Una clara explicación de la salvación (1) (#323)

Ver también:

(324) Una clara explicación de la salvación (2)

(325) Una clara explicación de la salvación (3)

El pecador sin un Salvador

J. H. Brookes, 1830-1897,

St. Louis, Estados Unidos.

del libro How to be saved

 

POR QUÉ LA SALVACIÓN ES NECESARIA

 

Deseo, ante todo, llamar su atención a unos pocos términos que se encuentran vez tras vez en la Biblia en relación con el tema de la redención, porque es importante que uno entienda precisamente qué quieren decir.

* La gracia es la bondad de Dios para con el indigno.

* La santidad es lo que se ajusta a la regla de lo recto, o en otras palabras es lo que satisface las demandas de la ley divina.

* La propiciación es un sacrificio ofrecido a Dios para evitar el castigo del pecado y para asegurarse del favor suyo.

* La justificación es el medio de pronunciar a una persona santa ante la ley, de manera que, en vez de ser condenada, la tal persona no solamente quede perdonada sino aceptada y tratada como si no fuera culpable.

* La fe, en su sentido más sencillo, es el hecho de creer un testimonio. Es decir, cuando una persona le dice algo, usted tiene confianza en aquella persona y lo que ha dicho. Este es el sentido más elemental de la fe, pero veremos más adelante que es no solamente el hecho de aceptar la palabra de Cristo como verídica, sino también confiar en Él como nuestro Redentor, y confiar en que sus promesas hechas a pecadores van a ser cumplidas.

También hay unos pocos puntos que espero no sea necesario probar; para ser breve, los voy a tomar por aceptados.

* Confío en que usted cree en la existencia de un Dios santo, justo y misericordioso.

* Confío en que usted tiene una conciencia que le permite distinguir entre lo bueno y lo malo.

* Confío en que usted cree en la inmortalidad del alma y el hecho de que va a rendir cuenta ante nuestro Creador y Juez de última instancia.

* Confío en que usted cree que la Biblia es la palabra de Dios y por esto de un todo verídica.

* Confío en que usted tiene alguna aprehensión personal en cuanto a la salvación.

Ahora, procediendo sobre estas bases, la primera pregunta importante es—

¿Por qué está usted perturbado?

 

¿Qué ha dado lugar a esta intranquilidad cuando reflexiona seriamente acerca de la muerte, el juicio y la eternidad? ¿Por qué se siente incómodo al pensar en el Todo-poderoso, sabiendo que va a estar de pie ante Él para oir una sentencia que fijará su destino eterno? ¿Por qué no tiene “la esperanza bienaventurada”, deseando “la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo”? Tito 2.13 ¿Por qué se alarma al recordar que Él viene?

La respuesta a estas preguntas es: Su ansiedad se debe a una conciencia de pecado. Nótese, una conciencia de pecado, y no el mero hecho de ser un pecador. Hay una multitud de pecadores que pasan meses y años sin perturbarse en lo mínimo, aunque saben que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. Hebreos 9.27

Ellos se acuestan de noche sin tener a Dios en sus pensamientos, y se levantan por la mañana para ocuparse en el trajín del día, o entregarse a los vicios de la carne, sin perturbarse por estar expuestos al justo juicio de un Dios que “está airado contra el impío todos los días”. Salmo 7.11 Es que “el malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos”. Salmo 10.4

Así que, no es simplemente por ser pecador que usted se preocupa por su alma, sino por haber sido concientizado de su pecaminosidad. En fin, el Espíritu de Dios está luchando con usted. Si Él no hubiera venido para convencer de pecado, usted estaría de un todo despreocupado acerca de su alma. Por esto debe reconocer su presencia y su poder, tanto para estimularle a buscar la salvación como para advertirle de la gravedad de contristar al Espíritu Santo.

La segunda pregunta es—

¿Qué es el pecado?

Es necesario entender claramente qué es el pecado, ya que hemos visto que es la conciencia del pecado que le hace a usted temer. Parece que algunas personas lo perciben como un mal misterioso, como una plaga, cuyos estragos vemos sin poder discernir su naturaleza. Pero la palabra de Dios nos muestra claramente qué es el pecado, y explica su sentido en el lenguaje más sencillo. Encontramos escrito en la Biblia que—

* El pecado es infracción de la ley, 1 Juan 3.4

* Por medio de la ley es el conocimiento del pecado, Romanos 3.20

* Yo no conocí el pecado sino por la ley, Romanos 7.7

* Sin la ley vivía en un tiempo, pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí, Romanos 7.9

Parece que el apóstol quiere decir, por el lenguaje que hemos citado, que antes de entender la naturaleza y el alcance del pecado, él estaba contento con su condición y estaba en paz consigo mismo. No se daba cuenta de ser pecador y de estar necesitado de misericordia. Pero cuando vino el mandamiento —es decir, cuando llegó a comprender qué exige la ley— él se veía como condenado. Se dio cuenta de cuán vil era, y “murió”. O sea, se sentía condenado a morir. Se sintió muy mal, porque se veía como culpable e indigno.

Por esto, si usted quiere conocer su verdadero carácter y condición, no debe compararse con los impíos en derredor, sino con la santa ley de Dios. Si ha obedecido siempre sus preceptos en pensamiento, palabra y hechos, usted no es un pecador. Pero si no, es un pecador en grande, no sólo por haber desobedecido una gran ley y haberse rebelado contra un gran Dios, sino por haber desatendido, o no aceptado, a Cristo, el único Salvador de los pecadores. Y, como veremos más adelante, una negación a creer en el nombre del unigénito Hijo de Dios es una ofensa, por decirlo así, por encima de todas las demás ofensas, y conlleva una condenación temible.

El caso es que las Escrituras declaran que nuestra naturaleza, que heredamos del caído Adán, es corrupta, y que somos “por naturaleza hijos de ira”, Efesios 2.3

Así como decimos que los tigres y las panteras son por naturaleza sanguinarios y feroces, o que los corderos y las palomas son por naturaleza pacíficos y tímidos, de la misma manera la Biblia nos autoriza decir que la raza humana es pecaminosa y por ende expuesta a ira. “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie”. Job 14.4 “He aquí”, dice el salmista, hablando no sólo por sí, sino por todos, “en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. Salmo 51.5 Pablo, por su parte, reconoció: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”. Romanos 7.18

Pero mi propósito en citar estos trozos no es meramente el de convencerle que su naturaleza es depravada —por importante que sea esta verdad— sino fijar su atención en los pecados que emanan de esta naturaleza que es nuestra, tan inevitablemente como un arroyo contaminado fluye de una fuente inmunda. Para que nos veamos culpables de estos pecados, es necesario, como he mostrado, estar al tanto de qué nos exige la ley de Dios, llevando en mente que “el pecado es la infracción de la ley”.

Esto nos lleva a la tercera pregunta—

¿Qué es la ley de Dios?

Mi objetivo al plantear esta pregunta es ayudarle a verse a sí mismo, en alguna medida por lo menos, cómo Dios le ve, y al ver su condición como es, resolver este asunto solemne de que necesita de un Salvador. Ahora, la ley de Dios es la regla que Él ha dado para regir nuestra conducta y gobernar nuestros corazones. Qué es aquella regla es algo que debemos aprender de la Biblia.

En cierta ocasión, cuando nuestro Señor estaba aquí sobre la tierra, un abogado le dijo, “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” Jesús le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”. Mateo 22.36 al 40

Ahora, usted se dará cuenta de que se nos manda a amar a Dios perfectamente, y obedecerle de un todo en pensamiento, en palabra y en conducta. También se nos manda amar a nuestros semejantes tan sinceramente como nos amamos a nosotros mismos, buscando los intereses y el bienestar de ellos tanto como nos interesamos por los nuestros.

Esta es la suma de las demandas de la ley. Todos pueden ver que requiere sólo lo que es justo. Amar supremamente a nuestro glorioso Creador, Guardián y Benefactor, y amar a las demás personas como nos amamos, sin duda es lo correcto. No obstante las pruebas y tristezas, feliz sería el mundo, sin duda, si todos hicieran esto.

Entonces, por cuanto “la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”, Romanos 7.12 y, “la ley de Jehová es perfecta”, Salmo 19.7, ella es inmutable; no cambia. Sin duda todos verán que una regla de vida que es santa, buena y justa no va a admitir modificación; y siendo sus requerimientos justos y sanos, nada hay más apropiado que cumplamos con ellos.

Esta ley es la expresión del carácter santo de Dios, y por esto es su voluntad inalterable para sus criaturas inteligentes y responsables. Refleja lo que Él es, y si Él no cambia, ni deja de ser lo que Dios es, la ley nunca podrá dejar de demandar que amemos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma y mente, y que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. “No penséis”, dice Cristo, “que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”. Ma-teo 5.17,18

Aun cuando el hombre se ha perdido por rechazar al solo Salvador, es su solemne deber, su obligación, obedecer los preceptos de la ley que se basa en su relación con Dios y el gobierno divino, y no en deberes temporales como las leyes ceremoniales de los judíos.

 

Pero otra cosa que aprendemos de la Biblia acerca de la ley es que es espiritual. “Sabemos que la ley es espiritual”, comenta Pablo. Romanos 7.14 Ella demanda el servicio del corazón, conoce los pensamientos secretos de la mente con todos sus deseos y propósitos. No basta, pues, que intentemos cumplir externamente con sus preceptos, “porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”. Ecle-siastés 12.14 “Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”. 1 Samuel 16.7

De ahí la ley pura y perfecta de Dios tiene que ver tanto con el corazón como con la conducta. Tomemos como ejemplos de todos los demás dos preceptos de la ley, los cuales mucha gente piensa haber observado cumplidamente.

El sexto mandamiento es, “No matarás”. Éxodo 20.13 Ahora bien, las Escrituras prueban que podemos desobedecer este mandamiento sin quitar una vida humana; ya que, “todo aquel que aborrece a su hermano es homicida”. 1 Juan 3.15 De manera que, si alguna vez usted ha aborrecido a otra persona, aun sin haber dado expresión a su odio, en el ojo de Dios usted es un homicida.

Y también el séptimo mandamiento: “No cometerás adulterio”. Éxodo 20.14 Sin duda hay miles de personas que se ofenderían al ser acusados de haber contravenido este precepto de la ley. Pero escuchemos qué dice el Señor Jesucristo acerca de su sentido en el fondo y su alcance: “Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Mateo 5.28 Es evidente que, por mucho que uno se congratule por estar sin culpa bajo este mandamiento, el tal debe llevar en mente que la codicia, el deseo, ha estado siempre en su corazón, y sin haber susurrado una sola palabra sucia, es culpable ante Dios.

Sería fácil mostrar que todos los otros preceptos de la ley se extienden al corazón además de la conducta, y que una obediencia externa no basta para cumplir con nuestras obligaciones a Aquel que “escudriña la mente y el corazón”, Apocalipsis 2.23. “Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones”. Proverbios 21.2

 

Pero hay otra cosa en cuanto a esta ley que le interesa grandemente a usted saber. Ella castiga; ella advierte que la desobediencia a sus santas exigencias traerá consecuencias funestas—

* El alma que pecare, esa morirá. Ezequiel 18.4

* Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley. Gálatas 3.10

* El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Romanos 5.12

* El pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. Santiago 1.15

Es claro, entonces, que la ley de Dios encierra una pena, y esa pena es la muerte. No citaré los muchos pasajes que explican qué quiere decir la Biblia por el término muerte como la pena de la ley. Si usted conoce su Biblia, sabrá que la palabra quiere decir más que la separación del alma del cuerpo. Sabrá que quedarse fuera del favor de Dios, con un alejamiento interminable de Él en los tormentos del infierno, constituyen esta temible suerte como el castigo del pecado. Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo”. Romanos 2.6 al 9

Se manifestará “el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron”. 2 Tesalonicenses 1.7 al 10 “Irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”. Mateo 25.46

¡Oh! cuán gran mal debe ser el pecado, cuando Dios, “fuerte, misericordioso y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad”, Éxodo 34.6, puede infligir sobre el pecador semejantes evidencias de su santo desagrado. Pero no debe sorprenderle aprender que hay una pena anexa a la infracción de la ley divina, porque sin pena no se puede mantenerla. Puede haber consejo o exhortación, pero no puede haber ley, ya que no habría confor-midad al estilo de vida que Él requiere, al no anunciar consecuencias funestas por la desobediencia.

Hay ciertas leyes, por ejemplo, que están diseñadas para nuestros cuerpos, y si las violamos, vamos a sufrir las consecuencias. Si metemos la mano en la candela, ¿no vamos a ser quemados? Si un obrero cae al suelo desde un edificio alto, ¿no va a ser aporreado? Si un corderito, feliz en sus brincos, se lanza de un precipicio, ¿no va a sufrir dolorosamente en las rocas abajo? Si un niño traga una sustancia venenosa que otro dejó descuidadamente a su alcance, ¿no habrá consecuencias lamentables? Sin duda todos sabemos las consecuencias tristes de hacer caso omiso de las leyes que rigen nuestros cuerpos y obran por nuestra salud.

Pero, ¿por qué? ¿Acaso nuestro Padre celestial se deleita en contemplar los sufrimientos y la angustia de sus criaturas? Oh no, pero continuamente nos hace ver que, aun cuando es infinitamente compasivo, Él no puede permitir que sean desatendidas las reglas suyas sin aplicar las sanciones del caso.

También hay leyes que gobiernan la mente, y las consecuencias desastrosas de desobedecerlas se ven en algunos de los casos de demencia. Al ver a esas personas infelices, o escuchar sus gritos (peor, su risa loca), uno podría pensar que el Dios que “no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres” Lamentaciones 3.33, debería poner fin de una vez a tanta miseria. Pero así no es. Él sabe que es mejor mantener vigentes esas leyes de la mente, y por esto permite la pena tan desagradable que aplican, hasta que se valgan de los remedios apropiados para dar lugar a la obediencia que sus preceptos definen.

Es de esperar, entonces, que la ley moral —es de ella que hablo— debería establecer sanciones. Es que el carácter y el gobierno de Dios, y el interés de todo ser inteligente, y hasta donde sabemos, la buena marcha del universo, hacen más necesario mantener esa gran ley que acomodarse a nuestra constitución física y mental.

Es inútil pleitear con los hechos, sea que usted entienda o no la razón; y el hecho es que la pena por el pecado es la muerte. La muerte temporal, la muerte espiritual y la muerte eterna. Es la sanción por haber violado la ley santa e inmutable que nos exige amar a Dios por encima de todo y a nuestros semejantes como a nosotros mismos.

Pero hay otra cuestión de interés inmediato que se relaciona con este tema. Deseo llamar su atención a la pregunta—

¿Usted ha desobedecido la ley?

No habría problema en apelar a la conciencia suya para responder a esta pregunta, pero hacemos bien en contar con el testimonio bíblico sobre un punto tan importante. Escuche, pues, su pronunciamiento, de veras acertado—

* No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Romanos 3.10 al 12

* Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque. Eclesiastés 7.20

* Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios. Romanos 3.23

* Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. 1 Juan 1.8

* Todos ofendemos muchas veces. Santiago 3.2

* Sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios. Romanos 3.19

Tal es el mensaje uniforme de la Biblia. Si ella enseña alguna verdad, es que hace saber en lenguaje por demás claro que nuestra naturaleza es depravada, que toda la raza humana ha caído, que cada uno de nosotros ha pecado, que todos hemos violado los preceptos de la santa ley de Dios y nos quedamos cortos de sus justos requerimientos.

Entonces, amigo, ¿qué es su verdadera condición? Más allá de toda duda, es ésta: Habiendo contravenido los preceptos de una ley inalterable, usted está expuesto a su pena. No hay escape. Y, hasta donde el razonamiento humano puede descubrir, no hay cómo escapar de un castigo feroz e interminable. Reflexione un momento. “De la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas”. Romanos 10.5 Pero si uno no cumple, ¿qué? Sencillamente, estamos obligados a concluir con el apóstol inspirado—

* Por medio de la ley es el conocimiento del pecado. Romanos 3.20

* Todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición. Gálatas 3.10

* Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Santiago 2.10

A la luz de estas citas es evidente que no podemos ser salvos por algo que hagamos, ya que todo precepto forma parte de la ley divina, y se pronuncia una maldición sobre quien no guarde algún detalle. Todos nos quedamos culpables si fallamos en un solo punto.

Certeramente, una ley que convence y condena no puede a la misma vez eximir de culpa, o aceptar a uno como santo. Dios promete vida eterna bajo la condición de una perfecta obediencia a sus mandamientos, y condena a la muerte cualquier desobediencia. Por cuanto usted es culpable de des-obediencia, queda entendido que procede la sanción; si no, la ley habrá sido deshonrada, el gobierno divino habrá sido desafiado y toda confianza en la santidad de Dios habrá sido echada al suelo.

De manera que usted tiene que ver de una vez la insensatez de intentar escapar de una consecuencia por cualquier esfuerzo propio, o por alguna noción de virtud propia, imaginándose que puede granjear el favor de Aquel que es “muy limpio de ojos para ver el mal”. Habacuc 1.13 Él “no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta”. Números 23.19 La dificultad está en que usted “ya es condenado”. Juan 3.18

Aun si pudiera desistir de pecar mientras lee estas palabras, su obediencia de aquí en adelante no podría expiar sus múltiples transgresiones en el pasado, ya que estaría sencillamente cumpliendo con su deber, cosa que ha debido hacer desde el primer día. Pero el hecho es que nunca podrá cesar de pecar al confiar en su propio esfuerzo. Aun aquellos que han sido los más sinceros en luchar por vencer el pecado se han visto obligados a exclamar, “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” Romanos 7.19,24

Entonces, ¿qué puede hacer? Nada, absolutamente nada, para hacerse santo. Usted no puede remediar su situación; está “vendido al pecado”. Romanos 7.14 Tiene que desistir de sí, si es que va a librarse de este estado de culpa y miseria.

Repasemos—

* Dimos por aceptado que usted siente alguna aprehensión o temor al reflexionar acerca de Dios, la muerte, el juicio y la eternidad.

* Afirmamos que esta intranquilidad es producto de una conciencia de pecado y es un resultado de la obra en gracia del Santo Espíritu.

* Vimos que el pecado es cualquier deficiencia en conformidad a la ley de Dios, o cualquier infracción de ella, y que esto queda agravado de manera especial por nuestra indiferencia ante el único Salvador de los pecadores.

* Destacamos que la ley, que requiere que amemos a Dios por encima de todo, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, no admite cambio; que es espiritual, y que establece una pena espantosa.

* Quedó sin disputa que usted y los demás de la raza humana han desobedecido los preceptos y por lo tanto están expuestos a su pena.

¿Qué hacer?

¿Qué plan puede diseñar la sabiduría humana para escapar las consecuencias temibles del pecado? “¿Serán fuertes tus manos en los días en que yo proceda contra ti? Yo Jehová he hablado”. Ezequiel 22.14 Con Dios “no hay mudanza, ni sombra de variación”, y Él ha declarado que el pecado será castigado. Hemos pecado, hemos pecado seriamente, y a falta de ayuda de lo alto de una manera que satisfaga las demandas de la ley, pronto debemos entrar en el mundo de los perdidos, “donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga”. Marcos 9.44

Puede que le parezca que yo he sido duro en decir estas cosas en mi afán de conducirle a usted paso por paso a una convicción de su propia indignidad y peligro. Pero, amigo mío, un enfermo tiene que reconocer que está enfermo para que acepte los remedios del caso. Y, antes de que yo pueda serle de mayor ayuda, usted tiene que saber y sentir que la justificación propia es imposible ante la ley; que está “bajo el juicio de Dios” Romanos 3.19; y que “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” Hebreos 10.31.

Entiéndase que no todos deben sentir estas cosas en la misma medida, o que usted debe sentirlas en el mayor grado. No, nada de eso; pero sí afirmo que debe reconocer su pecaminosidad e incapacidad para confiar en sí mismo para la salvación, ni en su religión, ni en sus esfuerzos. Si puede quedar persuadido a confiar de una vez, tierna y reposadamente, en las promesas de un Salvador Todopoderoso, mucho mejor. Pero si no, tendrá que ser persuadido por “el temor del Señor” 2 Corintios 5.11 y llevado, si el caso lo requiere, a las puertas del desespero.

Por esta razón he venido predicándole la ley en vez del evangelio. He intentado encerrarle, como dice el apóstol, a la sola esperanza, la única manera en que los pecadores pueden ser salvos. Será cuando Cristo sea revelado a su alma, y esperamos que al leer los escritos que restan [0160 y 0161], usted alabará al Señor por la salvación que Él ofrece, descansando felizmente en Él, como Él le ofrece en el evangelio.

Por mucho que mi lenguaje le parezca frío e insensible, es el lenguaje de amor; es el lenguaje que Dios emplea, y “como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen”. Salmo 103.13. Es el lenguaje del Señor Jesucristo, quien le anhela con una ternura inexplicable; es el lenguaje del Espíritu Santo quien le está invitando ahora, y quien en gracia ofrece renovar su corazón y hacerle partícipe de la herencia de los santos en luz.

Los autores sagrados, usted observará, razonaban de la manera que he intentado débilmente seguir. Vez tras vez escribieron sobre la naturaleza y el alcance de la ley divina, con el fin de convencer a la gente de su ruina y luego dirigirla al Salvador. Ellos expusieron que “si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes. Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe”. Gálatas 3.21 al 24

Esto nos conduce naturalmente a considerar en el próximo escrito La obra del Salvador por el pecador.

 

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