibido aviso de su peligro y de la salvación que hay sólo en Cristo, pero, demorando y mirando atrás, siempre mueren en sus pecados y van al infierno.

¿Cómo va a suceder contigo, amado lector? El Señor Jesús dijo a los que le oían: “Acordaos de la mujer de Lot”. Desde aquel día, ¿cuántos más que han tenido oportunidades excelentes y las han despreciado, se han perdido? Han quedado como estatuas de sal al lado del camino de la vida humana para advertir a los demás.

Gracias a Dios, hay donde escapar de la perdición que merecen nuestros pecados. Por amor de nosotros ha venido el eterno Hijo de Dios a morir en una cruz por nuestros pecados. Él ha sufrido la ira de Dios en vez de nosotros, para que nosotros fuésemos del todo libres de la condenación. Al acudir a él para salvación, Él viene a ser el refugio de nuestras almas. Escapa por tu vida; acude a Cristo, y estarás seguro de la ira venidera.

 

Los hijos de Abraham

Dios le había hecho la promesa a Abraham de darle un hijo para heredarle, pero pasaba el tiempo sin haberse cumplido. La fe verdadera siempre está basada en la Palabra de Dios; no es fe, sino presunción, creer lo que no tiene base firme. Pero la fe tiene que soportar pruebas, y en el caso de Abraham y Sarai su esposa (llamada luego Sara), la prueba fue el tiempo que tuvieron que esperar.

Al fin vaciló la fe de Sara, y propuso a Abraham su marido que tomara por mujer a su sirvienta Agar, ¡para así ayudar a Dios a cumplir su promesa! La impaciencia se paga con amarguras, y el día llegó en que le pesó a Abraham haber escuchado a Sarai su esposa.

Teniendo ya cien años, Isaac le nació de Sara, cual hijo de la promesa. Pero ya antes le había nacido otro, Ismael, de Agar la sierva egipcia, y pronto empezó éste a perseguir a Isaac. Así mostró su enemistad con Dios, y llegó a ser hombre fiero, contrario a todo el mundo, y todo el mundo contra él.

Nos dice Pablo en su epístola a los gálatas que estas cosas son una alegoría. La sierva representa a Sinaí, donde Dios dio la santa e inexorable ley. Corresponde a la Jerusalén terrenal, centro de la religión judaica que esclaviza. La libre, Sara, representa la Jerusalén celeste, de la cual son hijos todos los que tienen un nacimiento espiritual por fe en el hijo de la promesa, Jesucristo.

Las religiones de los humanos siempre han sido de dos clases. Hay la que esclaviza y jamás proporciona al alma la seguridad de la salvación eterna. Y, hay la que hace saltar el alma, por la alegría de saber que Dios ha aceptado y no vendremos a la condenación. La primera pone al hombre a trabajar por su salvación, sin jamás ofrecerle seguridad de haberla alcanzado. La otra le revela que Dios en gracia ha dado a su Hijo para consumar la obra de nuestra salvación por su muerte en la cruz.

No pudiendo nosotros cumplir la santa ley de Dios, ha caído sobre nosotros su maldición. Pero Cristo, por amor de nosotros, ha llevado esa maldición en el Calvario. Al creerlo, somos justificados por la fe, nuestras almas libres de la temida condenación, por la gracia del Salvador. Siendo regenerados por un nacimiento espiritual, nos dedicamos a servirle por amor, no ya para alcanzar la salvación, sino porque Él le ha comprado por nosotros con su sangre.

Como en el caso de Isaac el hijo de la promesa, e Ismael que nació según la carne, así en las dos religiones que representan. Los que están esclavizados en una religión de obras, odian a los que profesan ser justificados por la fe. Su enemistad se manifiesta a menudo en amarga persecución, pero siempre queda la verdad escrita por Pablo: “Concluimos ser el hombre justificado por la fe sin las obras de la ley”, Romanos 3.28.

 

Los hijos de Isaac

En nuestro último artículo hicimos mención de los dos hijos de Abraham: Ismael e Isaac. En éste veremos algo acerca de los hijos de Isaac: Jacob y Esaú.

Dice en la Epístola a los Hebreos, capítulo 11, que Abraham “habitó en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, herederos juntamente de la misma promesa”.

Siendo Esaú el primogénito entre estos hijos, debiera haber sido el heredero de Isaac su padre, y de las promesas que Dios le había hecho. ¿Por qué entonces no llegó a serlo? Porque las despreció. Era materialista y para él no valían las promesas de un Dios invisible acerca de una posesión futura. Llegó un día con hambre a la tienda de su hermano Jacob y le pidió un plato de lentejas. El hermano se lo dio solamente cuando Esaú había convenido en cederle la primogenitura, o sea, los derechos del primer hijo.

No se puede perdonar la astucia de Jacob en cerrar este negocio, pero sí notamos que puso valor a las promesas de Dios, mientras que Esaú las despreció. Por este hecho Esaú se llama en las Escrituras una persona profana; Hebreos 12.10. Leemos en Romanos 9.12 que Dios dice: “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí”. ¿Por qué aborrece Dios a Esaú? Porque por su presciencia sabía que ese hombre aborrecería las promesas divinas, que hacían valer la primogenitura.

Este derecho y bendición que Esaú vendió tan miserablemente corresponde hoy a la salvación del alma, la cual se consigue por fe en el Señor Jesucristo. Por la redención que el Salvador ha hecho por llevar nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz del Calvario, Él ofrece la salvación a todos los que creen. Dice que los tales no vendrán a condenación, mas han pasado de la muerte a la vida.

Hay los que, como Jacob, hacen aprecio de estas santas promesas y echan mano a la vida eterna, arrepintiéndose de sus pecados y recibiendo a Jesús como Salvador. Pero también los hay que como el profano Esaú hacen desprecio de tales cosas y viven solamente por lo material, lo visible a los sentidos, lo pasajero.

Los hechos de nuestra vida no tienen solamente su efecto presente sino el futuro también. Llegó el día en que Esaú se arrepintió de haber despreciado su primogenitura. Antes de morir su padre Isaac, él dio su bendición paterna a Jacob, dejándole la primogenitura. Parece que Esaú pensaba hasta ese entonces que Dios no había hecho caso del juramento ante su hermano Jacob cuando despreció aquel derecho y bendición. Pero al darse cuenta que Jacob había sido nombrado heredero de su padre y de las bendiciones divinas, Esaú procuró con lágrimas hacer que su padre se arrepintiera, mas dice la Santa Escritura que fue reprobado.

Están en el Seol, y van irremisiblemente al infierno, muchos que en vida tuvieron la oportunidad de oír la Palabra de Dios. Sabían de la promesa de salvación eterna, si sólo se acogieran a Cristo. Pero hoy con llanto y crujir de dientes ellos lamentan la locura de haber despreciado, por decirlo así, su primogenitura. “Está establecido a los hombres que mueran una sola vez, y después el juicio”, Hebreos 9.27

 

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La escalera de Jacob

Siempre ha sucedido que los que aprecian las cosas de Dios son perseguidos de los que las desprecian. Así vemos que, no pudiendo Esaú conseguir la primogenitura que había vendido tan miserablemente, él declara su intención de matar a su hermano. En vez de culparse a sí mismo por su triste pérdida, procura echar la culpa en su hermano. ¡Cuántos hacen otro tanto! No podemos olvidar la persecución de los hugonotes en Francia, la llamada Santa (?) Inquisición y semejantes horrores de la historia.

Al saber Rebeca, la madre, que Esaú meditaba la muerte de Jacob, ella le envió a Padan-aram, a la casa del abuelo. Todavía no parece haber conocido Jacob al Señor. Le alcanzó la noche en una parte desierta, y tomando de las piedras de aquel lugar, las puso a su cabecera y se acostó. Con tan dura almohada soñó que veía una escalera que alcanzaba desde la tierra hasta el cielo, por la cual subían y descendían los ángeles de Dios.

En esa hora también le habló Dios, revelándose a Jacob como Jehová, el Dios de Abraham y el Dios de Isaac. Esta revelación corresponde a la experiencia del que hoy día se convierte a Dios. Le son reveladas dos cosas: la extrema miseria de su alma a causa del pecado, y la provisión que la gracia y amor de Dios han hecho en Cristo.

El significado de la escalera está interpretado por el mismo Señor Jesús en Juan 1.51: “De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”. Cristo es el único medio de llegar a Dios. Dice Pablo: “Hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”, 1 Timoteo 2.5.

Para cubrir el gran trecho entre el santo Dios y el hombre pecador, hacía falta uno que fuera Dios y hombre en una misma persona. No lo ha sido ningún santo, ni la buena y virtuosa virgen madre de Jesús. Mas el Hijo de Dios se humanó para poder morir por nuestros pecados, y ahora vive en el cielo en cuerpo humano, para interceder por los fieles que creen en él. Ni los más fieles apóstoles han podido morir por nosotros, ni tampoco están en cuerpo en el cielo hasta que no venga Cristo otra vez para resucitarlos.

Recuerdo haber leído de un fraile que soñó que no vio una escalera para el cielo, sino dos. La una era roja y la otra blanca. Veía las almas subiendo por la roja, mas no pudieron nunca llegar al cielo. Se ponían sobre la blanca y sin dificultad entraban a la presencia de Dios. Al despertar él meditaba mucho sobre sueño, y llegó a creer que Dios le había dado una revelación, que la roja era Cristo y la blanca era la virgen María. Subiendo por Cristo, las almas no llegaban al cielo, por María sí.

Ahora, no creemos en sueños de frailes, pero sí creemos en la palabra de Pedro y los demás apóstoles. Dice Pedro acerca de Cristo: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos de los Apóstoles 4.12. Dice el mismo Señor Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”, Juan 14.6.

Jacob jamás olvidó el día ni el lugar donde Dios le encontró, y lo llamo Bet-el, “la casa de Dios”. ¿Cuándo fue la ocasión, el lugar y las circunstancias del encuentro tuyo con Cristo para recibirle como tu Salvador?

 

Jacob, el pastor

Después de la visión de la escalera, Jacob siguió en su viaje hasta la tierra de Mesopotamia, donde encontró parientes. Casándose, se dedicó al cuido de los rebaños de su tío.

La Biblia no da muchos detalles de los veinte años que duró en el servicio de Labán, pero se sabe algo. El día que llegó a Mesopotamia, mostró un vivo interés en el bien de las ovejas, pues cuando Raquee venía con su padre, él fue al pozo, quitó la piedra que lo cubría, y dio de beber a las ovejas. Al fin del tiempo de su servicio se defendió contra las demandas injustas de su tío Labán, diciendo: “Nunca te traje lo arrebatado por las fieras: yo pagaba el daño: lo hurtaba así de día como de noche, de mi mano lo requerías. De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño se huía de mis ojos. Así he estado veinte años en tu casa: catorce años te serví por tus dos hijas, y seis años por tu ganado: ya has mudado mi salario diez veces”, Génesis 31.39 al 41.

En soportar el calor del día y el frío de la noche, Jacob mostró su aptitud de pastor. Al salir la fiera a devorar algún cordero, no dejaba de exponer su vida en salvarlo. Si alguna oveja se quedaba perdida en la montaña, la buscaba; o si fuera preciso vigilar de noche sobre el rebaño mientras quedaba en los pastos del llano, él no dormía, aguantando frío. De día el sol oriental constantemente le estropeaba, mientras conducía los rebaños a beber, cuando sanaba las enfermas o cuidaba o de los corderitos. Lo hacía por afición, no por obligación, y no faltaba su premio, pues en manos de Jacob los rebaños de Labán se aumentaron en gran manera.

Nuestro Señor Jesucristo se ha llamado el Buen Pastor. Hablando de los falsos, dice que son ladrones y robadores. El único interés de ellos en el rebaño era de comer sus carnes y vestir su lana. Siendo así, no estaban dispuestos a exponerse por las ovejas. Huían delante del enemigo, y abandonaban las ovejas cuando no podían extraerles más.

No así el Señor Jesús. Estando nosotros expuestos al infernal enemigo, Satanás, y la eterna condenación por causa de nuestros pecados, Él interpuso su preciosa vida. “El Buen Pastor su vida dio por las ovejas”. No solamente expuso su vida, como a menudo lo hizo Jacob, sino la dio, sabiendo que tendría que sufrir el castigo Él mismo si nos iba a librar de la condenación eterna.

Parece claro que es verdadero pastor el que hace el trabajo por amor de las ovejas, sea en la esfera material o en la espiritual. No entra a hacer ese trabajo porque sus padres le han educado para tal carrera, como hace el abogado o el médico, sino por tener vocación divina. En hacerlo no manifiesta interés en cuánto puede sacar de las ovejas, sino cuánto puede darles. Predica el Evangelio de Cristo sin interés en lo material, procurando traer los pecadores al arrepentimiento. Guía las ovejas del rebaño por los pastos de la Santa Biblia, hartando sus almas de las delicias espirituales. El que niega a las ovejas del Señor los pastos divinos de la Sagrada Biblia, no puede considerarse pastor de almas.

El Buen Pastor te llama, amigo. Él dio su preciosa sangre en la cruz para lavar las manchas de tus pecados. Ha hecho toda la obra de tu salvación. Si tú, arrepentido, te acoges a él, poniendo tu fe en él y no en obras, Él te perdonará y te llevará al celestial redil.

 

José, el amado

De los doce hijos de Jacob, se dice que el padre amaba más a José que a los otros, porque le había tenido en su vejez. Pero si su padre le amaba, sus hermanos le aborrecían, y no le podían hablar pacíficamente. Sin duda le tenían celos y había otras razones por el odio que le guardaban. Él noticiaba a su padre la mala fama de ellos. A menudo les escuchaba contar las inmoralidades que habían cometido entre los vecinos, y por la noticia que de José recibía, el padre les reprendía.

Mientras los otros hijos trataban a su padre con desconfianza y le manifestaban poco cariño, José todo lo confiaba, buscando su parecer, ganando así las manifestaciones del amor paternal que tanto les inspiraba envidia en los otros. En vez de reconocer que la falta era de parte de ellos mismos, buscaban causa contra José por su popularidad con el padre.

Otra razón dada en las Escrituras porque los hermanos odiaban a José fue la de los sueños. En uno de ellos se vio entre sus hermanos atando manojos en un campo de trigo, y mientras se paraba el manojo de José los demás se inclinaban a él. Otra vez soñó y vio que el sol y la luna y las once estrellas se inclinaban a él. A confesar este sueño, aun su padre le reprendió, pero a la vez se hizo pensativo, guardando qué sería el significado de eso.

Como los hijos mayores de Jacob siguieron el trabajo de su padre, se apartaron lejos del lugar de su habitación en busca de pastos para sus ovejas. En una de estas ocasiones Jacob llamó a su hijo José para enviarle a saber de ellos y de las ovejas. José contestó: “Heme aquí”, y salió pronto para una parte por él desconocida. Tuvo dificultad en hallar a sus hermanos, pero su fidelidad a su padre no le dejó volver atrás antes de cumplir su misión.

Pero ¿cómo le recibieron? Al verlo de lejos proyectaron contra él para matarle. Burlándose de él, dijeron: “He aquí viene el soñador”. Propusieron matarle y echarlo en una cisterna vacía. Luego al pasar algunos mercaderes ismaelitas en camino a Egipto, le sacaron de la cisterna y lo vendieron. Cuando José salió de la presencia de su padre para buscar a sus hermanos, él anduvo un camino que jamás había atravesado. Los hermanos se habían extraviado del lugar a donde Jacob los había enviado, y José tuvo que buscarlos.

Así nuestro Señor Jesús, en su parábola de la oveja perdida, describe el pastor dejando a las noventa y nueve en lugar seguro para ir en busca de la perdida. No cesó hasta encontrarla.

A pesar de la benignidad de la misión de José, él fue rechazado y vendido a esos mercaderes. Los mercaderes en el caso de nuestro Señor Jesús fueron los mismos jefes de la religión de ese día, los sacerdotes. Judas, le traidor, vendió a nuestro Señor a ellos por treinta piezas de plata, el precio de un esclavo, y Jesús fue condenado como reo a la más horrorosa muerte de la crucifixión.

Como José fue acusado falsamente en la cárcel, apartado por un tiempo de la vista de todo el mundo, y después fue sacado y levantado por el rey de Egipto al segundo puesto en el reino, así nuestro Señor sin culpa fue muerto y enterrado. A los tres días fue resucitado, y al cabo de cuarenta días fue levantado a la diestra del Padre Dios y coronado de gloria y honra.

Él se ocupa ahora, como Pontífice de su pueblo, en ofrecer a Dios las oraciones y alabanzas de los salvos. Vendrá el día en que le serán dadas también las glorias terrenales, pero ahora no las busca, ni inspira a su pueblo buscarlas, sino las cosas de arriba donde Él está.

La sabiduría de José en interpretar los sueños de otros presos, hizo que fuese llamado por el rey de Egipto para interpretar un sueño importante que éste tuvo. Le hizo saber al rey que habría siete años de abundancia, seguidos por siete de hambre. Dio consejo de hacer preparativos enseguida contra tan terrible suceso.

Le hizo caso el rey y, creyendo que ninguno podría con más sabiduría atender al asunto de juntar el trigo necesario, nombró a José por mayordomo. Así José fue exaltado y vino a ser el salvador del pueblo egipcio. También el ahorro de trigo llegó a salvar las vidas de otras gentes de naciones en derredor. Veremos más adelante cómo esto resultó en el cumplimiento del sueño de José acerca del sol, luna y estrellas inclinados ante él.

Hubo mucha alegría en Egipto durante los años de abundancia, y seguramente algunos pensaban que así sería siempre, pero José hacía preparativos contra el mal tiempo profetizado. Pronto llegó el fatal año del principio del hambre, y no había otra cosa que hacer sino ir al rey en busca de socorro. Para todos Faraón tenía una sola respuesta: “Id a José y haced lo que él os dijere”.

En esto él prefigura a nuestro Señor Jesús, de quien Pedro dice en Hechos 4.12: “En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en que podemos ser salvos”. A uno solo ha dado Dios el honor de salvarnos, y es a su bendito Hijo. Ningún santo puede compartir con él esa gloria, pues Él sólo ha muerto por nosotros, y es la sangre suya que tiene virtud para quitar nuestros pecados.

Los devotos del así llamado San José, esposo de María la madre de Jesús, quizás habrán visto imágenes con la inscripción siguiente: “Id a José, y haced lo que él os dijere”. Cuentan los fabricantes de estos ídolos con la ignorancia del pueblo acerca de las Sagradas Escrituras, y hacen creer que estas palabras tienen su aplicación a José el marido de María, cuando de hecho fueron pronunciadas siglos antes del día de nuestro Señor, y se relacionan del todo con otro José.

Amigo lector, prepárate para el día malo. Pronto tendrás que ir de aquí a la eternidad. Si no has hecho preparativos, te irá mal. Piensa en el futuro de tu alma; acude a Jesucristo para el perdón de tus pecados; creyendo en él, y sólo en él, serás salvo. Si sigues hasta la muerte sin arrepentimiento, tu preciosa alma irá a la perdición y tormento del infierno. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”, 1 Juan 1.7.

 

La esclavitud

No hay, quizá, una escena más triste en toda la Biblia que la de la esclavitud de los israelitas en Egipto. Al principio de su estadía en el país, todo les iba bien. Les fue dada la parte mejor del país donde apacentar sus ganados y todo les sonría. Pero con el tiempo el nuevo rey Faraón empezó a hacerles comprender que eran su propiedad, alma y cuerpo, sometiéndoles a duros trabajos. Cada día debían hacer cierta cuenta de ladrillos, y con ellos edificaban ciudades grandes y fuertes para los egipcios.

¡Cuán triste debe ser el cuadro de una multitud de esclavos! Nuestros amigos misioneros en el África Central nos han contado cómo los mahometanos suelen asaltar un pobre pueblo de indígenas, quienes por falta de armas modernas no pueden defenderse, una vez que hayan matado a los que resisten, amarran a los demás y parten para la costa. En la larga marcha las pobres mujeres mal alimentadas, cargando sus criaturas, muchas veces se desmayan y son dejadas al lado del camino para morir o ser devoradas por las fieras. Los demás a la fuerza son obligados a aceptar la religión de Islam. Una vez en el territorio de sus amos, jamás podrán salir.

Al sentir los israelitas el pesado yugo de la esclavitud egipcia, comenzaron a clamar al Señor. Sus padres habían conocido al Dios vivo y verdadero, y ahora los hijos no pensaron en invocar las innumerables imágenes de Egipto, sino al Dios invisible.

Podían dudar al principio si fuesen oídos, porque en vez de aliviarles la carga, Faraón se la agravó. Tuvieron que producir la misma cuenta de ladrillos de antes, sin ser provistos de la paja necesaria. Pero cuando se desmayaron por los látigos de sus amos, el Señor empezó a obrar, mandando las plagas sobre los egipcios, hasta matar por último a todos los hijos primogénitos de ellos. Solamente después de venir este azote consintieron en dejar ir a los israelitas.

Cada hombre o mujer en este mundo se encuentra por nacimiento natural bajo la esclavitud del pecado y Satanás, como los israelitas que nacieron en Egipto lo eran a Faraón. La sentencia de una muerte eterna les espera, y sólo los que reconocen su necesidad de un Salvador y vienen a él arrepentidos, para ser lavados de sus pecados en su sangre, y regenerados por su Espíritu, podrán escaparla.

Querido amigo, ¿no sientes el peso del yugo de tus pecados? ¿No comprendes que Satanás te quiere arrastrar consigo al infierno? Pero, si crees de corazón en Cristo, Él te dice: “El que oye mi palabra, y cree que al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”, Juan 5.24.

 

Durante el tiempo de la esclavitud en los Estados Unidos, algunos esclavos escaparon al Canadá, ayudados por amigos en un esquema de asilos y orientación que se llamaba “el ferrocarril subterráneo”. Intentar tal cosa era una empresa muy peligrosa, porque, al ser alcanzados por sus amos, no pocas veces fueron muertos con azote. Si se habían escondido en los pantanos al lado de los ríos, eran cazados con sabuesos —perros feroces— que por poco los comían vivos.

Los pobres israelitas se encontraban en Egipto en igual caso. ¿Qué podían hacer para ganar la libertad? Nada. Pero, la extremidad del hombre es la oportunidad de Dios.

Por Moisés Dios enseñó a los israelitas la manera de escapar el azote de la muerte de sus hijos primogénitos. Tenían que escoger un cordero sin defecto y, al haberlo guardado por cuatro días, matarlo, recogiendo la sangre en una vasija. Luego el padre de familia debía rociar con la sangre del cordero el dintel y los dos postes de la puerta de su casa, entrando entonces bajo ese arco de sangre para no morir. El mismo Señor les había dicho: “Veré la sangre, y pasaré de vosotros”.

¡Qué preciosa figura es esta de la salvación que hay por la sangre de Cristo! Nosotros, cual pecadores, estamos condenados todos a la perdición eterna. Pero Cristo, el santo Cordero de Dios, ha venido para redimirnos con su sangre vertida en la cruz del Calvario. Ninguna otra cosa podía salvar a los israelitas. Rezar no les salvaba; el dinero no valía; buenos o malos tenían un solo medio de escape: la sangre.

Lo mismo hoy día. Algunos se dirán más religiosos que otros, pero todos corren un mismo peligro, y no hay más que un solo medio de salvación. La sangre de Cristo limpia de todo pecado; 1 Juan 1.7.

Dirá alguno que Cristo ha derramado su sangre, y basta. Pero la sangre del cordero de los israelitas, recogida en la vasija, no salvaba a ninguno. Ellos debían aplicarla a la puerta. Esto corresponde a lo que hacemos cuando, convictos del pecado y de nuestra necesidad de la redención, ponemos toda nuestra confianza en la sangre de Cristo. No podemos confiar en rezos, ni misas ofrecidas por otros, ni en dinero, ni en nuestra religión, sino en la sangre del Hijo de Dios.

El lector habrá sabido de uno de los monarcas más renombrados del Imperio Británico, la reina Victoria. Cuando ella estaba en la epopeya de su fama, uno le preguntó en qué confiaba para la eternidad. La respuesta inmediata fue: “Confío en la sangre de Cristo, en toda su singular dignidad”. Quería decir que no agregaba, como medio de pagar sus pecados, otra cosa alguna. Y el lector, ¿en qué está confiando? ¿En Cristo o en una iglesia? ¿En la sangre o en las ceremonias?

Jamás podían olvidar los israelitas que la sangre del cordero les había redimido de la esclavitud y muerte en Egipto. Los verdaderos cristianos jamás olvidarán que todo lo deben a la sangre de Cristo. Su cántico eterno será “al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre”, Apocalipsis 1.5.

 

La soberbia y su fin

Durante los años del rigor de su esclavitud en Egipto, los israelitas se multiplicaron en gran manera, tal que el rey de Egipto veía en ellos un peligro para su reino. Él temía que sin vencía un enemigo contra él, los israelitas podrían juntarse al tal enemigo y así librarse de su poder.

Satanás, el que hoy esclaviza las almas, no teme otra cosa más que la posibilidad de escapársele sus víctimas. Así que cada día aprieta más las cadenas del vicio y del placer mundano e inventa nuevas cosas para amarrar a los hombres. Cuántas veces se oye decir, “Yo sé que cosa es malo, pero no puedo dejarlo”. Satanás tiene a ese locutor encadenado.

Se acercaba el tiempo en que debía Dios librar a los israelitas, y eso sin guerra alguna. Se preparaba en la casa de Faraón mismo el que debía librarlos. El niño Moisés, hijo de padres israelitas, había sido dejado al lado del río en un arca de juncos. La princesa que le halló le adoptó por hijo y él recibió una esmerada educación entre los grandes de la nación.

Transcurriendo el tiempo, se despertó en el alma de Moisés el deseo de conocer y servir al Dios vivo y verdadero. Anticipando el tiempo debido para librar su pueblo, él defendió a un israelita y mató al egipcio que lo había atacado. Por este hecho tuvo que huir y pasar cuarenta años en un país lejano, donde aprendió mejor a servir a Dios. Fue durante ese tiempo que vio la visión de la zarza que ardía y no quemaba, una verdadera obra de Dios. El milagro era una figura de cómo Dios podía librar su pueblo del horno de su aflicción en Egipto.

Con su alma llena de la convicción de que para Dios nada es imposible, él, acompañado de su hermano Aarón, fue al rey de Egipto para presentar su demanda: “Jehová, el Dios de Israel, dice así: «Deja ir a mi pueblo.»“ La respuesta fue: “¿Quién es Jehová? … Yo no conozco a Jehová”.

El espíritu de vil soberbia contra Dios que se manifestó en ese rey se nota muchas veces en los hombres hoy día, pero hay una regla divina y cierta: “Cualquiera que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. Moisés, que dejó las glorias de Egipto, y humillándose escogió sufrir aflicción con el pueblo de Dios, fue ensalzado y salió cual caudillo de la nación de los israelitas. Faraón, que se ensoberbeció contra Dios y habló tan orgullosamente, fue humillado por una plaga tras otra, y por fin fue anegado con su ejército en el Mar Rojo.

¡Cuántas personas en estos tiempos se portan como Faraón! Cuando algún enviado de Dios les llama la atención al hecho de que deben arrepentirse de sus pecados y buscar la misericordia de Dios en Cristo Jesús, ellos se llenan de ira y soberbia. Su contesta es un verdadero desafío de Dios.

De otra parte, hay los que con humildad atienden a la Palabra de Dios y de los fieles siervos suyos. Reconocen prestamente que merecen el castigo divino y escuchan con interés el Evangelio de la gracia de Dios que les ofrece el perdón de sus pecados mediante la fe en el sacrificio que hizo el Señor Jesús en el Calvario.

Acuérdate, apreciado lector, que Dios dice: “Cualquiera que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. Humíllate a reconocer tus pecados, aceptando la salvación que el único Salvador te está ofreciendo.

 

La pascua

Esta palabra pascua es bien conocida a todos nosotros, pero ¿cuántos sabemos su origen? Los israelitas, siendo esclavos en Egipto, debían salir libres para servir a Dios, pero debían ser redimidos con sangre.

La última de las diez plagas sobre Egipto ya venía en la forma de la muerte del hijo primogénito (el primer nacido en cada familia). Los israelitas no eran exentos del peligro, pero fueron enseñados por Dios a tomar cada familia un cordero sin mancha y guardarlo desde el día 10 hasta el día 14 del mes, sin duda para averiguar bien que el animal no tenía defecto. Tenían que beneficiarlo en la casa de familia, recogiendo la sangre en una vasija.

Debían aplicar la sangre con un manojo de hisopo a los dos lados y el dintel de la casa. (El hisopo es una matica muy común en aquellas tierras.) Una vez que la familia había entrado a su casa a través de la puerta identificada así con la sangre de esa víctima, debía asar la carne del cordero y comérsela antes de comenzar su viaje de salida de Egipto. Les era prohibido comerla crudo, o cocida con agua, sino sólo asada al fuego.

Dios había hecho saber a Moisés su propósito de mandar su ángel de la muerte para matar a todos los hijos primogénitos de Egipto, pero la sangre puesta sobre la puerta de los israelitas sería la señal para el ojo de Dios que los habitantes de aquella casa habían aceptado el cordero, la provisión divina, para morir en lugar del primogénito de la familia.

La aplicación de la sangre, según la palabra de Dios, permitía entrar y gozar de la fiesta que Él había ordenado. No había nada que temer; la provisión era de un todo suficiente. Dios había dicho: “Veré la sangre, y pasaré de vosotros”.

Sin duda hay un paralelo entre esta historia y la del creyente en Cristo en estos tiempos. Los condenados a muerte somos nosotros por causa de nuestros pecados. El cordero es nuestro Señor Jesucristo, cuya muerte ha sido necesaria para que su preciosa sangre intervenga entre nosotros y el santo juicio de Dios. La aplicación de la sangre a la puerta de cada casa por separado corresponde a la aceptación por fe de parte de cada individuo, de la sangre preciosa de Cristo a su necesidad personal.

No bastaba escoger el cordero, admirar sus cualidades y tan sólo atarlo a la puerta de la vivienda. Un cordero vivo no servía de protección, ni tampoco bastaba guardar la sangre en una vasija colocada a la entrada de la casa. Debían aplicar la sangre a los postes y el dintel de la puerta.

Pero hay muchos que tienen en gran estima a Jesús, hablan de sus cualidades morales y piensan que su misión a este mundo haya sido para enseñarnos por su ejemplo cómo debemos vivir. Estas personas no reconocen que la paga del pecado es la muerte, y que la única manera de escapar ese juicio es de abrazar la muerte de Cristo como a favor de ellos.

Hay otros que reconocen la importancia de esa muerte del Cordero de Dios, pero se imaginan que de hecho todos serán salvos, ya que Él murió por los pecadores. No ven que la sangre debe ser aplicada. Como en cada casa la sangre fue aplicada por el manojo de hisopo, así cada individuo de por sí debe poner su fe en Cristo.

Es tan cierto hoy como cuando Él lo dijo: “Es necesario nacer otra vez”. La carne, para ser comida de los israelitas, debía ser cocida al fuego. Nuestro Señor Jesucristo experimentó en la cruz el fuego de la ira divina para que el más humilde creyente en él no gustase nunca esa maldición.

Los israelitas tenían la palabra de Dios —el que jamás puede mentir— diciéndoles que no les llegaría el juicio que habría para cada casa sin sangre. La misma palabra nos asegura ahora que los que ponen su fe en la sangre de Cristo, y en ésa solamente, no vendrán a condenación, mas habrán pasado de la muerte espiritual a la vida espiritual.

No creamos en nuestras obras, ni en cosa alguna que podamos hacer, sino tan sólo en la sangre derramada por Cristo en la cruz, el Hijo de Dios “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, Colosenses 1.14.

 

Los enemigos vencidos

¡Cuán preciosa es la libertad! Los que han estado detenidos o en la esclavitud lo sabrán. Los largos días de angustia y humillación han pasado y el individuo respira de nuevo como hombre libre.

Cuando los egipcios vieron muertos a sus hijos mayores, vinieron rogando a los israelitas que abandonaron el país y les dieron prendas de oro y plata en pago de tanto trabajo duro que habían prestado. Así fue que una nación de esclavos pudo ser emancipado en un solo día.

Se formaron en compañías según sus tribus y salieron como un gran ejercito de cerca de tres millones de personas. Delante iba una misteriosa señal en la forma de una columna de nube que les guiaba de día y de noche.

Pronto llegaron al Mar Rojo y no pudieron pasar. Faraón, arrepentido de haberles dejado ir, venía atrás con sus ejércitos y a cada lado les impedía un pendiente cerro. A los israelitas se les fue toda esperanza. Se angustiaron, pero Dios abrió un paso por el mar. Durante una noche oscura las aguas se iban alejando y dejaron un camino abierto para pasar los israelitas. A la palabra de Dios el pueblo avanzó, y los egipcios siguieron. Pero cuando los redimidos de Dios se encontraron todos salvos al otro lado, las terribles olas del mar volvieron y cubrieron a los egipcios. No escapó ni uno.

En la redención de Israel por la sangre del cordero y su salida de Egipto por el Mar Rojo, se figura la redención del pecador de nuestros tiempos por la sangre de Cristo y su regeneración por el Espíritu Santo. Cuando la persona cree en Cristo para su salvación, experimenta un poder en su alma. Es el poder del Espíritu Santo que libra de la esclavitud del pecado. ¿Lo has experimentado? ¿O está aún bajo aquel terrible dominio?

Los israelitas cantaron el canto de los redimidos, el cual será la canción de los cielos. ¿La has entonado? Si no la cantas en esta vida, no podrás en la eternidad. Los israelitas podían decir que el Cordero de Dios (Cristo) había muerto por cada uno de ellos y por eso eran salvos, pero tú corres el peligro de hundirte para siempre en las olas del Lago de Fuego de la ira de Dios.

En amor Dios te ha provisto una redención a precio infinito, por la muerte de su Hijo en la cruz, pero resta de parte tuya refugiar tu alma bajo esa sangre, confiando sólo en su virtud.

 

Las aguas amargas

Cuando hemos salido de una dificultad, ¡cuántas veces damos con otra! Los israelitas habían escapado de la esclavitud de Egipto, pero no habían llegado al Canaán. Por el medio encontraron un terrible desierto, yermo y desconocido.

Al partir del Mar Rojo, anduvieron tres días sin encontrar agua. Al fin la hallaron, pero no la pudieron beber porque era amarga. Por eso le pusieron el nombre Mara. El mismo pueblo que cantaba a las orillas del Mar Rojo, ahora empezó a murmurar contra Moisés. Él clamó al Señor, quien le mostró un árbol que, al meterlo en el agua, la endulzó y la hizo potable.

El apóstol Pablo escribió a los gálatas: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, 6.14. La dulce historia del Cristo de Dios, crucificado por el pobre pecador, había endulzado la vida de aquel apóstol cuando él comprendió la magnitud de sus pecados y confesó que de los pecadores era el primero.

Al reflexionar sobre el justo castigo que merecían sus culpas y en la amargura del arrepentimiento por haber perseguido a los verdaderos cristianos que con sencilla fe habían aceptado al Salvador, se acordaba de que la ley dice: “No codiciarás”. ¿Cuánto no se endulzaba el dolor de su alma al recordar que una vez para siempre Cristo sufrió por el pecado en la cruz?

No es la cruz material de madera que puede endulzar nuestras vidas, sino la gloriosa verdad de una redención hecha a perfecta satisfacción de Dios. Cuando el alma afligida por su culpa acude por fe a Cristo, cuán dulce es oír las palabras que Él pronunció, por ejemplo, a la mujer pecadora: “Tus pecados te son perdonados”.

Amigo mío, ¿gozas de este dulce perdón divino? Ningún hombre, ni aun el sacerdote, puede perdonar tus culpas. Has pecado contra Dios y debes acudir a él en confesión. Por amor de tu pobre alma, manchada del pecado, Él ha mandado a su eterno Hijo a este mundo a morir, no la muerte de un mártir, sino una de expiación. En la cruz cruel Él pagó todo por ti y ahora espera que bebas del agua del perdón, endulzada por sus terribles penas en el Calvario.

Varias veces el Señor Jesús habló de la salvación bajo la figura del agua. Al tratar con la mujer samaritana que encontró junto al pozo, dijo: “Cualquiera que bebiere de esta agua volverá a tener sed, mas el bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; el agua que yo le daré será en él una fuente que salte para vida eterna”, Juan 4.13,14.

Otra vez, cuando el pueblo había estado varios días en su fiesta religiosa, el Señor Jesús en el postrer día de aquellas ceremonias se levantó en medio y clamó: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”, Juan 7.37. Bien sabía el Salvador que las formas y ritos de la religión en que se habían ocupado durante la semana no habían satisfecho la sed espiritual de aquel pueblo, porque en ellos no alcanzaron tener una conciencia limpia delante del pecado.

Sólo en el sacrificio de Cristo hay una perfecta redención y por tanto sólo por el una perfecta paz. Toda la tradición de una religión no pueden salvar, pero la sangre de Cristo sí.

 

La ley de Moisés

Una cosa importantísima en la constitución de cualquier nación son sus leyes. Estas forman la base de su conducta moral y cívica. Si son buenas y bien administradas, darán carácter a aquella nación, elevándola sobre las naciones donde no es así.

Cuando Israel llegó frente al Monte Sinaí, Dios mandó a su siervo Moisés subir a la cumbre para recibir una ley divina. A veces se oye hablar de Moisés como gran legislador, pero el verdadero legislador en este caso fue Dios mismo.

Los diez mandamientos escritos por el dedo divino sobre las tablas de piedra fueron los siguientes:

  • No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo,
    ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas,
    ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso.
  • No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano.
  • Acuérdate del día de reposo para santificarlo;
    seis días trabajarás, y harás toda tu obra.
  • Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen
    en la tierra que Jehová tu Dios te da.
  • No matarás.
  • No cometerás adulterio.
  • No hurtarás.
  • No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
  • No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo,
    ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

Se cuenta la historia de un irlandés que, encontrando una Santa Biblia, la leía hasta este capítulo 20 del Éxodo, de donde hemos copiado estos mandamientos. Llevándola a su confesor, le preguntó por qué la iglesia romana hacía imágenes y mandaba a sus fieles a venerarlas, cuando el segundo mandamiento prohíbe terminantemente tal cosa. Fiel a la costumbre de esos señores, el cura condenó el libro, alegando que era protestante y por lo tanto falsificado. “Entonces”, dijo el irlandés, “deme, señor cura, una buena Biblia”.

Creyendo que fuese mejor no negárselo, el cura le buscó una, pero primeramente cortó con finura la hoja mencionada del libro de Éxodo. Pero cuánto fue la sorpresa del cura cuando su parroquiano regresó triunfantemente con el libro “católico” abierto a Deuteronomio capítulo 5, donde se encuentra por segunda vez esta parte de la ley dada a Moisés.

¿Por qué será, amigo lector, que en muchos de los catecismos romanos el segundo mandamiento, referente a no hacer ni honrar imagen alguna, ha sido eliminado? Para completar los diez, en esos catecismos se divide el último en dos. ¿No será porque si las imágenes fuesen quitadas de la religión romana, no quedaría casi nada?

Pero, ¿qué objeto tiene la ley? ¿Nos salva? Muchos creen que sí, y se esfuerzan en cumplirla con este fin. ¿Pero qué dice la misma doctrina apostólica? “Sabemos que todo lo que la ley dice, a los que están bajo la ley lo dice, para que toda boca se tape, y que todo el mundo se sujete a Dios”, Romanos 3.19.

Todos nosotros somos culpables de haber quebrantado la ley de Dios; condenados por su ley, debemos tapa la boca. Entonces, ¿tenemos que ir a la perdición por nuestros pecados? Gracias a Dios, hay un escape: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición”, Gálatas 3.13. Y: “Justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, Romanos 5.1.

 

El siervo devoto

Entre las muchas ceremonias ordenadas por Dios para su pueblo antiguo, la del siervo devoto constituye un hermoso tipo, o modelo, de Cristo en su maravilloso amor que motivaba su obra triunfante en la cruz.

Éxodo capítulo 21 empieza con las trágicas circunstancias de un hebreo que ha llegado a tal extremo de pobreza y destitución que no puede pagar sus deudas. Por esto, según la ley, tiene que venderse por esclavo en liquidación de ellas. Aquí tenemos un cuadro de nuestra triste condición espiritual: “vendidos a sujeción del pecado”, Romanos 7.14. La cuenta de nuestros pecados era tan grande y nosotros tan completamente quebrados que nos era imposible satisfacer las justas demandas de la santa ley.

Entonces se manifestó el amor de Dios para con nosotros, el que envió a su amado Hijo a este mundo a tomar nuestro lugar. Él volvió sus espaldas al esplendor majestuoso y riquezas inescrutables de la gloria, donde seres angélicos le adoraban y servían, y escogió un pesebre en el humilde pueblo de Belén donde nacer. Más tarde andaba con hombres pobres; nunca cargaba dinero, tampoco mendigaba ni pedía préstamos o cosas fiadas. Por las multitudes de curaciones maravillosas que hizo, nunca cobraba ni un centavo; ¡por lo regular los curados y bendecidos ni siquiera se acordaban de darle las gracias!”

Empezó su ministerio público con cuarenta días y noches de hambre en el desierto y lo terminó colgado en una cruz diciendo, “Sed tengo”, sin recibir una gota de agua. Mandó al paralítico, “Levántate, toma tu lecho y anda”, pero nunca poseía cama propia”. A un demoníaco que había sanado, le comentó: “Las zorras tienen cuevas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza”.

Grande fue, pues, el amor del Dueño del universo en pasar voluntariamente por tantas privaciones. Siendo rico, se hizo pobre, para que nosotros fuésemos enriquecidos.

La segunda cosa que notamos en el relato del siervo en el Éxodo es que, al completar los seis años de servidumbre, él podía salir libre. Cristo fue hecho súbdito de la ley para que redimiese a los que estaban bajo la ley, Gálatas 4.4. Cuando se presentó ante Juan el Bautista al río Jordán, le exigió bautizarse, diciendo: “Así nos conviene cumplir toda justicia”. Una vez que había subido de las aguas, los cielos le abrieron, presentándole como si fuera una invitación a subir arriba. Habiendo cumplido la justicia de la ley, se encontraba libre.

Ahora, notemos el caso del siervo hebreo. Si su amo le hubiere dado mujer y ella le hubiera dado hijos, él tendría que salir solo, dejándolos atrás. ¿Qué haría el siervo en tal caso? Impulsado por un amor admirable, diría, “Amo a mi señor, a mi mujer y mis hijos. No saldré libre”. Así fue con nuestro amante Salvador. En devoción a su Padre, y en amor para con nosotros, Él rechazó la libertad propia.

Con esto el siervo hebreo fue sometido a una ceremonia dolorosa. Su amo le haría llegar a los jueces, a la puerta o contra un poste, y le horadaría la oreja con lesna. Con esto, el hombre sería su siervo de por vida. Asimismo vemos al bendito Hijo de Dios traído delante de los jueces de este mundo, los cuales le entregaron para ser crucificado. Fueron horadados sus manos y sus pies y, como en el caso del hebreo, la marca de la sangre quedaría en el poste. Así la preciosa sangre derramada en la cruz es señal que Él nos ha amado hasta la muerte.

La ley antigua no pudo exigir más del siervo hebreo después de morir. En su muerte para nosotros Cristo pudo clamar: “Consumado es”. Él murió por nuestras culpas: el Justo por nosotros los injustos, para llevarnos a Dios. A todo aquel que cree en él como su Salvador personal, la ley le considera como “muerto con Cristo”. “Así también vosotros, hermanos míos, estáis muertos a la ley por el cuerpo de Cristo para que seáis de otro, a saber, del que resucitó de los muertos, a fin de que fructifiquemos a Dios”, Romanos 7.4.

Cristo y su obra por nosotros sobrepuja la figura que ya hemos considerado, pues Él resucitó y ahora vive. Al creer en él, Dios nos da vida juntamente con Cristo; “por gracia sois salvos”.

Dígame, querido lector, ¿Cuán conmovidos estarían el amo, la esposa y los hijos de aquel fiel siervo hebreo, al ver la prueba tan grande de su amor para con ellos? ¿No es verdad, que despertaría en ellos un amor y gozo para con él? Exactamente, y cuando nosotros descubrimos cuán grande ha sido el amor del bendito Salvador para con nosotros, en librarnos de la servidumbre de la ley y del pecado, por medio de sus padecimientos en la cruz, se rebosan nuestros corazones el amor, el gozo y el agradecimiento para con él. “Le amamos porque Él nos amó primero”.

¿Cómo puedes despreciar un amor tan inmerecido e inmenso?

 

La casa de Dios

Los adeptos a las diferentes religiones del mundo han comprendido la necesidad de un edificio en donde guardar los objetos de su adoración y en que reunirse para realizar sus cultos.

La Biblia no cuenta de ninguna casa para el Dios del cielo, hasta que no saliesen los israelitas de la esclavitud de Egipto. Salvos ya, pensaron en honrar al Señor haciéndole una casa.

El pueblo no era rico, pero sentía un profundo amor para con el Señor por su grande redención. No les era permitido solicitar la ayuda de las naciones incircuncisas de alrededor, y nadie entre ellos mismos fue obligado a dar un tanto, sino que cada uno dio según le movía el corazón.

Si necesitaban maderas, los jóvenes robustos las cortaban y las traían; si era oro, los príncipes dieron libremente; y si eran pieles para las cubiertas, lo más pobres podían conseguir y traerlos. Cada uno ofrecía voluntariamente y de corazón. Así, en poco tiempo fue terminada una especie de tienda, con el arca y su propiciatorio, los alteres, la mesa, etc. Era de muy humilde apariencia aunque muy adecuada a las necesidades de un pueblo peregrino.

¡Cuán diferente es la costumbre de las religiones mundanas! Resuelven edificar un templo suntuoso donde lucir el orgullo humano. Recogen dinero de todos, sin distinción, sean cristianos o no. Si el dinero ha sido ganado por traficar en licores u otros vicios, poco importa. Hacen listas de los nombres de personas a visitar, y al lograr que un rico dé una buena suma, lo divulgan para presionar a quienes han aportado menos.

Cuando llegamos a leer en la Biblia de las actividades de los apóstoles, vemos que los cristianos primitivos se reunían en casas, y en cierta escuela. Nada se dice de un tiempo material. La razón se encuentra en las palabras de Esteban en Hechos 7.48: “El Altísimo no habita en templos hechos de mano”. Pedro habla del templo donde Él sí habita hoy en día: “Como piedras vivas sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”, 1 Pedro 2.5.

Las personas a quienes escribía Pedro habían oído el Evangelio y, convencidos de su culpa, habían creído en el Señor Jesús. El Espíritu Santo vino a morar en sus corazones, y así fueron hechos piedras vivas en la casa espiritual de Dios. El fruto del Espíritu Santo en las vidas de estos verdaderos cristianos es la gloria de esta casa espiritual.

Poco importa si por su pobreza se reúnen en una choza o una cueva, porque su culto es al Dios del cielo, por medio del Cristo glorificado. La cosa importante es ser piedra edificada en la casa espiritual. Las almas que confían en sus buenas obras, o en las ceremonias de su iglesia, o cosa alguna de ellos mismos, no están edificadas en Cristo, y no forman parte de la casa de Dios, el templo vivo donde Él habita.

 

El sacerdocio

En el libro del Levítico el sacerdote ocupa un puesto de notable importancia entre el pueblo de Israel. Aarón era el sumo sacerdote, y sus hijos eran los sacerdotes comunes del pueblo. Hablando generalmente, Aarón es figura de nuestro Señor Jesús, y sus hijos representan a los que en este tiempo de gracia han creído de corazón en Cristo.

Con todo, hay algunos contrastes importantes entre Aarón y Cristo. Aarón, cuando hacía alguna ofrenda de expiación por el pueblo, también tenía que ofrecer una por sí mismo. Esto porque era pecador. Cristo era sin pecado. No había necesidad de hacer ofrenda por sí mismo.

Aarón pudo hacer uso de los animales limpios para sus ofrendas a Dios por el mismo y por el pueblo, pero Cristo ofreció a sí mismo, como está escrito: “Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias”, Hebreos 9.14.

El Señor Jesús es a la vez sacerdote y sacrificio, y su obra ha sido tal que no necesita ser repetida. El sacrificio del Calvario basta para la salvación de todo aquel que en esta vida cree en él. No de los que solamente creen la historia de Cristo, sino de los que confían de corazón en él y en su sacrificio en la cruz por sus pecados.

En la consagración de Aarón y sus hijos al sacerdocio, Moisés, el representante de Dios, debía bañarlo de cabeza a pies antes de vestirlos las túnicas sagradas. Una vez hecho, no habla necesidad de repetir esta ceremonia. Esto corresponde a lo hecho por el Espíritu de Dios en la conversión de cada hombre o mujer que viene a entrar en el camino al cielo. Por naturaleza todos somos inmundos de cabeza a pies, llenos de pecado, y la Palabra de Dios nos hace reconocerlo, compungidos de conciencia y arrepentidos. Pero no nos deja allí. Nos revela el medio de ser lavados: “La sangre de Jesucristo … limpia de todo pecado”, l Juan 1.7.

El vestido viejo de Aarón y de sus hijos fue echado a un lado para no ser usado más, y Moisés se vistió uno nítido y nuevo. Así el verdadero cristiano es uno que ha rechazado toda la justicia humana —es decir, su esperanza de salvarse por buenas obras, rezos, etcétera— y aparece delante de Dios tan sólo en la divina justicia que le ha sido otorgada en la redención por Cristo. Cuando el Salvador se ofreció por nosotros, todos nuestros pecados fueron puestos sobre él, para que por esa sustitución la divina justicia de Cristo fuese puesta sobre nosotros.

Además de lo explicado ya, el sacerdote debía ser ungido con el santo aceite de la unción. Cristo fue ungido del Espíritu divino. También lo ha sido todo hombre o mujer que ha creído en Cristo. Las pruebas de ello abunden en Hechos de los Apóstoles, en las Epístolas apostólicas, y en otras partes de las Sagradas Escrituras: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él”, Romanos 8.9.

Todo esto debía tener lugar antes de entrar ningún hijo de Aarón a servicio alguno en la casa de Dios. Pero, cumplido, una parte importante de su consagración fue el acto de llenar las manos. En estos tiempos nuestros, ninguno que no sea purificado de sus pecados puede servir al Señor, ni hacer cosa alguna que le agrade, mas una vez salvo por la gracia de Dios, es el deber suyo servirle de todo corazón.

 

Los sacrificios antiguos

El Levítico es el libro de las ceremonias de la religión judaica. De principio a fin está lleno de detalles en cuanto a la clase de los sacrificios, la manera de matar las víctimas y las veces que se debían repetir determinado rito. En cuanto a la clase de víctimas, debían ser animales sin defecto alguno y que la ley de Dios consideraba limpios; a saber, que rumiaban y que tenían la uña hendida. En sacrificarlos, era necesario degollarlos, rociando la sangre alrededor sobre el altar. En cuanto a las veces que debían repetir los sacrificios, con algunos era cada año, otras ciertas veces en el año, y todavía otros diariamente.

En estas ceremonias vemos cierto paralelo y cierto contraste a la doctrina cristiana.

Vemos un paralelo en cuanto el pecado es siempre horrible a los ojos de Dios y requiere el derramamiento de sangre, una vida por otra, para expiarlo. Así el derramamiento de la sangre de nuestro Señor Jesucristo es el paralelo al sacrificio de los animales limpios y sin defecto de aquel tiempo. En verdad, aquellas ceremonias fueron dadas como tipo, o ilustración, del sacrificio de Cristo, para ayudarnos a comprender la fealdad del pecado, como también el infinito valor de la sangre del Cordero de Dios.

Pero se nota también un inmenso contraste. Los sacrificios del levítico eran varios. El de Cristo es uno solo; Él se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios. Los del Levíticos se repetían muchas veces, pero jamás podían quitar el pecado. Cristo fue ofrecido una vez para siempre, y su sangre nos limpia de todo pecado. Aconsejamos a nuestros lectores que poseen una Biblia, examinar la epístola de Pablo de los Hebreos en este respecto. ¡Cuántas veces encontrará usted frases como, “Todo sacerdote [aarónico, levítico] se presenta cada día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados, pero éste [Cristo] habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, está sentado a la diestra de Dios”, 10.11,12.

El así llamado sacrificio de la misa es una triste negación de esta bendita verdad cristiana. Cada vez que el sacerdote romano celebra la misa, pretende ofrecer a Dios un sacrificio incruento (o sea, sin sangre) para la salvación de las almas. En esto niega virtualmente la eficacia de la obra del Calvario para nuestra redención, y nos quita la consolación del Evangelio. Cuando Cristo murió en la cruz, exclamó “¡Consumado es!” y lo que da consuelo y confianza al creyente en él es que su salvación es completa por ese sacrificio. En verdad, no hay otra ofrenda por el pecado.

 

¿El Señor Jesús nos dio la misa antes de morir? La noche en que fue entregado por el traidor Judas, cuando comía la pascua con sus discípulos, Él tomó pan, dio gracias por él y lo rompió. Les dijo: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo”. Lucas añade que Él dijo, “Haced esto en memoria de mí”. Luego tomó la copa, dio gracias, la dio a todos ellos, y dijo: “Bebed de ella todos, porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Y os digo que ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre”, Mateo 26.26 al 29.

¿Será esto la que se llama la misa en la iglesia romana? Esto, dice el Señor, sería celebrado por sus discípulos en memoria de él, cual recuerdo del sacrificio consumado en el Calvario. El pan es figura del cuerpo de Jesús herido y mutilado por nuestros pecados, y la copa figura de su sangre vertida para lavar nuestras conciencias de toda culpa.

¿Pero no dijo el Señor, Esto es mi cuerpo? Verdad, pero si quería decir que lo era literalmente, entonces Él mismo, sentado a la mesa, estaría comiendo de su propio cuerpo y dando a sus discípulos a devorarle allí mismo. Sería un caso de antropofagia: ¡el crimen de comer la carne humana! La adoración de la hostia es una forma degradante de la idolatría. Representa una obra de manos, compuesta de harina y agua, horneada. La iglesia romana enseña que cuando su funcionario pronuncia las palabras hoc est corpus meum, se convierte en el cuerpo de Cristo. Tal dogma se opone a la Palabra de Dios, como podemos ver por la protesta energética de Pablo en Éfeso: “No son dioses los que hacen con las manos”, Hechos 19.26.

 

Escribió el apóstol Pablo: “Las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas”, Romanos 15.4. Los diferentes sacrificios ofrecidos por los israelitas representan diferentes aspectos del sacrificio único de Cristo.

En términos amplios, los sacrificios que el Señor mandó a Israel ofrecer eran cinco: el holocausto, la oblación del presente, las paces, el sacrificio por los pecados y el sacrificio por la transgresión. El último representa a Cristo expiando nuestras culpas con su sangre en el Calvario; el primero es figura de Cristo, en cuanto su persona y obra satisfacen el corazón de Dios. Naturalmente, a nosotros pecadores nos interesa primero aprender en cuanto al modo de ser expiadas nuestras culpas.

Dios no puede pasar por alto la transgresión de sus santos mandamientos. Él ha dicho: “El alma que pecare, ésa morirá”, y, “La paga del pecado es muerte”. Desde el principio de la historia humana, los hombres han buscado maneras de pagar por sus culpas. Caín ofreció los frutos de la tierra, y fue rechazado, Abel ofreció un cordero, y han habido quienes han ofrecido aun sus propios hijos en holocausto.

Para hacer a los hombres comprender que la redención podría ser sólo por la sangre de una víctima perfecta y de infinito valor, Dios enseñó a su pueblo terrenal traerle los más perfectos de sus animales para ser inmolados delante del altar. Llegando allí el israelita con un cordero puro e inocente, ponía la mano sobre la cabeza del animal y confesaba haber pecado y hecho transgresión contra alguno de los mandamientos de Dios. Por tal transgresión él merecía el castigo de Dios, pero ese animal inocente moriría en su lugar.

¡Qué escena más conmovedora! Mientras el hombre contemplaba el cordero, fue tomada la pobre víctima y degollada a la vista del oferente. La sangre corría al pie del altar; el sebo todo fue consumido por el fuego que siempre ardía allí. El pecado quedaba expiado. El altar y su fuego representaban a Dios y las justas demandas de su trono, pero ya que estas demandas eran en figura satisfechas, había paz entre Dios y el pecador, y la carne de la víctima podría ser cortada en el patio del templo.

La sangre de ningún animal, por perfecto que fuese, nunca podría expiar el pecado. Estos sacrificios no eran más que figuras y sombras, y bastaban hasta venir el Cordero perfecto, el Cristo de Dios. Ya que Él ha venido, la sombra desaparece; tenemos la sustancia. Por su muerte Cristo ha hecho una perfecta y eterna redención, que no requiere otro sacrificio. En prueba de ello Dios le ha resucitado de entre los muertos y le ha exaltado a su diestra, donde espera el día cuando todos sus enemigos serán puestos por estrado de sus pies.

Mientras tanto, el Espíritu Santo ha sido enviado al mundo y, por medio de las Sagradas Escrituras, está llamando a los hombres al arrepentimiento, y la fe en su obra bendita de expiación de pecado. Cuando nosotros somos dispuestos, como el hijo pródigo, a decir de corazón, “He pecado contra el cielo”, Él nos dice en las dulces palabras del Evangelio: “Tus pecarlos te son perdonados”. Esto no es por virtud de las obras hechas por nosotros, sino por el mérito de la obra hecha por Cristo en el Calvario. El israelita gozaba de paz, no por ninguna virtud que él tuviese, porque reconocía no tener ninguna, sino por la virtud del cordero que Dios había provisto para morir en su lugar.

Amigo lector, tú y yo somos pecadores. Hemos transgreído los mandamientos de Dios. Las justas demandas del trono divino exigen el pago de nuestras culpas. No tenemos sacrificios que ofrecer. Pero Dios nos ha amado, aunque siempre ha odiado nuestro pecado, y ha provisto medios justos para nuestra salvación. Su bendito Hijo nos ha amado también, y se ha ofrecido a morir, llevando nuestras culpas en su cuerpo en la cruz. Así nos ha podido redimir a perfección, y no queda nada que hacer sino recibir ese Salvador individualmente como nuestro sustituto.

No pierdas, amigo, la oportunidad de abrir tu corazón a Cristo, pues si le rechazas serás perdido. En ningún otro hay salvación, porque no hay, dijo el apóstol Pedro, otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos, Hechos 4.12.

 

Las fiestas de Israel

En todos los países hay las fiestas nacionales, y en toda creencia las religiosas. Mayormente son para recordar fechas memorables y para perpetuar costumbres importantes a la vida nacional o espiritual del pueblo. Algunas de estas fiestas se celebran con la solemnidad y santa alegría correspondientes, mientras que otras son ocasiones para borracheras y glotonerías vergonzosas. Por la manera de celebrar una nación sus fiestas, se puede entender si la mayoría del pueblo es cristiana o no.

La nación de Israel tenía tres fiestas especiales cada año. La primera era el recuerdo de su redención por la sangre del cordero, llamado la pascua. La segunda era la de la siega, al comienzo de la cosecha. La tercera era de la cosecha anual ya terminada.

Al principio de la historia de esta tan distinguida nación, eran fiestas verdaderamente solemnes. Todos los hombres del pueblo se reunían para alabar el nombre del Señor por su gracia en haberles librado de la esclavitud y por la abundancia de las bendiciones que el cielo había derramado sobre ellos en el año. Pero, con el tiempo se iban alejando de Dios y perdiendo estas convicciones. Desde luego, las fiestas se hacían formales y vacías. En los primeros tiempos todos a uno bendecían con cántico y voz al Señor por haberles redimido. Los salmos de David fueron escritos para ayudar en estos cultos, algunos para uso en el templo y otros para ser entonados en el camino hacia las fiestas.

Pero más adelante estas mismas fiestas llegaron a ser ocasiones de especulación de parte de los sacerdotes y otros, hasta que en los días del Señor Jesús Él tuvo que hacer un látigo de cuerdas y echar fuera un número de los que vendían y compraban en el propio templo. Díjoles: “La casa de mi Padre casa de oración será llamada, mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho”.

En el libro de Hechos de los Apóstoles leemos que los primitivos cristianos se reunían cada primer día de la semana para conmemorar la muerte del Salvador por sus pecados. Esta sí era una fiesta verdaderamente santa. Los participantes eran individuos que habían experimentado el arrepentimiento, creyendo la Palabra del Señor. Sabían que eran salvos y por esto también habían sido bautizados.

Perseverando en la enseñanza apostólica y en comunión los unos con los otros, tenían en un sentido una fiesta continua, pero especialmente los días domingo cuando se reunían para recibir el pan y la copa de vino como símbolos del cuerpo y sangre de Cristo. Con esto hacían memoria de la redención hecha una sola vez en el Calvario a perfecta satisfacción de Dios y para no ser repetida. Ellos habían puesto su fe del todo en esa redención, y por esto tenían gozo y paz.

Amigo lector, ¿en qué pones la confianza para tu salvación? Como el que escribe, eres pecador. Cristo ha muerto por salvarte, y necesitas tan sólo arrepentirte y reposar toda tu fe en él. Tus obras no te salvarán; tu religión no te puede librar de la condenación; pero la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, limpia de todo pecado.

¡Cuánto ha cambiado la gente esta santa fiesta cristiana! Se reúne, sí, pero no arrepentida, como se ve en sus borracheras, peleas de gallos y otras costumbres corrompidas. Los que no pasan su domingo en estos abusos, la pasan de rodillas delante de un pedazo de harina, o frente a santos de papel o yeso, dioses de hechura humana. Otros han perdido la confianza en esta idolatría, de manera que se ocupan igualmente en pasatiempos mundanos, pero sin el pretexto de cumplir con una ordenanza divina.

Predicamos, como hacían los apóstoles, la necesidad del arrepentimiento y la conversión a Dios. Cuando las almas son salvas, celebran de nuevo las sencillas y santas fiestas de los primitivos cristianos.

 

Un leproso sanado

¡Qué cuadro más triste! Allí va un pobre Lázaro. Hace un año apareció en la piel de su carne una mancha blanca, y ahora está regado el mal por todo su cuerpo. Pregúntale cómo le va, y te dirá que muy mal; cada día peor. Con todas sus fuerzas no ha logrado ninguna mejoría, ni le han podido ayudar ninguno de los mejores médicos de su pueblo. Es caso perdido.

Pero él recuerda un día que, siendo israelita, el Dios de su pueblo debiera haber pensado en tales casos. “Buscaré”, dice, “en la ley de mi Dios, para ver qué cosa será este mal, y si tiene remedio”. Leyendo un día en el libro del Levítico, el tercer libro de la Santa Biblia, halla escrito una ley con respecto a la limpieza del leproso. “¡Horror! ¿Será ésta la lepra? ¿Quién me dirá con seguridad? ¿A quién debo ir para saber?” El libro le manda andar casa del sacerdote.

El sacerdote de Israel representaba al Señor. Él de por sí no podía nunca curar un leproso, pero con la Palabra de Dios en la mano podía dar los pasos necesarios para descubrir la verdadera naturaleza del mal, y también cumplir el rito mandado del Señor para su limpieza.

La lepra es tipo del pecado. No hay cosa más asquerosa que la lepra, y ¿no es más horroroso aun el pecado? A la superficie la lepra parece acaso una pequeña mancha, pero no hay sin embargo ni una gota de sangre en todo el cuerpo que no sea contaminada. La víctima puede intentar de esconder la mancha de la vista de sus semejantes; pero su conciencia le dice que es leproso. ¿No ha sido examinado a la luz de la Palabra de Dios que no puede equivocarse?

A las personas no iluminadas por la Palabra, los pecados más sucios pueden ser tema de diversión y risa, pero la conciencia instruida tiene que reconocerlos como cosa bien grave, cosa que merece la condenación divina.

Los pensamientos de Dios no son los del hombre. En la ley de la limpieza del leproso se hallaba este mandamiento: “Si brotare la lepra cundiendo por el cutis, y ella cubriere toda la piel del llagado desde su cabeza hasta sus pies, a toda vista de ojos del sacerdote … dará por limpio al llagado”, Levítico 13.12,13.

¡Cuánto nos extraña esta cláusula de ley divina! Cuando los hombres dirían no haber ya ninguna esperanza, el Dios santo del cielo lo pronuncia limpio. Pero ¿no será porque en esto podemos aprender una lección importantísima? Fue cuando el pecado del hijo pródigo le había arrastrado al desespero, y cuando en su confesión a su padre dijo: “He pecado contra el cielo y contra ti, y no soy digno de ser llamado tu hijo”, que el padre de amor pudo darle el beso del perdón, el abrazo del amor, el mejor vestido, el anillo, los zapatos y la fiesta del becerro gordo.

Cuando tu, amigo, estás verdaderamente arrepentido, y arrojas fuera todo el mal en una franca confesión a Dios, entonces, y no antes, gustarás del perdón que por su grande amor te espera.

Pero la Biblia dice mucho más todavía en cuanto a la limpieza del leproso. Habla que ofrecer un sacrificio significante antes de poder él entrar ocupar un puesto entre el pueblo de Dios. Se tomaban dos pájaros vivos, limpios. Un pájaro fue muerto en un vaso de barro sobre aguas vivas, y el otro mojado en la sangre del primero. El que se limpiaba de la lepra fue rociado con la sangre siete voces, y el pájaro vivo suelto en el campo, después de haber sido mojado en la sangre del pájaro muerto.

Una muerte penosa esperaba al leproso si no fuere limpiado. También un fin espantoso de eterna condenación espera al pecador, si no sea limpiado de sus pecados. Los esfuerzos humanos nada valen, pero el amor de Dios ha provisto un remedio. Se muere una víctima limpia, y no es otro que el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él ha muerto par el pecador; ha sufrido el castigo en lugar suyo. La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; 1 Juan 1. 7.

El primer pájaro es figura de Jesús sufriendo la muerte por nosotros; el segundo, mojado en la sangre del primero, representa a Cristo en resurrección, yendo al trono de Dios con la sangre del nuevo pacto. Como representante de aquellos para quienes murió, Él ha entrado al cielo. El Padre Dios le ha recibido y ensalzado. Los que creen en él son limpiados, como el leproso, con la sangre, y en Él que ha resucitado y ascendido al Padre son aceptos como Él ha sido acepto, por virtud de la sangre.

Véase que el leproso fue limpiado y acepto sólo en virtud de la sangre. La gracia de Dios le había provisto esta media de limpieza. No era por esfuerzos que el hombre hubiese hecho, sino con base en la virtud de la sangre, que prefiguraba la preciosa sangre de Cristo muerto y resucitado, para que todo aquel que creyere no se pierda, mas tenga vida eterna.

 

La expiación anual

De todas las ofrendas del pueblo de Israel, ninguna parece haber tenido lugar de mayor importancia a la ceremonia de la expiación anual.

Los otros sacrificios tenían relación con el individuo, su pecado y al modo de ser del restaurado a una condición de poder gozar la comunión con el Dios santísimo. O, se ofrecían en expresión del amor de la persona para con Dios, y su deseo de adorarle. En el caso presente es cuestión de hallar un medio justo por el cual podía un Dios enteramente santo habitar en medio de una nación de pecadores. En este caso se nos presentan tipos del único sacrificio de Jesucristo.

En el medio de las doce tribus de Israel había un tabernáculo, sencillo de por fuera, en el cual estaba colocado un arca de madera, cubierta de oro. En los dos cabos de la cubierta de oro había dos querubines, y entre éstos el Señor manifestaba su divina presencia y gloria. ¿Pero cómo puede un Dios tan santo habitar en medio de un pueblo con tantos defectos?

Una parte importante de esta grande ceremonia anual consistía en traer delante del Señor, y a la vista del pueblo, dos chivos, o machos cabríos. Se echaban suertes; uno de los animales fue muerto, y el otro enviado al desierto, a tierra inhabitada, donde fue dejado.

Ved venir los dos animales. De por sí son considerados animales limpios y perfectos, pero han sido destinados a ser ofrecidos por el pueblo. El uno muere degollado y el sumo sacerdote Aarón recoge su sangre en una vasija. Envuelto en una nube de incienso, avanza hasta dentro del velo. Con el dedo esparce la sangre una vez sobre el propiciatorio, o cubierta del arca, y siete veces delante del arca. Aarón y la gente que representa son pecadores, pero Dios ha hallado un medio por el cual Él puede estar con ellos en justicia. Es por la sangre.

He aquí un tipo precioso de la sangre de Cristo. Él también ha muerto por los pecadores. Resucitado, ha entrado, no a ningún tabernáculo hecho de manos de hombres, sino al cielo. Por virtud de su sangre derramada en la cruz, nuestro representante ha sido acepto, y todos los que confían tan sólo en su preciosa sangre son aceptos también.

Este rito tenía que ser repetido cada año, porque la sangre de los animales nunca podía quitar el pecado. Era una redención anual. Cristo ha hecho por nosotros una eterna redención. Ya no hay más sacrificio por el pecado. Al morir dijo: “Consumado es”. La expiación de nuestros pecados es completa.

En cuanto al otro animal, él representa el perfecto perdón y olvido del pecado que proviene del sacrificio de Cristo a todo aquel que cree. Aarón, puestas ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío, confesaba sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del segundo chivo. ¡Qué figura más bella de la manera que nuestros pecados fueron imputados al Señor Jesús! ¡Gracias a Dios! Él ha podido llevarlos y pagarlos, y son perdonados y olvidados para siempre, para el alivio de todo aquel que cree en Cristo.

En los dos animales, pues, vemos representada la perfecta expiación por el pecado que hizo el Señor Jesús, y la manera justa y perfecta en que Dios perdona y olvida para siempre el pecado de los que creen en él. Es por Cristo, y solamente por Cristo; no por obras, para que nadie se gloríe, Efesios 2.8, 9.

 

Balaam, el falso profeta

Nuestras Escenas Bíblicas no serían completas sin incluir algo acerca de este adivino tan notorio. Al llegar los israelitas, en sus jornadas por el desierto, al llano de Moab, el rey Balac fue espantado por ser ellos tan numerosos. A causa de esto mandó mensajeros a llamar a un tal Balaam, para que empleara cierta hechicería y así hacer venir alguna maldición sobre ellos.

Partieron los oficiales de Moab a llamar a este falso profeta, llevando consigo las dádivas de adivinación en su mano. Vinieron a Balaam, quien pretendió buscar la voluntad de Dios. Durante la noche se la apareció el Señor y le prohibió ir a maldecir a Israel, porque, decía el Señor: “Es bendito”. Así no fue Balaam con ellos.

Regresando los mensajeros, contaron todo a Balac, y él volvió a enviar personajes más nobles que los primeros, ofreciéndole a Balaam honores sin límite, con tal que pronunciara una maldición contra aquel pueblo. De nuevo rehusó, empero quiso tentar al Señor con pedirle otra vez acerca del asunto. Y esta vez el Señor le dijo que fuese, más le conjuró no decir sino lo permitido por él.

Es inútil pensar en maldecir a los que el Señor ha bendecido. Muchas veces hombres lo han intentado, pero las maldiciones sólo han tornado sobre ellos mismos. Vemos cómo algunos entre el cura romano todavía se llenan de furia cuando algún feligrés empieza a leer las Sagradas Escrituras, o cuando va a escuchar hablar de la salvación por gracia, o cuando afirma su derecho a examinar las cosas por sí. Recuerde, señor cura, que Dios ha dicho en Apocalipsis 1.3: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía”. Usted no puede maldecir a los que Dios ha bendecido. No temas, amigo lector, las amenazas de los que fulminan maldiciones contra los que buscan la salvación de sus almas tan sólo en Cristo. Las tales maldiciones serán nulas para ti. Sólo llevarán daño al alma de aquel que las pronuncie.

Pedro el apóstol nos informa que Balaam amó el premio de la maldad, 2 Pedro 5.17, y Judas (no Iscariote) escribe en su Epístola que algunos “se lanzaron en el error de Balaam por recompensa”. Aunque Balaam protestó, diciendo que no haría el mal ni por una casa llena de plata, sin embargo la verdad es que se abstuvo de maldecir a Israel solamente porque Dios no le dejó hacerlo. Él quiso ganarse el premio ofrecido, y cuando no pudo pronunciar la maldición, buscó otra manera de hacer la maldad.

Esta fue por tentar a los israelitas a mezclarse con los paganos. De esta manera trajo sobre el pueblo de Dios el castigo divino, pero poco le importé a Balaam con tal que pudiera cobrar su premio.

Según enseña el Espíritu Santo por el apóstol Pablo, el obispo, o anciano cristiano, debe ser marido de una sola mujer, no amador del vino, no heridor, no codicioso de torpes ganancias, ajeno de avaricia. Los falsos profetas son conocidos generalmente por su avaricia. Venderían cualquier objeto, por sagrado que fuese, por dinero, hasta aun rifan la imagen de la Madre de Jesús.

Balaam vendió su alma por dinero. Judas Iscariote hizo otro tanto. Ten cuidado, amigo, que no hagas lo mismo. Si tienes más amor al dinero y otras cosas materiales, que a la salvación eterna de tu alma, tú también corres peligro de perderte. Dijo el Señor Jesús: “¿Qué aprovechará al hombre si granjeare todo el mundo y pierde su alma?” Marcos 8.36. Busca tu salvación en Cristo, y no vende tu alma por las vanidades del mundo.

Dios te ama, y en prueba de ello envió a su Hijo. Cuando los hombres lo hablan crucificado en el Calvario, Dios cargó nuestros pecados sobre él y le abandonó a sufrir la furia de su ira en paga de nuestras culpas, de tus culpas, si le aceptas.

 

El paso del Jordán

Entre los ejércitos de los israelitas y la Tierra Prometida, el Canaán, pasaba el Río Jordán. Si bien en algunas estaciones del año no es tan ancha ni difícil de pasar, en aquellos días que nos interesan estaba crecido, o fuera de madre, como dicen.

Las cosas imposibles para los hombres no lo son para con Dios. Josué, el nuevo generalísimo de Israel, había recibido mandamiento de Dios de pasar el Jordán, y en tal caso la fe no tiene en cuenta los obstáculos. Aunque el río se desbordaba y corría con fuerza, todos los israelitas se prepararon para pasar al otro lado. Llegaron a la orilla y reposaron. Entonces Josué proclamó al pueblo: “Santificaos, por que Jehová hará mañana entre vosotros maravillas”.

Los israelitas ya habían probado el poder de Dios en su favor cuando abrió paso para sus padres por el Mar Rojo, cuando les dio agua de la roca para su sed y cuando les dio pan del cielo para comer. Sin embargo, esta era una experiencia nueva, tal que se les dijo: “No habéis pasado antes de ahora por este camino”. Así son las experiencias de la vida cristiana. Aunque hayamos probado el poder y la gracia del Señor de tantas maneras, nos vienen oportunidades nuevas para probar su suficiencia.

El arca del pacto era el objeto central del tabernáculo en que adoraban los israelitas, pero no era el objeto de su adoración, como algunos creen. Los querubines de oro, que eran de una solo pieza con la cubierta del arca, no eran para el culto del pueblo. Tal cosa sería la idolatría, cosa prohibida en el segundo de los diez mandamientos: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso”, Éxodo 20.4,5.

El arca no era más que el símbolo de la presencia de Dios con su pueblo redimido. Ostentando las tablas de la santa ley adentro y el oro puro y brillante por encima, es figura de nuestro Señor Jesús. El culto de cualquier objeto visible ha sido y es terminantemente prohibido como idolatría.

Aunque no adoraban el arca, los israelitas la respetaban como el símbolo de la presencia divina, y fueron ordenados a guardar una distancia de dos mil codos (aproximadamente un kilómetro) de ella, mientras hacía el rió Jordán.

Al mojarse en el agua los pies de los sacerdotes que llevaban el arca, se pararon esperando mientras el Señor efectuara un gran milagro. “Las aguas que venían de arriba se pararon como un montón bien lejos de la ciudad de Adam … y las que descendían a la mar de los llanos … se acabaron y fueron partidas; y el pueblo pasó en derecho a Jericó”, 3.16.

Los sacerdotes no salieron del fondo del río hasta haber pasado a salvo todos los ejércitos de Israel. Entonces los doce hombres diputados a ello levantaron un monumento de doce piedras en el fondo del río, donde quedan hundidas hasta el día de hoy, y alzando otras doce las sacaron del fondo del río y las asentaron en memoria en la orilla donde iban.

El Jordán es figura de la muerte y el justo juicio de Dios. Para salvarnos de tan merecido castigo nuestro Señor Jesucristo bajó a la muerte, experimentando los más hondos sufrimientos. Y ninguno de los que creen en él de corazón será condenado. Las olas de la ira divina no pueden llegar hasta los tales, porque han agotado su furia en Aquel que se puso a sí mismo por medio para salvarlos.

Las doce piedras dejadas en el fondo del Jordán, cada una representando una tribu de Israel, son figuras y nos enseñan que todos los que son salvos por la fe en Cristo son considerados como muertos, y perdidos de vista, por haber sido muertos en Cristo, su representante. Dios no cuenta más con ellos como hombres en la carne; son muertos.

Se cuenta que una vez Napoleón, el Emperador, llamaba a los franceses a las armas por medio de la conscripción. Le tocó a un joven padre de familia ir, pero otro que no fue alistado le tuvo compasión y se ofreció para ir en su lugar. En cierta acción éste cayó muerto. Pasando el tiempo fue llamado otra vez el primero, pero rehusó ir, diciendo que era muerto ya. ¿No había sufrido la muerte su representante?

Los oficiales reportaron la cosa a Napoleón, quien convino en lo que decía el hombre. Según las leyes de Francia ese padre de familia se consideraba muerto.

Cristo murió, no por sus propios pecados, sino en nuestro lugar.

Pero no solamente dejaron doce piedras en el fondo del río Jordán; también sacaron otras doce al otro lado. Los creyentes en Cristo son considerados no solamente como muertos con Cristo, sino también como resucitados con él a vivir una nueva vida. Si tú has escapado la muerte eterna por la muerte de Cristo, te conviene mostrar tu gratitud por una nueva vida. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, 2 Corintios 5.17.

 

La caída de Jericó

En los anales de la historia no ha habido un sitio más notable que el de Jericó.

Los israelitas hablan cruzado el Jordán y se encontraban encampados en Gilgal. El día siguiente cesó el maná cuando hablan comenzado a comer el fruto de la nueva tierra. Al mandamiento del Señor, Josué y los israelitas comenzaron a rodear la ciudad de Jericó, que para ese tiempo se encontraba bien cerrada; nadie entraba ni salía. No tenían ni cañón ni ametralladora, solamente los hombres a pie, armados con espada y lanza. Rondaron la ciudad una vez el primer día. Regresaron al campo sin suceder nada. Así también el segundo día y el tercero, hasta llegar el séptimo día. ¡Qué sitio más extraño! Parece una locura a los hombres. Así suelen parecer a los hombres las cosas de Dios.

Cuando Dios había de vencer a Satanás, el enemigo nuestro más acérrimo, le plugo hacerlo por dejar morir a su Hijo unigénito. Así por morir venció, e hizo una grande conquista para nosotros. Pero la salvación por gracia, mediante la muerte de Cristo por nuestros pecados, parece a los hombres una locura. Sería más prudente, según el pensar de muchos, dejar a los hombres ganar su propia salvación por medio de sus obras. Empero Dios dice: “Por gracia sois salvos por la fe: y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe”, Efesios 2.8,9.

Al llegar el séptimo día Dios mandó rodear la ciudad siete veces. ¡Qué prueba para la fe y la paciencia de los israelitas! ¡Qué insensatez a los habitantes de Jericó! Terminado este acto, los israelitas dieron un grito, los sacerdotes tocaron las trompetas y con grande estruendo las formidables murallas de Jericó se hundieron en la tierra. Los ejércitos de Israel avanzaron derecho sobre la ciudad, venciendo todo obstáculo y poniendo a los habitantes a filo de espada. Los despojos fueron muchos, y fueron consagrados a Dios.

La única parte de la muralla de Jericó que no cayó fue donde habitaba una que se llamada Rahab. Esta mujer habla recibido dos espías que Josué mandó anteriormente a Jericó, y después de esconderlos sobre el techo de su casita, que estaba construida sobre la muralla, al anochecer los bajó de la ventana con una cuerda de escarlata, y así escaparon.

Estos hombres mandaron a la mujer colgar aquella cuerda de la ventana, y ofrecieron salvarle la vida a ella y a cualquiera de su familia que se hallara refugiado en la casa protegida por la cuerda.

Sólo así pudieron escapar el terrible juicio que sobrevino a Jericó y a sus habitantes. No era por ser buenos, porque Rahab a lo menos era una ramera. La salvación de entonces, como la de hoy día, era por gracia. La cuerda de escarlata nos recuerda la sangre de Jesucristo. Los hombres mismos se salvaron por la cuerda y no pudieron dar a la mujer otra cosa mejor. Es la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, que nos limpia de todo pecado, 1 Juan l .7.

Todas las demás casas cayeron, y los habitantes perecieron. Así perecerán todos los que confían en otra cosa que no sea la preciosa sangre de Jesús. Las fuertes murallas podían parecer mejor protección que una simple cuerda de escarlata, como también les parece a muchos que sea de más valor confiar en su iglesia, sus propios méritos o cosa alguna de ellos mismos.

La terrible destrucción de todos los demás habitantes de Jericó nos hace pensar cuán terrible será la eterna condenación de aquellos que no son salvos por la gracia. Amigo, lector: ¿has puesto tu fe únicamente en la obra de Cristo, o estás pensando salvarte a tu manera?

 

 

El hogar cristiano

“Estas palabras que Yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón: y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes: y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos: y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus portales”, Deuteronomio 6. 6 al 9.

¡Cuán importante lugar ha ocupado, y siempre ocupará, la Palabra de Dios! Los israelitas debían mostrar su aprecio de ella, según el mandamiento arriba citado. Aquellas partes de las Santas Escrituras que para entonces poseían los hebreos, debían ser aprendidas de memoria hasta quedar escritas sobre su corazón, figurativamente hablando. No solamente esto: debían enseñarlas a sus hijos, para que ellos también supiesen el temor de Dios. Por el amor que tuvieran al Señor aquella gente debía hablar de su Palabra a toda hora y en cualquier circunstancia.

Además, esos mandamientos debían ser atados a su mano, que es igual a decir que debían gobernar sus hechos. Debían ser por frontales entre sus ojos, que equivale decir que ellos debían ver todas las cosas en la luz de la Palabra de Dios. El escribirlas en los postes de su casa significa que sus hogares serían conducidos según esa regla de justicia; y el ponerlas en sus portadas era un testimonio a los de fuera que la familia en la casa temía al Dios vivo y verdadero.

Hoy día ha placido a Dios darnos un tesoro aun más grande. La revelación de la divina voluntad ha sido ensanchada grandemente, con la adición de los Profetas, los Salmos, los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas apostólicas, y el Apocalipsis. Por lo tanto nosotros mismos debemos tener un aprecio, aun más que aquella gente, de aquel precioso libro llamado la Biblia.

En ella vemos revelada la caída del hombre en el pecado, los frutos de la cual están a la vista por todos lados. También aprendemos que Dios, contra quien hemos pecado, es el Dios de justicia, que demanda el pago del pecado; pero a la vez que Él es Dios de amor y gracia, y en sí mismo ha encontrado el medio de rescatar al hombre arruinado, y salvarle de terminar con el diablo, que desde el principio le ha tentado a revelar y pecar contra Dios.

El apóstol Pablo recalca en Romanos 15.4 que mucho de lo que leemos en el Antiguo Testamento en cuanto al trato de Dios con los israelitas, además de ser historia, ha sido escrito para nuestra enseñanza. Es por esto, por ejemplo, que presentamos esta serie de Escenas Bíblicas.

En la manera de ser redimido aquel pueblo por la sangre del cordero pascual vemos una figura de la redención de nuestras almas por la sangre preciosa de Cristo. En el oficio del sumo sacerdote de Israel vemos tipificado el oficio de nuestro Señor Jesús, y en el de los hijos de Aarón aprendemos cuáles son los privilegios de los que hoy día son salvos por la fe en Cristo.

No hay otro libro en el mundo de igual importancia a la Palabra de Dios. Dijo Jesús: “Escudriñad las Escrituras, porque … ellas son las que dan testimonio de mí”, Juan 6.39.

Es por la Palabra de Dios que los que creen de corazón en Jesús saben que sus almas son salvas, y que tienen vida eterna, porque dice: “El que cree al Hijo tiene vida eterna; mas el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”, Juan 3.36.

No están las tradiciones de ninguna iglesia a la par con la Palabra de Dios, la Santa Biblia. Esas tradiciones pueden incluir algunos preceptos provechosos, pero son conceptos humanos. La Biblia, aunque escrita por hombres, ha sido indudablemente inspirada por el Espíritu Santo.

En vez de obedecer el consejo del clero romano, o de sectas y herejías de estos últimos tiempos, debemos leer continuamente la Palabra de Dios, hasta saberla de memoria. Debemos enseñarla a nuestros hijos a diario, usarla como regla para nuestras vidas, mostrarla y propagarla para que sean iluminados los demás. En verdad, debe ser ella la Carta Magna del cristiano. El hogar que es realmente cristiano se conoce por el lugar que en ella se le da a la Palabra de Dios.

Si no la posees, procúrate un ejemplar de la Santa Biblia. Aprenderá en ella cuál es la vía de salvación mediante la fe en Cristo y su obra de redención. Obedece sus principios y enséñelos a sus hijos. Si llegas a recibir de veras al Cristo de la Biblia, serás verdaderamente feliz aquí y en la eternidad.

 

 

Las ciudades de refugio

Era una ley entre los hombres desde el principio del mundo que el hombre que matase a su prójimo debía ser muerto de su semejante, sin tenerle misericordia. Se consideraba ser el deber del pariente más cercano vengarse de la sangre inocente.

Cuando los israelitas estaban por entrar a la tierra que les había sido prometido, el Señor les dio mandamiento de apartar seis de aquellas ciudades de su posesión como lugares de refugio. Tres de aquellas se hallaban de la parte más allá del Jordán, hacia el desierto, mientras que las otras tres eran de la parte acá. Esta provisión era para que el hombre que, por equivocación, matase a su prójimo pudiera correr allí y refugiarse del peligro de ser muerto.

Cuando sucedía una desgracia entre los hombres, como si un hombre trabajaba con un hacha y el hacha caía del cabo y daba contra el prójimo, causándole la muerte, el responsable del hecho podía salvarse de la venganza del pariente por correr a la ciudad de refugio más cercana.

La nación era responsable de mantener caminos reales en toda dirección de estas ciudades para facilitar la huida de tales individuos, y al llegar uno de éstos a una ciudad de refugio los ancianos debían acogerlo con voluntad y protegerlo hasta probar el caso para ver si en verdad era cosa premeditada o una equivocación. Si era culpable de homicidio, debía morir; si inocente debía recibir su protección.

Estas cosas son figuras de las cuales podemos aprender lecciones importantes. Las ciudades de refugio figuran para nosotros la salvación que hay en Cristo. Cuán alegremente cantamos a veces: “Cristo, refugio de mí, pecador, vengo a ti, vengo a ti”. Por su muerte en la cruz, sufriendo por nuestros pecados, Él nos abrió camino a la eterna salvación, y la Palabra de Dios, la Santa Biblia, asegura que creyendo en él somos salvos para siempre. Él mismo invitó: “Venid a mi, todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar”, Mateo 11. 28.

Había una amplia provisión para todos, y las ciudades no se hallaban lejos, pues eran seis. Se encontraba una de ellas cerca de cualquiera que estuviera en apuro. No había que hacer un refugio propio, sino sólo correr a donde había un lugar preparado. Gracias a Dios, el pecador no tiene que proveer su propia salvación, Cristo lo ha hecho todo. Dijo en la cruz: “Consumado es”, y la obra de nuestra salvación quedó terminada una vez para siempre. Lo que queda para ti, como para mí, es aprovecharte de ella.

El que había caído en esta desgracia debía venir confesando la verdad. Tú serás salvo sólo como pecador, y no como bueno. Estas ciudades eran una provisión especial para el que había caído en desgracia. Cristo es el refugio de los que han caído en la desgracia de ser pecadores por naturaleza y por práctica.

Imagínate un individuo de éstos a quien le había acontecido esta desgracia, quien, después de darse cuenta de lo sucedido, y sabiendo que pronto le alcanzaría el vengador de sangre, se sienta al lado del camino a descansar, o pierda el tiempo discutiendo con algún transeúnte la sabiduría de Dios en proveer de esta manera, para estos desgraciados. ¿No debía más bien ir a todo correr a refugiarse? Tú estás en peligro de alcanzarte el juicio de Dios. ¿Por qué no corres a Cristo, sin demora?

 

Acán, el impenitente

Este individuo tan notorio se presenta en las Santas Escrituras como para escarmiento de los que, cual él, fuesen contumaces e impenitentes.

Antes de ir los israelitas al sitio de Jericó: fueron todos conjurados a no apropiarse nada de los despojos que habría después de la batalla. Estos debían ser consagrados al Señor para el uso de su santo servicio. Los despojos de muchas otras ciudades quedaban para ellos, y pronto gozarían de aquella riqueza, pero los de la primera debían ser para Dios. En esto aprendamos una regla divina: Dios primero.

A pesar de esta conjura, al ver Acán cierta cantidad de oro y plata y un vestido muy fino, al estilo babilónico, los acaparó y los llevó secretamente a su tienda, donde los pudo esconder bajo tierra.

No hay duda de que él comprendiese de que hacia mal. A cada momento le lastimaba la conciencia: “Acán, has pecado; Acán, has pecado. Confiésalo, y busca la misericordia de Dios”. Pero endureciéndose, no hizo caso.

Salió de nuevo ejército de Israel; no todo, sino una parte. Algunos habían dado consejo hacer así, porque la ciudad de Ai era pequeña. Cuál fue la sorpresa cuando los guerreros de Ai salieron tan feroces que los invasores no pudieron darles batalla, y en la fuga cayeron muertos algunos israelitas. El desánimo fue general, y Josué el capitán se postró delante de Dios afligido en espíritu y lleno de lamentos. Estando así, le habló el Señor, diciendo: “Israel ha pecado”.

Sin juzgar ellos el pecado que se había presentado entre ellos, el Señor no iba a darles apoyo. Josué, por lo tanto, emprendió enseguida la triste tarea de hacer frente a la condición de su pueblo.

Acán, que era testigo de la derrota de Ai, debía haber sentido los aguijones de la conciencia acusándole de nuevo, y diciéndole: “Acán, tú has pecado; tú eres la causa del mal. Confiésalo, y busca la misericordia de Dios. Él es grande en misericordia”. Pero no quiso. Ahora oye la trompeta para reunir los millares del pueblo en sus tribus y familias, y le llamaría de nuevo la conciencia: “Acán, vas a ser descubierto. Dios hará salir la verdad. Confiésale tu pecado y serás perdonado”.

Dieron principio a la pesquisa y la suerte cayó en la tribu de Judá. Acán debía haber temblado, porque era de aquella tribu. De nuevo la voz diría: “No hay tiempo de perder; haz confesión”. No lo hizo. Ahora cayó la suerte señalando la familia de Zera, de la cual formaba parte Acán. De nuevo se le presenta la oportunidad de arrepentirse y confesar su pecado, pero la perdió. No le restaba otra. Al poco los ancianos hicieron escoger de nuevo, y salió señalado el mismo Acán.

“Declárame ahora lo que has hecho, no me lo encubras”, le dijo Josué, y Acán respondió: “Verdaderamente yo he pecado”. Pero el día de la gracia se había pasado para Acán; la confesión fue hecha demasiado tarde. En vez de hallar misericordia, fue arrastrado con los suyos al valle de Acor, y fueron todos apedreados y quemados con fuego.

Aprendamos una lección solemne. Dios en su grande paciencia le da a cada hombre y mujer su tiempo para arrepentirse, confesando sus pecados a él, y creyendo en Cristo. Dios nos da el corto espacio de esta vida para esto mismo. ¡Ay del hombre que llega a morir sin ser perdonado, porque después de la muerte viene el juicio!

Pero dirás que hay tiempo de sobra, que no vas a morir todavía. ¿Cómo sabes el día en que va a terminar la paciencia de Dios para contigo? Por amor de tu alma vino Jesús el Hijo de Dios al mundo, y sufrió la ira divina por salvarte. No te resta nada que hacer, sino reconocer tu pecado.

 

Rut y Orfa

En los días de los jueces de Israel, se marchó un hombre de la tribu de Judá a peregrinar en el territorio de un pueblo enemigo de Dios, llamado Moab. Se decía que era por causa del hambre que habla en su país. Pronto murió el hombre y sus dos hijos se casaron con mujeres moabitas. Los hijos también murieron, dejando solas la suegra y las dos nueras, Orfa y Rut.

La vida se les hacía muy amarga a las tres, pero en eso les vino la buena noticia que había pan en Judá, de donde la pareja había salido años antes. Enseguida Noemi, la suegra, resolvió regresar a su país.

Parece que lo poco que Noemí había podido mostrar por vida y palabras a sus nueras de la bondad del Dios vivo tocaba al menos el corazón de Rut, y cuando la suegra se levantó y se puso en viaje, ésta la siguió. Dejando su pueblo, amigos, costumbres y la religión de sus padres, salió para conocer y servir al Dios vivo y verdadero.

Cuán firma su resolución cuando dijo a su suegra: “Donde quiera que tú fueres, iré yo; y donde quiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y así me dé, que sólo la muerte hará separación entre mí y ti”.

La conversión de Rut fue cosa bien marcada en su vida, y lo es también la conversión a Cristo de cualquiera persona hoy en día. Todo aquel que va a la patria celestial tiene marcado en su experiencia el día en que emprendió el viaje, la hora cuando aceptó a Cristo como Salvador y Señor y salió bajo u dirección y mando. Caro lector, ¿Has empezado el camino al cielo?

Rut no era israelita sino pagana. Sin embargo, siendo convertida vino a ser esposa de un varón grande y rico entre el pueblo de Dios. En esto vemos la gracia del Señor. Plugo a Dios incorporarla en su pueblo terrenal, y más aun, en el linaje del Señor Jesucristo, como se da en el primer capítulo de San Mateo.

En Rut vemos prefigurada la gracia que Dios debía mostrar en los últimos días a los pobres gentiles, a nosotros que estamos fuera de las bendiciones y promesas de Israel. La Iglesia, la esposa de Cristo, compuesta de todo los que son lavados en su preciosa sangre, esté formada mayormente de los gentiles, salvados de todas las naciones del mundo. ¿Formas parte de esta Iglesia? ¿Eres salvo por la sangre de Cristo?

Una vez que Rut se había unido en matrimonio a Booz, hombre rico y grande de Israel, ella podía disfrutar de la riqueza de su herencia. Los que hay día son unidos a Cristo por la fe entrarán a gozar con él de su infinita riqueza y gloria. ¿En dónde estarás tú? ¿Con Cristo por virtud de su muerte y resurrección, o echado fuera por haber confiado en tu propia virtud?

Orfa tuvo la misma oportunidad que Rut, pero la desechó. De todas las escenas bíblicas, no hay otra más conmovedora que la separación de las dos jóvenes moabitas. Mientras que Rut rehusó firmemente dejar a Noemí, su suegra, para volver a su pueblo y costumbres paganas, Orfa escogió devolverse del camino ya empezado. Le parecía mejor lo visto que lo que aún no se veía; lo presente que lo futuro. La religión de sus padres era bastante buena para ella, aunque no efectuaba ninguna santidad de vida. Andando con Noemí a Belén y al pueblo del Dios verdadero, no veía otra recompensa que las promesas de Dios al extranjero que le buscara. Como no ponía fe en sus promesas, no veía razón porqué seguir la caminata al pueblo de Judá.

Los de mis lectores que han leído el libro de Rut, en la Santa Biblia, habrán notado su firme resolución, en vivo contraste con la de su cuñada Orfa, cuando dijo: “Tu, pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios”. Rut tuvo por válidas las promesas hechas por Dios a los que le sirvieren. Esto se llama la fe.

Sabía Orfa que, al regresar a Moab, podría gozar la amistad de sus muchos conocidos allí. En Belén sería del todo extranjera. Dejaría atrás los goces y placeres, los bailes y parrandas de su pueblo, y no vela recompensa alguna, si no fuera en las promesas de Dios, que para ella no tenían valor. Para ella era como si Dios mintiese. ¿Qué importaban esas promesas? ¿No valía más lo que estaba a la vista que las cosas invisibles? ¿No dice el proverbio que pájaro en mano vale dos volando?

La pobre Orfa fue engañada por el brillo de este mundo. Se devolvió del camino que le podría haber puesto entre el pueblo de Dios, y se perdió entre los paganos. Vendió el futuro por el presente, y su corta historia queda en la página sagrada para escarmiento a los que hoy día pensaran hacer lo mismo.

Y usted, amigo, ¿cuál camino ha escogido? ¿Hacia el mundo, o hacia Dios? Ninguno puede servir a dos maestros, y hoy usted se encuentra donde tiene que escoger. Por un lado se le ofrecen los placeres del mundo, las vanidades de una vida pasajera, las comodidades temporales del pecado, y tal vez una religión mundana. Por otra parte, con Cristo y los redimidos por su sangre, hay que llevar una cruz, no de madera o plata, sino de vituperio y persecución de parte de los del mundo. Mas al fin se espera una eternidad con Cristo, en los goces del cielo. ¿Cuál va a elegir? ¿Las comodidades temporales del pecado ahora y las cosas visibles, con las penas eternas al fin?

El bendito Hijo de Dios le ama de tal manera que ha ido voluntariamente a la cruz, sufriendo una muerte vergonzosa, para expiar los pecados de quienes le reciban. Ha sido resucitado en prueba de que su sacrificio satisface a perfección las justas demandas de Dios. “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre”, Juan 1.12.

 

Samuel profeta

En los días en que el pueblo de Israel era gobernado por “jueces” —gobernadores con responsabilidades civiles y religiosas a la vez— la nación entró una gran decadencia espiritual, moral y económica. Cada uno hacía según le parecía bien a sus propios ojos, y no conservaba el temor del Señor ni el respeto del prójimo: dos cosas que siempre están en pie o caen juntos.

Los sinceros del pueblo clamaban al Señor que les enviara un juez piadoso y santo que les guiara de nuevo en los senderos divinos. Entre estos había Ana, mujer de Elcana. Ella rogaba al Señor en cuanto al apuro de su pueblo, ofreciéndose como la sierva de Dios, si en algo le sirviera a ese fin, pero no tenía hijos que pudiera dedicar al servicio del Señor.

Con todo el corazón esta piadosa mujer se puso a orar a Dios, pidiéndole un hijo varón. Fue oída, y al nacer le dio al niño el nombre de Samuel, que significa “demandado de Dios”. ¡Cuán contenta estaba al recibir tal respuesta a sus ruegos! En una alabanza espontánea dijo:”

Samuel, cuando todavía niño, fue llevado al templo de Israel y consagrado al servicio de Dios, pero los sacerdotes, hijos de Elí, eran hombres impíos, y no tenían conocimiento del Señor. Su avaricia y vida inmoral causaban bastante escándalo en Israel. Sin embargo, a aquellos impíos les llegó su día de castigo. ¿Cuántas veces desde ese entonces han hecho tropezar a los sencillos los sacerdotes impíos y sin el verdadero conocimiento del Señor? Se atreven a representar al Señor sin conocerle de corazón por medio de su revelación divina, la Santa Biblia.

Llegó la hora en que Dios llamara al joven Samuel. Hasta entonces él tampoco conocía al Señor. Dormido en su lugar, oyó una voz que decía: “¡Samuel!” y respondió: “Heme aquí”. Corriendo a Elí, el sumo sacerdote, le preguntó por qué le había llamado. Pero Elí le mandó volver a acostar, diciendo no haberle llamado. Esto sucedió tres veces, y ya Elí comprendió que el Señor le llamaba al niño. A la cuarta vez Samuel, instruido por Elí, dijo: “Habla, que tu siervo oye”. El niño Samuel llegó a conocer al Señor, no por una ceremonia religiosa, sino por la Palabra de Dios. Hoy día es lo mismo.

Si usted desea conocer al Señor y entrar en viva comunión con él, consiga una Biblia como primer paso. Lea primeramente los cuatro Evangelios de Jesucristo, por quien Dios se manifiesta a los hombres, y llegará a ver que su sangre fue derramada para pagar nuestra deuda a Dios y traernos una perfecta redención. Si desecha la justicia propia, la confianza en sus buenas obras y las ceremonias religiosas que le hayan hecho algunos, y acepta para sí personalmente la obra redentora de Cristo en el Calvario, tendrá la salvación. Dice el apóstol Pablo en Romanos 4.4: “Al que obra no se le cuenta el salario por gracia, sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en Aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia”.

Desde aquella hora Samuel conocía y servia al Señor. Él era el último de los jueces y el primero de los profetas de Israel, llenando el oficio de ambos en el temor de Dios, y con sumo provecho espiritual y temporal a la nación. En su vejez accedió al clamor de su pueblo para tener un rey como las demás naciones, y ungió a Saúl para llenar el cargo. Cuando éste no era fiel en cumplir el mandamiento de Dios, ungió a David para ocupar su puesto, aunque no llegó éste al trono sino después de la muerte de Samuel.

 

Saúl, el primer rey de Israel

No fue el propósito de Dios dar a su pueblo Israel la misma constitución como tenían las demás naciones, con un rey para encabezarles. Él deseaba mostrar cómo un pueblo redimido por Dios podría ser guiado también por Él. Deseaba mostrar que podía suscitar entre ellos los hombres con dones y aptitudes, según demandara la ocasión, así como en este día es su voluntad en cuanto a la Iglesia, su pueblo redimido de ahora.

Pero la decadencia espiritual de Israel les hizo clamar por un rey para ser ellos como las demás naciones. Debían tener una cabeza a quien mirasen, quienes les libraran de sus enemigos y les sacara de sus apuros. En la iglesia cristiana primitiva no había clero de ninguna especie, mucho menos un papa. Pero con la decadencia espiritual que sobrevino, comenzaron a verse los que corresponden a Saúl en Israel, el elegido del pueblo. Eran hombres grandes y sabios según el mundo, pero muchos de ellos sin la gracia de Dios en el corazón. El resultado fue fatal para la iglesia profesante. Gracias a Dios por los que de nuevo han buscado el antiguo sendero, que con sencillez de corazón procuran andar según la Palabra de Dios.

En estatura, Saúl fue un modelo. Al presentarse, “del hombro arriba sobrepujaba a cualquiera del pueblo”. Era mancebo y hermoso, y al verlo presentarse, gritaron a una voz: “¡Viva el Rey!” Sin embargo, él no conocía el temor de Dios. La nación siguió su mal ejemplo en avaricia y vanidad, y en proporción menguaba su influencia entre los pueblos de alrededor.

El Señor le mandó a Saúl en una expedición contra los amalecitas, en castigo del mal que antes habían hecho al pueblo de Dios, pero en eso él no cumplió el mandamiento divino a exterminar y destruir todo lo que hallara. Él trajo vivo al rey de Amalec y salvó lo mejor del ganado. Por esto, fue desechado por Dios, y otro rey (David) fue ungido en su lugar.

Desde ese día cayó el disfraz del rey Saúl, y comenzó a portarse vilmente en Israel. Los piadosos del pueblo le tuvieron temor; David y los que le amaban fueron a esconderse en las montañas y cuevas. Se veía que la anterior profesión de Saúl en cuanto a cosas espirituales no fue más que una hipocresía. A veces se veía en tan mal humor que hasta tiraba una lanza contra los que le rodeaban. Sospechaba de sus amigos más íntimos, y aun de su hijo Jonatán.

Pobre de Saúl, se le iba de mal en peor. Los filisteos le amenazaban y no tuvo valor para salir a su encuentro. Sintió que Dios le había desamparado y fue a buscar la ayuda del Diablo, por consultar un medio espiritista. Al ruego de Saúl, esta mujer, que se había entregado a ser poseída de un espíritu pitonisa, quiso que un espíritu impersonase al ya difunto profeta Samuel. Pero parece que Dios permitió hacerse un milagro, y salió Samuel mismo, lo que causó grande espanto a la mujer. Samuel le dijo claramente a Saúl que Dios le había dejado, y que le había cortado el reino de su mano. Y más, que al día siguiente el también estaría muerto.

Oyendo esto, el rey se llenó de temor, tal que se cayó tendido en el suelo e incapacitado para levantarse. Cuando al fin salió de la casa de la espiritista, resultó para ser vencido en la batalla. Él y sus hijos fueron muertos en el monte Gilboa, y parece que su pobre alma fue a la perdición.

Lector mío, no basta que usted sea tenido por cristiano. ¿Qué en cuanto a la vida suya? Dijo Jesús: “Por sus frutos los conocerás”. ¿Tiene usted sólo el nombre de cristiano, o lo es por ser convertido de corazón a Jesucristo?

No busque a los espiritistas para saber de las cosas del más allá. Su poder es poder satánico; las voces y visiones que le podrán presentar son obra de los demonios, espíritus infernales. De éstos hay multitudes al mando de su gran jefe, el príncipe de demonios, Satanás.

Busque su Biblia. En ella Dios revela lo que debemos saber del futuro y cómo ser salvo por fe en el Señor Jesús. Es la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, que nos puede limpiar de todo pecado; 1 Juan 1.7.

 

David, varón según el corazón de Dios

En los anales de los reyes de Israel no se hace mención de otro más renombrado que David. Fue de estirpe muy humilde, aunque honrado, y pasó su juventud cuidando las ovejas de su padre Isaí. No se sabe a qué edad llegó a conocer a Dios, pero su sencilla fe en el Señor se destaca en contraste con la crasa incredulidad de sus hermanos.

La manera en que Dios ha preparado sus grandes hombres nos trae lecciones importantes. En este caso fue mientras que David cuidaba las ovejas en humilde obediencia a su padre, aprendiendo a la vez tener comunión con Dios y confiar en Él. Un león vino a atacar la manada, y se llevaba un cordero en la boca cuando David se lanzó contra él. Lo mató y libró el cordero. Otra vez le salió un oso para hacer lo mismo, y el joven lo pudo vencer por su confianza en Dios.

De estas proezas parece no haber sabido nadie; fueron hechas en secreto. En ellas, sin embargo, él aprendió a conocer a Dios. El león es figura del Diablo, que viene rugiendo contra su presa; el oso es figura del mundo que abre sus brazos para estrechar su víctima y así matarla. David venció a todos dos.

Pasando el tiempo, el rey Saúl salió en guerra contra los filisteos, pero con mucho miedo porque no conocía Dios y así no pudo confiar en Él. Cada día salía de entre los filisteos un gigante, Goliat de Gat, a desafiar a Israel. Pedía que peleara algún hombre con él, pero no hubo quien se ofreciera. Un día cuando este impío blasfemaba del Dios de Israel y demandaba que algún israelita le enfrentara, llegó David a visitar a sus hermanos con viandas enviadas por su padre. Enseguida quiso saber el significado de esto y, recibiendo respuesta, se ofreció para la lucha.

Fue una pelea desigual: un joven pastoril con sólo bastón y honda, contra un guerrero experto, cubierto de coraza de metal y armado de lanza y espada. El éxito parecía cierto en favor del filisteo, pero David corrió al encuentro en el nombre de Dios; puso una piedra en la honda y la lanzó, hiriendo al gigante en toda la frente. Caído Goliat, David le quitó la espada y le cortó la cabeza. Con voz de trueno los israelitas prorrumpieron en gritos de victoria; los enemigos se pusieron en derrota.

Veamos al victorioso David subiendo del valle, llevando la cabeza ensangrentada del gigante. Todos le aclaman y cantan su victoria, atribuyéndole mayor gloria que al rey Saúl.

La victoria de David nos recuerda de la de otro que, como él, es también destinado a ser rey. Nuestro Señor Jesús se presentó en este mundo en forma muy humilde y fue despreciado de sus hermanos. Llegado el día, luchó con el enemigo en el Calvario, y venció para la salvación de todos los que le aceptan como su Libertador.

Aunque había sido ungido rey, y también había logrado una victoria completa contra el gigante, David fue rechazado de la mayoría por largos años y tuvo que esconderse en cuevas. En ese tiempo acudieron a él los afligidos por Saúl y también los adeudados, y David fue el capitán de ellos. Nuestro Señor Jesús es rechazado hoy día. El mundo no tiene oído para su voz que habla por medio de la Santa Biblia. Pocos quieren sufrir con Él. Pero los que le reciban y, tomando su cruz de vituperio, siguen en pos de Él, reinarán con él en el día futuro de gloria, como honró David a los que con él sufrieron.

Amigo lector, ¿está usted de parte de este mundo regido por Satanás el usurpador, o ha acudido a Cristo? Él puso su vida en el Calvario, y le dice: “Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, que yo te haré descansar”, Mateo 11.28.

 

Jonatán, el enamorado

La muy notable victoria del joven David sobre el gigante Goliat dejó una honda impresión en los que de lejos la vieron, pero de manera especial en Jonatán, uno de los hijos del rey Saúl. Él había visto y oído el desafío del enemigo, sin haber entre los israelitas quién luchara contra él. Había sentido con los demás el apuro de la situación. También había sido testigo cuando David se ofreció y salió armado sólo con honda y bastón para vencer al fuerte. Ahora al ver a David de regreso con la cabeza del gigante en mano, y la victoria sobre los enemigos un hecho, Jonatán no pudo refrenar su emoción.

La Santa Escritura dice que le amaba como a su propia alma. En prueba de ese amor, Jonatán se desnudó la ropa que tenía sobre sí y la dio a David junto con su espada, arco y talabarte, o cinturón. El amor sincero no es solamente cosa de palabras, sino también de hechos. Se dice de Jonatán que su alma fue ligada con la de David.

He aquí un fiel cuadro de la conversión de cualquier persona al Señor. Hasta que el pecador se da cuenta del amor de Cristo en dar su preciosa vida por él o ella, para expiar el pecado y librar del enemigo Satanás, no le siente ningún amor extraordinario. Pero en el momento en que por la luz de las Escrituras comprende algo de la gracia del Salvador, y cuánto ha sufrido por redimirnos, desde luego quiere corresponder de algún modo con pruebas de amor hacia Aquel que tan grande cosa ha hecho.

No solamente esto, pero no tardó mucho que Jonatán haya tenido que sufrir por su afiliación a David. Su padre Saúl, oyendo las mujeres cantar las glorias de la victoria sobre los filisteos, notó que decían: “Saúl hirió sus miles, ¡y David sus diez miles!” Desde aquel día Saúl miró de través a David, y pronto intentó a matarlo por arrojar contra él una lanza. David pudo escapar, y, portándose con mucha prudencia, llegó a ser oficial en el ejército, el cual dirigía con éxito contra sus enemigos.

Otra vez Saúl se llenó de celos de David y pronto trató de matarlo al arrojar otra vez la lanza con miras a clavarle contra la pared. De nuevo David escapó. Se marchó de la corte del rey, comprendiendo bien que Saúl le buscaba la muerte. Por su asiento a la mesa desocupado, se dio cuenta el rey que David le huía; lo reclamó a Jonatán, quien dijo haberle dado permiso para ausentarse.

El rey, lleno de furor contra su hijo porque mostraba amor a David y le defendía contra estas injusticias, le arrojó una lanza contra él también. Jonatán sufría persecución por David.

Desde los días de los apóstoles, el mundo ha perseguido a los cristianos verdaderos. Los que han recibido a Cristo en su corazón, y en sus vidas muestran devoción a Él, siempre han tenido que sufrir. Si usted no sufre de parte del mundo, lo más probable es que todavía es parte de ese mundo, y no cristiano verdadero.

El Hijo de Dios no sólo ha sufrido de mano de los hombres, sino también cayó sobre Él la ira de Dios cuando en el Calvario fue cargado de nuestros pecados. En la cruz pasaron sobre su alma todas las ondas y olas de la ira divina contra el pecado, hasta que por fin pudo anunciar: “¡Consumado es!” Por esto se llama el Salvador, y si le recibe en su corazón Él le salvará.

David salió de la corte real a sufrir un cruel destierro. Se juntó con él un número importante de hombres y se escondían en las cuevas y rocas. Saulo les buscó sin éxito. David esperaba en Dios el día cuando según la promesa divina él ocuparía el trono.

Pero ¿dónde estaba Jonatán durante esos años? Había buscado la comodidad de la corte real. Al fin, en vez de ver a David coronado y gozar con él, Jonatán fue muerto en la guerra al lado de su padre impío. Este suceso nos recuerda las palabras de San Pablo a Timoteo: “Si sufrimos, también reinaremos; si negáremos, Él también nos negará”. No tema, amigo cristiano, de sufrir por ser cristiano; su recompensa en la gloria es segura.

 

 

Los valientes de David

En los días en que el rey Saúl perseguía a David, se le juntaron a él unos cuatrocientos hombres de toda clase, y le hicieron su capitán. Por algún tiempo acamparon en la cueva de Adulam. Sin duda era un lugar poco atractivo y de muchos peligros, pero ellos se gozaron del privilegio de estar con David. Sufrían, pero contentos por estar al lado de aquél.

Desde el día en que David salió solo para enfrentar el gigante Goliat en el valle de Ela, y le venció con la honda y la piedra tomada del arroyo, fue claro para muchos que él era destinado a ser rey. Sin que ningún humano le ayudara, él había roto la tiranía del enemigo, y así merecía el afecto de todo su pueblo.

Sin embargo, por lo pronto Saúl se arrogaba el título de rey. Rechazado por la mayoría del pueblo, David la pasaba en los desiertos y escondrijos del país. De día en día le venían aquellos que se hallaban en la miseria y angustia. David los recogía, les daba asilo con él y los usaba según sus aptitudes en sus guerrillas.

Varios de ellos llegaron a ser capitanes y oficiales renombrados. Cuando al fin llegó David a ocupar el trono de todo Israel, el premio que dio a estos valientes fue grande. David no pudo olvidar el amor que le habían mostrado cuando sufrían con él los rigores del destierro y los apuros causados por los ataques de Saúl.

La victoria sobre el gigante que desafiaba y amenazaba a Israel nos sirve de figura de la terrible lucha de Cristo con las fuerzas de Satanás en el Calvario. A solas Él se encargó de la obra de nuestra redención. Pero, gracias a Dios, salió victorioso. Ninguno de sus apóstoles, ni aun su bendita madre, pudo acompañarle en los sufrimientos por nuestros pecados. Él solamente es el Redentor. ¡Bendita verdad: Él puede vencer!

El amor tan manifiesto de sus valientes para con David corresponde fielmente al sentir de los que hoy día se dan cuenta de su apuro como pecadores y acuden a Cristo por la fe. Él los recoge con gracia y amor, les perdona y les salva. Una vez salvados por su gracia, sin ningún mérito propio, ellos muestran su gratitud por un fiel y constante servicio. ¿Y será olvidado?

Por ahora la gran mayoría rechazan a Cristo. No hay lugar para Él en sus corazones y vidas; menosprecian su grande obra de redención; no quieren tomar la cruz del vituperio suyo para seguir en pos de él. Los pocos que sí acuden, se apartan del mundo y sus costumbres, no en un convento por la fuerza de paredes y cerraduras, sino por el poder de la gracia de Dios en sus corazones. Se gozan cuando su Señor les tiene por dignos de sufrir por su nombre. Esperan con paciencia el día cuando Jesús, su Señor y Maestro, será glorificado y ellos premiados con él.

 

Mefiboset, el cojo

No siempre quedan sin renombre los cojos y los débiles. Entre los amigos del rey David había uno que no podía dar ni un paso derecho. Cuando niño había sufrido una caída, quedando lisiado de ambos pies. Su abuelo Saúl estaba reinando en su niñez y le tenía a David por enemigo. Pero, llegó el día cuando Saúl fue muerto y David fue reconocido como el rey legítimo de su pueblo: primeramente por una parte de la nación y después por toda.

Un día David sorprendió la corte con decir: “¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?” Y uno le contestó: “Aun ha quedado un hijo de Jonatán, lisiado de los pies”.

Como descendiente de Saúl, que tanto mal había hecho a David, podríamos creer que Mepfiboset fuese muerto por mandato del rey. Tal no era el pensamiento de David. Le quiso mostrar misericordia, y una razón fue “por amor de Jonatán”. Ese Jonatán, aunque hijo de Saúl, había hecho pacto de amistad con David varios años antes.

Mefiboset no parece haber esperado consideración y se había alejado a un lugar en el desierto llamado Lodebar. Pero David no renunció su propósito, ni por esta circunstancia ni por la cojera y pobreza del abandonado Mefiboset. Salió un mensajero a decirle que se presentara ante el rey.

¡Cuán grato el orden! ¡Feliz el mensajero! “¡Ven a David para recibir misericordia!” El cojo tiene que convenir o rehusar. ¿Qué haría? Su suerte depende de la decisión a tomar. Él acepta.

Cuán humilde se le ve postrado ante el monarca. No sabe a ciencia cierta si es para muerte o para bien. Tiembla. Pero David le dice: “No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán”. Y Mefiboset, convencido por fin del buen propósito de su rey, se inclina y responde: “¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?” Le agrega David la promesa de una provisión real de por vida, y aun el privilegio de asociarse con él en el hogar, comiendo a la mesa del rey.

La actitud del rey David representa la de Dios para con los hombres. Aunque han caído como Mefiboset, y no son dignos de otra cosa sino el infierno, Dios ha buscado medios por los cuales Él puede reconciliarles a sí. Ha entrado en pacto con su eterno Hijo para redimir. Ese Hijo tomó cuerpo humano, vivió y murió bajo el peso de nuestros pecados, y realizó a cabalidad la obra salvadora.

Resucitado, Él mandó a sus discípulos, como mensajeros del rey, a llamar a los hombres a ser reconciliados con Él. Ofrece restaurar perfecta paz a todos los que la quieran aceptar. Este es el mensaje del Santo Evangelio que le viene a usted.

Pero supongamos que Mefiboset hubiese sido soberbio, despreciando la oferta de David y tratando con desdén el mensajero. Él ha podido pensar de sí como heredero de aquel trono, respondiendo: “Yo, ¿reconocer a David? ¡Nunca!” ¿Y qué hubiera hecho el mensajero? ¿Emplear la fuerza? No. Hubiera regresado a su amo con la triste noticia de que el lisiado había rechazado la oferta. De acuerdo con la dignidad de su trono, David hubiera tenido que tratarle, ya no como un desafortunado, sino como un rebelde. Enviaría otro mensajero, y éste para tenerle a juicio. Despreciada la misericordia, no le quedaría otra cosa que el castigo.

Y usted no será condenado porque otro pecó contra Dios, sino por rechazar la oferta de salvación (al ser éste el caso) que Él ofrece con base en la sangre de su Hijo. Aplica a todo ser humano una misma norma basada en qué hace con el Cristo: “El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”, Juan 3.36.

 

Absalom, el hermoso

La hermosura de parecer es cosa muy deseada de los hombres, por lo que es admirada de los demás. Lo que de natural embellece la persona, sea hombre o mujer, es tantas veces el tema de comentarios, y a veces lo que no es natural también. Pero, esa hermosura exterior algunas veces cubre una notable fealdad de carácter y hasta un espíritu perverso y cruel.

Entre los hijos de David había uno llamado Absalom que nos sirve de ejemplo y de advertencia a los que sólo se cuidan de su parecer exterior. Su hermosa apariencia no le impidió premeditar y consumar el crimen de matar a su hermano en venganza de una cosa que le hirió profundamente su orgullo.

Como era de esperarse, él huyó, pensando escapar el juicio que merecía su crimen. Pero Absalom se había olvidado de la regla divina que “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. No conocía el temor de Dios, y pensaba que con el tiempo su padre se olvidaría de lo sucedido.

Pasados los días un oficial del ejército, muy interesado por Absalom, consiguió permiso del rey de hacerle volver a su casa en Jerusalén, pero sin ver durante dos largos años el rostro de su padre. Esta falta de popularidad le picó mucho el orgullo de este malvado, quien continuó maquinando intrigas. Llamó a su amigo de influencia, Joab, y demandó que fuese reconciliado públicamente a su padre. Y, en cuanto a David, su corazón de padre hizo que lo recibiera sin haber en el hijo arrepentimiento alguno.

¡Cuán ingrato el corazón de aquel hermoso de parecer, pero perverso de corazón! Empieza una conspiración en contra del rey, y con besos y palabras dulces Absalom roba el corazón de sus súbditos. Llegado cierto día, salió de Jerusalén bajo el pretexto de ir a la población de Hebrón a pagar un voto de gratitud a Dios por su reconciliación a su padre. ¡Hipócrita! ¡Mentiroso! Él había convenido con un gran número de personas para encontrarle allí, y que le hicieran rey.

La conspiración fue grande y le sobrevino a David desprevenido. No podría esperar sostener la plaza de Jerusalén, y de carrera tuvo que escapar al llano con un ejército pequeño, cruzando el río Jordán. Parecía que el malvado designio de Absalom tendría éxito, pero él se olvidaba de Dios y del hecho de que la maldad tiene su paga.

Absalom, seguido por una gentuza desordenada, fue en persecución de su padre, hasta los llanos de Mahanaín. Allí David ordenó su ejército en tres divisiones bajo generales expertos, y al salir a la batalla dio orden a todos de tratar bien a su hijo Absalom.

El mal tiene su colmo y su castigo. La paciencia de Dios se agota. La soberbia le había llevado a Absalom a su ruina. Por no conocer el temor de Dios él se atrevía dañar al ungido de Dios, el rey su padre.

Pronto fueron vencidos sus secuaces, y huían por un bosque. El mismo Absalom montaba una mula que corría desbocada, hasta que, pasando por debajo de un árbol alcornoque, le dejó al miserable colgado a una rama de su largo y llamativo cabello. Allí le hallaron sus enemigos; haciendo poco caso del mandato del rey, le traspasaron con dardos. Echaron su cuerpo en un hoyo y lo taparon con piedras. Así terminó la vida de uno que dejó que su hermosura natural le engañara, y que no tuvo en cuenta el precepto seguro de la retribución.

“Los necios se mofan del pecado”, Proverbios 14.9. Pero con todo Dios lo castiga; si no ahora, en la eternidad.

 

La muerte del niño

El asunto de qué sucede a los niños cuando mueren ha sido uno de especulación desde hace siglos. Los paganos creen que los niños vuelven a este mundo en forma superior o inferior, como hombres o como animales, según les plazca a los espíritus de los dioses de aquéllos. Los católicorromanos tienen ideas igualmente fantásticas, fundadas sobre la imaginación de hombres. Al fin, éstas llegan a formar parte de su credo.

Se imagina un lugar en el mundo de los espíritus llamado limbo, y el título que libra el alma de ser arrastrado allí por los demonios es el de ser niño rociado con unas gotas de agua al son de palabras en latín y de los bolívares que caen al bolsillo del cura. Ya, según esa superstición, el niño ha sido limpiado de pecado original y no está en peligro de ir a ese lugar de triste oscuridad. En cuanto a estar seguro de gozar en el cielo con Dios, parece que los amigos católicorromanos nunca la pueden tener.

Lleguemos a considerar lo que nos dice la Biblia, la Palabra de Dios. Sabemos que Él no miente ni se equivoca, y que “toda Escritura es divinamente inspirada”. Es el mismo Dios que nos habla.

En el capítulo 18 de San Mateo leemos que el Señor Jesús llamó a sí un niño y lo puso en medio de sus discípulos para así enseñarles la lección importante de la humildad. De los tales Él dijo: “Ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos”. ¿Por qué tienen ellos esta dicha? “Por el bautismo”, dice el católico. Pero Jesús dice: “Porque el Hijo del Hombre [Cristo] ha venido para salvar lo que se había perdido”.

Jesús no negó que el niño tiene pecado, ni tampoco surgió que ese pecado podría ser limpiado por alguna ceremonia. A la vez dio seguridad, pero sólo por su obra de redención, de la salvación y dicha del que muere en la niñez.

Pero, ¿qué en cuanto a los que llegan a los años de responsabilidad personal? ¿Serán salvos ellos solamente por el hecho de que Cristo murió una vez por los pecados? Sí, y no. Podrán ser salvos por virtud de esa obra, y por ninguna otra cosa. Pero, ya como personas responsables, están en la obligación de arrepentirse y creer en Cristo, de convertirse a Dios. El Espíritu de Dios convence a los tales de pecado, para conducirles al arrepentimiento y hacerles confiar del todo en la sangre preciosa de Cristo.

[Hemos señalado ya que Jesucristo dijo, refiriéndose a los niños, que Él había venido para salvar a lo que se había perdido. Dijo algo parecido, pero marcadamente diferente, en el contexto del adulto Zaqueo. (San Lucas capítulo 19) Dijo: “El Hijo del hombre vino (1) a buscar y (2) a salvar a lo que se había perdido”. ¿No ve? Para la persona ya responsable de sus hechos, hay esa necesidad que sea encontrado, cual Zaqueo, en reconocimiento de su condición de perdido. ]

De esto tenemos abundantes pruebas en las Escrituras, como también en lo que sucede hoy día. ¿Quiénes eran los verdaderos cristianos de los días apostólicos? Los que se arrepintieron y fueron convertidos a Dios. La lema del apóstol Pablo era (1) el arrepentimiento para con Dios, y (2) la fe en Jesucristo. ¿Quiénes son los que hoy día caminan hacia el cielo? Los que han entrado a ese camino por medio de la conversión a Dios.

El rey David perdió un hijo en la niñez, y otro ya mayor. David, por tener el perdón de sus pecados, sabía que iba él mismo al cielo. De manera que, antes de morir el niñito (2 Samuel capítulo 12), él lloró y clamó a Dios por su preservación. Pero, muerto la criatura, no lloró más. Al contrario, dijo: “¿Para qué tengo que ayunar? ¿Podré yo hacerlo volver? Yo voy a él; mas él no volverá a mí”.

Cuando murió Absalom, el caso fue muy diferente. (Capítulos 18 y 19) David lloró desconsoladamente, diciendo: “Hijo mío Absalom, ¡Absalom hijo mío!” Bien sabía que ese ser responsable había muerto en sus pecados. Y usted, ¿cómo morirá? Acuérdese que Cristo le busca y quiere salvarle.

 

La carta mal dirigida

Siglos atrás vivía en una ciudad del Oriente un oficial militar de rango muy alto. El rey le tenía en gran favor, y sólo el monarca en el trono era mayor que el estimado general. No había en sus días otro soldado de mayor valentía que éste que era reconocido como el libertador de su pequeño país que, en la mano de Dios, había logrado echar de sí el yugo de un enemigo extranjero. Y, a diferencia de muchos militares de alto rango, era hombre de buen carácter moral. Su biógrafo afirma que era varón honorable; sus siervos se dirigían a él como “Padre mío”.

Con todo, no era hombre feliz. Una enfermedad, asquerosa e incurable en ese tiempo, se había asido de él y oscurecía la vida que de otro modo hubiera sido de envidiarse.

Estando en guerrillas con una nación vecina, los subalternos de este oficial habían llevado cautiva una muchacha, cosa común entre ellos, para servir de doméstica en el hogar del general. Parece que llegó a saber que el esposo de su ama padecía de esa terrible enfermedad de la piel y un día hizo mención de un hombre que había en su país que le podría curar. Inmediatamente se hizo saber al rey, quien resolvió enseguida enviar una delegación al país de la muchacha, encabezada por el propio general enfermo. Nada se dijo de buscar al hombre que poseía el remedio.

No evitaron gasto alguno, sino reunieron una dote magnífica de oro, plata y vestidos costosos. Una compañía de caballería protegió el gran presente en el camino. Por estar demasiado enfermo para viajar a caballo, el militar fue llevado en uno de esos carros de dos ruedas que se veía en ese entonces. Además de todo esto, el rey compuso una carta de presentación al monarca de la nación vecina, empleando lenguaje algo exigente, informando que el hombre debe ser curado de su mal.

Después de tanto tiempo, no tenemos modo de saber por qué hubiese dirigido aquella carta al rey de la nación vecina. Lo cierto es que la muchacha nada había dicho de ese rey, sino habló claramente de un individuo religioso que tenía el poder de recobrar la salud de su amo. Por qué confundir ese personaje con el mandatario. No se puede explicar.

La delegación entregó el escrito y enseguida se presentó en la corte del rey una escena de asombro y confusión. El monarca se puso furioso, teniéndolo por insulto y pretexto para pelear con él. Sospechaba que significaba una ruptura de un tratado de paz que las dos naciones habían acordado anteriormente.

Las cosas habían llegado a un paso serio cuando el referido profeta supo del tumulto en el palacio. Mandó un mensajero para invitar al ilustre visitante venir a hablar con él. Así lo que amenazaba ser asunto serio, terminó felizmente. El héroe de una nación agradecido halló sanidad en el país de los que antes eran sus enemigos, y a un precio mucho inferior a lo que anticipaba.

De esta historia podríamos decir mucho más, pero lo dejamos para aprender una lección, si podemos, del caso de una carta mal dirigida.

Todos los hombres están afligidos de una enfermedad mortífera, llamada en las Escrituras el pecado. Está en nuestra naturaleza por herencia, y si no se encuentra un remedio, debemos todos sin excepción morir miserablemente en nuestra corrupción.

Pero, ¿dónde se puede encontrar alivio, o quién nos puede curar de una plaga tan asquerosa? ¿Iremos a algún hombre pecador, algún cura tal vez, que se autoestila especialista en la materia? No. Tendríamos que decirle primero, “Médico, cúrate a ti mismo”. El mismo es pecador; es parte del problema y no de la solución, y no pocas veces lo deja entrever aun a sus prójimos.

¿Debemos, entonces, dirigir nuestros ruegos a María, la piadosa madre de Jesús? ¿Tendrá aquella dama difunta el bálsamo supremo con que curar un alma enferma por el pecado? Oiga su feliz confesión en Lucas 1.47: “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. De manera que ella, como cada uno de nosotros, debe tener un Salvador. Mal podría salvarnos a nosotros cuando no podía salvarse a sí misma.

¿Pueden salvarnos los apóstoles, los profetas o los santos en gloria? ¿A cual dirigirnos? A Pedro no, ya que su prédica en Hechos 4.12, es, refiriéndose al Señor Jesús: “En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Pablo tampoco tiene en sí la solución, como él mismo reconoció en 1 Timoteo 2.5, pero a la vez nos indica dónde la hay: “Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. El apóstol Juan señala al mismo único, todopoderoso, dispuesto Salvador: “Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”, 1 Juan 2.1.

Terminamos con una profecía en cuanto a Jesús, una invitación a usted, anunciada siglos antes de estos tres señores: “No hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ninguno fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque Yo soy Dios, y no hay más”, Isaías 45.21,22.

 

Salomón, el sabio

Se reconoce que de todos los sabios de la historia ninguno excede a Salomón, hijo de David, rey de Israel. En los propósitos de Dios, y como resultado de las grandes conquistas de su padre David, el período de su reino fue casi sin guerra alguna.

La prosperidad consecuente era de una paz notable, hasta que la plata en Jerusalén llegó a ser abundante como las piedras de la calle. El negocio marítimo con naciones lejanas y la agricultura dentro del país crecieron fenomenalmente; el progreso en todo el territorio llamó la atención de las demás naciones. Tanto fue así que la reina de Seba hizo largo viaje para averiguar lo que había oído de él.

En todo caso semejante de paz y prosperidad, hay alguna razón, patente a los que la quisieran reconocer. El secreto de la grandeza y poder del rey Salomón se encuentra en la Biblia. El era sabio suficiente para ser humilde. Impresionado por la bondad y misericordia de Dios en elevarlo al trono, confesó y dijo: “Yo soy muchacho, que no sé cómo entrar ni salir … da pues a tu siervo corazón entendimiento para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo”, 1 Reyes 3.7 al 9.

¡Sabiduría! ¡Cuán rara vez la buscan del cielo!

Este rey hebreo escribió tres de los libros que componen la Santa Biblia, inspirados por el Espíritu de Dios: Proverbios, Cantares y Eclesiastés.

Sus centenares de proverbios son reconocidos como de los más sabios y prácticos. El estilo con que personifica la Sabiduría, llamando a los jóvenes a participar de sus delicados manjares y tener una vida feliz, nos sirve de tipo de la llamada de Cristo al corazón humano, ofreciendo satisfacerlo como no puede ningún otro. Además, representa el mundo bajo la figura de la mujer extraña, en engañosa e infiel.

En su libro de Eclesiastés, este gran rey declara haber probado todas las cosas “debajo del sol”, para descubrir solamente que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Los incrédulos han torcido este libro para hacerlo sostener sus dudas en cuanto a la eterna existencia del ser humano, haciendo ellos caso omiso de esta clave que hemos señalado: El hombre fue hecho por y para el Dios del cielo, y no puede hallar satisfacción en las cosas materiales, las cosas “debajo del sol”.

Aquí el sabio hijo de David discurre sobre lo que hay en el mundo y la búsqueda por la satisfacción en lo que el mundo puede dar. Siglos después, el apóstol lo definiría como los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida; 1 Juan 4.16. Disponiendo de riquezas y oportunidad sin límite, él pudo dedicarse de todo corazón a saciarse, pero llegó a reconocer: “He aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu… El hombre no es mejor que el animal. Pasa, se va y es olvidado”.

¿El que lee es uno de aquellos que busca la satisfacción en las cosas debajo del sol? El animal se satisface con comer, descansar y procrear, pero no tiene espíritu como tiene todo ser humano. El hombre no puede estar satisfecho sin Dios. Expresamente para esto vino el Salvador, para reconciliar la criatura con el Creador. Cuando aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos.

El tercer libro escrito por Salomón, El Cantar de los Cantares, se reconoce como una poesía exquisita. Según 1 Reyes 4.32, es solamente uno de muchas obras literarias que este hombre redactó. Bajo el símil del afecto de dos enamorados, él prefigura el santo amor que existe entre Cristo el Esposo y la Iglesia su esposa. Volviendo al Nuevo Testamento, se declara que El ganó esta esposa al dar su vida en redención de ella. Se compone de los que, arrepentidos de sus pecados, han hallado misericordia par su fe en la sangre de Cristo.

¿Tiene usted parte en esta Iglesia a de Cristo? ¿Es salvo por la gracia de Dios? Si no, no podrá tener parte con Cristo cuando El llegue a reinar en su gloria eterna. Será desconocido de él entonces, y arrojado a la perdición eterna. Hoy día Cristo, como la sabiduría en persona, llama a la puerta del corazón humano. En prueba de su divino amor, muestra las heridas en sus manos, pies y costado. Las sufrió por salvar a los hombres, las mujeres y los menores. ¿No dirá usted, “El sufrió por mí?” El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.

 

La reina de Seba

En los días de Salomón, rey de Israel, se viajaba más que antes, y la fama de la majestad, riqueza y sabiduría llegó hasta lo que entonces se consideraba los fines de la tierra, despertando el interés y curiosidad de la reina de Seba.

Parece que los viajeros que entonces llegaron a la corte de la reina hubiesen hablado de Salomón con grande entusiasmo, y la prudente reina resolvió hacer el viaje largo hasta Jerusalén para conocer, si fuese posible, tan digno personaje como este rey.

Por en medio había largo trecho de desiertos peligrosos, donde habitaban algunas tribus salvajes que solían robar a los que pasaban. Y también había peligros de sed y de fieras, y un sol abrasador para afligirles. Ninguna de estas cosas impidió a la reina de su propósito de conocer a Salomón.

El Señor Jesús hizo referencia en su predicación a esta dama, Mateo 12.42, y dijo a sus oyentes: “La reina del sur se levantará en el juicio con esta, generación, y la condenará, porque vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón: y he aquí más que Salomón en este lugar.

El Evangelio es la presentación de las grandezas de nuestro Señor Jesús como el Hijo de Dios, nacido sin pecado de la virgen María, quien vivió y murió por salvar a los pecadores. Que hizo perfecta expiación de nuestras iniquidades cuando murió, y que resucitado en prueba de ello está sentado a la diestra de su Padre en gloria, donde vive para salvar a todos los que vienen arrepentidos a él.

Este es el día de anunciar la grandeza, no de una iglesia u otra, no de una religión u otra, sino de la gloriosa persona de Cristo. Su vida eterna depende de conocer a Cristo, de recibir a Cristo. “A todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre”, Juan 1.12. Tú puedes ser religioso, pero si no has recibido a Cristo como tu Salvador, las ceremonias no pueden limpiar las manchas de tu alma.

La reina de Seba se entrevistó a Salomón con preguntas difíciles; cosas ciertamente que ni ella ni los suyos podían explicar ni comprender. Salomón le declaró todo. Tú también tienes tus dificultades. ¿Qué sucederá al hombre al morir? ¿Existirá todavía, o se acabará como el animal? Si existe después, ¿dónde estará? Todo lo explicaría Jesús, el mayor que Salomón, si tu vienes a El.

En San Lucas capítulo 16, el Señor Jesús cuenta de dos hombres que murieron. El uno abrió sus ojos en las llamas eternas del Hades; el otro fue al eterno descanso, salvado por gracia. Sólo el Señor Jesús ha podido revelarnos cosas semejantes.

El nunca habló de un purgatorio ni de un limbo. Tales ideas han venido del paganismo, pero El sí habló con claridad del infierno y del cielo. Si vienes a él para ser lavado en su preciosa sangre, le conocerás como tu Salvador, y tú también quedarás estupefacto de las grandezas y glorias de la persona mayor de Salomón.

Las riquezas que rodeaban a Salomón durante su reinado son figura de las glorias de nuestro Señor en su reinado futuro. Los que hoy sufren el desprecio con Cristo, gozarán con él en aquella gloria celestial. ¿Dónde estarás en aquella eternidad?

 

Asa, enfermo de los pies

Figura este rey de Israel entre los que durante su reinado mejor se portaron. Su buen ejemplo animaba su pueblo a buscar al Señor y a servirle. Encontrándose en su país las imágenes y objetos visibles de culto, Asa los quitó sin demora, y mandó al pueblo a buscar al Señor de corazón sincero. En esto nos sirve también de ejemplo. Hoy día, como en aquel entonces, es abominación al Señor la veneración de cualquier cosa visible, y no se debe ni ofrecer adoración ni pedirle. Asa conocía al Dios vivo, y deseaba que también lo conociesen y sirviesen los de su país.

No duró mucho este feliz estado de bendición espiritual sin presentarse dificultades. Le vino en contra Zera el etíope con un ejército de mil millares, y trescientos carros. ¡Qué fuerza parecía! Los piadosos siempre han encontrado persecución, pero el Señor les hace estar en pie. Confiando solo en él, hay victoria, y Asa supo apoyarse en Dios, y así oró: “Jehová, no tienes tú más con el grande que con el que ninguna fuerza tiene, para dar ayuda. Ayúdanos, oh Jehová Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos … no prevalezca contra ti el hombre”.

Asa había edificado ciudades fuertes y había preparado buenos ejércitos, pero no confiaba en ellos. El cristiano que es sabio no confía en sí mismo en la hora de prueba, sino en el Señor.

El resultado, por cierto, fue victoria para Asa. El enemigo fue derrotado.

Entonces vino la prueba mayor: una tentación a vanagloriarse, de pensar que él mismo era alguna gran cosa. Para avisarle de este peligro, le mandó el Señor al profeta Azarías, que le dijo: “Jehová es con vosotros, si vosotros fuereis con él: y si le buscarais, será hallado de vosotros; mas si le dejareis, él también os dejará”.

Este aviso fue desatendido. Asa no comprendía todavía la maldad de su corazón, y pasado el tiempo le salió otro enemigo asechándole.

Ya no clamó al Señor, mas buscó ayuda en los de Siria, a quienes mandó los tesoros del país en pago. Se le alejó el enemigo con sus amenazas, pero la cosa desagradó a Dios. Le habían dejado, para buscar ayuda en otro.

La apostasía siempre ha sido un peligro. Dejando el Señor, los hombres buscan ayuda en otro, sea para la salvación de sus almas, o en cuanto a otro apuro alguno. En los días de los apóstoles de Jesucristo, los que profesaban ser cristianos no edificaban sobre otro fundamento que Cristo y su obra de redención. No conocían otro remedio para el mal del pecado que la sangre de Cristo, ningún otro mediador con Dios que Cristo sólo.

Con el tiempo vino la apostasía. Dejándose guiar ya por las opiniones de los hombres, llegaron a confiar en el bautismo y las ceremonias religiosas como medios de salvación; a creer la palabra del clero en vez de la Palabra de Dios. De aquí viene el fenómeno de personas que se llaman cristianos y desechan las claras enseñanzas de Cristo, prohíben la lectura de la Santa Biblia y denuncian a los sencillos creyentes en Jesucristo de ser herejes.

El apóstata es el que ha dejado las claras enseñanzas de la Palabra de Dios, para seguir otras. Amigo, busca conocer a Dios por medio de la Biblia, y no serás condenado en la apostasía que abunda en estos tiempos.

 

 

La reforma antigua

La historia de los hombres, aun la religiosa, ha sido una de decaimiento y reforma. En los días de Ezequías, rey de Israel, hubo una tal reforma.

No nos dice la Santa Biblia por qué el joven rey tuvo tan fiel propósito de servir a Dios. No fue, por cierto, la influencia de su padre Acaz, porque él era hombre impío, sin temor a Dios, ni respeto a su Palabra.

El buen fruto es siempre el resultado de sembrar la buena semilla. Así estamos seguros que su madre, o algún otro, le había instruido en la Santa Palabra de Dios.

Subiendo al trono a los veinticinco anos, el rey llamó a los responsables por el conducto del culto de Dios, y los exhortó a prepararse para el servicio del Señor, y a que sacasen fuera la inmundicia del santuario de la casa de Dios. En otras palabras, les mandó a limpiar la casa, lo que fueron prontos a hacer.

Enseguida fue restaurado el culto de Dios, y la música y el canto del templo. Poco a poco volvieron las cosas a su puesto, según fue ordenado de Dios, y el pueblo empezó a gozar las bendiciones divinas. Iniciaron una gran conferencia del pueblo de Dios, llamada la Pascua, y al terminar los siete días determinados, tanta fue la satisfacción del pueblo, y tan abundantes sus ofrendas, que resolvieron continuar otros siete días.

Ni fue esto todo. Perdieron todo interés en las imágenes, que antes habían sido objeto de su culto. Reconocieron que no sólo fueron inútiles y sin poder, sino que había sido un pecado muy grande venerarlas. ¿Qué hacer con cosas tan inútiles y abominables a Dios? Resolvieron destruirlas, lo que pronto hicieron.

El culto cristiano ha tenido igual historia. La sencillez y pureza primitivas se iban perdiendo. En vez de la doctrina de la justificación de los pecadores por fe en la sangre derramada por Jesucristo en el Calvario, se puso la salvación por las obras. Donde los primeros cristianos habían empezado como sencillos discípulos de Jesucristo, iguales todos a servir y adorar a Dios, se instituyó un sistema de altares y sacerdotes. Donde los primeros creyentes tuvieron por mayor gozo saber que el sacrificio de Cristo en el Calvario fue el último, porque no había necesidad de otro, estos así llamados sacerdotes pretendían ofrecer aun otros sacrificios incruentos, o sin sangre, a favor de las almas.

Donde ha existido tal apostasía, Dios siempre ha llamado a la reforma, o sea, a regresar a la pureza primitiva, a seguir el modelo enseñado en las Sagradas Escrituras. Hacer así, no es instituir una nueva religión aunque puede parecer así a los que ignoran lo que enseñaron e hicieron los apóstoles de Cristo. Para asegurarse uno de no equivocarse se debe leer con cuidado lo que escribieron esos apóstoles. Busque usted un Nuevo Testamento de nuestro Señor Jesucristo. Lea con cuidado y verá que tenemos tanta necesidad de una reforma hoy día como tuvieron en aquellos tiempos. Verá que los apóstoles y primitivos cristianos predicaron la salvación por gracia sin obras, sin misas, sin responsos, sin ceremonias y sin mediación de santos en el cielo, ni de curas en la tierra.

San Pablo escribió: “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”, 1 Timoteo 1.15. San Pedro nos dice: “Habéis sido rescatados, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo”, 1 Pedro 1.18.

Amigo, ¿ha recibido usted el mensaje de salvación en Cristo? ¿Ha sido rescatado y justificado por su preciosa sangre?

 

Manasés, el sangriento

El titulo de “sangriento” fue dado con derecho al que reinó por más largo tiempo que ningún otro sobre la nación de los israelitas. Manasés subió al trono a la edad de doce años. Aunque era de edad tierna, no así de corazón. Dice la Santa Biblia que él derramó mucha sangre inocente en gran manera, hasta henchir a Jerusalén de cabo a cabo. Los detalles de cómo perseguía y mataba quien quisiera, se pueden imaginar. Basta saber que en todos los siglos desde entonces sería llamado Manasés el Sangriento.

Pero, ¿cómo llegaría a ser tal monstruo de pecado? Dice la Biblia que “se arrojó a hacer lo malo”. ¿Cómo podría ser así? ¿No será porque le dio las espaldas al Dios vivo? Para él, que tanto afecto tuvo al mal que se arrojó a hacerlo, no convenía tener en su noticia a un Dios que todo lo ve. Así fue que instituyó el culto a las imágenes, y llenó la ciudad, y aun los campos, de santuarios, donde se honraban esos dioses de madera, de plata y de oro.

En vano protestaron los piadosos; pagaba con su vida quien se oponía, fuera en asuntos religiosos o políticos. Poco a poco se iba callando la conciencia del pueblo, mientras se apartaban más y más de Dios, y del camino de la virtud. Las supersticiones crecían en número y en poder sobre las gentes, y el espiritismo se hizo general. Las personas ignorantes, como también las cultas, invocaban los espíritus y se entregaban al culto de los demonios.

Diríamos que para un tal no habría perdón ni esperanza. Sin embargo, Dios puede humillar a los más soberbios. Cuando ni Manasés el rey, ni los moradores de Jerusalén, quisieron escuchar la Palabra de Dios, entonces el Señor trajo contra ellos a los asirios, los cuales llevaron a Manasés en grillos hasta Babilonia.

Encarcelado en país lejano, ese hombre tuvo tiempo para reflexionar. Muchas veces cuando la bondad del Señor no mueve el corazón del hombre, lo hace la angustia. El que durante tantos años se había olvidado de Dios, ya empezó a orar grandemente humillado, y Dios le perdonó, y lo volvió a Jerusalén y a su reino. Entonces fue que llegó Manasés a conocer al Señor.

La conversión a Dios es una necesidad en todo caso y en todo tiempo. No hay quien no haya pecado contra Dios, lo que prueba que el hombre es por naturaleza pecador, y necesita ser regenerado por el Espíritu Santo. Tú no habrás pecado tanto como Manasés, por cierto. Quizá no te has inclinado nunca delante de una imagen; quizá sí. No habrás invocado nunca a los demonios por el espiritismo, como lo hizo él; quizá sí. Pero en todo caso eres un pecador, y sin que Dios te perdone, no entrarás jamás en el cielo.

El espera ver tu arrepentimiento sincero, cuando te hará ver lo que hizo su Hijo, el Señor Jesús, en expiación de los pecados de los hombres, y tú también serás perdonado por virtud de la sangre de Jesucristo.

Manasés cometió mucho pecado contra Dios y fue perdonado, pero no siguió en las mismas iniquidades. Ya quitó todas las imágenes de Jerusalén y los echó fuera. Restauró el culto del Dios vivo, y animó a su pueblo convertirse a Dios. La prueba del verdadero arrepentimiento está en el abandono del pecado, lo que no puede ser sin una conversión de corazón a Dios. Dijo el Señor Jesús, “Si no os volveréis, y fuereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”, Mateo 18.3.

 

 

 

Josías, el piadoso

La gracia no corre en la sangre de los hombres, ni las damas heredan la virtud. Aunque Amón, el padre de este rey, era hombre impío y dado al culto de las imágenes, Josías temía a Dios y hacía su voluntad. Era niño de ocho años cuando fue coronado rey, y a los dieciocho años de edad comenzó a buscar a Dios, o, en otras palabras, se convirtió al Señor.

Enseguida empezó a destruir toda clase de imagen que había en su país, llevando la reforma hasta los confines de su reino. El vicio y la criminalidad, que tanto habían crecido cuando el pueblo adoraba a los dioses con ojos que no veían y orejas que no oían, ya tuvieron que desaparecer, como hoy día desaparece el concubinato donde se predica el Evangelio de Cristo.

Estando ocupados cierto día sus siervos en reparar el templo, encontraron un libro que resultó ser la Palabra de Dios, la Santa Biblia como existía en aquel entonces. ¡Imagínese un pueblo que pretende servir a Dios sin primero saber más de su santa voluntad que lo que traía la tradición!

Escribió el profeta Jeremías, quien vivía en esos tiempos: “Halláronse tus palabras, y yo las comí”. Mas, al oir el rey el contenido del libro, se llenó de temor, porque comprendía que Dios no podría menos que mandar sobre Israel el castigo que merecía por su idolatría. El verdadero Dios es invisible, y en los diez mandamientos dados por medio de Moisés Él ha prohibido la hechura de toda clase de imagen, o cosa visible, sea cuadro o escultura, para venerarla.

¿Qué debía hacer el rey? ¿Debía esconder la verdad de sus súbditos, o participárselo todo, por hacerles leer el libro? Les hizo leer a todos su contenido, creyéndoles capaces de hacerlo. Y, si la gente común podía comprender la Palabra de Dios en aquellos días, ¿por qué se afanan todavía algunos curas ahora en insistir que no podemos entenderla nosotros? ¿Seremos más torpes de aquel pueblo? Los que desean encarrillar la gente por el buen camino nunca temen la verdad; lo hacen los que favorecen la idolatría y especulan con los ignorantes.

Ya pronto las cosas iban bien en el reino de Josías. La Palabra de Dios fue enseñada públicamente y el culto ordenado según la ordenanza divina, sostenida por ofrendas voluntarias de los israelitas. No había necesidad de cobrarles una tarifa ni obligarles de ninguna manera a sostener el culto. Esos medios se emplean cuando el pueblo no tiene amor a la adoración y servicio.

Hemos notado la conversión del rey. Ninguna persona puede ser hijo de Dios sin ser convertida. No se trata de un cambio de religión, sino de corazón. No son exentos ni aun los reyes, ni los religiosos. Jesús le dijo a un maestro de religión en su día: “Es necesario nacer otra vez”.

El rey fue compungido de corazón por su pecado al hacer caso a la Palabra de Dios, lo que sucede en esta época bajo la proclamación del texto de la Biblia. El perdón es para los que reconocen su culpa, y si usted se reconoce destituido de la gloria de Dios, también podrá ser perdonado y justificado por virtud de la sangre de Cristo.

Pero, no contento con ser perdonado él no más, el rey hizo saber a los demás la gran verdad de su condición delante de Dios, para que ellos a su vez se arrepintieran. Así todo verdadero cristiano se interesa en propagar el Evangelio para que los demás sepan su necesidad y oportunidad. Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y vengan al conocimiento de la verdad, 1 Timoteo 2.4.

 

Isaías y su visión

Nunca faltan las personas que hablan de sus visiones. El joven tiene visiones de una riqueza y fama futura; el soñador afirma que por una visión sabe que le vendrá buena o mala suerte. Pero pocos reconocen las visiones que hayan tenido de su condición espiritual delante de Dios. Pocos obedecen la verdadera luz que por algún medio hayan recibido.

El profeta Isaías tuvo sus visiones. Viendo a los demás, pronunció sus ayes contra casi todos sus conciudadanos. “Ay de los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez”. “Ay de los que traen la iniquidad con cuerdas de vanidad”. “Ay de los que juntan casa a casa, y allegan heredad, hasta acabar el término”. Los hay hoy día que asimismo condenan a los demás.

Se asomó el espectro de la muerte, llevando como víctima a Uzías, rey de Israel. Sea por la impresión hecha por aquella defunción, o por alguna otra causa, le vino al profeta Isaías visión, ya no de sus prójimos, sino de sí mismo ante la presencia de Dios. En medio de la gloria y santidad divina, las voces de serafines exclamaron: “¡Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos!” Esto le hizo temblar y reconocer: “¡Ay de mí! Que soy muerto, que siendo hombre inmundo de labios … han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”.

El compararse el hombre con sus semejantes parece resultar a menudo a la vanidad. Nunca falta quien parezca más bajo que nosotros. Pero, qué de necedad compararnos los unos con los otros. Es ante Dios que tendremos que comparecer. No nos juzgarán los hombres, sino el Dios del cielo; y no conforme a las reglas humanas, sino según la santidad suya. Compárese usted a esa santidad y vea si no está condenado de una vez por su propia conciencia.

El desespero se apoderó de Isaías al ver la santidad divina. Veía imposible que un inmundo estuviese en la presencia de un Ser tan santo. Imposible. ¿Acaso el hombre no podría purificarse a sí mismo? Lo mismo sería como mandar una fuente sucia a limpiarse de su inmundicia. Pero, lo que el hombre no pudo hacer para sí mismo, lo hizo otro. Cuando Isaías reconoció se desgracia e ineptitud para cambiar su estado, el Señor se hizo presente a bendecirle.

Uno de los serafines volvió hacia él, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con tenazas. Tocando con el carbón la boca del inmundo, dijo: “He aquí esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa y limpio tu pecado”.

El altar de donde el serafín tomó el carbón encendido llevaba siempre puesto un fuego, sobre el cual ardía a continuo un sacrificio por el pecado. En llevarle ese carbón del altar para purificarle, tocando sus labios, le hizo a Isaías comprender que sólo por el sacrificio de otro hay salvación. Ninguno puede purificarse a sí mismo; sólo hay salud espiritual por la muerte de un sustituto.

Dios habla todavía a los hombres por la muerte de sus semejantes y por otras circunstancias, pero principalmente por medio de las Sagradas Escrituras. La Biblia revela el único medio de salvación y limpieza de pecado: “Así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo”, Romanos 5.21.

Encontrado y aplicado el medio de limpieza, Dios le pronunció a Isaías limpio, y éste tuvo paz y gozo en creerlo. Así en el sacrificio de Cristo en el Calvario Dios ha provisto para la salvación de todo ser humano. Él anuncia su perfecta satisfacción en la obra de Jesús. Al decir de Isaías 53. 6, Él cargó en él pecado de todos nosotros.

Valiéndose usted de esa obra, la Palabra de Dios le asegura de perfecta salvación. No añada obras ni ceremonia, ni pensar que se trataría de una solución pasajera, pues Tito 3.5 proclama que, “No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia nos salvó”.

 

El evangelio según Isaías

Moisés y todos los profetas del Antiguo Testamento profetizaron de Cristo, pero ningún otro parece haber hablado con más claridad que Isaías.

Él habló del nacimiento de Cristo en el capítulo 7 de su profecía: “He aquí, que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel, que interpretado es, Dios con nosotros. En cuanto a la eterna deidad de este hijo de la virgen, escribe en el capítulo 9: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro: y llamarás su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”. Aquel que descansaba en los brazos de su madre María, era el mismo de quien habló el apóstol Pablo en su carta a los Colosenses: “El cual es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura porque por él fueron criadas todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten”, 1.15 al 17.

La pasión y muerte de Cristo también son relatadas por este profeta con mucha claridad. En su capitulo 50 escribe: “Como se pasmaron de ti muchos, en tanta manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres”. ¡Con cuánta exactitud describe la ignominia y vergüenza que el Cristo sufrió, hasta que por las bofetadas y heridas, escupidos y azotes, no parecía hombre, tan desfigurado fue!

¿Por qué fue afrentado así? ¿Sería por no poder escapar de las manos de sus verdugos? De ninguna manera, pues en otras ocasiones, cuando no había llegado su hora de morir, salió de en medio de la multitud, y se fue. No pudieron tocarlo.

El mismo profeta Isaías describe con precisión su muerte en el Gólgota, y también la razón por ella. Después de llamar la atención al hecho que Cristo fue despreciado y desechado entre los hombres, dice: “Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”, 53.5.

¿En dónde podríamos encontrar una referencia más clara a los padecimientos de Cristo en la cruz? Y esto fue escrito más de setecientos años antes del nacimiento de Cristo. Dios cargó en él nuestros pecados, y le hizo sufrir el justo castigo de ellos, para librarnos de la condenación.

Pero, ¿cómo podemos aprovecharnos de los beneficios de aquella muerte por nosotros? Isaías predica no solamente su evangelio de sustitución, sino él de la reconciliación. En esto el hombre tiene gran responsabilidad. Él debe disponerse a ser reconciliado con Dios, a obedecer la llamada divina: “A todos los sedientos; Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed, sin dinero y sin precio vino y leche. Buscad a Jehová mientras pueda ser hallado; llamadle en tanto está cercano”, Isaías 55.1.

La salvación es gratuita, pero ha costado a Cristo las agonías del Calvario. Ninguno puede pagar nada por su salvación, pero tiene la responsabilidad de venir y recibirla. Los que vienen sedientos y menesterosos, encuentran perdón de todos sus pecados, por virtud de la sangre de Cristo. Los que en esta vida rehúsan venir como pecadores, pierden la única oportunidad de ser reconciliados con Dios. Para los tales la muerte de Cristo no aprovecha nada. Serán castigados con eterna perdición en el infierno.

 

Jeremías y las imágenes

Desde tiempos antiguos los hombres han hecho para sí objetos de veneración y culto. Algunos son de madera, otros de oro o plata, cada uno según su cultura y concepto propio de lo que debían representar. El rico los tiene grandes y lujosos, el pobre según sus circunstancias y ambiciones permitan. Los más ilustrados los llaman imágenes, mientras que los ignorantes los consideran dioses, haciéndoles peticiones y oraciones, con le fe de ser oídos y atendidos.

Parece increíble que seres dotados de razón pudiesen hacer con sus propias manos alguna cosa con el fin de pedir a ella y aun doblarse ante ella. ¿Cómo puede ser más potente el producto que se hacedor?

Pero, ¿qué del argumento de tantos, que ellos no adoran ni piden a la imagen, sino que la tienen como medio que les ayuda a recordar al que representa?

Me trae a la mente un diálogo que tuve con cierto individuo aquí en Puerto Cabello, Venezuela, que porfiaba que sus imágenes no eran más que un recordatorio para los devotos. “Explíqueme, entonces, le dije, cómo usted le hace un voto al Cristo de Borburata, llamado el Cristo de la Salud, y cuando por la bondad de Dios, y no de la imagen, usted se mejora en el viaje de regreso entre los barriales del camino hasta el Puerto, donde tiene que pagar su voto. ¿Por qué no hacer su voto por medio de la imagen que tiene en su propia casa?”

“Oh”, dijo, “ésa no puede sanar como puede la otra”.

“Pero usted acaba de decirme que no es la imagen a que se dirige el devoto, sino a un determinado santo en el cielo. Entonces, ¿por qué no sirve una imagen de Cristo, el Santo Ser, tanto como la otra? La verdad es, caballero, que usted se dirige a la imagen, y esto es idolatría”.

En el capítulo 10 de su profecía, Jeremías describe la idolatría que había en su tiempo: “Las ordenanzas de los pueblos son vanidad: porque leño del monte cortaron, obra de manos con azuela. Con plata y oro lo engalanan; con clavos y martillo lo afirman, para que no se salga. Como palma lo igualan, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos; porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder”.

Por causa de la idolatría vino la maldición sobre los judíos, resultando en que fueron llevados a Babilonia. Habían dejado al Dios vivo, fuente de aguas vivas, para cavarse cisternas que no detienen aguas. Hacen peor los que en estos tiempos dejan al Dios vivo, el Salvador, por las imágenes muertas e inútiles. Es el pecado de la idolatría que conduce a la corrupción ahora y la muerte eterna más adelante.

Jeremías el profeta protestaba enérgicamente en su día contra la introducción de la idolatría, y en nuestra generación serán conocidos los que representan al Dios vivo por su constante protesta contra la misma tendencia. Si viviera Jeremías ahora, seguramente sería conocido llamado un protestante. Si a nosotros nos llaman así por el hecho que protestamos contra este y otros males, tengámoslo por honra.

Pero no por ser un protestante está uno en paz con Dios. Amigo lector, usted carece de un nuevo santo para algún nicho, ni de una imagen en un centro de adoración (o de hechicería, según el caso) por milagrosa que la dicen ser. Carece de un Salvador, el único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que puede ser salvo.

 

El cautiverio babilónico

La apostasía de los israelitas, del Dios vivo y verdadero a las imágenes e ídolos de los paganos, iba en aumento de día en día hasta no poderse tolerar más. La condición espiritual del pueblo parecía mejorarse algo durante el reinado del piadoso Josías, para luego decaer a ser peor que antes. Deseoso de salvar su pueblo del castigo que aquella apostasía merecía, Dios les había mandado profeta tras profeta para amonestarles, pero sin resultado. El corazón de ellos era puesto a seguir los dioses de los paganos.

Al fin Dios dejó de defenderlos de sus enemigos. De un lado los egipcios vinieron a robar y destruir, y del otro lado los caldeos de Babilonia llegaron para despojar el país, matando a quienes quisieren y llevándose las riquezas a su propia tierra. Tres veces saquearon el templo de Jerusalén, hasta haberse llevado todos los muebles y vasos del santuario, pequeños y grandes.

Los israelitas debían aprender por amarga experiencia cuán serio es dejar al Dios omnisciente y omnipotente para adorar imágenes de yeso y metal. Una vez colocados ellos en medio de una nación dada a la idolatría, ellos han debido darse cuenta del error que habían cometido. A todo lado veían la corrupción moral y espiritual, política y religiosa, que siempre acompaña una religión falsa. La embriaguez, inmoralidad, engaño, robo y homicidio se encontraban dondequiera. Faltaban por completo la honradez, pureza y temor de Dios.

La experiencia sí fue provechosa para algunos, haciéndoles abandonar por completo el culto de los ídolos. Hasta el siglo presente el remanente de los judíos (las dos tribus conocidas en el mundo moderno), a pesar de toda su incredulidad hacia el Mesías, no se atrevido volver a permitir el uso de imágenes en sus cultos y hogares.

La historia se repite. En los primeros días del cristianismo los creyentes se reunían en un sencillo aposento a leer las Sagradas Escrituras y adorar en espíritu al Dios invisible. Andando el tiempo, iban dejando esa primitiva sencillez. El orgullo y la vanidad les estimulaban a introducir algo de la pompa del pueblo en derredor. Eligieron para sí caudillos mundanos cuyo propósito era de prostituir un culto tan espiritual en una atracción a los sentidos.

Se instituyó un clero. Poco a poco venían poniéndose la vestimenta de los sacerdotes paganos. Los días festivos, celebrados por los paganos en honor de sus ídolos, con abominables inmoralidades, fueron hechos días de fiesta para los cristianos, cambiándose el nombre del dios en cuyo honor se hacía antes, en el nombre de algunos que de entre los cristianos habían llegado a tener renombre, llamándose la fecha el Día de Santo Tomás, de San Juan, etc. En algunos casos hacían uso de la misma imagen pagana para representar su santo. Esos días de fiesta se dedicaban al culto de las imágenes, y así se dio principio a la idolatría católico romana. El pan que el Señor dio en representación de su cuerpo dado en el Calvario en expiación de nuestros pecados, ya se hizo una hostia y la gente se postraba en adoración ante una galleta de harina.

Regresando ahora a los israelitas, vemos que  fueron llamados a volver a su país amado.  Dios no se había olvidado de ellos; un nuevo rey, movido por la mano divina, les dio la oportunidad de regresar a la tierra de Palestina. Una reducida minoría lo hizo, pero muchos ya estaban entregados de la idolatría. Los consecuentes entre los judíos volvieron a Jerusalén (aunque ya eran en su gran mayoría una generación nueva), con la Palabra de Dios en la mano y sus corazones dispuestos a servirle.

Asimismo, después de los siglos de terrible oscuridad, en que un clero tirano reinaba en la así llamada iglesia cristiana, llegaron unos y otros a despertarse. Vieron la crasa ignorancia de casi todos en cuanto a lo que enseñaba la Santa Biblia, y se pusieron a la tarea de traducirla a las lenguas vulgares del día.

La furia con que el clero romano persiguió a estos valientes hombres es prueba que temían la luz que de esta manera alcanzaría al pueblo común. Los que trabajaron con tanto valor para lograr este fin fueron encarcelados, o tuvieron que huir a esconderse. Las biblias, si es que llegaron a ser impresas, circulaban sólo como contrabando.

Sin embargo, la luz prevaleció. La Biblia circulaba, a pesar de toda suerte de amenazas, y las gentes se imponían de su contenido. Las cadenas del romanismo se iban cayendo y los hombres y mujeres, convertidos a Dios de corazón, se dedicaban a servirle con la misma sencillez y pureza del principio.

“¡Nueva religión!” gritaba el clero. No, no era una religión nueva. Sólo habían regresado al camino dejado siglos atrás por haberse perdido el mapa, la Santa Biblia. Por cierto, el clero tenía la Biblia durante ese tiempo, pero no permitía que fuese traducida a las leguas vulgares. Preferían enseñar las supersticiones acerca de un purgatorio inexistente, y a desarrollar un gran poder para maldecir a todos cuantos no les eran sujetos.

Hasta el presente persiste la religión apóstata. El puro evangelio de salvación por gracia mediante la obra redentora de Cristo, la justificación del pecador por fe, la adoración de Dios en espíritu, sin altares de lujo y sin intermediario aparte de Cristo mismo: todo esto es tema de burla para aquellos que optan por seguir en la confusión babilónica de la Iglesia Romana. Pero hay quienes —y usted puede ser uno de ellos— se han convertido de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien libra de la ira venidera; véase este lenguaje en 1 Tesalonicenses 1.9,10.

 

Volviendo al camino

“La historia de los reyes de Israel terminó con el cautiverio en Babilonia de toda la nación. Desde allí la tierra de Palestina quedó desolada durante setenta años a causa del pecado de los que la ocupaban. Terminándose ya aquellos años, se acercaba la hora en que fuese permitido a los israelitas regresar a su tierra.

El despertarse es siempre provechoso, especialmente en lo espiritual. El anhelo de los expatriados crecía con el tiempo. Suspiraban por la tierra de su natividad. Junto con el despertamiento en el corazón de ellos, vino un decreto de Ciro, el rey babilónico, de volver a Palestina todos los que quisieran.

Con los años, muchos de los israelitas se habían conformado a las condiciones de Babilonia. Los reyes de Persia los habían tratado con no poca consideración. Tomaban parte activa en los negocios del país y aun en su gobierno. Se había menguado seriamente el interés de muchos de ellos en Jerusalén y el culto al Dios vivo. Otros, sin embargo, oraban continuamente a Dios que viniera el día de su restauración. La oración nunca es en vano cuando es de acuerdo con la voluntad de Dios.

Se nota claramente ciertos elementos en relación con este movimiento para volver los israelitas a Palestina. Uno de ellos es que Dios levantó a determinados hombres poseídos de gran celo por el honor del nombre de Dios, y otro es el interés que tuvieron por escudriñar la Palabra de Dios por saber su divina voluntad acerca del asunto. Por estudiar las Sagradas Escrituras, llegaron a saber que el tiempo de su cautiverio estaba llegando a su fin. Movidos por un vivo amor para con Dios, lo predicaban a todos, despertando en otros este mismo interés.

En tiempos más recientes ha habido otro despertamiento. Los cristianos, que en el principio gozaban de toda la riqueza de su herencia en Cristo, la habían perdido en gran parte durante la Edad Media. Mientras que en los días primitivos de la Iglesia todo se hacia en sencillez y según el mandato del Señor, ya en el siglo XVI hacían y enseñaban según el capricho de hombres. Faltaban los realmente celosos del honor de Dios; varones convertidos de corazón que actuarían por amor a Dios, sin temor del hombre y sin interés propio.

La Santa Biblia, divinamente dada para guiar en todo asunto de la fe, la habían echado a un lado. Un clero impío especulaba en las miserables indulgencias. Por ejemplo, cierto infame Tetzel “vendía” el perdón de antemano por el crimen del homicidio.

El clamor de los afligidos a causa de estos impíos se oía en el cielo y Dios despertó algunos corazones. Les fue difícil conseguir ejemplares de la Biblia hasta el invento de la imprenta. A pesar de que el Papa de turno lo prohibió, la Biblia impresa apareció por todas partes, aunque, dicho sea de paso, España fue uno de los últimos países significativos de Europa en contar con la Biblia en el idioma del pueblo. Por fin, el hombre común podía leer para sí —o pedir que su amigo leyera— los dichos de Jesús y la doctrina de los apóstoles.

Pero los plebeyos jugaron un papel principal. Hombres eruditos como Zwingli, Calvino, Lutero y Knox tradujeron y predicaron con denuedo. Ellos y los demás redescubrieron verdades como la sola y absoluta autoridad de la Biblia cual infalible guía de Dios al hombre, la justificación por fe y no por obras, el valor único de la sangre de Cristo para perdonar de todo pecado y el acercamiento a Dios sin la necesidad de intermediarios humanos.

Como en el regreso de los israelitas de Babilonia, éste no fue un movimiento para ocupar terreno nuevo, sino para volver a lo que casi todos habían abandonado tiempo antes. Desde los años apostólicos, Dios no nos ha dado otra revelación.

Habiéndose los israelitas preparado para volver a su terruño, les fue permitido recuperar de sus conquistadores muchísimos tesoros perdidos en la forma de vasos de oro y plata. Numerando las personas según su linaje, y contándose los artículos del templo, salieron en su marcha peligrosa sin guardia militar, confiando solamente en la mano del Dios invisible. Llegaron a salvo.

¿El lector habrá apreciado debidamente el valor de las verdades bíblicas? Son mejores que oro y plata. Tienen que ver con nuestro destino eterno. Son las verdades en que se holgaban los primitivos cristianos. Por ejemplo, creían que el hombre, por el pecado que había en él, estaba perdido aparte de la gracia de Dios; que ninguno podía hacer nada para salvar su propia alma; que Jesucristo vino para salvar a los pecadores, que su sangre otorga una perfecta redención y le daba al más humilde creyente acceso directo al trono de la gracia divina.

En los siglos X al XVI, y aun antes, estas verdades eran desconocidas a las masas de la humanidad. Muchos de los que se llamaban cristianos creían los que enseñaban un clero ignorante de la doctrina bíblica. Oían y creían que el alma puede salvarse sólo si uno observa los ritos y ceremonias de una religión que en gran parte imita el paganismo, adaptada al país o cultura del lugar y con una chapa de tradiciones y lenguaje cristianos. El bautismo de niños, la confirmación, la confesión auricular y la misa son ejemplos de estas ceremonias con su respectiva tarifa, practicadas en un intento vano a lograr la vida eterna y con desprecio a la sangre derramada una vez por todas en el Calvario.

Gracias a Dios porque vivimos en una época y en un país donde la Palabra de Dios está al alcance de todos y podemos volver al terreno que los cristianos primitivos ocupaban. Pero la pregunta clave es si el amigo lector ha encontrado la verdad, o si todavía esté enceguecido por el dios de este mundo, Satanás.

 

Esdras, el sacerdote fiel

El nombre de este varón de Dios se destaca en la historia del pueblo de Israel. A pesar de las condiciones de su cautiverio en Babilonia, él conservó un sincero amor a Dios y por las cosas enseñadas en las Sagradas Escrituras.

En los días del rey Ciro de Persia, éste dio la orden de reedificar el templo de Dios en Jerusalén y de restaurar el culto en Israel. Él ofreció libertad a los judíos cautivos que quisieran regresar a su patria y les entregó los vasos que Nabucodonosor había sacado del templo al llevar cautivo esa gente setenta años antes.

El regreso de esta cuota de los cautivos tuvo lugar bajo la dirección de Zorobabel. Eran de unas cincuenta mil personas y tuvieron el propósito de reedificar el templo y también su santa ciudad, Jerusalén.

Recobrar lo perdido es un deseo natural y justo, y los judíos no han sido los únicos en hacerlo. La herencia de ellos es terrenal, y no pierden nunca el deseo de estar en ella, mas la herencia del cristiano es espiritual e igualmente preciosa para todo fiel creyente en Cristo. Cuando, por confundirse con el mundo, los primitivos cristianos habían perdido mucha de la verdad cristiana, se levantaron hombres y mujeres que llamaron a sus semejantes a regresar a los sencillos preceptos del Evangelio, enseñados por Jesús y sus apóstoles. El grito de batalla fue: “Atrás a lo que dejamos”. Gracias a Dios, algo se ha recobrado de las verdades primitivas. Volver atrás de esta manera es un verdadero adelanto. No hace falta una nueva religión cristiana, pues tal cosa no puede haber, pero mucha falta hace un regreso a la pureza primitiva.

Un terreno que los cristianos perdieron pero han recuperado es la doctrina de la justificación por fe tan claramente enseñada por el apóstol Pablo y sus colegas. No hay pecador que pueda saldar sus cuentas con Dios por ofrecerle ninguna cosa propia, sea buenas obras, tradiciones eclesiásticas u oraciones. Mas Cristo ha muerto por los pecadores, llevando el castigo que ellos merecen, y el alma que confía solamente en él es justificada de un todo. Dios le cuenta por justo; a saber, por nunca haber faltado a su santa ley. Así el que le cree y le recibe como Salvador, va libre de toda condenación, porque Cristo la llevó en lugar suyo.

En la Edad Media parece haberse perdido casi por completo esta preciosa verdad cristiana; solamente quedó escrita en las páginas del Nuevo Testamento. Plugo a Dios despertar en el corazón de algunos hombres el deseo de escudriñar las Sagradas Escrituras, y hallaron esta y otras verdades de suma importancia. Se hicieron valientes por Dios en librar a sus contemporáneos de la oscuridad, denunciando abiertamente a los que se oponían. Desde luego, estos paladines se exponían a la muerte por predicar con ahínco las verdades que habían traído tanto gozo y paz a sus propios corazones.

A pesar de la furia de los que quisieron conservar las almas en ignorancia de la Palabra de Dios, esa gente luchó por hacerla imprimir en las lenguas del pueblo común y ponerla en las manos de todo humano, a fin de que cada uno de por sí comprobara lo enseñado.

En los días de Esdras se levantaron enemigos que todo lo hicieron por parar la buena obra. No pudiéndolo hacer solos, presentaron quejas ante Artejerjes, rey de Babilonia, diciéndole que si dejaba seguir la restauración del templo, vendría a ser un peligro a su poder y reino.

No faltan todavía los enemigos de la obra de Dios, ni los que estorban a quienes ayudan al pueblo descubrir la verdad. Si no pueden lograr sus fines de otra manera, son capaces de llamar en su ayuda al brazo temporal.

Al recibir orden del Rey, los judíos, desanimados, cesaron de edificar. Por un tiempo la obra quedó paralizada, pero el Señor despertó entre ellos dos hombres valientes, los profetas Hageo y Zacarías, quienes estimularon a sus hermanos a continuar. Otra vez se encendió la ira de los enemigos, pero esta vez les favoreció Darío, rey de los caldeos que habían derribado a los babilónicos, y aun dio orden que lo necesario para ello fuese suplido del tesoro del imperio. ¡Imagínese el disgusto de los que pensaban usar de nuevo el poder político contra la obra de Dios!

Bajo la nueva dirección de Esdras, por fin se terminó la casa de Dios en Jerusalén en el sexto año del rey Darío. Los judíos celebraron su pascua con gran regocijo.

En la época presente la predicación del Evangelio tiene el mismo fin; a saber, regresar a las verdades y sencillas prácticas de los cristianos primitivos según las encontramos en el Nuevo Testamento de nuestro Señor Jesucristo. ¡Y cuán grande el regocijo de las almas cuando convertidas a Dios se ven congregados para celebrar la Santa Cena, según hacían los evangélicos en Hechos de los Apóstoles, en memoria de su Salvador! ¿Usted ha tenido la experiencia?

 

Edificando de nuevo

Parece que toda obra buena encuentra oposición de alguno. Llegados los israelitas a Palestina, enseguida empezaron la restauración del culto del Dios vivo. Principiando por asentar el altar, aunque con temor del pueblo en derredor, ellos ofrecieron holocaustos a Jehová en la mañana y la tarde. Todavía no habían empezado la construcción del templo.

En el culto de Israel, el altar con su sus sacrificios continuos es figura del Calvario y del gran, definitivo sacrificio del Señor Jesucristo. La restauración del altar y el sacrificio parecen corresponder a una renovada apreciación de la verdad evangélica en el tiempo de la Reforma Cristiana en el siglo XV.

Los así llamados cristianos hacían llegar a creer y propagar que la salvación del alma podría hallarse sólo en la Iglesia Romana por medio de sus ceremonias, y un clero de vida sumamente impía fulminaba amenazas contra toda persona que no se sujetara a la pretendida cabeza, el papa de turno.

Debemos a la gracia y misericordia de Dios y al valor de personas como, por ejemplo, el monje de Augsburg, Martín Lutero, la recuperación de las verdades preciosas de la fe. Con un ánimo que era inusitado en aquellos tiempos del poder papal, hombres como él proclamaban la justificación del alma ante Dios sólo por fe en la obra realizada en el Calvario, sin que papa ni clero tuviera parte en el asunto. Viéndose en peligro de ser despreciados por el populacho, el clero y sus dirigentes hicieron lo posible para destruir a Lutero. Si no fuera por la protección que Dios levantó en la persona del emperador alemán, quién sabe cómo hubieran llegado a nosotros las noticias emancipadoras de la salvación.

No pudiendo hacerlo daño a la persona de Lutero, ni ahogar su voz, sus enemigos acudieron a la difamación, acusándole de haberse apartado de la iglesia para estar en libertad de casarse, y de otras actuaciones muy negras, las cuales calumnias son corrientes y creídas por algunos fanáticos hasta el presente.

Sin ser luteranos, podemos hoy agradecer a Dios haberle dado a él, y a otros de las mismas cualidades, valor para superar las ruinas del siglo XV. En el continente europeo, y en lo que hoy llamamos Gran Bretaña, la Reforma echó raíces tales que en varias naciones el poder papal quedó casi demolido. Para salvar algo de los escombros, se inició la Santa ¿? Inquisición en España y otros lugares, tales como ciertas pares de América Latina. Con fuego, sangre y tormentos sumamente bárbaros, el sistema papal dio muerte a más de tres millones de la flor y nata de los españoles, logrando apagar la luz del Evangelio en aquella nación y logrando para España el apodo poco envidiable de Hija Fiel de la Iglesia.

El medio de cumplirse así la voluntad del Vaticano fue en mayor parte la Sociedad de Jesús, conocidos como los jesuitas. Sepa el mundo entero que no han cambiado en nada en sus propósitos sangrientos. El fin, dicen, justifica los medios. Al no ser que el poder civil lo prohíbe, llevarían hoy al patíbulo a todos los que rehúsan someterse al Papa.

Asentado el altar y principiado el culto divino, los israelitas se adelantaron a fundar el templo. Trabajando como un solo hombre, pudieron avanzar la obra en medio de cantos y alabanzas de parte de unos y llantos de parte de otros. Los unos cantaban por ver levantarse otra vez un testimonio al Señor; los otros lloraban porque era tan inferior al primer templo.

En cuanto al edificio espiritual de la Iglesia cristiana de los últimos siglos, hay causa de mucho regocijo por lo que se ha podido recobrar como consecuencia del estudio de la Santa Biblia. Sin embargo, hay causa de lamentar la debilidad espiritual en comparación con lo que se veía en tiempos apostólicos. La verdadera gloria del cristiano no puede ser los edificios y otras riquezas terrenales, sino el conjunto de verdades sabidas y practicadas por el pueblo del Señor. Estas verdades sirven para juntar en uno a los que han creído en Jesús, y así reunidos forman un testimonio para él en este mundo entenebrecido.

Amigo, ¿ha creído las verdades del Evangelio? Es decir, ¿ha reconocido su condición perdida delante de Dios a causa del pecado? No hay bautismo que quite esta mancha, ni ceremonia que la cubra. Pero otra verdad es la que está encerrada en el anuncio desde la cruz, “Consumado es”. Esa obra realizada a plenitud permite a uno decir como palabras suyas lo que el apóstol Pablo escribió en Romanos 5.1: “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

El mensaje al carcelero de Filipos es todavía el mensaje para nuestros tiempos; es el mensaje para usted: “Cree en el Señor Jesucristo, y será salvo”.

 

Nehemías y su muro

La manera en que Dios castigó al pueblo de Israel, dejándolos ser levados cautivos a Babilonia, nos recuerda el hecho que Él no pasa por alto el pecado. La cosa que más había enseñado el Señor fue la hechura y adoración de las imágenes.

En el año veinte de Artajerjes, rey de Persia, unos cincuenta mil de ese pueblo ya habían regresado de Babilonia a la Palestina. Bajo la dirección del sacerdote Esdras y el gobernador Zorobabel, el templo ya estaba edificado. Estos valientes habían logrado mucho a pesar de la oposición de los enemigos. Pero los muros de la ciudad quedaban en ruinas y nadie había repuesto las puertas quemadas. Llegaron noticias a Nehemías, en babilonia todavía, del estado decaído del templo y la ciudad de Jerusalén.

Este hombre estaba sirviendo de copero al rey Artajerjes, quien le tenía cariño y confianza. Ciertamente reconocería que un hombre que de corazón creía en el Dios vivo, el que todo lo ve y castiga lo malo, no sería capaz de entrar en ningún complot para meterle veneno en el vino que de su mano bebía. Notando el rey un día que había cierta tristeza en el rostro de su copero, llegó a saber que era por el quebranto de corazón que sentía a causa de la condición de su amada ciudad de Jerusalén.

He aquí la diferencia entre el rezo y la verdadera oración. El rey le preguntó a Nehemías qué era que quería pedir, este judío relata: “Entonces oré al Dios de los cielos, y dije al rey …” La oración no es una colección de frases aprendidas de memoria para ser repetidas una o varias veces. Es más bien el deseo sincero del alma, expresado lo mejor que se pueda y en lengua cualquiera. El rezo nada vale con Dios.

El resultado de aquella oración —tan corta que duró sólo entre la pregunta del rey y la contesta de Nehemías— fue que le dio permiso y apoyo para ir a Jerusalén a socorrer a su pueblo. En verdad, parece haber sido nombrado gobernador.

Una vez que vio con sus propios ojos, se afligió más al darse cuenta cómo los enemigos habían desanimado al pueblo. Comprendió el disgusto extremo que los opositores sentían por su llegada y propósito. Pronto él reorganizó a su pueblo y dio principio a la reconstrucción del muro en derredor de la ciudad.

Los enemigos se vieron frustrados. No habían logrado impedir el trabajo, pero les quedaba otra arma, la de la burla. Dijeron: “Aun lo que ellos edifican, si subiere una zorra derribaría su muro de piedra”. El argumento es un arma potente, pero los enemigos de Dios no pueden tener argumento con que defenderse, o con que oponerse a la obra de Dios. ¡Cuántas veces en los años desde que se dio principio a la obra del evangelio en esta República nos han tirado en contra toda suerte de sátira y burla! ¿Por qué? Porque predicamos a Cristo crucificado, para unos ciertamente tropezadero y para otros locura, mas Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios; 1 Corintios 1.23,24.

Los judíos tuvieron que armarse a causa de las asechanzas de los enemigos, y Nehemías les exhortó: “Pelead por vuestros hijos”. Las armas del cristiano nunca han sido ni serán de acero, sino de argumentos basados en la Palabra de Dios, la Biblia. Cuán importante es ser armados con la verdad, para saber bien lo que enseñan las Sagradas Escrituras. ¡Con cuánta porfía no debiéramos defender cada preciosa enseñanza apostólica, para no cambiarla por las tradiciones de la iglesia de Roma, ni por ninguna otra doctrina errónea!

Ya les quedaba a los enemigos otra avenida, la calumnia. Acusaron a los judíos de conspiración contra el rey de Persia, a lo que contestó Nehemías: “No hay tal cosa; tú lo inventas”. La calumnia sirve muy bien a los enemigos de Dios, aunque saben que es pura invención suya. Han dicho que nosotros los evangélicos pagábamos a la gente a asistir a nuestras reuniones. Cuando esa mentira se hizo patente y vieja, se inventó que los evangelistas recibían una gran suma de dinero por cada persona bautizada. En algunas partes corrían el cuento que los muertos entre los evangélicos se entierran boca abajo. ¿Qué son estas expresiones, y de dónde vienen? Son calumnias, y vienen de los enemigos que no hallan argumento alguno contra tan buena obra.

Por fin se pudo terminar el muro y las puertas de Jerusalén, haciendo así una clara división entre Israel y los enemigos afuera. Esos muros y puertas son figura de la clara separación que existe y debe mantenerse entre los hijos de Dios y los del mundo.

La lectura de la Palabra de Dios tuvo gran parte en inspirar a los judíos a edificar el templo y los muros de la ciudad. Amigo lector: ¿Has venido leyendo la Biblia para conocer las verdaderas doctrinas en contraste con las meras tradiciones de hombres? ¿Podrás decir con razón que tus pecados son perdonados? Si no, ¿por qué te llamas cristiano?

“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, 1 Timoteo 1.15.

 

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