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910. Billy se quedó corto

#910

Yo era niño en Inglaterra inmediatamente después de la primera guerra mundial, y fue sólo durante aquella guerra que se empezó a guardar la sangre de un donante en un vaso antes de introducirla en el paciente. Las pocas transfusiones de sangre en mi mocedad se efectuaban casi siempre de la vena de una persona directamente a la de otra.

Yo era malcriado; desde muy niño jugaba sucio, decía mentiras y usaba lenguaje grosero, especialmente con Billy, quien vivía en la casa en frente. La pandilla se burlaba de él porque, al igual que su papá, era evangélico. Él no me hacía mal, pero yo procuraba provocarle y perjudicarle más que a otros. Su papá, el médico del vecindario, no decía nada.

Pero me enfermé sobremanera. Mis padres acudieron al papá de Billy. Él estimaba que me quedaba un año de vida.

Meses después, cuando la situación se había tornado más crítica, visitó la casa y dijo que quizás una transfusión de sangre podría prolongar mi vida. Pero, explicó, tendríamos que encontrar un donante con sangre del mismo tipo (de eso ya se sabía). Mi familia emprendió la búsqueda pero no encontraron a nadie dispuesto.

Cuando se pensaba que ya me quedaban escasos días, el papá de Billy volvió con la gran noticia que había determinado que su hijo y yo teníamos el mismo tipo de sangre. Nos quedamos estupefactos pero logré decir que eso no sería justo por la manera en que yo siempre trataba a Billy. Él respondió simplemente que así lo quería Billy y era la única posibilidad para mí.

Fueron varias las enfermeras que vi al llegar al quirófano –¡y el rostro risueño de Billy! Nos interconectaron por medio de tubos.

Después de cierto tiempo, una de las enfermeras preguntó al papá de Billy si acaso ya no bastaba. “No”, respondió; “él necesita más”. Pronto la enfermera lo dijo de nuevo, pero con mucho énfasis. “Continúen”, dijo.

Y luego el médico clamó, “¡Paren el proceso!” Hubo un momentito de silencio. Su papá averiguó la condición del donante, y dijo llorando, “Billy está muerto, pero tú has recibido la sangre que necesitabas”.

Protesté que así no debe ser, que yo nunca hice nada bueno por Billy, y él no debía morir por mí. La respuesta fue: “Howard, tú sabes que Billy quiso hacer esto por ti. Te dio su sangre y le costó la vida. Ahora te toca vivir por él”.

¿Y qué diré acerca de otro donante de sangre, Aquel que en el Calvario murió en lugar mío y suyo para que le recibamos por fe como nuestro suficiente Salvador?

Fijémonos en lo que escribió un apóstol: “Bien sabéis que no es con cosas perecederas, tales como plata u oro, con lo que habéis sido rescatados del infructuoso modo de vivir que os transmitieron vuestros padres, sino con la sangre preciosa de Cristo”.

Él ya había escrito que sus lectores en Asia Menor habían sido salvos “por medio de la acción santificadora del Espíritu, para creer en Jesucristo y ser purificados por su sangre”.

¿Le ha conducido el Espíritu Santo a “creer en Jesucristo y ser purificado por su sangre”?

Indigno del amor de mi vecino, me sometí con agrado a recibir aquella sangre. Suenan en mis oídos las palabras: “Te dio su sangre y le costó la vida. Ahora te toca vivir por él”.

Pero mucho, mucho más me toca vivir por Otro que no sólo murió por mí, sino vive también. Al decir de otro apóstol, vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Con todo, si usted no ha sido “lavado” en la sangre de Jesucristo, no podrá vivir por Él aquí, y tampoco vivirá en la presencia suya en la eternidad por delante. Otro donante idóneo no hay; otro que tanto ama, no hay. Él quiso hacer esto por usted. ¿Qué ha hecho usted con Él?