Caleb (#467)

Caleb

 

Héctor Alves

 

 

Josué y Caleb eran colegas y ambos hombres de fe. Varias veces figuran juntos, y en todo caso salvo dos Caleb es mencionado primero.

 

En la juventud

Aparentemente el nombre Caleb se deriva del hebreo keleb, que quiere decir un perro. En el Nuevo Testamento el perro está asociado con los gentiles, “Guardaos de los perros”, Filipenses 3.2. Es obvio que Caleb era de origen gentil. En quince de casi treinta referencias a él, está designado como hijo de Jefone, y en tres de estas Jefone está identificado como un cenezeo. Sin embargo, Caleb no era ningún forastero, sino ciudadano de Israel. Contaba con una posesión entre los hijos de Judá conforme al mandamiento del Señor en Josué 15.13.

Probablemente su padre había migrado de Canaán y, de alguna manera que no sabemos, se afilió a la tribu de Judá. Oportunamente, y quizás por alguna hazaña, Caleb llegó a ser gobernante y juez, 14.26. Escogido por Moisés como el delegado de aquella tribu, él fue con once más a reconocer la tierra de Canaán. En Mateo 15.27 leemos de una mujer cananea que dijo: “aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Así, este hombre de origen gentil gozaba de prominencia en Judá.

 

A los 40 años

El nombre y el carácter de Caleb concuerdan perfectamente. Se dice que el perro es el único animal que dejará a los suyos para seguir a un hombre. El sentido de Jefone es “estará preparado”, y esta preparación quedó manifiesta en su hijo Caleb. Esta virtud está evidente en Números 14.24, que habla de “mi siervo Caleb” en quien hubo un espíritu diferente de aquel de otros espías; en Deuteronomio 1.36, “ha seguido fielmente a Jehová”; y también en Josué 14.8,9,14

Lo encontramos primeramente en Números capítulo 13, donde estaba dispuesto a dar un buen informe acerca del reconocimiento de Canaán, y así infundir confianza en el pueblo, cuando otros querían perturbarlos debido a su falta de fe. Sus acompañantes habían diluido el coraje del pueblo de Dios, pero Caleb dijo: “Subamos luego, y tomemos posesión de ella, porque más podremos nosotros que ellos”.

Es así todavía; la mayoría quieren desanimar, pero en los anales de la Escritura rara vez la mayoría tiene la razón. “Un hombre más Dios son mayoría”. Caleb declaró lo que estaba en su corazón, y no lo que pensaba que Moisés quería oir, ni lo que él pensaba sería aceptable a su auditorio. No buscaba complacer, ni temía contradecir.

 

A los 85 años

“Mejor es el fin del negocio que su principio; mejor es el sufrido de espíritu que el altivo de espíritu”, Eclesiastés 7.8. Leemos en Números 14.38 que Caleb vivía todavía, y habló de nuevo: “Jehová me ha hecho vivir estos cuarenta y cinco años … Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió”; Josué 14.10,11. La devoción al servicio de Dios lo había preservado de indulgencias que posiblemente lo hubieran perjudicado, a los ochenta y cinco años él estaba aún en condiciones para servir. Para llevar esto a nuestros tiempos y darlo una aplicación espiritual, vemos a un creyente mayor en el rocío de su juventud, sano y salvo, corriendo la carrera y guardando la fe.

Toda su vida Caleb siguió al Señor con convicción, propósito e integridad. Todo lo dicho acerca de él lo favorece. Pidió: “Dame, pues, ahora este monte. Quizás Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho”, 14.12. No sería cosa fácil, porque había gigantes allí, pero en la vejez Caleb confió en Dios al igual que había hecho cuando joven. Leemos entonces que arrojó a los tres hijos de Anac.

 

A los 105 años

Veinte años más tarde Caleb estaba activo todavía en la obra del Señor. Leemos en el primer capítulo de Jueces que ofreció la mano de su hija Acsa al varón que conquistara Quiriat-sefer, que quiere decir una ciudad de libros o instrucción. Sería un premio deseable para ser logrado por cualquiera de nosotros. Su sobrino Otoniel logró hacerlo y recibió lo prometido.

Después de este episodio, Acsa pidió una bendición de su anciano padre quien la había dado en matrimonio. Quería un suministro de agua, y él le dio fuentes de agua. Por nuestra parte, requerimos que nuestras bendiciones espirituales sean regadas por la Palabra de Dios.

Es positivo cuando un hijo de Dios avanzado en años pase sus responsa-bilidades a la generación siguiente. Legados espirituales no deben morir con nosotros, sino que la generación emergente debe recibir el beneficio de la experiencia ganada por la anterior. El nombre de aquella ciudad fue cambiada a Debir, que quiere decir un oráculo o lugar de comunicación. Fue bueno el cambio; una vez recibida la instrucción, uno debe compartirla. Posiblemente el silencio en algunas partes se deba a que sabemos poco. En nuestro relato, el hombre que seguía plenamente al Señor estaba en condiciones de instruir a otros.

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