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690. Equivocaciones fatales

#690

La hediondez de la muerte cubría como un sudario los hermosos campos de la costa norte de Francia aquel día de junio 1944. Yacían aún sin sepultura los cadáveres de centenares de soldados alemanes que perecieron al ofrecer tenaz resistencia a la recia embestida de las tropas aliadas. Hacía dos días que los ejércitos británicos, americanos y canadienses habían lanzado la invasión destinada a libertar a Europa de la ocupación nazista y ahora seguían trabados en lucha mortal a dieciséis kilómetros de las playas que bebieron la sangre de miles.

Servía yo en una unidad militar que mantenía una vigilancia permanente sobre las comunicaciones de radio del ejército nazista. Aproveché unas horas libres para salir a ver los estragos hechos por la ola de guerra que pasó. La tranquilidad tardaba en retornar a aquellos campos sacudidos todavía por el rugido insistente de los cañones en el frente cercano, por la explosión de granadas que hacían cerca, y de tiempo en tiempo por la incursión de algún avión enemigo lanzando bombas y atacándonos a ráfagas de ametralladoras.

Caminé hacia un pueblecito vuelto ruinas y me encontré con una zanja honda que había servido de trinchera. En el fondo vi tres montones de cadáveres tirados los unos sobre los otros al azar como trozos de leña. En aquellos enredos de cuerpos vestidos de uniformes grises con gruesas botas militares se veían muchas caras que, tocadas por la palidez de la muerte, no parecían ser las de hombres brutales sino más bien las de niños confusos y adoloridos.

¿Qué terrible error fue el que lanzó a estos jóvenes a la muerte y sus almas a la eternidad? Fue en gran parte la equivocación fatal del dictador alemán Hitler, quien con ilusiones de grandeza y loca porfía creía que la raza suya era superior a las demás razas del mundo y por esto destinada a conquistarlas y a subyugarlas.

Tuve que retirarme porque la repugnancia que sentí frente a aquel derroche de preciosas vidas en una guerra equívoca e innecesaria me llegaba muy al alma y me era aun más fuerte que la repugnancia física que sentía por la fetidez de aquella fosa común.

De pronto fui sacado de estas meditaciones melancólicas por un creciente zumbido de motores en el aire. Aparecieron tres aviones de tipo caza, volando juntos a muy escasa altura. Nuestras baterías antiaéreas reaccionaron rápidamente abriendo fuego con ruido ensordecedor. Docenas de estallidos llenaron el cielo de chispas brillantes y de manchas de humo. ¡Abajo vinieron los aviones … uno … dos … tres … derribados en un momento! ¡Magnífica puntería! Pero, ¡Ay! fue una equivocación fatal. No eran aviones enemigos sino de los nuestros.

Los cadáveres de los tres aviadores, matados por sus propios compañeros de armas, quedaron atrapados dentro de los restos de sus aparatos destrozados. Los artilleros habían actuado con las mejores intenciones, pero equivocadamente.

Sinceras lamentaciones nada podían hacer para devolver la vida a las víctimas. El error fue irremediable. Tragedias de esta clase, rara vez dadas a la publicidad, son frecuentes en la guerra debido a la rapidez con que se desarrolla la acción, la confusión reinante y la eficiencia mortífera de las armas modernas.

Bien podemos entender esto porque la verdad es que todos nosotros somos capaces de grandes errores. Muchos, enfrascados en la lucha confusa de la vida personal, caen en una equivocación fatal tocante al perdón de sus pecados y el destino eterno de sus almas. Equivocarse en esto es perderse eternamente.

El error de muchísimos —y acaso, querido lector, el suyo también— es de creer que son superiores en algo a los demás pecadores y por esto destinados a llegar al cielo. Confían en que son buenos cristianos, ya sea porque son buenas personas y no hacen mal a nadie. Dios, para despertarles y sacarles de su triste engaño, dice claramente en la Biblia que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”, y les pone por delante de algunos que “tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios”, Romanos 3.23, 10.2.

Su tu error ha sido éste, el de considerarte justo, reconócete ahora mismo como pecador sin méritos delante de Dios e indigno de ir al cielo. Pon tu confianza en Cristo, quien “padeció una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios”, 1 Pedro 3.18.

Otras muchas personas –y quizás tú entre ellos— saben mejor la verdad de Dios y reconocen de verdad que están perdidos. El error de ellos consiste en no buscar la salvación a tiempo. Llenos están de las mejores intenciones, piensan arrepentirse y recibir a Cristo como su Salvador personal, pero ¡Ay! … ¡equivocación fatal! Ellos dejan para demasiado tarde su salvación y bajan sin Cristo al mismo infierno.

No sigas tú por un momento más en el error. Cree ahora de corazón en Cristo, quien dice, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí”, Juan 14.6.