Asa (#488)

Asa

 

N R Thomson

 

 

La historia de Asa es más halagüeña que la de su padre Abías. Él empezó bien, tenía convicción, mostraba carácter en corregir los males y manifestó fe en Dios y en la oración. Pero, desgraciadamente, el descuido le condujo a extraviarse, no moralmente, sino doc­trinalmente.

Asa tenía mucho en contra cuando empezó a reinar. Sus padres habían desamparado la casa de Dios, edificando otros santuarios en lugares altos. Estos habían conducido la nación a la idolatría y a la inmoralidad. Asa destruyó todo esto (2 Crónicas 14:2‑5). Incluso, destrozó la imagen de su misma abuela, y le quitó la honra de ser reina (2 Crónicas 15:16). ¡Qué fidelidad, sin acepción de personas! Tantas veces faltamos porque corregimos los errores en otros, pero cuando aparecen las mismas cosas en nuestros familiares, callamos. Debemos ser más estrictos en cuanto a nuestros familiares porque ellos afectan nuestro propio testimonio.

Cuando Asa había fortalecido su reino, vino un enemigo formidable. Llegó Zera, etíope, con un millón de soldados y trescientos carros armados. Asa actuó con espiritualidad. Oró con palabras ejemplares. “¡Oh Jehová, para ti no hay diferencia alguna en dar ayuda al poderoso y al que no tiene fuerza! Ayúdanos … porque en ti nos apoyamos, y en tu nombre venimos contra este ejército” ( 2 Crónicas 14:9-12). Él reconoció su debilidad y confió enteramente en el poder de Dios. También anduvo en la seguridad de hacer la voluntad de Dios, de modo que actuó en su nombre.
El resultado fue la victoria.

Dios luego confirmó su actuación pero le advirtió en cuanto a la necesidad de la perseverancia. El profeta Azarías le dijo: “Jehová estará con nosotros, si vosotros estuviereis con él … si le dejaréis, él también os dejará. Muchos días ha estado Israel sin sacerdote que enseña y sin ley” (2 Crónicas 15:2,3). Resultó que Asa tomó el consejo y obedeció la ley. Restableció el orden de los sacrificios y reunió todo el pueblo en el mes tercero, que sería para la fiesta de Pentecostés en Jerusalén. Allí todos “prometieron solamente que buscarían a Jehová … de todo corazón” (versos 8-12).

El avivamiento se mantuvo en la nación, pero desgraciadamente Asa mismo se extravió. Cuando Baasa, rey de Israel, invadió su territorio, en vez de confiar en su Dios como antes, él buscó yugo desigual con el rey impío de Siria. “Haya alianza entre tú y yo”. Él pagó a Benhadad para invadir a Israel y librarle de la amenaza. El profeta Hanani le reprendió fielmente. Dijo: “Los ojos de Jehová contemplan toca la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen el corazón perfecto para con él. “Locamente has hecho en esto”.(2 Crónicas 16:7-10).

¡Qué triste leer que Asa no se humilló! Se enojó contra el profeta y le echó en la cárcel. No podemos resistir la palabra de Dios sin sufrir, y sin volver atrás. “El que ama la instrucción ama la sabiduría; mas el que aborrece la reprensión es ignorante”. “El que guarda la corrección vendrá a ser prudente”. “El que tiene en poco la disciplina, menosprecia su alma” (Proverbios 12:1, 15:5,31).

Su extravío y rechazo de la corrección le trajo la disciplina del Señor. Se enfermó gravemente. Luego en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos (2 Crónicas 16:12). Esto no es una condenación de los médicos, sino una aclaración. Dios quiere que tengamos fe en él, y que entendamos que el mejor médico no puede hacer nada si Dios no está dispuesto a orarnos. Debemos primero buscar a Dios en la oración, y luego buscar consejo médico según Dios nos guíe. Muchos creyentes, por rechazar los errores de los falsos sanadores que llegan en sus “campañas de fe”, cometen otro error en negar por completo su fe en Dios. Aunque no hay dones milagrosos de sanidades hoy, Dios es el mismo en quien debemos confiar, y a quien debemos honrar.

Son muchos los que tienen más fe en la farmacia que en Dios; su casa está llena de un sinfín de remedios dudosos. Cuando usted se enferme, no haga como Asa. Busque primero al Señor. Ore mucho para que el Señor le guíe en lo que debe hacer. Puede ser que su enfermedad sea el resultado de su propio pecado, o de su descuido como en el caso de Asa. En tal caso, usted necesita la confesión y el consejo de la palabra de Dios más que al médico. Luego ore que el Señor le guié a un médico honesto y capaz. Hay muchos que son meros comerciantes de recetas.

Hablando generalmente de su vida, Dios indicó que Asa hizo lo recto (1 Reyes 15:11). Pero, ¡ojalá que no hubiera hecho la alianza con aquel impío! ¡Ojalá que no se hubiera puesto duro contra la corrección del profeta! y, ¡ojalá que hubiera perseverado en la fe y en la oración! Las faltas en su vejez mancharon una vida buena.

 

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