Angola la Amada; T E Wilson; 88 páginas (#127)

Angola la Amada

 

Traducción de varias secciones del libro Angola Beloved (Loizeaux Brothers) acerca de la evangelización de la Faja Amada y del noroeste de Angola en particular, y también la autobiografía de su autor,
T. E. Wilson.

 

 

 

 

Este documento incluye dos capítulos escritos por A.E. Horton en Africa, oh Africa (Christian Missions
in Many Lands), quien sirvió en la frontera entre Zambia y Angola.

 

Contenido

 

 

1     La fascinación mística de África

2    Angola ─ El pueblo

3     Los pioneros

4    Irlanda y Portugal

5    Primeras impresiones de Angola

6    Ancianos y predicadores africanos

7    Capango y Hualondo

8    Aprendizaje en el idioma

9    El norte no evangelizado

10   Intervalo y matrimonio

11   Obra pionera con dificultades

12   El evangelio en las minas

13   Más estudio de idiomas

14   La predicación de la Palabra

15   Malaria severa

16    Viajes a pie

17   La brecha cultural

18    Una escuela

19   Obra médica

20    Transporte y correo

21    Hechiceros

22    Religión luvale

23   Iglesias indígenas

24    De vuelta a Bié


La fascinación mística de África

 

África siempre ha sido una tierra misteriosa; aun su forma en el mapa sugiere una gran interrogante. Por siglos era conocida como “el Continente Oscuro”. Su geografía y las fuentes de su sistema fluvial eran temas de especulación. Los mapas antiguos mostraban una cadena de montañas a través de su cinturón, nombrada, por falta de otro término mejor, “las Montañas de la Luna”. Los primeros europeos en penetrar tierra adentro contaban cuentos exagerados y hablaban de habitantes bárbaros. Pero aquella tierra siempre ha fascinado y llamado a aquellos que han pasado unos años dentro de sus linderos. Hay una nostalgia que los insta a volver.

África es una tierra cruel. Por siglos había un comercio de esclavos cuando millones de seres humanos eran vendidos como ganado; cuando se golpeaban contra un árbol a los niños que no podían resistir la larga marcha a la costa; cuando el canibalismo era una práctica común y las guerras de matanza ritual eran el orden del día.

Es una tierra de temor: temor de la oscuridad, temor de los espíritus malignos, temor de la muerte, temor de las bestias salvajes y los insectos, y temor por encima de todo de hombres impíos que no tienen compasión ni conciencia.

Es también una tierra de oscuridad. De noche cuando se va el sol, la oscuridad asume el mando. La puesta de sol dura escasos minutos y entonces desciende la noche negra y siniestra. El hombre negro se encierra en su choza y la naturaleza, roja de diente y garra, anda en derredor. Ningún humano viaja de noche si puede evitarlo.

Pero África no es apenas animales salvajes y culebras y plagas. Es la tierra más fascinante del mundo. Es una tierra de sonidos: la langosta montés al terminar el día; el lloro de un chivo o de un bebé africano, que son casi idénticos; los insectos escurridizos, los sapos ruidosos y el monótono toque de tambor en la noche; el clamor del mutambi llamando a los espíritus cuando alguien está próximo a la muerte; los pájaros con su canto al romper el alba; y el gemido del enajenado mental con manos y pies en esposas de madera, amarrado a un tronco.

África es también una tierra de olores: la paja quemada en la estación de sequía; la tierra calurosa después de las primeras lluvias; el maíz seco tostado sobre el fuego al aire libre; el humo pungente de tabaco en los pueblos; la carne roja ya pasada de tiempo; los cuerpos no aseados y sentados juntos en una reunión. Pero los sonidos y los olores le hacen a uno sentir una nostalgia que no admite descripción y le traen a la mente el trozo dedicado a “Madre África”: “Hay millones que desconocen tu olor y te desprecian por tu crueldad y dolor. Allá en África, dicen, la gente se pierde y es desechable. Pero sabemos mejor. Madre África, tus hijos vienen a quedarse, y jamás vuelven a encaramar muro en una ciudad”.

La mayoría de la gente que ha pasado buena parte de su vida en África, pero que por alguna razón ha tenido que salir, anhela irresistiblemente su regreso. Conozco a personas cuyas casas fueron despojadas, que vieron a sus amigos torturados y matados, y quienes han tenido que huir ellos mismos para salvarse la vida, pero que contaban los días cuando podrían volver una vez calmada la situación.

William Maitland, uno de los pioneros en la obra misionera entre los chokwe, pasó sus últimos años inválido en Chicago. Temprano en sus cincuenta años en Angola, por poco murió de hambre en una sequía, varias veces entró en coma a causa de malaria, con sólo un muchacho indígena para velar por él, y había sido mordido por garrapatas, chagas, y moscas tsetsé. Cuando lo visité él tenía ochenta años, vivía en una comodidad comparativa en América y era honrado y amado por un amplio círculo de amigos. Él me rogó, con lágrimas en los ojos: “Por favor, pídale a esta gente descorazonada que me dejen volver a África”. ¿Qué lo hace a uno sentir esto? Es la fascinación mística de aquella tierra.

Esta es la tierra que he aprendido a amar y que considero mi hogar. Algunos de mis mejores amigos en este mundo, tanto negros como blancos, están allí. Hay muchos hijos en la fe, gente que literalmente ha arriesgado la vida por nosotros. Aun hoy, exilado por las circunstancias, siento un fuerte jalón para estar entre ellos de nuevo. ¡Quizás un día!

 

2   Angola ─ el pueblo

 

Hoy por hoy la población de Angola es multirracial, la mayoría son negros de raza bantú, con una minoría de portugueses blancos y mulatos de todo matiz, consecuencia de siglos de matrimonio cruzado entre blancos itinerantes y negras. Los primeros habitantes, hasta donde podemos descubrir, eran nómadas y pigmeos. Reducidos remanentes de este pueblo primitivo se encuentran aún en los bordes del desierto Kalahari en el sur. Eran cazadores de primera, lanzando flechas envenenadas y contaban con la carne como su alimento principal. Cuando no encontraban caza, subsistían de raíces e insectos.

Alrededor el año 1000 d.C. los hotentotes invadieron África Central. Trajeron consigo los inicios de una civilización, cultivando la tierra y haciendo implementos de cobre y hierro.

Pero estaba en marcha otra migración. La tradición dice que hace 2000 años el bantú (una palabra africana que significa “pueblo”) comenzó a dejar su hogar original en el lejano norte, donde estaba en contacto con influencias egipcias y persas. Los bantús fundaron colonias por toda África Central, conquistando y prácticamente exterminando los habitantes originales que encontraban. Entre los siglos 14 y 16 invadieron Angola, y al poco tiempo la gran raza bantú cubría todo el centro y sur de África.

Pero perdieron contacto con el mundo de afuera y, cortados de las antiguas civilizaciones en el norte, los bantús se conformaron con el ocio. La vida en el trópico era fácil; un suelo fértil,  abundancia de peces en los ríos y lagos, y multitudes de animales de caza en los ondulantes llanos: todo esto conducía a una vida cómoda y contribuía a su decadencia. La raza bantú, que hoy día consta de unos cincuenta millones de almas y tal vez de trescientos idiomas y dialectos, se hizo presa fácil de cualquier aventurero que podía reunir un conjunto de despojadores y hacerse un feudo. Fue la gente que los portugueses encontraron en Angola cuando sus marineros y exploradores tocaron tierra al final del siglo 15.

Ahora existen tres grandes agrupaciones tribales en Angola, divididas por su lengua en unos cincuenta grupos:

Las tribus ambaskita están conformadas por los remanentes del antiguo reino congo, con sede en San Salvador cerca de la desembocadura del Congo y extendiéndose al sur hasta Luana y Nuevo Redondo. Las tribus del interior las llaman los a-mbaka, “el pueblo de la costa”.

El hogar ancestral de los pescadores era las fuentes del Zambesi, de donde se extendieron por los cursos de los grandes ríos. Las etnias suchazi, luimbe y songo pertenecen a este grupo. Hablan diversos dialectos pero están estrechamente vinculados entre sí.

Y, las tribus de caza viven mayormente en el bosque, subsistiendo a duras penas del cultivo, el trueque o la recolección de la cera de abejas. Las etnias lunda, lovale y chokwe proceden de un mismo pueblo y tuvieron su origen en la zona lu-unda al este de Río Lulwa, en lo que es hoy día parte de la República Democrática del Congo. La capital es el pueblito Mwata-Yamvo y el cacique de mayor rango está allí hasta estos tiempos. Es interesante comentar de paso que Moise Tshombe, el primer presidente del Congo (Zaire), era oriundo de esa zona.

La tribu ovimbunda, que habla el umbundu, se extiende por África Central. Su sede en Bié (Silva Porto) y en Angola es Bailundu (Vila Teixeira da Silva). Se trata de una gente inteligente, esforzada y sagaz. En los días de antaño, con su comercio de esclavos y un próspero negocio de caucho y marfil, caravanas de ovimbundu penetraban hasta Tanganyika, hoy día Tanzania. La gente del interior les llamaba los yimbalis. Su cacique ancestral, Viye, tomó por esposa a una joven songa llamada Cahanda y estableció su capital cerca de donde actualmente está la ciudad de Silva Porto. El nombre portugués Bié, que le da a todo el distrito, es una corrupción del nombre del cacique Viye.

Los chokwes son una raza soberbia y boquifresca que despreciaba a los ovimbundu como esclavos de los blancos. Eran los bandoleros de África Central, que despojaban las caravanas de comerciantes en sus viajes hacia y desde la costa. Por años la obra misionera entre ellos era difícil, pero una laboriosa perseverancia ha dado ricos dividendos espirituales en las iglesias indígenas, no sólo en Angola sino también en lugares distantes.

Desde luego, los portugueses son la clase que gobierna el país. [Tengamos en mente que el autor escribió esto en 1967]. Se emplean diversos medios para estimular la emigración de Portugal, especialmente en los últimos treinta años. El objetivo es latinizar al país y hacer de él una colonia de Portugal en realidad y no sólo un nombre.

La población negra de Angola es de aproximadamente cuatro millones. La proporción de negros a blancos es de 20 a 1.

 

3        Los pioneros en la Faja Amada

 

Los nombres de David Livingstone y Frederick Stanley Arnot se asociarán siempre con la apertura de África Central.

Livingstone nació de padres humildes en Blantyre, Escocia, en 1813. Cursó estudios en Glasgow y recibió su diploma de médico en 1840. Él tenía pensado ir a China como misionero médico pero la iniciativa fue tronchada por las Guerras del Opio que estaban en curso en ese entonces. Robert Moffat de África del Sur estaba en el Reino Unido en su sabático en 1840; habiéndole conocido en Londres, y consecuencia de una conversación prolongada, Livingstone decidió ir más bien al África.

Llegó a África del Sur en 1841. Se residenció en un lugar llamado Kuruman y en 1844 se casó con la hija de Moffat, la señorita Mary. Él había ido bajo los auspicios de la London Missionary Society, pero le irritaban constantemente las órdenes de quedarse en un solo lugar y hacer una obra fija.

En aquel entonces el interior del África era prácticamente desconocido al mundo de afuera. A lo ancho de los mapas de África Central se encontraba la leyenda Las Montañas de la Luna, y poco más. Nadie sabía dónde quedaban las fuentes del Nilo, el Zambeze o el Congo. La gran tarea delante de Livingstone era la de abrir el “Continente Oscuro” al resto del mundo. Él escribió a los directores de la sociedad misionera que estaba a su disposición “para ir a cualquier parte, con tal que sea adelante”. Posteriormente escribió a su suegro: “Abriré un sendero al interior, o pereceré”.

Finalmente despachó a su esposa e hijos a Inglaterra y comenzó la obra de explorar las regiones desconocidas de África Central. Junto con unos pocos indígenas para portar sus escasas pertinencias, travesó miles de kilómetros a pie. A menudo enfermo con malaria, en peligro de muerte por las fieras y los hombres aun más feroces, él prosiguió fielmente, pero a expensas de su vida.

Descubrió Lago Ngami (1849), el Alto Zambeze (1851), las Cataratas Victoria (1856), Lago Nyassa (1859), Lago Moera (1867) y Lago Bangweolo (1868). En su último viaje él estaba explorando las fuentes del Nilo cuando murió a solas en una choza de paja en lo que se conoce ahora como Zambia. La fecha fue 1° de enero de 1873. Blackie describe el fin en su libro The Personal Life of David Livingstone:

“Por fin ellos (su portadores africanos) lograron llevarlo a la aldea de Chitambo en Ilala, donde lo colocaron bajo un alero en la llovizna hasta acondicionar la choza que estaban construyendo. Entonces lo acostaron en una cama rústica en la choza, donde pasó la noche. El día siguiente se quedó tranquilo … Nada sucedió para llamar la atención durante la primera parte de la noche, pero a las 4:00 de la madrugada el muchacho que se acostaba a su puerta clamó alarmado para Susi, temiendo que su amo estaba muerto. A luz de vela vieron que no estaba en la cama sino arrodillado al lado de ella, con la cabeza hundida en las manos; él había muerto en el acto de orar … encomendando el África ─su propia, querida África, con todos sus tribulaciones y pecados e injusticias─ al Vengador del oprimido y Redentor del perdido”.

Aquellos hombres hicieron los arreglos para secar y embalsamar el cuerpo. Quitaron y sepultaron el corazón y las vísceras debajo de un árbol. Dejaron que el cadáver se secara en el sol por catorce días. Una vez envuelto en lienzo y las piernas dobladas hacia adentro por las rodillas, fue encerrado en una gran faja de cáscara en forma de un cilindro. Esto a su vez fue envuelto en tela de velo y el paquete amarrado a un palo para ser portado por dos.

Emprendieron la larga marcha a la costa, rumbo a Zanzibar. Los restos fueron colocados en un barco y llevados a Inglaterra. El 18 de abril de 1874 el cuerpo del gran pionero misionero fue consignado a su lugar de reposo cerca de la nave central de la Abadía de Westminster. Entre aquellos que portaron el ataúd estaban H. M. Stanley, quien había “encontrado” a Livingstone en África cuando estaba extraviado por dos años, y también uno de los africanos que había llevado sus restos a la costa.

Las líneas que siguen fueron publicadas en Punch, una revista inglesa, en la ocasión de los funerales: “Abran los portales de la abadía y dejen que él duerma con rey y estadista, jefe y sabio. El misionero procedió de gente tejedora pero era grande por una obra que no admite menor compensación. No precisa de epitafio para guardar un nombre que los hombres estimarán mientras se hagan obras de valor. Vivió y murió para Dios, sea este su fama; que se desmorone el mármol, este es Livingstone [piedra viva]”.

Livingstone fue el primer misionero evangélico en llegar hasta Angola. En su viaje de epopeya desde Linyanti en el Zambeze hasta Luanda en 1853 él atravesó el país a pie de este a oeste, y luego en el regreso de oeste a este. Si bien su nombre está vinculado con la exploración geográfica, su primer objetivo fue el de alcanzar el pueblo con el evangelio, y esto lo hizo fielmente.

Frederick Stanley Arnot nació en Glasgow, Escocia, en 1858. Cuando muchacho se interesó en África al ver las reliquias del gran pionero que fueron repatriadas después de la muerte de éste. Fue inspirado por el ejemplo de Livingstone y resolvió dar su vida para llevar adelante la obra que éste inició. Era de la misma sangre, raza y fe.

Con el apoyo y las oraciones de grupos de cristianos interesados en Gran Bretaña, él se marchó para África a la edad de veinticinco años. No fue auspiciado por ninguna junta misionera, sino confiaba sencillamente en Dios para suplir su necesidad. Llegó a Natal en África Sureste en 1881 y en ese mismo año prosiguió hacia el norte hasta Barotseland, ahora parte de Zambia, donde pasó dieciocho meses.

Arnot era un hombre tímido, nada pretencioso y enteramente dedicado. Ralph Williams, en su libro How I Became Governor, dice esto acerca de Arnot después de haberle conocido en Cataratas Victoria en 1884:

“Sr. Arnot, el misionero, era extra-ordinario. Conversé con él varias veces. Era el más sencillo y dedicado de los hombres. Vivía en gran adversidad bajo la tutela del rey de los barotses y era mentor de sus hijos. Me acuerdo que dijo con cierta satisfacción que sus alumnos habían aprendido el alfabeto. He visto a muchos misioneros en diversas circunstancias, pero a un hombre tan desamparado, existiendo de día a día, casi desesperanzado, sin los aparatos que hacen la vida tolerable, yo jamás he visto. Estaba consumado por un solo anhelo, y era el de servir a Dios. Si mejor se logra esto así o de otra manera, no voy a cuestionar aquí, pero él no miraba ni a derecha ni a siniestra, no pensando nunca en sí mismo si podría lograr que una sola llegara a creer. Por lo menos, así me parecía. Y le he honrado desde aquel entonces como uno que estaba tan cerca de su Amo como cualquiera que yo he conocido”.

En Barotseland Arnot había conocido a Silva Porto, un comerciante portugués, quien le invitó acompañarle en el largo viaje al oeste, a Angola Portuguesa, y le proporcionó un buey para el viaje. Del hogar de Porto en Belmonte, en la sierra de Bié en Angola, él procedió a Catumbela en la costa y de esta manera completó el cruce de África de este a oeste. Mucho del viaje se realizó a pie y en increíble adversidad. En Catumbela repuso sus cajas de alimentos y compró una mínima cantidad de mercancía para el trueque. Hecho esto, cubrió la misma ruta de regreso al hogar de Silva Porto, a unos 560 kilómetros de la costa.

En todos sus viajes en África, Arnot oía nombrar a Musidi, un rey africano que gobernaba sobre un área amplia que en aquel entonces se conocía por Garenganze, pero hoy día es Katanga, la provincia sureña de Congo. Musida había ganado para sí un reino por medio de la matanza y el despojo. Su fama se extendió a todas partes. Era conocido a los portugueses en el lejano Oeste; le dieron una esposa mulata, pero se decía que tenía más de quinientas concubinas. Los árabes del Este, ocupados en el tráfico de esclavos, eran visitantes frecuentes en su capital. Pandillas ambulantes de comerciantes africanos penetraban su territorio desde el oeste en busca de marfil, caucho y esclavos. La constante guerrilla entre tribus había creado condiciones idóneas para el negocio en seres humanos.

Largas caravanas cubrían la ruta a la costa. Era cosa de cada día ver hombres, mujeres y niñitos moribundos lanzados a un lado, sus manos serruchadas para mayor facilidad al quitar las esposas. En tiempos relativamente recientes no era inusual ver huesos blanqueados de esclavos que murieron al lado del sendero en la larga marcha a la costa, sus grilletes colgadas en las ramas de los arbustos. Estas trabas no eran más que un bloque pesado de madera con una apertura en el medio, de un tamaño mínimo para meter en ella las manos o los pies, y luego sujetar éstos con una estaca para impedir que fuesen sacados. El esclavo pasaba la noche en grilletes, y de día las llevaba sobre la cabeza, encima de la carga que le era asignada. Se estima que solamente un esclavo entre cinco, capturados ellos en el interior, llegaba a la costa vivo. En el caso de morir una madre con niño pequeño, se mataba el niño con golpear su cabeza contra un árbol.

Arnot decidió visitar al país de Musidi y llevar el evangelio de Cristo a este hervidero de pecado y homicidio. Lamentó tener que despedirse de Silva Porto. El comerciante portugués le había mostrado no poca bondad y le había instado a radicarse en Angola y comenzar su obra misionera allí. Pero Arnot consideraba que debería ver a Musidi primeramente, y en octubre 1885 él prendió viaje de nuevo al interior.

Fue una marcha larga y peligrosa que ocupó varios meses, durante los cuales él pasó muchos apuros y sintió muchas frustraciones. En ese entonces los caciques africanos tenían control absoluto. El camino al interior tenía que ser literalmente comprado con obsequios de tela para cada pequeño potentado que impedía el paso. Refiriéndose a este viaje, Arnot escribió: “Contaba con tres varones de Garenganze como guías. Fueron despachados de tiempo en tiempo a buscar comerciantes, y parece que pensaban que en mí habían atrapado un buen pez, y aparentemente daban su misión por cumplida. Pues, bien, que así sea. El jefe de Garenganze no sabe de nada mejor que cazar comerciantes, pero que el Dios viviente tenga a bien enviarle su preciosa Palabra”.

Por fin Arnot llegó al reino de Musidi temprano en 1886. Su llegada en Katanga le puso cara a cara con el esplendor bárbaro de la corte de Musidi. “¡Quítele la cabeza!” no era ficción, como en la obra Alicia en tierra de las maravillas, sino una realidad vista a diario en la villa de ese cacique africano. Su kraal empalizado estaba decorado con cráneos de sus infortunadas víctimas. Fuera de su vivienda había mesas de altas pilas de cabezas de aquellos que sus verdugos habían decapitado. Sólo cinco años después de haber entrado en África, Arnot penetró la capital asombrosa de Musidi, y allí, a unos pocos kilómetros distante, él construyó sobre una colina la primera casita misionera en aquella tierra pagana.

Arnot prosiguió solo por dieciocho meses en la capital de Musidi, y luego, en diciembre 1887, para el gran contentamiento suyo, llegaron a su lado Charles A. Swan de Sunderland, Inglaterra y William Faulkner de Hamilton, Canadá. Estos dos, de partes distantes del mundo, habían oído de la obra de Arnot, y decidieron ir para ayudarle. Ambos estaban asociados con iglesias novotestamentarias similares a las que habían recomendado a Arnot. [A la sazón, había muy pocas asambleas en el continente norteamericano. William Faulkner y TDW Muir fueron los primeros dos a salir en la obra a tiempo completo].

Cuando Swan llegó a Benguela en la costa occidental del África, fue acompañado de Peter Scott de Inglaterra, quien había viajado con él desde Portugal. Una marcha forzada les llevó a Bailunda y otra de siete días a Bié. Aquí se hizo evidente que la salud de Scott no podía aguantar la presión, de manera que él decidió regresar a Inglaterra. Swan le acompañó a la costa y entonces volvió solo al interior con el propósito de reunirse con Arnot. La caminata agotadora hasta el punto donde Scott redobló sus pasos fue casi consumada por tercera vez cuando un correo especial le alcanzó con la noticia que uno llamado Faulkner, un canadiense, se había desembarcado y quería juntarse con él. No había alternativa, de manera que Swan volvió a la costa. Cada uno de estos cinco viajes (ida más venida) cubrió una distancia de 650 kilómetros por un sendero 23 centímetros de ancho a través de bosques y llanos, con una tienda donde acostarse de noche en el suelo o al lado de una fogata.

Los dos hombres partieron desde Benguela en la costa hacia el final de septiembre de 1887 y después de contratiempos increíbles llegaron a la capital de Musidi en Katanga el 16 de diciembre del mismo año. Habían caminado una distancia de aproximadamente dos mil quinientos kilómetros. Cuando Arnot supo que estaban por llegar, él se vistió de su mejor ropa. Ante la mirada de una multitud de salvajes, los tres hombres se encontraron bajo la sombra de la empalizada adornada por cráneos humanos. Mano en mano cantaron el himno cuyas primeras líneas rezan, “Jesús reinará doquiera que el sol trace su curso; su reino se extenderá de mar a mar hasta que luna no salga ni mengue más”. A la sazón no había un solo creyente africano en el país. Todo era oscuridad pagana. Pero aquellos pioneros podían mirar adelante con fe y apreciar la gran cosecha que estaba por realizarse en África Central.

Arnot presentó a los recién llegados. Swan describe de esta manera el encuentro con el soberano:

“Al llegar a la casa del cacique le vimos saliendo con un tocado de plumas de loro, su cuerpo cubierto con tela de los colores más extravagantes y su rostro pintado en arcilla blanca. Luego vino Kitompa, su esposa principal, montada en su carroza y vestida de una manera similar al jefe. Después de ella, los guerreros, caminando muy lentamente y entonando su plañidero canto de guerra. Los cráneos de sus víctimas estaban a la vista, bien en sus manos o suspendidos del cinturón. ¡Uno de los señores tenía su trofeo suspendido de sus propios dientes! Comenzaron su danza entre una descarga de armas, y la mantuvieron en un estilo aburrido”.

“Ellos se retiraron ordenadamente y volvieron uno a uno, blandiendo espadas y dejando los cráneos a los pies del cacique. Entonces el principal entre ellos se adelantó y dio un discurso largo, después del cual él danzó y las mujeres en derredor suyo ofrecieron pequeños presentes. Kintompa dio su discurso, danzó, recibió presentes y se retiró. Entonces el cacique dio su discurso e intentó débilmente a danzar. La administración de Musidi es por demás severa, pero no le criticamos de un todo por esto, ya que de ninguna otra manera podría haber mantenido orden entre su pueblo. Hay que entender que él es el jefe único; su autoridad es absoluta”.

Tanto Arnot como Swan se llevaban muy bien con Musidi. Ambos estaban allí antes de los belgas. Aunque el caique decía desdeñosamente que eran esclavos suyos, es evidente que les respetaba y confiaba en ellos. Siendo ciudadanos británicos, ellos fácilmente han podido persuadir al rey ceder la protección del país a representantes de Reina Victoria. Posteriormente algunos les criticaban por no haberlo hecho, y lo cierto es que la historia fácilmente ha podido ser otra si lo hubieran hecho. Poco se dieron cuenta ellos de lo que estaba en juego. Pero como misioneros y siervos de Dios, asumieron una posición estrictamente neutral y rehusaron permitir que su nacionalidad incidiera en su conducta.

Tres meses después de la llegada de Swan y Faulkner, en marzo 1888, Arnot se marchó de Katanga rumbo a la costa e Inglaterra. Fue recibido calurosamente. La Royal Geographic Society le hizo miembro y alabó su exploración. Su relato de una puerta abierta y un continente en espera, contado sin pretensiones, despertó profunda simpatía y amplio interés.

Al volver al África en 1889, Arnot fue acompañado de un numeroso conjunto de reclutas para el nuevo campo misionero. Esta vez su ruta fue por la costa occidental. Pero desde el comienzo enfrentaron desastres. Cuando el barco se estaba fondeando en Benguela, en Angola, Robert Johnstone falleció a causa de fiebre amarilla. Luego dos más, Morris y Gall, murieron de malaria en una misma noche en Bailundu, camino de doce días de la costa. Transcurrieron varias semanas antes de que los sobrevivientes alcanzaran su primer destino, que era Kwanjululu, a cuatrocientos kilómetros de la costa. Aquí Joseph Lynn fue mordido por un perro rabioso y murió.

De aquí tres miembros de la delegación ─Hugh Thompson de Omagh, Irlanda; Fred Lane de Londres, Inglaterra; y Dan Crawford de Greenock, Escocia─ prosiguieron hasta Katanga. Estos misioneros jóvenes llegaron a la capital de Musidi en noviembre 1890, donde recibieron una calurosa bienvenida de Swan y Faulkner.

Fue poco después de la llegada de estos refuerzos que los belgas entraron en Katanga y construyeron el primer fuerte en el río Iofoi, a ochenta kilómetros del baluarte de Musidi. En diciembre 1891 los belgas izaron la bandera de Estado Libre de Congo para hacer saber que el país había sido anexado por una potencia europea. El día siguiente, después de una conversación insatisfactoria y por demás lamentable entre Musidi y los belgas, un oficial belga disparó al africano. De una vez pagó la pena, cuando una veintena de azagayas atravesaron el cuerpo temblante del militar. Así terminó el reinado del tirano Musidi.

Después de estos acontecimientos Fred Lane y Charles Swan volvieron a Angola y, junto con Arnot, echaron la base de la obra misionera en aquella colonia portuguesa.

Arnot había sido el primer blanco a ver la fabulosa riqueza mineral de la faja de Katanga. Él ha podido hacer un gran nombre para sí como capitalista, financista y capitán industrial. Robert Williams, el hombre mayormente responsable por el desarrollo de la minas de cobre en Katanga y Zambia, y quien trabajaba en estrecho enlace con Cecil Rhodes, visitó Angola en 1928. En un discurso en Dondi, dijo que debía a Arnot su conocimiento de los vastos recursos minerales de Katanga, quien ha podido ganar millones al haber formalizado para sí derechos para su explotación. Pero adrede Arnot hizo caso omiso de cuestiones económicas para dedicarse a ganar almas mediante la proclamación del evangelio. Él reclamó un derecho muy superior, uno cuyo retorno no podía ser contado en dólares, francos o libras.

Arnot fue el primer hombre que se dio cuenta de la importancia estratégica de esta sección de África Central. Nació en su mente la idea de una cadena de estaciones desde la costa hasta Katanga. A lo largo de aquella ruta había muchas tribus con sus diversas lenguas, pero todas ellas tierra virgen para el evangelio.

Su visión de largo alcance ha sido realizada. Hoy día existe una cadena de centros misioneros desde Bié en Angola hasta Elizabethville en el Congo. Tanto al norte como al sur de esta línea ha habido no poco desarrollo. El área llegó a ser conocida como “la Faja Amada” debido a la cantidad de hombres y mujeres devotos que han dado sus vidas para que la visión de Arnot fuese hecha una realidad.

 

4        Irlanda y Portugal

 

Desde la niñez yo quería ser un misionero en África. Este deseo había sido despertado y estimulado por la lectura de historias de las vidas de Livingstone, Arnot y Mary Slessor, y por escuchar a los hombres que estaban de regreso del campo misionero. La verdad es que adoraba a héroes. Pensaba que eran los varones más destacados de tiempos modernos, y anhelaba seguir en sus pisadas y ver los lugares donde hacían su obra.

Tuve el privilegio inestimable de contar con padres cristianos. El Despertamiento de 1859 ha dejado huellas permanentes en la manera de vivir del pueblo de Irlanda del Norte. Son mayormente descendientes de los covananteros escoceses, un pueblo temeroso de Dios y consciente de las Escrituras. Después de las matanzas de los huguenot en Francia, muchos de entre ese pueblo perseguido llegaron a Ulster, trayendo sus habilidades consigo. Norte de Irlanda siempre ha sido un baluarte de los principios de la Reforma y un campo fértil para la predicación del evangelio. Muchos de los primeros ‘hermanos’ eran irlandeses. J.N. Darby, William Kelly, Lord Congelton, James G. Bellett, Edward Cronin, George P. Trench: todos ellos tenían raíces irlandeses. Hay ahora unas ciento cincuenta asambleas novotestamentarias en los seis condados de Ulster, con un muy práctico interés en todas partes del mundo. Fue en ese ambiente que el escritor nació en Belfast, Irlanda del Norte, en 1902.

Aunque nacido en un hogar cristiano y nutrido en los hechos y las enseñanzas de la Biblia, yo sabía que no era un cristiano. No tuve muchos años cuando reconocí que era pecador y necesitaba una vida nueva y un poder nuevo para vencer mi impiedad nata. Dicho sucintamente, tenía que renacer. La convicción de pecado era muy real. Las resoluciones a vencer las prácticas y tendencias perversas terminaban sólo en fracaso. La salvación providencial de una muerte súbita dio lugar a una crisis espiritual. Mi problema era que conocía todas las verdades del evangelio y nunca las cuestionaba. Sabía que Cristo había muerto en la cruz por pecadores como era yo, pero me tropezaba ante la sencillez de una fe personal en la obra del Salvador para la salvación mía.

Era costumbre en Irlanda que dos evangelistas realizaran una serie de cultos de evangelización, a veces por seis u ocho semanas, en carpas o salones o granjeros. Una noche en mayo de 1918 yo ocupé calladamente un puesto al fondo de una pequeña estructura en Calle Fulton, en Belfast, donde se estaba realizando reuniones de esta índole. Los predicadores fueron Robert Curran, un joven celoso, y Sam Wright, un afable varón de edad.

En su discurso el señor Curran dijo algo que captó mi atención: “Cuando Cristo murió en el Calvario, Dios Padre estuvo satisfecho con la obra expiatoria de su Hijo, y para probarlo, le resucitó de entre los muertos”. Dije dentro de mí: “Bien, si Dios está satisfecho, ¿por qué no debo estar yo también?” Luego pensé, “¿Cómo sé que Cristo murió por mí?” Casi en seguida vinieron a mi mente las palabras de Isaías 53.5: “Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. Bajé la cabeza y dije: “Señor, si Él fue herido y molido por mí, yo le acepto como mi Salvador y Señor”.

La paz y la seguridad de salvación inundaron mi alma. Sabía que había nacido de nuevo y que el Espíritu Santo había entrado para morar. Sabía que mi salvación no dependía en cómo me sentía, sino en lo que el Salvador había hecho por mí, y que la palabra de Dios me garantizaba que tendría la vida eterna al confiar en Él. Fue el punto decisivo de mi vida.

Confesé mi fe en Cristo ante otros y un mes más tarde fui bautizado y recibido en la comunión eclesial en la asamblea Donegall Road en Belfast.

Mi preparación para el campo misionero fue casi de un todo de índole práctica. Me había contratado como aprendiz por cinco años en el astillero Harland and Wolff, a la sazón la más grande en el mundo. La instrucción que recibí allí en el uso de herramientas resultaría de valor inestimable más adelante.

Cada día un grupo de hombres se reunía en el astillero en la hora del almuerzo para estudiar la Biblia. Algunos de ellos eran maestros capacitados en las Escrituras, deseosos de orientar a los cristianos jóvenes. Hoy día varios de los jóvenes que se sentaban sobre aquellas tablas rústicas son obreros de alto perfil en el campo misionero en varias partes del mundo. Repasamos las grandes doctrinas básicas del Nuevo Testamento. Conversación con hombres que representaban casi todo criterio denominacional nos animó a estudiar por nuestra propia cuenta.

En el verano ocupábamos la tarde del sábado con un grupo de jóvenes, bajo la orientación de hombres mayores de experiencia, que visitaba sistemáticamente la totalidad de los condados Antrim y Down para predicar el evangelio. Viajábamos en bicicleta, visitando cada casa con literatura y una invitación al culto de aire libre en la plaza. Cenábamos juntos en un restaurante y luego nos reuníamos en algún punto céntrico. Fue en estas actividades que intenté por vez primera a predicar al aire libre. En aquellos tiempos sabíamos poco de la elocución, oratoria y hermenéutica, pero de corazón lleno proclamamos el mensaje del amor de Dios; hubo bendición. En la mayoría de los lugares visitados regularmente año tras año, funciona hoy día una iglesia novotestamentaria, y la obra continúa.

En esa etapa de mi vida dos libros tuvieron un impacto permanente en la menta mía. El primero fue la biografía de Hudson Taylor, fundador de la China Inland Mission. El segundo fue la autobiografía de George Muller de Bristol. He aquí un hombre que por cincuenta años tuvo a ser cargo un orfanato de dos mil niños. Era un hombre de oración que nunca hacía saber a otros qué necesitaba, sino a Dios solamente. Vez tras vez él no sabía de dónde vendría la próxima cena para los niños, pero milagrosamente Dios suplía toda su necesidad. Su vida y testimonio reprochaban la mendicación religiosa. Él era en primer lugar un hombre de sencilla fe en un Dios que responde a la oración. Aquí había orientación para la vida mía. Yo quería poner estas prácticas por obra, aunque fuera en medida reducida.

Fred Lane de Angola vino a Belfast en 1921 para una serie de conferencias misioneras. Él describió vívidamente un viaje pionero que había realizado a la tribu bangala en el norte de Angola. Contó de un área donde había varias tribus nunca evangelizadas pero amistosas y receptivas al misionero cristiano.

El señor Lane no apeló emotivamente para voluntarios, pero en su estilo tranquilo y franco su historia me impresionó profundamente. Esto se convirtió en una pesada carga de convicción de que tal vez se trataba del plan de Dios para mi vida y el nicho donde yo podría servir. Al cabo de tres años de hondo ejercicio y correspondencia con el señor Lane, se hizo realidad mi deseo de servir al Señor en Angola.

Mientras tanto yo me había esforzado a estudiar el portugués y otros temas bajo la dirección de un tutor nocturno. Un conocimiento del vocabulario y la gramática fue de ayuda al ir después a Portugal, como también una base para el estudio de otros idiomas en África.

En 1923 sentí que era hora de tomar un paso específico con miras a servicio misionero. Hice saber a los ancianos de Donegal Road, donde yo estaba en la comunión de la asamblea, que yo deseaba ir a Angola. Aunque yo era de sólo veintiún años, ellos cortésmente me dieron su plena cooperación y una carta que me encomendaba al Señor para la obra suya.

En una reunión de despedida George Gould, un honrado siervo del Señor, me dijo, “He decidido acompañarte en todo el camino”. Cuando le pregunté qué quería decir con esto, él respondió, “Voy a orar por ti todos los días que estés en África”. Veintitrés años más tarde, cuando él era muy anciano, me encontré con él de nuevo en Chicago. Me dijo que había cumplido fielmente su promesa, ¡orando por mí tres veces al día a lo largo de todos aquellos años! Sabiendo qué clase de hombre era, la fragancia de su vida y su intimidad con el Señor, sólo pude responder con balbucear, “Sr. Gould, eso explica muchísimo”.

Dejé Irlanda en octubre 1923, con un boleto de tercera clase hasta Lisboa en Portugal, pero sin dinero para el pasaje a otro destino, sin suministros, y sin una garantía de sostén de nadie. Sentía que quería tan sólo confiar en Dios día a día e intentar honestamente a poner por obra los principios que había aprendido de la Biblia. A la par que las responsabilidades y la correspondencia han ido aumentándose, me he encontrado muy tentado a recurrir a la facilidad de redactar una circular bimensual para mis amigos. No tengo crítica alguna de los muchos hermanos a quienes estimo que hacen esto, pero mi conciencia no me permite hacerlo. Muy a propósito he evitado publicidad de cualquier índole, queriendo satisfacerme de que funcione en la práctica el principio de la fe en Dios. Con base en cuarenta años de pruebas y una diversidad de experiencias, puedo testificar gustosamente sí funciona.

El viaje a Portugal ocupó cuatro días y medio, con toques en Francia y España. Yo había participado en la construcción de aquel barco, y sentí satisfacción por haber armado personalmente uno de sus botes salvavidas. Mis compañeros de viaje eran mayormente emigrantes de habla española que iban rumbo a América del Sur. Tuve mis primeros encuentros con el aceite de oliva, el arenque hervido y el mareo.

No había quien me recibiera en el muelle en Lisboa. Era un desconocido en una tierra desconocida. Había estudiado el portugués con maestro brasileño pero, como muchos otros peregrinos, encontré que el portugués de los libros de texto es cosa muy diferente de lo que habla el hombre de la calle. Llevaba conmigo la dirección de un misionero que tenía años en Lisboa. Me acerqué a un policía que estaba dirigiendo el tránsito y pedí que me orientara. Él no entendió una sola palabra mía, y respondió con un chorro de portugués que me dejó sin suspiro.

Yo vagaba por las calles, preguntando acá y allá. No dudo haber parecido muy extraño a la gente a quienes acudí. Lisboa, como Roma, está construida sobre siete colinas y a lo mejor conocí todas siete aquella tarde. El calor era intenso y me divertía ver las mulas y los asnos protegidos de los intensos rayos del sol por sombreros con huecos que permitían que las orejas salieran a la vista. Por fin, agotado ya, me encontré con un portugués que me dirigió a una señora inglesa. Bondadosamente ella me llevó a donde quería ir.

El misionero no parecía estar muy a gusto con mi visita, pero tuvo la bondad de darme alojamiento para la noche; en la mañana me llevó a cerca de los muelles y me ayudó a encontrar dónde vivir. La pensión se llamaba York House y en un tiempo había sido un monasterio. El cuatro mío había sido celda para monje y tenía piso de piedra.

El día siguiente el misionero se presentó y ofreció ayudarme a buscar mi equipaje en la aduana. Cuando le dije que no tenía equipaje que requería pasar por la aduana, me preguntó adónde iba, qué fondos portaba y qué tiempo pensaba estar en Lisboa. Parecía estar atónito ante mis respuestas. “Soy anciano y usted es muy joven”, dijo. “Le aconsejo abordar el primer barco de vuelta a Inglaterra”. Una vez recuperado yo de mi susto, le dije que respetaba su consejo, pero que gente responsable me habían encomendado a la obra misionera, y que pensaba quedarme en Portugal por buen lapso y estudiar el idioma como preparación para seguir a África.

“Creo que sería más útil en el Norte de Irlanda que aquí en el estudio del idioma”, respondió él con un encogimiento de hombros. ¡Empecé a darme cuenta de que mis ideas de confiar en Dios y vivir por fe no gozaban de popularidad!

Entonces entré en una rutina de un promedio de unas doce horas por día en el estudio del idioma. Se me habían informado que para obtener una visa para trabajar en Angola, tendría que aprobar un examen de materias de escuela primaria portuguesa. Las autoridades gubernamentales en Lisboa lo exigían. Además del idioma portugués, uno tenía que estudiar la historia y geografía de Portugal, su metodología en la aritmética, la ciencia básica, etc. Contraté un competente maestro portugués y me entregué a la tarea.

Era invierno y no había calefacción en mi cuarto con su piso de piedra, de manera que sentí severamente el frío. Me quitaba los zapatos, envolvía los pies en un sweater e intentaba olvidarme de la circunstancia. Después de seis meses en Lisboa, recibí el certificado. Años después, fue reemplazado por otro certificado que me calificaba a enseñar el portugués en una escuela primaria en África. Pero en todos mis muchos años en África, ocupado en la docencia entre otras cosas, ningún funcionario pidió ver esa autorización.

Es una cosa tener un conocimiento teórico del vocabulario y la gramática de un idioma, pero algo muy diferente poder usarlo. Pensaba que un intento a celebrar cultos de evangelización me ayudaría a hablar con soltura. Así que, compré himnarios y crucé Río Targus a un pueblo llamado Barreiro, donde no se estaba realizando ninguna obra evangélica. Me registré en el hotel de la población y me dediqué a encontrar un salón lugar adonde invitar la gente para cultos.

Esto fue antes de asumir el mando el régimen Salazar y el lugar era un hervidero de comunistas, de manera que fui recibido con no poca burla y oposición. Un día un barrilero ocupado en hacer barricas me mandó a ocuparme en trabajo legítimo en vez de distribuir literatura. Me quité el saco y tomé sus hierros. Le sorprendió que yo supiera encajar las duelas en un barril tan hábilmente como él, y él no sólo recibió mis libritos sino también me invitó a comer.

Por fin encontré un salón que podía acomodar unas cien personas. Pagué un mes de alquiler, atendí al asunto de sillas y comencé a invitar la gente. Al principio venían solamente los niños pero poco a poco los adultos se animaron y se notó un buen interés.

Una noche entró un puño de comunistas, cada cual con su gorro, y se sentaron al fondo. Les pedí descubrirse mientras yo orara, pero ellos se negaron y su actitud dejó ver que pensaban provocar desorden. Sin embargo, proseguí con la reunión. Al cierre se adelantaron todos juntos y me amenazaron; luego uno levantó la mano para golpearme. Con esto, un señor en overalls intervino, sacó una pistola y desafió a todos a tocarme. En seguida logré apagar las luces, mandar todos a la calle y cerrar la puerta con pasador. Una vez que todos se habían alejado, pude llegar calladamente al hotel donde estaba alojado.

El día siguiente el administrador portugués mandó a buscarme. Abrió una gaveta en su escritorio y me mostró una bomba que estos mismos perturbadores habían lanzado a alguien la semana anterior. Me dijo que para evitar peligro yo tendría que desistir de celebrar los cultos. Le aseguré que estaba dispuesto a asumir el riesgo, pero él rehusó cambiar su exigencia. Entonces le pregunté si tenía inconveniente en que yo pidiera a sus superiores en Lisboa su permiso para que yo continuara. Dijo que no tenía objeción, pero que para él, no había más que resolver. El día siguiente fui a la capital, conseguí la ayuda de unos amigos, y fui recibido por el gobernador. Él dio su permiso escrito que yo continuara con las reuniones. Se desarrolló una buena obra que amigos portugueses asumieron una vez que salí para África.

Cada sábado yo cruzaba el río para asistir a los servicios en Santa Catarina el día domingo, y por lo regular comía en casa del señor Swan en Rua Sao Bento. El señor Swan era uno de los primeros pioneros en África y su hogar en Lisboa era un lugar de encuentro para los reclutas que estaban estudiando el portugués con África en mente. Su sala estaba repleta de curiosidades africanas: cuernos de búfalo, gacela, etc. adoraban las paredes y en el recibo había el cráneo de un gigantesco hipopótamo, mandíbula abierta y dientes resplandecientes, que el mismo señor Swan había cazado.

Aquí conocí por primera vez a la señorita Elizabeth D. Smyth, de Hartford, Connecticut. Ella, también, tenía el propósito de servir en Angola, habiéndose interesado en oras misioneras por la influencia de Mary Ridley, una mujer que había estado muchos años en China. Pero en vez de China, Elizabeth decidió dar su vida a África. Nos hicimos buenos amigos en el corto tiempo que estábamos los dos en Portugal. En aquellos años yo tenía la idea que un misionero no debería contraer matrimonio, no dando lugar a ser impedido por las responsabilidades de una esposa y un hogar. ¡Más adelante cambié de criterio!

De tiempo a tiempo amigos en Irlanda remesaban sumas de dinero. Algunos de estos aportes venían de gente de escasos recursos que se sacrificaban significativamente. Un donativo recibido en aquellos meses de un amigo portugués me impresionó mucho. Recién se había casado e inaugurado una ferretería. Me dio 500 escudos con una notica indicando que quería comenzar la vida de casado con dar a la obra del Señor. En aquel entonces un oficinista ganaba aproximadamente 500 escudos por mes, ¡de manera que ese hermano estaba aportando el equivalente de un mes de sueldo!

Después de diez meses en Portugal, yo sentía que había llegado la hora de embarcar para Angola. Todas mis necesidades habían sido satisfechas, de suerte que no debía nada a nadie. Al contar mis fondos un día, me di cuenta de que tenía suficiente para comprar un boleto de tercera clase en un barco a Angola. Era de unos 45 dólares al cambio de hoy. Adquirido el boleto, me quedaba un poco para comprar algunos artículos necesarios. Le pedí a un fabricante de velas que me hiciera una pequeña carpa y compré una litera plegable. Y de último una caja de cien latas de sardinas. Había oído que la comida de cada día de los angoleños era una masa espesa de maíz, ¡y pensaba que las sardinas la harían un poco más apetitosa!

El día antes de salir de Portugal sucedió algo que me fue un gran estímulo. Unos amigos en Irlanda me enviaron un giro postal por £24 y lo presenté para cobro en moneda portuguesa. A la sazón las divisas estaban fluctuando marcadamente un recibí 150 escudos a la libra., cuando normalmente la tasa era de cinco a la libra. La oficina del correo tenían solamente billetes de menor denominación y recibí una gruesa paca por mis £24. Cuando abordé le barco fui asignado un camarote grande debajo del castillo de proa donde pensaban ubicar a diez varones. Dos eran ‘degradados’ (criminales), acompañas de dos soldados, que debían purgar en África la pena para crímenes cometidos en Portugal. Los otros cinco eran campesinos portugueses. Al ver con quienes iba a viajar, me sentía inquieto acerca de mi paquete de dinero, ya que en aquel hacinamiento era muy difícil esconderlo.

Al cabo de tres días estábamos en Madeira. Expliqué mi problema en un banco, donde me cambiaron las divisas a libras de nuevo, cobrando una pequeña comisión. A los once días llegamos a Luanda, la capital de Angola. De nuevo me desembarqué y fui recibido por un misionero metodista irlandés de nombre Robert Shields. Él me trató muy bien, me dio unos consejos y preguntó si yo quería cambiar divisas. Me presentó a un banquero alemán, quien me dio 220 escudos a la libra. Él tampoco tenía billetes grandes, de manera que el tamaño de mi paquete de dinero aumentó en un 40%.

No había nada más lejos de mi mente que especular en el mercado cambiario, pero el caso fue que aquel día la tasa alcanzó su tope y de allí en adelante iba cayendo hasta estabilizarse en unos 100 escudos a la libra, y luego 80, donde está hasta el día de hoy. Sea como fuere, Dios vio mi necesidad y dispuse de suficiente para cancelar los cargos de aduana en Lobito y costear los gastos en el viaje al interior.

Amigos habían insistido en que yo no debería viajar en tercera clase en una nave portuguesa, pero no me quedaba alternativa. En realidad las condiciones no eran tan malas como esperaba. La litera estaba limpia y la comida abundante, pero era lo que apelaba aun labriego portugués: muchos granos mezclados con cubos de cochina grasosa y tripa. No nos ofrecieron agua ni té, sino vino amargo en cada comida. Yo rehusaba el vino pero siempre comía abundantemente. Los portugueses se contentaban al ver que el menú incluía bacalao con batatas, remojado en aceite de oliva y vinagre. Siempre pedían un segundo plato.

A los dieciocho días de haber zarpado en Lisboa, avistamos Lobito, nuestro destino en la costa occidental de África.

 

5    Primeras impresiones de Angola

 

Lobito no se había desarrollado todavía cuando llegué en 1924. Había un solo “hotel” primitivo, infectado de insectos y cucarachas y sin plomería moderna. Dormí sobre una mesa las dos noches que estuve allí, pero hubiera estado más cómodo afuera sobre la arena calurosa. El dueño del negocio era fastidioso en cuanto a los modales, y no obstante las condiciones primitivas y el calor abrasador, ¡él exigía que vistiésemos chaqueta y corbata para cada comida!

Benguela, que queda cerca, es el puerto donde desembarcaron los primeros misioneros y donde algunos murieron antes de que comenzara su labor. Era también la terminal del antiguo camino que se usaba para traer los esclavos del interior. Uno veía en el pendiente del cerro al otro lado de la bahía la senda estrecha que ellos habían caminado. Existían todavía las chozas de adobe donde eran confinados. Benguela no había cambiado mucho; los viejos cañones oxidados, parcialmente cubiertos por la arena, estaban al lado del antiguo fortín como recuerdos de una historia larga y triste, y los ancianos trigueños, cacarañados, que se sesteaban frente a los cafés, dejaban entrever que los cambios modernos les habían pasado de lado.

Pero por fin mis pies pisaban suelo africano, se realizaba así la ambición de varios años. Al reflexionar sobre el desconocido futuro en el interior de África, oré, “¡Oh Señor! dame tres años y con esto estaré satisfecho”.

El tren hacia el interior salía una sola vez a la semana y llegaba sólo a Silva Porto, unos 550 kilómetros de Lobito. Como no se ofrecía otra comodidad, dormí sobre una ruma de bagaje en el pasillo. Una vez dejada la costa, el tren sube la pendiente severa hasta la cumbre de una cordillera que se extiende paralela a la costa. Alcanza una altitud de 1500 metros en unos 160 kilómetros. Un cierto trecho cuenta con un tercer riel que recibe una especie de trinquete como precaución contra un desliz hacia atrás, ¡acaso perdiera fuerza la máquina! Se han sembrado plantaciones de eucalipto al lado de la línea para asegurar un futuro suministro de combustible. Cuando alcanzamos la altura de la meseta, hubo una marcada baja en la temperatura, especialmente de noche. Observé en las estaciones que algunos africanos vestían sacos para papas con huecos cortados para acomodar la cabeza y los brazos. Todo el mundo andaba descalzo, y cualquiera que vistiera un deshecho sombrero lo quitaba respetuosamente al encontrarse ante un blanco.

El viaje a Silva Porto se llevó dos noches y un día. Este es un lugar histórico nombrado en honor al renombrado explorador y comerciante que se hizo amigo de F. S. Arnot y le trajo de Zambeze a Angola en 1885. Su casa y su terreno de aquellos tiempos se han convertido en museo.

William Maitland, el veterano pionero a la tribu chokwe (o tchokwe), me recibió en Silva Porto. Era un irlandés quieto, reservado, de habla apacible, con cabello blanco como la nieve. Dándome la mano, sencillamente me dijo, “Bienvenido a África”, y con esto me presentó a unos africanos de habla chokwe que había traído consigo del interior. Me sorprendió que hablaran un portugués aceptable.

Maitland viajaba en un Reo Speed Wagon del cual estaba muy orgulloso. Había sido uno de los primeros automóviles en el país y era, como él, un pionero en todo sentido de la palabra. Las ruedas tenían aros de madera, y más de una vez una de ellas se deshizo en el accidentado terreno. Maitland se sentaba al lado del camino y laboriosamente cortaba y formaba aros nuevos, usando sólo un hacha propia del país y un cuchillo de bolsillo. Por esta razón llevaba pedazos de madera curada en una caja de herramientas debajo del asiento.

Encontraremos de nuevo el Reo Speed Wagon. En esa ocasión me llevó a mi destino en Chilonda por un camino abundante en surcos y huecos, un centro misionero entre la gente de habla umbundu en Bié, a unos dieciséis kilómetros de Silva Porto. En el trayecto nos hundimos en un hueco profundo, lleno de agua, y se rompió un resorte trasero. Las reparaciones provisionales se hicieron al lado del camino en la oscuridad. Entramos en Chilonda cojeando con el resorte amarrado con tiras de piel de buey. En el viaje habíamos pasado por Kuanjululu, el sitio del primer centro misionero en esa zona. Arnot se ubicó allí en 1889 pero por varias razones se trasladó luego a Chilonda a unos quince kilómetros de distancia.

En los primeros días se sembraron avenidas de eucalipto en Chilonda. Este árbol era considerado un desinfectante del aire contra el mortífero zancudo anofeles que causa la malaria. Los árboles habían alcanzado tremendas dimensiones, algunos de un diámetro de 3,5 metros en la base.

Las casas eran construidas de adobe secado al sol, con techo de paja y piso de arcilla. Estos pisos estaban cubiertos con esterillas de bambú tejido con tiras de corteza negra. La única luz era la que daban las lámparas de kerosén colgadas de una viga del techo. Ninguna casa o habitación contaba con cielo raso. Las paredes estaban revestidas de barro y éste a su vez lavado en una arcilla blanca. Todos los muebles eran hechos a mano.

Pasé mi primera semana en una casita que el señor Arnot había construido y ocupado mientras estaba en Chilonda. Conocí por primera vez la malla para protegerse de los zancudos, amarrada con un mecate a una viga para formar una especie de carpa sobre la cama. Al ponerse el sol, uno metía los bordes debajo del colchón. Adicionalmente, me aconsejaron tomar cinco granos de quinina cada día como profiláctico contra la malaria.

El colchón no era ningún modelo Beautyrest importado de América. Consistía en un saco de percal lleno de algarrobas y colocada sobre una estera de bambú tirada sobre atravesaños de madera en el marco de la cama. La almohada se llenaba del papo blanco y blando de una mata al estilo de caña que crecía en los pantanos. Todo estaba pulcro y daba gusto después de lo que yo había conocido en Portugal y en el viaje hasta ahora.

Cuando llegué a Chilonda el misionero de mayor experiencia allí era Edward Sanders. Era un inglés oriundo de Liverpool y había sido farmacéutico antes de venir a África. Llegó en 1897 para ayudar a Arnot. Después de un lapso corto en Gavungu, cerca del lindero de lo que ahora es Zambia, volvió a Chilonda, donde prestó cincuenta años de fiel servicio. Al igual que Maitland, era hombre tranquilo, moderado en su modo de hablar y modesto. Era de tez florido, con un gran bigote que le daba aspecto de militar jubilado del ejército británico en la India.

Sanders tenía un agudo sentido de humor y algunas personas decían que sus múltiples chistes los tenían anotados en un cuaderno. Era muy hábil en la horticultura con amplio huerto de cítricos, donde ensayaba el cruce e injerto de especies. La mayoría de las misiones y de los funcionarios del gobierno se habían beneficiado con experiencia, ya que repartió miles de matas de limón, naranjo, toronja y mandarina a lo largo del país. Esto fue un servicio valioso en un país donde no era posible conseguir fruta fresca.

Chilonda había sido una parada de las caravanas de esclavos del interior que iban rumbo a la costa. Varios miles de estos desafortunados pasaron por allí en la primera década del siglo 20 en su marcha a Benguela. Sanders contaba con una empalizada como hogar para las niñas que había redimido de este vil tráfico; aún existía cuando llegué allí. Mucha gente que vivía en Chilonda eran ex esclavos que los misioneros habían rescatado.

El idioma del lugar es el umbundu. Es un dialecto bantú, agradable y musical, propio de los ovimbundu. De ellos hay un millón y medio; viven en la zona de Bié y a veces se les conoce como bieános.

 

6    Ancianos y predicadores africanos

 

El africano tiene el mayor respeto por la vejez. Al presentarse a un cacique, se arrodilla y realiza una ceremonia elaborada, se dobla hasta que la cabeza toca el suelo, y luego un bate de las manos y términos de mucho respeto. Al anciano se le llama un osekulu. La palabra se usa no sólo para los ancianos de un pueblo en su vida tribual, sino también para un anciano en la iglesia. Todo el concepto de respeto por la autoridad y la experiencia madura está innato en el africano.

Cuando llegué a Chilonda por primera vez, había tres ancianos angoleños sobresalientes en la iglesia: Vongula, Sanji y Sawimbu. La primera vez que asistí a un servicio en el idioma umbundu, Vogula fue el conferencista.

El edificio de la asamblea era de adobes secados al sol, cubiertos de barro y un lavado blanco, así como las casas de los misioneros. Tenía también techo de paja sin cielo raso. Dos lámparas de kerosén colgaban de una viga del techo. El piso era de tierra; los bancos rústicos, de quizás treinta centímetros de altura, no tenían espaldar. Los varones se sentaban por un lado y las mujeres por el otro, mientras que los ancianos ocupaban puestos especiales en la plataforma. El canto era hermoso. Los niños pequeños en los primeros asientos armonizaban de una manera muy agradable y uno escuchaba a la vez las voces de los jóvenes al otro extremo del recinto. Uno percibía fácilmente que este pueblo era musical.

Cuando Vongula se levantó para hablar, observé que estaba vestido de unos viejos pijamas azules con un bordado dorado. Para no dejar ver que no vestía franela abajo, un alfiler de gancho servía de broche al cuello donde faltaban los botones. Cuando me pasó por un lado al dirigirse a la mesa, vi que estaba descalzo y que sus talones estaban cuarteados de gruesos callos negros. ¡Nunca antes había visto un predicador como este! Pero tan pronto empezó a hablar y entrar en la materia, me olvidé de su apariencia. Estaba ante un orador consumado, pero más, ante un varón de Dios. Después de la reunión, le pregunté a Sanders acerca de los callos en los pies de Vongula.

“No se ría de él”, respondió, “sus callos son una honra; ese hombre ha caminado literalmente miles de kilómetros a través de África Central para predicar el evangelio”. A menudo he pensado en Vongula como una ilustración perfecta del pasaje en Isaías 52.7, citado por Pablo en Romanos 10.15: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” — los pies hermosos del Salvador y del evangelista pionero.

Muchos años más tarde encontré a Vongula regresando de uno de sus largos viajes al interior. Un muchachito llevaba sus sencillas pertinencias, un felpudo de hierba para la noche, un plato de lata y una cuchara, y una segunda camisa. Ellos habían dormido en el suelo al lado de una fogata, comiendo de día lo que les fuera puesto delante por los africanos amistosos y hospitalarios. Él portaba una larga vara que estaba repleta de ranuras cortadas con cuchillo. Le pregunté acerca de las ranuras.

“En los tiempos de antes”, me explicó, “cuando salía de caza y mataba un animal, yo cortaba una ranura en mi arco o mi fusil, y también juntaba un pedacito de su cuero. Ahora estoy cazando almas y cuando uno de mi pueblo confiesa a Cristo como Salvador, le hago una marca a mi vara”. ¡Y su vara estaba cubierta de esas marcas! Nunca tenía zapatos, y de todos modos sus dedos grandes en forma de abanico no los hubiera calzado, pero era un auténtico evangelista y siervo de Dios. Era el prototipo de muchos pioneros africanos que en los primeros días realizaban caminatas que eran hazañas increíbles y a la vez platicaban el evangelio entre su propio pueblo.

Sanji, otro anciano de Chilonda, fue, según aprendí, uno de los primeros convertidos en África Central. Ya maduro, era un hombre alto, canoso, augusto, de espíritu independiente y con un sentido de humor como una hojilla. Siendo muchacho fue a Lubuland en una caravana de comerciantes ovimbundus que negociaban caucho y esclavos. Al llegar a Nana Candundu en territorio luvale, cayó con viruela. Sus compañeros lo abandonaron, pensando que iba a morir. Los misioneros recién habían llegado a la vecindad y Jennie Gilchrist, de Escocia, al oir del muchacho enfermo, mandó a construir una chocita de paja, lo llevó allí, y a no poco riesgo lo cuidó tiernamente hasta que se recuperó. Al llegar a África por primera vez en 1899, la señorita Gilchrist pasó dos años en Bié, de manera que conocía la lengua de Sanji. Día tras día le contaba el evangelio; él lo absorbió y se convirtió de veras.

Sanji nunca se olvidó de la valentía y la bondad de la mujer que arriesgó su vida para salvarle cuando los suyos le abandonaron. Una vez vuelto a Bié, resolvió predicar el evangelio en el pueblo donde nació. Pero rara vez se per-mite que un mero jovenzuelo exprese su opinión en presencia de sus mayores. Noche tras noche en el ojango —la casa de plática— él intentó abordar el tema, pero siempre los akulu, ancianos, lo rechazaban. Finalmente una noche vio su oportunidad y les relató esta historia—

 

Vongulu      Gumba      Sanji      Siawumbu

 

 

Una vez en nuestro país hubo una gran sequía.

 

No había llovido por muchas lunas; mucha gente moría de sed. Los animales de la selva se congregaron para considerar qué hacer. El primero en hablar fue el león. Como rey, él exigió que los demás le obedecieran.

‘Yo sé dónde hay agua’, dijo. ‘Si me siguen, les guiaré a la fuente perpetua donde yo bebía cuando cachorro’.

Cuando terminó de hablar, la tortuga se arrastró al ruedo y levantando la cabeza, dijo, ‘¡Yo sé dónde hay agua!’ El león se enojó tanto ante esta insolencia que lo dio un bofetón con su gran pata, pero la tortuga rodó con el golpe y no sufrió nada. Ese día siguieron al león, pero después de un largo viaje, cuando llegaron a la supuesta fuente, la encontraron seca.

El día siguiente se reunieron de nuevo, y esta vez le tocó al elefante hablar. ‘Escúchenme’, vociferó, ‘cuando joven yo, hubo una sequía y el líder de la manada, un sagaz elefante viejo, siempre nos llevaba a un manantial donde el agua nunca se secaba. Si me siguen, les voy a conducir a ese manantial’.

Cuando terminó, la tortuga anadeó de nuevo al ruedo y dijo, ‘¡Yo sí sé!’ Tanto se enojó el elefante que lo pisoteó con su tremenda pata, pero la arena era profunda y se hundió en ella sin ser aplastada. Aquel día los animales siguieron al elefante, pero encontraron el manantial seco del todo y con grietas en la superficie. Cansados, tuvieron que devolverse.

Le tocó al leopardo el día siguiente, y luego al búfalo. Aun la hiena pudo decir lo suyo. Cada día la tortuga repitió su pequeño discurso: ‘Yo sé dónde hay agua’.

Decepcionado y desanimado por fin, cuando todos hubieron agotado sus recursos, el hermano conejo intervino. ‘Apreciados amigos’, declaró, ‘hemos escuchado muy respetuosamente a nuestros líderes y lealmente nos hemos acogido su consejo, pero estamos desanimados y cansados y muy sedientos. Yo sugiero que esta vez demos una oportunidad a la hermana tortuga, a ver si sabe lo que dice’.

Fue muy humillante para ellos, pero estaban tan sedientos que decidieron seguir a la tortuga por si sabía. Con la tortuga a la cabeza, marcharon en fila el león, el elefante, el leopardo y el búfalo. La marcha fue larga pero la tortuga les guió a una linda fuente que emanaba de una roca. Todos bebieron, se refrescaron y se quedaron satisfechos, y de allí en adelante la tortuga gozaba de la gratitud de todos”.

Sanji terminó su historia con la aplicación obvia. Dijo, “Por mucho tiempo hemos venido siguiendo a nuestros ancianos por sendas oscuras de hechicería, temor y muerte, y todavía tenemos sed. Pero”, terminó dramáticamente, “¡yo sé dónde hay agua viva!”

Él era sorprendentemente fructífero como evangelista. En un culto de evangelización le escuché describir el pecado. Usó una ilustración tras otra para abundar sobre sus varios puntos. Su palabra final trató acerca de la universalidad del pecado. Afincó, “Pues, es como los piojos. ¡Todos lo tenemos!” Ni una sola persona sonrió; ¡han debido pensar que el comentario era apropiado!

En cierta ocasión una dama en Inglaterra, habiendo oído de la gran obra que Sanji hacía, ofreció pagarle un sueldo que le permitiría dedicar todo su tiempo a la evangelización. Sanji le preguntó al señor Swan, el intermediario de la oferta, cómo se sostenía él. El señor Swan le dijo que no tenía sueldo, sino confiaba en Dios para su necesidad de cada día. Sanji pidió uno o dos días para reflexionar sobre la oferta. Le pidió al Señor que si quería que él continuara en la obra como siempre había hecho, dependiendo de Él, que le diera alguna señal específica. El día siguiente salió con su arma. Apenas había salido del pueblo, un antílope pequeño saltó de la hierba. Lo tumbó con un solo disparo. Tomó esto como una señal del Señor de que Él continuaría con su cuidado. Volvió al señor Swan y le dijo que escribiera a la señora dando las gracias por la oferta, pero que él quería continuar confiando en el Señor por su sostén.

Sawimbu era un verdadero pastor en el sentido novotestamentario de la palabra. Le conocí sólo cuando era anciano ya. Era reservado, recato y tenía una amplia reserva de sabiduría práctica. El señor Sanders me dijo que Sawimbu llevó la mayor responsabilidad en la decisión de la actitud asumida ante la poligamia entre el pueblo africano, la cual era una de las grandes dificultades en los primeros días de la obra misionera. Desde tiempos inmemoriales era la costumbre tener más de una esposa a la vez. Algunos de los grandes caciques contaban con centenares. La existencia de una mujer soltera era casi desconocida, salvo que fuera imbécil o irremediablemente discapacitada.

Surgía un problema para el misionero cuando se convertía y se presentaba para la comunión en la iglesia un hombre con varias esposas. Hasta los misioneros estaban divididos en su parecer acerca de cómo resolver el asunto. Se discutió el problema en una conferencia. Algunos alegaron que sería irrazonable aplicar una norma más elevada en los africanos que en  Abraham, Jacob o David, por ejemplo, quienes eran polígamos. Otros entendían por 1 Timoteo 3.2, “marido de una sola mujer”, que un miembro común podría ser polígamo pero un anciano debía tener una sola esposa.

Después de mucha discusión, sin ninguna ceremonia Sawimbu se puso de pie y dijo: “Hermanos, pienso que ustedes se han olvidado de lo que dijo el Señor Jesús sobre este asunto. Él dijo en Mateo 19, ‘Al principio no fue así. Al principio, varón y hembra los hizo. Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.’ Hermanos, si uno tiene sed y desea agua clara y pura, no va lejos, aguas abajo, donde las han ensuciado los hombres y las patas de las bestias, sino a la fuente del caudal, donde salen del vivo manantial. Yo sugeriría que al decidir este asunto, no volvamos a Abraham o Jacob o David, sino directamente a la fuente”. Con esto la discusión terminó. Desde ese entonces en Bié, y por cierto en la mayor parte de África Central, la membresía en una asamblea está limitada a aquellos que tienen una sola esposa y un testimonio limpio en sus relaciones conyugales.

En Chilonda vivía un hombre llamado Jamba-ye-mina (“elefante preñada”) a quien llegué a conocer y respetar. Cuando nació uno de los hijos de Sanders, no había leche para él. En la época de la guerra bailindu y todo el país estaba revuelto. En Benguela, en la costa, estaba una caja de leche condensada que los Sanders necesitaban desesperadamente. Jamba‑ye‑mina se ofreció para buscarla. Caminó 560 kilómetros a la costa y en la ida y la vuelta tuvo que pasar por en medio de la pugna en la zona de Bailunda. Logró hacerlo y salvó la situación al entregar la leche. Él no veía nada de particular caminar unos 1100 kilómetros, llevando sobre la cabeza una carga de 27 kilos en a mitad del viaje, todo con el fin de que el hijo de un misionero dispusiera de su alimento.

 

7   Capango y Hualondo

 

Después de una visita breve a Chilonda, fui a otro centro misionero llamado Capango, que queda a unos 65 kilómetros al noreste. Los Hermanos tienen cuatro centros en Bié entre la gente de habla umbundu, en un área de aproximadamente la de Connecticut. Chilonda es el más antiguo, habiendo sido fundado en 1892; Hualondo, 1893; Capango, 1905; y Chitau, 1920. La American Board (ABCFM) estaba activa en Bié en el sur y el oeste, pero no había duplicación ni competición.

Cupango fue inaugurado por Fred Lane como una obra subsidiaria de Chilonda y posteriormente se convirtió en un centro principal. El señor Lane era uno de los pioneros en Garenganze y un hombre afable y bondadoso. Fue por medio de él que fui atraído a África en un principio. Era un gran caminante y tenía un tiro fijo. Amaba al africano y su mayor placer era relatar el evangelio al lado de una fogata después de una marcha de 30 kilómetros en el día.

Cuando llegué, él estaba diseñando un salón de reunión para acomodar mil personas. En aquellos tiempos era imposible conseguir tejas cocidas o cemento, así que fue construido enteramente de adobes con un techo de paja. Pero fue hecho muy bien y sirvió por cuarenta años. El techo estaba sostenido por columnas de madera dura. Siendo joven y ágil y acostumbrado a trabajar en alturas mayores en el astillero, me tocó ayudar en el levantamiento de las vigas del techo. El señor Lane era un perfeccionista y el edificio le hacía honra.

Fue en Capango que conocí Annie Gammon, quien había estado allí desde 1905. Ella procedía de una familia misionera bien conocida que vivía en Ilfracombe en el sur de Inglaterra. Nos contaba a menudo que recibió a Cristo para su salvación a la edad de cuatro años. Cuando niña se sentaba en el regazo de Robert C. Chapman, el patriarca de Barnstaple. Por lo menos cinco de su familia vinieron a África como misioneros.

Pero había un asunto que me causaba no poca preocupación. El centro misionero funcionaba como un pueblito cristiano. Al ser convertido, el africano generalmente abandonaba su ambiente, construía en el centro y se aislaba de su vida antigua. Había en el centro un estricto código de leyes que abarcaba casi todo aspecto de su vida. La palabra del misionero era ley y la aplicaba un anciano llamado un osekulu. Si un residente de la villa cometiera adulterio o infringiera una de las leyes del centro, no solamente sería disciplinado por la iglesia local sino también obligado a dejar su hogar y huerto y volver al “mundo”. Hubo casos de jóvenes obligados a salir del hogar paterno para residenciarse con familiares paganos. Esto, consideraba yo, era un principio errado, pero me quedé callado por ser un hombre joven. Debo decir que esta idea caducó tiempo atrás, pero era la regla por muchos años.

El centro misionero se regía muy al estilo de Juan Calvino en Ginebra. Calvino creía que una ciudad debe ser gobernada conforme al mismo modelo que la teocracia bajo Moisés y Aarón. Su severas opiniones teológicas y sus reglas ultra estrictas eran impuestas a juro, tanto a miembros como a no miembros de la iglesia. Servetus fue quemado vivo como consecuencia de la cruel lógica de esta política.

He sentido por muchos años que, en un país pagano como África, es imprudente aislar los convertidos de su propio pueblo. El hacerlo les salvaguarda de persecución, pero les introduce en un invernadero que impide su desarrollo. Tampoco es sano para el extranjero, ya que él bien puede formar un concepto exagerado de su propia importancia. Los movimientos pro independencia de años recientes en casi toda África han probado que era errado desde el comienzo el principio de una obra construida en torno del misionero. Tarde o temprano tiene que haber una reacción. La experiencia ha mostrado que el africano se desarrolla más naturalmente, y la obra reposa sobre un mejor fundamento, cuando se le anima a aceptar responsabilidad desde el comienzo de su vida cristiana.

Un día el señor Lane me sugirió que había una necesidad en un centro llamado Hualondo y que quizás yo podría ayudar allí. George Murrain, un misionero de color de Guayana Británica, había iniciado aquella obra muchos años atrás. Murrain se había muerto recientemente después de cirugía en América, y ahora Lance Adcock y su señora, jóvenes ingleses, estaban en aquel ministerio. Él no estaba muy bien de salud y pensaba volver por una temporada a Inglaterra, pero no quería hacerlo sin que alguien atendiera a Hualondo.

Por consiguiente, fui y me residencié allí. Adcock era celoso en la obra docente, mantenía buena disciplina y tenía un marcado don lingüístico. Sugirió que yo me encargara de la escuela. La docencia no me agradaba ni tenía aptitud para ella, pero sí me gustó la oportunidad de entrar en contacto con la gente. Me ayudó mucho en el aprendizaje del idioma una clase bíblica que Adcock dio cada mañana en el umbundu.

Estuve allí dieciocho meses. Una vez que los Adcock se marcharon, estuve solo, y fue en Hualondo que hice mis primeros intentos a predicar en el umbundu.

Sucedió allí un incidente que me dio mucho estímulo ya que me hizo ver el cuidado amoroso de Dios en cuanto a las necesidades materiales. Yo ocupaba un cuarto para huéspedes en la casa de adobe que había pertenecido a los Murrain. El piso era de arcilla cubierto de alfombras de bambú, y había una cama de confección casera en el centro de la recámara. Estacas en una pared sostenían toda la ropa que yo poseía en el mundo, salvo la que vestía en cualquier momento. En un rincón estaba el escritorio rústico donde guardaba mi dinero, documentos y correspondencia.

Un ladrón africano hizo lo suyo cierta noche mientras yo estaba en el culto de oración. Primero intentó abrir la ventana con su hacha, pero no logró hacerlo porque yo la había asegurado desde adentro con tornillos. Luego probó la cerradura. Usó una porción de tabaco comprimido para absorber el ruido, y partió la cerradura con su hacha. Entró y saqueó el dormitorio.

Al llegar del culto de oración, encontré la cama desnuda, nada de ropa y el escritorio vacío. Yo estaba África adentro prácticamente sin nada salvo la ropa que tenía puesta. El día siguiente me visitó el hombre que había hecho aquello; hizo el clo clo de la gallina chueca y se compadeció de mí por la pérdida. ¡Fue dos años más tarde que supe que él era el culpable! Yo estaba no poco deprimido. En aquellos tiempos no era fácil importar bienes, pero intenté ser lo más filosófico posible.

Un par de semanas después se presentó un africano cargando un bulto grande. Esta cosido en tela y había sido enviado desde la estación del ferrocarril en Silva Porto. Al abrirlo encontré sabanas, fundas y ropa, y en el centro una carta de algunas mujeres en Belfast. ¡Esperaban que el contenido me fuera útil! Con la carta había dinero para, decían ellas, costear los derechos de aduana. Al examinar el matasello, supe que habían despachado el bulto sólo un par de meses antes del hurto, en fecha muy oportuna, ¡duplicando con bienes nuevos todo lo que me había sido quitado!

 

8   Aprendizaje en el idioma

 

La primera tarea del misionero extranjero es la de aprender el idioma del pueblo. Los comerciantes y los turistas pueden “captar la jerga”, pero el hombre o mujer que desea alcanzar los corazones de la gente con la Palabra de vida debe contar con un conocimiento amplio y acertado de su lengua. Requiere años de dura brega, y aun al final de la vida el experto siempre está aprendiendo algo nuevo.

Pueda que Babel haya comenzado en la Asiria antigua pero ella ha causado su mayor caos en la África moderna. Años atrás un sondeo lingüístico reveló 813 idiomas y dialectos en África. A lo mejor hay más. Cierto estudio etnográfico ha registrado los nombres y las localidades de unas ocho mil tribus y subtribus. Los idiomas y los dialectos de muchas de ellas nunca han sido investigados por lingüistas competentes. Probablemente más o menos de la tercera parte de la población está suficientemente acostumbrada a uno u otro de los idiomas principales —entre ellos el árabe, hausa y swahili— como para sentirse tan cómoda en ellas que en su lengua original.

De los 250 idiomas africanos que tienen escritura, unas 200 son el producto de misioneros protestantes. El traductor misionero revierte la maldición de Babel e invoca la bendición de Pentecostés.

Por regla general los africanos son espléndidos lingüistas. Aun a los niños se les enseñan a hablar correctamente y raras veces se yerran ellos con los tiempos de los verbos. La mayoría de los varones son bilingües y algunos trilingües. A menudo nos encontramos con un bantú que no puede leer una línea pero habla con fluidez cinco o seis dialectos. Es un error común del blanco imaginar que la gente salvaje emplea formas rudimentarias de expresión. Muchos idiomas africanos son mucho más precisos y formados más elegantemente que el inglés. Es un misterio cómo se han desarrollado y sistematizado a lo largo de los siglos.

Yo estuve en Portugal casi un año para adquirir una base en el idioma portugués. Es el idioma de la administración pública de Angola, empleado en toda correspondencia en la esfera gubernamental. En el país una parte importante de nuestra labor misionera era la de instrucción escolar, desde luego realizada obligatoriamente en portugués. La ley prohíbe el uso de cualquier otro idioma en las aulas. Es la política de las autoridades latinizar al africano, reconociéndole como ciudadano portugués, hablando aquel idioma y asumiendo la cultura portugués. Por esto toda instrucción emplea el portugués y se suprime adrede todo otro idioma. El argumento es que sería imposible y una pérdida de tiempo traducir a tantos dialectos indígenas, y de todos modos van a desaparecer. Oí a un funcionario, que no hablaba ningún idioma sino el suyo propio, referirse a una hermosa lengua africana como ‘idioma de monos’. Fue porque nunca se había interesado por estudiarlo. ¿Pero quién tiene el derecho de suprimir o destruir la lengua madre de un pueblo?

Mi primera tarea en Angola fue la de aprender el idioma umbundu que habla el pueblo africano de Bié entre quienes yo vivía. Lo emplean aproximadamente un millón de personas en la meseta que se extiende de Lobito en la costa a Río Quanza a más de quinientos kilómetros en el interior. Los primeros misioneros de la American Congregacional Board lo codificaron por escrito y el señor Fay, uno de ellos, preparó un extenso texto de vocabulario con una gramática reducida y rudimentaria. En aquellos tiempos no había una escuela organizada para la instrucción en el idioma y, excepto por estas ayudas, tuve que aprender por medio del contacto con los africanos. Quizás fue mejor así, porque el británico y el americano tienden a guardar su propia entonación, ¡y qué de mezcolanza si uno agregara la irlandesa también! Un muchacho ochimbundu, Ngongo por nombre, venía cada día y me ayudaba con la conversación y pronunciación.

Fue una obra impresionante consignar por escrito por primera vez los idiomas africanos. No hay nada en común entre ellos y los idiomas europeos. Pero los pioneros tomaron una decisión acertada cuando optaron por usar el alfabeto romano y escribir fonéticamente, es decir escribir las palabras tal como suenan. Estamos agradecidos hoy día por no tener que comprender una escritura como la china o la árabe.

Pero hay el peligro de simplificar demasiado. Un idioma africano (el zulú), por ejemplo, contiene siete sonidos sencillos para los vocales, cuatro diptongos, treinta y seis sonidos elementales para los consonantes y nueve clics (chasquidos de lengua) para otros consonantes – un total de sesenta y tres sonidos sin contar las variaciones. ¿Cómo vamos a representar todo aquello por las letras del alfabeto que conocemos? Nuestro alfabeto romano, tal como la conocemos, no llena las necesidades de todo idioma por no contar con suficientes letras. Hay dos maneras de vencer esta dificultad: o inventar letras adicionales, o usar un sistema de signos diacríticos por encima o por debajo de las letras existentes para representar sonidos adicionales. En la práctica se emplean ambos esquemas en los idiomas hablados en Angola.

Recuerdo con asombro y pena los errores atroces que cometí en mis intentos a aprender el umbundu. El africano cuenta con un sentido de humor muy desarrollado, pero oía esos disparates cortésmente y de manera inexpresiva. Sí, algunas muchachas se ríen tontamente, pero los hombres controlan sus emociones hasta más tarde, cuando, ausente el misionero, repiten los errores garrafales en torno de la fogata y en medio de oleadas de risa.

Hay cuatro requerimientos para aprender un idioma. Ante todo, uno debe contar con una buena comprensión práctica de la gramática de su propio idioma. Parece ridículo intentar dominar una lengua extraña cuando uno no conoce la suya propia. Segundo, es importante un oído musical para distinguir las diferencias en tono. Para un sordo es difícil ser competente en un idioma. Tercero, uno debe tener buena memoria para recordar lo que oye. Y, cuarto, hay que ser algo de mímico para reproducir lo que se oye. Es útil alguna instrucción en la fonética, pero la experiencia ha mostrado que los mejores lingüistas son las personas que cuentan con estas cuatro características y se esfuerzan al aplicarlas.

Es necesario un contacto constante con la gente sobre un largo período de tiempo. Yo siempre cargaba una libreta y lápiz para anotar las palabras nuevas, frases idiomáticas y proverbios a medida que las oía. Uno tenía que corregirlos y repasarlos vez tras vez para apreciar su verdadero sentido. Por lo regular un africano cita sólo las primeras palabras de un refrán, porque sus oyentes conocen el resto. Por ejemplo, “Pájaro en mano”, o “Cuando el río suena”.

En los idiomas bantús la palabra importante es el sustantivo. Hay un sistema de clases de sustantivos (nombres), cada una con un prefijo diferente. El prefijo se incorpora en cada palabra de la oración. Por ejemplo en el umbundu la palabra para “casa” es onjo y el prefijo es yi. “Mi casa es pequeña” sería onjo yange yitito. Algunos idiomas africanos tienen hasta quince cláusulas sustantivas, cada una con su propio prefijo para el singular y el plural. En umbundu la palabra para una persona es ochimbundu y el plural, ovimbundu, es el nombre de la tribu. Se altera la primea sílaba según el sentido de la palabra, de manera que un sistema de prefijos indica la inflexión, conjugación o definición. Un misionero en Uganda dice que la mejor definición de las lenguas bantú es la que dio un irlandés: “Los idiomas bantú son aquellos que tienen su terminación al principio”.

Y, los verbos son más precisos y complejos que en el inglés. El idioma chokwe, por ejemplo, tiene dieciocho diferentes tiempos o variaciones del verbo. Para ilustrar: el verbo “hacer” es ku-cinga. El tiempo pasado incluye: hi na chi lingo, “Lo hice ya”. Ha chi lingo, “Lo he hecho últimamente”. Na chi linganga, “Lo hice esta mañana”. Ngn na ka chi linga: “Lo hice ayer”. Na chi lingile: El pretérito sencillo. Na ka chi lingile: el pretérito histórico. No se emplea un adverbio de tiempo: un verbo sencillo indica cuándo se realizó la acción. Adicional a esto, hay los tiempos compuestos. Es maravilloso ver a un hombre descalzo y ceñido de sólo un taparrabos empleando con toda fluidez y precisión un lenguaje tan preciso como este.

Hay vacíos y deficiencias, por supuesto. Ellos no cuentan con el vocabulario técnico que nosotros tenemos, ni tienen términos para lo que nunca han visto, como por ejemplo la nieve. Es difícil encontrar palabras apropiadas para traducir acertadamente los términos abstractos como se encuentran en la Biblia. “Santidad”, “santificación” y aun un término genérico para “pecado” presentan problemas. En algunos casos se han empleado aproximaciones y educado a la gente a comprender su pleno sentido.

Otra falta está en los nombres para los diferentes tonos de color. Ellos tienen nombres para negro, blanco y rojo, pero ninguna palabra precisa para rosado o verde. Parece que no valoran la belleza y las variaciones del color como hacemos nosotros. Nunca he oído a un africano expresar admiración por la belleza de un amanecer o la gloria de un puesto de sol. Tienen miedo del arco iris, creyendo que van a morir si les toca uno de sus extremos. ¡Nunca se les ha echado el cuento de un pote de oro al pie del arco iris!

Ngongo, mi maestro del idioma, sabía leer y escribir pero no sabía explicar los detalles de la gramática ni conjugar un verbo. Su función principal era decirme los nombres de las cosas y corregir mi pronunciación. Hablaba el portugués razonablemente bien. Cuando cometía un error, él me corregiría pacientemente en portugués. Con el correr del tiempo, el umbundu me era más fácil y él prescindió de un todo del portugués.

Cada día yo le presentaba una lista de palabras que había escuchado en conversación. Él pasó horas intentando enseñarme los tonos altos y bajo de ciertos vocablos. Un error de tono cambiaría completamente el sentido de la palabra. Tuve que aprender la gramática “a golpes”, oyendo y dándome cuenta de cómo se empleaban los verbos. Me costó unos seis meses de estudio para estar en condiciones de conversar con un africano y casi un año antes de predicar en umbundu con un mínimo de libertad.

Los primeros intentos a predicar no fueron gran cosa. Yo ponía todo mi mensaje por escrito en umbundu, y Ngongo le corregía y ofrecía sugerencias. Luego yo lo memorizaba. También el señor Adcock, mi conmisionero, fue una gran ayuda. Daba gusto escucharle hablar el umbundu, y aprendí mucho de esta manera, pero por lo regular él estaba demasiado ocupado para darme lecciones, así que me encontraba limitado a Ngongo y mis propios esfuerzos. Ahora, después de contacto con el idioma a lo largo de cuarenta años, reconozco que es una tarea de por vida. Muy pocos blancos penetran detrás de la mente del africano para poder “pensar negro”.

Al africano le encanta usar proverbios; su conversación día a día suele incorporarlos. Por ejemplo:

 

Un escarabajo es una belleza en los ojos de su mamá.
No hay bestia que no ruge en su propia cueva.
Al jorobado no se le dice que se pare derecho.
Los babuinos se ríen ante la fealdad de cada cual.
Muchas veces un pacificador recibe golpes.
Dos cocodrilos no pueden vivir en un mismo hoyo.
La perdiz tiene gusto por los granos, pero no los que la acompañan a la hoya.

A veces hemos oído a misioneros en perspectiva, quienes no han tenido experiencia fuera de su propia tierra, anunciar públicamente que van a África para traducir la Biblia. Es una ambición digna, y es valiosa cualquier preparación antes de venir al campo de servicio, pero misioneros experimentados oyen estas afirmaciones de los reclutas con sentimientos mixtos.

Citamos al doctor Eugene Nida, el secretario de traducción de la American Bible Society: “No se debe realizar ninguna traducción de la Biblia hasta que el traductor pueda discurrir libremente en el idioma receptor todos los problemas de forma y sentido … En una misión en África la práctica corriente era de asignar a los misioneros nuevos el proyecto de traducción bíblica, después de tres meses de trabajo preliminar en el idioma. Lo hacían con orientadores indígenas, pero los resultados fueron, por supuesto, simplemente un traslado palabra-por-palabra. Afortunadamente los esfuerzos originales fueron revisados antes de someterlos para publicación, pero un trabajo de esta índole ha debido ser descartado a favor de un nuevo intento, porque resultó imposible exprimir de estas traducciones inmaduras las frases y oraciones artificiales y casi sin sentido”.

Son palabras sabias que deben ser tomadas muy en cuenta por quienes aspiran traducir. Normalmente la tarea es asumida por personas de larga experiencia que conocen la mente africana y los modismos del lenguaje, además de un amplio y acertado conocimiento de la Palabra de Dios. No es una tarea para el novato.

 

9  El norte no evangelizado

 

Mi objetivo en venir a Angola fue el de trabajar donde el evangelio no había sido proclamado. Las historias del señor Lane acerca de las vastas regiones en el norte de Angola, con tribus paganas esperando el evangelio, habían despertado un vivo interés en mí.

La etnia bangala en particular estaba sobre mi corazón. Resolví visitarles tan pronto como fuera posible y averiguar si había un lugar donde construir una casa, aprender su idioma y radicarme entre ellos. Conversé con el señor Adcock sobre esto cuando vivía con él en Hualondo. Él compartía mis criterios acerca del evangelismo pionero y decidimos ir juntos. No había caminos adonde íbamos, de manera que el viaje requería una caminata de 750 kilómetros y ocupó cinco semanas. Caminamos un promedio de 32 kilómetros por día, durmiendo de noche cerca de una población indígena o al lado de un arroyo. Salimos al final de abril de 1925.

Tuvimos que cargar todo lo que íbamos a necesitar, pero no hubo dificultad en encontrar portadores. Un portador africano puede llevar una carga de 25 kilos, y por encima de esto sus pocas pertenencias personales tales como una esterilla de paja para la noche, una olla y su hacha propia del país. Algunos llevan arco y flechas también. Cada hombre cuenta con un saco de piel de cabra y en él lleva bien sea maíz o harina de casabe para hacer su cena de papilla. Generalmente comen una sola vez al día, puesto el sol. Antes de emprender la marcha en la mañana, posiblemente comen un par de batatas asadas o un jojoto de maíz, pero la comida principal del día es la matutina, cocida sobre una fogata.

Éramos quince. Contábamos con una carpa de 7,2 metros cuadrados donde dormir. Ésta, con los palos, era una carga para dos hombres. Nadie quería llevar la carpa, porque pesaba el doble en la lluvia. Hicimos una caja para contener carne y pescado enlatados, harina, azúcar, ingredientes para hacer hojuelas o pan, y una lata de galletas y torta que procuramos consumir poco a poco sobre el máximo tiempo posible. ¡Generalmente había varios voluntarios para llevar la caja de comestibles, porque se hacía más liviana en la marcha! Y, cada uno de nosotros llevaba su kit nocturno, que era un grande saco de lona que contenía una litera plegable, cobijas, una almohada, un paño impermeable y un lavamanos de lona. El mozo cocinero tenía una carga más liviana de hoyas, cacerolas y un envase que usaba para sacar agua y lavar. Estos contenedores para gasolina eran de valor inestimable porque se usaban para múltiples fines.

Además de nuestras necesidades personales, incluimos sal en la carga. Servía para el trueque. La gente tiene una palabra especial para el afán por sal, y en el interior uno podía comprar con ella cualquiera cosa que el pueblo tuviera. Nada agradaría más a un niño que poner una cucharada de sal sobre su lengua. La chupaban como a un caramelo. En los pueblitos que encontramos en la marcha compramos a cambio de sal huevos, hongos, maíz y batatas. Había una escala reconocida para el trueque. Una tasa de sal valía tres huevos, y así sucesivamente. La sal venía de la costa del mar. Se evaporaba el agua del mar en las playas compactas de Lobito y Benguela, se recogía la sal y no poca arena a la vez, y se la despachaba al interior para la venta. Era una mercancía de valor.

El convenio corriente con los portadores era que ellos se responsabilizaran por su comida en la ida, pero nosotros seríamos responsables en el regreso. Se les pagaba bien con tela o bien en efectivo portugués. La mayoría quería tela. Era un calicó usado en el comercio que venía de Manchester en Inglaterra. A lo largo de los años los impuestos portugueses, que cada hombre tenía que pagar, iban en aumento; como consecuencia la gente pedía efectivo y el uso de la tela de trueque desapareció.

Al haber recibido su carga, el portador se acostumbraba amarrar dos palos de más de dos metros y medio de largo, uno a cada lado de la carga de tal manera que sobresaliera metro y medio más allá de la misma. Se los unían y ataban en las puntas. El hombre llevaba la carga sobre su cabeza, con los palos señalando adelante. Al descansar, él simplemente doblaba la cabeza hasta que los palos tocaran la tierra y colocaba la carga en la horcadura de un árbol. De esta manera no tenía que poner la pesada carga en el suelo ni levantarla de allí al renovar la marcha. Estos palos se llamaban olombalachi.

En este primer viaje con portadores angoleños yo gozaba de la comodidad relativa de dormir en una carpa sobre una litera, pero en viajes posteriores, especialmente en la estación de sequía cuando no había peligro de que lloviera en la noche, yo prescindía de éstas y dormía en el suelo al lado de la fogata, junto con los hombres. Normalmente nos acomodamos en un círculo, un hombre y un pequeño fuego, alternando en torno de una fogata grande.

Cada cual arreglaba su propia cama. Primeramente se cortaban dos palos pesados de algo menos de dos metros de largo, colocándolos en el suelo a una distancia de metro y medio entre sí en una forma y dimensión parecida a un sepulcro. El espacio entre los palos se llenaba de hierba y hojas; un impermeable iba encima.

Una vez terminada la jornada del día, cuando cada cual había comido bien, se soltaban las lenguas africanas. Los portadores se reían y conversaban y contaban anécdotas hasta la madrugada. Era el momento para tener libreta y lápiz bajo la almohada para captar palabras y expresiones nuevas y anotar también los proverbios y el folklore. Un tema favorito era el de imitar la manera en que los diversos misioneros predicaban y sus errores garrafales que cometíamos en las lenguas del pueblo. Lo hacían para bromear, y si uno fingía estar dormido, a menudo oía más de lo que había esperado.

En nuestra primera incursión en territorio bangala salimos en un momento inoportuno. Generalmente las lluvias cesan al final de abril, pero aquel año se prolongaron. En los pri-meros días cuando cruzábamos la meseta de Bié la tierra estaba seca, pero cuando llegamos a los valles del Quanza y el Luanda, los encontramos bajo agua. Encuentro lo siguiente en mi jornal para el 23 de mayo de 1925:

“Ahora estamos en la región del Quanza y buena parte de la zona está bajo agua. Estamos obligados a vadear con el agua a veces hasta los lomos y el cinturón. Al cruzar un río crecido sobre el tronco de un árbol caído, di un paso falso y caí al agua. Me quité parte de la ropa mojada y caminé en camisa e interiores hasta que el resto se secara. Encontré un cráneo humano al lado de la senda. A dos horas y media del campamento llegamos al Quanza. Es de unos 65 metros de ancho en este punto. Cruzamos en un bongo inestable, cortado del tronco de un árbol. Al otro lado la marcha fue dura a través de una llanura de unos ocho kilómetros de ancho, encontrando agua y lodo en toda la distancia. Campamos a las 3:00 p.m. en un bosque inhabitado al final de un día difícil”.

Temprano en el viaje salieron ampollas en los pies de Alcock y luego se infectaron, de manera que él tuvo usar una hamaca en buena parte del viaje. Es una hamaca corriente de marineros, tendida de un palo de bambú y con un toldo para proteger el pasajero de los intensos rayos del sol. Dos portadores la llevan, pero generalmente hay seis que tornan cada media hora. Ellos trotan mucho más rápidamente que los portadores de carga y cantan todo el tiempo. El líder lleva una matraca como sonajero, atada a su tobillo, con el fin de guardar el ritmo del canto. Los chokwes la llaman un lusango. Quiere decir literalmente “el sonido feliz” y es la palabra que se ha aplicada al evangelio —sango lipema— las buenas y felices nuevas. La música es bien conocida pero las palabras se improvisan en la marcha.

Nos decepcionó ver que había poca población, especialmente al lado este del Quanza. Se llama “la tierra del hambre” por lo vacío que es y la dificultad de comprar alimentos de cualquier tipo. A veces caminamos el día entero sin ver a un solo ser humano, llegando a un pueblito de quizás media docena de chozas de paja con veinte pobladores. Ciertas áreas tenían grupos de estos pueblitos en torno de un cacique que se llamaba el rey. Uno de estos era Mwandumba, cerca de la fuente del Casai. Su nombre quiere decir “el león príncipe” y su villa contaba con 150 personas. En cada uno de estos pueblitos celebramos una reunión en la chata o casita de plática que es un detalle típico de todo pueblo africano.

La chata es, por cierto, el sitio central del poblado. Está ubicada en medio de un área limpiada de vegetación y todos los caminos conducen a ella. El gran techo cónico de paja está soportado por palos de 1,20 metros. A cada metro o más hay una entrada, y un fuego arde en el medio del piso de tierra. Los ancianos utilizan unos pocos taburetes, hechos de madera y cuero de chivo, que están esparcidos en el recinto. Este caney sirve de salón de gobierno, tribunal, y centro comunitario donde se intercambian los chismes, y donde un forastero puede pasar la noche, durmiendo al lado de la fogata. Es aquí donde normalmente celebramos nuestros cultos.

El mensaje del evangelio fue recibido de diferentes maneras. En algunos lugares la gente quería ver más al comerciante que el misionero, pero por lo regular eran corteses y amistosos, presentando pequeños obsequios de masa de yuca y gallinas. Nuestro mensaje eran muy sencillo: Dios es el Creador; su Hijo, Jesucristo, es el Redentor. El hombre es un pecador y tiene que ser hecho de nuevo y reconciliado con Dios. Dios es amor y Dios es luz. Los oyentes menean la cabeza y dice chamwenemwne — ‘¡verdad de veras!’ Pero más y más se percibe que, para lograr algo con esta gente, alguien tendrá que dedicar su vida a ello, y no simplemente platicar por media hora, como una nave que pasa en la noche.

Después de tres semanas de marcha, llegamos al Kwangu, y cruzando este río entramos en la tierra de los bangala. Nuestro objetivo era la villa capital del cacique principal Mwandonji. Él tenía una gran reputación y nosotros esperábamos grandes cosas al haber venido de tanta distancia. Un buen número de jóvenes, cuchillo en el cinturón, fanfarrearon y se jactaron de la importancia de Mwandonji, ¡el gran Mwandonji! Lo único que encontramos fue unas pocas chozas de paja en una depresión llana, sin agua en la estación de sequía. La gente estaba prácticamente desnuda y obviamente afligida de malaria. La mayoría de los niños tenían la barriga hinchada y piernas como palos como consecuencia de malnutrición y enfermedades. Unos pocos perros sarnosos merodeaban entre las chozas. Nunca se les da comida, pero ellos y los puercos con rorcual son los basureros del lugar.

El cacique no estaba muy a gusto con nuestra presencia y nos recibió fríamente. Le enviamos un obsequio de diez yardas de tela y él respondió con un pequeño cochino para nosotros y una ave. Él vino al culto frente a la fogata en la noche, escoltado por jóvenes portando lanzas. Se sentó sobre un taburete elaborado con una daga ceremonial de doce pulgadas en su regazo.

Dijo que tres años antes Malcolm MacJannet, un misionero de Luma-Casai en Chokweland, le había visitado y prometió volver y construir. Dijo que todos ellos habían quemado sus ídolos y fetiches, pero que el visitante no había cumplido su palabra; por esto, el cacique tenía poca confianza en los misioneros. Hicimos ver la dificultad de obtener permiso de los portugueses para construir en su territorio. Con ese comentario él exclamó, “¿Ustedes los misioneros tienen miedo de los portugueses? Pues, si ustedes sí, ¡nosotros no!”

Al haber visto el territorio de Bangala, decidimos que no era apto para un centro misionero. Era tierra baja, propensa a la malaria, con poca población y un pobre suministro de agua. El señor MacJannet había llegado a la misma conclusión que nosotros acerca de la poca conveniencia de Bangala y posteriormente él evangelizó más al este.

Por esto, resumimos nuestro viaje hacia el sur. Al cabo de tres días llegamos a un lugar llamado Chitutu, donde los portugueses habían construido un fortín con un foso. Estaba en el lindero entre las tribus chokwe y songa, y parecía ser un lugar estratégico en relación con las áreas circunvecinas. Tenía buena elevación, abundancia de agua, magníficos bosques para madera, tierra fértil y todo lo necesario para atraer y sostener una buena población. Los songos son una tribu amistosa e inteligente, y en aquel entonces no habían sido evangelizados. En nuestro viaje hasta este punto, una vez cruzado el Quanza, habíamos oído múltiples informes de este lugar. Aparentemente tenía una reputación. Posteriormente sabríamos por amarga experiencia los detalles de su historia, pero mientras tanto nuestras mentes estaban llenas de esperanza de que fuera un buen centro para la evangelización.

Un cacique songo nos mostró un punto en el bosque, con buen suministro de agua, que sería un sitio apto donde construir una casa. El área estaba cruzada por cañadas profundas cubiertas de densos arbustos y poblada de monos, babuinos y puercos monteses. Supimos después que había plantaciones de café silvestre en algunas de estas cañadas. Era cosa un tanto misteriosa cómo el café había llegado allí, pero la explicación más razonable era que monos habían transportado las semillas.

Habiendo visto el sitio, visitamos al funcionario portugués en el fortín. Él fue amigable y ofreció enviar nuestra solicitud para construir una casa a las autoridades responsables en Malange, donde vivía el gobernador del distrito. De allí sería enviada a Luanda, la capital en la costa.

Todos los edificios del fortín fueron construidos de barro y zarzo. El funcionario vivía con una negra y daba el aspecto de no haberse afeitado en una semana. Estaba pálido e ictérico, apenas recuperándose de un ataque de malaria. Lo que más llamaba la atención en el lugar era una dilapidada cárcel excesivamente llena de africanos, guardados por soldados indígenas, quienes en su curiosidad fijaban la vista en nosotros de entre las lonchas de madera en la ventana del retén. Una vez que habíamos terminado nuestra diligencia con el funcionario, resumimos la marcha al oeste.

Al haber caminado por unas tres horas, encontramos el cuerpo de un anciano canoso tendido al lado del sendero, con la cabeza descansando sobre un brazo como si estuviera dormido. Pero al examinarlo, nos dimos cuenta de que estaba muerto. Por cuanto no teníamos manera de enterrarlo, fuimos al pueblito más cercano e informamos lo que habíamos encontrado. Nos dijeron que el anciano había sido detenido en el fortín como rehén por una gente que se dio la fuga. Fue guardado allí por diez días sin comida, y al ser libertado murió de agotamiento y hambre rumbo a su hogar. Esto fue tan sólo una gota en el océano de lo que íbamos a ver y oir en el futuro.

La marcha de Chititu a Capango, de donde salimos, ocupó cinco días. El último día, caminé cuarenta y cinco kilómetros. Fue cosa típica de los viajes en aquellos tiempos.

Como resultado de esta primera evaluación del norte de África aún sin evangelizar, llegué a unas pocas conclusiones sobrias:

Primero, una obra duradera requería la labor de toda una vida. Segundo, sería una vida de aislamiento. Había poca posibilidad de que el territorio sería abierto a la civilización en nuestra generación. Tercero, haría falta aprender dos idiomas más, el chokwe y el songo. El segundo de estos todavía no tenía forma escrita. Y, de último pero no de menor importancia, no era tarea para un soltero.

Después viajé varias veces más al país songo con el fin de hacer seguimiento de mi solicitud a las autoridades portugueses para establecer un centro misionero en Chitutu. En uno de estos viajes sufrí mi primer ataque de malaria.

Yo estaba durmiendo en una pequeña carpa en el medio de una llanura el primer día al haber salido de Hualondo. Se levantó un fuerte viento en la noche y destruyó la carpa. Me quedé acostado toda la noche debajo de la lona, intentando guardarla sobre la carga para que mis libros y bienes no sufrieran en la lluvia torrencial que cayó toda la noche. Los hombres estaban demasiado lejos como para que pidiera su ayuda. El día siguiente me sentí resfriado y enfermo pero caminé treinta kilómetros a la misión en Chitau donde vivían los esposos Bodaly, una pareja misionera de London, Canadá.

Un centro misionero es siempre un oasis de calor cristiano y civilización en el yermo en derredor. Chitau fue mi último contacto misionero antes de alcanzar el Quanza y el territorio virgen al otro lado de ese río. Un baño caliente y una cama cómoda fueron cosa agradable, pero la mañana siguiente, no obstante estar enfermo y resfriado, no dije nada. Fue día domingo, y el señor Bodaly me pidió intervenir en el culto de evangelización. A más o menos medio tiempo, mis ojos perdieron su enfoque y tuve que parar en seguida. El señor Bodaly me ayudó llegar a la casa y tomó mi temperatura; era 40,5º. Pasé seis semanas en el hogar de los Bodaly, sumamente enfermo. Debo la vida a aquella pareja, por la manera en que me cuidaron. Fue el primero de varios ataques de malaria. Desde que llegué a África, yo había tomado la precaución de tomar cinco granos de quinina cada día, y durante ese ataque la dosis fue de veinte gramos.

Más tarde en aquel año, 1926, el señor Fred Olford y su esposa, misioneros en Chokweland, pasaron por Chitutu en su viaje a Bié. Se hospedaron conmigo en Hualondo y me dijeron que un amistoso funcionario portugués era el responsable en Chitutu y me enviaba una calurosa bienvenida. Él haría todo a su alcance para obtener permiso para que yo estableciera una obra en el territorio songo. He aquí una respuesta a mis oraciones y anhelo de mucho tiempo, y de una fuente inesperada.

 

10   Intervalo y matrimonio

 

La tierra donde vive la tribu chokwe queda a unos 480 kilómetros al este de Bié, donde yo había pasado los primeros dieciocho meses en Angola. Mis viajes al norte sin evangelizar me habían convencido de que, para alcanzar el pueblo en aquella área, sería necesario aprender el idioma chokwe, que se hablaba y entendía en la mayor parte del norte. Por esto decidí visitar a los misioneros que estaba trabajando entre los chokwes y obtener la ayuda suya para aprender el idioma.

Tom Louttit y William Maitland, de los Estados Unidos, iniciaron una obra entre los chokwe en 1905. Habían realizado la obra pionera en el idioma al principio y habían abierto un centro misionero en Boma. Más adelante se unieron con ellos Herbert Griffiths y Charles Aiston de Inglaterra. En 1908 Cuthbert Taylor, su señora y Leonard Gammon abrieron el centro en Luma-Casai. En 1917 el señor Louttit estableció otro en Buila. Cuthbert Taylor falleció en 1915 de un tipo agudo de malaria (que va a figurar más en esta historia) después de diez años de arduo labor sin salir de su campo de servicio, pero la obra en Luma-Casai había sido fortalecido por la llegada de Fred Olford de Inglaterra y Malcom MacJannet de los Estados Unidos.

Se dice que los chokwe son descendientes de los jaggas, una feroz tribu de caníbales que invadió Angola desde el norte en el siglo 17. La pasaron en homicidio y pillaje, bebiendo constantemente en bailes y el consumo de carne humana. Adoraban a una enorme imagen rodeada de colmillos de elefantes, cada uno con un cráneo humano insertado en la punta. Al morir su cacique, se enterraba con él dos de sus esposas, vivas pero con las extremidades partidas. Los orígenes de las tribus son imprecisos y no todos creen que los chokwes tienen un vínculo con los jaggas.

El típico chokwe es un sujeto de buen físico, esbelto y atlético. Así como entre otros africanos, la tasa de mortalidad es alta; los débiles mueren en la infancia. Aquellos que sobreviven son fuertes y fornidos. Los rasgos de un chokwe son un tanto más angulares que los del bantú común; él no tiene la nariz chata y los labios gruesos que se ven en otras tribus. Y, no tiene nada de la actitud servil de muchos indígenas africanos. Se le ha llamado un mendigante pretencioso, y bien merece la descripción.

Hay sólo dos clases en la tribu chokwe: los príncipes y los esclavos. Cada varoncito, al pasar por el rito del campo de circuncisión, recibe un nombre nuevo con el prefijo de mwa. Es el título de un príncipe de sangre real, ¡pero toda sangre chokwe es real! Cuando los primeros misioneros llegaron al país, ningún chokwe se ensuciaría las manos con trabajo manual, y por muchos años los nativos de la vecina tribu lwena tenían que ayudar con la construcción y hacer el trabajo de supuestamente ínfima importancia.

Cuando comencé mi labor entre ellos en 1925, la vestimenta corriente de un chokwe era dos pieles de antílope o mono suspendidas de la cintura, una delante y otra atrás. Se acostumbraba a fanfarronear, las pieles volando de lado a lado. Al sentarse, él tiraba hábilmente el extremo de la piel delantera entre las piernas para sentarse sobré él al estilo de una alfombra, y el otro se extendía atrás como un rabo. Sin falta había en su cinturón un cuchillo de hechura casera,  cosa que tiene mil y un usos, desde picar el hilo de corteza hasta pelar un animal o labrar un fetiche. Por detrás, el pelo crispado de su cabeza portaba airosamente un peine labrado de un taco macizo de madera.

Su rostro ébano por lo regular lleva tatuaje; por cierto, es raro encontrar un chokwe cuya piel no esté desfigurada, bien sea por tatuaje o por reducción a forma acopada. Es común ver un intricado tatuaje a lo ancho de las espaldas atrás, o a lo ancho del abdomen, tanto en varones como en mujeres. Esto se hace por insertar una aguja debajo de la piel, cortándola con cuchillo. Se frota la herida con carbón y luego con hojas de tomate cuando las cicatrices están medio cerradas.

Los chokwes liman sus dientes en forma de V. Cuando niños, poco después que aparezcan los dientes permanentes, se inserta un tajo de madera en la boca, sosteniéndolo detrás de cada molar por turno para darlo un punto con un hacha o un cuchillo bien afilado. Su sonrisa le hace a uno pensar en un cocodrilo o un tiburón. Ellos se burlan de uno que no tenga los dientes limados, diciendo que sale de noche a comer toda suerte de inmundicia, y aquél se presta a conformarse a la regla. Los dientes pronto empiezan a deteriorarse después de este tratamiento y el misionero que posee un gatillo dental tiene mucho a que atender.

Los chokwes nacidos y criados en un centro misionero normalmente no deforman sus dientes de esta manera. Pero sigue siendo una costumbre en la tribu y cesará solamente cuando la gente ha sido de un todo destribulizada. Desde luego, los misioneros han desaprobado la costumbre desde el principio de su obra.

El tocado chokwe es esmerado. La mujer prepara una mezcla de barro rojo y aceite de castor para aplicarla a la cabeza. La aprieta hasta que asuma la apariencia de un casquete con un copete por delante. Esta cofia tiene tres razones por ser: es un adorno, una protección del sol y una barrera contra los insectos, los cuales todo indígena tiene en abundancia. Un pasatiempo favorito en el atardecer, entre las mujeres y los niños, es reposar la cabeza en el regazo de otro mientras se la saquen los insectos. Es común llevar en el pelo un palito de madera con una pluma; es para rasgarse.

 

Aparte del deseo de aprender el idioma chokwe, yo tenía otra razón muy válida para estar entre esa gente en aquel tiempo. Después de mis viajes al norte de Angola, llegué a la conclusión que no podía vivir allí solo. En Portugal yo había tenido no poco contacto con Elizabeth Smyth de Connecticut en los Estados Unidos, quien también se interesaba por la obra pionera en territorio virgen. Después de su año de estudios en Portugal, ella se había radicado en Luma-Casai en Chokweland, donde vivía con Leonard Gammon y señora. Ella y otra señorita, Kate Townsend de Buffalo, Nueva York, organizaron una escuela primaria para angoleños en Luma-Casai. Tenían que ir de casa en casa cada mañana para recoger sus alumnos; en aquellos días nadie estaba deseoso de recibir una educación y los niños querían ser remunerados por asistir a clase.

Elizabeth me parecía lo ideal de una pionera en un pueblo primitivo. Se había dedicado a la obra misionera por iniciativa propia. Compartimos conceptos y ambiciones. Decidí visitar Luma-Casai y atrever a preguntarle si compartiría mi vida entre los songo. Esto quería decir una caminata de 480 kilómetros en cada sentido y atravesar “la tierra del hambre”.

El viaje de Hualondo a Luma-Casai ocupó dieciséis días. ¡Pero mis mil kilómetros fueron premiados! No fue fácil para Elizabeth tomar la decisión. Significaba desligarse de un centro misionero en funcionamiento, donde había cierta medida de comodidad y vida ordenada, a favor de un lugar donde no había nada de civilización, nada sino un bosque primigenio y un aislamiento casi absoluto. Pero ella decidió decir que “sí”, y volví a Bié con mi cabeza en las nubes. Decidimos contraer matrimonio el año siguiente.

Atendí a mis asuntos para dejar Bié, me despedí de buenos amigos en Chilonda y Capango, y justamente antes de Navidad en 1926 viajé por tercera vez a Chokweland, a pie como antes. Los esposos Olford y sus tres hijos estaban de visita en Bié y me junté con ellos en su regreso a Luma-Casai. Los misioneros en la zona de los lwene, que queda a dos semanas más allá de Chokeland en el interior, necesitaban un stock de harina, azúcar, sal, jabón y tela de trueque, y llevamos todo esto con nosotros. El safari constaba de unos setenta hombres por todo, cada uno con una carga de 25 kilos.

Antes de empezar, se le dieron a cada hombre dos yardas de tela para comprar sus alimentos para el viaje. La mayoría eran hombres del interior cuya única ropa era pieles amarradas al cinturón. Al pasar lista en la mañana cuando pensábamos emprender la marcha, ¡encontramos que la mayor parte de ellos habían botado sus pieles y estaban vestidos del calicó que recibieron para adquirir sus raciones! Les hicimos ver el gran error de pensar cruzar el país del hambre sin sus raciones, pero no hicieron caso. Los blancos portaban armas y abundancia de municiones; ellos tenían sus arcas y flechas; la caza abundaba en los llanos; no habría falta de carne, aunque posiblemente sí de papilla para acompañarla. Después de mucha discusión, desistimos y comenzamos nuestra marcha de quince días a Chokweland.

En el cuarto día los hombres se dieron por vencidos. Al acampar, bajaron sus cargas y dijeron que habían portado 25 kilos por dos días sin comer y que no podían seguir. Con esto desaparecieron en el bosque y nos abandonaron. Al final del día los Olford y yo conversamos en torno de la fogata acerca de qué hacer. Decidimos construir una palizada con las cargas; los Olford se quedarían allí y yo saldría en el amanecer para Bié en un intento a reclutar otros portadores. Salí a la primera luz del siguiente, llevando mi arma y comida para el viaje.

Yo había caminado por sólo dos horas cuando oí disparos detrás de mí. Un mensajero había venido para decir que los hombres regresaron al campamento, arrepentidos y deprimidos, pidiendo perdón por la manera en que nos habían tratado. Pero estaban padeciendo de hambre y rogaban comida de nosotros. Prometimos que la marcha de cada día sería corto para dar tiempo para salir de cazaría. Pero, por alguna razón, la caza era escasa y cualesquiera animales que había se alejaron. Cada día caminamos kilómetros y kilómetros a través de la llanura sólo para volver con las manos vacías. Un día encontramos los restos de un antílope que un leopardo había muerto. Los hombres cayeron sobre aquello como lobos, lo despedazaron con sus cuchillos y comieron cruda la carne parcialmente podrida. Ellos vagaron por el bosque para cosechar las raíces y la fruta silvestre, llamada matundu, que crece bajo tierra cerca de las construcciones abandonadas. Pero cada día se debilitaron más y perdieron peso.

A más o menos el punto intermedio en el país del hambre, caminaba delante de los hombres un día y vi una nube de moscas a poca distancia del sendero. Al investigar, encontré el cuerpo de un africano parcialmente descompuesto. Sobre el hombro él portaba una pequeña valija de cuero de chivo que contenía una carta dirigida a un comerciante portugués en Bié y su libreta fiscal. Supe después que el desafortunado se había enfermado en su marcha al oeste, fue abandonado por sus colegas y murió al lado del camino. Cuando Fred Olford llegó a la escena, cavamos un sepulcro de poca profundidad al lado del cadáver y lo empujamos al hueco con dos palos. Los portadores, asustados y supersticiosos, se dieron la fuga de nuevo, abandonando sus cargas. Nos fue por demás difícil reunirlos otra vez y persuadirlos a proseguir en la marcha.

Acercándonos a Chokweland, se le quitó la carga a uno de los hombres y le despachamos a Luma-Casai para avisar a los misioneros de nuestra dificultad. De una vez ellos despacharon a varios hombres con bultos de alimentos. Nos encontramos en Cachioke, a unos tres días de marcha de nuestro destino. Las cargas fueron bajadas, fuegos encendidos y dentro de poco el agua en las hoyas estaba hirviendo. Nos quedamos acampados dos días mientras los hombres no hicieron otra cosa que comer y dormir. Fue maravilloso ver la transformación de débiles especímenes de humanidad negra, extenuada y malhumorada, a seres humanos esbeltos, bien formados y felices que intercambiaban sus cuentos y se reían en torno de las fogatas. Las últimas etapas del viaje se lograron a marcha apresurada.

Después de un lapso de reposo y estudio del idioma en Luma-Casai, con Fred Olford como maestro, decidí subir al territorio songo a construir una vivienda provisional en pleno bosque, a la cual podría llevar mi esposa. Así que, en marzo de 1927 emprendí la marcha de 320 kilómetros a pie hasta Chitutu, acompañado de trece portadores chokwes. Requirió diez días. Me instalé en una abandonada choza de paja en la ladera de una colina alta.

Las horas de sol fueron ocupadas en conocer el ambiente, buscar un sitio apropiado con un buen suministro de agua, elevación, ausencia de pantanos donde los mosquitos podrían criar, buena madera para la construcción y los muebles, y más de todo una población entre quienes trabajar. Encontré lo que buscaba en un punto cerca de Quirima, al lado de un camino recién construido por militares.

Los hombres me ayudaron a talar árboles y limpiar el terreno. Marcamos un rectángulo en la tierra que correspondía a las paredes exteriores de la casa y para indicar dónde cavar una zanja de 45 centímetros. Levantamos cuatro palos gruesos, cada uno con horcadura, en las cuatro esquinas y luego vigas para indicar la altura de las paredes. Hecho esto, caí con malaria severa. Yo me había mojado de un todo vez tras vez en la vegetación, y de noche los mosquitos abundaban. Estaba durmiendo en una sacocama sobre una arruma de paja en la choza africana.

Una mañana me desperté con fiebre alta y no podía levantarme. Llamé al capataz chokwe, le dije que estaba enfermo y que él debería llevar los hombres al bosque para talar la madera dura para las paredes, respetando los espacios que yo había marcado para las puertas y ventanas. Estuve en la choza por una semana. Cada mañana el muchacho cocinero entraba al amanecer, me despertaba, y desaparecía cuando le decía que no quería nada, dejándome solo hasta la noche. Al cabo de una semana la fiebre empezó a ceder y le pedí comprar y cocinar una gallina. Cuando me la trajo, comenté que faltaba la pechuga. Era la única parte que tenía verdadera carne. ¡Él respondió blandamente que había cortado el ave en pedacitos de tal manera que la pechuga estaba mezclada entre todas las otras piezas! El pícaro la había tomado para sí.

Cuando pude subir al sitio de la obra, todo parecía marchar bien. Las paredes habían sido levantadas y el esqueleto del techo estaba completo. Un par de días después, estaba empajado. Lo único que faltaba era revestir las paredes con arcilla espesa, dejar que se secara, y así yo tendría por lo menos cuatro paredes y un techo adonde llevar a Elizabeth.

La mañana después de que habíamos terminado de jaharrar las paredes, subí para un último vistazo a nuestra casita en el bosque. ¡Cuál no fue me asombro al darme cuenta de que estaba desviada de lo vertical en 45 centímetros por un lado y casi 60 por el otro! Mandé a buscar al capataz y le pregunté qué sucedió. Se encogió de hombros y respondió, kwiji, “¿Quién sabe?”

Tomé el azadón pesado y con él golpeé la base. El azadón pasó fácilmente debajo de los palos de la pared. Entonces el capataz me explicó que durante mi enfermedad los trabajadores habían cortado una cantidad de palos que resultaron ser demasiado cortos. Ellos pensaban que la solución más fácil sería llenar la zanja con tierra floja, de manera que cada palo alcanzaría la viga arriba. El resultado fue que, aparte de los cuatro esquineros, ¡toda la casa reposaba sobre tierra floja! Con la pesada arcilla pegada a las paredes, ellas no aguantaban el peso y, por supuesto, cedieron.

Una vez recuperado de mi susto, les dije a los hombres que yo no podía dejarlos y decir a la gente en Luma-Casai que había levantado una casa, pero se cayó antes de terminada. Mal humorados, respondieron que yo podía hacer lo que quería pero ellos iban a volver a sus hogares. Todos salvo cuatro recogieron sus pertinencias y se marcharon. Pero los cuatro fieles trabajaron a toda máquina. Escogimos otro sitio y nos aprovechamos en lo posible de los materiales usados en el primer intento. En tres semanas teníamos el armazón de una casita de tres piezas. Los aldeanos ayudaron con el techo y la capa final para las paredes.

Con esto, comencé mi caminata de diez días a Luma-Casai. La malaria me atacó varias veces en el camino y tuve que acostarme una vez que llegué al centro misionero. Afortu-nadamente la doctora Laura Jacobs estaba allí de visita. Ella había venido de Londres para trabajar como médico misionero en Rhodesia, pero estaba en una gira entre los centros misioneros en Angola. Encontró que la mayoría de los misioneros tenían lombrices. Muy pocos de sus hijos calzaban zapatos y por esto sufrían de lo mismo, como también muchos de sus padres que habían hecho adobes para la construcción, ya que manejaban la mezcla con sus manos. Todo el mundo fue examinado para la anquilosis, y los que resultaron positivos recibieron un tratamiento drástico a base de carbono tetra cloro.

La doctora prometió que yo estaría fuera de la cama a tiempo para las bodas en junio. Me dio varias dosis intensivas de quinina, pero tuve que quedarme en cama en Luma-Casai hasta ir a Boma para la boda.

El esquema era de celebrar la ceremonia civil en la administración portuguesa en Vila Luso. El administrador la realizaría en portugués conforme a la ley. Hecho esto, iríamos a Luma-Casai, una distancia de 150 kilómetros, en el Reo Speed Wagon del señor Maitland, donde la ceremonia religiosa sería celebrada en el idioma chokwe con los misioneros y los cristianos angoleños. El centro misionero más cercano a Vila Luso era Boma, adonde Elizabeth había ido para cumplir con el requisito de dos semanas de residencia previa. Yo la encontraría allí la mañana del evento.

Antes de dejar Luma-Casai para Boma, se nos informaron que tendríamos que ofrecer una fiesta nupcial para los africanos. Compré un buey de buen peso y el señor Olford ofreció beneficiarlo y cortar la carne. Lamentablemente el disparo no lo mató y el pobre animal dio la fuga por el valle con una muchedumbre de angoleños corriendo tras él con sus arcos y flechas. ¡Cuando cayó por fin, era como un alfiletero, con flechas sobresaliendo todas partes de su cuerpo! Mientras partían el animal el señor Olford tuvo que montar guardia con un fusil, pero aun así algunos hombres lograron robar pedazos que habían cortado con sus cuchillos. A veces los chokwes se vuelven medio locos por carne. Tienen una palabra especial para el hambre por carne, así como el hambre por sal.

Yo había pedido escrito a Gran Bretaña pidiendo ropa apropiada para las bodas, pero no llegó a tiempo. El doctor Barton, un hombre del doble de mi estatura, me obsequió un traje de tweed (lana), y una de las misioneras, aficionada a la costura, ofreció adaptarlo. Pero quedó muy obvio que ella no era costurera para varones. El resultado fue algo como una botella, casi o de un todo sin hombros. Entonces el señor Griffiths, quien sería mi testigo, me dio un cuello de lino, de seis centímetros de ancho. Me quedó tan grande que pude meter todo mi puño entre mi cuello y el collar. La señora de Gammon descubrió una corbata de seda en el fondo de un baúl. La primera vez que la puse, se partió en hilos. Los trópicos hacen desastres con las telas, y de todos modos poco se usan las corbatas en aquel ambiente. Mi apresto se completó con pesadas botas de campaña que habían sido usadas en la primera guerra mundial. Las compré de un colega misionero.

El ajuar de la novia había llegado a tiempo — un hermoso vestido blanco, zapatos de cuero blancos y todos los accesorios. Ella contaba con hasta un ramillete de auténticas flores de naranja de las matas en el huerto del señor Maitland.

Dos días antes de la ceremonia, la doctora concedió que me levantara para ir a Boma, llevado a través del bosque en un carrete de una sola rueda. Me dio una carta para Elizabeth. Llegué tarde en la noche antes de la boda. Los misioneros habían despachado un grupo a buscarme. Al abrir la carta, Elizabeth encontró que la doctora le había enviado una calurosa felicitación en la ocasión de nuestro matrimonio, pero con una adenda: “Lamento decirle que usted se está casando con este hombre para enterrarlo, ya que está lleno de malaria” (¡). Después de cuarenta años, el “moribundo” está aquí todavía, pero la noble hermana Jacobs fue a su reposo tiempo ha.

Temprano la mañana siguiente salimos en el Reo Speed Wagon del señor Maitland para las oficinas administrativas en Vila Luso. El cortejo consistió en los esposos Griffiths, los esposos Aiston, el señor Maitland, el novio y la novia, y unos jóvenes chokwes.

Cuando llegamos a la administración, el administrador portugués salió a recibirnos. Estaba vestido de chaqueta negra de frac, pantalones rayados, chaleco blanco y zapatos de charol. Su amplio corbatín ostentaba un diamante en el alfiler y él era de un diplomático consumado. Pero cuando vio el novio en su traje tan ordinario y botas de campaña, yo me di cuenta del susto en su rostro. En su confusión, por poco casó la novia con el testigo; sus anotaciones de nombres eran desordenadas. Pero de alguna manera se efectuó la ceremonia.

Debidamente felicitados por los funcionarios, emprendemos el viaje a Luma-Casai, donde la ceremonia religiosa estaba programada para las 4:00 p.m. Realizada ésta, deberíamos salir caminando en luna de miel al territorio songo.

Habíamos viajado por una hora cuando se perforó uno de los neumáticos. Nos desmontamos todos y cambiamos de neumático. Diez minutos más tarde, otro. Éste lo tuvimos que remendar. En el día se repitió la experiencia diez veces. Los neumáticos eran viejos y el lugar más cercano para obtener otros era los Estados Unidos. La última rotura fue de más de veinte centímetros. No nos quedaba material para remendarla; era las 8:00 de la noche; estábamos en la oscuridad; y faltaban unos cuarenta kilómetros para llegar a Luma-Casai. El señor Maitland decidió quitar el neumático y su cámara e intentar rodar sobre el rin. Pero con esto la rueda con sus aros de madera se volvió pedazos y no pudimos seguir la marcha.

Cabizbajos, prendimos una fogata y nos sentamos al lado del camino. Decidimos quedarnos así toda la noche y procurar llegar a Luma-Casai el día siguiente. Pero a más o menos las 2:00 de la madrugada vimos las luces de un vehículo en el horizonte. El señor Buchanan, un comerciante escocés que negociaba ganado en la zona de diamantes, nos encontró al lado de la vía y nos llevó al centro misionero. Llegamos a las 4:00 a.m.

Todo el mundo salió de sus camas y el desayuno nupcial comenzó al rayar el alba, la mayoría de las damas en sus trajes formales y su cabello en trenzas. En la tarde se efectuó la segunda ceremonia, en el idioma chokwe, en el salón de tapia, con el señor Louttit a cargo, siendo el misionero de mayor tiempo de servicio. Mwachiavwa, el cacique chokwe del poblado, firmó con una cruz, ya que no sabía leer ni escribir.

Para nuestro asombro, la secuela de las dos ceremonias realizadas en África fue que varios años más tarde, cuando fuimos por vez primera a Inglaterra como esposos, las autoridades británicas no nos reconocíamos para fines hereditarios como legalmente casados. Tuvimos que legalizar nuestra partida de matrimonio en Londres.

Los misioneros fueron muy bondadosos en darnos regalos de boda que eran útiles y prácticos. Nuestro viejo amigo, el señor Sanders en Bié, envió doce pequeños injertos: tres matas de limón, tres de naranjo, tres de mandarina y tres de toronja. Las raíces fueron envueltas en hojas de banano y se quedaron mojadas en la caminata de trece días al territorio songo. La primera cosa que hicimos al llegar fue sembrar aquellas matas. Al cabo de tres años empezaron a llevar fruto. Esto es una bendición en un país tropical, y especialmente en un campo pionero donde era problemático lograr una dieta variada.

El señor Buchanan, el comerciante, nos obsequió dos sillas hechas en casa de palo hacha, por demás pesadas. Cada una era carga para uno solo hombre, pero más adelante nos contentó poseerlas, porque todo mueble tenía que ser hecho a mano. Esto significaba talar los árboles y cortar la madera a mano con sierra con corte longitudinal.

Inmediatamente después de la ceremonia en Luma-Casai, comenzamos la marcha a Chitutu en el país songo. Todas nuestras pertinencias habían sido embaladas en cargas de 25 kilos y habíamos contratado portadores. Incluimos un saco de arroz como alimento y otro para siembra. Contamos también con un saco de harina, varias cargas de sal para el trueque y herramientas para explotar el bosque, las labores de carpintería y la jardinería.

El primer fin de semana lo pasamos en un punto agradable llamado Río Rojo. Por cuanto no había porqué apurarse, acampamos cada día a la 1:00 o las 2:00 y los hombres ocuparon el resto del día en la cacería. Los chokwes son expertos como cazadores y nunca volvieron al campo con las manos vacías. Cada tarde nos presentaron una pierna de venado junto con el hígado y los riñones. Sólo teníamos que cocinar unas pocas rebanadas para a cena, guardar otras para el desayuno y devolver las restantes a los hombres. Ellos despacharon todos los pedacitos cada noche.

Al cabo de trece días llegamos a nuestro destino. La pequeña casa de bahareque estaba en pie todavía. Por lo menos era un refugio, con cuatro paredes desnudas, techo de paja y piso de tierra. Poseíamos una carpa de 4 X 2 ½ metros. Los hombres nos ayudaron a levantarla y construyeron una enramada encima para protegerlo del sol. Para nuestra cama, cortaron cuatro palos, los metimos en la tierra, colocamos troncos encima como armazón y luego un colchón de cañabrava amarrada con tiras de bambú y corteza.

Les pagamos y ellos volvieron a Chokweland, dejándonos como una pareja de inocentes bosque adentro entre un pueblo de cuyo idioma no sabíamos una sola palabra. Afortunadamente había unos cuanto chokwes en la zona, y ellos estaban en contacto con los songos. Dormimos en la carpa por seis meses, mientras yo hice las puertas y ventanas para que la vivienda fuese habitable. También limpiamos la parcela de terreno y sembramos un huerto para contar con hortalizas para variar la dieta.

 

11   Obra pionera con dificultades

El área de Chititu, donde nos radicamos, es muy boscosa, con miles de hermosos árboles de madera dura fáciles de encontrar. No había restricción oficial en cuanto a la tala. La principal dificultad era la entera falta de mano de obra capacitada. La gente pensaba que era cosa humillante trabajar para un blanco, y aquellos que trabajaban lo hacían quizás por sólo dos horas y luego querían recibir su pago. Más adelante, llegaron de Bié unos señores ovimbundos quienes fueron de gran ayuda para cortar la madera, pero por buen tiempo tuve que hacerlo solo.

Mi primer error fue el de talar árboles vivos llenos de savia. Era trabajo agotador convertir los troncos en vigas con una azuela y aserrar la madera verde. Más tarde aprendí escoger árboles muertos o aquellos que habían sido alcanzados por rayos. Cavamos un foso, colocamos los troncos sobre la boca, marcamos las tablas con tiza y las cortamos longitudinalmente con sierra. En el fondo del pozo un muchacho africano del foso sostenía un extremo de la sierra y yo la manejaba desde arriba. Nuestros primeros intentos resultaron sólo cuñas, o quizás dos cuñas con un hueco entre ellas. Pero nos acostumbramos, y dentro de poco contamos con material para los marcos de las ventanas y tablas para los muebles.

La casita tenía sólo huecos para las ventanas y las puertas. Las esterillas de paja colocadas por adentro le daban cierta privacidad e impedían la entrada de merodeadores nocturnos. O por lo menos así pensábamos. Dormíamos en la carpa pero comíamos en la casa. Poco a poco adquirimos sillas, mesa y sofá, aunque después de un tiempo supimos que estaban infestados con piojos y chinches. Una noche me paré de la cama en la carpa, fui sigilosamente a la casa, aparté a un lado la esterilla, ¡y encontré a un africano dormido en el suelo con dos cojines como almohadas! Él no sentía ninguna pena y explicó que simplemente tenía frío, y por tener además dolor de cabeza, decidió valerse de los cojines. No lo había hecho antes y no lo haría más.

Uno de nuestros primeros problemas fue encontrar un buen suministro de agua para la construcción. Cargábamos toda nuestra agua en calabazas desde una cañada profunda, por un barranco empinado, y la depositamos en una bañera de lata. Cavamos media docena de pozos en puntos apropiados del terreno plano pero todos se secaron en la estación de sequía.

Uno de los pozos se llenaba del agua que fluía de una abertura en la caliza. Esto, pensé, sería excelente para el agua potable y para la cocina. Aquella tarde llevé a mi esposa para conocer el sitio. Al acercarme, vi algo negro que subía y bajaba en el hoyo. Era una africana bañándose, ¡pensando que se había cavado el foso para esto! No es sorprendente que los misioneros se enfermen de disentería o de tifoidea, y que sea preciso hervir cada gota de agua. Nunca se la botaba; aun el agua para bañarse se usaba para hacer ladrillos. Hasta el sol de hoy me molesta ver que alguien abra el grifo y deje que el precioso líquido corra por el desagüe.

Los ladrillos se fabricaban de una mezcla de tierra roja y de la arena de hormiguero. Los hormigueros, algunos de ellos de hasta cuatro metros de altura, se encuentran en toda África Central. Su arcilla es dura y fuerte. Al principio trabajamos con ladrillos secados al sol, pero más adelante construimos hornos para el secado. Cuando construimos nuestra primera aula de escuela, una cuadrilla de hombres y muchachos cavaban la arcilla del hormiguero y las mujeres la traían en calabazas para vaciarla en los hoyos. Los varones mezclaban la arcilla y el agua con los pies. Los ladrillos se secaban al sol.

Un día mandé a un joven de dieciséis años a cavar al pie de un hormiguero. Al volver, encontré que estaba cavando justamente en la base de la futura construcción. Cuando le mandé a volver al hormiguero, él se molestó conmigo protestando que la tierra allí era demasiado dura. Le dije que se marchara a casa si no quería obedecer órdenes. El joven tenía un cuchillo grande en el cinturón; lo sacó enseguida y me atacó. Logré agarrar su muñeca y forzar su mano con su cuchillo sobre mi cabeza; arrancándole el cuchillo de la mano, lo tiré al monte. Recogí un palo y le di una paliza. Le obligué a recoger el azadón, volver al hormiguero y trabajar el resto de la jornada. Luego le di su pago y le dije que no quería ver su rostro más nunca. La mañana siguiente los ancianos del pueblo se presentaron en grupo y me dieron las gracias por haber castigado al muchacho.

“Pero”, dijeron, “no lo despache; oblíguele a trabajar y a obedecer”. El mozo no me dio más problemas. Tiempo después fue salvo y muchos años más tarde resultó ser uno de los ancianos más cumplidos que hayamos tenido en la iglesia.

Encontramos bastante dificultad para conseguir trabajadores. Cada mañana teníamos que ir al pueblo más cercano y recoger gente. Generalmente era las 9:00 cuando podíamos empezar la jornada, y más o menos a las 11:00 protestaban que estaban cansados y querían su pago. Pasó mucho tiempo antes de poder establecer una suerte de rutina y lograr algo de consecuencia. En cuanto a la puntualidad, parecía cosa imposible. El único reloj que conocían era el sol. Hacían un reloj solar de un palito o una paja y lo metían en un terrón duro. No trabajaban en la tarde. Cuando no los estábamos observando, no trabajaban. En sus propias siembras ellos trabajaban duro, pero era otra cosa trabajar para un blanco.

No sé qué hubiéramos hecho en las primeras décadas sin la cuerda de corteza. Es la blanda corteza interior de ciertos árboles, cortada en tiras que se emplean de mil maneras. Servía para amarrar las cargas, fijar la paja en los techos, hacer esterillas y aun como tela para la ropa. Esta corteza blanda se martillaba con un mazo para formar un material utilizado como una faja o una cubierta. Una vez vi a un hombre en Chilonda vestido de saco, pantalón y corbata de ese producto. También se emplea para envolver el cadáver a ser sepultado. En nuestras construcciones, utilizamos literalmente centenares de bultos de corteza al techar con paja y también como esteras sobre los pisos de tierra.

Fue en ese entonces que tuve mi primera experiencia con un hechicero. Un día, terminadas las labores, me di cuenta de que faltaban algunos azadones y hachas. Y el día siguiente, más. Era evidente que alguien nos estaba robando. Anuncié que nadie iba a recibir su sueldo hasta que aparecieran los azadones. Estaban trabajando con nosotros gente de dos tribus, los chokwe y los songos. Después de mi ultimátum, los chokwe acusaron a los songos y los songos a los chokwes.

Por fin se llamó a un hechicero para resolver la disputa. Su método de encontrar al culpable fue administrar la prueba de adversidad a varios líderes en ambas bandas. El que fuera culpable moriría y el inocente debería tragar el veneno. Todo esto, por supuesto, se hizo en el monte y sin el conocimiento nuestro. Nos habíamos acostado por media hora de siesta, cuando un hombre entró sigilosamente para anunciar que un hechicero estaba administrando un veneno a nuestros trabajadores a corta distancia de la casa.

Corrí al sitio y encontré la gente sentada en círculo, los chokwes por un lado y los songos por el otro. El hechicero estaba en el medio con su parafernalia colocada en el suelo. Tenía una piel de cabra sobre el hombro, y me supuse que en ella su mwaji, o veneno. Exigí que me mostrara qué contenía el saco, pero rehusó, diciendo que no había nada sino su pipa y su dinero. Intenté quitarle el saco y me agarró por el cuello con las dos manos. Forcejamos por un rato, pero él era mucho más fuerte que yo y por fin tuve que soltarlo. Él recogió sus pertinencias y desapareció en el bosque. Si yo no hubiera intervenido, hubiéramos enfrentado un problema con unos difuntos. Este no fue el último encuentro con aquel hechicero, pero eso es otra historia.

El tobo de cinco galones para gasolina o kerosén era un artículo de múltiples usos en la construcción era Desde luego, no teníamos energía eléctrica. Para el alumbrado usábamos la antigua lámpara de kerosén. Dos de aquellos tobos en una caja de madera eran la carga para un hombre. Se compraban al final del ferrocarril en Malange, a 320 kilómetros de distancia. Esterilizadas las latas, servían para llevar agua y guardar alimentos. Guardaban más y duraban más que las calabazas que los angoleños usaban.

No sólo los peroles eran útiles; las cajas de madera también se usaban como muebles mientras tanto. Dos de ellas, boca abajo con un par de cubiertas encima, funcionaban como nuestro primer seibó. Aun los clavos de las tapas se guardaban cuidadosamente para uso futuro. En nuestro pequeño comedor, dos de esas cajas, colocadas sobre troncos para no tener contacto con  de tierra, estaban revestidas de cretona debido a la termita, y por encima, una máquina de coser que se operaba a pulso.

Un día yo estaba acostado con malaria y mi esposa comía sola a la mesa. Un gato que habíamos traído de Luma-Casai empezó a bufar ante algo que estaba detrás de las cajas. Con cada bufo, salían dos colmillos de una serpiente, lista para el ataque. Un mozo indígena que estaba en la puerta corrió a buscar su arco con flechas. Cuando volvió, levantó la máquina de coser y la primera caja. Pero la culebra estaba debajo de la segunda y, temiendo por sus piernas, el mozo no quería tocarla. Pero se quedó listo, en espera, mientras Elizabeth levantaba la caja. Inmediatamente que la serpiente alzó la cabeza para atacar, voló la flecha, quitando la cabeza con ese solo intento. El muchacho usó una flecha con punta de acero en forma de media luna, aguda como una hojilla. Los chokwes son un tiro fijo con arco y flechas.

No lejos de la casa que estábamos construyendo había un poblado chokwe. Sambaiyita, el cacique, había sido un soldado en el ejército portugués en los tiempos de la ocupación del país. En aquel entonces él cometió muchos crímenes contra su propio pueblo, y por esto se odiaba y temía mucho. No le conocíamos en ese entonces pero sabíamos que tenía quince esposas y estaba constantemente despachando una y casándose con otra. Su madre era una anciana simpática. Cuando falleció ella fue enterrada debajo del piso de su choza en el centro del poblado.

La mayoría de nuestros trabajadores eran de ese pueblito y entre ellos había uno de nombre Somanguli. Había sido acusado de hechicería en otra parte y se huyó a Sambaiyita para refugio. Un día me vio tumbando un árbol con un hacha del tipo propio del país. Me la quitó de la mano y dijo, “Usted agarra eso como lo hace una mujer. ¡Deje que le enseñe cómo usarla!” Los chokwes son directos y francos en lo que dicen. Otro día encontró a mi señora sembrando flores frente a la casa, y le preguntó, “¿Qué son?” Al informarse que eran flores para darle mejor aspecto al lugar, preguntó, “¿Se comen?” Al saber que no, su rostro se tornó inexplicablemente triste. Más tarde murió envenenado por sus enemigos.

Otro que pasaba todos los días era Siamavuloka. Él ostentaba una barba amplia y se distinguía por su porte. Dos de sus hijos, muchachos simpáticos, trabajaban por nosotros. Día tras día teníamos el problema de la ratería y un día encontré al menor de ellos hurtando algo de la casa. Mandé a buscar al papá, le conté lo sucedido y le pedí castigar al hijo para que aprendiera a no hurtar. Él me respondió, “¿Golpear a mi propia carne y sangre? ¡No, señor!” Ellos nunca castigan a los hijos. Cuando le insistí, agarró al muchacho por el pelo y lo golpeó en el cuello con el puño. Mi primera impresión fue que le había partido el cuello. Recogí la vara y le di al padre una lección en cómo usarla en el lugar para donde fue diseñada. No teníamos mucho tiempo en ese lugar cuando el anciano vino a decirme que una de sus esposas se había dado a la fuga. Al averiguar, supe que la “esposa” tenía sólo unos nueve años. No era nada agradable saber que la gente practicaba el matrimonio de menores además de la poligamia.

Un muchacho del pueblito ayudaba a mi señora en la cocina. Al principio cocinábamos sobre el fuego al aire libre y horneábamos el pan en el patio en un hoyo, refractado de cenizas al rojo vivo. Más tarde contamos con una cocina para leña, marca McClary, enviada de Canadá. Esto era “una maravilla de siete días” cuando llegó. La gente traía sus amigos para ver el fuego en el cajón de hierro, y cómo subía el humo por la chimenea en vez de teñir toda la casa.

Cuando mandábamos al muchacho a buscar un tenedor o una cuchara, la traía pasándola entre sus dedos o frotando su camisa con ella. Costó mucho tiempo meter en su cabeza un poco del sentido de la limpieza, y aun hoy día es mejor no averiguar mucho acerca de lo que sucede en la cocina. Un día cuando entré de repente en la cocina, lo encontré con los dedos en el pote de leche condensada.

Además de construir, en aquellos días sembramos una huerta, pero qué poco estábamos conscientes de los problemas que íbamos a enfrentar para obtener algo de ella. Era necesario importar las semillas por correo de Johannesburg, lo que significaba una espera de más de tres meses. Casi lo único que los africanos ofrecían en venta eran los tomates agrios. Los comíamos tan a menudo que todavía sufro al ver un tomate, por bueno que sea. No había lechuga, ni repollo, ni zanahoria ni coliflor, y la fruta fresca era desconocida para el angoleño.

Nuestro primer problema fue con los monos y los babuinos. La colina elevada donde vivíamos estaba dividida en cañadas profundas cubiertas de maleza espesa, un hogar ideal para los babuinos. Tan pronto se maduraba el maíz, ellos se presentaban temprano en la mañana o tarde en la tarde. En cinco minutos podían destruir la labor de semanas. La única manera de quitarlos era dispararles cada vez que aparecieran. Los he visto a los babuinos cargar a un herido de los suyos de la misma manera que haría un equipo de paramédicos. Los cochinos monteses también dieron qué hacer. Suelen operar de noche. Los africanos siempre montaban guarda de noche, porque de otra manera hubieran perdieron sus cosechas de un todo.

Pero nuestro principal enemigo era la langosta montés. Aparecieron dos años seguidos. Al principio los angoleños estaban contentos porque eran pocas y son buenas para comérselas. La gente les arrancaba las patas y comía los cuerpos. Era una manera fácil para conseguir condimento para la papilla de yuca. Pero esos eran sólo los scouts para la nube, reconociendo el territorio. Cuando llegaron los enjambres en millones increíbles, oscurecieron la luz del sol. Al atardecer aterrizaron en el verdeante bosque y en los campos, consumieron vorazmente todo lo verde, comiendo aun la corteza de los árboles inmaduros, dejando atrás muerte, destrucción y hambre.

Miles de africanos murieron de hambre. Intentamos salvar el mayor número posible. Despachamos hombres a Bié, seis días distante en el oeste, a comprar alimentos, utilizando para este fin todos los fondos que teníamos a nuestro alcance. Pero había hambre en Bié también y los precios para el maíz disponible eran elevados. Muchas veces se trajeron a nuestra puerta niños que no eran más que esqueletos con piel tendida encima. Nuestros esfuerzos fueron poquísimos en comparación con el desastre.

Antes de alejarse las langostas, dejaron sus huevos en la arena o en la tierra blanda, justamente debajo de la superficie. Los sacos de huevos eran muy similares a la cáscara de maní, juntados ordenadamente, cincuenta o sesenta juntos, amarrados por una sustancia pegajosa, tenaz y preservativa. Cada hembra dejaba trescientos o más huevos. El gobierno hizo lo que pudo para animar a la gente a excavar estos sacos y llevarlos al fortín de la localidad para incinerarlos. Llevamos literalmente toneladas de esa repugnancia al funcionario administrativo, para su destrucción. Los angoleños dicen que las langostas vienen en ciclos cada treinta años y siempre del norte.

 

12    El evangelio en las minas diamantíferas

 

En 1926-1927 acontecieron eventos en Bié, a 320 kilómetros al oeste, que tendrían repercusiones amplias en otra parte de Angola. Cierta tarde un grupo de unos cuantos ovimbundus, a cargo de soldados indígenas, pasó frente a nuestra casa y acampó al otro lado de la colina. Me sorprendió ver que cada uno portaba un Nuevo Testamento y un himnario en umbundu. Después del atardecer ellos cantaron y oraron en torno a las fogatas.

 

Habían venido de Bailundu, en Bié, e iban a los recién descubiertos campos de diamantes en el distrito Lunda en el noreste de Angola. La mayoría eran hombres inteligentes, de un tipo superior que podían leer y escribir, y casi todos profesaban fe en Cristo.

Me contaron que un cierto doctor Ross, profesor de sociología de América, había visitado su misión en Bailundu, y posteriormente elaboró un informe para la Liga de Naciones en Ginebra acerca de las condiciones laborales insatisfactorias en Angola, y que además había visto a mujeres y niños obligados a trabajar en los caminos sin ningún pago y sin raciones de comer. Como represalia, un funcionario había reclutado a estos hombres y los que había obligado a trabajar en los campos diamantíferos. El objetivo era golpear o destruir la obra en Bailundu, esparciéndolos y despachándolos a trabajar a 1800 kilómetros de sus hogares.

Aquella noche leí con ellos en Hechos de los Apóstoles los pasajes que describen la persecución que surgió después de la muerte de Esteban, y cómo el esparcimiento de los discípulos resultó en la penetración del evangelio en otros lugares. Pasamos un feliz rato de comunión alrededor de las fogatas y el día siguiente ellos siguieron su camino.

La historia del comienzo y el desarrollo de la obra indígena en los campos de Lunda es un ejemplo emocionante de cómo obra Dios. Se remonta a 1913, cuando un ingeniero de los Estados Unidos se enfermó y recibió tratamiento médico de los señores Maitland y Taylor. Él descubrió diamantes en la zona de Lunda y un tiempo después comenzó la explotación. A lo largo de diez años se oraba continuamente para que fuera abierta una puerta, de manera que los misioneros entraran en Lunda con el evangelio.

Se oían informes parcos de bendición, pero no fue hasta 1931, cuando el señor Maitland obtuvo permiso del gobernador del distrito para visitar las minas, que se divulgó el verdadero alcance de la obra. El señor Maitland era aficionado a la odontología. Cuando el gobernador tuvo problemas dentales, mandó por él. Con el gobernador en la silla dental, Maitland pidió permiso para visitar las minas, ¡y le fue concedido de buena gana!

Cuando Maitland y Louttit entraron al área diamantífera, esperaban realizar una evangelización pionera, pero grande fue su sorpresa al encontrar pequeños grupos de cristianos saliendo de diversas partes con obsequios de arroz, papilla, gallinas, huevos y hasta de un chivo. En las reuniones al amanecer se quemaron los fetiches. Aproximadamente trescientas personas profesaron fe en Cristo y treinta y tres creyentes fueron bautizados en uno de los brazos de un río poblado de cocodrilos. La trocha al bautisterio fue un camino que pertenecía a los hipopótamos de juncos y caña brava de casi cuatro metros.

Los creyentes se reunían en cabañas de bajareque que ellos mismos habían construido. Al amanecer oraban, cantaban alabanza y leían la palabra, y después del atardecer celebraban un culto de evangelización. Cada centro era una especie de sala de máquinas para la predicación. Con esta expansión hubo a la par el desarrollo del don de evangelizar y pastorear; se levantaron líderes para cuidar y guiar la obra.

Aquel día en 1927 que vimos a ese patético grupo de presos marchar hacia los campos diamantíferos, poco concepto teníamos de cuál sería el resultado dentro de diez años. A veces el diablo sobrepasa.

No se ha permitido que un misionero extranjero resida en la zona de los diamantes. A veces a algunos misioneros de Chokweland y Saurimo se les ha permitido entrar y visitar los cristianos africanos, pero la obra ha sido netamente indígena desde su inicio. Continúa y se expande. Las estadísticas pueden ser peligrosas y erradas, pero podemos decir que la apertura y el progreso en los campos de diamantes en Lunda es un ejemplo clásico del hecho histórico que la persecución fomenta el desarrollo de una obra.

 

13      Más estudio de idiomas

 

Al llegar a vivir entre el pueblo songo, una primera necesidad era aprender su idioma. Nunca se había dado forma escrita a ese dialecto, pero yo tenía cierta habilidad en el portugués, el umbundu y el chokwe, y esto me ayudaba a relacionarme con los songos y aprender algo de su modo de hablar.

Cierto día llegó un hombre a la puerta de la carpa donde dormíamos provisionalmente mientras se construía la casa. Era casi ciego y estaba casi desnudo; vestía sólo una piel de mono. Pero era avispado e inteligente; su propio idioma era el songo y hablaba también umbundu y chokwe. En el curso de la conversación salió que en un tiempo estaba en el ejército colonial portugués y hablaba un portugués tolerable. Aquí teníamos el contacto que buscábamos para aprender el songo, hecho a la medida. Él no leía ni escribía, no sabía la diferencia entre un sustantivo y un verbo, pero era amistoso y conversador nato. Su esposa era una mujer chiquitica con un elegante tocado forrado en barro rojo y aceite de castor. Parecía una muñequita. El nombre de mi amigo era Mukishi. Arreglé con él para que viniera todos los días para ayudarme a aprender su idioma.

Yo tenía un cuaderno de argollas rayado en cuatro columnas paralelas. La primera era para el vocabulario básico del inglés, la segunda para su equivalente en umbundu, la tercera chokwe y la última songo, el dialecto que queríamos aprender. Mukishi venía a la carpa cada día, y más tarde a la casa, y pasaba una hora conmigo. Generalmente le hablaba en umbundu y poco a poco, con dificultad, cubrí mi vocabulario básico, anotando quizás diez palabras cada día.

En umbundu la palabra para ‘hombre’ es ukume, en chokwe es lunga, y una vez explicada la palabra en los dos idiomas, yo le preguntaría qué era en songo. Él respondería, “En nuestro idioma es mu-ya-la, muyala”. Con esto pude anotarla en mi libreta, y entonces proceder a la próxima palabra — ‘mujer’.

“En umbundu es ukai, en chokwe es pwo; ahora, ¿qué es en songo?” Él respondía, “¡mu-ke-tu, muketu!”

Con el correr del tiempo nos metimos en aguas más profundas, y cometía errores tontos. La llave de oro para aprender un idioma que no tiene forma escrita es la frase, “¿Qué es esto?” En songo es ¿Esi sika? Mukushi ha debido hacer a sus amigos reír bastante alrededor del fuego en su pueblo al relatar historias de los esfuerzos torpes del blanco para aprender su dialecto. Pero frente a mí él era la esencia de los buenos modales y la paciencia.

Después del vocabulario, por supuesto, uno tenía que aprender y sistematizar la gramática. Hay diez o doce formas diferentes del verbo, ordenados hermosamente, de manera que uno puede saber el tiempo exacto cuándo una acción tiene lugar por la forma verbal que se emplea.

Después de un tiempo yo contaba con suficiente material para intentar una traducción del Evangelio según Marcos al songo, y luego el de Juan, con la ayuda y revisión de angoleños inteligentes.

Las varias sociedades bíblicas desempeñan una labor excelente al ayudar a los misioneros en la empresa difícil de poner la Biblia en las manos del pueblo africano. En nuestros primeros intentos de traducir, nos fueron de gran ayuda las listas de palabras del Nuevo Testamento que la American Bible Society distribuía libremente. Cuando les envié el Evangelio según Juan, aunque sus expertos desconocían el songo, me quedé asombrado ante la certeza de sus críticas. Sus sugerencias para mejoras eran de valor inestimable. El doctor Eugene Nida, su secretario para traducciones, ha hecho una labor loable al ayudar de esta manera a muchos traductores pioneros.

El arreglo entre el traductor misionero y la sociedad bíblica es como sigue: El misionero hace la traducción, usualmente con la ayuda de nativos competentes. El manuscrito se envía a la sociedad bíblica, donde es sometido al cuidadoso escrutinio de expertos con el fin de asegurarse que es una traducción fiel y competente de las Escrituras al idioma del pueblo. La sociedad imprime los libros y los envía al misionero en el campo, indicándole cuánto fue el costo de los libros. El misionero vende los libros al pueblo a un precio que ellos pueden sufragar, muchas veces por debajo del costo. Entonces el misionero remite el producto de las ventas a la sociedad bíblica. Es evidente que la sociedad no es un entre con fines de lucro y no pocas veces se incurre en pérdidas. Su gran objetivo es poner la Palabra de Dios, sin anotación o comentario, en las manos del pueblo, y por esta razón merece la ayuda práctica y el apoyo de todos aquellos que conocen al Señor y aman la Biblia.

Una auténtica dificultad en aprender un idioma, si no ha sido estabilizado por haber sido codificado por escrito, es el hecho de que existen varios dialectos o variaciones de un mismo idioma en un área relativamente reducida, y éstos están cambiando continuamente. Hay tantos argumentos entre africanos acerca de la pronunciación de ciertas palabras como entre el americano, el inglés y el escocés. También hay diferencias de sentido entre un distrito y otro. Una palabra puede usarse apropiadamente en un distrito pero ser obscena en otro. Esto quiere decir que el traductor debe proceder con cautela e intentar escoger sus vocablos para se adapten al área más amplia posible. Este es el peligro de una traducción hecha por una sola persona, o por un individuo que no ha tenido una amplia experiencia entre el pueblo con quienes trabaja.

Todo esto quiere decir que el estudio de un idioma es una obra de toda la vida. El extranjero encuentra que se le presentan constantemente nuevas palabras, expresiones idiomáticas y frases. Pero ninguna labor da más satisfacción que poder dar la Palabra de vida al pueblo en un idioma que ellos comprenden. Con el auge de la alfabetización y la disminución del papel del misionero extranjero en África, se hace más y más importante que el pueblo cuente con la palabra de Dios en su propia lengua.

 

14    La predicación de la Palabra

 

Cuando al principio fuimos a vivir entre los songos en 1927, no había un solo cristiano profesante en la tribu. En aquel entonces había varios pueblos chokwes en el área de Chitutu y nuestros primeros contactos amistosos fueron con ellos. Comenzamos con los niños y jóvenes. Los mayores eran paganos endurecidos, bebedores empedernidos y sumamente supersticiosos.

Enseñamos a los niños versículos de la Biblia y coros sencillos, que eran más que todo palabras de las Escrituras adaptadas a la música de algún himno. Había una canción popular que las mujeres entonaban en unísono al machacar el maíz en un mortero. Adaptamos palabras a la música y enseñamos a los chicos a cantar:
Si oyes las palabras, ponlas en tu corazón;
si oyes las palabras, ponlas en tu corazón;
si oyes las palabras de Jesús,
deja que tu corazón se acuerde de ellas.
La transgresión siempre trae problemas,
¡el pecado siempre trae la muerte!

Es fácil recordar el texto y la música, tanto en chokwe como en songo. La gente es muy musical y es hermoso escuchar cómo armonizan por naturaleza.

Dos veces al día, seis días a la semana, celebramos una reunión informal con la gente que venía a trabajar por nosotros, y tres veces cada domingo para todos los que aceptaban acudir. A veces, después de un trago de cerveza y un baile que duraba toda la noche a la luz de la luna, la congregación estaba borracha y dormía en la mayor parte del culto.

En lugar de una prédica formal, optamos por preguntas y respuestas: “¿Qué es su nombre para Dios?” preguntaba yo. “Le llamamos Zambi” contestaban ellos. Pero uno más atrevido que los otros comentaría: “Pues, Él creó todas las cosas, el sol, la luna y la tierra, e hizo la gente también”.

“¿Ustedes oran a veces a Zambi?” “Oh, no, nunca oramos a Él. Oramos a los espíritus de nuestros antepasados difuntos”. “¿Y por qué no oran a Zambi, si Él es el creador y el todopoderoso?” Y, con cierto recelo, “Sabemos que Él está enojado y hoy día no quiere hablar con la gente”.

“¿Y por qué está enojado?” “Pues, usted ve, nuestros antepasados desobedecieron sus leyes y mataron a su mensajero. Por esto Él se ha alejado y no sabemos más acerca de Él”.

Los africanos primitivos tienen un folklore y tradiciones que parecen ser formas corruptas de la verdad conocida a sus antepasados. Esto brinda una oportunidad para abrir la Biblia y leer acerca de la creación, la caída a causa del pecado, cómo Dios envió a su único Hijo para redimir al hombre caído a morir por sus pecados, y el mensaje de la reconciliación a Dios por arrepentimiento y fe en Él. Estas grandes verdades se explican en un lenguaje por demás sencillo, y el pueblo comenta, “Chamwenemwene, chamwenemwene, Cierto de veras”, pero una cosa es lograr que confiesen la veracidad del mensaje, y otra cosa es lograr que renuncien su pecado.

Al final del servicio, cuando pedíamos que cerraran los ojos mientras orábamos a Dios, ellos negaban rotundamente y algunos salían corriendo. Pensaban que íbamos a hacerles algo raro cuando tenían los ojos cerrados.

A menudo se ha preguntado qué métodos usábamos al tratar con gente que nunca había oído el mensaje del evangelio ni tenido alguna relación con los misioneros. Por lo regular intentábamos averiguar todo lo que sabían acerca de Dios. Luego, construyendo sobre esa base, procurábamos hacer ver que Dios se ha revelado en sus obras en la naturaleza, y en las palabras de la Biblia, y finalmente en su Hijo, nuestro Salvador, Jesucristo.

El africano pagano no es ateo ni politeísta. Cree en un gran invisible Dios, el creador y sustentador de todas las cosas. Todos los idiomas y dialectos bantús tienen un nombre para Dios, pero la gente no le conoce ni le adora. No le representan en ninguna forma visible. Sus imágenes e ídolos son representaciones de los espíritus de personas que han muerto.

Hay una tradición que Dios creó todas las cosas, pero que el hombre le ofendió y por esto Él no se comunica ahora con la raza humana. Por esto no tienen otro recurso cuando atribulados que los espíritus de sus antepasados, y es a ellos que oran. Hacen una imagen llamada una kaponya. Cuando un chokwe desea orar, se dobla ante la imagen, bata las manos y dice, “Ivwa kaka, Escuche, mi abuelo”. Lo repite varias veces. Luego reza, Twa fwa ni Kongo, mbinga ya makwoka, literalmente “Morimos con Kongo, el cuerno (poder) está roto”.

Él explica su rezo enigmático de esta manera: En cierta ocasión Dios deseaba enseñar a los hombres, así que envió a Kongo. Parece ser un celestial en la forma de un antílope. Habiendo inquirido acerca del camino, y guiado por el sol, la luna y las estrellas, él llegó en las esferas superiores y un pájaro le mostró el camino a la tierra. Vio una senda en el monte y, al tomarla, se encontró en un campo donde una mujer estaba pilando maíz. La mujer se emocionó tanto ante lo que pensaba era un antílope que ella corrió en busca de su marido. Él cogió el palo y con un solo golpe mató a Kongo. Llamaron a la gente del pueblo, y aquella noche cocinaron a Kongo y celebraron una fiesta.

Después de cierto tiempo Dios vino en busca de Kongo, ya que sabía que estaba muerto. Primeramente acusó al sol, pero el sol protestó que era inocente, y para probarlo dijo que se levantaría la mañana siguiente. El sol se levantó como de costumbre y quedó absuelto. Lo mismo sucedió con la luna y las estrellas, y ellas también fueron absueltas de la muerte de Kongo. Finalmente Dios acusó al hombre, pero el hombre negó toda culpabilidad por la muerte de Kongo. Dios le dijo, “Lo voy a matar, y si es inocente, usted volverá a vida de inmediato”. Con esto Dios lo mató de un solo golpe y la gente se congregó a ver qué iba a suceder. Pasaron los días y un cadáver pudriéndose fue la prueba para todo el mundo que el hombre era culpable de la muerte del maestro que Dios había enviado. Desde aquello Dios se ha alejado del hombre y lo ha abandonado a su suerte. (Los songos tienen una versión ligeramente diferente de esta historia, pero en esencia es la misma).

Habiendo repetido su confesión acerca de la muerte de Kongo, el pagano, sea chokwe o songo, pide lo que desea. Él cree que el espíritu representado por la imagen oye su oración y puede responder con traer o bien o mal. En realidad es una forma del espiritismo, o la adoración a los demonios.

Un gran número de las creencias y tradiciones del pueblo bantú parecen dejar entrever una corrupción de la luz primitiva que tenían en un pasado oscuro. Hay poco duda de que en alguna época de su historia sus antepasados tenían contacto con pueblos semíticos. Por ejemplo, su lenguaje tiene ciertas formas verbales e idiomáticas que guardan afinidad con el hebreo. Hay también el rito de la circuncisión que se practica extensamente. Un varón no circuncidado sería aislado o aun cortado de la tribu. La prueba por adversidad parece ser una corrupción de la prueba por celos en Números 5.11 al 31. En ciertos casos, después de la muerte de su esposo, una mujer pasa por un rito de purificación que es idéntico con el bautismo por inmersión y tiene un sentido similar. Ellos tienen una versión corrompida de la torre de Babel.

Todo esto es ilustración de la verdad de la descripción del mundo pagano en Romanos 1.19 al 32: “Lo que de Dios se conoce les es manifiesto … pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios … y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia”.

Esto fue el trasfondo que nos enfrentaba al comenzar nuestra labor. La poligamia, el matrimonio de menores, la hechicería, el miedo, la superstición, la borrachera, el tamboreo nocturno, las danzas a la luz de la luna, y el llanto desesperado y espeluznante cuando alguien moría: este fue el ambiente en que vivimos.

Al principio no teníamos una sala de reunión y de todos modos la gente tenía miedo para acercarse. Celebramos nuestros servicios para los trabajadores en la sombra de los árboles. Dos métodos efectivos para vencer el prejuicio eran la escuela para jóvenes y el cuidado de los enfermos. Ambos comenzaron de maneras simples y rudimentales, pero fueron organizados y desarrollados más tarde.

Un día una anciana vino y presentó la mano con la rogativa, “Ngana, ¿puede ayudarme?” Uno de los dedos estaba machucado y podrido, con el hueso a la vista hasta el segundo nudillo. No había alternativa sino amputarlo. Fui a la carpa y pregunté a mi esposa, quien había trabajado en una clínica de maternidad por un año como preparación para una carrera misionera, si ella estaría dispuesta a hacerlo, pero declinó. No teníamos instrumentos de cirugía ni anestesia de ninguna clase. El médico más cercano estaba a 320 kilómetros, ¡y para llegar allí uno tendría que caminar! Esterilicé una hojilla; la pobre extendió la mano y miró a un lado. No se estremeció ni murmuró mientras quité el dedo en el nudillo y preparé un pequeña cubierta de piel sana, la doblé y envolví todo en una venda. La herida se curó bien y ella con su familia llegaron a ser muy buenos amigos nuestros.

Por supuesto estábamos muy opuestos al esquema africano del matrimonio de niños y a ciertas sociedades secretas, donde niños de ambos sexos a una edad influenciable eran instruidos en prácticas inmorales como una iniciación. Para contrarrestar nuestra desaprobación, los ancianos les contaron a los niños cuentos grotescos acerca de nosotros, como por ejemplo que le habíamos cortado la cabeza a un indígena y la teníamos guardado debajo del lugar donde predicábamos, y que nuestra práctica era extraer los ojos de los niños negros para hacer medicina con ellos. El resultado fue que, al entrar en una pueblito songo, los niños corrían allá para acá, y veíamos solamente unas cuantas piernas desapareciendo en la hierba.

La primera persona que confesó públicamente a Cristo como Salvador fue una joven coja llamada Mahako. Cuando niña ella había sido vendida como esclava en un lugar muy lejano. La madre murió de viaje a Bié y la niña fue metida a juro dentro de una larga, estrecha cesta y llevada por encima de la carga. Como consecuencia tenía las piernas torcidas y era jorobada. Asistió con regularidad a nuestras reuniones, aprendió los coros y absorbió la Palabra. El amor de Dios, al enviar a su Hijo a morir por ella, tocó su corazón. Cuando informó a los ancianos del pueblo que había decidido ser cristiana, ellos la castigaron con azote y amenazaban con quitarle la vida. Pero su firmeza fue un ejemplo a otros, con el resultado que varios de los jóvenes asistieron a la escuela y los cultos, y ellos también llegaron a ser cristianos.

La vida de Mahoka, y aun su apariencia personal, cambiaron de un todo. Como consecuencia de la crueldad a la cual había sido sujetada como niña, ella era caradura con una lengua sarcástica, pero la gracia de Dios cambió todo eso. Más adelante se casó con un hombre llamado Kapiha, quien también había sido un esclavo y cuya vida también había sido cambiado por el evangelio. Él era un pastor y en diversas ocasiones había arriesgado la vida al defender el ganado contra los leones, con nada más que una lanza. Más tarde fue reclutado y obligado a trabajar en las minas diamantíferas, donde murió cuando un capataz lo golpeó con martillo, de manera que Mahoka se quedó viuda.

Cuando nuestra casa en Chitutu estaba en construcción, un buen mozo de la etnia chokwe vino en busca de empleo. Se llamaba Chiteta. Su esposa, Chambishi, le acompañó y ellos construyeron una choza de paja cerca de nosotros. Él era empajador de primera y me ayudó a cubrir nuestro techo con una hierba fina de pasto. Día tras día asistió a las reuniones evangelísticas a las 6:00 a.m. y las 7:00 p.m. Pronto se percibía que estaba preocupado por su pasado, y después de un tiempo nos informó que quería ser cristiano.

Era la costumbre que cualquiera que quería renunciar su pasado pagano, y aceptar a Cristo como Salvador y Señor, se parara públicamente en un culto al decirlo ante sus prójimos. Tanto Chiteta como su esposa lo hicieron en casi la misma ocasión.

Chiteta tenía cierta preparación como hechicero y se acostumbraba adivinar a cambio de pago. Poco después de su conversión, una de sus piernas se hinchó de repente sin razón aparente, y también un pedazo de hueso salió de la mano de su niño. Para un africano, estas son señales indiscutibles de hechicería.

Entonces vino y nos dijo que todavía tenía algunos fetiches en su choza, y usó el proverbio citado por los chokwes, “Bote el panal de miel y las abejas le dejarán”. El panal para él era las parafernales de su antiguo oficio de la adivinación, y las abejas sus antiguos colegas en la hechicería. El domingo siguiente trajo el bulto sucio al culto, y públicamente consignamos todo aquello a las llamas. Mientras subían en humo, cantamos, “Cayeron mis cadenas. Vi mi libertad y le seguí”. Algunos ancianos no querían acercarse, ya que temían que iba a suceder algo terrible.

Poco después viajé al otro lado del país songo. En mi ausencia Chiteta se enfermó, y los hijos también. Luego llegaron unos hombres que lo llevaron a su suelo nativo. Al regresar, supe que ya no estaba. De tiempo en tiempo recibimos escuetos avisos de su enfermedad y finalmente llegó un mensajero con la noticia que había muerto.

La mañana siguiente, con tres angoleños, emprendí la marcha de cuarenta kilómetros a su pueblo. Al llegar encontramos a varios ancianos sentados en la casa de plática. Rehusaron prestarnos cualquier tipo de ayuda y señalaron a la choza de paja donde Chititu había quedado sin sepultura desde su defunción varios días antes. Encontramos su cuerpo desnudo y mutilado en una choza desprovista de muebles de cualquier tipo. Había sido envenenado y estaba tendido en el suelo.

No teníamos con qué hacer un ataúd, de manera que salimos y pedimos a los aldeanos, quienes estaban haciendo puertas de paja y bambú, que nos facilitarían bambú y cuerda de corteza para el entierro. Rehusaron. Por fin persuadí a unos muchachitos que nos cortaran lo que necesitábamos, mientras que mis acompañantes cristianos cavaron un sepulcro en el monte. Ninguno de los vecinos estaba dispuesto a tocar el cadáver, de manera que tuvimos que envolverlo nosotros mismos, amarrarlo a un palo y llevarlo a su lugar de descanso en el bosque. Le pedí al líder del pueblo acompañarme al sepulcro.

“¡No!” respondió. “El difunto siguió la enseñanza del blanco y esto ha sido el resultado”. Después de repetidas invitaciones y varios argumentos, unos hombres y muchachos me acompañaron en el entierro. Algunos tenían miedo para acercarse, pero asomaron detrás de árboles mientras les prediqué frente a la tumba abierta. Chiteta perdió la vida porque botó su panal y rompió de un todo de la antigua vida pagana.

La esposa de Chiteta, Chambishi, era el aval por una deuda todavía pendiente, y cuando murió su esposa ella fue llevada en viaje de varios días y casada con un cojo pagano. Desde luego, no fue consultada. Los ancianos del pueblo le echaban a ella la culpa por la muerte del marido. Tenía una niña de quizás cuatro años, y una tarde la llevó consigo para buscar hongos para la cena. Dejó la pequeña al lado de un hormiguero mientras buscaba, pero al volver ella ya no estaba. Una búsqueda resultó infructuosa.

La mañana siguiente la madre salió a las aldeas vecinas y encontró la niña al otro lado de un río demasiado grande para que ella la cruzara sola. Al llegar a casa con la hija, Chambishi fue a preparar una merienda, pero antes de tenerla lista la niña estaba muerta. Fue otro caso de envenenamiento. Varios otros miembros de la familia murieron en circunstancias misteriosas. Se regó la noticia que era cosa peligrosa ofender los espíritus de los antepasados y ser un cristiano.

Un día, temprano en 1929, el oficial portugués a cargo del fortín apareció de repente con varios soldados indígenas. Me dijo que había oído que un hombre y su esposa habían sido matados cerca de nuestra casa, y había venido para investigar. Uno de nuestros obreros llamado Sambonge estaba parado cerca. El oficial ordenó que fuese atado y castigado.

¡Se nos habían advertido múltiples veces por las autoridades que nunca deberíamos interferir con los militares ni los funcionarios en el desempeño de sus deberes! Al hacerlo, podríamos ser expulsados del país.

Los soldados amarraron a Sombange por las muñecas, mandaron que se doblara y azotaron su espalda desnuda con un largo azote de cuero de hipopótamo. Cada azote levantó unos siete centímetros de piel. Observé hasta enfermarme y luego protestó al oficial que el hombre había estado trabajando conmigo y que, a mi leal saber, nada tuvo que ver con el homicidio.

“Bien”, respondió, “por la recomendación suya le soltaré, ¡pero es la única manera para sacar información de esta gente!” Sambonge parece haberse envejecido unos veinte años en cinco minutos. Se arrastró a su pueblo sangrando por la espalda.

Entonces conduje al oficial a la aldea songo más cercana al otro lado del cerro. Encontramos a varios ancianos sentados ociosos. Fueron arrestados y amarrados por los soldados. Cada hombre tenía las manos atadas detrás y cada uno fue sujetado al próximo por un mecate en torno del cinturón. El oficial amenazó al líder con un arma, y éste, temblando de cuerpo entero, accedió llevarnos al lugar del crimen. Salimos en fila de indio por el bosque, el líder de la aldea adelante y un soldado con un arma apuntada a su cabeza.

En pocos minutos llegamos a un desmonte a quizás una milla de la casa nuestra. Vimos dos pilas de palos secos, una a cada lado del desmonte. Se le soltó al líder, ordenándole a quitar los palos. Después de cierta vacilación y unos pocos golpes con el azote de cuero de hipo, él obedeció. Quitados los palos, vimos dos túneles en la tierra que los puercos monteses habían cavado, y pies humanos sobresaliendo. Un hombre llamado Chambasuku y su esposa habían sido matados por la prueba de veneno para resolver una cuestión trivial de los derechos de propiedad, sus cuerpos empujados cabeza abajo en las cuevas y cubiertos de leña con el propósito de prenderla después.

Los dos hombres responsables por su muerte, Sakenda y su hermano, fueron aprehendidos y llevados al fortín. Por alguna razón nada clara, que nunca llegué a entender, el hechicero Sakenda fue puesto en libertad posteriormente, pero su hermano fue enviado a Fuerte Roçadas en el sur de Angola, donde murió.

Este caso parecía ser una crisis en el comienza de nuestra labor. Posteriormente se nos acercaron varios de los muchachos que habían presenciado los procedimientos asquerosos aquel día. Los hombres aprehendidos y deportados eran cabecillas en la oposición a nuestro ministerio. Con los líderes eliminados, la aldea se deshizo. La mayoría de los muchachos y jóvenes fueron llevados a trabajos forzados en las plantaciones de caña en la costa, pero volvieron después de dos años.

Entre ellos estaban Kasenze y Mwaku. Pronto ambos hicieron profesión de fe en Cristo. Kasenze en particular era un caso muy positivo; progresó uniformemente desde el principio y pronto aprendió a leer, ser buen predicador del evangelio y expositor, y fue de gran ayuda en la traducción al idioma songo. Su madre y otros miembros de la familia llegaron a creer. Muchos años antes, su hermana había sido raptada por bieános cuando niña, y vendida en esclavitud. Debida a una rara secuencia de acontecimientos, llegaron a saber dónde estaba y la rescataron para que escuchara el evangelio. Ella también profesó fe en Cristo. Tiempo después, Kasenze fue a un centro de la tribu songo, llamado Wassunga, y realizó una obra floreciente. Era trabajador asiduo, tenía don de lengua y era un líder en todo sentido de la palabra. Es triste decirlo, pero murió a manos de soldados portugueses en los días turbulentos en Nova Gaia en marzo 1961.

 

15   Malaria severa

 

Después de dos años de trabajo, nuestra casita de bajareque en el bosque quedó terminada y dotada de muebles rústicos hechos a mano. Se había levantado un crudo salón de reunión; la escuelita y la asistencia médica estaban organizadas y se celebraban con regularidad reuniones de enseñanza. Varios chokwes habían confesado a Cristo como Salvador y habían sido bautizados, y en fin había una base para establecer una iglesia según el Nuevo Testamento.

En este lapso el Señor nos dio nuestro primer hijo, un varón. Para el alumbramiento decidimos bajar a Luma-Casai, donde nos casamos. Esto significaba una marcha de diez días en la estación de lluvia. Elizabeth contaba con una hamaca y porteros para ayudarle en los trechos difíciles. La peor experiencia fue el cruce del Kahufu, que estaba crecido. Todos los puentes de palos habían sido llevados por la corriente. Acampamos en la ribera y fui aguas arriba y aguas abajo en busca de un vado donde cruzar sin nadar. Encontré un lugar donde las aguas llegaban hasta los hombros de los varones en el punto más hondo. Los portadores surgieron que Elizabeth se acostara sobre el marco de madera del toldo de la hamaca. Dos hombres levantaron el aparato sobre la cabeza y dos más lo soportaron por los lados y de esta manera cruzamos el río, varias veces con el agua hasta el cuello.

Al llegar a Luma-Casai supimos que nuestra vieja amiga Dra. Jacobs estaba allí además de Susan MacRae, una enfermera muy competente de Massachusetts en los Estados Unidos. Nuestro primer hijo, David, nació el 1 de abril de 1928 en el hogar de la señorita MacRae. Hubo complicaciones y agradecimos la habilidad y el cuidado que la doctora y la enfermera prestaron; de otra manera mi esposa hubiera muerto. Cuando el bebé tenía pocas semanas, volvimos a nuestro hogar en Chitutu.

El señor nos dio dos más, Thomas Ernest en 1932 y Elizabeth Ann en 1935. Mientras la familia estaba creciendo, no contábamos con médico ni enfermera profesional a nuestro alcance; aunque los chicos estaban expuestos a toda suerte de enfermedades tropicales y accidentes, nos agrada decir que fueron preservados de cualquier gravedad y eran fuertes y sanos.

Cuando el nene David tenía nueve meses, Elizabeth cayó con malaria severa por falciparum. Habíamos viajado varias veces en visitas a la región de Luanda donde abundan los pantanos y los mosquitos añafiles. Tanto ella como yo habíamos sufrido varios ataques de fiebre y en su caso esto terminó en una aflicción grave que a menudo es fatal. Las glóbulos sanguinarios se desintegran y pasan a la orina, la cual se torna oscura como el café. (Por esto la llaman en inglés ‘fiebre de agua negra’). Muchos misioneros antes de nuestro tiempo murieron a causa de esta malaria severa.

Esto ocurrió en noviembre, en plena estación de lluvia. Estábamos solos en el bosque, nuestros vecinos más cercanos siendo los Bodalay en Chitau en Bié, seis días de viaje al oeste. Escribí una carta al señor Bodalay, contando qué había sucedido y esperando que alguien pudiera venir a nuestro socorro. Le di la carta a un chokwe llamado Mwachingongo junto con una linterna que le permitiría viajar de noche, y le mandé llegar a Chitau lo antes posible. Él ha podido llegar en cuatro días, viajando sin carga, pero no se apuró, sino malgastó tiempo en el viaje, y por esto tardó una semana. Me dijo después que pensaba que la Ndona iba a morir de todos modos, ¡así que no había por qué apurarse!

Mientras tanto, entregué el bebé a una muchacha del país para que lo cuidara, y dediqué todo mi tiempo a Elizabeth. Desde luego, no estaba disponible ayuda médica de ninguna especie. El funcionario portugués a cargo del fuerte, a unos ocho kilómetros distante, estaba ausente, y en aquellos tiempos no había comunicación por radio ni teléfono. Hasta ese entonces yo no había visto la malaria por falciparum, aunque iba a cuidar unos cuantos casos después. Por más de una semana no conocí la cama, sino me adormité en una silla por raticos al ser posible. El noveno día Elizabeth sufrió una recaída y la di por perdida. Cuatro días más tarde sufrió otra, con hipo incontrolable, y de nuevo perdí la esperanza.

Un día oí lo que parecía ser el sonido de la bocina de un automóvil, pero pensaba que estaba soñando y no presté ninguna atención. Pero lo oí de nuevo. Fui a la puerta y encontré a dos señores blancos parados en el porche con la lluvia goteando de su ropa y un pequeño vehículo allí afuera. Era el señor Bodalay con su consiervo, Edwin Roberts, un inglés de Londres.

Ellos habían hecho un viaje trascendental desde Chitau en el pequeño vehículo bajo condiciones de las más difíciles. Tenían que cruzar dos ríos grandes, el Quanza y el Luanda, sin puentes. Entre los dos ríos casi no había camino para vehículos. Años antes los militares habían cortado una vía a través del bosque virgen, pero ya estaba cubierta de monte, hormigueros y árboles de cierta consideración. Al llegar al primer río, el pequeño carro, un compacto de los antiguos llamado Jowett, fue colocado sobre dos canoas grandes, las ruedas amarradas a las respectivas canoas, y el cruce efectuado a remo. En el terreno cubierto de malezas, un africano estaba montado lado afuera con un hacha para cortar los árboles que estorbaban. Vez tras vez fue necesario empujar el carro en los pantanos.

Su llegada fue motivo de un alivio y estímulo que no admiten descripción. Edwin Roberts era un cómico. Describió su viaje a través de las ciénegas de una manera tan chistosa que nos reíamos hasta doler el abdomen. Toda nuestra angustia y los problemas pasaron al olvido.

Entonces el señor Bodalay nos informó que tenía que volver el día siguiente. Pero encontramos que el tanque de gasolina en el carro estaba casi vacío y el nivel del aceite peligrosamente bajo. ¡No es necesario decir que no había gasolinera en el vecindario! Pero yo contaba con una buena cantidad de kerosén que quemábamos en las lámparas, y llenamos el tanque con ello. Las mujeres songas tenían la costumbre de poner barro rojo y aceite de castor sobre la cabeza, así que fue fácil conseguir el aceite. Llenamos el cárter del Jowett con esto. Por la mañana el señor Bodolay encontró dificultad al arrancar, pero lo logró. Que yo sepa, él nunca ha relatado cómo fue el viaje de regreso a Bié, pero el caso es que llegó. ¡Lamentablemente fue el último viaje que hizo aquel vehículo! Pero estamos por demás agradecidos a nuestros buenos amigos misioneros y al pequeño carrito que dio su vida para traernos ayuda y consuelo, y sin duda le salvó la vida a la señora.

El señor Roberts se alojó con nosotros cuando el señor Bodalay se había marchado, y conversamos seriamente acerca de qué hacer. Él tenía no poca experiencia en prestar ayuda médica. Nos dijo con franqueza que Elizabeth no se recuperaría al quedarnos donde estábamos. Teníamos que llevarla a Bié y mandar por atención competente.

“Pero”, exclamé, “¿cómo podemos sacarla en plena estación de lluvia, a través de las ciénagas y los pantanos entre el Quanza y el Luanda?” Los pacientes con una malaria tan severa deben quedarse postrados; si se levantan, habrá una recaída.

“Bien, vamos a orar acerca de esto”, respondió él. Le pedimos a Dios que si fuera la voluntad suya que llegáramos a Bié, que parara las lluvias por aproximadamente una semana hasta nuestra llegada. Esto parecía un atrevimiento, considerando la estación del año y las lluvias intensas que continuaban día tras día. Pero estábamos arrinconadas y no había una alternativa.

Mandamos a buscar el cacique de la localidad y le dijimos qué pensábamos hacer.
Él prometió tener hombres a la puerta en la mañana para llevar la hamaca y las cargas. Cuando despertamos las lluvias se habían parado, así decidimos proceder. Para el transporte de la paciente se colgó una hamaca de marinero de un palo de palmera, con un toldo de lona encima y a cada lado, y otra hamaca también, más pequeña, para el bebé. Lo colocamos en una cesta, la cual aseguramos con tiras. Con prisa preparamos y amarramos cargas para las camas, los alimentos, una carpa donde dormir y otros artículos para el viaje.

Los porteros de la localidad trajeron la hamaca al dormitorio, donde envolvemos a Elizabeth en cubiertas, y la sacamos afuera. Me apresuré a poner la casa en orden, cerré con llave y seguí a los hombres, las hamacas habiendo salido ya, los portadores de carga en fila y Roberts y yo como retaguardia. Aquel día proseguimos hasta la puesta del sol. Cubrimos cincuenta kilómetros sin ver lluvia. Al llegar al campamento, abrimos una litera plegable, sacamos a Elizabeth de la hamaca y la llevamos a la carpa. Aquella noche celebramos una reunión de alabanza en derredor de la fogata. El Señor había contestado nuestras oraciones por un día.

Nos levantamos temprano y estábamos en el sendero antes del amanecer. En la tarde enfrentamos nuestro primer problema serio. El Luanda, crecido por las lluvias, tenía unos 130 metros de ribera a ribera y éstas estaban azotadas por una corriente veloz. Había tanto hipopótamos como cocodrilos en aquel río. La única manera de cruzar era en una piragua que, una vez cargada de navegante y un solo portador con su carga, dejaba unos veinte centímetros fuera del agua. Al ver aquello, perdí ánimo. Pero el remero nos aseguró que podía cruzar bien con la hamaca y su carga.

Nos mandó a llenar la piragua de hojas, colocar la hamaca con su paciente encima, ¡y dejar el resto con él! Expliqué la situación a la enferma y pregunté qué pensaba ella. Podríamos volver a Chititu si ella se sentía nerviosa o no quería tomar el riesgo. Ella quiso proseguir, ojos cerrados y nosotros haciendo nuestra parte.

Llevamos la hamaca a la barranca y la colocamos en la piragua, sin suspiro cuando el remero asumió su posición. Los remeros songos se paran en la canoa y la balancean con los pies y el peso del cuerpo. Él lo hizo muy bien, dirigiéndose aguas arriba por la ribera y luego cruzando diagonalmente aguas abajo para tocar tierra al otro lado del río justamente donde quería. Mientras tanto yo estaba parado en el barranco con fusil en mano, acaso un cocodrilo o un hipopótamo se dejara ver. Se suspendió la hamaca entre dos árboles mientras los hombres y las cargas fueron trasladados igualmente. Por el segundo día consecutivo no llovió, y aquella noche celebramos otra reunión de oración y alabanza.

Nuestro último obstáculo era el Luanza, un río mucho más grande que el Luanda pero con piraguas mucho más estables para el cruce. Un comerciante llamado Sobral bajó al río con dos songos y ofreció trasladar la hamaca. Ellos propusieron quedarse parados en la canoa y llevar aquella carga sobre los hombros, los extremos de los palos saliendo adelante y atrás y la hamaca suspendida en el aire entre los dos hombres. Parecía que esto sería un arreglo traumático para la paciente, y de nuevo le pregunté qué le parecía y recibí la misma respuesta que a la ribera del Luanda, “Adelante, hagámoslo”. Una vez más todos llegamos sanos
y salvos al otro lado.

Aquí el señor Bodaly nos encontró con un camión y pronto estábamos en su casa en Chitau. Se había preparado un cuarto con cama confortable y sábanas blancas, de manera que nos parecía un palacio. Colocamos la paciente en su lugar y salí a pagar los obreros.

Ellos estaban en fila en el porche. Mientras platicábamos se apareció un nubarrón en el cielo, y antes de haber atendido de un todo a los porteros, la lluvia comenzó a caer. No había llovido en los cinco días que estábamos viajando. Roberts y yo nos miramos el uno al otro, pero nos era imposible hablar. Lo único que vino a la mente fue aquella pequeñita reunión en la casita en Chititu cuando, en fe sencilla, habíamos pedido al Señor que parara la lluvia en nuestro viaje a Bié, si fuera la voluntad suya. ¡Y esto fue precisamente lo que hizo! Aquel año supimos de cuatro casos más de malaria severa por falciparum en Angola, y los cuatro pacientes perecieron; ¡solamente Elizabeth se recuperó!

De nuevo en Chitau fuimos objeto de mucha bondad de parte de los Bodaly en Chitau, y de los Roberts. El doctor Jacobs estaba de visita en el vecindario, y tan pronto que supo de mi señora ella se apresuró a venir para cuidarla en su recuperación. Pero tan pronto que Elizabeth podía caminar, ella nos informó que sin duda deberíamos salir del país para reposo. Así fue que al final de 1929 viajamos a Gran Bretaña y América. Los pocos creyentes que dejamos en Chititu tuvieron que quedarse solos hasta nuestro regreso en 1930.

En Londres un especialista en las enfermedades del trópico nos dio consejos sobre cómo cuidarnos y evitar la malaria severa con falciparum. Sentimos gratitud por el hecho de que, no obstante estar expuestos a las mismas condiciones a lo largo de muchos años, no sufrimos otro ataque.

En 1931 la obra fue fortalecida por la llegada de David B. Long de Belfast, y un año más tarde por la de su novia, de Truro en Nova Escocia. David dominaba ya el portugués y pronto aprendió tanto el chokwe como el songo. En los cinco años que estuvieron con nosotros, ellos realizaron una labor valiosa. Fueron demorados en su regreso del exterior durante la segunda guerra mundial, pero luego se ubicaron en Luma-Casai, donde él usó su experticia para revisar la traducción de la Biblia al idioma chokwe y terminó el Antiguo Testamento en 1967.16

 

16  Viajes a pie

 

El primer bautismo en Chitutu se efectuó temprano en 1929 antes de nuestro viaje al exterior. Tres jóvenes chokwes, primicias de nuestra labor, fueron bautizados por Malcolm MacJannet, de Chokweland, quien estaba de visita en esa ocasión. En la primera celebración de la cena del Señor, siete de nosotros, tres africanos y cuatro blancos, nos sentamos para hacer memoria de la muerte del Señor, conforme se manda en 1 Corintios 11.24 al 26. Nuestro salón era una estructura abierta con techo de paja y piso de tierra y los asientos eran troncos rústicos, pero la presencia del Señor era real y muy preciosa.

Pudimos comprar vino para la cena de un comerciante portugués a una distancia de ocho kilómetros. Desde el comienzo intentamos hacer todo con sencillez, y no introducir nada que los angoleños no podrían hacer ellos solos en la ausencia nuestra. Se solía hornear el pan en un hoyo en la tierra forrado de cenizas del fuego al rojo, o en un horno sobre la tierra, hecho de  arcilla en la forma de una colmena de abejas. Desde el primer día se empleaban tanto el chokwe como el songo en las reuniones, y de vez en cuando un himno en portugués.
A medida que la gente se familiarizaba con el idioma portugués, lo usamos más y más, tanto en la escuela como en la predicación.

En los primeros años la mayoría de los convertidos eran chokwes, pero con el correr del tiempo pudimos ganar la confianza del pueblo songo. Uno de los primeros songos que profesó fe en Cristo fue Sakaya. Él había sido un esclavo y, una vez liberado, buscó empleo conmigo. Lo único que podía ofrecerle era cortar hierba para el empajado. Él asistió a las reuniones matutinas y vespertinas, donde explicamos sistemáticamente, de una manera muy sencilla, las narraciones y parábolas del Salvador y el camino de la salvación.

El mensaje era explícito. El hombre es un pecador y un rebelde contra Dios. Está en peligro de expulsión de Dios a causa de su pecado. Tiene que arrepentirse y volver a Dios. Pero Dios ama a los pecadores; Él mandó a su Hijo, Jesucristo, para reconciliar al hombre consigo. Éste, quien no conocía pecado, murió en la cruz cual sustituto del hombre pecador. Para manifestar su aprobación y satisfacción con la muerte de su Hijo, Dios lo levantó de los muertos al tercer día. Su sangre preciosa, derramada por nosotros, puede quitar nuestros pecados. Debemos arrepentirnos, abandonar nuestros pecados y confiar en Él como nuestro Salvador y Señor. Insistimos en estas verdades día tras día. Debemos tener una vida nueva y un poder nuevo, “renacer”, si queremos ver a Dios y tener comunión con Él.

Al terminar una de estas reuniones, Sakaya se levantó y dijo que deseaba confesar públicamente a Cristo como su Señor y Salvador. Entonces me pidió un ejemplar de las Escrituras. En ese momento yo tenía sólo unos pocos ejemplares preciosos del Nuevo Testamento en chokwe y portugués, que no eran idiomas que Sakaya dominaba. Le recordé que él no sabía leer y dije que estaba reservando los libros para personas que sabrían usarlos.

“Véndame el libro”, respondió, “¡y aprenderé leerlo!” De nuevo tuve que decirle que los libros eran tan pocos que yo tenía que guardarlos para aquellos que sabían leer. Se marchó bastante cabizbajo.

Unos pocos días más tarde volvió y preguntó si yo tenía una carga que él podría llevar al ferrocarril. Le dije que tenía vidrio para las ventanas en Coemba, unos 320 kilómetros distante, que él podría traer, y que quería enviar otra carga a Monte Esperança, cerca de Coemba. Él se presentó el día siguiente, junto con un muchachito para llevar su comida. Recogió su carga de veintisiete kilos y comenzó  la marcha de 650 kilómetros. Estaba ausente aproximadamente un mes.

El día que llegó de regreso con la pesada carga de vidrio y las cartas de otros misioneros, le saludé de la manera del país, platicamos sobre todo lo que había sucedido en su ausencia, y él me contó sus experiencias en el viaje. Entonces le invité a entrar y recibir su pago. Pregunté si quería dinero con que cancelar el impuesto al gobierno, o si quería tela para la señora. Me contempló un momentito con un aire de incertidumbre, y preguntó, “¿Usted me daría de veras lo que quiero como pago?”

“Claro que sí, lo que usted quiere”, respondí. “¿Es dinero o tela?” Y él contestó, “¿Qué de aquel Nuevo Testamento?”

¡Basta decir que Sakaya consiguió su libro y su pago también! Se marchó guardando contra el pecho su precioso ejemplar de la Palabra de Dios. En poco tiempo, usando el Testamento como libro de texto, él aprendió a leer, y se formó en predicador muy eficaz entre su propio pueblo. Era bastante inteligente. Podía estar de pie con un Testamento chokwe en la mano, traducirlo al songo sin titubear, y predicar en songo. Llegó a dominar el chokwe también y un portugués aceptable.

Sakaya ganaba la vida cortando madera, un oficio que aprendió después de salvo. Se casó con una buena joven songa y por varios años no tenían prole. Pero, en respuesta a la oración, nació Samuel. Era la niña de su ojo. Cuando adulto, asistió a la escuela y llegó a ser maestro en el pueblo donde su padre ya era el líder.

En los días turbulentos al comienzo de 1962, cuando el ejército portugués estaba corriendo de un lado al otro en el territorio songo, Samuel se asustó y huyó. Un jeep llegó al pueblo y el funcionario preguntó por el líder. Salió en la interrogación el dato que el hijo de Sakaya se había dado a la fuga, y por esto los soldados sacaron al padre y lo fusilaron. Hasta donde sabemos él no había cometido ningún crimen, sino era un sencillo creyente evangélico que había sido leal y respetuoso a los representantes del gobierno.

Uno de los viajes más extraordinarios que he conocido fue realizado por un africano cojo llamado Sawuchika. Le conocí por vez primera en un pueblito chokwe en la ribera del Kahufu, cerca de la fuente del Kwangu. Yo estaba viajando de Luma-Casai a Chititu con portadores, y un atardecer llegué a ese pueblito. Una vez preparado nuestro campamento para la noche y haber tomado una merienda, fui al pueblito, como era nuestra costumbre, para un culto.

Un buen número se congregó en la pequeña casa de plática en torno del fuego, y tuve el gusto de contarles, con base en Juan 3.16, el amor de Dios en enviar a su Hijo para redimir al hombre caído. Un círculo de semidesnudos se había formado a mis pies. Cuando había terminado, el jefe del pueblo se interpuso con una pregunta. “¿Adónde va el sol de noche? ¿Va a un hueco en la tierra, o en el agua?”

Procuré darle una sencilla lección de astronomía, ilustrada por dos frutas aproximadamente el tamaño de una naranja y una ciruela en representación del sol y la tierra. Expliqué pacientemente que la tierra es un globo que gira sobre su eje, y también hablé de su órbita en torno del sol. El lado mirando al sol está en la luz y el lado lejos del sol está en la oscuridad, haciendo así el día y la noche.

“¿Usted cree eso?” exclamó el hombre. “¿Que estamos parados sobre una pelota, moviendo en dos sentidos a la vez? Pues, ¡el blanco debe estar loco para creer una cosa tan ridícula!”

Me sentí un tanto cansado y desanimado. Habíamos caminado más de treinta kilómetros aquel día, y aun cuando hubiéramos preferido acostarnos en nuestros sacos para dormir, habíamos bajado al pueblito para predicar el evangelio, ¡y todo había terminado en un argumento ridículo acerca de adónde va el sol de noche!

La fogata se estaba apagando, pero de repente, en la oscuridad afuera, vi que un objeto se agachaba en sus cuatro extremidades. Parecía un animal al asecho. Instintivamente tomé mi rifle, que estaba parado contra las columnas de la casa de plática, lo cargó y lo monté, ya que en la oscuridad la criatura parecía ser un leopardo o una hiena. Pero los hombres se rompieron en carcajadas, y a medida que el objeto se acercaba, vi que era un ser humano que se arrastraba por las manos y las rodillas. Él entró y se ubicó al lado del pequeño grupo.

“¿Quién es usted?” pregunté.

“Mi nombre es Sawuchika”, él respondió. El nombre quiere decir “padre del abandono”.

“¿Cómo recibió ese nombre?” pregunté.

“Yo era como otros hombres” dijo. “Podía caminar y trabajar y cazar. Pero un día sufrí una fiebre alta; me dolían la cabeza y la espalda y las piernas, y pensé que iba a morir. Los ancianos vendieron mi esposa y mis dos hijos a la esclavitud, pensando que yo no iba a mejorar. Si cierta anciana no hubiera sentido lástima por mí, trayéndome comida y agua de vez en cuando, yo hubiera muerto de hambre. Cuando me recuperé, mis piernas estaban debilitadas y sólo podía gatear sobre las manos y las rodillas como usted ha visto. Ahora soy Sawuchika, el padre del abandono”.

Aparentemente su enfermedad había sido el polio. Al estudiarlo en la semioscuridad, vi una magnífica, inteligente cabeza, hombros amplios y cinturón de un atleta, pero sus piernas eran no más que huesos envueltos en piel. Sus rodillas tenían nudos como los de un camello y los nudillos de las manos, también, estaban hinchados y encallecidos por haber sido usado para arrastrar su cuerpo a doquier. Le repetí el texto de la reunión: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Me contempló con asombro y dijo, “Nunca he oído eso antes. Yo pensaba que nadie me amaba. Le expliqué el versículo, línea por línea.

“Gracias” dijo abruptamente, y me dio el saludo de despedida de los chokwes, Sala kanawa, “Que la pase bien”, y se arrastró a la oscuridad.

Me despedí de la gente, fui al campamento y me acosté con los hombres al lado del fuego. En la mañana retomamos antes del amanecer nuestra larga marcha a Chititu, faltando todavía unos doscientos kilómetros.

Más o menos un año después, al salir de la casa un día, vi que algo oscuro estaba en la hierba a cierta distancia, al borde del claro. Los babuinos nos estaban causando problemas en la huerta, así volví en busca de mi arma. Pero al salir, vi que era un ser humano que se acercaba dolorosamente sobre las manos y las rodillas al otro lado del desmonte. Cuando me alcanzó, él se sentó en el suelo, batió las manos y me dio el saludo chokwe, ¡Moyo, muya! Le conocí de inmediato como el hombre que había visto al lado del Kahufu, doscientos kilómetros de mi hogar.

“¿Pero será que usted es Sawuchika?” exclamé.

“Sí, soy. Y me complace que usted no se haya olvidado mi nombre”.

“¿Cómo llegó aquí?” pregunté asombrado.

“Vine como usted me ve, gateando”.

“¿Y cuánto tiempo estuvo en el camino?” pregunté yo.

“Oh, más o menos nueve lunas” fue su respuesta.

“¿Pero seguramente no estaba arrastrándose así todo ese tiempo?”

“Bueno, no exactamente. Con una o dos semanas en el sendero, mis rodillas y nudillos se aporrearon tanto que sangraron, y tuve que reposar hasta que se curaran. Esto sucedió cuatro o cinco veces, pero yo seguí una vez recuperado”.

“¿Y qué comió en el viaje?”

“Pues, sabe, Ngana, la gente en los pueblitos me favorece con alimentos, y también, aunque no puedo pararme, soy buen cazador y cuento con mi arco y flechas. Cacé al asecho un kai (venado) en la marcha, e hice trueque por maíz y batata en los pueblos”.

Una vez vencida mi sorpresa por su historia, pregunté, “Sawuchika, ¿por qué  hizo ese largo viaje?” Él no respondió por un momento.

“Yo nunca puedo olvidar el relato que usted me contó aquella noche al lado de la fogata en Maha Chilemba”, dijo. “Pensaba que nadie me amaba a mí, el padre del abandono. Ese mensaje fue como una flecha en mi corazón. No tuve reposo hasta decidir que tendría que oírlo otra vez. Quiero quedarme aquí para poder escucharlo cada día”.

Más tarde Sawuchika nos contó que, cuando oyó la Palabra por primera vez, fue como una flecha en su corazón, pero ahora había encontrado el bálsamo sanador. Él confesó su fe públicamente y fue bautizado como creyente. Le hice muletas e intenté enseñarle a usarlas. Pero los músculos le dolían tanto, al procurar caminar parado, que él decidió desechar las muletas y seguir gateando sobre las manos y las rodillas.

Nunca encontramos a su esposa, pero, con la ayuda de un funcionario portugués, logramos saber el paradero de sus dos hijos. Lamentablemente uno de ellos era leproso. La última vez que vi a Sawuchika, él estaba en un punto llamado Sautar, donde hay un grupo de cristianos africanos. La reciente oleada de turbulencia y muerte arrastró ese lugar también, y sólo podemos orar a Dios que guarde a los suyos.

La caminata más larga que yo logré realizar sin una noche de descanso fue de unos 175 kilómetros. El administrador portugués había mandado a buscarme para formalizar un asunto en Nova Gaia, donde él vivía. El único medio de transporte que yo tenía en aquel entonces era una bicicleta que había vivido mejores días. Llegué allí sin incidente e hice lo que tenía que hacer, pero en la noche un mensajero llegó con noticias preocupantes que hacían ver que yo debería volver a casa cuanto antes. A poca distancia de haber comenzado el regreso la bicicleta se echó a perder. La dejé con un señor en una choza al lado del camino y seguí caminando.

Llovió en la noche, de manera que me tropecé y resbalé en la pegajosa tierra roja, que adquirió un espesor de tres centímetros en el suelo de mis zapatos. Al atardecer llegué a un río llamado Jombo, donde encontré a algunos de mis hombres. Me invitaron a pasar la noche con ellos en una choza de paja en la ribera del río. Pero les hice saber mi anhelo de llegar a casa y pedí que alguien me acompañara. Un joven chokwe, Thomase por nombre, recogió su hacha y dijo, Taluyenu, “Vámonos”.

Estaba oscuro cuando salimos y no había luna. Él tomó la delantera y yo seguí, aferrándome a su cinturón. Después de unas horas él se soltó de mí violentamente mí y se adelantó corriendo. Achi chika “¿Qué pasa?” grité.

“Era un leopardo que comía un antílope, pero lo he corrido. ¡Sigamos!”, gritó él en respuesta.

A alguna hora avanzada de la noche apareció una luz en el horizonte. Era tan brillante que yo pensaba que debería ser una linterna en la distancia, pero noté que se hacía más y más brillante a medida que subía en el cielo. De nuevo le pregunté a mi guía africano, Achi chika.

“Ah”, dijo, “es la mutumbu, la Brincadora, la estrella que anuncia el amanecer. Si usted se fija en el lugar donde primero brilló, más tarde verá el amanecer”. Efectivamente, un poco después vimos los primeros rayos del nuevo día.

Cuando el sol se apareció, estábamos parados en un cerro alto que dominaba el valle. Lejos, entre los árboles, vi que subía un poco de humo de un lugar que, en chokwe, llamamos machietu, nuestro hogar. Más o menos al medio día, cansados y con pies dolientes, entramos bamboleando.

Alguien ha dicho que la estrella de la mañana siempre aparece en la hora más fría, más débil, más oscura y más somnolienta de la noche, cuando la mayoría duerme aún, pero es siempre el presagio del amanecer. Nunca me olvidaré de la primera vez que la vi en África. La he visto muchas veces desde aquello, y siempre me ha hecho recordar la promesa del Señor, “Ciertamente vengo en breve”.

 

17    Una escuela

 

Regentamos una escuela desde el comienzo de la obra en Chititu. Al principio teníamos que recoger los alumnos en los pueblos todos los días. Aquellos que nos acompañaron consideraban que nos estaban haciendo un favor y querían ser pagados por hacerlo. El Chokweland compramos una cantidad de pizarras, pizarrones, tiza y textos elementales en portugués. Nuestro primer “salón” estaba al aire libre debajo de los árboles, y luego el galpón donde antes celebrábamos los cultos de predicación. Con los años nos organizamos mejor, pero tardamos mucho en lograr algo cercano a la puntualidad y una asistencia habitual.

Las clases diarias siempre comenzaban con una lección bíblica en chokwe, tomada por regla general de los Evangelios. Recorrimos versículo por versículo a través de un libro como Marcos o Juan, explicando y aplicando el mensaje a la mente infantil. El hecho de contar con tanto chokwes como songos en la escuela, con dialectos diferentes y rivalidad entre las tribus, dio lugar a toda suerte de problemas, pero por lo menos día a día los jóvenes recibían instrucción en la Palabra de Dios, y a la vez estaban aprendiendo a leerla.

Cada día después de pasar lista, los niños se examinaban por el parásito típico de aquel país que se asemeja a una pulga en miniatura. Se meten debajo de la piel, generalmente cerca de las uñas de los pies, y ponen sus huevos. Para sacarlos hay que usar una aguja y luego desinfectar con yodo. Si no, ellos forman una bolsa más o menos el tamaño de una arveja, llena de huevos. Al madurarse, la bolsa se rompe y esparza sus huevos sobre la tierra. Cada huevo se convierte en otro de estos terribles insectos. Hemos visto niños con varios dedos comidos enteramente por ellos. Cuando los nuestros eran pequeños, era tarea de cada día examinar los dedos y extraer los intrusos al son de mucho llanto y lágrimas. Era una rutina dolorosa pero necesaria. Estos bichitos se hospedan en las patas de los perros, cochinos y otros animales, además de en las personas. Los perros los muerden si los pueden alcanzar, pero los insectos se acostumbran a encontrar los lugares más inaccesibles para realizar su nefasta obra, y aun un animal doméstico requiere ayuda humana para sacarlos. Así que, cada mañana en clase organizamos una búsqueda.

Con el desarrollo de la obra fue necesario contratar maestros angoleños, quienes tenían que contar con el diploma oficial para enseñar en portugués. Por regla general recibieron su preparación en una escuela misionera en Bié.

Uno de nuestros problemas con los niños era el de la ratería y la mentira. Pero estos maestros angoleños sabían atender a la situación mucho mejor que nosotros. Un día cierto alumno informó que se había hurtado su monedero mientras él estaba en la clase. El maestro repartió un palito a cada alumno, todos de exactamente el mismo tamaño, y solemnemente les informó que deberían llevar su palito a casa y traerlo el día siguiente. Quien quiera que haya hurtado el dinero, su palito crecería en la noche. El día siguiente uno de los varones se presentó con parte de su palito faltante. El maestro anunció que él era el culpable, ¡y efectivamente, lo era!

También había momentos divertidos por tener una escuela en el monte. Estábamos por despedir el grupo una tarde cuando un ganadero, que estaba vigilando sus animales en un valle cercano, llegó corriendo con la noticia que un león estaba matando los animales, y que yo debería actuar en seguida. En esa ocasión yo contaba con un rifle y una escopeta. Entregué la escopeta a un songo llamado Muzumbu y, tomando el rifle, corrí con él al sitio. Encontramos al toro de la manada tirado al lado del arroyo con la nuca partida. Las marcas de garras en el lomo evidenciaron dónde el león se había caído sobre él, y también al lado de la cabeza donde había recibido un fuerte golpe de la gran pata del agresor, partiendo así la nuca.

El león había matado a tres becerros de tamaño regular, arrastrando dos a la hierba larga al borde del bosque a unos 45 metros. Oímos su bajo rugido mientras consumía uno de ellos. Amartillé el fusil y lo perseguí. Se dio cuenta que me acercaba, dejó caer el becerro que comía, recogió el otro en la boca y desapareció en el monte. El sol se ponía y la luz menguaba, así que me fue imposible verlo adecuadamente como para disparar. Por fin tuve que desistir.

Los africanos surgieron poner una trampa con armas de fuego. Cortaron cuatro palos y los metieron en la tierra a cada lado de los restos del tercer becerro, donde había estado apacentando. Luego colocaron las armas en las trochas de los palos, apuntando al cuerpo muerto. Fijaron un cordel a cada gatillo, lo pasaron alrededor de los palos y lo amarraron de una manera tal que el cordel haría que las armas se dispararan al ser tocado el cuerpo. Los jóvenes me aseguraron que el león volvería.

Volví a casa y en la cama esperé que las armas se dispararan. Esperé también todo el día siguiente, pero nada sucedió. En la mañana del tercer día fuimos a ver el cuerpo del becerro muerto. Efectivamente, el león había vuelto y comido hasta saciarse. Ya no estaban el estómago, las intestinas, el hígado, el corazón ni los pulmones. Él había sujetado el becerro mientras los extraía y los rifles estaban sin disparar. Ha debido sospechar una trampa, y se había burlado de nosotros.

Aquella noche, Muzumbu y yo atamos un chivo a un árbol cerca del punto donde el león había comido el becerro. Al atardecer trepamos el árbol, Muzumbo con la escopeta y yo con el rifle. Después de una espera de parte nuestra, el chivo empezó a llorar y oímos en lo lejano el rugido del león. Cuando se acercaba, Muzumbu empezó a temblar y dejó caer la escopeta sobre la cabeza del chivo. El animal protestó tristemente en su angustia pero el león no quería acercarse más. Pasamos la noche en el árbol mientras a ratos el león hacía sonar el bosque con sus rugidos. Cada vez, al parar él, oímos a nuestros propios corazones latiendo en ese bosque que estaba extrañamente silencioso. Finalmente, justo antes del amanecer, nos dio una última serenata y se marchó. Él jugó pisa-y-corre con nosotros por buen tiempo, antes de ser matado por nuestro colega David Long. Había matado a catorce cabezas de ganado.

Una noche de luna clara él llegó con su hembra. David Long y un señor songo llamado Kwangu se habían instalado en un árbol al lado de la encierra del ganado y lo esperaban. Cuando entró en el desmonte y paró, David apuntó y disparó. La bala pasó por su corazón y lo partió en dos. Pero siguió buen trecho antes de caer. La hembra volvió después del disparo y consumió una porción de los cuartos traseros de su macho antes del amanecer. Fue la primera vez que habíamos oído de semejante cosa.

Posiblemente el término ‘residencia estudiantil’ sugiere para algunos una institución de cierta comodidad y aun prestigio social. En el monte africano se trata de nada más que un lugar donde los jóvenes pueden vivir conforme a condiciones africanas, comer a lo africano y a vez asistir a una escuela. Teníamos residencias estudiantiles para varones y hembras. Aquí también había problemas. Primeramente, la cuestión de la moral. Se precisaba de una segregación y supervisión estricta fuera de las horas escolares. A menudo era una labor de las 24 horas del día para los misioneros.

Y había también el problema racial. Muy a menudo en las horas oscuras de la noche uno escuchaba los gritos a todo pulmón de veinte o treinta muchachas envueltas en un tumulto. Rendido de cansancio, yo dejaba la cama para llegar medio despierto a ver qué estaba sucediendo. El dormitorio tenía una puerta central y dos ventanas de postigo a cada lado. Con mi toque, todo era silencio. Al darse cuenta de quién era el intruso, uno tras otro de los alumnos se zumbaba por las ventanas al monte. El día siguiente se indagaba, generalmente para saber que una vez más dos grupos tribales habían peleado por una vieja disputa, o por comentarios ofensivos acerca del idioma o las costumbres de la otra tribu. Las muchachas daban más que hacer que los muchachos.

La batalla contra los insectos era constante. Dudo que alguien pueda decirnos una novedad acerca de las garrapatas, los chinches, las pulgas y las cucarachas. Siempre nos agradaba la llegada de las tropas de hormigas; son los carroñeros y el departamento sanitario de África Central. Son carnívoras. Me refiero a aquellas que algunos llaman hormigas soldados porque se mueven en fila, muchas veces de veinte metros de largo y seis u ocho hormigas de ancho. La hormiga común es de un centímetro de largo y de rojo oscuro, pero las de avanzada, que van delante y protegen los flancos de la columna, pueden ser de dos centímetros. Tienen tenazas como de cangrejo y pueden literalmente comer vivo a un animal o un ser humano. Es una tragedia si entran en el corral de los puercos, los chivos o las gallinas, donde los animales no pueden escapar.

Hemos sabido de casos donde una mujer africana ha dejado su niño debajo de un árbol mientras trabajaba en su campo, y ha vuelto para encontrarlo cubierto de estas hormigas y muerto. Si entran en la casa, lo más aconsejable es salir, llevando consigo todo pedazo de carne o grasa en la casa. Cuando terminan, no habrá comején, cucaracha o ratón en el lugar. El nombre umbundu para esta especie es ovisonde, ‘las sangrientas’. Nos complacía verlas entrar en los dormitorios escolares, ¡ya que hacían lo que ninguna cantidad de insecticida podía!

Nos aterraba la posibilidad de una epidemia entre los niños bajo nuestra tutela. Los africanos tienen un temor natural de la muerte. Si dos o tres mueren en fechas cercanas, de una vez la gente piensa en función de la hechicería. En un ambiente donde abundaba la tifoidea, la lepra, la hepatitis contagiosa y muchas otras enfermedades fatales, teníamos que estar en guarda siempre, aislando al niño tan pronto que aparecieran los primeros síntomas. En una ocasión tuvimos a más o menos una docena de varones enfermos a una misma vez con el ´kafir´, que es más benigno que la viruela. Mi esposa los puso a ellos y a sí misma en cuarentena para atenderlos. Uno murió. Afortunadamente sus padres comprendieron y no hubo repercusiones serias.

Con el correr de los años ha dado mucha satisfacción ver a varios de los jóvenes, que asistieron a nuestra escuela, desarrollarse en líderes en la obra misionera entre su propio pueblo.

Uno de nuestros problemas mayores era la educación de nuestros tres hijos propios. En un campo pionero como Angola, no hay instituciones para la enseñanza en inglés. Por esto, al cumplir cada uno los siete años, se nos enfrentó el problema de la educación.

Primeramente probamos un curso de correspondencia de Baltimore en los Estados Unidos. Canadá también ofrece cursos por correspondencia para los hijos de ciudadanos canadienses que residen en el exterior. Son excelentes, y tienen la gran ventaja que el alumno está con sus padres en una etapa importante e impresionable de su vida. Muchos niños por su propio carácter no son aptos para vivir alejados de sus padres por períodos extensos temprano en la vida. Si se los obligan hacerlo contra su voluntad, muchas veces una marca duradera se les queda quizás de por vida.

Para llevar a cabo exitosamente un curso de correspondencia, por lo menos uno de los padres debe dedicar mucho tiempo a ello. Pero en nuestro caso, había tantas demandas sobre nuestro tiempo que era casi imposible hacer esto en la práctica. Y, también, nos dimos cuenta de que el hijo requiere la competencia de otros niños para progresar. Muy pocas familias misioneras han encontrado en la práctica que un curso por correspondencia sea la respuesta.

Debido a este problema de suma importancia, algunas familias misioneras han dejado el campo permanentemente. Después de uno o dos lapsos en África, dedicándose principalmente al aprendizaje del idioma y los esfuerzos a conocer a la gente, ellos se han dado cuenta de su responsabilidad a la familia joven y han regresado a su lugar de origen, perdidos a la obra que habían emprendido. Nadie puede juzgar ni acusar; es una decisión que parte el corazón, que muchas veces hay que tomar.

Afortunadamente para nosotros, había en Rhodesia (Zambia ahora) una escuela para los hijos de misioneros, a la cual podíamos enviar los nuestros. Queda a 1600 kilómetros por tierra, y en nuestro caso, en los primeros años, contábamos con tenerlos con nosotros por sólo un período corto en la estación de sequía. Pero por lo menos estaban en el mismo continente, y no separados de sus padres por miles de kilómetros como hubiera sido el caso al enviarlos a América.

Walter Fisher fundó aquella escuela en 1926 en Sakeji, en el noroeste de Zambia cerca de la frontera con Congo. Es un punto céntrico para los alumnos de Zambia, Congo y Angola.

 

18   La brecha cultural

 

Albert E. Horton, 1901- ?,
de la revista Missions, junio 1994
El autor sirvió en Angola y Rhodesia por 54 años.

 

Una desventaja que el misionero tiene que enfrentar siempre es la diferencia entre su cultura nativa y la del pueblo entre quienes sirve. Un testimonio realmente efectivo necesita la identificación más estrecha posible del mensajero con aquellos a quienes él desea ayudar. Y el misionero “extranjero”, por mucho que intentare, no puede ser otra cosa que un elemento “extranjero” en una sociedad tan diferente como es la del pueblo africano. Es cierto que donde hay la debida empatía y comprensión de la gente, él logrará cerrar la brecha en buena medida. Y, si existe la comunicación que se debe desarrollar entre él y los creyentes africanos, esa brecha debería ser mínima en su efecto. Pero siempre va a existir en alguna medida.

En algunos países ha sido posible para el misionero minimizar la brecha al adaptar su estilo de vida a aquél de los habitantes. Él ha podido vestirse como ellos, respetar muchas de sus costumbres, vivir en la misma clase de vivienda y abandonar en cierto grado sus comodidades americanas o europeas. En una tierra como África, normalmente una adaptación completa ha sido imposible, y lo sabe cualquiera que haya vivido allí. La cultura que ha moldeado al misionero puede adaptarse a las normas africanas sólo en un grado muy limitado.

Por ejemplo, el misionero debe gustarle la comida del africano, aceptar de buena gana su hospitalidad y comer con él, estableciendo así un lazo de comunión que será reconocido. (En este contexto vamos a enfatizar que el campo misionero no es el lugar para la persona que es remilgada en cuanto a lo que va a comer). Debe aprender las formas de cortesía y adaptarse a ellas, sabiendo que en muchos casos difieren marcadamente de las que el misionero se haya acostumbrado antes. Pero ciertas conveniencias se han hecho indispensables en la vida del misionero, y no sería posible abandonarlas de un todo, ni siquiera aconsejable, por cierto.

De entrada, aunque tendrá que simplificar apreciablemente el estilo de vida que ha conocido, es probable que su posición sea la de un “millonario” en contraste con la de los que le rodean. Las posesiones que él considera las más sencillas pueden ser, en los ojos de algunos de los más simples, bienes de gran lujo. Posiblemente ellos sean incapaces de captar que en su país de origen el misionero sería visto como un “pobre”. Puede que les sea imposible creer que a veces él carece de lo que percibe como necesidades.

Su cama, por ejemplo, repleta de sábanas y cubierta, será muy diferente a cualquier cosa que los africanos hayan conocido. Algunos de ellos pueden no haber tenido el beneficio de una cubierta de lana en una noche fría, y las noches en la estación de sequía pueden tornarse muy frías. Muchas veces hemos estado agradecidos de contar con dos o tres cubiertas en aquellas noches, ¡pero el africano tal vez se considere favorecido si sólo cuenta con una de algodón! En los tiempos de antes, cuando se conseguía poca tela europea, un africano comentó, “¡Pues! aquí estoy yo con un solo corte de tela, y estos blancos tienen hasta para cubrir la mesa”. En aquellos días los africanos del campo no tenían siquiera camas rudimentarias, sino dormían sobre esteras cerca del fuego en busca del calor en sus casas.

A medida que el africano se acostumbraba al blanco, o a los misioneros negros procedentes de Guayana Británica (hoy día Guyana), él podía entender por lo menos que el misionero vivía con ciertas costumbres que había adquirido desde su nacimiento, y que no era de esperar que las abandonara. Es más, ni se le ocurriría que las abandonara. Pero era una diferencia inevitable.

Una pareja misionera de nuestra comunión, dándose cuenta de lo indeseable de estas preferencias, intentó minimizarlas en lo posible. Ocuparon una casa más reducida con el menor número posible de utensilios y otros bienes. Pero su ensayo no tuvo el resultado que deseaban. Los angoleños que se dieron cuenta simplemente comentaron, “En realidad esta gente es más rica que los otros; ellos procuran engañarnos, fingiendo que son pobres”. (En los últimos años algunos blancos, no misioneros, que realmente eran pobres, fueron tildados por los africanos con una expresión parecida a la de ‘blancos pobres’ que se oye en los Estados Unidos). Por fin aquellos misioneros tuvieron que poner fin a su ensayo. No fueron al otro extremo, el del lujo, pero sí se permitieron algunas de las comodidades que se asocian con su propia manera de vivir.

En cuanto a la cortesía, encontramos que a veces ofendíamos la gente debido a nuestra ignorancia, o al olvidarnos de su etiqueta. Por ejemplo, no se debe iniciar una conversación, o dar instrucciones a un obrero, sin antes saludar cortésmente a la otra parte. A veces, por estar preocupado, uno ha comenzado abruptamente a hablar de algo, cuando la otra persona ha interrumpido suavemente con, “Por favor, ¡salúdeme!” Entonces uno diría algo como, “Su salud”, con la debida batida de manos. La respuesta sería una igualmente cortés, “Gracias”. Con esto la conversación podría iniciarse.

Nuestra precipitación occidental era vista por los africanos como una falta de cortesía. Cierta mujer portuguesa tomaba ofensa cuando la gente no la saludaba. Intentamos hacerle ver que era responsabilidad suya saludar primero, ya que era considerada como la “mayor”, y el superior siempre debe saludar al inferior, y no al revés. (Entiéndase, la palabra ‘inferior’ no se usa en un sentido despectivo, sino sólo en el contexto ‘mayor/menor’).

En los primeros años, a menudo nos sentíamos ofendidos al dar un obsequio a un africano sin que él respondiera agradeciéndolo. Cuando lo mencionamos un día a cierto señor, nos respondió, “Mwata, cuando una persona recibe un regalo con las dos manos, eso es nuestra manera de decir ‘Gracias’”. Nuestra ofensa se debía a que no sabíamos aquello, aunque habíamos observado la costumbre de dar y recibir con ambas manos y no con una sola. Y ahora en América nos encontramos dando, recibiendo o entregando algo con las dos manos, ¡sin darnos cuenta! El misionero, entonces, debe conocer tan pronto como sea posible las costumbres de la localidad, y debe llevar en mente que sus habitantes no se evalúan conforme a las normas de la cultura europea. Para algunos europeos les ha sido difícil comprender este principio básico.

Otro aspecto de la cultura africana se ve cuando una pareja visita un pueblo. Los aldeanos presentarán un taburete al varón, y probablemente un felpudo donde la señora pueda sentarse. Yo solía pasar el taburete a mi esposa, cosa que dejaba perplejos a los angoleños. Ellos suponían que ella debería ser una cacique, ¡y yo apenas su príncipe consorte! Mi iniciativa simplemente no se ajustaba a su etiqueta.

Por supuesto, la diferencia de cultura ha sido muy provechosa para el africano. Por ejemplo, los recursos muy superiores del misionero le han permitido ser de marcadamente más utilidad al pueblo de la que hubiera sido posible de otro modo. Desde el principio él ha podido fundar y operar escuelas para enseñar la lectura y la escritura, y donde más adelante han recibido una educación básica que les ayuda a vivir mejor que antes. Él ha podido financiar la literatura necesaria, y a veces subsidiarla, para la ayuda del público africano. Ha podido establecer dispensarios y hospitales, y obtener las medicinas necesarias para ayudar al pueblo en sus enfermedades y heridas. Todo esto era “extranjero” al comienzo, pero ha llegado a ser aceptado de buena gana por la mayoría.

También se han presentado peligros en las diferencias culturales. Existía el peligro de que el misionero adoptara una actitud de superioridad y paternalismo, tanto ante el pueblo en general como ante la iglesia local que posiblemente resultara de su testimonio. Fácilmente podía convertirse en no solo ‘el director de la misión’, sino también en ‘el director’ de la asamblea, casi un pequeño dictador en la comunidad cristiana, y esto ha sucedido en algunos casos. El hecho de que los creyentes nuevos necesitan su guía al comienzo puede hacerle pensar que la necesidad es algo permanente. En la medida en que él deje de percibir este peligro, su tendencia puede llevarle a mantener a los ancianos de la iglesia en sujeción a él, impidiendo de esta manera el desarrollo de las asambleas hacia una madurez de independencia.

Posiblemente aun hoy mismo haya algunos misioneros que estén convencidos de que la permanencia del testimonio depende de la presencia de ellos. Posiblemente sienten que, al quitar los misioneros, la obra del Señor forzosamente cesaría. Si fuera cierto, sólo podríamos decir que nuestra labor ha sido un fracaso. Tanto las Escrituras como la experiencia nos enseñan que la meta de misionero debe ser la de conducir la iglesia a la madurez, al punto donde puede ser dejada a continuar por sí sola, dependiendo del Señor solamente. Esto no es algo poco práctico; es claramente lo que el Señor ordena. Y, felizmente, más y más hoy en día se está reconociéndolo como tal.

En algunas de la misiones “organizadas”, la dirección ha venido no sólo del misionero, sino de una junta misionera o de un funcionario residente en otro lugar u otro país. En estas estructuras aun los obreros nacionales han sido guardados en dependencia de sostén procedente del exterior, y la congregación local nunca ha sido enseñada a responsabilizarse por los suyos propios. Los sistemas de esta índole han dado lugar al colapso de toda la estructura una vez quitados el liderazgo y el sostén del exterior.

Dijo un escritor de una de estas misiones que se dio cuenta de su error a tiempo y cambió su modus operandi, “El paternalismo en las misiones es siempre destructivo a la postre”. No sólo esto, sino, a la par que se aumenten la educación y el nacionalismo, el paternalismo puede engendrar un resentimiento que perjudicará, si no destruirá, la unidad en la iglesia. Y, puede impulsar a los ciudadanos no cristianos a considerar la cristiandad como una intromisión netamente ajena a su propio estilo de vida.

El proceder de las asambleas ha evitado este peligro en gran medida. Hemos intentado, en teoría por lo menos, establecer y orientar las iglesias africanas de manera que puedan atender a sus propios asuntos bajo sus propios ancianos espiritualmente maduros. Aun así, no siempre ha sido fácil para los misioneros librarse de la idea de que son imprescindibles al testimonio.

En cuanto a la cuestión del sostén, algunos africanos han propuesto que la obra de las misiones sea entregada a ellos para administrarla, pero mantenida desde el exterior como ha sido con el misionero extranjero. ¡Uno sospecha que aquellas personas tienen más interés en el “sostén” que en la obra! En este sentido también, se debe notar que el misionero ocupa un lugar realmente anómalo, ya que según las Escrituras la obra indígena y los obreros indígenas deben ser mantenidos por las iglesias indígenas. He hecho ver a mis hermanos africanos que en realidad, conforme a la enseñanza de la Palabra, ellos deben estar manteniéndonos a nosotros, y que esto es el verdadero sentido del sostén que ellos han señalado al citar el pasaje, “No pondrás bozal al buey que trilla”.

A veces esto les sorprende. Les he recordado que, debido a la gran diferencia en nuestras costumbres, no podemos insistir en nuestro derecho en este sentido, pero los obreros africanos sí son responsabilidad suya, y no la nuestra como particulares, ni la de creyentes en otros países. Oramos que esto les quede claro, por cuanto en algunas partes han surgido inquietudes en el sentido que los africanos deberían “asumir el mando de las misiones”. A esta clase de gente se les puede sorprender descubrir que ellos dependerían, bajo Dios, de los creyentes nativos, y no de los extranjeros. No todos se han dado cuenta de esto, aun cuando los obreros africanos de nuestra comunión siempre han vivido de sus propios esfuerzos, o han sido ayudados por las comunidades cristianos de la localidad. Esta es otra razón porque yo particularmente no considero que sería de un todo trágico que una iglesia madura se quede sin el apoyo de un elemento extranjero.

Ciertamente, con la mejor educación, y con las mayores ventajas materiales que el africano tiene ahora, las diferencias no son tan grandes como lo eran en tiempos pasados. Hay en las asambleas africanas varones de reconocido juicio y madurez espiritual. El misionero que sale ahora al campo africano debe estar dispuesto a trabajar con el africano como su igual, aceptar su dirección de él y aun, de ser necesario, recibir su corrección. Es más, el hombre joven no debe esperar ser reconocido como anciano por el mero hecho de ser blanco.

Los creyentes nacionales darán la bienvenida a cualquiera que venga a ellos en humildad para enseñarles las cosas divinas, pero resentirán cualquier actitud de superioridad o intento a imponerse, y con toda razón. En el orden divino ellos no son de ninguna manera inferiores, ni nosotros sus superiores en ningún sentido espiritual.

Donde hay un evangelista o líder africano, su ministerio muchas veces será mucho más efectivo entre su propio pueblo que lo que pueda ser el del misionero extranjero. Al fin y al cabo, él es uno de ellos y su experiencia y testimonio pueden hacer mucho para probar que no está simplemente promoviendo “la religión de los blancos”. Esto será el caso especialmente si todos pueden ver que él no está actuando como un representante del blanco.

En todo esto, queda la necesidad de la enseñanza bíblica, y por regla general la obra médica depende de personal médico blanco. Sin embargo, el motivo debe ser el de servir, y no de dominar.

 

19      Obra médica

 

Desde el comienzo de nuestros esfuerzos pioneros entre el pueblo songo en Chititu procuramos ayudar a los enfermos y heridos. En aquellos tiempos el médico más cercano estaba a 320 kilómetros y uno tenía que llegar a pie. El gobierno no ofrecía ningún servicio de salud organizado en aquellas regiones aisladas. Por cierto, a menudo atendíamos a funcionarios solitarios cuando padecían de malaria, tanto la corriente como la severa.

Al comienzo la gente tenía miedo de aceptar nuestra medicina y los hechiceros les amenazaban, contando las consecuencias funestas de acercarse a nosotros. La mortalidad infantil era terriblemente elevada. La gente no tenía idea que la malaria es transmitida por zancudos y que se contrae la bilharzia por agua contaminada. Sus chozas eran criaderos de garrapatas, piojos, chinches y otras formas sucias del mundo de los insectos. La lepra era muy común y la persona que la había contraído comía y dormía con otros miembros de la familia. A menudo la tifoidea y una forma benigna de ella, la kafir, diezmaban pueblitos enteros.

Un muy alto porcentaje de la población estaba infectada de lombrices, consecuencia, por supuesto, de la manera antisanitaria en que preparaban y manejaban los alimentos. La conjuntivitis, una enfermedad contagiosa de los ojos, arrasaba el país en cada estación seca, afectando los niños en particular. La transportaban las moscas. Otra aflicción generalizada era la de las grandes úlceras tropicales, usualmente en las piernas donde es difícil curarlas.

No teníamos pretensiones de ser expertos, pero por lo menos sabíamos más que los hechiceros ignorantes o sus pacientes crédulos. Las drogas y los remedios que nos ayudaban a nosotros y nos guardaban sanos, sabíamos que les ayudaría a ellos. Llegamos a construir un dispensario y dotarlo de los remedios corrientes y las drogas nuevas a medida que se hacían disponibles. A la par que la gente nos conocía, y se daban cuenta de que no teníamos motivos ulteriores sino un deseo genuino de ayudar, se vencieron el temor y el perjuicio y el pueblo acudía al dispensario en números cada vez mayores. Poco a poco formamos una biblioteca médica de cierta consideración, de manera que el conocimiento aumentaba con la lectura y experiencia. Mi esposa atendía a la parte médica y  yo a la extracción de muelas.

En nuestro primer viaje al exterior, como también en otros posteriores, un amigo odontólogo me orientó en este oficio y en nuestro regreso a África me dotó de los instrumentos necesarios. Casi todos los días cuatro o cinco personas se presentaron para una extracción. No se usaba una anestesia, pero cocaína sí, si el paciente quería costearla. De otra manera, el servicio era gratuito. Al viajar entre los pueblos, yo siempre llevaba fórceps y a menuda me paraba en el camino gente con un dolor de muela. Un día un anciano africano quería que le sacara todos sus dientes, ya que deseaba conseguir una prótesis. En verdad le hacía falta, ya que todas las muelas estaban en una condición deplorable. Él se sentó en el suelo mientras saqué nueve, sin anestesia.

“Pues, quizás con esto basta”, sugerí.

“No, Nala”, dijo, “quiero que los saque todos”. Extraje catorce por todo, algunos de ellos meras espigas, y él se quedó completamente mudo.

La epilepsia abundaba. Muchas veces se nos trajeron gente que se había quemado horriblemente al caer sobre el fuego en un ataque epiléptico. Estos casos requerían meses de cuidado diario, y aun después de curados algunos de éstos volverían por haber incidido en el mismo accidente al dormir en sus chozas bajo las mismas condiciones.

La lepra está difundida en casi todas partes de Angola. La mayoría de los centros misioneros cuentan con un campamento donde los leprosos viven por dos años mientras están recibiendo tratamiento. En los tiempos de antes se les daban inyecciones de un aceite acre del Oriente, pero en años recientes una de las drogas nuevas ha dado resultados espectaculares. Como consecuencia de la necesidad de que los leprosos se quedaran por tratamiento por dos años, oyendo el evangelio constantemente en el campamento, muchos entre esta gente afligida recibieron a Cristo y a su vez han ministrado a los suyos.

Después de nuestra partida de Chititu en el songo para residenciarnos en Capango en Bié, nuestros consiervos y sucesores en Chititu, el señor Jack King y señora, continuaron la labor entre los leprosos y vieron resultados animadores, no sólo en la restauración de cuerpos sino espiritualmente en la transformación de vidas. Nunca se puede reparar los estragos y las deformaciones causados por la lepra, pero por lo menos se puede refrenar el progreso de la enfermedad con los recursos que hay disponibles ahora.

En todos nuestros años de prestar ayuda médica, nunca intentamos una cirugía mayor. Éramos cautelosos y conocíamos nuestras limitaciones, pero muchas veces por las circunstancias del caso nos encontramos obligados a hacer lo que se vería como presuntuoso en un país civilizado. Eran casos de hacer algo o dejar que la paciente muriera.

A veces contamos con la ayuda de enfermeros angoleños que habían recibido instrucción en un hospital. Uno de estos fue Feliciano. Él estaba lleno de confianza propia pero, a diferencia del misionero, no sabía dónde parar.

En una ocasión, durmiendo en una choza nativa, mi señora fue mordida por una garrapata. Se hinchó el brazo y ella precisaba de una inyección intravenosa sin demora. Intenté varias veces a insertar la aguja en una vena bien hundida, pero no pude. Feliciano, quien por casualidad estaba en el pueblo en este momento, lo logró en el primer intento.

En otra ocasión, un comerciante trajo por camión una mujer envuelta en una cubierta y la dejó en nuestro porche. “Favor de cuidarla”, dijo, y con esto se fue. La indígena había tenido dolores de parto por varios días, pero la criatura había nacido muerta. No había médico, y se nos cayó el alma a los pies. Pero se presentó Feliciano.

“No se preocupen”, anunció, “yo atenderé a esto”. Llevamos la mujer al dispensario. Feliciano buscó una toalla y una pasta de jabón carbólico y se lavó cual cirujano profesional. Entonces oró como había visto hacer el médico misionero, y empezó. Sacó al niño en cosa de media hora.

Otro día se presentó un hombre en la oficina gubernamental con una cicatriz curada a lo ancho del abdomen. Le preguntaron cómo fue eso. El hombre respondió, “Feliciano”. Parece que sí abrió el abdomen del sujeto.

Como nosotros lo vemos, este es el peligro de soltar enfermeros en los pueblos indígenas para realizar tareas médicas sin la debida supervisión. El misionero se da cuenta de sus propias limitaciones y no cobra por sus servicios, pero tarde o temprano el nativo cede ante la tentación de cobrar en exceso al estilo de los hechiceros antes de él. Dentro de poco Feliciano poseía una moto y muchos de los aparatos costosos del blanco.

En vista de las condiciones cambiantes en muchos países y la ascendencia de los regímenes comunistas, en años recientes se ha preguntado a veces si es prudente que las misiones evangélicas dediquen cuantiosas sumas a los hospitales y otras obras humanitarias. Desde luego, la pregunta es legítima, pero en lo que se refiere a Angola, la ley exige que el misionero realice esta clase de labor y, como la obra docente, ella ha sido grandemente bendecida en ganar la confianza del pueblo y abrir puertas y corazones al evangelio.

El dinero dedicado a este fin ha sido una buena inversión que ha pagado ricos dividendos en la forma de resultados espirituales. Pero algunos de los regímenes nuevos en África están dispuestos y deseosos de recibir los beneficios de la obra médica y de la docente, pero no ven de buena cara, o aun prohíben, su uso en la propagación del evangelio. Personalmente sentimos que el lado espiritual es de importancia primaria. La obra social es importante pero en todo caso debe ser asociada con y subyugada a la espiritual.

 

20  Transporte y correo

 

En los primeros años en Angola nunca se me ocurrió que algún día yo iba a poseer un automóvil; era el juguete del rico. Pero el caso es que compramos el primero en 1931.

Una buena caminata era de cuarenta y cinco kilómetros en un día y terminaba generalmente con un descanso bajo las estrellas en el suelo al lado de una fogata. Aquel estilo de vida tenía sus ventajas. Había tiempo para parar en cada pueblo, negociar con las mujeres por la gallina para la cena y platicar el evangelio con los ancianos en la chota, o centro comunal.

Algunos comerciantes portugueses usaban el buey domado y otros la tipoia. Esta era una hamaca suspendida de un palo de palmera y llevada por dos africanos sudados y desnudos del cinturón arriba. Mentalmente yo despreciaba esta manera de viajar. Estaba bien para una mujer o un enfermo, pero no para un varón poseído de dos piernas sanas. Algunos misioneros intentaban con el asno para sus viajes, pero su éxito fue moderado. Aquellas bestias solían extraviarse en la noche y caían presas a los leones hambrientos.

En más de treinta y cinco años en Angola he visto un solo caballo y parecía enfermizo y débil. Quizás la razón principal por qué los portugueses no han utilizado el caballo para transporte en el país sea que en algunas partes abunda la mosca tse-tsé. La tse-tsé es portadora de la enfermedad para sueño y ataca tanto a hombre como a bestia. Aparentemente el caballo es especialmente vulnerable.

Una colonia de boeres en el distrito de Huila introdujo el vagón típico de los voostrekers, o pioneros surafricanos, pero por regla general el método de transporte común, hasta los fines de los 1920, era el portador africano con su carga de veintisiete kilogramos, cubriendo adoloridamente cuarenta y cinco kilómetros por día.

Un invento práctico de los misioneros fue lo que los ovimbundus llamaban el alikoke. Era un monorueda al estilo de la calesa oriental de dos ruedas. Tenía una cesta o una silla de contraenchapado montada sobre la rueda y dos tubos de acero que proyectaban adelante y atrás. Dos hombres, el uno halando y el otro empujando, manejaban el aparato por los accidentados senderos de veintitrés centímetros de ancho a través de bosques y llanos. Así lograban unos 17 kilómetros por hora sobre un camino bueno. Comúnmente la rueda era de una motocicleta con neumático. Los comerciantes solían pedir prestado este coche y los he visto con un jambok ─un fuete de cuero de hipo─ debajo del asiento, ¡y bien dispuestos a usarla si los corredores no estaban alcanzando la velocidad deseada!

Fue en los 1920 que el automóvil apareció, trayendo consigo la enorme tarea de construir caminos. Los militares construyeron los primeros, empleando la mano de obra civil para realizar el trabajo. Eran los tiempos cuando se hacía esto a mano, reclutando a juro en los pueblos y obligando los obreros a trabajar por semanas y meses sin remuneración, sin raciones y usando sus propios implementos. Los hombres usaban la pequeña hacha propia del país para talar árboles y arrancar raíces. Las mujeres y niñas, quienes también trabajaban, cortaban el monte y la hierba con sus azdas pequeñas del tamaño de la mano de un hombre, y cargaban el granzón y la tierra de las hormigueras en sus cestas de comida para llenar los hoyos y nivelar la superficie.

Los africanos más diestros con el hacha tenían que cortar palos para la construcción de puentes sobre los ríos y arroyos. Cada pueblo debía aportar su cuota para este trabajo no remunerado, y los jefes que dilataban eran azotados con el palmatorio o con el fuete de hipo, o quizás encarcelados. Un palmatorio es un instrumento de tortura en la forma de una cuchara grande. A veces se perforan huecos en la copa para crear un vacío. Cuando uno es azotado con este instrumento se le hinchan las manos como pelotas y las puntas de los dedos suelen romperse. Para dar una buena medida a veces lo aplican a la planta de los pies. A los encarcelados no se les dan comida; si no se la trae un tercero, el preso muere de hambre. En fin, la construcción de caminos en Angola costó una gran paga en vidas humanas.

Una vez hechos los caminos, requerían atención constante. Cada pocas semanas era necesario raspar la maleza y echar más granzón. En la estación de sequía la quema de maleza consumía los puentes hechos a palos y en la estación de lluvia las inundaciones y las lluvias torrenciales abrían grandes surcos y zanjas en los caminos de tierra. Sin falta, el soldado se presentaba en la mañana después de la lluvia con su azote en mano y la solicitud, o la demanda, de obreros para reparar el camino. Este sistema ha prevalecido por varios años. Cerca de los pueblos de la costa y del ferrocarril se está intentando construir caminos mejores y entendemos que los obreros serán remunerados. Pero hasta 1961, cuando estalló el problema en el Noreste, imperaba el esquema tradicional y fue un motivo para la sublevación.

 

Para un misionero en un lugar apartado en un país extranjero, la vista más agradable es la del cartero con su carga preciosa de noticias del terruño. En los tiempos de antes una carta era llevada de una parte del país a otra por un mensajero a pie. Se partía a medias un palo para colocar el sobre entre las dos mitades y amarrarla al palo. El mensajero era el mukwamukanda, “el de la carta”. Era literalmente una epístola caminante, un individuo importante, el portador del mensaje del blanco a quien se le daba la bienvenida real en cada pueblo y una despedida cuando salía para el próximo pueblito.

Por varios años recibíamos correo del extranjero una sola vez al mes. Desde Chitutu, en el territorio songo, teníamos que enviar la correspondencia hasta Silva Porto en Bié, una distancia de más de 320 kilómetros. El cartero solía estar ausente por tres semanas, llevando por lo regular la carga de rigor además del correo. Junto con el correo, muchas veces portaba dinero, porque el punto más cercano donde podíamos cambiar un cheque por moneda portuguesa era Silva Porto. En cierta ocasión el cartero dejó sus encomiendas en una choza de paja en la ribera del Luanda mientras buscaba agua para la cena. Unos señores estaban quemando monte cerca del lugar; se incendió la choza y perdimos no sólo el correo del mes sino también una buena suma de dinero.

Cuando vivíamos en Luma-Casai en Chokweland, un amigo anciano llamado Samundengo buscaba el correo en Moxico, y en Villa Lusa una vez construido el ferrocarril. En cierta ocasión él fue de costumbre y venía de regreso con la valija, haciendo escala en Río Casai porque tenía hambre. Prendió fuego en la ribera y fue a lavar su plato de castaño. Agachado, escuchó un movimiento en el agua; un cocodrilo apresó sus dos manos y antes que pudiese afirmarse el animal lo haló al agua. Nada más se supo de él, el hombre perdió la vida al llevar el correo de los misioneros.

Un gran problema era que a menudo las cartas y encomiendas eran abiertas en el camino. Cuando nos casamos un grupo de amigos de mi esposa en Providence, en los Estados Unidos, preparó trece paquetes de obsequios y los envió por correo de primera clase. En aquel entonces la administración norteamericana no aseguraba el correo para Angola. Llegó a nuestras manos un solo paquete y nunca supimos qué pasó con los demás. Después de unos años, en nuestro primer viaje a América, aquellos amigos nos dijeron algo de lo que estaba en aquellos paquetes extraviados, inclusive todo un juego de cortinas para la casita. Les pedimos no continuar, tanto nos dolió lo que sí contaron.

A raíz de este incidente, solicité que la administración nacional de correos averiguara el caso. De la oficina en Silva Porto recibí una carta que afirmaba que yo les había acusado de hurto y que de ese momento en adelante mi correo no sería entregado a ningún africano sino solamente a mí personalmente. Desde luego, yo no había acusado a nadie. Ir a Silva Porto significaba una caminata cada mes de 880 kilómetros por todo, de manera que tuvimos que hacer arreglos para que nuestra correspondencia fuera enviada por otra ruta hasta Malange, ¡que quedaba aun más lejos que Silva Porto! Pero aquí también se nos enfrentó el mismo problema; a veces faltaban los zapatos enviados al bebé, la revista National Geographic llegaba sin el mapa correspondiente. No podíamos ganar.

Una palabra de consejo a los que escriben a los misioneros:  Nada anima y estimula más que recibir noticias del lugar de origen, pero favor de no componer sermones o perogrulladas piadosas. El misionero es muy humano y quiere recibir noticias; cuéntele las actividades de los amigos, de los que se casaron o se enfermaron. No tenga miedo de incluir un poco de salsa si no es maliciosa. Hable también de los estudios bíblicos y las conferencias. No hace falta una epístola larga, unas pocas líneas animadoras son una gran tónica.

 

21      Hechiceros

 

Mi primer contacto con la hechicería y el homicidio por rito fue en Bié, tres meses después de haber llegado a Angola. El cadáver de un hombre estaba suspendido por la cabeza y los pies en las ramas de un árbol. El blanco neófito, recién venido del exterior, suele reírse ante la superstición y los temores del africano, quien porta un pequeño cuerno de antílope por el cuello y ofrece sacrificios a una imagen colocada en tierra en el patio de su casa. Pero tiene porqué temer; cosas misteriosas suceden que no se pueden explicar racionalmente.

Con los años el blanco aprende a guardar juicio y generalmente llega a la conclusión que fuerzas siniestras están activas, que el cristiano reconoce como los poderes de las tinieblas. Al ser preguntado un africano acerca de algún acontecimiento raro, él encoja los hombros y responde, “Ngana, usted no entiende”. Y ciertamente yo no entendía. Fue sólo después de muchos años de contacto con el pueblo, en toda fase de sus vidas, que comencé a comprender un poco del reino de las tinieblas.

Ante todo, hay la infiltración de la propaganda comunista con su insinuación que el misionero blanco es el agente del imperialismo occidental, y que él ha abierto la puerta a todos los abusos que han perjudicado al continente africano por cien años. Desde luego, es completamente falso. La historia muestra que el misionero ha estado siempre en la vanguardia del auténtico progreso y alumbramiento. En muchos lugares se ha vuelto a la hechicería y las costumbres paganas. Inclusive, algunos líderes africanos con educación universitaria proponen esto abiertamente.

En la vida africana la religión y la medicina están asociadas inseparablemente. Al morir un africano su espíritu se transforma en un ochilulu. Ronda por el pueblo y posee la facultad de entrar en la gente y los objetos, y si está enojado o molesto puede causar toda suerte de enfermedad y problemas. Por esto hay que pacificar a los espíritus.

Se afirma a menudo que los africanos son animistas, o adoradores de objetos inanimados, pero esto no es estrictamente cierto. Ciertamente, el africano hace un ídolo y se postra  adora ante él. Hace también un altar y sobre él rocía la sangre de animales y aves, y también un aceite sobre el cual coloca pequeñas ofrendas de palilla y carne. Pero no es al palito, la piedra o el barro que él ora. Se cree que los espíritus de sus antepasados vienen y moran en estos objetos, y s a ellos que ora. Él n adora en nuestro sentido del término, sino simplemente trae una ofrenda o rocía la sangre en un intento a aplacar al espíritu agraviado, para que no le haga mal. Se reza normalmente de noche cuando supuestamente se reúnen estos espíritus. Se coloca un plato de palilla al lado de la imagen al ofrecer esta oración. Cuando un espíritu es amistoso, en vez de maligno, se llama una hamba.

El espíritu que más se debe temer es aquel de un bebé que haya muerto al nacer. Le ha sido negada la realización de una vida normal y por lo tanto está enojado. Lo mismo se puede decir del espíritu de un enajenado mental. Se cree que los espíritus moran debajo de la tierra y por esto en chokwe se llaman akwanwishi, “los de abajo”. Los cuernos, las imágenes y las semillas huecas que se suspenden del cuello, o se amarran a la muñeca, no son ídolos, sino fetiches, o amuletos que el hechicero ha hecho, y supuestamente ahuyentarán el peligro o darán hijos a la estéril. Corresponden a la patica de conejo que porta alguna gente supuestamente civilizada.

Después del cacique, el hombre más influyente en la sociedad africana es el hechicero. Dugald Campbell, en su libro In the heart of Bantuland, describe doce tipos de hechiceros. Es sacerdote, medium, médico, climatólogo, herbalista e intérprete de sueños – todos en uno. En su función de vidente se llama un chimbunda, y como sanador un mbuki, de ku-wuka, “a sanar”. Tanto hombres como mujeres pueden ser hechiceros. Con la ayuda del espíritu de adivinación él pronuncia oráculos, oficia como sacerdote, prescribe medicinas herbales para los enfermos y “olfatea” criminales por medio de su cesta. En su iniciación él acepta ser de por vida el esclavo del demonio. Literalmente, vende su alma a cambio del poder que recibe.

Una de las funciones principales del hechicero es la de detectar quiénes están practicando la brujería, pero también se le consulta acerca de mil cosas más. No hay reproche por lo que hace; más bien la gente le considera un guardián de la sociedad. Él suele ser un sujeto neurótico con una predisposición a las visiones y los sueños. Para llevar a cabo su asignación, generalmente cae en un trance y es especialmente susceptible a las influencias síquicas.

He visto a hechiceros, cuando en un trance, hablar idiomas que en otras circunstancias desconocen. Al ser interrogado sobre esto, dicen que es el espíritu de adivinación que habla por medio de ellos. Pero el típico hechicero es hábil, con una aguda capacidad de observación e ingenio nativo. Dispone de un abanico de juegos de manos que emplea a menudo para engañar a los crédulos.

Su período de instrucción es generalmente de unos dos años. Previamente, ha recibido un “llamado”, que por lo regular es consecuencia de una serie de enfermedades extrañas. Cuando una persona enferma consulta a un hechicero, se le informa que el espíritu de uno de sus antepasados desea poseerlo para que sea un adivino. El primer paso es organizar una búsqueda por el espíritu. Si el iniciado mata un antílope, es un buen augurio. Pero tiene que entregarse cuerpo y alma al espíritu que busca poseerlo.

Y cuesta. El hechicero que entrena al neófito tiene que ser pagado a cada paso. Primeramente un anticipo de diez aves; luego cuatro yardas de tela por dejar su pueblo. Para que se apresure, recibe el regalo de un cochino para ser asado. La cesta de adivinación cuesta un buey; los artículos en ella cuentan un chivo; el precio por mezclar las medicinas que las potencian, ocho yardas de tela. Y esto es sólo el principio. En cada fase de la ceremonia se cancelan otros honorarios.

En los dos años de aprendizaje el neófito aprende acerca de las medicinas y los venenos herbales. Allí está el peligro: él puede matar y puede curar. Para que cuente con el complemento femenino de la cesta de adivinación, él invita a una doncella a pasar la noche con él; en la mañana la administra una tela envenenada que provoca su enfermedad y muerte. Su espíritu ayudará a aquel que ya tiene para interpretar los augurios de la cesta de adivinación. Como un medio para impresionar a la gente influyente, el adivino a veces mata a un niño con veneno. Se entierra el cuerpo, pero más tarde la desentierra secretamente, quita el cabelludo y lo envuelve en tela. Lo coloca en el fondo de la cesta.

En la mente africana, la enfermedad se debe a una de cuatro causas: los espíritus inmundos, la hechicería, una mala condición sanguínea, o parásitos en el abdomen, llamada generalmente el animal o las lombrices. Cuando una persona se enferma y no responde al tratamiento de rigor, o alguna calamidad misteriosa le sucede a un particular o una comunidad, se consulta al hechicero. Ante todo, él averigua la naturaleza del problema, y luego prescribe el remedio. Carga un cascabel, tamaño de una manzana y hecho de un jícaro, que está atravesado por un palito y contiene piedritas para que suene. Con éste el llama al mundo de los espíritus.

Los hechiceros son culpables de mucho engaño y artimañas, y llenan sus bolsillos a expensas de la gente crédula. Pero a la vez, como en el espiritismo moderno, sin duda hay ocasiones cuando cuentan con un contacto genuino con el mundo de las tinieblas. Frecuentemente en su adivinación ellos entran en un trance hipnótico y hablan en una voz gutural y nada natural; da la sensación que el aire está cargado de un poder satánico. Esto es muy evidente a uno que ha vivido por años en ese medio. Parece que las mujeres son más susceptibles a ello que los hombres, pero muchas veces hemos visto a tanto hombres como mujeres bajo el poder de espíritus satánicos, dejándonos con la clara impresión que la posesión de demonios es una realidad y no una mera superstición, epilepsia o locura. Es una auténtica comunicación con los poderes de las tinieblas.

Una causa principal de la enfermedad es la hechicería. Se logra esto de varias maneras. Se dice que cierta gente predispuesta a lo malo extrae una porción del hueso de la extremidad inferior de un difunto y exprimen la médula para formar un tubo. El individuo que quiere embrujar su prójimo compra pólvora y se aleja en el bosque. Él atrapa una cantidad de reptiles e insectos cuya picadura es venenosa, como por ejemplo ciertas culebras, escorpiones, avispas y hormigas. Con éstos vuelve a su pueblito y prepara se “fusil”. Se coloca la mezcla en el hueso, prende un fósforo y apunta a la casa de la persona que quiere matar, pronunciando su nombre a la vez. Se supone que la víctima va a sentir una puñalada en el momento del disparo. Es de esperar que la persona muera, salvo que contrate a un hechicero poderoso y extrae el veneno por un vaso y succión (cupping en castellano).

A veces se mata a uno por envenenamiento y se le extrae el corazón, para hacer con él otro tipo de fusil. Se lo coloca al lado del sendero con el propósito que se dispare cuando pasa el sujeto señalado. Hemos conocido personalmente a dos personas que fueron matadas con el fin de sacar se corazón. Uno de ellos era un blanco a quien se persuadió salir de su casa una noche, y la otra era un vecino nuestro, hermano de un cacique que lo mató para aprovecharse de su corazón.

Hay otra fraternidad de brujos que emplean el ojo humano, también matando para aprovecharse del órgano. En 1926 un joven, quien era uno de los portadores que llevó a mi señora en hamaca de Bié a Chokweland, se enfermó y murió repentinamente. Algunos misioneros fueron a su pueblo para asistir al entierro. Encontraron el cadáver enteramente envuelto en un género oscuro. Sospechosos de alguna perversidad, pidieron que la envoltura fuese quitada. Encontraron que un ojo había sido quitado y un dedo también. Se considera el ojo humano un fetiche potente. Se dice que los miembros de esa fraternidad se reúnen en el bosque de noche para discutir sus asuntos.

Otra técnica es la de dejar caer una gota de veneno, o una espina envenenada, cerca del portal de un enemigo. Evidentemente hay veces cuando obra en la piel y mata sin dejar una herida evidente. Otras veces se introduce el veneno en la comida o de la calabaza para el agua. Si se le acusa a uno  haber matado o herido a un prójimo, el tal debe sujetare a la prueba de veneno. Tal vez estas ideas parezcan raras o aun ridículas a personas civilizadas, pero hemos visto acontecimientos muy extraños. Algunos de ellos se pueden catalogar como una autosugestión o un susto de parte de personas que se creían embrujadas, pero otros escapan explicación de parte nuestra.

Una tercera causa de enfermedad, en la mente del africano, es una mala condición de la sangre. Si uno se pone pálido, se sospecha que si sangre está fuera de orden. Otro toca la palma de la mano con la lengua, y, se dice, por el sabor puede determinar si la sangre es deficiente. Viene uno especializada en el oficio y corta la arteria al lado de la cabeza. Al chorrear la sangre, la paciente suele desmayarse. Cuando el hechicero haya visto que ha perdido suficiente líquido, él venda la herida rápidamente con hilo de corteza y algo duro por encima de la incisión en sí. Se da al paciente una abundancia de comida para que se fortalezca.

El cupping se emplea a menudo para las inflamaciones y ciertas clases de dolor. La “copa” suele ser el cuerno de un pequeño antílope o quizás una muy pequeña calabaza. Se hacen pequeños cortes en la piel y luego se coloca firmemente la copa, con huequitos, sobre la herida. Luego se extrae todo el aire y a juro se mete cera de abeja en el hueco. El vacío jala la sangre de la herida. Se emplea el cupping también para las mordeduras de serpiente. Sería difícil encontrar un africano, en las regiones primitivas, que no lleva marcas de este procedimiento.

Casi todo desorden estomacal se atribuye a “el gusano”. Un africano puede describir en gran detalle la travesía de su lombriz por todo su interior e imitar también los ruidos que hace. Si problema es más de toda la flatulencia pero no lo va a creer si se lo dice. Pero con todo, un alto porcentaje de la gente sí está infectado con lombrices de una u otra índole. En la menta angoleña el remedio para todas estas aflicciones es matar el intruso con algo agrio, o salirse del problema por el vómito. Cualquiera con un buen suministro de sal de Epson, o una potente agua emética, puede ganarse la fama de médico en África en muy poco tiempo.

Y hay el tratamiento que el hechicero aplica a los accidentes. Para una fractura del hueso, se fabrica una pequeña esterilla de bambú e hilo de corteza. Es una tablilla. Una vez que el hueso comience a tejerse, se mata una chiva y se mezcla el contenido de su estómago con hojas recogidas del valle de un río. Diariamente se manosea la fractura con esta mezcla. En el caso de una fractura múltiple, donde huesos grandes sobresalen, conocemos un caso donde un extremo de una cuña de madera fue introducida en la médula del hueso y el otro extremo en el hueso propio, y todo amarrado como si fuera una fractura simple. Aquel sujeto tenía un derrame por buen tiempo pero a la postre el hueso se sanó.

Un bálsamo favorito para las úlceras es la corteza interior del circulo silvestre, machucada y aplicada a la parte adolorida. A veces se aplica el aceite de castor sobre como pomada para una herida abierta. Tratándose de las enfermedades del ojo, se recurre al cupping de las sienes. Algunos brujos usan un ojo humano; lo ponen a hervir con ciertas hojas y pasan el producto por un colador. Lo aplican, desde luego, para curar una inflamación.

Otros emplean una suerte de agua santa. Para prepararla, introducen un pedazo de carne o hueso humano (llamado kau) en agua junto con hojas. Se hierve, se cola y se unta. Para un dolor de cabeza, aprietan una cuerda en torno de la cabeza a nivel de las sienes.

Se me explicó una vez lo que el indígena considera ser la causa del bocio. Mi informante comentó que el blanco no sufre de eso porque hierve el agua potable. Pero el africano la bebe tal cual con sus insectos y sucio. Éstos se pegan en el cuello y provocan el bocio. ¡Así de simple!

Por supuesto, la África primitiva cuenta con sus quiroprácticos He observado cuando portadores, habiendo cargado con veintisiete kilos todo el día, acostarse rostro abajo mientras un colega pasea por su espalda desnuda, manipulando las vértebras con los dedos. Dicen que les da alivio el cansancio.

Hay cierta evidencia de que los médicos aplicaban una vacuna antivirólica antes de que fuese la práctica en Europa. Sencillamente cortaban la muñeca y manoseaban la herida con la concha de una viruela. A veces la paciente se quedó en pero condición, pero normalmente el resultado fue el de una vacuna: unos días de fiebre y luego la inmunidad.

Una parte importante de la obra del hechicero es la administración de la prueba por veneno. Si uno muerte repentinamente bajo circunstancias misteriosas, se busca un adivino. Si, efectuada su averiguación, dice que fue consecuencia de la brujería, los parientes se dedican de una vez a determinar quién fue el culpable. Se despachan dos jóvenes, generalmente a una parte lejana, a buscar un hechicero de reputación, quien proceder a “oler” el nombre del ofensor por medio de la cesta de adivinación. Por regla general este adivino es un viejo sagaz y se ha informado de medio de los mensajeros la mayoría de la gente del pueblo. Observando los rostros de los jóvenes mientras nombra a todos que puede, él percibe a quién tienen ellos en mente con el homicida. Entonces anuncia triunfantemente quién lo hizo. Se le pagan por sus servicios y los mensajeros regresan a su pueblo.

Al llegar los mensajeros que soplan secretamente al cacique lo que han aprendido. Se convoca a todo el mundo a reunirse en el centro del pueblito. El cacique porta tiza roja y blanca y marca con la blanca a los que no están implicados en el crimen. Al llegar al acusado, le señala con la tiza roja, quien de una vez está apartado y uno debe volver a su casa. Él duerme al aire libre en la casita de plática y puede comer sólo yuca cruda y maní, pero no la acostumbrada palilla.

Dos mensajeros más son despachaos a conseguir la corteza de cierto árbol, de la cual se elabora el veneno. Ciertos aldeanos poseen estos árboles y cobran un chivo por la corteza. Ésta se pica, se muele y se licuada con agua. La mezcla es emética; su cualidad de purgante mata a quien la consume en exceso. El acusado es guardado en ayunas la noche antes de su odisea.

Temprano en la mañana todo el mundo se congrega en el bosque, donde se prepara un túmulo más o menos el tamaño de un sepulcro recién rellenado. Se ha construido al lado una enramada donde se agacha el que va a administrar el veneno. Él esconde la cabeza cuando el acusado pasa, y gruñe, “¿Quién soy?” El acusado debe responder de una vez y decir su nombre; si no, el otro le maldice y afirma que va a morir.

Ahora el acusado se siente obre el túmulo y la gente lo rodea en dos grupos, los amigos el acusado por un lado y sus adversarios por el otro. Todo el mundo está convencido de que el hombre va a morir si de veras es culpable del crimen, pero que el veneno no puede hacerlo mal si es inocente. Si rehúsa recibirlo, se lo mata de una vez con un hacha. Una vez que lo haya bebido, sus enemigos empiezan a gritar, “¡Mura, muera!” y lo maldicen. Sus amigos en cambio gritan, “¡No muera, no muera!” y le dan ánimo. Si vomita el veneno, hay mucha batida de manos y canto de parte de sus aliados, y todos vuelven al pueblo. Si sus ojos comienzan a rodar y él se cae, sus enemigos se adelantan furiosamente para acabar con él con el palo y mortero que se usaron para preparar el veneno.

Los que tienen miedo huyen pero los demás arrancan su ropa y la dan a quien administró el veneno. El mortero se armara al cuello con el cinturón del difunto. El cadáver se cubre de leña y ramas, y se prende fuego a todo esto. La gente se queda despierta toda la noche, tocando tambor para ahuyentar los espíritus malos. Entonces el hechicero cobra un cuantioso honorario por sus servicios.

Muchos desaparecen por este procedimiento, inclusive gente que hemos conocido personalmente. Hemos estado presente y visto el cuerpo que se acaba de matar. La prueba por veneno está prohibido por el gobierno portugués, pero se la administra frecuentemente sin el conocimiento de las autoridades. Se lo hace generalmente bosque adentro y los responsables se cuidan a eliminar toda evidencia de sus actos. Si las autoridades llegan a saber, investigan, y los culpables son sentenciados a un período de encarcelamiento en otra parte de Angola.

 

22   La religión luvale

  1. E. Horton
    un capítulo en el libro Africa, oh Africa!

 

Los luvale son una tribu de la misma ascendencia que los chokwe. La mayor parte vive en Zambia y la menor parte al otro lado de la frontera en Angola, donde se conoce como los lwenda. El autor de este capítulo trabajó entre ellos desde 1921 hasta 1975.

 

Los luvale pertenecen a la familia bantú, pero a diferencia de algunos de ellos, son monoteístas. Creen en un Dios, usualmente conocido entre ellos como Nzambi, Zambi o por lo menos en un caso, como Yamwe. Se ha conjeturado que este nombre se deriva de la misma raíz que el hebreo Yahwe, o Jehová. Es interesante notar que el nombre luvale es Kalunga (con énfasis en la ka, bajo en el tono y la a larga en el ritmo) y denota el temor reverente que inspira la grandeza de Dios, y por lo tanto es equivalente al hebreo Elohim. Los vimbundus le designan Suku.

El pueblo luvale también se refiere a Dios como el Creador, literalmente “el Padre de la creación”. Creen que Él hizo todas las cosas, la gente inclusive. En tantos aspectos sus creencias básicas van paralelas a la revelación bíblica, de manera que concluí tiempo atrás que sus antepasados, probablemente cuando todavía estaban en el norte del continente, tuvieron sin duda algún contacto con la Palabra de Dios. En el lenguaje de Romanos 1, conocían a Dios, pero perdieron aquel conocimiento.

Por otro lado, están en grandes tinieblas en cuanto a cómo es Dios en verdad. A menudo hablan de Él como una especie de gran cacique que habita en una capital cónsona con ese concepto. Algunos han dicho que es un gran chivo. Otros, notando cómo un rayo parte un árbol, ¡han llegado a la conclusión de que Él debe ser como la punta de una gigantesca lanza! Reconocen que Él es, pero no tienen idea de qué podría ser.

Dicen que en el principio Dios creó un hombre y una mujer, y todos procedemos de ellos. Les llaman Samutu (padre-de-hombre) y Nyamutu (madre-de-hombre). Ellos fueron creados en el cielo, donde está “la capital” de Dios, pero le ofendieron y por esto fueron sacados del cielo a la tierra. En vista de esto, cantan, “Nuestro verdadero hogar es la capital de Dios, y a la postre allí vamos. Aquí en la tierra estamos sentados calentándonos al sol” (a saber, antes de ir algún día a nuestro hogar). Entre ellos no existe el concepto del pecado personal como algo que les impida llegar a su hogar.

Muchas de sus leyendas muestran lo que parece ser un conocimiento original de la Palabra. Hay por ejemplo, la tradición casi universal del Diluvio. En África esta tradición se vincula siempre con algún lago o mar en el área ocupada por la respectiva tribu. Entre los luvale la tradición lo asocia con el Dilolo, a unos treinta kilómetros al oeste de Kavungu.

Hay también la historia de la construcción de la Torre. Supuestamente fue emprendida por los ancestros de uno de los clanes luvales, quienes por esto se llaman “aquellos-de-la-torre”. Las costumbres en muchos casos están en paralelo con la ley mosaica. Es la norma practicar la circuncisión del varón, y sin ella ningún hombre es considerado un auténtico hombre. Cuando estábamos traduciendo las leyes rituales del Testamento, mis ayudantes luvales solían exclamar, “¡Sí, así hacemos nosotros!”

Algunos han sugerido la posibilidad de que muchas de estas leyendas y costumbres han podido llegar allí por su contacto con los musulmanes. He leído que la creación del hombre y su posterior expulsión a la tierra se encuentran en el islam. Pero hay por lo menos dos de estas leyendas que revelan una influencia claramente cristiana, aunque como todas las otras ellas han sido grandemente distorsionadas a lo largo de años.

Me encontré un día sentado en un pueblito presentando el evangelio de Cristo a un grupo. Cuando estaba por terminar, una mujer llamó a un anciano que no había venido con los otros para escuchar: “¡Epa, Fulano! Venga y cuente a este blanco la historia del hijo de Dios”. Vino, y me la contó así:

Hace mucho tiempo Dios envió a su Hijo a visitar el sol, la luna y la tierra. Vino en la forma de un duker (un antílope pequeño). Allí el hombre lo encontró y lo mató. Pasó el tiempo y el hijo de Dios no volvió a Él, de manera que empezó a averiguar. Fue primero al sol. “¿Usted ha visto a mi hijo?” “Sí, él vino aquí a visitarme. Le recibí bien, y me dejó y fue a ver a la luna”. Para probar la veracidad de esto, Dios encerró el sol en tinieblas (la prueba por adversidad). Pasaron doce horas y el sol se presentó de nuevo intacto, probando así su inocencia.

Entonces Dios fue a la luna. “¿Vio a mi hijo?” “Sí, él vino a visitarme aquí. Le recibí bien y él siguió hasta la tierra”. Quince días más tarde la luna se presentó de nuevo, intacta, mostrando que también era inocente.

Finalmente Dios fue a la tierra y preguntó al hombre, “¿Usted ha visto a mi hijo?” “No, no le he visto”. Entonces Dios encerró el hombre en un retén, y tres días después el hombre fue encontrado muerto. Así se probó que el hombre era culpable de la muerte del hijo de Dios.

Allí termina la historia. Las analogías con la historia evangélica son muy evidentes. No hay, sin embargo, ninguna insinuación de una resurrección, ni de la verdad de que el Hijo de Dios vino a la tierra a salvarnos de nuestros pecados. Todo esto se ha perdido porque el pueblo no poseía la Palabra escrita. Ahora que cuentan con la Biblia en su propia lengua, confiamos en que no pierdan la verdad de nuevo, como parecen haber hecho sus antepasados.

Otro relato sugestivo entre ellos es el de la ocasión cuando de repente, a mediodía, la tierra fue envuelta en una densa oscuridad. La oscuridad continuó hasta mediados de la tarde, cuando de repente el sol apareció de nuevo. Ellos han concluido que esta oscuridad fue causada por la magia de los caciques, pero se quedan muy impresionados al ser informados que sucedió cuando el Señor fue crucificado por los pecados de ellos.

El pueblo luvale cree en el infierno, que, como la capital de Dios, realmente está ubicada en el cielo. Se llama “la grandeza de hoyos profundos”, o “la grandeza de la tierra roja”. Es un lugar de tormento adonde se consignarán a la postre a los asesinos, los brujos y los ladrones (a saber, ¡los que me roban a mí!). Una maldición común entre ellos es, “Que muera y vaya al infierno el hombre que me quitó aquella cosa”.

Ninguna de estas creencias tenía alguna referencia a la idea de una responsabilidad personal delante de Dios, ni de la necesidad de alguna forma de salvación espiritual. Para ellos el pecado no es una ofensa contra Dios, sino una perversa intención maliciosa contra otra persona. Por lo general se niega indignamente la acusación de que yo soy un pecador: “¡Nunca he matado a nadie!” La idea de un propósito dañino contra la gente es el verdadero sentido de la palabra que hemos tenido que adaptar para “pecado”; lo explicamos con la palabra para una soberbia delante de Dios. La idea bíblica de la pecaminosidad es una de la cual sólo el Espíritu Santo puede convencer. Se nota aquí sólo en el contexto del hecho de que semejante concepto no es parte de la percepción religiosa del africano.

En cuanto a la vida cotidiana, el luvale no es un animista en el sentido que el diccionario emplea el término. Él no percibe todas las cosas materiales como poseídas de principios vivos o espíritus. Está, sin embargo, “por el temor de la muerte … durante toda la vida sujeto a servidumbre”. Vive en temor de los espíritus de los difuntos y de la hechicería, y está siempre ocupado con el problema de cómo librarse de las amenazas que le asechan continuamente.

A su modo de entender existe una relación estrecha y continua entre los miembros de la tribu, tanto por vivos como por muertos. Aquellos que han pasado al mundo de los espíritus se consideran activos todavía entre los sobrevivientes, tanto para bien como para mal. El luvale se ocupa en primera instancia de la última de estas influencias, aunque he visto gente, después de la primera lluvia de la temporada, dando gracias ante los fetiches que representan los espíritus y orando a ellos por abundante fruto de la siembra. En una ceremonia que observé, el líder les pidió a los espíritus que intercedan ante Dios por ellos, algo así como aquellos que conceptúan a los así llamados santos como intermediarios entre ellos y Dios. En realidad, él les pidió interceder “ante Jesús” (dicho para el oído mío). No me cayó bien, y de una vez, muy molesto, le dije que no mencionara ese Nombre en aquel contexto. ¡La ceremonia cesó enseguida!

En cuanto a la enfermedad, por lo regular el luvale no cree ésta se deba a una causa meramente natural. Se enfermó, cree, bien porque uno de los espíritus lo dispuso o porque está embrujado. Él llama al adivino para averiguar la causa de la enfermedad. Éste empleará uno de varios aparatos. Puede ser una pequeña cesta redonda donde guarda varios artículos de diversos tamaños y formas, cada uno de ellos, según él, con su significado específico. El adivino agita la cesta mientras formula preguntas sugestivas, luego la lanza y alega saber las respuestas según las posiciones que los artículos han tomado.

O quizás emplea un palo para machacar. Es un modelo reducido del palo que las mujeres utilizan al machacar el maíz en sus morteros. Está marcado con rayos de arcilla blanca y roja, tal como es la mano del adivino. Mientras hace sus preguntas, mueve el palo en el suelo. Cuando “da en el clavo”, ¡de repente el palo rehúsa moverse más! Los observadores se quedan enteramente convencidos de que están viendo un gran fenómeno.

Otro objeto que se emplea es la caparazón de una pequeña tortuga con un palo adentro, fijado de lado a lado. Un cordón amarrado en torno al palo atraviesa el caparazón de tal manera que roza arriba y abajo sobre el palo hasta que el adivino lo aprieta fuertemente, cuando ya no se mueve más. Por supuesto, cuando se pega, ¡ya se sabe la respuesta! (El señor Logan solía demostrar a la gente las artimañas de esos aparatos, ¡para el asombro de sus oyentes y el aturdimiento de los adivinos!) También hemos oído del uso de muñecos europeos, y en por lo menos un caso, de un Nuevo Testamento usado para la adivinación. (¡Es como abrir la Biblia al azar con la idea de que Dios hablará de una manera especial!)

Tal vez el adivino determinará que la enfermedad fue promovida por el espíritu de un pariente difunto. Él ha sido olvidado por su familia y está usando este medio para recordarles de su presencia. Se debe levantar un cierto fetiche y ofrecer al espíritu del pariente sangre, vianda y cerveza; con esto posiblemente se recuperará el enfermo. Es común ver en los pueblos luvales varios de estos objetos colocados en fila frente a las casas. Los veneran, como a las imágenes de los espíritus que ellos supuestamente representan.

Invocan los espíritus y se levantan los fetiches para la prosperidad de los negocios, para una buena fundición de hierro o para tener éxito en la cacería. Un cazador profesional siempre recibe la bendición de otros cazadores en una ceremonia especial, y su habilidad dependerá de la ayuda de los espíritus de los cazadores difuntos y de efectuar las ceremonias del caso y guardar los tabús pertinentes. Si su esposa le es infiel en su ausencia, o si incumpla sus tabúes, su magia en la cacería perderá su virtud.

Se invocan los espíritus también en el caso de la concepción y el alumbramiento. Para una mujer que desea tener un hijo, se celebra una ceremonia especial de danza que le permitirá concebir. A veces, para un enfermo, se baila a los espíritus para apaciguarlos y persuadirles que sean tolerantes. Todo este proceso de adoración a los espíritus, con sus muchas ceremonias, fetiches, tabúes y augurios, es demasiado complejo para que el extranjero lo comprenda plenamente o lo catalogue en una reseña como esta. El africano se siente rodeado de día y de noche por espíritus malignos que están empeñados en destruirle.

Ahora, la hechicería. Tal vez el adivino determinará que el enfermo ha sido embrujado. Se debe notar que el adivino suele ser un sujeto muy hábil. Al formular sus preguntas —que la gente repite tras él— él está notando cuidadosamente las reacciones. Al darse cuenta del tono en que repiten las preguntas, sus miradas significantes, etc., pronto él percibe qué es que la misma gente ha concluido de antemano, y tarde lo temprano el resultado de su adivinación será acorde con esto.

Desde luego, se da por entendido que conoce su negocio, ¡pero no siempre de la manera que la gente piensa! Así el adivino determinará que la enfermedad ha sido causada por la hechicería, y él o el hechicero señalará quién es “el brujo”. Generalmente es alguna persona anciana que no puede aportar beneficio a la comunidad, o que se ha hecho desagradable por una mala lengua, o alguien que ha alcanzado un grado de prosperidad como para provocar envidia en los demás. Una persona de esta índole estaría en peligro de ser matada de una vez o aun quemada viva.

Se ha sabido de casos donde la persona bajo acusación ha confesado que efectivamente era el brujo, bien por la confianza de que si los adivinos dicen que es así, debe ser así, o bien para salvarse de la tortura que se podría ejercer para extraer una confesión. Otros niegan la acusación con vehemencia y exigen un juicio por prueba. En este juicio el hechicero administra veneno, y si la persona se recupera –cosa posible si de antemano el hechicero ha sido sobornado suficientemente— es declarada inocente. En algunos casos la prueba consiste en sacar algún objeto con la mano de una olla de agua hirviente, sin que la piel sea afectada. Se dice que el hechicero, debidamente estimulado, puede arreglar esto también.

Bajo los gobiernos europeos fue cosa poco común que se quemara un “brujo”, aunque sí hubo casos. Lo común era administrar el juicio por prueba a una gallina, en vez de al acusado. Pero hemos sabido de casos donde se administró el veneno en secreto y de esta manera el “brujo” fue eliminado súbitamente. Otros, sabiendo que eran inocentes, han huido a los centros misioneros, donde han sido protegidos muy al disgusto de la población. Posteriormente han sido recibidos y refugiados por los mismos creyentes. En muchos casos el resultado ha sido que han llegado a ser creyentes fervorosos.

La hechicería asume varias formas. En una de ellas, una persona en busca de beneficio propio acudirá al hechicero y le pedirá lo que algunos escritores, por falta de un término mejor, han llamado “duendes”. Los luvales los llaman leones, “porque son feroces”. Son seres invisibles, parecidos a las personas humanas pero más pequeños. Son “creados” por el “doctor” de los cadáveres en el cementerio. Dados éstos a servirle, una persona se vuele próspera. Sus campos producen bien y él mismo tendrá salud y se engordará. Pero sus duendes deben ser alimentados, y su alimento es el de vidas humanas. Por esto acuden a su dueño y exigen los nombres de las personas que ellos pueden “comer”. Estas personas se enferman y mueren a medida que los duendes devoran sus vidas. O tal vez uno sufrirá repentinamente un dolor de cabeza, mientras el duende lo golpea con un hueso igualmente invisible. Frecuentemente se ha dado esta explicación a los casos de insolación.

Posiblemente una persona, por temor a ser embrujada, querrá “esconder su vida” en un refugio mágico. Acudirá al hechicero, quien por un honorario le “creará” una lomba, o serpiente mágica, en la cual su vida será escondida. Mientras exista la serpiente, la vida de la persona no puede ser tocada, pero la serpiente por su parte debe ser alimentada de vidas humanas. Así es que cuando varias personas en una localidad mueren una tras otra, el adivino posiblemente descubrirá que Fulano de Tal posee una lomba, que está provocando las defunciones. Él determinará dónde está la lomba en un arroyo cercano; al acudir al sitio, atraerá la serpiente por magia y la matará. Así como muere el reptil, ¡también muere su dueño!

Uno de los ancianos en Kavunga, Sakayola, había sido maestro musulmán. Había venido con otros de la antigua Nyasaland (hoy Malaui) mucho tiempo atrás; muchos del grupo fueron los primeros convertidos y llegaron a ser columnas en la obra. Después de nuestra llegada a Kavunga, varios residentes le pidieron al hechicero que usara la magia para causar la muerte de Sakayola. Lo intentó, pero Sakayola quedó inmune. Finalmente el hechicero confesó a los habitantes, “No soy capaz de tocarlo, porque él tiene su vida escondida en una roca”. Esto llegó a los oídos de Sakayola, a la que anunció públicamente con regocijo, “¡Es verdad! Mi vida está escondida en una roca, la Roca Jesucristo”.

Uno de los himnos en luvale tiene su origen en la idea de un refugio para la vida. La primera estrofa y el coro dicen, “Estoy en medio de enemigos que buscan destruirme. Pero no les tengo miedo, porque me he escondido de ellos en Jesús. Jesús mismo es el escondedero; las cosas inicuas no me pueden vencer. Mi refugio es El Fuerte; en Él tengo paz”. Es el himno favorito de una clase de mujeres maduras en Kavunga, y de mucha otra gente también.

Se debe mencionar aquí otra forma de hechicería, que es el así llamado fusil nocturno para la venganza o el homicidio. El “brujo” elabora un pequeño modelo de fusil y le coloca adentro un puñito de pólvora. Apuntándolo a la luna de noche, reza, “Que la vida de tal y tal persona intervenga entre mí y la luna”. Con esto, dispara, y la tal persona muere, ¡si es que colabora con el brujo! O tal vez se coloque cerca del sendero por donde pasa cierta persona un cuerno lleno de una “medicina” mágica, de suerte que recoja el veneno mágico y muera.

Se sabe de casos de individuos, convencidos de que han sido embrujados o “fusilados”, que sencillamente se han acostado y han expirado por simple voluntad de rendirse, o en desespero.

Conviene hablar también de la ceremonia de reconciliación, la cual es otra que se efectúa delante de los fetiches. Se mata una gallina y se esparce su sangre sobre las dos personas que han estado en pugna y ahora serán llevadas a comunicarse entre sí. Esta iniciativa a que se reúnan o se reconcilien por sangre es un claro punto de contacto para el evangelio, como lo es también el uso de la sangre en otras ceremonias también. ¿Será otro remanente del conocimiento del evangelio siglos atrás? Por ejemplo, hay la amistad por sangre, la que se formaliza cuando dos personas beben, cada cual, gotas de sangre de la otra, mezcladas en cerveza, y de esta manera se vinculan la una a la otra en perpetuidad. En esta amistad por sangre, todo lo que posee la una es igualmente la propiedad de la otra y se comparte a gusto. Un himno luvale reza, “Tenemos un amigo de sangre, Jesús el Hijo de Dios”.

Los temores que hemos descrito están inculcados en la gente desde su primer conocimiento y sólo Dios puede liberarles de veras. Como sabemos, Él puede hacerlo solamente si ellos permanecen en Cristo. Si no, los viejos temores pueden ser reavivados y una persona puede volver a una verdadera servidumbre. En América es posible que uno se enfríe en su relación con el Señor pero continúe como un cristiano carnal. En África una que vuelve atrás de esta manera casi inevitablemente caerá de nueva en la primitiva superstición y la crasa inmoralidad.

A veces la persistencia de estos temores puede dar lugar a dificultades serias en una asamblea de creyentes, pero damos gracias a Dios por los muchos quienes en Cristo han alcanzado una auténtica libertad de la servidumbre del miedo. Uno de estos es Njolomba, a quien hemos escuchado varias veces hacer ver lo ridículo de algunas supersticiones y mostrar cómo él se ha dado cuenta de su falacia. Muchos creyentes de la segunda y tercera generación nunca han conocido la servidumbre que esclavizó a sus mayores por tanto tiempo. Gracias sean dadas a Dios por su “ley de la libertad”.

Se ha preguntado si, en todas estas prácticas, hay evidencia de la obra de fuerzas realmente supernaturales. Si bien es cierto que mucho se debe a la superstición y las artimañas, se debe llevar en mente que detrás del telón siempre hay la obra de demonios que están resueltos a confirmar la gente en una actitud que les impedirá buscar y hallar el camino de la salvación. Sin duda hay casos donde la evidencia de poder es por coincidencia. Pero donde hay una verdadera fuerza demoníaca, es por lo regular con los adivinos y los hechiceros, y no con aquellos a quienes acusan. No es de dudar que algunos de estos hombres y mujeres estén bajo una influencia satánica y son en sí gente muy perversa. Se puede notar casos de “posesión” en algunas de las danzas y ceremonias espiritistas, pero es difícil decir si se deben a la presencia de espíritus o a la histeria. Por supuesto, cualquiera que renuncie su dominio propio en estas ceremonias se deja expuesto de una vez a las influencias demoníacas, y por lo tanto puede llegar a ser poseído por espíritus malignos.

Más de una vez en nuestros años en África circularon entre el pueblo historias de personas que se habían vuelto de los muertos, o estaban por hacerlo. A veces se hablaba de algún individuo que había “muerto” y “volvió” a vivir. Pero siempre, cuando una preguntaba dónde sucedió esto, nadie podía decirlo con confianza. Una parte de la idea ha podido ser debida al sentido amplio de las palabras en luvale para “morir” y “volver a vivir”, ya que pueden significar a nada más que un desmayo y la recuperación de la conciencia.

Sin embargo, dos veces en nuestro tiempo circularon informes que los muertos entre ese pueblo estaban por regresar a la tierra. Vendrían con gran riqueza, los africanos serían vindele (gente civilizada) y los vindele serían africanos, rebajados a los niveles de vida de los africanos y cambiados de color también. Así, los rangos sociales serían completamente revertidos.

La primera vez que circuló esta especie, se decían que los muertos en su regreso no desearían ver animales negros, y por esto se eliminaron todos los chivos, vacas, gallinas y ovejas negros. Por todo el país los luvales, persuadidos de lo que habían oído, mataron centenares de animales de color, o los vendieron a comerciantes a precios ínfimos. Los cristianos se esforzaron en decir al pueblo que era un engaño, pero fueron ridiculizados. ¡Sin duda alguna la cosa sería como se había dicho!

El señor Singleton Fisher me contó una de sus experiencias al visitar una oficina gubernamental en el Congo Belga, como era en ese entonces. Se dio cuenta de que dos hombres que estaban sentados cerca le estaban observando de una manera ofensiva. Oyó a uno decirle al otro, “A pensarlo, ¡dentro de poco nosotros seremos así!” No sabían que él entendió lo que estaban diciendo y se sorprendieron cuando él les respondió en su propio idioma. “¡Miren! No es la ropa ni el color de la piel lo que hace que uno sea chindele. Ser chindele es cuestión de mente y crianza. Y aun si sucediera el cambio que ustedes tienen en mente, no haría ninguna diferencia en nuestra posición social, sin que se haya transformado la mente también”. Esto les sorprendió, porque pensaban sólo en función de un cambio por fuera. Y así son las personas que ignoran el hecho de que Dios requiere y ofrece una transformación por dentro, y sólo así puede ser uno un ciudadano del cielo.

Pero con el correr del tiempo los muertos no volvieron ni se realizó el cambio que se esperaba. Cuando los creyentes mencionaron esto a sus prójimos, ellos sólo podían sonreír tímidamente ante la confianza que habían tenido. De veras, la suya era una esperanza muerta.

Con todo, años más tarde la misma “esperanza” se levantó de nuevo. El gobierno de Angola contrató a una empresa para hacer un mapa de Angola. Con este fin, durante varios días una avioneta sobrevoló el área para fotografiar el terreno. La vieja expectativa revivió en algunos africanos cuando alguien dijo, “¡Vean ustedes! ¡Allí están! Son ellos, ¡buscando dónde aparecer!” Hemos comentado a menudo que el africano inconverso es muy parecido al americano inconverso; ¡él creerá cualquier cosa salvo la verdad divina!

 

23   Iglesias indígenas

 

Años atrás, cuando estaba todavía en Chitutu, tuve la oportunidad de conversar con dos hombres prominentes, líderes en sus respectivas esferas, acerca de los métodos para la obra misionera en África.

El primero era un médico a cargo de un hospital misionero y a la vez superintendente local de su junta. Me dijo que la columna vertebral de su obra son los evangelistas africanos y los maestros de escuelas rurales. Son hombres cuya educación ha sido costeada por la misión. A cada cual se le dio un cuantioso subsidio al casarse; su casa y muebles fueron pagados por la misión; y, su salario era garantizado y pagado por cristianos en el exterior.

Pero hubo una depresión económica y fue necesario disminuir los sueldos, y en algunos casos suprimirlos de un todo. La obra fue amenazada por un colapso total. El misionero compró herramientas de carpintería y zapatería y las ofreció a aquellos obreros africanos, con la sugerencia que con ellas podrían aumentar sus ingresos mientras continuaban con sus labores. Uno tras otro, los “evangelistas” renunciaron. Algunos se dedicaron al comercio y fueron al extremo de ser antagónicos hacia la misión.

El misionero dijo que esto le vino como un gran shock y le hizo ver que se había equivocado al comienzo; el fundamento de la obra era inseguro. Resultó ser muy difícil cambiar un sistema que había prevalecido por cincuenta años.

El otro señor estaba a cargo de una de las misiones más grandes y prestigiosas en Angola. Él había invertido grandes sumas de dinero —centenares de miles de dólares— en excelentes edificios y equipos. Confesó que fue un enorme error. Si por alguna razón los extranjeros se vieran obligados a marcharse del país, los cristianos africanos son tan pobres que no podrían mantener los inmuebles; se echarían a perder. Dijo, “Ustedes que se limitan a construcciones sencillas y métodos sen-cillos son más prudentes”.

En ciertos ámbi-tos hoy en día hay la tendencia de despreciar la vida por fe. En algunas partes se remunera con sueldo al afri-cano que hace la obra del Señor y el misionero se excusa con decir, “Yo no puedo tener fe por cuenta de otro”. A nuestro modo de entender él está negando a su hermano el privilegio de una entera dependencia en Dios. El pagano le pregunta al agente remunerado, “¿Cuánto percibe por su trabajo?” Se da la impresión que es siervo del blanco.

También es cuestionable el principio de repartir gratuitamente medicinas, ropa, alimentos, etc. Engendra parásitos y atrae la gente que creen por lo que pueden conseguir a cambio. Pero la dificultad sobresaliente es que, una vez instaurado el principio, es casi imposible modificarlo sin perjudicar la obra entera. Por esto es de importancia vital incorporar desde el comienzo los principios indígenas. Una vida sencilla de parte del misionero, la formación de la gracia de dar en los creyentes locales, y la confianza y oración a Dios para levantar indígenas a proceder en fe, parece ser el enfoque más excelente.

Hay un reconocimiento general que el objetivo de todo esfuerzo misionero es la formación de iglesias indígenas. Sin duda es ésta la enseñanza del Nuevo Testamento. Desde el punto de vista práctico de las tendencias actuales, es fundamental para el futuro de las misiones en el mundo entero. Descrito brevemente, es el principio bajo el cual los misioneros no actúan como los líderes en las localidades donde han evangelizado, sino que confían en que el Espíritu Santo pondrá este don entre algunos de los convertidos para asumir la responsabilidad del liderazgo en la iglesia, además de la iniciativa de evangelizar a su propio pueblo.

Se han listado los tres “propios” como el factor principal en el principio indígena: el gobierno propio, el sostén propio y la difusión propia. Conforme con este concepto, no se dedican fondos foráneos a la manutención de los docentes y evangelistas nacionales, ni a la construcción de sus centros de reunión. El testimonio para Cristo, que el misionero ha establecido con la ayuda divina, debe echar raíces fuertes y adaptadas al suelo nuevo del pueblo.

En esencia la función del misionero es, entonces, el de un buen padre de familia: él se queda con los hijos para ayudarlos, orientarlos y enseñarlos hasta que se maduren. El padre de familia no estimula a sus hijos a depender de él de por vida para el sostén material. De la misma manera el misionero prudente desea ver el día cuando sus hijos espirituales podrán pararse sobre sus propios pies y echar adelante con la obra, dependiendo sólo en Dios. Pablo, el primer misionero, ejecutó su programa en las provincias del Imperio Romano guardando en mente el principio indígena, como se ve al leer cuidadosamente Hechos de los Apóstoles y las Epístolas. Y lo hizo desde el principio.

Nosotros, también, tuvimos que aprender estas lecciones por la experiencia, por ensayo y error, equivocándonos y procurando corregir nuestros yerros. Pero por lo menos podríamos ver los errores que los primeros evangelistas al país habían cometido, y procurar evitarlos. El arrollamiento comunista en China, y lo que sucedió con los costosos edificios e instituciones en esta tierra, sirvieron de ejemplos ante nuestros ojos y procurábamos tomarlos a pecho.

En la medida en que se abrieron caminos a través de los bosques, los viajes por automóvil eran más rápidos y la expansión tuvo lugar casi de una vez. Algunos de los jóvenes, varones y hembras, que fueron levantados en nuestra escuela eran cristianos celosos. Se casaron y se radicaron en lugares nuevos para formar hogares, llevando el evangelio consigo. La misión no les apoyó financieramente, sino que ganaron la vida por la agricultura. El territorio songo era muy idóneo para el cultivo del arroz y ellos se concentraron en esa siembra. El Señor les prosperó material y espiritualmente. Cantaban un himno, leían las Escrituras y oraban cada mañana antes de salir a la faena. Celebraban una reunión cada noche en torno de la fogata. Les visitamos esporádicamente, tratándoles como colaboradores en el evangelio y proporcionándoles literatura y suministros escolares.

Tenían sus dificultades y a menudo eran perseguidos por funcionarios de mal genio. Una pareja joven se había esforzado en convertir bosque virgen en un buen cultivo. Sembraron yuca (mandioca), que requiere dos o tres años para madurarse, y de cuya harina se hace el pan de cada día. En ese lapso ellos y sus hijos pasaron las duras, esperando el día de abundantes cosechas. Entonces se le ocurrió a un funcionario de baja categoría que se podría enderezar y ensanchar el camino. La labor y las esperanzas de unos pocos años se fumaron, porque la vía ocupó lo que había sido su campo. En casos como este no hay apelación ni compensación; cualquier protesta hubiera resultado en golpes y abuso.

No obstante todo, la obra se extendió lentamente y con sencillez, pero a paso firme. Primeramente había las reuniones diarias, luego una escuela para los chicos, después las vidas cambiadas y finalmente los bautismos y la iglesia local.

Sentimos tanto afán por ayudar a estos puestos de avanzada que al principio construimos su primer centro de reunión y lo dotamos de puertas, ventanas, tablas y mesa. Fue nuestro primer error. Nunca lo repetimos. La gente consideraba que el salón era propiedad del blanco. ¿Acaso no lo construyó, y en buena parte con sus propias manos? El mantenimiento y las reparaciones son su problema. Que caiga la puerta de sus bisagras, o el techo por obra de los comejenes, al africano no se le ocurriría levantar la mano para evitarlo. Parecía ser parte de su mentalidad. Más adelante dejamos que construyeran sus propios edificios a su propia expensa. A veces eran estructuras destartaladas, pero eran suyas.

Nos guiamos por el mismo principio en las escuelas y el dispensario. Un maestro africano regentaba y era una responsabilidad africana remunerarle. Fue difícil al principio, y ellos tenían que ser recordados constantemente de la obligación. Siempre teníamos en mente que algún día este pueblo tendría que atender a lo suyo sin el apoyo de otros, ¿y qué entonces? Ellos tienen que pagar cuantiosos honorarios a sus hechiceros por brebajes que a veces les envenenan; ¿por qué no pagar, entonces, por medicina buena que puede guardarles de morir?

Pero nunca rechazamos a nadie por no poder pagar. Los que eran genuinamente pobres siempre recibían ayuda con simpatía. El problema estaba en guardar el delicado equilibrio entre perjudicar el respeto propio del pueblo por lo que se podría ver como limosnas, y por el otro lado obedecer el mandamiento bíblico, “De gracia recibisteis, dad de gracia”.

Después de dieciséis años de labor entre los songos y los chokwes en Chitutu, se había abierto once puestos de avanzada, cada uno con un grupo de creyentes y algunos con una escuela primitiva. Tan pronto que existía un núcleo de ancianos, con conocimiento inteligente de las Escrituras, les animamos a establecer una iglesia local. Eran autónomos desde el primer momento. Nunca asumimos una actitud autoritaria ni condescendiente. Si se equivocaron, como en efecto hicieron frecuentemente, sugerimos un proceder más apropiado. Había respeto y afecto mutuo entre los creyentes africanos y sus hermanos en Cristo blancos.

Llegamos a sugerir que se celebrara una conferencia cada tres meses, rotando entre los varios núcleos. Eran ocasiones de mucho regocijo y progreso. Los angoleños asumie-ron la responsabi-lidad por los arreglos y el hospedaje. Estas reuniones dieron oportunidades para la enseñanza de la Palabra y discu-siones acerca de las dificultades. Mientras los jó-venes cantaban hasta altas horas de la noche, los ancianos muchas veces ocupaban una buena parte de la noche en torno de un fuego, tratando cuestiones de política y práctica, o quizás algún caso complicado de disciplina. Por regla general el misionero se acostaba a una hora prudente y les dejaba con lo suyo.

Una característica sobresaliente de la obra en general en Angola ha sido la siembra y el crecimiento espontáneo de estas asambleas locales. Todas ellas se conforman a un patrón. Es una ilustración vívida de la parábola de Marcos 4.26 al 29: “Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado”.

Quizás la historia más llamativa del esparcimiento espontáneo del evangelio en Angola es la que se relaciona con un hombre llamado Silivondela, a quien conocí bien en Bié. Era casado, tenía familia y era uno de los ancianos en Hualondo.

La obra en Haulonda fue iniciada y fortalecida por Geroge Murrain, un negro bien instruido y culto de Georgetown en Guyana Británica (hoy día Guyana). Silivondela fue salvo y enseñado bajo la predicación de Murrain. Yo vivía en Hualondo y ayudé en el cuidado de la obra cuando el señor Murrain visitó América en 1924-25.

Dos años antes de llegar yo en 1924, el gobierno local pidió al señor Murrain designar veintiocho portadores para llevar carga a la costa. Ciertas circunstancias hacían dudar de la buena fe del funcionario que dio la orden, y por consiguiente fue difícil conseguir el número especificado. Finalmente los veintiocho hombres, la mayoría de ellos cristianos profesantes, fueron despachados con la debida promesa que volverían a sus hogares una vez realizada la labor. Los hombres se marcharon con sus cargas pero la promesa no fue cumplida, ya que ellos desaparecieron. Silivondela regresó al cabo de siete años, cuando estuve presente, y me contó la historia.

Cuando él y los otros fueron reclutados y habían llevado las cargas a la costa, no recibieron sueldo sino fueron obligados a bordar una nave que les llevó a San Tomé, una isla portuguesa en el ecuador frente a África. Es un lugar caluroso e insalubre, cubierto de plantaciones de coco llamadas roças. La mano de obra se recluta en tierra firme en Angola. Era una esclavitud disfrazada. Al llegar a la isla, los hombres fueron apartados el uno del otro y distribuidos entre los dueños de los cocotales. El clima era mucho más caluroso y húmedo que en la meseta africana, de donde procedieron aquellos trabajadores, y por esto la tasa de mortalidad fue elevada. Silivondela dijo que, sentado frente al fuego de noche, después de un día de arduo trabajo, él quería llorar al pensar en su esposa, hijos y amigos que había dejado atrás. Era muy remota la posibilidad de verles de nuevo.

Muy felizmente, Silivondela había traído un himnario y porciones de las Escrituras en su idioma umbundu, y cada noche él cantaba y oraba para mantener su ánimo en alto. Algunos de sus compañeros de labor fueron atraídos por las palabras y melodías. Él les explicó su sentido y algunos entre ellos fueron convictos y conducidos a fe en Cristo por medio de su ministerio al aire libre. Él pidió permiso a su capataz a realizar reuniones más públicas, pero se le dijo que la empresa era dueña de su tiempo y no era permisible conceder lo que él deseaba. Dos hombres fueron apostados a la puerta de su choza con órdenes a atarlo si le encontraran cantando u orando. Además, el capataz le exigía llevar las cargas más pesadas.

“Hice lo mejor que podía”, dijo, “sin quejarme, y creo que Dios me dio fuerza especial para que no fuera quebrantado”.

No obstante la oposición la obra se multiplicó y muchos siguieron en pos de Cristo. Silivondela organizó escuelas nocturnas secretas, donde se enseñaron a los nuevos en la fe a leer y escribir. No tenían libro alguno sino el precioso himnario y las Escrituras traídas de Bié. Silivondela logró ganar dinero y lo usó para comprar papel y tinta. De noche copiaba laboriosamente a mano las Escrituras y el himnario. Al haber aprendido a leer y escribir, cada nuevo convertido colaboró en el proyecto y peste se expandió rápidamente.

El uso del tabaco para fumar y masticar disminuyó a tal extremo que los pequeños comerciantes averiguaron a qué se debía esta merma en sus ventas. Fue motivo de una renovada persecución. Muchos de los nuevos creyentes sufrieron severamente, pero al igual que en casos similares en la historia de la Iglesia, la persecución sirvió de soplo a la llama del reavivamiento.

A la vez que transcurrieron estos eventos, escenas similares estaban sucediendo en otras partes de la isla.

Un día un pelotón de soldados nativos asaltó un pueblo en Angola y llevó presos a diez varones cristianos, entre ellos Cananganja. Este hombre, como los otros, había oído el evangelio y era salvo en verdad. Rumbo a San Tomé, los diez pactaron a ser fieles a Cristo a toda costa y cada uno de ellos sacudió su mente para recordar tantos pasajes bíblicos como fuera posible. Los pusieron por escrito en cualesquier pedazos de papel que encontraron.

Ellos habían sido sacados súbitamente de sus hogares y sin esperanza de volver, de manera que ninguno llevaba consigo libro alguno. Más adelante Cananganja oraba por un ejemplar de las Escrituras y sus oraciones fueron contestadas al descubrir que otro obrero tenía los Evangelios de Mateo y Marcos en umbundu. Aquél no sabía leer y gustosamente se los obsequió. Estos, también, Cavanganja copió a luz de vela en diarios y cuadernos viejos. Los prestó a diversos colegas en los cocoteros y unos cuantos fueron convertidos. Un ejemplar de estos manuscritos de porciones de la Palabra de Dios está en manos de la British and Foreign Bible Society.

Un capataz en las plantaciones confiscó y quemó varios ejemplares de estos preciosos libros, ¡pero cuando se dispuso a quemar un segundo lote él no encontró fósforos y desistió de su propósito, vencido por un sobrecogimiento supersticioso!

Cavanganja llegó a conocer a Silivondela. Eran de la misma tribu y hablaban el mismo dialecto. A su tiempo, Cavanganja y dos más de los diez originales regresaron a Angola. Silivondela prosiguió en la obra, y luego fue repatriado. Era un sobresaliente y gentil siervo de Dios. Murió en su hogar en Haulonda.

De esta manera se desarrolló una obra netamente indígena, sin la ayuda de ningún misionero, con numerosos grupos de creyentes en toda la isla. Al principio tenían que reunirse secretamente, pero en algunas de las plantaciones se observó en muchos casos que la conversión a Cristo les cambió en mejores trabajadores, dando lugar paulatinamente a una mayor libertad. De tiempo en tiempo varios misioneros les han visitado. Eduardo Moreira, de Portugal, pudo importar ejemplares de las Escrituras en umbundu. Una pareja australiana en la obra en el norte de Brasil, rumbo a su patria, supo de la necesidad y dedicó casi un año a San Tomé. Ellos ganaron el afecto y la confianza del pueblo y lograron realizar silenciosamente una buena obra por Cristo. Desde ese entonces obreros de Portugal han estado visitando por períodos largos y cortos.

Otro ejemplo interesante de la operación espontánea del Espíritu Santo ha sido el llamativo despertamiento en Camashilu en la región no central de Angola. George Wiseman, de Buila en Chokweland, y Robert Allison, de Saurima en el área de Lunda, ambos misioneros de experiencia, han pastoreado esta obra desde el principio.

Fue iniciada por dos africanos, Francisco y Muido. El segundo es un chokwe de Saurimo, enseñado por el señor Allison. Francisco es un hombre de Lu-unda que fue enviado a San Tomé donde oyó el evangelio a través de la obra de los angoleños que hemos mencionado. Es del tipo de Juan el Bautista, sin temor y sin descanso como evangelista. No hay pueblo o ribera en el área donde él no ha predicado. Robert Allison, en una carta fechada agosto 1957, describió una visita:

“El señor Wiseman y yo apenas hemos regresado de otra visita a la zona Shinji y lo que encontramos es algo que debe ser visto para ser creído. Habíamos oído relatos de un gran despertamiento espiritual entre el pueblo. Aun los funcionarios portugueses lo contaron a nosotros; los comerciantes viajeros también; y todo ello agudizó nuestra curiosidad para apresurarnos a llegar allí. Ciertamente poca era nuestra fe. En nuestro primer culto en Camushilu aproximadamente quinientas personas oyeron el evangelio y nos sorprendió el interés que hubo”.

“Pero, ¡nos dijeron que la gente no había llegado todavía! A las 6:00 a.m. mil personas estaban esperando que nos levantáramos para celebrar un culto de predicación. Todo el día un río de gente estaba fluyendo al campamento: hombres, mujeres y niños. Fue impresionante ver aquellos varones, casi todos con su arma cargada. Cuando conversábamos, uno estaba mirando dentro del cañón, y francamente era inquietante. ¡Aquellos fusiles viejos suelen disparar cuando uno menos espera! Si cambiamos de posición para ver el arma desde un ángulo más recomendable, ¡su portador se movió igualmente! Pero guardaban sus armas antes de escuchar la historia del evangelio”.

“Aquel atardecer hubo dos mil oyentes y el día siguiente a las 6:00 a.m., cuando bajamos al río para los bautismos, el lugar lucía negro debido a la presencia de dos mil observadores.  Uno hubiera esperado ruido y desorden, pero el porte era reverente mientras predicamos, y hubo un silencio total cuando el señor Wiseman estaba bautizando. Jamás pensábamos ver escenas como aquellas”.

“Fue el despertamiento de una tribu entera. Dios estaba haciendo algo en grande; no tenía nada que ver con nosotros. Todo sucedió en nuestra ausencia, ya que los creyentes nos declararon que esto estaba en progreso por bien tiempo. ¡Cuánto nos regocijamos ante Él que no fue la personalidad de los misioneros que les atraía! Los comerciantes viajeros se estaban quejando de que no estaban vendiendo tanta cerveza a los shinjis y que la venta de imágenes se había disminuido también. A algunos de los creyentes se les preguntaban aparte cuánto estaban percibiendo para persuadir a tanta gente a asistir a las reuniones. Repuesta: ¡Un Cristo que vive!”

“Tuvimos el honor de bautizar cuarenta más en este último viaje. Hay ahora dieciséis lugares en la tribu donde hay una obra evangélica sobre una base continua. Hay creyentes que caminan cuarenta kilómetros cada fin de semana para partir el pan”.

La obra en Camashilu continúa. Los misioneros en Luma-casai, en Chokweland, visitan de cuando en cuando y ayudan con su desarrollo y consolidación.

 

24   De vuelta a Bié

 

Después de dieciséis años de obra pionera entre los chokwes y los songos en Chitutu, nos vimos obligados a tomar decisiones por demás difíciles. Concluimos que el momento había llegado para ubicarnos de nuevo en Bié, unos 350 kilómetros al oeste. Es el área donde laboré al llegar al país en 1924.

Hubo varias razones para el traslado. En nuestros años en Chitutu la obra se había extendido, pero mayormente hacia el oeste entre el pueblo songo. En el norte y el este la población chokwe se había disminuido poco a poco hasta que casi no quedaba gente. El descontento entre los ciudadanos iba en aumento debido a la opresión.

Al principio era poco el impuesto por choza que debía pagar cada varón entre dieciséis y sesenta años. De repente fue aumentado al doble y dentro de pocos años a todavía más. La gente se encontraba imposibilitada a cancelar el gravamen. Si uno se escondía en el bosque para evitar la imposición, le llamaban un chombo, o puerco montés. Al ser encontrado, recibía latigazos. Aquellos que no pagaban a tiempo eran enviados a labores forzosas por dieciocho meses, bien en las minas de diamantes, las plantaciones de caña o la construcción del ferrocarril en la costa. Con esto cancelaban el impuesto de dos años y normalmente regresaban al hogar con el equivalente de unos cinco dólares en el bolsillo.

Además de este sistema de labor obligatoria la gente ─hombres, mujeres y niños─ tenía que trabajar largos períodos en los caminos, sin ser remunerados. No había quien les mantuviera con herramientas y comida. Una cuota de hombres y mujeres estaba obligada a trabajar en el puesto local del gobierno y en los cafetales propiedad de funcionarios públicos. Los soldados nacionales circulaban por el país, armados de un azote de cuero de hipo, para hacer cumplir estas órdenes, tratando a los suyos sin misericordia.

Los chokwes, un pueblo enérgico y lleno de vida, no lo soportaban y se dieron a quemar sus viviendas y fugarse en la noche. Se oían de condiciones maravillosas en Dilodo, en el Congo, y de una tierra de promisión llamada Rhodesia, hoy día Zambia, donde uno ganaba mucho dinero en las minas de cobre. Algunos de estos informes eran exagerados, pero había en ellos suficiente verdad para causar malestar. Noche tras noche llegaban viejos amigos para despedirse solapadamente. Nos dolía verlos marcharse, pero comprendíamos.

Al cabo de un año quedaban sólo unos pocos chokwes en el área. Hoy en día hay más de cien mil en el Congo y en Zambia. En el sureste de Katanga han llegado hasta Kasiji y su idioma predomina. Muchos de ellos son cristianos y están en la comunión de la iglesia. Los songos son un pueblo más dócil que los chokwes, leales a sus líderes y a su país. Ellos no huyeron pero su número sufrió grandemente por esta explotación a granel de la mano de obra.

En varias ocasiones intenté acercarme a las autoridades portuguesas de una manera diplomática para conversar sobre lo que estaba sucediendo. Se hizo casi imposible continuar con las escuelas por la cantidad de nuestros jóvenes que fueron sacados de ellas para los trabajos obligatorios. Protesté varias veces pero se me decían que solamente así se podía satisfacer la demanda por mano de obra en la costa.

Después de un incidente especialmente trágico que costó la vida de un padre de familia, me dirigí al administrador portugués por carta de la manera más respetuosa, en lenguaje muy moderado. Expliqué las circunstancias de lo sucedido y rogué su intervención en el caso. La respuesta consistió en una advertencia en tonos muy severos, señalando que si yo, un extranjero y misionero, volviera a inmiscuirme en cuestiones gubernamentales, se me pediría marcharme del país. Vi que estaba ante una situación imposible.

De mala gana decidimos volver a Bié. Amábamos al pueblo songo y habíamos visto bendición entre ellos además de haber traducido partes de las Escrituras al idioma suyo. Pero la gran disminución de la población nos obligó a concluir que lo prudente seria tener nuestra base entre los ovimbundus al oeste y visitar a los songos de vez en cuando. Nos trasladamos a Capango en 1940.

Fue un experimento interesante dejar una obra relativamente nueva sin un misionero por varios años, ya que puso a prueba el calibre de los creyentes songos. Estos respondieron maravillosamente bien. Fueron abiertos lugares nuevos para el evangelio y en diez años la obra se multiplicó por dos. A veces les visitaban predicadores de Bié para ayudar pero por lo regular ellos dependían de los suyos propios.

Los hermanos songos que llevaban el peso de la obra ganaban su propio sostén en sus siembras de arroz. Contrataban maestros para continuar con las escuelas primarias, mientras que algunos de los varones más inteligentes asistían a la residencia estudiantil en Capango y al volver servían de maestros en sus propios pueblos.

Entonces el gobierno intervino. Nos enviaron un ultimátum advirtiendo que la obra entre los songos sería clausurada al no haber entre la tribu un misionero a tiempo completo. Por cuanto en ese momento no había otra persona disponible, regresamos por un año, reconstruimos los edificios y reorganizamos la escuela y los servicios de salud.

Con esto se ofreció para el ministerio entre la tribu una pareja joven, el señor Jack King y su esposa, quienes estaban sirviendo en Capango. Aprendieron el idioma rápidamente, prosiguieron en la labor de traducción y, no obstante muchas dificultades, vieron buen progreso y bendición. Se inició una obra entre los leprosos y no pocos de ellos fueron salvos. Al comienzo de 1961 el evangelio había echado raíces en veintidós lugares, cada uno con creyentes que trabajaba sobre una base indígena y evangelizaban a su propio pueblo.

Los últimos veinte años de nuestro servicio en Angola se centraron en Capango, en Bié. Es una obra vieja y hemos descrito sus comienzos en capítulos anteriores. Numéricamente, el mayor éxito en la obra misionera en Angola ha sido aquella entre los umbundu de esta área. Trabajan entre ellos la United Church of Canada, la American Board y la Philafricaine Mission de Suiza. En cuanto a las asambleas de los Hermanos, es nuestra obra más antigua, con una historia continua de setenta y cinco años. Hay muchos cristianos de tercera generación y es cosa común encontrarse con hombres y mujeres que han sido creyentes por más de cincuenta años.

Hasta 1930, cuando todavía era factible realizar conferencias generales, tres mil personas se congregaban por tres o cuatro días de ministerio de la Palabra. Cuando ya era difícil administrar estas concentraciones, se iniciaron conferencias regionales en varios centros y las de Chilonda y Capango contaban con dos o tres mil concurrentes. La alimentación, el hospedaje, el ministerio y las finanzas eran, y son, responsabilidades de hermanos africanos. No hay dominio y rivalidad entre el misionero blanco y sus hermanos angoleños, sino respeto y cortesía.

Los predicadores nacionales son responsables por la mayor parte de la enseñanza y predicación de las Escrituras en estas conferencias. Habrá por todas unas 250 compañías de creyentes en Bié de habla umbundu, muchos de ellas constituidas en asambleas totalmente autónomas, y otras que se limitan a la predicación del evangelio y la obra entre jóvenes. Desde luego, esto no incluye la obra extensa que llevan a cabo en áreas adyacentes las organizaciones denominacionales que ya hemos nombrado.

La mayor parte de esta obra ha sido realizada por jóvenes angoleños que han ido a lugares nuevos, han construido casas, sembrado campos vírgenes y ganado la vida en un oficio o en la agricultura. Al mismo tiempo ellos celebran cultos, predican el evangelio y enseñan la Palabra. Todos viven a sus propias expensas. En el caso del maestro de escuela, porque la mayoría de los pueblos donde hay cristianos cuentan con una escuela, él está costeado por los padres de los alumnos. Es de esta manera que el evangelio se ha extendido por vías naturales. Entre estos grupos de creyentes nacionales hay muchas debilidades y fracasos, pero es evidente que el Espíritu Santo ha estado trabajando. Se ha probado una vez más que donde se ponen por obra los principios apostólicos del Nuevo Testamento, estos arrojarán resultados apostólicos.

Mi interés principal en Capango se centraba en torno de las escuelas bíblicas regionales, no sólo en Bié propiamente sino mucho más lejos también. De nuevo el objetivo era el de preparar y dotar a los ancianos angoleños para el día cuando posiblemente se encontrarían sin la ayuda del misionero. Por un lado deseábamos evitar la creación de una clase clerical ─un grupo de alguna manera superior a sus semejantes─ pero por otro lado estábamos conscientes de la gran necesidad de sanos líderes espirituales en condiciones de pastorear al pueblo de Dios inteligentemente.

Debido a que los africanos obtenían su sustento de sus propios cultivos, había períodos del año cuando tenían poca ocupación entre la siembra y la cosecha, y podían dedicar tiempo para reunirse durante el día por dos o tres semanas. Así que hice arreglos para estar con ellos en estos lapsos. Por lo general la escuela contaba con tres sesiones diarias de dos horas cada una, en la mañana, la tarde y el atardecer. Junto con uno o más consiervos de la zona, definimos un plan sistemático para los estudios.

Las materias eran típicamente:

El estudio de un libro del Nuevo Testamento, como por ejemplo Romanos ó 1 Corintios

El estudio de un personaje, como por ejemplo Abraham, José, David, Pedro o Juan

Doctrina: la redención, justificación, santificación y temas conexos

Verdad eclesial: la Iglesia universal y la iglesia local, las ordenanzas,
la adoración y el gobierno en la asamblea

La Persona de Cristo: su deidad, humanidad, muerte, resurrección, sacerdocio y regreso

El temario era flexible según las circunstancias locales y la necesidad de enfatizar alguna situación en particular, pero procuramos enseñar y fortalecer a los cristianos en las grandes verdades de la fe.

Cada sesión ocupaba una hora, seguida de un descanso breve. Se usaba siempre la lengua vernácula con oportunidad para preguntas, respuestas y discusión. Los hermanos recibían notas mecanografiadas para llevar consigo y estudiar a su conveniencia. Era necesario redactar estas notas en el idioma portugués, además de la vernácula, para cumplir con la ley.

Alimentar a estos hombres no era problema por cuanto las clases se celebraban en los pueblos de los estudiantes. Vivían en su casa y la escuela sesionaba en el salón evangélico. La sencillez era la consigna. Los medios requeridos eran tan sólo un pizarrón, tiza y las notas mecanografiadas y reproducidas. Daba gusto ver el crecimiento en lo espiritual en algunos de aquellos señores y recibir noticias de que los estudios se habían reproducido y ampliado en su ministerio entre los suyos. Era cosa común ver hasta doscientos hombres de puntos estratégicos asistir a estas sesiones y oírles expresar su aprecio por la ayuda recibida.

Por muchos años mi costumbre era la de pasar el domingo con una compañía de creyentes en alguno de los pueblos, participando en su adoración y predicación. Al principio llevaba una merienda pero decidí que esto levantaba una barrera y daba a entender que yo no quería comer lo que ellos comían. Cuando dejé atrás la lonchera ellos se esmeraban en darme de lo mejor que tenían. A veces era arroz hervido y huevos fritos y otras veces yuca con pollo cocido. Nunca me ofrecieron ciempiés guisados ni los saltamontes tostados que ellos mismos comían. Su etiqueta era irreprochable en su afán de atender al huésped blanco.

Pero el colmo fue que empezaron a ofrecerme dinero para costear el combustible del coche. Mi primera reacción fue rehusarlo, porque no quería dar la impresión que yo deseaba ser recompensado por la visita. Pero rechazarlo hubiera sido ofensivo. Lo aceptaba como del Señor y daba gracias a Dios que ellos tenían un corazón como el de los tesalonicenses quienes, en la abundancia de su gozo y su gran pobreza, abundaban en la riqueza de su liberalidad.

El misionero extranjero es un huésped en la tierra donde labora. Él no interviene en cuestiones políticas y respeta y obedece sus leyes. Su esfera es lo espiritual, dejando la promulgación y la aplicación de leyes a la administración civil. Debemos tomar en cuenta que un déspota estaba sobre el trono cuando Pablo escribió, “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas”. Pablo iba a perder su propia vida a manos de aquel mismo déspota.

Los misioneros han enseñado uniformemente a los creyentes africanos su deber al Estado y que debían obedecer las leyes y ser buenos ciudadanos. Quizás ciertos misioneros con ideas radicales se han desviado de esto, pero no así la norma general.

A la luz de los cambios en otras partes de África, oramos que no llegue el día cuando se alteren estas relaciones tan agradables entre los creyentes sencillos y los hombres que les llevaron el evangelio.

 

 

 

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