Bartolomé Natanael (#430)

Natanael Bartolomé

Héctor Alves

 

¿Un mismo hombre?

Generalmente se acepta que Bartolomé y Natanael son una y la misma persona. Esta presunción no deja de encerrar cierta duda, pero a la vez hay poca evidencia en su contra. Mateo y Lucas se refieren a este discípulo como Bartolomé mientras Juan le llama Natanael. En los primeros tres evangelios el nombre de Felipe —quien llevó a Natanael al Señor— figura al lado del de Bartolomé.

Algunos escritores sugieren que Natanael debe ser considerado su nombre y que Bartolomé indica algún nexo familiar. Bar quiere decir hijo; el nombre significa “hijo de Tolomé”. No era cosa rara en aquella sociedad que uno recibiera nombre doble; Mateo es a la vez Leví, y Lebeo es también Tadeo y Judas.

En el relato breve en Juan 1.45 al 51, al cual hemos hecho referencia ya, hay tres puntos acerca de Natanael que tal vez sean provechosos para mención: su llamamiento, carácter y confesión. Tomaremos nota también de la noche de pesca en Juan 21.

Su llamamiento

No se nos dice si este hombre era discípulo de Juan el Bautista. Probablemente lo era, y también compañero de Pedro, Jacobo, Juan y Andrés. Se nota que en Juan 1 la descripción del hombre es más amplia que las de los otros hombres mencionados, y esto en contraste con lo poco dicho acerca de él en los capítulos subsiguientes.

Se ha dicho que Juan 1 es el capítulo de los hallazgos; véanse los versículos 41,43 y 45. No es sólo que Felipe halló a Natanael sino que Jesús ya le había visto bajo la higuera.

Es un poco sorprendente que un hombre con la gracia que tenía Natanael, cosa que estudiaremos en un momento, sea el único discípulo mencionado en este capítulo que manifestó duda antes de aceptar que Jesús fuera el Cristo. Cuando Felipe le contó que había encontrado aquél de quien escribieron Moisés y los profetas, Natanael parece haber desacreditado la declaración. Su pregunta, o protesta, “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” da a entender que no estaba muy impresionado. Era galileo y sabía que el pueblo galileo de Nazaret tenía mala fama. No se consideraba apropiado pensar que el muy prometido Mesías podría proceder de aquella población.

Felipe no entró en discusión pero tampoco perdió interés por su amigo. Sabiamente, invitó al incrédulo a probar por sí. El mensaje, “Hemos hallado; ven; ve”, sigue siendo el mismo hoy en día. Tradición religiosa no fue el enfoque del testimonio del recién convertido; galileo y todo, éste es aquel de quien Moisés y los profetas dan testimonio. Felipe había tomado el paso de fe, e hizo ver a su amigo que él podría hacer lo mismo.

Su carácter

El carácter de Natanael Bartolomé queda revelado en la declaración del 1.47: “He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño”. Así estimó nuestro Señor a uno cuyo nombre quiere decir, “dado por Dios”.

¿Por qué un verdadero israelita? En la estimación de Jesús, éste estaba en la clase de Ana y Simeón de Lucas capítulo 2, quienes esperaban la consolación de Israel. Sin duda Natanael vivía según la luz que tenía del Antiguo Testamento, un judío cumplido en sus deberes bajo la ley de Moisés.

“En quien no hay engaño”. Maravillosas estas palabras procedentes de los labios de aquel que no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues sabía lo que había en el hombre. La declaración nos hace recordar las conversaciones que Él tendría con Nicodemo y la samaritana, cuando lo más íntimo saldría a la luz en pocos instantes. Natanael no era perfecto ni estaba sin pecado, pero era sincero dentro del marco de sus convicciones. Judío en extremo, no tenía los prejuicios ni el juicio sesgado de muchos hombres, y nuestro Señor sabía todo esto.

Aquí en la privacidad de su patio este judío ha podido estar meditando en la agitación existente en Judea, y no sería extraño que se haya encontrado en oración ferviente. En Zacarías 3.10 leemos que, “En aquel día … cada uno de vosotros convidará a su compañero, debajo de su vid y debajo de su higuera”. ¿Esperaba así Natanael el día de la venida de su Mesías? Parece que estaba aparejado para recibirle. Sea como fuere, el-Dios-que-ve, veía algo en Natanael pero no ha tenido a bien decirnos.

Había un gran movimiento entre los judíos en aquellos días. Juan el Bautista estaba anunciando que el reino de Dios se había acercado y llamaba a las multitudes al arrepentimiento. Venía el Rey, y el hacha estaba puesta a la raíz del árbol; el divino leñador tumbaría aquellos árboles que no llevaban fruto. A la vez, Roma estaba apagando los últimos rayos de libertad política que ese pueblo subyugado había tenido. Todo esto sería motivo de seria reflexión y perturbación para un israelita verdadero en quien no había engaño.

Su confesión

Se levantó, caminó hacia aquel que le veía, y oyó su declaración: “Antes que Felipe te llamara, … te vi”. Fue un caso como el de David cuando confesó en Salmo 139.2: “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pen-samientos”. Desde luego, esa higuera es una figura de la nación de Israel, y el incidente es una miniatura de la recepción que esa nación va a dar al Mesías. Pero Natanael tenía que salir de por debajo de la higuera y recibirle por sí mismo.

Él exclamó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel”. Esta confesión fue diferente a la del piadoso Simeón cuando dijo en el templo: “Han visto mis ojos tu salvación … luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel”. Felipe le había invitado a ver a Jesús, pero Natanael vio más.

Las palabras del Señor provocaron de este singular varón una gran confesión de la deidad y el señorío de uno que veía por vez primera. Los ojos de su entendimiento fueron abiertos para ver en Jesús de Nazaret el Hijo de Dios manifestado en carne y el verdadero Rey de la nación. Simeón vio más la manifestación a los pueblos, y Natanael vio la persona en sí.

¿Cómo sabía que Cristo era Hijo y Rey? Por su conocimiento del Antiguo Testamento; “… de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas”. El conocería bien el segundo salmo, donde habla Dios del Hijo y el rey, y posiblemente sabría también que Gabriel había anunciado la venida de uno que se llamaría Hijo del Altísimo. La confesión de este nuevo discípulo agradó al Señor, quien durante su ministerio terrenal nunca rehusó el título de rey de Israel. Contestó: “Cosas mayores que estas verás”.

Su equivocación

La última mención que hace Juan de Natanael está en contraste con la mención de la ausencia de engaño que ya hemos visto. Juan 21.2 relata que “estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos”. ¿Por qué identificar a sólo cinco entre siete? Pedro era el portavoz, y figuran sólo dos más por nombre: lado a lado, el hombre de las dudas y el hombre sin engaño…

Pedro quería pescar y los demás aceptaron. No había mandamiento, y parece que se trata de un brote de voluntad propia. ¿Por qué estaban al lado del lago en vez de reunidos en “el monte donde Jesús les había ordenado”, Mateo 28.16? Algunos opinan que siempre fueron al lugar señalado pero se cansaron de la espera. Otros opinan que volvieron a la pesca para aumentar sus ingresos, por falta de fe. Si este fue el motivo, aprendieron algo, porque no pescaron nada.

Quizás no nos sorprende mucho el hecho de que Tomás, con sus acostumbradas dudas, se haya dejado arrastrar por el grupo, pero no pensábamos encontrar a Natanael entre ellos. Mejor le hubiera sido volver a sentarse debajo de la higuera en su huerto y meditar en el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Más obtuvo en su silenciosa reflexión que en esta iniciativa extraña en una etapa de la vida cuando ha debido saber mejor.

Pero Natanael no es el único que ha comenzado bien la carrera cristiana y ha llegado a confiar en la carne más adelante. ¿Sabemos mejor, y hacemos mejor?

 

 

 

Ven y Ve

 

D R A

 

 

 

Jesús les dijo a dos, “Venid y ved”, y el día siguiente Felipe, él mismo “un nuevo creyente”, instó a su amigo Natanael, “Ven y ve”. El evangelista Juan construye su narración − al final del capítulo 1 − en torno de este verbo ver.

El interés de Felipe era que Natanael viera a Jesús. Lo vio (aunque Juan no lo dice específicamente) y expresó una de las grandes declaraciones narradas en los Evangelios. Sin embargo, la historia se desenvuelve en Jesús viendo a Natanael y revelándole una gran verdad acerca del Hijo del Hombre en el milenio. Realmente, el breve relato es una biografía en forma figurada de algunas coyunturas clave en la historia de la nación de Israel, y es de esto que vamos a hablar primeramente.

El enfoque de Felipe se basó en el Antiguo Testamento, el de Natanael en la dignidad de la persona delante de sus ojos y el de Jesús en su propia gloria y la bienaventuranza de un pueblo.

 

Israel

Cuando leemos que Natanael estaba sentado debajo de una higuera, pensamos de entrada que él será presentado como una figura de Israel. (Usted se acuerda de los tres árboles que representan a esa nación en la parábola de Jotam, Jueces 9, y en tantos otros pasajes del Antiguo Testamento. Son el olivo, la higuera y la vid). Este árbol es importante por los usos de su fruto, y tiene la característica de que el fruto brota antes de las hojas. Nuestro protagonista estaba reflexionando sobre las aspiraciones de su pueblo por la paz y el reposo.

Natanael estaba anticipando Miqueas 4.4, “Se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente”, y Zacarías 3.10, “Cada uno de vosotros convendrá a su compañero, debajo de su vid y debajo de su higuera”.

Para confirmar nuestra impresión que la corta historia tiene que ver con más que simplemente una conversación entre dos individuos, notamos que al final de ella Jesús deja de hablar de y termina hablando de vosotros: (“tú verás” − Natanael); (“vosotros veréis” − Israel).

Es que la entrevista traza una gran progresión, no sólo en la experiencia de Natanael personalmente, sino también de su pueblo. Lo encontramos primeramente cínico, “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?”; luego contrito y asombrado, “Eres el Hijo … el Rey”; y finalmente, “Veréis el cielo abierto”.

Bien ha escrito otro: “La transformación realizada en escasos minutos en la experiencia de este hombre ocupa todo el período entre dos advenimientos para la nación. En el primer advenimiento de su Mesías ellos dijeron de Él, en las palabras proféticas de Isaías 53, “No hay parecer en él, ni hermosura”, pero en el segundo advenimiento, cuando Él vuelva en poder y gran gloria para establecer un reino sobre la tierra, Israel lo va a reconocer como su verdadero Mesías, Redentor, Dios y Rey. “¿Quién es este Rey de gloria?”, Salmo 24.10. [Phil Coulson]

Viendo en Natanael el remanente arrepentido y restaurado, el Señor habla de él como un israelita en quien no hay engaño.

 

Nosotros

Por supuesto, nosotros los salvos de este tiempo de la Iglesia, que no tenemos parte en Israel, no dejamos de ver en la historia nuestra propia experiencia de incredulidad, luego arrepentimiento y fe, y nuestra esperanza bienaventurada y la venidera manifestación de y con el Señor.

El placer común tendremos en la gloria allí;
yo al estar en su presencia, y Él al verme a mí.

En realidad no hemos ido suficientemente atrás, ni con Natanael, ni con Israel, ni con nosotros mismos. El comienzo del drama es: “Antes de que Felipe te llamara, … te vi”. Felipe apeló a la voluntad de Natanael, pero Jesús ya lo tenía en la mira. Cuando Cristo venga en triunfo y se sienta en su trono de gloria, Él dirá al pueblo que le va a recibir: “Venid … heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”; Mateo 25.34. Pero en cuanto a nosotros, la verdad es más asombrosa. El evangelio que nos alcanzó es un misterio que se había mantenido oculto desde tiempos eternos, pero se ha dado a conocer a todas las gentes para la obediencia de la fe, Romanos 16.25,26.

Por mucho que debemos exponer esta historia en Juan 1 como un cuadro de Israel, no podemos dejar eso de “cuando estabas debajo de la higuera, te vi” sin citar lo que cantamos acerca del Salvador y nosotros mismos:

Tras canción y homenaje,
triste perdido te vi.

 

Cristo

Volviendo a la historia en sí, observamos otra secuencia. Felipe habló del hijo de José; Natanael lo llamó el Hijo de Dios; Él tomó para sí el título del Hijo del Hombre.

Cuán diferente, y a la vez cuán instructivo, el uso de tres títulos en nuestra narración y el uso de ellos cuando Jesús estaba ante el sumo sacerdote. Ese impío lo conjuró, “si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios”. Lo era y lo es, pero la nación de aquel hombre lo había rehusado vez tras vez, y Él no estaba dispuesto a tratar el punto en aquella coyuntura tan tardía. Respondió: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, viniendo en las nubes del cielo”.

Hijo del Hombre (no, hijo de los hombres, ni hijo de un hombre) es un título que el Señor empleaba al referirse a sí mismo mayormente en dos esferas: su humanidad, hombre entre hombres, y su gloria futura, cuando juzgue a los hombres.

Por ejemplo, por un lado: “El Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza; El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres; El Hijo del Hombre vino para salvar”. Pero por otro lado: “El Hijo del Hombre va … pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!; Desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra de Dios; Escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre”.

 

Milenio

Entonces, ¿qué de la profecía del último versículo del capítulo: “Veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”?

Entre creyentes sanos en la fe e instruidos en cuestiones proféticas, dos temas de discusión son (1) ¿En qué medida las descripciones de condiciones en el milenio aplican también al estado eterno para los redimidos? (2) ¿Quiénes ocuparán la tierra y quiénes el cielo?

Nos ocupamos aquí del milenio, notando de paso que “los cielos nuevos y la nueva tierra” de Isaías 65 y 66 aluden al milenio y “un cielo nuevo y una tierra nueva” en Apocalipsis 21 al estado eterno. Es evidente que habrá una amplia reconstrucción de la tierra después de la gran tribulación, al comienzo del milenio, y que en el milenio los santos que salen vivos de la  tribulación, y los que se salvan en aquellos mil años, habitarán la tierra en la “hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey”, Salmo 48. Es evidente también que nosotros vamos a “la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos”, Hebreos 12.22, descrita a partir de Apocalipsis 21.10.

Si nosotros somos los primogénitos cuyos nombre están inscritos en el libro de la vida, y si los redimidos difuntos de otros tiempos, pasados y futuros, son los espíritus de los justos hechos perfectos, entonces los muchos millares de ángeles incluyen a aquellos en esta profecía revelada a Natanael: “el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”. La “gran ciudad santa de Jerusalén” desciende del  cielo, de Dios. Sin abundar sobre el estrecho vínculo entre aquella ciudad y “la ciudad del gran Rey” en la tierra, diremos simplemente que se emplean ángeles (cosa que no nos sorprende) subiendo y descendiendo.

Dejamos con el lector la frase, “sobre − o delante de − el Hijo del Hombre”, pero sospechamos que en ella hay mucha tela que cortar. Previo a esto, cuando el Señor venga en gloria y gran poder para establecer su reino, se habrá cumplido lo que Jesús le dijo al sumo sacerdote, citado ya: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”.

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