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687. Mariolatría

#687

mariolatría    f. Veneración que se da a la Virgen María que le corresponde sólo a Dios.

No les agrada a muchos amigos de la fe católica reconocer que la Virgen María es la Salvadora que su Iglesia ofrece. Pero esta realidad es evidente a quien observa cómo ella promociona su culto entre las masas, especialmente de la clase popular.

Si al lector le parece que el dibujo que reproducimos es de un estilo anticuado, tiene la razón. Es uno que adornaba hogares en las Filipinas a comienzos del siglo XX. Trágicamente, tendría cabida en muchas salas en nuestro país hoy día.

Las dos escaleras representan dos supuestas maneras de llegar al cielo. En las nubes la Virgen María se arrodilla a la cabecera de la escalera a la derecha en espera de tres personas que ascienden. Otros ya han llegado y avanzan detrás de ella a la Ciudad Celestial. Al pie de esta escalera dos monjes animan a otros a subir por el mismo medio.

El que ingenió esta ilustración no habrá leído en la Sagrada Biblia —con su imprimatur obispal madrileño— que uno es Dios, uno también el Mediador de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se dio a sí mismo como precio de rescate por todos; divino testimonio dado en el tiempo oportuno.

Tampoco habrá llegado adonde el apóstol Pedro proclamó acerca de Jesucristo: No se da en otro ninguno la salud, puesto que no existe debajo del cielo otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvos.

Jesús está de pie a la cabecera de la escalera a la izquierda, indiferente a lo que sucede abajo. Según parece por el dibujo blasfemo, nadie ha llegado al cielo por esa vía, ni podría. Dos travesaños están rotos, y un pobre sujeto está por caerse en su intento de valerse de aquel medio.

¿Pero acaso Él no afirma en la Biblia así llamada católica: Yo soy la puerta; quien entrare por mí será salvo? ¡Con razón María cantó: Engrandece mi alma al Señor, y se regocijó mi espíritu en Dios, mi Salvador!

Al haber dado a luz a Emmanuel, “Dios con nosotros”, ella ofreció el sacrificio de rigor para las parturientas judías, como cualquiera de su pueblo. Posteriormente, no murió en rescate de nadie.

Tengámoslo claro; cuando Simón Pedro le preguntó, Señor, ¿adónde vas?, Él respondió: ¿Creéis en Dios? También en mí creed. En la casa de mi Padre hay muchas moradas … voy a prepararos lugar. Y si me fuere y os preparare lugar, otra vez vuelvo y os tomaré conmigo.

Pero Santo Tomás dudaba —¿Cómo podemos saber el camino?—  como tal vez el lector duda. Tome para sí, amigo, la respuesta que dio Aquel que Roma quisiera pintar como incapaz por sí solo e indiferente al anhelo de su alma.

Citamos textualmente: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.

¡Ay, Roma! A los que aprietas en tus garras el Salvador exclama aún el lamento que pronunció sobre Jerusalén: “¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la clueca a su pollada debajo de sus alas, y no quisisteis!”

Lector: ¿no querrá?  La “escalera” de Jesús es única. Los “travesaños” son seguros, afirmados por su muerte y resurrección. El destino es la Casa del Padre para quien le reciba como Salvador.