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923. Usted honra a María

#923

El tema del cual nos ocupamos no es otro que el de María la madre de nuestro Señor Jesucristo. Casi no hay Católico quien no diga, “Yo soy hijo de María”. Pero para vergüenza de la mayoría de esos “hijos”, pocos son los que viven una vida de santidad y pureza con la cual estoy seguro se honraría a María. ¿Quiénes son los que deshonran a María? Responderá el lector, “Yo la estoy honrando”. Pues, bien. No estoy en su contra, pero sepa que para honrarla es necesario imitarla, y vivir una vida de santidad y pureza como la que ella vivió. Si no vivimos en santidad y pureza, la estamos deshonrando.

Es obvio que para seguir este interesante tema, tengamos en cuenta dos de los conceptos más valiosos de la madre de nuestro Señor Jesucristo. ¿Conoce usted el concepto que tenía María de sí misma? ¿Conoce el concepto que María tenía de Dios? Si no tiene una respuesta positiva para estos interrogantes, lo invito a que nos traslademos a la biblioteca de Dios, la Sagrada Biblia, versión católica romana de Nácar‑Colunga; la cual tiene la respuesta positiva a estos y muchos otros interrogantes.

Abramos en el capítulo 1 del Evangelio de San Lucas, para que nos demos cuenta lo que significa un fiel creyente en Dios. Nos dice que cuando el ángel le anunció la encarnación, ella, a pesar de tener compromiso formal con José, no vaciló en decir: “He aquí a la sierva del Señor hágase en mí según tu palabra” Luego, entona un cántico de alabanza al Señor, en el cual reconoce que su Hijo es su Dios y su Salvador, ya que Dios es el Salvador de la humanidad únicamente por medio de Cristo. Además reconoce que la obra que con ella ha hecho el Todopoderoso fue con el propósito de proveer salvación para ella y pa­ra todo el mundo. Claro lector, si usted hace lo que ella hizo, sentirá paz y gozó en su corazón.

Ella estaba segura de que el niño Jesús era el Enviado de Dios para salvar a los pecadores de la condenación eterna. Además, estaba segura de que Él era su Salva­dor. (Lucas 1:47). No hay duda de esto, ya que ella entendía perfectamente lo que el ángel le dijo; el día que le anunció la encarnación: “Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin”.

Escuche lo que nos dice el Espíritu Santo hablando por boca del apóstol Pablo: “Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confie­se que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9‑11). Es por eso que el evangélico procura seguir el camino que indica el único consejo que se sabe que María haya dado a los hombres, cuando refiriéndose a Cristo ella dijo: “Haced lo que Él os diga” (Juan 2:5).

En este caso, usted es uno de los muchos pecadores que Él vino a buscar. Y si obedece el consejo de María, obedecerá también a Jesús, el Señor. Debemos obedecer a Jesús porque Él es el único camino que nos conduce al Padre eterno. Le dijo a Tomás: “No sabemos a dónde vas; ¿Cómo, pues, podemos saber el camino?” Jesús le dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”. (Juan 14:5,6). ¿Usted se llama “hijo” de María? ¿Por qué no le imita en todos sus ejemplos? ¿Por qué no invoca al Señor, así como ella le invocó? ¿Por qué usted no busca a Jesús como su Salvador del pecado? ¿Por qué no se hace siervo del Señor?

Recuerde, refiriéndose a Cristo, lo que María aconseja: “Haced lo que Él os diga”. ¿Le obedecerá? Jesús le dice a usted, y me dice a mí: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que ten­drá luz de vida … No se turbe vues­tro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuere así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya prepa­rado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré con­migo, para que donde yo estoy estéis también vo­sotros”. (Juan 8:12, 14:1‑3). Y advierte: “Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad dis­cípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os librará. Si, pues, el Hijo os librare, seréis ver­daderamente libres”. (Juan 8:31,32,36). ¿Está usted libre de los vicios que tanto mal causan a la humanidad? ¿O sigue siendo un esclavo del pecado y de Satanás?

Esta es su oportunidad y no debe despreciarla. Pues, “el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. (Lucas 19:10). Jesús está hablando a su corazón. No lo desprecie, Él lo está invitando para salvarle. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os ali­viaré”. (Mateo 11:28). Sea salvo hoy mismo, re­cibiendo a Cristo como su Salvador personal.