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650. Don Panchito

#650

Me llaman Panchito. Nací en un pueblito del Estado de Michoacán, México en 1933. Mi papá fue asesinado siete meses antes de nacer yo, y mi mamá murió seis días después de traerme al mundo.

Fui monaguillo en el templo romano en una época. La gente era muy fanática en el catolicismo y mezclaban con él mucha superstición y hechicería. El cura tenía un dominio increíble sobre todos nosotros, y vivíamos en tinieblas espirituales y el temor de lo que llamaban la iglesia santa, apostólica y romana.

Me acuerdo cómo me llené de espanto un día en 1941 cuando oí un tremendo ruido en el cielo. Fue la primera vez que había visto una avioneta. Centenares de volantes fueron esparcidos sobre las siembras de aguacate, y el aparato continuó su curso. Esperamos un rato antes de salir de nuestros refugios, y luego los muchachos recogimos todo cuanto papelito era posible.

Los cuadros en las portadas despertaron mi curiosidad y yo quería saber qué decía el texto adentro. Pero no sabía leer; nunca asistí a una escuela. Sin saber de qué se trataba, el cura aceptó leerme aquellas historias acerca del amor de Dios para los pecadores, la muerte de Jesús en la cruz, el cielo, el infierno y la eternidad.

Entonces él se enojó hasta temblar. Mandó que todos llevaran sus papelitos a la plaza. La gente miraba mientras él pronunció maldiciones sobre las personas en aquella avioneta, nos prohibió leer ese material herético y ordenó prender fuego a las hojas.

Pero yo estaba tan intrigado con ellas que las escondí en mi colchón de paja. Vez tras vez uno u otro me leyó los volantes en secreto. Con el tiempo, los perdí todos, o me los quitaron, pero sus mensajes ya estaban bien grabados en mi corazón de niño.

Unos cincuenta años más tarde, mi señora y yo vinimos a vivir aquí en Puerto Vallarta, en la costa, junto con los hijos y nietos. Andaba yo por la plaza mayor cierto día cuando una persona afable me ofreció un folleto. Lo llevé a casa y pedí que la hija me lo leyera. De pronto vino a mi mente todo aquello que sucedió en mi niñez en ese pueblito a seiscientos kilómetros de aquí. El mensaje en ese tratado evangélico era exactamente como decían aquellos papelitos que cayeron de la avioneta. Anotamos la dirección del centro evangélico que se indicaba en la última página, buscamos el edificio al día siguiente y en la noche asistimos a la reunión.

Nunca en mi vida había oído la presentación del santo evangelio. Por primera vez oí la lectura de la Biblia. Aquellos señores citaron dos trozos que yo más o menos recordaba, y que me impresionaron profundamente aquella noche. ¡Ahora sé decirlaos de memoria!

Uno fue: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, y el otro: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”.

Entendí, y de una vez acepté lo que Dios dice en su Palabra. En otras palabras, creí, fui salvo y confesé a Jesús como mi Salvador. Dentro de no mucho tiempo, obedecí a mi Señor en el bautismo.

Tengo una bicicleta, y por quince años me ha gustado salir y repartir folletos acerca de la salvación y platicar con la gente acerca de Jesucristo. Dios en su gracia ha salvado a mi esposa, cuatro de nuestros hijos y varios nietos. Ahora sé leer un poco, y esto me ayuda a aprender y decir qué está en la Biblia, la Palabra de Dios.

No todos me hacen caso, y por cierto tengo un hijo que todavía está sin Cristo. Espero que usted no se encuentre en esa condición, y que preste atención a los mismos mensajes que aprendí en mi niñez y me ayudaron a recibir la salvación eterna cuando era un hombre algo anciano –o, como decimos en México, ‘uno grande’.

¡Gracias a Dios por las personas de aquella avioneta, y por la gente aquí en Vallarta que despertaron la semilla que estaba en mi corazón! Espero ir al cielo muy pronto, y espero que usted haya sido salvo para ir también.