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664. Destrucción en la oscuridad

#664


Un relato verídico

Josefina golpeó el volante de su carro y protestó dentro de sí: “No puedo creerlo; no puede ser”. No había comprado gasolina cuando sabía que debía hacerlo, y ahora se encontraba sola y sin combustible. La joven dio y dio con el arranque, pero el motor no respondió. Ella persistió hasta no haber energía en el acumulador.

Era de noche, y tenía miedo. Veía sólo la silueta de negocios cerrados, cercas de malla y rieles del ferrocarril. Estaba en una parte de la ciudad donde semanas antes hubo serios disturbios. Primero, Josefina se aseguró que todas las puertas estaban cerradas con seguro, y luego miraba en vano para ver si habría un teléfono o quizás algún kiosko o restaurante. Nada.

Ella no había orado en años, pero hizo el intento. Su pánico menguó, y la muchacha decidió que no había nada que hacer sino quedarse dentro del vehículo. Una patrulla de la policía, o algún taxi, tenía que pasar.

De repente ella lo vio. Su corazón latía furiosamente. Allí en todo el medio de la calle se le acercaba un hombre. “¡Ojalá que no me vea!” Ella se lanzó al piso del auto en la esperanza de que ese hombre pasara sin darse cuenta de la joven sola e indefensa.

Todo lo contrario. Él golpeó el vidrio vez tras vez. “¡Váyase de aquí!” gritó Josefina en su terror. “¡Déjeme! ¡Déjeme!” Él persistió; habló; gritó; pero ella no sabía qué amenazaba. Él dio dos vueltas al carro, probando todas las puertas y todas las ventanas; hizo todo lo posible para entrar, pero no encontró cómo.

El hombre se fue. La muchacha, todavía en un estado de nervios, empezó a tocar la bocina, que casi no sonaba nada.

¡Qué espanto al ver que venía de nuevo, y ahora cargando una tabla! Otra vez quiso decirle algo, pero ella no le hizo caso. Así, el solitario desconocido partió un vidrio con la tabla, abrió una puerta y se metió en el carro. Josefina resistió con toda su fuerza, pataleando, gritando, esquivando al intruso.

Se contentó al ver que el hombre estaba sangrando de la boca y la nariz. La joven lo golpeó repetidas veces, pero él la dominó. La tomó por las piernas y la arrastró fuera, luego la tomó por el cinturón, dominó sus manos y no la dejó hacer nada hasta que estaban a unos doce metros del carro.

Él puso una mano a su propia cara que sangraba profusamente, y a la vez intentó decirle algo a la señorita a sus pies. Ella reanudó sus gritos: “¡Váyase de aquí!  ¡Déjeme!” Él se quedó callado un instante más, dio media vuelta y se marchó.

Josefina se quedó sentada donde la dejó. Temblaba y lloraba. Y de repente oyó algo. Ahora la tierra empezó a temblar. El clamor se hizo insoportable y cada vez más cerca. Era un tren. La locomotora chocó contra su vehículo que estaba abandonado en toda la vía. En cosa de segundos, el carro quedó completamente aplastado — pero sin pérdida de vida para su dueña que estaba sentada a pocos metros de distancia.

Ahora Josefina entendió. Ese hombre sabía que venía el tren y sabía que ella se encontraba justamente sobre la vía ferroviaria. Él no hizo todo eso para causarle daño a ella, sino para salvarla. Ella había resistido al que le salvó la vida.

Y la gente sigue pataleando y gritando ante otro Salvador. “¡Déjeme! ¡Váyase! ¡Quiero sólo lo mío!” El que rechazamos no es una amenaza, no es un enemigo. Él es el Autor de la vida eterna, y nos conoce mucho mejor que nosotros mismos.

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”, dice ahora. “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”, Apocalipsis 2.20. “Soy el Buen Pastor; el Buen Pastor su vida da por las ovejas”, Juan 10.11.

Pero, es de temer que en cuanto a muchos de nosotros, será otra la figura que Él pronto empleará. Dirá, como dijo a Jerusalén inmediatamente antes de ir a la cruz del Calvario para morir a favor de aquella gente, y de nosotros: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!”

Si no recibes a Cristo ahora como tu Salvador, mañana Él será tu Juez.