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697. El sustituto para Ofelia

#697

El rostro de Ofelia estaba bañado en llanto mientras sollozos sacudían su delgado cuerpo. “Ojalá nunca hubiera nacido”, lamentaba. Era buena moza e inteligente, y vivía en una plantación cerca de Nueva Orleans en los Estados Unidos. Su ama muerta ya, la señorita acababa de saber que los esclavos iban a ser rematados.

A pesar de no conocer el amor de padres, ella había vivido feliz. Su ama era buena con todos, y aun trataba en lo posible de educar a sus esclavos, pero ahora Ofelia no sabía qué suerte le esperaba.

Mientras esto acontecía, el joven Samuel, trabajando en su taller de carpintería, también oyó las noticias del remate e inmediatamente fue en busca del diario. Ansiosamente leyó la lista de venta y al darse cuenta que lo siguiente describía a Ofelia, su corazón dio un violento salto: No. 41 Mujer, 17 años, mulata, casi blanca, sin falla, figura perfecta, dientes sanos, pelo largo.

Samuel, quien tenía su libertad, se había enamorado de Ofelia. Sus intenciones eran de juntar dinero hasta poder comprarla, darle su libertad y entonces casarse con ella. Ya había acumulado cien dólares.

El día del remate, Samuel oyó cómo el martillero llamó la atención de todos a la hermosura de su novia en términos tan groseros que causaba vergüenza y terror a la joven. Él ofreció sus cien dólares, pero era inútil; otro gritó doscientos, y finalmente la venta fue cerrada en setecientos. Un hombre de apariencia dura se la llevó.

Samuel siguió a los dos a poca distancia, y se acercó al nuevo dueño, diciendo: “Señor, yo soy libre, pero me ofrezco para ser su esclavo en lugar de esa niña. ¿Por qué no me recibe a mí, dejándola libre a ella?”

Al principio el hombre no quiso escucharlo, pero viendo que el joven valía cinco veces el precio de la mujer, por fin aceptó. Fueron al juez y Samuel llegó a ser el esclavo mientras que Ofelia recibió su libertad. Al finalizar el negocio, el joven tomó los papeles que declaraban libre a la señorita, y dirigiéndose a ella, dijo en tonos de sumo amor y tristeza: “Ofelia, por amor a mí, guárdate de todo mal. Algún día nos encontraremos en la presencia del Señor y entonces ambos estaremos libres para siempre jamás”. Y con una dolorosa despedida, se fue, esclavo en lugar de Ofelia.

Como te habrás dado cuenta, él conocía al Salvador y sabía que le esperaba un cielo de dicha. Dentro de poco, él, con su amo, iba en un buque de vapor por el río Mississippi, cuando el barco chocó contra una balsa cargada de madera. Varias personas se ahogaron, entre ellos Samuel.

Sintiéndose defraudado, el inescrupuloso amo volvió a Nueva Orleans para apoderarse de Ofelia. La ubicó, pero ella, convencida de la legalidad de los papeles que Samuel le había entregado, se negó a acompañarle. Después de examinar los documentos, el juez decidió que el amo, habiendo aceptado a Samuel en lugar de Ofelia, no tenía ningún poder sobre ella.

Al cruel traficante en esclavos, ella le dijo: “Usted no puede hacerme su esclava. El que tomó mi lugar, a quien amaré para siempre, me compró la libertad”.

Esto es precisamente lo que hizo Jesús por nosotros cuando llevó nuestros pecados en su cuerpo en la cruz. Éramos esclavos del pecado porque la Biblia dice: “El que hace pecado, esclavo del pecado es”. Jesús recibió el castigo nuestro; fue nuestro sustituto, y ahora creyendo en Él podemos ser libres.

Honestamente: ¿Eres libre, o eres esclavo? “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”, Juan 8.36.