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911. Asnos entendidos

#911

Leí el otro día una anécdota acerca de un pequeño incidente que tuvo lugar en Israel unos años atrás. El trasfondo realmente no fue las escaramuzas que siempre existen entre judíos y musulmanes, sino un hurto que ha podido tener lugar en cualquier parte.

Una banda de contrabandistas cargó su alijo sobre una caravana de asnos en territorio israelí y lo llevó a tierra musulmán. Los hombres escaparon durante la noche y la policía no podía dar con ellos en varios días.

Pero un policía judío, cumplido en su religión, dio con una idea al leer los primeros trozos de la profecía de Isaías, en lo que nosotros llamaríamos el Antiguo Testamento. Dios dice a través de su profeta: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”.

“¡Ah! el asno conoce su paradero”, dijo el hombre dentro de sí.

Los asnos fueron detenidos, guardados varios días sin pasto y luego sueltos. Los pobres animales, medio muertos y rebuznando, fueron directamente al escondite de los contrabandistas en un pueblito fronterizo, seguidos por los agentes de la policía.

Alabamos la perspicacia de aquel hombre, pero nos preguntamos si tomó a pecho la acusación que Dios hace en cuanto a su propio pueblo: el buey conoce a su dueño, el asno su pesebre, pero “mi pueblo no tiene conocimiento”.

Hablamos de los animales como brutos, y nos gusta usar el asno como primer ejemplo. Pero Dios dice contundentemente que supera a la gente que hace caso omiso de Él. Obsérvese que Él usa el buey y el asno como ejemplos de dos manifestaciones de una misma condición. Dice que el uno conoce al dueño y el otro sabe dónde queda su pesebre. Pertenencia y necesidad. El buey, en este caso, sabe que es propiedad de otro; el asno sabe adónde acudir por su propio bien.

Y esto nos llega de cerca. No vamos a abundar sobre la indiferencia y rebeldía nacional de Israel a lo largo de siglos –Zacarías capítulo 13, Romanos capítulo 11, etc. en su Biblia hablan de su arrepentimiento y restauración a la postre– sino vamos a reconocer que bien ha podido Dios decir lo mismo de nosotros.

Somos propiedad suya. Y, nosotros mismos tenemos gran necesidad de Él.

Así como aquellas bestias de los contrabandistas volvieron a sus dueños en su necesidad, usted no va a encontrar la verdadera paz –ni en vida ni en muerte– hasta que arregle cuentas con  Él.  Dios declaró en el libro de Eclesiastés: “Todas las almas son mías: como el alma del padre, así el alma del hijo es mía”. Agustín, obispo en el siglo 4, lo expresó muy bien: “Nos has hecho, oh Señor, para ti, y nuestro pecho no encontrará reposo hasta reposar en ti”.

Él no sólo nos hizo, sino es quien nos sustenta. No me refiero tan sólo al pan nuestro de cada día, sino a la provisión para nuestra reconciliación y salvación de las funestas consecuencias de ser pecadores, desprovistos por naturaleza y por práctica de la santidad divina.

“La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús  Señor nuestro”, Romanos 6.23. La gracia de Jesucristo, leemos en 2 Corintios 8.9, es que por amor a nosotros, Él, siendo rico, se hizo pobre, para que nosotros con su pobreza fuésemos enriquecidos.

“¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” Hebreos 2.3. En particular,  ¿cómo escapará usted ante el gran trono blanco si no se ha refugiado en Cristo como su propio Salvador?