«

»

669. El viejo predicador

#669

A todo amante de la verdad le gusta oir hablar a un buen predicador, a uno fiel y valiente que no teme decir toda la verdad. Estos no abundan en nuestros días, pero hay un predicador que sigue proclamando día tras día, año tras año, con la misma fidelidad de siempre. Él no se deja influenciar por las opiniones de nadie, ni se adapta a los tiempos cambiantes.

Ha predicado ya por mucho tiempo, y en realidad es el expositor más viejo del mundo, pero no ha disminuido la fuerza de sus pláticas. Lo que dice es convincente, y nadie se atreve a contradecirle. Con todo, no es popular, aunque tiene por parroquia al mundo entero. Visita al rico y al pobre, y todos le escuchan con respeto.

Es elocuente. Mueve y despierta los sentimientos y emociones más hondos, como nadie ha podido hacerlo. Hace brotar lágrimas de ojos poco acostumbrados a llorar. Dirige la palabra al entendimiento, a la conciencia y al corazón de sus oyentes. Nadie ha podido refutar sus argumentos, ni hay corazón que haya quedado del todo insensible ante la fuerza de sus mensajes. Él predica a la gente de toda religión, y a la que no profesa ninguna. Es aborrecido de la mayoría, pero se hace oir de todos.

No es refinado ni cortés. A veces interrumpe los actos públicos y las funciones sociales, y se entremete en los placeres privados de quienes no desean verle. Entra lo mismo en el claustro del religioso como en la fábrica y la cárcel. Nunca está lejos de la taberna y no hay palacio que le espante. Su nombre es La Muerte.

Del viejo predicador habrás oído muchos sermones. Cada periódico le dedica una o más paginas. Las tumbas le sirven de púlpito, y a menudo se ve a su auditorio desfilar por la calle. Toda señal de luto recuerda una visita suya. ¿Y no es cierto, apreciado lector, que a ti también se ha acercado alguna vez, y algo ha dicho al oído tuyo?

La partida de ese vecino, la pérdida de ese amigo estimado, la solemne despedida de ese padre querido, el abismo terrible que queda en tu corazón porque fue arrebatada la esposa amada o la niña adorada. Todos estos fueron llamados del viejo predicador. Y un día pronto podría él tomarte a ti por texto. En el círculo de tu familia atribulada, él predicará su sermón y tú serás la ilustración que empleará.

Puedes deshacerte de la Biblia. Puedes despreciar sus enseñanzas, desoír sus advertencias y rechazar al Salvador en ella ofrecido. Puedes alejarte de los predicadores del evangelio, y si no te agrada la lectura de este folleto, puedes botarlo. Pero cuando te hayas deshecho de la Palabra de Dios y de sus servidores, ¿qué harás con este predicador?

¿Tienes algún plan para jubilarlo?  ¿O esperas que algunos años más de ciencia y cultura lo hagan desistir de sus prédicas molestosas? Él ha seguido indiferente a los acontecimientos y opiniones variables de miles de años, y es poco probable que cambie en la vejez. ¡Considera, oh mortal, la perspectiva que está delante de ti!

Pronto tu pequeño día habrá pasado. Tus placeres y tus preocupaciones habrán terminado, y lo terrenal tú habrás dejado atrás para siempre. Sabes que tienes que morir, ¿no es cierto? Pero, ¿cuándo? Debes reconocer que es cosa que puede suceder a cualquier edad, y sin aviso previo. Esto te lo ha dicho él.

Otra pregunta más importante es esta: ¿Cómo morirás tú?  ¿En qué estado de alma te hallará la muerte?  Dichosos aquellos que pueden afirmar que por la gracia de Dios y la fe en Jesucristo están preparados ya para esa sorprendente evento. Pero no todos pueden decirlo. A una gente respetable de Jerusalén, Jesús tuvo que decir una vez: “A donde yo voy, no podéis venir … Porque si no creyereis que yo soy, en vuestros pecados moriréis”.

Esa es una manera de morir: en los pecados, sin salvación. Pero la Biblia habla también de otra manera de morir. Habla de quienes “murieron en la fe”. Y, dice: “Bienaventurados los que murieron en el Señor”. Estos son los que, reconociéndose pecadores y necesitados de salvación, han mirado por la fe a Cristo, el Salvador que murió para librarnos de la condenación que nuestros pecados han merecido. Él, y Él solo, ha resucitado para dar perfecta paz y seguridad a quienes lo reciban.

Más que preguntarte cuándo vas a morir, te hago la pregunta clave: ¿Cómo morirás tú?