«

»

648. Esclavista el tráfico en negros

#648

 

No pocos historiadores consideran que Zebeyr Rahama era el mayor traficante de esclavos en la historia del mundo.

 

Ha habido esclavos desde los tiempos remotos, pero la peor época fue desde 1550 hasta 1900. Unos diez millones de africanos fueron llevados a las Américas y hasta dos millones más murieron en los barcos. Millones murieron antes de llegar a las costas del África, y cuántos más se quedaron como esclavos de los turcos y los caciques africanos, no podemos saber.

 

Más de la mitad de los esclavos para las Américas fueron capturados en el oeste del África. Las tribus fuertes hacían guerra contra las débiles, formaron caravanas de presos de sus propios hermanos de raza, y los vendieron en los puertos del Golfo de Guinea. De allí fue el tráfico mayor a nuestro país.

 

Sin embargo, a lo largo de los siglos el mayor negocio fluyó por el centro y el este del África. Por Egipto, si no por el Golfo de Persia, salieron millones para surtir los harenes de los turcos, las industrias islámicas, las casas orientales, y la demanda para domésticas en Europa.

 

Allí operaba Zebeyr Rahama, hace cien anos. Su posición de gobernador de Sudán era realmente una licencia para organizar expediciones al Congo.

 

Cualquier desgraciado con influencia en el Sudán equipaba sus veleros de río y contrataba 200 o 300 hombres del vulgo. Uno navegaba hacia el sur hasta entrar en territorio del cacique colaborador. Unía tropas con las suyas, habiendo acordado cómo repartir las ganancias, y atacaba un par de aldeas al amanecer. Los sudaneses abrían fuego por unos momentos, y los negros salían corriendo de sus chozas como conejos.

 

El procedimiento común era de matar a los primeros que salían y torturar a los viejos para que revelasen el paradero de los más fuertes y del marfil. Las mujeres se juntaban de una vez con el sheba, una pesada horquilla puesta sobre los hombros para apretar el cuello. Se encadenaban sus manos y a ellas se ataban los niños. Eran vendidas luego como concubinas en el Oriente, domésticas en Egipto o trabajadoras en países más lejanos.

 

Los varones se encadenaban para servir primero como transportistas de marfil. Al llegar a los ríos o puertos, ellos fueron asignados a conquistar otros esclavos, trabajar como peones, o ser vendidos en el mercado internacional.

 

El emperador de Egipto contrató al general Gordon a poner orden. Éste sacó a Zebeyr Rahama del territorio, ¡pero él simplemente se dedicó a la buena vida en Cairo y dejó a su hijo encargado del negocio!

 

Sin embargo, no hacemos bien al insistir en que ese señor era realmente el mayor traficante en esclavos. El apóstol Pablo afirmó a los evangélicos en Roma siglos antes, que—

 

Ustedes saben muy bien que si se entregan como esclavos a un amo para obedecerlo, entonces son esclavos de ese amo a quien obedecen. Cuando ustedes todavía eran esclavos del pecado, no estaban en el servicio de una vida de rectitud; pero ¿qué provecho sacaron de aquellas cosas que ahora les dan vergüenza, y que no llevan sino a la muerte? El pago del pecado es la muerte, pero el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús.

 

Sentimos lastima por aquellos millones de africanos y asiáticos que fueron, o son, víctimas del funesto tráfico en seres humanos. No debemos pensar que la esclavitud terminó cuando los ingleses y otros atacaron por fin a los árabes y africanos negros que despojaban al Congo y Madagascar.

 

No; resulta que nosotros somos esclavos —¡y a veces a gusto propio!— del esclavista Numero Uno. No es Zebeyr Rahama, sino el mismo diablo, Satanás.

 

El negocio en almas comenzó en el huerto de Edén y sigue en el día de hoy. No es un tráfico en cuerpos de color, sino un tráfico en seres de toda raza cultura, religión, edad y época. Usted y yo somos parte de la mercancía.

 

El gran apóstol usó su lenguaje más fuerte al escribir al evangelista Tito cuando éste predicaba en la isla de Creta el arrepentimiento para con Dios y la fe en Jesucristo. “Nosotros éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites”.

 

Observe que el mensajero de Dios no habla de ellos, ustedes o algunos. Dijo a Timoteo que él, Pablo, “era antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad”.

 

Pero, prosigue Pablo, “la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”.

 

Si no ha sido libertado todavía, usted tiene un amo ajeno. Algunos agentes esclavizantes comunes son el licor, el rosario, el adulterio, la blasfemia, los altares e imágenes, la soberbia, el dinero, el cigarrillo, la maledicencia, la brujería, la avaricia, la mentira y la vana sabiduría.

 

No sea ligero en decir que la lista no le alcanza. El mismo apóstol habló a Timoteo de los pecadoras como “amadores de sí mismos … desobedientes a los padres … ingratos … amadores de deleites más que a Dios …” Yo me veo allí, y con respeto le veo a usted también.

 

Cuando Jesús habló a cierta gente, según el Evangelio de Juan, Él comentó que, “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. Pero ellos protestaron, “Jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú que seremos libres?”

 

Jesús respondió, “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Así que, si el Hijo los hace libres, serán verdaderamente libres”. Él, siendo Dios, nació de una virgen cual persona como nosotros, pecado aparte. Fue al Calvario, varón solitario, y allí mi pecado pagó.

 

Él se sujetó a la muerte para vencer a la muerte. El que no conoció pecado, fue hecho pecado (pero no pecador) para pagar eternamente el precio de nuestra libertad. Jesús rompió las ligaduras del pecado en la vida de los suyos y el poder del infierno mismo para los que confían en Él.

 

Satanás, el fuerte, ha sido vencido por el más fuerte. Cristo vive y puede salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios. Tal sacerdote nos conviene santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos.

 

Usted cortésmente ha seguido hasta aquí, y debemos ahondar más en cuanto a su servidumbre. Usted es esclavo también de la muerte, y con razón. Si no ha tenido la libertad aquí en vida, ¿cómo la tendrá en la eternidad más allá?

 

Pero dicela Biblia, en la Epístola a los Hebreos, en cuanto a Jesucristo—

 

Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él participó de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor a la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.

 

Cuando los guerreros caían sobre sus vecinos en el Zambeze o el Nilo en los siglos últimos, lo mejor que los débiles podrían esperar (si hubiesen sabido) era que llegasen vivos a alguna plantación en el Caribe, o algún hogar medianamente decente en el Cairo.

 

En cambio, un esclavo de Satanás en el día de hoy puede huir de aquellos ídolos de yeso, aquellas botellas de ron, aquellos placeres de un weekend perdido, aquellas profanas pláticas sobre cosas vanas, aquellas religiones místicas, emocionales y esclavizantes que sólo aprietan los grillos y chupan el alma.

 

El esclavo del siglo 21 puede mirar por fe al Calvario, confiado que no ha enviado Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. El que en Él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

 

¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. Amigo, si el Hijo le libertare, usted será verdaderamente libre.