El maestro como alumno (#768)

El maestro como alumno

 A. P. Gibbs, 1890-1967

Estados Unidos de América

 

                                Contenido

Estudiar las Escrituras

Estudiar al Salvador

Estudiar a los estudiantes

Estudiarnos a nosotros mismos

 

 

Quien enseña debe aprender; quien imparte debe recibir. Vamos a hablar de:

  • Estudiar las Escrituras.
  • Estudiar al Salvador.
  • Estudiar a los estudiantes.
  • Estudiarnos a nosotros mismos.

El maestro cristiano debe ser un discípulo si va a “hacer discípulos a todas las naciones”, Mateo 28.19. Un discípulo es un alumno, y debe tener en mente siempre la orden del gran Maestro quien dijo, “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí”, Mateo 11.29. De esta escuela de Cristo nadie se gradúa; un alumno allí lo es de por vida. Por cierto, la muerte simplemente introduce a cada cristiano a una esfera donde su instrucción continuará para siempre jamás, ya que leemos que “en los siglos venideros” Él va a mostrar las abundantes riquezas de su gloria, Efesios 2.7.

Bien se ha dicho que de todos aquellos en el mundo que deberían ser aprendices, los maestros están a la cabeza de la lista. El hecho es que no podemos ser maestros si no somos alumnos, ya que cuando un maestro deja de aprender, él o ella deja de enseñar de veras. Si no estudia, no puede inspirar a otros que estudien, ya que la lección del día se imparte con base en el estudio del día. Cuando la mente del maestro se cierra, la del alumno no puede ser abierta.

Es peligrosísima la persona que cree saber todo lo que hay para saber, y por tanto no tiene que aumentar sus conocimientos. A esta clase Dios dice; “Si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo”,      1 Corintios 8.2. Acertadamente pronunció Salomón: “Oirá el sabio, y aumentará el saber, y el entendido adquirirá consejo”, Proverbios 1.5.

Al decir de 2 Pedro 3.1, ahora vamos a despertar con exhortación nuestro limpio entendimiento, trayendo a la memoria lo que Dios dice en cuanto a nuestra capacidad tan limitada:

  • Nada hemos traído a este mundo, 1 Timoteo 6.7
  • La carne para nada aprovecha, Juan 6.63
  • No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo, Juan 3. 27
  • El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña, Gálatas 6.3
  • Si uno se imagina saber algo, aún no sabe nada como debe saberlo,
    1 Corintios 8.2
  • Separados de Cristo nada podemos hacer, Juan 15.5
  • Sin duda nada podemos sacar de este mundo, 1 Timoteo 6.7

Cuán bueno es saber, en vista de estas afirmaciones que tanto humillan a uno, que a Dios le agrada escoger y utilizar “lo vil del mundo y lo menospreciado … y lo que no es, para deshacer lo que es”, 1 Corintios 1.28.

 

1 ‑ Estudiar las Escrituras

 

Resueltamente no hay sustituto para el estudio de nuestra Biblia. Nadie puede hacerlo por nuestra cuenta, así como ninguna otra persona puede cumplir con el deber particular de cada uno de orar, servir, dar o dedicarse al Señor Jesucristo. El conocimiento de la palabra de Dios es el privilegio y responsabilidad de cada cual de por sí.

Si la obra de la escuela dominical ¾o cualquier otro formato de evangelización o instrucción al pueblo de Dios¾ es la de impartir la palabra de Dios a la mente, conciencia y corazón del alumno, entonces el maestro debe conocerla por haberla aprendido diligentemente. Él tiene que seguir el ejemplo de Aquel que dijo, “Lo que sabemos hablamos”, Juan 3.11.

Cada maestro debería estudiar la Biblia en por lo menos cinco maneras:

Primero, debería estudiarla consecutivamente,
para información.

Es decir, debe conocer la Biblia en conjunto, cosa que se logra sólo con leerla corrida desde el principio hasta el final. Esta no es una tarea tan abrumadora como suena. Se puede leer la totalidad de la Biblia en tal vez 54 horas a un ritmo de 250 palabras por minuto. Al leer tres capítulos del Antiguo Testamento cada mañana y dos capítulos del Nuevo Testamento cada noche, es posible leer todo el Antiguo una vez al año y el Nuevo dos veces al año.

Nada puede sustituirla la falta de un conocimiento general de la Biblia. Se trata de un libro interesante que se vuelve más fascinante cada vez que uno lo considera. Lo menos que el maestro que puede hacer es tratar las Escrituras con la misma cortesía que manifiesta para cual­quier otro libro. Por esto debe leerlo en su totalidad y abrazar su mensaje como un conjunto. Debe fijar para sí una práctica definida que le permitirá leer cada página por lo menos una vez al año.

Segundo, debería estudiarla doctrinalmente,
para estabilización.

David preguntó en Salmo 11: “Si fueren destruidos los fundamen­tos, ¿qué ha de hacer el justo?” La tragedia es que muchos cristianos ignoran qué constituye esos fundamentos, y por lo tanto son incapaces de discernir los avances del enemigo o combatir las doctrinas falsas con la sana enseñanza de la palabra de Dios.

La meta mínima es tener en cuenta las grandes doctrinas que la Biblia revela, de manera que pueda decir con Pablo: “Cristo … a quien (i) anunciamos,
(ii) amonestando a todo hombre, y (iii) enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de (iv) presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre”, Colosenses 1.28. Por esto el maestro hace suya la verdad de la persona y obra de Cristo, la persona y obra del Espíritu Santo, la inspiración divina de las Sagradas Escrituras, el pecado, la redención, la regeneración, la salvación, la santificación, la Iglesia y las iglesias, la segunda venida, el estado eterno de los redimidos y el estado eterno del perdido.

Tercero, debería estudiarla típicamente,
para ilustración.

La Biblia es un gran libro ilustrado, ya que abunda en tipos (a saber, figuras) e ilustraciones de la persona y la obra de Cristo. Todas las varias ofrendas, los muebles y hermosos adornos del tabernáculo y los ritos en su respectivo detalle son como piezas un rompecabezas, las cuales, puestas en su debida relación la una con la otra, presentan un cuadro completo conforme su Hacedor quería. Nuestro Salvador mismo dijo: “Escudriñad las Escrituras … ellas son las que dan testimonio de mí”, Juan 5.39. De nuevo Él pronunció proféticamente: “He aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí”, Hebreos 10.7. A los desanimados discípulos en el camino a Emaús “les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”, Lucas 24.27.

Todos los incidentes en la historia de Israel sirven para ilustrar verdades reveladas en el Nuevo Testamento, ya que está escrito: “Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros”, 1 Corintios 10.11. Hagamos uso abundante de este tesoro, y de esta manera aclararemos la verdad que deseamos comunicar al alumno ¾niño, adulto; inconverso, creyente¾ “acomodando lo espiritual a lo espiritual”, 1 Corintios 2.12 al 14.

Cuarto, debería estudiarla dispensacionalmente,
para aplicación.

Las dispensaciones ilustran la base del trato de Dios con el hombre a lo largo de las épocas de la historia. Hay muchos que niegan el concepto de dispensaciones ¾períodos de administración, o gobierno divino¾ y hay también quienes lo enfatizan en demasía. El maestro debe guardar equilibrio, “discerniendo las diferencias”. (O, como lo expresan algunas traducciones, “aprobar las cosas que difieren entre sí”, Filipenses 1.10).

Uno debe distinguir entra la ley y la gracia; la Iglesia de Dios y el reino de Dios; el judío, el gentil y la Iglesia; el tribunal de Cristo para el creyente y el gran trono blanco para el incrédulo; el sábado y el día del Señor; los dones y los galardones; etc. Debe descubrir dónde están dispensacionalmente en el programa de Dios. Todo esto le permitirá llegar a ser “obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”,2 Timoteo 2.15.

Quinto, debería estudiarla devocionalmente,
para inspiración.

Hay el peligro un tanto imperceptible de que el maestro llegue a ser tan entregado a instruir a otros que descuide su propia alimentación espiritual. Esto produce aridez con males que son gemelos: el seco formalismo y la impotencia. Haríamos bien en aprender de la vaca. La vemos paseando por los ricos pastos hasta satisfacerse y luego acostada a la sombra de un árbol para asimilar lo que ha acumulado. Al rumiar, ella está repasando lo que ya tiene, y el beneficio se hace evidente a la hora del ordeño. Claro, ella no come ni rumia con miras a damos leche a nosotros; ¡su interés es satisfacerse a sí misma! Pero al satisfacer su propia necesidad nos está favoreciendo a nosotros.

Nosotros los maestros debemos “pacer” en la palabra de Dios. La meditación sobre lo que hemos captado redundará en provecho para nuestros oyentes, a saber, “la leche espiritual no adulterada” que permite crecer para salvación y “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.

Cambiando la figura, diremos que cada maestro debe cultivar el huerto de Edén de su propia alma antes de intentar cultivar el huerto de otros, acaso tenga que confesar a la postre, al son de la esposa en Cantares 1.6: “Me pusieron a guardar las viñas; y mi viña, que era mía, no guardé”. La gran necesidad de quien enseñe es la santidad en su propia vida, una devoción propia a Cristo, una dependencia personal en la abundante gracia de Dios junto con la sabiduría que viene de lo alto. “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra”, Santiago 1.5,6.

 

2 ‑ Estudiar al Salvador

 

“Considerad a Aquel”, Hebreos 12.3. Nos corres-ponde cantar: “Más de Jesús quiero aprender, más de su gracia conocer …” Nicodemo dijo de Él: “Sabemos que has venido de Dios como maestro”, Juan 3.2. María escogió la buena parte al sentarse a los pies de Jesús y oir su palabra, Lucas 10.39,42. El testimonio de aquellos que escucharon a Él fue que enseñaba como uno que tenía autoridad.

Vamos a considerar cuatro características del gran Maestro: sus recursos, sus motivos, su estilo y su metodología.

Primero, consideraremos
los recursos del Salvador,
o sus aparejos espirituales.

Tengamos presente que Él vivió cual hombre y maestro de la misma manera que nosotros deberíamos vivir la nuestra como cristianos y maestros, “dejándonos ejemplo, para que sigamos sus pisadas”, 1 Pe­dro 2.21.

  1. En primer lugar, Él vivió en entera dependencia de su Padre y entera devoción a Él. “Vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”, Hebreos 10.7. La voluntad de Dos era el objetivo supremo de su vida, y en una ocasión dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra”, Juan 4.34. También: “Yo vivo por el Padre”, 6.57. Esta dependencia exclusiva se manifestó en las noches enteras que pasó en oración. El tenor de su vida quedó resumido en las palabras que pronunció en las sombras del Getsemaní: “Padre mío … hágase tu voluntad”, Mateo 26.42.

Si nosotros vamos a ser maestros, Él quiere que nos entreguemos a Él, de suerte que comprobemos “cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”, Romanos 12.2. Es por demás significativo que la oración que Él enseñó a sus discípulos rece en parte, “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”, Mateo 6.10. Solamente en la medida que vivamos dependientes de Él y devotos a Él, vamos a estar en condiciones de seguirle en la senda que nos ha trazado.

  1. En segundo lugar, Él vivió aquí bajo el control absoluto del Espíritu de Dios. Es maravilloso trazar esta sumisión en la vida del Señor:

En su encarnación se le informó a María que “el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”, Lucas 1.35.

En su bautismo el Espíritu descendió sobre Él como paloma, Mateo 3.16,17. Fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo, 4.1.

Al inicio de su ministerio público Él anunció: “El Espíritu del Señor está sobre mí”, Lucas 4.18.

En cuanto a su muerte expiatoria, leemos que “mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios”, Hebreos 9.14.

Finalmente, “fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”, Romanos 1.4.

De la misma manera, si nosotros aspiramos a obedecer el manda­miento del Señor a “hacer discípulos a todas las naciones”, tendremos que ser guiados y controlados por el Espíritu de Dios quien ha morado en nosotros a partir del momento en que confiamos en Cristo por salvación; Efesios 1.13. Se nos exige estar llenos del Espíritu, Efesios 5.18, y guiados por Él en sendas que agradan a Cristo, Gálatas 5.18. Se nos advierte no contristar al Espíritu Santo, con el cual fuimos sellados para el día de la redención, Efesios 4.30. Sin la operación suya en y por medio de nosotros, no se puede llevar a cabo una obra eficaz, ni en la presentación del evangelio ni en la instrucción del pueblo de Dios. Certeramente, “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová”, Zacarías 4.6.

  1. En tercer lugar, Él vivió aquí en perfecta obediencia a la palabra de Dios. Amaba, estudiaba, obedecía y empleaba este libro a lo largo de todo su ministerio. De Él fue dicho: “Jehová el Señor … despertará mañana tras mañana … mi oído para que oiga como los sabios”, Isaías 50.4. Citaba constantemente la palabra de Dios, declarando que no podría ser quebrantada. Reafirmó y ratificó la palabra de Dios. Podía declarar en todas las Escrituras lo que de Él decían, Lucas 24.27,44.

Si aspiramos enseñar con la autoridad que Él desplegaba, nosotros también tendremos que amar, estudiar, conocer, obedecer y emplear nuestras propias biblias. Nuestros logros, o falta de ellos, como maestros están en función de nuestra disposición de seguirle a Él en su dependencia de y devoción al Padre, en su control por el Espíritu de Dios, y su obediencia a toda la voluntad de Dios revelada en su palabra.

Segundo, notemos
los motivos del Salvador.

Por “motivos” queremos decir los principios que gobernaban lo que Él enseñó y su comportamiento en servir. Se destacan:

Su amor y devoción a Aquel que le envió. “Yo y el Padre uno somos”, Juan 10.30. Eran uno en corazón y propósito. “Me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar”, 10.17.

Su pasión, misericordia y gracia hacia los perdidos y culpables. Vez tras vez se dice de nuestro Señor que tuvo compasión del pueblo. Su corazón abrazaba en amor infinito a los que el pecado había echado a perder.

Su propia abnegación en bien de los que amaba, buscaba, quería salvó y enseñó. “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir,
y para dar su vida en rescate por muchos”, Marcos 10.45. Cual buen Pastor Él gustosamente puso su vida por las ovejas; Juan 10.11. El amor siempre se mide en función de sacrificio, y el amor de nuestro Salvador queda manifestada ampliamente por el sacrificio sin medida que hizo por los suyos.

Vamos a estar en condiciones de salir y enseñar, en cumplimiento con la comisión que Él dio, solamente en la medida en que estos principios nos motivan y controlan. Nosotros también debemos amar a los que buscamos y conducimos. Esto conllevará el sacrifico de tiempo, energía, talento, dinero y de uno mismo.

Pero la recompensa es rica; viene día cuando Él, cual Juez justo, evaluará acertadamente y premiará abundantemente todo lo hecho a favor suyo. No será la cuantía de nuestro servicio que evocará su encomio, sino el motivo que dio lugar a aquel servicio. Si este motivo es un puro afán de glorificar á Cristo, podemos estar seguros de un galardón más que adecuado.

Tercero, vamos a considerar
el estilo del Salvador.

Un repaso de los cuatro Evangelios impresionará al lector de tres rasgos sobresalientes: su amabilidad, denuedo y fidelidad.

  1. Su amabilidad: Tenía tacto; era diplomático, cortés. ¡Tenía consideración por los demás! Él procuraba ganar la confianza de quienes le escuchaban. A los niños les encantaba juntarse en torno de Él, contando todos con franco acceso. Fue llamado amigo de publicanos y pecadores, y esto le agradó.

El maestro de escuela dominical, y otros maestros, deben ser amistosos y accesibles si aspiran ganar los alumnos para Cristo. La actitud de “soy más santo que tú” jamás ha ganado a una sola alma. Todavía está vigente la norma que, “El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo”, Proverbios 18.24. Una postura de frialdad, alejamiento y critica no refleja la del amoroso Salvador a quien profesamos representar.

  1. Su denuedo: Cuando era momento para hablar sin temor del costo del discipulado, Él no buscaba esquivar, aun cuando “muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él”, Juan 6.66. Veámosle también con azote de cuerdas, corriendo del templo a los que convertían la casa de su Padre en cueva de ladrones; Juan 2.

Aun cuando sabía todo lo que le esperaba en Jerusalén a manos de hombres impíos, Él puso su rostro como pedernal sin permitir que nadie le desviara a la senda que condujo a Getsemaní, Gabata y Gólgota. Nosotros también tendremos que emularle en su defensa de la verdad a todo costo; Judas 3 habla de contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.

  1. Su fidelidad: Él entregó todo el mensaje que Dios le había dado para declarar. “Las palabras que me diste, les he dado”, Juan 17.8. Feliz el maestro que puede decir sinceramente, en la soledad de la presencia de Dios, que él o ella ha dado todas las palabras que el Señor le dio para dar. Nos toca como maestros emular la amabilidad, denue­do y fidelidad de nuestro Señor, de manera que la palabra suya sea impresa en los corazones de nuestros oyentes.

Cuatro, consideraremos la metodología
del Salvador al instruir.

Sus métodos eran muchos y bien ajustados a la capacidad del individuo o grupo que estaba instruyendo. Nombraremos siete.

  1. Por parábolas. ¡Y maravillosas eran! Aquí tenemos autorización para las historias “supongamos que …”. a saber, algo que podría ser cierto en la vida real. Reflexionemos en el impacto sobre uno al escuchar la parábola del hijo pródigo, o la emoción de la gente al oir paso por paso la parábola del bueno samaritano. Sin embargo, es importante notar que se enfatiza una sola verdad en cada parábola. No debemos intentar acomodar todos los detalles de una parábola al aplicarla, sino hacer hincapié en la verdad central que encierra.
  2. Por relatos. Jesús narraba incidentes, casos específicos, y sacaba lecciones de ellos. Esta técnica ofrece mucha oportunidad para el maestro, ya que la historia, sagrada o profana, antigua y contemporá­nea, está llena de acontecimientos que ilustran las grandes verdades de la palabra de Dios.
  3. Por objetos. Cristo hablaba de cielo y tierra para ilustrar su doctrina. Hablaba del pan, agua, puerta, vela, vid, aves, flores, viento, sol, árboles y más. Él empleaba lo visible para ilustrar lo invisible, lo temporal para aclarar lo eternal. Aquí está nuestra carta para las lecciones que emplean objetos o artículos en nuestras clases o ministerios, utilizando el ojo como camino al corazón del oyente.
  4. Por preguntas. Las preguntas de nuestro Señor merecen estudio por parte del maestro hoy día. Los cuatro Evangelios registran más de ciento cincuenta. A menudo Él lanzaba una pregunta a sus oyentes con el fin de estimular la reflexión o generar convicción. El maestro haría bien en anotar cuidadosamente una lista de preguntas con que probar el conocimiento del grupo y descubrir sus reacciones a la enseñanza.
  5. Por ejemplos. Juan 13 proporciona un ejemplo de este método. Habiendo lavado los pies de los discípulos, el Señor les dijo: “También debéis lavaros los pies los unos a los otros”. El maestro nunca logra su propósito tanto como cuando su propia vida es un ejemplo de lo que está enseñando. En contraste, Cristo dijo de los fariseos: “No hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen”, Mateo 23.3. Bien se ha dicho que lo que hacemos habla tan duro que el mundo no puede oír lo que decimos.
  6. Por milagros. Cada milagro es una parábola en acción. Él no sólo dijo, “Luz soy del mundo”, sino lo probó a dar luz a uno nacido ciego; Juan 9. No sólo dijo, “Soy la resurrección y la vida”, sino resucitó a muertos. El milagro de la regeneración, visto en las vidas cambiadas de personas que han sido salvas, impresiona la necesidad del nuevo nacimiento sobre la mente del oyente o alumno.
  7. Por exposición. Este método es sencillamente el sermón. Es la declaración de ciertas verdades que no admiten otra interpretación. En una ocasión los discípulos le dijeron a Cristo: “He aquí ahora hablas claramente, y ninguna alegoría dices”, Juan 16.29. Es el método usado mayormente en clases de adultos.

 

3 ‑ Estudiar a  los estudiantes

 

Visualicemos un maestro y una clase delante él, vamos a decir de muchachos y muchachas. ¿Qué sabe de ellos? Que cada cual se pregunte a sí mismo, ya que es importante saber no sólo qué enseña­mos, sino a quiénes. El maestro debe estar consciente de la persona­lidad, la capacidad y la posibilidad de sus alumnos.

Primero, debe estudiar
sus personalidades
.

Nos referimos al carácter de los alumnos. Cada miembro del grupo tiene una personalidad propia. La producción en línea está muy bien para la fábrica, pero no aplica a los seres humanos. Dios es un Dios de variedad infinita; ni siquiera las hojas de hierba, o los copos de nieve, duplican el uno al otro. Hay una sola María y un solo Juan.

Con todo, hay semejanzas en la familia humana, y las Escrituras reconocen: “Como en el agua el rostro corresponde al rostro, así el corazón del hombre al del hombre”, Proverbios 27.19. Esto nos conduce al estudio fascinante de la psicología bíblica. Por “psicología” queremos decir la ciencia del alma en sus funciones. Se pregunta en 1 Co-rintios 2:11: “¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?” En otras palabras, nadie puede entender a una persona si no posee el espíritu de una persona.

Hay por lo menos dos verdades que el maestro debe saber en cuanto a la personalidad. La primera es que ese alumno es un ser tripartito, compuesto de espíritu, alma y cuerpo; 1 Tesalonicenses 5.23.

Es a través del cuerpo y por medio de los cinco sentidos ¾vista, oído, tacto, olfato y gusto¾ que cada persona se hace consciente del mundo en derredor. ¡El maestro lo sabe a su pesar cuando algún ruido o escena distrae la atención de su clase o auditorio! Es a través del alma que el individuo se hace consciente de sí mismo. Él analiza las impre­siones que ha recibido por sus sentidos y llega a ciertas conclusiones, bien a su agrado, o desagrado o indiferencia. Estas impresiones determinan su actitud hacia lo que ve y oye. Por el espíritu de uno Dios puede comunicar con él directamente. Por el espíritu uno es consciente de Dios. Esta es la parte más sublime de la naturaleza humana y es lo que distingue el ser humano de la mera vida animal. Es la fortaleza que debe ser ganada para Cristo.

La segunda verdad que el maestro debe tener por delante es que la personalidad propia de cada alumno se manifiesta por su intelecto, sus emociones y su voluntad.

El intelecto le capacita al alumno a adquirir y reproducir conocimiento. Las emociones le permiten expresar lo que siente acerca de lo que sabe. Su voluntad es lo que le permite decidir y actuar con base en lo que sabe y siente. La personalidad es una cosa sagrada que Dios respeta y nunca obliga. El maestro procura percibir la individualidad de su alumno y luego emplea los medios más idóneos para alcanzar su inteligencia, influenciar sus emociones y estimular su voluntad a decidir por Cristo y la palabra de Dios.

Segundo, debe estudiar
sus capacidades.

Las escuelas públicas y privadas suelen clasificar sus estudiantes en “grados” o “años” conforme a su progreso. Las varias clases se adaptan a la capacidad de sus componentes. Tengamos presente que la Biblia distingue entre adulto y niño. La lecha de la palabra es para el menor que es nuevo en la fe, mientras que la comida sólida es para los maduros en experiencia cristiana; Hebreos 5:12 al 14.

Volvamos a la clase que ya hemos visualizado. ¿Cómo va a saber el maestro la capacidad de cada estudiante o qué sabe el grupo en con­junto? La única manera es por preguntas bien adaptadas y presentadas. Según sean las respuestas, él o ella puede comenzar a conducir sus oyentes (o deberíamos decir “participantes”) a algo mayor. Muchas son las buenas lecciones que el viento ha llevado porque el maestro no se dio cuenta de que sus alumnos no entendían la materia expuesta,

La próxima pregunta es cómo se puede aumentar la capacidad del alumno. Solamente por usar lenguaje que él o ella entiende, ilustracio­nes que puede captar y repaso que sirve de fijar la lección en su mente. Es mucho más deseable que una sola lección sea captada bien que cien lecciones que no comunican nada a los alumnos. Mientras más visite el maestro a los hogares del estudiantado, más va a darse cuenta de su grado de comprensión. Pero lo que más va a fijar la lección en el corazón del alumno es ver que su maestro la vive día a día.

Tercero, debe estudiar
sus posibilidades.

Dentro de pocos años aquellos muchachos y muchachas serán hombres y mujeres maduros. Y, no todos los adultos en el estudio bíblico van a estar. Estas realidades hacen que la obra del maestro sea solemne y sublime a la vez. Está construyendo para la eternidad, y no debe reposar hasta haber puesto a Cristo por delante sus alumnos hasta que sean ganados para Él, sea en la salvación o en la dedicación como creyentes. Se ha estimado que las tres cuartas partes de los que reciban a Cristo como Salvador, lo hacen antes de la edad de 20 años. Esta período formativo es corto; las impresiones formadas en la niñez y juventud perduran de por vida.

¿Quién sabe que ese muchacho travieso, si se gana para Cristo, no va a ser un honrado siervo suyo. Charles Spurgeon era niño en un tiempo; Francas Ridley Havergal no nació poetisa madura. El maestro concienzudo anhela decir en el día de Cristo: “He aquí, yo y los hijos que Dios me dio”, Hebreos 2.13.

 

 

4 ‑ Estudiarnos
a nosotros mismos

 

La Biblia habla mucho de la necesidad del examen propio, el conocimiento de uno mismo, la disciplina propia y el autocontrol. El apóstol Pablo, por el Espíritu Santo, escribió una carta a uno que debía enseñar la palabra de Dios a los demás; “Esto manda y enseña”, le dijo, 1 Timoteo 4.11. En su carta a Timoteo encontramos un caudal de consejos provechosos para aquellos que hacen esto mismo:

… cómo debes conducirte
en la casa de Dios”, 1 Timoteo 3.15.

Si el maestro espera, como debería, que cada alumno en su clase va a comportarse bien, entonces él mismo debe dar el ejemplo en su propia conducta. Tendrá que disciplinarse a sí mismo sin piedad para vencer cualquier costumbre o bufonería. Desde luego, debe ser puntual en su llegada a la escuela dominical, estudio bíblico o reunión de ministerio. Dicho sucintamente, él cumple con Tito 2.7: “… presentándote tú en todo como ejemplo”.

“Ejercítate para la piedad”,
1 Timoteo 4.7.

Como mínimo, el maestro debe ejercitarse en cuanto a su conciencia, mente, vida y cuerpo.

Pablo podía testificar que procuraba tener siempre “una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres”, Hechos 24.16. Es una aspiración costosa, especialmente en lo de siempre, pero es esencial en el servicio cristiano. En cuanto a la mente, citamos Hebreos 5.14: “El alimento sólido es para los que … por el uso tiene los sentidos ejer­citados en el discernimiento del bien y del mal”. Él tiene que ser más instruido que sus oyentes si va a ser útiles para ellos. Confianza en la infidelidad de las Escrituras es fundamental; la ciencia falsamente llamada no tiene cabida en la mente del maestro de cosas espirituales.

La vida espiritual es el tema de nuestro versículo: “Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera”. El estancamiento espiritual es un peligro, como lo es volverse rutinario y fríamente formal en la clase y fuera de ella. El anhelo de Pablo era conocer a Cristo “y el poder de su resurrección”. Dijo que proseguía, “por ver si logro asir aquello para lo cual fui tam­bién asido por Cristo Jesús”, Filipenses 3.10 al 14. “Vamos adelante”, Hebreos 6.1, es nuestro lema.

“El ejercicio corporal para poco es provechoso”. Si bien es de valor reducido en comparación con el ejercicio, en las cosas espirituales, sí tiene provecho. El cuerpo exige y merece atención. Lo físico guarda más relación con lo espiritual que muchos nos imaginamos. El maestro se dará cuenta de que él es su mayor enemigo, y por esto guarda vigilia sobre sí. He visto en la pared de una escuela dominical una placa que reza: “Cuide sus palabras, hechos, pensamientos, amistades y corazón”. Bien dicho; el precio de la paz es la eterna vigilancia.

Precepto es del Señor que gloria yo le dé,
cuidando el alma que me dio, viviendo por la fe.
Ejemplo debo dar; mi vocación cumplir
y mis talentos dedicar a Cristo en servir.
En oración velar, confiando sólo en él.
Si fuere de olvidar capaz, perdido me veré.

“… te salvarás a ti mismo”,
1 Timoteo 4.16.

El versículo es: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”. ¿En qué sentido el maestro se salva a sí mismo? ¿Por qué termina el himno, “perdido me veré?” Aseguradamente el sentido es guardarse del fracaso, esterilidad, decepción, perdida de galardón y tristeza en la esfera de cosas divinas. Está por delante el tribunal de Cristo, con su intenso escrutinio y correspondiente galardón o falta de galardón. De esto leemos, por ejemplo, en 1 Co-rintios 3.10 al 15. Si vamos a guardarnos de pérdida en “aquel día”, tendremos que comenzar en “este día” con miras a la corona, por servicio sincero, abnegado, amoroso.

“Consérvate puro”,
1 Timoteo 5.22.

Es cierto que el creyente está siendo guardado por el poder de Dios, 1 Pedro 1.5, pero a la vez es cierto que debe guardarse de todo lo que sabe le sería de estorbo en el servicio del Señor.

“Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”, 1 Corintios 9.27. Estos “golpes” no eran para autodestrucción, sino autoconservación; Pablo era maestro de su propio cuerpo. En 2 Timoteo 2.7 leemos que “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio, o disciplina de uno mismo. De las nueve manifestaciones del fruto del Espíritu en Gálatas 5,22,23, el último es la templanza.

“Hijitos, guardaos de los ídolos”, 1 Juan 5.21. Otra manera de conservarse es de rechazar todo lo que desplazaría a Dios de nuestras vidas. Hay muchos “ídolos” que en sí no son malos, pero le exigen a uno la dedicación que le corresponde sólo al Maestro del maestro. El lado positivo se expresa en: “Conservaos en el amor de Dios”, Judas 21. De que Él nos ame, no lo dudamos, pero ¿le amamos a Él porque Él nos primero? O sea, ¿dejamos que nos ame?

“La religión pura y sin mácula delante de Dios es … guardarse sin mancha del mundo”, Santiago 1.27. ¡Ah, mundo! Todo maestro sabrá de memoria, y debe tener muy en cuenta que todo lo que hay en el mundo, según explica
1 Juan 2.16, consiste en los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Que nos guardemos sin mancha de las tales manifestaciones del pecado.

“Apártate de los tales”,
1 Timoteo 6.3 5.

El apóstol ha hablado en este párrafo de aquellos que enseñan mala doctrina, los envanecidos, contenciosos y aun “hombres corruptos de entendimiento”. De éstos, dice, “apártate”. Las amistades, atracciones y argumentos que no honran a Cristo, tampoco le interesan al maestro fiel a su Señor. El que instruye para honrar a su Señor puede decir con Pablo: “Procuramos … serle agradables”, 2 Corintios 5.9.

Hemos hablado, pues de estudiar las Escrituras, estudiar al Sal­vador, estudiar a los estudiantes a quienes aspiramos enseñar,
y estudiamos a nosotros mismos. Creemos necesario hacer todo esto para ser “obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”, 2 Timoteo 2.15.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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