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659. La perla

#659

El chapaleo fue seguido de muchas ondas. Luego el agua debajo del muelle se calmó.

Un extranjero se inclinó sobre el pequeño muelle en la India, fijando sus ojos sobre el lugar donde un flujo de burbujas brotaba a la superficie desde lo profundo del agua. Entonces el veterano pescador de perlas se trepaba en el muelle, sonriendo pícaramente y sacudiendo el agua de su cuerpo brilloso de aceite. El extranjero comunicó al indio su admiración por la destreza y belleza en la acción de zambullirse.

“Mira ésta, Sahib”, dijo Rambhau, tomando una ostra de entre sus dientes. “Creo que será muy buena”. El visitante la tomó y mientras la inspeccionaba abierta con su pequeño cuchillo, Rambhau estaba sacando otras ostras pequeñas de su guayuco. “Rambhau, mira”, exclamó el extranjero, “¡es un verdadero tesoro!”

“Sí, una buena”, encogiéndose de hombros contestó el pescador. “¡Buena! ¿Has visto tú alguna perla mejor que ésta? ¡Es perfecta, verdaderamente!” El amigo había estado dándole y vueltas y luego se la dio al indio.

“Oh, sí, hay perlas mejores, mucho mejores. Por cierto, yo tengo una …” Su voz se apocó.

“Fíjate en ésta: las imperfecciones, las manchitas negras aquí, esta minúscula abolladura, y aun en su forma no es perfecta, pero es tan buena como vienen la mayoría de las perlas. Esto es justamente lo que tú dices acerca de tu Dios. Las personas a sí mismas se ven perfectas, mas Dios las ve como son en realidad”.

 

Al emprender el camino de regreso a la ciudad, el extranjero continuó la conversación. “Tienes razón, Rambhau. Pero Dios está dispuesto a conceder una justicia perfecta a todo aquel que sencillamente cree y acepta la salvación gratuita que Él ofrece por medio de su Hijo, el Señor Jesucristo”.

“Pero, Sahib, como te he dicho tantas veces, es demasiado fácil y no puedo aceptar eso. Tal vez soy muy orgulloso, pero en mi opinión debo ganar el cielo por mis propias obras”.

“¡Oh, Rambhau! ¿Tú no ves? De esa manera nunca llegarás a la gloria, ya que hay un solo camino y ese camino es el Señor Jesucristo. Además, Rambhau, tú estás más viejo ahora y quizás ésta sea tu última temporada de pesca. Si deseas ver las puertas del cielo tendrás que aceptar la nueva vida que Dios ofrece en su Hijo”.

“¡Mi última temporada! Sí, tienes razón. Hoy fue mi último día de pesca. Este es el último mes del año y tengo que hacer preparativos”.

“Tú debes prepararte para la vida que sigue después de ésta”.

“Esto es precisamente lo que pienso hacer. ¿Ves aquel hombre allá? Es un peregrino, posiblemente con rumbo hacia Bombay o Calcuta. Camina descalzo, escogiendo pisar sobre las piedras más agudas; mira, cada cuantos pasos se pone de rodillas y besa el suelo. Eso es bueno. El primer día del año nuevo yo también comenzaré mi peregrinación. Toda mi vida he tenido el propósito de hacer esto y esta vez con toda seguridad alcanzaré el cielo. Pienso ir de rodillas a Nueva Delhi”.

“¡Hombre! Nueva Delhi queda a más de mil kilómetros y antes de llegar a Bombay la piel de tus rodillas ya se habrá deshecho, produciéndote el tétano o, peor, la lepra”.

“No, Sahib, tengo que llegar hasta Nueva Delhi y entonces los inmortales me darán la recompensa. El sufrimiento será dulce, porque me comprará el cielo”.

“¡Mi amigo! ¡Tú no puedes hacer esto! ¿Cómo he de permitirte hacerlo cuando el Señor Jesucristo ha muerto para comprarte la entrada al cielo?” Pero no logró convencer al anciano.

“Tú eres el amigo más querido que tengo en el mundo, Sahib. Por varios años siempre has estado a mi lado. En enfermedad y necesidad, a veces has sido mi único amigo. Pero ni tú puedes hacerme desistir de este gran deseo de obtener la dicha eterna. Debo ir a Nueva Delhi”. Todo fue inútil. El viejo pescador no podía comprender ni aceptar la salvación gratuita que Cristo nos ofrece.

 

Unos días después, estando el extranjero en su casa, oyó que alguien tocó la puerta. Era Rambhau. “Mi estimado amigo, pasa adelante”.

“No”, respondió el pescador, “yo quiero que vengas conmigo a mi casa por un rato. Tengo algo que mostrarte. Por favor, Sahib, no me digas que no puedes venir”.

El amigo se alegró al oir estas palabras, pues le parecía que Dios al fin iba a responder a su oración. “Claro que iré contigo, Rambhau”.

Cuando se acercaban a su casa, Rambhau le dijo que dentro de una semana partiría para Nueva Delhi. Esto naturalmente causó gran consternación en el corazón del visitante, pero decidió no decir nada. Al llegar a su destino, se sentó como de costumbre en la silla que su amigo había hecho especialmente para él. Rambhau se ausentó por unos minutos y regresó trayendo en sus manos una pequeña caja fuerte. “He tenido esta caja por muchos años y guardo una sola cosa en ella. Ahora te contaré su historia, Sahib. ¡Una vez yo tenía un hijo!”

“¡Un hijo! Pero, Rambhau, nunca me has dicho ni una sola palabra acerca de él”.

“No, Sahib, porque no he podido”. Al decir esto, los ojos del pescador se humedecieron. “Ahora, debo decirte. Pronto te dejaré y quién sabe si he de regresar. Mi hijo era pescador también. Era el mejor pescador de perlas en toda la costa. Era el buzo más veloz, tenía la vista más aguda, el brazo más fuerte y podía mantenerse sumergido por más tiempo que cualquier otro. ¡Cuánto gozo me daba! Él siempre soñaba de hallar una perla que fuera más grande que cualquiera jamás vista. Un día la halló, pero al hallarla, había estado demasiado tiempo debajo del agua y murió poco después”.

El viejo pescador inclinó la cabeza y por un momento. Su cuerpo se estremeció de dolor al recordar aquella tragedia. “A lo largo de estos años he guardado esta perla”, continuó, “pero ahora me voy, para no volver … y es con sumo placer que te la regalo a ti, mi mejor amigo”.

 

El anciano entonces abrió la caja fuerte, sacando un pequeño paquete bien envuelto. Extrajo con cuidado de entre el algodón una enorme perla y la colocó en la mano del evangélico. Era de las más grandes que alguna vez se haya encontrado en aquellas regiones, y brillaba con un lustro nunca visto en perlas cultivadas. Podría haber producido una fabulosa suma de dinero en cualquier mercado.

Por un momento el amigo quedó mudo, mirando con asombro aquella joya tan preciosa. “Rambhau”, él dijo, “ésta es una perla extraordinaria y de sorprendente perfección. Permíteme comprártela. Yo te doy diez mil rupias por ella”.

“Sahib”, dijo Rambhau, poniéndose rígido, “esta perla no tiene precio. No hay persona en el mundo con dinero suficiente para pagar lo que vale esta perla para mí. Ni un millón de rupias podría comprarla. No la venderé, la puedes tener sólo como un regalo”.

“No, Rambhau, no puedo aceptar. No obstante mi gran deseo de tenerla, no puedo aceptarla así. Quizás sea por orgullo, pero lo hallo demasiado fácil. Tengo que pagar por ella o al menos trabajar para ganarla”.

El viejo estaba perplejo. “No comprendes, Sahib. ¿No ves que mi hijo dio su vida para obtener esta perla y que por tal motivo no tiene precio? Su valor es la vida de mi hijo. No la puedo vender, permíteme dártela. Acéptala solamente, prueba del amor que tengo hacia ti”.

 

Al oir a su amigo hablar de esta manera, el evangélico se emocionó tanto que por momentos no podía hablar. Luego tomó la mano del anciano y le dijo, con voz que temblaba: “Rambhau, ¿tú no ves? Eso es precisamente lo que he tratado de mostrarte a lo largo de tanto tiempo. Dios te ofrece la vida eterna como un regalo que no tiene precio. Su valor es tan inmenso que ningún hombre sobre la tierra la puede comprar, ni hay persona que la puede ganar por sus propios esfuerzos o que la puede merecer de alguna manera.

Esta le costó a Dios la vida de su Hijo unigénito entregada en la cruz para obtener la entrada para ti al cielo. En cien peregrinaciones tú no podrías ganar esa entrada. Lo único que puedes hacer es aceptarla como prueba del amor de Dios para contigo, un pobre pecador. Rambhau, claro que aceptaré la perla con profunda gratitud, pidiéndole a Dios que yo sea digno de tu amor. Pero al mismo tiempo y de la misma manera, ¿no puedes tú aceptar de Dios el regalo de la vida eterna, sabiendo que le costó a Él la muerte de su propio Hijo para poder ofrecértela gratuitamente?”

Las lágrimas corrían por las mejillas del anciano. Al fin comprendió. “Sahib, lo veo todo ahora. Creo que Jesucristo se dio a sí mismo por mí y le acepto como mi único y personal Salvador”.

El don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro, Romanos 6:23.

Gracias a Dios por su don inefable, 2 Corintios 9:15.

De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda más tenga vida eterna, Juan 3 16.