El Rey de Reyes (#521)

El Rey de Reyes

N. R. Thomson

 

Cuarenta y un reyes se sentaron sobre el trono de Israel (y Judá) a lo largo de aproximadamente cuatrocientos noventa años. Unos pocos de ellos hicieron lo bueno, pero no hubo rey perfecto. Dios había hecho pacto con David para establecer su trono para siempre; sin embargo fue necesario quitar la corona y destruir el trono por largo tiempo. “Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey”  (Oseas 3:4).

Dios había dicho: “No será quitado el cetro de Judá” (Génesis 49:10). Luego dijo a David: “Yo te tomaré … para que fueses príncipe sobre mi pueblo;” y de Salomón: “Yo afirmaré para siempre el trono de su reino” (2 Samuel 7:8,13). Dios no va violar este pacto (Jeremías 33:20,21), a pesar de la infidelidad de los reyes humanos. Lo cumplió en la persona de su propio Hijo, el Señor Jesucristo. Este nació de María, del linaje de David, y también tenía el derecho al trono por medio de José, porque Jesús fue legalmente reconocido como hijo suyo (Mateo 1:16, Lucas 3:23).

 

Pero Jesús no vino la primera vez con el fin de reinar, sino a sufrir y poner su vida para redimir a sus súbditos espirituales. Por lo tanto nació en un establo y no en un palacio; vivió como un pobre y no como un príncipe; entró al final en Jerusalén montado en un pollino de asna y no sobre un caballo blanco; llevó una corona de espinas y no de oro; fue vituperado por los hombres y no glorificado. Dijo a Pilato que, en relación con el tiempo presente, “Mi reino no es de este mundo”.

Después de la resurrección, Dios le ensalzó a su diestra “hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores (1 Timoteo 6:14). Mientras tanto, ningún hombre carnal lo ha visto en esta forma, ni lo puede ver hasta que él se manifieste en el día futuro. “Entonces vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga … y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de Reyes y Señor de Señores”.

 

Se cumplirá la profecía de Daniel: “En los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo”. El reinado será en perfecta justicia (Isaías 32:1). Cristo reinará por mil años en esta tierra antes de su destrucción total. Ezequiel describe la tierra santa bajo su dominio a partir del capítulo 40 hasta el fin del libro. Esta última dispensación o administración divina se efectuará en este mundo donde el pecado ha producido sus estragos, y los humanos siempre son mortales.

Reinarán con Cristo los santos inmortales que hayan sido resucitados y transformados en la primera resurrección. Los súbditos terrenales serán mortales. La venida de Cristo a la tierra en juicio destruirá totalmente a todos los incrédulos, igual como se hizo en el diluvio. El milenio empezará como el mundo renovado después del diluvio, cuando los únicos sobrevivientes (cuatro parejas) eran creyentes. El Señor quitará la influencia del diablo, quien será atado; eliminará ciertos peligros como el de fieras y de serpientes; proveerá la abundancia, devolviendo las lluvias antiguas; controlará toda delincuencia y violencia por medio del gobierno justo y severo.

La única imperfección se hallará en el corazón humano. Dios manifestará que el pecado no resulta del ambiente sino que brota del corazón. Solamente la redención de Cristo puede cambiar al hombre y hacerle santo. En el caso de los descendientes de los ocho que salieron del arca, se desarrolló el pecado en sus nietos y bisnietos de tal modo que Dios destruyó la Torre de Babel que hicieron. Los hijos del reino que serán echados a las tinieblas de afuera (Mateo 8:12) son los hijos nacidos durante el reino, los cuales no habrán renacidos para ser hechos hijos de Dios. La salvación siempre ha sido y siempre será por el arrepentimiento personal y la fe en el Cordero de Dios. Cuando al fin de los mil años se suelte a Satanás, entonces estos hijos no renacidos le seguirán para la destrucción final y total de ellos y de este mundo.

La tierra será quemada y Dios hará nuevos cielos y nueva tierra. Los salvados de Israel y de las demás naciones habrán pasado su vida mortal en la tierra milenaria y serán trasladados inmortales a la tierra nueva. De manera que el reino de Cristo permanecerá para siempre, ya no más en la tierra vieja, sino en la nueva, sobre gente inmortal y perfecta.

Habiendo suprimido todo enemigo, de los cuales el postrero será la muerte misma, Cristo entregará al Dios y Padre un reino ya enteramente perfecto, para que Dios sea todo en todo (1 Corintios 15:24-28). “El trono de Dios y del Cordero estará en ella y sus siervos le servirán, y verán su rostro … y reinarán por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 22:3-5). Este es el fin de las cosas reveladas en la Biblia. “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios, mas las reveladas son para nosotros” (Deuteronomio 29:29).

“Por lo tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, el único y sabio Dios, sea honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Timoteo 1:17).

 

 

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