Dos mil kilómetros a pie (#9678)

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Dos mil kilómetros a pie

 

Siglos ha, vivía en la Alemania Septentrional un joven que se había criado en la religión católica romana. Sin embargo ya no creía en esa religión ni en ninguna otra. A la verdad, ya no creía ni en la existencia de Dios, y cometía pecados tan escandalosos, que aun entre sus compañeros de corrupción se hacía notar como el capataz de todos ellos.

Pero así como David mató al gigante con la espada de éste, Dios se valió de la maldad extrema de este joven para despertar en él el deseo de obtener la salvación. Pues, alarmado de su estado, se decía para sí: ”Soy el más perverso. Si es cierto que los malos se van al infierno, y que los buenos al cielo, es bien claro a donde tendré yo que ir a parar. A nadie le espera la perdición eterna con tanta certeza como a mí”.

De día y de noche perseguía al joven esta idea: había perdido el sosiego, y ya ni el pecado tenía aliciente. ”Siquiera,” pensaba, ”¡me fuera posible salvarme!” ¿Qué haría? Había oído hablar de conventos donde se retiraban algunas personas para pasar los días en hacer obras que expiasen el pecado, y parecióle que ningún trabajo sería demasiado pesado, ningún tormento demasiado severo con tal de que se le diese la más leve esperanza de obtener algún día el perdón.

Resolvió hacerse monje, pero quería saber antes en qué convento del mundo regía el reglamento más estricto y se practicaban las penitencias más rigurosas. Tenía firme intención de ir a ese convento a pasar el resto de sus días dedicado a la oración y la penitencia, aunque tuviera que bajar hasta el último rincón de la tierra para encontrarlo. En contestación a sus preguntas, le informaron que el convento del régimen más austero era el de la Trappe, a distancia de dos mil kilómetros de su domicilio.

Para su mayor vergüenza, hoy en día La Trappe se conoce más de todo como una marca de cerveza, y en algunos países como el nombre de algún pueblo. Pero en la historia La Trappe se conoce como una abadía del orden de Cister, ubicada a unos ciento cincuenta kilómetros al norte de París. Data del siglo 12 cuando fue construida en un bosque apartado, y en una época, así como cuenta nuestra historia, daba abrigo a piadosos creyentes en el Señor Jesucristo, herederos espirituales, por decirlo así, de Bernardo de Clairvaux.

Como no tenía con qué atender a los gastos de viaje, el joven determinó ir a pie y pedir limosna por el camino. Esto tendría la ventaja de ser una especie de penitencia, y acaso sería el primer escalón que lo condujese al cielo.

Fué el viaje largo y fatigoso en demasía, pues aparte de que el camino pasaba por tierras extrañas, el calor del sol se hacía cada día más excesivo. El viandante estaba a punto de desfallecer cuando avistó por primera vez el antiguo edifico en cuyos claustros esperaba hallar descanso para el alma, que el del cuerpo poco le importaba. Golpeó a la portería y se aguardó hasta que vino a abrir un monje de edad avanzada, tan débil o tan lleno de achaques que muy a penas podía andar.

“¿Qué queréis?” preguntó el anciano.

“Quiero salvarme,” replicó el alemán. ”He creído que aquí tal vez podría hallar la salvación.” El anciano monje le invitó a que entrase y lo condujo a un cuarto donde no había ninguna otra persona.

“Ahora que estamos solos”, prosiguió el viejo, “manifestadme lo que queréis decir”.

”Soy un vil pecador,” contestó el joven. “He llevado una vida tan mala que no puedo ni daros una idea de lo que he sido. Paréceme imposible que pueda salvarme, pero si hay cosa alguna que yo pueda hacer a este fin, estoy pronto a ejecutarla. Me someteré a cualquier penitencia sin lanzar una sola queja, con tal de que me reciban en la orden. Cuanto más duros sean los trabajos, cuanto más severos los tormentos, tanto más me cuadrará todo. Tan sólo es necesario que me digáis lo que he de hacer, que yo cumpliré”.

Decidme, vosotros los que leéis esta historia: ¿Sabéis por experiencia propia lo que uno siente cuando advierte que se encuentra en un camino que no conduce sino a un solo lugar, es decir, al lago de eterno fuego; cuando advierte que con gusto desempeñaría todas las tareas y sobrellevaría todos los sufrimientos, todos los tormentos de este mundo si de ese modo pudiese concebir la más leve esperanza de librarse del padecer sin fin?

Si todavía no os habéis entregado a Jesús, os halláis, aunque no lo conozcáis, en ese camino, y os dirigís a ese término inevitable. Mas si Dios en misericordia os ha conmovido de tal manera que hayáis caído en cuenta de lo peligroso de vuestro estado, os encontraréis dispuestos a recibir con gozo, como venidas de Dios, las admirables palabras que fueron pronunciadas por el monje de La Trappe a oídos del tembloroso pecador.

”Si me mandáis hacer penitencia,” había dicho el alemán, ”estoy pronto a hacerla, por dura que sea.” Lo que el monje le contestó fué lo siguiente: “Si estáis pronto a hacer lo que yo os mande, entonces os volveréis a vuestra patria y a vuestro hogar sin tardanza, porque todo ha sido hecho en vuestro lugar antes de vuestra venida y nada os ha quedado que hacer. La obra está consumada”.

”¿Consumada?”

”Sí, consumada. ¿Ignoráis que Dios envió a su propio Hijo para ser Salvador del mundo? ¿Y no vino Jesu-Cristo, y no acabó la obra que le encomendó el Padre? ¿No dijo en la cruz: ‘Consumado es’? ¿Y qué era lo que había consumado? Él se había encargado de sufrir la pena correspondiente al pecado, y así lo hizo; y Dios quedó complacido. ¿Sabéis esto? ¿En dónde está ahora Jesús?”

”Está en el cielo”.

“Sí; ¿por qué está Jesús en la gloria? Porque ha consumado su obra; de otro modo no estuviera allá, sino acá abajo; porque Él se encargó de hacerlo todo, y no se habría vuelto a su Padre, si hubiera quedado algo que hacer. Dirijo los ojos hacia arriba y veo a Jesús en el cielo, y digo en mi interior: ‘Allá está Él porque lo ha hecho todo, y nada falta; allá está satisfecho de su obra’“.

Ahora bien, amigo mío: ¿por qué hemos de pensar, vos y yo, en hacer la obra que sólo el Hijo de Dios pudo hacer, y que en efecto ya ha hecho? Si Dios la hubiera reservado para nosotros, jamás la hubiéramos hecho. Aunque hiciéramos todas la penitencias cumplidas o por cumplir, aquello de nada nos serviría; y a decir verdad, serían inútiles; serían otros tantos pecados abominables cometidos delante de Dios. Eso equivaldría a decir que Cristo no había hecho lo suficiente. Eso equivaldría a cubrir de menosprecio la obra bendita y perfecta del Hijo de Dios, atreviéndose a añadir algo a lo que Él ha dado por consumado.

 

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