Biografía de los esposos Saword Scott (#102)

 

 

I             Un niño y sus raíces

II             El nuevo nacimiento

III             Una nueva tierra

IV             De niña a señorita

V             Diversas esferas de servicio

VI             Otro campo mayor

VII             Si alguno quiere ser mi discípulo

VIII             De señorita a señora

IX             En trabajo y fatiga

X             Al sur en 1929

XI             Un campo predilecto

XII             En caminos muchas veces

XIII             A los gentiles ha dado Dios arrepentimiento

XIV             Enseñando y anunciando

XV             Esposa y madre

XVI             Joven fui, y he envejecido

 

Sidney James Saword Read

el 18 de marzo de 1894

el 6 de septiembre de 1988

 

Eleanor Cristina Scott de Saword

el 13 de diciembre de 1895

el 22 de febrero de 1986

 

I – Un niño y sus raíces

A principios del siglo XIX en Inglaterra, cierto sujeto de apellido Read engendró un hijo no mucho antes de morir cual víctima del licor. La viuda no pudo mantener al niño y por esto lo obsequió a un agricultor en Suffolk. El chico vivió descalzo, analfabeto, sujeto al fuete del amo en la casa y a los cachos de un enorme carnero que gobernaba en el corral.

El huérfano huyó de aquella esclavitud y probó la vida de marinero. Se desarrolló en hombre alto, fuerte e inteligente. Por cierto, un día se encontró de frente con su antiguo amo. El anciano temblaba al verle, y Read le dijo: “Si fueras hombre, te pondría en el suelo, pero como no lo eres, te dejo con tu susto”.

Fue aceptado en la policía londinense y formaba parte del grupo de “ratas acuáticas” que vigilaban el río Támesis. Con el correr de los años llegó a ser supervisor de detectives en la Scotland Yard de la policía londinense. No hubiera sido así si no fuera por su buena esposa, quien lo sacaba ordenada y calladamente de los salones de licor en la época de su vida en que él a su vez se dejaba dominar por el alcohol.

Esa pareja tenía carácter y sentía afán por superar sus orígenes tan adversos. Y, tenía inquietud por dentro. Con razón hablamos de ellos al comienzo de esta biografía, porque transmitieron a su nieto valores humanos que mucho tienen que ver con lo que vamos a relatar. En la vejez llegaron a conocer el Santo Evangelio y recibieron a Cristo como Salvador de sus almas. Fueron bautizados e incorporados en la asamblea de la localidad, donde dejaron vivos recuerdos como ancianos solemnes y cumplidos.

Una de sus hijas se casó con James Saword y de ese matrimonio nacieron seis hijos. La primera guerra mundial segaría la vida de uno de los varones al lanzar los alemanes su primer ataque con gas mostaza en Francia; la segunda guerra mundial reclamaría la vida de otro en un ataque anfibio de los británicos en las playas de Grecia.

Parece que el padre de familia no era un hombre que merece mayor atención. Su hijo mayor no hablaba mal de él, pero tampoco comentaba mucho a favor suyo. Hasta donde sabemos, no dejó huella en aquél. Lo único que sabemos del interés de ese padre de familia en las cosas eternas es que en su postrimería pedía a su esposa que leyera una y otra vez la Biblia, y solamente la Biblia. Ella, por su parte, no fue salva hasta que sus hijos ya se habían ido cada cual por su camino.

En una y otra medida, aquella pareja y sus hijos menores vivían al amparo del detective. Cuando los muchachos eran todavía pequeños, James Saword se marchó a Sudáfrica por un buen lapso, habiendo sido contratado con otro para instalar luz eléctrica por primera vez en la oficina de correos en Johannesburg.

El mayor de los varones que dejó atrás era Sidney James Saword Read. A la edad de noventa años éste escribió:

Nací el 18 de marzo de 1894, el segundo en una familia de seis. El lugar fue Thornton Heath, suburbio de Croydon, a unos cuarenta y cinco kilómetros de Londres.

No recuerdo nada de los primeros tres años, pero Mamá me contó que ella contrató cierta muchacha para pasearme en cochecito. Una vez Mamá notó que yo estaba masticando algo y la muchacha contestó que me había dado avellanas. Reprendió a la niñera por dar semejante cosa a un chiquitín, pero ella protestó: “Ay señora, ¿qué importa? ¡Las mastiqué antes de dárselas!”

Quizás un año después, estábamos sentados todos frente a la chimenea, buscando calor de la leña que chispeaba en ella. De repente me levanté y me dirigí con paso firme a las llamas. Felizmente, me rescataron de mi insensatez y las quemaduras desaparecieron poco a poco.

Cuando Papá estaba trabajando en el Africa, el abuelo fue jubilado con una buena pensión y compró una casa de dos secciones en la carretera a dos millas de Hadleigh en Essex. Eramos tres niños en ese entonces, y ocupamos con Mamá una mitad de la casa. Para nosotros los niños fue como llegar a un paraíso. Había jardín y espacio para jugar. El abuelo nos paseaba con su carruaje y caballito. Me escondía en los árboles con mi cerbatana y soplaba arvejas y otros granos duros sobre los sorprendidos y molestos peatones abajo.

Teniendo yo cinco años de edad, mis padres se mudaron a una población balnearia (Southend, en el sudeste de Inglaterra, frente a la costa de Francia) y en esa misma época fue construido un local evangélico en la localidad. Una amiga de mi hermana mayor la animó a asistir a la escuela dominical; mi mamá, al darle permiso, sugirió que llevara consigo a mi hermanito y a mí.

Empezamos en la clase de los pequeños y seguimos año tras año. Aquella escuela iba en aumento hasta contar con cuatrocientos alumnos y treinta maestros.

Un condiscípulo mío en la escuela diaria, llamado Kingsley, recibió a Cristo como su Salvador y me llevaba al culto para niños en el salón de la asamblea una vez a la semana. Se enfermó ese muchacho y fue ingresado en un gran hospital para niños en Londres. Al recibir un telegrama que avisaba que la muerte se le acercaba, los padres y la hermana mayor fueron a ver a mi amigo, y lloraban al contemplar su cuerpecito tan acabado. “No lloréis, estoy feliz porque voy a estar con Jesús”, fue lo que les dijo.

¡Cuán consoladora es la fe en el Salvador!

En otra ocasión mi hermanito y yo íbamos a la escuela dominical cuando nos encontramos con dos muchachos conocidos, quienes nos convidaron a acompañarlos a la playa y salir en bote. No aceptamos y seguimos a nuestra clase bíblica. Luego recibimos noticias de que ellos habían salido a pasear y su bote se volcó. Se ahogaron.

Tuve un compañero llamado Francisco que asistía a clases nocturnas conmigo en la escuela técnica. Cierta noche, de regreso en una encrucijada, nos salió al encuentro un caballero, el cual tomó a Francisco por el brazo y le habló intensa y cariñosamente acerca de la necesidad de la salvación de su alma. Tuve miedo y escapé al otro lado de la calle. Seguimos la marcha, conversando sobre otras cosas sin ningún interés en la advertencia recibida.

Unas semanas después, fui un sábado a la casa de este compañero para salir con él en una excursión. Al saber su mamá que yo lo buscaba, me informó que había muerto repentinamente en la noche. Sin duda Dios, sabiendo que el fin estaba tan cerca para Francisco, había tocado a aquel hombre para presentarle al joven la oportunidad de ser salvo. ¡Qué tragedia! Pero así está sucediendo con muchos; se ponen sordos a la llamada del Señor, hasta que es demasiado tarde. ¿Y tú, querido lector? ¿Estás endureciendo tu corazón contra la voz del Salvador amante?

Recuerdo haber recibido como regalo un botecito de vela y haber ido a pie a una laguna para hacerlo marchar en el agua. Faltaba brisa y mi bote no se movía. Busqué un palo y encontré un punto estrecho donde el agua salía al mar. Desde un parapeto me agaché, aferrado a una rama débil, con el fin de navegar mi juguete. Perdí el equilibrio y caí en aguas profundas. Hice un gran esfuerzo con pies y manos pero no pude mantenerme a flote. En la misericordia de Dios un hombre pasó, vio mi estado, extendió la mano y me sacó sano y salvo. De no haber llegado, sin duda yo me habría ahogado.

Leemos en nuestra Biblia de Pedro cuando estaba por hundirse y clamó: “Señor, ¡sálvame!” En el momento Jesús le extendió la mano y salvó a aquel que no pudo hacer nada por sí mismo. Es un cuadro del pobre pecador que clama en su desespero al Señor Jesús quien puede y quiere rescatarnos del infierno por delante.

II – El nuevo nacimiento

El local evangélico en Southend —la ciudad que S.J.S. llama la población balnearia— había sido construido poco tiempo antes. El individuo sobresaliente en la asamblea era un tal William Iles. Cuando todavía era obrero pico y pala, hombre arruinado por el licor, fue salvo por la gracia de Dios. Logró fundar su propia empresa de construcción vial. Con sus hijos, evangelizó el pueblo y vio establecida una asamblea dinámica, evangélica y cuna de evangelistas. Ese hermano nunca perdió su entusiasmo por la obra entre niños, ni su admiración por aquellos que lo orientaron en su nueva vida en Cristo.

El superintendente de la escuela bíblica era William Aroll. En el hermoso libro de autógrafos que los maestros le dieron a don Santiago, y que él guardó durante toda su vida, ese hermano escribió: “En lo que requiere diligencia, no perezoso; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor, Romanos 12.11”. Y bien ha podido escoger ese texto. Aquel hermano escocés era dueño de la lavandería principal de la localidad; predicador contumaz; anciano y pastor; maestro; padre espiritual de no pocos.

Él dijo que en un tiempo se levantaba a las 6:00 y llegaba al negocio a las 7:30. Trabajaba hasta llegar al culto a las 8:00 de la noche. Pero, se dio cuenta de que ese régimen no le daba tiempo suficiente para su Biblia. La solución fue sencilla: ¡Desde ese momento en adelante se levantaba cada mañana a las 5:00 a.m., aun en esos inviernos feroces de aquel país!

Así que, volvamos a nuestro joven y escuchemos cómo él nos cuenta de la experiencia clave de su vida:

Para evitar que sus hijos estuvieran corriendo en la calle el día domingo, mi padre prometió regalarnos un juego de bate, pelota, etc. si asistíamos al culto cada domingo por la mañana en el local evangélico. Cumplimos, y él cumplió. Ahora asisto a la Cena del Señor no para conseguir un premio sino para darle al Señor la parte que le corresponde de adoración en espíritu y en verdad.

A la edad de trece años, había terminado mis estudios en el colegio público con buenos resultados, y empecé a trabajar en la oficina de mi papá. Pude vestirme de pantalón largo —una señal en aquel entonces en mi país de ser grande ya— y pensaba que era demasiado hombre como para estar en una escuela con muchachos.

Con este paso me retiré también de la escuela bíblica pero no quedé satisfecho con lo que había hecho. El Señor hizo que un banquero, creyente en Cristo, me persuadiera a volver al local evangélico e incorporarme en la clase para varones jóvenes.

El maestro tenía un gran cuadro que colocaba sobre la mesa, titulado Dos caminos, dos puertas, dos destinos. Cada cual con su Biblia podía trazar su rumbo espiritual. Por mi parte descubrí que estaba en el camino espacioso que conduce hacia abajo. Reconocí que después de la muerte me esperaba el infierno. El maestro nos explicó acerca de la resurrección de condenación, el gran trono blanco y el lago de fuego. Estas realidades solemnes dejaron una impresión profunda en mi conciencia.

Yo era muy aficionado a los deportes y demás placeres de mi generación; el diablo por su parte me tenía engañado, haciéndome creer que los cristianos evangélicos eran gente muy triste. Por esto nunca había asistido a una reunión evangélica para adultos.

Pero, despertado ya, cuando unos jóvenes me invitaron a que los acompañara a una reunión en un pueblo vecino, fui con ellos.

Desde que empezó aquella reunión, el temor de Dios se apoderó de mí y las palabras del predicador me hicieron reconocer que yo estaba sin Cristo, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Terminada la reunión, me sentí angustiado y me quedé sentado hasta que todos los demás se habían retirado del salón.

Llegando yo a la puerta, un caballero me preguntó si era salvo y le contesté que no. Le aseguré que sí quería tener a Cristo como mi Salvador, y de todo corazón. Sentados los dos, leímos varios trozos de la Biblia, pero yo estaba familiarizado con ellos y no me surtieron mucho efecto.

Llegamos a Colosenses capítulo 1, versículo 14, palabras que nos aseguran cómo contar con la posesión presente de la salvación eterna: “Su amado Hijo [de Dios], en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”. Con fe sencilla tomé para mí la verdad divina y dije al amigo que yo había recibido a Cristo como mi Salvador. Nos arrodillamos para darle las gracias al Señor Jesús por haber muerto por mí.

Esta experiencia, la más inolvidable de mi vida, tuvo lugar la noche del 7 de febrero de 1909 en un pueblo en el sur de Inglaterra. Fui bautizado en diciembre del mismo año en gesto de obediencia a mi Señor y testimonio público de mi vida nueva. Cumplidos hoy setenta años desde que nací de nuevo, doy fe de que no hay pueblo como el pueblo salvo por la gracia de Dios.

Al llegar yo a la casa, mis padres estaban sentados en la sala, y les conté lo que el Señor Jesús había hecho conmigo. Mi mamá, muy contenta, empezó a llorar, y yo también. Mi papá se mostró indiferente. No obstante, el día siguiente sus colegas en el negocio pronto me estaban felicitando por lo sucedido.

El lunes por la mañana visité a mis abuelos Read, quienes se alegraron mucho al saber de mi conversión. Les dije que ahora tenía un gran deseo de leer la Biblia desde el principio hasta el fin. Mi abuela me regaló un chelín (una moneda británica de uso común en aquel entonces, de pocos centavos hoy día) para comprar una Biblia. Yo sabía que eso era demasiado poco, pero no quise poner de lo mío, para que la compra fuera regalo de ella. Efectivamente, en cierta librería encontré una Biblia a precio reducido debido a una mancha de agua, y ésta llegó a ser mi compañera constante. Recomiendo a todo creyente (y a quien no lo es todavía) leer la Palabra de Dios en forma consecutiva todos los días.

III – Una nueva tierra

Una de las pequeñas experiencias del joven recién salvo que quedó grabada en su mente fue el contrato que su padre obtuvo para construir dos quintas. Deseoso de ver el progreso de las obras que otro hacía para él, Saword padre resolvió visitar la ciudad vecina un día domingo. Su suegro, el buen Abuelo Read, le amonestó no hacer la tal cosa en el Día del Señor. Sin embargo, el yerno inconverso no sólo prosiguió con su visita sino también llevó consigo a su hijo mayor.

Los dos pernoctaron en el camino, inspeccionaron la construcción, vieron qué materiales quedaban en el depósito y se marcharon. Días después, Saword padre recibió un reclamo por el valor de dos vacas. Efectivamente, él no había cerrado la puerta del depósito; el ganado del vecino entró, lamió unas sustancias químicas a ser mezcladas en el concreto, y murió. El abuelo le hizo ver al hombre que uno no puede esperar la protección de Dios cuando no respeta la santidad divina. El mensaje fue para el padre, pero la lección resultó ser para el hijo.

Cuando S.J.S. tenía tres años en los caminos del Señor, consiguió empleo como oficinista en una fábrica en la ciudad de Luton, algo distante. El sueldo era bajísimo, las horas largas, y la propietaria de la pensión mezquina. Pero su mayor decepción fue la asamblea donde él se presentó por una confusión de parte de los ancianos en su asamblea madre. El problema fue que la segunda asamblea no reconocía la primera. ¡División!

Esa segunda congregación dejaría en nuestro hermano en Cristo una huella que comentaría aun en su lecho de muerte, no por amargura sino como exhortación: “Fui por segunda vez a ese local, y los creyentes parecían recibirme con un poco más de amistad. Pero, terminó la reunión; nadie me saludó; todos se fueron; me quedé parado allí solo. Pensé en aquello de cuando cada uno se fue a su casa y Jesús se fue al monte de los Olivos. Luton tenía su catedral y los negocios no abrían los domingos. Volví en mi bicicleta a la pensión, hambriento y muy desanimado, pero la mujer tampoco quería servir almuerzo”.

“¡Ay, no!” exclamó el anciano en una voz casi apagada por el dolor. “Qué contraste entre el calor de aquella asamblea donde fui salvo y la frialdad de aquella otra congregación cuando un pobre joven quería apoyo y comunión hermanable. La división entre asambleas y las rencillas entre cristianos son obra del diablo. ¡Cuán duro puede ser el corazón del ser humano, aun del creyente que está fuera de contacto con el Señor! Que aprendamos el corazón de Cristo; manso, humilde, compasivo Él”.

Era la época de masiva emigración europea a las praderas del continente norteamericano. En 1912 Saword padre emigró a la ciudad pujante de Winnipeg en el occidente de Canadá, y oportunamente uno de los hijos lo siguió. Un tiempo después, la señora vendió los muebles para costear el pasaje del resto de la familia, pero el joven Santiago usó sus escasos ahorros para comprar su propio boleto. Los padres y los otros hijos duraron menos de cuatro años en el país nuevo; regresaron a Inglaterra en 1916 durante la gran guerra mundial. Su madre y una hermana aceptarían a Cristo como Salvador.

Nuestro protagonista, el mayor de los varones, vivió diez años más como soltero, primero en Canadá y luego en otros países. El día siguiente a su arribo en Winnipeg solicitó empleo en el ferrocarril principal del país. La máquina de escribir era de un modelo que no conocía, pero parece que logró presentar un buen examen, porque el jefe de la oficina lo mandó a colgar su chaqueta y llenar las planillas de rigor. El hombre titubeó al darse cuenta de que su candidato contaba con sólo 17 años, pero le asignó un sueldo de sesenta dólares por mes cuando el papá del mozo le había advertido que cuarenta sería mucho.

Sin embargo, la vida fue dura para un inglés de familia pobre. Al cabo de diez meses su anemia fue tal que tuvo que solicitar permiso no remunerado para pasar unos meses trabajando en el campo. Vivió con otro joven, uno nuevo en la fe, muy alejado de una congregación del pueblo del Señor. De lunes a sábado ellos bregaron de sol a sol con la siega del trigo, y los domingos evangelizaron a los vecinos. Generalmente aquellos inmigrantes alemanes lo llenaban de cochino y papas fritas, pero, dijo: “La indigestión no era problema mío en aquellos tiempos”.

Sano de cuerpo y alma, Santiago volvió a su escritorio ferrocarrilero. Encontró un empleado nuevo en la oficina, un inglés llamado Henry que cargaba un crucifijo y consultaba a menudo un librito negro. Ni corto ni perezoso, S.J.S. preguntó inocentemente si era un Nuevo Testamento. “¡Oh no! Es un diccionario”.

Pero ya se había logrado la entrada. Primeramente una invitación a cenar. Otro día, una invitación al culto de predicación del evangelio. Y, las conversaciones. Pronto Henry estaba solicitando tratados para leer en el tranvía.

Cierta tarde Henry llegó a casa para decirle a la señora que él no quería comer hasta haber resuelto un asunto de suma importancia. Se encerró en el dormitorio y le dijo a Dios que era un gran pecador. Todo quedó en silencio. Rogó por la salvación de su alma, pero nada. Esto continuó por buen rato, y Henry le dijo a Dios que él no sabía hacer o decir más nada. De repente le vinieron las palabras: “El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”. El amigo llamó a su esposa y preguntó dónde estaba eso en la Biblia. Los dos, arrodillados al lado de la cama, hojearon su Biblia hasta llegar a Isaías 53. La obra de Cristo iluminó los dos corazones y juntos profesaron fe en Cristo.

La mañana siguiente Henry llegó a la oficina tan lleno del gozo de la salvación que no pudo concentrarse en el papeleo. Fue a la ventana, la abrió, y empezó a cantar a todo pulmón un himno que comienza: “Jesús salva, Jesús salva  …” Cincuenta años después Santiago Saword y su antiguo compañero de trabajo se encontraron en un local evangélico. Hombre viejo ya, Henry todavía estaba regocijándose en su salvación. En fin, Santiago Saword había ganado su primer alma para Cristo.

Y así fue por cinco años: empleo en dos ferrocarriles de la ciudad; una temporada en el extremo norte del país en la oficina de otro ferrocarril; la cárcel y el sanatorio durante la primera guerra mundial; trabajo de día y evangelización de noche; visitas al campo y a las aldeas los fines de semana y en las vacaciones; estudio de la Palabra y extensas notas en taquigrafía cuando oía buen ministerio sobre las Escrituras; testimonio en la oficina y lectura de la Biblia en las casas fuera de horas laborales. Era su tiempo de maduración, preparación, consagración.

IV – De niña a señorita

Hay la tendencia de llamar ingleses a todos los que son oriundos de las Islas Británicas, pero en realidad hay también los galeses, escoceses e irlandeses. Gales es la parte que queda en el extremo sudoeste de la isla principal, conocida por sus recios mineros de carbón, el idioma imposible que algunos hablan y la belleza de voz que todos tienen.

De allí un grupo emigró en los años 1800 a Manitoulin en Ontario, Canadá. Se trata de una isla muy grande, algo apartada y de tierra poco fértil. A lo mejor fue por la pobreza de esa tierra que varios de entre el grupo siguieron al occidente. Llegaron a las vastas praderas de lo que es hoy por hoy la provincia de Saskatchewan, a un punto cerca del lindero con Estados Unidos. Está en el medio de lo que se ha llamado el granero del mundo. Es una tierra poco poblada; exageradamente calurosa en verano e igualmente fría en invierno; cruel pero bondadosa.

Se ubicaron en Glen Ewen, un pequeño pueblo cuyo nombre iba a figurar, años más tarde, en muchas cartas a los obreros evangélicos en Venezuela y otros países, diciendo: “La asamblea del pueblo de Dios en ésta desea tener comunión con  …”

Otros que vinieron de Ontario, mayormente en 1887, habían vivido en las poblaciones de Mount Forest y Owen Sound, en un área al oeste de Toronto donde evangelistas británicos habían visto una obra del Espíritu Santo y la formación de las primeras asambleas en el continente norteamericano. Es este segundo grupo que más nos interesa; no sabemos dónde ni cuándo fueron salvos los pioneros que más tenemos en mente para los fines de este relato. Viajaron en carretas tiradas por bueyes; el ferrocarril no sería construido por unos años todavía. He aquí algunos párrafos tomados de un librito de remembranzas publicado por la municipalidad en 1955:

Sus casitas mal construidas estaban expuestas a la intensidad de las tempestades. Las ventanas temblaban y el penetrante viento helado entraba por debajo de las puertas. Venía la calma y uno oía tan sólo lo que parecía ser disparos de pistola pero era en realidad la contracción de las vigas de madera a causa del frío.

La soledad de la vasta pradera infundía miedo en sus corazones, y en la primavera se marcharon. No podían. Se olvidaban de que dentro de poco la tierra negra daría su abundancia a quien tuviera constancia y estaría dispuesto a trabajar arduamente. Era tan sólo para los que sabían adaptarse y dedicarse a una vida nueva.

Entre los tales estaba la familia Scott. Los padres, oriundos de las Islas Británicas, trajeron consigo de Mount Forest a John hijo, Thomas, Eb y las dos niñas. Ellos poseían el primer órgano que se conocía en aquellas partes y los vecinos se reunían en su casa para cantar himnos y pasar ratos placenteros. Tenían profundas convicciones religiosas, y es posible que hayan figurado entre los fundadores de la congregación que aquí conocemos ahora como los Hermanos.

Es probable que ellos, con Charles McFarlane y unos pocos más, comenzaron las reuniones anuales para creyentes, conocidas como “conferencias”, que durante casi sesenta años han constituido una parte esencial de este distrito. Charles era hombre sobrio, imán para muchos en cuestiones espirituales. Con todo, en la vejez nos hacía reír cuando relataba sus problemas al principio para aprender cuál extremo del caballo llevaba el cabestro y cómo se sacaba leche de los cuatro grifos de la única vaca que él había visto hasta ese entonces.

Su hermana, Margaret, tuvo la distinción de ser la primera mujer que llegó aquí en ferrocarril. Ella vino para visitar a Charles, pero, como todos sabemos, los pensamientos de una joven giran hacia el amor, y esa joven se casó con John Scott hijo.

Pues, el historiador ha podido contar del susto que ella pasó en el viaje. El tren se accidentó y pernoctó en un campamento de taladores de árboles en pleno bosque de Ontario. El conductor le informó a Margaret que habría una litera para ella en un vasto dormitorio que era un solo salón, pero tan pronto como pisó el umbral hubo gritos, un apagón y el ruido de mucho corre corre.

La señorita se quedó parada en la oscuridad, maleta en mano, hasta que alguien la condujo a luz de vela a lo que resultaría ser un colchón que guardaba aún el calor del cuerpo humano que un minuto antes había sido botado al suelo para dar espacio a la inocente británica. Con razón los caballeros apagaron las lámparas, ¡porque dormían desnudos!

El caso es que Margaret sería la madre de ocho hijos, entre los cuales estaba Eleanor Cristina Scott McFarlane.

Margaret de Scott dio a luz a un varón en enero de 1895 y luego a la niñita en diciembre. Por cuanto pesó tan sólo 1350 gramos, los padres se resignaron a la triste expectativa de que su primera hija no iba a sobrevivir. Efectivamente, murió Eleanor, ¡pero noventa años más tarde!

Los cuatro varones y las cuatro niñas nacieron y fueron criadas en una de esas casitas de terrones. Una vecina las describe:

Los vecinos ayudaban a levantar los palos y luego buscaban el arado para cortar cuadros de hierba. Esas casas guardaban el calor pero no paraban toda la lluvia. Nos valíamos de cuanta olla había, recogiendo en ellas el agua sucia que filtraba por las rendijas entre los terrones del techo. Se intentaban llenar los huecos en las paredes usando una mezcla de cal y arena. La lechada de cal en las paredes de afuera aportaba tan sólo a la apariencia.

Pero por lo general éramos niños saludables. No conocíamos esas enfermedades típicas de los niños de ahora. No tomábamos medicina, salvo el tónico primitivo de sulfuro y melaza, lubricada con crema tártaro para facilitar el consumo. Mamá nos mandaba a recoger cantidades de geranios, fresas silvestres y la cáscara del cerezo silvestre. Con estos ingredientes ella mezclaba los remedios de rigor, salvo, por supuesto, el sempiterno léudano.

Llegamos a ser tantos niños que hacían falta dos escuelas construidas de troncos que se talaron cerca del río. Creo que Eb Scott, hijo de Juan padre, fue el primer maestro. Lo cierto es que su hermana Annie regentaba allí por largos años más adelante.

Sí, y “Annie” —la Tía Ana— le enseñó a Eleanor a coser, a tocar piano, y cuántas cosas más. No dejemos de notar que todo esto redundaría en beneficio de la comunidad porteña en Venezuela en décadas posteriores. Cuántas veces Eleanor buscaba las notas en su piano mientras Santiago Saword, Guillermo Williams, la señorita Ruth Guillermina Scott y otros probaban la música de composiciones que figuran hoy día al final de nuestro himnario.

Eleanor (“Nelly”) era flaca y algo enfermiza. Un viaje a las Islas Británicas a los doce años no cambió su condición, lo que llevó a la decisión que la hija mayor tendría que quedarse en casa con sus padres.

Pero ella no lo veía así. Los otros se quedaron buen tiempo, pero a los 18 años ella se marchó a la capital de la provincia para estudiar la carrera de enfermería. “La Delicada” (como la llamaban en casa) trabajó y estudió en el hospital de sol a sol por tres años y aumentó doce kilos. Quizás la enfermería que aprendió no sería tan técnica como la de hoy, pero ella tenía ese don por dentro. Era enfermera nata. No vino para ser servida sino para servir, y en esa profesión encontró su llamamiento.

La señorita hizo algo más en Saskatoon en ese comienzo de su vida fuera del hogar paterno, y aun más importante que el hecho de haberse graduado con honores. A la edad de veintiún años ella aceptó a Cristo como su Salvador. Tomó ese gran paso en una tienda de lona donde un tal “Willie” Wilson celebraba una serie de reuniones. Encontraremos el nombre de ese evangelista de nuevo en nuestro relato.

No es fácil seguir los pasos de la señorita en esa etapa formativa en lo espiritual. Quizás su mayor preparación ocurrió en el extremo occidente del país, por Vancouver, y al otro lado del lindero con Estados Unidos, donde también trabajó en su profesión en la primera mitad del de los años 1920. Lo cierto es que los esposos Saword Scott tendrían una preferencia por Vancouver y sus alrededores una vez que sus hijos buscaban dónde vivir su propia soltería, y la vieja generación de cristianos en el occidente del continente norteamericano guardaba muy buenos recuerdos de Nelly cuando señorita.

Parece que fue breve su vuelta a las praderas tragallones y luego a la ciudad de Winnipeg. Desearíamos saber más, pero tenemos que contentarnos con que ella llegó a Puerto Cabello en agosto de 1925, encomendada a la obra del Señor por asambleas en dos de las ciudades donde había vivido.

Le acompañó en el barco otra señorita quien venía a Venezuela para casarse con Santiago Saword.

V – Diversas esferas de servicio

Tenemos que volver a 1917 y la ciudad de Winnipeg, donde dejamos a nuestro oficinista con su intenso interés en la proclamación del evangelio. El lector llevará en mente que la primera guerra mundial estalló en 1914 y terminó hacia el final de 1918.

Hay dos razones fundamentales por las cuales muchos hermanos en la fe rechazan el servicio militar. La una se puede expresar sucintamente por el sexto mandamiento: “No matarás”. La otra tiene raíces más profundas. Se percibe el militar como sujeto a un yugo desigual; una vez puesto el uniforme, ¡no es hora de separase de prácticas que el creyente no puede aceptar! Algunos han pagado caro por su convicción que un cristiano no debe someterse aun a la recluta decretada por ley. Es una de las maneras en que valoran su ciudadanía espiritual por encima de la terrenal.

Cuando la guerra comenzó había voluntarios suficientes para atender la situación. Pero, una vez que la conflagración se puso aun más seria, el gobierno canadiense introdujo la recluta obligatoria. Fui clasificado como apto para servicio activo, pero había la posibilidad de solicitar exoneración por razones de conciencia. Muchos varones se reunían para orar sobre este particular, y yo manifesté a las autoridades que mi conciencia no me permitía participar en el servicio militar.

Oportunamente fui citado para presentarme ante el tribunal. Encontré el salón repleto de gente. Cuando el juez comenzó con mandarme a besar la Biblia y jurar que diría la verdad, le manifesté que mi conciencia tampoco me permitía besar el Santo Libro. Él me respondió: “Joven, tú has aprendido más que muchos de tus mayores”. Un tiempo después, las autoridades eliminaron la práctica antihigiénica de besar la Biblia.

El juez anotó su evaluación de mi caso y dijo que no habría decisión en ese momento. Yo me retiraba del tribunal cuando un teniente se adelantó y dijo: “Sr. Saword, nos gustaría conocer sus razones por no tomar un arma y pelear por su patria”.

Así, ante todos, testifiqué de mi fe en Cristo. Me respondió, “Sr. Saword, no quiero entrar en pleito, pero puedo darle un versículo de la Biblia que le permitirá pelear y matar. ¡Dice Hebreos 9.22 que sin el derramamiento de sangre no habrá remisión!”

La mañana siguiente, varios en la oficina se me acercaron con el periódico en mano. Un titular en primer plano decía: Rumbo al cielo, seguido de un relato de mi defensa ante el juez. Aquella mañana sentí muy adentro mi condición como peregrino en este mundo.

Recibí orden de presentarme en el cuartel y dentro de unos días fui asignado a trabajos de oficina en el ejército. Una vez que había llenado las planillas para cada recluta que tenía que ser procesado, le daba un folleto sobre el evangelio. Ningún superior se opuso a esta conducta mía.

Inclusive, una vez me dieron permiso para asistir a la cena del Señor. En mi emoción, ¡me presenté en el culto con el tenedor del comedor del cuartel a la vista en mi camisa! Pocos días después no había nada que hacer por unas horas. Un sargento se levantó ante el grupo de oficinistas y propuso que Saword ocupara el tiempo hablándoles de la Biblia.

En 1918 me enfermé con furúnculos en todo el cuerpo. No respondía los tratamientos médicos en el cuartel. Lo que parecía ser para mal, resultó para gran bien mío. No había cama disponible en los hospitales de la ciudad, de manera que fui asignado a trabajar por tiempo indefinido en un asilo para soldados discapacitados. Los militares a cargo de aquello eran romanistas pero me trataron muy bien, al extremo que una sola vez no me fue dado permiso para asistir a la cena del Señor.

En cuanto terminó la guerra, el ferrocarril logró que yo volviera a trabajar en aquella compañía. Recuperé la salud junto con el empleo. Mejor dicho, recuperé la libertad de ocuparme en la evangelización de pueblo en pueblo y pensar en cuál debería ser el rumbo de mi vida.

En aquellos años se ha podido decir de don Santiago lo que el diablo dijo de Job: “¿Por qué se da vida al hombre que no sabe por donde ha de ir, y a quien Dios ha encerrado?” Le quedaba cerrada la puerta a cierta esfera de servicio en el evangelio que él tenía en mente, pero a la vez le ardía una convicción que el Señor lo estaba llamando al servicio a tiempo completo. Tenía la voluntad, pero pensaba que no había dirección desde arriba.

Hice saber a los ancianos de la asamblea mi ejercicio, y oportunamente me dieron una carta de recomendación a la obra del Señor. Poco antes de la conferencia de Winnipeg en mayo de 1920 renuncié a mi empleo. El señor Willie Wilson de la ciudad de Regina me invitó a acompañarlo en una obra pionera en las praderas de Saskatchewan, y con gusto acepté. Él tenía un vehículo de carga convertido en casa rodante con dos literas, una pequeñísima cocina y una tribuna plegable para uso al aire libre. Por supuesto, tenía textos bíblicos pintados por fuera en los cuatro costados.

Rumbo al punto de partida, visité a un amigo quien apenas había recibido desde lejos una contribución de veinte dólares para ser usado en el evangelio. Así, Dios nos proveyó de municiones en la forma de tratados y libritos. Entendí que “el que da semilla al que siembra, y pan al que come, multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia”, 2 Corintios 9.10.

Viajábamos por trochas de barro. Vez tras vez tuve que salir del coche y empujarlo hacia el medio del camino resbaladizo mientras el otro manejaba, procurando evitar así horas de trabajo en sacarlo de algún zanjón. El hermano Wilson no tenía don para ministrar en las conferencias, sino para evangelizar en las casas. ¡Oh por pioneros de su estirpe hoy día!

En sus tiempos de plomero‚ se envenenó y por esto se enfermaba con el primer sorbo de una taza de te; su rostro se volvía rojo como un tomate. Yo me sujeté a su régimen, consumiendo agua y leche, agua y leche, agua y leche, agua …

Este fue el mismo que unos años antes había conducido a la señorita Eleanor Scott a los pies del Salvador. Él contó que en una de las haciendas solitarias que los dos evangelistas visitaron en aquellos viajes, encontraron la puerta de la casa abierta de par en par pero nadie respondía. Divisaron a un hombre mayor sentado a la mesa, cabeza en manos y llorando como un niño. El evangelista joven se quedó afuera, asustado, mientras el mayor se adelantó y cariñosamente preguntó al anciano qué podían hacer ellos por él en su angustia. No dijo más.

“¡Ay! ¡ay!” respondió el agricultor entre sollozos. “¡Es que soy vil pecador y anhelo en lo profundo de mi ser encontrar la paz con Dios!” ¿Tenemos que contarle a nuestro lector el resto de aquella historia?

El dueño del coche no quería enseñar a su ayudante a manejar el vehículo, y bien podemos sospechar que se debía a que S.J.S. era tenso, abrupto en sus movimientos y un tanto nervioso. Sin embargo, en cierta ocasión el señor Wilson tuvo que asistir a un entierro en otro pueblo y le pidió a Santiago viajar solo en el coche para encontrarlo en la estación del ferrocarril. S.J.S. llegó bien al pueblito pero tuvo que entrar en un taller de mecánica para comprar combustible.

Lo hizo a toda marcha; frenó violentamente; salió del carro para saludar al comerciante. El hombre lo miró asustado, leyó el texto que decía: “Aparéjate para venir al encuentro a tu Dios”. Comentó lacónicamente: “Joven, considerando cómo manejas, haces bien en llevar ese aviso”.

Pero otros textos de la Biblia le estaban hablando al siervo.

Él se hospedó en una casa cristiana que desplegaba dos versículos en un solo cuadro: Que marche, y No dudes de ir; Exodo 14.15 y Hechos 10.20. ¿Pero adónde? A veces S.J.S. pensaba en continuar en Canadá, pero una voz le decía que mejor sería usar sus talentos para aprender otro idioma y atender a pueblos en países menos favorecidos. Sabía a cuál país quería ir, pero por alguna razón Dios lo tenía encerrado.

Sabiamente, resolvió evangelizar a su propia familia y a sus conciudadanos en Inglaterra, adquiriendo nuevas experiencias en la obra y a la vez conocimientos básicos de medicina. Los años 1921 y 1922 lo encontraron en el Norte de Irlanda, Escocia y diferentes partes de Inglaterra. Visitaba a conocidos y ayudaba en series de cultos.

Durante dos veranos S.J.S. predicó el evangelio en una tienda de lona cerca de donde fue criado, acompañado en una de estas campañas por un antiguo colega de escuela dominical.

Estas visitas y esfuerzos ampliaron sus horizontes, profundizaron sus convicciones y le permitieron conocer a otros que servían al mismo Señor de diversas maneras. Tres médicos en un hospital de la ciudad de Bristol, todos cristianos dedicados al Señor, ofrecieron cursos de medicina básica a misioneros. El líder era Rendle Short, un hombre de gran estima entre las asambleas británicas debido a la manera en que usaba sus habilidades para la cirugía en el servicio del pueblo de Dios y para la extensión del evangelio. En cuanto a su habilidad profesional, citamos a la revista Lancet, que todavía es prestigiosa portavoz de la ciencia médica en Gran Bretaña y el mundo: “Arthur Rendle Short era cirujano en toda la extensión de la palabra, y en el diagnóstico nadie le quitaba el primer lugar”.

Un sábado el doctor Short no encontró a ningún internista que atendiera a un detective que llegó con una infección estreptocócica. “Saword”, dijo, “atienda a esta mano”. Saword no se presentó en el hospital el domingo, pero el lunes se encontró con el paciente. El detective lo saludó con entusiasmo; “¡Qué bueno que usted está de guardia hoy, doctor!” le dijo. “Ese médico que me asignaron ayer domingo no sabía lo que estaba haciendo”.

Otro mentor era dentista, y poco se imaginaba Santiago Saword cuánto pondría por obra en años venideros las técnicas que aquel profesional enseñaba al grupo de aspirantes para la obra del Señor en el Africa y otras partes. S.J.S. escribió voluminosas notas sobre cada tema de aquel curso intensivo, mayormente en taquigrafía y todas ilustradas con sus propios dibujos. (A la edad de catorce años él ganó un premio por su pericia en taquigrafía. Por setenta y tantos años más, llenaría los márgenes de Biblia tras Biblia de jeroglíficos, a veces en las conferencias anotando mensajes largos que eran de su especial agrado).

En noviembre de 1922, terminando su segunda jornada de campañas evangelísticas bajo lona, se presentó súbitamente una pequeña serie de circunstancias que le hicieron a don Santiago ver qué quería el Señor para él. Como veremos más adelante, no era lo que había tenido en mente. Dios lo había guardado encerrado, al decir de Satanás en Job 3.23, pero ahora el tiempo había llegado.

En seguida compró su pasaje en un vapor holandés que lo llevaría de Bristol a Barbados y de allí a Puerto Cabello.

Estando yo en Barbados, uno de los misioneros tuvo que atender a una diligencia en el centro de la ciudad. Fui con él pero me quedé esperando en su coche de punto. Se acercó una vendedora, mujer muy corpulenta, para instarme a comprar frutas. Cual estoico, insistí con tan sólo: “No, gracias”.

Sin embargo, mi amigo fue a otro negocio y de nuevo me encontré con una larga espera afuera. Compré unas frutas para satisfacer mi sed. En esto llegó la señora corpulenta y reclamó a quien me había vendido: “Ah, a ti te compra bastante, pero a mí nada. ¿Cómo es eso?”

Aquello me ha servido de lección en la obra del evangelio. Así es la naturaleza humana; hay veces cuando algunos se muestran de un todo indiferentes al mensaje, pero más adelante se interesan y se salvan. Lo he visto repetidas veces, y veo que no debemos estar desanimados, sino trabajar, orar y esperar en el Señor.

VI – Otro campo mayor

A partir de los años 1880 los vendedores viajeros de una u otra sociedad bíblica extranjera realizaron en Venezuela una labor digna de nuestra admiración, y en esa época se residenciaron en el país los primeros evangelistas. Emilio Silva, un joven gallego, y su madrastra inglesa, la señora de Bryant, dejaron brillar su luz en Caracas a partir de 1884, cuando el señor Bryant estaba en el empleo del ferrocarril de La Guaira. Poco después se formó la primera asamblea. No se puede insistir sobre si esta misma continuó, o si es que un par de veces se comenzó de nuevo.

John Mitchell, férreo soltero irlandés, sirvió en el evangelio en Venezuela desde su llegada de Canadá en 1896 hasta su traslado a España en 1908. Cualquiera la fecha que se asigne como la de su comienzo, la asamblea de Miracielos continúa hasta el día de hoy bajo otro nombre y en otro local. Los esposos Adams, escoceses que se habían radicado en Canadá, se identificaron con aquella congregación y sirvieron en el evangelio, mayormente en la capital, hasta el comienzo de la segunda guerra mundial.

En los últimos años del siglo XIX, media docena de hermanos varones, más varias damas, vinieron de España y Gran Bretaña para sufrir toda clase de contratiempo y oprobio. Vieron constituida una asamblea en la capital carabobeña en 1898, la cual continuó por dieciséis años. En 1899 el señor David Finstrom empezó su obra en La Victoria bajo los auspicios de la Misión Evangélica del Sur, prócer de las “iglesias libres” de la actualidad. Ese hermano gozaba del respeto y amistad de los otros que mencionamos en esta reseña, y de los ciudadanos de Estado Aragua.

William W. Williams (“don Guillermo”) se incorporó en el grupo en Valencia a partir de 1910 pero no se sentía cómodo con algunas características del ministerio que se estaba realizando. Otro de su parecer en las cosas del Señor era Gordon Johnston (“don Jorge”), quien llegó casi dos años más tarde. Estos dos varones de Dios se formaron espiritualmente en Toronto, capital de la provincia de Ontario, Canadá. Eran evangelistas de primer orden y a la vez hombres de convicciones fuertes y sanas en cuanto a qué debe ser un cristiano y qué exigen las Sagradas Escrituras de una iglesia local que profesa ceñirse a la doctrina de los apóstoles.

El primero de ellos partió a estar con Cristo en 1961. El segundo dejaría el país en 1932 y no volvería a vivir acá, debido de un todo o en parte a la enfermedad de su señora esposa. Si don Guillermo era el motor de la nave en los primeros años de la obra, don Jorge era el timón, por no decir el balasto también. Y, lo que más nos interesa por el momento, sería el mentor de Santiago Saword.

Fue en 1915 y 1916, respectivamente, que los esposos Williams y los esposos Johnston dejaron a Valencia para residenciarse en Puerto Cabello. Tenían tiempo visitando la ciudad, y al comienzo de 1916 un grupito celebró por vez primera la cena del Señor en ese histórico puerto caluroso y bullicioso. Como es de todos sabido, muchas asambleas del pueblo del Señor en esta nación son hijas, nietas o biznietas de ese esfuerzo pionero.

Henry Fletcher y su señora llegaron en 1916 y el año siguiente Manuel Acosta, valenciano de buena preparación, se dedicó a la obra del evangelio a tiempo completo. Los Fletcher continuarían en trabajos pioneros por doce años, basados en Valencia, y posteriormente sirvieron en Puerto Rico y luego Canadá. Los esposos Acosta continuarían en el evangelio en San Felipe por diez años, pero, pesa decirlo, él se perdió en caminos muy apartados de la santísima fe.

Por supuesto, las congregaciones nacientes contaban ya con uno que otro que harían honor al evangelio en las décadas por venir. Valencia tenía su León Almérida, Las Quiguas su Francisco Ramos a partir de 1927, Puerto Cabello su Cayetano Maduro, y Aroa sus muy nuevos que avanzarían mucho en lo espiritual, tales como Teodoro Acosta y José del Carmen Peña. Nuestra listica no es de ninguna manera completa.

Para completar la nómina de evangelistas que don Santiago iba a encontrar en su arribo, podemos mencionar el hermano Wills, quien se radicaría en el Estado Lara, y la señorita Eva Watson, quien fundó el Colegio Evangélico de Puerto Cabello en 1918. Como se nota, en esa época Canadá dotaba a Venezuela —o al menos a los estados centrales de Venezuela— con evangelistas.

James (“Jaime”) Gunn dejó Toronto después de Santiago Saword, pero llegó antes que él a Puerto Cabello en diciembre 1922. El hermano Gunn pasaría sólo cinco años en el país. Fue otro caso de una esposa enfermiza por el resto de su vida. Él sirvió con distinción en el continente norteño hasta tiempos recientes. No intentaremos estimar cuánto perdieron las futuras asambleas venezolanas, y cuánto ganaron Puerto Rico, Canadá, España, etc., debido en parte a diferencias de criterio y estilo. La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará.

Al final de 1922 había asambleas en Caracas; Puerto Cabello y Las Quiguas en Carabobo; San Felipe, Albarico y Aroa en Yaracuy; y Ciudad Bolívar en el Estado Bolívar. Otra cantidad parecida de congregaciones sería formada a lo largo del resto de aquella década. Valencia comenzaría de nuevo, ahora sobre una base más firme, al final de 1923.

 

El evangelio llegó a San Felipe unos tres años antes de que nuestro protagonista haya conocido el país. Como es bien sabido, el impacto del mensaje, la salvación de almas y la oposición de los romanistas dieron lugar a que los primeros creyentes en el estado Yaracuy hayan sido tildados, los carpistas. El apodo duró por años después de la formación de la asamblea en 1921. (En Valencia, los protestantes; en Puerto Cabello, los picapiedra).

San Felipe dejó una huella profunda en la mente de don Santiago, siendo el escenario de sus primeros pasos firmes en su larga carrera en la República. Más aun, Las Rositas ¾un pueblo vecino y conocido hoy día como Farriar¾ quedaba grabado en su memoria, y fue tema de múltiples relatos interesantes.

Él describe aquellos tiempos en su breve autobiografía:

Un día Manuel Acosta llegó a Puerto Cabello, entró en conversación, y me convenció para que me radicara en ese ente federal.*  Jorge Johnston contaba con Jaime Gunn en el trabajo de la prensa, y yo pensaba no hacer falta en el Puerto. Contaba con apenas tres meses de brega con el español, pero vi que Manuel, un hombre preparado, podría orientarme bien en el idioma.

*  Don Santiago y su generación hablaban de “El Yaracuy”, pero usamos aquí una terminología más corta y acorde con nuestros tiempos de apuro.

No había carretera a San Felipe, sino un sendero para peatones y bestias. Era El Camino Real y más de una vez yo lo conocería entre, por ejemplo, Yaritagua y San Felipe, caminando “a macho talón”, como decían en ese entonces. Sin embargo, mi primer traslado fue por vapor hasta Tucacas y luego por tren, un viaje de dos días en total, más una buena parte del día anterior en Puerto Cabello en busca del permiso oficial para viajar hasta el puerto falconiano.

En Tucacas cenamos en la posada de una alemana y luego pasamos la noche en el piso de arena donde conocimos no pocos cangrejos que transitaban por ese solar. El tren de los ingleses, con su locomotorcito que consumía leña, arrancó temprano para Palma Sola, contando aquella vez con un total de tres pasajeros.

Desde las 12:00 hasta las 3:00 esperamos en la estación el tren que nos llevaría a la capital de Yaracuy. Grandes fueron las ganas de apaciguar la sed con agua, pero las condiciones sanitarias indicaban que mejor sería conformarnos con sólo café. Por fin llegó el tren que consistía en un coche para pasajeros y varios que cargaban plátanos. Dos hombres lo abordaron en Las Rositas y comenzaron a estudiar cada pasajero.

Fui el objeto de su interés, porque eran hermanos en la fe que habían alquilado una casita para cultos en Marín y contaban conmigo para la predicación. En vano protesté mi incapacidad para hablar el idioma; Marín sería mi bautismo en cuanto a la predicación en español.

No había un solo creyente en el caserío. Me limité a los sermones de Pedro y Pablo, predicando lo que ellos habían predicado. Procuré aprovechar la caminata de seis kilómetros ida y vuelta cada noche para captar la conversación y el vocabulario de mis hermanos en Cristo, pero vez tras vez tuve que rogarles que hablaran “poco a poco, por favor”.

Apenas habíamos comenzado cierta noche cuando se acercó una procesión religiosa. Decidimos cantar mientras la gente pasaba frente a la puerta, y la respuesta de la calle fue una pedrada. Me preocupó el caso de una buena hermana en Cristo, ya que una piedra la alcanzó. “No se perturbe”, me contestó; “Yo estaba cantando sin interés, pero ese golpe me hizo sentarme recta y continuar a todo pulmón”. No hay duda: todas las cosas obran a bien para los que aman a Dios.

En esos tiempos hice arreglos para visitar una población llamada La Planada, pero me encontré sin bestia. El nieto de un cristiano me prestó su yegua, afirmando que no me daría problema alguno. Saliendo de San Felipe, el animal se interesó demasiado en un edificio en construcción y no quería seguir. Cuando la toqué ligeramente con la rienda, la yegua relinchó, se desbocó y se echó a correr como no puedo decir. Logré dirigirla al camino que me interesaba, encontrándonos en charcos, fangos y finalmente en un pozo de agua. Perdí un estribo y tuve que lanzarme al pasto. El animal siguió solo en su frenesí hasta La Planada y yo llegué a pie.

“Ah, sí”, me dijo el muchacho el día siguiente. “Precisamente, estoy preparándola para las carreras, ¡y ésa es la seña que uso cuando quiero que la yegua me dé su todo!”

Cocorote fue otro pueblo donde llevamos la Palabra por primera vez. Se nos invitó a predicar en una quinta en la calle principal que ostentaba en la fachada un letrero grande y bien pintado: Unión. Fe en Dios. El tiempo pasa pero la historia perdura. Pero lo que más nos molestaba era un cuadro en la pared de la sala que debíamos usar; era una representación de Cristo crucificado, de tamaño natural.

La familia era gente amistosa, pero nada sabían de la Verdad. Después de una lucha de conciencia, acepté la invitación y procuramos instruirles en cuanto a sus propios cuadros. Ellos nos trataron bien, pero al volver yo a pie con otros hasta San Felipe, otra gente nos lanzó cantidades de limones desde las matas a cada lado del camino. Apagamos las linternas y seguimos sin protesta ni comentario.

Repartiendo tratados y vendiendo porciones de las Escrituras en el campo, fuimos recibidos con respeto por una mujer que nos invitó a conversar. Resulta que años antes un hombre había ofrecido leerle de un libro que cargaba. Él sabía que se llamaba Nuevo Testamento, pero no sabía realmente qué era. Ella, en cambio, se interesó en la lectura a tal extremo que lo convenció para que orientara a sus hijos en cómo leer el libro. Al cabo de pocos días el hombre siguió su camino.

La mujer se quedó con el afán de oir más de la historia de Jesús, pero nadie sabía de aquello. Así que cuando llegamos, ella no sólo compró una Biblia, sino que insistió en un culto. Cuando llegamos la noche convenida, encontramos una sala repleta de vecinos y una buena cena servida para cada uno. Hubo buen oído para el mensaje.

Ella, el esposo y los hijos llegaron a conocer al Señor y en su tiempo eran fieles miembros de la asamblea en San Felipe.

VII – Si alguno quiere ser mi discípulo

El criado de Abraham dudaba de su viaje en busca de esposa para Isaac, pero Génesis 24 nos proporciona una hermosa secuencia de comentarios acerca de esa diligencia:

  • El criado … puesto en camino … llegó, 24.10
  • Jehová … prosperará tu camino, 24.40
  • … guiándome Jehová en el camino, 24.27
  • Bendije a Jehová Dios … que me había guiado
    por camino de verdad, 24.48

El desenlace no hubiera sido feliz sin esa frase clave en el versículo 10: El criado se puso en camino. Jehová hizo el resto.

Allá por el año 1920 Santiago Saword se proponía tomar dos pasos que nunca le serían permitidos. Se trataban de los pasos más importantes de su vida, después de aquél de la salvación de su alma unos once años antes. Primeramente, pensaba servir en el evangelio en Japón, un país que nunca llegaría a conocer. Segundo, pensaba casarse con una joven que nunca sería su esposa.

¿Disparates crasos, producto de la voluntad propia de uno fuera de comunión con su Señor? Lo dudamos enormemente, y que el lector no lance piedra de burla antes de reflexionar sobre la historia de los setenta años que quedaban por delante, por no decir también el enorme precio emocional que nuestro hermano estaría dispuesto a pagar para conocer y cumplir lo que Dios tenía en mente para él en cuanto al matrimonio.

En aquellos años de oficinista en el occidente de Canadá, S.J.S. estudiaba detenidamente su atlas misionero del mundo publicado por los redactores de la revista Echoes of Service. Era el mapa de Japón que más le llamaba la atención. Empezó a cartearse con misioneros en ese país y otros. Llegó a solicitar una transferencia a la oficina de su patrono en Tokio, pero le fue negada.

Por cierto, visitando Irlanda un año más tarde, le contó a un muchacho recién convertido cómo era Japón y su necesidad del evangelio. Aquel hermano en la fe iba servir al Señor por largos años en aquel país, ¡contando al señor Saword una vez que su ejercicio comenzó aquel día cuando de jovenzuelo él oyó esos relatos en el potrero cerca de su casa natal!

La carta de recomendación expedida por la asamblea en Winnipeg en marzo de 1921 dice en parte: “Nuestro hermano nos deja ahora [rumbo a Inglaterra] con el deseo de entregarse a la obra del evangelio, con Japón puesto sobre su corazón  …” Casi dos años más tarde, aquellos mismos ancianos expedirían otra carta, esta vez dirigida a “los cristianos que se congregan en el nombre del Señor Jesucristo en Venezuela”. La confianza expresada en S.J.S. fue la misma, pero ahora el párrafo intermedio dice: “Él se proponía ir a Japón pero nuestro Dios ha tenido a bien otra cosa, permitiéndole llegar hasta ustedes para prestar servicio en el evangelio allá”.

El siervo del Señor no hablaba ni escribió mucho sobre el cambio. Le citamos:

Amigos en Inglaterra me animaron a conocer a un caballero anciano que había fundado un grupo para evangelizar el Japón. El hombre fue muy franco, y terminó diciéndome que si fuera joven de nuevo, él no iría a Japón, sino al Africa o América del Sur donde la gente tenía más oído para el evangelio. Se veía que era cristiano de veras y con muchos años de experiencia. Su consejo me hizo mella.

Ahora, Japón estaba cerrado, bien cerrado [Josué 6.1]. Y se ha podido decir de mí, como dijo el diablo de Job, que Dios me había cercado alrededor.

Llegando al final de la segunda temporada de cultos bajo lona [en Inglaterra en 1922], se profundizó mi ejercicio respecto a qué era lo que el Señor tenía en mente para mí. Recibí una carta de Jorge Johnston, la única persona en la obra en Venezuela que yo había conocido. El señor Johnston dijo que él había orado por mí durante tres años, desde el día que me conoció en casa de un tercero en Winnipeg. Su oración era que el Señor me enviara a Venezuela.

Yo tenía un prejuicio contra el servicio en un país católicorromano, habiendo visto algo del fanatismo de los católicos francocanadienses y de los romanistas radicales en Irlanda del Norte. Sin embargo, una vez cuando repartía material evangélico en los muelles de Bristol, me encontré al final de la jornada con tan sólo un Testamento, y en español. Me pregunté si era una voz de arriba para dirigirme a un campo de habla hispana.

Mientras más oraba yo, más convencido estaba de que la voluntad del Señor era la que mi hermano me sugería. Hice los preparativos necesarios.

O sea, estaba “puesto en camino”, y Jehová lo guió en el camino que Él quería.

Antes de irse de Canadá, se comprometió para casarse más adelante. Una vez ubicado él en Venezuela, la comprometida vino a este país con miras a unir su vida con la de su novio. Pero a ella no le gustó lo que encontró. Canadá, sí; Inglaterra, sí; Japón, parece que sí. Pero no estaba dispuesta a vivir en Venezuela. ¿O será que dudaba ahora de él?

Él le rogó literalmente de rodillas, pero no: tendría que escoger entre ella y su nuevo campo de servicio. Santiago eligió. Sin que lo supiera, algunos misioneros fueron a toda carrera hasta La Guaira con el fin de persuadir a la señorita que se quedara, pero ya había emprendido el regreso a su tierra.

S.J.S. se encontró figurativamente tumbado en el suelo.

Por el resto de su vida, Santiago Saword tendría mucho amor para con su esposa, sus hijos, su hogar y sus grandes amistades entre el pueblo de Dios, pero nunca a expensas de la obra del Señor. Vez tras vez, aun cuando anciano débil, él (como también la que sería su esposa) dejó ver que el servicio en el evangelio tenía la primacía y lo demás tendría que acomodarse a ese llamamiento.

Jehová, al decir de Génesis 24, prosperó su camino.

VIII – De señorita a señora

Eleanor Scott tenía 29 años cuando arribó en Puerto Cabello en agosto de 1925. Se hizo de por vida buena amiga de la señorita Edith Gulston, quien había llegado un año antes. Los Williams y los Johnston vivían en la segunda planta del edificio en Plaza Bruzual, y las señoritas en la planta baja por regla general. Santiago Saword, como ya sabemos, había llegado casi tres años antes. Él y su colega Jaime Gunn aparecían y se marchaban del Puerto de tiempo en tiempo.

La residencia, aunque consistía en “el lado Williams” y “el lado Johnston”, era (y sería por sesenta años más) una pecera de cristal donde cada cual en la colonia misionera estaba constantemente en la mira de los demás. Ni los Williams ni las señoritas tenían hijos, pero los Johnston y posteriormente los Saword tenían varios, cada uno de los cuales poseído de las travesuras propias de la niñez. ¡Grande será el galardón de parte y parte por haber aguantado (aunque a veces muy a medias) el estilo de vida que imperaba al otro lado de la pared!

(Siempre me gusta, por ejemplo, cuando mi esposa cuenta de su entrevista para el bautismo cuando joven aún. Don Guillermo Williams, quien a lo largo de su vida alternaba entre muy severo y bastante humano, le preguntó en tonos solemnes, sin poder esconder su picardía: “Eunice, ¿tú peleas con tu hermanito?”)

Cuando la nueva obrera contaba con solamente cuatro meses en su campo de servicio, luchando débilmente con el idioma, el clima, la cultura y el medio ambiente, tuvo la sorpresa de saber que Santiago Saword le había dejado un sobre antes de salir con los señores Williams y Gunn en un viaje de evangelización que iba a durar cuatro meses o más.

Ella no sabría de las fervientes oraciones de los Johnston, pidiendo dirección sobre qué hacer. La señora estaba apurada por viajar a Canadá debido a su embarazo y debilitado estado de salud. Todo había sido arreglado de manera que Santiago y su esposa —la que nunca llegó a ser tal— ocuparían la residencia de los Johnston y atenderían las responsabilidades que los Johnston tenían en la obra. Y en cuanto a las oraciones de S.J.S., ¿qué diremos?

Él guardó durante el resto de su vida las cartas que Eleanor le escribió en aquellos meses, pero no sabemos quién destruyó las que él le envió a ella. Lo que sabemos es que aquel sobre contenía una nota por demás breve. Él le pidió a Eleanor Scott que se uniera a él en santo matrimonio.

La carta que Nelly redactó el 6 de enero de 1926 fue dirigida a Sr. S.J. Saword y comenzó con Salmo 32.8: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”. El mensaje del escrito fue: “Cuando le dije al Señor que yo estaba dispuesta a venir a Venezuela, si fuera la voluntad suya, fue con el propósito de ejercer la enfermería o hacer cualquier cosa dentro de mis posibilidades con tal que fuera para la gloria suya, pero jamás se me ocurrió la idea del matrimonio. Sin embargo, confío en que mi deseo siga siendo el servicio para el Señor en cualquier senda que Él quiere que yo tome”.

Un mes más tarde fue: Apreciado señor Saword. ¡Él tendría que esperar hasta marzo para recibir un Mi querido Santiago !

Sin embargo, aquella carta que ella escribió en febrero tiene como encabezamiento: “Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos”. Con aquello, no nos sorprende leer a continuación: “Al despertarme temprano esta mañana, pidiendo al Señor una palabra especial de él en cuanto a lo que uno debería hacer, y solicitándole la confianza que Él puede dar, el versículo que me vino fue: Este es el camino, andad por él.

Tal vez ella no habló con entera exactitud al decir que se había despertado temprano aquella mañana, ya que años después le contaría a una hermana en Cristo que había pasado la noche entera en oración.

En una de sus cartas, escrita después de su compromiso pero antes de regresar él al Puerto, ella dejó entrever su sentido del humor. Obviamente lo había evaluado durante el escaso tiempo que había vivido en el Puerto, ya que le coqueteó: “Acabo de descubrir una carie en mi muela. Debo atender a la cuestión antes de tu regreso, ¡acaso quieras probar aquel gatillo nuevo que tienes!”

Se casaron el 6 de mayo de 1926. La ceremonia civil se realizó en la planta baja, o sea en el local evangélico en la esquina de Campo Elías y Santa Bárbara, y la recepción en el solar atrás. Hubo un apagón durante el culto, gracias a una tormenta. Mayor fue la tempestad que había bajo cuerda de parte de aquellos entre los extranjeros que simplemente no podían pensar que aquel matrimonio relámpago era correcto, sensato, justificado o bien visto en el cielo.

La pareja pasó un tiempito en Nirgua, consumida por chinches. Decidieron trasladarse a Valencia por pocos días. Pero su hogar sería Puerto Cabello en “el lado de los Johnston”, y hasta allí llegaron para sobrellevar la severa desaprobación que unos pocos manifestaron por no pocos años.

El novio era formal, nervioso, tempestuoso, exigente, meticuloso. La novia era de recias raíces pioneras y campestres; informal, paciente como uno difícilmente puede imaginarse, extrovertida, poco dada a los detalles de libros, cuentas y rutinas que no tenían que ver con la salud y bienestar del oprimido.

Pero, ¿ha habido mejor unión conyugal? ¿Dos personas alguna vez han estado más unidas en sus objetivos y más dispuestas a sacrificarse juntos para cumplir con la misión de sus vidas?  ¿Alguna mujer ha sido ayuda más idónea para su marido? ¿Algún viudo ha estado más desamparado al perder a su esposa? La única respuesta admisible se encuentra en los sesenta años que pasaron juntos.

IX – En trabajo y fatiga

No podemos seguir las huellas de este evangelista año por año, ni es necesario. Interminables caminatas por Yaracuy y Carabobo; una visita a Curazao; Cojedes; los campos en derredor de Urachiche, Barquisimeto, Duaca, Guaiguayure, Aroa … Vamos a buscar una pequeña muestra, comenzando con un viaje a Falcón antes de haber obra alguna del evangelio en esa entidad federal.

En 1924, estando yo de visita en Duaca, Estado Lara, un vendedor de Biblias pernoctó en casa del hermano Wills en su viaje de Barquisimeto a Coro. Tuve ejercicio delante del Señor en acompañarlo, pero no logramos conseguir bestias para llegar a Coro, de manera que algunos creyentes me animaron a visitar primeramente en El Tocuyo.

Por diez días vendí Biblias y Testamentos, predicando cada noche en la sala de una señora que profesaba fe. Haciendo maleta para salir de El Tocuyo, recibí noticias de que una señora quería que la visitara en su casa cerca de la catedral. Resulta que ella había aceptado a Cristo durante los cultos y quería que otros presenciaran la quema de sus ídolos. La gente deseaba más predicación en otra ocasión, pero había un inconveniente; le dije a la persona culpable que yo volvería una vez que él limpiara su testimonio. Pero, los pentecostales no tenían los mismos escrúpulos que uno, y se aprovecharon del esfuerzo que habíamos invertido en aquella población.

Sin embargo, me escribe todavía un señor que era dueño del Bar Rayo Azul. Había sido un padre de familia flojo y cruel, pero fue salvo como consecuencia de leer un Nuevo Testamento. Cuando dejó de vender licor y aprendió a ganarse la vida de forma honesta, los vecinos le reclamaron a la esposa que ella vivía con un hereje. Su respuesta fue que ella era fiel a la religión de sus padres, ¡pero recomendaba el Evangelio como el mejor remedio para los maridos borrachos! Tampoco fue así por mucho tiempo, ya que ella también encontró la paz que viene al creer.

En mis tiempos en Las Rositas se convirtió al Señor un obrero del ferrocarril, nativo de Tocópero, Estado Falcón, quien había huido de aquella población en desgracia a causa de su vida de pródigo. Convertido de alma y conducta, había vuelto a su esposa e hijos, de manera que contábamos con una puerta abierta en aquella población.

El señor Gordon Johnston y yo viajamos a Puerto Cumarebo por velero al comienzo de 1925. El viaje fue tempestuoso, pero por fin pasamos una noche en Cumarebo y salimos la mañana siguiente a pie para Tocópero, la literatura en sacos sobre nuestros hombros. El candidato nos recibió con gozo y luego nos llevó a conocer sus familiares. Una familia nos invitó a desayunar. Casi no había agua, y nada de platos ni cubiertos. Con los dedos nos aprovechamos de la arepa y huevos fritos, y cayó muy bien el cafecito con leche de cabra. Nos mostraron mucha cortesía y arreglaron un culto para aquella noche en el trapiche. La mayoría de los obreros asistieron, y unos años después algunos de ellos fueron salvados y bautizados cuando el señor Williams predicó en Tocópero.

Visitamos de casa en casa en Cumarebo durante el día y predicamos cada noche. No había camino hasta La Vela de Coro (¡ !) pero llegamos hasta ese pueblo en velero y recorrimos a pie sus calles. Entramos en conversación con cierta señora que estaba beneficiando un cochino. Resultó que ella estaba dispuesta a que predicáramos en su solar aquella noche, y en efecto lo hicimos; hubo buena asistencia de vecinas.

José Naranjo y yo celebramos cultos en Caracas 48 años más tarde, y un domingo me di cuenta de que había más niños que adultos en la reunión de ministerio. Para el bien de los niños, saqué mi Librito sin Palabras y les hablé de su gran mensaje: la página negra que nos dice que somos pecadores, la página roja que nos habla de la sangre de Cristo, etc. Observé que doña Carmen de Naranjo estaba llorando, y supuse que se había enfermado, quizás por el calor y el aprieto de la mucha gente en el local.

¡Cuán equivocado estaba yo! Terminado el culto, doña Carmen me dijo: “Don Santiago, cuando yo era niñita en La Vela de Coro, usted habló de ese librito en casa de mi tía. Había tanta gente que yo no pude ver, así que me metí entre las piernas y faldas de los adultos y agachada llegué a donde estaba usted. Desde ese día hasta hoy, nunca me olvidé de lo que usted dijo en casa de la tía”.

Fuimos a Coro en un pequeño tren, pero muy poca gente se atrevió a escuchar la predicación por miedo al obispo, así que el día siguiente nos juntamos a una caravana de 24 burros y tres hombres que salían para la península de Paraguaná. Contratamos dos bestias para nosotros y dos para llevar la literatura y maletas. Desde las 9:00 pm hasta las 3:00 am nos quedamos medio dormidos en hamaca, pero de repente el relincho de los animales nos avisó que era hora para un cafecito.

Aquello fue Falcón en 1925, pero ha podido ser cualquier otra parte del país en décadas posteriores. Los párrafos transcritos nos dan un retrato fiel de S.J.S. (y, hasta cierto punto, de toda aquella generación de evangelistas):

  • Las largas caminatas, visitas de casa en casa y culto cada noche en algún sitio menos que atractivo;
  • El intento inicial, aparentemente sin fruto, en un lugar donde don Guillermo Williams u otros verían una buena obra realizada años más tarde;
  • Su Librito sin Palabras usado con una claridad, una sencillez y una intensidad tal que una niña lo grabaría en mente de por vida. (Él siempre cargaba uno de esos libritos. Él siempre asignaba una gran importancia a las escuelas dominicales y otras formas de evangelización de los menores).
  • Y, por supuesto, ¡una noche sin mucho sueño para emprender viaje a las 3:00 am!

Se había realizado dos años antes uno de los encuentros más interesantes en la historia de la obra de las asambleas venezolanas. Hubiéramos deseado observarlo secretamente desde detrás de unos racimos de plátano. El Mensajero Cristiano nos prepara por medio de dos entregas fechadas 1923:

  • Ha regresado a nuestro lado el colaborador estimado don Guillermo Williams, acompañado de su digna esposa. El éxito del hermano Williams en el pasado en abrir camino para el evangelio de Cristo en nuevos lugares, nos llena de vivas esperanzas …
  • [Un] nuevo obrero, don Heriberto Douglas viene desde Irlanda a unirse con nosotros con la esperanza de ayudar, una vez que pueda expresar sus pensamientos en el castellano …

Nuestro protagonista, por su parte, alquilaba en esa fecha como dormitorio un viejo vagón del ferrocarril en la estación de Las Rositas. Decía en la vejez que tanto el viento como los marranos entraban a toda prisa por los huecos en la pared de un lado y salían con igual apuro por los huecos al otro lado. Estaba solo, y, como hemos venido observando, muy identificado con Jorge Johnston.

Quién sabe qué pensaría el dinámico, rústico escocés. De misioneros de calidad mediocre (en su opinión), Guillermo Williams ya estaba harto. Y tal vez el lector tiene cierta noción de la reacción química que tradicionalmente existe entre ingleses, escoceses e irlandeses. Todos son británicos, ¡pero …! Y por vez primera las tres razas se encontraban juntos en la obra que tenía a Puerto Cabello como centro.

Se presentaron los señores Williams y Douglas en el vagón. Iban rumbo a Aroa, pero querían conocer a aquel que se había metido en el bosque a sacar muelas como una manera de pescar almas. Aquel soltero flaco, nuevo en el país, vestido de lino blanco en sus agotadoras visitas solitarias en la selva de Yaracuy, inglesamente correcto en sus modalidades, sin duda se proyectaba a primera vista ser “meramente” un oficinista.

Heriberto Douglas, por su parte, llegaría a ser (hasta una muerte inesperada en 1935) uno de los irlandeses más comprensivos que la obra en Venezuela iba a conocer, pero su procedencia significaba un elemento nuevo en la fórmula. Lo cierto es que esa química iba a producir burbujas en décadas posteriores, y ninguna de las procedencias raciales dejaría de figurar en la efervescencia. Cuando don Guillermo tenía unos años de haber dormido en Cristo, don Santiago escribió: “Él me respetaba a mí, y yo a él”. Significativa esa afirmación acertada, y sospechamos que tuvo su origen en un destartalado vagón de ferrocarril en la estación de Las Rositas.

X – Al sur en 1929

“Después de una ausencia de siete semanas”, decía la noticia en El Mensajero Cristiano, “han regresado a sus hogares los obreros don Santiago Saword y don Jorge Johnston. Salieron con el auto bien cargado de Biblias, porciones de ella, folletos y tratados evangélicos de varias clases, los cuales fueron colocando en manos de personas interesadas en todos los pueblos, desde Valencia hasta Arauca de Colombia”.

“Fueron vía Puerto Nutrias y el llano, y aprovecharon la oportunidad de predicar el evangelio durante varias noches, de paso en Acarigua”.

“En el seno de los hermanos de Guasdualito pasaron dos semanas muy gratas, procurando confirmarles en las Escrituras y recibiendo de ellos muchas expresiones de cariño fraternal. Antes de salir, seis personas pidieron que fuesen bautizadas en el río, lo que fué celebrado con mucho gozo de parte de ellas y de los testigos”.

Dejemos que nuestro protagonista nos cuente:

En los primeros meses de 1928 los hermanos Johnston y Fletcher recibieron una invitación de visitar los creyentes en Guasdualito, Estado Apure, quienes suscribían a la revista argentina El Sendero del Creyente. Parecía que estaban convencidos de la verdad de congregarse en el nombre del Señor Jesucristo y deseaban recibir ayuda espiritual. Enrique Fletcher compró un carro Ford de segunda mano y Jorge Johnston sirvió de chofer. Su viaje duró un mes y su impresión fue favorable. Pero, los esposos Fletcher se marcharon del país y el año siguiente el hermano Johnston me habló de acompañarlo en una segunda visita.

Partimos de Valencia con una buena cantidad de tratados y literatura cristiana. En Tinaquillo, Estado Cojedes, alquilamos una pieza para la noche en una parada frecuentada por los caravaneros de mulas y burros. Estando escasos de recursos, optamos por preparar nuestras propias comidas y valernos de nuestras hamacas en vez de las habitaciones con camas.

El anciano dueño de la posada era un hombre algo grosero pero amistoso. Compró una Biblia a un precio irrisorio, e intentamos darle una idea de qué se trataba. Cuando le preguntamos qué atención había prestado a la eternidad por delante, nos explicó: “Miren, el mundo es un vasto prado y nosotros somos los burros”.

¡Pobre hombre! Vivió su vida entre las bestias, y no veía más allá de aquello. Pero así es con la muchedumbre. Son terrenales, sin Dios, sin Cristo, sin esperanza. Intentamos interesar a ese señor, como a todos, en el libro que tenía en sus manos y en el horizonte que le quedaba por delante.

Entrando en la vasta llanura, encontramos gente menos fanática y más dispuesta a prestar atención al evangelio. El camino terminó al llegar al gran río Apure, así que cruzamos en balsa y en la mañana emprendimos un viaje de dos días a Guasdualito. No había ni camino ni senda. Los aldeanos nos asignaron un guía —un baquiano, como dicen— pero lo despachamos enseguida porque estaba ebrio.

Guasdualito contaba con dos vías de acceso: el río y los bueyes. El cartero contaba con un buey para el correo y otro para los pasajeros. Las bestias conquistaban los ríos a nado, y a expensas de la comodidad de los clientes.

Buscamos rumbo, hora tras hora, susurrando el himno, “Guíanos, oh gran Jehová  …” La gente aconsejaba fijar la vista en cierta palma, o quizás alguna casita en medio de la llanura, y sólo una vez perdimos el camino. Estábamos siguiendo huellas claras, ¡pero era la vía del ganado hacia el barranco del río! “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es caminos de muerte”. No había nada que hacer sino regresar unos cuantos kilómetros y comenzar de nuevo.

El Señor tuvo misericordia de nosotros, pero sí hubo un contratiempo. Se quemó una biela del vehículo. Proseguimos con sólo tres pistones hasta alcanzar una casita cerca de nuestro destino. Don Jorge era mecánico nato, aun habiendo nacido en una hacienda y trabajado en una oficina antes de dedicarse al ministerio del evangelio. Anduvo por Guasdualito en busca de una aleación de cobre y castaño. Volvió con cierta pieza de una máquina de coser que encontró en un basurero; instruyó al carpintero del molde que quería; fundió el metal para hacer la pieza que faltaba, ¡y prendió la máquina sin dificultad!

Realmente, no debo decir que no había problema. Estábamos trabajando bajo un techo que hacía las veces de gallinero, y los piojos nos caían encima sin misericordia. Terminada la faena, nuestro mayor interés era dónde bañarnos.

Una de aquellas noches llegamos a un hato para pasar la noche. No queríamos dormir con los vaqueros y optamos por colocar las hamacas en un depósito. Prendimos la linterna para encontrar la viga, y nos encontramos “cara a cara” con una tigra mariposa. Los vaqueros se negaron a atender a la venenosa, protestando que querían contar con la serpiente para matar los murciélagos, ya que estos chupaban la sangre de las bestias.

Tuvimos que seguir la marcha. En la mañana entramos en la casita de un llanero para comprar un litro de leche, pero la familia contaba con solamente media tasa. ¡Diez mil cabezas de ganado, y una sola vaca lechera!

Pasamos diez noches con los creyentes, ministrando sobre la Iglesia y las iglesias. Nuestro hermano usó su carta gráfica sobre el tabernáculo. Pero, varias damas fomentaron una división. No querían saber nada de que la mujer debe guardar silencio en las reuniones de una asamblea, ni aceptaban la instrucción sobre una cobertura para la cabeza. Así, el resultado fue que una misión evangélica conquistó ese núcleo.

Nuestro anfitrión, quien era dentista, nos llevó en bongo a un caserío lejano y aislado. Comenzamos la predicación del evangelio a las 8:00 de la noche, y los oyentes escucharon de buena gana. Estábamos por terminar a las 10:00, pero llegó otro grupo. Ellos habían recogido su ganado en el corral, ya que los pumas eran una amenaza, y trajeron hamacas para pasar la noche, así que las avanzadas horas de la densa oscuridad nos encontraron proclamando la Palabra a un gran número de personas.

Se acercaban las lluvias, de manera que comenzamos el viaje de regreso. El jefe civil había contratado un vehículo con chofer, pero éste no conocía el oficio. Metió el carro en un fango, pensando que la hierba brava sería buen piso. Fuimos en busca de vaqueros, quienes sacaron el coche sin problema, y el oficial le ordenó al hombre que siguiera nuestro coche, ¡ya que supuestamente conocíamos la vía!

Apenas habíamos caído en sueño aquella noche, el hombre nos despertó con la advertencia de que unos insurrectos venían hacia donde estábamos, y a lo mejor nos quitarían los vehículos. Llegó otro viajero, un oficial de la aviación, y formamos una caravana de tres carros en fila, atravesando la caña brava en la oscuridad. Nuestro Padre celestial nos protegió, pero permitió que se partiera una ballesta.

Surgió una discusión sobre si deberíamos buscar a la derecha o a la izquierda. Los amigos eligieron la vía a mano derecha, y aceptamos su consejo. Dentro de una hora, llegamos a la casa de donde salimos. Comenzamos de nuevo, optando esta vez por doblar a la izquierda y preocupados por la falta de combustible. Cayó la noche, pero el jefe civil temía una emboscada, así que no dejó dormir a nadie.

Alcanzamos el río Apure el día siguiente y compramos gasolina de la más sucia a Bs 1 por litro. En Puerto Nutrias un ganadero árabe nos ofreció Bs 100 si lo llevaríamos hasta Valencia, ya que tenía miedo de los insurrectos. Aceptamos. Nosotros también queríamos adelantar lo más posible, pero con miras a partir el pan en la cena en Valencia.

Llegamos a San Carlos cuando todo estaba en oscuridad, así que colgamos las hamacas de las ramas de los árboles. Pero el ganado se rascaba contra las cuerdas, y los mangos nos caían encima. Decidimos proseguir. El camino hacia Tinaquillo era estrecho y seguía el barranco del río. Jorge estaba rendido de sueño y por poco nos llevaba al agua. Yo intenté salvar la situación cantando a voz en cuello, “Cuando la trompeta del Señor  …” pero aun así el buen hermano cerraba los ojos y cabeceaba. Tomé el volante hasta encontrar un grupo que celebraba una fiesta. El señor Johnston consiguió una buena tasa de café negro que lo mantuviera despierto el resto del viaje. Llegamos, nos lavamos y nos sentamos en la cena cuando el reloj estaba por marcar las 10:00.

XI – Un campo predilecto

Esta no sería una biografía de los esposos Saword si dejáramos afuera la serranía de Santa Rosa. ¿Cuántas docenas de bancos y sillas se eliminarían de los locales evangélicos de Venezuela hoy día si no se contara con ningún descendiente de los Sequera y las otras familias de esa serranía?

Don Santiago no figuró en el comienzo de la obra en el eje Canoabo – Santa Rosa – Quebrada Bonita – Capita. El evangelio hizo mella por El Mensajero Cristiano y visitas de parte de varios. Podemos mencionar de paso que él sí llegó a la zona antes, en 1926, en una larga circunvalación en los cafetales del oeste de Carabobo, con un grupito de hermanos en la fe de Las Quiguas: Puerto Cabello a San Esteban y Las Quiguas para arriba, bajando hasta La Arena, Las Trincheras, sobre la cuesta de otros cerros hasta Chirgua, una receptividad fea en Canoabo, y luego a Urama y Puerto Cabello, todo a pie.

Lo encontramos en la construcción del primer salón en Santa Rosa, pero más nos interesan las visitas entre 1935 y 1942. Iba la familia entera, y en cada ocasión algunas de las maestras de las escuelas evangélicas también, para seis o más semanas de vacaciones escolares. Decía Jean, la hija mayor: “Mis recuerdos de niña no incluyen a Mamá descansando en casa. La veo en el Puerto siempre trabajando y atendiendo a gente, pero había esa idea en la familia de que ella descansaría cuando fuera posible pasar una temporada en Santa Rosa. Por supuesto, aun así ella visitaba a veces de día en la serranía, y había culto todas las noches”. Aquellos descansos eran posibles porque una de las familias en particular, la prócer de entre los Sequera, bondadosamente abría su hogar a la familia para comer con ellos cada día.

La señorita Fanny Goff se acuerda de haber salido de Puerto Cabello a las 5:00 am, llegando a Urama a las 2:00; había bestia sólo para la señora Eleanor. Cayó un aguacero tropical, de manera que llegaron a Canoabo a las 11:00 de la noche. Los esperaban creyentes con burros, y todos comenzaron a subir la cuesta. Los visitantes alcanzaron la cima a la 1:00 de la madrugada; la caravana a las 2:00, con todas las pertenencias, incluyendo las camas y sábanas, empapadas hasta lo más adentro.

 

Tal vez esta carta, escrita en 1938 por Ruth Guillermina Scott, nos ayude a captar la escena:

Junto con dos de mis colegas en la obra, acompañamos a los Saword a Santa Rosa en las vacaciones escolares.

Vivimos en el local evangélico, el cual está en la cumbre del cerro que encierra el valle. El viaje por burros y mula fue un tanto forzado, ya que las lluvias nos estorbaron, pero es estimulante gozar del aire de montaña y visitar entre estos creyentes sencillos y fervorosos. Hay pueblo de Dios entre casi todas las familias de esta serranía. La caminata a la segunda asamblea en estas partes [Quebrada Bonita] es de tres horas, con igual número de bajadas y subidas en medio del bosque y siembras.

Entre las dos congregaciones habrá tal vez noventa creyentes, mayormente de tez blanco, avispados pero viviendo en condiciones primitivas. El salón de reuniones me parece una estructura africana con sus paredes de bahareque y techo de palma, pero los varones están haciendo adobes con miras a levantar una estructura más duradera.

El paisaje es hermoso: cafetales con sus correspondientes matas de cacao y plátano; siembras de maíz y diversos granos. Uno vislumbra casitas por doquier en los cerros en derredor donde hay receptividad para el testimonio de los creyentes, y en el valle el pueblo de Canoabo donde ellos encuentran burla y persecución. El local aquí en Santa Rosa es como “una ciudad asentada sobre un monte”, y es encantador observar mientras los creyentes se alejan de las reuniones en la oscuridad, cada grupito con su lámpara de carburo subiendo y bajando por las trochas serpentinas.

Edith Gulston y Fanny Goff dan lecciones de lectura de día, aunque uno de los hermanos en Cristo ha venido impartiendo buena instrucción. Don Santiago está celebrando buenos cultos cada noche. Muchas de las damas no cuentan con velo, así que el marido se quita el sombrero al llegar al local y se lo da a la esposa para que ella se lo ponga.

Don Santiago llegó a conocer aquello (o mejor dicho, aquellos queridos amigos) como la palma de su mano. ¡De esas ocasiones data una buena porción de los relatos acerca de culebras, monos, jaguares, loros y tantos otros animales que animarían sus prédicas por cuarenta o cincuenta años!

Por ejemplo, aquel incidente del loro que cantaba un himno. Muy al estilo suyo, probablemente apren-dido de don Jorge, una visita casera de parte de S.J.S. consistía en una breve plática, un mensaje corto y sucinto según percibía el ambiente (siempre con el pequeño Nuevo Testamento en mano), una oración y luego un himno del suplemento del himnario.

Así que, en el solar de una casa humilde fuera de Capita él comenzó su despedida a todo vapor con el himno, “¡Oh! qué grande gozo, grande, grande gozo”, ¡cuando se dio cuenta de que tenía la “ayuda” del loro de la familia! Ahora, esto ha podido suceder a cualquiera, pero ¿quién pintaría ese cuadro en colores más vivos por el resto de su vida para ilustrar que hay personas que conocen la verdad de los dientes para afuera, pero no tienen convicción de lo que dicen?

En las visitas la señora y yo, con los cinco hijos, nos alojamos en el local evangélico. El hijo Jack (Juan) y yo entramos de regreso del desayuno una mañana y vimos que la cabeza de una culebra sobresalía de entre los adobes de la pared. Ataqué al reptil con un palo, pero se me desapareció en la pared. Mi esposa, entonces, hizo lo mismo desde el otro lado, con el mismo resultado. Cuando nos dimos cuenta de que la culebra no podía salir ni por delante ni por detrás, tomamos aliento y la matamos a golpes. Hecho esto, supimos que su problema era que había tragado, pero no digerido, un sapo que era más grande que las grietas entre adobes.

Una señora en la congregación se molestó mucho con su hijo pequeño porque no quería dormir. Por fin entró ella con una lámpara de kerosén al rincón donde el muchacho protestaba que no quería dormir. Allí estaba una mapanare en la cama, con la cabeza levantada en posición para morder. Fue el amor de Dios que cuidó del niño, sembrándole temor aquella noche. Es en amor por las almas perdidas que el Espíritu Santo convence de pecado y pone el terror de la eternidad en personas como el carcelero de Filipos, conduciéndolos en gracia al arrepentimiento y fe en Cristo Jesús.

Si don Santiago dio mucho a Santa Rosa, ciertamente Santa Rosa dio mucho a la familia Saword.

XII – En caminos muchas veces

No es nuestro propósito intentar una historia de la obra del Señor entre las asambleas en Venezuela, ni identificar la multitud de creyentes en Cristo que de una u otra manera han aportado a la misma. Sin embargo, para tener una noción de las esferas en las cuales don Santiago y sus colegas trabajaron, vamos a trazar sucintamente el crecimiento cuantitativo de las congregaciones. Esta forma de medir no es de un todo fidedigna, ya que por lo regular el trabajo más arduo para el evangelista itinerante es antes de existir la asamblea.

Vamos a “tomar inventario” en ¾

  • 1923, cuando S.J.S. apenas había llegado a Venezuela
  • 1933, cuando Jorge Johnston ya se había marchado
    y el futuro amigo J.E. Fairfield estaba por llegar.
  • 1946, recién terminada la segunda guerra mundial
  • 1961, el año en que durmió don Guillermo Williams
    y otros eventos marcaron un cambio de época
  • 1979, el año en que terminan las listas muy útiles que
    Neal Thomson incluyó en su extensa historia sobre el tema *
  • 1988, cuando S.J.S. pasó a estar con Cristo.

*  Una obra silenciosa: 90 años de las asambleas en Venezuela; 1980;
282 páginas; escrito y publicado por Neal R. Thomson

 

                  Número aproximado de asambleas existentes en el país

 

Total En Cara-
bobo
y Yara-
cuy
Desde Caracas
hasta Lara
y Falcón
En otras
áreas
1923 6 5 1 0
1933 18 12 6 0
1946 33 17 15 1
1961 52 24 20 8
1979 83 34 34 15
1988 100 36 35 29

 

De que los estados Carabobo y Yaracuy (Puerto Cabello, Valencia, San Felipe, etc). hayan sido la cuna de la obra, ha debido quedar claro en la breve historia que hemos intentado narrar hasta ahora. La columna “Desde Caracas hasta Lara y Falcón” quiere decir simplemente los demás estados centrales y centro occidentales, incluyendo para nuestros fines el estado semillanero de Cojedes. Encerrados en aquella columna del cuadro están también los meses y años de sed, soledad y cansancio que nuestros hermanos y hermanas en la fe han pasado en pueblos falconianos. “Otras áreas” es la historia de dura brega de parte de muchos en el Zulia y los estados llaneros, andinos y orientales; o sea, el oeste, sur y este de la República.

La participación de Santiago Saword en aquella expansión se realizó más en la columna “Carabobo y Yaracuy”, luego en la columna siguiente, y menos en la periferia geográfica. Pero eso es relativo. Sería injusto, indecente, dejar de mencionar su sudor en Cabimas y Maracaibo; en Portuguesa y Guárico; en Monagas y Guayana.

Esta fue la época en que las señoritas Saword escuchaban a cierto hermano en el Puerto mencionar en todas las reuniones de oración “la obra del Señor en toda su extensión desde Caracas hasta Cabimbas”. Vamos a perdonarle por no saber que la ciudad petrolera en el Zulia se llama Cabimas; por lo menos sabía cuáles eran los extremos al este y oeste de los nuevos esfuerzos entre las asambleas venezolanas. Y, por cierto, extremos escasamente poblados de creyentes. Lo que es hoy día la asamblea de El Cementerio en Caracas no fue establecida hasta 1938; la lejana Cabimas en el occidente, el año anterior.

“Cabimbas” quedaría solitaria por casi dos décadas. En cambio, la obra en la capital crecería rápidamente y nuestro protagonista no estaba ausente. Pero don Santiago —si bien podía llenar un salón de cualquier tamaño en cualquier parte— no era por gusto propio un hombre de las grandes ciudades, y figuró en Caracas menos que algunos de sus colegas.

Veamos cuatro cartas escritas entre 1939 y 1941 que incluimos por ser típicas de la época:

El hermano Fairfield y yo estamos de regreso de un viaje extenso a lo largo del Estado Falcón, habiendo visitado hasta Cabimas en el Zulia. Por cuanto aquellas asambleas están prácticamente aisladas de ayuda foránea en la temporada de lluvia, nuestra participación fue un estímulo para los creyentes y un incentivo para muchos otros a asistir a las reuniones.

Diez personas en El Mene obedecieron el mandamiento del Señor a bautizarse, dos en Belén [en las afueras de Mirimire] y cuatro en Cabimas. No pudimos quedarnos en Chichiriviche, donde hay tres creyentes que están en condiciones para tomar este paso solemne, de manera que proponemos regresar para celebrar cultos.

Muchos de los caminos son poco más que trillados, y en dos ocasiones los choferes aceptaron de regalo una botella de licor antes de emprender la marcha de noche. Sentíamos nuestra dependencia de Dios cuando los choferes corrían sus camiones cuesta abajo sin cambio de velocidad, no pocas veces hacia un puente estrecho. La tercera vez que encontramos a uno de ellos dormido ante el volante, tuvimos que insistir en un alto para que él y nosotros descansáramos un rato en hamacas.

El pequeño grupo en Cabimas nos dio una calurosa bienvenida, ya que nadie les había visitado en dos años. La primera noche de cultos, su pequeño pero atractivo salón fue objeto de misiles lanzados al techo de zinc, pero logramos protección de la policía para continuar la predicación con buen orden. Tres o cuatro personas mostraron gran interés en su bienestar espiritual y parecían no estar lejos del reino. Acabo de recibir aviso de que uno ya recibió al Señor y que todavía hay buen interés en las reuniones.

***

De regreso por ferrocarril de la conferencia en Aroa me detuve en la pequeña población de Palma Sola, donde la sencilla asamblea del pueblo del Señor ha continuado fielmente por años con poca ayuda de otras partes. El pueblo solitario está en medio de bosque virgen y la gente vive mayormente en gran pobreza e ignorancia. El paludismo impera.

El pueblo del Señor nos recibió muy bien, y los aldeanos se presentaron en gran número para una extracción de muela, quinina para la fiebre o la cura de una úlcera. Tres damas profesaron fe. Por vez primera realizamos un bautismo en el pueblo, cuando una muchedumbre escuchó con atención a la ribera del río.

***

Junto con un joven, celebré una serie de cultos en Sanchón [El Palito arriba, un caserío hoy inexistente, donde había una asamblea desde 1934 hasta 1944]. Fue la primera vez que habían intentado más que cultos de predicación los fines de semana. Hay pocos en el pueblito que no sean salvos, pero la mayoría de ellos asistieron a nuestras reuniones. Cuatro profesaron fe.

En estos días imprimimos seis mil ejemplares de El Mensajero Cristiano y se distribuyeron mil ejemplares en Valencia, donde hay evidencia de que hace mella.

***

Guillermo Williams y yo visitamos a Maracay y Palo Negro, rumbo a Caracas. En la joven asamblea de El Rincón [conocido hoy día como el sector de El Cementerio en Caracas] bautizamos a dieciséis creyentes. Tuvimos que quitar la tribuna por la puerta trasera y la mampara por la puerta de la calle para dar cabida a los oyentes. Sesenta y siete nos sentamos para hacer memoria del Señor en el partimiento del pan. El local portátil es demasiado reducido para acomodar al grupo que hay ahora.

XIII – A los gentiles
ha dado Dios arrepentimiento

A medida que avanza la guerra mundial de 1939 a 1945, observamos más y más un detalle en las cartas de este hermano. Es: “Voy cada tarde en bicicleta hasta el pueblito de … a X kilómetros de Puerto Cabello …”, o, “Estoy celebrando cultos en un caserío a cinco / diez kilómetros de casa. Vamos a pie  …”

Por cierto, fue en estos tiempos que él venía solo, de noche, de regreso de Las Quiguas y San Esteban, y se percató de casi imperceptibles movimientos en la vegetación espesa al lado de la ruta que alguien le seguía. No había nada que hacer, sino seguir con los ojos abiertos y el corazón levantado al cielo en oración. Por fin vio al que lo acechaba: ¡un mono araguato que brincaba de rama en rama de los árboles!

El hecho de que haya contado aquel incidente varias veces en la vejez es ilustración del gran interés que tenía en los animales. Quien sabe si no hubiera llegado a ser veterinario al no haberse dedicado a la proclamación del evangelio. Tan observador era que solía explicar con lujo de detalle cómo reacciona cada clase de animal al encontrarse frente a un automóvil en plena carretera. El uno, decía, se queda indiferente, y muere arrollado; el otro es tan bruto que corre hacía el vehículo; el otro se escapa mucho antes de ser divisado por el chofer; y así sucesivamente.

Los conocía todos, hasta el punto de adornar los vidrios de su biblioteca de chigüire, puma, rabipelado y otros. Es más: era capaz de repasar estas diferentes reacciones de los animales del campo ante el peligro, y de repente citar Proverbios 22.3: “El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño”. Para él, toda circunstancia y todo detalle en derredor servía de ilustración del evangelio.

 

Para llegar a Boquerón, los hermanos empleaban el transporte público. Se trata de un pueblo ubicado entre plantaciones de caña de azúcar a unos veinte kilómetros al sureste de Valencia. La asamblea no sería constituida hasta 1952, pero nuestra historia comienza en 1945. Un hermano en la fe, alejado de la comunión, le escribió a don Santiago a ver si podría evangelizar el pueblo donde ese creyente tenía su negocio.

El pueblo tenía una forma de religión degenerada, una especie de animismo. En sus orgías danzaban en derredor de un cráneo, consumiendo alcohol hasta el amanecer. En nuestra segunda visita con hermanos de Valencia, realizamos un culto pero no podíamos ver cómo reaccionaba la gente, ya que estaban escondidos en la oscuridad. El único que se hizo visible fue el policía ebrio, quien quería llevarnos detenidos; sus amigos salieron del escondite para persuadirle a dejarnos en paz.

Llegamos a saber que podíamos alquilar el antiguo matadero de ganado, que ya estaba sucio y lleno de cucarachas. El hermano Agreda, el que en un tiempo se preparaba para el sacerdocio romano, me ayudó a limpiarlo. Un hombre anciano nos proporcionó un plato de caraotas negras, y con eso nos acostamos. No dormía, imaginándome que unos quipitos ya me estaban chupando las venas. Se presentó un policía que vivía en el edificio, asegurándome que no se predicaría el evangelio mientras él tuviera que ver con el asunto.

El antiguo cuartel en otra parte del pueblo estaba dividido por dentro por tabiques de casi dos metros de altura. Logré alquilar una “habitación” como dormitorio y cocina, y otra para José Naranjo y señora. Don Guillermo me prestó su tienda y tres porteños se ofrecieron para recoser la lona que ya tenía treinta años de uso o almacenamiento. En la bondad de Dios, la tienda duró las cinco semanas de cultos en Boquerón.

El cura había mostrado indiferencia, pero ahora organizó una procesión de alumnos traídos en autobús. Comenzaron por marchar en derredor del cuartel, invocando a “Mamá Dios”, pero el velón de un varoncito le prendió fuego al velo de una niña. ¡Fin de aquello! Teníamos la sensación de que la asistencia mejoraría, y compramos tablas de madera para hacer bancos. Y así fue.

Asistió cierta señora que tenía un genio tal que hasta los varones del pueblo le tenían miedo. La primera noche fue de lágrimas de arrepentimiento, y la segunda fue del gozo y paz que viene del creer. Su fe iba a ser probada en extremo, pero ella moriría fiel al Señor. Su hermano era católico de pura cepa y no quería nada con nuestros cultos en la tienda. Pero le dolían dos muelas y llegó a saber que yo lo atendería. Se presentó, aguantó la extracción, asistió a los cultos, recibió a Cristo como Salvador, y su señora también fue salva.

Pero, escuchemos a don José Naranjo, quien ya tenía unos meses en la obra del Señor a tiempo completo:

En 1946, estando yo en San Casimiro, recibí un telegrama de don Santiago Saword. Me convidó a que le acompañara a explorar la región de Boquerón en el Estado Carabobo. Fuimos como pioneros. Aquel caserío era sucio de inmoralidad, llagas, hechicería e idolatría. Recuerdo con agradecimiento todo lo bueno que aprendí de don Santiago y su esposa, señora Eleanor.

Un día la esposa mía pelaba las papas para el almuerzo y don Santiago leía su Biblia. Llegó el cura con unos pocos seguidores y le reclamó a don Santiago meterse en su parroquia que ya era cristiana. Don Santiago, siempre manso, alegó que Jesucristo mandó a predicar el evangelio a todo el mundo. Mi esposa, con cuchillo en la mano, intervino, y le dijo al cura: “¿Y qué quiere usted?” El cura le dijo: “Cállate tú, porque eres la sirvienta de los americanos”. Respondió ella: “Es mejor que ser engañador como usted”.

 

En cuanto a la ortodoncia en aquella época, nuestro hermano Fairfield cuenta:

Uno no se olvida de haber sido en algunas ocasiones el ayudante del señor Saword en la extracción de muelas. Aquel ministerio fue bendecido del Señor y muchos fueron influenciados por la atención prestada, y aun conducidos a Cristo también.

Por regla general él anunciaría en una conferencia que estaba a la orden para atender a este oficio entre las reuniones, y siempre era llamativo ver cuántos se ponían en fila. La clínica solía ser una silla debajo de un árbol frondoso. Antes de cada caso nuestro hermano oraba (una oración muy corta; ¡la única anestesia que se administraba!); luego un gesto al asistente a sostener la cabeza del paciente; unos esfuerzos hábiles con el gatillo; y el anuncio: “¡El próximo, por favor!” Me llamaba la atención cómo algunos no se marchaban, sino que se quedaban para ver cómo resultaría la cosa para el siguiente.

Por supuesto, hay un detalle implícito en todo aquello. Al tener lugar entre culto y culto aquellas veinte, treinta o más oraciones y extracciones, quiere decir que a lo mejor uno o ambos de aquellos señores apenas había dado, o estaba por dar, un ministerio de cuarenta o más minutos, o dentro de pocos minutos estaría predicando el evangelio a todo pulmón ante una muchedumbre.

Desde luego se daba por entendido que “la víctima” tampoco iba a perder una reunión por el mero hecho de haberle sido sacada una o dos muelas sin anestesia. Era apenas un pequeño “extra” en un día de dieciséis horas de actividad. En las notas y dibujos que S.J.S. había preparado con tanto esmero en Bristol bajo la tutela del odontólogo evangélico, abundaban en referencias acerca de cómo posicionar la aguja, pero esa teoría se quedó en el fondo del baúl cuando nuestro hermano pisó tierra en el país de su adopción.

No tenemos conocimiento de que algún paciente haya sufrido problemas por ese favor que don Santiago ofrecía, aunque no fueron pocas las personas a quienes sacó cuatro o cinco muelas a la vez. Desde sus años en los bosques de Yaracuy él administraba un enjuague bucal preparado con un fuerte astringente llamado Chinosol. Según la publicidad, ese producto alemán era un “febrilfugio antiséptico, desodorante, desinfectante”, ¡excelente “tanto para cirujanos como veterinarios!”

Por supuesto, nuestro hermano iba suprimiendo aquel servicio gratis a la par con la disponibilidad para la atención profesional. Entrando en la década de los 1950, dejó de extraer muelas en las conferencias, continuando en los campos solamente cuando la necesidad apremiaba. Al fallecer, dejó atrás siete gatillos, todos muy oxidados ya.

XIV – Enseñando y anunciando

Leemos en Hechos 15.35 de cuando Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía,

  • enseñando la palabra del Señor y
  • anunciando el evangelio con otros muchos.

Así es cómo describimos los años posguerra para los fines de esta biografía.

¿Por qué señalamos a 1946 como un marcador en el crecimiento de la obra en el cuadro que presentamos anteriormente?

Primeramente, porque para ese entonces se acentuó la inclusión de venezolanos en el cuadro de obreros. Algunos hermanos nativos del país ya se habían dedicado a la obra de evangelización a tiempo completo, y por supuesto muchos otros habían participado extensamente en la medida que sus circunstancias lo permitían. José del Carmen Peña había ayudado grandemente en la obra desde temprano en los años 1930; fue él, más que nadie, que venezolanizó la evangelización por medio de años de trabajo y buen testimonio a la vez. Pero es a partir de esta coyuntura que encontramos a José Naranjo, José Ramón Linares, etc. en evangelización incesante y eficaz.

En segundo lugar, se marchó John Wells, y regresaron al país Edward Fairfield y otros que no habían podido volver mientras la guerra continuaba. Tercero, se ausentaron por un año los esposos Saword y Williams, habiendo pasado todos los años de guerra (1939 a 1945) carentes de suficientes obreros, recursos económicos y medios de transporte. Finalmente, dentro de un año o dos, estaría en Venezuela “la generación del ’47”. Nos referimos a un nuevo grupo de evangelistas, parejas de Canadá e Irlanda que dejarían profundas huellas en el país de su adopción.

En esos años de la posguerra los extranjeros de mayor experiencia realizaron una vasta obra, tanto de consolidación como de expansión geográfica. Fue como aquellos que leemos que en Antioquía en los tiempos apostólicos, “Continuaron … enseñando la palabra del Señor [al pueblo de Dios] y anunciando el evangelio [inclusive en lugares nuevos] con otros muchos”. Ahora tenían colaboradores, pero no por eso dejaron de sacrificarse a sí mismos.

 

El cuadro lo percibimos por la conversación después de cierto culto de oración —

“Mi querido hermano”, dijo José Turkington, “hay algo que he deseado preguntarle. Otra vez esta noche usted oró por «los consiervos y los siervos del Señor.» Es muy bueno orar por los siervos en la obra de Dios, pero, hermano, ¿qué quiere decir usted al orar por «los consiervos»?”

El creyente sencillo contempló al joven misionero como que si tuviera una comprensión muy limitada de las cosas. Le explicó: “Pues, don José, ¿usted no sabe? Los siervos son, digamos, todos ustedes. ¡Pero los consiervos son don Guillermo, don Santiago y don Eduardo!”

Efectivamente; a veces solos y a veces juntos; generalmente aparte, cada cual con otro evangelista. (Pero no siempre con el mismo colaborador). A veces en las grandes conferencias, otras veces dando enseñanza en las congregaciones establecidas, otras veces haciendo obra pionera en los rincones más apartados e inhóspitos. Por regla general otros evangelistas entre las asambleas venezolanas han concentrado una mayor parte de sus esfuerzos en su estado de residencia, o por lo menos en determinado sector del país. No así los tres “consiervos;” ellos viajaban extensamente y, entre otros beneficios, aportaron de esta manera a cierta integración entre congregaciones dispersas.

Don Santiago no desconocía las visitas de un fin de semana a una asamblea, y muchas fueron las temporadas de tal vez dos semanas para exponer profecía, Egipto-a-Canaan o alguna otra materia idónea para la exhortación y enseñanza del pueblo de Dios. Pero más fue conocido por las largas, intensas series de cultos de evangelización. Él consideraba las primeras dos semanas, digamos, casi como introductoras. Cuatro y seis semanas eran comunes.

Y, por favor, ¡nada de una noche de descanso! Él tenía la idea que la gente de los pueblos y campos no distinguían mucho entre un día y otro en la semana. Pero su concepto de una serie de cultos no era el de apenas predicar cada noche. Su ritmo era de visitas cada tarde, ministerio cada domingo y, en fin, un “tratamiento intensivo” para la asamblea en conjunto.

 

Hemos visto que en los años 1930 y 1940 él se aprovechaba de una tienda de lona de don Guillermo Williams, pero más adelante consiguió la suya propia. Nada le gustaba más que llevarla a un sitio lejano y apartado. A la tienda que usó en las décadas 1970 y 1980 (su segunda o tercera) dio el nombre de El Pionero, y no sin razón.

Se hace difícil escribir de sus actividades en el apogeo de su servicio. No es por falta de material ni de actividades —de ninguna manera— sino por la uniformidad entre año y año. Cambian los nombres de las localidades, cambian los nombres de sus colaboradores, cambian a veces la receptividad y los frutos aparentes, pero no cambia el ritmo.

En cuanto a localidades, una lista de las campañas evagelísticas parecería el índice del mapa de los estados centrales: más de todo Falcón, Yaracuy, Carabobo y Cojedes, pero sin faltar Lara y Aragua, por ejemplo. Especialmente cuando llegamos a los 1950 y 1960, tampoco quedan afuera el Distrito Federal, Guayana, los llanos y los estados andinos, el Zulia y Estado Anzoátegui.

Desde la perspectiva de los 1990, tal vez parece lógico todo ese esfuerzo en Cumarebo, El Mene, todo el Distrito Puerto Cabello, Valencia y ambas riberas del Lago Valencia, la serranía de Canoabo, varias poblaciones de Yaracuy, San Carlos, etc. y etc. ¿Pero cómo llegaron a figurar aquellas ciudades, pueblos y caseríos como piedras angulares en la obra del Señor en Venezuela, si no fue por esa generación de evangelistas, pastores y maestros, algunos de ellos extranjeros y otros nativos, algunos obreros a tiempo completo, otros participantes a tiempo convencional y ancianos residentes? Los Pablo estaban plantando, los Apolos estaban regando y el crecimiento lo estaba y está dando Dios.

A veces lo encontramos con los señores ya mencionados varias veces en estas páginas, otras veces con la generación del ’47 (José Milne, Juan Frith, y mayormente su buen amigo Bruce Cumming y su yerno José Turkington), con José Ramón Linares, José Naranjo y otros de aquellos tiempos, pero raras veces solo.

 

Si descartamos por el momento el viaje a los llanos en 1928, parece que los Saword se esforzaron por vez primera en Cojedes en 1931. Los señores Saword y Williams celebraron reuniones en Tinaquillo, acompañados de sus respectivas esposas.

¡Papá les ofreció a sus hijas una locha por cada cien moscas muertas que le entregaran!  [La locha era una moneda que valía la octava parte de un bolívar.] Este recuerdo nos da cierta noción de las circunstancias sanitarias (¡y monetarias!) en que vivían, pero plantea un gran interrogante. ¿Cómo es posible que un hombre tan ordenado, tan cuidadoso, hasta fastidioso en los ojos de algunos, haya planificado una cacería de moscas? ¡Y hasta contados los cadáveres para su debida entrega ceremonial! Ahí tiene que faltar algún dato; sospechamos que las niñas hayan sido instruidas en todo un régimen sanitario para la matanza y envasado de moscas sin tocarlas.

Varios fueron los intentos en San Carlos, Tinaco y otras poblaciones en las décadas 1930 y 1940, de parte de un surtido de evangelistas. Y varias las veces que todos ellos casi daban por inútiles sus esfuerzos. Juan Wells preguntaba, “¿De Cojedes puede salir algo de bueno?” Guillermo Williams lo llamó “Estado Jericó” por encontrarlo tan cerrado.

Pero, viajando hacia el sur en 1934, repentinamente don Santiago paró su vehículo sobre el puente del río Chirgua que es el lindero entre Carabobo y Cojedes. Dijo a los señores Fairfield y Williams: “Ahora, hermanos, vamos a orar a favor de las siete iglesias del Cojedes”. No había ninguna, ni habría por diez años, pero hoy hay siete asambleas en aquella entidad federal.

Casada la hija Ruth con José Turkington y residenciados ellos en San Carlos a partir de 1950, nada hay de raro en que S.J.S. se encontrara en campañas intensas en una y otra población cojedeña. Una de las que no dio frutos es El Baúl, un pueblo apartado que él ya conocía mucho antes en compañía de otros.

XV – Esposa y madre

“Doña”, le dijo el médico suizo en Caracas en 1957, “yo no quiero dudar de la palabra suya, pero se me hace difícil creer eso. Para revalidar mi título en medicina cuando emigré a este país, presenté una tesis sobre las cinco enfermedades endémicas en Puerto Cabello durante la guerra mundial: filariosis, paludismo, fiebre amarilla, bilharziosis y tripanosomiasis (mal de chagas). Usted dice que crió cinco hijos en Puerto Cabello en los años 1930, ¡y no perdió ninguno! No, doña, eso sería muy raro”.

Pero así fue. Tres hijas y luego dos varones. Ella, su esposo y uno de los varones cayeron víctimas del paludismo en una u otra ocasión, una hija con septicemia y un varón con fiebre tifoidea. No es poca cosa, pero en la bondad de Dios no pasó de allí.

Probablemente don Santiago no usó mucha psicología la noche que acudió al médico pidiendo consejo sobre la manera en que él mismo y la señora Eleanor estaban atendiendo al niño con paludismo. Habiendo pasado por ese camino varias veces, ¡a lo mejor él se sentía experto en la materia! Menos mal que estaba bien orientado, porque la respuesta que recibió fue: “Si está así de enfermo, vaya a la funeraria en vez de molestarme a mí”.

 

“Confío en que mi deseo siga siendo el servicio para el Señor en cualquier senda que Él quiere que yo tome”, escribió la entonces señorita Eleanor en 1926. Y así fue. Aquella “cualquier cosa” abarcaría el papel de esposa, madre en su propio humilde hogar, madre entre el pueblo de Dios y socorro de los desam-parados.

Nadie va a negar que el papel de esposa y madre resta de una dama el tiempo y oportunidades que la soltera tiene —o al menos, puede tener, si las busca— pero el correr de los años y las ricas experiencias del hogar le dan a esa misma mujer una mayor comprensión y hasta mayores oportunidades una vez alcanzada la edad madura.

En los primeros veinte años de su vida matrimonial la señora Eleanor se forjó en las circunstancias sumamente restringidas que tipifican a muchos hogares misioneros. Su marido estaba ausente mucho más que presente; ella vivía “en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias;” había el gozo de ver la obra del Señor desarrollarse, pero a la vez grandes presiones y contratiempos en esa misma esfera.

Y, aquel matrimonio se formó con el privilegio pero también las muchas complicaciones en relaciones humanas que conllevaba vivir en el mismo edificio que albergaba a otros en la obra, a la escuela diaria, a la imprenta y también al propio local evangélico (hasta 1935), excepto por las dos ocasiones en que los esposos Saword se residenciaron en Valencia en la ausencia de los Fletcher. No dudamos de la buena voluntad de ninguno de los actores en el drama, pero, procurando palpar desde esta distancia aquel hacinamiento frente a Plaza Bruzual, nos viene a la mente aquel trozo de poesía:

Vivir allá con santos que amamos, ¡aquello será la gloria!
Vivir acá con santos que conocemos, ¡ésta es otra historia!

Ella entraría en la plenitud de su dedicación al servicio una vez que las circunstancias lo permitían al final de la década de los 1940, en parte porque los hijos empezaron a dejar el hogar paterno. Pero no vamos a insinuar que los vástagos no se hayan extendido sobre el muro aun en los primeros veinte años; semejante afirmación no sería cierta.

Por ejemplo, la extracción de muelas en los caseríos. Claro está que aquél fue ministerio de don Santiago, pero —las conferencias aparte— adivine el lector quién era que tranquilizaba al pobre candidato que iba a sufrir el proceso, sosteniéndole la cabeza, susurrando palabras de consejo y consuelo, administrando Mecca, ¡y a la vez calmando a su propio esposo tan tenso!

Otro ejemplo hay en los toques a la puerta cuando alguna niña decía: “Señora, Mamá manda a pedir trapos”. La traducción es que alguna señora —y las tales abundaban entre el pueblo de Señor y las vecinas del Puerto— estaba por dar a luz por décimanona vez y no tenía nada en que envolver la criatura. Por supuesto, la doña tenía trapos limpios; los guardaba celosamente, e intentaba prever quién se acercaba a la fecha de requerir trapos, para que no fueran necesarias tantas diligencias a medianoche.

Y los cadáveres. Uno de los recuerdos de la hija de ella que también sería enfermera, es el de salir de noche con Mamá cuando llegaba la noticia de la defunción de algún miembro de la asamblea. Alguien tenía que preparar el cuerpo antes que fuera llevado a la funeraria, ¿y quién mejor que doña Eleanor?

 

Es de todos sabido que la casa para ancianos en Puerto Cabello es una de las actividades más llamativas que las asambleas venezolanas realizan. Es una aplicación palpable del principio escriturario de hacer bien a todos, mayormente a los que son de la familia de la fe.

El primer hogar para ancianos pertenecientes a las asambleas fue un intento modesto en comparación con los dos que existen actualmente en el país, limitado a la atención de media docena de la iglesia local en el Puerto. En 1946 se alquiló una casa para dar inicio y en el mismo año se adquirió el terreno en Ezequiel Zamora, donde hoy día funciona el Hogar que fue construido a finales de la década de los 1960. Después de una interrupción en la iniciativa, en 1951 se compró el inmueble al lado del local en Calle Sucre y la señorita Edith Gulston comenzó a administrar el proyecto sobre una base más extensa que la original.

Sin duda son varios los hilos que se unieron para hacer posible esta atención a los ancianos que requieren cuidado fuera del seno de su propia familia (si es que tienen familia), y sin duda fueron varias las hermanas en la fe en Puerto Cabello que abnegadamente se prestaban para imitar, dentro del marco de sus posibilidades, a Aquel que en otra época andaba “haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo”. Con todo, el nombre de Eleanor de Saword exige y merece mención.

A título de ejemplo, la señora Juana “Chucha” de Bracho cuenta que fue en 1938 que ella comenzó a darse cuenta de la manera en que la misionera estaba alimentando a ciertas ancianas que vivían a la orilla del mar. Unos meses antes, un maremoto había azotado al Puerto y la casita quedó de un todo tapiada, Josefita (una creyente) y sus hermanas adentro. Don Santiago y el señor Bernardo Zambrano rescataron a las tres.

La hermana que escribe esto trabajaba en el Colegio Evangélico y una puerta del salón de clase permitía ver la persona que entraba o salía de la casa. Por ese motivo podía observar que Dolores entraba todos los días con un envase donde doña Eleanor le preparaba algo para llevarle a Josefita. La mañana del 30 de noviembre de 1939 doña Eleanor se acercó a la puerta del salón y me dijo: “¿Estás notando que Dolores no ha pasado hoy?” “Sí, Señora”, le dije, “tal vez se le ha hecho tarde”.

“¡Cómo le parece! Me avisaron esta mañana que Dolores murió en la madrugada. ¿Quieres ir un rato antes del entierro?” “Sí, Señora, sí voy”, le contesté. Me sentí muy triste, porque sabía que Dolores salía a buscar ayuda para sí y para su hermana mayor. Pensé: “¿Qué va a pasar ahora? ¿Qué hará el Señor?”

Al despachar los niños de la clase, salimos para allá, pero hoy pienso lo que ese día no pensé, y es que doña Eleanor y don Santiago habían ido y arreglado las cosas del entierro, porque ellas no tenían familiares. Me doy cuenta ahora de que ésta fue la razón porque cuando llegamos al ranchito, se oyó un murmullo entre los observadores que estaban por allí, y decían: “Esa es la señora; ésa que llegó es”, y fueron acercándose para verla, y luego dijeron, “¡Pobre cieguita! ¡Cómo hubiera hecho para enterrar a su hermana, sin la ayuda de esa gente”. Cuando se llevaron el féretro, quedamos las tres en el ranchito, doña Eleanor, la cieguita y yo. Era muy fácil entender en el rostro de doña Eleanor la aflicción de su corazón mientras oía la cieguita que lloraba.

Se notaba que estaba librando una batalla en su corazón. Pues, aquella ciega, hermana en la fe, vivió el resto de su vida en casa de la maestra de escuela, amparada por la canadiense en lo que a comida y otras cosas se refería. Tal vez habrá sido una de las primeras de varias iniciativas de esta índole que mi hermana en Cristo tomó.

Pero seis años más tarde la señora de Saword se dio cuenta (o, manifestó que antes se había dado cuenta) de que algo más hacía falta. Sigue la señora Chucha:

Para el año 1945 hubo en nuestra congregación un hermano ancianito llamado Jesús María Olivero, a quien todos llamábamos Chucho. … No hubo otra cosa que hacer sino llevarlo a un asilo de ancianos que el gobierno había creado en esos días. La casa no tenía ninguna comodidad ni condiciones higiénicas, y los ancianitos se lavaban en el río. Había varios con úlceras, carentes de un cuidado especial, pero también tenían que ir al río para asearse.

Una tarde que fuimos a visitarlo, doña Eleanor se mostró muy triste y preocupada al encontrar al hermano Chucho tan sucio y hediondo. Cuando terminó la visita tomamos el pintoresco y atractivo camino de regreso a la ciudad. Era fresco y sombrío; siempre veníamos alegres atendiendo a las preguntas de los niños que iban con nosotras. Pero esa vez Eleanor venía pensativa y silenciosa, y todos nosotras en igual condición.

En voz muy suave ella dijo, dirigiéndonos una mirada conmovedora: “Estoy pensando que ha llegado la hora cuando debemos comenzar a pedir un hogar para nuestros ancianos. Pedir al Señor con todo fervor que nos proporcione la manera de poder tener nuestros viejitos que no tengan familiares en un hogar donde no tengan que sufrir lo que está sufriendo el hermano Chucho”.

El propósito que nació de ese corazón para ponerlo delante del Señor no se hizo esperar. Ella comenzó a conversar con algunas hermanas y les manifestó el propósito que debían llevar delante del Señor. Así se dispusieron llevar en oración a la presencia del Señor la necesidad de un hogar para nuestros ancianos, y muy pronto comenzaron a reunirse [nueve de nosotras] para orar todos los miércoles y procuraban reunir lo que pudieran.

Quedó viuda Margarita, la que había sido esposa de don Calletano Maduro … También había otra hermana que no tenía dónde vivir llamada Pancha Salcedo, otra llamada Manuela Aranguren y una holandecita llamada Panchita Martínez. Cuando se presentó la necesidad de estas hermanas, doña Eleanor y algunas otras, en comunión con los hermanos responsables, alquilaban una casita en la calle Santa Bárbara como a cinco cuadras del Colegio Evangélico. Con la ayuda del Señor y la colaboración de algunos hermanos, el lugar fue organizado para recibir las hermanas ya nombradas, bajo la atención de doña Eleanor y las hermanas que siguieron orando con más fervor.

 XVI – Joven fui, y me he envejecido

La pareja continuó hasta 1981 la rutina que hemos esbozado. Desde luego, esposo y esposa andaban juntos, libres ya de las ataduras de una familia. Había las dos revistas que componer, como se comenta en el Prefacio, los escritos para revistas cristianas en el exterior, la obra pastoral en Puerto Cabello y las conferencias de fin de semana como una obligación en la mente suya. El resto era campañas de evangelización y reuniones de enseñanza para los creyentes, casi a lo ancho de la República.

Neal Thomson se acuerda de Carora en 1984:

Los esposos Saword acompañaron a Juan Frith en una campaña, antes de existir la asamblea en aquella ciudad. Al visitar, los encontré en una pieza de dimensiones reducidas y ventilación insignificante. El techo de zinc era bajo y el calor hubiera sido insoportable para muchos. Yo preguntaba dentro de mí si la pareja podría continuar las dos semanas previstas, pero resulta que en su afán por evangelizar ellos decidieron prolongar la estadía.

Quizás debemos hacer mención de otra forma de honrar a Dios y enriquecer a su pueblo. Nos referimos a las “meditaciones” en la cena del Señor. Al leer un pasaje antes del partimiento del pan ¾cosa que él reconocía como altamente deseable y trata en dos escritos en este libro¾ sus comentarios eran sucintos, relevantes y dulces al paladar.

 

Pero, la década de 1980 fue tiempo de gran turbulencia en las asambleas de los estados centrales del país, y en otras también. Era un período de cambio generacional, pugnas por el poder y temor ante la maduración en las asambleas. Ya no era posible que unos pocos intentaran atender a todo en la hora del té en los intervalos de las conferencias, si es que alguna vez éste había sido un procedimiento aceptable. Y, moscas muertas hacían heder el ungüento de la comunión hermanable, valiéndose del nacionalismo, clericalismo y otros artificios para dar mal olor a las relaciones entre congregaciones y entre obreros.

Don Santiago no era un líder por palabras, sino por ejemplo. El ambiente llegó a ser tal que aquellos que han debido ser los primeros en seguir su ejemplo, fueron precisamente quienes lo rechazaron. Jamás lo habría hecho, pero ha podido decir: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí”. Le dolió hasta lo más profundo el ambiente en la ciudad donde había vivido por sesenta años; y lloró al saber de iniciativas tomadas en otras partes.

Averiguó los hechos, fijó su posición y se ocupó de su propio ministerio. Ha podido emplear el salmo gradual sobre las tiendas de Cedar: “Yo soy pacífico; mas ellos, así que hablo, me hacen guerra”. Por cierto, una tarde caminó lentamente hacia su puesto en uno de los locales evangélicos al sur de Valencia, hombre por demás cansado ya, cuando uno de los porteros dio en el clavo al susurrar a su compañero mientras lo contemplaban. Dijo: “Allí va el apóstol del amor”.

Contando con hijas casadas y residentes en Valencia y San Carlos, era lógico que a su edad la pareja pasara más y más tiempo con ellas. Pero había otra consideración de peso. En el estado Cojedes y en el norte de la ciudad de Valencia hubo puertas abiertas, grandes y eficaces, para la evangelización. Al percibir un ambiente propicio para predicar la Palabra y visitar en un pueblo, él era como polilla atraída a la lámpara. ¡Nada mejor que cultos en el apartado caserío de Buenos Aires, con sus bancos de troncos aserrados en el primer localcito, o celebrar su última serie de cultos para inaugurar el segundo local cuando ya no daba para predicar con claridad. (La hija cojedeña protestó que él no podía viajar tanta distancia cada noche, pero él la cortó con: “¡No voy a ir caminando!”) Retrocediendo, haremos mención que Don Santiago estaba en una campaña bajo lona en Los Colorados, en los afueras de San Carlos, cuando su esposa dio su último suspiro. Él perdió una sola noche de culto.

En 1981 levantó su tienda de lona en Naguanagua junto con otros. Vieron un elevado número de verdaderas conversiones. Así que, en 1983, 1984 y 1985 nuestro hermano realizó en colaboración con la asamblea de Bárbula la “segunda carpa” y la tercera y la cuarta en el mismo sector. (En realidad la secuencia en el modo de hablar de aquella asamblea es errada; él había celebrado en 1974 una serie de cultos bajo lona en lo que es hoy el estacionamiento de Bárbula, refrendando como si fuera la obra que había comenzado en el norte de Valencia ¾hoy Municipio Naguanagua¾ el año anterior).

Dios bendijo ricamente. Las tres asambleas que existen hoy en el municipio cuentan con un grueso número de miembros que fueron contactados y/o salvados en aquellas ocasiones. Dio gusto darse cuenta de la ayuda que el Espíritu Santo estaba dando a los predicadores jóvenes y del esfuerzo de parte de tantos creyentes. Pero, al invitar a algún visitante a volver la noche siguiente, vez tras vez la respuesta fue: “Bueno, ¿y ese viejito va a hablar de nuevo?”

 

Su habilidad para comunicar ideas era legendaria. Mezclaba cariño, sentido del humor e ironía. No hablaba ridiculeces, ni usaba la tribuna para contar chistes, pero sabía meter estocadas que los oyentes podían recibir de buena gana.

Al dar ministerio sobre la responsabilidad del creyente de sostener económicamente la obra del Señor, explicó amablemente: “Algunos tienen a los siervos del Señor en muy gran estima. Nos consideran tan angelicales que podemos volar con alas a celebrar una serie de cultos en la asamblea, sin tener que costear siquiera la gasolina, y al regresar a nuestros hogares,
¡no tenemos necesidad de comer!”

Don Santiago tenía la costumbre nada positiva de anunciar el pasaje de las Escrituras y empezar a leerlo de una vez, sin dar tiempo para que uno lo buscara en su propia Biblia. Pero en cierta conferencia dijo: “Vamos a leer en la profecía de Joel. Ahora, ¿usted sabe encontrar ese libro? Quién sabe si cuando llega al cielo, un anciano se le acerque para decir con cariño: «Mucho gusto. ¡Qué bueno estar aquí! Yo soy Joel. Dígame: ¿Le gustó mi libro?»” “«¿Libro?» dirá usted. «¿Qué libro?”» Y el viejo se marchará meneando la cabeza, diciendo: «Francamente, no entiendo. Hay gente en el cielo que no ha leído la Biblia.»”

En cierta ocasión José Turkington contó que la noche anterior, en un caserío de Cojedes, S.J.S. anunció el himno, “Siempre para arriba nuestra senda va”, y les explicó a los creyentes que deben ser como la garrapata. “¿Quién ha visto a una garrapata bajando por una pared? No señor, siempre va hacia arriba”. ¡Menos mal que nadie le recordó que la garrapata suele caer precipitadamente del techo! A don Santiago no le gustaba que uno restara de sus anécdotas.

Una noche contó cuántas copas de champaña se consumía en cada banquete del rico de Lucas capítulo 16, cuántos coches y coronas de flores había en el entierro y cómo fue la tumba de mármol. Nos explicó cómo los obreros del municipio tiraron el cadáver de Lázaro en la fosa común, y así sucesivamente.

Pero quizás de mayor impacto ¾de emoción superficial no estamos hablando¾ fue la noche que preguntó si acaso alguien no había visto a la señora de la casa preparando caraotas negras. ¿Y quién, pero quién, entre los adultos y niños en la tienda aquella noche no conocía perfectamente bien cómo una mujer venezolana separa los granos malos de los buenos antes de echar estos a la olla?

En absoluto silencio, don Santiago “vació” caraotas imaginarias sobre la tarima. Todavía sin decir palabra alguna, con ese largo, huesudo dedo él iba “separándolos” uno por uno: dos a la izquierda, una a la derecha, tres a la izquierda … Luego, la vista clavada en el auditorio, pronunció solemnemente: “Irán éstos al castigo eterno”. Todos los invisibles granos malos fueron despachados al suelo con un solo gesto. Y así, “y los justos a la vida eterna”, con los granos buenos supuestamente metidos en su bolsillo.

Así predicaba. En boca de otro habría sido casi blasfemia. En boca de uno que estaba citando las Escrituras de arriba abajo, apelando intensamente a sus oyentes con reverencia y cariño, era manifestación de un don dado por el Señor de la mies.

Por supuesto, esa agilidad mental le permitía tapar con la corbata las manchas en la camisa. La última vez que se marchó del país, vio que un empleado de la línea aérea estaba recogiendo un documento en la puerta de embarque. Le dio un Mensajero Cristiano. El mozo a su lado explicó: “No, Abuelo. Él está pidiendo el pase para abordar el avión”. El viejo respondió severamente: “Claro que pide la tarjeta de embarque, ¡pero ese señor también tiene un alma que salvar!”

 

Carora fue el principio del fin para la señora. La pareja apenas había llegado al hogar de los Cumming esperando una jornada a toda máquina en Falcón cuando la doña sufrió una hemiplejia. Quedó manifiesto que se habían acabado los viajes en bongos, las escaleras para pintar textos en los locales y los ranchos primitivos convertidos en hogar para los evangelistas itinerantes. “La Debilitada” había servido a su larga generación por la voluntad de Dios.

Pero no cayó en sueño de una vez, sino que agonizó por año y medio, a veces lúcida y a veces semiconsciente pero sin comunicar mucho. Una vez sopló en voz débil: “Santiago no podría aguantar esto”. Cierto, ¡ni la abrumadora mayoría de nosotros tampoco! Pero ella lo aguantó con estoicismo. El día 22 de febrero de 1986 se cumplió Santiago 2.26: “El cuerpo sin espíritu está muerto”. Vamos a decirlo mejor al son de 2 Corintios 5.8: “Ausente del cuerpo, y presente al Señor”.

 

Una vez difunta su compañera tan idónea, y él visiblemente deteriorado, uno de los responsables le insinuó a don Santiago que el día de las grandes campañas bajo lona había llegado a su fin. La respuesta fue contundente: “He perdido a mi esposa, pero no a mi carpa”. Se levantó la tienda en Naguanagua dos veces más mientras él vivía, en 1986 y 1987. “La quinta carpa” y la sexta no eran como las anteriores, pero en ese prolongado proceso de debilitamiento nuestro hermano estaba aportando al desarrollo espiritual de unos cuantos que ahora son líderes entre el pueblo de Dios en aquellas ciudades.

Llegó a la mesa una mañana en Valencia, lleno de contentamiento, y anunció: “Veinte mil”.

“¿Qué?” le dijeron, “¿Veinte mil?”

“Sí, por supuesto sin contar aquéllas que le escribí a Mamá. A esas nunca les asigné número en mi agenda”.

Era que a partir de 1923 él se acostumbró a numerar consecutivamente las cartas que escribía. En los últimos años de vida destruyó casi todas las que había guardado, y casi todas sus agendas también. ¡Cuánto más fácil habría sido escribir esta biografía si hubiera dejado atrás algunas! Pero sí dejó una que otra agenda que evidenciaba lo meticuloso y concienzudo que era: “Recibí Bs 500 para ser repartido entre consiervos. Le debo Bs 0,37 a Delfín Rodríguez”. O: “Entregué Bs 48,75 c/u a los hermanos A y B; Bs 48,50 al Sr. C”.

 

En materia de la mayordomía ante el Señor, su pueblo se divide en tres grupos. Es de temer que hay aquellos que prácticamente se limitan a dar una limosna a Dios, si es que asisten a la cena del Señor. Hay una mayoría que le dan un porcentaje casi fijo de sus entradas. Y, hay aquellos que perciben sus entradas como del Señor y guardan para su propio uso solamente la reducida parte que su conciencia les permita. Don Santiago era de la tercera categoría. (“A sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios”, 2 Corintios 8.5).

Pasados los 92 años, él reconoció tardíamente que ya no podía manejar sus finanzas. Le exigía tres pasos a la hija:

  • Primer paso: “Dame el 10% de todo eso, en billetes de diez bolívares”. Invariablemente, aquellos billetes iban a los bolsillos de su saco, para ser repartidos a viudas, etc. Para ese entonces, diez bolívares no era nada, debido a la inflación, pero él estaba siguiendo el patrón de largos años. Murió con los bolsillos repletos de billetes de Bs 10.
  • Segundo paso: “¿Qué debo?” “Papá, nada”. “¿Seguro, absolutamente nada a nadie? ¿He cumplido con todos?”
  • Tercero paso: “Manda el resto a la obra del Señor”.

Habiendo abusado de la confianza en contar aquello, enfaticemos que ése era su modo de ser, que no podía cambiar a esa edad. No hablaba primero de afrontar gastos, sino de poner a un lado una parte de las entradas. Estamos seguros de que por muchos años él y su señora se trancaban en el segundo paso. No en estar endeudados con el comerciante de la esquina, sino en no haber tenido con qué comprarle a él. Pero, superada esa etapa, volvieron al primer paso: lo que habían recibido era realmente de Otro.

De que él era exagerado en su afán de restringir los gastos, no se puede negar. Viendo ahora aquellos números de El Mensajero Cristiano y de La Sana Doctrina de los tiempos cuando se buscaba dónde comprar papel de segunda, etc., y considerando con cuán poco la señora contaba para facilitar los quehaceres de la cocina, uno tiende a tildarle de mezquino.

Pero hemos procurado explicarlo. Él nació en pobreza, se levantó en estrechez y sirvió en la obra del evangelio desde los años 1920 hasta los años 1960 (¿o más?) en medio de gente de pocos recursos. Obsequiaba con gusto, con la orientación de su esposa, pero compraba con criterio de escasez.

 

Habiéndose percatado de tantas situaciones a lo largo de una extensa vida, no podía ver que su propio fin se acercaba. O, no quería aceptarlo. Queremos poner la mejor interpretación posible sobre lo que dijo en voz quebrantada un par de semanas antes de dejar a este mundo. Había pasado muy mal toda una noche y al amanecer la hija exclamó: “Pero, Papá, ¿qué es lo que tú quieres?” Él no perdió la oportunidad, y replicó: “¡Quiero salir de aquí y predicar el evangelio!” ¿Y por qué no, si por setenta años lo había hecho como pocos?

El 6 de septiembre de 1988 Santiago Saword terminó la carrera. Dios enterró a su obrero y prosiguió con su obra.

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