El don de Dios (#318)

 

El don de Dios

Charles Chiniquy

 

El monseñor Charles Chiniquy nació en Kamuraska, Provincia de Quebec,
el 2 de julio de 1809 y murió en Montreal, Canadá, el 16 de enero de 1899.

I

Nací en 1809 en la iglesia católica y romana y fui ordenado sacerdote en 1833. Por veinti­cinco años fui sacerdote y digo con toda franque­za que amaba a la iglesia y ella me amaba a mí. Estaba dispuesto a derramar sangre por mi iglesia, y habría dado mil veces mi vida por extender su poder y dignidad en todo el continente americano y en el mundo. Mi gran ambición era convertir a los protestantes, porque así se me enseñó y así prediqué, que fuera de Roma no había salvación. Me entristecía mucho que aquellas multitudes de protestantes tendrían que perderse.

Cuando yo era pequeño, nos mudamos a un lugar en donde no había escuelas. Mi querida madre fue mi primera maestra, y el primer libro en que me enseñó a leer fue la Biblia. Cuando tenía ocho o nueve años, leía el divino Libro con increíble placer y mi corazón se arrobaba con la hermosura de la Palabra de Dios. Mi madre escogía los capítulos, y yo ponía una atención tal que muchas veces rehusaba jugar con los muchachos para solazarme con el placer que me producía la lectura del Santo Libro. Me gustaban algunos capítulos más que otros, y los aprendía de memoria.

Mi madre murió repentinamente, y poco después la Biblia desapareció de la casa. Probable­mente algún sacerdote había enviado a otro para que se la llevara. Aquella Biblia es la raíz de toda la historia de mi conversión. Fue la luz puesta en mi alma siendo yo joven, y gracias a Dios que esa luz nunca se ha extinguido. Es a aquella querida Biblia, por la misericordia de Dios, que debo el gozo inefable que siento de estar entre los redi­midos, entre aquellos que beben de la fuente de la pura verdad.

Pero quizás diréis, “¿No permiten los sacerdotes catolicorromanos que sus feligreses lean la Biblia?” Sí, y doy gracias a Dios que así es; y es probable que se jacten de este privilegio. Es un hecho que hoy, casi por todo el mundo, se concede permiso de leer la Biblia, y encontraréis la Biblia en las casas de muchos católicos.

Pero una vez que hemos confesado esto debe­mos decir la verdad. Cuando el sacerdote de Roma pone una Biblia en las manos de sus feligreses, o recibe una de su iglesia, hay una condición. Es que él y ellos pueden leer la Biblia, pero jamas interpretarla. Cuando fui ordenado sacerdote jure que interpretaría las Escrituras conforme al con­senso unánime de los Santos Padres.

Luego, amigos, id a los católicos que conocéis y preguntadles si tienen permiso para leer ese libro. Dirán, “Sí, puedo leerlo”. Pero pregun­tadles, “¿Tendréis permiso para interpretarlo?” Os dirán, “¡Oh! no”. La iglesia dice al sacerdote, y él al pueblo, que es un pecado condenable.

Esta es la verdad acerca de la situación de nues­tros amigos en ese sistema. Ellos tienen muchas Biblias y encontrareis muchas sobre las mesas de los sacerdotes, pero entre diez mil sacerdotes no hay dos que lean la Biblia desde el principio hasta el fin y que le pongan atención. Leen unas pocas páginas aquí y allí, y eso es todo.

La Biblia no era un libro sellado para mí. La había encontrado preciosa a mi corazón cuando era pequeño, y cuando sacerdote la leía para ser fuerte. Admito que mi gran objetivo era el de confundir a los protestantes. Estudiaba a fondo el libro  Los Santos Padres  para prepararme para la batalla que deseaba librar. Lo hice para fortalecer mi fe en mi iglesia.

Pero, bendito sea Dios, siempre que leía la Biblia había una voz misteriosa que me decía, “¿No ves que no sigues las enseñanzas de la Pala­bra de Dios, sino sólo descansas en las tradiciones de hombres?” En las calladas horas de la noche, cuando la oía, yo vertía lágrimas, pero ello se repetía. Yo quería vivir y morir en la fe católica, apostólica y romana, y le rogaba a Dios que acallara aquella voz, pero tenía la fuerza del trueno. Cuando leía su Palabra Él trataba de romper mis cadenas. Venía con su luz salvadora, pero yo la rehusaba.

No les guardo rencor a los sacerdotes. Algunos pensaréis que sí, pero estáis equivocados. A veces lloro por ellos, porque se que aquellos pobres hombres, así como yo hacía, están luchando contra el Señor y que son tan miserables como lo era yo. Si os relato una de las luchas de que hablo entenderéis lo que es ser sacerdote de Roma.

II

En Montreal hay una espléndida catedral con capacidad de quince mil personas. Acostumbraba yo predicar allí. Un día el obispo me pidió que predicara sobre la Virgen María, y tuve mucho gusto de hacerlo. En ocasión de una gran festivi­dad prediqué delante de los obispos lo que pen­saba era la verdad y lo que los sacerdotes enseñan. He aquí una parte del sermón:

Amigos míos, cuando un hombre se ha rebe­lado contra su rey, cuando ha cometido un gran crimen contra su emperador, ¿viene solo a hablarle? Si tiene que pedirle un favor, ¿intenta en tales circunstancias comparecer solo ante su presencia? No, el rey le rechazaría ¿Que hacer? Escoge a uno de los amigos del rey. Pone la peti­ción en sus manos y ellos van a hablar en favor del culpable. Piden perdón para él, aplacan la ira del rey, y a menudo éste le concede el favor al culpa­ble que habría rehusado de otra manera.

Todos somos pecadores; todos hemos ofendido al poderoso Rey de reyes. Hemos hollado sus leyes bajo nuestros pies y sin duda Él está airado contra nosotros. ¿Que pode­mos hacer ahora? ¿Iremos a él con las manos lle­nas de iniquidades? ¡No! Pero gracias a Dios que tenemos a María, la madre de Jesús, nuestro Rey, a su diestra. Como un buen hijo, Él nunca rehúsa un favor a María. Nunca le negó ninguna petición que ella le hizo cuando estuvo en la tie­rra. Jamás la rechazó de manera alguna.

¿Donde está el hijo que rehusaría un favor a su madre querida cuando podría hacerla gozar, concediéndole lo que ella desea? Luego, os digo, que Jesús no es sólo el Hijo de Dios, sino el Hijo de María, y Él ama a su madre, y jamás le negará ningún favor en el día de hoy. ¡Ah! nosotros no podemos presentarnos delante del gran Rey, cubiertos como estamos de iniquidad. Presente­mos nuestras peticiones a su santa madre; ella misma irá a los pies de Jesús, y sin duda recibirá los favores que pide. Ella pedirá a Jesús que os perdone vuestras iniquidades, y Él os dará cual­quier cosa que su madre le pidiere.

Mis oyentes quedaron tan contentos ante la idea de tal abogado a los pies de Jesús que vertieron lágrimas. Pensaba yo en ese tiempo que aquella no sólo era la religión de Cristo, sino de la lógica también, y que nada podría decirse en su contra.

Después del discurso el Obispo se me acerco y me bendijo; dio las gracias, diciendo que el sermón haría mucho bien en Montreal.

Aquella noche caí de rodillas y tomé mi Biblia. Mi corazón estaba lleno de gozo por causa del buen discurso. Leí en San Mateo 12:46 estas palabras: “Estando aún él hablando a las gentes, he aquí su madre y sus hermanos estaban fuera, que le querían hablar. Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están fuera, que te quieren hablar. Y respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis her­manos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana y madre”.

Cuando hube leído aquellas palabras vino una voz más terrible que la del trueno, diciendo, “Chiniquy, tú predicaste una mentira esta mañana cuando decías que María había recibido de Jesús siempre los favores que le pedía. ¿No ves que María viene a pedir un favor, esto es de ver a su hijo, durante cuya ausencia ella había estado sola, debido a que Él había dejado la casa por muchos meses para salir a predicar el Evangelio?”

Cuando María llego a donde Jesús estaba predi­cando, el lugar estaba tan apianado que ella no pudo entrar. Levanta la voz y le pide que vaya a verla. Jesús oye la voz de su madre, y con sus divinos ojos la ve. ¿Le concede su petición? No. Él cierra los oídos y no atiende a la súplica. Este es un rechazamiento público y ella lo siente.

La gente se asombra. Están cavilando, casi es­candalizados. Se vuelven a Cristo y le preguntan por qué no va a hablar con su madre. ¿Qué dice Él? No da respuesta, sino esta extraordinaria: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y mirando a sus discípulos, dice: “He aquí mi madre y mis hermanos y hermanas”. En cuanto a María, la había rechazado.

Entonces la voz me hablo de nuevo, diciendo que leyera San Marcos 3:31 al 35. Habréis encon­trado que Marcos dice que Jesús rechazó a su madre. Leed Lucas 8:19 al 21. Lucas dice que Él no concedió su petición. Leí que Jesús mientras fue niño obedeció a José y a su madre; pero tan pronto como se presentó ante el mundo como el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, María tenía que desaparecer. Los ojos del mundo deben vol­ver hacia él solo para recibir luz y vida.

La voz me habló toda la noche: “Chiniquy, Chiniquy, tú dijiste esta mañana una mentira, fábulas y cosas sin sentido. Predicaste en contra de las Escrituras cuando dijiste que María tiene el poder para conceder de parte de Jesús cualquier favor”. Lloré pero no dormí.

III

Al día siguiente fui a tomar el desayuno con el obispo Prince, el coadjutor. Él me dijo: “M. Chiniquy, su apariencia es como si hubiera llo­rado toda la noche”.

“Señor mío, si encuentra usted en mi rostro las lágrimas de la desolación, no se equivoca. Estoy afligido sobremanera; mi corazón esta triste”.

“¿Qué le pasa?” preguntó.

“¡Ay! yo no puedo decirle aquí”, le con­testé. “¿Me permite hablar una hora con usted a solas? Le contaré un misterio que lo inquietará”.

Después del desayuno, en su cuarto, le dije: “Ayer usted me alabó mucho por el discurso que pronuncié para probar que Jesús siempre había concedido las peticiones de su madre; señor mío, anoche oí otra voz más fuerte que la suya, y mi desconsuelo es que estoy por creer que la voz es de Dios. Aquella voz me ha dicho que nosotros, los sacerdotes y obispos, predicamos una falsedad blasfema cada vez que decimos que María tiene el poder para recibir de las manos de Jesucristo los favores que ella le pide. Esto es una mentira, mi señor, temo que sea un error diabólico”.

“M. Chiniquy, ¿qué quiere usted decir con eso?  ¿Es usted protestante?”

“No”, le contesté, “no lo soy. He sido llamado protestante muchas veces porque me agrada leer la Biblia. Pero le digo con franqueza que temo sinceramente que prediqué ayer una mentira y que usted, mi señor, predicará otro cuando tenga que decir que necesitamos invocar a María, bajo el pretexto de que Jesús jamás ha rehusado un favor a su madre. Esto es falso”.

“M. Chiniquy, usted va demasiado lejos”.

“No, señor mío”, dije. “No hay por qué hab­lar más. Aquí está el Evangelio; léalo usted”. Él leyó con sus ojos lo que yo había leído, y mi impresión es que leía muchas palabras por vez primera. El pobre hombre estaba tan sorprendido que permaneció mudo. Finalmente preguntó: “¿Qué significa eso?”

“Bien”, dije yo, “este es el Evangelio, y aquí usted ve que María fue a Jesucristo a pedirle un favor, y Él no sólo la reprendió, sino que se negó considerarla como su madre. La rechazo públicamente para que supiéramos que María es su madre como hombre, y no como Dios”.

El Obispo estaba fuera de sí. Le pedí que me permitiera hacerle algunas preguntas. “Señor, mío, ¿quién lo ha salvado a usted, y quién me ha salvado en la cruz?”

“Jesucristo”, me contestó.

“¿Y quién pagó sus deudas y las mías, derra­mando su sangre?”

Él contestó: “Jesucristo”.

“Ahora bien, señor mío, cuando Jesús y María estuvieron sobre la tierra, ¿quién amo más al pe­cador, María o Jesús?”

Y él de nuevo contestó que Jesús.

“¿Fue alguna vez un pecador a María en la tierra para ser salvo?”

“No”.

“¿Alguna vez Jesús invitó a los pecadores a venir a él para ser salvos?  ¿O a María?”

“Oh, a él, no a ella”, contestó mi superior.

“¿Ha retirado sus palabras?”

“No”.

“Entonces, señor mío, puesto que Jesús y María están ahora en los cielos, ¿puede usted mostrar en las Escrituras que Jesús ha perdido algo de sus deseos y poder para salvar a los pecadores, o ha dado este poder a María?”

El pobre hombre quedó como condenado a muerte. Temblaba. Se excusó por tener un negocio, y me dejó. Su “negocio” fue que no supo qué decir.

Yo estaba persuadido, pero no convertido. Muchos lazos me ataban al Papa. Otras luchas tenían que ser libradas antes de que yo pudiera romper las cadenas que me tenían ligado.

IV

En 1851 fui a Illinois en los Estados Unidos a petición de los obispos para fundar una colonia de habla francesa. Llevaba conmigo unos 75.000 canadienses francoparlantes, y nos establecimos en las magnificas llanuras de ese estado norteamericano para to­mar posesión de la región en nombre de la iglesia de Roma. Era hombre acomodado, y compré Biblias para dar una a cada familia. El Obispo se puso disgustado, pero yo no tenía la intención de abandonar la iglesia, sino necesitaba guiar mi pueblo tanto como podía en el camino en que Cristo quería.

El obispo de Chicago hizo en aquel tiempo una cosa que nosotros los latinos no pudimos tolerar. Fue un gran crimen y yo le escribí al Papa. Él ordenó que aquel fuese destituido. Fue enviado en su lugar otro, quien comisionó a su vicario para hacer la paz con nosotros.

El vicario me dijo: “M. Chiniquy, tenemos mucho gusto que haya conseguido que fuera despedido el obispo anterior, pues era un hom­bre malo; pero hay la sospecha en muchos luga­res que usted ya no está en la iglesia de Roma. Se sospecha que es hereje y protestante.  ¿Qui­siera darnos un documento por el que pudiera probar a todo el mundo que usted y su pueblo son todavía buenos católicos romanos?”

Le contesté: “No tengo ninguna objeción”.

Me parecía una espléndida oportunidad para aquietar la voz que turbaba mi fe. Quise persua­dirme por este medio que en la iglesia estábamos realmente siguiendo la Palabra de Dios y no las tradiciones de hombres. Escribí:

Muy señor mío: Nosotros los canadienses franceses de la Colonia de Illinois queremos vivir en la santa iglesia católica, apostólica y romana, fuera de la cual no hay salvación, y para probar esto a vuestro señorío, prometemos obedecer a vuestra autori-dad conforme a la Palabra de Dios, como la encon-tramos en el Evangelio de Cristo.

Firmé esto e hice que los míos lo firmaran. Se lo entregué al vicario y le pregunté qué pen­saba. Él contestó: “Es exactamente lo que de­seamos”. Me aseguró que el Obispo aceptaría mi escrito y que todo estaría bien.

Cuando el Obispo hubo leído la sumisión la encontró buena. Dijo: “Oh, tengo tanto gusto de que haya firmado su sumisión, pues temía-mos que usted y los suyos se hicieran protes­tantes. ”

Amigos míos, para mostrar mi ceguedad, debo confesar con vergüenza que yo tenía mucho gus­to al estar bien con el Obispo, cuando aún no estaba en paz con Dios. Él me dio una “carta de paz”, por la cual declaraba que yo era uno de sus mejores sacerdotes, y volví a los míos con el ob­jeto de permanecer allí. Pero Dios miró hacia mí en su misericordia, y quiso quebrantar aquella que era paz con el hombre pero no con él.

Salido yo, el obispo fue a la oficina de telégra­fos y avisó a otros obispos mi sumisión. Les pre­guntó su opinión al respecto. Unánimemente le contestaron: ¿No ve que Chiniquy es un protes­tante disfrazado y lo ha hecho a usted protestan­te? No es a usted a quien hace la sumisión, sino a la Palabra de Dios, y si no destruye esa sumisión, usted también es protestante.

Diez días después recibí una carta de él. Fui a verle, y me preguntó si tenía la carta de paz que me había dado. Se la presenté, y cuando vio que era el documento que deseaba, corrió hacia la estufa y la arrojó al fuego. Me quedé asom­brado. Corrí para salvarla, pero no pude.

“¿Cómo se atrevió, señor mío, a tomar de mi mano un documento que es propiedad mía y destruirlo así?”

“M. Chiniquy, soy su superior y no tengo que darle cuenta a usted”.

“Sin duda usted es mi superior, y no soy sino un pobre sacerdote, pero hay un gran Dios que está muy por encima de usted y de mí, y ese Dios me ha concedido derechos que jamás debo renunciar para agradar al hombre. En la presen­cia de ese Dios protesto esta iniquidad”.

“Bien”, dijo, “¿ha venido usted para predi­carme un sermón?”

Le contesté: “No, señor mío, pero quiero saber si me trajo aquí para insultarme”.

“M. Chiniquy, lo traje aquí porque usted me dio un documento que sabía muy bien no era un acto de sumisión”. Dijo que hiciera yo otra, suprimiendo las palabras “conforme a la Palabra de Dios, como la encontramos en el Evangelio de Cristo”.

“Señor mío, lo que me pide no es un acto de sumisión sino de adoración, y lo rehusó”.

“Entonces”, dijo, “si usted no puede darme ese acto de sumisión, no puede seguir como sacerdote catolicorromano”.

Levanté las manos y exclamé: “Sea para siem­pre bendito el Altísimo Dios”. Tomé mi som­brero y le dejé.

V

Fui a mi habitación alquilada en el hotel. Caí de rodillas para examinar en la presencia de Dios lo que había sucedido. Vi claramente por vez primera que la iglesia de Roma no podía ser la iglesia de Cristo. Al fin había aprendido la terri­ble verdad, no de labios de protestantes ni de enemigos de Roma, sino de los labios de esa misma iglesia. Vi que no podía permanecer en ella a menos que eliminara la mención de la Pala­bra de Dios en mi sumisión a la autoridad de ese sistema. Vi que hacía bien al abandonar a Roma. Pero, ¡oh! que nube tan oscura vino sobre mí! En mis tinieblas clamaba: ” ¡Dios mío!  ¿dónde está tu iglesia?  ¿Cómo puedo ser salvo? ¡Oh Dios de mi salvación!  ¿dónde esta tu ver­dad?  ¡Querido Jesús!  ¿por qué está mi alma rodeada de tan oscura nube?”

Clamaba a Dios que me mostrara el camino de la salvación, pero por un tiempo Él no me concedió respuesta. ¡Yo había renunciado mi puesto, mis hermanos, todo lo que amaba! Vi que los obispos y sacerdotes me atacarían en la prensa, el púlpito y el terrible confesionario, donde uno no sabe de dónde viene el golpe. Vi que ellos quitarían mi honor y quizás la vida.

Traté de recordar si tenía algún amigo entre los protestantes, pero como en toda mi vida yo había hablado y escrito en contra de ellos, allí no tenía ninguno. Vi que había sido abandona­do. Esto era mucho, y en aquella terrible hora si Dios no me hubiera hecho un milagro, habría quedado convertido en cadáver. La vida me vino a ser una carga tal que sentí no poder llevarla por más tiempo. Mi mente se turbaba, y me parecía imposible salir de aquel cuarto al frío mundo donde no encontraría una mano que estrechar ni una sola cara que me sonriera. Al este o al oeste, al sur o al norte, me llamarían infame traidor.

Me parecía que Dios estaba muy lejos, pero Él se encontraba cerca. De pronto vino este pensamiento: “Tienes contigo tu Evangelio; léelo, y encontrarás luz”. De rodillas, y con mano trémula, abrí el libro. No yo sino Dios lo abrió, pues mis ojos cayeron sobre 1 Corintios 7:23: “Por precio fuisteis comprados; no os hagáis siervos de los hombres”.

Con estas palabras me vino la paz y vi por pri­mera vez el gran misterio de la salvación. Dije: “Jesús me compró; entonces, si Él me ha com­prado, ¡me ha salvado! Jesús es mi Dios, y todas las obras de Dios son perfectas. Por tanto, ¡soy perfectamente salvado! Él no ha podido salvar­me a medias. ¿Pero que precio pagó para esto? ”

La respuesta vino tan repentinamente como un relámpago: La sangre del Cordero derramada en la Cruz; ¡la vida de Jesús dada en el Calvario me ha salvado! Las palabras eran tan dulces que sentí un gozo inefable, como si las fuentes de la vida se hubieran abierto y avenidas de luz nueva se hubieran derramado sobre mi alma.

Con gozo inexplicable dije: “No soy salvo por acudir a María; no por el purgatorio o las indul­gencias, confesiones y penitencies. ¡Soy salvo solo por Jesús!” Las doctrinas de Roma huye­ron como cae una torre golpeada en su base.

Con un grito exclamé: “¡Oh! querido Jesús, Tú me has salvado!  ¡Don de Dios, te acepto; toma mi corazón y guárdalo siempre como tu­yo! Habita en mí para hacerme puro y fuerte; habita en mí para ser mi camino, luz y vida. Concédeme habitar en ti ahora y para siempre”.

“Pero, Jesús Salvador, no me salves a mí sólo; salve también a mi gente. Concédeme mostrar­les también el don. ¡Oh! que ellos acepten la dádiva, el regalo, que es Cristo! ”

VI

Fue así como encontré el Don inefable, fue de este modo como encontré la luz y el gran misterio de nuestra salvación, tan sencilla y hermosa, tan sublime y grande. Yo había abierto las manos y recibido la Persona y la obra que Él venía ofreciéndome. Era rico en él. Salvo y seguro, como lo estoy ahora.

La salvación, amigos, es un presente, y no tuve otra cosa que hacer sino aceptarla, amando al Dador. Como exclamó nadie menos que San Pablo, siglos antes, pude clamar, “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2Corintios 9:15) Oprimí mi Evangelio con los labios y lo bañé con lágrimas de gozo. Juré que no predicaría otra cosa sino a Jesús y a este crucificado.

Llegué en medio de la gente de la Colonia el domingo por la mañana. Estaban excitados, y corrían hacia mí a preguntar qué nuevas traía. Cuando se hubieran reunido en la inmensa igle­sia, que los católicos romanos incendiaron más tarde, les presenté el Don inefable. Pensé al principio que se volverían en contra de mí. Les mostré lo que Dios me había presentado; a su Hijo Jesús como el solo, poderoso Salvador de todo aquel que cree. Manifesté que Él me había enviado el perdón de pecados y vida eterna.

No fue como yo esperaba; resulta que entre esa multitud había muchos que sentían las mis­ma sed que me había agobiado y anhelaban la paz con Dios. Muchos de ellos, habiendo leído su Biblia, reconocían que ni virgen ni rito, ni altar humano ni confesionario era la respuesta a su ardiente anhelo.

Ese día, y en los días y años siguientes, pude predicar, libre ya de las ataduras de Roma, las palabras finales de Romanos capítulo 6:

Cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de aquellas cosas es muerte.

Mas ahora que habéis sido libertados del pe­cado y hechos siervos de Dios, tened por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dá­diva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Amigos, el Dios poderoso que me salvó (y me ha guardado por largos años) os puede salvar. Al que obra, escribió San Pablo, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda.

[ De allí las penitencies, las confesiones y la continua infructuosa búsqueda del pobre católico, por sincero que sea. La tal persona está viendo tan sólo su gran deuda. ] Mas al que no obra, sino cree en aquel que justi­fica al impío, su fe le es contada por justicia. (Romanos 4:4,5 )

Mucho más allá de lo que yo pensaba, mi gente dejó aquellas cosas que nunca dieron lo que pro­metieron, para poner la mirada de fe en Jesús, el solo mediador entre Dios y los hombres.

Oro por los católicos de América, que puedan recibir el inefable don, la dádiva de Dios. Oro por los amigos lectores, que encontréis, cada cual por sí, la vida eterna en Cristo Jesús.

 

 

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