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684. ¿Quién es el hereje?

#684

“¡Hereje! Usted no cree en la Virgen”.

Contesto: “Hereje es usted, pues no cree en Cristo”, y vamos a ver cuál tiene razón.

Los evangélicos creemos en la Virgen, como luego manifestaré, pero cuando se trata de la salvación no acudimos a ella, porque Dios no la ha puesto para ser Salvadora, sino para ser madre del Salvador.

Cada cosa en su sitio y cada persona en su lugar. Si tengo dolor de muelas no voy al zapatero, por más que crea en el zapatero para hacer zapatos. Si necesito zapatos, no voy al médico, pero creo en el médico para cuando me halle enfermo. No voy al pastelero para comprar muebles, ni al droguero para sombreros. Si busco la salvación, voy al Salvador que es Cristo. Si quiero descanso, voy a quien dijo: “Venid á mí y os haré descansar”. Si quiero paz, voy a Aquel que mostrando a sus discípulos las huellas de los clavos, les dijo: “Paz a vosotros”. Si estoy enfermo, no voy a la madre del médico, ni a su criada, ni a un amigo suyo, ni a uno que fué sanado por él; pues quiero que el mismo médico me reconozca, me recete y me asista.

El que lee el Evangelio, no puede sino ver que no fué la Virgen sino Cristo que hizo todo. El leproso no fué a María; la mujer que tenía su hija enferma no acudió a María; la mujer pecadora no dudó ni un momento en ir directamente a Jesús, y Él le dijo: “Tus pecados te son perdonados”. Las madres no trajeron sus niños a María; el ladrón moribundo no rogó a María que hablara con su Hijo; el ciego no gritó: “María”, sino: “Jesús”.

¿Cómo me explica usted que en todo el libro de los Hechos de los Apóstoles, después de venir el Santo Espíritu, no se nombra la Virgen ni una vez? Todos dicen que en Cristo hallamos el perdón, en Él somos justificados; creyendo en Él seremos salvos. San Juan que recogió la Virgen en su hogar, no la nombra en las tres cartas que escribió. S. Pablo en sus catorce cartas ni la nombra una vez, a no ser cuando dijo que Cristo fué nacido de mujer. San Pedro tampoco la nombra. Cuando San Esteban, al morir apedreado, vió los cielos abiertos y la gloria de Dios y Jesús que estaba a su diestra, no vió la Virgen. En el libro del Apocalipsis se habla veinte y ocho veces del Cordero de Dios y no se nombra a María. ¿Cómo me explica esto, porque es la pura verdad?

En cambio tomo un libro de Roma de “las glorias de María” y leo que ella es omnipotente, que Dios mismo se sujeta a ella y sus mandatos, y que el Cordero le sigue a ella; leo que todos nosotros somos deudores a Dios, pero Dios es deudor a ella. Leo que S. Bernardo fué cada día a una capilla para pasar horas enteras en amorosos coloquios con la Virgen. Leo que S. Francisco se ponía a cantar coplas cariñosas ante su imagen. Leo que S. Jerónimo Frego fué a visitarla en sus iglesias bañando el suelo con sus lágrimas y limpiando el polvo con la cara y lengua por ser casa de su amada señora. Y digo: ¿Le parece bien? ¿Eso es creer en la Virgen? Eso es rebajarla, eso es ser carnal.

En ese mismo libro tan conocido se dice que un fraile vió una visión de dos escalas: una roja en cuyo extremo superior estaba Jesu-Cristo y la otra blanca en lo alto de la cual presidía su santa madre. Los que procuraban subir por la roja, ni podían llegar sino hasta unos pocos peldaños; pero al oir una voz que les dijo que fuesen a la otra, en seguida llegaron, pues la Virgen extendió su mano y los alcanzó. Se citan innumerables casos de personas engolfadas en vicios y crímenes que sólo por no haber dejado la costumbre de rezar una Avemaría, fueron salvos de la condenación.

Pues, he aquí la diferencia según esta doctrina: Cristo y su sangre no es bastante, no se salva por Cristo según esta religión que no es la del Evangelio. La escala roja no vale. Hace falta que la Virgen apacigüe el enojo de Dios; hace falta que ella dé la mano al pobre pecador. Nadie se salva sino por ella; ella es el Refugio, la Puerta, el Arca, el Propiciatorio. Cambian en los Salmos el nombre del Señor en Señora, honrándola a ella en vez de Dios.

Se rezan ciento cincuenta Avemarías y quince Padrenuestros, y se celebran más fiestas en su honra que a la gloria de Cristo; dos meses enteros son apartados para cultos especiales para ensalzarla a ella.

Esto es otro evangelio; esto es añadir a la Palabra de Dios; es destronar a Cristo; es hacer de ella una diosa, una redentora. En eso no creemos y sabemos fijamente que no hay otro Camino, otro Refugio, otro Salvador sino Cristo. “El que anuncia otro evangelio, sea maldito”, dice Dios.

Ahora bien; creemos todo lo que Dios nos ha revelado tocante a ella: bienaventurada, muy favorecida, escogida de Dios para el alto privilegio de ser la madre de Jesús, saludada del ángel Gabriel, aclamada por Isabel, etcétera; nos gozamos en su hermoso himno de alabanza y aprendemos de ella que su alma engrandeció al Señor y su espíritu se alegró en Dios su Salvador. Procuramos cumplir su mandamiento dado a los criados en las bodas de Cana: “Haced todo lo que Él (Jesús) dijere”. Lloramos con ella al pié de la Cruz y como ella queremos juntarnos con los discípulos que van y sobre quien cae el Espíritu Santo.

Vemos en ella un ejemplo de fe, de humildad, de agradecimiento, de amor a la Escritura, pero desafiamos a cualquier sacerdote que nos muestre en las Santas Escrituras dónde se habla de su inmaculada concepción, de su nacimiento, de sus milagros, de su resurrección y asunción y que su cuerpo ahora está en el cielo.

Nos dirán: “Herejes”, pero contestaremos que los herejes son los que añaden a la Palabra de Dios, que quitan a Cristo su gloria haciendo ver que Él no salva, que Él no recibe al pecador sin la intervención de obra que presentan como más compasiva y más poderosa. Yo, por mi parte, me atengo a lo que Dios dice y creo firmemente que otra cosa no servirá en el día de juicio.