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918. Libertad decretada pero cautiva

#918

En el nido del cóndor andino está Chía, una hembra adulta de plumaje hermoso, ojos rojos y con collar blanco que le da un toque de majestad. Mide casi un metro de altura y sus alas abiertas quizá alcanzan los dos metros. Lo triste es que Chía está confinada en una jaula donde come carroña y duerme  con dos buitres más.

Los investigadores que cuidan de ella colocaron un transmisor en su ala derecha, abrieron la jaula y le dieron plena libertad. Un cóndor puede alcanzar hasta 10 mil metros sobre el nivel del mar, y así hizo Chía al emprender vuelo en los fríos pasajes de las cordilleras.

¡Pero nuestra mayor sorpresa fue que al día siguiente Chía amaneció dentro de la jaula! Había sentido hambre y regresó por su cuenta para disfrutar de sus platos de carne descompuesta que allí le servían. En varias ocasiones hemos intentado libertarla, pero Chía vuelve. Fue decretada libre pero está cautiva porque quiere.

Leo en mi Biblia que “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”. Las carroñas de este mundo guardan a uno en la jaula, por decirlo así. El apóstol Juan escribió: “Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”.

Pero también leo: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”. No pudimos hacer más que ofrecer la libertad a Chía; no éramos capaces de hacerla una realidad para ella. Pero el Señor Jesucristo no solamente pasó por la muerte del Calvario para salvar al pecador, sino resucitó y ascendió al cielo para dar una vida nueva a quien crea en Él. Le hace hijo de Dios con nuevos apetitos, nuevos horizontes y nuevas esperanzas eternas.

Volar libre no resulta sencillo para el cóndor. No basta abrir un boquete en techo de su jaula, pues debido a su tamaño y peso, no pudiera subir hasta allí. Hay que abrirle la puerta y dejar que dé unos pasos a contraviento. Cristo abrió la puerta para darle libertad a usted; mejor, ¡Él es la puerta! “Yo soy la puerta”, dijo, “el que por mí entrare será salvo, y entrará y saldrá y hallará pastos”. Contraviento habrá, porque ni el diablo ni los enemigos de la cruz quieren que usted sea salvo, pero sea como esta ave: mientras más fuerte el viento más alto alza vuelo.

¿Por qué comer carroña? ¿Por qué limitarse a una jaula con buitres igualmente hambrientos? La libertad verdadera no es hacer lo que quiera, sino dejar que Cristo le salve del poder del pecado y vivir sujeto a la voluntad de Él. El fin no será una altura de 10 mil metros sino el cielo eterno con su Salvador.