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665. Fino y fuerte

#665

El señor que nos hablaba invitó a un muchacho a sentarse frente del grupo, y mi amigo no sabía qué esperar. El hombre tomó una bola de hilo de la mesa, dio una sola vuelta al cuerpo del niño, hizo un nudo y le dijo: “Por favor, rómpelo”. Mi amigo casi no tuvo que hacer nada para partir ese hilo.

“Muy bien”, le dijo mientras nosotros mirábamos. Y esta vez el hombre dio dos vueltas con el hilo. “¿A ver?” El muchacho partió aquello como si no fuera nada.

Pero ahora dio diez vueltas, cubriendo con el hilo las manos y muñecas del niño. Pensé que él no podría romper el amarre, pero al cabo de varios movimientos fuertes mi amigo quedó libre, nos picó el ojo y se echó a reír.

“¡Excelente!” exclamó el maestro, “pero permítame seguir”. Nos quedamos quietos mientras dio vueltas y vueltas y vueltas con ese hilo. Las manos, brazos y todo el tronco del cuerpo quedaron atrapados con ese mismo hilo fino que el niño había partido las otras veces. Y por fin ese señor le dijo: “Ahora, rómpelo otra vez”. El muchacho no podía moverse. Sudaba; se puso colorado. No sabía qué hacer. Y por fin exclamó; “¡Señor, yo no puedo hacer nada!”

En un instante el maestro sacó tijeras de su bolsillo, cortó el hilo y abrazó a mi amigo.

“Muchachos”, nos dijo, “ustedes han visto cómo es el pecado. Al principio no parece ser nada. Más adelante, una molestia no más. Uno se ríe. Pero cuando uno es más grandecito, el pecado nos domina. Decimos que vamos a dejarlo, pero no podemos. Las cosas que antes hacíamos por gusto, ahora nos tienen presos”.

Así es que enseña la Epístola según Santiago. (Espero que cuentes con Biblia propia, o por lo menos el Nuevo Testamento. Si posees un solo libro, debe ser la Biblia. Si no cuentas con ella, ¡busca el tesoro mayor del mundo!)

Dice Santiago que uno es tentado por sus propios malos deseos, que lo atraen y lo seducen. De estos malos deseos nace el pecado. Y del pecado, cuando llega a su completo desarrollo, nace la muerte. ¿Te fijas en los pasos? Son como ese hilo: una vez, entonces dos veces, después diez …

Pero ese maestro cargaba tijeras para atender al problema. Él no las sacó hasta que el muchacho exclamó, “¡Señor, yo no puedo hacer nada!” Una vez que el niño se vio vencido, hubo otro para librarle de inmediato. Las tijeras tenían un poder sobre el hilo que el niño no tenía.

¿Y esas tijeras de quién nos hablan? De Jesucristo, quien ha vencido al pecado y la muerte. Él triunfó donde otros fracasaron, y quiere librarnos de esos pecados que poco a poco nos ponen presos. Pero no lo hace hasta que uno se dé cuenta de su necesidad y clama, “¡Señor, yo no puedo hacer nada!”

Tú puedes ser salvo del poder de los vicios aun aquí en esta vida, y ser salvo a la vez del poder de la muerte eterna. Poco a poco, los pecados hacen en ti su obra silenciosa. Ojalá que a buena hora, joven todavía, recibas por fe a ese Salvador que es el único que puede cortar los lazos que el diablo te pone.

“Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.

“Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado”. Romanos 10.8 al 11

Cuando ves tu gran necesidad, y clamas por perdón, Jesús te dará libertad y vida eterna.