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658. El sueño de un pecador

#658

En cierta ocasión un hombre tuvo un sueño en el cual se vio perseguido por un feroz y enorme tigre. Sobrecogido de un terrible miedo, corrió como antes jamás había corrido. Pensó que había escapado del tigre y se detuvo para cobrar aliento, pero de repente lo vio salir del bosque. ¡Cuánto deseaba escaparse de él!

Con ese singular sentido que a veces se tiene en los sueños, se dio cuenta de que su perseguidor era la encarnación de su infame pasado, ya que Dios ha dado conciencia y memoria a cada uno. Algunos recuerdan con precisión un hecho indigno en su vida, mientras otros tienen plena conciencia de que toda su vida ha sido una ofensa a Dios. El rey David dijo: “Mi pecado está siempre delante de mí”, Salmo 51.3.

Sin embargo, el hombre apela a muchos medios para borrar de la memoria su negro pasado: las diversiones, los estudios, las buenas obras y muchas cosas más. Pero cuando más tranquilo se siente, el rugido de “ese tigre” le vuelve a la realidad. Es verdad lo que Dios dice: “Sabed que vuestro pecado os alcanzará”, Números 32.23.

Así que nuestro hombre seguía corriendo ansiosamente, hasta llegar al borde de un profundo precipicio donde no halló por dónde seguir corriendo. Desesperado miró a todos lados, y al fin vio dos bejucos que colgaban por el despeñadero. Se cogió a ellos y rápidamente empezó a descender, gozoso por esa vía de escape.

Pero, cuando miró hacia abajo, descubrió un enorme cocodrilo esperándole con la boca abierta. Él entendió de una vez que el cocodrilo no era más que el castigo eterno por sus pecados. Porque Dios dará “retribución a los que no … obedecen al evangelio … los cuales sufrirán pena de eterna perdición”, 2 Tesalonicenses 1.6 a 9.

Por lo tanto, decidió quedarse agarrado a los bejucos. De esta manera, pensó, escaparía de sus enemigos, pues éstos cansados de esperar se irían y le dejarían en paz. Pronto comprendió que los bejucos representaban el tiempo. Muchos pecadores se sienten tranquilos cuando piensan en los diez, veinte, cuarenta o más años que suponen tener por delante. El castigo les parece muy remoto.

Pero, nuestro hombre sintió una ligera vibración en los bejucos. Cuando levantó sus ojos para saber la causa, el terror casi paralizó sus miembros al darse cuenta de que dos ratas estaban roiendo su vía de salvación. Él comprendió que ya le quedaba poco tiempo. Uno de los roedores era blanco, el otro negro. El transcurrir del día y de la noche iba consumiendo el tiempo en el cual confiaba tanto y pronto él sería juzgado.

El tiempo, lenta pero seguramente, va acortando la vida. El decreto de Dios es claro: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez”, Hebreos 9.27. Nadie puede evitar esta sentencia. Mientras trabajamos afanosamente, el tiempo pasa; durante el descanso nocturno, sigue su marcha.

El fin se aproxima despacio, pero se aproxima. El hecho de que el tiempo pase lentamente nos hace olvidar de que es corto. Pero un día el tiempo se nos acabará; entonces vendrá el juicio. El cocodrilo no se desespera de esperar. Terrible y desesperante es nuestra condición. ¿Será que no hay esperanza?

Sí, la hay, ¡gracias a Dios! Hay Uno, sólo Uno, que puede salvarnos del intrincado y horroroso estado de peligro en que nos encontramos.

En su desesperanza el hombre vio una salida segura que tomaba la forma de una cruz. ¡Bien sabía lo que significaba! Representa a Cristo, al Salvador, pues fue en una cruz que Él murió por los pecados de todo hombre. Y viendo esta única oportunidad de escapar de su segura perdición, gozoso aferrose a esa cruz y escapose así de sus tenaces enemigos.

Si Cristo me salva, no tengo porqué asustarme del pasado, pues Él fue culpado por todos mis pecados. Viendo anticipadamente la obra de Cristo, Isaías 53.5,6 reza: “El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”.

Además, Él ha prometido olvidarse de ellos para siempre. “Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”, promete Dios en Jeremías 31.34. El famoso trozo que es 1 Juan 1.9 afirma: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

Por eso, yo puedo estar libre de una conciencia acusadora. Si Jesucristo me salva, no tengo porqué preocuparme del futuro, puesto que Él pagó el castigo de mis pecados, de manera que no seré condenado por ellos. “Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos”, 1 Timoteo 2.5,6. “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”, Romanos 6.23.

Si Jesucristo me salva, no tengo porqué espantarme del tiempo. Cuando quiera que termine mi vida y la muerte venga, ésta no será más que la puerta de entrada a una vida mejor. Dijo Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”, Juan 11.25,26.

¡Cuán maravilloso es vivir ahora y para siempre libre del pasado acusador, libre del temor a la muerte, libre del temor al juicio, gozando de la comunión de este glorioso Salvador!

Sin embargo, notemos que nuestro hombre tuvo que aferrarse a esa cruz antes de verse libre y salvo. No basta reconocer que Cristo es capaz de librarnos. Es solamente cuando le recibimos de todo nuestro corazón, dejando atrás los pecados, que podemos gozar de tan grande salvación. ¡Qué tontería cometeríamos si tuviéramos en poco una salvación tan grande! Hebreos 2.3. El tiempo pasa, el juicio viene. Acójase a Jesús y sea salvo.